Mostrando entradas con la etiqueta Mujer. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mujer. Mostrar todas las entradas

viernes, 8 de marzo de 2024

«En el día internacional de la mujer»... Un pequeño pensamiento para hoy


No puedo hacer a un lado, antes de iniciar mi reflexión escrita —que será bastante larga— que hoy, sobre la faz de la tierra la humanidad celebra el «Día Internacional de la Mujer» y he pedido, desde el despertar, por todas las mujeres del mundo y por el camino que se ha recorrido en torno a la dignidad y los derechos de la mujer. Pienso ahora en el arduo andar de una búsqueda de equidad de género que se viene gestando a lo largo de muchos, muchos años y que va dando resultados de respeto, de cordialidad, de admiración y de empoderamiento de la mujer. Veo, por ejemplo, el caminar en el campo político en el que, gracias a la celebración de este día, muchas mujeres, que no eran tomadas en cuenta, tienen ahora derechos que son del todo indispensables, como las mujeres de Arabia Saudita que, en 2015, hace apenas nueve años, alcanzaron el derecho al voto. Me parece que de una forma muy acertada, el Señor se hace presente en este día en mi vida y en mi mundo en relación con la mujer y me habla a mí, a todos, y en especial a las mujeres en la Oración Colecta. La oración dice así: «Te rogamos, Señor bondadoso, que infundas tu gracia en nuestros corazones, para que apartándonos siempre de todo humano extravío, podamos acoger, con tu ayuda, las inspiraciones que nos vienen de ti». 

Me detengo a meditar en lo terrible que puede llegar a ser el no apartarse del humano extravío y dirijo mi mirada a diversos tipos de mujeres que, desgraciadamente, sin entender su valor de hijas de Dios y la grandeza de su dignidad, se contentan con ser tenidas como provocativos objetos sexuales que buscan atrapar a como de lugar al dinero y al placer como diosecillos que llenan sus aspiraciones. Dirijo también mi mente, al orar, a contemplar esas marchas, incluso inhumanas, que se hacen este día por mujeres que han sacado a Dios de sus vidas, de sus corazones y de sus conciencias y que no han entendido su dignidad ante Dios y ante la humanidad lanzándose, en unos actos aberrantes, a destruir cuanto encuentran a su paso, hasta llegar a los palacios de gobierno de municipios, estados y naciones, para exigir derechos que van mucho más allá de lo que intrínsecamente deben tener no solamente las mujeres sino sobre todo ser humano. Veo, junto a esto, por otra parte y con dolor, a tantas mujeres que ciertamente sufren, y muchísimo, por pérdidas, por duelos, por abusos de hombres que tampoco han entendido su misión en el mundo y se han quedado atrapados en el extravío humano. En contraste con esas actitudes que se quedan atrapadas en el extravío humano, esta el papel de la mujer en la Iglesia, que es interpretado a la luz de una antropología integral y honda y de un feminismo que va a sus raíces. La importancia de un verdadero feminismo cristiano es tal que se hacen todos los esfuerzos posibles y necesarios por presentar los principios en los que se basa su dignidad. Es claro el magisterio reiterado de Juan Pablo II, Benedicto XVI y de Francisco desde una antropología integral que destaca su papel específico, grandioso e insustituible en relación con la humanidad, su igualdad en cuanto naturaleza y dignidad respecto del hombre, su diferencia con el varón y su complementariedad, sus derechos inalienables que le corresponden en su igualdad, su significado original e insustituible en la vida del hombre como madre y como educadora. Veo, junto a esto y en contraste, a tantas mujeres que ciertamente sufren, y muchísimo, por pérdidas, por duelos, por abusos de hombres que tampoco han entendido su misión en el mundo y se han quedado atrapados en el extravío humano. 

Hoy les invito a orar por un abierto reconocimiento de la dignidad personal de la mujer y en cuanto mujer con toda su femineidad, personificada radicalmente en María, la Madre de Dios y Madre nuestra. Creo que este reconocimiento, que no se queda atorado en el extravío humano, es el primer paso a realizar con toda la fuerza y sin ninguna limitación para promover la plena participación tanto en la vida eclesial como en la social y pública. Las mujeres participan en la vida de la Iglesia de una manera maravillosa. Yo mismo puedo dar testimonio de ello, pues formo parte de un instituto misionero fundado por una mujer extraordinaria, la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento; en una de mis tareas encomendadas al poner mi granito de arena para las causas de los santos, tengo como jefe, una mujer; mi asistente, que es una persona maravillosa y de una entrega apasionante a su trabajo, es una mujer y por si fuera poco, la inmensa mayoría de los miembros de nuestra Familia Inesiana, son mujeres, todas admirables y alegres, guiadas por la sonrisa perenne de la madre Martha. Por otra parte, en la vida parroquial, en las consultas y en la elaboración de decisiones, tanto en el consejo de pastoral, como en el de asuntos económicos, está la mujer presente con los mismos derechos del hombre. Hoy pido que las mujeres, las que tengo de cerca —tan cerca como mi madre, esa valiosa mujer que vale oro— como todas las demás, no dejen de mirar a María para conservar el candor, la humildad, la alegría, la fortaleza, la serenidad, la maternidad, la belleza interior, la escucha y tantas cosas más que tanto necesitamos los hombres. ¡Bendecido viernes y felicidades a todas las mujeres en su día!

Padre Alfredo.

martes, 28 de enero de 2020

«¿Por qué no existen mujeres sacerdotes?»*...

¡Vaya pregunta! y ¡vaya respuesta tan clara y difícil de desmenuzar a la vez!

Son muchos los especialistas que han escrito sobre el tema. Yo, que soy como una pequeñísima rama, de estas que están al final de las grandes ramas de los árboles, no tengo nada nuevo que aportar a lo que se ha escrito sobre el tema y que es bastante claro. La propuesta del sacerdocio femenino —que a decir verdad viene de una minoría de católicos— ha buscado argumentos de índole muy diversa para apoyar esa propuesta que de entrada, podemos decir, va contra la voluntad de Cristo, pues queda claro, por los testimonios del Evangelio, que él no buscó instituir mujeres como sacerdotes, pues eran varias las que le acompañaban y no solamente María la de Magdala como a veces hacen creer. El Evangelio expresa, con gran claridad, que en aquellos tiempos, Jesús iba caminando por ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios; que le acompañaban los Doce, y «algunas mujeres» que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: «María, llamada Magdalena», de la que habían salido siete demonios, «Juana, mujer de Cusa», un administrador de Herodes, «Susana» y «otras muchas» que les servían con sus bienes (Lc 8,1-3).

A ninguna de ellas las ordenó sacerdotisas como los Apóstoles, sino las invitó a «servir», hecho que queda claro también en el Evangelio cuando Jesús se halla clavado en la cruz, después de morir, y el evangelista San Marcos dice que había allí unas mujeres, mirando desde lejos: «María Magdalena», «María, la madre de Santiago el menor y de José», y «Salomé.» Ellas, —afirma San Marcos— «seguían» a Jesús y «lo servían» cuando estaba en Galilea. Y había también «muchas otras», que habían subido con él a Jerusalén —dice— (Mc 15,40-41). Eso expresa que ninguna de ellas era sacerdote aunque sí «seguidoras» y «servidoras», es decir evangelizadoras. Incluso María Magdalena será reconocida como «Apóstol de los Apóstoles».

Está claro que los discípulos del Señor eran muchos y está claro también que entre ellos había hombres y mujeres. Jesús no discriminó a nadie en su seguimiento, pero, el sacerdocio ministerial, es un don peculiar, que Cristo tiene reservado a varones y por el que Él asume a algunos para que obren en su nombre con su autoridad, para prestar a la Iglesia un ministerio peculiar. La Ordenación Sacerdotal, como sacramento, ha sido reservada siempre a los varones. En esto la Tradición ha sido unánime.

El que las mujeres no sean sacerdotes ministeriales, aunque por el bautismo poseen como todos, el «sacerdocio bautismal», es un acto de la voluntad de Jesucristo mismo, que no implica una discriminación como algunas mujeres piensan, sino que asume la constitución masculina como elemento de la visibilización de Jesucristo: Él fue varón, y quiso que quien hiciera sus veces en la comunidad debía ser varón, por eso para tal encargo eligió a doce hombres.

