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jueves, 3 de enero de 2019

«Un canto nuevo»... Un pequeño pensamiento para hoy

En la Navidad, el Dios hecho Hombre nos ha traído la gran noticia de que somos hijos en el Hijo, y de que somos hermanos los unos de los otros, pero, también es una época que nos recuerda que los hijos deben abandonar el estilo del mundo o del diablo, para hablar más claramente, renunciando al pecado para buscar vivir como vivió Jesús a quien ahora contemplamos como un pequeño niño indefenso y recostado en un pesebre. Al mundo de hoy no le gusta hablar de este tema del pecado, porque considera, por desgracia, que nada es pecado, pero no hace falta que se hable de fallos enormes y escandalosos para describir el pecado, también es pecado el conjunto de pequeñas y infidelidades que se dan en una vida cada vez más materialista y menos humana con una generosidad bastante pobre y con poca claridad en un estilo de vida que no se puede definir. La Navidad nos invita a marcar un alto, a hacer una revisión y a entonar, con nuestra vida, como dice el salmista (Sal 97 —98 en la Biblia—) «un canto nuevo». Bien dicen por allí que si uno ve la vida con ojos nuevos... «otro gallo te cantara». Esa expresión de «otro gallo te cantara» me hace pensar en los maestros que a sus alumnos más rejegos les dicen: «si estudiaras un poco más... otro gallo te cantara», o en alguien mustio a quien le dicen: «si fueras más simpático con la gente... otro gallo le cantara»... habría: «un canto nuevo». 

El autor del salmo 97 —que ayer también la liturgia de la palabra nos presentaba— hace un canto de alabanza para el amor redentor invitando a una nueva canción hacia el misterio escondido desde siglos y generaciones. Conviene que al iniciar el año nuevo, cantemos una canción nueva, muy diferente de lo que hemos cantado el año anterior. Si la gracia de Dios, con el recuerdo del nacimiento del Salvador, puso un corazón nuevo en nuestros pechos, bien se puede poner una nueva canción en nuestra boca. Una nueva canción que cante la alabanza de Dios, en la consideración de las maravillas que ha obrado con su venida. El Redentor, envuelto en pañales, ha superado todas las dificultades en el camino de nuestra redención y dará la vida gobernando el orbe entero y estableciendo la rectitud y la justicia como norma de vida, cumpliendo así las profecías y promesas del Antiguo Testamento que el salmista bien conoce. Si este es nuestro caso también, el canto nuevo vendrá a superar las cancioncillas ligeras de la vanidad y la soberbia que el globalizado mundo actual ofrece en diversos artistas y grupos de K-pop o reguetón (como BTS, EXO, EarthGang, Superorganism, BlackPink, Red Velvet, INFINITE y más que, en todo el mundo y entonando canciones, ciertamente con música bonita y cautivante pero difíciles idiomas e ideas de asumir, sin que se sepa además lo que se está diciendo), con auténticas canciones de alegría y acción de gracias que pueden brotar, no de un grupito de moda que pronto pasará y será sustituido por otro conjuntito, sino de una vida que celebra, no a los artistas de moda que pronto se diluyen en el mundo del consumismo, sino la alabanza del Redentor. 

El salmo 97, que ayer y hoy tenemos como salmo responsorial, ha sido cumplido por Jesús que vino a salvar a todos los hombres. Jesús es ese Dios amorosamente perfecto y perfectamente justo, misericordioso cuando corrige y cambia la vida del pecador. Además de ser una bella poesía, es uno de los llamados salmos de entronización o salmos de la realeza de Yahvé exaltando al Señor como Rey. «Cantemos al Señor un canto nuevo» con una vida que cada día y en las cosas pequeñas de la rutina, estalle en un canto. Pero no cualquier cancioncilla producto de modas pasajeras, sino con un auténtico cántico que cada día sea nuevo. Dios es creador y ha hecho al hombre creativo. Hoy el salmista nos presenta un gran desafío a los cristianos que en estos días vamos volviendo a las tareas ordinarias. Yo, por mi parte, en unas horas más, luego de la Misa de 9 en el Espíritu Santo y un desayuno en casa de mis padres, regreso a CDMX entonando, sí, un canto nuevo cuya letra y música, muchos de ustedes me han ayudado a componer para alabar a Dios por su infinita bondad y misericordia. ¡Bendecido jueves cantando ese canto nuevo acercándonos a Jesús Eucaristía con María y José, como lo hicieron los pastorcitos de Belén! 

