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viernes, 27 de julio de 2018

EL PAPA PROPONE UN SENCILLO EXAMEN DE CONCIENCIA...


El examen de conciencia se hace antes de la confesión para decir después al confesor todos los pecados que se han recordado. El examen debe hacerse con diligencia, seriedad y sinceridad, pero sin angustias. La confesión no es un suplicio ni una tortura, sino un acto de confianza y amor a Dios. No se trata de atormentar el alma, sino de dar a Dios cuenta filial.

Esta serie de preguntas sencillas que hace el Papa Francisco, ayudan a hacer un buen examen de conciencia procurando recordar los pecados cometidos de pensamiento, palabra y obra, o por omisión, contra los mandamientos de la ley de Dios, de la Iglesia o contra las obligaciones particulares. Todo desde la última confesión bien hecha. 

Estas son las preguntas que el papa Francisco propone para examinarse y hacer una buena confesión:

EN RELACIÓN A DIOS:

¿Solo me dirijo a Dios en caso de necesidad? 

¿Participo regularmente en la Misa los domingos y días de fiesta? 

¿Comienzo y termino mi jornada con la oración? 

¿Blasfemo en vano el nombre de Dios, de la Virgen, de los santos? 

¿Me he avergonzado de manifestarme como católico? 

¿Qué hago para crecer espiritualmente, cómo lo hago, cuándo lo hago? 

¿Me rebelo contra los designios de Dios? 

¿Pretendo que Él haga mi voluntad?

EN RELACIÓN AL PRÓJIMO:

¿Sé perdonar, tengo comprensión, ayudo a mi prójimo? 

¿Juzgo sin piedad tanto de pensamiento como con palabras? 

¿He calumniado, robado, despreciado a los humildes y a los indefensos? 

¿Soy envidioso, colérico, o parcial? 

¿Me avergüenzo de la carne de mis hermanos, me preocupo de los pobres y de los enfermos?

¿Soy honesto y justo con todos o alimento la cultura del descarte? 

¿Incito a otros a hacer el mal? 

¿Observo la moral conyugal y familiar enseñada por el Evangelio? 

¿Cómo cumplo mi responsabilidad de la educación de mis hijos? 

¿Honro a mis padres? 

¿He rechazado la vida recién concebida? 

¿He colaborado a hacerlo? 

¿Respeto el medio ambiente?

EN RELACIÓN A MÍ MISMO:

¿Soy un poco mundano y un poco creyente? 

¿Como, bebo, fumo o me divierto en exceso? 

¿Me preocupo demasiado de mi salud física, de mis bienes? 

¿Cómo utilizo mi tiempo? 

¿Soy perezoso? 

¿Me gusta ser servido? 

¿Amo y cultivo la pureza de corazón, de pensamientos, de acciones? 

¿Nutro venganzas, alimento rencores? 

¿Soy misericordioso, humilde, y constructor de paz?

Padre Alfredo.

viernes, 15 de septiembre de 2017

La revisión de vida en el andar de una comunidad...


La revisión de vida es algo muy necesario en toda comunidad —dígase familia, grupo, fraternidad—. Es un incentivo que tiene como finalidad la purificación de cada uno de los miembros que caminan al unísono en un grupo, la ayuda mutua espiritual, el crecimiento de la vida de los que viven el compromiso cristiano fraternalmente, el conocimiento recíproco de los miembros, el amor mutuo, la solidaridad con todos, la confianza de los unos con los otros, la vida que imita a los apóstoles con Cristo. 

La revisión de vida se realiza dentro de un clima de oración y respeto. Hay que tener bien claro que es una «revisión de vida» que hará cada uno de los miembros compartiendo de su propia vida y respetando las vidas de los demás. Hay varias formas de hacer una revisión de vida. Aquí te muestro una que puede ayudarte:

FASES DE UNA REVISIÓN DE VIDA:

1. Se sientan todos en círculo, propiciando un silencio respetuoso de recogimiento y se invoca al Espíritu Santo (puede ser una oración o un canto apropiado).

2. Se hace un examen de conciencia particular durante algunos momentos (se pueden dar pistas para orientar la revisión de vida a uno o varios aspectos).

3. Vienen luego las manifestaciones individuales, en donde uno tras otro va explicando a los demás miembros del grupo lo que está experimentando en su interior a nivel de oración, de estudio, de trabajo, de relaciones interpersonales, de la familia, de algún cargo o comisión que tenga, etcétera; expresando con sencillez cómo se siente.

4. Además de hablar de sí mismo, se puede hablar de la marcha de la comunidad, cómo la ve, cómo la siente; pero sin acusar ni atacar a nadie. Puede ser, por ejemplo, que alguno manifieste su parte de culpa en las cosas que no van como deberían ir, y manifestar su resolución como aportación personal para impulsar o corregir algo que se tenga que mejorar.

5. Puede ser que al terminar de hablar todos, alguno o algunos quieran decir algo más.

6. Quien dirige la revisión de vida tErmina con una exhortación y viene luego la oración final y un canto.

REGLAS IMPORTANTES PARA LA REVISIÓN DE VIDA:

1. Nadie tiene que ser obligado o forzado moralmente a manifestarse si no quiere.

2. Cada uno tiene que hablar tan solo de lo que libremente quiera, es decir, de lo que percibe como un bien para sí y para los demás, o como un mal para sí mismo.

3. También puede hablarse de los demás que están presentes, pero no hablar nunca mal, ni acusar, juzgar o atacar. Puede decirse de los demás lo que en su conducta hace bien y sirve de ayuda al grupo, pero siempre con sencillez y discreción, sin adular ni poner a nadie en apuros; tomando en cuenta que siempre habrá miembros de la comunidad que por motivos familiares, de trabajo o de amistad, conviven más y se conocen mejor.

4. Hay que justificarse de la conducta propia solamente en lo que haya que aclarar para evitar el escándalo y la interpretación menos justa. Por ejemplo: no haber asistido a una reunión importante por tal o cual causa justificada, etc.

5. Ser humildes y presentar con sencillez las propias debilidades humanas sin justificarlas. Es decir, abrir el corazón a los demás miembros del grupo en un ambiente de confianza familiar.

6. No hablar de cosas —aunque sean verdaderas— que pueden escandalizar a las personas con poca experiencia o que son nuevas en esta experiencia.

7. Eventualmente, los que escuchan, pueden responder a la persona que se manifiesta, para animarla, para ayudarle a expresar lo que se comprende que quiere externar y se le dificulta, o para pedirle que aclare mejor algo de lo que haya dicho y que no se haya comprendido bien.

LO QUE DEBEN HACER LOS DEMÁS MIENTRAS ALGUNO SE MANIFIESTA:

1. Escuchar con respeto y atención.

2. Acoger y aceptar con amor y comprensión todo lo que se manifiesta.

3. No criticar en público lo que uno ha dicho en la revisión de vida, aunque se trate de algo que no debería haber dicho. En ese caso hay que aceptar incluso ese error y pecado, y luego, en particular, el padre de familia, el dirigente, el asesor o quien dirige la revisión, puede comentarle algo, sugerir alguna cuestión o corregir.

CON LO QUE HAY QUE TENER CUIDADO EN UNA REVISIÓN DE VIDA:

1. Estar con ánimo de participar en la revisión cooperando. Porque puede haber algunos que sean tímidos y que estén esperando la participación de otros para animarse a hablar.

2. Puede haber personas que no conozcan mucho o participen poco en la comunidad y por eso no sientan confianza. Hay que ayudarles antes a disponerse a participar.

3. Puede que haya algunos que no quieran hablar por falta de sencillez. A estos sí hay que ayudarles a vencer eso y participar.

4. El que dirige la revisión, o las personas que tengan cargos o responsabilidades y estén presentes, deben de tener cuidado de no mostrarse autoritarios o aparecer como los que todo lo saben y todo lo hacen bien.

