Mostrando entradas con la etiqueta Parusía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Parusía. Mostrar todas las entradas

viernes, 1 de diciembre de 2017

«SIGNOS»... Un pequeño pensamiento para hoy


Empezamos hoy el último mes de este año de 2017. Hoy el Señor nos dice en el santo Evangelio de la Misa de hoy, que «el cielo y la tierra pasarán, pero sus palabras no pasarán.» (Lc 21,29-33). Jesús, dirigiendo su mirada exterior e interior hacia la higuera, nos deja, por así decir, las últimas recomendaciones del llamado «Discurso Apocalíptico» con el tema del fin del mundo. El Señor insiste en dos puntos. Por una parte la atención que hay que dar a los signos de los tiempos (Lc 21,29-31) y por otra parte nos sitúa en la esperanza, fundada en la firmeza de la palabra de Jesús, que expulsa el miedo y el desaliento (Lc 21,32-33). Jesús sabe que naturaleza tiene su ritmo y anuncia, con los diversos cambios de clima y épocas del año, lo que está por llegar. Fijándose en eso y viendo la higuera, nos hace una indicación: igual que cuando un árbol empieza a echar sus brotes y sabemos que el verano está cerca, tenemos que ser capaces de distinguir los signos que apuntan al Reino de Dios y que, muchas veces, van al contrario de los signos de este mundo en donde parece reinar la mentira, el mal, el error y otra serie de antivalores. Es el reinado de Dios y su justicia, que comienza a hacerse presente en nuestro mundo y que esperamos que llegue a ser pleno al final de los tiempos se ve en los signos que nosotros mismos vamos viviendo y mostrando al mundo. Ahora vemos los brotes… que llegarán a dar todo su fruto en la eternidad.

Hay gente que dice que no ve signos y hay quienes los ven de más. Hay quienes no quieren cambios y otros que esperan siempre la novedad. Algunos esperan el retorno inminente de Jesús asustados por confundir signos ordinarios con extraordinarios y otros, sumergidos en un mundo de pecado, ni se inmutan ante las situaciones en donde claramente se percibe la presencia de Dios. Para nosotros, discípulos-misioneros, de Jesús, el Reino está ya —aunque no de forma completa—en medio de nosotros porque él está (Mt 28,20). Cristo camina a nuestro lado en la lucha por la justicia, por la paz, por la vida, en la búsqueda de establecer la civilización del amor. Pero la plenitud no ha llegado todavía. Por esto, esperamos con firme esperanza la liberación total de la humanidad y de la naturaleza (Rm 8,22-25). En medio de todo esto, hay hasta quienes llegan a calcular la fecha exacta del fin del mundo. En el pasado, a partir de los «mil años» mencionados en el Apocalipsis (Ap 20,7), la gente solía decir: «¡El año 1000 pasó, pero el 2000 no pasará!» Por esto, en la medida en que se iba acercando el año 2000, muchos quedaban preocupados. Pero en año 2000 pasó y nada aconteció. ¡El fin del mundo no llegó! 

La misma situación que vemos se vive en unos con tanta inquietud, se veía en las comunidades cristianas de los primeros siglos. La gente vivía en la expectativa de la venida imperiosa de Jesús. El Señor vendría a realizar el Juicio Final para terminar con la historia injusta del mundo acá abajo e inaugurar una nueva fase de la historia, la fase definitiva del Nuevo Cielo y de la Nueva Tierra. Aquellos primeros cristianos pensaban que esto ocurriría dentro de una o dos generaciones. Creían que mucha gente estaría con vida todavía cuando Jesús iba a aparecer glorioso en el cielo (1Ts 4,16-17; Mc 9,1). Y había hasta personas que habían dejado de trabajar, porque pensaban que la venida fuera cosa de pocos días o de semanas (2Ts 2,1-3; 3,11). Así pensaban. Pero hasta ahora, la venida de Jesús ¡todavía no ha ocurrido! ¿Cómo entender esta demora? En las calles de la ciudad —sobre todo nuestros hermanos separados— pintan en las paredes las palabras «Jesús volverá» pero como para dar miedo y obligar a la gente a ir a una determinada iglesia. Lo cierto es que vendrá y no avisará. Hay que esperarlo con la misma esperanza de la Virgen María, que, con su «sí», abrió la puerta a la llegada del Reino para deshacer el nudo de lo antiguo, para abrazar, con paciencia y ternura —como el ritmo de la naturaleza—, el camino que nos lleva a Dios para que Él establezca, con su misericordia de Padre, el Reino de su Hijo en nosotros. ¡Que Dios te colme de bendiciones en este mes de diciembre!

