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sábado, 21 de marzo de 2020

«El ministro extraordinario de la comunión, expresión de la amistad con Cristo»*...

Todo hombre y mujer de fe sabe que para ser amigos de Jesús no no basta con un amor de sentimientos y de meras emociones. Hay que amar a Jesús con un amor de entrega total, para ser expresión de su amistad para el mundo que viene a su encuentro en la Eucaristía.

La amistad es una experiencia humana hermosa, enriquecedora, humanizante y digna de los mayores elogios. Cristo fue verdadero hombre, y no se privó de esta noble experiencia. Nuestro Padre Dios se presenta como amigo de los hombres: Él selló un pacto de amistad con Abraham, con Moisés, con los profetas... Al enviar a Cristo se mostró como amigo de los hombres. Por los Evangelios sabemos que Jesús dio a esta amistad de Dios un rostro de carne viniendo a ser amigo de los hombres. Pero tuvo, evidentemente, amigos especiales e hizo la experiencia gratificante de la amistad, por ser verdadero hombre. 

Es verdad que Jesús ama a todos por igual, sin condicionamientos sociales, económicos o nacionales. Incluso ama a sus enemigos y ama a todos hasta la muerte. Su amor por todos los hombres no es un amor de sentimiento pasajero ni de expresiones exteriores tiernas y afectadas, su amor es de caridad, que encierra estas características ricas y valiosas: 

Se dirige hacia los demás con un corazón abierto, sin aislarse o evadir el trato; va al encuentro de todos los que ama (cf Mt 11, 28). Cura, consuela, perdona, da de comer, procura hacer descansar a sus íntimos. Se compadece de quien está necesitado (cf Mt 9, 36). No discute con sus amigos; los corrige, pero no choca con disputas hirientes (cf Mt 20, 20-28). Se alegra con ellos en sus momentos felices (cf Lc 10, 21). Rechaza sus intenciones desviadas (cf Mt 16, 23). No desea nada de los hombres; no busca dar para recibir. Y cuando una vez busca consuelo en la agonía, no lo encuentra (cf Mt 26, 40). Se siente incomprendido por ellos, pero lo toma como parte de su cruz, pues aún no había venido el Espíritu Santo que les hiciera comprender todo (cf Jn 12, 24). Los ama sobrenaturalmente, no por sus cualidades humanas (cf Jn 13, 14). Pero también mantiene una distancia entre sus amigos y Él, pues su mundo está mucho más allá del de ellos (cf Jn 2, 25). ¿Ha habido hombre alguno en la tierra que haya amado a los hombres como Jesús? 

Es verdad esto que acabamos de decir: Jesús ama a todos los hombres, y los considera como amigos. Pero también es verdad que tuvo amigos especiales. Basta abrir un poco el Evangelio para darse cuenta de esto: Tiene una especial relación con Juan, el discípulo amado. En esta amistad descubrimos que Jesús compartió con alguien, en modo especial, sus experiencias interiores y reservadas. Amistad íntima. Manifestación de esta amistad íntima es el Evangelio que Juan escribió. En él se oye palpitar el Corazón de Jesús; ahí descubrimos la profundidad de Dios. Por eso, a Juan se le representa como a un águila, porque voló alto, hasta el cenit de Dios. ¿Hasta dónde vuelas tú cuando llevas a Jesús Amigo en tu relicario? 

También el Evangelio nos deja ver que tuvo especial relación con tres apóstoles: Pedro, Santiago y Juan. En esta amistad descubrimos que busca la compañía para compartir momentos especiales, sean felices, como en la transfiguración, o tristes, como en Getsemaní. Amistad compartida. ¿Quién no recuerda la especial relación con los tres hermanos de Betania, Lázaro, Marta y María? Betania era uno de esos rincones donde Jesús descansaba y donde abría su corazón de amigo. Allí, Cristo tenía siempre la puerta abierta, tenía la llave de entrada; se sentía a gusto entre gente querida y que le estimaba. 

Cristo tuvo amigos en todas las clases sociales y en todas las profesiones. Desde personas de gran prestigio social, como Nicodemo o José de Arimatea, hasta mendigos, como Bartimeo. ¿Quiénes son tus amigos como ministro extraordinario de la Comunión? 

¿A quién hablar de los anhelos del corazón, si no es al amigo que sintoniza en todo con nosotros? Cito ahora a san Ambrosio: "Ciertamente consuela mucho en esta vida tener un amigo a quien abrir el corazón, desvelar la propia intimidad y manifestar las penas del alma; alivia mucho tener un amigo fiel que se alegre contigo en la prosperidad, comparta tu dolor en la adversidad y te sostenga en los momentos difíciles" (San Ambrosio, Sobre los oficios de los ministros, 3, 134) y la beata María Inés Teresa nos dice como debe ser la amistad en Cristo: “Es hermosa la amistad, pero… una amistad que me acerca más a Dios, que tiene la valentía de corregirme mis defectos, que no acepta mis críticas, que me ayuda a superar una crisis con espíritu sobrenatural, no con cariñitos tontos; que me ayuda a preparar una clase con desinterés, que me ayuda siempre a ver las cosas desde un plan sobrenatural”. (Carta circular desde Madrid, a 25 de septiembre, 1969). 

