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domingo, 30 de agosto de 2026

ORACIÓN PARA ALCANZAR EL SILENCIO


«¡Crea en mis ojos nuevos!, 
tú qué has creado al ciego ojos nuevos
 ¡Cierra mis orejas exteriores 
y ábreme las orejas escondidas!; 
las que escuchan el silencio 
y obedece al Espíritu, a fin de qué, 
por tu Espíritu, yo escuche la palabra del silencio, 
la que sube al corazón y no está escrita; 
la que se mueve en el intelecto 
y no es pronunciada; 
la que es preferida 
por los labios del Espíritu 
y comprendida por el oído incorporeo. 
Océano de piedad, 
comienza a lavarme de la impureza 
de la naturaleza y hazme conforme 
a tus actividades. (1)


(1) El autor es Issac de Nínive quién nació en la región de Beit Katty Qatraye (actual Qatar), a orillas del Golfo Pérsico, en el siglo VII. Vivió como monje y autor espiritual. Fue consagrado obispo de Nínive. Después de cinco meses dimitió y volvió a la vida hermética. Murió de edad avanzada. El decía: «El silencio te iluminará en Dios y te librará de las fantasías de la ignorancia. Te unirá a Dios y te dará un fruto que la lengua no puede describir. Al principio tenemos que esforzarnos para estar en silencio. Pero después, desde el seno de nuestro mismo silencio, nace algo que nos atrae un silencio aún más profundo. Que Dios te dé una experiencia de este “ALGO” que nace del silencio. Si lo practicas, amanecerá en ti».

miércoles, 10 de abril de 2019

«EL VALOR DEL SILENCIO EN NUESTRAS VIDAS»... Un tema para retiro


La mayoría de los problemas y complicaciones que los seres humanos tenemos en la vida están rodeados generalmente de un entorno de mucho ruido y, como es lógico, el ruido se da principalmente en las grandes ciudades. Vivimos sumergidos en ambientes de charlatanería, liviandad y estridencias con una bulla que nos acompaña la mayor parte del día entre el ruido de la calle, los medios de comunicación, la familia, el ámbito laboral, etc. Escasos son los que en medio del ruido que nos rodea saben cuándo hablar y cuándo callar; raros los que saben usar los silencios; pocos los que se atienen a las reglas de cortesía necesarias en una buena conversación, diálogo, convivencias o debates. Pocas veces se tiene en cuenta el valor del silencio para una escucha considerada y activa. La gente no sabe disfrutar del silencio, que es algo que no tiene precio, sin embargo, son muchos los que están dispuestos a gastar para escuchar ruidos molestos. Nosotros, como creyentes, como hombres y mujeres de fe, sabemos que el silencio es una bendición, un bálsamo y comprendemos que el silencio no dificulta el habla, sino que la hace posible. 

El silencio es la antítesis de la palabra, sin embargo, debido a la gran importancia que tiene en la comunicación humana, hace que habla y silencio sean complementarios. Las cosas superficiales son ruidosas para destacarse porque están vacías de contenido, a diferencia de lo que es esencial y verdadero, que puede permanecer perfectamente en el silencio. Hasta la naturaleza tiene silencios que son sagrados, cuando parece que hasta los pájaros dejan de cantar y la brisa deja de soplar para no quebrantar el silencio de Dios. El silencio predispone a la calma y a la reflexión. Nuestras celebraciones litúrgicas, en nuestros templos, necesitan del silencio, porque solamente en el silencio está lo sagrado, en el espacio entre los pensamientos; en nuestra interioridad, en la eternidad y el ser verdadero. Por eso la celebración de la Misa, debe estar marcada por momentos de silencio que van mucho más allá de los cantos estridentes, aplausos y expresiones que corren el riesgo de quedarse en la superficie sin penetrar el alma. La música se expresa en función del silencio que la precede y en los momentos de mayor dramatismo, es más elocuente el silencio, que la música. El silencio es piadoso, ordenado y misericordioso. El silencio es la mejor plegaria, el mejor camino hacia el autoconocimiento, la vía recta a la divinidad. El ruido caótico define a una civilización y a su gente como desordenada, salvaje y turbulenta, con individuos no tienen ninguna consideración hacia el otro.

El silencio, por lo tanto, no es renuncia, sino contención, pausa y reflexión. El silencio es prudencia, elocuencia y escucha. Hay silencios que dicen más que mil palabras. Hay silencios que gritan, que consienten, que censuran, que claman, que duelen... El lenguaje nuestro debe ser siempre palabra y silencio. La Sagrada Escritura nos lo dice cuando afirma: «Hay un tiempo para callar y un tiempo para hablar» (Ecl 3,7). Hay una dinámica de la palabra y del silencio, que marca la vida de todo discípulo–misionero de Cristo porque el Señor Jesús así fue llevando su vida. El silencio tiene la capacidad de abrir en la profundidad de nuestro ser un espacio interior, para que Dios habite, para que permanezca su mensaje, y nuestro amor por Él penetre la mente, el corazón, y aliente toda nuestra existencia. Con frecuencia, los Evangelios nos presentan al Señor que se retira solo y en silencio a un lugar apartado para orar. El silencio es el elemento fundamental para que la mente analice los problemas y busque la solución a ellos. El silencio además, junto al tiempo, es una excelente cura para las heridas del alma. Allí donde ese sufrimiento parece interminable, el silencio prepara el camino para la reflexión, el análisis inteligente y el enfoque correcto para una vida con paz mental. Es por ello que se puede afirmar que el silencio es el principio fundamental de la oración cristiana, que hace, de esos momentos, un encuentro profundo y sincero con el Señor.

