lunes, 31 de mayo de 2021

«La Visitación de la Santísima Virgen María»... Un pequeño pensamiento para hoy


Cerramos el mes de mayo con una fiesta que el día de hoy la Iglesia dedica a celebrar la Visitación de la Virgen María a su parienta Isabel. Cuando el ángel anunció a María el misterio de la Encarnación, le dijo también que su parienta Isabel había concebido un hijo en su vejez, y ya estaba de seis meses aquella a quien llamaban estéril. Poco después, María se «encaminó presurosa», como nos narra el Evangelio de hoy (Lc 1,39-56) a la región montañosa, a una ciudad de Judá, Ain Karim, que queda a seis kilómetros al oeste de Jerusalén y en aquel entonces a tres o cuatro días de viaje desde Nazaret. El Evangelio es escueto y nos cuenta solo unas cuantas palabras de esta visita.

En muchas partes hoy se corona la imagen de la Santísima Virgen porque se celebra, por tradición, el día de la coronación de la Virgen María. En la parroquia en donde ejerzo mi ministerio sacerdotal tenemos la Fiesta Patronal —aunque por la pandemia será solamente una Misa solemne y nada más—, pues es la parroquia de «Coronación de la Virgen del Roble». La Virgen del Roble es la patrona de la arquidiócesis de Monterrey y se celebra el 18 de diciembre. Pero volvamos al relato evangélico en el que encontramos el cántico de María conocido como «El Magnificat» en el que resuena el clamor de los humillados y oprimidos de todos los tiempos, de los sometidos y descartados de la tierra, pero al mismo tiempo es un canto en el que se hace eco del cambio profundo que va a producirse en el seno de la sociedad opresora y arrogante: Dios ha intervenido ya personalmente en la historia del hombre y ha apostado a favor de los pobres. En boca de María san Lucas pone los grandes temas de la teología liberadora que Dios ha llevado a cabo en Israel y que se propone extender a toda la humanidad que sufre. 

Esta fiesta de la Visitación, sigue inmediatamente a la Anunciación: la Virgen, que lleva en su seno al Hijo concebido por obra del Espíritu Santo, irradia en torno a sí gracia y gozo espiritual. La presencia del Espíritu en ella hace saltar de gozo al hijo de Isabel, Juan, destinado a preparar el camino del Hijo de Dios hecho hombre. Y es que donde está María, allí está Cristo; El «sí» de la Virgen, el «fiat» que había dado en la Anunciación, es un «sí» y un «hágase» a la voluntad de Dios pensando en los demás. Parece muy significativo que sea en el último día de mayo cuando se celebre esta fiesta de la Visitación. Porque es como si quisiéramos decir que cada día de este mes ha sido para nosotros una especie de visitación. Hemos vivido durante el mes de mayo, dedicado a María en la Iglesia, como una continua visitación. Damos gracias a Dios porque la liturgia nos propone de nuevo hoy este acontecimiento bíblico. ¡Bendecido lunes de la Visitación!

Padre Alfredo.

domingo, 30 de mayo de 2021

«La Santísima Trinidad»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad y como siempre, en este año litúrgico del ciclo B, comento un poco del Evangelio para que esto nos ayude a nuestra reflexión personal y comunitaria. El Evangelio que se lee en esta fiesta (Mt 28,16-20) nos pone a Jesús resucitado en medio de los suyos enviándolos a predicar. Hay que recordar que, desde el inicio, Cristo los había llamado para estar con él y para enviarlos a predicar (Mc 3,13-14). Ahora, como digo, el Señor está resucitado y hace un envío de los suyos. La resurrección de Jesús ciertamente es un misterio inasequible e increíble desde la lógica humana. Afortunadamente el temor y la duda —no sólo la alegría— fueron vividos en la carne misma de los que más cerca estuvieron de Jesús. Es maravillosa la acotación de Mateo; «Al ver a Jesús —dice el evangelista— se postraron, aunque algunos titubeaban».

La resurrección de Jesús introdujo un cambio radical en la relación de sus discípulos con él. Durante su vida terrena tenían frente a él la deferencia que el discípulo debe a su Maestro. Ahora aparece la relación del creyente frente a su Señor. La postración —gesto reservado para el encuentro con los grandes monarcas divinizados o considerados con categoría divina— de aquellos discípulos, significa claramente que ellos habían descubierto la divinidad en él (ver Hech 2,36). La duda de algunos es explicable. Mientras no llega la convicción profunda de la fe no resulta fácil, resulta imposible, descubrir en Jesús a Dios y captar que Dios es Uno y Trino. Este detalle de la duda de algunos resulta particularmente significativo en la pluma de Mateo, que procura siempre que puede, presentar a los discípulos como modelos perfectos a seguir. Tal vez porque, cuando se constata la duda, el modelo resulta más humano y atrayente. Con los discípulos, como modelo, entramos en una relación muy íntima con el Padre, el Hijo y el Espíritu de Dios. Esta relación relativiza y está muy por encima de todas las formas humanas de convivencia. Sólo quien haya seguido a Jesús como discípulo–misionero paso a paso podrá comprender el misterio de la Santísima Trinidad y saberse enviado. 

Todo discípulo–misionero de Cristo tendrá que llevar a término la misión universal en un contexto de cruz, combinado esto con la alegría de saberse llamado y enviado. Cuando, en la historia bíblica, Dios encomienda a alguien una misión, asegura al hombre comprometido su asistencia eficaz: «No temas, yo estaré contigo». Esta asistencia es garantía de eficacia para todos nosotros que vivimos en el gozo de Cristo Resucitado, enviado por el Padre y presente en la Eucaristía en la que, por acción del Espíritu Santo le reconocemos. Si vemos detenidamente el Evangelio de hoy, podemos ver que lo que nos propone es que nos sintamos amados, llamados y enviados viviendo vinculados al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Nos unimos ene este día a María, la hija predilecta del Padre, la Madre de Jesús y la esposa fiel del Espíritu Santo y experimentamos la presencia candente del amor de Dios —Padre, Hijo y Espíritu—, haciéndonos posible la tarea de discípulos–misioneros. ¡Bendecido domingo, fiesta de la Santísima Trinidad!

Padre Alfredo.

sábado, 29 de mayo de 2021

«Jesús habla lleno de la autoridad de su Padre»... Un pequeño pensamiento para hoy


El Evangelio de este día (Mc 11,27-33) toca el tema de la autoridad. Este tema de la autoridad, es un asunto fundamental en la vida de cada persona: ¿Quién tiene la autoridad final en el gobierno de nuestra vida? ¿A quién deben obedecer los hombres? ¿Quién tiene la última palabra en el debate sobre cuestiones espirituales, morales o sociales? ¿Por qué los padres tienen autoridad sobre sus hijos, o los esposos sobre sus esposas, los gobernantes sobre sus ciudadanos, los pastores sobre la iglesia? Para contestar estas preguntas, necesariamente tenemos que plantearnos primeramente de dónde proviene la autoridad. Hoy Jesús nos habla de la autoridad que viene de su Padre.

Aquella gente, aunque en apariencia muy preparada, no tenía una fe verdadera. Leyendo el pasaje es fácil descubrir que hay doblez en la pregunta que le hacen y por eso considera inútil dar argumentos. Jesús a veces se calla dignamente, como sucede ante Caifás, Pilatos o Herodes. A veces, contesta con un argumento en el que plantea a su vez preguntas, como en el caso de la moneda del César. Jesús también sabe ser astuto y poner trampas a sus interlocutores, desenmascarando sus intenciones capciosas. La pregunta de los jefes sobre su autoridad no era sincera. Sólo el Mesías, o quien viene con autoridad de Dios, podía tomar una actitud así, acompañada como está, además, de signos milagrosos que no pueden ser sino mesiánicos. Pero eso no lo admiten. Es inútil razonar con estas personas. Jesús no les va a dar el gusto de afirmar una cosa que no van a aceptar y que les daría motivos de acelerar su decisión de eliminarlo. 

Hoy hay mucha gente agnóstica que mira al universo y contempla todas las maravillas de la creación, pero finalmente concluye con un «no sé» si esto lo habrá hecho Dios. Y entonces, ¿quién lo ha hecho? Bueno, ya conocemos cómo en una búsqueda desesperada por dar alguna explicación razonable, nos quieren convencer de que todo el inmenso universo debe su existencia a la casualidad. Los discípulos–misioneros de Cristo estamos llamados a tomar la misma actitud de Jesús, quien fue capaz de sustentar su palabra con la vida, y fue capaz de enfrentarse a los poderes de su tiempo y de buscar nuevas alternativas capaces de generar una sociedad nueva. Esta nueva sociedad es la que sabe vivir bajo la autoridad que viene de lo alto y pone sus bases en la defensa de la vida y de la justicia, en torno al Dios y Señor de la historia. Con María, que vivió siempre bajo la autoridad de Dios, sigamos adelante. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 28 de mayo de 2021

«La vivencia del culto»... Un pequeño pensamiento para hoy


El Evangelio de hoy (Mc 11,11-26) nos presenta a Jesús que llega a Jerusalén acompañado por sus discípulos. Nos saltamos en estos días la escena de la entrada solemne —que está reservada para el Domingo de Ramos— y tenemos hoy la acción simbólica en torno a una higuera estéril y otra acción, no menos simbólica y valiente, la de Jesús arrojando a los mercaderes del Templo en la que denuncia, más que nada, la hipocresía del culto, hecho de cosas exteriores, pero sin obras coherentes en la vida. Ya los profetas, como Jeremías, habían atacado la excesiva confianza que tenían los judíos en el Templo y en la realización —eso sí, muy meticulosa— de sus ritos. Esta acción de Cristo nos enseña que el culto tiene que ir acompañado de la fidelidad a la Alianza.

Detrás de esta condena enérgica, Jesús anuncia un tiempo nuevo ya no basado en practicas rituales externas, ni en purificaciones a tiempo y a destiempo, sino un cambio en la estructura mental y una transformación que surja desde dentro y que logre desarticular todo el andamiaje que sustentaba la marginación y la exclusión desde la religión. El Señor, además de maldecir el sistema, se enfrenta a los que se enriquecen de forma injusta con el oficio cúltico. Por eso llega al templo y los expulsa, declarando de esta forma su inconformismo con la manipulación económica de las realidades religiosas.