5. Hay que hacer a un lado la falsa humildad.

SOBRE LA ORACIÓN FINAL EN LA REVISIÓN DE VIDA:

1. Puede ser dirigida espontáneamente por una sola persona o tenerla preparada antes.

2. Puede ser una acción de gracias al Señor por las cosas buenas que han sucedido en la comunidad. Puede ser participada o realizada por una sola persona con una respuesta común.

3. Se pueden hacer algunas promesas de esfuerzo personal y comunitario para el buen ejemplo en la perseverancia. Cada miembro de la comunidad puede ir expresando algo.

4. Pueden hacerse propósitos por escrito y quemarlos al final en una fogata.

5. Puede recurrirse a otras formas, un canto, algo expresado por escrito, etc.

EL SECRETO PROFESIONAL O SIGILO EN LA REVISIÓN DE VIDA:

Es muy importante que todos los participantes en la revisión de vida sean conscientes de que cuanto ha tenido lugar en la sesión, es decir, todo lo que cada uno ha manifestado, es considerado materia de sigilo o secreto profesional. Cada uno puede hablar con los demás tan solo de sus propias manifestaciones. Solamente por causa grave se podrá comentar con quien ha dirigido la revisión, siempre en privado y con la debida seriedad.

UN EJEMPLO DE PREGUNTAS PARA LA REVISIÓN DE VIDA DE UN GRUPO APOSTÓLICO:

1. LA VIDA DE ORACIÓN.
.- ¿Hago, o trato de hacer de mi vida una oración?
.- ¿Busco la presencia de Jesús en lo sencillo y rutinario de cada día?
.- ¿Tengo cuidado de servirle a mis hermanos viendo en ellos a Cristo?

2. LA RELACIÓN CON LOS DEMÁS.
.- ¿Trato de animarlos cuando noto que atraviesan un momento de crisis?
.- Justifico sus errores en vez de criticarlos, sin conocer los motivos de sus faltas?
.- Les doy con mi ejemplo, con mi vida, con mis actitudes, una imagen fiel de Jesús?

3. LA RELACIÓN CON LA COMUNIDAD.
.- ¿Doy dentro y fuera de mi comunidad el ejemplo que Dios espera de mí?
.- ¿Mi asistencia a las actividades de la comunidad es por costumbre o por verdadera convicción y amor?
.-¿Cómo siento que me muestro fuera del grupo, en mis actividades ordinarias?
.- ¿Me esfuerzo por darme a mi comunidad?
.- ¿Trato de animar a los miembros que noto desalentados?
.- ¿Soy positivo en mi relación con la comunidad, apoyando los proyectos aunque no hayan surgido de mi creatividad personal o no me agraden del todo?

MI VIDA APOSTÓLICA:
.- ¿Hago de mi vida de familia, estudio o trabajo un campo de misión?
.- ¿Rezo por los miembros de mi comunidad, especialmente por quienes se encuentran en dificultades?
.- ¿Me acuerdo de orar por todos los misioneros del mundo entero?
.- ¿Procuro vivir la conversión intensamente?
.- ¿Cuál es mi colaboración para la conversión del mundo?
.- ¿Me esfuerzo por vivir la caridad y las demás virtudes cristianas?

Recordemos finalmente que, en el modo de proceder del grupo de revisión de vida, hay un supuesto de fe. Dios se manifiesta y revela su proyecto de salvación en los acontecimientos cuando estos son acogidos y leídos desde la persona de Jesús de Nazaret, centro y sostén de nuestras vidas. En consecuencia, la revisión de vida lleva al encuentro con Dios y a una mayor disponibilidad para hacer su voluntad en las circunstancias concretas en las que transcurre la vida cotidiana de una comunidad. Se pretende llegar, con ayuda de la revisión de vida, a una actuación que se pueda llamar cristiana; para ello, en docilidad al Espíritu Santo, hay que llegar a tener «los mismos sentimientos de Cristo Jesús» (Flp. 2,5).

P. Alfredo Delgado, M.C.I.U.

ALGUNOS TEXTOS BÍBLICOS PARA MEDITAR EN EL PECADO...


VENCER EL EGOÍSMO:
«Las Malaventuranzas» Lc 6,24-26.
«El rico Epulón y Lázaro» Lc 16,19-31.

TENER CUIDADO CON LOS PECADOS DE OMISIÓN:
«No hacen nada, eso es pecado» St 4,19.
«¡No has amado» Mt 25.

HACER A UN LADO LA MENTIRA:
«Amar las tinieblas y odiar la luz» Jn 3,19-21.
«El padre de la mentira» Jn 8,13-59.

NO ACTUAR COMO LOS FARISEOS:
«Mentira, vanidad e hipocresía» Mt 23.
«Coquetería y codicia religiosa» Mc 12,38-40.

VER LA FEALDAD DEL PECADO:
«Degeneración» Rm 1,24-32.
«Las obras de la carne» Gál 5,19-26.
«Una lista de pecados» Ef 5,1-19.

NO COMPARARSE Y SENTIRSE MÁS:
«La viruta en el ojo ajeno» Mt 7,1-5.
«La oración farisaica» Lc 18,9-14.
«Peores que las prostitutas» Mt 21,28-32.
«San Pablo, el primero de los pecadores y
el último de los apóstoles» 1 Tim 1,15-17; 1 Cor 15,9.
«Mucho se les pedirá» Lc 12,35-48.

NO DUDAR DE QUIÉN ES DIOS:
«Porque nadie lo ha visto nunca» 1 Tim 6,13-16.
«Porque no tiene acepción de personas» Hch 10,34-43.
«Porque es perfecto en su amor y misericordia» Mt 5,48.

ADMIRARSE DEL PECADO:
«¡El pecado mora en mí!» Rm 7,14-25.
«¡Soy un pecador» Lc 5,4-11.

sábado, 15 de abril de 2017

ACTO DE CONTRICIÓN... Breve y sencillo

Señor mío,
me arrepiento de mis pecados
con todo el corazón.
De haber escogido hacer el mal 
y no hacer el bien.

He pecado contra Ti
a quien debo amar
sobre todas las cosas.

Propongo con tu ayuda
hacer penitencia,
nunca más pecar y evitar
todo lo que me lleve
a hacer el mal.
Amén.

viernes, 20 de enero de 2017

Algunas recomendaciones para hacer una buena confesión...



1. NO DEJES LA CONFESIÓN PARA ÚLTIMA HORA SIN HABER HECHO UN EXAMEN DE CONCIENCIA.

El «Examen de Conciencia» es una parte básica del sacramento de la Reconciliación. Si se llega al confesionario sin haberlo hecho, puede ser que se viva el momento como una experiencia frustrante.

Hay personas que le dicen al confesor: "Padre... ¿me ayuda?". Eso no debe ser, pues el sacerdote confesor no vive la misma realidad, no convive en su diario vivir y no sabe de las situaciones que cada feligrés enfrenta cada día según su situación. Presentarse a confesarse así denota que no se ha hecho un examen de conciencia.

Con anticipación, y en un ambiente de oración, hay que reflexionar, por lo menos un día o unas horas antes de ir al confesionario, sobre las acciones y actitudes negativas; incluso se puede hacer un examen por escrito.

Aquí encontrarás algunas ideas para hacer un buen examen: «Examen de conciencia».


2. HAZ UN PLAN DE VIDA EN TORNO AL SACRAMENTO DE LA RECONCILIACIÓN.

Cada alma es única e irrepetible, cada alma tiene diversas necesidades para su crecimiento espiritual, recordando que el enemigo, «como león rugiendo, ronda buscando a quien devorar» (1 Pe 5,8). Así, cada uno irá cuidando de su vida espiritual recurriendo al sacramento de la Reconciliación con la frecuencia que sea necesaria, formando la conciencia para que no pasen largos periodos ni se exagere en buscar la recepción del sacramento. Los tiempos de Adviento y de Cuaresma, son espacios privilegiados para hacer una muy buena confesión y luego, durante el año, cada quien verá de buscar esa confesión frecuente según su propia conciencia por los momentos que vaya pasando, ya que la conciencia no se puede programar sino formar y cuidar.


