Recuerdo una ocasión que ilustra perfectamente este esfuerzo por vivir en la luz y el perdón, inspirada en una de mis vivencias misioneras: «en una pequeña comunidad de misión, un catequista sufrió una grave injusticia y calumnia por parte de un vecino, lo que generó una fuerte tensión en el pueblo. En lugar de buscar venganza o exigir una retribución pública, el catequista pasó toda la noche en oración y al día siguiente se presentó en la casa de su agresor no con reclamos, sino con un pan recién horneado y un abrazo sincero. Ante la sorpresa de todos, el vecino rompió a llorar y pidió perdón; aquel pan no era solo alimento físico, sino el signo visible de un corazón que había decidido "desterrar toda amargura, ira y gritería" para dar paso a la bondad». Esta anécdota nos demuestra que el perdón evangélico no es debilidad, sino la fuerza más revolucionaria del Espíritu Santo actuando en el mundo al que le urge cambiar.
Por eso me llamó la atención esta lectura al otro día de haber reflexionado ayer domingo en el amor a Dios y al prójimo como a uno mismo. ¡Qué tarea tan importante: asumir nuestra identidad como «hijos de la luz» para transformar nuestras relaciones humanas en un mundo que se pierde entre el consumismo que nos ciega al amor! Siguiendo el pensamiento del padre Esquerda podemos grabar en nuestro corazón que la madurez espiritual se alcanza cuando dejamos que la luz de Cristo disipe nuestras propias oscuridades: el egoísmo, las palabras deshonestas y la codicia que fragmentan la fraternidad. Vivir de acuerdo con el Espíritu significa caminar en el amor sacrificial, sabiendo que cada obra de bondad, justicia y verdad es un reflejo de la Pascua en nuestra historia. Que la Santísima Virgen María nos enseñe de manera práctica a ser «epifanías» del amor de su Hijo, para que nuestras vidas sean una ofrenda permanente de aroma agradable a nuestro Padre Celestial. ¡Bendecido lunes!
Padre Alfredo.

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