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domingo, 26 de enero de 2025

«Diez características de un buen discípulo–misionero»...


1.- Un buen discípulo–misionero ha de asumir el llamado o vocación cualquiera que sea (religiosa, laical, sacerdotal, misionera) con responsabilidad.

2.- Un buen discípulo–misionero debe estar unido a Jesús para ser uno con Él y amar al prójimo con alegría y sencillez ofrendando la vida por Él, con Él y en Él bajo la mirada de María, la Madre de Dios, la primera discípula–misionera.

3.- Un buen discípulo–misionero debe ser alma de oración, fuerza invisible para toda vocación (misionera, laica, religiosa o sacerdotal) impregnada en las estructuras espirituales y sociales.

4.- Un buen discípulo–misionero debe ser transmisor de lo que ha vivido en el encuentro con Cristo sirviendo a los demás con gratitud, fidelidad y generosidad

5.- Un buen discípulo–misionero vive en plenitud los sacramentos de la Eucaristía y la Reconciliación para volver a siempre a Cristo y transmitir su experiencia en el amor al prójimo.

6.- Un buen discípulo–misionero está convencido de que el amor de Dios es capaz de aniquilar la acción del maligno por eso se abandona con confianza a la Providencia divina.

7.- Un buen discípulo–misionero vive en estado de conversión mirando al cambio social, con un testimonio valiente para predicar el Evangelio, siempre con humildad y respeto buscando impregnar a la sociedad con el Espíritu Santo.

8.- Un buen discípulo–misionero está en el mundo y busca iluminarlo cristianamente con la fe inquebrantable en Jesús, asistiendo al más necesitado, adaptándose a las circunstancias y lugares en donde vive y desarrolla su tarea apostólica.

9.- Un buen discípulo–misionero es un gran defensor de la vida y la familia y lucha contra las cosas negativas de las ideologías que apartan del plan de Dios para cada hombre y mujer.

10.- Uu buen discípulo–misionero construye bases solidas en los valores cristianos dentro de los hogares, instruyendo a todos en el Evangelio, viviendo y compartiendo la vida en la comunicación siempre lleno de esperanza.

Padre Alfredo.

viernes, 1 de mayo de 2020

Mantener vivo el espíritu misionero en Van-Clar... Un tema para Van-Clar



Vivir para Cristo significa para el Vanclarista:

1. Vocación. Haber sido llamados por él: 

"Subió al monte y llamó a los que él quiso" (Mc 3,13). "Ustedes no me escogieron a mí; soy yo quien los escogí a ustedes" (Jn 15,16). El seguimiento antes de ser una respuesta es una llamada de Dios. No es un mérito del llamado sino un don gratuito que exige pureza de corazón y rectitud de intención.

2. Intimidad con Jesús, compartir la vida con él: 

"Rabí, ¿dónde vives? —vengan y lo verán. Fueron y vieron dónde vivía y se quedaron con él" (Jn 1,38-39). Jesús quiere ante todo amigos que vivan con él, por él y para él; que puedan decir como San Pablo: "No soy yo el que vive, sino que es Cristo él que vive en mí" (Gál 2,20).

3. Desprendimiento de la vida anterior y de todo aquello que pueda obstaculizar un fiel seguimiento:

"Vende todo lo que tienes, dáselo a los pobres, y así tendrás un tesoro en el cielo. Después ven y sígueme" (Mc -10,21). "y ellos dejándolo todo le siguieron" (Lc 5,11).

4. Testimonio: 

"Ustedes serán mis testigos" (Hech 1,8). Seguir a Cristo significa dar la cara por él; no acobardarse; no hacer de hipócrita; ser coherente y anunciarlo aún a costa de la propia vida. 

5. Decisión resuelta y rápida para trabajar en los intereses de Cristo: 

"Sígueme y deja que los muertos entierren a sus muertos" (Mt 8,22). Jesús no admite titubeos, decisiones a medias, postergaciones reiteradas...

6. Imitación: 

Vivir como él; configurarse con su estilo de vida virgen, pobre y obediente. Progresivamente ir adoptando sus mismas actitudes intenciones: mentalidad, sentimientos, intereses. Dejarse invadir por su espíritu y su lógica. "Tengan entre ustedes los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús" (Fil 2,5).

7. Confianza, fiarse plenamente de él: 

Adhesión total a su persona: Él es el Absoluto, todo lo demás es relativo. Como decía Madre Inés: «La única realidad eres tú Jesús». Nada puede ser preferido a él. "Gente de poca fe, ¿por qué tienen miedo?" (Mt 8,26). "No anden preocupados por su vida: ¿qué vamos a comer?, ni por su cuerpo: ¿qué ropa nos pondremos?" (Mt 6,25).

8. Fidelidad: 

Compromiso firme y duradero que prolongue el “Sí” de María al estilo de Nuestra Madre la beata María Inés, sin novedades, sin abandonar el propio carisma. "Todo el que pone la mano al arado y mira para atrás, no sirve para el Reino de Dios" (Lc la, 62). "El que se mantenga firme hasta el fin se salvará" (Mt 10,22).

9. Misión: 

Seguir a Jesús significa compartir su misión: "Síganme, que yo les haré pescadores de hombres"(Mc 1,17). "Así como el Padre me envió a mi, así los envío a ustedes" (Jn 20,21). "Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación" (Mc 16,15). Jesús llama siempre para cumplir una misión o tarea en beneficio de los demás. Decía Madre Inés: «Yo me ocuparé de tus intereses y tú te ocuparás de los míos».

10. Comunidad: 

Seguir a Jesús es vivir en intimidad con él y con los demás que han sido llamados. Es vivir en fraternidad y convivencia con los otros. "Constituyó a los Doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar" (Mc 3,14). "Estos son mi madre y mis hermanos, los que escuchan la Palabra de Dios y la practican" (Lc 8,21). Los que han sido llamados para seguir a Jesús como Vanclaristas, normalmente crecen, se forman y misionan en comunidad, practicando en ella el mandamiento del Señor: "ámense los unos a los otros como yo los he amado" (Jn 15,13). "Que todos sean uno como Tú; Padre, estás en Mí y Yo en Ti; sean ellos también uno en nosotros: así el mundo creerá que Tú me has enviado" (Jn 17,21). Madre Inés dice: «Que todos te conozcan y te amen es la única recompensa que quiero».

Padre Alfredo.

martes, 11 de diciembre de 2018

«En el día del Vanclarista»... Este 12 de diciembre


«María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea y entrando en la casa de Zacarías, saludó a Isabel» (Lc 1,39). Isabel, sin necesidad alguna de la Virgen hablara, comprendió quién estaba en su casa. La alegría de la «Sierva del Señor» se proyecta en esta visita.

Hoy recordamos la visita que hace muchos años María hizo a nuestro continente americano, a México en concreto en el cerrillo del Tepeyac. Y hoy, también ella nos visita para repetirnos aquellas palabras que dijo a san Juan Diego: «¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?». ¿Sabremos corresponder a su maternal protección en un mundo que cambia de un modo tan rápido y profundo y que parece hacer a un lado el cúmulo de valores evangélicos que Cristo vino a dejarnos?

Las debilidades y los errores de los hombres a lo largo de tantos años no han impedido a la protección materna de la Morenita del Tepeyac, que comenzó casi con la conquista, extenderse por todo el continente y por muchas partes más. Es más, Ella, la «Dulce Morenita del Tepeyac» como la llamaba la beata María Inés Teresa, ha marcado profundamente la conciencia y los corazones de muchos hombres y mujeres no sólo americanos, sino de los otros continentes. La espiritualidad mariana y guadalupana se extiendo por el mundo entero.

La espiritualidad mariana es algo muy especial de todo Vanclarista. Precisamente la beata María Inés, al fundar Van-Clar, quiso que el día del Vanclarista se celebrara precisamente el 12 de diciembre, recordando que cada uno debe vivir par Cristo bajo el amparo de Ella. En cada miembro de Van-Clar el ser mariano es una postura permanente de fidelidad a Jesús Eucaristía, a la Palabra de Dios, a la acción del Espíritu Santo, a María y a sí mismo por su compromiso misionero.


Sé que en muchas partes se reúnen en torno a este día para celebrar a la Madre Dios y para celebrar el «sí» que cada uno ha dado al aceptar la invitación a dar testimonio de vida cristiana en el lugar en donde se encuentren. Esta fiesta es, de esta manera, algo entrañable, pues al dejarla como Patrona Principal no solo de Van-Clar sino de toda la Familia Inesiana, Madre Inés ha querido dejarla como modelo de vida que se encamina presurosa a llevar a Cristo, quedando ligada indisolublemente a la historia de nuestra familia misionera invocada constantemente, como lo hacía ella, como amiga y compañera que nos visita y se queda con nosotros. 

En el Evangelio se narra que María visita a Isabel, Ella, la que ha comenzado a ser la Madre de Dios, la sierva del Señor, se encamina presurosa a compartir su dicha en el servicio, comunicando a Cristo la dicha de la que será siempre su misión de servicio al Padre: ¡Dar a Cristo a la humanidad!

Ella, la redimida y asociada al redentor, la humilde sierva y la que llaman dichosa todas las generaciones, es nuestra Patrona Principal, nuestra amiga y compañera, nuestro modelo de apóstol, por eso la beata solía repetir constantemente y con sencillez: «¡Vamos María!»

