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jueves, 28 de noviembre de 2019

Té de jengibre para muchas cosas... ¡delicioso!


Algunos saben y ahora más por escribirlo, que la bronquitis asmática ha sido uno de los diferentes achaques que afectan a este inquieto padrecito. Desde niño recuerdo aquellas batallas para librarla y sobre todo las benditas manos de Lucita, la señora que inyectaba y que llegaba con el remedio milagroso y doloroso junto a los caldos de pichón que mamá hacía para que mejorara un poco y que Lalo mi hermano también disfrutaba. 

Un gran aliado para la lucha contra esta afección ha sido el jengibre, esa planta cuyo nombre científico es «Zingiber officinale», una planta medicinal que funciona como antiinflamatorio natural y ayuda, además de combatir enfermedades respiratorias, a cuestiones de artrosis, diabetes, problemas digestivos y además sirve para adelgazar.

En un artículo que leí recientemente, se mencionan más claramente algunos de sus beneficios:

1. Disminuye los dolores reumáticos y de otro tipo.
2. Es eficaz contra la gripe, el asma y los resfriados, al favorecer la expectoración.
3. Mejora el flujo sanguíneo, por lo que previene las enfermedades cardiovasculares.
4. Elimina el mareo y el vértigo.
5. Es un estimulante natural.
6. Funciona como antidepresivo natural.
7. Combate el envejecimiento prematuro y reduce los niveles de estrés
8. Disminuye las migrañas al bloquear los efectos de la prostaglandina.
9. Previene el cáncer de colon y de ovarios.
10. Facilita la digestión.

Gracias a que es muy rico en aceites esenciales, vitaminas, minerales, antioxidantes y aminoácidos que otorgan muchos beneficios al cuerpo humano, el consumo de esta raíz es algo más que recomendado para gente que sufre de estos malestares. 

Recuerdo siempre a Gloria, maravillosa cocinera que, en los años en que vivía yo ejerciendo mi ministerio misionero en la querida comunidad de Santa Marta, allá en Valinda California, me preparaba en las tardes, después de la comida fuerte que era a las 5 de la tarde, mi té de jengibre sobre todo en el invierno. 

Me he encontrado la receta —muy simple por cierto— de este té que me daba y con gusto la comparto:

1 cucharada de jengibre.
1 cucharada de miel.
1 taza de agua hirviendo.
Unas gotas de limón.

¿Gustan un té?

sábado, 12 de agosto de 2017

El cuidado de un enfermo terminal...


A lo largo de 28 años de vida sacerdotal, me ha tocado, muchas veces y entre otras cosas por el ministerio, asistir y acompañar a enfermos que están ya en etapa terminal o que han sido desahuciados. Creo que no debemos engañar a un hermano enfermo si está cerca de la muerte, porque no estaría bien decirle que todo marcha bien y que no hay por que preocuparse. La beata María Inés Teresa era muy consciente de esto y de hecho pidió que a ella misma no le ocultaran nada con respecto a su salud. Pero, en este tema, no debemos olvidar que es de vital importancia el que seamos misericordiosos con el enfermo, ya que se trata de un tiempo en que él mismo debe aprovechar para prepararse al encuentro con el Señor que ha tenido la delicadeza —como decía san Alberto Hurtado— de darle esa oportunidad. Los últimos días de vida del enfermo terminal, cuando está consciente, pueden ser decisivos para la vida eterna, ya que es un tiempo muy favorable para recibir los Sacramentos de la Reconciliación, la Unción de los enfermos y el viático (la Comunión ante la muerte inminente).

Me ha tocado conocer algunos casos en que la gente realmente prepara las maletas para su viaje a la vida eterna, y se alistan para el momento que Dios lo disponga,.Algunos casos han quedado grabados en mi corazón dejándome una gran enseñanza sobre el viaje final hacia la eternidad en la que no habrá llano ni dolor (Ap 21,4).

Para los hombres y mujeres de fe, parte de esta preparación la constituye el sacramento de la Unción de los Enfermos. No podemos dejar de lado este sacramento que se debe recibir tan pronto se sepa que llega la visita inesperada de Dios en la enfermedad, especialmente si lo diagnosticado es grave, recordando que este Sacramento no es para dejarse hasta que el paciente esté en coma, sino para ponerse en las manos de Dios y expresar la apertura a su voluntad, incluida por supuesto, la esperanza de la curación y fortalecerse para llevar la cruz de la enfermedad con fe y generosidad.

Es necesario, cuando se tiene un enfermo terminal en casa o se le acompaña en alguna institución especial para el caso, sensibilizarse y, por consiguiente, asegurar la mejor asistencia posible al enfermo sin hacer de su cuidado una rutina que se quede solamente en el plano humano, sin sobrenaturalizarlo. Hay que ayudar al enfermo a valorar, en el plano humano y sobre todo en el espiritual, el sufrimiento que le asemeja a Cristo crucificado por la salvación del mundo. Mantener al párroco o a un sacerdote cercano a la familia, al tanto de la situación del enfermo para que constantemente esté pidiendo por él y pedir a religiosas sus oraciones. Buscar que un Ministro Extraordinario de la Comunión le lleve la Eucaristía. De manera especial rezar con el enfermo —si su condición lo permite— el Santo Rosario y otras devociones.

El Papa Francisco, dice que: «Como santa Bernadette —a quien se le apareció la Virgen en Lourdes— estamos bajo la mirada de María». El Papa cuenta que «la humilde muchacha de Lourdes cuenta que la Virgen, a la que llamaba "la hermosa Señora", la miraba como se mira a una persona. Estas sencillas palabras describen la plenitud de una relación. Bernadette, pobre, analfabeta y enferma, se siente mirada por María como persona. La hermosa Señora le habla con gran respeto, sin lástima. Esto nos recuerda que cada paciente es y será siempre un ser humano, y debe ser tratado en consecuencia. Los enfermos, como las personas que tienen una discapacidad incluso muy grave, tienen una dignidad inalienable y una misión en la vida y nunca se convierten en simples objetos, aunque a veces puedan parecer meramente pasivos, pero en realidad nunca es así».

San Pablo dice: «Tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse» (Rm 8,18), y unos versículos después: «Porque en la esperanza fuimos salvados» (Rm 8,24). Cuando tenemos un enfermo terminal a nuestro lado, comprendemos con más claridad que las circunstancias dolorosas del tiempo en que vivimos nos van acercando vertiginosamente a su final; son advertencias apremiantes del cielo, para que fortalezcamos y reavivemos nuestra esperanza. El tiempo es corto y, muy pronto, llegará el fin de todos los llantos, clamores y dolores del presente, vivamos esta magnífica esperanza que es prenda de la salvación y acompañemos a nuestros hermanos enfermos que viven su etapa terminal en este mundo mientras se llega el día en que «ya no habrá muerte, ni llanto ni dolor... porque el mundo viejo ha pasado» (Ap 21,4).

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

viernes, 4 de agosto de 2017

El ejercicio físico y el cuidado de nuestro cuerpo...

Nuestro cuerpo fue creado a imagen y semejanza de Dios. Es un regalo maravilloso que nos permite experimentar el gozo de vivir y seguir pareciéndonos cada vez más a nuestro modelo, que es el mismo Dios en la persona de Jesucristo. La forma en que tratamos nuestro cuerpo habla también del amor a Dios, porque somos templo suyo. Cuando tratamos nuestro cuerpo como un templo de Dios, obtenemos bendiciones físicas, emocionales y espirituales. Del pensar en todo esto tal vez surjan algunas preguntas como estas: ¿Puede el católico ejercitarse? ¿Qué dice la Biblia acerca de la salud y del cuidado del cuerpo?

La Sagrada Escritura nos puede dar algunas pistas. En primer lugar hay que ir al libro del Génesis, que en el capítulo 2, versículo 7 dice:  «El Señor Dios plasmó al hombre con la arcilla del suelo, insufló en sus narices un aliento de vida y el hombre se volvió un ser viviente». Por lo tanto, hemos de ver que el hombre en su totalidad es querido por Dios. Génesis 39,1-21 y Daniel 1,3-21 hablan acerca del cuidado y respeto que dos grandes personajes, como son José y Daniel, manifestaron por su cuerpo. San Pablo, en 1 Corintios 6,19-20 nos recordará que somos el templo de Dios y esto merece una atención especial. 

Alguien pudiera objetar que el mismo san Pablo, en 1 Timoteo 4,8 nos dice: «Pues aunque el ejercicio físico trae algún provecho, la piedad es útil para todo, ya que incluye una promesa no sólo para la vida presente sino también para la venidera» Pero nótese que el versículo no dice que el ejercicio no tenga validez. Dice que hay que establecer bien las prioridades al decir que la piedad es de mucho más valor. La primera parte del versículo dice: «trae algún provecho.» pero a veces como creyentes nos saltamos la primera mitad del verso y nos centramos únicamente en la segunda mitad, cuando habla de la piedad. El famoso escritor CS Lewis dijo: «uno no tiene un alma, somos el alma y tenemos un cuerpo». El Concilio Vaticano II explica que «la unidad de cuerpo y alma, el hombre, por su propia condición corporal, sintetiza en sí los elementos del mundo material, que en él alcanza su plenitud y presenta libremente al Creador una voz de alabanza» (GS 14,1).