Habría que preguntarse. como ministros extraordinarios de la comunión qué requisitos se necesitan para no salirse del círculo de amigos de Jesús. Jesucristo nos contesta en el Evangelio: "Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando" (Jn 15, 14). Ahí tenemos la clave. Si lo cumplimos, seremos sus amigos. Para ser amigos de Jesús, como hemos visto, no es suficiente un amor por encima que solamente se quede en la superficie. Hay que amar a Jesús con un amor de entrega total, porque Él nos amó hasta dar la vida. Jesús no quiere amigos de conveniencia, que sólo están con Él hasta el partir el pan, pero que le dejan solo y huyen cuando se aproxima la sombra de la cruz. Jesús no quiere amigos que se aprovechen de Él para conseguir los mejores puestos en el cielo. Jesús quiere amigos humildes, pacíficos, de alma pura y libre de ataduras mundanas. Sólo a éstos acercará Jesús a su divino corazón. El ministro extraordinario de la comunión, debe ser expresión de la amistad con Cristo cada vez que da la comunión, cada vez que llega a ver un enfermo, cada vez que su servicio es requerido y cada vez que se encuentra con alguien pro la calle. La amistad con Cristo debe marcar su vida con una sonrisa perenne que se reparte a todos los miembros de la comunidad eclesial dentro y fuera del templo. 

Sin la amistad con Jesús, ¿qué quedaría de su ser de ministros? Un ministerio sin amistad con Jesús no es vida y menos un ministerio de esta talla. Vivir su ministerio en amorosa amistad con Jesucristo es un paraíso lleno de delicias. "Si Jesús está contigo, no podrá dañarte ni derrotarte ningún enemigo espiritual. Quien halla a Jesús, a su amistad y enseñanzas, halla el más rico tesoro. El mejor de todos los bienes. Pero quien pierde a Jesús y a su amistad, sufre la más terrible e inmensa pérdida. Pierde más que si perdiera el universo entero. La persona que vive en buena amistad con Jesús es riquísima. Pero la que no vive en amistad con Jesús es paupérrima y miserable. El saber vivir en buena amistad con Jesús es una verdadera ciencia y un gran arte. Si eres humilde y pacífico, Jesús estará contigo. Si eres piadoso y paciente, Jesús vivirá contigo... Fácilmente puedes hacer que Jesús se retire, y ahuyentarlo, y perder su gracia y amistad, si te dedicas a dar gusto a tu sensualidad y a darle importancia exageradamente a lo que es material y terreno"(Kempis, Imitación de Cristo, II, 8). 

*Este tema lo impartí el 13 de febrero de 2017 en la parroquia de Nuestra Señora de Fátima, en CDMX.

jueves, 18 de enero de 2018

«Sentimientos a cultivar y a desterrar»... Un pequeño pensamiento para hoy

El corazón humano es un espacio maravilloso y casi insondable en donde conviven los más variados y contradictorios sentimientos que un ser puede tener. La primera lectura de hoy (1 Sam 18,6-9;19,1-7), en este día en que se inicia la semana de oración por los cristianos, nos habla de dos de estos, uno negativo y otro positivo: la envidia por una parte y la amistad, por la otra. La envidia es un sentimiento que en este caso se manifiesta en Saúl con respecto a David. Saúl, sufre de envidia ante el triunfo de David, ya que saberlo aclamado por el pueblo hace que le hierva la sangre: «Mató Saúl a mil, pero David a diez mil». En el fondo, Saúl, como todo envidioso, sufre, no está a gusto con sí mismo, con lo que es y hace. Por eso surge precisamente la envidia. El segundo sentimiento, la amistad, es uno de los sentimientos más apreciados por todos y que llena de gozo a muchas almas que comparten su caminar por un mismo sendero. En este relato, Jonatán, el hijo de Saúl, revela la calidad de su profunda y sincera amistad con David. Por ese sentimiento de fraternidad, intercedió ante Saúl, su padre, que quería matar a su David.