«¡Vamos María!», porque el apóstol, no puede prescindir de quien Cristo no ha querido prescindir. «¡Vamos María!», porque los sentimientos de Jesús acerca de su Madre deben estar presentes en la vida de todo apóstol: María en el Adviento, María en Belén, María en Nazareth, María en el Calvario, María en la Pascua. «¡Vamos María!», porque las devociones y medios de piedad marianos que vivimos, se transforman en actitudes profundas y convencidas que duran toda la vida. «¡Vamos María!», porque Ella nos habla de silencio fecundo, de servicio que edifica, de responsabilidad que conduce a la santidad.


Su visita, vestida de guadalupana, nos llenó de alegría en el Tepeyac, pero nos dejó también un compromiso, una tarea que cumplir... Su presencia entre nosotros en su santa imagen y en la casa que nos pidió que le construyéramos para allí mostrar todo su amor, nos invita a imitar, como discípulos–misioneros y como hijos de Madre María Inés, su actitud de paz, de consuelo, de gozo, de alegría.

En la Familia Inesiana su imagen y su casa las hemos reproducido ampliamente. Ella está en todas nuestras casas como estandarte de paz, de dicha, de amor, re reconciliación entre Dios y la tierra.

«María de Guadalupe será el alma del alma de este instituto» dijo nuestra amada fundadora. En el Tepeyac tenemos a nuestra Madre amorosa que nos ama como a un hijito tierno y delicado. Ella, con su calor maternal nos vivificará, Ella será la maestra por excelencia de cada Vanclarista. Ella infundirá en cada uno su mismo espíritu, aquel su amor que la hizo descender del cielo a esta tierra de Anáhuac para acoger, tierna y cariñosa, al pequeñito hijo que en la fe le había nacido.

Quien dice «Tepeyac» dice Madre amorosísima y tierna, Madre que arrulla y que acaricia, Madre que sonríe y protege; Madre que, en la cima de ese cerro bendito, quiso manifestar toda la ternura que encierra su corazón hacia un ser pequeñito y aparentemente insignificante.


Dice Madre Inés que todo en esta obra misionera que ella, inspirada por Dios fundó: «tiene el sello guadalupano». Pues ahora, con ese sello, quisiera terminar esta reflexión repitiendo unas palabras que dijo Madre Inés en una ocasión, según lo testimonia uno de sus escritos:

«Hoy, renovando mis donaciones anteriores, pongo en tus manos pastora y rebaño: mira que hay en él almas muy hermosas que viven sólo de Dios y por las almas: hay otras que, aun no valorizan como deben la gracia insigne de su vocación: sé de éstas aun mas Madre que de aquellas, porque te necesitan más: tú sabes que, a pesar de todo, todas tienen buena voluntad: en tus manos las dejo, en tu corazón purísimo las guardo: presérvalas del mal, ayúdalas, santifícalas, anímalas a realizar su ideal» (Ejercicios Espirituales de 1950).

Padre Alfredo.

domingo, 25 de noviembre de 2018

«VAYAN TAMBIÉN USTEDES A MI VIÑA»... Un llamado a los Vanclaristas a la evangelización


«Vayan ustedes también a mi viña» (Mt 20,7) dice nuestro Dios, que es un propietario con un terreno inmenso. Desde las horas tempranas de la historia de nuestra salvación, salió al encuentro de hombres y mujeres para que se sumen a la tarea de extender su reino. Él mismo, en su Hijo Jesucristo, ha tomado la responsabilidad y es el primer interesado en conseguir un número inmenso de colaboradores en su terreno. Hay mucho trabajo que hacer, y los que hemos sido escogidos no podemos quedarnos con los brazos cruzados. Será pesado el día y habrá horas de bochorno, es cierto; pero vale la pena poder ayudar en algo en este proyecto divino. Ahora que han pasado los diversos encuentros regionales de Van-Clar en México, y en este día en que celebramos la fiesta de Nuestro Señor Jesucristo Rey del universo, que, a nosotros como misioneros, nos incumbe del todo, me viene compartir con ustedes esta reflexión que espero les ayude. Con ella va mi admiración y gratitud a cada uno de nuestros hermanos Vanclaristas diseminados en diversas naciones del mundo que necesita el contagio de ese «sí» que han dado al amo de la viña.


1. Los laicos. 

Dios nos llama a trabajar en su viña, que es el mundo, sin ponernos condiciones. Lo único que pide es el deseo de trabajar en su viña para extender el reino. El Reino que estamos llamados a construir con Dios pide dar todo lo que somos y tenemos en bien de una misión más grande que cada uno de nosotros. Estos son los horizontes que abren al Reino de los cielos.

Una hermosa vocación para colaborar en la instauración en este reino es el laicado. Los fieles cristianos laicos siguen a Cristo y dan testimonio de su presencia sin abandonar su lugar en el corazón del mundo. Los laicos son quienes tienen la tarea de hacer presente a la Iglesia en los variados sectores del mundo, siendo testigos, siendo signos y fuentes de fe, esperanza y amor. Su misión es ser de la Iglesia en el mundo, por eso los fieles laicos tienen que ser comprometidos, competentes y conscientes, dando testimonio de Cristo en la simplicidad y la sencillez de la vida ordinaria de cada día.

La bondad del propietario de la viña se ha desbordado invitando a todos a trabajar. No pide currículum, no hace entrevistas previas para examinar la cantidad de conocimientos o experiencia. Deja las plazas abiertas para que nadie se quede desempleado. Llama a todos a este campo, que es el mundo, sin poner condiciones. Lo único que pide es el deseo de trabajar en su viña con perseverancia y fidelidad. ¡No se necesita ser un experto para trabajar en la viña de la Iglesia! ¡No hace falta ser especialista para extender el Reino de Dios en nuestra sociedad!

Hay unas palabras que la beata María Inés teresa del Santísimo Sacramento que escribió cuando era seglar, todavía mucho antes de escuchar la llamada del Señor a la vida consagrada. Es una carta que dirige unas palabras a sus compañeras de la Acción Católica de la que formaba parte y en la que les dice: «ÉL nos escogió, ¿y para qué? ¿Para qué nos retirásemos en un convento? ¿Para qué nos consagrásemos a Él exclusivamente? No, nos escogió, sencillamente... ¡para trabajar en su viña! (A mis queridas compañeras).


2. La iluminación de la Palabra.

Aquel día del que habla el evangelista parece que todo iba de maravilla y se vislumbraba un final feliz de la jornada. Un amo empeñado, a todas horas del día, en que nadie desperdiciara su vida quedándose sin trabajar. En su viña había quehacer para todos los que quisieran trabajar y había, al mismo tiempo, paga para todos. A todas horas del día se escuchaba en la plaza aquella voz que increpaba: «¡Vengan también ustedes...!» Todos, hasta los que llegaron al último: «¡También ustedes!
Y, al final, a la hora de pagar aquel trabajo realizado... ¡un denario!... comenzando a pagar por los que llegaron casi al final de la jornada. Los demás, que empezaron a ver aquello pensaron: «¡Qué dicha! Si a estos les da un denario, ¿cuánto nos irá a tocar a nosotros que llegamos desde el amanecer?»

Pero, de repente, la fiesta se nubla: ¡Un denario a cada uno... a todos por igual! ¡Qué cosa! Tormenta, indignación, murmuración, escándalo, injusticia... ¡todos a unirse en la protesta!... y nosotros tal vez con ellos. ¡Qué escándalo! Han dejado de funcionar las leyes tan humanas que dicen aquello de ¡a cada uno lo que merece!... o ¡cada quién lo que se gane!,... ¡hay que mantener las diferencias!

Sorpendidos por esta situación, todos reciben un denario y la parábola nos obliga a dar un salto. ¿Injusticia?, ¡para nada!... ¡quedamos desde esta mañana que la paga sería eso: un denario. A eso nos ajustamos y aquí está... «toma lo tuyo y vete». Has desarrollado tu trabajo, has entregado tu tiempo, vete feliz que eso acordamos.


3. Los Vanclaristas. 

No podemos olvidar que los Vanclaristas son laicos comprometidos que están llamados a la vida del testimonio en el mundo. La beata María Inés, al fundar Van-Clar, no pensó en un grupo de reuniones sociales de gente ociosa o en un cerrado conjunto de intelectuales que dejaran su vida encerrada en el saber y saber del mundo. Un Vanclarista nunca podrá estar ocioso porque nadie le ha contratado, pues la beata, Nuestra Madre fundadora, pensó en el Vanclarista como «brazo derecho« en nuestra Familia Inesiana.

La beata María Inés tenía muy clara la vocación del Vanclarista, como ella misma lo expresa: «Trabajar en la viña del Señor, es trabajar por la extensión de su Reino, por la dilatación de su nombre, procurando por todos los medios que nos sea posible que Él sea conocido y amado» (Experiencias Espirituales).

El Vanclarista irá construyendo el Reino, el cuerpo místico de Cristo en el ambiente en donde vive, muy unido a la cabeza de esta Iglesia que es el mismo Jesucristo, el Rey del universo y lo ha de hacer trabajando de forma activa, consciente y responsable, unido a la pastoral de su Iglesia local, porque es Cristo quien lo ha llamado a ser apostólico y contemplativo obrero de su viña.