El mismo san Pablo menciona, en otra parte, el entrenamiento físico en 1 Corintios 9,24-27 cuando dice: «¿No saben que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corran de tal manera que lo obtengan. Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible. Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea en el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado.» Por otra parte, en 2 Timoteo 2,5 está escrito: «Y también el que lucha como atleta, no es coronado si no lucha legítimamente», y en 2 Timoteo 4,7: «He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.»

Aunque el entrenamiento en la piedad sólida es lo más importante que debemos hacer como católicos, eso no quiere decir que los miembros de la Iglesia tengamos que devaluar el cuerpo que Dios nos ha dado. Es muy importante y del todo necesario, cuidar el cuerpo que lleva el alma, porque es tan delicado y resistente a la vez, dice 2 Cor 4,7, como una «vasija de barro» que, si no se cuida, no podrá albergar el alma.

No hay nada de malo en que el cristiano se ejercite. De hecho, la Sagrada Escritura, en 2 Cor 6,19.20 es clara en que debemos cuidar de nuestros cuerpos. Efesios 5,29 nos dice esto que hay que tomar en consideración: «Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida…» Y la Biblia también nos advierte contra la glotonería en Dt 21,20; Prov 23,2; 2 Pe 1,5-7; 2 Tim 3,1-9 y 2 Cor 10,5. 

¿Cuánto debo dedicar al cuidado de mi cuerpo?, ¿cuánto rato debo hacer ejercicio?, ¿dónde debo hacer ejercicio? se preguntarán algunos. La Palabra de Dios no da medidas exactas, pero nos advierte contra la vanidad en 1 Sam 16,7; Prov 31,30 y 1 Pe 3,3-4). ¡Lo importante es que seamos sanos para servir mejor al Señor! ¿Cómo alcanzamos esa meta? Practicando ejercicio moderado y comiendo razonablemente. Ese es el patrón bíblico para la salud y el ejercicio: «Acaso no saben que su cuerpo es templo del espíritu Santo, quien está en ustedes y al que han recibido de parte de Dios? Ustedes no son sus propios dueños, fueron comprados por un precio. Por tanto, honren con su cuerpo a Dios», dice 1 Cor 6,18-19. Es importante no concederle un cuidado exagerado al cuerpo, recordando que el alma es más importante que el cuerpo; éste un día morirá, pero el alma es inmortal.

En este mundo globalizado en donde la imagen parece ser lo más importante para muchos, el cuerpo es uno de los énfasis centrales de la moda que hoy dirige y comanda a la humanidad para cambiar lo que Dios nos ha regalado,   que es nuestro cuerpo. Hay una epidemia de inconformidad con el cuerpo que va haciendo a muchos ir de cirugía en cirugía y hasta cambiar de sexo con la confusión que ha creado la llamada «identidad de género». Muchas personas gorditas quieren  ser tan delgadas que las intensas dietas las  llegan a enfermar; otros, en el extremo,  se dejan engordar hasta llegar a tener graves problemas de salud. Si alguien tiene una   nariz chata la quiere larga y respingada,  si la tiene grande la quiere  recortar. El de pelo chino lo quiere lacio y el greñudo quiere estar rapado mientras el pelón se realiza implantes de cabello. ¿Por qué no estar conforme con lo que Dios nos dio?

No somos dueños de nuestros cuerpos, sino administradores de nuestro cuerpo y por lo tanto no debemos profanarlo sino cuidarlo como algo ajeno, decía la beata María Inés Teresa afirmando: «Debo ser consciente de que no me pertenezco» (Ejercicios Espirituales 1941). Por  consiguiente, si nuestro espíritu habita  y se moviliza en el cuerpo para darle gloria a Dios y para edificación de la iglesia, hay que cuidarlo. Desafortunadamente nuestra sociedad concede al cuerpo un cuidado exagerado en el sentido de dar culto a la belleza a toda costa. Existe hoy una verdadera “dictadura de la belleza” que esclaviza especialmente a las mujeres. Los medios de comunicación muchas veces les impone un patrón de belleza; y hace sufrir a aquellas que no alcanzan este patrón.

Es excelente cuidar la salud, hacer deportes, asearse, nutrirse, pero si se lleva esto a una exageración, se  corre el peligro de desplazar  a Dios por el cuidado del cuerpo en el campo exterior  y se puede llegar a la idolatría del mismo olvidando lo que dice el libro del Deuteronomio en el versículo 19 del capítulo 8: «Mas si llegaras a olvidarte de Yahvé tu Dios, y anduvieras en pos de dioses ajenos, y les sirvieras y a ellos te inclinaras, yo lo afirmo hoy contra ti y todos ustedes, que de cierto perecerán.»

Debemos tener mucho cuidado y ejercitarnos física y espiritualmente, de manera que en todo sentido cuidemos nuestros cuerpos como templos del Espíritu Santo, pues con este mismo templo, podemos decir palabras deshonestas, calumniar a otra personas, chismear, criticar, etc. Es por eso que debemos de estar en constante oración para que Dios nos libre de usar nuestro templo para hacer cosas pecaminosas como dice Gál 5,19-21 el cual pide hacer a un lado el adulterio, la fornicación, la inmundicia, la lascivia, la idolatría, la hechicería, la enemistad, los pleitos, los celos, la ira, las contiendas, las disensiones, las herejías, las envidias, el homicidio, las borracheras, las orgías y cosas semejantes a estas que van matando el cuerpo y dejan sin la herencia del reino de los cielos. Todas las formas de vicios acaban afectando la salud. La vigorexia, ese trastorno del comportamiento que se caracteriza por la obsesión de conseguir un cuerpo musculoso, puede causar estragos porque es también un vicio, que incluso lleva a algunos a inyectarse sustancias tóxicas con las que lentamente van matando su organismo. Es necesario cultivar la virtud de la templanza pues nos ayuda a evitar toda especie de exceso, el abuso de la comida, del alcohol, del humo, de las medicinas usadas de manera equivocada.

Hay por ahí una frase que dice: «Todo con medida». Sí, debemos cuidar el cuerpo con una nutrición balanceada, con el ejercicio físico necesario, ir al médico periódicamente para el  chequeo general y cuando se necesita. Debemos practicar deporte para mantenernos bien de salud, pero que no se convierta todo esto en una carga o un vicio que nos aleje de Dios. A la par de todo esto también hay que  «ejercitar las rodillas»  para orar  al Señor y caminar en obediencia en su presencia, recordando que el cuerpo es clave para alabar a Dios y servirle al prójimo, pues incluso la llegada de la enfermedad, cuando cuidamos nuestro cuerpo y ponemos todo lo que está de nuestra parte, será vista como la llegada de «un tesoro» para colaborar a la salvación de las almas. No se puede despreciar la vida corporal; al contrario, debemos estimar y honrar el cuerpo, porque fue creado por Dios y destinado a la resurrección en el último día.

La Iglesia nos recuerda, en el número 2288 del Catecismo de la Iglesia Católica, que «la vida y la salud física son bienes preciosos confiados por Dios. Debemos cuidar de ellas racionalmente, tomando en cuenta las necesidades ajenas y el bien común. El cuidado de la salud de los ciudadanos requiere la ayuda de la sociedad para obtener las condiciones de vida que permitan crecer y alcanzar la madurez: alimento, ropa, vivienda, cuidado de la salud, enseñanza básica, empleo, asistencia social». En el número 2289 el Catecismo dice: «Si la moral pide respeto por la vida corporal, no hace de ella un valor absoluto, oponiéndose a una concepción neo-pagana que tiende a promover el “culto al cuerpo”, sacrificando todo para idolatrar la perfección física».

En resumen, nuestro ser se compone de dos partes: el cuerpo mortal y el espíritu inmortal. El Señor llama a nuestro cuerpo «templo», ya que se trata de la residencia temporal de nuestro espíritu eterno (1 Cor 3,16). Puesto que el espíritu y el cuerpo unidos conforman una unidad, lo que afecta a uno, afecta al otro. Al cuidar de nuestros cuerpos, logramos que nuestro «templo vivo» sea una aceptable morada para nuestro espíritu. No pensemos que cuidar nuestra salud sea algo malo. El Señor nos ha dado un cuerpo para que lo cuidemos lo mejor posible. La falta de una buena dieta, ejercicio físico y sanos hábitos, nos hacen vivir por debajo de lo que Dios ha diseñado para nuestras vidas. Un buen ejemplo de lo bien que hace el ejercicio es el gimnasio «Divine Mercy Crossfit» en Denver, Colorado, en donde un buen número de sacerdotes, consagrados y fieles laicos acuden a diario. Y, como este, seguro habrá otros centros en los que como dice el padre Brian Larkin miembro de este gym: «Tú puedes ofrecer tus sufrimientos durante el tiempo de ejercicio por la salvación de las almas».

Termino recordando un hecho de la Santísima Virgen María que me hace pensar en la necesidad del ejercicio físico. ¿La Virgen María en este tema? Sí, claro. La Sagrada Escritura en Lc 1,39, nos dice que «María se encaminó "presurosa" a visitar a su pariente Isabel». Si no hubiera estado en buena forma... ¡no hubiera podido encaminarse "presurosa"!