Padre Alfredo.

martes, 1 de enero de 2019

«Propósitos de Año Nuevo»... Un pequeño pensamiento para hoy


Este día todo el mundo ha amanecido lleno de buenos deseos aunque, como yo, muchos un poco más tarde y mañana diré la razón de mi atraso. Se que estos deseos de Año Nuevo, que incluyen ciertamente bienes que anhelamos todos año tras año, son los mismos. Nos deseamos felicidades y uno que otro hace propósitos nuevos, todos pedimos la bendición de Dios para el Nuevo Año, celebramos en los umbrales del nuevo año la fiesta de Santa María Madre de Dios y la «Jornada Mundial de oración por la paz», una jornada en la que este año el Papa Francisco nos recuerda: «La paz es una aspiración profunda de todas las personas y de todos los pueblos, especialmente de aquellos que más sufren por su ausencia... es como una flor frágil que trata de florecer entre las piedras de la violencia» (Mensaje para la celebración de la 52 Jornada Mundial de la Paz). Y es que la paz es el compendio de todos los bienes que podamos anhelar y desear al empezar un año nuevo. Deseamos que reine la paz en nuestro corazón y que sepamos transmitirla a nuestro alrededor. Deseamos que el amor de María, Madre de Dios, Madre de la Paz que brota de un corazón lleno de Dios, nos ayude a recibir como ella las bendiciones de Dios al comenzar este nuevo año. 

En este día, el primero del nuevo año, el salmista busca ponernos (Sal 66 —67 en la Biblia—) a meditar en el propósito de Dios al bendecir a su pueblo. Todos deseamos ser bendecidos por Dios todo el año y este texto nos insta a ir a Dios y pedir su bendición. Sin embargo, aún más importante es la razón que da el salmista del propósito de Dios al dar esas bendiciones: que «conozca la tierra tus caminos»; para que sea conocido en «todos los pueblos tu salvación»; para «que todos los pueblos te alaben»; para que se alegren y gocen las naciones en Él; y que «hasta los confines del orbe le teman. El propósito en las bendiciones que da, así como en todas las cosas que hace, es manifestar su gloria en cada uno de sus elegidos como almas pacíficas y pacificadoras que cambian para bien y regresan, como los pastores del evangelio de hoy (Lc 2,16-21) «dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto». De un corazón que se sepa bendecido por la paz, brotará seguramente un caudal de bendiciones infestadas por esta paz, no una paz al estilo del mundo, esa paz que no perdura, que es desechable, sino al estilo de Dios. Una paz que supera la escalada de aumentos tanto a servicios, ropa y alimentos, así como a los repudiados impuestos que al iniciar el año asedian a todos tratando de quitar la paz. 