Hoy nosotros tenemos que estar ligeros de equipaje para descubrir con el correr del tiempo y con las señales que la historia nos va presentando, cuándo es necesario y urgente recrear la forma en que vivimos nuestra fe de manera que no se quede todo solamente en prácticas externas que pueden llegar a ser estériles e infecundas. En la medida en que renovemos nuestras vidas en la fe, ellas se pueden convertir en servicio a la vida de los hombres de hoy. Ojalá no nos pase como al judaísmo, vivir y sustentar un sistema religioso caduco al que solo le vale la maldición. Pidamos a María Santísima que nos ayude a tener muy en alto el valor de la Iglesia como comunidad que nos ayuda vivir nuestra fe desde dentro. Que este día pensemos mucho en la Iglesia y en nuestro papel de discípulos–misioneros de Cristo. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 27 de mayo de 2021

LETANÍAS DE CRISTO, SACERDOTE Y VÍCTIMA ... POR SAN JUAN PABLO II.



Señor, ten piedad.

Cristo ten piedad.

Señor, ten piedad .

Cristo, óyenos.

Cristo, escúchanos.



Dios Padre de los cielos. Ten misericordia de nosotros.

Dios Hijo Redentor del Mundo. Ten misericordia de nosotros.

Dios Espíritu Santo Trinidad Santa un solo Dios. Ten misericordia de nosotros.

Jesús Sacerdote y víctima. Ten misericordia de nosotros.

Jesús, Sacerdote para siempre según el rito de Melquisedec. Ten misericordia de nosotros.

Jesús, Sacerdote enviado por Dios para evangelizar a los pobres. Ten misericordia de nosotros.

Jesús Sacerdote que en la ultima cena instituiste el sacrificio perpetuo. Ten misericordia de nosotros.

Jesús, Sacerdote que vive siempre para interceder por nosotros. Ten misericordia de nosotros.

Jesús, Pontífice al que el Padre ungió con Espíritu Santo y fortaleza. Ten misericordia de nosotros.

Jesús, Pontífice tomado de entre los hombres. Ten misericordia de nosotros.

Jesús, Pontífice constituido a favor de los hombres. Ten misericordia de nosotros.

Jesús, Pontífice de nuestra confesión. Ten misericordia de nosotros.

Jesús, Pontífice de mayor gloria que Moisés. Ten misericordia de nosotros.

Jesús, Pontífice del tabernáculo verdadero. Ten misericordia de nosotros.

Jesús, Pontífice de los bienes futuros. Ten misericordia de nosotros.

Jesús, Pontífice santo, inocente y puro. Ten misericordia de nosotros.

Jesús, Pontífice fiel y misericordioso. Ten misericordia de nosotros.

Jesús, Pontífice encendido en celo de Dios y de las almas. Ten misericordia de nosotros.

Jesús, Pontífice perfecto para siempre Jesús. Ten misericordia de nosotros.

Pontífice que por tu propia sangre penetraste los cielos. Ten misericordia de nosotros.

Jesús, Pontífice que iniciaste para nosotros un camino nuevo. Ten misericordia de nosotros.

Jesús, Pontífice que nos amaste y nos lavaste de los pecados con tu sangre. Ten misericordia de nosotros.

Jesús, Pontífice que te entregaste a Dios como oblación y hostia. Ten misericordia de nosotros.

Jesús, Hostia de Dios y de los hombres. Ten misericordia de nosotros.

Jesús, Hostia santa e inmaculada. Ten misericordia de nosotros.

Jesús, Hostia que aplaca. Ten misericordia de nosotros.

Jesús, Hostia pacifica. Ten misericordia de nosotros.

Jesús, Hostia de propiciación de alabanza. Ten misericordia de nosotros.

Jesús, Hostia de conciliación y de paz. Ten misericordia de nosotros.

Jesús, Hostia en la que tenemos la confianza y el acceso hasta Dios. Ten misericordia de nosotros.

Jesús, Hostia que vive por los siglos de los siglos. Ten misericordia de nosotros.



Muéstrate propicio. Perdónanos, Jesús

Muéstrate propicio. Escúchanos, Jesús



De entrar temerariamente en el clero. Líbranos, Jesús.

Del pecado de sacrilegio. Líbranos, Jesús.

Del espíritu de incontinencia. Líbranos, Jesús.

Del deseo impuro. Líbranos, Jesús.

De toda mancha de simonía. Líbranos, Jesús.

De una dispensa indigna de las tareas eclesiásticas. Líbranos, Jesús.

Del amor al mundo y de su vanidad. Líbranos, Jesús.

De una celebración indigna de tus Misterios. Líbranos, Jesús.



Por su sacerdocio eterno. Líbranos, Jesús.

Por la santa unción con que fuiste constituido corno Sacerdote de Dios Padre. Líbranos, Jesús.

Por tu espíritu sacerdotal. Líbranos, Jesús.

Por tu ministerio, con el que glorificaste al Padre sobre la tierra. Líbranos, Jesús.

Por tu propia inmolación cruenta hecha en la cruz de una vez para siempre. Líbranos, Jesús.

Por tu único sacrificio renovado cada día en el altar. Líbranos, Jesús.

Por tu potestad divina, que ejerces invisiblemente a través de tus sacerdotes. Líbranos, Jesús.



Para que te dignes conservar a todo el orden sacerdotal en la santa religión. Te rogamos óyenos.

Para que te dignes proveer a tu pueblo de pastores según tu corazón. Te rogamos óyenos.

Para que te dignes llenarlos de tu espíritu sacerdotal. Te rogamos óyenos.

Para que los labios de los sacerdotes prediquen la sabiduría. Te rogamos óyenos.

Para que te dignes enviar operarios fieles a tu mies. Te rogamos óyenos.

Para que te dignes multiplicar los ministros fieles de tus misterios. Te rogamos óyenos.

Para que te dignes darles perseverancia en el servicio a tu voluntad. Te rogamos óyenos.

Para que te dignes concederles mansedumbre en el ministerio, habilidad en la acción y constancia en la oración. Te rogamos óyenos.

Para que te dignes promover en todas las partes a través de ellos el culto al Santísimo Sacramento. Te rogamos óyenos.

Para que te dignes recibir en tu gozo a los que te sirvieron bien. Te rogamos óyenos.



Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo. Perdónanos, Señor.

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo. Escúchanos, Señor.

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo. Ten piedad de nosotros, Señor.



Jesús, Sacerdote, óyenos.

Jesús, Sacerdote, escúchanos.

Jesús, Sacerdote, ten misericordia de nosotros.



Oremos:

Oh Dios, santificador y custodio, suscita en tu Iglesia por tu Espíritu, ministros idóneos y fieles de tus santos misterios, para que con tu ayuda el pueblo cristiano sea dirigido por el ministerio y ejemplo de ellos. Por Cristo nuestro Señor. Amén.

«Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy nos adentrarnos en el maravilloso corazón sacerdotal de Cristo celebrando la fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote. Hoy admiramos a Jesucristo como pastor y salvador, que se entrega por su rebaño, al que no abandonará nunca. Un sacerdocio eterno que manifiesta «ansia» por los suyos, por nosotros: «Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer» (Lc 22,15). En el Evangelio de hoy (Lc 22,14-20) Cristo sacerdote manifiesta sus sentimientos, especialmente, en la institución de la Eucaristía. Comienza la Última Cena en la que el Señor va a instituir el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre, misterio de fe y de amor. San Juan sintetiza con una frase los sentimientos que dominaban el alma de Jesús en aquel entrañable momento: «Sabiendo Jesús que había llegado su hora (...), como amase a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1).

Esto nos invita a honrar a nuestro Señor Jesucristo que «está sentado para siempre jamás a la derecha de Dios» (Hb 10, 12), ejerciendo el sacerdocio eterno no como los pontífices de la antigua alianza que tenían que ofrecer sacrificios cada día por los propios pecados y por los del pueblo (cf. Hb 7,27). El sacrificio de Cristo es infinitamente superior al de la Antigua Alianza y por eso fue ofrecido una sola vez, de manera que nuestro Sumo Sacerdote, con una única oblación, llegó a la perfección en su sacerdocio y «se convirtió,  para todos los que le obedecen, en autor de salvación eterna, proclamado por Dios Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec» (Hb 5,9-10), perfeccionando con esa «sola ofrenda… a los que van siendo santificados» (Hb 10,14) y compartiendo con ellos su consagración sacerdotal. Por eso, todos sus discípulos–misioneros participamos, en virtud del Bautismo, del sacerdocio santo de Cristo en lo que se llama sacerdocio común de todos los bautizados, como afirma San Pedro en su I Carta: «son un linaje elegido, un sacerdocio real, un nación santa, un pueblo adquirido por Dios» (1 Pe 2,9; cf. Ap 1,6; 5,10).   

En el prefacio de la misa de hoy, se dice que Jesucristo «con amor de hermano, elige a hombres de este pueblo, para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión». Ese es el sacerdocio ministerial que se confiere por medio del sacramento del Orden y, en virtud del cual, los que han sido elegidos y consagrados por él desempeñan la función sacerdotal en nombre de Cristo ofreciendo el sacrificio eucarístico, perdonando los pecados, orando por el pueblo y santificando a los fieles. Así, es un bonito día para orar por nuestros sacerdotes y obispos, recordando a aquel que nos bautizó y nos impartió los demás sacramentos que hemos recibido. Cristo, nuestro hermano, glorificado a la derecha del Padre, Sacerdote Eterno, intercede por nosotros y es la fuente inagotable y fecunda de ese sacerdocio ministerial. Pidamos a María, Madre de los sacerdotes, que interceda por nosotros y nuestros sacerdotes para que nos presentemos con Cristo como ofrenda agradable a los ojos de Dios y descienda sobre nosotros la gracia que todo lo transforma, eleva, perfecciona y glorifica. ¡Bendecido jueves, fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote!

P. Alfredo.

P.D. Una felicitación muy especial a don Rogelio Cabrera López, arzobispo de Monterrey, México, que hoy cumple 25 años de haber sido consagrado obispo para el servicio de la Iglesia. Dios le guarde muchos años en el ministerio y Nuestra Señora del Roble, patrona de la arquidiócesis de Monterrey le cubra con su manto. ¡Muchas felicidades!

miércoles, 26 de mayo de 2021

«Servidores»... Un pequeño pensamiento para hoy


El relato evangélico de hoy (Mc 10, 32-45) es muy extenso y muy conocido. Dos de los más destacados en el grupo apostólico manifiestan claramente su ambición de gloria y privilegio buscando lugares especiales sentándose uno a la derecha y otro a la izquierda de su trono cuando se establezca el Reino definitivo, estos apóstoles son Santiago y Juan. En contraste con la humillación del Hijo del hombre, la iniciativa de los dos hermanos resulta disonante, casi ridícula. Jesús «interpreta» y supera su deseo: tendrán ciertamente aquello que han pedido —la más íntima asociación de destino con el Maestro—; pero a un nivel superior —el martirio—, no como lo esperaban —la gloria en este mundo—.

