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lunes, 30 de marzo de 2026

HOMILÍA DEL MARTES SANTO 2026.

El pasaje del Evangelio de Juan que acabamos de leer, describe la última cena de Pascua de Jesús con sus discípulos, un relato que presenta por un lado la traición de Judas y por otro la negación de Pedro. Estos dos hombres parecen grandes amigos de Jesús; Pedro era uno de los tres que Jesús siempre tomaba en cuenta en los momentos importantes y Judas era «el encargado de la bolsa». Pero las posibilidades de perversión del corazón humano son realmente muchas. Ciertamente, de entrada, no podemos justificar ni a uno ni a otro... ¡No estábamos allí! Pero los pasajes evangélicos que vendrán a continuación nos hablarán del arrepentimiento de Pedro que lloró amargamente luego de darse cuenta de lo que hizo y de la actitud de Judas, cuyo garrafal error no fue sencillamente haber entregado a Jesús, sino no ver el amor, que de todas formas ahí estaba y ahí siguió siempre, porque el amor de Dios que se encarna en Jesús es permanente e irrevocable.

Seguro Judas no buscaba a Jesús como Dios, Judas buscaba prestigio, éxito, publicidad en el mundo... ¡Qué privilegio ser de los doce y asegurarse un futuro! Pero ese futuro no llegaba, Jesús dejaba que los suyos gastaran el dinero como su amiga María en perfumes caros. En Judas no había trascendencia, no había sentido. El sociólogo y filósofo alemán Hartmut Rosa, figura clave de la «nueva teoría crítica"» y conocido por analizar la «aceleración social», dice que una de las razones de nuestra hambruna temporal, es que damos mayor valor a la vida en la tierra, que a la vida después de la muerte. Si no creemos en esta, tenemos que vivir aquí y ahora, y el tiempo se acaba.(1)

La única manera de prevenir el buscar quedarnos instalados en este mundo —como parece ser que Judas quería— es reconocer nuestras faltas y llorar como Pedro para sumergirse en el amor de Jesús Preparemos nuestros corazones junto a María santísima, que en silencio y siempre fiel, seguía los últimos momentos de su Hijo Jesús, para entrar con él en este Triduo Pascual, durante el cual recordaremos todo lo que Jesús tuvo que sufrir por nosotros para que nos quedara claro lo que es el Amor. Con razón a la Virgen se le llama: «Madre del Amor Hermoso».

(1) Tania Sánchez, “Filosofía para todos los días”, Ed. Paidós, Ciudad de México 2025, pp. 86-87.

Padre Alfredo.
Martes Santo 2026.

miércoles, 16 de abril de 2025

HOMILÍA DEL MARTES SANTO 2025.

En estos últimos días de Cuaresma, antes del Triduo Pascual, las lecturas de la Misa nos introducen en los aspectos del Misterio Pascual que celebraremos en los próximos días.

Hoy la primera lectura, tomada del profeta Isaías (Is 49,1-6), nos regala uno de los más bellos poemas del Antiguo Testamento y en sí de toda la Escritura. Es el segundo canto del Siervo de Yahvé, hacia el final del libro también llamado «de la Consolación de Israel». Este Libro de la Consolación de Israel, que constituye la segunda parte del Libro de Isaías, fue compuesto durante la deportación a Babilonia, tras la destrucción del Templo, y anuncia ya la esperanza del retorno. Es un poema que describe el sufrimiento del Siervo de Yahvé, pero también canta su plena confianza en Dios. Es un poema cargado de esperanza.

El Papa Francisco, que nos ha dejado como tarea para este año santo no olvidar que somos peregrinos de esperanza, ha hablado varias veces de la esperanza, instándonos a mirar con nuevos ojos nuestra existencia, especialmente cuando pasamos por una dura prueba —como la que él pasa ahora con la enfermedad— y a mirarla a través de los ojos de Jesús, que es, como él lo llama «el autor de la esperanza», para que nos ayude a superar los días difíciles, con la certeza de que las tinieblas se convertirán en luz.

