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viernes, 19 de junio de 2020

Consagración al Inmaculado Corazón de María...

Oh, Corazón Inmaculado de María, desbordante de bondad, muestra tu amor por nosotros. Que la llama de tu corazón, oh María, descienda sobre todos los pueblos. Te amamos inmensamente.

Imprime en nuestros corazones un verdadero amor. Que nuestro corazón suspire por ti. Oh María, dulce y humilde de corazón, acuérdate de nosotros cuando caemos en el pecado. Tú sabes que nosotros, los hombres, somos pecadores.

Con tu santísimo y maternal corazón, sánanos de toda enfermedad espiritual. Haznos capaces de contemplar la bondad de tu maternal corazón, para que así nos convirtamos a la llama de tu corazón. Amén.

Acto de consagración y desagravio al Sagrado Corazón de Jesús...

¡Oh Corazón de Jesús! Yo quiero consagrarme a ti con todo el fervor de mi espíritu. Sobre el ara del altar en que te inmolas por mi amor, deposito todo mi ser; mi cuerpo que respetaré como templo en que tú habitas; mi alma que cultivaré como jardín en que te recreas; mis sentidos, que guardaré como puertas de tentación; mis potencias, que abriré a las inspiraciones de tu gracia; mis pensamientos, que apartaré de las ilusiones del mundo; mis deseos, que pondré en la felicidad del Paraíso; mis virtudes que florecerán a la sombra de tu protección; mis pasiones, que se someterán al freno de tus mandamientos; y hasta mis pecados, que detestaré mientras haya odio en mi pecho, y que lloraré sin cesar mientras haya lágrimas en mis ojos. Mi corazón quiere desde hoy ser para siempre todo tuyo, así como tú, ¡oh Corazón divino! has querido ser siempre todo mío. Tuyo todo, tuyo siempre; no más culpas, no más tibieza. Yo te serviré por los que te ofenden; pensaré en ti por los que te olvidan; te amaré por los que te odian; y rogaré y gemiré, y me sacrificaré por los que te blasfeman sin conocerte. Tú, que penetras los corazones, y sabes la sinceridad de mi deseo, comunícame aquella gracia que hace al débil omnipotente, dame el triunfo del valor en las batallas de la tierra, y cíñeme la oliva de la paz en las mansiones de la gloria.
Amén.

sábado, 5 de agosto de 2017

Vivir para siempre en una alegre entrega... Votos Perpetuos de 8 Misioneras Clarisas


En una celebración en donde se experimentó la esencia misionera de la Iglesia, que es así por naturaleza (AG 1) un grupo de 8 Misioneras Clarisas, dieron el paso definitivo en su consagración como religiosas, al hacer su Profesión Perpetua, inundadas de la alegría de vivir el Evangelio en pobreza, castidad y obediencia. 

Estas ocho hermanas mexicanas, misioneras que viven su consagración religiosa como misioneras en España, Estados Unidos, Vietnam y algunos lugares de México, se suman a las filas de más de 600 hermanas religiosas misioneras clarisas que, en 14 naciones y de muy diversas nacionalidades, llevan el gozo de vivir y anunciar la Buena Nueva.

Los votos perpetuos marcan a la persona consagrada para siempre, haciéndole signo visible y transparencia de Cristo, que vivió así, pobre, casto y obediente al Padre. Estas hermanas han realizado su entrega dentro de una Concelebración Eucarística en la parroquia de San Felipe de Jesús en Cuernavaca Morelos México, cuna de la fundación de este instituto misionero que hiciera hace muchos años la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento. Por delegación de su superiora general Martha Gabriela Hernández, los votos fueron recibidos por la hermana María Elena de Luna, superiora de la región de México. La Liturgia de la Palabra iluminó el momento con la Carta a los Filipenses: «Todo eso lo he dejado a un lado, y lo considero basura, con tal de llegar a conocer bien a Cristo, pues no hay mejor conocimiento. Y quiero que Dios me acepte, no por haber obedecido la ley, sino por confiar en Cristo, pues así es como Dios quiere aceptarnos» (Flp 3,8) y con el Evangelio de Mateo: «Porque ¿de qué le sirve a uno ganarse todo el mundo, si pierde su alma? ¿O qué puede dar uno a cambio de su alma?» (Mt 16,26). La Misa le presidió un sacerdote americano venido de la diócesis de Orange en California, el padre Philip, y a un servidor le tocó la gracia de predicar la homilía.