Esto no implica ningún demerito a la dignidad femenina. De hecho, en todo momento la Iglesia ha considerado como la criatura más excelsa a la mujer que tuvo como misión el dar a luz al Hijo de Dios hecho hombre, a la Santísima Virgen María, quien se presentó a sí misma como «la servidora del Señor» (Lc 1,38). Esto nos enseña que ni ella, por ser la más pura de todas las mujeres, fue sacerdotisa, ya que, como he dicho, no es cuestión de dignidad sino de un servicio ministerial específico. De esta manera no se hace sino reconocer algo que se encuentra marcado con claridad en nuestra constitución biológica y psicológica. Alguien argumenta por allí que esto es tan claro como que no sería normal ver a un varón presentar una denuncia en alguna comisión de derechos humanos contra la naturaleza por haberlo privado de la posibilidad de ser madre.

Así, podemos concluir que en la Iglesia cada uno tiene su lugar según el plan de salvación de Dios, según sus designios. La presencia y la tarea de las mujeres en la Iglesia son imprescindibles, sin eso la Iglesia queda incompleta, pero no es, ciertamente, y con justa razón, su tarea, el ejercer el sacerdocio ministerial, sino el evangelizar, el hacer presente a Cristo como lo hizo su Madre, como lo hicieron aquellas primeras mujeres que «siguieron» y «sirvieron» al Señor.

Padre Alfredo.

* Originalmente este artículo fue escrito para la página de Facebook «Sí Sostenido» el 20 de enero de 2020.

jueves, 8 de marzo de 2018

El «Día Internacional de la Mujer» y su valiosa dignidad... Historia y realidad


Son muchos los países que, alrededor del mundo, han establecido el 8 de marzo como el «Día Internacional de la Mujer», una fecha que tiene que ver con la oficialización de la fecha que fijó la ONU en el año de 1975. Esta celebración tiene un largo camino recorrido y han sido distintos sucesos en los siglos XIX y XX los que han llevado a que se conmemore en esta fecha.

Uno de ellos es el recuerdo doloroso del 8 de marzo de 1857, fecha en que cientos de mujeres trabajadoras de una fábrica de textiles en Nueva York, realizaron una marcha para protestar por los bajos salarios que tenían, que eran menos de la mitad de lo que se les pagaban a los hombres. Esa marcha terminó con la muerte de 120 mujeres debido a la brutalidad con la que la policía dispersó aquella marcha. La cuestión es que en general se dice que aquello llevó a que dos años después, las trabajadoras sobrevivientes fundaran el primer sindicato femenino. Desde entonces las movilizaciones de las mujeres comenzaron a ser más notorias. Diez años después, en 1867, igual en el mes de marzo, se realizó una huelga de planchadoras de cuellos de la ciudad de Troy, en Nueva York, quienes formaron un sindicato y pidieron un aumento de sueldo. Después de tres meses de huelga, las mujeres se vieron obligadas a regresar al trabajo sin haber logrado su demanda. 

Más adelante, las mujeres del Partido Socialista Norteamericano instauraron unas jornadas de reflexión y acción denominadas «Woman’s Day» que empezaron el 3 de mayo de 1908, en el teatro Garrick de Chicago, con el objetivo central de hacer campaña por el sufragio y contra la esclavitud sexual. Luego, en 1909, el grupo de Mujeres Socialistas en Estados Unidos, celebró por primera vez el Día Nacional de la Mujer el 28 de febrero, con una manifestación de al rededor de 20.000 personas que salieron a la calle a reivindicar igualdad de salarios, reducción de la jornada laboral y el derecho a voto. Un año después, en la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas en Copenhague se reiteró la demanda a la no discriminación laboral, el acceso a la educación y otros derechos esenciales. Sin embargo, no se concretó una fecha para conmemorar el Día de la Mujer. 

El 25 de marzo en 1911 Nueva York fue nuevamente escenario de uno de los acontecimientos más simbólicos en la lucha por la igualdad de género, cuando poco más de 100 mujeres y 23 hombres murieron en un incendio en la fábrica Triangle Shirtwaist. Unos cuantos días antes, en Alemania, se acababa de celebrar el 19 de marzo en Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza, el primer «Día Internacional de la Mujer», conmemorando un levantamiento ocurrido en Prusia en esa fecha. Las mujeres demandaban el derecho a voto, la igualdad de oportunidades para ejercer cargos públicos y el derecho al trabajo. En Alemania, en 1914 se tienen diversas manifestaciones, el periódico de las mujeres Die Gleichheit (La Igualdad) tuvo una tirada de 100 mil ejemplares. En Berlín se realizaron cerca de 45 manifestaciones ese día.

En 1917 las mujeres rusas eligieron el último domingo de febrero del «Calendario Juliano», que aún utilizaba ese país, para manifestarse contra la muerte de dos millones de soldados en la guerra. Las protestas y manifestaciones que iniciaron ese 23 de febrero condujeron a la caída del zar y a la llegada de un Gobierno provisional que les concedió el derecho a voto. En el calendario gregoriano, que se implantó en Rusia días después de la revolución, ese día era el 8 de marzo, la fecha no se oficializó hasta 1975, cuando la Organización de las Naciones Unidas convirtió el 8 de marzo en el Día Internacional por los Derechos de la Mujer y la Paz Internacional.

Con los años, la ONU y sus organismos técnicos adjuntos, han promovido la participación de la mujer en condiciones de igualdad con el hombre en el logro del desarrollo sostenible, la paz, la seguridad y el pleno respeto de los derechos humanos. La adquisición de derechos, poder e independencia por parte de la mujer, sigue siendo un elemento central de los esfuerzos de la Organización para hacer frente a los desafíos sociales, económicos y políticos en este mundo que se globaliza cada vez más. La ONU habla de la dignidad de los humanos y reconoce la igualdad, pero no habla de la Biblia, y sabemos nosotros que la dignidad de la mujer está fundamentada en el hecho de ser criaturas de Dios creados a «imagen de Dios». Él nos creó, «macho y hembra los creó» dice la Escritura (Gén. 1,27) y añade que bendiciéndolos, les dijo: «sean fecundos y multiplicaos, y llenen la tierra y sométanla» (Gén. 1,28). 

La ONU y muchas otras organizaciones, celebran a la mujer, más que nada considerada como trabajadora (aunque desde 1975 la fecha dejó de llamarse «Día de la mujer trabajadora»), pero parece ser que aún falta mucho para que celebración abarque a todas las mujeres (aunque en inglés y en frances se dice en plural: «International Women’s Day" y »Journée internationale des Femmes») y no solo a las que trabajan o tiene  alguna presencia relevante en torno a ese campo laboral en la sociedad, porque la mujer es algo mucho más que eso. Cierto que todavía hay mucha tarea que hacer en cuanto a la violencia de género y la igualdad de sueldos y oportunidades laborales para las mujeres, pero hay valiosísimas mujeres que dan su vida cada día en otros campos como madres biológicas o espirituales; como consagradas en la vida religiosa, como mujeres que da la vida y que ocupan un lugar preponderante en la familia como esposas. Creo, sinceramente, que la mujer merece mucho más que esta celebración de la ONU que exalta solamente una parte de la mujer.

Ciertamente, desde tiempos inmemoriales la mujer ha sido trabajadora, ha molido el trigo, ha ido por agua y ha horneado el de cada día en casa, ha compartido tareas agrícolas y ganaderas y hoy maneja autobuses, taxis, camiones de volteo y aviones, pero, sobre todo, la mujer ha dedicado muchísimas horas a ser esposa, hermana, amiga, consejera, consagrada, y se ha dedicado como madre y maestra, a la educación humana, espiritual y religiosa en la familia. El mundo está plagado de estas mujeres maravillosas a las que también hay que dirigir nuestra mirada y dar gracias al Señor por su existencia ¿Qué no podremos celebrar también y sobre todo esta asombrosa riqueza que Dios ha dado a la mujer sin hacer a un lado la igualdad que en derechos debe tener junto al hombre? ¡Tantas santas mujeres que la Iglesia nos ha dado! En primer lugar la Virgen María y tantas más: María Inés Teresa Arias, Teresita del Niño Jesús, Teresa de Calcuta, Rita de Casia, Filomena, Catalina de Siena, María de Jesús Sacramentado Vengas, Escolástica, Hildegarda de Von Bingen, Rosa de Lima y una lista que es interminable y que incluye a mujeres de hoy como Josefina Campos y Concepción Cabrera de Armida.