En cuanto al pasaje del Evangelio de Juan que acabamos de leer, describe la última cena de Pascua que Jesús tuvo con sus discípulos, un relato que se abre trágicamente con la mención de la traición de Jesús por Judas y que termina con la profecía del Señor sobre la negación de Pedro. Dos hombres que han fallado, como nosotros tantas veces, pero que nos muestran dos rostros muy diferentes, el primero marcado por la desesperanza y el segundo cargado luego de arrepentimiento para recobrar la esperanza que parecía haberse perdido

A lo largo de los Evangelios, y en particular en los relatos leídos en la Eucaristía de las últimas semanas, hemos visto crecer la oposición de los fariseos y de los sumos sacerdotes a Jesús y hemos visto su determinación de conducirlo a la muerte. Esto queda muy claro en el relato de la pasión. Ahora bien, lo que hace que este desenlace sea aún más trágico es que se logra a través de la traición de uno de los amigos más cercanos de Jesús, uno de sus doce Apóstoles, con el que celebra la fiesta de la Pascua dejándonos en claro que no basta estar «junto» a Jesús, sino sumergidos en él. Judas cedió miserablemente a una tentación del Maligno. Jesús lo había tratado como a un amigo (cf. Mt 26, 50), pero en sus invitaciones a seguirlo por el camino de las bienaventuranzas no lo forzó, respetando la libertad humana.

Las posibilidades de perversión del corazón humano son realmente muchas. El único modo de prevenirlas consiste en reclinarse en Jesús para sumergirse en él, asumiendo sus intereses como nuestros. Día tras día debemos esforzarnos por estar en plena comunión con él. Preparemos, pues, nuestros corazones para entrar en este Triduo Pascual, durante el cual recordaremos todo lo que Jesús tuvo que sufrir por nosotros, pero con la mirada llena de esperanza, puesta ya, con María, nuestra Madre santísima, en la gloria de su resurrección.

Padre Alfredo.

martes, 16 de abril de 2019

«En un instante cambia la vida, hay que escuchar»... Un pequeño pensamiento para hoy


Después de la meditación de ayer que se situaba históricamente en Betania el lunes por la tarde, la sorpresa de saber del incendio de Notre Dame en París y la hermosa tanda de confesiones que viví en la comunidad de «El Correo» por poco más de cuatro horas, salto en mi reflexión de esta mañana directamente a la tarde del jueves, durante la «Última Cena». Es difícil llegar a comprender la profundidad de los sentimientos de Jesús en vísperas de su muerte, pero veo que la reflexión del salmo responsorial de hoy (Sal 70 [71]) nos ayuda un poco. Aunque es también muy difícil llegar a saber qué pudo sentir ese sagrado corazón de Jesús cuando al hecho inexorable de su muerte se añadía la humillación de la traición de los propios compañeros. Lo que si me parece fácil comprender, es que el corazón naufrague, cuando se le añade amargura sobre amargura. El grupo de Jesús —su pequeña iglesia— iba a quedar golpeada por la definitiva ausencia del Maestro. Y a esto se iba a añadir la permanente posibilidad de la traición de los discípulos. Jesús no excluye a nadie. La traición no es solamente patrimonio de Judas; lo es también de los llamados discípulos fieles que no estarán a su lado en la pasión. Más aún, la traición puede anidar en el alma de los llamados a ser dirigentes, como Pedro, que negará casi en automático a su Maestro. 

En el Evangelio de hoy (Jn 13,21-33.36-38) Jesús anuncia a los discípulos que uno de ellos le traicionará. Pero esa traición no será ocasión de muerte sino de vida. La traición será el momento de la glorificación de Jesús. Desde su especial relación con el Padre, Jesús es capaz de entender estos últimos acontecimientos de su vida en una perspectiva salvífica. ¡Pobre Judas! No había entendido nada. Jesús era capaz de ver ese final en otra perspectiva bien diferente de lo que él esperaba. La pregunta que nos podemos hacer a la luz de esto, ayudados como digo, por la reflexión del salmo es ésta: ¿con qué ojos leemos los acontecimientos, buenos y malos del mundo, de nuestra propia historia y no solamente de esta historia narrada por el Evangelio? ¿Por ejemplo el acontecimiento del incendio de la hermosísima catedral de Notre Dame, que en un segundo ve consumida dos tercios de su techumbre y su famosa aguja? La historia, la nuestra y la del mundo, da vuelcos en un segundo, como sucede con los accidentes. 

