El seguimiento de Cristo (Lucas 10, 1-12) implica salir de ese mundo conocido del que nos hemos adueñado y nos quedamos instalados porque ya dominamos. Esa es la primera misión: dejar el pasado sin mirar atrás dejando a Dios ser Dios. Dejar que nos sorprenda cada día. Y a esto estamos invitados todos: casados, religiosos, clérigos, solteros, enfermos, monjas de clausura, niños y adolescentes, jóvenes, pecadores todos. Esta es nuestra misión: convertirnos para descubrir en cada acontecimiento, cada persona y en nosotros mismos cómo está Dios presente y predicar esta buena noticia: que no estamos solos. No hay condición que nos excluya, ni requisitos previos que nos puedan excusar.
Recuerdo que santa Teresita cuenta que un día, mientras estaba en el lavadero del Carmelo, la llamaron para comunicarle que un joven seminarista, destinado a las misiones, pedía una religiosa que lo sostuviera con sus oraciones y sacrificios. Cuando supo que había sido elegida para acompañarlo espiritualmente, su alegría fue inmensa: desde la clausura podía participar realmente en el anuncio del evangelio. Así vivió, a su manera, el envío de los setenta y dos que escuchamos en san Lucas: no recorrió caminos lejanos, pero caminó junto a los misioneros con la oración, la entrega y el amor puesto en cada tarea pequeña. Su ejemplo nos recuerda que toda misión comienza dejándose enviar por el Señor y que también desde lo escondido podemos preparar el camino para que su paz llegue a muchos. Que ella y la santísima Virgen a quien en este mes acompañamos de manera especial en el rezo del rosario nos ayuden. ¡Bendecido jueves!
Padre Alfredo.
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