Santa Teresa de Calcuta afirma que no podemos entrar inmediatamente en la presencia de Dios, sino a condición de que hagamos la experiencia de un silencio interior y exterior. Por eso, dice la santa madre, hemos de adoptar como propósito especial el silencio de la mente, de los ojos y de la boca. El silencio de la boca para hablar con Cristo, que siente amor especial por esa virtud. El silencio de los ojos, que nos ayudará siempre a ver a Dios, porque los ojos son como dos ventanas a través de las cuales Cristo y el mundo penetran en nuestro corazón. El silencio de la mente, que nos asemeja a la Virgen María, que conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón. ¡No podríamos encontrar un argumento mejor para convencernos de la necesidad de silencio! Creo que así —dice la Madre Teresa— el camino hacia una más profunda unión con Dios se hace clarísimo.

En el silencio hablan la alegría, las preocupaciones, el sufrimiento, que precisamente en él encuentran una forma de expresión particularmente intensa. Si nos dejamos guiar por el libro más antiguo de oración: los Salmos bíblicos; encontraremos en ellos dos formas diversas de oración. Por un lado la lamentación y la llamada de auxilio, por otra el agradecimiento y la alabanza. Pero también destaca el silencio, como el Salmo 27 «Mantengo mi alma en paz y en silencio… Pon tu esperanza en el Señor, ahora y por siempre» o el 131, que no es más que calma y confianza y que hace exclamar al salmista: «Acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre.» La oración entonces no siempre necesita palabras, quizá ni reflexiones y mucho menos gritos estridentes, que de esos, ya bastante hay en la ruidosa sociedad en que vivimos. San Juan Pablo II afirmó que las numerosas oportunidades de relación y de información que ofrece la sociedad moderna corren el riesgo en ocasiones de quitar espacio al recogimiento, hasta hacer que las personas sean incapaces de reflexionar y rezar. «En realidad —nos dice san Juan Pablo— sólo en el silencio el hombre logra escuchar en lo íntimo de la conciencia la voz de Dios, que verdaderamente le hace libre». Así que «hay que buscarnos espacios para redescubrir y cultivar esta indispensable dimensión interior de la existencia humana» —nos recuerda el santo Papa—. «Uno de los límites de una sociedad tan condicionada por la tecnología y los medios de comunicación es que el silencio se hace cada vez más difícil», observa san Juan Pablo II (Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae, 31).

Por eso alcanzar el silencio no es nada fácil y menos del silencio interior. La agitación de nuestros pensamientos está a veces en una tempestad como la que sacudió la barca de los discípulos en el mar de Galilea cuando Jesús dormía (Mt 8,23-24). También a nosotros nos ocurre estar perdidos, angustiados, incapaces de apaciguarnos a nosotros mismos. Pero también Cristo es capaz de venir en nuestra ayuda. Así como amenazó el viento y el mar y «sobrevino una gran calma», él puede también calmar nuestro corazón cuando éste se encuentra agitado por el miedo y las preocupaciones (Mc 4,19). Se puede afirmar que hay tanta variedad de silencios como de palabras, y que no todos los silencios significan lo mismo ni trasmiten lo mismo; a veces son incluso diametralmente opuestos. Para muchos «el silencio consiste simplemente en la ausencia de ruido y de palabras; pero la realidad es mucho más compleja» (Robert Sarah, “La fuerza del silencio”, Madrid 2017, p. 220). A veces permanecemos en silencio, pero solo por fuera, porque en nuestro interior discutimos fuertemente, confrontándonos con nuestros interlocutores imaginarios o luchando con nosotros mismos. Mantener nuestra alma en paz alcanzar el silencio interior con una cierta sencillez: «No pretendo grandezas que superan mi capacidad» dice el salmista (Sal 131). 

Lograr el silencio interior implica reconocer que mis preocupaciones no pueden mucho. El «silencio interior» es, pudiéramos decir —sobre todo yo que me encanta la música—, como la batuta del director de orquesta, que va dando entrada a cada instrumento en el momento adecuado, atempera los más enérgicos y anima a los más delicados, de manera que se produzca el «concierto»: una pieza única y armónica que responda a los sentimientos que el compositor pretendía transmitir. Hacer silencio interior es dejar a Dios lo que está fuera de mi alcance y de mis capacidades. Un momento de silencio, incluso muy breve, es como un descanso sabático, una santa parada, una tregua respecto a las preocupaciones. El silencio interior es a menudo el «lugar» en el que Dios nos espera: para que logremos escucharle a Él, en vez de escuchar el ruido de nuestra propia voz. Santa María Faustina Kowalska apunta en su diario que «el silencio es una espada en la lucha espiritual; un alma habladora —anota sor Faustina— no alcanzará la santidad. Esta espada del silencio cortará todo lo que quiera pegarse al alma. Somos sensibles a las palabras y queremos responder de inmediato, sensibles, sin reparar si es la voluntad de Dios que hablemos. El alma silenciosa es fuerte; ninguna contrariedad le hará daño si persevera en el silencio. El alma silenciosa es capaz de la más profunda unión con Dios; vive casi siempre bajo la inspiración del Espíritu Santo. En el alma silenciosa Dios obra sin obstáculos» (Diario, Nº477).