Hoy me viene transcribir —en primer lugar para mí y luego para todos los que se animen a seguir leyendo— una «Anécdota de Año Nuevo» que me encontré por ahí en un artículo del 3 de Enero de 2014 del editorialista Gilberto Vivanco González en el periódico Cambio de Michoacán: «El hombre, en su despacho, recordó el viejo dicho popular “Año Nuevo, vida nueva”, y prometió cambiar con el nuevo año que se iniciaba. Tomó una hoja y una estilográfica nueva, respiró profundamente, exhaló y comenzó a anotar, solemnemente, una lista de propósitos que cumpliría desde el primer día del año nuevo. Prometo no fumar, se dijo, y antes de anotarlo apagó el cigarro en el cenicero de cristal. Prometo no beber. Miró la botella de Buchannans y aseguró que sería la última botella que compraría. Prometo no decir mentiras y decir la verdad aunque no me convenga. Sonrió. Prometo trabajar durante las catorce horas del día y no perder el tiempo jugando dominó con los amigos. Llegar a casa a las seis para dedicar tiempo a mi mujer y a mis hijos. Ensanchó un poco más la sonrisa inicial. Prometo no mirar a las chicas hermosas que cruzan por mi camino. Estuvo a punto de borrar esto pero resistió la tentación. Siguió anotando. Prometo asistir a misa los domingos y confesarme una vez al mes; seguir mi plan de oraciones... Sonrió con beatitud. Prometo pagar mis cuentas y no retrasarme con las facturas. Prometo hacer ejercicio en un gimnasio y correr por las mañanas a las 6 am. Prometo salir de vacaciones con mi esposa la primera semana de enero. Recordó que debería recoger los boletos al día siguiente a primera hora; ¡la sorpresa que se llevaría su esposa! Estaba por anotar la siguiente promesa cuando entró una llamada por su móvil. —¿Hola? —Hombre, ¡menos mal que te encuentro! —se notaba ansioso— Tengo varios pases para ver el Tazón de las Rosas, y como sé que a ti te gusta tanto el grupo. —Resérvame uno —contestó eufórico tachando dos promesas de su lista. —Imagínate —siguió el de la voz—, tres días entre las rubias y la que ya sabes me ha pedido que te salude de su parte... El hombre recordó quién y volvió a tachar otras anotaciones. —Tres días de vino, cerveza y buena mesa —seguía la voz— y eso sin contar lo demás. Tachó el resto al recordar “lo demás”. —Qué buena manera de comenzar el año, ¿no te parece, amigo? Arrugó el papel y lo arrojó al cesto de la basura. —A propósito, ¿qué estás haciendo ahora? —Nada —contestó con indiferencia—, aquí, matando el tiempo en tonterías...» Yo también, por supuesto, les deseo: ¡Feliz Año Nuevo! ¡Les deseo un año lleno de paz, de bendiciones, de felicidad y de un cambio de verdad aunque haya que remar contra corriente...! 

Padre Alfredo.

lunes, 31 de diciembre de 2018

«¡Adiós 2018... bienvenido 2019!»... Un pequeño pensamiento para hoy


Se considera que un año es un ciclo, el cual comprende un período desde un inicio hasta un fin que el calendario marca, y aunque la vida no se termina cuando el reloj muestra la medianoche del treinta y uno de diciembre, sí es la clausura de un período de la vida que merece cierta reflexión. Hoy ha llegado ese día, estamos en las últimas horas del año 2018. Es un excelente día para elevar al Señor, con el salmista (Salmo 95 —96 en la Biblia—), un canto de gratitud y de alabanza por el regalo del tiempo, el hoy y el ayer que el Señor na da dado y prepararnos a recibir el futuro que el mismo Dios nos depara. Al terminar este año hay que dar gracias por el don de la fe, que nos ha hecho reconocer en un pequeño niño recostado en el pesebre, a la Palabra con la que Dios creó todo cuanto existe (Jn 1,1-18). El evangelio nos muestra a Jesús como punto de referencia único de la historia. Hoy podemos hablar de que todo nuestro tiempo en este 2018 que terminamos y siempre, en la vida humana y en la fe, tiene un único centro y criterio: Jesús. 

Este es un día para dar gracias por la vida y el amor, que hemos podido proclamar, como asegura hoy el cantor del salmo: «día tras día». Es un día para ofrecer al Niño de Belén cuanto hicimos en este año, el trabajo que pudimos realizar, las cosas que pasaron por nuestras manos y lo que con ellas pudimos construir. Es un día para presentarnos ante el pesebre con las personas que a lo largo de estos doce meses tuvimos a nuestro lado, las amistades nuevas, los antiguos que conocimos, los más cercanos a nosotros y los que están más lejos, los que nos dieron su mano y aquellos a los que pudimos ayudar, con los que compartimos la vida, el trabajo, el dolor y la alegría y los que tenemos lejos en la distancia pero cerca en el corazón. Es un día también para acercarnos al Nacimiento a pedir perdón por el tiempo perdido, por el dinero mal gastado, por las palabras inútiles y el amor desperdiciado. Es un día para dejarnos ver por María y José junto al pequeñito Niño que llora envuelto en pañales en el regazo de su Madre y pedir perdón por las obras vacías, por los encargos mal hechos, por los momentos sin entusiasmo. Es un día para acercarse y besar al Niño Dios y suplicarle, en una oración que escuche nuestras plegarias por un mundo mejor con el deseo de renovar el corazón y re-estrenarlo en el Año Nuevo. Es un día para pedir a Dios, en presencia de la Sagrada Familia, por cada una de nuestras familias y de todas las que conocemos. Es un día para alabarle, para bendecirle, para glorificarle. 