Valdría la pena leer hoy la carta que dirigió el beato Paulo VI en el año de 1975 a la mujer, con ocasión de la institución de este día de fiesta para agradecer la presencia de la mujer, la obra más hermosa de la creación. Yo por mi parte las encomiendo a todas al cuidado y protección de la mujer más grande de todas, María Santísima, la «humilde sierva del Señor» que con un «Sí» en medio de la oscuridad del mundo y en un lejano rincón, colaboró a transformar el mundo entero al darnos al Salvador. Pienso en mi mamá, mi cuñada, mis sobrinas, mi sobrina nieta, mis primas, mis demás parientes y amigas; en mis hermanas religiosas y las encomiendo a la Virgen María, para que ella sea su modelo de vida y bajo su amparo alcancen la felicidad. A la vez, guardo un hermoso recuerdo de las que ya han sido llamadas a la casa del Padre. ¡Felicidades a todas las mujeres en su día!

Padre Alfredo.

viernes, 15 de diciembre de 2017

«Los mandatos de Dios»... Un pequeño pensamiento para hoy


En las palabras que el Señor nos dirige este día en el libro del profeta Isaías hay una amarga queja: «¡Ojalá hubieras obedecido mis mandatos!» (Is 48,18). Todo lo que Dios hace y dice es para nuestro beneficio, pues es el primer interesado en nuestro bienestar, ya lo decíamos ayer, Él es un Padre bueno y cariñoso que nos ama. El conocer todas las enseñanzas divinas debería impulsar a todo discípulo-misionero de Cristo a escuchar al Padre para ser, como decía la beata María Inés: «una copia fiel de Jesús». En el pasaje de la primera lectura de la Misa de hoy, Dios está apenado por la hipocresía del pueblo escogido y su terca negativa a confiar en sus promesas. Aun así, quiere enseñarles por su propio bien. Prevé un período de refinación que llevará a la restitución de un resto fiel que regresará a su tierra y esperará la llegada del Mesías. Dios desea de todo corazón que las gentes restablezcan su relación con él y presten atención a sus mandamientos. La adoración verdadera (en espíritu y en verdad Jn 4,23-24) se basa en la obediencia a los mandamientos. Israel no puede seguir la senda correcta a menos que se le enseñe «el camino que debe seguir» (Is 48,17).

¡Qué exhortación tan sincera les dirige el Señor todopoderoso! (Dt 5,29; Sal 81,13.) En lugar de ir al destierro, los israelitas tienen la oportunidad de disfrutar de una paz tan abundante como el agua de un río (Sal 119,165). Sus actos de justicia podrían ser tan innumerables como las olas del mar (Amós 5,24). Dios, que realmente se interesa por ellos, les muestra amorosamente el camino correcto y los exhorta a andar por él. ¡Cuánto le gustaría que lo escucharan! Yo quiero hablar ahora de una bella mujer que gustó siempre de escuchar al Señor y seguir sus mandamientos. Las vísperas del día 12 fue llamada a la Casa del Padre mi querida María de Jesús, una «mujerona», como dicen en mi tierra cuando alguna señora se distingue en algo y conocida como la señora Cornejo (por el apellido de su esposo quien hace años murió y también recuerdo con cariño y admiración), vivió llena de Dios hasta sus últimos momentos en la tierra. Su paso por el mundo, es un ejemplo de cómo puede alguien vivir obedeciendo los mandatos del Señor en las diversas etapas de la vida... ¡Y vaya que la vida de María de Jesús no fue fácil... pero fue hermosa, porque en todo momento fue para Dios como esposa, madre y apóstol, una mujer de primera línea! 

Seguir los mandamientos de Dios es moverse por la vida «a su ritmo», y no con caprichos o negativas que a nada conducen, como muestra la perícopa del Evangelio de hoy (Mt 11,16-19). Con el ejemplo de aquellas gentes a quienes nada les viene bien, porque ya sea que se comparta con ellos la alegría –tocar la flauta–, o se comparta con ellos el dolor –entonar cantos fúnebres–, puesto que se mantienen siempre indiferentes permaneciendo aislados en su encierro egoísta, Jesús ejemplifica a «esta generación», es decir, a la humanidad entera que, como consecuencia del pecado original, se obstina en rechazar el mensaje de la salvación que viene de parte de Dios, ya sea en la persona del Bautista, o en la Persona misma de Jesucristo. Los últimos años de María de Jesús, que por muchísimo tiempo vivió en Monterrey, los pasó en Guadalajara... hubo que dejar casa, la mayor parte de la familia, amigos, su queridísima Agrupación de Esposas Cristianas, a cambio de un lugar que ofrecía todos los cuidados necesarios hasta los últimos momentos en casa de una de sus hijas. Ella había dado a la Iglesia una hija religiosa y una familia formada en la fe; ahora el Señor, invitándola a obedecer sus mandatos, le pedía dejarlo todo. Ese es el sí no sólo de ella, sino el tuyo y el mío, porque nada nos pertenece y nada podemos hacer sin obedecer los mandatos del Señor, por eso María Santísima, en este tiempo de Adviento y siempre nos dirá: «Hagan lo que él les diga». ¡Cómo quisiera volar hasta Monterrey para acompañar a la familia de esta encantadora dama hoy que será velada allá! Pero, hay que obedecer los mandatos del Señor y Él me tiene ahora aquí, en mi jungla de cemento capitalino, gozoso de poderle servir en un huequito de su plan mientras a mí también me llama a juicio o viene por segunda vez por todos. ¡Ven, Señor Jesús y enséñanos a obedecer los mandatos de tu Padre como tú!

Padre Alfredo.

lunes, 2 de marzo de 2015

«La Samaritana habla a la mujer de hoy»... UN TEMA DE RETIRO PARA ELLAS

Este retiro tiene como objetivo Aprovechar una mañana o un día de retiro para suscitar que la mujer actual reconozca y tenga la experiencia del abrazo reconciliador de Dios Padre manifestado en su Hijo Jesucristo, la Palabra hecha carne, para vivir en actitud permanente de conversión. No dudo de que Dios hable directamente al corazón femenino durante estos momentos de reflexión, pero tampoco dudo que la lectura de estas líneas, fortalezca el corazón del hombre que acompaña a la mujer y que, a la vez, caminan atentos a captar el mensaje de amor y de salvación de Dios. 

Las mujeres forman parte importantísima de la Iglesia, han sido reconciliadas por la Palabra que es Jesucristo, y a la vez son llamadas a ofrecer a sus familias, a su comunidad, a sus parroquias o grupos y a la sociedad en general, un espacio de reconciliación, misericordia y perdón.

Es importante que reflexionar que las mujeres cristianas en estos tiempos actuales de conflicto, de violencia y de confusión, deben dar ejemplo de reconciliación buscando construir una sociedad justa y pacífica. Y eso solamente se aprende y se profundiza en la oración, en el contacto con Dios y su Palabra. 

Entrando directamente al tema, quiero invitarles a ir a un pasaje muy conocido del Evangelio. Me refiero al pasaje de “La Samaritana”, que se encuentra en Juan 4,1-42 y del que ya he puesto una reflexión anterior dirigida a hombres y mujeres. El pasaje es largo, vale la pena leerlo detenidamente en algún momento del retiro para profundizar lo que ahora meditaremos juntos.