El silencio, como he dicho ya, es muchas veces el más elocuente de los gritos. La misma Santa Faustina cuenta: «Cuando me enviaron para un tratamiento a la casa de Plock, tuve la suerte de adornar con flores la capilla… La Hermana Tecla no siempre tenía tiempo, pues a menudo yo sola adornaba la capilla. Un día recogí las más bellas rosas para adornar la habitación de cierta persona. Al acercarme al pórtico, vi al Señor Jesús que estaba de pie en ese pórtico y me preguntó amablemente: —Hija Mía, ¿a quién llevas estas flores? —Mi silencio fue la respuesta al Señor, porque en aquel momento me di cuenta de que tenía un sutil apego a esa persona de lo que antes no me daba cuenta. Jesús desapareció en seguida. En el mismo instante tiré las flores al suelo y fui delante del Santísimo Sacramento con el corazón lleno de agradecimiento por la gracia de haberme conocido a mi misma». Al hacer silencio, ponemos nuestra esperanza en Dios que nos habla, que nos cuestiona, que nos corrige. El salmo 65 sugiere que el silencio es también una forma de alabanza. El primer versículo del salmo 65 que en la versión griega que nosotros seguimos dice: «Oh Dios, tú mereces un himno en Sión», en la versión hebrea dice: «Para ti, oh Dios, el silencio es alabanza en Sión». Cuando cesan las palabras y los pensamientos, Dios es alabado en el asombro silencioso y la admiración.

Cuando la palabra de Dios se hace «voz de fino silencio», es más eficaz que nunca para cambiar nuestros corazones. En el monte Sinaí, Dios habló a Moisés y a los israelitas. Truenos, relámpagos y un sonido te trompeta cada vez más fuerte precedía y acompañaba la Palabra de Dios (Ex 19). Siglos más tarde, el profeta Elías regresa a esa misma montaña de Dios y vuelve a vivir la experiencia de sus ancestros: huracán, terremoto y fuego, y se encuentra listo para escuchar a Dios en el trueno. Pero el Señor no se encuentra en los fenómenos tradicionales de su poder. Cuando cesa el ruido, Elías oye «un suave murmullo», «un silbo apacible y delicado», «una suave brisa», «un sonido suave y delicado», «un susurro silencioso» y es entonces cuando Dios le habla. (cf. 1 Re 19,12). La versión griega de los Setenta y la Vulgata han traducido de todas estas maneras, probablemente para evitar la aparente contradicción entre ruido o voz, de una parte, y silencio, de otra. Pero lo que significa la palabra hebrea «demama» es precisamente «silencio». El huracán del monte Sinaí resquebrajaba las rocas, pero la palabra silenciosa de Dios es capaz de romper los corazones de piedra. Para el propio Elías, el súbito silencio era probablemente más temible que el huracán y el trueno. Las manifestaciones poderosas de Dios le eran, en cierto sentido, familiares. Es el silencio de Dios lo que le desconcierta, pues resulta tan diferente a todo lo que Elías conocía hasta entonces. En el silencio, la palabra de Dios puede alcanzar los rincones más ocultos de nuestro corazón. En el silencio, la palabra de Dios es «más cortante que una espada de doble filo: penetra hasta la división del alma y del espíritu.» (Hb 4,12). Al hacer silencio, dejamos de escondernos ante Dios y la luz de Cristo puede alcanzar y curar y transformar incluso aquello de lo que tenemos vergüenza. 

Necesitamos abrirnos al silencio de Dios, porque tenemos necesidad de silencio para acoger al Señor. La beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento escribe: «El misterio de la encarnación del Verbo se realiza en el silencio, como todas las cosas de Dios, pero el Padre, con su mudo lenguaje, dejando descender sobre todas las obras de su creación un destello de su divinidad, parece decirnos en cada una de ellas: Yo te he dado mi Verbo, mi Palabra increada, mi amor esencial; toda la naturaleza lo proclama a voces; y con Él, te doy su Madre, la Madre purísima del Hijo, mi amadísima Hija, la purísima entre todas las criaturas salidas de mis manos creadoras» (Notas Íntimas). Silenciosos y pobres, nuestros corazones quieren ser conquistados por el Divino Verbo, De manera humilde pero cierta, el silencio nos conduce a amarle y hacerle amar el mundo entero. La beata Madre escribe en una de sus cartas: «Tengo hambre y sed de estar callada, y esto hace mucho bien a mi alma» (Carta colectiva desde Gardena, California, el 3 de agosto de 1961). Y solía decir: «El mayor atractivo de mi alma es la contemplación callada, silenciosa (Ejercicios Espirituales de 1950).

«El silencio custodia el misterio», dice el Papa Francisco (Homilía en Santa Marta, 20-XII-2013), el misterio de Dios. Y los espacios de oración nos invitan a entrar en este silencio si queremos encontrarle. En este tiempo de tanto ruido, como empecé diciendo en esta reflexión, María santísima se hace para nosotros modelo perfecto de escucha de Dios, que habla al corazón humano. Nos dirigimos a ella, que fue concebida sin la mancha del pecado original y guardó en el silencio de su corazón tantas cosas (Lc 2,19). Que Ella, a quien me gusta mucho verla vestida de Guadalupan, nos ayude a percibir en la belleza y el valor del silencio y nos aliente a buscar con todas nuestras energías la cumbre espiritual de la santidad.