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

martes, 4 de julio de 2017

«LA FUERZA DEL MISIONERO ESTÁ EN NO DEJARSE VENCER EN LA TENTACIÓN»... Enfermedad, ancianidad y misión VI.


En aquella película famosa de «La Pasión», del aclamado director Mel Gibson, aparece en ciertos momentos decisivos, la figura de Satanás, como recordando que el mismo que tentó a Jesús en el desierto, antes del comienzo de la vida pública (Mt 4,1-11; Mc 1,12-13; Lc 4,1-13), seguirá hostigándolo y tentándolo hasta el final. El Demonio es astuto y sabe como llegarle a cada quien. A Cristo le hace ver que si es el Hijo de Dio, entonces puede, por medios sobrenaturales, saciar el hambre y recuperar las fuerzas perdidas; pero en realidad lo está invitando a actuar al margen de su Padre usando vanamente sus cualidades y capacidades. Seguirá actuando siempre de forma sutil, callado y oculto, como lo muestra estupendamente la película a la que hago referencia.

Nos encontramos ante el escenario de un mundo sacudido por fuerzas misteriosas que no son visibles y que de ordinario no comprendemos, aunque se trata de fuerzas que se agitan en la historia de cada día. La tentación se presenta como un poner a prueba con malicia, un tratar de hacer caer en una trampa oculta o disfrazada, un llevar a alguien a situaciones, por lo menos aparentemente, sin salida. Esta es la dinámica de la tentación: llevar al hombre a través de lo que sea, a situaciones de las que ya no se pueda liberar, y así quede esclavizado fácilmente en el pecado. En el momento de la tentación, el alma se encuentra en un laberinto inexplicable y se pierde la esperanza de poder salir adelante. Es una situación que se repite a lo largo de la historia de la humanidad desde aquella vez en que Eva fue tentada. El misionero tiene que estar listo y renovar la vigilancia contra todas las iniciativas del enemigo. Parece que de una forma sigilosa, la tentación se viene encima con todas las fuerzas del mal disfrazadas, casi siempre, de un bien aparente.

En el Nuevo testamento, aparece frecuentemente la expresión: «Estén vigilantes», como una especia de exhortación a mantener los ojos siempre abiertos ante la presencia del maligno. Ese estar vigilantes, significa mantenerse sobrios, vivir en abstinencia y conservar una fuerte capacidad para luchar contra todo aquello que nos quiere volver sordos, ciegos, sordomudos a la voluntad de Dios. San Pablo invita al cristiano a vestirse la armadura, es decir, invita a esta lucha a la que hace referencia: no contra los enemigos de carne, sino contra los espíritus del mal (Ef 6, 10-20).

En el caso del enfermo, o del que ejerce su misión entre los enfermos, del anciano, del encarcelado, del que ha sido abandonado o es incomprendido, la tentación irá siempre en el tono del desaliento, de la impaciencia, de la desesperación o de dejarlo todo. Volvamos a escuchar ahora al cardenal vietnamita, el Venerable François Xavier Nguyên Van Thuân, de quien ya he compartido algo. Cuando dio, en el año 2000, los Ejercicios Espirituales en la Curia Romana dijo: «Durante mi larga tribulación de nueve años de aislamiento en una celda sin ventanas, iluminado en ocasiones con luz eléctrica durante días enteros sin apagarse nunca, o a oscuras durante semanas, sentía que me sofocaba por efecto del calor, de la humedad. ¡Estaba al borde de la locura! 

Yo era todavía un joven obispo con ocho años de experiencia pastoral —dice Van Thuân. No podía dormir. Me atormentaba el pensamiento de tener que abandonar la diócesis, de dejar que se hundieran todas las obras que había levantado para Dios. Experimentaba una especie de revuelta en todo mi ser. Una noche, en lo profundo de mi corazón, escuché una voz que me decía: —¿Por qué te atormentas así? —Tienes que distinguir entre Dios y las obras de Dios. Todo aquello que has hecho y querrías continuar haciendo: visitas pastorales, formación de seminaristas, religiosos, religiosas, laicos, jóvenes, construcción de escuelas, misiones para la evangelización de los no cristianos..., todo esto es una obra excelente, pero son obras de Dios, no son Dios. —Si Dios quiere que tú dejes todas estas obras poniéndote en sus manos, hazlo inmediatamente y ten confianza en Él. Él confiará tus obras a otros, que son mucho más capaces que tú. Tú has escogido a Dios, y no sus obras.

Esta luz me dio una nueva fuerza, que ha cambiado totalmente mi manera de pensar —continuaba explicando el arzobispo vietnamita— y me ha ayudado a superar momentos que físicamente parecían imposibles de soportar. Desde aquel momento, una nueva paz llenó mi corazón y me acompañó durante trece años de prisión. Sentía la debilidad humana, pero renovaba esta decisión frente a las situaciones difíciles, y nunca me faltó la paz. Escoger a Dios y no las obras de Dios. Este es el fundamento de la vida cristiana, en todo tiempo. De este modo, —añadíó el cardenal Van Thuân— comprendo que mi vida es una sucesión de decisiones, en todo momento, entre Dios y las obras de Dios. Una decisión siempre nueva que se convierte en conversión. La tentación del pueblo de Dios siempre consistió en no fiarse totalmente de Dios y tratar de buscar apoyos y seguridad en otro sitio. Esta es la experiencia que sufrieron personajes tan gloriosos como Moisés, David, Salomón...».

San Ignacio del Loyola, en sus célebres Ejercicios Espirituales, nos hace ver que en la vida diaria, se presentan siempre dos caminos, dos banderas: La de Lucifer y la de Cristo. El santo dice que hay que tener en cuenta que en la época actual, Lucifer actúa de una manera muy sutil y muy confusa. Su triunfo —decía el beato papa Paulo VI— es hacer creer al mundo que «no existe».

Cuando una persona está enferma o agobiada por el peso de los años, aparece la tentación del cansancio y del desánimo, queriendo atacar la esperanza cristiana —que parece una utopía— para acabar con ella. En la actualidad, muchos hombres y mujeres, ancianos y enfermos, han caído en la tentación de disgustarse con Dios porque permite que en el mundo haya enfermedades incurables, penas, guerras, desastres naturales y toda clase de males que aquejan a la humanidad. Muchos han caído en la tentación de buscar nuevas doctrinas para cambiar el curso de la redención, algunos se han ido a la New Age, aunque encierre doctrinas falsas, porque dicen que cómo es posible que Dios haya enviado a su Hijo al mundo a sufrir y a permitir que lo crucificaran. Otros han caído en la tentación de ese enemigo invisible tan fastidioso como es «la rutina». «La rutina es la fuerza más desestabilizadora de las instituciones humanas y de la vida misma» (Ignacio Larrañaga, “Del Sufrimiento a la Paz”, Ed. Paulinas, Madrid 1985, p. 66).

Hay otras tentaciones que se entrecruzan con la rutina, cuando ya ésta va logrando atrapar el corazón: aburrimiento, monotonía, tedio, nausea. Es posible ver hasta personas, incluso consagradas, que han caído en esta tentación de la época que luego lleva sin remedio a depresiones y angustias terribles, porque la persona va sintiendo que no sirve para nada, y va poco a poco perdiendo la capacidad de asombro ante la sorpresa de Dios, que hace nuevas siempre todas las cosas. «Un espíritu abierto al asombro viste de novedad al universo entero» (Ignacio Larrañaga, “Del Sufrimiento a la Paz”, Ed. Paulinas, Madrid 1985, p. 70). Dice la beata Madre Inés: «Yo no quiero otra cosa que agradarlo (a Dios); anhelo… mi reforma interior… para que Él esté contento; no para gozar con sus consolaciones divinas, sino para comprarle almas» (Ejercicios Espirituales de 1944).

En 1995, Daniel Goleman, quien acuñó el término: «Inteligencia Emocional» escribía: «Estos últimos años del milenio, anuncian la llegada de la Era de la Melancolía, así como el siglo XX se transformó en la Era de la Ansiedad. Datos internacionales muestran que parece cundir una moderna epidemia de depresión, que se extiende a lo largo y a lo ancho adoptando nuevas modalidades en cada lugar del mundo. Cada nueva generación, desde principios de siglo, ha corrido un riesgo mayor que la generación de sus padres, de sufrir una depresión más importante —no ya tristeza— sino un desinterés paralizante, desaliento y autocompasión, más una abrumadora desesperanza–, en el curso de su vida» (Daniel Goleman, “La Inteligencia emocional”, Ed. Javier Vergara, México 1995, p. 278).