La bondad del amo de la viña se ha desbordado, él es universal e igual para todos, aunque el trabajo y los horarios sean diversos. Aquí no hay méritos, ni medidas... sólo resplandece la bondad y el amor por parte del amo y la satisfacción de haber trabajado por la viña que a todos nos da para vivir sin avaricias ni diferencias.


4. El compromiso. 

Los miembros de Van-Clar, saben que el pertenecer a este grupo misionero de la Iglesia Católica, son llamados a vivir su compromiso bautismal en plenitud en las diversas áreas de sus vidas, sin hacer a un lado la vida social y apostólica, conscientes de ser un miembro vivo de la Iglesia. La beata María Inés dice al Vanclarista: «Toma como propio el deber de la evangelización y comparte con la esposa de Cristo (la Iglesia) la responsabilidad de hacer accesible el Reino de Dios a todas las condiciones sociales y culturales; dispuesto a prestar tu servicio en los diferentes campos misionales» (Guía del Vanclarista núm. 15).

La vida, los trabajos, el tiempo que gasta cada Vanclarista, se traducen en gracia de amor por todos en la viña. No se busca hacer un compromiso como Vanclarista para hacerse de privilegios ni para ganar méritos por ser o saber más y presumir de ello. El Vanclarista vive y trabaja en la viña para vivir en familia y construir la comunidad en torno al Rey del universo, al Rey de nuestra historia y nuestras vidas. 


5. El aquí y ahora.

La bondad del propietario e la viña, se ha «derrochado» sobre los Vanclaristas como misioneros laicos. Unos han llegado a formar parte del grupo desde el amanecer de sus vidas, otros al mediodía y algunos más al caer la tarde. Su denario, es decir, la paga de la entrega, ya está lista; no hay méritos ni medidas, ni competencias ni facturas, ni títulos ni distinciones. 

El trabajo en la viña, los sudores, la alegría, el cansancio, las alegrías, los sinsabores, las esperanzas, son gracia de amor de unos para con otros, como Dios lo es para todos. Se vive y se trabaja así, para crear «familia», comunidad de servicio y amor, no para crear privilegios ni para ganar méritos, sino para darse en servicio de amor, sin importar si están lejos unos de otros, solos en alguna ciudad o país. Hay que dejar ese pequeño y mezquino corazón y disfrutar esta vida de compromiso cristiano entregándose a los demás... ese es el «sobresueldo de los primeros: tener sanos los ojos y el corazón para amar a quienes han llegado después y son ya parte del equipo de viñadores.


6. La proyección.

Piensen los Vanclaristas en el bien inmenso que hacen colaborando, por poner un ejemplo, en el trabajo de catequesis de niños, jóvenes y adultos; en el apostolado con los enfermos y ancianos; en el servicio como ministros extraordinarios de la comunión eucarística y en las visitas domiciliarias; en el servicio litúrgico, como lectores y monitores y sobre todo, en el testimonio de su vida diaria viviendo a la sorpresa de Dios en un ambiente de oración constante y ofrenda de la vida, porque «Martha —dice Madre Inés— no puede estar sin María». Y cada Vanclarista es llamado a ser el alma de todo apostolado.

Vale la pena que cada uno proyecte su vida desde su tarea en la viña. Allí, en medio de esas ocupaciones está la Virgen, ella es la mejor trabajadora de la viña y la que mirando al amo dirá a cada Vanclarista: «¡Haz lo que Él te diga!» (Jn 2,5).

¡Sigan hacia adelante hermanos Vanclaristas! Cada uno de ustedes tiene un sitio, un trabajo en la Familia Inesiana, en la Iglesia, en el mundo. Por favor, no se olviden nunca de la primera vocación, la primera llamada. ¡Hagan memoria de su bautismo y del día que llegaron a Van-Clar! Con ese amor con el que fueron llamados, hoy el Señor los sigue llamando y como dice el Papa Francisco: «Que no disminuya esa belleza del estupor de la primera llamada. Después, continúen trabajando. ¡Es bonito! Continúen. Siempre hay algo que hacer. Lo principal es rezar». (Homilía del 2 de febrero de 2016).

Padre Alfredo.

jueves, 3 de agosto de 2017

Van-Clar, un grupo misionero para el mundo...

Van-Clar (Vanguardias Clarisas) es una rama de la Familia Inesiana (La familia misionera fundada por la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento) que acoge a laicos de toda edad, clase y condición que busquen vivir de una manera más concreta y comprometida el mandato misionero. Hay grupos de niños, de adolescentes, de jóvenes, de adultos, de matrimonios, de enfermos... 
Los de nuevo ingreso y los más pequeños, hacen una etapa inicial e formación llamada «Aspirantado» en donde se concientizan de la importancia de vivir el sacramento el bautismo, en donde todos recibimos ese mandato misionero a la vez que se nos dan las virtudes teologales de fe, esperanza y amor. Los aspirantes reciben el escudo pontificio, recordándoles que se forman dentro de la Iglesia sin dejarse entristecer o empobrecer replegándose en sí mismos o dejándose llevar por modas pasajeras. A los aspirantes se les invita abrir la mente y el corazón a los horizontes infinitos de la misión recibida en el bautismo.

Después de esta etapa viene el tiempo de un año de formación en donde reciben el nombre de «Pre-Vanclaristas». Ellos se van impregnando del espíritu del Evangelio contemplando a Cristo Camino, Verdad y Vida (cf. Jn 14,6), para ir imitando sus valores y virtudes hasta formarse, como decía Madre Inés, para ser «una copia fiel de Jesús». En esta etapa se recibe la Sagrada Escritura, con la intención de aprender a manejarla y hacerla vida, en especial dirigiéndose al Evangelio y abrirse al amor de Cristo conociendo los valores del Reino. 

Después de completar la formación inicial en estas dos etapas, viene el momento del compromiso. El laico, que ha superado estas etapas, se encuentra capacitado para comprometerse por un año (y así renovar hasta hacer su compromiso definitivo) a dar testimonio de vida cristiana en el lugar donde se encuentre, en unión de los otros miembros de la Familia Inesiana en el dinamismo de la Nueva Evangelización.

Así, Van-Clar es un grupo de laicos inspirado por Dios a la beata María Inés, que siempre tuvo la audacia de anunciar el Reino y pensó en los laicos como «brazo derecho» para llevar el Evangelio a todas partes, en medio de las ocupaciones del mundo hasta donde un sacerdote o un consagrado hombre o mujer, no pueda llegar tan fácil. 

En el camino de este compromiso, Cristo guía y sostiene a los Vanclaristas en la ley de amor. El amor que se hace fuente y modelo en el Hijo de Dios, por eso el lema de Van-Clar es «Vivir para Cristo».

La beata María Inés Teresa decía a los miembros de los diversos grupos de Van-Clar: «Adelante, hermanos Vanclaristas, Dios nos quiere optimistas, trabajadores, generosos en nuestra entrega; vale la pena vivir así y luchar por que los demás lo vivan también, porque la realidad eterna que nos espera es sublime» (De las cartas a Van-Clar).

Todos somos misioneros, pero de una manera especial, el Vanclarista toma conciencia más profunda de esta tarea de darse de lleno a la misión, incluso prestando etapas de servicio en las diversas obras de la Familia Inesiana en los 14 países a donde se ha extendido.

Los Vanclaristas, como el resto de las ramas que componen la Familia Inesiana, tienen como patrona principal a la Virgen María bajo la advocación de Guadalupe. Ella, la Reina de la Evangelización, los sostiene y guía al encuentro con Cristo, y los entusiasma a encaminarse presurosos (cf. Lc 1,39) como ella, con alegría, con gozo, con entrega generosa, al servicio de la humanidad entera para que todos conozcan y amen a Cristo.

Si tú eres bautizado... ¡Tú puedes ser Vanclarista!

P. Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

lunes, 24 de julio de 2017

Unas vacaciones de verano bien empleadas...


En un mundo globalizado y a la vez, paradójicamente tan dividido, preocupado por tantas y tantas cosas y que vive una especie de ausencia de Dios, es reconfortante saber de misioneros que quieran emplear sus «vacaciones de verano» en llevar a Cristo a quienes no le conocen aún.

«Yo les aseguro —dice Jesús en el Evangelio— que todo aquel que me reconozca abiertamente ante los hombres, lo reconocerá abiertamente el Hijo del hombre ante los ángeles de Dios» (cf. Lc 12,8-12). ¡Qué bien que el Señor nos dice esto en su Palabra! Es la tarea de nuestros Vanclaristas y misioneros voluntarios... ¡Ésta debería ser la vida de cada uno de los bautizados! Reconocer abiertamente en la familia, en el trabajo, en donde sea, que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios vivo, el Salvador. Reconocer abiertamente que Dios nos ama y que nuestra respuesta de amor se debe concretizar en un «vivir para el Señor» dando testimonio de vida en todas partes. Por eso es tan importante que seamos conscientes de que, desde nuestro bautismo, hemos recibido la fuerza del Espíritu, a quien podemos pedir su gracia porque está claro que, como dice Jesús en la Escritura: «Él les enseñará en aquel momento lo que tengan que decir» (Lc 12,12).