Padre Alfredo.

sábado, 22 de diciembre de 2018

«María, la Virgen del silencio»... Un pequeño pensamiento para hoy

En el camino de la fe de toda persona, desde su inicio, hasta las cumbres de la mística, Dios se percibe como un Dios escondido a quien no podemos poseer pero en quien podemos esperar y confiar porque se hace encontradizo. Dios se revela al hombre a través de la palabra que lo manifiesta y del silencio que lo oculta, ese silencio que siempre alegra el corazón y lo hace sentirse amado, fuerte y seguro. Es lo que el salmo responsorial de hoy nos recuerda en un trozo entresacado del capítulo 2 del primer libro de Samuel. El contexto de esto es el hecho de que Ana se regocijó en el hecho de que Dios, actuando así, silenciosamente y de forma escondida, le había dado un hijo: Samuel, cuyo nombre significa «escuchado por Dios», porque Ana lo obtuvo por medio de la oración silenciosa al Señor. Ella resultó victoriosa sobre los que se burlaban de su condición por ser estéril, y se alegró en su salvación. La presencia de Dios puede ser percibida y acogida así después del silencio que se hace en el corazón para orar a él sin distracción alguna. A Dios hay que percibirlo como una «caricia silenciosa», para entrar en relación con él en la oración. No necesitamos una voz divina que nos ensordezca, sino afinar la sensibilidad espiritual para avizorar a Dios donde parece no estar y escucharlo en el silencio del corazón en una alegría íntima que nadie puede arrebatar. 

Estamos en Adviento, un tiempo privilegiado de oración en donde esperamos que la bondad y la providencia de Dios se revelan totalmente en el silencio. Y, a ese silencio, al silencio de Dios, corresponde el silencio expectante del hombre y puede ser signo de desconcierto, porque no sabemos ni el día ni la hora en que vendrá de nuevo el Señor, es algo que tiene callado, pero ciertamente vendrá para alegrar el corazón. El silencio de Dios, no a pesar, sino precisamente por su complejidad y ambivalencia, se convierte entonces en un espacio de crecimiento espiritual en donde se juega la libertad y la dignidad del hombre que vive de frente ante el misterio de la Navidad y de la Parusía. Este silencio es el de María, que se desborda solamente en la intimidad de la casa solariega de Isabel a la llegada de su visita en que exclama, y en unas cuantas palabras, todo lo que está guardado en el corazón por la grandeza que el Señor ha hecho al haberla llamado a ser la Madre de Dios (Lc 1,46-56). María, nuestra Madre, en realidad recurrió poco a la palabra. Ella vivía la alegría en el corazón y, realmente —sin ser de Monterrey— ¡cuántas palabras se ahorró! Pero, cuánto escuchó al Señor en su corazón y cuánto dejó dicho sin palabras. Cuánto dejó escrito con su vida. Cuánto testificó con sus obras. 

María, la Virgen del Silencio, nos enseña a vivir en estos últimos días del Adviento un silencio fecundo y humilde, cuajado de obras y realizaciones que queremos ofrendar al pequeño Niño cuando nazca en Belén y que queremos que encuentre en obras fecundas cuando regrese por segunda vez. Las parcas y profundas palabras del Magníficat que hoy escuchamos, nos aleccionan magistralmente en el difícil arte de decir poco, hacer mucho y orar desde el corazón guardando allí, en primer lugar, lo que es para Dios. Sí, en los umbrales de la Navidad, mientras José y María buscan posada, pienso en el silencio de esta mujer sorprendente que calló para que hablaran las obras del Creador, y para que hablase Dios mismo en ella y en los demás. Su silencio estaba hecho de oración y acción. Un silencio lleno, no vació ni hueco. Un silencio colmado de Dios, de sus palabras, de sus maravillas. María «guardaba todas las cosas meditándolas en su corazón» afirma el evangelista (Lc 1,52). Porque sólo en silencio se pueden comprender las palabras de Dios y «sus cosas». Me quedo pensando: ¡Si yo fuera capaz de lograr más silencios en mi vida, más abierto estaría a la voluntad del Padre y mejor sacerdote sería! Sí, seguro que sí. ¡Me encomiendo y un feliz sábado de la mano de María! 

Padre Alfredo.

miércoles, 10 de enero de 2018

«Un, dos, tres, calladito es»... Un pequeño pensamiento para hoy

Parece ser que los tiempos del joven Samuel se parecen a los nuestros, pues la primera lectura del día de hoy inicia destacando: «en los tiempos en que el joven Samuel servía al Señor a las órdenes de Eli, la palabra de Dios se dejaba oír raras veces y no eran frecuentes las visiones» (1 Sam 3,1). En nuestros tiempos sucede lo mismo según algunos, y es que Dios goza de manifestar su misericordia, su bondad y su mensaje en las cosas sencillas y ordinarias de cada día y nos habla de manera sencilla sobre todo en el silencio de la oración. Las revelaciones y visiones son, como ha sido siempre, algo realmente extraordinario, por eso la Iglesia es tan cuidadosa en este campo. Somos hijos de Dios, y como tales, en la Iglesia fundada por Cristo se nos ha dejado al Espíritu Santo para que podamos comunicarnos con Dios. Sabemos que escuchamos la voz de Dios porque en la Iglesia somos sus ovejas y Él es nuestro Pastor; no porque nos esté hablando a cada uno de manera ordinaria. Lamentablemente hay muchos que han dejado de percibir su voz porque se han alejado de la Iglesia a ola han dejado definitivamente. No es que Dios no quiera hablar, Él siempre está interesado en hablarnos, pero por ciertas razones sus hijos del tercer milenio hemos dejado de escuchar su voz porque estamos llenos de ruidos. El Señor suele hablar en el silencio, es así como Samuel lo escucha, aunque al inicio confunde su voz con la de Elí, que sabe dirigirlo hacia donde debe: «Ve a acostarte, y si te llama alguien, responde: “Habla, Señor, tu siervo te escucha” (1 Sam 3,9).