El encuentro de Jesús con la samaritana (Jn 4, 1-42)

1 Cuando Jesús se enteró de que los fariseos habían oído decir que él tenía más discípulos y bautizaba más que Juan
2 –en realidad él no bautizaba, sino sus discípulos–
3 dejó la Judea y volvió a Galilea.
4 Para eso tenía que atravesar Samaría.
5 Llegó a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca de las tierras que Jacob había dado a su hijo José.
6 Allí se encuentra el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se había sentado junto al pozo. Era la hora del mediodía.
7 Una mujer de Samaría fue a sacar agua, y Jesús le dijo: «Dame de beber».
8 Sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos.
9 La samaritana le respondió: «¡Cómo! ¿Tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?». Los judíos, en efecto, no se trataban con los samaritanos.
10 Jesús le respondió: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice:  “Dame de beber”, tú misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva».
11 «Señor, le dijo ella, no tienes nada para sacar el agua y el pozo es profundo. ¿De dónde sacas esa agua viva?
12 ¿Eres acaso más grande que nuestro padre Jacob, que nos ha dado este pozo, donde él bebió, lo mismo que sus hijos y sus animales?».
13 Jesús le respondió: «El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed,
14 pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna».
15 «Señor, le dijo la mujer, dame de esa agua para que no tenga más sed y no necesite venir hasta aquí a sacarla».
16 Jesús le respondió: «Ve, llama a tu marido y vuelve aquí».
17 La mujer respondió: «No tengo marido». Jesús continuó: «Tienes razón al decir que no tienes marido,
18 porque has tenido cinco y el que ahora tienes no es tu marido; en eso has dicho la verdad».
19 La mujer le dijo: «Señor, veo que eres un profeta.
20 Nuestros padres adoraron en esta montaña, y ustedes dicen que es en Jerusalén donde se debe adorar».
21 Jesús le respondió: «Créeme, mujer, llega la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén se adorará al Padre.
22 Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos.
23 Pero la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque esos son los adoradores que quiere el Padre.
24 Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad».
25 La mujer le dijo: «Yo sé que el Mesías, llamado Cristo, debe venir. Cuando él venga, nos anunciará todo».
26 Jesús le respondió: «Soy yo, el que habla contigo».
27 En ese momento llegaron sus discípulos y quedaron sorprendidos al verlo hablar con una mujer. Sin embargo, ninguno le preguntó: «¿Qué quieres de ella?» o «¿Por qué hablas con ella?».
28 La mujer, dejando allí su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente:
29 «Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que hice. ¿No será el Mesías?».
30 Salieron entonces de la ciudad y fueron a su encuentro.
31 Mientras tanto, los discípulos le insistían a Jesús, diciendo: «Come, Maestro».
32 Pero él les dijo: «Yo tengo para comer un alimento que ustedes no conocen».
33 Los discípulos se preguntaban entre sí: «¿Alguien le habrá traído de comer?». 34 Jesús les respondió: «Mi comida es hacer la voluntad de aquel que me envió y llevar a cabo su obra.
35 Ustedes dicen que aún faltan cuatro meses para la cosecha. Pero yo les digo: Levanten los ojos y miren los campos: ya están madurando para la siega.

3. Hacemos un momento de silencio orante para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra reflexión. 

4. Nos dejamos cuestionar ahora con algunas preguntas para ayudarnos en la meditación y en la oración.

a) ¿Qué nos ha llamado más la atención en la conducta tenida por Jesús durante el diálogo con la Samaritana? ¿Qué pedagogía ha usado para ayudar a la Samaritana a percibir una dimensión más profunda de la vida?

b) ¿Qué nos llama más la atención en la conducta de la Samaritana durante el diálogo con Jesús? ¿Qué influencia ha tenido ella en Jesús?

c) En el Antiguo Testamento ¿dónde está asociada el agua al don de la vida y al don del Espíritu Santo?

d) ¿En qué puntos la conducta de Jesús, me interroga, interpela, provoca o critica?

e) La Samaritana ha llevado el tema de la conversación hacia la religión. Si tú pudieras hablar con Jesús y hablar con Él, ¿qué temas quisieras tratar con Él? ¿Por qué?

f) ¿Será verdad que adoro a Dios en espíritu y verdad o me apoyo y oriento más sobre ritos y prescripciones?

DESARROLLO DEL TEMA:

Entramos ahora en la escena del evangelio que acabamos de escuchar. Imaginamos el lugar y los personajes. Hay que sentir como si estuviéramos dentro de la escena.  Juan Evangelista sabe dar a sus relatos un ritmo cinematográfico. Construye muy bien los diálogos y, desde luego, como obra literaria, su Evangelio es formidable. Pero, claro, no es el fin de Juan hacer preciosismos estilísticos. Interesa pues la historia como tal.

El episodio sucede en una ciudad de Samaria llamada Sicar, junto a un pozo. Samaria sugiere, en tiempos de Jesús, un lugar hostil. Los judíos y los samaritanos no se trataban, como pone en evidencia la samaritana cuando se sorprende de que Jesús le dirija la Palabra. Tenemos un ejemplo de esa hostilidad entre judíos y samaritanos en el evangelio de san Lucas. Allí se cuenta que cuando Jesús pasó por Samara camino de Jerusalén, los samaritanos no quisieron recibirle, por lo que Santiago y Juan tuvieron la «genial» idea de hacer bajar fuego del cielo para abrasarlos a todos, lo cual les valió la regañada del Señor... (cf. Lc 9,51-56).

El caso es que ahí, en un lugar de lo menos indicado, Jesús se va a sentar junto a un pozo, obligado por el cansancio y por la sed. 

¿Qué nos sugiere la imagen de un hombre junto al pozo de Jacob? Si fueramos judíos seguramente nos llamaría la atención una cosa que hay en común en algunos relatos del Antiguo Testamento: Eliezer, siervo de Abrahán, encuentra a Rebeca, futura esposa de Isaac, junto a un pozo (Gn 24,11ss); Jacob se enamora de Raquel junto a un pozo (Gn 29), y Moisés conoce a Séfora junto a un pozo (Éx 2,15).

Jesús está sentado junto a un pozo y se va a encontrar con una mujer sin nombre, un personaje que el escritor sagrado coloca como digna representante de un pueblo de Dios idólatra y alguien que, además, representa a cada uno de los discípulos y discípulas con los que Jesús se hace el encontradizo aprovechando nuestra situación de carencia y necesidad.  

Hay que fijarnos ahora en los personajes principales y secundarios de la escena: Primero veamos al Señor Jesús: Aparentemente es un hombre normal, un hombre común y corriente que experimenta cansancio y sed tras largas horas de caminata al estilo de aquellos años. Es judío, pero se trata de un judío un poco “extraño”, pues le dirige la palabra a una mujer y, para colmo, samaritana. Fijémonos nada más en lo que dice un tratado rabínico sobre el trato con las mujeres para entder un poco mejor este asunto en aquel tiempo: “Un hombre se procura tanto mal cuanto más tiempo pasa hablando con la mujer, se aleja de la palabra de la ley y su destino es la gehenna” (Abot 15). Pero Jesús no hace ningún caso de principios y normas que marginen y excluyan a los débiles. Mujeres, extranjeros, pobres y enfermos eran poco menos que “gentuza” de la que un buen israelita debía procurar apartarse para mantener intacta su “pureza”. Jesús hace de esos “lugares de abajo” un lugar privilegiado para manifestar su salvación.  

Ahora veamos un poco más de cerca a la mujer samaritana: La vida de esta mujer está marcada por la carencia y la rutina infecunda. Diariamente debía ir a buscar el agua, pues carecía de ella. Tampoco tenía marido. Había tenido cinco, y su compañero actual no era su marido. Esta mujer, dijimos, representa el pueblo idólatra, el pueblo incapaz de saciar su sed de vida con los numerosos dioses paganos a los que se había ido aferrando sin encontrar lo que pedía su corazón. Recordemos que muchos profetas utilizan la imagen de una esposa que se prostituye para representar al pueblo infiel a Dios (cf. Oseas 1-2; Ez 16,15ss; Jr 3...). La referencia a los cinco maridos es una clara alusión a las cinco ermitas de los dioses paganos que se mencionan en 2 Re 17,24-41. El sexto marido se refiere a Yahveh. 

Vienen luego los samaritanos de Sicar: Creen en Jesús por el anuncio de una mujer. Pero no se conforman con una fe “recibida”, “heredada”, “externa”. La hacen suya cuando ellos mismos conocen a Jesús y le oyen (vv. 39-41). Ellos nos muestran el proceso que sigue su fe: el testimonio de alguien a la fe desde lo escuchado, luego a la personalización de la fe y después a la confesión de esa fe. Es un itinerario catecumenal. 