Jesús no les habla de las glorias de este mundo sino que les anuncia la muerte que deberán asumir en lugar de pensar en honores. El Señor lo hace con las comparaciones de la copa y el bautismo. Beber la copa es sinónimo de asumir la amargura, el juicio de Dios, la renuncia y el sacrificio. Pasar por el bautismo también apunta a lo mismo: sumergirse en el juicio de Dios, como el mundo en el diluvio, dejarse purificar y dar comienzo a una nueva existencia. La pasión de Cristo —la copa amarga y el bautismo en la muerte— les espera también a sus discípulos. Santiago será precisamente el primero en sufrir el martirio por Cristo. Es curioso ver que los otros diez se llenan de indignación ante la situación, pero no porque creyeran que la petición hubiera sido inconveniente, sino porque todos pensaban lo mismo y esos dos se les habían adelantado. Jesús aprovecha para dar a todos una lección sobre la autoridad y el servicio. Se pone a sí mismo como el modelo: «El Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos».

Para un discípulo–misionero de Cristo el ideal es colaborar con él en la salvación del mundo. Por eso, en la vida eclesial, en la vida que llevamos todos los seguidores del Señor, bajo la compañía siempre fiel de su Madre Santísima, muchas veces debemos estar dispuestos al trabajo y a la renuncia por los demás, sin pasar factura. La filosofía de la cruz no se basa en la cruz misma, con una actitud masoquista que la ven algunos ajenos a la Iglesia, sino en la construcción de un mundo nuevo, que supone la cruz. Lo que parece una paradoja —buscar los últimos lugares, ser el servidor de todos— sólo tiene sentido desde esta perspectiva y el ejemplo del mismo Jesús. No debemos olvidar nunca que Jesús caracteriza a sus seguidores como los que, dentro de la comunidad, son «servidores» y, respecto a la humanidad, «siervos», término explícitamente opuesto a toda concepción pagana de dominio y poder. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 25 de mayo de 2021

«Para pertenecer al Reino de Jesús»... Un pequeño pensamiento para hoy


El texto evangélico de hoy, en el Evangelio de San Marcos (Mc 10,28-31) nos plantea que el desprendimiento y la generosidad a la que invita Jesús a quien quiera seguirle, no puede quedarse en una simple teoría renunciando a los bienes materiales. El mensaje de Jesús pide más: organizar toda la vida en función de los valores del Reino. De esta manera todo discípulo–misionero de Cristo se convierte en punto de referencia frente al egoísta y frente a todos aquellos que han puesto sus bienes por encima del Reino de Dios. Los verdaderos seguidores de Jesús son aquellos que asumen de una manera incondicional el camino del Reino. En nombre de ellos Pedro toma la palabra y dice: «Señor, ya ves que nosotros lo hemos dejado todo para seguirte». Es decir, todo aquel que quiera seguir a Jesús debe asumir una actitud y una forma de ser en coherencia con la propuesta de Jesús para estar en total disponibilidad para asumir los valores del Reino planteado por el mismo Jesús.

Entregar la vida gratis en las cosas pequeñas de cada día, los pequeños sacrificios, las pequeñas renuncias... es entrar en la «lógica» de Dios. Es un «aroma que llega hasta el Altísimo». Y, ciertamente, esta «ofrenda memorial no se olvidará», porque a Dios, como bien sabemos, nadie le gana en generosidad. Él es siempre un buen «pagador», que da a los obreros de su viña, sin merecerlo, hasta «siete veces más», según el libro del Eclesiástico, y hasta «cien veces más» en este tiempo «y en la edad futura la vida eterna», según el texto de este Evangelio de San Marcos.

No se puede pertenecer al Reino o comunidad de Jesús conservando un protagonismo y superioridad social basados en el poder y prestigio del tener, como en el caso del rico que se acercó a Jesús. En la comunidad de los discípulos–misioneros del Señor, todos han de adoptar la actitud de Jesús, la de hacerse «último de todos —no buscar preeminencia ni protagonismo— y servidor de todos —traducir el seguimiento en servicio—». De ahí el dicho de Jesús: Todos, aunque sean primeros, han de hacerse últimos, desprendiéndose de lo que lo hace «primero» (Mc 10,21; cf. Mc 9,35). No se puede entrar en el Reino manteniendo una posición (cf. Mc 10,21.23-35) que crea dependencia dentro del grupo. ¡Qué cosa tan maravillosa!, todos los que se hacen últimos serán primeros, pues su opción —renuncia a la ambición y práctica del servicio mutuo— creará para todos igualmente una comunidad de amor y abundancia (cf. Mc 10,29s). Pidámosle a María Santísima que ella nos ayude a desprendernos de lo que nos estorba para seguir a Jesús en la comunidad practicando el amor solidario, que impide que mientras uno tiene de todo, otros carezcan de lo necesario. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 24 de mayo de 2021

«María Madre de la Iglesia»... Un pequeño pensamiento para hoy


La Virgen María fue solemnemente proclamada como «Madre de la Iglesia» en el Concilio Vaticano II el 21 de noviembre de 1964. Ese día se celebraba la festividad de la Presentación de la Santísima Virgen María y era el día de la clausura de la tercera etapa del Concilio Vaticano II. En aquella fecha se promulgaron tres Documentos Conciliares: el decreto sobre las Iglesias Orientales Católica; el decreto sobre el Ecumenismo; y sobre todo, la Constitución Dogmática sobre la Iglesia «Lumen Gentium». El estudio y la reflexión que el Concilio hizo sobre el misterio de María en el plan de salvación, no fue promulgado en un documento propio y particular, sino que providencialmente, bajo la inspiración del Espíritu Santo, fue integrado como el último capítulo de la Constitución sobre la Iglesia. Este capitulo VIII, cuyo título es: «La Santísima Virgen María, Madre de Dios, en el misterio de Cristo y de la Iglesia» fue llamado por San Pablo VI, el Papa de aquel tiempo, «vértice y corona» de esa Constitución. Fue la primera vez que un concilio ecuménico presentó una extensa síntesis de la doctrina católica sobre el puesto que María ocupa en el misterio de Cristo y de la Iglesia.

Muchos años después, en el año 2018, el Papa Francisco estableció la memoria de la Virgen María, Madre de la Iglesia. En los Evangelios, la mayoría de las veces, cuando se habla de María se habla de la «madre de Jesús», como se lee en el Evangelio que se propone para esta celebración (Jn 19,25-34). El Papa vio conveniente establecer esta memoria siempre el lunes siguiente al domingo de Pentecostés pensando en la grande riqueza de la Iglesia al tener a María como Madre para rogarle que el Espíritu Santo nos fecunde, a nosotros y a la Iglesia, para ser también nosotros madres de los demás, con actitudes de ternura, de mansedumbre, de humildad, seguros de que ese es el camino de María. Ayer el Espíritu Santo descendió sobre los Apóstoles y los fortaleció para que salieran a proclamar el Reino de Dios y así nació la Iglesia. Hoy Jesús confía su Iglesia al cuidado de su Madre.

Jesús nos dio a su Madre para que fuera nuestra Madre, tal como se lee en el Evangelio de hoy. Estas fueron algunas de las últimas palabras que Jesús dijo mientras estaba en la cruz, entregándose a sí mismo completamente en amor por nosotros y por nuestra salvación. El evangelista San Juan, lleva nuestra fe hasta el momento oscurísimo del Calvario y es entonces cuando le declara Jesús la maternidad espiritual sobre todos los creyentes: «Ahí tienes a tu hijo». Esto, lo que le dice a Ella. Y nos comunica a continuación a nosotros: «Ahí tienes a tu Madre». Desde este momento, la Iglesia, representada por Juan, recibe a María y la venera como Madre suya. Seguramente que después de Pentecostés, María fue acompañando, como Madre, a todos los creyentes en la Iglesia naciente. Por eso la celebración de esta memoria, al día siguiente de Pentecostés, nos recuerda que la maternidad divina de María se extiende, por voluntad de Jesús mismo, a la maternidad de todos los hombres, es decir, a la Iglesia misma. Pidámosle a ella que presente a Cristo nuestros deseos, nuestras súplicas, y nos transmita los dones divinos, intercediendo continuamente en nuestro favor y diciéndonos: «Hagan lo que él les diga». ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 23 de mayo de 2021

LETANÍAS DEL ESPÍRITU SANTO...


Señor, ten piedad (bis)

Cristo, ten piedad (bis)

Señor, ten piedad (bis)

Cristo, óyenos (bis)

Cristo, escúchanos (bis)

R/ Ten misericordia de nosotros

Dios Padre Celestial,

Dios, Hijo, Redentor del mundo

Dios, Espíritu Santo,

Trinidad Santa, un solo Dios,

R/ Ilumínanos y santifícanos

Espíritu que procede del Padre y del Hijo,

Espíritu del Señor, que al comienzo de la

creación planeando sobre las aguas las

fecundaste,

Espíritu por inspiración del cual han

Hablado los profetas.

Espíritu cuya unción nos enseña todas las cosas.

Espíritu que das testimonio de Cristo.

Espíritu de verdad que nos instruyes sobre todas las

cosas.

Espíritu que sobreviene a María.

Espíritu del Señor que llena todo el orbe.

Espíritu de Dios que habita en nosotros

Espíritu de sabiduría y de entendimiento.

Espíritu de consejo y de fortaleza.

Espíritu de ciencia y de piedad.

Espíritu de temor del Señor.

Espíritu de gracia y de misericordia.

Espíritu de fuerza, de dilección (amor reflexivo) y de sobriedad.

Espíritu de fe, de esperanza, de amor y de Paz.

Espíritu de humildad y de castidad.

Espíritu de benignidad y de mansedumbre.

Espíritu de multiforme gracia.

Espíritu que escrutas los secretos de Dios.

Espíritu que ruegas por nosotros con gemidos inenarrables.

Espíritu que descendiste sobre Cristo en forma de paloma.

Espíritu en el cual renacemos.