3. NO CONFUNDAS LA CONFESIÓN CON LA DIRECCIÓN ESPIRITUAL.

La Confesión es un Sacramento y en ella sólo se dicen en concreto los pecados; además, el Sacramento obliga al sacerdote al «sigilo sacramental», que implica que todo lo que se haya dicho en confesión nunca será revelado, de lo contrario se caería en pena de excomunión. Según el Derecho Canónico, canon 931, el que se confiesa puede elegir a la persona con quien más tiene confianza; jamás se le obliga a confesarse con alguien en específico, aunque es recomendable tener un confesor que te ayude a crecer en la vida espiritual.

La dirección espiritual, por su parte, es una «orientación espiritual», un proceso en el cual una sola persona «el director espiritual» ayuda a la persona en el crecimiento espiritual y puede tocar un tema continuado o según la necesidad del momento. Las visitas o entrevistas en la dirección espiritual son periódicas, para lo cual hay que programarse y prepararse mediante la oración.


4. SE BREVE Y CONCRETO EN TU CONFESIÓN.

Confiesa solamente tus propios pecados, no los de otros y hazlo de manera concreta, sin rodeos innecesarios, para eso es el examen de conciencia que haz hecho antes de llegar al confesionario. Evita contar historias en cada pecado y piensa en las demás almas que están esperando la reconciliación.


5. SIGUE LOS PASOS DEL RITO DE LA CONFESIÓN EN LO QUE A TÍ CORRESPONDE.

Ordinariamente el rito a seguir es el siguiente (aunque el sacerdote puede proceder de forma diferente para dar la absolución):

Sacerdote: Ave María Purísima.
Feligrés: Sin pecado original concebida.

Sacerdote: ¿Cuánto tiempo tienes de no confesarte?
Feligrés: (Decir cuánto tiempo, por lo menos aproximadamente).

Sacerdote: Dime tus pecados.
Feligrés: (Exponer de forma clara y concisa los pecados).

Tal vez en este momento el sacerdote de algún consejo o haga alguna recomendación.

Sacerdote: Di tu acto de contrición.
Feligrés: Pésame Dios mío...
Sacerdote: Yo te absuelvo... (da una penitencia a realizar y te invita a irte en paz).

sábado, 17 de diciembre de 2016

Un buen examen de conciencia con los diez mandamientos...


¿Cómo puedo hacer un buen examen de conciencia?

1) Se comienza pidiendo al Espíritu Santo luz para recordar cuáles son los pecados que más le están disgustando a Dios.

2) Se puede hacer repasando los diez mandamientos para saber qué faltas se han contra ellos.

Los Diez Mandamientos de la Ley de Dios son:

PRIMERO:
Amarás a Dios sobre todas las cosas.

SEGUNDO:
No tomarás el Nombre de Dios en vano.

TERCERO:
Santificarás las fiestas.

CUARTO:
Honrarás a tu padre y a tu madre.

QUINTO:
No matarás.

SEXTO:
No cometerás actos impuros.

SÉPTIMO
No robarás.

OCTAVO:
No darás falso testimonio ni mentirás.

NOVENO:
No consentirás pensamientos ni deseos impuros.

DÉCIMO:
No codiciarás los bienes ajenos.

Los primeros tres mandamientos tienen que ver con nuestra relación con Dios, mientras que los últimos siete rigen nuestra relación con el prójimo. El amor que le tenemos al prójimo es meramente una extensión o una expresión de nuestro amor a Dios. Si no veo al otro en relación con Dios, es decir, como perteneciente a Él, no pasará mucho tiempo antes de que comience a amarlo principalmente por lo que él hace por mí. Sólo cuando lo veo desde el punto de vista de Dios puedo amar a mi prójimo por su bien, y no por mi propio bien, porque Dios amó a cada una de las personas que existen por su bien.

El examen puede hacerse así:

PRIMER MANDAMIENTO:
Sin importar la forma que tome, la violación del primer mandamiento, que es el pecado de la idolatría, no es más que egolatría; dado que la búsqueda del poder y del dinero como meta principal es, en definitiva, la búsqueda de uno mismo como centro de la propia vida.

¿Realmente ocupa Dios el primer lugar en mi vida o lo hago a un lado? ¿Me acuesto o me levanto ordinariamente sin rezar? ¿Me avergüenzo de aparecer como creyente ante los demás? ¿He creído en supersticiones, por ejemplo; amuletos, sales, brujas, lectura de cartas o de humo de cigarro, de café o recurro a espiritistas? ¿He blasfemado? ¿Le doy al poder o al dinero el primer lugar entre mis intereses?

SEGUNDO MANDAMIENTO:
La forma principal de violar este mandamiento es jurar utilizando el nombre de Dios: «... te lo juro por Dios santo que me ayude" (invocando a Dios como testigo de que se está diciendo la verdad) y luego mentir. Eso es jurar en falso.

¿He dicho el Nombre de Dios sin respeto y por cualquier tontería? ¿He puesto a Dios de testigo de algo que luego no he cumplido? ¿He mencionando el nombre de Dios en forma frívola, sin ningún tipo de reverencia?

TERCER MANDAMIENTO:
Para los miembros de la Iglesia Católica, como Cristo resucitó de entre los muertos un domingo, el día santo comienza el sábado por la tarde y continúa a lo largo de todo el domingo. El domingo está apartado de los demás días como un día de adoración y contemplación, dedicado al Señor. La cultura occidental ha perdido el sentido de esta noción del domingo como día santo. El consumismo se ha transformado en la nueva religión y los centros comerciales se han convertido en nuevas iglesias, así, el pecado más grave contra este mandamiento es el no vivir el di¡omingo como día dedicado al Señor.

¿He faltado a misa los domingos y fiestas obligatorias (1 de Enero, Corpus Christi, Virgen de Guadalupe y 25 de diciembre? ¿Cuántas veces? ¿Cuántos domingos voy a misa cada mes?

CUARTO MANDAMIENTO:
El no ver por nuestros padres en la mayor medida que podamos, es la falta más grave contra este mandamiento. Estamos llamados a honrar a nuestros padres y a quienes, en nuestro diario vivir, representan una autoridad.

¿He desobedecido a mis padres o autoridades competentes? ¿No les he querido ayudar? ¿Los he tratado mal? ¿He perdido el tiempo en vez de estudiar o trabajar? ¿Me he burlado de quienes para mí representan autoridad?

QUINTO MANDAMIENTO:
El valor de la vida y por consiguiente de la persona humana no puede calcularse en base a su utilidad, ya que ello implicaría reducirla a un mero instrumento. La diseminación de esta mentalidad utilitaria en la cultura trae aparejado un aumento en el número de asesinatos directos e indirectos (aborto, infanticidio, eutanasia, fraude, asesinato de reputaciones, indiferencia hacia los enfermos, los que sufren y los pobres, etc.) El pecado contra este mandamiento es negar la vida o atacarla conscientemente.

¿He deseado que a otros les vaya mal? ¿He peleado? ¿He dicho maldiciones o groserías que ofenden a mi prójimo? ¿Tengo resentimientos contra alguna persona y no le quiero perdonar? ¿No rezo por los que me han tratado mal? ¿Me he burlado de alguien? ¿He puesto sobrenombres? ¿He tratado con dureza? ¿He dicho palabras ofensivas e hirientes? ¿He hablado mal de otras personas? ¿He contado lo malo que han hecho o lo que dicen de ellos? ¿He escandalizado? (o sea, ¿he enseñado lo malo a los que no lo saben?) ¿Cuántas veces? ¿Me he aprovechado de los más débiles para golpearlos o humillarlos? ¿Me he practicado o he participado en un aborto? (El pecado del aborto causa excomunión*).