A pocas horas de iniciar el 2019, pienso en la agenda que ya me prometió Lalo mi hermano y que aún está sin estrenar y le presento estos días al Niño Dios seguro de que Él sabes si llegaré a vivirlos y cómo los viviré en mi tarea y conquista de cada día. Hoy contemplo el Nacimiento al pie del árbol de Navidad en casa de mis padres, en esta casita en donde pasé tantos años de mi infancia y le bendigo por este regalo que me da de cerrar este año aquí —hace como 20 años que no pasaba Año Nuevo con ellos— y de celebrar, junto a mi familia de sangre esta noche, el regalo de la fe y la esperanza, el amor y la paz, la confianza y la alegría, la fuerza y la prudencia, la claridad y la sabiduría y tantas cosas más. Quiero vivir cada día del Año que está por llegar con optimismo y bondad, llevando por doquier, como misionero andariego, un corazón lleno de comprensión, de escucha y de conciliación. En medio de tantas fiestas que se suscitan en el mundo esta noche, la última del 2018 y la primera del 2019, aquí estamos nosotros, ustedes y yo, otros cuantos entre los millones y millones de habitantes del mundo, un reducido grupo de creyentes, de hombres y mujeres de fe que seguramente acudiremos al Templo para participar de la «Mesa del Señor» y cerrar el año. Yo celebraré la Misa de fin de Año a las 7 de la tarde en el Espíritu Santo, mi parroquia de origen, el lugar en donde mis padres se casaron, en donde fui bautizado, en donde acudí cada domingo a Misa por años y años con Lalo mi hermano y mis papás, en donde hice mis votos perpetuos y me ordené de diácono y eso me emociona. Luego concelebraré Dios mediante a las 9 de la noche con mis hermanos Misioneros de Cristo en la parroquia de Nuestra Señora del Rosario en San Nicolás, en donde celebré por primera vez la Eucaristía... Hermoso día, último día del año que me recuerda que somos ciudadanos de un mundo siempre sometido a cambios espectaculares dentro y fuera de nuestro ser, cambios que si los sabemos valorar en un recuento como el que podemos hacer el último día del año, deben significar, como cada año hasta hoy, un motivo de esperanza, de ilusión, de expectación por lo que el Buen Dios nos traerá. ¡Adiós 2018... bienvenido 2019! 

Padre Alfredo.

domingo, 1 de enero de 2017

Santa María, la Madre de Dios... Año Nuevo

«Qué el Señor me mire con benevolencia» (Núm 6,25). Para el pueblo de Israel, estar o quedar bajo la mirada de Dios era hacerlo a él centro de la vida cotidiana, era experimentar siempre su presencia en cada día. Y la experiencia del acontecer diario se sacramentalizaba con el culto, para vivir iluminados y habitados en su presencia.

También nuestra experiencia cristiana de la Navidad, en el cristianismo, es que Dios nos mira con benevolencia y ternura infinitas. A él, que es amor, lo celebramos en estas fechas como a alguien muy cercano a nosotros. Lo celebramos como un bebé: Un bebé que llora y sonríe, un bebé que ha llegado en medio de la noche, un bebé que llega venciendo la violencia y el desorden del mundo para traernos la paz. Dios nos mira, en este pequeño niño, con benevolencia.

Un día, una jovencita modesta, hija del pueblo, con grandes destinos, recibe una misteriosa embajada, la de un ángel que le hace la más inverosímil de las revelaciones que uno puede imaginarse. El ángel embajador le anuncia que, por el poder de Dios, está destinada —si ella acepta— a ser la Madre del Verbo Encarnado y a ser una Madre Virgen. Al dar su consentimiento, el Verbo de Dios se hace carne por obra y gracia del Espíritu Santo en las entrañas purísimas de aquella joven a la que Dios miró con benevolencia. Recordando este misterio, san Pablo dirá: «Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo nacido de una mujer» (Gal 4,4).

Dios nos ha mirado con benevolencia en María, en ella, que es uno de los nuestros. Y esa mirada despierta también la confianza en el ser humano. El niño que nace de la virgen es el Hijo de Dios, el Rey que gobierna cielo y tierra. Su nacimiento marca el inicio de una nueva era; el año primero de la última edad del mundo. Todo eso es para pensar lo ahondado en este misterio, como lo hacía la Virgen que conservaba todo en su corazón.