Esta narración es una de las más encantadoras y sublimes de la literatura bíblica, y una de las más conocidas. Un pasaje bíblico que expresa el nacimiento de todo el movimiento profético en Israel. De Moisés a Samuel no hay ningún otro profeta. Dios hace oír su palabra en la noche y nace el profetismo, una nueva forma de presencia y de experiencia divina en medio del pueblo. La narración nos transporta al santuario donde estaba el arca de la alianza y donde ardía la lámpara de Dios, símbolos ambos de la presencia silenciosa de Dios. La llamada de Samuel sucede en un lugar santo en donde la guía experimentada del anciano Elí ayuda a discernir la voz de Dios. Samuel, con una docilidad y disponibilidad increíbles, se ofrece al ministerio que se le pide con prontitud y decisión. Cuando Dios vuelve a hablar, Samuel responde como le había enseñado Elí: «Habla, Señor, tu siervo te escucha» (1 Sam 3,10). Acostumbrarnos a escuchar la voz de Dios no es fácil, ya que nos hemos acostumbrado a oír voces como la murmuración, la voz del enemigo, la voz de nuestra alma y al escuchar tantas voces, más tanto ruido que hay a nuestro alrededor, llega un momento en el que cuesta diferenciar la voz de Dios de todo lo demás. Por eso es tan importante el silencio en la oración, como nos recuerda el salmista: «Sacrificios y ofrendas no quisiste, abriste en cambio, mis oídos a tu voz» (Sal 39). 

Así es la oración de Jesús, el diálogo con su Padre no es solamente con palabras; es —como decía el papá de la beata María Inés Teresa— un encuentro de corazón a corazón. Así nos lo recuerda hoy san Marcos en el Evangelio (Mc 1,29-39): «De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, Jesús se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, donde se puso a orar». Yo creo que, en los difíciles tiempos que estamos viviendo, en donde el ruido se desborda como una presa que llega al tope y rompe la cortina arrasando con todo, Dios no está buscando bocas que hablen sin ton ni son, sino oídos que escuchen en el silencio de la oración. Si los discípulos misioneros nos preocupamos por oír la voz de Dios, como la escuchó María a través del anuncio de Gabriel, como la escuchó José en sueños, como la escucharon los santos en los momentos de adoración, no estaríamos tristeando. ¿Habría llamado Dios a Samuel una quinta, una sexta, una séptima, o aún más veces? ¡Claro que sí! Porque cuando uno se ha dejado «alcanzar» por Dios, ya no cesa ese diálogo silencioso. Julio Sahagún de la Parra, en su libro «Plenitud de vivir» dice que «los místicos coinciden en que el silencio interior es la disposición indispensable para captar la realidad tal como es, además de permitirnos la integración con nosotros mismos, con los demás seres y con Dios, y nos dicen que en el silencio, y sólo en él, es posible llegar a la percepción de nuestra interioridad». Así que en medio del ruidazo en el que estamos inmiscuidos casi todos, recordemos aquello de un, dos, tres... calladito es. ¡Qué tengas un feliz y bendecido miércoles buscando un espacio de silencio interior para escuchar la voz de Dios!

Padre Alfredo.

sábado, 30 de abril de 2016

Una breve reflexión sobre el silencio... Un tema para retiro

Cada día, en este mundo en donde hasta el ruido se ha globalizado, el individualismo está presente en cada paso que damos, lamentablemente todo mundo va de prisa y no tiene tiempo de interiorizar. El ruido caótico define a nuestra sociedad como una cultura desordenada, salvaje y subversiva en la que los individuos no tienen ninguna consideración hacia el otro. Vivimos rodeados de ruidos que nos obligan a mantenernos alejados de nosotros mismos y nos mantienen pegados a las cosas; intentando tapar con música los ruidos de la calle o con conversaciones triviales hablando por el celular, watsapeando y arriesgando la vida por estar desatentos. Es extraño escuchar a alguien decir que se toma unos minutos al día para estar en silencio para encontrarse consigo mismo y para encontrar a Dios. Jesús tenía la costumbre de ir solo a orar en silencio (Lucas 4,42 ).

¡Qué importante es el silencio en nuestra vida y no solamente en el tiempo en que se hace retiro o se participa en unos Ejercicios Espirituales. Dice san Ireneo de Lyon que Abrahán, antes de oír la voz de Dios, ya lo buscaba «ardientemente en su corazón», y que «recorría todo el mundo, preguntándose dónde estaba Dios», hasta que «Dios tuvo piedad de aquel que, por su cuenta, lo buscaba en el silencio». [Demonstratio apostolicae praedicationis, 24: SC 406, 117.] (L.F. 35). Cuando estamos en silencio, hay miles de cosas que escuchamos y a las que de otra manera no se les pone la debida atención… Logramos identificar el canto de los pájaros, escuchar la fluidez del agua, los latidos de nuestro corazón, la quietud de nuestro alrededor y percibir la presencia de Dios. Si realmente un alma quiere conocer las cosas de Dios y adelantar en el camino de la santidad, el silencio no se hace obligación sino «necesidad». “Silencio de los hombres y silencio de las cosas”, decía san Juan Pablo II. 

San Ignacio de Loyola, dice que el silencio tiene dos facetas: Ante todo hay un silencio interior, que consiste en acallar otros pensamientos, preocupaciones e inquietudes que distraen al alma de lo único necesario (Lc 10, 38-42). En segundo lugar está el silencio exterior. Sólo así se podrá obtener fruto, sólo así se podrá escuchar la voz de Dios. El Papa emérito, Benedicto XVI, escribió en uno de sus libros "Introducción al Cristianismo", tal vez el más conocido antes de ser elegido como Sumo Pontífice: “Dios es palabra, pero con eso no hemos de olvidar la verdad del ocultamiento permanente de Dios, sólo si lo experimentamos como silencio, podemos esperar escuchar un día su palabra que nace del silencio". 