Ignacio Larrañaga, en su libro «Del Sufrimiento a la Paz», que mi padrino el padre Esquerda me recomendó leer, por tocar los temas que estoy tratando en estas reflexiones sobre enfermedad, ancianidad y misión, da la siguiente recomendación: «Sé feliz, porque son legión los que esperan participar de tu lumbre, contagiarse de tu alegría. Se vive una sola vez. Nadie vuelve atrás . No puedes darte el lujo de despilfarrar tan bella oportunidad. No puedes permitir que se te deshoje inútilmente esta roja amapola. Llena tu "casa" de armonía, y el mundo se llenará de armonía. Ten siempre presente que la existencia es una fiesta, y el vivir, un privilegio. Hay una planta que debes cultivar diariamente con especial cuidado y mimo: la alegría. Cuando esta planta inunde tu casa con su fragancia, todos tus hermanos, y hasta los peces del río, saltarán de alegría» (Ignacio Larrañaga, “Del Sufrimiento a la Paz”, Ed. Paulinas, Madrid 1985, p. 96). En una de sus meditaciones, la beata Madre Inés anota: «Para no caer en este lazo de Satanás; disculpar caritativamente las faltitas de nuestros hermanos, rogar por ellos, sonreír siempre a su paso, mostrarse condescendiente cuando es posible y se debe hacer; en fin, manifestar a los demás la dulce expansión del alma» (Experiencias Espirituales).

El Demonio, en su lucha para que caigamos en la tentación, irá buscando querer lograr que nos deleitemos en las tentaciones para que no demos a los demás los dones y cualidades que de Dios hemos recibido. Con el salmista como música de fondo que nos dice «Descansa sólo en Dios, alma mía, porque él es mi esperanza» (Sal 61,2), es un buen momento de contemplar a san Pablo como un hombre lleno de esperanza que supera toda tentación y nos comparte su fe y su confianza en el Señor en diversos momentos: «El Dios de la esperanza os colme de todo gozo y paz en vuestra fe, hasta rebosar de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo (Rom 15,13). «Tenemos puesta la esperanza en Dios vivo, que es el Salvador de todos los hombres, principalmente de los creyentes» (1Tim 4,10). «Cristo Jesús nuestra esperanza» (1Tim 1,1; cfr. Col 1,27) «Vivir... aguardando la feliz esperanza y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo» (Tit 2,13). «La esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5,5). «Felices en la esperanza» (Rom 12,12).

La esperanza acaba con toda clase de tentaciones del enfermo o del anciano, en torno a lo que hemos comentado, de sentirse inútil o culpable de la enfermedad, y también con las de quien lo cuida y acompaña, que puede ser atacado fácilmente por la tentación del eficientismo y del activismo (cf. “Caminar desde Cristo”, n. 12). La esperanza abre el camino hacia la conversión, como un cambio de corazón. Toda conversión supone un paso de un estado a otro, de un punto de partida a un punto de llegada. El punto de partida, el estado del que se debe salir, es para la Escritura, el de la dureza de corazón que ha dejado paso a la tentación y ha caído en el pecado; el punto de llegada, se puede describir «coherentemente» con las imágenes del corazón contrito, herido, lacerado, circunciso, del corazón de carne, del corazón nuevo.

El corazón es el yo profundo del hombre, su propia persona, en particular su inteligencia y voluntad, el centro de la vida religiosa, el punto en el que Dios se dirige al hombre y el hombre decide su respuesta a Dios. El corazón duro es un corazón esclerotizado, endurecido, impermeable a toda forma de amor que no sea el amor de sí mismo y por eso sucumbe ante la tentación. ¿Cómo se obra este cambio del corazón? ¡Cristo está dentro de cada uno de nuestros corazones y llama a las paredes del corazón para salir! Esto sucede cuando, sin haber sido expulsado por el pecado mortal, el Espíritu Santo permanece en el alma aprisionado y tapiado por el corazón de piedra que se le forma alrededor, por la resistencia del egoísmo de la persona. Carece entonces el Espíritu de posibilidad de expandirse y empapar de sí las facultades, las acciones y los sentimientos de tal persona. Por eso, en este sentido, cuando leemos la frase de Cristo en el Apocalipsis: «Mira que estoy a la puerta y llamo» (Ap 3,20), deberíamos entender que Él no llama desde fuera, sino desde el interior; y quiere salir para ayudarnos a vencer la tentación.

El creyente que busca seguir a Cristo, sabe perfectamente que en él hay muchos puntos débiles, que pueden ser presa de diversas tentaciones, desde no querer despertar, porque se duerme muy a gusto, hasta el renegar de la condición de vida causada por una pena o una enfermedad. La beata María Inés se lamenta de esta condición de nuestra miseria humana y expresa: «Me duele no darle gloria en cada momento; no aprovechar todos ellos en su servicio, no ser generosa, buscarme a mí misma, pensar en las criaturas…» (Notas Íntimas).

Es tiempo de acrecentar la esperanza o recobrarla si se ha perdido. Escuchemos a nuevamente a la beata María Inés Teresa que nos dice: «No se turbe vuestro corazón… Tú Jesús, no lo dejas nunca que se turbe. Cuando el enemigo me asalta, cuando presentándome las cosas insuperables, quisiera él sumirme en la desesperación, cuando quiere hacerme ver (y esto lo ha hecho muchas veces), que la obra y mis ideales están perdidos para siempre, cuando me presenta la ingratitud o la malicia humana bajo sus fases más desconcertantes, aunque es intenso el momento, por la gravedad en que lo veo, ah, Jesús, dulcísimo Jesús, porque no es otro sino tú, quien me arrojas en tus brazos en un acto de inmensa e infinita confianza, y en tu regazo me pierdo, en él me abandono, en el recupero mi paz, (si es que la perdí), pues no lo creo, y se fortalece mi alma, y adquiere nuevos bríos; SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS EN TI CONFÍO. Es la expresión que brota en raudales de confianza segura y sentida. Un acto que se sucede a otro, si es posible, cada vez más intenso, pero en esas pocas palabras le digo tantas cosas, ¡pero… tantas! Al cabo del tercer acto, el demonio se ha ido; no ha podido resistir; no le conviene» (Ejercicios Espirituales).

Santa Genoveva Torres Morales, sufrió desde los ocho o diez años de edad, la amputación de una pierna. Cuando cumplió quince años, sintió el llamado de Dios y con muchas dificultades fue admitida por las Madre de la Misericordia de Valencia, España. En medio de muchas tentaciones salió del convento a los 24 años para regresar a su casa. La vida era difícil sin una pierna. Cuando tenía más o menos cuarenta años, segura de que Dios le había llamado a seguirlo y que el llamado, a pesar de tantas tentaciones que se presentaron en el camino, era auténtico y exigía una respuesta, fundó el Instituto femenino de las Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Ángeles, conocidas como «Las Madres Angélicas», dedicadas al cuidado de las señoras que viven en soledad. 

La Madre Genoveva vivió siempre acompañada por la enfermedad y solo con una pierna. Una vez enfermó de mucha gravedad, y cuando volvió en sí, dijo: «La enfermedad es siempre un aliciente para acudir a Dios, no para sanar, sino para estar conformes con lo que Dios manda». Dos caminos, dos amores, dos ciudades, como decía san Agustín. «Cuando Jesús fue tentado en el desierto tuvo una respuesta tajante para el enemigo: ¡Retírate de aquí Satanás!» (Ignacio Larrañaga, “Del Sufrimiento a la Paz”, Ed. Paulinas, Madrid 1985, p. 70.

Tenemos muchas armas para vencer al enemigo. No estamos solos; Cristo nos fortalece y nos ayuda a no caer en la tentación, porque Él venció. Estemos vigilantes para cuidar nuestra vida de bautizados como templo en el que habita Dios. Y vayamos tras de Cristo porque Él es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6).

La Virgen María escuchó siempre a Dios en el interior de su corazón. Allí, en ese corazón, estaban también los dos caminos, ella pudo haberse negado a pronunciar el «Sí» que toda la creación anhelaba. Pero se mantuvo disponible bajo la bandera del autor de la vida, que ahora le pedía traerlo a este mundo. Que Ella, María santísima, nos ayude a vencer y a superar las tentaciones, sobre todo la tentación del desaliento y las más cercanas a cada uno por la condición especial, única e irrepetible que vive como hijo de Dios en su vocación específica. En una carta colectiva, la beata Madre Inés escribía: «Que María Santísima sea nuestra guía en el peregrinar en esta tierra, para que, guiados por su mano, lleguemos con menos tropiezos al cielo» (Carta colectiva de marzo de 1978).

Ahora recemos juntos: Oh Jesús que por amor mío, y por la salvación del mundo, sufriste la agonía y sudaste sangre en la noche de Getsemaní, recibe los sufrimientos, las penas, los dolores y hasta el insomnio en mi vida. No me dejes caer en la tentación y renueva en mí tu pasión salvadora. Haz que ni una sola gota de mi dolor caiga inútilmente. Concédeme ser un ángel de consuelo para ti y para las almas. Amen.

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

sábado, 1 de julio de 2017

Una reflexión sobre los leprosos de hoy...


El Evangelista san Marcos, al presentarnos la vida pública de Cristo, casi siempre nos deja ver a un Jesús que va de un lugar a otro y que siempre toma la iniciativa. Marcos nos lo presenta siempre tendiendo la mano para transmitir su vida y su salvación, como en el caso de la curación e la suegra de Pedro (Mc 1, 29-39). En otros relatos, va de camino, dirigiéndose a las aldeas a llevar el anuncio de la llegada del Reino e increpando al demonio. No hay que olvidar el relato de la llamada a los discípulos, es Jesús quien la iniciativa para elegir a sus discípulos (Mc 3,13-14) y no como el caso de los rabinos, en el que, quien quería segur a alguno como discípulo, se tenía que inscribir o pedir que lo aceptara.