Pero tal vez surja  la pregunta de para qué sirven estos votos al mundo de hoy y por qué una profesión perpetua en un mundo donde casi todo es desechable y todo pasa tan de prisa. Veamos:

La pobreza, abandono voluntario de los bienes exteriores, es un signo poco atractivo para muchos en en nuestro mundo extremadamente materialista. La fuerza atrayente de la pobreza, contrastando con la realidad consumista de nuestra sociedad, es un medio eficaz del que Dios se vale para llamar a las almas a librarse de todo estorbo para aferrarse solamente a la Divina Providencia. En medio de nuestro ruidoso mundo, atrapante y queriendo llenar cuantos vacíos haya con cosas materiales, la mujer consagrada, por este voto, queda libre para contemplar a su Señor y tenerlo como única posesión. La vivencia de este voto en su realización definitiva, constituye un aliciente para la contemplación de Dios, que es amado por encima de todas las cosas y que debe reinar sobre todas las cosas.

El voto de castidad, asiste positivamente a la consagrada en su vocación activa y contemplativa, manteniéndola eternamente enamorada de Jesús, «esposo divino» de su alma, y la lleva a ocuparse en pensar en las cosas de Dios en ofrenda total de su ser. Además, el mismo amor de Cristo Esposo, que inspira a la religiosa a profesar este voto de manera permanente, inspira todo su ser y quehacer para ofrecerse a Dios por la salvación de las almas, como decía Madre Inés, no solo con los labios, sino con el corazón. La castidad se hace testimonio de las realidades futuras sobrenaturales: la resurrección de la carne, la patria celestial, y la vida en unión perpetua con Dios. Por este voto, el corazón e la mujer consagrada se inmola y se da totalmente a Dios y muestra que es posible volar a metas altas de santidad. Finalmente, el amor autentico que empuja a profesar este voto es una declaración contra la dominante mentalidad hedonista de nuestros días que vuelve todo amor superficial y egoísta.[22]

La obediencia, impresa de manera definitiva en el corazón de la religiosa, en la profesión perpetua, le da a la consagrada la posibilidad de vivir la dependencia a la voluntad de Dios en un holocausto espiritual. Hablar de obediencia consagrada al mundo de hoy, es hablar de una obediencia configurada realmente con la vivida por Jesús. O, mejor dicho, es hablar de una vocación y de un compromiso —ratificado con un voto— de revivir en la Iglesia el mismo misterio de obediencia radical vivido por Jesús en su existencia terrena al hacer siempre la voluntad del Padre. Este voto abarca todo el proyecto evangélico de vida de la Misionera Clarisa, y comprende todas las mediaciones: la propia conciencia, la palabra de Dios, el magisterio de la Iglesia, los signos de los tiempos, las necesidades y aspiraciones de los hombres, la voz humilde de los hermanos, la voz más solemne de la propia comunidad, las constituciones del propio instituto y, de un modo especial, sus respectivas superioras. Por eso, es obediencia radical y perpetua.

Al llegar a estos momentos del itinerario de la vida de la religiosa, con la profesión perpetua, quien hace el voto muestra al mundo que la obediencia consagrada no es simplemente un buen consejo de Cristo,  como tampoco lo son la castidad y la pobreza, sino un verdadero carisma, es decir, un especial don de gracia, concedido por el Espíritu Santo a la Iglesia, y en ella a determinadas personas, mediante la vocación a la vida consagrada, para revivir intensamente esta dimensión de la vida y del misterio de Jesús. 

Estas ocho hermanas, han sido llamadas por Dios mismo a vivir en una alegre entrega estos preciosos consejos evangélicos, dando un testimonio elocuente de la primacía de Dios, particularmente necesario en la tarea misionera de la Iglesia. Por medio de la profesión perpetua, estas mujeres consagradas a Dios han transfigurado su vida y se han convertido en una huella indeleble que Cristo- Esposo deja en la historia gracias al espíritu y espiritualidad de la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, cuyo ejemplo de vida las motiva y las impulsa de día en día a ser misioneras.

Damos gracias a Dios por el don de la vocación religiosa de Blanquita, Tere, Karina, Chayito, Mayra, Yajaira, Cristy y Mónica, a quienes me ha tocado acompañar de cerca en su camino vocacional y pedimos, por la intercesión de la santísima Virgen María, en su advocación de Guadalupe, Patrona de las Misioneras Clarisas, la gracia de la perseverancia y la fidelidad a su alianza definitiva. 

Por mi parte, puedo decir que gocé en grande esta celebración, agradeciendo este mismo día de la ceremonia, 5 de agosto, el que hace 28 años fui ordenado sacerdote. ¿Puede haber mejor regalo?