Cuando la beata María Inés Tersa del Santísimo Sacramento, pensó en la tarea de los seglares en la Iglesia y, sobre todo en Van-Clar, pensó en laicos que se apasionaran por Cristo, que quisieran vivir para Él, que quisieran reconocerlo en todas partes y lo llevaran, ellos mismos, a todas partes. Por la gracia y la acción del Espíritu Santo, los Vanclaristas, los miembros de Familia Eucarística y los voluntarios misioneros de la Familia Inesiana, en su condición de laicos cumplen su misión en medio del mundo caminando como Abraham, nuestro padre en la fe «esperando contra toda esperanza» (Rm 4,18) y creyendo que el plan de Dios, de que todos le conozcan y le amen se cumplirá porque, como dice el salmista (Salmo 104): «El Señor nunca olvida sus promesas».

¡Qué reconfortante es ver a nuestros misioneros laicos llevar la Buena Nueva con audacia a todos los rincones del mundo! San Juan Pablo II, ese misionero incansable que dio la vuelta al mundo varias veces llevando el mensaje de salvación, decía que «todo creyente está llamado a cooperar en la difusión del Evangelio y a vivir el espíritu y los gestos de la misión entregándose con generosidad a los hermanos» (Mensaje para el Domund de 1995). ¿Qué significa la herencia maravillosa de este santo misionero sino una invitación a reconocer a Cristo en todas partes y a llevarlo a donde aún no lo conocen y lo aman?

¡Qué hermoso y comprometedor el lema que Madre Inés dejó a los Vanclaristas: «Vivir para Cristo» y que hermosa también la tarea encomendada a los seglares de la Familia Inesiana: «Dar testimonio de vida cristiana en el lugar en que te encuentres». La beata, que leía, meditaba el Evangelio cada día, sabía que lo que pedía a los laicos era lo que Dios quiere de todo bautizado. Los seglares de la Familia Inesiana: Vanclaristas, miembros de Familia Eucarística, misioneros voluntarios, amigos de Madre Inés, maestros y evangelizadores, etc. no pueden dudar de su vocación misionera, no pueden dudar de que el Señor los ha elegido desde su bautismo de una manera muy especial para llevarlos a todo el mundo. No pueden dudar de que Dios les pide su presencia, su palabra, su sonrisa, su oración, su trabajo, su dolor, su enfermedad... para que el mundo lo conozca y lo ame.

Estoy convencido, con ustedes, de que la tarea no es nada fácil... ¡Que no lo ha sido hasta ahora, que es difícil caminar evangelizando contra toda esperanza (cf. Rm 4,18). Les invito a ir conmigo a unas bodas, las bodas de Caná de las que nos habla el evangelista san Juan: «Hubo unas bodas en Caná de Galilea a las que asistió la Madre de Jesús...» En esa ocasión, Jesús dio principio a sus milagros, manifestó su poder «y sus discípulos creyeron en Él» (cf Jn 2,1.11). La Virgen María, en aquella ocasión, solamente dijo unas cuantas palabras que siguen resonando hoy en corazón de todo discípulo-misionero de Jesucristo: «Hagan lo que Él les diga» (Jn 2,25). Sí, esta es la clave del laico discípulo-misionero que vive en medio del mundo. Sí, hay que hacer «lo que Él les diga», dejándose guiar por la fuerza del Espíritu Santo. «Hagan lo que Él les diga» como dijo María y como ella misma siempre lo hizo; así como lo hizo Abraham, así como lo hizo Madre Inés y esto bastará. 

Volviendo a san Juan Pablo II, quiero recordar ahora algo más de lo que Él, en tan bastos mensajes y escritos nos dejó en herencia: «El Espíritu del Señor anima y lleva a su realización todo proyecto misionero»... Hagan, hermanos laicos, lo que el Señor Jesús les diga como personas, como familia, como Iglesia doméstica, como misioneros de todo tiempo y lugar.  hagan lo que Él les diga y no se queden instalados. Hagan lo que Él les diga como estudiantes, como hombres y mujeres de oficina, como obreros, como empresarios, como choferes, como casados, como solteros, como gente de la tercera edad, como adolescentes, como enfermos, como hijos, como hermanos y amigos... Él siempre nos va a decir a todos los bautizados: «Vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio» (Mc 16,15).

Gracias a todos nuestros misioneros seglares por enseñarnos a vivir unas vacaciones bien empleadas.

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

viernes, 23 de junio de 2017

The fire of the Sacred Heart of Jesus in our hearts…

I am in bed, convalescent of a small surgery, and after receiving the news that our dearest sister, Dolores Delgado, Poor Clare Missionary Sister, has been called to the house of the Father in Santa Ana, California, Remembering my passing through that beautiful region, flourishing in Vanclarists and other people who collaborate with our sisters, I had the idea of writing a little reflection for our brothers and sisters of our Inesian Family in U.S.A. and the other English speaking countries on this day of the Sacred Heart of Jesus.

On the day of our Baptism, we received the light of Christ and were instructed to keep that torch burning brightly until the return of Jesus Christ. Besides, the Holy Spirit was sent into our hearts at Confirmation to help set us on fire. The old proverb should be applicable to all baptized and confirmed Christians: «He /She who is on fire cannot sit on a chair». Our Lord Jesus continues to cast fire on the earth, the fire of his Sacred Heart, through the ministry of Word and sacraments. As Christians, we should have fire to inflame people to care, to serve, to be supportive, and to bless each other with all the gifts of faith.

Where is our fire? Is our fire, the fire of the Sacred Heart of Christ? We need divine fire to inflame our hearts with the love of Jesus and love for His brethren. We Christians should blaze with the same fire with which Jesus wished his disciples to burn: “I came to cast fire upon earth”… upon each one of us.

Brothers and sisters, yesterday we celebrated the memory of blessed Mother Maria Ines Teresa Arias, a woman that always lived with fire in her heart, the same fire of the Sacred Heart of Jesus. She constantly repeated during her life in this world this phrase: "Jesus meek and humble of heart, make my heart like yours. Blessed Maria Ines was a Mexican woman that founded a Missionary Family that evangelizes around the entire world with the fire of Christ. Her foundation has presence in fourteen countries around the world. Her official picture always shows a woman consecrated to God, who lived joyfully, inflaming with the missionary zeal, to all who came to her.

Around the world, we know that many people wait for home, bread, milk, medicine. Many people in different parts of the world live without electricity and drinking water, but specially, we know that many, many people, live without the fire of Christ in their hearts. Some of this people know who is the Lord, and bow and begged him to listen to their cries, but many others do not know who God is, they do not know Him and cannot love Him. They have not experienced the love of the heart of Christ and they need our fire, that is the same fire of Christ… Remember this paragraph of the Holy Scripture: «I have been crucified with Christ; it is no longer I who live, but Christ lives in me; and the life which I now live in the flesh I live by faith in the Son of God, who loved me and gave Himself for me» (Gal 2:20).

In this day of the Sacerd Heart, Jesus himself comes inside us and ignites us with the fire of his heart, because he wants that we are moving swift like his Mother Mary Immaculate who always saw the needs of others. God bless all brothers and sisters of the Inesian Family, that specially live the charism of Mother Maria Ines. Please, keep being the fire that makes everyone know and love Jesus. «Sacred Heart of Jesus, I place all my trust in you!»

Fr. Alfredo Delgado, M.C.I.U.

sábado, 10 de junio de 2017

Van-Clar... Luz que ilumina el mundo con su testimonio de vida

¿Qué hay imposible para Dios? ¿Qué se le puede dificultar al que es Todopoderoso? El Hijo de Dios ha venido hecho hombre a nuestro encuentro estando siempre pronto a darnos esperanza. La Escritura nos dice: «Quien confiesa que Jesús es Hijo de Dios, permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4,15). Este es nuestro Dios maravilloso, el Señor que todo lo puede «Luz verdadera que ilumina a cada hombre» (Jn 1,9). Por eso nuestros rostros, teniendo un Dios que es Todopoderoso, deberían estar siempre radiantes, sin confusiones, sin desasosiegos, sin oscuridades. El Señor ha venido a nuestro encuentro a decirnos: «¡Ánimo, soy yo!» (Mt 14,27).

Hoy quiero escribir unas cuantas líneas de Van-Clar y a Van-Clar, el grupo misionero de laicos que la beata María Inés fundó con el anhelo de que, dando testimonio de vida cristiana, en el lugar en donde se encuentren, estos hombres y mujeres de toda edad, raza y condición, inunden el ambiente del «suave olor de Cristo» (2 Cor 2,15).A más de dos mil años de distancia de la venida de Cristo, al encuentro del hombre, «el esplendor de la verdad» (V.S. 1), somos testigos de los grandes pasos que ha dado la humanidad hacia la novedad cristiana. La historia de la humanidad, nuestra historia, está llena de hombres y mujeres que han descubierto al Mesías "Luz de Luz" y se han hecho luz, porque han descubierto que, Jesucristo, «luz verdadera que ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9) los ha invitado a ser «luz en el Señor» e «hijos de la luz» (Ef 5, 8). La Buena Nueva se ha extendido por muchos lugares de la tierra gracias a esos corazones iluminados por el que todo lo puede. Pero sabemos también que aún queda mucho camino por recorrer y que el anhelo de tantos ─como la beata María Inés Teresa Arias─ de que todos le conozcan y le amen, está aún lejos de realizarse en plenitud por muchos lugares de la tierra gracias a esos corazones iluminados por el que todo puede.

