Mostrando entradas con la etiqueta Reflexión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Reflexión. Mostrar todas las entradas

martes, 29 de septiembre de 2026

«EN LA FIESTA DE LOS ARCÁNGELES»... Un pequeño pensamiento para hoy


Estamos celebrando la fiesta de los santos arcángeles. Cada año, en este día, la Iglesia tiene un recuerdo especial para recordarnos que la presencia de Dios —como tantas veces vemos en la Biblia— se manifiesta a través de sus ángeles. Con la presencia de Gabriel en Nazaret María experimentó cómo Dios la envolvió haciendo que el Espíritu de Dios la inundara para convertirla en la Madre de Dios; con la presencia de Rafael Tobías sintió la gracia de Dios que le devolvió la luz a sus ojos y a su vida. Son los ángeles quienes presentan ante Dios las súplicas y oraciones que Tobías hizo y por eso le acompaña en su camino. Es esa misma fuerza interior que sentimos en nuestras luchas contra la tentación y contra el mal acompañados de la presencia de Miguel, que nos libra de las asechanzas del maligno ayudándonos a vencer todo mal en nuestra vida.

Con razón Jesús le dice a Natanael y a los discípulos: «En verdad, en verdad les digo: verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre». Los ángeles están con nosotros y nos envuelven de la presencia de Dios. Por eso nosotros también tenemos que buscar esa higuera bajo la que nos podamos recoger, ese lugar a solas que todos ocupamos para encontrarnos con Dios y con tranquilidad en ese momento sintamos esa paz interior porque nos llenamos de Dios acompañados por sus ángeles. Todos necesitamos mucha ayuda del cielo para llevar adelante la misión que Dios nos ha confiado.

Parte de esa ayuda nos llega de los arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. Quizá podemos pensar —releyendo el evangelio de esta fiesta (Juan 1,47-51)— que a la sombra de la higuera, Natanael pensaba en su proyecto de futuro, qué haría con su vida, qué querría Dios de él, etc. Meditaría a lo mejor pidiendo la luz al Espíritu Santo e inspiraciones de los ángeles, que le ayudarían a adentrarse en esos pensamientos para responder con generosidad a Dios. Eso nos lo hace pensar la respuesta que Natanael da a Jesús: «Rabbí, tú eres el hijo de Dios, tú eres el rey de Israel». Pidamos a la Virgen a quien le llamamos «Nuestra Señora de los ángeles» que nos preste de su confianza en el Señor, para ver también nosotros cosas mayores. Porque Dios nunca se deja ganar en generosidad, sobre todo si o que buscamos es la paz interior. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 28 de septiembre de 2026

«Así es el Señor y así es el reino»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Hoy hemos iniciado el novenario rumbo a la fiesta de «Nuestra Señora del Rosario», patrona de nuestra parroquia. Caminamos hacia ese día tan especial en el marco de los 25 años de haber sido constituidos como parroquia. Como en años anteriores, cada día vendrá un sacerdote diferente a presidir la eucaristía. Esta vez ha sido el padre Jesús Antonio Peña, a quien cariñosamente llamamos «Toñito», no solo por lo bajito que es, sino también porque su vocación nació en la parroquia vecina de «Coronación de la Virgen del Roble»: de allí, del grupo juvenil Kairós, dio el salto al Seminario de Monterrey.

El día ha sido iluminado por el evangelio de san Lucas 9, 46-50, que nos recuerda que el más importante en el reino de los cielos será quien haya amado con mayor caridad en la tierra a Dios y a sus semejantes, aunque sean «tan pequeños» como los niños. ¡Qué bien nos hacen las preguntas que los discípulos planteaban a Jesús al comienzo de su vida pública! Con sus preguntas, actitudes y aspiraciones nos fueron abriendo una senda que nos ayuda sobremanera a crecer en la fe. Sus aciertos y sus errores, manifestados en la sencillez de diálogos como el de hoy, también nos acercan con sencillez a Jesús.

Al principio, ellos creían que en el reino de Dios tenía que haber unos destinados a servir y otros beneficiados por el servicio de los demás. Pensaban que existía una escala de poder, importancia y prestigio para obtener la sumisión de otros. Pero la respuesta de Jesús a quienes discutían sobre cuál de ellos era el más importante quedó plasmada en una escena muy gráfica: puso a un niño en el centro para destacar su pequeñez, su fragilidad y la poca importancia que entonces se le concedía en la sociedad. Así es el Señor y así es el reino; por eso María santísima es siempre modelo para formar parte de él con alegría. Contemplémosla en estos días previos a su fiesta y pidámosle que nos ayude a crecer en sencillez.

Padre Alfredo.

domingo, 27 de septiembre de 2026

«LO VERDADERAMENTE IMPORTANTE»... Un pequeño pensamiento para hoy


Todos conocemos —por lo menos en México— este dicho tan repetido que va muy bien al filo del evangelio: «obras son amores y no buenas razones». Desde una perspectiva cristiana, este refrán popular adquiere su máximo significado al expresar que la fe auténtica y el verdadero amor a Dios y al prójimo se demuestran a través de acciones concretas y no mediante discursos, intenciones o justificaciones vacías. Este dicho, profundamente arraigado en la espiritualidad católica por santas como Santa Teresa de Jesús, refleja a la perfección la exigencia evangélica de coherencia entre lo que se profesa y lo que se vive. Y es que la verdadera fe, hoy y siempre, según nos recuerda el evangelio, la viven aquellas personas que saben traducir el evangelio en las obras cada día.

Pero el problema está en si el evangelio que hemos recibido de Jesús responde a nuestro compromiso o se queda solo en las palabras bonitas y profundas que no hablan de una tarea o de un compromiso. Porque puede suceder como lo que pasa con el hijo mayor de la parábola (Mt 28,21-32) que seguramente le ha de haber respondido a su padre con mucha cordialidad para asegurarle que iría a trabajar a la viña y finalmente no fue. Jesús no nos comparte esas parábolas para que le admiremos, sino para que les saquemos jugo y que no seamos como el primero de los hermanos de la parábola de hoy o como el hermano mayor del hijo pródigo… Gente que parece que hace bien y que no quiebra un plato pero que solo vive en la superficie del cumplimiento: ¡cumplo y miento!