SEXTO MANDAMIENTO:
La sexualidad es un don que Dios ha dado al ser humano. El acto de la unión sexual es una expresión de la unión del hombre y la mujer en una sola carne. El acto de infidelidad a Dios, en este mandamiento, reduce la vivencia de la sexualidad a un mero instrumento de placer. El pecado contra este mandamiento incluye, dentro de su alcance, a toda otra actividad sexual que se practique fuera de los designios naturales que Dios ha marcado, por eso la masturbación y la práctica de la homosexualidad son pecados graves.

¿He mirado películas impuras, o revistas pornográficas o escenas impuras en Internet o por televisión? ¿He dicho o celebrado chistes malos? ¿He hecho acciones impuras conmigo mismo o con algunas personas? ¿Tengo alguna amistad que me hace pecar? ¿Estoy a favor del mal llamado «matrimonio igualitario»? ¿Recurro a la masturbación? ¿Practico o estoy de acuerdo con relaciones homosexuales?

SÉPTIMO MANDAMIENTO:
Todos tenemos derecho a los bienes que necesitamos para vivir, pero esos bienes deben comprarse y la primera medida que debemos tomar para comprar esos bienes consiste en desarrollar nuestra capacidad para generar las riquezas necesarias (es decir, bienes y/o servicios). Robar es tomar un bien que por legítimo derecho le pertenece a otra persona. Esa conducta viola la justicia.

¿He robado? ¿Cuánto vale lo que he robado? ¿Pienso devolverlo o dar eso a los pobres? ¿He devuelto lo prestado? ¿He tenido pereza en cumplir los deberes? ¿He cobrado de más al prestar algún servicio? ¿Me he quedado con cambio que me han dado de más? ¿He cometido algún fraude? ¿Si tengo personas a mi cargo, les pago lo justo?

OCTAVO MANDAMIENTO:
La mentira es una violación inmediata de la «integridad» de alguien o de algo; dado que existe una separación entre lo que aparece en las palabras del mentiroso y lo que está en su mente. A pesar de que la verdad está en su mente, no lo está en sus palabras. Si nuestras palabras están cada vez más unidas al contenido de verdad que está dentro de nosotros y cada vez más llenas de dicha verdad, nos pareceremos cada vez más a Dios. Cuanto más vacías de ese contenido estén nuestras palabras y cuanto más se utilicen para expresar una falsedad en vez de lo que tenemos dentro seremos cada vez más diferentes a Dios. El único remedio contra la mentira es un compromiso que la excluya por completo, para siempre, en todo lugar y bajo cualquier circunstancia.

¿He dicho mentiras? ¿He inventado de otros lo que no han hecho o dicho? ¿He hecho trampas en negocios o estudios? ¿He creído que Dios no me va a ayudar? ¿Me he habituado a vivir en un mundo de mentira presumiendo lo que no soy o lo que no tengo? ¿Celebro las mentiras de los demás y sigo la corriente?

NOVENO MANDAMIENTO:
El corazón es la sede de la personalidad moral: «de dentro del corazón salen las intenciones malas, asesinatos, adulterios, fornicaciones» (Mt 15, 19). La lucha contra la concupiscencia de la carne pasa por la purificación del corazón, por eso es tan importante este mandamiento. La «permisividad de las costumbres» es el pecado que va contra este mandamiento, porque se basa en una concepción errónea de la libertad humana que, para llegar a su madurez, necesita dejarse educar previamente por la ley moral. Es necesario auto-formarse en las cualidades del corazón y de la dignidad moral y espiritual del ser humano para no faltar.

¿He detenido en mi cerebro por varios minutos pensamientos o deseos impuros? ¿He codiciado la mujer o el esposo de mi prójimo?  ¿He mirado a un hombre a una mujer de manera impura? ¿He vivido el  pudor de los sentimientos como también un pudor del cuerpo, de acuerdo al momento y espacios como se requiere?

DÉCIMO MANDAMIENTO:
Codiciar significa tener un deseo desordenado de algo o alguien. Quién codicia está insatisfecho con lo que tiene; o más específicamente, con lo que es. El pecado se suscita aquí porque nos amamos demasiado a nosotros mismos y por eso debemos pasar el resto de nuestras vidas trabajando para ir disminuyendo la intensidad de ese amor desmesurado hacia nosotros mismos con el objeto de ir aumentando cada vez más el amor a Dios. Codiciar es un signo de que falta mucho por hacer, es un indicio de que hay que superar nuestras limitaciones naturales, ser más de lo que somos. Y esa es la raíz de el pecado de la codicia y de muchos otros en este mundo; nos amamos demasiado a nosotros mismos y no tanto a los demás. 

¿He codiciado los bienes ajenos? ¿He sido envidioso deseando lo que no es mío? ¿He sido avaro? ¿He comido más de lo que necesito? ¿He sido orgulloso, vanidoso o soberbio? ¿Me la paso pensando en lo que hacen los otros sin valorar y dar gracias por lo que yo soy y hago? ¿Tengo envidia de posiciones o puestos que ocupan los demás?

¿Qué otras preguntas me puedo hacer al examinar mi conciencia?

¿Cuáles son las faltas que más cometo y repito? ¿Cuáles serán las causas por las cuales cometo esos pecados de forma repetitiva? Por ejemplo: Soy muy flojo: ¿Por que será? ¿será que no descanso bien? ¿Será que me entretengo en pequeñeces y pierdo el tiempo o no rindo lo suficiente? Soy muy enojón: ¿Por qué será? ¿Será que quiero que todos piensen como yo? ¿Será que exijo demasiado? ¿Será que tengo un problema interno que no he resuelto? ¿Será que me preocupo demasiado como si Dios no cuidara de mí y no me fuera a ayudar? ¿Será que no me conformo con lo que Dios permite que me suceda?

Otros ejemplos: Hablo mal de los demás y critico: ¿Por qué será? ¿Será que vivo juzgando a los otros olvidando lo que dijo Jesús: «no juzguen y no serán juzgados, no condenen y no serán condenados» (Mt 7,1), o será que trato con personas murmuradoras que me contagian de su murmuradera? Me vienen pensamientos o deseos impuros: ¿Por qué será? ¿será que veo cosas impuras o malas en Internet o Televisión, o veo pornografía o no hago bastante ejercicio físico?

Otra pregunta que nos podemos hacer: ¿Cuál será el pecado mío que más le está disgustando a Dios? Si Cristo se me apareciera a ofrecerme quitarme un pecado, ¿Cuál le pediría que me quitara? ¿Qué voy a hacer para tratar de no cometer ese pecado?

¿Qué es arrepentirse de los pecados?


Arrepentirse de los pecados es sentir tristeza o pesar de haber ofendido a Dios que es tan bueno y por haber hecho, pensado o dicho lo que nos hace daño a nosotros mismos o a los demás.


Terminar haciendo un breve acto de contrición que puede ser:

«Dios mío me pesa haberte ofendido porque eres tan Bueno, perdóname, no quiero ofenderte más».



Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

Misionero de la Misericordia

* El Canon 1398 del Código de Derecho Canónico menciona que «una persona que realiza un aborto exitoso, incurre en la excomunión automática»(latae sententiae). Esto significa que en el mismo momento en que el aborto es consumado exitosamente, la mujer y todos los participantes son excomulgados. La excomunión es la expulsión, permanente o temporal, de una persona de la Iglesia. Durante el período de la excomunión, el afectado sigue formando parte de la comunidad, pero debe cumplir sentencia de ahí el nombre de la misma, del latín ex communicatio[ne] latae sententiae. La Iglesia cuenta con normas para la excomunión o el trato con los excomulgados y ordinariamente no cualquier sacerdote puede perdonar esta falta. El Papa Francisco ha dado autorización, desde el Año de la Misericordia, a todo sacerdote para perdonar este pecado y ayudar a quienes están excomulgados por lo mismo, a regresar a la Iglesia cumpliendo la debida penitencia.

viernes, 9 de septiembre de 2016

EL JUBILEO DE LA MISERICORDIA SIGUE AVANZANDO... ¿Cómo lo estamos viviendo?