La beata Madre María Inés vio crecer a las primeras vocaciones laicales de esta rama de la Familia Inesiana, ella los vio animarse, tropezar y volverse a levantar en los pininos de planear, en aquellos años 60's esas misiones pueblerinas, acompañados y asesorados por diversas Misioneras Clarisas, entre ellas la hoy legendaria Hna. Juanita Oropeza en la región de México, a quien todo Vanclarista conoce, compartiendo con ella hasta el día de hoy, el gozo de la misión heredada por la beata y, como ella, muchas otras hermanas que, en los 14 países en donde la obra está presente, pueden dar testimonio del regalo que Madre Inés hizo a la Iglesia y al mundo al fundar Van-Clar.

En estos dos últimos meses, he recibido la visita de algunos de nuestros hermanos Vanclaristas en esta parroquia de Fátima en donde ahora sirvo al Señor con mi ministerio sacerdotal y misionero, compartiendo con otras de las ramas de la Familia Inesiana. También, por diversos motivos, he estado en comunicación con ellos en watsapp, en facebook, por medio de mis blogs, el teléfono, e-mails y qué se yo más medios de comunicación. ¡Qué alegría pensar en tantos hermanos Vanclaristas, que, a lo largo de los años, han dejado la huella de Cristo, porque han descubierto el valor y el sentido de su existencia, al encarnar el lema de Van-Clar, que ella misma les dio: «Vivir para Cristo»! Como dice la Palabra de Dios, ellos también han conocido el amor que Dios les tiene y han creído en ese amor que da vida en abundancia (cf. 1 Jn 4,16; Jn 10,10). En todo el tiempo que tiene Van-Clar, y que yo, que formé parte del grupo y he trabajado tan de cerca con ellos, he visto de todo ciertamente, pero lo que más me llena de gozo y conservo siempre en el corazón, es ver tantos laicos alegres y entusiastas en varias partes del mundo, para quienes la vida se ha convertido en algo digno y muy valioso de vivirse como donación a los demás, confiando en la luz y en la fuerza de aquel que todo lo puede, Cristo, el Señor.

La fuerza del Vanclarista está en el Todopoderoso, y con esa fuerza, es que, en medio del mundo, en su condición de laicos, pueden ir contra corriente exclamando un rotundo, convencido y convincente «¡No!», a esa corriente de cultura de la muerte y relativismo que quiere arrastrar al mundo al vacío y a la infelicidad, convirtiendo a la sociedad globalizada en un amplio espacio de hipocresía, de violencia y de desmedido placer consumista. Con la confianza puesta en Cristo (cf. Jn 6,68), cada Vanclarista se lanza a vivir por Él, a dar testimonio de vida con Él, a salvar al mundo para Él.

Tal vez "Van-Clar" no sorprenda a la sociedad por el número de miembros, y porque realiza un trabajo ─que más bien es oculto─ con «una vida escondida con Cristo en Dios» (Col 3,3), pero, cada Vanclarista, es un portador del espíritu y espiritualidad que, con el carisma de Madre Inés, transforma el corazón de cada persona que tiene que ver con el grupo, sea por que ingresa o es familiar y amigo de alguno de los miembros. Van-Clar va marcando a cada uno con el sello y el estilo «Inesiano», lleno de celo misionero y de amor mariano, que vive la entrega del sacerdocio bautismal bajo la mirada de María, con la alegría de tener a Cristo Eucaristía como centro del diario ser y quehacer. cada uno va viviendo para Cristo y transformando en obras el ideal que la beata Madre fundadora dio al mundo y a la Iglesia al fundar Van-Clar. ¡Cuánto le debemos a la intrepidez y arrojo de esta misionera sin fronteras que puso su confianza, como María, en el Todopoderoso, cuyo nombre es santo! (cf. Lc 1,49).

Todavía tengo claro el recuerdo de mis años de Vanclarista a finales de los 70's, o aquel 1989, cuando siendo diácono me tocó acompañar la fundación de Van-Clar «Villa Universidad», las misiones de Semana Santa, las Asambleas Anuales, los Encuentros Regionales, las Jornadas y las conivencias de grupo... Sí, ¿cómo olvidar aquel grupito de unos cuantos que se sintieron entusiasmados por un jovencito que llegó a casa diciendo que él quería ser Vanclarista? De allí se desprendió un hermoso ramillete de más de 70 jovencitos que, hoy ya adultos y muchos de ellos con familia, siguen con ese fuego en el corazón que no se ha extinguido. También guardo en mi memoria los fuertes vientos que se han dejado sentir en Van-Clar, por los embates de la tormenta que se ha desatado en el mundo en diversas ocasiones, pero he visto como, el que por momentos en medio de la confusión, parecía ser un fantasma (Mt 14,26), les ha dicho «No teman, soy Yo. ¡Tengan confianza!» (Mt 14,27). Y así se ha hecho presente Cristo para alentarlos, para cuestionarlos, para reparar la barquita que ha quedado dañada por las arremetidas de las fuertes tempestades.

Todos los grupos han tenido sus logros, sus fracasos, sus sueños, sus esperanzas, sus derrotas y sus hazañas porque las personas no somos seres perfectos y se da de todo. Para muchos no ha sido fácil perseverar, hay tal vez muchos que solamente pasaron por el camino, otros que vieron la carga muy pesada, unos que divisaron un poquito solamente u otros que por diversos motivos se lanzaron de la barca en medio de la tempestad; pero hay muchos que avanzan, ─como decía la beata María Inés─ «¡con la juventud acumulada!», con la fuerza de su energía y la frescura de los nuevos miembros, todos con la mirada fija en Cristo.

¿Qué decir de nuestros hermanos más jóvenes y a los adolescentes y niños de estos grupos? ¡Ánimo, no teman muchachos! (cf. Mc 6,50), el Señor no defrauda a nadie que le sigue porque él es Todopoderoso. Él acompaña en el caminar y está en la barca cuando hay tormenta. Nuestros hermanos Vanclaristas más jóvenes, y aún los más pequeñitos en edad, deben tener siempre presente que pertenecen a este tercer milenio de la historia de la Iglesia y que, llenos de vida, o de ¡enjundia!, como dicen algunos de sus hermanos Vanclaristas mayores, no se pueden cansar. Los Vanclaristas más pequeños son el futuro, son la prolongación de lo que cada generación ha hecho hasta hoy. ¡Ánimo! que hay que ser como María, la Estrella de la Evangelización, que, siendo jovencita, como muchos de los miembros de sus grupos, dijo «Sí» al Señor y ella los acompaña susurrándoles al oído que vale la pena «Vivir para Cristo» dando testimonio de vida cristiana en el lugar donde se encuentren para que todos le conozcan y le amen.

¿Y qué más le dirá este padrecito a todos nuestros hermanos Vanclaristas de todos colores y sabores? ¡Ánimo! Sí, ciertamente. Ánimo en un mundo que parece dejarse dominar por la tristeza y por eso les digo también: ¡Cuidado! Cuidado con vivir la fe «con cara de funeral». El Papa Francisco nos dice, recordando al beato Paulo VI, que, con cristianos tristes, desalentados, desanimados, no se puede anunciar a Cristo. Y añade: «Esta actitud un poco fúnebre, ¿eh? Muchas veces los cristianos tienen más la cara de ir a un funeral que de ir a alabar a Dios, ¿no?» y a Cristo se le sigue ─dice el Papa─ «saliendo de sí mismos». (cf. Homilía en Santa Martha del 13 de mayo de 2013).

Cuidado, hermanos Vanclaristas con creerse los perfectos, cuidado con sentir que todo lo saben, cuidado con sentirse estar por encima de los demás, cuidado con no dar testimonio de su alegría de vivir para Cristo. Cuidado con quedarse estancados, porque el Papa Francisco también ha dicho que «cuando una comunidad cristiana está quieta le pasa como al agua estancada, que es la primera que se corrompe» (entrevista telefónica a los sacerdotes Joaquín Giangreco y Juan Ignacio Liébana de Argentina, el 9 de agosto de 2014). Cuidado con acomodarse a este mundo frente al peligro de la «mundanidad espiritual» (E.G. 93). Cuidado con quedarse en el camino como muchos otros arrastrados por la rutina de la vida diaria, por no experimentar la presencia de Dios en lo ordinario o por estar buscando doctrinas novedosas que no conducen a nada, sino al vacío que engendra el egoísmo.