Es que el silencio es una excelente herramienta para muchas cosas, desde enriquecer nuestra vida interior a “bajar varias revoluciones” cuando estamos ansiosos, nervioso o estresados sintiendo que Dios no tiene tiempo de escuchar. Los estímulos que nos rodean (publicidad, televisión, radio, PC, ruidos, conversaciones, bocinas) hacen que nuestro cerebro siempre esté en «alerta» y lleno de ruidos. Estamos continuamente pendientes de lo que ocurre más allá de nuestro cuerpo, hasta cuando dormimos. Sin ellos, podemos sentirnos solos, abandonados, con miedo, etc. Es necesario parar de hablar un momento, dejar de escuchar la televisión o a las personas (desde la pareja a los amigos, pasando por los políticos a los periodistas) y comenzar a conectarse más con el silencio, porque en el silencio se puede escuchar a Dios con más claridad y se pueden tomar mejores decisiones. El silencio es la mejor plegaria, el mejor camino hacia el autoconocimiento y la vía recta hacia el encuentro con Dios... ¡Con razón la Virgen habla tan poco en el Evangelio!

Hay que buscar y poner los medios para el silencio, Sobre los frutos de la soledad y el silencio puede ir uno a la Imitación de Cristo I, 20. Necesitamos el silencio para que María, la Madre del Señor, se pueda acercar a nuestro oído y escuchemos sus finas palabras que casi susurrando nos dirán siempre: «Hagan lo que Él les diga» (Jn 2,5). El silencio además junto al tiempo es una excelente cura para las heridas del alma. Allí donde ese sufrimiento parece interminable, el silencio prepara el camino para la reflexión, el análisis inteligente y el enfoque correcto para una vida con paz mental. El silencio es una bendición.

La beata María Inés Teresa nos dice: “Resolvamonos a ser silenciosos, a no hablar interiormente con nosotros mismos, en disputa con nuestro yo. Hablemos mejor con Dios, de corazón a corazón ya sea en la capilla o en medio de nuestras ocupaciones diarias, con tanta mayor intensidad, cuanto podamos. Y, cuando esto, por el trabajo intelectual que ocupe la mente, no nos sea posible, ofrezcamos entonces al Señor, la intención de orar con él en cada latido de nuestro corazón y ofrezcámosle la acción que realizamos, uniéndola a sus méritos infinitos. Rectifiquemos esta intención con la mayor frecuencia posible. Hagamos de nuestro trabajo una perpetua oración”. (Carta colectiva de Octubre 20 de 1958, f. 3323).

Tal vez valga la pena hacernos algunas preguntas y hacer un espacio de silencio para contestarlas:

¿Hago silencio en mi interior para penetrar en la grandeza de mi vocación de hijo de Dios y como parte de la higiene mental de mi vida?

¿Busco el silencio con el deseo sincero de encontrarme personalmente con Dios, de abrirle mi alma de par en par, de escucharle, de conversar con Él, de convertirme, de acercarme más a Él?

¿Vivo el silencio como un callar práctico o por mera obligación, o trato de vivirlo como silencio que se hace “adoración” y encuentro con Dios y conmigo mismo?

¿Cómo son mis relaciones con Dios en mis ratos de silencio: de indiferencia, superficialidad, autosuficiencia, o de verdadera humildad, de sencillez y de confianza absoluta? 

¿Aprovecho los momentos de silencio para crecer, como María, en el amor de Dios en las cosas pequeñas que puedo hacer, en el cumplimento de mi horario personal, en la delicadeza, en la caridad, en el aprovechamiento del tiempo en lo que puedo adelantar, en tener un pasatiempo lícito que me ayude a crecer, en practicar algún acto de piedad, o es solo un espacio de aburrimiento? 

¿Me ayuda el silencio para crecer en mi vida interior? ¿Lo cultivo todos los días? ¿De qué manera? ¿Vivo el recogimiento de mi alma y de mis sentidos para que mi corazón sea un sagrario donde more la Santísima Trinidad por la vida de gracia y las virtudes?

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

lunes, 2 de marzo de 2015

«De corazón a corazón en silencio con Dios»... HORA SANTA 10




Canto de Entrada:


Soy yo, Señor, quien contigo quiere hablar
Soy yo, Señor, quien contigo quiere hablar.


En mi alma hay un enjambre, hay rumores mil,
hay un rojo surtidor.
Es preciso más silencio si pretendo oír, el murmullo de tu voz.

Tú me buscas, tú me llamas, mendigando vas,
mi alegría y mi dolor.
Y mi nombre está en tus labios pues quieres contar,
Con mi colaboración.

Yo quisiera agradecerte haber pensado en mí,
sin cansarte y sin afán.
Es muy grato serte útil y poder servir,
en un hueco de tu plan.

Ministro: Adoremos y demos gracias en cada momento
Todos: al Santísimo Sacramento

Padre Nuestro …
Ave María …
Gloria …

Ministro: Señor Jesucristo, creemos firmemente que te encuentras presente en el Santísimo Sacramento del altar, te amamos con todo el corazón y con toda el alma. Hemos venido a estar contigo, deseamos ardientemente acompañarte en el silencio orante, recordando que Tú te retirabas en silencio a orar a tu Padre. Y porque queremos escuchar tu voz y la voz de tu Padre, queremos acallar nuestro corazón haciendo ese espacio de silencio tan necesario entre el ruido del diario ir y venir.

Momentos de silencio.

Canto de meditación: 

Bendigamos al Señor, que nos une en caridad
Y nos nutre con su amor, en el Pan de la Unidad
¡Oh Padre nuestro!