Santa Faustina Kowalska, escuchando la voz del Señor escribió en su diario lo que el mismo Cristo le decía: «La humanidad no tendrá paz, hasta que torne  con confianza a Mi Misericordia» (Diario No. 1074). El Papa Francisco, decidió convocar un Jubileo extraordinario que colocara en el centro la Misericordia de Dios: «Será —dijo el Papa— un Año Santo de la Misericordia».

El misterio de la fe cristiana, parece haber encontrado su síntesis en esta palabra: «MISERICORDIA». Ella se ha vuelto viva y visible y ha alcanzado su culmen en Jesús de Nazareth. Quien lo ve a Él ve al Padre (cf. Jn 14,9). El Señor Jesús, con su palabra y con sus obras y con toda su persona en general, revela la misericordia de Dios.

Siempre hemos tenido necesidad de contemplar el misterio de la misericordia, pero, este Año Jubilar, el Señor ha estado grande. Hemos podido volvernos a adentrar, de una manera personal, en la Iglesia y en el muno entero, en este misterio insondable de Dios Amor, fuente de alegría, de serenidad, de paz y a la vez, condición necesaria, para nuestra salvación. Bien dice san Juan de la Cruz que «al atardecer de nuestras vidas, seremos juzgados en el amor».  Cuando nos encontremos cara a cara con Dios, Él no nos preguntará cuánta riqueza acumulamos, cuántos títulos profesionales tuvimos, cuántas propiedades compramos sino cuán misericordiosos fuimos amando sin medida. La misericordia es la ley fundamental que habita en el corazón cuando uno mira con los ojos de la fe al hermano que encuentra en el camino de la vida, es la vía que une a Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados, no obstante el límite de nuestro pecado. ¡Busquemos la reconciliación con Dios y con nuestros hermanos! ¡Frecuentemos los sacramentos! ¡Re-estrenemos nuestra fe!

Al atardecer de nuestras vidas Dios nos preguntará cuánto hemos amado a los demás, cuánto dimos de nosotros mismos, cuánto superamos nuestro egoísmo y salimos de nuestro egocentrismo para ayudar a los demás, cuánto fuimos capaces de mirar el corazón de la otra persona para entenderla y comprenderla, cuánto explotamos nuestra capacidad de amar que fue dada a cada uno en mayor o menor medida. El Papa Francisco, con este año Jubilar nos deja un anhelo que se hace tarea para todos: «¡Cómo deseo que los años por venir estén impregnados de misericordia para poder ir al encuentro de cada persona llevando la bondad y la ternura de Dios! A todos, creyentes y lejanos, pueda llegar el bálsamo de la misericordia como signo del Reino de Dios que está ya presente en medio de nosotros». (MV 5).

Este Jubileo de la Misericordia va que vuela. Vivimos en un tiempo en el que, con la tecnología, que avanza tan rápidamente, la humanidad se ha alejado de Dios y ha caído en las garras del pecado y la oscuridad. El hombre necesita volverse al rostro misericordioso de Dios y ser expresión de su amor. El Papa Francisco reconoce que no se puede “dejar las cosas como están” y pide a todas las comunidades una “conversión pastoral y misionera” (EG 25). El hombre de hoy necesita seguir escuchando que hay esperanza; que Dios en su Misericordia quiere que todos se salven pero la única condición es el cambio de corazón; el reconocer los pecados y con un profundo arrepentimiento volver a Dios y alejarse del mal.

El Año Santo se abrió el 8 de diciembre de 2015 cuando celebramos la solemnidad de la Inmaculada Concepción, porque el papa nos invitó a recordar que después del pecado de Adán y Eva Dios no quiso dejar a la humanidad en soledad y a merced del mal. La misericordia siempre será más grande que cualquier pecado y nadie podrá poner un límite al amor de Dios que perdona. Este año se concluirá en el ya cercano mes de noviembre, con la solemnidad litúrgica de Jesucristo Rey del Universo el día 20. Ese día, cerrando la Puerta Santa (que se ha multiplicado al haber varias Puertas Santas en todas las diócesis del mundo), el Papa nos ha invitado a guardar en el corazón un profundo sentimiento de gratitud y reconocimiento hacia la Santísima Trinidad por habernos concedido un tiempo extraordinario de gracia. A estas alturas cabe preguntarnos: ¿Cómo he vivido este Jubileo? ¿Qué huellas va dejando en mi corazón? Como ama el Padre así aman los hijos. Como Él es misericordioso, así estamos llamados los unos con los otros a ser misericordiosos.

Constantemente, el hombre y la mujer de fe, buscando la Misericordia de Dios recurrimos a María, la Virgen misericordiosa. María, objeto preferencial de la misericordia de Cristo, es también la llena de gracia, de toda la gracia que necesita para ser la Madre de Dios, Madre-Virgen. Ella, la Madre del perdón en el amor, y del amor en el perdón, está al servicio de la Misericordia de nuestro Dios. 

No perdamos el tiempo, porque el Año Jubilar se acaba, se nos puede ir de las manos... Acojámonos a la misericordia maternal de María en nuestra debilidad: «Bondadosa Madre de la Misericordia, Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa del Espíritu Santo, noble descanso de la Santísima Trinidad; elegida del Padre, preservada por el Hijo y amada del Espíritu Santo… Tú eres en las cosas dudosas nuestra luz; en las tristes das consuelo; en las angustias alivio, y en los peligros y tentaciones fiel socorro, eres paraíso de gracia y espirituales dones. Bienaventurados los que de veras te aman y sirven, y por los que por santidad de vida se hacen siervos y devotos tuyos, a tu piedad, pues, recurro, Reina y Señora mía, para que me enseñes, gobiernes, y defiendas en todas las horas y momentos de mi vida; Te suplicamos humildemente que nos alcances de la Majestad divina la gracia que hoy te pedimos, si conviene para el bien de nuestra  alma y si no conviene, Tú como abogada nuestra, dirige nuestra  voluntad sólo a lo que sea honra y gloria de Dios, y salvación de nuestra alma». Amén.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

lunes, 20 de junio de 2016

PON DE TU PARTE LO QUE TE TOCA... Ayuda al sacerdote que te confiesa

A veces el número de sacerdotes es muy limitado y el número de penitentes bastante numeroso. Hay que tener entonces algunas consideraciones para agilizar el proceso de la confesión, que es un sacramento que todos necesitamos para recobrar la gracia perdida o para incrementarla.

1. Debes llegar con tu examen de conciencia ya hecho y no decir "padre, usted ayúdeme", porque eso denota que no se ha preparado la persona para confesarse.

2. Haz de experimentar dolor de tus pecados con deseos de conversión. Si necesitas puedes escribir tus pecados y leerlos.

3. Al acercarte al sacerdote dile cuánto tiempo tienes de no confesarse y le dices los pecados: Hace… (tantos) días, semanas…meses…años, que me he confesado. Me acuso de… (confiesas tus pecados de una manera clara, breve, completa y muy sincera).

4. No confundas la confesión con la dirección espiritual y piensa en la demás gente que necesita de la reconciliación con Dios. No enredes ni canses al sacerdote con historias o cuentos de tu vida que no necesita saber. Dí solamente tus pecados y no los de los demás.

5. Si el sacerdote lo ve necesario él te ayudará en tu confesión, pero solo si lo cree conveniente. Él te dará algunos consejos y te impondrá la penitencia. Antes de recibir la absolución, puedes manifestar tu arrepentimiento con algunas palabras de contrición, por ejemplo: Jesús, Hijo de Dios, ten misericordia de mí, que soy un pecador o el acto de contrición.