Queridos hermanos Vanclaristas, caminamos juntos como parte de una misma familia, la Familia Inesiana y hay mucho que hacer. Con justa razón nuestra amada fundadora, la beata María Inés, hacía suyas las palabras de san Pablo a los Corintios: «Urge que Él reine» (1 Cor 15,25). El Señor nos tiene en este mundo para cumplir una misión, y no podemos olvidar que Él es Todopoderoso y para Él nada es imposible. Somos hijos de un corazón misionero que no pudo nunca guardarse para sí el amor de Dios. Y, por cierto, ¿qué diría ella a cada Vanclarista? Esto es solamente algo de lo que ella tiene para Van-Clar:

«Queridos Vanclaristas: Un saludo cordial para cada uno de ustedes en quienes tenemos cifradas grandes esperanzas y apoyo para nuestras labores misionales en las que desde siempre han tomado parte generosamente» (Carta al grupo misionero de Van-Clar, f. 4105). «Con cuánta gratitud debe el Vanclarista vivir su vida de dar testimonio de que Cristo ha venido al mundo. Por su vida cristiana, pero verdaderamente cristiana, evitando todo pecado mortal y aún venial y así poder de verdad sembrar y ser instrumento de Cristo no sólo cuando van a misiones, sino siempre, ya que la principal misión del Vanclarista es dar testimonio de vida cristiana» (Carta colectiva desde Roma Italia, en diciembre 7 de 1971). «Doy las gracias desde el fondo de mi corazón a todos y cada uno de los muchachos y muchachas que integran el círculo, y que tanto empeño tienen en ayudar a nuestras misiones necesitadas. Yo sé, con toda seguridad, que Dios no se quedará con nada de lo que ustedes han hecho, y que cada uno de sus esfuerzos, de sus sacrificios, de sus cansancios, ya están anotados en la eternidad» (Carta a Vanclar de Gardena desde Cuernavaca el 7 de enero 1969, f. 3807). «Están muy bonitas las crónicas de Vanclar de Acapulco. Me maravilla, así como me dicen que también los padres y el señor obispo están maravillados de que, sin estar nosotras ya en este puerto, nuestros chicos y chicas sigan portándose a la altura de su vocación; ¿qué, de entre ellos, no saldrán vanclaristas consagrados?» (Cartas Colectivas). ¡Y vaya que Van-Clar ha dado vocaciones! Junto a la Madre Martha Gabriela Hernández, actual superiora general de nuestras hermanas Misioneras Clarisas, estamos un buen número de sacerdotes, religiosos y religiosas, además de algunas Misioneras Inesianas y Vanclaristas consagrados.

Con el auxilio de Dios y la asistencia de la Santísima Virgen de Guadalupe, como patrona principal de su grupo, sigan adelante, para que el amor del Señor sea proclamado no solo a las naciones en donde muchos de ustedes se encuentran, sino a toda la faz de la tierra. No se cansen de agradecer la hermosa vocación misionera que les ha dado y que ha conducido sus vidas.

Finalmente, desde este lugar en donde puedo contemplar el rostro sonriente de la imagen de Nuestra Señora de Fátima y las caritas radiantes de los santos Francisco y Jacinta, junto al altar de nuestra parroquia, me atrevería a preguntarles: ¿Están dispuestos a seguir viviendo su compromiso misionero con todo el corazón? ¿Quieren seguirse esforzando para que su grupo crezca en todos los aspectos según la herencia espiritual que han recibido de su fundadora la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento? ¿Tienen ganas de seguir dando a conocer el amor de Dios y el de Santa María de Guadalupe en todo momento a quienes les rodeen? ¿Anhelan hacer hasta lo imposible para cumplir con su lema de «Vivir para Cristo» dando testimonio de vida cristiana en el lugar donde se encuentren?

Que el Señor confirme en ustedes este propósito que, como misioneros laicos, se han formulado. Que trabajen con todas sus fuerzas, con la confianza puesta en Dios, sabiendo que la miseria se pone al servicio de la misericordia. Que María Santísima de Guadalupe los cubra con su manto para alcanzar su firme y santo propósito. Amén.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

viernes, 9 de septiembre de 2016

CAMINO, VERDAD y VIDA. EL EVANGELIO DE LA ALEGRÍA... Un tema para hacer retiro


INTRODUCCIÓN.

Son muchas las ocasiones en las que el Papa Francisco ha venido repitiendo que él quiere una «Iglesia de puertas abiertas», una Iglesia que no canse de evangelizar, una Iglesia que sea misionera anunciando a Cristo que es «Camino, Verdad y Vida» (Jn 14,6). Sí, esta es la Iglesia que impulsa el Papa con su magisterio de gestos, obras y también de palabras. Francisco —como al Papa le gusta que lo llamen— pide con insistencia que abramos las puertas de los templos y comunidades; que abramos las puertas del corazón para vivir como discípulos y misioneros de todo tiempo y lugar. No podemos, entonces, dejar de responder a esta llamada urgente que nos hace el Santo Padre, tenemos que acoger con gozo esa invitación insistente que Dios nos está haciendo a través de su Vicario en la tierra y comprometernos a dar una respuesta: «Ustedes serán mis testigos hasta los últimos confines de la tierra».

Todos tenemos el deber de abrir las puertas de nuestro corazón para anunciar a Cristo sobre todo con obras de misericordia, porque son las pequeñas y grandes acciones que podemos hacer cada día en nuestra vida ordinaria. La Iglesia de este tercer milenio, tiene que sentir fuertemente el llamado a salir para extender el reino de Dios. «Que todos te conozcan y te amen» le decía al Señor Jesús la beata María Inés Teresa, poseedora de un corazón misionero que no conoció fronteras.

La Iglesia por su naturaleza es misionera, nos recuerda el Concilio Vaticano II (Ad gentes 2) y nos dice que el impulso misionero pertenece a la naturaleza misma de la vida cristiana, así que tenemos que dar un vivo testimonio de nuestra fe. En los miembros de la Iglesia, el impulso misionero es un signo de vitalidad, pues nos lo ha recordado el Papa en numerosas ocasiones: «Toda generación está llamada a ser misionera, a llevar aquello que tenemos dentro, aquello que el Señor nos ha dado» (Papa Francisco, Vaticano 22 de noviembre de 2014). La Iglesia, dice el Papa «tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio» (Bula Misericordiae vultus, 12).

San Pablo, el llamado «Apóstol de las Gentes», nos dice: «Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe: Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1 Cor 9,16). En definitiva, la actitud misionera «constituye el primer servicio que la Iglesia puede prestar a cada hombre y a la humanidad entera en el mundo actual» (RMi 2). No podemos hacer a un lado este deber, por eso esta reflexión que comparto ahora con ustedes no quiere ser otra cosa que una invitación a reavivar el espíritu misionero e puertas abiertas que hemos recibido desde nuestro bautismo. Merece la pena que cada uno hagamos un esfuerzo por dedicar tiempo y energías a compartir la fe. «El misionero es aquel que se hace servidor del Dios-que-habla, que quiere hablar a los hombres y a las mujeres de hoy, como Jesús hablaba a los de su tiempo, y conquistaba el corazón de la gente que venía a escucharlo desde cualquier parte y quedaba maravillada escuchando sus enseñanzas» (Papa Francisco, Vaticano 1 de octubre de 2015).


1. EL IMPULSO MISIONERO PERTENECE A LA NATURALEZA ÍNTIMA DE LA VIDA CRISTIANA.

Somos templos vivos del Espíritu Santo, y el mismo Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio (cf 8,16), es el Espíritu Santo quien nos impulsa a anunciar las grandes obras de Dios. Cuando fuimos bautizados, recibimos el Espíritu Santo, el Espíritu de Dios que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre!, es el Espíritu mismo «que viene en ayuda de nuestra flaqueza, es el Espíritu mismo que intercede por nosotros con gemidos inefables (cf Rm 8,26), es el Espíritu que clama, que grita, que busca acercar a todos al Padre. La presencia de este Espíritu en nuestras vidas nos hace misioneros, nos hace velar pro el respeto a la persona humana, nos hace buscar la salvación para todos, secundando los deseos de Dios que «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2,4).

La presencia de ese Espíritu Divino, hace que sintamos el ansia de ir por el mundo proclamando la Buena Nueva (Mt 28,19), buscando en todo cumplir la voluntad del Padre. La presencia de ese Espíritu es lo que nos mueve a hacer lo que nos indique Jesús y a desprendernos de todo lo que estorba y no nos deja ser misericordiosos como el Padre es misericordioso (cf Lc 6,36). El impulso misionero es parte de nuestra vida cristiana por la presencia del Espíritu, que exige nuestra colaboración para salvar a la humanidad. La obra del Espíritu resplandece en la misión (cf Hch 10 cuando habla de la conversión de Cornelio y Hch 15 hablando de la forma de solucionar algunos problemas que se presentan).


2. LA INVITACIÓN A ABRIR LAS PUERTAS.

A pesar de las limitaciones que cada uno, o una comunidad en sí pueda tener, un corazón misionero y una comunidad misionera, que sabe de esas límites, nunca se encierra, nunca se repliega en sus seguridades... Sabe que tiene que hacer vida el Evangelio y en el discernimiento de los senderos del Espíritu nunca renuncia al bien posible, aunque corra el riesgo de mancharse con el barro del camino. Muchas veces el Papa Francisco, al invitarnos a abrir las puertas, habla del riesgo que se corre, pero dice que prefiere una Iglesia con heridas marcadas por salir, que una Iglesia enferma de anquilosamiento. En su Exhortación Apostólica «Evangelii Gaudium», el Papa Francisco nos habla de la Iglesia «en salida», como una comunidad de discípulos misioneros que «primerean» (neologismo que él inventa), que se involucran —a pesar de sus limitaciones—, que acompañan, que fructifican y festejan (n. 24).