Padre Alfredo.

domingo, 26 de noviembre de 2017

«¡VIVA CRISTO REY!... Un pequeño pensamiento para hoy

El pasaje del evangelio de san Mateo, que la Iglesia toma para celebrar la fiesta de Cristo Rey (Mt 25,31-46) el día de hoy, es siempre sorprendente. ¿Cuál es la única razón por la que Cristo abre las puertas de su reino a los que ha puesto a su derecha? ¿Por qué abrió el Hijo del Hombre a estos y no a los otros las puertas del Reino? San Agustín decía que cada vez que leía este Evangelio se quedaba asombrado y un tanto sorprendido. ¡Es que lo único que nos salva ante Dios es el amor fraterno! Qué razón tenía san Juan de la Cruz cuando decía que a la tarde de la vida nos examinarán en el amor. Sabemos que el Reino de Cristo ya ha comenzado, pues se hizo presente en la tierra a partir de su venida al mundo hace más de dos mil años. En la fiesta de Cristo Rey celebramos que Cristo puede empezar a reinar en nuestros corazones en el momento en que nosotros se lo permitamos, y así el Reino de Dios puede hacerse presente en nuestra vida. De esta manera vamos instaurando desde ahora el Reinado de Cristo en nosotros mismos, en nuestros hogares, empresas y ambientes, aunque sabemos que Cristo no reinará definitivamente sobre todos los hombres, hasta que vuelva al mundo con toda su gloria al final de los tiempos, en la Parusía. 

Que distinto es nuestro Rey a los reyes de la tierra. Al entrar triunfalmente en Jerusalén, su figura real era totalmente nueva, sorprendente. Un rey que monta un burro y que a la vez es aclamado por los niños y odiado por los cabecillas del Templo. Un rey que es coronado de espinas ante el griterío de la turba y las burlas de la soldadesca. Un rey cuyo trono está en una cruz y cuyos adornos son las huellas encarnadas de una serie de azotes sobre su carne desnuda. Un rey que es como un pastor que sigue el rastro de su rebaño cuando encuentra las ovejas dispersas. Un Rey que cuando vuelva a la tierra, el orbe entero se estremecerá desde sus cimientos ante tu presencia soberana... Al hacerse tan humilde, al bajarse tanto, al presentarse como un pobrecito hombre más, nuestro Rey muestra la trascendencia de su realeza: «Lo que hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron» (Mt 25,40). 

La parábola del Juicio Final cuenta lo que debemos hacer para poder tomar posesión del Reino: acoger a los hambrientos, a los sedientos, a los extranjeros, a los desnudos, a los enfermos y presos. Los que están del otro lado del Juicio son llamados «malditos» (Mt 25,41), y están destinados al fuego eterno, preparado por el diablo y los suyos. Jesús usa el lenguaje simbólico común de aquel tiempo para decir que estas personas no van a entrar en el Reino. Y aquí también el motivo es uno sólo: no acogieron a Jesús hambriento, sediento, extranjero, desnudo, enfermo y preso. No es Jesús que nos impide entrar en su Reino, sino nuestra práctica de no acoger al otro, la ceguera que nos impide ver al Rey de reyes y Señor de señores en los pequeños. A lo largo de la historia hay innumerables testimonios de cristianos que han dado la vida por Cristo como el Rey de sus vidas. Un ejemplo son los mártires de la época de la cristiada en México, quienes, por defender su fe, fueron perseguidos y murieron gritando «¡Viva Cristo Rey!» Dedicar nuestra vida a la extensión del Reino de Cristo en la tierra es lo mejor que podemos hacer, pues Cristo nos premiará con una alegría y una paz profundas e imperturbables en todas las circunstancias de la vida como premió a su Madre santísima y a tantos y tantos santos y beatos alrededor del mundo. La fiesta de Cristo Rey, al finalizar el año litúrgico es una oportunidad de imitar a estos mártires promulgando públicamente que Cristo es el Rey de nuestras vidas, el Principio y el Fin de todo el Universo. Todos los que se encuentran con el Señor, escuchan su llamado a la Santidad y emprenden ese camino se convierten en miembros del Reino de Dios... ¡Qué viva Cristo Rey!