Los discípulos entran en escena en los vv. 27-38. Tienen en común con la samaritana que no entienden el lenguaje de Jesús ni entran en su modo de pensar. Ellos están empeñados en que coma y Jesús les está hablando de «otro alimento». Es más o menos lo mismo que pasó con la mujer samaritana, ella estaba obstinada en hablar del agua “H2O”, del cántaro y de cómo se las arreglaría Jesús para sacarla del pozo... mientras que Jesús estaba hablando del agua viva del Espíritu.  

Vamos a ver ahora el proceso que sigue la mujer en aquella conversación que transforma su vida: ella pasa de sus búsquedas más superficiales a las más profundas; del agua material al agua viva; de la percepción de Jesús como un «judío», un simple «hombre», al reconocimiento de Jesús Profeta y Mesías-Cristo.

Su fe sorprendida la arrastra a dejar el cántaro y a ir corriendo a anunciar lo que ha visto y oído. Su fe contagia de fe a sus paisanos, quienes terminan confesando: “Éste es verdaderamente el Salvador del mundo”. La samaritana va pasando de menos a más en el conocimiento y confesión acerca de Jesús, y termina convirtiéndose en testigo-apóstol ante sus conciudadanos.

Los cuarenta días, que conocemos con el nombre de Cuaresma, eran la última preparación que se daba a quienes iban a ser bautizados en la Vigilia Pascual, único día al año en que, en la Iglesia primitiva, se bautizaba a candidatos a formar parte de la comunidad cristiana.

En el mensaje para la Cuaresma para este año 2011, el Santo Padre  dice que La petición que Jesús hace a la samaritana: «Dame de beber» (Jn 4, 7), expresa la pasión de Dios por todo hombre y quiere suscitar en nuestro corazón el deseo del don del «agua que brota para la vida eterna» (v. 14): es el don del Espíritu Santo, que hace de los cristianos «adoradores verdaderos» capaces de orar al Padre «en espíritu y en verdad» (v. 23). El Papa nos recuerda que “¡Sólo esta agua puede apagar nuestra sed de bien, de verdad y de belleza! Sólo esta agua, que nos da el Hijo, irriga los desiertos del alma inquieta e insatisfecha, «hasta que descanse en Dios», según las célebres palabras de san Agustín”.

El relato tiene un claro sentido bautismal, Jesús se presenta ante la samaritana no sólo como fuente de agua viva, sino como quien nos hace ser “un manantial capaz de dar la vida eterna”. Si me acerco a Él, se remedia mi sed, y puedo dar a los demás agua viva; puedo ayudarles a salir de su desierto, de su soledad, de su amargura y desolación, y que lleguen a la tierra prometida. Jesús hizo ver a la mujer samaritana que llevaba ya cinco maridos, y que con quien en ese momento convivía, no era su legítimo esposo. Esto es lo que hace el agua del bautismo: nos lava de nuestros pecados. Por ello la Cuaresma, que es tiempo de renovar el bautismo, nos exige lavarnos de tantas manchas que se nos pegan por el camino.

Por una parte, podemos ver que nosotros también, como la Samaritana, nos encontramos a Jesús en el pozo, pero ahora el pozo es nuevo, porque ese pozo es el Sagrario, y sólo acudiendo a su presencia, en ese pozo profundo del Sagrario, beberemos paz, perdón, serenidad y fortaleza, para continuar luchando en este desierto de la vida. De manera que a la luz de este relato encontramos que la Cuaresma es un tiempo especial para acercarnos a ese pozo y orar.

Sólo bebiendo de esta agua, los esposos pueden permanecer fieles, sobrellevarse y amarse. Sólo escuchando su palabra y conversando con El en la oración, los hermanos podrán estar en paz interiormente y convivir en paz en familia. Sólo estando a solas con Cristo, los que quieran vivir la Cuaresma encontrarán sabiduría, prudencia y fortaleza para vivir este tiempo de oración, ayuno y limosna.

Por otra parte podemos contemplar a Cristo que está sediento y en esta cuaresma se acerca al pozo de nuestra vida para que le “demos de beber”. O, mejor dicho, para caer en la cuenta de que los sedientos somos nosotros. “Si conocieras el don de Dios y quien es el que te pide de beber...” Somos nosotros los que tenemos necesidad de beber su agua sólo nos hace falta conocer quién posee esta agua. (Catecismo de la Iglesia Católica No. 2560)

Podemos preguntarnos ¿por qué no conocemos ese don de Dios? ¿Qué es lo que ata nuestro conocimiento para conocerlo? El mensaje de esta Cuaresma se nos presenta claro, como una luz alejada de toda sombra u oscuridad. Sin embargo, nos encontramos ante sombras de nuestra vida diaria que esconden el “don de Dios”. Ese don no es otro que el del amor, de la conversión, de la paciencia, respeto a la vida etc. Por eso la Cuaresma es un tiempo privilegiado para que como la samaritana conozcamos el don de Dios y así nuestra vida sacie la sed de conocer a Dios. Pudiéramos hacer nuestras unas palabras de Santa Teresita del Niño Jesús, la patrona de las misiones que pone en boca de Jesús estas palabras: "Venid a mí vosotras, pobres almas cargadas, vuestras pesadas cargas pronto se harán ligeras, y, saciada la sed ya para siempre, de vuestro seno fuentes manarán. Yo tengo sed, Jesús, esa agua pido, que me inunden el alma sus divinos torrentes. Por fijar mi morada en el mar del amor ¡yo vengo a ti!"


El día de nuestro bautismo recibimos el Agua Nueva de Jesús. A través del “agua y del Espíritu Santo” comenzamos a formar parte del pueblo de Dios,  renunciando al pecado para vivir en la libertad de los hijos y de las hijas de un único Padre   Podemos recordarlo esta Cuaresma quizá volviendo a ver las estampas, fotos, videos. Visitando o llamando a nuestros padrinos si viven u orando por su eterno descanso si ya se nos han adelantado en el camino hacia la vida eterna. Sería muy bueno hacerlo en familia. Que todo esto nos ayude a renovar nuestra fe y vivencia cristiana.

Por último quisiera detenerme ahora en algo que nunca lo había hecho al meditar o al comentar este pasaje, me refiero a ese interlocutor mudo entre Dios y el la samaritana pero que a nosotros, en esta Cuaresma, tiene mucho que decirnos: «El cántaro».

Me parece que se trata de un cántaro vulgar, porque es un día más en la vida de la samaritana y porque Dios se hace el encontradizo junto al brocal de un pozo, o de un despacho, o en la clase, o en la barra de la cocina porque “también entre los pucheros anda el Señor...”

Me lo imagino como un cántaro rojizo, así como avergonzado de las verdades que las vecinas dicen chismorreando de la samaritana, que huye de esas verdades yendo al pozo cuando no hay gente ni comentarios.

Es, ciertamente un cántaro vacío, objeto tal vez de las iras de su ama cuando lo encuentra sin agua, porque es pequeño y hay que llenarlo constantemente, porque escurre demasiado como llorando de continuo, porque a pesar de tener agua no quita la sed, porque parece más bien un secante, y que no hay nada que satisfaga, ni cinco maridos, ni un amante… que nos recuerda que es más bien de la otra agua que necesitamos, agua viva que se hace fuente en el corazón, agua que solo da Dios.

Un cántaro traído y llevado con viveza por esta mujer que se ríe del judío que le ofrece agua sin tener tina ni cuerda, para no tener que venir a buscarla, que cuando se ve acorralada saca viejos problemas teológicos del culto a Dios, como último escape antes de abrir los ojos con sinceridad. Parece sencillo apelar al Mesías que va a venir a aclararlo todo, como si dijera “esperemos que el Mesías lo aclare todo, ¿me entiendes?”