La Exhortación «Evangelii Gaudium» es una invitación del Papa a renovar la fe y la vida cristiana iluminando el caminar con la alegría del Evangelio. Ser cristiano, nosotros lo sabemos, significa dar testimonio de que vivimos alegres porque hemos encontrado al Señor en su Evangelio. Si nosotros cerramos las puertas de nuestro corazón y cerramos las puertas de la Iglesia, la fe se viene abajo. Hoy todo en este mundo se pone a la vista, todo se ventila, todo sucede a «puertas abiertas» ¿y por qué no la vivencia de nuestra fe? La Invitación del Papa Francisco a «abrir las puertas» es una invitación a lanzarse a vivir el compromiso misionero que todos tenemos desde nuestro bautismo.

El Papa dice que abrir las puertas y «salir hacia los demás para llegar a las periferias humanas no implica correr hacia el mundo sin rumbo y sin sentido. Muchas veces es más bien detener el paso, dejar de lado la ansiedad para mirar a los ojos y escuchar, o renunciar a las urgencias para acompañar al que se quedó al costado del camino. A veces es como el padre del hijo pródigo, que se queda con las puertas abiertas para que, cuando regrese, pueda entrar sin dificultad» (EG 24).


3. TENEMOS GRANDES MODELOS DE UN CORAZÓN MISIONERO.

El ansia misionera es algo que palpita siempre en el corazón de los santos. Basta recordar a Teresa de Calcuta, el padre Pro, san Juan Pablo II, san Luis Orione, santa Teresita, san Daniel Comboni y por supuesto la beata María Inés Teresa, quien decía: «Este deseo se ha vuelto irresistible, vehementísimo, es algo que arde en mi corazón y pugna por salir, para comunicar a los demás, a los que no creen en Él, las grandezas de nuestro Buen Dios». Tenemos también grandes modelos en la Iglesia de gente viva, que comparte nuestro diario caminar con un gran corazón misionero que arde y contagia. Cuántos sacerdotes, religiosos, catequistas, ministros, incluso muchos jóvenes y niños en las comunidades parroquiales.

Los santos comprendieron muy bien que por el bautismo somos misioneros, y por eso en sus corazones, de «puertas abiertas» ardió siempre el fuego de la misión. Por nuestras venas debe correr esa misma savia, ese mismo ardor. Recuerdo uno de los mensajes del papa Francisco, en el que citando una especie de poema que habla de los santos actuales y que en parte se la atribuye a la beata Teresa de Calcuta —cuya canonización es inminente— anima a todos los miembros de la Iglesia a tener un corazón misionero y que no se deje esta tarea solamente en manos de los sacerdotes y de los consagrados y se dirige especialmente a los jóvenes: «Necesitamos santos sin velo, sin sotana. Necesitamos santos de jeans y zapatillas. Necesitamos santos que vayan al cine, escuchen música y paseen con sus amigos. Necesitamos santos que coloquen a Dios en primer lugar y que sobresalgan en la Universidad. Necesitamos santos que busquen tiempo para rezar cada dia y que sepan enamorarse en la pureza y castidad, o que consagren su castidad. Necesitamos santos modernos, santos del siglo XXI con una espiritualidad insertada en nuestro tiempo. Necesitamos santos comprometidos con los pobres y los necesarios cambios sociales. Necesitamos santos que vivan en el mundo, se santifiquen en el mundo y que no tengan miedo de vivir en el mundo. Necesitamos santos que tomen Coca Cola y coman hot-dogs, que sean internautas, que escuchen iPod. Necesitamos santos que amen la Eucaristía y que no tengan vergüenza de tomar una cerveza o comer pizza el fin de semana con los amigos. Necesitamos santos a los que les guste el cine, el teatro, la música, la danza, el deporte. Necesitamos santos sociables, abiertos, normales, amigos, alegres, compañeros.

Necesitamos santos que estén en el mundo y que sepan saborear las cosas puras y buenas del mundo, pero sin ser mundanos». Solamente siendo así, los laicos de nuestro tiempo podrán ser discípulos misioneros que vayan junto con los sacerdotes y consagrados hombro a hombre —codo a codo, porque yo soy de Monterrey— llevando el Evangelio de la alegría con las puertas abiertas del corazón y de la Iglesia.


4. SOLAMENTE EN LA FE SE COMPRENDE Y SE FUNDAMENTA LA MISIÓN.

«Creo en un solo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos... por nosotros y por todos los hombres bajó del cielo y por obra del Espíritu Santo, se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre...» La fe, hermanos míos, es la que fundamenta todo y nos mueve a «dirigir la mirada, orientar la conciencia y la experiencia de toda la humanidad hacia el misterio de Cristo» (cf RH 275).

La misión de la Iglesia nace de la fe en Cristo. La urgencia de la misión brota de esta novedad de vida radical traída por Cristo y vivida por los Apóstoles. La fe nos mueve a descubrir en Cristo una nueva realidad de vida que no podemos dejar de anunciar y se llama «EVANGELIO». Evangelio, que es fuerza de Dios; Evangelio, que es abrir cadenas, quitar yugos, mostrar camino; Evangelio, que es sembrar libertad y hablar de alegría y esperanza; Evangelio, que es decir hermano, decir amigo; Evangelio, que es dar mi tiempo, donar mi ser; Evangelio, que es ser portador de paz y luchar hasta caer rendido; Evangelio, que es compartir penas, amar, mirar y reír. Evangelio, que es vivir como un pobre que todo lo espera y mira al Cielo con ojos de niño; Evangelio, que es amar sin egoísmos perdonando al enemigo; Evangelio, que es dar gracias al Padre, como el Hijo, inundado por el amor del Espíritu Santo; Evangelio, que es mirar al Hijo en brazos de su Madre al nacer y al morir; Evangelio, que es continuar la misión de Cristo y ser testigos por excelencia.

Los primeros cristianos se dejaron poseer por Dios y se llenaron del Espíritu del Evangelio, de marea que eso era parte de su vida y les hacía exclamar: «No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hch 4,20). Vivir el Evangelio para aquellos hombres y mujeres era un verdadero y auténtico gozo que brotaba del encuentro con la Palabra, con el Evangelio e la alegría. San Pablo dice: »No me avergüenzo del Evangelio, que es una fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree» (Rm 1,16). Entonces, hemos de comprender que predicar el Evangelio no es un pasatiempo, es un deber.

La fe no se puede apagar: «Nadie enciende una lámpara y la pone debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así su luz delante de los hombres, para que vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en los cielos» (Mt 15-16). Debemos, pues, comprometernos a testimoniar la fe y la vida cristiana.

El que conoce a Cristo, se deja «tocar» por Él y por la fe sigue sus huellas, está comprometido a vivir plenamente la vida en Dios y a compartirla, porque, si no responde a esto con alegría y generosidad, «lejos de salvarse, será juzgado con mayor severidad» (cf. L.G. 14).


5. EL ANUNCIO DE CRISTO NO CONOCE FRONTERAS Y NO TEME AL FRACASO.

«Me debo a los griegos y a los bárbaros, a los sabios y a los ignorantes: de ahí mi ansia por llevarles el Evangelio también a ustedes, habitantes de Roma» (Rm 1,14). Así escribe san Pablo a los Romanos. Él mismo, que dice a los Corintios: «El amor de Cristo nos apremia» (2 Cor 5,14). ¿Dónde se realiza ahora la actividad misionera de dar a conocer la infinita misericordia del Señor? El que vive lleno y radiante de la alegría del Evangelio y tiene hambre y sed de dar a conocer al Señor, lo hace en todas partes y siempre.

San Pablo, de quien mucho estamos hablando en esta reflexión, por ser el «Apóstol de las gentes» y por lo tanto un gran misionero, en una ocasión en que se encontraba en Grecia, habló a los habitantes de Atenas del Dios desconocido y les dijo: «Atenienses, veo que ustedes son, por todos los conceptos, los más respetuosos de la divinidad. Pues al pasar y contemplar sus monumentos sagrados, he encontrado también un altar en el que estaba grabada la inscripción: "Al Dios desconocido". Pues bien, lo que ustedes adoran sin conocer, eso les vengo ya a anunciar» (Hch 17,22-31). Luego Pablo empieza a hablarles de Dios en un lenguaje adecuado y comprensible en aquel ambiente, como podemos comprobar al continuar la lectura del texto.

Así, hay que evangelizar en todo tiempo y lugar... ¡Aquí y ahora!... En la casa, en la familia, en la escuela, en el trabajo, en el campo de juego, en el grupo de amigos, en la misma Iglesia... ¡En todas partes! «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús», dice el Papa Francisco en "Evangelii Gaudium" (EG 1). Hay que llevar la alegría de Jesús al mundo entero. En este mismo documento, el Papa dice: «Una mirada de fe sobre la realidad no puede dejar de reconocer lo que siembra el Espíritu Santo. Sería desconfiar de su acción libre y generosa pensar que no hay auténticos valores cristianos donde una gran parte de la población ha recibido el Bautismo y expresa su fe y su solidaridad fraterna de múltiples maneras» (EG 68). La alegría del Evangelio debe llegar a todos, pobres y ricos, niños, jóvenes y adultos, inmigrantes, abandonados, intelectuales, profesionistas y obreros... La evangelización obedece al mandato misionero de Jesús (cfr. Mt 28,19-20) (19).  