Espíritu por el cual se difunde la caridad en nuestros corazones.

Espíritu de adopción de los hijos de Dios.

Espíritu que en lenguas de fuego sobre los

Apóstoles apareciste.

Espíritu con el cual fueron los apóstoles henchidos.

Espíritu que distribuyes tus dones a cada uno

Como quieres.

Sednos propicio, perdónanos, Señor.

Sednos propicio, escúchanos, Señor.

R/ Líbranos, Señor

De todo mal,

De todo pecado,

De tentaciones e insidias del demonio.

De la presunción y desesperación.

De la resistencia a la verdad conocida.

De la obstinación y de la impenitencia.

De la impureza de la mente y del cuerpo.

Del espíritu de fornicación.

De todo espíritu del mal.

R/Te rogamos óyenos

Por Tu eterna procesión del Padre y del Hijo.

Por Tu descenso sobre Cristo en el Jordán.

Por Tu advenimiento sobre los discípulos.

En el día del juicio, nosotros pecadores.

Para que así como vivimos del Espíritu, obremos también por El.

Para que recordando que somos templo del Espíritu Santo, no lo profanemos.

Para que viviendo según el Espíritu, no cumplamos los deseos de la carne.

A fin de que por el Espíritu mortifiquemos las obras de la carne.

Para que no te contristemos a Ti, Espíritu

Santo de Dios.

Para que seamos solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz.

Para que no creamos a todo espíritu.

Para que probemos a los espíritus si son de Dios.

Para que te dignes renovar en nosotros el espíritu de rectitud.

Para que nos confirmes por tu Espíritu

Soberano.

Cordero de Dios, que quitas el pecado del

Mundo, perdónanos, Señor.

Cordero de Dios, que quitas el pecado del

Mundo, escúchanos, Señor.

Cordero de Dios, que quitas el pecado del

Mundo, ten piedad de nosotros

«Hermana Esperanza Aguilera»... Vidas consagradas que dejan la huella de Cristo LXXVI

Con estas líneas quiero recordar a una excelsa misionera de nuestra Familia Inesiana. quiero compartir unos cuantos datos de la vida de la hermana Esperanza Aguilera, una incansable Misionera Clarisa que a lo largo de su vida trabajó sin escatimar sacrificios en algunos países de los cuatro continentes a donde fue enviada para extender el Reino de Cristo para que todos lo conocieran y amaran.

Esperanza Aguilera Sánchez nació el 2 de enero de 1931 en Teocaltiche, Jalisco, México y fue bautizada el 7 de enero de 1931 en la Parroquia de Nuestra Señora de los Dolores de ese mismo lugar.  Ella fue la menor de ocho hermanos. Creció en una familia de profundos valores cristianos de la brotaron dos vocaciones para consagrarse al Señor, el Padre Carlos (q.e.p.d.) y la hermana Esperancita, como coloquialmente se le llamaba.

El 15 de agosto de 1956, respondiendo al llamado de Dios, Esperanza ingresó a la congregación de las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento e inició su noviciado el 11 de febrero de 1957 para luego seguir su formación y emitir sus votos perpetuos el 9 de febrero de 1959. 

Sus primeros años de su formación religiosa los vivió en la comunidad de Puebla, donde realizó sus estudios básicos en la Universidad Femenina de Puebla. Asimismo, durante su estancia en esta ciudad, tomó un curso anual de pintura clásica con la Artista Pepita Albisúa, realizando bellas pinturas de la Santísima Virgen de Guadalupe entre otras. 

En el mes de septiembre de 1961 fue destinada a la Ciudad de México para formar parte de la comunidad de Talara, donde dos años más tarde, estudió enfermería en el Instituto Nacional de Cardiología, dando así inicio a su incansable labor en el ámbito de la salud. 

Al concluir sus estudios, en el verano de 1966, fue enviada a la ciudad de Roma, Italia, a la Clínica ITOR «Instituto Traumatológico Ortopédico Romano»; siendo durante estos años, responsable del hospital y superiora de la comunidad de hermanas.

En 1973, inició su servicio en la Clínica Villa Angela y un año más tarde en la Clínica Veletri, y, en ambas comunidades, fue superiora local. Cabe mencionar que la Hermana Esperancita fue muy querida en estas clínicas de Italia y a la fecha la recuerdan con admiración.

En el año de 1977 regresó a México a la ciudad de San Cristóbal de las Casas, Chiapas, donde se le encomendó la atención de un dispensario médico, labor que realizó entre indígenas Chamulas, Tzotziles y Tzentales hasta 1981, año en que se trasladó a la Comunidad de Mabesseneh, en Sierra Leona, África, prestando también el servicio de superiora local y colaborando como jefa de enfermeros en el Hospital de los Hermanos de San Juan de Dios. 

En 1989, fue trasladad a la comunidad de Yonibana, allá mismo en Sierra Leona, para colaborar en el área de farmacia del dispensario y en la economía local. Durante estos años, debido a la guerra civil, sufrió junto con las hermanas de su comunidad, la persecución y se vio forzada a salir, con todas, de la misión. Estuvo un tiempo en la ciudad de Roma y luego prestó el servicio de superiora local de la casa de Pisoniano, en ese hermoso lugar de Italia muy cerca de Roma.

En 1994 viajó a Monterrey, N.L. México pa participar como ponente en el Congreso Nacional Juvenil Misionero y allí, con el testimonio de su vida misionera que presentó en su ponencia, incendió el corazón de un joven acapulqueño que se decidió a dejarlo todo para seguir a Jesús en la misión. Ese joven es ahora el padre José Margarito Radilla Torres, que tiene como misionero más de 15 años en África, en la comunidad de Mange Bureh de los Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal.

En el año de 1995 llegó, con la misma ilusión de siempre por las misiones, a la Casa de Hardag, en Ranchi, India, donde abrió un dispensario médico, que atendió hasta el año de 2015.

La vida de la Hermana Esperancita fue como una suave y refrescante brisa, que donde quiera que pasaba tendía su mano amiga y por supuesto su mano sanadora como Misionera Clarisa y enfermera profesional. Su persona dejó ver siempre una vivencia profunda de un encuentro íntimo con Cristo, y expresaba que estando en misiones en Chiapas tuvo una experiencia muy palpable de la presencia de Dios que le dejó huella en su vida. También cuando arribó de Italia a Sierra Leona después de haber estado en el servicio de sanidad en Roma, Veletri y Villa Angela, abrazó la misión con todo lo que esta significaba, sin dejarse llevar por el desaliento. Era una persona que le hacía honor a su nombre, siempre llena de paz, de esperanza, contenta al realizar la voluntad de Dios. No necesitaba predicar, ni dirigir meditaciones o hablar a multitudes porque la caridad que practicaba constituía el mejor y más valioso testimonio misionero.

Un Doctor muy honorable, que siendo hindú admiraba la religión cristiana, y que al mismo tiempo, era el doctor de cabecera de la comunidad, llegó a expresar que la hermana Esperanza, por su experiencia y conocimiento en la rama de medicina, era una mujer equiparada al grado de un doctor. Por lo cual le extendió un certificado para que pudiera ejercer en el dispensario sin necesidad de la ayuda de un médico.

Su sonrisa fue natural y acogedora, propiciaba con su forma de ser tan amena y espontánea un ambiente de alegría y esto aún meses antes de su muerte. Tuvo siempre el don del buen humor y todo lo echaba a buena parte. Su madurez al conducirse no se explica sino bajo la mirada de Dios, era una hermana pacífica y pacificadora. No había suceso desagradable que en el instante lo desechara. Vivía en una renovación continua de amor y perdón. No era natural en ella albergar un mal sentimiento, afloraba siempre en ella la bondad. Era un alma de oración y esto se reflejaba en su gran caridad y trato con todos, sólo después de horas de Sagrario se puede tener ese espíritu generoso y abierto que ella mostraba en todo momento.

La persona de nuestra querida Fundadora, la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, marcó su vida, ya que solía platicar cuán agradecida estaba a Dios y a ella por la caridad con la que la recibió y atendió cuando llegó al Convento, en la Casa Madre. Tuvo una gran cercanía con la beata que, con sus consejos y sus cartas, forjó en la hermana Esperancita una persona de entrega incondicional a las almas. 

Ya en sus últimos años de servicio en India, aun siendo una persona de avanzada edad, la caridad hacia los enfermos fue su primacía. Se dejó ayudar por una traductora, concientizando a las señoras de no abortar, salvando así muchas vidas. Cuando le llevaban niños enfermos al dispensario, si eran católicos, veía la forma de bautizarlos. Siempre tuvo un gran cuidado de sus hermanas comunidad; para ello iba más allá de lo que una hermana hace, velaba como una madre espiritual. Había hermanas religiosas de otras comunidades y sacerdotes que la buscaban para consultarle y al mismo tiempo le abrían su corazón. 

El Señor, en sus inescrutables designios, compartió la cruz de la enfermedad a la hermana Esperancita, de una manera más especial durante los últimos seis años de su vida. Ella, que como misionera incansable atendió con tanto esmero y amor a tantos enfermos a lo largo de toda su vida, supo dar ejemplo de fortaleza, amor y alegría de acoger la enfermedad como un verdadero don de Dios. Las hermanas Misioneras Clarisas de India cuentan que cuando comenzó a decaer su salud, estando en cama, una de las hermanas enfermó de malaria y dicen que la hermana Esperancita estuvo aún pendiente de que la hermana se tomara sus medicamentos.

Las últimas semanas, su salud se fue debilitando aún más. En sus último días incluso ya no podía comer, debilitándose aún más, hasta que llegó el momento en que su corazón misionero ha dejado de latir ahí, en su amada misión, como ella siempre lo deseó, si era voluntad de Dios. La hermana Esperancita entregó su alma al Creador el 15 de abril de 2021.

Vemos que, por la infinita misericordia de Dios, en esta pequeña hija de la beata María Inés se cumple la visión profética de la entrada a la Casa del Padre de una Misionera Clarisa: «...ha llegado para la Misionera la hora feliz de partir de este mundo, y rompiendo las ataduras de su carne mortal, viéndose libre, vuela a las mansiones eternas, hasta los brazos de su Dios. Escucha entonces la dulcísima voz de su Amado que le dice: "Tuve sed y me diste de beber, tuve hambre y me diste de comer, … enfermo y me visitaste...". (Mt 25,6) Diste a muchas almas con tu oración, tu sacrificio y tu acción fecunda el agua de mi doctrina saludable...» (cfr. Lira del Corazón, Cap.XII, 2ª. Parte).