En definitiva, el Maestro nos está advirtiendo que lo verdaderamente importante son las obras y no las buenas palabras que se quedan en intenciones que no se cumplen. Ya lo había dicho en otras ocasiones: «No todo el que dice ¡Señor, Señor! entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre» (Mt 7,21). Es un consuelo saber que nuestra salvación depende en gran parte de nosotros mismos; de nuestro compromiso. Es a nosotros a quien Cristo nos invita a que vayamos a trabajar a su viña, a que nos esforcemos por conquistar el Reino.  Nuestra respuesta puede ser muy diversa, como las de los dos hijos de la parábola, pero debemos esforzarnos por responder con una conducta de hechos y no solo de buenas palabras. Que la Virgen nos ampare y nos cuide para vivir siempre en la verdad y no quedarse navegando en mentiras y promesas que nunca se cumplen. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

sábado, 26 de septiembre de 2026

«En manos de los hombres»... Un pequeño pensamiento para hoy


El relato del evangelio de este viernes es muy corto (Lc 9,43b-45) y presenta un contraste muy especial. Por una parte, el evangelista nos habla de la admiración general por todo lo que hacía Jesús, por sus milagros, por sus palabras llenas de bondad que revelaban el amor infinito del Padre. Pero por parte nos presenta el fuerte anuncio de Jesús que expresa con un trágico realismo: ¡Lo van a entregar en manos de los hombres! De alguna manera san Lucas, con esta forma de narrar retrata la realidad de nuestro mundo, el mundo de los seres humanos que es así: la justicia y la bondad no siempre son reconocidas, ni mucho menos. Incluso son perseguidas.

Yo creo que todos hemos escuchado o hemos sido víctimas de la envidia o nos hemos dado cuenta de que algunas veces la bondad y la justicia constituyen un obstáculo para los intereses de personas que van por otros caminos. El Hijo de Dios va a chocar contra el muro del mal, como han chocado tantas veces las personas buenas. Y el Hijo de Dios se niega a distanciarse de estas personas buenas que sufren precisamente por su bondad.

Y no es que con estas palabras el proyecto de Jesús sea presentado por él mismo como una carrera hacia el suicidio. Jesús cuenta con la fuerza y el amor de Dios, que le harán triunfar del odio y la muerte. Pro los discípulos, ofuscados por el miedo no entendían todavía ese lenguaje. ¿Lo entendemos en su totalidad nosotros? ¿Captamos que hemos de seguir los mismos criterios de Cristo aunque seamos entregados a los hombres? Pidamos la intercesión de María para que, como ella, que guardaba en el corazón lo que no entendía inicialmente, para luego rumiarlo y dar el paso, sepamos entender los proyectos de su Hijo Jesús. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

viernes, 25 de septiembre de 2026

«¿QUIÉN ES JESÚS PARA TI?... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy el evangelio (Lc 9,18-22) nos nos hace una pregunta muy personal: ¿quién es Jesús para ti? En el relato de este viernes san Lucas narra que Jesús se había retirado a orar a solas. Él sabe que la gente habla de él, de lo que es y de lo que hace. Hay expectación a su alrededor e incluso entusiasmo por parte de algunos. Sabe que lo que los discípulos y los que le siguen un poco más lejos opinan sobre él pero no concuerda mucho con lo que Jesús sabe de sí mismo y de su Misión. Por eso se nota como un clima general de tensión.

Ante esta situación, Jesús expresa con claridad lo que le preocupa. Quiere que sus discípulos se definan, que tomen una opción y dejen de engañarse con falsas expectativas por cosas que escuchan de allá y de acá. Cuando Pedro responde en nombre de todos, Cristo les ordena guardar un silencio sepulcral y corrige con firmeza la idea que tienen de él. Porque detrás de la confesión de Pedro se esconde todavía la imagen de un Mesías poderoso, guerrero y triunfal. Y esa imagen, definitivamente, no coincide con la manera en que Jesús entiende y lleva adelante su misión.

El anuncio de la pasión es precisamente la corrección a la idea de Mesías que tienen los discípulos y el pueblo en general. Para Jesús el modelo de persona según los planes de Dios para llevar adelante su obra liberadora va a tener que pasar y asumir el fracaso. Pues los poderosos y mucha gente se pondrán en contra. Y no solo se pondrán en contra, sino que incluso le perseguirán hasta darle muerte. Pero este fracaso no será definitivo, sino que será el camino hacia la resurrección, hacia la verdadera liberación y vida. De esta manera Jesús nos recuerda hoy que el Reino no se crea si no asumimos nuestro compromiso de seguirle sabiendo quién es y a qué nos llama. María sí que comprendió muy bien y ella nos puede ayudar. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 24 de septiembre de 2026

«¿Por qué allá sí?... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Desde que era pequeño, gracias a mis padres, fui entendiendo, al igual que Lalo mi hermano, que la felicidad no se encuentra en las cosas más codiciadas por la humanidad, como es el poder, el placer, las riquezas, los honores, etc. Hoy que veo el texto de la primera lectura (Eclesiastés 1,2-11) me doy cuenta de que hace casi tres mil años después de que se escribiera este texto, el corazón del hombre es el mismo, la esencia humana no ha cambiado, están las mismas luchas, los mismos pecados, los mismos errores, las mismas búsquedas… han cambiado las formas, pero no el fondo. A pesar del paso del tiempo, el Qohelet expresa algunos de los sentimientos más comunes de la sociedad actual: el desencanto, aburrimiento, rutina, insatisfacción, desesperanza… Mucha gente vive así, en la insatisfacción, e incluso en una triste monotonía. Tantas veces vemos cómo nada puede «satisfacer» totalmente al ser humano. Nuestro corazón está hecho para Dios y sólo el encuentro con Él, como decía San Agustín, puede llenar el vacío del corazón: «nuestro corazón estará siempre inquieto hasta que no descanse en Dios».

Ahora que el Señor me permitió pasar poco más de un mes en Indonesia, quedé maravillado de ver cómo estamos viviendo en América, acelerados, peleando, insultando —basta ver los pleitos al conducir— y cómo viven en el lejano Oriente. Yakarta tiene un tráfico como 10 veces peor que Monterrey. ¡Imaginen más de 100 motocicletas seguidas por un buen número de carros esperando que cambie el semáforo y ver cómo sin pelear, sin insultarse, sin meterse a la fuerza, todos avanzan! Las pocas veces que salí a la calle y veía esto pensaba: ¿para qué nos afanamos tanto y andamos en tantas preocupaciones por la vida y, tantas veces, víctimas del estrés en América? ¿vale la pena? Esto se completó al llegar al aeropuerto Haneda de Tokio, en donde multitudes caminaban en silencio —nadie usando el teléfono o hablando en voz alta— y en medio de un orden impresionante. Lo que más me impacta es que se trata allá de un mundo en donde los musulmanes —en Indonesia— y los budistas y sintoístas —en Japón— son la mayoría y los cristianos una minoría casi insignificante.