Las Misioneras Clarisas están presentes en Irlanda, España, Italia, Sierra Leona, Rusia, India, Japón, Korea, Indonesia, Nigeria, Estados Unidos, Costa Rica, Argentina y México.

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

viernes, 19 de mayo de 2017

Consagración de la familia a Dios por la Virgen de Fátima*...


Salve Reina, Bienaventurada Virgen de Fátima,
Señora del Corazón Inmaculado,
refugio y camino que conduce a Dios.

Peregrinos en este mundo de la Luz que procede de tus manos,
damos gracias a Dios Padre que, 
siempre y en todo lugar,
interviene en la historia del hombre.
Peregrinos de la paz que Tú anuncias en Fátima y en este lugar
alabamos a Cristo nuestra paz
y le imploramos para todas las familias y el mundo entero
la concordia, el respeto y la unidad.
Peregrinos de la esperanza que el Espíritu anima,
nos presentamos ante ti como profetas y mensajeros
para lavar los pies a todos,
en torno a la misma mesa que nos une.

¡Salve oh clemente, salve oh piadosa!
Salve reina del rosario de Fátima,
salve, oh dulce virgen María.

Salve, Madre de misericordia, Señora de la blanca túnica.
Desde este hogar, en memoria de tus apariciones de Fátima,
donde hace cien años manifestaste a todo el mundo
los designios de la misericordia de nuestro Dios,
miramos tu túnica de blanca luz y tenemos presentes
a todos aquellos que, vestidos con la blancura bautismal,
quieren vivir en Dios y recitan los misterios de Cristo
para obtener la paz.

¡Salve oh clemente, salve oh piadosa!
Salve reina del rosario de Fátima,
salve, oh dulce virgen María.

Salve vida y dulzura, salve esperanza nuestra,
oh Virgen Peregrina, oh reina universal.
Desde lo profundo de tu ser, desde tu Inmaculado Corazón,
mira nuestras penas y alegrías
de todas las familias que peregrinamos hacia la Patria Celeste.
Desde lo más profundo de tu ser,
desde tu Inmaculado Corazón,
mira los dolores de todas aquellas familias
que gimen y lloran es esta valle de lágrimas.
Desde lo más profundo de tu ser,
desde tu Inmaculado Corazón,
adorna nuestro hogar 
con el fulgor de las joyas de tu corona
y haznos peregrinos como Tú fuiste peregrina.
Con tu sonrisa virginal, acrecienta la alegría
en nuestra Iglesia doméstica.
Con tu mirada de dulzura,
fortalece la esperanza en nuestro hogar.
Con tus manos orantes que elevas al Señor,
únenos como familia con toda la familia de la humanidad.

¡Salve oh clemente, salve oh piadosa!
Salve reina del rosario de Fátima,
salve, oh dulce virgen María.

Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María,
reina del rosario de Fátima.
Haz que sigamos el ejemplo de los santos Francisco y Jacinta,
y de todos los que se entregan al anuncio del Evangelio.
Recorreremos así todas las rutas 
de nuestro diario vivir en familia,
derribaremos todos los muros y superaremos todas las fronteras 
que impiden la comunicación en el diario vivir,
yendo, con nuestro testimonio familiar 
a las periferias, para revelar allí el amor, la justicia y la paz de Dios.
Haremos de nuestra familia, con la alegría del Evangelio,
la Iglesia doméstica vestida de blanco,
de un candor blanqueado en la sangre del Cordero
derramada hoy también en todas las guerras 
que destruyen el mundo en que vivimos.
Y así seremos, como Tú,
imagen de la columna refulgente que ilumina 
los caminos del mundo,
manifestando a todos, como familia, que Dios existe,
que Dios está, que Dios habita en medio de su pueblo,
ayer, hoy y toda la eternidad.

¡Salve oh clemente, salve oh piadosa!
Salve reina del rosario de Fátima,
salve, oh dulce virgen María.