6. El sacerdote pronuncia las palabras de la absolución. Cuando escuches las palabras:”…Y YO TE ABSUELVO DE TUS PECADOS... Y DEL ESPÍRITU SANTO”, respondes: Amén.

7. Terminada la confesión, agradece al Señor su bondad y misericordia por haberte perdonado los pecados y haberte dado la gracia; cumple, lo antes posible, la penitencia y procura poner en práctica, los consejos recibidos. Si te es posible haz una oración por el sacerdote que te ha confesado.

viernes, 22 de enero de 2016

«SAGRARIOS DEL ABSOLUTO»... vivir nuestro compromiso bautismal

Dios es principio de vida. Ha creado el mundo como semilla y ha confiado a la humanidad, representada por Adán y Eva, la gran tarea de conseguir que esa semilla se convierta en árbol fecundo. Así, la humanidad está llamada a colaborar con el Dios de la vida. 

Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Por revelación de Jesús sabemos que Dios es amor, familia trinitaria y comunidad de amor infinito (Padre, Hijo y Espíritu Santo). Tomando a este Dios como fundamento, tenemos que vivir intensamente el amor formando la comunidad de los creyentes. Hombres y mujeres bautizados somos una especie de sagrarios del Absoluto. Aún teniendo una naturaleza débil y limitada, nos podemos abrir al infinito en búsqueda de realización total. Hemos de ser imitación de Cristo, por eso cada día que pasa, al vivir nuestro compromiso bautismal, hemos de purificar el corazón, este es el gran sueño de Dios, la gloria de Dios es el hombre en plenitud, decía san Ireneo.

Dios quiere siempre que triunfe la vida basada en su misericordia. Él nos eligió para vivir en el amor y ser misericordiosos como Él. Nosotros, que hemos sido llamados por Dios gracias al bautismo y a una vocación específica, estamos llamados antes que nada a ser discípulos y misioneros de Cristo.

¿Cuál es el plan que Dios tiene para mí? Tengo que ubicarme y encontrarlo, yo tengo un espacio en el Corazón de Jesús para que mi corazón se vaya tras Él. Todo en mi, debe estar ordenado hacia el fin último. Debo disponerme siempre a preferir lo que más y mejor conduce al fin, sin dejarme llevar por los afectos naturales. Debo entregarme totalmente a la voluntad de Dios, a pesar de los límites personales: salud, edad, lugar concreto de vida, vocación específica, situación actual, etcétera, recordando que desde el bautismo todos somos misioneros. Dede nuestro bautismo, el Señor nos llamó para estar con él y para enviarnos a predicar (Mc 3,13-14). En nuestra respuesta vocacional específica —sea cual sea nuestra vocación— la misión no se puede entender simplemente en sentido geográfico, sino que llega a los areópagos modernos, los nuevos mundos y los fenómenos sociales y culturales que están sedientos de Dios.

Nuestro ser de misioneros exige que tengamos una relación personal con el que nos llamó a ser sus discípulos y a quien hemos de anunciar, una unión de corazón a corazón que se renueve día a día impregnando nuestras vidas de su misericordia. “Todos nosotros, hijos de la Iglesia, estamos llamados a caminar en la vida cristiana con un renovado impulso.”[1]

Nuestra vocación de oyentes y seguidores del Señor, se sostiene en el compartir la comida del Señor en su Palabra y en su Eucaristía principalmente. El mismo que nació en «Belén», que significa: «La casa del pan», nos reúne especialmente el Domingo, así como cada día, para comer con él como lo hacía con sus discípulos. Al llamarnos, Dios quiso establecer con nosotros un parentesco espiritual y místico. Nos llamamos en la fe «hermanos» y «hermanas» en Cristo, y cada vez que nos acercamos al Señor en su Eucaristía y en su Palabra le decimos: «Dame de beber».[2]

En la Sagrada Escritura, para designar la vocación, misión o inspiración de algún personaje, se emplea muchas veces una frase en tono de solemnidad: «Entonces fue dirigida la palabra de Dios a...»[3] En cada Eucaristía, en esos momentos de cielo de contemplación del misterio de la celebración de la Santa Misa, cada bautizado es un elegido, un alma de caridad, de paz, de reconciliación, de comunidad que escucha la Palabra y se fortalece con la Eucaristía para ser «pan partido» para el mundo, signo viviente de la misericordia de Dios.

Todo bautizado es frágil, lo sabemos. Somos creyentes que «llevamos este tesoro en vasos de barro, frágil y quebradizo; para que se reconozca que la grandeza del poder que se ve en nosotros es de Dios y no nuestra.»[4] Por eso necesitamos de la Eucaristía y de la Palabra que siempre nos sostendrán.

Y hay alguien vital en todo esto, alguien que vivió de la Palabra y de la Eucaristía para mantener el «Sí»: ¡María Santísima!, la humilde sierva del Señor, la joven de Nazareth, dichosa por escuchar la palabra de Dios y vivirla[5]. Ella hizo la Eucaristía en su vientre para nosotros. Amasó el Pan que ahora nos alimenta.

Dejemos en el corazón unas palabras de la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, que nos ayuden a valorar el don que recibimos en La Palabra y la Eucaristía y aumenten en nosotros la confianza en la infinita misericordia del Señor:

“Mi alma reboza en estos momentos de agradecimiento; de paz; ¡Que bien se vive con Jesús! ¡Cuán bueno ha sido siempre para mí! Cómo quisiera empezar de nuevo una vida santa, no a medias... tenemos que ser santos con la santidad de él, no con nuestra falsa santidad adquirida, ¿o no es así? Entonces me apropio sus méritos infinitos y los ofrezco al Padre Celestial; ofrezco a él mismo, a Jesús, como rescate de mi propia santificación. Y ahorita me siento, de veras enamorada, toda de Dios. Que él haga de mí lo que quiera”.[6]



[1] ECCLESIA DE EUCARISTÍA # 60.
[2] Jn 4,10.
[3] Cf. Jer 1,4 y 11; Lc 3,2 como casos típicos y que decir de María Santísima en varias ocasiones en su vida.
[4] Cf. 2 Cor 4,7.
[5] Lc 11,27-28.
[6] Carta a su director espiritual, Cuernavaca, agosto 8 de 1950.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

PARA UNA BUENA CONFESIÓN...





“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso y su palabra no está en nosotros”, 1 Juan 1,9-10.





1. La Misericordia de Dios y el perdón de los pecados.

La misericordia de Dios, llega a ser algo casi incomprensible para el ser humano, porque todos pecamos una y otra vez, nos arrepentimos y luego volvemos a cometer las mismas faltas, provocamos el enojo de Dios y sin embargo él no deja de ser misericordioso con nosotros. La misericordia divina, es la perfección del Amor, tanto así, que Él envió a su propio Hijo al mundo, permitiendo su muerte en la cruz y de este modo expiar nuestros pecados. En su justicia Dios nos condena, pero en su misericordia Él mismo nos salva.

Para muchos de los católicos no es fácil ni agradable confesarse, porque reconocerse pecador frente a un sacerdote que es igual, un pecador, parece ser algo muy humillante. Sin embargo, después de la confesión todo mundo habla de una gran paz espiritual que  restituye la amistad con Dios, aumenta la gracia santificante, refuerza la fe, aumenta la fuerza para evitar cometer mas faltas, llena de vigor el alma para no caer en la tentación y compromete al hombre y a la mujer de fe a no ofender más a Dios.