Conservemos la unidad, que el Maestro nos mandó
Donde hay guerra que haya paz, donde hay odio que haya amor.
¡Oh Padre nuestro!

El Señor nos ordenó devolver el bien por mal
Ser testigos de su amor, perdonando de verdad.
¡Oh Padre nuestro!

Al que vive en el dolor y al que sufre en soledad
Entreguemos nuestro amor y consuelo fraternal.
¡Oh Padre nuestro!

Momentos de silencio.

Ministro: El estar ante tu presencia Eucarística nos invita a callar. El silencio es algo que nos hace acompañarte en Getsemaní o en el Tabor; el silencio nos llena de Ti escuchándote y poniendo en obra tu Palabra saliendo como misioneros de la adoración callada al encuentro con nuestros semejantes.

Lectura del Evangelio según san Lucas:                       Lc 6, 43-49

No hay árbol bueno que dé una fruta mala, y el árbol que no es sano tampoco dará fruta buena. Además, todo árbol se reconoce por su fruto. No se sacan higos de los espinos, ni de las zarzas se sacan uvas. El hombre bueno saca cosas buenas del tesoro que tiene adentro, y el que es malo, de su fondo malo saca cosas malas; porque su boca habla de lo que abunda en el corazón. ¿Porqué me llaman Señor, Señor, y no hacen lo que yo digo? Les voy a decir a quién se parece el que viene a escuchar mis palabras y las practica. Se parece a un hombre que, al construir su casa, cavó bien profundamente y puso los cimientos sobre la roca. Vino una inundación y la corriente se precipitó sobre su casa, pero no pudo removerla porque estaba bien construida. Por el contrario, el que escucha mi palabra, pero no la practica, se parece a un hombre que construye sobre tierra, sin cimientos. La corriente se precipitó sobre ella y enseguida se desmoronó, siendo grande el desastre de esa casa. Palabra del Señor.

Momentos de silencio.

Lector 1: De este Evangelio que hemos escuchado, se desprende que no pueden existir frutos, es decir, eficacia en el campo de la fe y del espíritu, si no se escucha la Palabra de Dios en lo más profundo de uno mismo.

Lector 2: Pero ¿Cómo lograr esa escucha sino en el silencio que nos llena de Dios? El silencio interior y exterior puede y debe ser oración, porque el silencio es momento ascético de suma importancia en la vida humana y cristiana. Sin embargo, el silencio casi no existe, porque es borrado por el ruido y el vértigo de la vida actual. Vivimos inmersos en una cultura de lo inmediato y de la prisa, confundimos eficacia con actividad febril, y no damos tiempo para que maduren las personas, los frutos y las cosas.

Lector 1: Para colmo, al torbellino y la velocidad, el mundo de hoy une el ruido que circunda por todas partes: máquinas y motores, mítines y propaganda, timbres y teléfono, automóviles y sirenas difunden por doquier un ruido inmenso en cantidad desmedida. Son ruidos que nos producen sordera para percibir el rumor del silencio, más elocuente, con frecuencia, que las grandes palabras.
  
Lector 2: Un hombre poco religioso, como era el filósofo Federico Nietzsche, afirmó que el hombre se mide por la cantidad de silencio que es capaz de soportar consigo mismo. Ardua medida para el hombre actual... Si eso dice un hombre poco religioso, ¿qué tendríamos que decir nosotros que sabemos que somos hijos de Dios y que Cristo vive en nuestro interior?  

Lector 1: Gran sabiduría es saber vivir en silencio, soportarlo, amarlo, saborearlo y sacarle partido. Si es inteligente, el silencio nunca es estéril. Necesitamos desesperadamente el silencio para captar la presencia y la voz de Dios, para escuchar su palabra a la sombra de una encina, como Abraham en Mambré; para no dejar pasar de largo al Señor, como María en Betania; para que, en fin, el corazón rebose de Dios.

Lector 2: Hoy, en este silencio meditativo, a través del cual el Señor nos habla desde la Eucaristía, queremos aprender a ser «traductores de los signos de los tiempos» —como anunciaba el beato Juan XXIII—, de estos tiempos de tanto ruido que requieren callar para poder escuchar tu voz. ¿Como haría María de Nazareth para escuchar la voz del Señor? ¿Cómo haría san José su esposo para atender a la voz de Dios?

Momentos de silencio.

Lectores (Se sugieren dos): 
1. Bendito eres, Señor, Dios de nuestro padre Israel por los siglos de los siglos.
2. Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder, la gloria, el esplendor, la majestad.
1. Porque tuyo es cuanto hay en cielo y tierra, Tú eres rey y soberano de todo.
1. y 2. De Ti viene la riqueza y la gloria, Tú eres Señor del universo, en tu mano está el poder y la fuerza.
1. Tú engrandeces y confortas a todos.
1. y 2. Por eso, Dios nuestro, nosotros te damos gracias, alabando tu nombre glorioso. Amén.

Momentos de silencio.

Lector: De los escritos de la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento: Cada día se me acentúa más la impresión y la necesidad de ya permanecer en el silencio, a solas con Dios (f. 4194). Resolvamos a ser silenciosos, a no hablar interiormente con nosotros mismos, en disputa con nuestro yo. Hablemos mejor con Dios, de corazón a corazón (f. 3323), guardando el silencio se tiene mas tiempo para hablar con Dios (f. 3577); silencio interior, para que el Espíritu Santo pueda comunicarse a nuestras almas (f. 3624). Las almas nos necesitan en todo el mundo. Y es un mandato divino: Id y evangelizad a todos los pueblos. Nosotros somos misioneros de acción, pero no olvidemos que esta acción debe arraigar en la oración, en la contemplación. De aquí la necesidad de ser silenciosos, para saber escuchar la voz de Dios que habla en la soledad del corazón. (f. 4376).