Marcos nos presenta, entre sus pasajes, un leproso que toma la iniciativa y llega hasta Jesús para arrodillarse y suplicarle: «si quieres, puedes curarme». El relato es de por sí interesante, es la única vez que en el Evangelio de san Marcos, Jesús cura a un leproso; de manera que el milagro reviste una importancia especial (Mc 1, 40-45). 

El leproso es un marginado. Las leyes de aquella sociedad le habían echado fuera y estaba condenado a vivir al margen para que su presencia no contaminara a los demás. En tiempos de Jesús padecer la lepra equivalía casi a estar muerto. Era la peor de las enfermedades y causaba la máxima marginación. Los leprosos, según la ley, debían ir gritando: «¡Soy impuro, soy impuro!». Entrar en contacto con un leproso producía impureza, por eso estaban condenados a vivir aislados, fuera y lejos de los lugares habitados.

Hoy, en nuestro mundo globalizado, pudiéramos hablar de varias clases de leprosos y quizá que asusten más que los de aquella enfermedad, hoy se les llama, con un cuidadoso eufemismo: «excluidos sociales» o simplemente: «marginados». El paisaje de los leprosos modernos es ancho y se va ampliando cada vez más. El abismo entre pobres y ricos crece. El mundo materialista del relativismo y del comercio, neurotizado en sus reductos de bienestar, toma conciencia del crecimiento de la geografía de la pobreza cuando esta invade las tarjetas de crédito que llegan «al tope» y hay que pagar tenencias e impuestos prediales. «Ya no tengo ni un cinco», se escucha a muchos decir. Entonces se empieza a llamar a la pobreza «crisis económica» y se comienza a experimentar la miseria a todos los niveles.

Hay una realidad que parece inevitable. Los cinturones de miseria, alrededor de las grandes ciudades crecen y crecen, es la lepra de hoy que nos presenta la realidad, no solamente de la carencia de dinero, sino la falta también de confianza, de salud física y espiritual, de integración familiar, de superación personal, de alimento, de educación, de desarrollo personal y comunitario, de solidaridad.

Contrastando con este relato del leproso, pienso en el libro más extraño del Antiguo Testamento, el «Levítico». Una serie de tabúes de alimentos, normas de higiene, rituales incontables, un catálogo de prescripciones jurídicas carentes de interpretación viva, que tal vez hoy se pudieran comparar con muchos de los convencionalismos sociales, que llevados al extremo  llevan al hombre y a la mujer de hoy a no ponerse el mismo vestido en dos fiestas diferentes, o a no comer en platos y vasos de plástico, o a tener que estudiar en tal o cual universidad aunque haya que comer a diario huevo duro. E Levítico es un libro que a primera vista resulta difícil. Sin embargo, como dice un teólogo biblista de suma importancia en nuestros días, llamado Luis Alonso Schökel: «En sus páginas se expresa un sentido religioso profundo: el hombre se enfrenta con Dios en el filo de la vida y la muerte, en la conciencia de pecado y de indignidad, en el ansia de liberación y reconciliación». En el fondo del corazón de cada hombre está inscrito eso. Dice san Agustín: «Mi corazón nunca estará tranquilo hasta que no descanse en Dios». Es el ansia de la salud integral, de la salvación plena que requiere el tomar la iniciativa para ir tras de Dios aunque con la seguridad de que «Él nos amor primero».

La serie de prescripciones del Levítico abarca en tres capítulos, del 13 al 15, las afecciones de la piel. Normas con un carácter higiénico que señalaban la incapacidad de presentarse dignamente ante el Señor y que eran una especie de diagnóstico terapéutico. El sacerdote era el encargado de declarar si la persona era pura o impura. Hoy tenemos el sacramento de la reconciliación, con el que Cristo va más allá, nos diagnostica y nos cura.

Pero vuelvo al leproso del Evangelio, que conocía, quizá, todos esos ritos del Levítico. En su petición, al tomar la iniciativa para ser curado, no iba solamente el deseo de ser curado del estigma de la enfermedad. Sus palabras se pueden traducir hoy en el deseo de purificarse para dejar de formar parte del cinturón de los marginados para volver a casa, para poder sentarse en la mesa de la comunidad y poder participar con pleno derecho de la vida social. Jesús se compadece, se le conmueven las entrañas (así dice el hebreo «splanchnizomai» en la parte en que el español traduce: «se compadeció de él». Y antes de hablar —como ahora se usa tanto hacerlo a favor de los marginados—, realiza un gesto: extiende la mano para tocarlo, sabiendo que, de acuerdo a la ley, ese contacto va a mancharle (haciéndole impuro ante la Ley), pero sabiendo también y, sobre todo, que él puede y debe purificar al leproso. Él ha “levantado” (ha resucitado) ya a la suegra de Simón (1, 31), y ahora hace algo todavía más profundo: toca con su mano al leproso (haptomai), ofreciéndole así su contacto personal. Esta mano de Jesús que toca al leproso es la expresión de una misericordia que transciende las leyes de pureza del judaísmo legalista, es signo de la piedad de Dios, que ama precisamente a aquellos a quienes la ley expulsa. Sentir es tocar, conocer es tocar... y tocar significa aceptar, solidarizarse, curar... El leproso queda curado inmediatamente. La solución requiere el contacto personal, la cercanía cálida y acogedora, fruto no de un discurso, sino del que se hace prójimo, del que se hace cercano y toca su realidad. Hay un camino de vuelta a la inclusión social: «Ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo prescrito por Moisés».

La fe de aquel pobre, y el poder salvador de Jesús habían hecho posible el milagro. Jesús añade por su cuenta que guarde silencio, pero viene un contraste fortísimo,  el recién sanado no se puede contener, divulga el milagro. El marginado se convierte en testigo del amor curativo de Dios para todos. 

Comentando este pasaje, en una de sus audiencias, el Papa Francisco dice: «Jesús queda profundamente impresionado por este hombre. El Evangelio de Marcos subraya que "conmovido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: Lo quiero, queda purificado" (1,41). El gesto de Jesús acompaña sus palabras y hace más explícita la enseñanza. Contra las disposiciones de la Ley de Moisés, que prohibía acercarse a un leproso (Cfr. Lev 13,45-46), Jesús, contra la prescripción extiende la mano e incluso lo toca. ¡Cuántas veces nosotros encontramos un pobre que viene a nuestro encuentro! Podemos ser incluso generosos, podemos tener compasión, pero generalmente no lo tocamos. Le ofrecemos la moneda, pero evitamos tocar la mano y la tiramos ahí. ¡Y olvidamos que esto es el cuerpo de Cristo! Jesús nos enseña a no tener temor de tocar al pobre y al excluido, porque Él está en ellos». (Audiencia del 22 de junio de 2016).

Por eso nuestra reflexión se completa con unas palabras de la primera carta de san Pablo a los corintios que nos dice que la Buena Noticia de Reino que anuncia Cristo no es cosa del oriente ni del occidente, ni del norte ni del sur. «Hermanos —nos dice san Pablo— hagan todo para gloria de Dios buscando la salvación de todos» (1 Cor 10,31).

Para terminar esta reflexión, voy al salmo 31, que dice: «Perdona, Señor, nuestros pecados». Perdona, Señor, que no hemos visto a los leprosos de hoy, porque estamos muy ocupados en darnos gusto a nosotros mismos; perdona, Señor, que no hemos tocado a los leprosos de hoy porque estamos atentos a ver nuestras carencias económicas, que la verdad, no son tantas; perdona, Señor, que no hemos salido al encuentro de nuestros hermanos leprosos porque hemos hecho una tormenta en un vaso de agua con nuestros pequeños problemas;  perdona, Señor, porque no hemos podido alcanzar nosotros mismos la curación porque hemos querido hacer el Evangelio del estilo que nos acomode...

Pidámosle a la Santísima Virgen María, la llena de gracia, la mujer fuerte e itinerante que da la salud de su Hijo a los enfermos, que nos dé la sencillez y la humildad que necesitamos para acercarnos a su Hijo reconociéndonos como somos para decirle también nosotros: «¡Si tu quieres, puedes curarme!».

Alfredo Delgado Rangel.

miércoles, 15 de marzo de 2017

La práctica del Yoga... un tema resbaladizo para el cristiano


A MANERA DE INTRODUCCIÓN:

No es poco común en nuestros días, ver propaganda y promociones del Yoga en muchos de los gimnasios grandes y pequeños. Circula también una gran cantidad de libros sobre el Yoga que se venden hasta en las tiendas de autoservicio; abundan los sitios en el Internet que se ocupan de su filosofía y práctica; y seminarios de divulgación en gimnasios, clubs deportivos, centros de Pilates y grupos del cuidado para la salud. El Yoga ha penetrado tan exitosamente en nuestra cultura occidental que incluso, personas católicas, sin tener un pleno conocimiento de lo que es el yoga, lo practican, digamos, de una manera «light» incorporándolo a sus vidas y admirando su propia actitud «inclusiva» —como se dice ahora—, o bien, no ven nada incorrecto con practicarlo y estarían muy sorprendidos de saber que representa alguna amenaza espiritual de cualquier tipo para el cristiano.