Sin embargo, después de confesarse, muchas veces sucede que la persona no se siente segura si ha hecho una buena confesión, porque ocurre que cuando está frente al confesor, los nervios o el hecho de buscar reconocer las propias faltas sin olvidar ninguna, le traicionan, y se crea un estado de confusión o temor. Más de alguna vez pasa que hay gente que piensa que ciertas cosas no son faltas y no la dice o se justifica para luego quedarse con la duda. Confesarse, entonces, no es algo agradable para la mayoría, ya que hay que desnudar el alma, manifestando lo que, ordinariamente causa vergüenza.

Con todo, ese echar hacia afuera los motivos de los propios pesares resulta, una buena ayuda para sentirse liberado y perdonado, reconociendo que no se es nunca mejor que los demás. «Todos somos pecadores» ha dicho el Papa Francisco recientemente.

Para poder recibir el sacramento de la Reconciliación, se requiere una experiencia similar a la del Hijo Pródigo (Lc 15, 11-32), de manera que se experimente internamente el vacío que supone el verse alejado de Dios. Entendemos y sabemos, a través de la Sagrada Escritura, que es la confesión de cada pecado lo que hace posible y accesible el perdón de Dios. Pero sabemos que no es la confesión de pecados concretamente lo que hace que seamos perdonados. La confesión de pecados contiene en si misma un misterio, que sobrepasa todo aquello que suponemos. La confesión expone el pecado y su raíz, de esta forma recibe su sentencia de muerte cuando es confesado. Pero es la luz, la que elimina la culpa y la fuerza del pecado y no la confesión. La confesión la coloca en la luz.

La confesión expone al pecador junto con su pecado a la Luz de Dios para que los hombres vean, también muestra cómo es el hombre en su condición de pecador y cómo es Cristo en su condición de Salvador, pues confesando y viviendo de la paz que inmediatamente se experimenta al salir de la confesión, hace que las demás personas vean en el penitente la realidad de Dios, sin que la propia persona se de cuenta de eso. 

2. Condiciones para una buena confesión.

Desde hace muchísimo siglos, la Iglesia ha enseñado que para hacer una buena confesión se
requieren cinco condiciones:

2.1 Examen de conciencia. 
2.2 Dolor de los pecados. 
2.3 Confesión verbal. 
2.4 Propósito de enmienda. 
2.5 Cumplir la penitencia.

Veamos ahora cada una de ellas:

2.1 Examen de conciencia.

Así como un buen comerciante hace inventarios con frecuencia para saber cómo va el negocio, así el buen católico que piensa en su salvación, hace un «inventario» de su vida diaria, de su ser y quehacer, para ver hacia dónde se está dirigiendo su compromiso como cristiano. Esa es la razón por la que es tan importante examinar la conciencia, para así poder acusarnos de todos los pecados que realmente hayamos cometido. Claro que a la confesión sólo se llevan los pecados, pero es conveniente que reconozcamos no sólo lo malo, sino también las cosas positivas y buenas que hemos logrado en el Señor. Se deben emplear algunos minutos previos a la confesión para este punto, tratando de repasar tanto los mandamientos de Dios como los de la Iglesia, para descubrir aquello en lo que se ha fallado.

La beata madre María Inés, examinaba su conciencia de ordinario dos veces cada día. Ella escribe: “Estoy sí, grandemente arrepentida de todos mis pecados, porque con ellos he causado mucho pesar a nuestro Señor. Los borraré todos con la sangre de Jesús en el sacramento de la penitencia, y con su gracia y de la mano de María me propongo emprender en los caminos de la santificación, una carrera de gigante.” (Ejercicios Espirituales de 1936, f. 786).

2.2 Dolor de los pecados.

Si la misericordia de Dios es lo más importante, al acercarnos al confesor —pues sin ella no podríamos conseguir jamás la justificación de nuestras culpas— hay que buscarla con sincero arrepentimiento. A esto se le llama también "dolor de corazón", pues se supone que uno tiene que experimentar un vivo sentimiento de pena por haber ofendido al Señor, nuestro Dios, que sólo quiere lo bueno para nosotros. Este sentimiento no lo podemos confundir, en forma alguna, con lo que los sicólogos llaman «complejo de culpa», que es algo enfermizo, producto de una mente perturbada, y no la consecuencia de la confrontación entre nuestra miseria y la bondad y el amor de nuestro Padre.

Algunos, por querer curar esos complejos de culpa, han tratado de arrancar los legítimos sentimientos de dolor que debe experimentar un ser humano, cuando se da cuenta de que sus pecados ofenden a Dios y le ocasionan la pérdida de la eterna felicidad. Por eso nuestra sociedad adolece —como un grave mal— de falta de lo que llamaríamos «conciencia de pecado», que es mucho peor que los complejos de culpa, porque éstos últimos pueden causar muchos problemas durante la vida presente, pero lo otro nos conducen a una ruina total y definitiva.

El dolor de los pecados debe brotar cuando descubrimos cómo Dios nos ama y lo que ha hecho para nuestra eterna salvación: enviar a su propio Hijo, para que cargando sobre sus hombros nuestros pecados, pagara la deuda que a nosotros correspondía y que, de ninguna manera, podíamos saldar.

Sobre este tema del dolor de los pecados, la beata madre María Inés Teresa nos dice: “Pongamos mucho empeño en evitar la menor falta deliberada, pero aun cuando hayamos cometido alguna falta, corramos a sus brazos, confesémosle nuestra miseria llenos de paz, pidámosle perdón y esperemos su beso de reconciliación”. (Carta colectiva del 24 de abril de 1953 en altamar).

2.3 Confesión verbal.

Esto es, quizás, lo que mucha gente encuentra más difícil, por cuanto supone manifestar lo que hemos hecho de malo. Pero, ¡qué bien nos sentimos cuando, habiendo limpiado nuestra alma, sabemos que Dios nos ha perdonado! El sacerdote, ciertamente, es un ser humano igual que todos, con la misma condición pecadora, lo que, en realidad, es una ventaja, ya que puede comprender nuestros errores y entender nuestros fallos. El sacerdote es un hombre que vive en el mundo sin ser del mundo, y él nos puede ayudar a vencer la «mundanidad» que quiere adueñarse del corazón.

Por otro lado, la Iglesia ha rodeado de tanto respeto este sacramento, que la persona que va a confesarse puede estar segura de que, en todo momento, su privacidad quedará a salvo, ya que uno puede escoger entre confesarse cara a cara o en el anonimato detrás de una rejilla. En todos los casos el sacerdote está obligado, bajo severísimas penas espirituales, a guardar absoluto sigilo de lo que ha oído. Se ha sabido de algunos sacerdotes, como san Juan Nepomuceno, que han padecido incluso la muerte por guardar el secreto sacramental.

El sacerdote, en el sacramento de la Reconciliación, no es un juez, sino un representante de Jesucristo, que mostró siempre una gran misericordia para con los pecadores. Por eso nadie puede temer que el confesor vaya a condenarlo, ni tan siquiera abochornarlo por los pecados, sino animarlo a que no vuelva a cometerlos.

Una buena confesión exige que uno diga todos los pecados cometidos desde la última vez que recibió este sacramento, a ser posible señalando el número de veces y las circunstancias que cambian su gravedad. Por ejemplo, una persona casada tendrá que aclarar su condición, pues esto cambiaría un pecado carnal en adulterio. Un sacerdote deberá decir que lo es y un religioso deberá presentarse como tal.

A nadie se le pide, desde luego, que haga una descripción detallada de sus pecados, ya que esto no es necesario, a no ser que el confesor, en algún caso especial, lo crea conveniente para aconsejar mejor al penitente. Aquel que, conscientemente, omitiera algún pecado grave, no sólo no quedaría perdonado, sino que cometería un sacrilegio.

Dice la beata madre María Inés: “Nuestro Señor olvida para siempre, como si jamás se hubiesen cometido, todas las faltas de las que nos hemos arrepentido”. (Ejercicios Espirituales de 1962).