El evangelio de hoy (Lucas 9,7-9) cuenta que Herodes sólo quería conocer a Jesús por curiosidad, quería espectáculo y circo, incluso quería presenciar algún milagro. Eso me hace pensar en tantos Herodes disfrazados de cristianos —católicos y protestantes— que no buscan tener un encuentro con Jesucristo, porque tener un encuentro con Cristo es algo muy profundo y comprometedor que transforma la vida y la manera de ser y actuar, es estar dispuesto a que Cristo entre en tu corazón y te cambie la vida. Quizás sea este un buen momento para preguntarnos si realmente hemos dejado entrar los criterios de Cristo, que van más allá de los de Mahoma o Buda en nuestros corazones de «creyentes», aun sabiendo que este encuentro puede poner nuestras vidas patas arriba para darnos una vida nueva y un corazón nuevo que sepa amar, esperar, acompañar, escuchar, tolerar... En la sociedad regiomontana y en muchas más de América, hay curiosidad, hay algunos que buscan lo milagrero y otros para los que Jesucristo ni existe o tiene un mensaje caduco. Pero, no lo puedo negar, aunque sea un número más reducido, como decía Benedicto XVI, hay también muchas personas que «desean ver a Jesús», aunque no se den cuenta a quién están buscando de verdad. Nosotros, los discípulos¬-misioneros de Cristo debemos dar testimonio con nuestra vida de que Cristo es la respuesta a todas nuestras búsquedas. Que la Virgen de la Merced, a quien hoy celebramos, nos ayude. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

El Señor nos sigue convocando y enviando... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Hoy regresé a la «Sultana del Norte» luego de haber salido desde el 7 de agosto. Llegué luego de 30 horas de camino en un vuelo de Yakarta (Indonesia) que tuvo dos cambios de avión, uno en Tokio (en el aeropuerto de Haneda en Japón) y otro en Houston. Yo no sufro del «Jet lag» porque me dicen que tengo un marcapasos circadiano sumamente sólido y rígido. Algunos psicólogos y psiquiatras me han explicado que mi cuerpo sabe exactamente cuándo resetearse y que no importa en qué parte del mundo esté, mi alarma biológica interna está tan bien consolidada que no se desestabiliza fácilmente con los cambios de luz externos. Me dicen que es un rasgo genético poco común pero muy eficiente. El caso es que llegué a mediodía a comer a casa de mi madre; a las 6 de la tarde celebré misa con ella como suelo hacerlos los miércoles porque es mi Day Off y nos fuimos luego a cenar.

Como si fuera de adrede, celebrando hoy a san Pío de Pietrelcina, me encuentro frente a un evangelio en el que Jesús «envía» a los discípulos (Lc 9,1-6) y en él me doy cuenta de que lo primero que el Señor nos pide tener en cuenta para seguirlo y ser enviados es poner nuestra confianza en el Padre de las Misericordias que es el que acompaña y sostiene nuestra misión. Jesús pide a los suyos una pobreza tal que no es un mero despojo exterior, sino la condición para una auténtica libertad interior. No llevar nada significa no poner la confianza en las propias seguridades, medios o apoyos humanos, sino depender únicamente de la fuerza de la Palabra y de la providencia del Padre. La libertad del misionero nace de esta desnudez: quien nada posee ni a nada se apega, nada tiene que perder y queda enteramente disponible para el servicio del Reino. 

Lo segundo que veo es la necesidad de sanar lo herido del corazón humano desde el envío que anuncia la dinámica del Reino. Cuando Cristo nos llama a dejarlo todo y no depender de nada para entrarle de lleno a la tarea misionera, nos lleva a poner nuestra mirada, nuestra palabra y nuestra vida en las personas, porque es entonces cuando comprendemos que la misión nace del kerygma, de la gracia divina y de la cercanía. Pero ciertamente Jesús nos pide que respetemos los tiempos de cada uno. Tal vez por eso hace referencia al gesto de «sacudirse el polvo de los pies» (v. 5) como respuesta a la incomprensión o el rechazo, continuando la marcha sin perder la paz. Mi regreso de la misión en Indonesia me recuerda que el Señor nos sigue convocando y enviando a ponernos en marcha, sin miedo a nuestras debilidades, libres para estar, escuchar, abrazar, curar y comunicar la alegría del Evangelio. Que María, a quien conocemos como la «Estrella de la Evangelización» nos guie para que nos dejemos enviar con libertad. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 22 de septiembre de 2026

«ADIÓS INDONESIA... TERIMA KASHI BAGNA!»... Un pequeño pensamiento para hoy


El Evangelio de hoy (Lucas 8, 19-21) nos pone delante una palabra de Jesús que a primera vista puede desconcertarnos: «Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen». Es que, si no se conoce el corazón de Cristo, se puede pensar pensar que Jesús está dejando de lado los lazos familiares; pero cuando como discípulos–misioneros suyos nos dejamos mirar por Él, descubrimos algo mucho más grande: Jesús no reduce la familia, la ensancha. Nos abre espacio a todos en su corazón misericordioso. Nos recuerda que la verdadera familia de Dios no se construye solamente por la sangre, sino por el amor concreto, por la escucha sincera de la Palabra y por el deseo de vivirla cada día.

Y qué maravilloso es descubrir que el Evangelio no es una idea lejana ni una palabra muerta: el Evangelio acontece. Acontece cuando dejamos entrar a Jesús en nuestra vida, en nuestras comunidades, en nuestras despedidas y encuentros, en nuestra fragilidad y en nuestra alegría. Sé que eso buscamos como bautizados: dejar entrar a Jesús para que Él nos haga familia, como él quiere y como Madre Inés nos enseñó. En la familia de Jesús nadie sobra, nadie queda fuera, nadie vale menos. Por eso estamos llamados a reconocernos pequeños, necesitados de sentarnos juntos a la mesa de la Palabra y a la mesa de la Eucaristía, donde el Señor nos alimenta, nos reúne y nos vuelve a enviar. En estos días he podido agradecer, con mucha emoción en Indonesia, el gozo de ser Familia Inesiana, familia de Manuelita de Jesús —su nombre de pila— y, sobre todo, familia de Jesús, José y María. He sentido que mi casa es el mundo, y que en cada comunidad a la que llego soy recibido como un hermanito que va de paso, discípulo-misionero, invitado a vivir con pasión el Reino que nos hace hermanos. Terima kashi bagna!