El cántaro me lleva a pensar en que con mucha facilidad uno puede escaparse del Señor cuando nos busca para hacernos sinceros, porque Jesús no catequizó a la samaritana para convertirla al judaísmo, la quiso samaritana y sincera consigo misma. Porque el único culto que quiere Dios es en verdad y en espíritu, no de cumplido, no de resabios teológicos, no de críticas a como dan el culto los demás, culto sincero de corazón, anhelando escuchar a Dios, así no habría misa aburrida.

En fin, un cántaro olvidado junto al pozo, porque algo ha roto la monotonía de aquel vulgar día de la samaritana. Dios se ha derramado en su corazón como el agua en la esponja. Y ha sentido que pesar de todo, Dios si está con ella y ya no le importa andar en boca de las vecinas y corre a su encuentro y al de todo el pueblo a comunicarles su alegría.

¿No será que en esta Cuaresma nos podemos encontrar con Jesús en el pozo y sentiremos también nosotros que es verdad que a pesar de todo Dios está conmigo? El célebre filósofo Ortega y Gasset llegó a decir: "Una buena parte de los hombres no tienen más vida interior que la de sus palabras, y sus sentimientos se reducen a una expresión oral". Cuaresma es tiempo para no quedarse en lo superficial. La Cuaresma y la Pascua ponen ante nuestros ojos el amor desbordante de Dios, que está creando un mundo nuevo. Si supiésemos abrirnos al Don, y percibir su fuerza salvadora... Dice Madre Inés: “Tratemos de vivir el espíritu de la Iglesia en esta cuaresma para que los frutos de la resurrec­ción desciendan con abundancia a nuestras almas”.

Finalmente aquí quedan Jesús y el cántaro junto al pozo. Cansados de tanto ir y venir. El cántaro sin ganas de que lo llenen de nuevo de agua que no quita la sed. Jesús sin apetito ninguno, ni sed, ni cansancio por la alegría de ver a aquella samaritana al fin sincera consigo misma y con Dios.

Aquí está el cántaro, y adentro de él hay Agua Viva. A ver quien se anima a acercarse a tomar de esta Agua y a irse a meditar un rato por allí.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

dr. algdr2011





martes, 29 de mayo de 2012

Coronación de María... La maternidad

Estamos por concluir el mes de mayo, mes mariano por excelencia y mes en que nuestra sociedad celebra a las madres de familia.

Quiero compartir con ustedes algunas ideas que me gustaría fueran en especial para todas las mamás que lean esto. El día 31 de mayo se corona a la Virgen Madre y sabemos que, todas las mamás, merecen junto a ella una corona.

Quiero partir para esta reflexión, del texto evangélico de san Lucas 11,27-28 en donde una mujer levanta la voz para que se oiga más que la voz de Jesús y grita a los cuatro vientos: ¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron". Realmente un «Hijo» así... ¡Qué madre debía tener! De seguro aquella mujer pensó en lo feliz que sería si pudiera ser ella esa madre dichosa y quizá muchas mamás pusieran pensar lo mismo.

Creo que toda mamá puede sentir aquella dicha, pero si se completa el texto: "Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la cumplen". Sí, María es dichosa por ser la Madre de Dios pero lo es más por ser la primera que vive a la escucha de la Palabra. Ella ha escuchado la Palabra, la ha conservado en su corazón y la ha vivido profundamente. Por eso aunque durante la vida terrena no fueron ahorrados a María ni la experiencia del dolor, ni el cansancio del trabajo, ni el claroscuro de la fe. A aquella mujer del pueblo, que un día prorrumpió en alabanzas a Jesús exclamando: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron», el Señor le responde así. Era el elogio de su Madre, de su fiat, del hágase sincero, entregado, cumplido hasta las últimas consecuencias, que no se manifestó en acciones aparatosas, sino en el sacrifico escondido y silencioso de cada jornada, como suele ser la vida de cada mamá.

Jesús pasó muchos años de su vida «en familia», junto a su Madre y san José creciendo como los demás niños, desarrollándose como todo adolescente, cuestionándose y preparándose como todo joven... aprendiendo a vivir.

Bien podemos desplegar las alas de la imaginación para pensarnos la vida de María como la de toda mamá, recordando aquello que dice también el Evangelio: "Su madre conservaba todo esto en su corazón". A María, como a toda mamá, le debía hacer mucha ilusión ver a Jesús aprender a caminar, crecer y llenarse de sabiduría. Me la imagino viendo en su Hijo la capacidad de estudiar y trabajar y contemplando al mismo tiempo la proximidad que aquel joven tendría con su Padre Dios. Veo también a aquella mujer fuerte que, al cabo de treinta años de haber recibido a su pequeño, le ve partir al anuncio del Reino. La veo feliz en Caná y profundamente conmovida en el Calvario al pie de la Cruz.

María, como toda mujer que ha recibido por encargo esa vocación de ser madre, vivió profundamente identificada con las ilusiones y sufrimientos de su Hijo a quien cuidó cuando fue necesario, aceptó cuando no terminaba de entenderlo y acompañó sin ser protagonista de su vida hasta recibirlo en sus brazos bajado de la Cruz, para estrenarse desde allí en la ardua tarea de seguir siendo Madre, pero ahora de los discípulos, de los creyentes, de la Iglesia.

María es ahora coronada como Reina, pero es coronada por ser Madre, por estar atenta a la Palabra y ponerla en práctica desde su condición de dar vida. Aquella historia que comenzó en Belén cuando envolvía al pequeño en pañales, se hizo vocación de totalidad en la entrega sin condiciones. La Madre, unida con Jesús por los lazos de la sangre y de la fe, ahora queda unida con la fuerza de esos mismos lazos a cada uno de nosotros que queremos vivir la Buena Nueva que su Hijo inauguró.

Que todas las mamás se sientan coronadas en María por su "Sí" al llamado del Señor cuando Él mismo les invitó a vivir esta hermosa vocación y que todas se sientan dichosas porque buscan escuchar la Palabra para ponerla en práctica. ¡Felicidades a todas las mamás!

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

jueves, 8 de marzo de 2012

Día Internacional de la Mujer 2012... Las mujeres campesinas

Hoy se ha conmemorado una vez más el Día Internacional de la Mujer y al igual que el año pasado, he querido poner unas cuantas líneas en homenaje y gratitud a tantas mujeres maravillosas que me han mostrado el rostro de Dios a lo largo de mi vida. El lema este año  va enlazado con el deseo de poder habilitar a la mujer campesina, a la mujer rural, y acabar con el hambre y la pobreza: "Habilitar a la Mujer Campesina y Acabar con el hambre y la pobreza".

Ha sido inevitable que mi corazón volara durante el día hacia varios lugares en donde he podido convivir con la mujer campesina, con la mujer «de rancho» que echa tortillas a mano, que siembra, que cuida las gallinas, que arrea las vacas, que lava overoles y pantalones de mezclilla a mano, que a sus 30 o 40 años de edad está aprendiendo a leer. En las cuentas del Rosario de este día, en la Misa y en la Liturgia de las Horas, ha habido un lugar especial para doña Pera, doña Trini y doña Salud; para Chayo, Tere, Lourdes, Soco y Rarafela; he recordado hoy a las señoras de Buena Vista y a las de Sanambo; a las de Coenembo y de Patambicho; a las de Caríngaro, Atzimbo y El Tigre. Han desfilado por mi mente mis amigas Purépechas pero también las Tzotziles de Chiapas, con sus hermosos borregos y la alegría de vivir. Esta jornada mi corazón también ha volado al lado de Mónica Farah y de Aisha allá en Sierra Leona, recordándoles con cariño y admiración; mis ojos han vuelto a ver con alegría el rostro radiante y chapeado de las señoras de Pidra Azúl en Costa Rica y de las mujeres cosechadoras de Tomate en California…

El día de la mujer tiene en este año este tema que es fundamental, porque los datos nos dicen que las mujeres del campo representan el 25% de la población mundial y gracias a ellas, que  constituyen el 43% de la mano de obra en el campo —cifra que llega a ser del 70% en algunos lugares— podemos tener un buen motor para el desarrollo. Algunas de ellas llegan a ser buenas empresarias y excelentes trabajadoras, como ha podido constatar seguramente Belia Canals, esa incansable y maravillosa mujer, esposa y madre que en Capula, mientras trabaja en su Taller “La Candelaria” en la elaboración de verdaderas obras de arte en cerámica, con diseños de su afamado esposo el pintor y escultor Juan Torres, convive con las mujeres del pueblo y de los ranchos, de quien ella misma, como mujer que ama la vida, nos ha compartido todo lo que de ellas ha aprendido. Sin embargo, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura estima que si las mujeres tuvieran un acceso equitativo a los fertilizantes, las semillas y las herramientas, la cantidad de personas hambrientas en el mundo se reduciría entre 100 y 150 millones.