La hermana Esperanza hizo todo lo que el Señor le fue pidiendo. Sabemos que su entrega ha sido entusiasta, humilde, sencilla y abnegada a ejemplo del Buen Samaritano que da la vida por quien lo necesita. 

Descanse en paz nuestra querida hermana Esperanza Aguilera Sánchez.

Padre Alfredo.

«Pentecostés»... Un pequeño pensamiento para hoy

Hoy es Pentecostés. Pentecostés en griego significa 50, que en el simbolismo de los números bíblicos significa la perfección, la plenitud, el cumplimiento. Esta es la fiesta en la que el Espíritu Santo hace que el pequeño núcleo de discípulos se presente en público, que asuma el lugar que le toca en la historia de la salvación y que no lo abandone hasta el retorno del Señor. La misión de los discípulos–misioneros de Jesús es clara: anunciar el don de la reconciliación y de la paz y, para ello, contarán con el don y la fuerza del Espíritu. El Evangelista san Juan en el trozo evangélico que hoy nos presenta esta fiesta (Jn 20,19-23) quiere demostrar que con la resurrección de Jesús se ha creado una situación totalmente nueva. La resurrección señala el inicio de una nueva creación que toma forma en la comunidad. Con la exaltación del Resucitado se pasa del tiempo de Cristo al tiempo del Espíritu. El resucitado actúa en la comunidad con el poder y la actividad del Espíritu. Este poder y esta actividad manifiestan al mundo la misión que los apóstoles han recibido de Cristo. 

Hoy celebramos a Jesucristo resucitado, haciendo memoria «de la pasión salvadora» de Jesús, y de su «admirable resurrección y ascensión al cielo», como se dice en la Plegaria eucarística. Y esto lo podemos hacer por obra del Espíritu Santo, que es el Espíritu del Padre y del Hijo. Desde la tarde de la Resurrección a la mañana de Pentecostés, el efecto de la resurrección de Jesús es permanente: dar, comunicar su Espíritu. Por eso podemos decir que siempre es Pascua de Resurrección y siempre es Pentecostés. Con el «don» del Espíritu de Cristo resucitado podemos decir que Dios es definitivamente el «Emmanuel», el Dios-con-nosotros. Y donde está el Espíritu Santo, está también el Padre y el Hijo. 

El día de Pentecostés comienza propiamente la Iglesia. El Señor sopló sobre los discípulos, como Dios sopló en la creación del hombre (Gn 2,7), y les comunicó el don de vida que Dios había comunicado al hombre. Pentecostés constituye el origen de una nueva humanidad, de una nueva creación. Por eso hoy es un día de gozo, un día en que podemos confirmarnos en la fe y en nuestro amor a la Iglesia, un día de oración confiada y tranquila, de petición insistente para que el Espíritu no pase de largo sino que descienda real y verdaderamente, «renovando la faz de la tierra». La misión de la Iglesia, prolongación de la de Cristo, es obra del Espíritu. Solamente es posible a través del poder del Espíritu, por eso vivir plenamente el día de hoy es tan importante. El Espíritu es el principio de la unidad de la iglesia, que, aunque tiene muchos miembros, la anima un solo espíritu. «Todos hemos bebido de un solo Espíritu» (1Co 12,3). Él nos llena del conocimiento pleno de toda la verdad. Él es la fuerza que recrea, que doblega la soberbia de los hombres, que rompe la dureza del corazón, que fortalece su cobardía y les otorga lenguas como espadas, para que prediquen la salvación a toda la tierra. Pidamos hoy con María y los Apóstoles, al terminar este tiempo de Pascua, con todo nuestro corazón, que el Espíritu venga a nosotros, y nos llene de sus dones, para que vivamos siempre la vida nueva del Señor resucitado. ¡Feliz fiesta de Pentecostés!

Padre Alfredo.

sábado, 22 de mayo de 2021

«Tú sígueme, dice Jesús»... Un pequeño pensamiento para hoy


La lectura del Evangelio de hoy (Jn 21,20-25) es continuación del párrafo de ayer y consiste en los últimos versículos del Evangelio de san Juan. Después de hacer que Pedro le confiese su amor, y por tres veces, como para reparar la triple cobarde negación de la noche de su arresto, Jesús le ha confiado el pequeño rebaño que es la Iglesia, y le ha anunciado el precio mortal de su renovado amor: será sujetado por otros que lo llevaran a donde no quiere, es decir, al martirio. La perícopa dice que el «discípulo amado» por Jesús los sigue de cerca y que san Pedro pregunta a Jesús por la suerte de este personaje que la más antigua tradición de la Iglesia identifica con Juan, el hijo de Zebedeo, hermano de Santiago. 

Juan ha estado presente en la cena y se ha recostado confiadamente en el pecho del Maestro, para preguntarle por la identidad del traidor. Ha estado presente también al pie de la cruz y ha recibido de Jesús moribundo el encargo de permanecer con su madre para que ella no solamente no se quede sola, sino que sea un soporte para la vida de los apóstoles en su caminar inicial como Iglesia con Jesús resucitado. También ha corrido con Pedro hasta el sepulcro, cuando María Magdalena les dio la noticia del hallazgo de la tumba vacía. Y a la orilla del lago, después de una noche infructuosa de pesca, ha sido el primero en reconocer a Jesús en el hombre misterioso que les pregunta si tienen algo para comer. Ahora sigue a Pedro y a Jesús que dialogan. Y es objeto de una extraña profecía: que si Jesús quiere que él permanezca hasta su muerte a Pedro no le debe importar. Es la gratuidad del amor: a Pedro se le anuncia el martirio, al discípulo amado un destino glorioso; no porque haya hecho cosas mejores que Pedro, sino simplemente porque también ha amado mucho al Señor, hasta merecer tan honroso título. Al final de la lectura nos enteramos de que este discípulo amado es el que ha dado testimonio de todo lo que contiene el evangelio y de que él mismo lo ha escrito.

Pero, volvamos a la figura de Pedro, a quien el Señor ha dicho nuevamente: «Sígueme». Y es que el Apóstol habrá de entender que la vocación no es solamente un llamado inicial —como el que se nos hace en el bautismo— sino una constante respuesta siempre dinámica y re-estrenable. Por el bautismo que nos asocia íntimamente a la muerte y resurrección de Jesús, nosotros también fuimos hechos apóstoles, fuimos enviados a predicar el Evangelio como Pedro, como Juan, como Pablo, como María Inés Teresa, como el padre Pro, como Juan Pablo II y muchos más. No podemos vivir nuestra fe de cristianos en el anonimato y en la pasividad. Debemos, al contrario, abrirnos a testimoniar nuestra fe, a difundir el evangelio, la alegre noticia del amor de Dios por todos nosotros. Mañana celebraremos la solemnidad de Pentecostés con la que termina el tiempo pascual. Se me vienen a la mente algunas preguntas que vi por allí y nos invitan a echar un vistazo a los cincuenta días transcurridos de la Pascua: ¿Cómo ha sido la Pascua de este año 2021 en medio de la pandemia? ¿He experimentado alguna victoria en tanta guerra de esta situación tan adversa que ya lleva dos Pascuas? ¿En qué caminos, en medio de esta adversidad se me ha hecho más visible la presencia del Resucitado? ¿Con qué animo me dispongo y ayudo a los demás a disponerse a celebrar la irrupción del Espíritu y a seguir caminando en la vida ordinaria? Con María sigamos caminando hacia Pentecostés. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 21 de mayo de 2021

«Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hemos terminado ayer de leer y meditar en el Evangelio de san Juan, en el capítulo 17, la oración sacerdotal de Jesús y hoy, el evangelista nos invita a ir al capítulo 21 (Jn 21,15-19) y encontrarnos con Jesús cuando hizo a Pedro una sola pregunta, tres veces y el encargo de cuidar de los corderos y las ovejas. Jesús pregunta tres veces no porque no supiera la respuesta, sino porque él sabía lo importante que era para Pedro comprometerse en voz alta, frente a sus compañeros. Este interrogatorio a Pedro nos hace ver que el amor a Cristo no puede ser auténtico mientras no se traduzca en un verdadero servicio a nuestro prójimo —«mis corderos, mis ovejas»—. Cuidar, velar de él, procurar su bien, defenderlo del mal y de las insidias de los malvados, es lo que estará indicando el grado de amor que realmente le tenemos a Cristo. Si en verdad amamos a Cristo debemos dejarnos conducir por su Espíritu. Una fe madura debe llevarnos a dejarnos conducir por el Espíritu que, como el viento, nos llevará por donde Él quiera. Entonces podremos ser auténticos testigos de Cristo, dispuestos incluso a derramar nuestra sangre por Él en favor de nuestro prójimo, a quien amaremos como nosotros hemos sido amados por el Señor. Bien sabemos que san Pedro fue un gran amante de Nuestro Señor. Conocemos que falló una vez y le negó, y sabemos también que él jamás lo olvidó. Pero después de aquel suceso penoso hizo su fuerte resolución de jamás abandonar al Maestro. Jesús no duda del amor de su «Roca», y le hace un triple examen para poderle repetir tres veces cómo quiere él que le demuestre su afecto. «Me amas. Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas». 

Ciertamente podemos idear muchas formas ingeniosas para manifestar nuestro amor, pero siempre será mucho más acertada aquella que nuestra persona amada nos ha confiado que le gusta más. Desde aquel entonces san Pedro tuvo muy claro que amar a su grey «—todos los cristianos— era lo mismo que amar a su Maestro, y que si quería darle su vida debía darla a sus corderos, a sus ovejas. Lo importante siempre es hacer lo que Dios quiere y como Él lo quiere. Además, hay que ver que Jesús le dijo a Pedro que al dedicarse al cuidado de los corderos y las ovejas su vida no sería fácil y que, de hecho, pagaría el mayor precio, su vida: «Cuando ya seas viejo, extenderás tus manos, y te ceñirá otro, y te llevará a donde no quieras. Esto dijo, dando a entender con qué muerte había de glorificar a Dios. Y dicho esto, añadió: Sígueme» (Jn 21,18–19). Al igual que Jesús, Pedro terminó su vida en martirio. Si deseamos ser verdaderos seguidores de Cristo, debemos hacer conforme a sus deseos, vivir para los demás y no seguir nuestra propia agenda. Pedro tenía que aprender eso y por eso el Señor le hace este interrogatorio. El apóstol impulsivo, que quería de veras a Jesús, aunque se había mostrado débil por miedo a la muerte, tiene aquí la ocasión de reparar su triple negación con una triple profesión de amor. Jesús le rehabilita delante de todos: «apacienta mis corderos... apacienta mis ovejas». A partir de aquí, como hemos visto en el libro de los Hechos todo este tiempo de Pascua, san Pedro dará testimonio de Jesús ante el pueblo y ante los tribunales, en la cárcel y finalmente con su martirio en Roma. 