Por eso, al llegar al final de estos días, mi corazón se llena de gratitud. Gracias a mi superior general, el padre Carlos, siempre dispuesto a hacer todo por la misión y a mis demás hermanos misioneros de Cristo; a la hermana Rina, que es la superiora de la región de Indonesia, que comprende 11 misiones en Indonesia y una en Vietnam; a tantas hermanas misioneras clarisas y vanclaristas de esta hermosa región; a las hermanas Silvia y Tere por aguantar al «hermanito molón» en esta experiencia misionera; y gracias a tantos seglares que han servido con generosidad: maestros, doctores, enfermeros, trabajadores, cocineros, choferes y tantos rostros buenos que ya se han robado un pedacito de mi corazón misionero. Hoy me pregunto, y los invito a preguntárselo conmigo: ¿de qué manera mi fe se nota en mi capacidad de reconocerme familia con quienes Dios pone en mi camino? ¿Estoy dispuesto a seguir escuchando la Palabra para ser otro Cristo como Madre Inés quería? ¿Qué puedo hacer desde mi responsabilidad y mi ministerio, para que el Reino no sea solo un deseo bonito, sino una realidad concreta? Y junto con ustedes, en esta última Eucaristía aquí en Yakarta, miramos a María, la primera que escuchó la Palabra y la cumplió. Les invito a decirle: «Dulce Madre, no te alejes…». ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 21 de septiembre de 2026

«¿Dónde me coloco yo en el banquete?... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Hoy el evangelio nos invita a contemplar lo que Jesús puede hacer en una persona que se decide a seguirlo: Mateo, el hombre cuyo oficio no era nada agradable para sus contemporáneos. Era servidor de Roma, cobrando impuestos para una nación opresora. Mateo desempañaba su oficio en una ciudad donde nuestro Señor iba con frecuencia, Cafarnaún. Como tantos otros, habría oído hablar de Jesús. Lo más sorprendente para él fue ser llamado por aquel Maestro para ser uno de los suyos. Nos lo cuenta él mismo y nos dice que su reacción fue levantarse, seguirlo y luego hacer un banquete y nada más, porque él no hace un relato de lo suyo. El objetivo de su evangelio es destacar la obra de Cristo no su propia vida.

Por eso su biografía y demás detalles carecen de importancia para él. Pero contarnos del banquete, eso sí fue importante. Mateo dice que había gente importante, fariseos y publicanos, y otros que pasaban por pecadores; «chusma» decimos en México para referirnos a mucha gente de todo tipo. La sorpresa de los que se sentían «importantes» debió de ser grande al verse en medio de gente de lo ordinario y algo más. Por eso, seguramente molestos, preguntaron a los discípulos por qué el Maestro se juntaba con gente de todo tipo. Como siempre, Jesús tiene palabras muy claras. Su respuesta debió dejarlos muy sorprendidos. Para ello cita a Oseas: «Misericordia quiero y no sacrificios». Y aquí está lo importante de por qué Mateo nos cuenta que hizo un banquete:

Tener misericordia es parecerse a Dios que tiene un corazón donde todos caben sin distinción de raza, de color, de edades o condición de vida. Su persona no entiende de clasificaciones humanas, pero si hay que hacerlas les recuerda un principio elemental, que el médico está para curar a los enfermos. Los sanos no necesitan de él. Les ha e quedar claro que la tarea principal del Maestro de Nazareth es buscar a los pecadores y sanarlos y todos estamos incluidos en esa condición de necesitados. Cristo ha venido a acoger a todos, especialmente a aquellos que más lo necesitamos. Por eso conviene que al recordar este evangelio cada uno de nosotros nos preguntemos: ¿Dónde me coloco yo en el banquete? ¿Me siento necesitado de Jesús? Me identifico solamente como un invitado o más bien me involucro tanto como María, que en un banquete no solo se sentó a la mesa, sino que atendió a los convidados haciendo que descubrieran quien era Jesús. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 20 de septiembre de 2026

«Algunos no tiene la culpa de haber sido encontrados tarde»... Un pequeño pensamiento para hoy

El evangelio de este domingo (Mt 20,1-16) nos ofrece la parábola de los obreros de la viña, una de las más significativas en torno al misterio del Reino de Dios. Es una parábola que nos puede recordar, en su resultado final, la parábola del hijo pródigo, porque en el fondo se quiere hablar de la misma persona: Dios. A él podemos verlo como un padre que espera a su hijo y le ofrece misericordia, o como patrón de una viña que busca obreros durante todo el día. Y aquí aparece lo primero que conviene reflexionar: Dios no se cansa de salir a buscarnos. Él sale temprano, sale al mediodía, sale cuando ya parece tarde, y sale incluso cuando nosotros pensamos que ya no vale la pena. Si la Iglesia fuera una oficina humana, quizá habría un letrero que dijera: «Se reciben discípulos–misioneros de Cristo de 9 a 7; pero como la Iglesia no es el edificio, sino la viña del Señor, parece que el horario es más amplio que el de una panadería por ejemplo, porque la misericordia de Dios no cierra ni por inventario.

La salvación de los hombres no funciona con los criterios de este mundo. ¿Se acuerdan que un día escribí algo sobre la lógica de Dios, que es tan diferente de la nuestra? «Mis caminos no son sus caminos» (Is 55). Todo en esta parábola parece ser desconcertante y a la vez original. La justicia estricta, con sus cargas pesadas y absurdas, queda subordinada a la misericordia o la generosidad. El dueño de la viña es generoso con todos, a nadie le ha pagado mal. No hay rebajas, pero hay caridad. Así funciona el Reino, no el mundo, y así se hace justicia de una forma absolutamente distinta a la de cualquier otra institución. El trabajo «de sol a sol» en aquellos tiempos era de doce horas, que se dividían habitualmente de tres en tres. Supongamos que de 6 de la mañana a 6 de la tarde. Los primeros jornaleros fueron contratados a las 6 de la mañana, y los últimos, a las 5 de la tarde, la undécima hora. Es muy posible que aquellos hombres no merecieran ese jornal desde el punto de vista de la justicia simple o productiva, pero desde la bondad de Dios han recibido gratuitamente lo que necesitaban, porque Dios no llega nunca tarde. 

Así es el Dios de Jesús, así es el Dios de la salvación. Todos los jornaleros pudieron llevar a sus casas el pan de cada día, unos por justicia y otros por generosidad. Pero eso no acontece más que en el que por encima de la justicia helada de los hombres, se mueve en la misericordia de la salvación, del perdón y de la solidaridad. Hay una pequeña fábula que quiero compartir: «Una vez, un sembrador tenía dos sacos de trigo; uno grande, lleno desde temprano, y otro pequeño, casi vacío, que encontró al caer la tarde. Cuando llegó la noche, puso semilla en los dos campos. El vecino le dijo: “¿Por qué gastas semilla en ese terreno que llegó tarde?” Y el sembrador respondió: “Porque la tierra no tiene la culpa de haber sido encontrada al final del día; si recibe semilla, también puede dar fruto”». Tal vez así mira Dios nuestra vida: no sólo contando las horas trabajadas, sino mirando el hambre que traemos, la esperanza que nos queda y el fruto que todavía podemos dar. Y bueno... tal vez tampoco fue justo que los novios de Caná quedaran bien con un vino que no habían comprado —¡saludaron con sombrero ajeno!—, pero bastó la voz de María que serenamente dijera: «Hagan lo que él les diga». ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

sábado, 19 de septiembre de 2026

«Aquí se queda un pedazo de mi corazón»... Un pequeño pensamiento para hoy


Aquí en Indonesia la gente siembra mucho. ¡Cómo agradezco a Dios el viaje que hice de Surabaya hasta aquí a Yakarta en tren! Me basta cerrar los ojos para volver a contemplar la hermosura de los arrozales junto con los campos de maíz y de hortalizas. Aquellos extensos campos fueron como una catequesis silenciosa: cada espacio hablaba de manos pacientes, de jornadas humildes, de sudor escondido y de una esperanza que no hace ruido, pero que sostiene la vida. Esos campos me hablaban de esfuerzo, pero sobre todo de confianza en el futuro: se siembra porque se espera; se deposita la semilla en la tierra porque se cree que, a su tiempo, dará fruto.