Nacido de mujer, el Hijo de Dios se ha hecho hombre y ha entrado en parentesco con todos los hombres, para traernos la paz y salvarnos. El Hijo de Dios se hace hombre para que todos los hombres nos podamos hacer hijos de Dios. Ahora nos colocamos ante la presencia de este misterio, un acontecimiento increíble, manifestación de amor de Dios para con los hombres, a quienes Él mismo quiere dirigir su mirada amorosa, a su estilo, a su manera, para quien nada hay imposible.

Con esta impresión de lo misterioso, quiere la Iglesia que comencemos cada año civil, celebrando, desde hace muchos años, la jornada mundial por la paz.

En los umbrales del año nuevo, nos amenazan dos sentimientos: el de la vida rutinaria y sin relieve, que tal vez hemos llevado en el año que termina y el de lo incierto, frente a lo desconocido, en los diferentes planos que forman nuestra vida. La gente se pregunta: ¿Cómo vendrá la crisis? ¿Qué estará de moda? ¿Por fin encontraré novia? ¿Cómo nos irá este año ahora que el niño entrará a la escuela? ¿Podré terminar la carrera? ¿Me seguirá avanzando la enfermedad que me acaban de detectar? ¿Cómo nos irá ahora de casados? ¿Se hará lo del viaje? y que se yo, tantas preguntas más.

Los buenos deseos del Año Nuevo, que nos damos unos a otros, generalmente no pasan de que la persona a quien felicitamos la pase bien, tenga suerte, esté contento. En un cristiano, las felicitaciones del Año Nuevo tienen que ser deseos de paz, de salud del alma y de serenidad en el alma.

El mundo anhela la paz, el mundo tiene una «urgente necesidad de paz», y, sin embargo, el año que acaba de terminar, como los anteriores, nos presenta un balance de guerras, conflictos, violencia, inestabilidad social, pobreza... ¡La paz parece a veces una meta verdaderamente inalcanzable! ¿Cómo esperar una nueva era de paz, que solo los sentimientos de solidaridad y de amor pueden hacer posible? Dios quiere que la humanidad viva en paz y en armonía, porque la paz está inscrita en proyecto divino originario de todo.

El hombre y la mujer de fe han de mirar el Año Nuevo como una nueva oportunidad de Dios para alcanzar la paz, esa paz que tiene que brotar del interior para luego manifestarse, en primer lugar, en la familia, la institución más inmediata a la naturaleza del ser humano en la que se expresan y consolidan los valores de la paz. Luego la sociedad en que vivimos, recordando aquello que decía san Juan Pablo II: «De la familia nace la paz de la familia humana».

¡Qué hermoso sería si todas las familias fueran como aquella que encontraron los pastores en la cueva de Belén! Una familia de paz, comunión de vida y de amor —Jesús, José y María— lugar de acogida, de esperanza, de solidaridad para todo el mundo. ¡Cuánto hay que trabajar en muchas de las familias de ahora en las que no se ha encarnado la paz! ¡Cuánto hay que luchar para transformar esos espacios de tensión y prepotencia en espacios de paz, de solidaridad y de amor que se contagia alrededor!

Ojalá que ante esta fiesta, que se celebra cada 1 de Enero, cada una de las familias fundadas por hombres y mujeres de fe, renueven su programa de vida cristiana para el año que se estrena, buscando tener un espacio para María, para José y para Jesús, con una vida fecunda en buenas obras de misericordia, de caridad, de paciencia y de conformidad con la voluntad de Dios. ¡Qué cada familia, bajo el amparo de María la Madre de Dios y Reina de la paz, sea lo que debe ser! ¡Que cada familia exija la paz, rece por la paz, trabaje por la paz!

Todos los padres y madres de familia tiene una misión especialísima y única, una misión de educar a sus familias en la paz. Todos los hijos deben apreciar el don de la familia y busquen vivir en paz. cada abuelo y abuela, que representan en la familia unos vínculos insustituibles y preciosos entre las generaciones, aporten generosamente su experiencia para unir el pasado con el futuro en un presente de paz. Que hermoso es pensar en un Año Nuevo en el que todas las familias vivan de manera plena y consciente su misión de paz, en donde cada uno de los miembros sea, como decía la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento: «Un alma pacífica y pacificadora».