Los discípulos–misioneros de Cristo tenemos una gran bendición, pues la comunidad nos hace descubrir el cúmulo de dones y carismas que se comparten, porque cada quien tiene lo suyo y no hay tiempo para envidiar a los demás. Los discípulos-misioneros luchamos por desarrollar la clase de sentimientos que sabemos que nos ayudan a crecer como hijos de Dios y a unirnos, ya que, además de los amigos que podamos encontrar entre las personas humanas, Jesús nos bendice con el don de su amistad y nos espera cada día en el Sagrario para adorarle, y en la celebración de la Santa Misa para alimentarnos con su Palabra y con la Eucaristía. Volviendo a la lectura del día de hoy, sabemos que Saúl lo tenía todo y que, siendo el rey, no le faltaba nada. Tenía todo resuelto incluso, porque todos los recursos de la tierra estaban a su disposición, pero —siempre hay un pero— él quería toda la gloria sólo para él, sin compartir triunfos con nadie y menos que los demás estuvieran por encima. El tiempo pasó, Saúl no pudo soportar el éxito de David. Desde ese tiempo en adelante, el rey trataría de matar a David varias veces. Él le tiró su lanza al joven pastor en diversas ocasiones. Hasta mató 85 sacerdotes del pueblo de Nob con sus familias por haber favorecido a David, los quemó a ellos y sus posesiones. La envidia hace realizar cosas terribles porque ciega el corazón.

Por su parte, el Evangelio de hoy (Mc 3,7-12) nos presenta a un Jesús que, rodeado de las multitudes, valora la amistad de sus discípulos, los que están más cercanos a él pero sin exclusivismos: «Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del mar, seguido por una muchedumbre de galileos». No hay envidias de nadie, sino el gozo de compartir la Buena Nueva de salvación que se puede extender a todos y por todas partes. Esa es la tarea de todos los cristianos. El que sabe ser amigo y sabe hacer amigos es así como Jesús, con un corazón sin fronteras. Los primeros discípulos, casi por instinto, conservaron los mismos sentimientos de Cristo (Flp 2,1-11), entre ellos el enorme deseo de congregarse entre sí y comprometerse unos con otros como hermanos y amigos en el Señor: «Diariamente se reunían en el templo, y en las casas partían el pan y comían juntos, con alegría y sencillez de corazón. Alababan a Dios y toda la gente los estimaba» (Hechos 2, 46-47). Si aquellos primeros creyentes fueron capaces de tener los mismos sentimientos de Cristo, ¿por qué el creyente de hoy no puede hacer lo mismo? ¿Qué impide vivir en fraternal comunión en nuestras propias parroquias y grupos crear un entorno propicio para compartir los buenos sentimientos y experimentando el amor de Dios desterrar los malos sentimientos que afean el corazón y a la comunidad? Pidamos a María Santísima, que nos ayude a dejarnos guiar por el Espíritu Santo como ella, para que dirija nuestros pasos hacia los sentimientos de amistad que nos lleven a compartir la fe sin envidias de ninguna clase. Dios realmente quiere que tengamos relaciones buenas y sanas como parte de la herencia que nos ha prometido en su Hijo Jesús. ¡Bendecido jueves en amistad con Jesús Eucaristía!

Padre Alfredo.

jueves, 21 de diciembre de 2017

La Virgen María y su amistad con el Señor… Algunos fundamentos bíblicos


LA VIRGEN MARÍA… UNA AMISTAD INCOMPARABLE
Los amigos ni se mendigan ni se compran, salen espontáneos.
(La anunciación Lc 1,28).

AMISTAD DE INTIMIDAD EN EL DIÁLOGO 
Guardar la intimidad en gran y meditativo silencio
(María todo lo guardaba en su corazón Lc 2,19).
Interés profundo por los otros
(Somos hermanos codo a codo. De camino a ver por Isabel Lc 1,39-40).

AMISTAD EN SINCERIDAD
No hay lugar para la hipocresía
(Me llamarán bienaventurada Lc 1,48).
Amistad sin caretas
(He aquí la sierva del Señor cita bíblica pendiente……..

AMISTAD QUE NO EXIGE EXPLICACIONES 
Confianza, credibilidad
(Cita bíblica Lc 1,38)
Ella no indaga, no investiga, no sospecha
(Tu padre y yo te hemos estado buscando Lc2,51).

AMISTAD SIEMPRE ABIERTA A CONTINUAR, A PESAR DE TODO
Vivir a la sorpresa de Dios
(¿Cómo será esto si no conozco varón? Lc 1,34)

AMISTAD AUTÉNTICA QUE NUNCA VA CONTRA LA PROPIA CONCIENCIA
Una amistad libre
(La sierva del Señor Lc 1,30).

UNA AMISTAD DE LA QUE NO SE ABUSA PARA PROVECHO PROPIO
Pensando en los demás amigos 
(Hagan lo que él les diga Jn 2,5).

AMISTAD QUE SIEMPRE PIENSA EN AYUDAR
María auxiliadora 
(María permaneció con Isabel Lc 1,56).
Acompaña y alienta
(Presencia de madre y amiga con los discípulos Jn 19,26-27).