El evangelio de hoy (Lc 8,4-15) nos recuerda que no toda semilla llega a dar fruto: unas caen en el camino y los pájaros se las comen; otras encuentran piedras que entorpecen su crecimiento; otras quedan sofocadas por las zarzas que les roban la fuerza y la sazón. Allá en El Tigre, en nuestra misión de Michoacán en México, después de sembrar, los campesinos vuelven a sus campos cada mañana a mirar la tierra aparentemente vacía y que precisamente porque no se ve nada, hay que cuidar más la semilla. Así sucede también con la Palabra de Dios: muchas veces trabaja en silencio, escondida en lo profundo del corazón. Y, sin embargo, a pesar de esas pérdidas y esperas, la parábola de hoy nos entrega un mensaje profundamente esperanzador: la semilla dará abundante cosecha cuando sea acogida con fe y alegría por los pobres, los pequeños y los pecadores, por todos aquellos que saben abrir el corazón a la Palabra de Dios.

Ayer, cuando terminé mi última conferencia, me pedían una palabra, no pensé decir más de lo que dije: «aquí se queda un pedazo de mi corazón». Creo que lo que tenía que decir lo he dicho en cada misa y en cada conferencia que he dictado a este último grupo inesiano. Sé que, empezando por mí, hemos acogido la Palabra con humildad, porque conocemos qué clase de tierra somos, cómo la tratamos, cómo la cuidamos y cómo la defendemos. Sembramos un cuerpo humano, un cuerpo terreno, hecho de la tierra que ha querido consagrarse a Dios; y sabemos que la fuerza del Espíritu lo hace fructificar como cuerpo espiritual, hasta llegar a ser imagen de Cristo. Quiero orar y decirle al Señor: Mira nuestra gratitud por estos días y aumenta en nosotros el deseo sincero de acoger la semilla de tu Palabra. Haz que esta simiente sea también sembrada en los surcos de toda la humanidad. Que nuestras vidas proclamen con fidelidad la Palabra divina y el mensaje de Madre Inés, junto con María, para que tengamos siempre un corazón abierto a la palabra de vida y de salvación. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 18 de septiembre de 2026

«DISCÍPULOS AGRADECIDOS EN COMUNIÓN Y CAMINO SIEMPRE SIRVIENDO»... Un pequeño pensamiento para hoy


Casi llego al final de estos días maravillosos que he pasado en este hermoso archipiélago del sudeste asiático y mi corazón se llena de gratitud por el camino compartido con dos grupos de 30 misioneras clarisas indonesias, ya que entre ellas solamente hay una costarricense que está en la casa de Vietnam. La reflexión y la gracia de Dios que nos ha acompañado en esta «Experiencia Inesiana» que antes había vivido solamente en México. No me parece casualidad que para iluminar el cierre de esta experiencia inesiana y renovar nuestra misión en medio del mundo, aparezca el evangelio de hoy (Lc 8,1-3) regalándonos un ícono luminoso de seguimiento y servicio: aquellas mujeres que caminaban con Jesús que me recuerdan a estas hermanitas consagradas con las que he compartido la mayoría de las conferencias que he impartido en esta isla de Java. El texto nos dice que a Jesús lo acompañaban los Doce, y también algunas mujeres: María Magdalena, Juana, Susana y muchas otras que «les servían con sus bienes». En ellas contemplamos no solo una imagen de la vida consagrada, sino también una llamada para todos los bautizados: caminar cerca del Señor, poner la vida al servicio del Reino y sostener la esperanza allí donde Dios nos ha sembrado.

Este pasaje rompe esquemas y nos regala tres claves fundamentales para la Iglesia de hoy: Primero, ser discípulos agradecidos, porque todos hemos experimentado de algún modo el amor transformador y sanador de Jesús. Segundo ser discípulos-misioneros en comunión y camino, porque Jesús incorpora a su comunidad a hombres y mujeres que anuncian juntos el Reino. Y tercero, servidores concretos que sostienen la misión con lo que son y con lo que tienen. Y pongo en tercer lugar esto no porque se ad e menor importancia, sino que, al contrario, quiero detenerme más en esta clave ya que el «servir» —diakonia— es el mismo término que Jesús usa para definir su propia misión, y por eso no pertenece solo a él o a algunos cuantos: es vocación de todo cristiano. También mi misión como sacerdote aquí en Indonesia en este viaje misionero que casi termino, me ha permitido contemplar esta verdad con especial fuerza: comunidades sencillas, familias, jóvenes, Vanclaristas y consagradas que, desde la discreción de la vida cotidiana, hacen visible el rostro cercano, materno y servicial de la Iglesia indonesia.

El mundo y la Iglesia nos necesitan a todos. Cada uno en su comunidad, en su trabajo, en su familia o en su misión cotidiana con la tarea de sostener el Evangelio no solo con recursos materiales, sino con una fe encendida, humilde y perseverante que contagie. Que el testimonio de María Magdalena, Juana y Susana, junto con el espíritu misionero de la beata María Inés, nos ayude a seguir caminando con Jesús y a reconocerlo vivo en los pueblos que servimos. Desde mi propia experiencia sacerdotal en Indonesia, donde tantas veces la fe crece en medio de la sencillez, la diversidad y el diálogo paciente, les digo: ¡seamos testigos de Resucitado y colaboremos con el compromiso misionero que recibimos en el bautismo a sostener con esperanza nuestro entorno formado por quienes esperan —a veces sin saberlo de una manera concreta— la llegada del Reino. «Oportet Illum Regnare»... ¡No lo olvidemos! Que María, la primera discípula, guíe nuestros pasos para que el anhelo de Madre Inés, de que todos conozcan y amen a Jesús, se haga realidad. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 17 de septiembre de 2026

«DOS MANERAS DE MIRAR»... Un pequeño pensamiento para hoy


Muchos pasajes del evangelio me hacen encontrarme con la beata María Inés y esta escena del evangelio de la misa de hoy (Lc 7,36-50) no es la excepción. El relato nos pone delante de dos maneras de mirar: la de Simón, el fariseo, encerrado en el juicio y seguro de su propia rectitud, y la de aquella mujer pecadora que se acerca a Jesús con lágrimas, arrepentimiento y amor. Simón ve una falta y se escandaliza; Jesús ve un corazón herido que busca perdón. En esta escena, de la que muy bien pudiéramos formar parte, comprendemos que sólo Dios conoce el fondo del corazón y que no nos corresponde condenar al prójimo ni reducirlo a su pasado. Todos caminamos sobre la misma tierra frágil, todos llevamos heridas escondidas y todos necesitamos que la misericordia del Señor nos alcance, nos levante y nos enseñe a mirar con más compasión.