Padre Alfredo.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

«VEN, SEÑOR, NO TARDES MÁS»... HORA SANTA 24 para vivir el tiempo de Adviento


Monitor: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo: si alguno oyere mi voz y abriere la puerta, entraré á él, y cenaré con él, y él conmigo" (Ap 3, 20). Hermanos En este tiempo de preparación para el gran acontecimiento de la llegada de Jesús, El Mesías que viene a salvarnos, nos reunimos para orar en comunión en esta Hora Santa. Nos ponemos de pie.

Canto de Entrada:

VEN SEÑOR, NO TARDES EN LLEGAR,
Y LA PAZ AL MUNDO LE DARÁS.
CON TU LUZ PODREMOS CAMINAR,
LA NOCHE SE VUELVE CLARIDAD.


El misterio de un pecado
vino a ser una promesa.
El milagro de la culpa
fue causa de Redención.
ESTRIBILLO.

Del cantar de los profetas
fue brotando la esperanza.
La sonrisa de una Virgen
dio al mundo la salvación.
ESTRIBILLO.

Por las sendas de la vida,
se abren nuevos horizontes.
En las sombras de las penas
un nuevo sol brillará.
ESTRIBILLO.

La tristeza de los hombres,
se convierte en alegría.
El rencor de las naciones
se ha convertido en amor.
ESTRIBILLO.

Ministro: Adoremos y demos gracias en cada momento 
Todos: al Santísimo Sacramento 

Padre Nuestro … 
Ave María … 
Gloria …

Momento de un profundo silencio para meditar.

Ministro: Señor Jesucristo, creemos firmemente que te encuentras presente en el Santísimo Sacramento del altar, te amamos con todo el corazón y con toda el alma. Deseamos ardientemente tu llegada a nuestros corazones. Ya queremos celebrar la Navidad porque queremos escuchar tu voz y la voz de tu Padre. Ya queremos que vengas por segunda vez porque queremos contemplar a tu Padre cara a cara contigo y bajo la acción del Espíritu Santo. Estamos aquí haciendo un espacio de silencio tan necesario entre el ruido del diario ir y venir de estos días del Adviento. ¡Ven Señor Jesús!

Lector 1: Lectura de la carta de san Pablo a los Filipenses.                                          Flp. 2, 6-11

Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios,
al contrario, se anonadó a sí mismo, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos.
Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el “Nombre -sobre-todo-nombre”;
de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo
y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Momento de un profundo silencio para meditar.

Canto:

LA VIRGEN SUEÑA CAMINOS,
ESTÁ A LA ESPERA,
LA VIRGEN SABE QUE EL NIÑO
ESTÁ MUY CERCA.

DE NAZARETH A BELÉN
HAY UNA SENDA,
POR ELLA VAN LOS QUE CREEN
EN LAS PROMESAS.

LOS QUE SOÑAIS Y ESPERAIS
LA BUENA NUEVA,
ABRID LAS PUERTAS AL NIÑO
QUE ESTÁ MUY CERCA.
EL SEÑOR CERCA ESTÁ, ÉL VIENE CON LA PAZ.
EL SEÑOR CERCA ESTÁ, ÉL TRAE LA VERDAD.

EN ESTOS DÍAS DEL AÑO
EL PUEBLO ESPERA
QUE VENGA PRONTO EL MESÍAS
A NUESTRA TIERRA.