El Día Internacional del Yoga, que el 11 de diciembre de 2014, las Naciones Unidas proclamaron para celebrarse cada 21 de junio , ha sido una gran plataforma de difusión de esta práctica. Pero... ¿hasta dónde es algo asumible para el cristianismo? Hablar de Yoga y fe cristiana es un tema ciertamente polémico y de antemano sé que muchos pensarán que exagero, o que soy un sacerdote cortado «a la antigua». Por un lado, hay quienes defienden su plena compatibilidad, según el tipo de técnicas que se empleen y su supeditación a la experiencia cristiana, o incluso hay algunos que llegan al extremo de proponer algunas formas de «yoga cristiano». Por otro lado, hay quienes, exagerando demasiado las cosas, se refieren a la práctica del Yoga como una de las vías ordinarias por las que una persona puede acceder a ser objeto de la acción extraordinaria del demonio. 

I. UN TEMA BASTANTE CONTROVERTIDO:

Hablar de este tema es controvertido y las posturas encontradas y enconadas hacen difícil una reflexión seria, a la luz de la revelación cristiana, sobre este tema. Yo trataré de exponer la postura de la Iglesia a la luz de documentos del magisterio y de la experiencia de fe de la Iglesia Católica, una voz que tiene un valor especial para los creyentes. Es sorprendente el número de católicos —especialmente católicas— que ignoran las consecuencias de practicar el Yoga y que, caen, con cierta frecuencia, en el sincretismo religioso. El Yoga as algo mucho más complejo que lo que suele entenderse por esta palabra en Occidente, donde apenas se conocen los rudimentos psicotécnicos del hatha-yoga y del raja-yoga, de ordinario fuera de su concepción teórica del cuerpo humano y de su contexto filosófico y religioso. Para los verdaderos yoguis, su sistema es una forma de vida integral: existe un modo yóguico de comer, de beber, de realizar la higiene de los diferentes miembros y funciones fisiológicas, de vivir durante el día y de dormir, así como de trabajar, aprender, enseñar, amar, obedecer, mandar, etc.

Es triste ver cómo hoy en día, muchos católicos van perdiendo la confianza en las grandes prácticas espirituales y místicas para la oración y la disciplina que recibieron de grandes santos como Ignacio de Loyola, Francisco de Asís, Francisco de Sales, Santa Teresa de Avila, etc. y ahora siguen espiritualidades y místicas orientales que provienen del Hinduismo y del Budismo. A este respecto, un cristiano sincero debería informarse sobre la compatibilidad del Yoga con la espiritualidad cristiana y sobre la conveniencia de incorporar sus técnicas en la oración y en meditación cristianas. ¡Qué diferencia entre cómo los santos buscan la paz interior, la Paz de Dios y cómo se busca la paz en el Yoga! Si alguna creatura ha estado completamente unida a Dios en Paz ha sido la Inmaculada Virgen María. Así describe el beato Cardenal Henry Newman la paz mística que La Santísima Virgen alcanzó por medio del Verdadero Espíritu Santo, Creador y Fuente de Vida: “Como entonces por flores y frutos se significa, en un sentido místico, los dones y gracias del Espíritu Santo, por lo tanto por un jardín se significa místicamente un lugar de reposo espiritual, quietud, paz, refresco y delicia. […] Tal fue el jardín en el que la Rosa Mística, la Inmaculada María fue cobijada y cuidada para ser la Madre del Todo Santo Dios, desde su nacimiento hasta su desposorio con san José […] Esto fue el resultado de la Inmaculada Concepción. (Meditaciones sobre la Letanía de Loreto para el mes de mayo). 

Hay que ver que para algunos el Yoga es un medio de relajación y de alivio de la tensión, para otros es un ejercicio que promueve la salud y el estar en forma y, para una minoría, es un medio para la curación de enfermedades. Los fines religiosos y espirituales del Yoga son a menudo olvidados o negados en un contexto occidental, la mayoría de la gente se entusiasma de entrada y lo ve simplemente como una forma física de ejercicio. Esta simplificación es injustificada y peligrosa. La reducción del Yoga a una mera técnica de embellecimiento con frecuencia crea efectos desagradables. Son muchos los cristianos que comenzaron a practicar el Yoga por razones de salud física y luego lo han seguido por razones de espiritualidad. Además, los hechos revelan que cuanto más la persona practica Yoga, más propensa es a disminuir su adhesión al cristianismo y más probable se da el hecho de que se adhiriera a la espiritualidad no religiosa y al budismo. 

II. EL YOGA Y SU ESENCIA:

El Yoga podría ser de algún modo compatible con el cristianismo en su vertiente psicotécnica, no en cuanto a su trasfondo ideológico y religioso, ya que para entender el Yoga hay que enmarcarlo en el hinduismo, una religión muy diferente a la cristiana, distante en su concepción de lo divino y lo humano. De hecho, la misma palabra sánscrita «Yoga» viene de la raíz yug o yuj, que significa «unir, juntar, conectar, atar, cargar juntos», lo que equivaldría al término latino «religio», que viene de «religare» «religión». 

Los orígenes del yoga se remontan hasta 5.000 años y durante mucho tiempo sus principios se difundieron a través de la transmisión oral. Finalmente esta tradición fue puesta por escrito y entonces el yoga hizo su aparición en los cuatro antiguos textos hindúes conocidos como los Vedas, el más antiguo de los cuales data del 1.500 a.C. Más tarde, un individuo llamado Patañjali compiló y codificó la suma total del saber sobre el yoga. Las fuentes discrepan sobre cuándo ocurrió esto, con fechas que van del siglo IV a.C. al II d.C. Su obra, llamada el Yoga Sutra, es el texto de más autoridad sobre el yoga, reconocido por todas sus escuelas. Una persona que practica Yoga como una forma de vida se llama un yogui.

III. RESULTADOS DE UNA ENCUESTA REVELADORA:

En el número de junio de 2016 del Journal of Health Psychology ha aparecido un interesante artículo en el que varios investigadores de la Universidad de Connecticut (EE.UU.) han abordado las razones por las que la gente se inicia en el Yoga y permanece después en su práctica. En una encuesta a nivel nacional, en los Estados Unidos, los autores han estudiado a 360 estudiantes de yoga y a 156 maestros. Unos y otros habían participado al menos en cinco sesiones de Yoga en los últimos tres meses. A todos, varones y mujeres, se les hizo una doble pregunta: ¿Por qué comenzaste a practicar yoga? y ¿Han cambiado tus motivaciones iniciales con el tiempo? Los investigadores de Connecticut llegan a concluir en cuanto al inicio en el Yoga que «tanto los estudiantes como los maestros adoptaron la práctica del Yoga primeramente para hacer ejercicio y reducir el estrés, aunque señalaron otras muchas razones que incluyen la flexibilidad, ponerse en forma y reducir la depresión o la ansiedad». 

Por otra parte, si pasamos a la permanencia en esta disciplina, por parte de los encuestados, «el 62 por ciento de los estudiantes y el 85 por ciento de los maestros informaron de que habían cambiado su razón primaria para practicar o que habían descubierto otras razones; para ambos, la razón primaria que más había cambiado era la espiritualidad». La conclusión, entonces,  de tal encuesta, es que «los hallazgos sugieren que la mayoría se inicia en la práctica del Yoga para hacer ejercicio y reducir el estrés, pero para muchos la espiritualidad se convierte en la razón principal para mantener la práctica».

IV. PRACTICAR YOGA PUEDE SER PELIGROSO PARA LOS CRISTIANOS:

Aunque a simple vista parezca exagerado, practicar Yoga puede ser peligroso para los cristianos por lo que se deduce de estos 15 puntos:

1. Es una disciplina o práctica milenaria, mística-espiritual hindú (1,800 a.C.). cuyas posiciones y ejercicios son inseparables de su cosmovisión; «no hay hinduismo sin yoga, y no hay Yoga sin hinduismo». Nosotros, como cristianos, debemos tener siempre presente lo que la Sagrada Escritura nos dice: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón con toda tu alma y toda tu mente. Este es el principal y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás al prójimo como a ti mismo» (Mt 22: 37-39).

2. La historia nos demuestra que Christopher Isherwood y la Sociedad Teosófica fueron quienes trajeron a Occidente el budismo zen y el Yoga del Oriente. Estas creencias no se conocían antes en nuestra cultura occidental. Los gobiernos estadounidense y británico impulsaron sus planteamientos. Sabemos que la Sociedad Teosófica fue dirigida por masones y ocultistas (Helena P. Blavatsky, Annie Besant, Alice Bailey).