Madre Inés vivió esta enseñanza con profunda humildad. Como se sabía pequeña y necesitada de la gracia, no miraba a nadie desde arriba; había aprendido que quien ha sido levantado por Dios no puede pisotear el polvo del hermano. Su humildad no era debilidad, sino verdad interior: reconocía que todo bien viene del Señor y que nadie puede presumir de santidad si antes no se deja purificar por el amor de Cristo. Por eso su vida no se gastó en criticar ni señalar, sino en servir, contagiar alegría y llevar alivio espiritual. Su ejemplo nos recuerda que la misericordia sana, reconcilia y abre caminos donde la soberbia sólo deja heridas. Cuando una persona se sabe amada y perdonada por Dios, se vuelve más paciente, más cercana y capaz de sostener al que tropieza.

El problema de Simón, en esta escena evangélica, no era ver el pecado de aquella mujer sino no reconocer el suyo. Ella, en cambio, se acerca a Jesús sin justificarse, confiando en que su misericordia es más grande que todos sus pecados. Sus lágrimas hablan de arrepentimiento, pero también de esperanza; sus gestos muestran que el amor verdadero nace cuando el alma descubre que no ha sido rechazada, sino acogida. También nosotros necesitamos acercarnos así al Señor: sin máscaras, sin excusas, con la certeza de que Él puede transformar la culpa en paz y la vergüenza en gratitud. Pidamos a la Virgen María que nos enseñe a mirar como mira Jesús: con verdad y ternura, con claridad y misericordia. Y que el Señor nos conceda un corazón humilde para pedir perdón, limpio para no juzgar y agradecido para amar mucho, porque mucho hemos sido perdonados. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 16 de septiembre de 2026

«Tocamos la flauta y no han bailado, cantamos canciones tristes y no han llorado»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Estos días, en los que comparto con nuestras hermanas Misioneras Clarisas de la región de Indonesia —que comprende las comunidades de Indonesia y Vietnam— el evangelio de san Lucas ilumina cada día de nuestro andar, y hoy creo que ilumina también un aniversario más de la Independencia de México. No es casulaidad que el pasaje del capítulo 7 que tenemos para la misa (Lc7,31-35) nos hable de una generación que critica tanto la austeridad de Juan el Bautista como la cercanía de Jesús, actuando como niños caprichosos en la plaza pública. Al pensar desde lejos en este aniversario de la independencia en el contexto actual, este pasaje me ofrece una profunda luz crítica y analítica sobre nuestra realidad social y política en México. La metáfora de los niños que tocan la flauta y nadie baila, o que cantan lamentos y nadie llora, retrata una profunda indiferencia afectiva y social que vive la sociedad actual ante una compleja acumulación de crisis sociales, económicas e institucionales que afectan directamente la vida diaria

Al igual que en la cita, la sociedad actual en México vive un descontento que parece ser ya crónico, donde las propuestas de cambio se descartan inmediatamente aún por el mismo gobierno que se unde en su propio lodo y las tragedias nacionales, que son terribles, a veces se normalizan, perdiendo la capacidad de indignación o de empatía real por la mayoría de las gentes atrapadas en el sin sentido del consumismo desaforado que intenta a como dé lugar, distraer a todos. El pasaje muestra cómo los líderes de la época buscaban pretextos para desacreditar: a Juan lo llamaban endemoniado y a Jesús, glotón y borracho. En el México contemporáneo, esto se refleja en la polarización política que no evalúa el fondo de las acciones o propuestas de los ciudadnos para el país. La Independencia no puede ser para los católicos de hoy solo un evento histórico para romper con una corona extranjera, sino un proyecto continuo para construir una nación justa que ha costado, a lo largo de los años, mucha sangre derramada. El reto es grande, lo sé, pero también sé que no es imposible.

Este texto sagrado nos recuerda que la palabra de Dios es siempre viva y actual y por eso hoy nos confronta con la inmadurez de una generación que prefiere la queja al compromiso y que solamente se presenta con la piel del espectador que solo critica en la «plaza pública» —las redes sociales— y transita hacia una ciudadanía resignada ante los daños del narcotráfico y de otros males más. El versículo final de la escena nos recuerda que la verdad y la justicia no se miden por el ruido de las descalificaciones ni por los espectáculos al estilo del circo romano, sino por sus frutos tangibles. La madurez de nuestra soberanía solo se puede alcanzar, cuando seamos capaces de reconocer lo que edifica a la nación, sin importar de qué sector provenga, priorizando el bien común sobre el sectarismo y los pleitos entre partidos de uno u otro color. La Independencia se alcanzó en aquella lucha presidida por el estandarte con la Guadalupana, señal de que nuestro Padre Dios nos quiere libres. Que ella nos ayude a alcanzar del Señor la verdadera y duradera libertad. ¡Bendecido miércoles y viva México!

Padre Alfredo.

martes, 15 de septiembre de 2026

«A los pies de la cruz con María, la madre valiente»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Muchas veces me he preguntado por qué casi todas las mujeres que aparecen en los evangelios cerca de Jesús se llaman María como su Madre. He llegado a pensar que quizá sea para que no olvidemos que la Virgen, aun siendo la Inmaculada, comparte con nosotros mucho de lo que somos y vivimos. Ella no supo que había sido concebida sin pecado; vivió como nosotros dejándose sorprender por Dios. Desde esta certeza imagino la escena del Evangelio de hoy (Jn 19,25-27) y los invito a volver allí, con el corazón abierto para ponernos al pie de la cruz y dejarnos bañar por la sangre redentora de Jesús.

Todos habían huido llenos de miedo y también de dolor para no presenciar aquel escarnio: el Maestro, el Amigo, el Hijo, estaba allí agonizando en la cruz. Pero su Madre y algunas cuantas valientes permanecían firmes, con los ojos fijos en el rostro sangrante de Cristo y atentas, junto a Juan, a sus últimas palabras. La Virgen, el discípulo amado y aquellas mujeres valientes nos enseñan que el amor verdadero no abandona en la hora oscura. A los pies de la cruz María nos acoge también a nosotros en nuestros dolores y nos recibe con la ternura de su corazón generoso.