EN LA CIUDAD DE BELÉN
LLAMA A LAS PUERTAS
PREGUNTA EN LAS POSADAS
Y NO HAY RESPUESTA.

LOS QUE SOÑAIS Y ESPERAIS....

LA TARDE YA LO SOSPECHA,
ESTÁ ALERTA,
EL SOL LE DICE A LA LUNA
QUE NO SE DUERMA.

A LA CIUDAD DE BELÉN
VENDRÁ LA ESTRELLA,
VENDRÁ CON TODO EL QUE QUIERA
CRUZAR FRONTERAS.

LOS QUE SOÑAIS Y ESPERAIS....

Momento de un profundo silencio para meditar.

Monitor: Ante Jesús Eucaristía, recordemos ahora algunos conceptos del Adviento y meditemos en ellos:

Lector 2: ¿Qué es el tiempo del Adviento? 
Lector 3: Es el tiempo en que esperamos con alegría el nacimiento del Niño Jesús: LaNavidad. “La Iglesia actualiza esta espera del Mesías; participando en la larga preparación de la primera  venida del Salvador; los fieles renuevan el adviento y  deseo de su segunda venida”. 

Lector 2: ¿Cuánto tiempo dura el  período de Adviento? 
Lector 3: Son los cuatro domingos anteriores a la Navidad; en los cuales nos preparamos espiritualmente para el nacimiento del Niño Jesús.

Lector 2: ¿Quién anunció antiguamente el Nacimiento de Jesús?
Lector 3: Lo anunciaron los profetas. 

Lector 2: ¿Quién fue el profeta del Señor, que fue enviado para preparar su camino? 
Lector 3:Fue San Juan Bautista. Precediendo a Jesús “con el Espíritu y el poder de Elías (Lc 1,17). Juan el Bautista da testimonio de Él mediante su predicación, su bautismo de conversión y finalmente con su martirio.

Lector 2: ¿Qué acontecimiento importante ocurre después del cuarto domingo de adviento? 
Lector 3: La Navidad. “Jesús nació en  la humildad de un establo, de una familia pobre; unos sencillos pastores son los primeros testigos del glorioso acontecimiento. La Iglesia no se cansa de cantar la gloria de
esa noche.

Lector 2: ¿Quién nos orienta y dirige para continuar celebrando este acontecimiento? 
Lector 3: Nuestros sacerdotes que incansablemente participan en ello y que además son personas consagradas a Dios para el servicio de sus hermanos en las diferentes comunidades, como continuadores de la misión salvadora de Jesús.

Lector 2:¿Qué podemos hacer en este tiempo de Adviento para que no nos falten sacerdotes?
Lector 3:Promover las vocaciones y hacer oración para que Dios mueva esos corazones.

Monitor: En el silencio interior contemplemos al Dios hecho hombre y alimento en esta Hostia
Santa.

Momento de un profundo silencio para meditar.

Si está presente el sacerdote o el diácono, se das la bendición como de costumbre; de otra manera, se hace la resreva.

Letanía ante Jesús Sacramentado:

Bendito sea Dios.
Bendito sea su Santo Nombre.
Bendito sea Jesucristo verdadero Dios y verdadero Hombre.
Bendito sea el Nombre de Jesús.
Bendito sea su Sacratísimo Corazón.
Bendito sea su Preciosísima Sangre.
Bendito sea Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar.
Bendito sea el Espíritu Santo Consolador.
Bendita sea la Incomparable Madre de Dios la Santísima Virgen María.
Bendita sea su Santa e Inmaculada Concepción.
Bendita sea su gloriosa Asunción.
Bendito sea el Nombre de María Virgen y Madre.
Bendito sea San José su casto esposo.
Bendito sea Dios en sus Ángeles y en sus Santos.

Canto de salida:

Caminamos hacia el sol
esperando la verdad.
La mentira, la opresión,
cuando vengas cesarán.

Llegará con la luz
la esperada libertad./ (bis)


Construimos hoy la paz
en la lucha y el dolor,
nuestro mundo surge ya
a la espera del Señor.