2.4 Propósito de enmienda.

Es consecuencia lógica de un arrepentimiento sincero el que uno se proponga no volver a pecar. Sabemos, sin embargo, que ningún sacramento nos hace impecables, y que, pese a todo, seguiremos conservando nuestra condición pecadora durante toda nuestra vida. El propósito de enmienda supone un sincero deseo de no pecar, pero no la seguridad de que uno nunca más va a recaer en el pecado, ya que hemos de contar con nuestras limitaciones.

El propósito de enmienda supone la intención de luchar por vencer el mal, incluyendo la huida de las ocasiones de pecado. También conlleva poner todos los medios para ir superando las caídas, sobre todo los espirituales, como la oración, la práctica de los sacramente, los actos de penitencia y las acciones de amor y servicio al prójimo.

Hay pecados que logran arraigarse en uno, produciendo un hábito vicioso. Estos son muchas veces el producto de una compulsión, lo que hace más difícil vencerlos. Cuando esto ocurre no hay por qué alejarse de los sacramentos ni sentirse avergonzado de confesar siempre lo mismo. Lo que no puede faltar es el deseo de lucha, contando siempre con la ayuda del Señor.

La beata madre María Inés Teresa, en sus meditaciones escribe esto que mucho nos puede ayudar: “¡Oh belleza de la nieve blanca y pura, cómo te pareces a la belleza del alma en gracia; a la belleza del alma, rehabilitada por la sincera confesión, adquiere nuevamente su blancura perdida! Y si tanto nos encanta ese sublime espectáculo de la naturaleza, ¿qué no será el de un alma pura hecha a imagen y semejanza de Dios, y destinada a amarles eternamente en el cielo?” (Blancura de nieve).

2.5 Cumplir la penitencia. 

Hace muchos años la penitencia que se imponía a los pecadores públicos era sumamente severa. Esto fue cambiando poco a poco. Hoy en día, aunque la penitencia es más suave, el sentido es el mismo: demostrar nuestro sincero arrepentimiento mientras se ofrece una satisfacción por las culpas cometidas. Sabemos que el perdón es un don generoso y gratuito de Dios, pero con la penitencia tratamos de agradar a Dios, ofreciéndole el pequeño regalo de lo que hacemos, mostrándole así nuestro agradecimiento. Por eso todos debemos hacer penitencia, no solamente la que vaya marcando el confesor. Esta penitencia queda a juicio del confesor, que es quien la impone. Unos sacerdotes prefieren oraciones u obras buenas y otros dejan al criterio del penitente aquello que puedan hacer para cumplir esta obligación.

La beata madre María Inés apunta algo importante al respecto cuando dice: “Procuraré no dejar sin confesar ningún pecado venial, haciendo de él verdaderos actos de penitencia, para que quede todo saldado”. (Ejercicios Espirituales de 1943).

3. Cuestiones importantes en torno al sacramento de la Reconciliación.

Hemos visto, hasta ahora, las condiciones que, tradicionalmente, se han requerido para hacer una buena confesión, sin embargo, no podemos olvidar una que es, posiblemente, de las más importantes, puesto que fue impuesta por el propio Jesús.

Cristo nos enseña a orar de esta manera: "Padre... perdónanos nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden..." (Mt 6,12), y a continuación añade: "Porque si ustedes perdonan a los demás sus culpas, también su Padre celestial los perdonará a ustedes. Pero si no perdonan a los demás, tampoco su Padre perdonará las culpas de ustedes" (Mt 6, 14-15). No dudemos, pues, que ésta es una condición indispensable si queremos ser perdonados.

Por eso, si vamos a la confesión con espíritu de venganza o negando el perdón a otros que nos han ofendido, tendríamos que posponer la búsqueda de la absolución hasta que estemos dispuestos a perdonar de corazón a las personas a las que guardamos rencor por lo que nos han hecho. Esto es, sin lugar a dudas, la condición más difícil. Por eso debemos pedir la fuerza del Espíritu Santo para entender que lo que otros nos deben no es nada en comparación a la deuda que tenemos con Dios. (Ver Mt 18, 21-35). Perdonemos, pues, de corazón, y seremos perdonados.

4. Hacer un buen examen de conciencia

Para hacer un examen de conciencia profundo y completo, debemos analizar nuestra vida y abrir nuestro corazón sin engaños. Se pueden seguir estos pasos que algunos recomiendan:

4.1 Invocación al Espíritu Santo. Llamar al Espíritu Santo para que nos ilumine y nos haga ver nuestra vida desde los ojos de Dios.

4.2 Acto de presencia de Dios. Hacer un esfuerzo para darnos cuenta de que Dios está presente en nuestra vida atento a nuestras intenciones, a nuestros deseos, a nuestras necesidades.

4.3 Acción de gracias. Recordar todos los beneficios que hemos recibido de Dios, especialmente los más cercanos y los más íntimos. Al recordar estos beneficios, brotará naturalmente dentro de nosotros el agradecimiento a Dios.

4.4 Análisis del cumplimiento de la voluntad de Dios. Llevar a cabo un examen de cómo hemos vivido desde la última confesión la voluntad de Dios. Debemos ver los aspectos positivos y negativos, examinar actitudes internas y poner mucha atención a las relaciones con Dios y con los demás. Para esto, puede resultar útil tener un cuestionario, que nos ayude a llegar a esos rincones íntimos de la conciencia que nos pueden pasar desapercibidos:

4.4.1 Analizar nuestras actitudes, acciones u omisiones hacia Dios:

¿Creo verdaderamente en Dios o confío más en brujerías, amuletos, supersticiones, horóscopos o “energías”?
¿Amo a Dios sobre todas las cosas o amo más a las cosas materiales?
¿Voy a Misa los domingos y fiestas de guardar y trato de descansar ese día para dedicarlo a Dios?
¿Me confieso y comulgo con frecuencia?
¿Hago oración, entendida como un diálogo de amistad con Dios?
¿He usado el nombre de Dios sin respeto? ¿Pido ayuda a la Virgen y al Espíritu Santo? ¿Defiendo a la Iglesia y a sus representantes?

4.4.2 Analizar mi actitud y mis acciones u omisiones hacia los demás:

¿Trato bien a mi familia?
¿Busco hacerlos felices o que se haga lo que yo digo?
¿Los respeto o los maltrato?
¿Trato bien a los demás?
¿Soy justo con todos?
¿Ayudo a los necesitados?
¿He matado, robado o mentido?
¿He hecho daño a alguien?
¿Acostumbro hablar mal o pensar mal de los demás?

4.4.3 Analizar mi actitud y mis acciones u omisiones hacia mí mismo:

¿Lucho por ser mejor cada día de acuerdo a mi vocación y condición de vida?
¿He controlado mi carácter?
¿He respetado mi cuerpo y el de los demás? ¿He alejado de mi mente los malos pensamientos?
¿He sido fiel en mi matrimonio?
¿Siento envidia de los demás, por lo que son o lo que tienen?

4.5 Petición de perdón: Ya que revisamos nuestra vida, hay que comparar la propia conducta y nuestras actitudes con los beneficios que hemos recibido de Dios. Entonces caemos en la cuenta de que nuestra respuesta al amor de Dios es muy pobre y que no hemos llegado a lo que Dios nos pide. Por eso, le pedimos perdón llenos de confianza, pues sabemos que Él nos perdonará. Dios siempre acoge gustoso nuestras buenas intenciones.

4.6 Propósito de enmienda: Debemos poner los medios para mejorar y acercarnos más al plan de Dios sobre nuestra vida. El propósito es algo concreto que nos ayuda a mejorar en aquello donde hemos visto que fallamos más.

4.7 Petición de fuerzas: Ya que formulamos un propósito de enmienda, debemos volver nuestra mirada a Dios y con mucha confianza pedirle que nos ayude a mejorar pues somos débiles, no podremos avanzar en el camino hacia Dios, hacia la santidad, si Él no nos ayuda.

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.