Este camino de pequeñez y confianza absoluta encuentra un reflejo perfecto en la vida de una de las santas más cercanas a nosotros: Santa Teresa del Niño Jesús, esta Doctora de la Iglesia que revolucionó la espiritualidad a través de su célebre «Caminito». Esta joven carmelita comprendió con asombrosa lucidez que la santidad no consiste en realizar hazañas heroicas ni poseer una erudición deslumbrante, sino en dejarse llevar por el amor de Dios en lo cotidiano, en «lo pequeño» de cada día. En la sencillez de sus deberes diarios y en la silenciosa aceptación de sus enfermedades, Teresita aprendió a ofrecer cada pequeño instante como una ofrenda de alabanza. Su vida nos enseña que el abandono en las manos del Padre transforma lo ordinario en extraordinario, demostrándonos que la verdadera fortaleza reside en reconocer nuestra propia fragilidad para permitir que la gracia divina actúe plenamente en nosotros.
Al concluir este viaje de amigos sacerdotes, renuevo junto a los padres con los que he compartido estos días, el compromiso de encarnar esta infancia espiritual en mi propia realidad de pastor y servidor del pueblo de Dios manteniendo abierto un espacio para la mansedumbre en el trato con los demás. Al terminar estas andanzas, el Buen Dios nos extiende una invitación reconfortante: acudir a Él cuando estemos cansados y agobiados para encontrar el verdadero descanso en su sagrado corazón. Que a ejemplo de Santa Teresita y creciendo en el amor a María, a quien hemos contemplado en su imagen de Nuestra Señora de la Almudena, tengamos la valentía de buscar la santidad a través de los pequeños gestos de caridad, la escucha atenta y el servicio humilde, sabiendo con certeza que, ante los ojos del Creador, el amor con el que realizamos nuestras acciones es lo único que verdaderamente permanece para la eternidad. ¡Bendecido viernes!
Padre Alfredo.

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