Entre las innumerables actividades que hace una mujer rural está la recolección de leña (Michoacán), la recolección de café (Piedra Azúl en Costa Rica), el cuidado del ganado (Chiapas), la siembra de arroz y berenjenas (Sierra Leona) y muchas más; estas heroicas mujeres ejercen con gozo las tareas propias de una mujer, de una esposa y de una madre, movilizando los engranajes del entorno en el que viven y contribuyendo al bienestar de su familia y de muchas familias en general, cosa que, por ende, repercute en el crecimiento de toda economía local, nacional e internacional.

Para entender la vida, el ser y quehacer de la mujer campesina es necesario contemplar de cerca el papel que ella desempeña esta en el interior de la unidad familiar como productora y como reproductora, además de la manera en que se hace presente entre el pueblo y todo ello en el marco de la actual crisis económica y de valores que atraviesa el mundo.

Sabemos que la mayoría de las familias campesinas (por lo menos con las que compartimos la vida en nuestras btierras de misión en México y en África), viven en condiciones de miseria, los hombres se ven siempre en una disyuntiva porque para laborar la tierra se requieren de instrumentos o maquinarias que por lo regular no tienen ni pueden comprar y se ven en la necesidad de rentar o de plano sustituir la tecnología por largas y agobiantes jornadas de trabajo en las que se insertan las esposas y los hijos; los insumos como las semillas, son compradas, o los adquieren bajo préstamos que pagarán, en parte, con lo que obtengan de la cosecha. En la mayor parte de los casos los campesinos pobres, cuando pueden vender parte de su producción, son presas de la especulación y el coyotaje, obteniendo precios irrisorios por sus mercancías los cuales se quedan muy por debajo de los costos de producción.

La opción para muchos hombres del campo, de emigrar a las grandes ciudades de su país o de otras naciones que ofrecen progreso para obtener un trabajo donde su salario será una parte para la subsistencia de la familia, hace que la mujer que sea  la que se hace cargo de las tierras y la crianza del ganado, sin que ello implique que las labores del día a día del trabajo domestico se dejen de lado.

¡Qué admirable la tarea de muchas de estas mujeres que conocemos y admiramos! Junto a las faenas del campo que son arduas y constantes, la mujer campesina carga con todas las labores domesticas con un sinnúmero de necesidades que solo se satisfacen con dinero, por lo cual las mujeres campesinas se ven sumamente presionadas por que la cosecha es predominantemente para el consumo de la familia y no queda casi nada para cubrir las necesidades de la familia como calzado, vestimenta, educación etc.

Los hijos de la mujer campesina cuando son pequeños ayudan en las faenas del campo junto con la mamá y caminan por lo regular distancias muy largas para llegar a la escuela rural de su comunidad; en la medida que los hijos van creciendo dejan la comunidad y salen a trabajar en los pueblos grandes, en empresas agrícolas, las ciudades e industrias o emigran a otras naciones. Algunos emigran temporalmente y muchos ya no vuelven, porque la vida en una familia campesina es muy dura y prácticamente carente de oportunidades.

En México, de acuerdo a datos del INEGI del 2009, poco más de cinco millones de hogares se encuentran en zonas rurales y la mitad de sus 24 millones de habitantes son mujeres, lo que quiere decir que alrededor de 12 millones de ellas se enfrentan a la pobreza, la desnutrición y a la falta de educación.

Ya a finales de los años 90 se reportaba que de las mujeres ocupadas en el sector agropecuario, 84% eran trabajadoras sin tierra y de de éstas, 87% trabaja sin remuneración. Definitivamente hoy, a un poco mas de década y media del Tratado del Libre Comercio, que le daría más valor al trabajo del campo, esa dura realidad se ha recrudecido para las mujeres campesinas pobres.

Este Día Internacional de la Mujer, nos ofrece la posibilidad de orar por ellas, de acompañarlas, de alentarlas a no desfallecer. La fe nos hace volar a su lado porque son parte de nuestra historia y de esa historia de salvación en la que todos estamos inmiscuidos.

Yo estos días no he podido estar al lado de las mujeres campesinas, pero he tenido la oportunidad de convivir muy de cerca con tres mujeres maravillosas que ya no están entre nosotros aquí en la tierra; nos acompañan desde el cielo. Tres mujeres que no fueron «rurales» pero que supieron de semillas, de siembra, de arado y de cosecha. Me refiero a Santa Teresita del Niño Jesús, la Beata María Inés Teresa Arias y la señora Josefina Campos, fundadora de la Agrupación de Esposas Cristianas, cuyo proceso de canonización, a mi juicio, debería ya de iniciarse. Son mujeres de Iglesia que desde el Cielo siguen laborando en el campo de Dios. Tres mujeres pioneras, radicales y valientes que están iluminando a un grupo de más o menos mil señoras que en la parroquia de Fátima hacen sus Ejercicios Espirituales acompañadas por un servidor y un grupo de entre 70 y ochenta adultos, entre hombres y mujeres casados y solteros de la comunidad de "Los Huertos" entre lo cuales hay algunas mujeres que han dejado «su rancho» para venir a buscar nuevas oportunidades siguiendo a su marido que se vino un poco antes.

Las figuras de santa Teresita, de la beata Madre Inés y de la Señora Campos, han movido el corazón, el alma, las fueras y la mente de toda estas señoras que se han dejado tocar por Dios y que, la mayoría, sin ser mujeres de campo, deberán ser siempre «sembradoras» del amor de Dios en sus esposos, en sus hijos, en la Iglesia y en el mundo. ¡Felicidades, con todo cariño, respeto y admiración a cada una en el Día Internacional de la Mujer!

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

martes, 10 de mayo de 2011

Ser Madre en el día de hoy... ¡una misión insustituíble!

Todo hombre y toda mujer comienza a serlo en las entrañas de su madre

El día de las Madres, lo sabemos todos, toca en profundidad los sentimientos hasta de los más fríos corazones y en este día hacemos, en todas partes de México y otras naciones, un homenaje a la mujer que nos trajo al mundo con expresiones de respeto y de cariño. Quiero hacer, sobre todo, en este momento en que la figura de la mujer como madre ha perdido su brillo, un homenaje especial a las "mamás modernas".

Parece como que intencionalmente el mundo de hoy se quiere empeñar en quitar el brillo especial que tiene la maternidad y acabar con eso, con la chispa de vida y esperanza de la que es portadora toda Madre que ha engendrado una vida nueva. Todos hemos oído hablar en la radio o en T.V., entre las noticias del narco, de la perspectiva del género, según la cual los roles respectivos de mujeres y varones no tienen que ver con la base biológica de nuestro ser.

En esa perspectiva de género se trata de mirar con desconfianza la función maternal de la mujer como si la condición materna de la mujer fuera una especie de estereotipo impuesto por la cultura machista ¡Qué pena que eso haga que la maternidad pierda su brillo! Existe una ideología feminista muy extendida que reivindica presuntos derechos sexuales y reproductivos de la mujer, promueve la anticoncepción y el aborto en toda la faz de la tierra y hasta hay mujeres que han ganado una muy buena suma de dinero por prestar su vientre para engendrar "hijos ajenos" de personas famosas que nunca les darán a esos pequeños razón de su mamá.

Cada día, en las diversas tareas del diario quehacer de los diversos trabajos, se ven figuras de mujeres masculinizadas maldiciendo la maternidad como si fuera una carga insoportable de la que habría que liberarse. Y no me refiero al caso de mamás "heroicas" que tienen que trabajar para ser "padre y madre" a la vez y que merecen todo nuestro respeto y admiración. Los avances de la ciencia y de la técnica, nos hacen ver ahora, más que nunca, un conocimiento más profundo y preciso sobre los mecanismos biológicos que dan origen a la vida y sabemos que la vida no puede llegar sin la colaboración de la maternidad de la mujer.