3. En cualquiera de sus formas, la finalidad del Yoga no es únicamente la relajación, la correcta respiración ni el bienestar o control físico, sino la «iluminación». Es, entonces, una «vía de perfección» (de ocho pasos) a través del control de los «elementos físicos y psíquicos» de la persona que pretende el «nirvana» (extinción del sufrimiento) para alcanzar la «iluminación» (apertura del «tercer ojo») y la «unión con Dios». Los yoguis hindúes afirman que los primeros cinco pasos (disciplina moral, purificación corporal y espiritual, posturas gimnásticas-corporales, control respiratorio y desconexión sensorial) son la preparación para alcanzar los grados más altos del «Yoga regio« o «raja Yoga».

4. La «Iluminación» —según las creencias del Yoga— se logra despertando a Shiva (deidad hindú) en forma de serpiente (kundalini), que se dice mora al final de la espina dorsal, o bien, en los genitales, con objeto de que ascienda desde ese punto por la columna vertebral y vaya «activando» uno a uno los seis o siete chakras (centros de energía ubicados a lo largo la espina dorsal), y así se una a su esposa Parvati (diosa «energía») que le espera en la cabeza. El enlace Shiva-Parvati abre el «tercer ojo» a nivel psíquico y… ¿físico? Esta es la meta del «Yoga kundalini» y de la «meditación dinámica». Shiva tiene prominencia entre los dioses del Yoga. Él es el «patrón» de todos los practicantes de Yoga; Él es la deidad de los yoguis por excelencia y es a menudo representado como un yogui. Alrededor de su cuello hay una serpiente, símbolo de su poder sobre la muerte. En su frente hay un tercer ojo, a través del cual se obtiene la visión y el conocimiento místico.  Su toque de tambor para crear el OM se dice que resuena en el corazón y en todo el universo.

5. Distintos instructores y difusores de Yoga, como Ana Paula Domínguez (Directora del Instituto Mexicano del Yoga) confirman que, en efecto, las diferentes posiciones de ese método encarnaban al dios Shiva, a quien los hundues solían adorar mediante un símbolo fálico llamado linga, y que «el objetivo era obtener la liberación al fundirse con aquella poderosa deidad». En Argentina, la maestra Amrit Dev Kaur, especialista en «kundalini yoga», explica así su propio aspecto personal: «el turbante representa votos profundos que tomamos para ser personas que guían a nuestra comunidad. El blanco ayuda a los resultados de la meditación que hacemos, aumenta el aura y el campo electromagnético». Esta gurú dice que el objetivo del Yoga, que se hace trabajando sobre el templo que es el cuerpo, es «unirse con el Uno, con la divinidad». Aunque insiste en aclarar que «el Yoga no es una religión», después afirma que «el Yoga puede ayudar a conectar en un camino personal hacia esta divinidad, conectarte con el alma». Yendo más allá en lo doctrinal, ella plantea que «tenemos un destino y en cada encarnación tenemos la posibilidad de llegar a este destino. En Yoga es ser unido con el infinito, literalmente ser iluminado».

6. La llamada «apertura del tercer ojo» ha sido motivo de interés de los yoguis, swamis y «maestros» orientales, como también de los ocultistas occidentales, pues afirman que con ello se tiene acceso al conocimiento de todo cuanto existe, de toda la realidad, aún de la sobrenatural (por ejemplo, sobre el futuro). Por ello, personalidades como el fundador del satanismo, Aleister Crowley (el satanista más depravado de todos los tiempos), y Jon Klimo (el médium más famoso de la historia), practicaban y recomendaban ampliamente el Yoga. Uno sólo tiene que hojear las páginas del Antiguo Testamento para ver que tales habilidades son realmente poderes ocultos y que están condenados por Dios en la forma más inequívoca y enérgica. (Lev 19, 26.31; Dt. 18,9-14; 2 Re 17,13-15. 17-18; 2 Cro 33,1-2.6)

7. Asociaciones como la Masonería (excomulgada por la Iglesia Católica) promueven dicha práctica oriental. En el ritual llamado «Paladión», el segundo paso (de cinco en total) consiste en la «iluminación» o apertura del «tercer ojo». Willian Shnoebelen (ex satánico y ex masón), quien practicó el ritual, afirma que ese ojo «es el punto de contacto entre los humanos y la conciencia de Lucifer», y se comienza a «pensar como él piensa y a ver con sus ojos...».

8. Gopi Krishna, ex yogui de Cachemira, quien introdujo la teoría del “Kundalini” («energía vital» y «serpiente»), estuvo a punto de caer en la demencia completa en el año de 1937, mientras meditaba sobre su «chakra» superior (o «tercer ojo»). Dijo: «De aquí en adelante, durante largo tiempo, tuve que vivir pendiente de un hilo, debatiéndome entre la vida y la muerte, entre la salud y la enfermedad. (…) He pasado por casi todas las etapas de (...) tipos de mente: mediúmnica, psicótica y otros; durante un tiempo estuve alternando entre la cordura y la locura».

9. El Swami Prabhavananda advierte sobre los peligrosos efectos físicos que pueden resultar de los ejercicios de respiración de las técnicas de Yoga: «A menos que se hagan correctamente, hay una buena posibilidad de dañar el cerebro. Y las personas que practican este tipo de respiración sin una supervisión adecuada, pueden sufrir una enfermedad que ninguna ciencia o médico conocidos pueden curar». Los ejercicios respiratorios tienen como finalidad, en la religión hindú, aspirar el prana = la esencia del éter, el Atman-Brâhman, lo divino, la «fuerza vital”» (la energía). Asimismo, el yogui Shakta Kaur Khalsa afirma: «El mito de que el kundalini es peligroso sólo sería posible mediante una muy mala práctica... la técnica y preparación adecuadas son el aislante necesario para el flujo correcto de la energía kundalini». Toda postura tiene un significado relacionado con el hinduismo, por ejemplo, en la postura del saludo al sol se adora al dios Surya.

10. Ana Paula Domínguez y Marco Antonio Karam (Director de Casa Tíbet México), reconocieron juntos en el programa radiofónico «¿Qué tal Fernanda?», en el año 2004, que el Yoga puede presentar un riesgo para quienes lo practican, debido, en parte, a que en México existen numerosos institutos o escuelas no autorizados para enseñarlo.

11. El sacerdote católico Manuel Guerra, un importante investigador de las sectas, afirma que es un riesgo «suprimir la conciencia», pues según el segundo principio del «sutra» (discurso de Buda), «el Yoga consiste en impedir que la conciencia/pensamiento tome formas diversas», o sea, es la «cesación de la actividad mental».

12. Otro sacerdote estudioso del tema, Alfonso Uribe Jaramillo considera: «El Yoga puede ser instrumento válido para el hindú que busca con sinceridad la salvación y no ha conocido la verdad revelada por el Verbo de Dios. Pero para el cristiano, es un camino erizado de peligros y, a la larga, si no lo aparta de Jesucristo, lo llevará a una gran confusión, pero no a la verdadera perfección cristiana». Al final del artículo comparto un video con el testimonio del padre Joseph Marie Verlinde, un ex yogui convertido al catolicismo, que vale mucho la pena ver.

13. El Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México señala: «El Yoga es, en su esencia, un ejercicio espiritual y corporal nacido de la espiritualidad hindú. Las posturas y ejercicios, aunque se presentan como un simple método, son inseparables de su sentido propio en el contexto del hinduismo. El Yoga es una introducción a una tradición religiosa muy ajena al cristianismo. La palabra «Yoga» significa «unión». Habría que preguntarnos: ¿unión con qué?». Debido a que el Yoga indica unión, debemos preguntarnos: ¿qué une el yoga? La tradición Yoga clásica sostiene que todo Yoga debe asociarse a los dioses del hinduismo.

14. El Consejo Pontificio para la Cultura y el Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso del Vaticano, ubican al Yoga como parte de las muchas prácticas de la New Age, al mismo tiempo en que lo cuestiona como forma de «iluminación».

15. Existen ya testimonios de posesiones demoniacas, parciales o totales, en personas que han practicado el Yoga, debido a que todo eso debilita el alma y deja la puerta abierta al enemigo. Los mismos ocultistas y médiums ya mencionados, confirman lo anterior, pues usaban su cuerpo con esta técnica para entrar en contacto con los «muertos» (espíritus malignos).

V. LO QUE LA IGLESIA CATÓLICA AFIRMA DEL YOGA:

Podemos afirmar que, la Iglesia Católica, no está a favor del Yoga, pero, la Iglesia Católica tampoco está en contra del Yoga. Y no se trata de un juego de palabras, sino de un resumen simple de lo que señala el Magisterio. Algo que podemos encontrar explicado, sobre todo, en un documento que publicó en 1989 la Congregación para la Doctrina de la Fe, firmado por su entonces prefecto, el cardenal Joseph Ratzinger (Hoy Papa Emérito Benedicto XVI), y aprobado por san Juan Pablo II. Se conoce con su inicio en latín, «Orationis formas», y se trata, como su mismo título indica, de una «Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre algunos aspectos de la meditación cristiana» cuyo enlace está al final de este artículo.