Te esperamos, Tú vendrás
a librarnos del temor.
La alegría, la amistad,
son ya signos de tu amor.

domingo, 4 de octubre de 2015

¿ESTÁ CERCA EL FIN DEL MUNDO? ¿SE ESTÁ CUMPLIENDO EL APOCALIPSIS? ¿YA LLEGA EL DÍA FINAL?

En la Biblia tenemos un libro llamado «Apocalipsis» que, a diferencia de lo que piensan muchos, no se trata de un libro que habla sólo del final de los tiempos o de la destrucción del mundo.

El Apocalipsis es un libro que al leerlo, nos deja un mensaje siempre actual que ilumina la realidad de la persecución y el sufrimiento vivido por los cristianos de cada época. Algunas veces, como en los tiempos de Nerón, otras como en la época de las cruzadas o de la Cristiada en México, esta persecución se intensifica y se muestra más encarnizada. Cada atacante del cristianismo, que surge en la historia que vamos viviendo día a día alrededor del mundo, es, en sí, una nueva bestia del Apocalipsis, como lo fue Nerón, por ejemplo.

En los países dominados por dictaduras comunistas, en muchos países de mayoría musulmana y en los de que son devorados por el consumismo, vemos correr sin descanso la sangre de los mártires aún en nuestros días. El Papa constantemente nos invita a orar por la paz en estos lugares de persecución. 

Incluso entre nosotros, la persecución es durísima, pero no es una persecución que hiera ni mate al cuerpo. Es un tipo de persecución peor, una persecución que ataca y mata el alma por la imposición ideológica que se va infiltrando en nuestra cultura, en los medios de comunicación y en las instituciones educativas. Debido a tantas ideas extrañas, los cristianos de hoy sufrimos una gran presión para negar a Jesucristo y aceptar los valores que Jesús y su Iglesia condenan.

Y digo "entre nosotros", porque muchos cristianos frecuentan la Iglesia, realizan prácticas devocionales, y, en contraste con esto, actúan, fuera de la vida eclesial, como verdaderos paganos que atacan y dejan en mal a la Iglesia. Son el tipo de personas que tienen miedo a perder el trabajo, a ser excluidos por los amigos o a padecer los prejuicios a causa de su fe, incluidos dirigentes y líderes religiosos que no abrazan la verdad, sino las ideas del mundo hedonista y consumista que nos quiere devorar.

Ya la beata María Inés Teresa, con ese corazón misionero que la distinguió y que sigue latiendo en todos los miembros de la Familia Inesiana, en 1974, en una carta escribía: “Se necesitan corazones para orar, manos para trabajar, y pies para caminar en pos de las ovejas de Cristo, no sólo en las misiones propiamente tales, sino también en el mundo entero que cada día se paganiza más.”

Nuestro Señor Jesucristo no se puede equivocar, Él nos dijo que no sabemos ni el día ni la hora, y que debemos estar preparados (Mt 24,36). Hay que estar atentos, ¡sí, por supuesto! Pero no con un alarmismo que nos desvíe de lo que debe ser nuestro objetivo. Los cristianos trabajamos día a día en nuestra conversión, en lucha contra los propios pecados, y los pecados sociales recordando que el mensaje de Cristo es siempre un mensaje de «Buenas Nuevas» que invita a la conversión y a caminar juntos hasta que llegue ese cielo nuevo y esa tierra nueva cuando Él lo disponga.

Algunos falsos profetas alarmaron a muchos hermanos nuestros asegurando que en Septiembre se acaba el mundo. Mucha gente vivió miedo y angustia relacionando algunos hechos con algunos de los textos de la Sagrada Escritura que nos hablan de esto:

“Porque voy a crear cielos nuevos y una tierra nueva, y ya no se recordará lo pasado, y ya no habrá de ello memoria” (Is. 65, 17 - cf. 66, 22).

“Se oscurecerá el sol, y la luna no dará su luz, y las estrellas caerán del cielo, y las columnas del cielo se conmoverán” (Mt. 24, 29).

“El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Lc. 21, 33).

“Después será el fin, cuando entregue a Dios Padre el reino ...” (1 Co. 15, 24).