Al final de la Pascua, cada uno de nosotros podemos reconocer que muchas veces hemos sido débiles, y que hemos callado por miedo o vergüenza, y no hemos sabido dar testimonio de Jesús, aunque tal vez no le hayamos negado tan solemnemente como Pedro. Tenemos la ocasión hoy, y en los dos días que quedan de Pascua, para reafirmar ante Jesús nuestra fe y nuestro amor, y para sacar las consecuencias en nuestra vida, de modo que este testimonio no sólo sea de palabras, sino también de obras: un seguimiento más fiel del Evangelio de Jesús en nuestra existencia. También a nosotros nos dice el Señor: «sígueme». Y desde nuestra debilidad podemos contestar al Resucitado, con las palabras de Pedro: «Señor, tú sabes que te amo». Con María, convencidos del amor de Jesús caminemos hacia Pentecostés. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 20 de mayo de 2021

«Ser uno, como Cristo y Padre son uno»... Un pequeño pensamiento para hoy


Es de un inmenso consuelo saber, en estos últimos días de la Pascua, antes de llegar a Pentecostés, que en sus últimas horas, que el evangelista nos presenta hoy (Jn 17,20-26) Jesús pensó en todos nosotros. Y lo hizo con un cariño tan grande, que se transparenta en la inmensa ternura que san Juan pone en las palabras de Cristo en esta oración sacerdotal. Cuando Jesús pensó en las comunidades cristianas futuras, lo primero que hizo fue pedir por su unidad. Bien sabía que la gran amenaza del cristianismo sería siempre la división, no una división de mal humor o de rabias pasajeras, sino la división profunda de los intereses particulares, del egoísmo. La petición de Jesús es la unidad, expresión y prueba del amor, distintivo de la comunidad; su modelo es la unidad, que existe entre él y el Padre, y es condición para la unión con ellos. Quienes no aman no pueden tener verdadero contacto con el Padre y Jesús. Se establece así la comunidad de Dios con los hombres; su presencia e irradiación desde la comunidad, a través de las obras que revelan su amor, será la prueba convincente de la misión divina de Jesús. No se convence con palabras, sino con hechos.

A lo largo de la historia vemos cuánta razón tenía Jesús. ¡Cuántas veces la Iglesia se ha dividido por diversas causas! ¡Cuántas veces por estar al lado de los poderosos, abandonando el lugar de los descartados! ¡Cuántas veces por confundir lo accidental con lo necesario o por considerar como revelado lo que era puramente cultural! ¡Cuántas por imponer la cultura de una iglesia sobre las otras, o por despreciar o condenar las otras culturas! ¡Y cuántas por imponer cargas pesadas e innecesarias y por tomar actitudes legalistas, descuidando lo más importante: la justicia y la dignidad humana!, y estas son solamente algunas de las causas de esa división que Jesús anhela que termine y que todos seamos uno, como el Padre y él son uno.

Si Cristo insiste tanto en la unidad en este pasaje es porque sólo a través de ésta, en el amor y por el amor, habrá paz en el mundo. El Evangelio nos anima hoy a abrir nuestro corazón a los nuevos aires del Espíritu. Sólo si nos sentimos animados por la misma fe en un mismo Padre sentiremos que esta casa que él nos ha dado es «nuestra» única Casa. El relato de hoy nos deja claro que la unidad que Jesús pide al Padre es de naturaleza pascual. Una unidad que se logra cuando uno muere para que el otro viva. No es un gesto de rendición o de debilidad sino de fe en el don de Dios. Lo nuevo sólo adviene cuando lo viejo es crucificado y sepultado. Al modo como Jesús y el Padre son uno, así debemos serlo todos los discípulos–misioneros. Oremos con María, en espera del Espíritu, por la unidad. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 19 de mayo de 2021

«Jesús ora a su Padre por los discípulos»... Un pequeño pensamiento para hoy

En la oración sacerdotal de Jesús, en la que Juan nos ha inmerso desde ayer, Hoy Jesús se preocupa de sus discípulos y de lo que les va a pasar en el futuro (Jn 17,11-19). Igual que durante su vida él los cuidó, para que no se perdiera ni uno —excepción hecha de Judas porque el mismo Judas así lo decidió—, pide al Padre que les guarde de ahora en adelante, porque van a estar en medio de un mundo hostil: «no ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal». Sigue en pie la distinción que Jesús ha hecho, sus discípulos–misioneros van a estar «en el mundo», son enviados «al mundo», pero no deben ser «del mundo». El Señor quiere que sus discípulos, además, vivan unidos «para que sean uno, como nosotros», que estén llenos de alegría «para que ellos tengan mi alegría cumplida» y que vayan madurando en la verdad «santifícalos en la verdad».

El Mesías ruega, con toda su alma, para que el Padre preserve del mundo y del Maligno a los suyos. Esto significa que la tarea del discípulo–misionero es instaurar, como lo ha hecho Jesús, un modelo de convivencia humana alternativo al que el Maligno ha logrado establecer. Para esto los seguidores del Señor necesitan ser preservados de las fuerzas negativas. Sin embargo, Jesús no se contenta con guardar una posición sólo preventiva frente al Mundo injusto. Es necesario que a esta clase de mundo le llegue también el mensaje de salvación. Por eso Jesús habla de que así como él fue enviado al mundo, a dar la Buena Noticia a los pobres, así también él envía a sus discípulos–misioneros a que hagan lo mismo. La misión de los discípulos–misioneros tiene el mismo fundamento que la de Jesús, la consagración con el Espíritu, y tiene además las mismas consecuencias, la persecución por parte de la sociedad hostil. Jesús estaba ya consagrado por Dios para su misión (Jn 10,36); sin embargo, afirma que se consagra él mismo por los discípulos (Jn 17,19), aludiendo a su muerte. La consagración con el Espíritu no es pasiva, exige la colaboración. Por parte de Dios consiste en capacitar para la misión que él confía, comunicando el Espíritu; por parte del que la recibe, en comprometerse a responder hasta el fin a ese dinamismo de amor y entrega. Por eso Jesús pide que el Padre los guarde unidos, y luego, le pide que los preserve de los males y las seducciones del mundo. 

Al leer y meditar estos pasajes de la oración sacerdotal de Jesús, debemos sentirnos halagados y agradecidos: Cristo ora por nosotros al Padre, intercede por nosotros. Si seguimos estando desunidos y si el mundo nos seduce con sus insidias, se debe solamente a nuestros pecados. Si las iglesias cristianas tienden tan anhelosamente a la unidad, y batallan por el Evangelio en el mundo de las injusticias y la violencia, se debe a la oración de Jesús que no deja de pedir por nosotros ante el Padre. Jesús nos envía a sus discípulos, como el Padre lo envió a él. Somos sus discípulos–misioneros para transformar el mundo rebelde en un mundo de hijos obedientes de Dios. Así nos consagraremos en la verdad, es decir, nos habremos puesto incondicionalmente en el camino de cumplir siempre y únicamente la voluntad de Dios, como Jesús. Unidos con aquellos primeros discípulos y como ellos, unidos con María, esperemos la llegada del Espíritu Santo en Pentecostés que nos llene de valentía en nuestra condición de discípulos–misionero de Cristo. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 18 de mayo de 2021

«La oración sacerdotal de Jesús»... Un pequeño pensamiento para hoy


Estamos, desde el domingo de la Ascensión, en la última semana de Pascua, tiempo litúrgico que terminaremos el domingo próximo con la celebración de Pentecostés. Los relatos evangélicos de estos días tienen, por tanto, un toque muy especial. Con el Evangelio de hoy (Jn 17,1-11) empieza la llamada «oración sacerdotal» de Jesús en la Última Cena. Hasta ahora, Jesús había hablado a los discípulos. En este momento eleva los ojos al Padre y le dirige la entrañable oración conclusiva de su misión: «Padre, ha llegado la hora». Durante toda su vida ha ido anunciando esta «hora». Ahora sabemos cuál es: la hora de su entrega pascual en la cruz y de la glorificación que va a recibir del Padre, con la resurrección y la entrada en la vida definitiva, «con la gloria que yo tenía cerca de ti antes que el mundo existiese».

También aquí Jesús resume la misión que ha cumplido: «yo te he glorificado sobre la tierra», «he coronado la obra que me encomendaste», «he manifestado tu nombre a los hombres», «les he comunicado las palabras que tú me diste y ellos han creído que tú me has enviado». Dentro de poco, en la cruz, Jesús podrá decir la palabra conclusiva que resume su vida entera: «todo está cumplido». Misión cumplida. Ahora, su oración pide ante todo su «glorificación», que es la plenitud de toda su misión y la vuelta al Padre, del que procedía: «glorifica a tu Hijo». Pero es también una oración por los suyos: «por estos que tú me diste y son tuyos». Les va a hacer falta, por el odio del mundo y las dificultades que van a encontrar: «ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti». En la unión vital con Jesús, participamos nosotros de esa su unión íntima con el Padre. Y su gloria se manifestará en nosotros, en la medida en que colaboremos en hacer efectivo su Proyecto de vida «mejor», más humana, justa y solidaria, en nuestros prójimos; ante todo, en quienes llevan una vida más inhumana o deshumanizada.

