viernes, 18 de septiembre de 2026

«DISCÍPULOS AGRADECIDOS EN COMUNIÓN Y CAMINO SIEMPRE SIRVIENDO»... Un pequeño pensamiento para hoy


Casi llego al final de estos días maravillosos que he pasado en este hermoso archipiélago del sudeste asiático y mi corazón se llena de gratitud por el camino compartido con dos grupos de 30 misioneras clarisas indonesias, ya que entre ellas solamente hay una costarricense que está en la casa de Vietnam. La reflexión y la gracia de Dios que nos ha acompañado en esta «Experiencia Inesiana» que antes había vivido solamente en México. No me parece casualidad que para iluminar el cierre de esta experiencia inesiana y renovar nuestra misión en medio del mundo, aparezca el evangelio de hoy (Lc 8,1-3) regalándonos un ícono luminoso de seguimiento y servicio: aquellas mujeres que caminaban con Jesús que me recuerdan a estas hermanitas consagradas con las que he compartido la mayoría de las conferencias que he impartido en esta isla de Java. El texto nos dice que a Jesús lo acompañaban los Doce, y también algunas mujeres: María Magdalena, Juana, Susana y muchas otras que «les servían con sus bienes». En ellas contemplamos no solo una imagen de la vida consagrada, sino también una llamada para todos los bautizados: caminar cerca del Señor, poner la vida al servicio del Reino y sostener la esperanza allí donde Dios nos ha sembrado.

Este pasaje rompe esquemas y nos regala tres claves fundamentales para la Iglesia de hoy: Primero, ser discípulos agradecidos, porque todos hemos experimentado de algún modo el amor transformador y sanador de Jesús. Segundo ser discípulos-misioneros en comunión y camino, porque Jesús incorpora a su comunidad a hombres y mujeres que anuncian juntos el Reino. Y tercero, servidores concretos que sostienen la misión con lo que son y con lo que tienen. Y pongo en tercer lugar esto no porque se ad e menor importancia, sino que, al contrario, quiero detenerme más en esta clave ya que el «servir» —diakonia— es el mismo término que Jesús usa para definir su propia misión, y por eso no pertenece solo a él o a algunos cuantos: es vocación de todo cristiano. También mi misión como sacerdote aquí en Indonesia en este viaje misionero que casi termino, me ha permitido contemplar esta verdad con especial fuerza: comunidades sencillas, familias, jóvenes, Vanclaristas y consagradas que, desde la discreción de la vida cotidiana, hacen visible el rostro cercano, materno y servicial de la Iglesia indonesia.

El mundo y la Iglesia nos necesitan a todos. Cada uno en su comunidad, en su trabajo, en su familia o en su misión cotidiana con la tarea de sostener el Evangelio no solo con recursos materiales, sino con una fe encendida, humilde y perseverante que contagie. Que el testimonio de María Magdalena, Juana y Susana, junto con el espíritu misionero de la beata María Inés, nos ayude a seguir caminando con Jesús y a reconocerlo vivo en los pueblos que servimos. Desde mi propia experiencia sacerdotal en Indonesia, donde tantas veces la fe crece en medio de la sencillez, la diversidad y el diálogo paciente, les digo: ¡seamos testigos de Resucitado y colaboremos con el compromiso misionero que recibimos en el bautismo a sostener con esperanza nuestro entorno formado por quienes esperan —a veces sin saberlo de una manera concreta— la llegada del Reino. «Oportet Illum Regnare»... ¡No lo olvidemos! Que María, la primera discípula, guíe nuestros pasos para que el anhelo de Madre Inés, de que todos conozcan y amen a Jesús, se haga realidad. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

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