Momentos de silencio.

Ministro: Nuestro silencio se hace ahora canto, un canto de súplica por la Iglesia y por el mundo, por este mundo obsesionado en el ruido, en el ajetreo, en el no querer encontrar reposo para escuchar tu voz. Que el silencio junto a Ti, se nos convierta en súplica sencilla y humilde.

Canto de meditación:

Que nos conduzca la Iglesia por tus senderos, Señor
Que los obispos y el Papa nos encaminen a Ti.

Te lo pedimos, óyenos, Señor

Que nos sintamos hermanos, unidos siempre en tu amor
Que todos juntos hagamos la gran familia de Dios.

Que los que sufren y lloran hallen consuelo en tu amor
Que los que andan perdidos, encuentren luz y perdón. 

Momentos de silencio.

Ministro: Decía el beato Juan Pablo II que «salir» es un término rico en experiencia cristiana, es el fruto más exquisito que produce la amistad y la relación con Jesús. Es —afirmaba el Papa—encontrarnos de nuevo con quienes vivimos bajo el mismo techo: esposa, esposo, hijos u otros familiares, con los que viven cerca de nosotros: los vecinos de al lado y los de enfrente, la comunidad en donde estoy. Oremos ahora en silencio para poder «salir» al encuentro de nuestros hermanos, pero no con las manos vacías, sino repletas de la gracia de haber estado, como decía Santa Teresa: a solas con aquel que sabemos que nos ama.

Momentos de silencio.

Canto de meditación: 

Hazme un instrumento de tu paz, donde haya odio lleve yo tu amor
Donde haya injuria tu perdón Señor, donde haya duda fe en ti. 

Maestro ayúdame a nunca buscar, el ser consolado sino consolar
Ser entendido sino entender, ser amado sino yo amar.


Hazme un instrumento de tu paz, que lleve tu esperanza por doquier
Donde haya oscuridad, lleve tu luz, donde haya pena, tu gozo, Señor.
Hazme un instrumento de tu paz, es perdonando que nos das perdón
Es dando a todos como Tú nos das, muriendo es que volvemos a nacer.

Momentos de silencio.

Lectores (Se sugieren dos):
1. El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros;
2. Conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación.
1. y 2. ¡Oh Dios!, que te alaben los pueblos. Que todos los pueblos te alaben.
1. Que canten de alegría las naciones porque riges el mundo con justicia
2. Con rectitud riges los pueblos y gobiernas las naciones de la tierra.
1. y 2. ¡Oh Dios!, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.
2. La tierra ha dado su fruto; nos bendice el Señor nuestro Dios
1. Que Dios nos bendiga, que le teman hasta los confines del orbe.
1. y 2. Oh Dios!, que te alaben los pueblos. Que todos los pueblos te alaben. Amén.

Momentos de silencio.

Oración hecha por todos: 

Alma de Cristo, santifícame, Cuerpo de Cristo, sálvame, agua del costado de Cristo, lávame, pasión de Cristo, confórtame, oh mi buen Jesús, óyeme, dentro de tus llagas, escóndeme, no permitas que me separe de Ti, del enemigo malo defiéndeme, a la hora de mi muerte llámame, y mándame ir a Ti, para que con tus santos y tus ángeles te alabe por los siglos de los siglos. Amén.

Momentos de silencio. 

En este momento nos ponemos todos de rodillas para recibir la bendición con el Santísimo Sacramento.  
Canto preparación para la bendición:

Bendito, bendito, bendito sea Dios,
los ángeles cantan y alaban a Dios. (2)

Yo creo, Jesús mío, que estás en el altar, 
oculto en la hostia te vengo a adorar ( 2 ) 

Espero, Jesús mío, en tu suma bondad, 
poder recibirte con fe y caridad ( 2 )

Ministro: Nos diste, Señor, el Pan del Cielo
Todos: Que en sí contiene todas las delicias.

Ministro: Oh Dios que bajo este admirable sacramento del Altar, nos dejaste el memorial de tu pasión, te pedimos nos concedas venerar de tal manera los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu sangre, que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

(Si está presente un sacerdote, éste dará la bendición del forma acostumbrada). 

Ultimas oraciones. 

Todos:
Bendito sea Dios
Bendito sea su santo nombre
Bendito sea Jesucristo verdadero Dios y verdadero Hombre
Bendito sea el Santo Nombre de Jesús
Bendito sea su sacratísimo corazón
Bendita sea su preciosísima sangre
Bendito sea Jesucristo en el santísimo Sacramento del altar
Bendito sea el Espíritu Santo Consolador
Bendita sea la gran Madre de Dios: María santísima
Bendita sea su santa e inmaculada concepción
Bendita sea su gloriosa Asunción
Bendito sea el nombre de María: Virgen y Madre
Bendito sea san José su castísimo esposo
Bendito sea Dios en sus ángeles y en sus santos.

Canto final:


El silencio está cantando
una canción de amor y paz
el silencio está rezando
una oración por los demás.

MUCHA GENTE VIVE SIN AMOR
VIVE EN SOLEDAD; MAS AQUI
EN LA CASA DEL SEÑOR
SOLEDAD NO EXISTE, NO
SOLEDAD NO EXISTE NO.

El silencio está gritando
pidiendo paz, diciendo amor
el silencio sigue hablando
pon tu esperanza en el señor.

dr.algdr