AMISTAD CON DETALLES
Amistad en la vida ordinaria
(La vida de la Virgen es ordinaria Lc 11,27-28).

AMISTAD QUE DEFIENDE Y ARRIESGA TODO SI ES PRECISO
Nada vale más que la amistad con el Señor

(La pobreza del pesebre de Belén Lc 2,7).

Padre Alfredo.

jueves, 14 de septiembre de 2017

«Los enemigos»... Un pequeño pensamiento para hoy

El ser humano no vive en una burbuja de cristal, sino que tiene que vérselas todos los días con la familia, los amigos, los vecinos, los compañeros de trabajo, los amigos y los enemigos. Cada nuevo día hemos de aprender a vivir nuevos momentos en las relaciones humanas y las dificultades que éstas conllevan desde la óptica del Reino. Cristo nos enseña que, el manejo de las relaciones humanas, es el termómetro de la santidad, esto es, del vivir plenamente como hijos de Dios. En medio de las relaciones de cada día, el discípulo-misionero no es alguien «de palo», es un ser que es tremendamente humano y lleno de sentimientos, un ser al que le duelen las agresiones de los otros, las críticas, las afrentas, los engaños, los fraudes, los robos, las acciones de los enemigos, porque es frágil y vulnerable. Sin embargo, lo que caracterizará el comportamiento del discípulo-misionero, enseña Cristo, es la iniciativa en el amor: un amor que salva, que hace el bien, que depone el sentimiento de desquite, de venganza, de odio... revirtiendo los sentimientos negativos y las agresiones de los otros en impulsos de amor, como dicen los versículos 27 y 28 del capítulo 6 de san Lucas: «Amen a sus enemigos»... «Hagan el bien a los que los odien»... «Bendigan a los que los maldigan»... «Rueguen por los que los difamen»... 

En tiempos de Cristo sonaba e imperaba la llamada «Ley del talión»: Ojo por ojo, diente por diente. Entonces, esta ley se veía, no como una cuestión de venganza, sino como un modo eficaz de frenar la violencia y de poner límite a la venganza, para que el castigo nunca fuera mayor que la ofensa. Pero Cristo viene a proponer otro camino, en el Reino de Dios sólo deben brillar el amor y el perdón: «¡Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso!» (Lc 6,36). Los que siguen a Jesús han de ser unos luchadores enérgicos y sin descanso contra toda injusticia y desigualdad. Pero, han de hacerlo sin odio, sin venganza. Más aún, perdonando y amando a los enemigos, a los que nos odian o nos desean mal, a los que nos injurian, a los que nos maltratan, a los que nos critican y se burlan de nosotros. El amor generoso, la misericordia del Padre manifestada hacia nosotros en Jesús, nos ha de llevar a ser siempre instrumentos de amor, paz y perdón, pero... ¡cuidado!, que perdonar al enemigo no es quedarse como un pobre hombre derrotado o una persona «apachurrada», sin dignidad. El señor Jesús perdonó al que le dio la bofetada. No respondió con otro golpe ni con una maldición. Pero, a quien le golpeó, le hizo una corrección evangélica con amor y serenidad: «Si he obrado mal, demuéstrame en qué; pero, si he hablado bien, ¿por qué me pegas?» (Jn 18,23).

Amar al enemigo significa entonces, reconocer en primer lugar que en el día a día existen relaciones problemáticas, difíciles; enemistades y enemigos; y que, en segundo lugar, hay que romper con la lógica humana de la devolución del golpe (generalmente acrecentada en nuestro mundo de hoy), para desestabilizar la estructura de la enemistad y abrir alguna rendija para una relación diferente, tal vez distante, fría, pero de respeto, como la de Cristo con el que lo golpeó. Jesús no nos pide que seamos medio mensos y nos traguemos todo tipo de injusticias. No somos tontos, reconocemos al enemigo como tal, pero somos invitados a arrebatarle su lógica. Cuantas veces el mismo Cristo, sin decir nada, pasó por en medio de sus enemigos sin insultar o buscar regresar el mal recibido en los ataques, las agresiones y las supuestas exigencias (cf. Lc 4,30). Sólo una respuesta como la de Cristo, contrastando con el esquema común, puede quebrar la espiral de la violencia en el mundo. Con ello, se hace un anuncio del reino que ha de venir y que ya llegó con Jesús. El amor no puede depender de lo que recibimos del otro. El verdadero amor tiene que querer también el bien del otro, independientemente de lo que él o ella hagan por mí... «Hijo, no tienen vino», le dijo María a Jesús (Jn 2,3). El amor tiene que ser creativo, pues así es el amor de Dios para nosotros: «¡Sean misericordiosos como el Padre celestial es misericordioso!» Acompañemos hoy jueves a Jesús en la Eucaristía en Misa y en Adoración y como amigos de Él con María, podemos amar a su estilo.