Me parece, pues, muy interesante el relato de hoy que es muy denso y que creo que vale la pena leerlo y releerlo para meditarlo con detenimiento. Y es que la gloria de Jesús está vinculada directamente a la vida de la comunidad de los primeros creyentes que nos animan a nosotros como discípulos–misioneros de este tercer milenio. Jesús se dirige al Padre con una oración que recuerda lo acontecido durante su ministerio en Galilea y en Jerusalén (Jn 17,4). Presenta el estado en el que está el grupo de los discípulos (Jn 17,6); hace énfasis en la transformación de los seguidores: han recibido el llamado y se han convertido en atentos oyentes de la Palabra de Dios. Y pide por la comunidad que continuará en el mundo la obra de Dios animada por el Espíritu (17,9). Jesús tiene conciencia de su absoluta fidelidad: ha revelado al mundo el misterio de Dios. Pero, como Él se va, ruega por sus colaboradores en la misión, es decir, por todos nosotros que, como hermanos e hijos y profetas hemos de seguir evangelizando. Pidamos a María santísima, siempre fiel, que nos ayude a perseverar. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 17 de mayo de 2021

«Valientes, para seguir a Jesús y hacerlo presente»... Un pequeño pensamiento para hoy

En el Evangelio de este lunes (Jn 16,29-33), Jesús pone en claro ante el grupo de discípulos cómo la mera transmisión de la doctrina no es suficiente. Según vemos en el relato, el grupo de seguidores quería cantar victoria cuando creían, infundadamente, que habían comprendido el camino de Jesús. Pero la realidad es que no habían entendido casi nada, pero eso Jesús les pregunta: «¿De veras creen?». Hoy también hay gente que cree que las seguridades doctrinales son suficientes. Sin embargo, el camino del crucificado nos muestra cuán débiles son nuestras opciones. Huimos y nos dispersamos ante las dificultades como sucedió con aquellos seguidores de Jesús. Entender a Jesús no basta para tener con nosotros la salvación. Es necesario permanecer fieles a Él incluso en las más grandes pruebas. Las tribulaciones por las que debamos pasar por ser de Cristo no deben desanimarnos ni apocarnos. El Señor nos quiere valientes testigos suyos.

Por eso Jesús les invita a aquellos primeros seguidores a «tener valor» porque él es la fuente de la paz —Encontrarán la paz en mí— y porque con él la victoria es posible —Yo he vencido al mundo—. La fe verdadera tiene por objeto a Jesús en la cruz (Jn 19,35) como manifestación suprema del amor de Dios (Jn 3,16) y su fuerza salvadora (Jn 3,14s). Jesús conoce a sus discípulos–misioneros mejor que ellos mismos. Jesús anuncia a los suyos las luchas que enfrentarán en el mundo, cuando los odien por el Evangelio y los persigan por su nombre. La lista de las persecuciones contra la Iglesia es bien larga y más larga todavía es la lista de los mártires. El valor con el que tantos cristianos han enfrentado los tormentos proviene de la certeza en el cumplimiento de la palabra de Jesús: «No teman: Yo he vencido al mundo». Desde su cruz Jesús reina y rige la historia, mostrándonos que Dios se hace solidario con el dolor humano, se pone de parte de las víctimas que del mundo solo han recibido dolor y explotación. 

Desde esta perspectiva, el mensaje del Evangelio de hoy viene a animarnos a ser, insisto, muy valientes. Estamos en la última semana de la Pascua y en espera del Espíritu que es quien dará fuerza y valor para vencer al mundo como lo venció Jesús. La lectura de este texto del evangelio de Juan, alienta nuestra confianza en Jesús y nuestra unión vital con él. Disponemos de la fuerza del Espíritu de amor con que Jesús fue fiel hasta la muerte —hasta la victoria sobre la maldad del mundo y sobre la muerte en cruz— en su misión por la vida de la justicia y del amor solidario del Reino de Dios. Misión que nosotros, como sus discípulos–misioneros debemos proseguir en nuestros días, unidos a él. Elevado el Señor Jesús a los cielos —ayer celebramos la Ascensión—, enviará su Espíritu sobre nosotros, como lo hizo sobre los primeros apóstoles, para confirmar nuestra fe e impulsarnos a la misión. Sólo hará falta que nosotros vivamos, con el corazón abierto, como María y aquellos primeros seguidores de Cristo, a la espera de su llegada misteriosa, reunidos en oración. Sigamos avanzando en nuestra Pascua hacia Pentecostés sin olvidar el valor inmenso de la entrega de Cristo en la cruz. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 16 de mayo de 2021

«La Ascensión del Señor»... Un pequeño pensamiento para hoy

Los discípulos–misioneros de Cristo hemos recibido el encargo de anunciar la Buena Noticia a todo hombre. Pero este encargo no puede quedarse en un anuncio teórico, los seguidores de Cristo no estamos hechos solamente para teorizar. El encargo del anuncio ha de ir acompañado de un compromiso de lucha por la liberación, la practica del amor y la comunicación de vida. La presencia de Jesús de Nazaret junto al Padre viene a ser la ratificación de su victoria personal sobre la muerte, sobre el odio, sobre la violencia, sobre la prepotencia de los poderosos; pero, además, su victoria anticipa la victoria de toda la humanidad: ése es el destino último de los hombres; un destino que no está encerrado en los estrechos límites de este pequeño planeta, un destino que no está encadenado a esta tierra. Jesús de Nazaret es el primer hombre que vence las limitaciones de la naturaleza humana, es el primer hombre que entra a formar parte del ámbito de la divinidad, y en él, desde el momento de su ascensión, las posibilidades del hombre han dejado de ser limitadas.

Jesús va delante de nosotros y quiere que lo sigamos no sólo en la hora del triunfo. La victoria de Jesús fue el final de una larga y dura lucha, la consecuencia última de una generosa pero difícil entrega. Por eso los discípulos–misioneros de Jesús no nos podemos quedar plantados mirando a las nubes (cf. Primera Lectura de la Misa de hoy Hch 1,1-11), porque Jesús subió al cielo, junto al Padre, después de entregar su vida para enseñarnos a transformar el mundo. La tarea de Jesús, que culmina este día en el que vuelve a la casa del Padre, no estaba acabada. Porque ciertamente Jesús no vino a terminar nada ni a resolver nada, sino a enseñarnos cómo podíamos nosotros solucionar los muchos problemas que nosotros mismos, como humanidad, habíamos ido acumulando: incapacidad para entendernos, opresión, violencia, muerte... Todos esos problemas tenían solución. Esa era la Buena Noticia. Los discípulos, aquel día de la Ascensión, debían entender que su amistad con Jesús no era un patrimonio que pudiera disfrutarse de modo exclusivo. Jesús los había elegido «para que estuvieran con él y para mandarlos a predicar» (Mc 3,13-14), y éste era el momento de emprender la tarea, como afirma el Evangelio de este día (Mc 16,15-20): «Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda creatura». 

Es, en definitiva, toda la humanidad la destinataria de la Gran Noticia que, en primicia, habían escuchado antes que nadie los discípulos. Pero no podían quedársela para ellos porque perdería todo su sentido. La Ascensión es todo un reto, un desafío para nosotros. La Ascensión de Jesús nos está diciendo: «ustedes, que tienen ahora en sus manos la buena noticia, ¿qué han hecho con ella?, ¿se la creen de verdad? ¿la trasmiten?, ¿la llevan a todos los rincones de la tierra?» La Ascensión no es para ver cómo «se va Jesús al cielo», sino para ver cómo nos quedamos nosotros aquí para sembrar esperanza en este mundo para hacer que el Reino crezca en él, para aceptar, llenos de coraje y de ilusión, el desafío que nos hace Dios de que colaboremos con él en la tarea de transformar este mundo nuestro. Esta fiesta es una ocasión estupenda para llenarnos de alegría con María Santísima y toda la Iglesia por todo lo que Dios ha puesto en nuestras manos y empezar a compartirlo con todos los hombres. ¡Bendecido Domingo de la Ascensión del Señor!

Padre Alfredo.

sábado, 15 de mayo de 2021

«Orar al Padre por Cristo, con él y en él»... Un pequeño pensamiento para hoy


La enseñanza del Evangelio de hoy (Jn 16, 23-28) es sencilla: Jesús «vuelve al Padre», que es el que le envió al mundo. Promete a sus discípulos que la oración que dirijan al Padre en nombre suyo será eficaz. Es que el Padre y Cristo están íntimamente unidos y los discípulos–misioneros de Jesús, al estar unidos a él, también lo estamos con el Padre. El Padre mismo nos ama, porque hemos aceptado a Cristo. Y por eso nuestra oración no puede no ser escuchada, «para que su alegría sea completa». Nuestra unión con Jesús, el Mediador, es en definitiva unión íntima también con el Padre. Dentro de esa unión misteriosa es como tiene sentido nuestra oración de cristianos y de hijos. El texto evangélico de hoy es para contemplar en adoración y gratitud inacabables. Ya conocíamos por los sinópticos aquella promesa maravillosa: «pidan y se les dará» (Mt 7,7). Ahora, en el contexto de la Última Cena, que es en donde se da el párrafo de hoy, adquiere un nuevo tono. Cuando parece que se aleja y no hay modo de retenerlo, un modo muy suyo de asegurar que está cercano es darnos el secreto de su «Nombre»: pidan «en mi Nombre,» les dice (Jn 16,24).

Cuando oramos, así como cuando celebramos los sacramentos, nos unimos a Cristo Jesús y nuestras acciones son también sus acciones. Cuando alabamos a Dios, nuestra voz se une a la de Cristo, que está siempre en actitud de alabanza. Cuando pedimos por nosotros mismos o intercedemos por los demás, nuestra petición no va al Padre sola, sino avalada, unida a la de Cristo, que está también siempre en actitud de intercesión por el bien de la humanidad y de cada uno de nosotros. La clave para nuestra oración está en la consigna que Jesús nos ha dado: «permanezcan en mí y yo en ustedes», «permanezcan en mi amor». Orar es como entrar en la esfera de Dios que quiere nuestra salvación, porque nos ha amado antes de que nosotros nos dirijamos a él. Al entrar en sintonía con Dios, por medio de Cristo y su Espíritu, nuestra oración coincide con la voluntad salvadora de Dios, y en ese momento ya es eficaz.

No debemos olvidar que, como Hijo, Cristo se dirige al Padre Dios desde nosotros. Y el Padre Dios nos ama y nos escucha porque hemos creído en Aquel que Él nos envió, y que sabemos que procede del Padre. Por eso Él escucha la oración que su Hijo eleva desde nosotros. Pidamos, por intercesión de María Santísima, que vivió plenamente esta relación con el Padre por medio del Hijo y por la acción del Espíritu Santo, que nos conceda en abundancia su Espíritu; pidamos que nos dé fortaleza en medio de las tribulaciones que hayamos de sufrir por anunciar su Evangelio en épocas difíciles como la de esta pandemia. No nos centremos en cosas materiales. Ciertamente las necesitamos; y, sin egoísmos, desde nuestras manos Dios quiere remediar la pobreza de muchos hermanos nuestros. Pero pidámosle de un modo especial al Señor que nos ayude a vivir y a caminar como auténticos hijos suyos, para que todos experimentemos la paz y la alegría desde la Iglesia, sacramento de salvación en el mundo. ¡Bendecido sábado y felicidades a todos los maestros, que hoy celebran su día!