Tal vez esté leyendo esto alguien que por varios y variados motivos esté sin familia, o lejos de los suyos. A estas personas les quiero recordar y mencionar textualmente lo que san Juan Pablo II decía en la Jornada Mundial de la paz de 1994: «A ellos quiero decir que tienen también una familia: La Iglesia es casa y familia para todos. La misma Iglesia abre de par en par las puertas y acoge a cuantos están solos o abandonados; en ellos ve a los hijos predilectos de Dios, cualquiera que sea su edad, cualesquiera que sean sus aspiraciones, dificultades y esperanzas».

Quiero dirigirme con todos ustedes a María Santísima, la Madre de Dios y decirle:

Santa Madre de Dios,
Tú que eres la Reina de la paz,
vuelve tu mirada a cada una de nuestras familias,
a los hombres y mujeres que las formamos
y nos esforzamos por alcanzar el vivir en armonía,
Danos el gozo de caminar unidos en el espíritu
y alegres en la fe,
para acoger con nosotros,
como hiciste Tú, Madre de Misericordia,
a Jesucristo, el Príncipe de Paz,
única esperanza del mundo.

Qué este año sea para todas las familias, un año de grandes bienes espirituales y materiales, entre ellos el don precioso de la paz. ¡Feliz Año Nuevo a todos!

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

lunes, 2 de marzo de 2015

"Año Nuevo"... HORA SANTA 6



CANTO DE ENTRADA

EXPOSICIÓN DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO
(como de costumbre)

Ministro: Unidos a la alegría del mundo entero por el nacimiento del Salvador y agradeciendo el nuevo año que iniciamos en su nombre, hacemos esta Hora Santa con la intención de pedir siempre al dueño de la mies, que día a día, en este año, nos ilumine, para responder generosamente a su llamado, que sigamos siendo instrumentos para el sostén de vocaciones en la Iglesia con nuestra oración, y sigamos alentando a nuestros sacerdotes, misioneros y religiosos, para que sigan dando a ese mismo Jesús Niño, en la Eucaristía y en su testimonio, a toda la humanidad.

ORACIÓN

Ministro: Oremos. Señor, Dios Todopoderoso, que has querido iluminarnos con la luz de tu Verbo hecho carne, con­cédenos que todo este nuevo año y siempre, nuestras obras concuerden siempre con la fe que ha iluminado nuestro espíritu. Por Nuestro Señor Jesu­cristo, tu Hijo que contigo vive y reina en unión con el Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

(Momentos de silencio para meditar)

CANTO

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA:

Del libro del Profeta Isaías.                                                                              (62,11-12)
Escuchen lo que el Señor hace oír hasta el último rincón de la tierra: “Digan a la hija de Sion: Mira que ya llega tu salvador. El premio de su victoria lo acompaña y su recompensa lo precede. Tus hijos serán llamados “pueblo santo”, “Redimidos del Señor”, y a ti te llamarán “Ciudad deseada, Ciudad no abandonada”
Palabra de Dios.
Todos: Te alabamos Señor.

SALMO REPONSORIAL:
(del Salmo 96).

V/ Reina el Señor, alégrese la tierra.
R/ Reina el Señor, alégrese la tierra.

Reina el Señor, alégrese la tierra;
cante de regocijo el mundo entero.
Los cielos pregonan su justicia,
su inmensa gloria ven todos los pueblos.

R/ Reina el Señor, alégrese la tierra.

Amanece la luz para el justo
y la alegría para los rectos de corazón.
Alégrense, justos, con el Señor
y bendigan su santo nombre.

R/ Reina el Señor, alégrese la tierra.
ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO:

V/ Aleluya, Aleluya.
R/ Aleluya, Aleluya.
Gloria a a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hom­bres de buena voluntad.
R/ Aleluya, Aleluya.

EVANGELIO:

Lectura del Santo Evangelio según san Lucas.                         (2,15-20)
Cuando los Ángeles los dejaron para volver al cielo, los pastores se dijeron unos a otros: “Vamos hasta Belén, para ver eso que el Señor nos ha anunciado”. Se fueron, pues, a toda prisa y encontraron a María, a José y al niño, recostado en el pesebre. Después de verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño, y cuantos los oían quedaban maravilla­dos.
María, por su parte, guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón. Los pastores se volvieron a sus campos alabando y glo­rificando a Dios por todo cuanto habían visto y oído, según lo que se les había anunciado.
Palabra del Señor.
Todos: Gloria a ti, Señor Jesús.