Padre Alfredo. 

domingo, 19 de febrero de 2017

Que no se vayan con febrero el amor y la amistad...


Estamos a punto de finalizar el mes más corto del año, el mes de febrero, marcado por dos celebraciones que giran en torno al amor, una fiesta religiosa: «La Presentación de Jesús al Templo» y la otra de la sociedad mexicana y de otras naciones: «El Día del Amor y la Amistad». 

El amor es una palabra que en este mes se expresa, en medio de los católicos, en una convivencia el día 2 con la convivencia de esta fiesta, llamada también «Día de la Candelaria», compartiendo, en la cultura mexicana, los deliciosos tamales que son preparados o comprados, por aquellos a quienes el día de Reyes les tocó, en la rebanada de rosca, la imagen del Niño Dios. ¡Qué bonitas convivencias llenas de amor en estos días en tantas y tantas familias que celebran esta fiesta!

En la sociedad el amor y la amistad se celebran el 14 de febrero, en donde el amor se expresa en signos como flores, un corazón, un peluche. En febrero se siente y se ve la palabra «amor» por todas partes, en ropa y en diversos accesorios, mantas y toda clase de adornos, incluso, en febrero y sobre todo a raíz de la fiesta del amor y de la amistad, se ha llamado «amor» a lo que no es. ¡La amistad y el amor, solamente pueden entenderse si están fundados en el verdadero amor, que es el amor a Dios y el amor al prójimo, porque Dios... Es Amor (1 Jn 4,8). Dios debe ser, por eso, nuestro más querido y entrañable amigo y en Él, es que podemos vivir el precioso don de la amistad.

En la primera carta del apóstol san Juan, en el capítulo 3, hay un trozo que me parece fuerte, como pudiera parecer esta reflexión para algunos. Hay, en este pasaje de la Sagrada Escritura, algo fuerte que a la vez es claro y concreto: «En esto hemos conocido lo que es el amor: en que él dio la vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos. Si alguno que posee bienes de la tierra, ve a su hermano padecer necesidad y le cierra su corazón, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios? Hijos míos, no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad. En esto conoceremos que somos de la verdad». 

Así está la cuestión. No podemos hablar de amor sin hablar del prójimo. Como sacerdote, me he ido dando cuenta de que, en nuestros días, hay una tentación muy grande, la tentación de querer encontrar el camino directo hacia la divinidad sin tener que pasar por el camino del contacto con el prójimo. Hay gente —y no hago distinción de religiones y creencias— que se refugia en un templo o en un lugar de oración y meditación, olvidando que a Dios se le encuentra también y en primer instancia, en el prójimo. Y lo que es aún peor y más común en nuestros días, muchos, escudándose en decir que son ateos o agnósticos, reducen el ser humano a un objeto de placer, justificando que eso, utilizar al otro como un instrumento de satisfacción, es amor.

El prójimo, como objeto del amor, es precisamente una representación de Dios, una auténtica manifestación, nosotros somos su expresión, somos su pueblo, ovejas de su rebaño a quien ama entrañablemente y por quienes en Cristo, nos a alcanzado la amistad eterna con Él al darnos la salvación. El prójimo, aún para el que hoy en día afirma no creer en Dios o ser un agnóstico, debería representar algo grande, otro yo, un ser que vive y que siente como yo. El amor al prójimo va más allá de una cuestión de solución meramente social, económica o política. El amor al prójimo va más allá de todos los presupuestos humanos. El prójimo irrumpe en la vida de cada uno al margen de todas las previsiones y por encima de toda planificación. El prójimo no se selecciona, sino que se acepta aún en los momentos más inoportunos. El prójimo es gratuito, sin color concreto ni estructura clasificada. El prójimo irrumpe en nuestra vida  impulsándonos a amar, como irrumpieron aquellos novios de Caná en la vida de María la Madre de Dios y le hicieron exclamar: «¡Hijo, mira que no tienen vino!» (Jn 2, 3).

A lo largo de la historia de la humanidad, se ha intentado inmanentizar el amor al prójimo, hacer que no trascienda o por lo menos achicarlo, hacerlo de bolsillo, convertirlo en algo —no se como explicarlo— instantáneo pero para que sea otro el que lo lleve a cabo, no uno mismo. El mundo actual, consumista y materialista, lo quiere reducir a reglas detalladas y minuciosas que eliminen de nuestra vida la sorpresa y la inseguridad. La sociedad actual dice muchas veces que hay que planificar todo, y entonces, el amor queda tan planificado que no hay lugar para ir más allá y dar amor al otro. Cuando llega el prójimo, que irrumpe en un de repente, no hay lugar para él. Hemos planificado en nuestro mundo, en nuestras familias y en nuestras instituciones excesivamente el amor al prójimo... A ver si queda tiempo. ¡Disculpe, es que ya estoy ayudando aquí o allá! ¡Perdona, es que no tengo tiempo! ¡Me hubieras dicho antes, me agarraste en las prisas!