«La Iglesia en salida es la comunidad de discípulos misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan... «Primerear» es experiencia de la iniciativa del Señor, que nos ha primereado en el amor (cfr. 1 Jn 4,10), y como Èl, buscar a los lejanos y excluidos, para brindar misericordia. Como consecuencia, la Iglesia sabe « involucrarse », “achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario... Luego, acompaña a la humanidad en todos sus procesos, por más duros y prolongados que sean. Sabe de esperas largas y de aguante apostólico» (EG 24). Evangelizando sin descanso, evangelizaremos los Areópagos modernos en los que siempre hay un espacio para «el Dios desconocido» que podemos presentar haciendo comprensible el Evangelio.

Hace algunos años, en la ciudad de Acapulco (México), se llevó a cabo para tratar el tema de la vida. Se habló de la Eutanasia, del aborto, etc... A ese congreso, fue invitada santa Teresa de Calcuta. Aquello no era organizado por la Iglesia y habían pedido que no se tocara el tema religioso... Ella, antes de empezar su ponencia, simplemente les dijo: «Voy a iniciar a hablar como siempre, los invito a que nos pongamos en pie para rezar el Padrenuestro» y todos se levantaron y oraron. El Evangelio no tiene porqué estar peleado con la cultura de nuestros días, tal vez somos nosotros mismos quienes lo vamos escondiendo y dejan al mundo sin la alegría de saberse amados por Dios, que es un Padre bueno y misericordioso que nos ama.

Bien sabemos que la actividad misionera seguirá siendo siempre un desafío (RMi 4). El Señor, que siempre sigue hablando al que ha elegido, dijo durante la noche a Pablo en una visión: «NO tengas miedo, sigue hablando y no calles; porque yo estoy contigo y nadie te pondrá la mano encima para hacerte mal» (Hch 18, 9-10).


6. DIVERSAS FORMAS DE ACTIVIDAD MISIONERA HOY.

Cuando un vaso se llena y se sigue vaciando en él algún líquido, este se derrama... eso es lógico ¿verdad? El ansia misionera es así, brota de una Iglesia orante, de una Iglesia que, plena de la alegría del Evangelio, se desborda y se derrama. Algo podemos darnos cuenta al contemplar el libro de los Hechos de los Apóstoles que nos dice cómo iba creciendo la comunidad de los creyentes. «Todos perseveraban en la oración» (Hch 2,46); «Entonces oraron» (Hch 1,24); «Alababan a Dios» (Hch 2,47); «La Palabra de Dios iba creciendo, en Jerusalén se multiplicó considerablemente el número de los discípulos» (Hch 6,7). Cuando alguien está lleno del amor de Dios, entonces puede darlo a los demás, porque si no lo hace así, se dará de todo... menos a Dios.

Se dice que la primera e insustituible forma de evangelización es «el testimonio». Los primeros miembros de la Iglesia se adherían por el testimonio, un testimonio de humildad y sencillez que hacía que Cristo fuera el que brillara y pudieran ver, en ellos un rostro alegre que invitaba a seguirle. El testimonio es «una proclamación silenciosa, pero muy clara y eficaz de la Buena Nueva (EN 21). Por el testimonio de vida se puede llegar a ser un gran evangelizador. El beato Papa Paulo VI decía que «mediante su conducta y su vida, es como la Iglesia puede evangelizar al mundo entero (cf. EN 41).

Otro medio importantísimo y necesario es «el anuncio». Lo que san Pedro llama «dar razón de su esperanza» (1 Pe 3,15). Los bautizados no podemos guardarnos para nosotros solos el tesoro que hemos recibido. San Juan Pablo II decía: «¡La fe se fortalece dándola!» y nadie tenemos derecho a guardarnos para nosotros mismos lo que Dios nos ha dado.

Sabemos que el mundo moderno no es que quiera mucho escuchar. El hombre de hoy está hastiado de discursos, se muestra cansado de escuchar. Hay una gran cantidad de información que nos colma: predicadores, libros, audios, videos, periódicos, sitios web... muchos de ellos con muchos vacíos... Hoy solamente puede predicar con autoridad y ser escuchado quien se llena de Dios, porque como san Pablo nos recuerda: «No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos por Jesús» (cf. 2 Cor 4,5)... ¡Aquí está el meollo del asunto! ¡Se necesitan predicadores que hablen de Dios, de su infinita Misericordia y de la alegría de vivir para Él!

Para poder hablar de Dios al mundo de hoy, hay que llenarse de su Misericordia, hay que amar como Cristo, compadecerse como Cristo, sentir como Cristo, que lleno de caridad es quien puede mover los corazones y acercarlos al Padre. «Aunque tuviera el don de profecía, y conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo amor, nada soy» (1 Cor 13,2). La actividad misionera es «impregnar el mundo de Cristo». «Conquistar almas para el Rey Inmortal de los siglos» diría la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento. La tierra de misión empieza en el propio ambiente, el lugar donde la Divina Providencia nos ha puesto. Es allí donde empezamos a ser «el dulce olor de Cristo» (Gal 2,15).


7. EN EL CAMINO DE LA SANTIDAD.

Ya sabemos lo que es la actividad misionera. Ya conocemos cuál es nuestro compromiso como bautizados. «Cada misionero, lo es auténticamente si se esfuerza en el camino de la santidad,  que es un presupuesto fundamental y una condición insustituible para realizar la misión salvífica de la Iglesia» (RMi 90). La beata María Inés Teresa dice que para ser misioneros tenemos que ser contemplativos, de otra manera no podremos sostener nuestro «Sí» en el camino de santificación y evangelización.

Todo lo visto hasta aquí lo tenemos que concretizar en la vida diaria buscando «santidad de vida» con la vivencia de la alegría de sabernos heraldos de Cristo, expresión de la misericordia del Padre, mensajeros del amor de Dios, hombres y mujeres que viven el espíritu de las Bienaventuranzas y las hacen vida (cf. Mt 5,1-12). cada uno sabe su misión, cada quien debe encontrar —según su propia vocación específica— lo que Dios le pide cada día.

La beata María Inés, el «La Guía del Vanclarista», ha dejado unas pautas que no solamente son aplicables a nuestros hermanos misioneros laicos de Van-Clar, sino que, tomando cada uno lo que le corresponde, puede ir haciendo un programa de vida para vivir el Evangelio de la alegría y llevarlo a los demás en un compromiso de auténtica vida cristiana. La Madre Inés invita, en primer lugar, a vivir intensamente el misterio de Jesús Eucaristía. Luego dice que hay que conocer y hacer conocer, amar y reverenciar a Dios Nuestro Señor y a la siempre Virgen María, como Reina y Madre de todos los hombres, bajo la advocación de Guadalupe. La beata quiere que se pida siempre intensamente por el Santo Padre y por la santificación de los sacerdotes sosteniéndolos son oraciones y sacrificios. Ella hace también un llamado a buscar siempre la voluntad de Dios en todos los acontecimientos, contemplando a Cristo en todos los hombre, próximos o extraños juzgando con rectitud sobre el verdadero sentido y valor de las realidades temporales. Finalmente,  compromete a ofrecer etapas de servicio de forma voluntaria según la propia capacidad y habilidades. Todo esto habla de concretizar en obras de misericordia sencillas y vividas cada día, el gozo de vivir en la alegría del Evangelio (cf. Mt 25,31ss).


8. POR MARÍA HACIA JESÚS... (A MANERA DE CONCLUSIÓN).

Desde los inicios de la evangelización, luego de la Ascensión del Señor a los cielos, la tarea de extender la Buena Nueva se realizó con la presencia de María, la Madre de Jesús (Hch 1,14). Junto con ella los apóstoles imploraron la fuerza del Espíritu que los capacitara para ser enviados. Ella, Madre y modelo del misionero; ella, estrella de la evangelización los acompañó y lo sigue haciendo hasta nuestros días. 

Nuestro corazón misionero debe estar dirigido a María, la creyente por excelencia. «Dichosa Tú, María, porque has creído...» (cf. Lc 1,45-48). 

El mundo necesita misioneros —y no niego que la tarea hoy sea muy difícil—. El mundo necesita testigos de la alegría del Evangelio, hombres y mujeres que sean expresión de la misericordia de Dios, que es Amor. El mundo de hoy necesita de gente que se lance a vivir el compromiso de la exigencia de la fe con la mirada fija en la santificación personal y de comunidad para ser misioneros.

Miremos a María, invocada muchas veces con el título de «Estrella de la Evangelización». Que ella sea ahora y siempre nuestra estrella; que siempre caminemos iluminados por sus destellos de amor que reflejan la luz de Cristo el Salvador de los hombres.

¡Dios te salve, Estrella de la evangelización, Madre de Misericordia!
Tú eres la misionera por excelencia,
ayúdanos a vivir el compromiso misionero,
reaviva en nosotros la fe en tu Hijo,
asístenos con tu gracia maternal para sembrar 
la semilla del Evangelio por donde quiera que pasemos.
Enséñanos a darnos en un continuo «Sí»,
muéstranos el CAMINO hacia Dios,
ábrenos a la VERDAD que aprendiste de tu Hijo,
danos la fuerza de amar siempre la VIDA
para que como misioneros caminando a tu lado
mostremos al mundo que Cristo es hoy y siempre
el CAMINO, la VERDAD y la VIDA. Amén

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.