Padre Alfredo.

viernes, 14 de mayo de 2021

«San Matías»... Un pequeño pensamiento para hoy


Celebramos hoy a San Matías, el hombre que fue agregado al grupo de los Apóstoles luego de la muerte del traidor. La primera lectura de hoy (Hch 1,15-17.20-26) nos habla de su elección. La Tradición de la Iglesia afirma que San Matías fue uno de los 72 discípulos que el Señor envió a predicar durante su ministerio. Los hechos de los Apóstoles afirman que Matías acompañó al Salvador, desde el Bautismo hasta la Ascensión y que cuando San Pedro decidió proceder a la elección de un nuevo Apóstol para reemplazar a Judas, los candidatos fueron José, llamado Bernabé y Matías. Finalmente, la elección cayó sobre Matías, quien pasó a formar parte del grupo de los Doce. El Espíritu Santo descendió sobre él en Pentecostés y Matías se entregó a su misión. San Matías entró de lleno en su tarea tomando sobre sí el poder de los apóstoles y el precio a pagar. Seguro que no soñaba con el éxito terrenal ni buscaba alcanzar el trono que se elevara sobre la tumba, de uno que había sido juzgado y había caído, a la sombra misma de la cruz de aquel a quien había traicionado. San Matías seguramente gastó y desgastó su vida en la tarea de predicar la Buena Nueva.

Jesús había escogido doce hombres para que fueran sus enviados especiales, ya lo habían sido por las aldeas galileas, y ahora no eran doce sino once. Judas se había pasado al lado del enemigo. Y los apóstoles tenían que ser doce cuando volviese Jesús. Él les había dicho que, a su regreso glorioso, los doce se sentarían sobre doce tronos para regir las doce tribus de Israel, y ahora faltaba un hombre para un trono. Así, el primer problema con que se enfrentó la Iglesia, apenas desaparecido Jesús, fue buscar un sustituto del apóstata. Dentro de unos cuantos años, cuando muera mártir el apóstol Santiago, hijo de Zebedeo, la Iglesia no se planteará este problema. Santiago habrá cumplido hasta el fin su misión de apóstol, y Jesús se encargará de resucitarlo cuando regrese. Pero Judas no ha cumplido su misión, y hacía falta un hombre que ocupara su puesto y cumpliera fielmente la tarea encomendada, por eso la elección de san Matías.

El Evangelio de este día de fiesta (Jn 15,9-17) nos habla de la permanencia en el amor, y es precisamente esa permanencia la que destaca en la vida de San Matías, que acompañó a Jesús desde el Bautismo hasta la Ascensión. San Matías no es muy conocido, ni su vida tampoco, pero nos basta saber que permaneció en el amor al Señor y fue instrumento de salvación para muchos. Me encontré una oración a San Matías que quiero en este día compartir e invitarles a rezarla: «Dios Omnipotente, que escogiste en lugar de Judas el traidor, a tu fiel siervo Matías, para que fuese contado entre los doce Apóstoles; Concede que tu Iglesia preservada siempre de falsos apóstoles, sea gobernada y dirigida por fieles, y verdaderos pastores; mediante Jesucristo nuestro Señor. Amén». A la luz de San Matías, captamos que el cristiano es, en la Iglesia y con la Iglesia, un discípulo–misionero de Cristo enviado al mundo. Ésta es la misión apremiante de toda comunidad eclesial: recibir de Dios a Cristo resucitado y ofrecerlo al mundo, como San Matías y los demás Apóstoles. Que María Santísima, que perseveraba en oración con los Apóstoles nos ayude a ser también nosotros, instrumentos de salvación. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 13 de mayo de 2021

«El retorno de Jesús al Padre»... Un pequeño pensamiento para hoy

El Evangelio de hoy (Jn 16,16-20) pone en labios de Jesús la anticipación de su retorno al Padre. En los ojos y oídos de los discípulos está la incertidumbre de lo que pueda suceder. Y nuevamente en labios del Maestro está una respuesta implícita: es verdad que me voy, pero ustedes no quedarán abandonados; volverá a ustedes la alegría, en el Espíritu. Eso es lo que quiere decir el relato evangélico de este día, pero para los discípulos, en aquel entonces, las cosas no estaban tan claras, poco a poco la realidad del Resucitado fue quedando aclarada; para nosotros es ya una cosa clara. Después de algún tiempo Cristo padeció y dejaron de verle; después de otro poco de tiempo resucitó y le vieron de nuevo. Los discípulos se contristaron por la muerte del Señor e inmediatamente se alegraron con su resurrección; el mundo en cambio, bajo cuyo nombre quiso significar a sus enemigos que le crucificaron, se gozó de la muerte de Jesucristo precisamente cuando los discípulos se contristaron, por eso dice hoy Jesús en el Evangelio que la tristeza de los discípulos se convertirá en alegría. 

Los discípulos–misioneros del siglo XXI sentimos la misma urgencia que aquellos cristianos de los inicios. Queremos ver a Jesús, necesitamos experimentar su presencia en medio de nosotros, para reforzar nuestra fe, esperanza y caridad. Por esto, nos provoca tristeza pensar que Él no esté entre nosotros, que no podamos sentir y tocar su presencia, sentir y escuchar su palabra. Pero esta tristeza se transforma en alegría profunda cuando experimentamos su presencia segura entre nosotros. Esta presencia, así nos lo recordaba san Juan Pablo II en su encíclica «Ecclesia de Eucharistia», se concreta —específicamente— en la Eucaristía: «La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia. Ésta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: «He aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). La Eucaristía es misterio de fe y, al mismo tiempo, «misterio de luz». Cada vez que la Iglesia la celebra, los fieles pueden revivir de algún modo la experiencia de aquellos discípulos de llenarse de alegría.

En las palabras de Jesús —que en estos relatos evangélicos son difíciles de entender— no hay engaño. Todo discípulo–misionero de Cristo ha de saber de sufrimientos, de adversidades, de lágrimas y de desprecios, pero no ha de rendirse. Aunque parezca que el mundo se alegra en su desprecio, la Verdad perdura, y el amor también, y siempre caminamos hacia el Padre. Por eso no podemos dejar para mañana la misión que debamos realizar hoy. Adaptémonos a la realidad en que vivimos en medio del ambiente de esta pandemia y presentemos en ella el misterio de Cristo salvador, que sube al Cielo, como Señor y que nos invita, con los debidos cuidados, a participar de su Eucaristía. ¡Los Templos, los domingos, no tienen por qué seguir casi vacíos! Contamos con la gracia y fuerza de Cristo cuando caminamos, cuando buscamos a las almas, cuando trabajamos y exponemos la Verdad sinceramente. Nunca estamos solos. No nos detengamos, pues, en experiencias que de momentos sean de tristeza. La luz siempre está amaneciendo, aunque todavía no la descubramos con nuestros ojos. El Espíritu es quien lleva cuenta del éxito de la misión. Pidamos a Dios una fe profunda como la de María —a quien hoy contemplamos como nuestra Señora de Fátima— y la de los Apóstoles luego de la resurrección, pidamos una inquietud constante que se sacie en la fuente eucarística, escuchando y entendiendo la Palabra de Dios; comiendo y saciando nuestra hambre en el Cuerpo de Cristo. Que el Espíritu Santo llene de luz nuestra búsqueda de Dios. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 12 de mayo de 2021

«Pensar más en el Espíritu Santo»... Un pequeño pensamiento para hoy

El Espíritu Santo es el que hace comprender las cosas de Dios, el que hace crecer en la fe. Esta es básicamente la enseñanza que nos deja nuestro Señor en el Evangelio de este día (Jn 16,12-15). Así, el Espíritu Santo, además de ser nuestro defensor y abogado, es también nuestro maestro. En vida de Jesús, sus seguidores muchas veces no captaron bien lo que les decía. No entendían muchas veces qué clase de mesianismo era el suyo, cómo se podía entender la metáfora del templo destruido y reedificado, por qué entraba en su camino redentor la muerte y la resurrección, qué significaba la Eucaristía que prometía. Cristo es la verdad, y la verdad plena. Pero la inteligencia de esa verdad por parte de los suyos se deberá al Espíritu, después de la Pascua y de Pentecostés: «cuando venga él, el Espíritu de la verdad, los guiará hasta la verdad plena».

La verdad plena es una verdad que brota de la admirable unión que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu. Para entender más claramente la obra del Espíritu basta recordar la maduración que supuso la Pascua y luego Pentecostés en la fe de Pedro y los suyos. No sólo en su fortaleza de ánimo y en su decisión, sino también en la comprensión de la persona y la doctrina de Jesús. Por eso en Pascua se lee, como primera lectura, durante todo este tiempo litúrgico, todo el libro de los Hechos de los Apóstoles, como una prueba de cómo el Espíritu fue conduciendo a aquellas comunidades hacia esa verdad plena, por ejemplo en el aspecto de la universalidad de la salvación cristiana. El Catecismo de la Iglesia Católica nos ayuda comprender mejor esto. «Es el Espíritu quien da la gracia de la fe, la fortalece y la hace crecer en la comunidad» (1102). «En la liturgia de la Palabra, el Espíritu Santo recuerda a la asamblea todo lo que Cristo ha hecho por nosotros... y despierta así la memoria de la Iglesia» (1103). 

Jesús es muy cuidadoso con sus seguidores al hacerles saber que les queda la posibilidad de hacerse acompañar por el Espíritu, siempre que sean capaces de no dejar morir sus enseñanzas y las vivencias compartidas con él. También si, como él, somos capaces de entregarnos en servicio a los demás, renunciar a buscar intereses personales y trabajar por la construcción de un mundo más justo, con lo cual quedará sellada de una vez por todas la derrota del Maligno. El Señor deja a la comunidad una gran lección al ser capaz de reconocer que él no va a hacerlo todo. Sabe apartarse dejando que sus propuestas sean completadas por otro, en este caso el Espíritu Santo. En estas últimas semanas de Pascua haremos bien en pensar más en el Espíritu como presente en nuestra vida. Con María dejémonos ayudar por el Espíritu que nos quiere llevar a la plenitud de la vida pascual y de la verdad de Jesús. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.