“El fin de todo está cercano. Sed, pues, discretos y velad en la oración”(1Pe.4, 7).

“Llegará el día del Señor, como un ladrón. Entonces los cielos incendiados se disolverán con gran ruido. Los elementos ardientes se derretirán por el fuego, y la tierra con todo lo que encierra quedará consumida. Nosotros esperamos, según la promesa de Dios, cielos nuevos y tierra nueva, un mundo en que reinará la justicia” (2 Pe. 3, 10-13).

“Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido; y el mar no existía ya” (Ap. 21, 1).

Hoy vemos, entre tantas cosas, que, a pesar de estos miedos y angustias, el relativismo impera y la fe cristiana muere en muchos países ricos mientras que el martirio flagela a los cristianos de Oriente.

La beata María Inés decía: «Urge que Cristo reine» (1 Cor 15,25),  esta era la invitación de la beata a vivir conforme al Evangelio, que urge para todos y cada uno, aunque el mundo se acabe al rato, en este día o dentro de mil años, porque la verdad, como dice el Evangelio, no sabemos ni el día ni la hora... ¡Cristo no lo quiso revelar ni tampoco dijo que encargaría a alguien revelarlo! (Mc 13,33-37 y Mt 24,42).

La segunda venida de Cristo,  es designada frecuentemente en la Sagrada Escritura con el término griego «parusía», que en el lenguaje profano significaba la entrada solemne de un emperador en una ciudad o provincia, donde era saludado como salvador de aquella tierra. El momento de la entrada, que siempre tenía algo de inesperado, era tenido como día de fiesta y, a veces, era el punto de partida para un nuevo cómputo del tiempo. Con la parusía se quería indicar que con aquel acontecimiento comenzaba algo nuevo. 

Para nosotros, la llegada de Cristo será la gran fiesta, pues el alma se unirá de nuevo a su propio cuerpo, y comenzará un «nuevo cómputo del tiempo», una nueva forma de existencia, donde cada uno cuerpo y alma dará gloria a Dios en una eternidad sin fin. Hay quienes, en medio de tanta confusión, hacen alusión a un rapto en el cual Jesús aparecerá en el cielo un poco antes del final de los tiempos de forma invisible, para raptar a la Iglesia. Esto, en la teología católica, es totalmente falso, Jesucristo vendrá al fin del tiempo en medio de un ambiente de fiesta, en una venida visible y gloriosa que nadie podrá ignorar (Cf. Ap 1,7) Será entonces cuando ocurrirá el juicio final; vivos y muertos serán llevados de este mundo a la presencia del Señor. No existirá un "rapto secreto" anterior al fin del mundo. Esta falsa doctrina es tan novedosa que no aparece en los diccionarios clásicos de espiritualidad de la Iglesia Católica, sin embargo es sumamente popular en la actualidad gracias a la corriente fundamentalista fascinada hoy con el tema de los últimos tiempos. El rapto es el tema de numerosos "best-sellers" y películas. ¡Podríamos decir que la palabra «rapto» ha sido raptada por los proponentes de una nueva doctrina!

La segunda venida de Cristo al final de los tiempos (Mt. 24, 3) será el momento del juicio final, de la resurrección general y de la instauración definitiva del Reino de Dios. Nuestra esperanza tiende hacia ese cielo nuevo y esa tierra nueva, por eso la Sagrada Escritura, en el libro del Apocalipsis, termina con estas palabras de espera: «¡Ven, Señor Jesús!» (Apoc. 22, 20). Los cristianos de la primera época, deseosos de ver el rostro glorioso de Cristo, repetían esta dulce invocación: ¡Ven, Señor Jesús! Esta era una jaculatoria tantas veces repetida, que incluso quedó plasmada en arameo, la lengua que hablaba Jesús y los Apóstoles, en los escritos de los primeros cristianos. Hoy, traducida a los diversos idiomas, ha quedado como una de las aclamaciones posibles en la Santa Misa, después de la consagración y adoración. 