Lo primero que exige el amor, es una profunda sintonía con los hombres y mujeres de nuestro tiempo —con los que nos rodean y con los que están lejos—, con los cercanos y los lejanos. Una espiritualidad angelista, que saque al hombre de su momento histórico y lo transporte a regiones y épocas trasnochadas, está faltando gravemente a este deber de amor. El hombre es cuerpo y espíritu que no se pueden separar y la fiesta del amor no puede reducirse a un mes de año que, además, por si fuera poco, es el más corto del año.

En una ocasión, antes de la llegada de Internet, que me ha tocado ver y utilizar con tanto provecho, una persona se quejaba conmigo de un convento de monjas al que todos los días llegaba puntualmente el periódico: —Esas monjas deberían de regalar lo que gastan el periódico — decía—. ¿Cómo? —le pregunté yo— Ese es el instrumento mediante el cual estas mujeres, consagradas de por vida día y noche, saben algo del prójimo por el que están orando y por el que están dando la vida. ¿Cómo podemos decir que amamos al prójimo si no lo conocemos, si nos situamos al margen de un mundo cuyas miserias ni siquiera se conocen?

La pregunta que Dios hace a todo hombre y mujer al llegar al final del mes del amor y de la amistad, está en el libro del Génesis: ¿Dónde está tu hermano? Ese es el amigo, el prójimo gratuito, trascendente, presente en lo más hondo del corazón que se sabe amado por Dios. No se puede hablar de amor ni de amistad si no es haciendo a un lado la teoría y ejerciendo la caridad, amando de verdad y con ternura. De eso son muestra tantos amigos que nos rodean y desde lejos nos recuerdan, nos quieren, nos alientan, nos cuestionan, nos acompañan, nos apoyan haciéndose cercanos en las buenas y en las malas.

La beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento vivía así, sin tiempo de teorizar el amor sino con la tarea ininiterrumpida de hacerlo vida: «Que todos te conozcan y te amen, es la única recompensa que quiero» era su jaculatoria contante dirigiéndose al Amor de los amores.

Amemos así, con los pies puestos en la tierra y el corazón en el cielo, luchando día a día por hacer presente el amor de Dios, compartiendo penas y alegrías, amando a quienes llegan a nuestro lado para pedir apoyo espiritual y material, amando a quien irrumpe en el camino para pedir un pedazo de pan, un pequeño servicio, una sonrisa. No tenemos ni oro ni plata para solucionar un problema económico; no tenemos nada material para ofrecer seguridad al que no tiene; no tenemos muchas cosas visibles que dar... Pero podemos ofrecer, ante todo, el don de la amistad, el amor de un Dios que está siempre cercano a la humanidad, un Dios que es Amigo de todos. Cada día convivimos con la familia, con el obrero y la viuda, con el niño y el vendedor de casa en casa. Cada día nos topamos con nuestro prójimo que vende chicles o mazapanes, con el que pide caridad, con el vecino triste y afligido, con el compañero de trabajo que sufre alguna pena moral y brindamos nuestra amistad para llevar a todos a Dios.

Quiero terminar esta reflexión con un pensamiento de san León Magno que reza así: «Si Dios es amor, no podemos poner límite alguno al amor, ya que la divinidad es infinita».

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.
(Reflexión basada en un discurso dado en una reunión con bienhechores de los M.C.I.U. El 13 de febrero de 1993).

domingo, 22 de enero de 2017

LA ÍNTIMA AMISTAD CON CRISTO... al estilo de san Pablo

Si sumamos, más o menos, la cantidad de kilómetros recorridos por san Pablo en sus viajes misioneros, tendríamos un total de más de 15,000 kilómetros... ¡Imaginen para aquellos tiempos! Tres grandes viajes misioneros en tres años, más todo lo demás. Aquel apóstol sintió que llegó hasta el final de la tierra anunciando a aquel que lo había conquistado haciéndosele encontradizo por el camino y cambiando totalmente sus planes de vida. Si el Señor conquistó a Pablo y lo llamó a vivir una amistad de intimidad con él... lo hará con cualquiera, contigo y conmigo.

San Pablo, cuando ocurre aquel incidente trágico de la muerte de Esteban en manos de los que lo apedrearon, no sería más que un jovencito de unos 17 años. Sabía quien era Cristo y quienes eran y qué querían alcanzar los cristianos, pero necesitaba un fuerte vínculo que de perseguidor lo convirtiera en perseguido por vivir una amistad profunda con aquel amigo entrañable. Sabemos que fue condenado a muerte y fue mártir por su amistad con Cristo.