Hay mucha gente que lleva meses preparando las celebraciones de estos días santos. En algunas regiones del mundo, como en muchas partes de México, la Semana Santa tiene tanto arraigo popular, ha generado tantas tradiciones, que exige una «puesta en escena» compleja y costosa: cofradías, procesiones, espectáculos... Los seres humanos, cuando sentimos que algo nos va bien o como decimos: «nos llena», somos capaces de muchos sacrificios, de mucho entusiasmo. Pero, ¿es posible preparar del mismo modo nuestro itinerario interior para caminar con Cristo en su pasión contemplar su muerte y celebrar su resurrección? La liturgia de estos días nos ayuda a vivir intensamente el triduo sacro. Hoy martes, y mañana miércoles, somos invitados a espabilar el oído para no perdernos ninguna palabra. El profeta Isaías comienza, en la primera lectura de hoy, con una exhortación a escuchar: «Escúchenme, Islas; pueblos lejanos, atiéndanme». La escena que Juan describe está llena de confidencias que sólo pueden percibirse con un oído fino: la pregunta del discípulo amado, la respuesta de Jesús, la admonición a Judas, el diálogo entre Jesús y Pedro. Es un día para abrir bien los oídos a la Palabra, como los abrió María, como los abrieron los santos... Hoy es un día para escuchar. Yo por lo pronto iré a escuchar en confesión en la mañana a la gente en el hermoso paraje de Buena Vista y por la tarde acá abajito, en Iratzio... como me dice alguien por allí: «¡al cabo ese es tu hobby!». Aprovechemos estos días para reconciliarnos con Dios, para aplacar el corazón inquieto, para serenar el espíritu, para acercarnos más a Dios y a los hermanos en la escucha. ¡Bendecido martes santo! 

Padre Alfredo.

martes, 27 de marzo de 2018

«Señor, a dónde vas?»... Un pequeño pensamiento para hoy

Hoy Martes Santo, leemos el segundo «canto del Siervo» como primera lectura de la Misa (Is 49,1-6). El Siervo ha sido elegido por Dios desde el seno materno para que cumpla sus proyectos de salvación: «E Señor me llamó desde el vientre de mi madre; cuando aún estaba yo en el seno materno, él pronunció mi nombre» (Is 49,1). Este Siervo cuya existencia Isaías profetiza, será como una espada, porque tendrá una palabra eficaz y como una flecha que el arquero guarda en su aljaba para lanzarla en el momento oportuno. La misión que Dios le encomienda a este personaje bíblico es restablecer a las tribus de Jacob y reunir a los sobrevivientes de Israel... más aún: ser luz de las naciones, para que la salvación de Dios llegue hasta los últimos rincones de la tierra. En este segundo canto aparece ya el contrapunto de la oposición, que ayer no aparecía. El Siervo no tendrá un éxito fácil y más bien sufrirá momentos de desaliento: «En vano me he cansado, inútilmente he gastado mis fuerzas» (Is 49,4). Le salvará la confianza en Dios: «mi recompensa la tenía mi Dios». 

También en Jesús, el verdadero Siervo, que con su muerte va a reunir a los dispersos, que va a restaurar y salvar a todos, podemos constatar esa «crisis» que se muestra en el canto de Isaías. Jesús no es que aparentemente haya tenido muchos éxitos. Algunos creyeron en él, es verdad, pero las clases dirigentes, no. Hoy en la lectura evangélica escuchamos que uno le va a traicionar: lo anuncia él mismo, «profundamente conmovido» (Jn 13,21-33.36-38). Nos consta, además, que no es que los otros once permanecieran muy fieles y valientes: uno le negará cobardemente, a pesar de que en ese momento asegura con presunción: «daré mi vida por ti». Los otros huirán al verle detenido y clavado en la cruz. La queja del Siervo («en vano me he cansado») se repite en los labios de Cristo: «¿no han podido velar una hora conmigo?... Padre, ¿por qué me has abandonado?». En verdad, como afirma la Escritura, «era de noche». A pesar de que él es la Luz. El relato está aderezado con algunas preguntas: «Señor, ¿quién es?», «Señor, ¿adónde vas?», «Señor, ¿por qué no puedo acompañarte ahora?». Quién, adónde, por qué. En esas preguntas de Pedro y Juan reconocemos las nuestras. Por boca del discípulo amado y de Pedro formulamos nuestras zozobras, nuestras incertidumbres, nuestros cuestionamientos... ¿A dónde vas, Señor? 