Cristo resucitado advirtió a sus Apóstoles que no les correspondía a ellos —tampoco a nosotros— conocer los tiempos ni los momentos que el Padre ha fijado en virtud de su poder soberano (cfr. Hech. 1, 7) en que veamos los cielos nuevos y la tierra nueva. El mundo como lo conocemos y según como vemos en la Biblia sobre todo en el libro del Apocalipsis, se acabará en algún momento y, aunque la Sagrada Escritura nos da algunas señales por las que se puede conjeturar la cercanía o lejanía de ese momento final, realmente no sabemos el día ni la hora... ¡Debemos estar preparados para vivir en este mundo como si este momento fuera el último!

Vivificados por el Espíritu, los cristianos caminamos como peregrinos siempre alerta, con la lámpara encendida hacia la consumación de la historia humana, la cual coincide plenamente con su amoroso designio divino de restaurar en Cristo todo lo que hay en el cielo y en la tierra. Nuestra actuación en medio del mundo, mientras llega el día final, deberá ser siempre mirar frecuentemente al Cielo, la Patria definitiva, teniendo muy bien asentados los pies aquí en la tierra, trabajando con intensidad para dar gloria a Dios, atendiendo lo mejor posible las necesidades de la propia familia y sirviendo a la sociedad a la que pertenecemos. La vida presente tiene pleno sentido entonces por sí misma, lo que proyectamos para el futuro, está ya aquí y ahora a nuestro alcance. Aquí y ahora, podemos vivir la eternidad, puesto que podemos conectar con lo que hay de Dios en cada uno. Aquí y ahora el cristiano puede alcanzar la plenitud, porque teniendo a Dios se tiene todo al alcance de la mano.

Somos peregrinos en este mundo mientras llega el día final para el encuentro definitivo de la humanidad con el Señor. Somos peregrinos que lejos de instalarnos en un mundo que vive distraído e inmerso en el consumismo y todos los demás ismos...  permanecemos a la escucha de la Palabra de Dios para acogerla y lanzarnos dócilmente por la ruta señalada. María, la Madre de Dios y madre nuestra, mejor que nadie, nos muestra con su vida el itinerario del seguimiento de la Palabra de Dios. Ella nos invita a estar alerta con la mirada en cielo, los pies bien puestos en la tierra y manos en la tarea de santificación sirviendo con premura a nuestros semejantes. Ella renuncia a toda seguridad y a sus planes personales, ella escucha atenta la Palabra, ella confía en las promesas de Dios, ella nos alienta a vivir el dinamismo de dolor—alegría y la prontitud en el servicio amable. Es ella quien nos conduce hacia su Hijo, el dulce Señor de Nazaret quien nos promete: "Vengan a mí todos los que están fatigados y sobrecargados, y yo les daré descanso" (Mt 11, 29).

Jesús volverá otra vez para llenar el mundo de su luz y gloria y para estar presentes en este suceso, hay que participar en el destino de Cristo que nos invita a ir a Él y seguirle, “Entonces Jesús dijo a sus Discípulos: Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a Sí mismo, tome su cruz y Sígame”. (Mt 16, 24). No hay otro camino para salvarse que seguir la causa de Jesucristo, así nos lo dice Él mismo, “Porque el que quiera salvar su vida la perderá, y el que pierda su vida por causa mía la hallará.” (Mt, 16, 25). 

Si vivimos conforme a lo que Él nos enseña en su Evangelio, podemos estar alegres y esperanzados, porque seremos testigos de su regreso. “Porque el Hijo del Hombre ha de venir en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces recompensará a cada uno” (Mt 16, 27). A su regreso, Jesús, determinará para siempre los destinos de los hombres, no podemos tener duda de ello. Jesús es quien dirá la última palabra. Debemos mantener la fe y estar en constante oración, hasta el día de la parusía, ese será el gran encuentro con el Señor. Pidamos con alegría y sin temor la venida del Reino de Dios, esa es nuestra autentica esperanza como cristianos.

San Pablo nos insta a vivir en cada celebración de la Eucaristía: "siempre que coman este pan y beban de este cáliz, proclamarán la muerte del Señor hasta que el vuelva". Por eso pedimos "vivir siempre libres de pecado mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador, Jesucristo".

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.