Hoy, en nuestros tiempos, hay pocos cristianos amigos de Cristo. Ya Gandhi lo decía: «Creo en Cristo, pero no en los cristianos». ¿Cómo afrontaríamos la mayoría de los cristianos de hoy en este mundo occidental dominado por el consumismo, una persecución religiosa? ¿Tendríamos la misma valentía de nuestros hermanos de Medio Oriente? ¿Recordaríamos, en medio del dolor y el sufrimiento, que Cristo ofrece su amistad como declaración de amor a perpetuidad? (cf. Jn 15,13-14). Sin una amistad íntima con Cristo, muere la fe.

Estamos celebrando en estos días, la «Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos», que abarca desde el 18 de enero hasta el día 25 en que celebramos la conversión de san Pablo. Me parece una buena oportunidad para reflexionar en la íntima amistad que a todos y cada uno de los cristianos debe unirnos al Salvador, porque, para seguirle en fidelidad y en unidad, hay que escuchar los latidos de su corazón que nos dice: «Permanezcan en mi amor» «Cómo mi Padre me amó, así los he amado a ustedes» (cf. Jn 15,9).

El cristianismo es la religión más difundida en el mundo y más o menos Cristo tiene hoy poco más de 2,180 millones de personas que le siguen, es decir casi un tercio de la población mundial, de estos, los católicos somos el 50,1 % y el resto está integrado por las diversas denominaciones que llamamos hermanos protestantes o hermanos separados (que sigo yo «esperados»).

En los últimos cien años, los seguidores de Cristo nos hemos cuadruplicado, pero el crecimiento de la población mundial ha dejado prácticamente igual el porcentaje sobre la población mundial. Hace cien años —precisa la agencia de información vaticana— los cristianos éramos 600 millones y ahora rebasamos los 2.180 millones, pero al mismo tiempo la población ha pasado de 1.800 millones a 6.900 millones, lo que supone que hace cien años representaban el 35 % de la población y ahora solo el 32 %. Los cristianos han aumentado en África y Asia y han descendido en Europa. Si en 1910 el 66,3 % de los cristianos vivían en Europa, el 27,1 % en América, el 4,5 % en Asia-Pacífico, el 1,4 % en África subsahariana, el 0,7 % en Oriente Medio y África del Norte, ahora la situación ha cambiado radicalmente. Hoy Europa está en el segundo puesto (25,9 %), mientras que el mayor número está en América (36,8 %).

Pero viendo el mundo y las condiciones en que está, uno pudiera preguntarse: ¿Cómo es posible, que en medio de esta vorágine social, yo tenga un lugar especial en el corazón de Cristo y él me ame tanto? ¿Cómo es que —como san Pablo— puedo percibir que a cada uno de los cristianos, él nos espera en algún momento de su pasión? Es que perecería que con el viento del relativismo que en esta época corre en todas direcciones, todo se cae, nada permanece, pero... el amor de Cristo es firme, es camino, es verdad y es vida. El amor de Cristo es de amistad íntima con cada uno de los cristianos sin que nadie pueda ser irremplazable y sin que él mismo pueda ser irremplazable para cada cristiano. Nada ni nadie puede ocupar el lugar de Cristo en el corazón del que ha captado su íntima amistad. A Jesús no lo suple nadie.

Cristo quiere estar en el corazón de cada uno de sus seguidores y hacer de cada uno «su amigo». «A ustedes no los llamo siervos, los llamo amigos». Otros grandes santos, enamoradísimos de Cristo como san Pablo,  al pensar en la amistad íntima con Jesús se preguntaban como san Policarpo,: «¿Por qué le he de traicionar?». 

Hay un dicho popular que reza así: «Dime con quien andas y te diré quién eres». San Pablo no se despegó nunca de Jesús, por eso su ejemplo ha impregnado el corazón de muchos santos y beatos. Santa Teresa de Ávila decía: «¡Con tan buen Amigo presente, todo se puede sufrir!». La beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, hablando de la amistad íntima con Cristo apunta: «escuchando la palabra divina, penetrándose de ella, gustándola, rumiándola por el don de Sabiduría, viene el alma a despojarse del hombre viejo y a revestirse del nuevo, a hacer suyos los conceptos del Maestro, a apropiarse su lenguaje, sus sentimientos, sus modales. Llega a poder decir como san Pablo: “No soy yo quien vivo; es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20)» (Estudios y Meditaciones, f. 706). Es así, a la luz de la vida de los santos que entendemos que para ser amigos de Jesús no es suficiente un amor de sentimientos, de emociones. Hay que amar a Jesús con un amor de entrega, de fidelidad y e imitación.