¿Puede haber dolor más grande que el de la Virgen, quien sufrió tanto por decirle «sí» a Dios? Me vienen a la mente tantos momentos de dolor que ella vivió: la incertidumbre ante la reacción de José por el embarazo, el camino difícil hacia Belén, el nacimiento de su Hijo en un pesebre maloliente, la angustia ante la amenaza de Herodes, la huida a Egipto sin mapas ni GPS… y, finalmente, el estar al pie de la cruz. Por eso es la Virgen de los Dolores: porque cualquiera de nuestros dolores cabe en el corazón de María, ese corazón atravesado por una espada más profunda que la incomprensión, la enfermedad, la soledad y tantas otras heridas que atraviesan el nuestro. Recurramos siempre a ella; no nos dejará solos y, lo más hermoso, nos llevará a su Hijo Jesús. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo. 

lunes, 14 de septiembre de 2026

«Besar la cruz para establecer la paz»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


En Indonesia —que en estos días es mi casa— hoy se preconiza a Cristo crucificado con la fiesta de «La Exaltación de la Santa Cruz» que en México celebramos el 3 de mayo. Especialmente en Bandung, la capital de la provincia de Java Occidental, en done está la «Gereja Katolik Paroki Salib Suci» —Parroquia de la Santa Cruz—, un templo católico histórico vinculado a la presencia de la Orden de la Santa Cruz —Canónigos Regulares de la Orden de la Santa Cruz, OSC—. La presencia de estos religiosos, conocidos en algunos países como «crucíferos» se remonta al 9 de febrero de 1927 con la llegada de los tres primeros misioneros holandeses: el P. Jacobus Hubertus Gomans, el P. Yohannes de Rooy y el P. Marinus Nilessen quienes arribaron a las entonces Indias Orientales Neerlandesas y establecieron su centro de actividades en Bandung. En un país de mayoría musulmana, no podemos pensar en festividades de la Santa Cruz asociadas a la cultura popular o la construcción como ocurre en América Latina. La comunidad católica de la zona se concentra en una fiesta dando gracias a Dios por la redención de Cristo que une a todos los habitantes del mundo como un solo pueblo receptor de la salvación a pesar de las fronteras que el hombre multiplica dada vez más.

Cuando Juan Pablo II visitó estas islas del sudeste asiático, allá por 1989, voló de Indonesia a Timor Oriental, que en aquel entonces era una provincia indonesia. Al aterrizar en la isla —una zona bajo un fuerte conflicto y ocupación militar en ese momento—, Juan Pablo II besó una cruz colocada en la tierra y la apretó contra el suelo en lugar de besar, como ordinariamente lo hacía en los viajes, directamente el suelo. Este acto fue ampliamente interpretado como un símbolo de amor, respeto y profunda cercanía con el dolor y los padecimientos de una población que sufría por la búsqueda de una independencia pacífica que se alcanzó 2002. Aquel gesto de San Juan Pablo, de un simple beso a una cruz, trajo como consecuencia una relación entre Indonesia y Timor Oriental que hasta el día de hoy es sorprendentemente cordial, positiva y pragmática, con grandes ventajas políticas y de imagen internacional para las dos naciones.

El mensaje teológico del sufrimiento de Cristo en la Cruz todo lo abraza. San Juan Pablo II explicó, en aquella ya lejana visita, que el sufrimiento de los pueblos encuentra sentido en la Cruz de Cristo, la cual no es un símbolo de derrota permanente, sino el camino hacia la resurrección y la reconciliación. Exhortó a los habitantes a no responder al odio con odio y a ver la cruz como un recordatorio de que las fuerzas del amor y la justicia terminan venciendo las pruebas más difíciles. Este gesto histórico dejó claro al mundo que los cristianos no adoramos ni exaltamos una cruz vacía, sino en ella al crucificado. Pero hay que explicarlo nuevamente con acciones concretas como esta de aquel beso inolvidable, porque occidente ha hecho muchas veces de la cruz «un adorno» en los cuellos, muñecas y orejas de creyentes y no creyentes y eso distorsiona el amor. No exaltamos la cruz en la fiesta de hoy, sino al crucificado a cuyo pie estaba su Madre, la Magdalena, Juan y deberíamos estar cada uno de nosotros. Pidamos a la Virgen que nos ayude a comprender. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

sábado, 12 de septiembre de 2026

«Un cristiano no puede envenenar su corazón»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY

Uno de los libros más transcendentales del Antiguo Testamento es el Eclesiástico, cuyo autor hebreo se conoce como el Sirácida, por eso es llamado también «Sirácide». Se le llama «Eclesiástico» debido a su por su amplitud de temas sapienciales, catequéticos, teológicos. Durante siglos solamente se conoció el texto griego, hasta que paulatinamente, primero en una antigua sinagoga del El Cairo, y después en Qumrán y en Massada, fue apareciendo el texto hebreo y se ha reconstruido en su totalidad. Este domingo la liturgia de la palabra nos muestra una parte de este libro maravilloso (Eclesiástico 27,33-28,9) en la que aparece una serie de sentencias sapienciales, que consisten en una exhortación al perdón recalcando que hay que desterrar sobre todo el rencor y la ira que hacen tanto daño al corazón no del otro, sino de quien los anida en su corazón y da espacio a la venganza. 

Lo anterior contrasta con la segunda lectura de este domingo, que tiene una connotación escatológica inigualable que nos centra en el kerygma, en la proclamación de la muerte y resurrección del Señor, que es lo que da sentido a nuestro paso por este mundo y que, contrario al rencor y a la ira que se pueda llevar en el corazón, el cristiano no puede envenenar su corazón con el deleite del egoísmo por la venganza. El cristiano tiene que afrontar un reto que es el desvivirse por los demás sin guardar ninguna cosa que reconcoma el corazón.

El rencor y la cólera que no salen del corazón destruyen a la persona: Ciegan el alma y aniquilan la esperanza guardando cosas y más cosas de un pasado caduco que no vale la pena guardar. El evangelio de hoy (Mt 18,21-35) one el dedo en la llaga y nos mueve a reconocer que Dios no es vengativo ni rencoroso. Creo que nos bastaría recordar cuántas veces Dios ha tenido paciencia con nosotros, cuántas veces nos ha esperado mientras vivíamos encerrados en nuestras propias cuentas, cuántas veces Dios ha vuelto a empezar conmigo cuando yo ya había dejado de creer en mí mismo. Cuántas veces su misericordia fue más grande que mi pecado. Solo así se puede dar paso al perdón acompañado del olvido y no de raciones de cólera o rencor. María no guardó rencor con los verdugos de su Hijo Jesús... ¿quién soy yo para guardar rencor, a veces de cosas tan insignificantes? Hay que recordar: «setenta veces siete». ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

«Católicos y musulmanes y el dulce nombre de María»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Para un católico, pronunciar el nombre de María no es simplemente recordar a un personaje del pasado; es invocar una presencia viva, un refugio seguro y un modelo perfecto de vida cristiana. Aquí en Indonesia hay tres santuarios emblemáticos en los que la gente expresa su viva devoción mariana: El de Medan en Sumatra, dedicado a Nuestra Señora de la Salud, el de Yogyakarta con la gruta de Lourdes más antigua de Indonesia a donde acuden tanto católicos como musulmanes y el de Ambarawa, en Java Central. A ellos acuden miles de indonesios porque mucha gente celebra con profunda devoción este día del «Dulce nombre de María», que mezcla la herencia litúrgica de los misioneros europeos con la rica vida comunitaria de una cultura que conserva una honda reverencia por los nombres sagrados.