Esta carta responde a una preocupación de nuestros pastores por el interés que empezaron a suscitar desde aquellos años, diversas formas de meditación ligadas a algunas religiones orientales y a sus peculiares modos de oración, interés que hacía precisos «criterios seguros de carácter doctrinal y pastoral». El documento insiste en que se refiere a la cuestión del «valor que pueden tener para los cristianos formas de meditación no cristianas», y más específicamente habla de «los métodos orientales». ¿De qué métodos habla? Como explica en su primera nota a pie de página, son «métodos inspirados en el hinduismo y el budismo, como el «zen», la «meditación trascendental» o el «Yoga» que, no pocas veces hoy en día, son utilizados también por algunos cristianos en su meditación».

El dicasterio vaticano encargado de velar por la integridad de la fe podría haber contestado, como pasa en otras ocasiones, con un «sí» o un «no» a la pregunta de si un católico puede practicar el Yoga. Así lo ha hecho en algunos casos, como cuando se le ha preguntado por la validez del bautismo administrado por algunos movimientos de apariencia cristiana. O con una respuesta explicada y razonada, como por ejemplo hicieron los obispos de los EE.UU. hace unos años al tratar el tema del reiki, señalando que es incompatible con la fe cristiana. En el caso del Yoga, según la Iglesia, es necesario un discernimiento cuidadoso, y eso es lo que pretende esa carta que vale la pena leer.

La carta subraya el resumen que hace San Agustín de la experiencia espiritual: «desprecia el mundo exterior y entra en ti mismo; sin embargo, prosigue, no te quedes allí, sino sube por encima de ti mismo, porque tú no eres Dios: Él es más profundo y grande que tú». El hombre descubre dentro de sí mismo algo que lo trasciende. Si se identifica a sí mismo con ello, se equivoca. Por otro lado, no podemos llegar al amor perfecto de Dios si no es en su revelación definitiva: Jesucristo. En él, Dios se ha dado a los hombres.

De entre todas las observaciones del documento, destaca la que habla sobre la consecuencia espiritual y física en el número 28 —cuestión que resulta de la práctica del Yoga, por ejemplo— afirmando que no es siempre lo que parece ser: «Algunos ejercicios físicos producen automáticamente sensaciones de quietud o de distensión, sentimientos gratificantes y, quizá, hasta fenómenos de luz y calor similares a un bienestar espiritual. Confundirlos con auténticas consolaciones del Espíritu Santo sería un modo totalmente erróneo de concebir el camino espiritual. Atribuirles significados simbólicos típicos de la experiencia mística, cuando la actitud moral del interesado no se corresponde con ella, representaría una especie de esquizofrenia mental que puede conducir incluso a disturbios psíquicos y, en ocasiones, aberraciones morales». Me vienen a la mente unas palabras que san Pablo dirije a los Corintios en su segunda carta: «No se maravillen, pues también Satanás se disfraza de ángel de luz» (2 Cor 11,14).

En el año 2003, el Consejo Pontificio de la Iglesia Católica para el Diálogo Interreligioso, publicó un documento titulado «Jesucristo: Portador del Agua de la Vida» (cuyo enlace está también al final de este artículo) que, está centrado en el movimiento de la «New Age» (Nueva Era), encontramos incluido nuevamente el tema del Yoga en el número 2: «Entre las tradiciones que confluyen en la Nueva Era pueden contarse: las antiguas prácticas ocultas de Egipto, la cábala, el gnosticismo cristiano primitivo, el sufismo, las tradiciones de los druidas, el cristianismo celta, la alquimia medieval, el hermetismo renacentista, el budismo zen, el Yoga, etc.».

VI. EJERCICIO FÍSICO Y MEDICINA ALTERNATIVA:

Está claro teóricamente para algunos, que me rebaten en este tema, que es posible un Yoga despojado de todo elemento de cosmovisión, filosofía o espiritualidad oriental. Algo que sería asumible por cualquier persona, tenga las convicciones que tenga. Pero la realidad, de la que he hablado y a la vez tomado una muestra aquí, parece demostrar que cada vez es más difícil. Un católico —lo digo a manera de pregunta— ¿podría recibir la Eucaristía y no ser participe de algo religioso? O planteándolo de otra manera: Si un ateo toma y consume una Hostia consagrada ¿podemos sostener que no ha recibido el Cuerpo de Cristo porque no cree que sea lo que es? ¿Podríamos afirmar que simplemente ha «experimentado los mecanismos físicos» de recibirlo pero no se ha involucrado en una actividad espiritual? Técnicamente hablando, la Eucaristía tiene una realidad espiritual independiente de las creencias de quien la recibe, y los estudiosos de la materia afirman que lo mismo ocurre con el Yoga. Así como la presencia real de Cristo está contenida dentro de la Hostia consagrada, independientemente de si quien la recibe cree o no, así también el Yoga tiene un componente espiritual que es real, independientemente del propósito específico de quien lo practica. Recientemente el papa Francisco, por su parte, se preguntaba en una de sus homilías en Santa Marta (9/01/15): «¿Quién nos enseña a amar?». Y contestaba: «tú puedes hacer mil cursos de catequesis, mil cursos de espiritualidad, mil cursos de yoga, zen y todas esas cosas. Pero todo eso nunca será capaz de darte la libertad de hijo».

Algunas personas que practican el Yoga como ejercicio físico, pueden encontrar una alternativa para en los ejercicios «Pilates», un sistema de acondicionamiento físico —cada vez más popular— desarrollado en el siglo 20 por Joseph Pilates (1880-1967). Hay que decir que el Yoga no trata, primordialmente, de la flexibilización del cuerpo; pero sí del uso de los medios físicos para llegar a un fin espiritual. Por lo tanto el problema de separar en él lo físico de lo espiritual es en verdad una contradicción en sus propios términos. De hecho, si uno consulta la masiva cantidad de material disponible, se hace patentemente claro que las consideraciones referidas a los beneficios físicos son secundarias. Normalmente, el Yoga es presentado como algo que trata primordialmente de actualizar el potencial espiritual propio, logrando «libertad», trascendiendo el ego y cosas semejantes.

Pilates llamó a su método «Contrología», porque creía que su método utiliza la mente para controlar los músculos. El programa se centra en los músculos que rodean la columna vertebral y los órganos internos, que ayudan a mantener el cuerpo equilibrado y que son esenciales para proporcionar apoyo. Pilates —que debo aclarar que yo no lo practico— se basa en ciertos principios para acondicionar el cuerpo entero: la alineación adecuada, centrado, concentración, control, precisión, respiración y movimiento fluido. A partir de esta descripción de los ejercicios de Pilates, me parece que no hay razón alguna de alarma para los cristianos. Todos los cristianos deben estar preocupados con una dieta adecuada y ejercicio para que nuestros cuerpos, que son el templo del Espíritu Santo (1 Corintios 6,19), se mantengan en tan buenas condiciones como sea posible. La mayoría de los programas de Pilates se concentran exclusivamente en los ejercicios físicos. Sin embargo, de todas maneras, hay que tener cuidado porque algunos, tratan de incorporar los aspectos de las religiones orientales o el pensamiento del New Age.

Lo prudente que debe hacer todo cristiano que está considerando la posibilidad de hacer Pilates, es hablar primero con el instructor para determinar sus inclinaciones filosóficas. Si el instructor enseña Pilates puro, no hay nada que impida a los cristianos el participar. 

Respecto a la utilización del Yoga como medicina alternativa, hay tratamientos de medicina alternativa que parecen bastante seguros y que no se oponen a la fe, a menos que al aplicarlos le revuelvan un discurso religioso raro. Las pastillas o nódulos de la homeopatía, las agujas de la acupuntura y los masajes de los quiroprácticos, son ejemplos de ello, aunque en todos los casos —como ya mencioné— hay que ver quién aplica el tratamiento, en qué circunstancias, de que manera y diciendo qué discurso. Hay médicos que dicen que el Yoga puede ser cristiano, si se le mira como una forma de «pacificar» y «armonizar» el organismo, sobre todo a base de ejercicios de respiración. Yo creo que aprender algunas técnicas básicas de relajación es algo que nos hace bien a todos, pero hay que saber que el riesgo de que le revuelvan algo al Yoga es muy, muy alto. Pronto los instructores hablarán de chacras y reservorios energéticos, y de ahí pasarán al aura, o a una versión sobre el alma humana que está diseñada para hablar luego de reencarnación. El efecto final será desastroso. 

A MANERA DE CONCLUSIÓN:

He tocado un tema bastante resbaladizo y lleno de enredos, que tal vez me traerá, como dije al inicio, algunas discrepancias con alguno que otro católico, para elaborarlo consulté la Sagrada Escritura, varios artículos, manuales, documentos de la Iglesia, libros de doctrina católica y protestante, encuestas, etc. de lo cual mucho se puede encontrar bien fundamentado en Internet. Lo que expongo no significa que debamos condenarlo todo, sino sólo discernir, discernir mucho y en todo lugar desde nuestra fe católica, nuestra fe cristiana. La fe vale más que la salud misma, pues hay un salmo que le dice al Señor: «Tu gracia vale más que la vida» (Salmo 62). Dedico esta mi aportación sobre el tema, a todos mis compañeros del energy fitness, que día a día nos encontramos para practicar el ejercicio físico que sostiene de buena manera nuestro cuerpo, Templo vivo en donde mora el Espíritu Santo y que me preguntaron hace unos días: ¿Padre, qué piensa usted del Yoga?

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.