Jesús observa, escucha y responde a cada uno: al discípulo amado, a Judas y a Simón Pedro. La intimidad, la traición instantánea y la traición diferida se dan cita en una cena que resume toda una vida y que anticipa su final. Lo que sucede en esta cena es una historia de entrega y de traición. Como la vida misma. El Martes Santo —podemos suponer— es un día ideal para guardar silencio y abrir el corazón a la escucha del Señor. Hablar de traición supone hacer referencia a una relación de amor y fidelidad frustrada. Sólo se traiciona a quien se ha amado. ¿Estaremos nosotros traicionando a Jesús a quien queremos amar? Lo traicionamos cuando abusamos de promesas que no cumplimos; lo traicionamos cuando no tenemos tiempo para él; lo traicionamos cuando somos mezquinos; lo traicionamos cuando no lo aceptamos en los rostros en los que él se nos manifiesta; lo traicionamos cuando lo convertimos en un objeto de consumo; lo traicionamos cuando damos por supuesta su amistad y somos tibios; lo traicionamos cuando no estamos dispuestos a dejarnos transformar por él. Pocos días tenemos juntos dos pasajes de la Escritura tan profundos como hoy, dejemos que este Martes Santo sea Dios mismo quien nos hable y nos ayude a descubrir nuestras sombras. Pidamos a María, consoladora de los afligidos que una su silencio al nuestro. ¡Bendecido y reflexivo Martes Santo! 

Padre Alfredo.

martes, 11 de abril de 2017

MARTES SANTO... Una breve reflexión


El llamado a una determinada misión viene siempre acompañado de los dones necesarios para la realización de la misma. Hemos venido a este mundo a cumplir la voluntad del Padre, que nos quiere discípulos—misioneros de su Hijo Jesús y de su Reino. 

La tarea que tenemos como discípulos—misioneros es la de buscar la conversión de todos y la reunión, en torno a Cristo para celebrar y hacer vida su pasión, muerte y resurrección no solamente en el Triduo Sacro.

El Señor, con tristeza, en el Evangelio que este martes se escucha (Jn 13,21-33.36-38), expresa que «alguien» lo va a entregar. Es uno de ellos, de los suyos, de los más cercanos colaboradores... ¿Qué ha hecho ese «alguien» con los dones recibidos? ¿Qué le ha movido a actuar de esta manera? A otro de los discípulos, el Señor le asegura que lo va a negar... ¿Por qué irá a suceder esto? ¿Por qué no podrá con valentía defender a Jesús?

Estos dos hechos hacen que brote de nuestro corazón una súplica en este Martes Santo: ¡Señor, que no sea yo un traidor ni te niegue! Que sea valiente como nuestros mártires del tiempo de la persecución cristera en México y pueda decir como la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento: «¡Jesús, tú eres la única realidad!».

El arrepentimiento es doloroso, pero es también consolador. Uno de estos dos discípulos se va a arrepentir y renovará su corazón hasta hacerlo totalmente nuevo y capacitarlo para decirle a Jesús: «¡Tú sabes que te amo!» (Jn 21,17). El otro... sabemos cómo acaba con su vida (Mt 27,5).

Bajo la mirada dulce de María Santísima que nos acompaña en el caminar de estos días santos junto a Jesús, y es testigo fiel de los dones que Dios nos ha dado, puedo preguntarme: ¿Y yo, qué actitud tomo en esta Semana Santa?

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

martes, 22 de marzo de 2016

Una reflexión para el Martes Santo...

   “¿Seré yo, Señor?” (Juan 13,21-33)
 

Ayer, Lunes Santo, contemplamos a nuestro Señor con sus amigos de Betania: Lázaro, Marta y María. Hoy el Evangelio nos lo presenta con sus discípulos y, entre ellos, un personaje que también apareció en la escena de ayer: Judas Iscariote.

La misericordia del Maestro permanece inalterable incluso y por supuesto cuando tiene que hablar fuerte y claro: “Uno de vosotros me va a traicionar”. 

Cómo cuesta compartir la vida , el pan y la sal y con aquellos que sabemos que aparentan querernos, apoyarnos, respetarnos, acompañarnos por delante pero nos clavan la espada por detrás. En Jesús, que es todo amor y misericordia, una vez más y para no variar, se rompen los esquemas para que se cumpla hasta la última coma de las escrituras: ¡Todo esto es necesario!

Judas Iscariote convirtió su trato con el Señor en una farsa. Vendió al amigo (el tesoro más grande) por 30 monedas de plata. Y, ¡quién sabe!, sino hubiera robado también el perfume que vertió María sobre los pies de Jesús y se hubiera quedado con los 300 denarios en que lo tasó. En un blog leí el otro día que «los buenos amigos son como la sangre: acuden enseguida a la herida». Todos los que compartían con intensidad ese tenso momento, comenzaron a preguntarse: «¿Seré acaso yo Señor?». Eran tan amigos, tan cercanos a Jesús, que acudieron solidariamente para intentar taponar inmediatamete la herida por la que se escapaba ya a borbotones la sangre de Jesús. No lo consiguieron, como tampoco Judas consiguió por más tiempo encubrir su pecado y su falta de misericordia.
   