Salve Madre del Señor, Virgen María,
Reina del Rosario de Fátima.
Bendita entre todas las mujeres,
eres la imagen de la Iglesia vestida de luz pascual,
eres el orgullo de nuestro pueblo,
eres el triunfo frente a los ataques del mal.
Profecía del amor misericordioso del Padre,
Maestra del anuncio de la Buena Noticia del Hijo,
signo del fuego ardiente del Espíritu Santo,
ven a enseñarnos, en una pentecostés doméstica en nuestro hogar,
las verdades eternas que el Padre revela a los pequeños.
Muéstranos la fuerza de tu manto protector.
En tu Corazón Inmaculado, se el refugio de los pecadores
y el camino que conduce a Dios.
Cada uno de los miembros de nuestra familia,
unidos a todas las familias del mundo entero,
en la fe, la esperanza y el amor,
nos entregamos a Ti.
Unidos en nuestras familia 
y unidos a toda nuestra familia en la fe,
nos consagramos a Dios.
Oh Virgen del Rosario de Fátima,
concede a cada miembro de nuestra familia,
que al final de nuestra vida terrena,
nos veamos envueltos
por la luz que nos viene de tus manos
y demos mucha gloria a Dios,
por los siglos de los siglos. Amén

*Basada en la adaptación que Mons. Pedro Agustín Rivera Díaz hizo de la consagración que el Papa Francisco hizo en Fátima en su viaje de 2017.

sábado, 4 de junio de 2016

«CONSAGRACIÓN DE LOS SACERDOTES AL CORAZÓN INMACULADO DE MARÍA»... Oración de Benedicto XVI


Madre Inmaculada, en este lugar de gracia, convocados por el amor de tu Hijo Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, nosotros, hijos en el Hijo y sacerdotes suyos, nos consagramos a tu Corazón materno, para cumplir fielmente la voluntad del Padre.

Somos conscientes de que, sin Jesús, no podemos hacer nada (cfr. Jn 15,5) y de que, sólo por Él, con Él y en Él, seremos instrumentos de salvación para el mundo.

Esposa del Espíritu Santo, alcánzanos el don inestimable de la transformación en Cristo. Por la misma potencia del Espíritu que, extendiendo su sombra sobre Ti, te hizo Madre del Salvador, ayúdanos para que Cristo, tu Hijo, nazca también en nosotros.
Y, de este modo, la Iglesia pueda ser renovada por santos sacerdotes, transfigurados por la gracia de Aquel que hace nuevas todas las cosas.

Madre de Misericordia, ha sido tu Hijo Jesús quien nos ha llamado a ser como Él: luz del mundo y sal de la tierra (cfr. Mt 5,13-14).

Ayúdanos, con tu poderosa intercesión, a no desmerecer esta vocación sublime, a no ceder a nuestros egoísmos, ni a las lisonjas del mundo, ni a las tentaciones del Maligno.

Presérvanos con tu pureza, custódianos con tu humildad y rodéanos con tu amor maternal, que se refleja en tantas almas consagradas a ti y que son para nosotros auténticas madres espirituales.

Madre de la Iglesia, nosotros, sacerdotes, queremos ser pastores que no se apacientan a sí mismos, sino que se entregan a Dios por los hermanos, encontrando la felicidad en esto. Queremos cada día repetir humildemente no sólo de palabra sino con la vida, nuestro “aquí estoy”.

Guiados por ti, queremos ser Apóstoles de la Divina Misericordia, llenos de gozo por poder celebrar diariamente el Santo Sacrificio del Altar y ofrecer a todos los que nos lo pidan el sacramento de la Reconciliación.

Abogada y Mediadora de la gracia, tu que estas unida a la única mediación universal de Cristo, pide a Dios, para nosotros, un corazón completamente renovado, que ame a Dios con todas sus fuerzas y sirva a la humanidad como tú lo hiciste.

Repite al Señor esa eficaz palabra tuya:“no les queda vino” (Jn 2,3), para que el Padre y el Hijo derramen sobre nosotros, como una nueva efusión, el Espíritu Santo.

Lleno de admiración y de gratitud por tu presencia continua entre nosotros, en nombre de todos los sacerdotes, también yo quiero exclamar: “¿quién soy yo para que me visite la Madre de mi Señor? (Lc 1,43)

Madre nuestra desde siempre, no te canses de “visitarnos”, consolarnos, sostenernos. Ven en nuestra ayuda y líbranos de todos los peligros que nos acechan. Con este acto de ofrecimiento y consagración, queremos acogerte de un modo  más profundo y radical, para siempre y totalmente, en nuestra existencia humana y sacerdotal.

Que tu presencia haga reverdecer el desierto de nuestras soledades y brillar el sol
en nuestras tinieblas, haga que torne la calma después de la tempestad, para que todo hombre vea la salvación del Señor, que tiene el nombre y el rostro de Jesús, reflejado en nuestros corazones, unidos para siempre al tuyo. Así sea.

BENEDICTO XVI
Iglesia de la Santísima Trinidad - Fátima
Miércoles 12 de mayo de 2010