En muchos espacios del mundo actual se busca descolocar la imagen de la madre respecto del contexto familiar. No se trata de ser madre de cualquier manera, sino que hablo de ser madre de familia donde podamos identificar a la mujer con la figura del hogar, de la solidaridad, de la preocupación sana, que hace que la familia se mantenga unida y pueda seguir adelante a pesar de las muchas dificultades que por donde quiera se presentan.

Cierto que hay que reconocer el papel fundamental que desempeñan las mamás de hoy en la vida cotidiana y reconocer el valor del trabajo de muchas mujeres en la sociedad. Nuestras mamás modernas deben hacerse presentes en las realidades temporales, aportando su ser propio de mujeres para participar con el hombre en la transformación de la sociedad, pero su trabajo no puede, ni debe, ser reducido solamente a la satisfacción de necesidades económicas innecesarias que se van creando cada día en más cantidad en nuestra sociedad de consumo, sino un instrumento de construcción de la nueva sociedad: la civilización del amor.

Por eso, en este Día de las Madres, sería bueno mirar cómo volver a descubrir esa imagen auténtica de la maternidad, cómo recuperar esa maternidad que debe "brillar" para decir que ser Madre es una verdadera bendición. La maternidad es una bendición, una vocación y una misión que se le ha otorgado a la mujer que es quien puede dar a la humanidad lo que nadie puede dar.

Nosotros, como misioneros, bendecimos continuamente a la mujer como madre. Al rezar el Ave María agradecemos la bendición de la Madre de Dios y el regalo del fruto bendito se vientre, que es Jesús. Con ello estamos bendiciendo la vocación materna de la mujer y este es un dato fundamental para toda la humanidad en este tiempo también.

Volviendo al renglón de la maternidad biológica, y en otros, se ha criticado fuertemente la postura de la Iglesia católica que procura ser fiel al mensaje del Evangelio, al Magisterio y la Tradición. Se ataca fuertemente las declaraciones del Papa, de los Obispos acerca del aborto y de la eutanasia, sobre el amor y la auténtica sexualidad, sobre la fidelidad matrimonial y sobre el divorcio, sobre las relaciones prematrimoniales y extramaritales.

Tenemos que ser imparciales y preguntarnos: ¿Qué desearía el Señor de una mamá moderna? ¿Qué espere flores en este día para recordar su irreemplazable misión? ¿Qué deje este campo y valore más otros que cualquier otro ser humano puede desempeñar? ¿Que valore y se sienta felizmente realizada por tener una misión que es es insustituible e irremplazable?

Toda Madre de familia que ame y defienda a capa y espada su maravillosa vocación, podrá entender lo que quiero decir. Yo preguntaría hoy a las mamás modernas: ¿Si mañana tú, como mamá, ya no estubieras con los tuyos qué desearías que ellos te ofrecieran: regalos, flores, velas,... o el hecho de que se mantengan firmes en la fe aquellos a quienes te has esforzado por enseñar los criterios del amor, de la paz, de la unidad, de la gracia, de la esperanza, del amor al trabajo, de la generosidad y de tantas cosas más para las cuales estás capacitada para dar y formar? ¿Qué esperarías de tus hijos: cosas materiales o que la raíz de los principios que has sembrado en su corazón se manifieste en frutos de congruencia y caridad que hagan un mundo cada día mejor?

Admiro a muchas de estas mamás modernas que han asumido muy bien su papel y las felicito en su día. Gracias por su valioso testimonio de como se puede conjugar la maternidad con el trabajo dentro y fuera de casa, el desgaste, la entrega, la oración, la paciencia, la confianza, el descanso... en fin: gracias por su testimonio de esposas, madres y apóstoles. Pienso que María de Nazareth, si viviera hoy, sería tal vez como muchas de ustedes en el diario ir y venir, mujeres heroicas de sonrisa constante y sonante.

Pidámosle al Señor que conceda a todas las mamás, especialmente a las mamás modernas, congruencia y que alcancen a comprender todas, que la mejor forma en que pueden vivir su matarnidad es haciénodose "pan partido" que se entrega, como Jesús, a migajas a sus hijos. ¡Feliz día de las Madres!

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

Oración en el día de las Madres...

Señor Jesús:

Gracias por las madres que nos has dado.
Los más nobles sentimientos que tenemos,
los sembró en nosotros nuestra madre:
la fe, la honestidad, el amor al trabajo.

Señor Jesús:
En esta hora de retos y desafíos,
las mamás necesitan de tu ayuda:
para atender a la casa y al trabajo,
para hacer de padre y madre,
para educar en los valores cristianos,
para defenderse de la tentación,
para no caer en el pecado.

Señor Jesús:
Que también ellas luchen por la justicia
y que confíen en el Dios de los pobres:
El Dios que quiere pan en todas las mesas
y paz en todos los hogares;
el Dios que destruye el poder corrompido
y protege a los indefensos y humillados.

Señor Jesús:
Ilumina la vida de nuestras madres.
Premia sus desvelos y trabajos.
Da paz a las madres ya difuntas…
Bendice a todos los hogares.
Y que los hijos sean siempre
gloria y corona de las madres.

Señor Jesús:
Que la Virgen Madre las llene de fortaleza.

Señor Jesús:
Que la Virgen María siga siendo
modelo de todas las madres.

Amén.

martes, 8 de marzo de 2011

El día internacional de la mujer...

Hoy es día internacional de la mujer. Quisiera felicitar hoy a todas sin excluir a ninguna, por supuesto pienso en mi mamá, en mi cuñada, en mis tías y primas, en “las madres” o sea las religiosas. Felicito a las casadas, a las solteras, a las viudas, a las que se han quedado solas. Pienso en las amigas y en las que no lo son tanto; en las de cerca y en las de lejos. A cada una la felicito con sus historias y realidades, con sus sueños, sus ilusiones y esperanzas, a cada una con el haber de una vida corta como la de la que acaba de ver la luz del mundo en este momento y que no conozco o la de quien parece estar trabajando horas extras con mucho amor al pasar de los 100 años de vida, como tía Amparo o Mimí que este año cumplirán 105.

Pienso en María de Nazareth, quien antes de ser madre, y ganarse el título de Madre de Dios, fue mujer. Una mujer que consciente y libremente se arriesgó, se jugó el todo por el Todo y asumió sus responsabilidades como debe hacerlo toda mujer de hoy. 

Ante Dios, la Virgen dio su “Sí” a la voluntad de Dios después de cerciorarse bien sobre lo que se le pedía (Lc. 1, 34-38). Ante la sociedad, María se presentó arriesgándose a ser criticada (Mt. 1,18). Ante la historia, la “Mujer” dio a luz al Salvador del mundo, respondiendo a Dios con todo su yo humano, femenino, en la misión más importante encomendada por Dios a una persona (Lc. 1,31-33. 38; Jn.19,25). 

Me llama la atención que María fue una mujer de pueblo y no una princesa, y que de esa mujer pobre nació el Hijo de Dios en la tierra. Ella, como mujer también fue esposa y madre. Contó con un esposo, José, que la respetó (Mt. 1,18-19), creyó y confió en ella (Mt. 1,24-25), la defendió (Mt. 2,14) y la acompañó en el diario vivir de una vida escondida con Cristo en Dios (Col 3,3). De María seguro decían: “Ella es la mujer del carpintero”. 

Quizá la más hermosa definición de una “Mujer” como ella, en toda la extensión de la palabra, la encontramos en el pasaje aquel de San Lucas (Lc 11,27) que nos cuenta de una mujer que, de entre la muchedumbre que estaba escuchando las palabras de Jesús, lanza un piropo para María por ser la madre física de Jesús. Él entonces dice: “Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan”. Dichosa tú, mujer, que eres aventurada como María, porque ella tiene una fecundidad espiritual con Jesús y tú la tienes en el Espíritu al hacerte mamá, amiga, hermana y compañera. 

¡Feliz día internacional de la Mujer! 

Alfredo Delgado, M.C.I.U.