¿Y como es esa íntima amistad que Cristo brinda? En el Evangelio lo podemos ver. Jesús, como amigo, se dirige hacia los demás con un corazón abierto, sin aislarse o evadir el trato; va al encuentro de todos los que ama (cf Mt 11, 28). Cura, consuela, perdona, da de comer, procura hacer descansar a sus íntimos. Se compadece de quien está necesitado (cf Mt 9, 36). No discute con sus amigos; los corrige, pero no choca con disputas hirientes (cf Mt 20, 20-28). Se alegra con ellos en sus momentos felices (cf Lc 10, 21). Rechaza sus intenciones desviadas (cf Mt 16, 23). No desea nada de los hombres; no busca dar para recibir. Y cuando una vez busca consuelo en la agonía, no lo encuentra (cf Mt 26, 40). Se siente incomprendido por ellos, pero era parte de su cruz, pues aún no había venido el Espíritu Santo que les hiciera comprender todo (cf Jn 12, 24). Jesús ama a sus amigos sobrenaturalmente, no por sus cualidades humanas (cf Jn 13, 14). 

Finalmente, en el mismo Evangelio, Jesús nos dice: «Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando» (Jn 15, 14).

Alfredo Delgado Rangel.

domingo, 20 de febrero de 2011

Tía Reyna voló al cielo...

"Las almas de los justos están en las manos de Dios
y no los alcanzará ningún tormento".
Sab 3,1-9


Corrían los primeros minutos del sábado pasado cuando Reyna Ayala dejó este mundo luego de una enfermedad que le acompañó por un buen tiempo. "Tía Reyna", como me enseñaron mis papás a llamarle desde muy pequeño, era la comadre entrañable de mi mamá que, motivada por mi misma madre, se adentró a vivir su vocación de esposa, madre y apóstol cristiano en la "Agrupación de Esposas Cristianas" desde hace mucho tiempo.

Son muchas, muchísimas las cosas que recuerdo de esta maravillosa mujer, casada con "mi tío Samuel" (también tío de cariño y ferviente y comprometido miembro de la Iglesia Metodista) y madre de Samuelín, Carmina y la Chata. Fueron 82 años de una larga vida en la que no pude ver otra cosa que no fuera el rostro de una mujer feliz que destilaba caridad y justicia. Sí, podemos decir que esa fue una característica especial en ella: dar a cada uno lo que le corresponde y eso, acompañado de mucho amor. Así lo puede testimoniar la familia, los "sobrinos" como yo, los compadres, los chicos y chicas que se asistían en su casa, los vecinos, en fin...

De muy pequeño, era la vecina de al lado, con todas las buenas características que una vecina excepcional pueda tener. Mujer de temple y a la vez alegre, con una carcajada que para mí será siempre inolvidable y que invitaba a reír con ganas. Sencilla y generosa, ¡siempre dio y se dio con alegría! Entre las amigas de mi madre era conocida como "la comadre Reyna"

Tanto ellos, como nosotros, nos cambiamos de aquella calle de Torreón, en la colonia Chapultepec y las relaciones cordiales y de familia siguieron siendo las mismas, o quizá, más profundas. Los hijos tomamos rumbos diferentes y los compadres siguieron su mismo camino de compartir la vida en la plática alegre, las visitas mutuas, el café y la tarea hermosa de vivir para Cristo con una vida serena y llena de Dios. ¡Era sabrosa la plática con tío Samuel y tía Reyna!

Hace algunos años le diagnosticaron un cáncer en el estómago que no diezmó para nada su fe, vivió alegremente llena de esperanza obedeciendo a los médicos, siguiendo tratamientos y visitando frecuentemente el hospital. En los últimos meses, aunque ella no lo decía, sí lo decían los demás con un cierto aire de dolor: "¡Se le ve muy cansada!"

Ahora ella ya no está cansada, ella goza, estoy seguro que ha "volado" al cielo porque su vida fue un cumplir la voluntad de Dios realizándose plenamente en lo que Dios le había encomendado. El Señor me permitió acompañarle en el último adiós en la Misa Exequial en la que muchísima gente participó con fe, agradeciendo los infinitos beneficios que Dios concedió a tía Reyna y a muchos y muchas a través de ella, la mujer justa y llena de caridad. La Virgen la llevó de su mano al cielo, era sábado el día del funeral.

¡Qué hermoso es desgastar la vida así... dándose! Descanse en paz tía Reyna.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

lunes, 14 de febrero de 2011

El día del amor y la amistad...

Ya casi se termina este día del amor y la amistad y para mucha gente termina la fiesta de celebrar algo. Lo más hermoso es pensar que, desde que Cristo vino al mundo, para los creyentes, cada día que pasa es el día del amor y la amistad, porque su huella de amor al Padre y a los hermanos, ha quedada plasmada en cada bautizado que como Él, quiere pasar por el mundo amando a su estilo... Así, cada día no celebramos algo como este día, sino celebramos a Alguien que es Amor y Amistad en plenitud. ¡Felicidades cada día!