¡Qué tremendo es ser inmisericordes! ¡Qué inhumano se vuelve aquel que saca a la misericordia ya la compasión de su vida, porque con ello se va el amor!... Del cenáculo a las tinieblas; de la amistad  
al egoísmo solitario; de la riqueza de una cuantas monedas al ruido miserable de la conciencia mundanizada... del vino de la misericordia del Amigo al maligno trago para intentar lavar un disparate y la ingratitud de amigo.

¿Seré yo, Señor?... ¿Seré yo, Señor; que me cuesta enfrentarme a mi propia realidad de pecado que no me hace tu amigo? ¿Seré yo, Señor; el que venda, no por dinero, y tal vez por menos, tu nombre y tu gloria al llenarme de mundo y alejarme más y más de Ti? ¿Seré yo, Señor; que comparto el pan único y partido y escapo a continuación a las tinieblas que esconden mi vida sin hacer obras de misericordia?

¿Seré yo, Señor?...  ¿Seré yo, Señor; que digo «SÍ» cuando se que en realidad que es un «NO» o un «AL RATO»? ¿Seré yo, Señor; que te presento y te presumo como amigo en el altar y como a un gran desconocido en la vida debido al miedo o a la vergüenza? ¿Seré yo, Señor; que beso tu cruz por ser viernes santo y, luego te olvido besando el mundo y sus placeres pasajeros que ensucian mis labios y me aljan más y más de Ti? ¿Seré yo, Señor; que me escondo bajo el ropaje que me viste, la bolsa acaudalada que me seduce y lo que en el fondo me convence aunque te entregue una y otra vez?

¿Seré yo, Señor?... ¿Seré yo, Señor; que no tomo una postura valiente por tu Reino y poco reparo en comulgar en tu mesa acercándome poco o casi nada al sacramento de la Reconciliación? ¿Seré yo, Señor; que me quedo con el peso de mis pecados y no con la grandeza y poder de tu misericordia que salva y que da la vida? ¿Seré yo, Señor; que tardo en llevar a cabo lo que es importante y al instante, lo que conduce al pecado y a la ingratitud hacia tu amor misericordioso 

Que nunca, Señor, lleguemos a pensar que es mas fuerte nuestro pecado que la infinita misericordia de Dios. Nuestra traición, no puede ser mayor que la Divina Misericordia que nos llama siempre: «Amigo» y espera fielmente a cada uno... Bastaba tal vez otro beso de Judas para pedir perdón, bastaba una mirada arrepentida para alcanzar la absolución... El mayor pecado de Judas, según se ve, no fue haber traicionado a Jesús, sino haber dudado de su misericordia y su perdón. Aunque nadie puede afirmar qué pasó con Judas en el momento de su muerte. Aún entre la soga y el cuello queda lugar para la esperanza. El drama de Judas, más que la gravedad de su pecado en sí, fue su falta de esperanza, el hecho de cerrarse en sí mismo, en vez de reconocer su falta, llorar su pecado y volver al amor de Dios, como lo hizo, por ejemplo, el Apóstol Pedro.

“Jesús nunca abandonó a Judas y nadie sabe dónde cayó en el momento en que se lanzó desde el árbol con la soga al cuello: si en las manos de Satanás o en las de Dios. ¿Quién puede decir lo que pasó en su alma en esos últimos instantes? «Amigo», fue la última palabra que le dirigió Jesús y él no podía haberla olvidado, como no podía haber olvidado su mirada” (Raniero Cantalamessa, "Sermones de la Casa Pontificia" – Cuaresma – 18 de abril 2014).

Nosotros tenemos esperanza... no la perdamos, el Buen Jesús nos espera en el confesionario. El sacramento de la Reconciliación nos permite experimentar sobre nosotros lo que la Iglesia canta la noche de Pascua en el Exultet: «¡Oh, feliz culpa, que mereció tal Redentor!» Jesús sabe hacer, de todas las culpas humanas, una vez que nos hemos arrepentido, «felices culpas», culpas que ya no se recuerdan si no por haber sido ocasión de experiencia de misericordia y de ternura divinas! Dice la beata María Inés: “Pongamos mucho empeño en evitar la menor falta deliberada, pero aun cuando hayamos cometido alguna falta, corramos a sus brazos, confesémosle nuestra miseria llenos de paz, pidámosle perdón y esperemos su beso de reconciliación”. (Carta colectiva del 24 de abril de 1953 en altamar).
   
Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.