Invocar el «Dulce Nombre de María» se asocia directamente en las familias indonesias a momentos en los que se busca consuelo, paz o protección frente a las dificultades cotidianas, meditando en las virtudes marianas más apreciadas por la idiosincrasia local: la humildad —kerendahan hati—, la obediencia —ketaatan— y la constancia en la fe —iman—. Pero aquí en este bellísimo archipiélago del sudeste asiático, el nombre de María también es profundamente respetado en la tradición islámica. En especial, tengo entendido que en la isla de Flores las festividades marianas llegan a integrar a vecinos de distintas creencias en un espíritu de armonía comunitaria.

Curiosamente, la liturgia de hoy nos regala un pasaje del Evangelio de san Lucas que nos habla de construcción de casas, de árboles y de frutos (Lc 6,43-49). Y es que si miramos con los ojos de la fe, nos damos cuenta de que nadie ha encarnado mejor estas palabras de Jesús que la Santísima Virgen: «No hay árbol bueno que produzca frutos malos, ni árbol malo que produzca frutos buenos. Cada árbol se conoce por sus frutos». María es el árbol bueno por excelencia; el fruto de su vientre es Jesús, la salvación del mundo. Su nombre refleja la pureza de su corazón y nos recuerda que también estamos llamados a cuidar el nuestro, para que nuestras palabras y acciones den gloria a Dios. Que ella interceda por nosotros para no ser cristianos superficiales; que al pronunciar su nombre encontremos esperanza, paz y alegría, y que su ejemplo nos mueva a ser árboles que den buen fruto y casas bien edificadas sobre la roca de la Palabra de Dios. ¡Bendecido sábado! 

Padre Alfredo.

viernes, 11 de septiembre de 2026

«QUE LA COMUNIDAD NO QUEDE INCOMPLETA»... Un pequeño pensamiento para hoy


Es sorprendente cómo inicia el Evangelio de la misa de hoy (Lc 6,39-42) y cómo resuena en estos días tan especiales de la Experiencia Inesiana que estamos viviendo en Yakarta: «¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego?» Escuchar estas palabras de Cristo en el silencio de la Eucaristía nos lleva, de inmediato a un momento de reflexión profunda. El Señor, con una pregunta tan sencilla y profunda, nos invita a encender la luz de la verdad en los rincones más oscuros de nuestro corazón y de nuestra convivencia. Es fácil caer en la tentación de pensar que esa ceguera está en los demás; sin embargo, Cristo nos conduce esta mañana —empezando por mí— a mirar hacia adentro.

Cada uno de nosotros es necesario dentro de una comunidad —sea familia, trabajo, grupo, amigos, presbiterio o vida consagrada—. Sin la aportación de lo que yo soy y de lo que hago, la comunidad queda incompleta. Es verdad que nadie es indispensable, pero en el trabajo en equipo todos contamos. Nos acompañamos unos a otros al encuentro con Cristo y al servicio de los hermanos. Entonces surge una pregunta importante: ¿qué pasa si nos convertimos en guías ciegos y al querer corregir el camino del hermano terminamos llevándolo al hoyo de la amargura, del desánimo o de la división? No podemos permitir que nuestra vida interior se apague; porque, si la oración personal y comunitaria, la misa y la adoración, los momentos de comida y de recreo o de convivencia en familia, se vuelven algo mecánico, la guía que podremos ofrecer será la de un ciego que guía a otro ciego.

Jesús nos advierte de este peligro para recordarnos dónde está la verdadera fuente de nuestra luz. En nuestra vida de discípulos–misioneros de Cristo, a veces sentimos el peso del cansancio, de la rutina y de la fragilidad humana. En estos días compartidos con nuestra Familia Inesiana en Indonesia, al recorrer el Testamento Espiritual de la Madre María Inés, Jesús nos habla con dulzura y nos dice: «No cargues con el peso de ser la luz del mundo por tus propias fuerzas; déjame ser el colirio de tus ojos con mi misericordia y compasión; déjame ser tu luz». Dejémonos guiar también por la Madre de Jesús, la Virgen de la mirada dulce y del corazón confiado. Que ella nos acompañe siempre y nos enseñe a guiar a los demás con la ternura que cada hermano necesita. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 10 de septiembre de 2026

«Ser misericordiosos es una decisión valiente»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


La misericordia atraviesa todo el evangelio de san Lucas de manera explícita e implícita, porque expresa así el corazón mismo de la enseñanza de Jesús. Al final del pasaje de hoy (Lc 6,27-38), el Señor nos invita a imitar al Padre, cuyo amor no distingue entre buenos y malos, sino que abraza a todos sin medida. Esta invitación resume el evangelio entero: no juzgar, no condenar, perdonar de corazón y dar con generosidad. 

San Lucas nos muestra de esta manera a un Dios que no nos espera con una libreta de notas para castigarnos, sino con los brazos abiertos para recibirnos. Ser misericordiosos no es un sentimiento pasajero ni una debilidad: es una decisión valiente. Significa mirar al hermano con los ojos de Cristo, dejar a un lado el juicio, no condenarlo por sus errores y acompañarlo con un corazón compasivo, caminando a su paso. Porque, si somos sinceros, a veces, en las prisas de cada día nos parecemos a aquel señor que le decía a Dios: «Señor, dame paciencia… ¡pero dámela ya!». Y el Señor, con infinita ternura, nos va enseñando que la paciencia, como la misericordia, no se improvisa: se aprende amando.

Por eso hoy Jesús nos recuerda que la medida que usemos con los demás será la que Dios use con nosotros. Pidamos esta mañana la gracia de mirar el mundo con los ojos de Cristo, reflejo de la misericordia del Padre, para ser canales de su amor y constructores de paz en un mundo que tanto la necesita. Que la Virgen Madre, cuya mirada se cruzó tantas veces con la de Jesús, nos ayude a entender que la misericordia no es debilidad, sino la fuerza del amor divino que reconstruye y da vida a la comunidad de discípulos misioneros de Cristo. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.