(Momentos para meditar y compartir)

CANTO

Oración al Corazón Eucarístico de Jesús Niño:

Lector 1: Querido Jesús Eucaristía, a quien María Santísima entregó como Pan de vida eterna en Belén, hoy, como misioneros que somos, venimos a implorar tu misericordia por todos los ateos, por todos los que no creen en Ti, por los que aún no te conocen, para que, a través de la vocación gozosa de tus sacerdotes, religiosos y misioneros, abran los ojos del alma y te descubran en la Creación, en la noche tapizada de estrellas, en el corazón de las almas puras y sencillas. Te pedimos que conviertas nuestros corazones en nuevos pesebres de carne, para que Tú nazcas en ellos y nos hagas anunciadores de tu mensaje de amor y paz.

Lector 2: Querido Dios Hijo, que vienes a nosotros en Navidad como un Niño, para que no tengamos miedo de acercarnos a ti, porque nadie tiene miedo de acercarse a un niño; te suplicamos que los jóvenes que se sienten llamados a ser sacerdotes y hermanos misioneros y las chicas que sienten inquietud por la vida religiosa, no se extravíen en la oscuridad del mundo, aturdidos por la música estruendosa que resuena por doquier y no deja darse cuenta que tú, en el pesebre, eres la luz del mundo, y que la música más hermosa que se puede escuchar es tu Palabra, que da la vida eterna.

Lector 3: Sagrado Corazón Eucarístico del Niño Jesús, queremos, como familia de fe reunida en oración, darte nuestro amor y nuestra adoración por todos aquellos que, escuchando el llamado para colaborar en tu Iglesia, se han olvidado de Ti, o han despreciado tu voz y se han hecho sordos a la invitación  a compartir. Te ofrecemos nuestro amor en reparación por los que en vez de seguir tu llamado a colaborar en la Iglesia, te han dado la espalda y se han ido lejos de ti, engañados por los falsos atractivos del mundo.

Lector 4: Corazón amado de Jesús Niño, ven y cuida, con tu sonrisa de Niño en Belén, a nuestras familias, y con la fuerza de tu Sangre derramada en la Cruz aliéntanos para que te mantengamos nuestro “sí”, te  glorifiquemos en el Pesebre y en la Eucaristía, y te adoremos en el tiempo y en la eternidad en los Cielos. Escucha nuestros ruegos, querido Corazón del Niño Jesús, y concede la gracia de la fe a quienes no creen en ti.

Lector 5: Jesús Eucaristía, nacido para nuestra salvación, te ofrecemos lo que somos y lo que tenemos; te ofrecemos las mortificaciones que podamos pasar en el día a día de este año que apenas vamos empezando, pidiéndote la gracia de la conversión para nuestros seres queridos que no creen en ti, y para todos los que en el mundo viven alejados de ti. Te prometemos darte el calor de nuestro corazón para que en estos momentos de adoración, calmemos un poco tu sed de almas; te prometemos ser tus súbditos, tus siervos, tu misioneros en todo tiempo y lugar. Amén.
(Momentos para meditar y compartir)

PRECES

Ministro: Llenos de gozo, Oremos, hermanos, al Padre del cielo, que ha enviado, a su Hijo Jesús, para salvarnos.

Lector: Por la Iglesia; para que en estas fiestas navideñas se re­nueve a la luz del Evangelio y manifieste al Señor a todas las naciones. Oremos.
Todos: Padre, Escúchanos.

Lector: Por nuestras autoridades civiles; para que gobiernen a sus pueblos con rectitud y justicia y en este año tengamos elecciones pacíficas. Oremos.
Todos: Padre, Escúchanos.

Lector: Por todos los que sufren y están enfermos, padecen soledad o abandono; para que sean conso­lados y encuentren la paz, el amor y el consuelo que Cristo vino a traernos. Oremos.
Todos: Padre, Escúchanos.

Lector: Por todos aquellos que se sienten llamados a consagrar de una manera especial su vida a Dios, para que encuentren en nosotros apoyo, amor y comprensión. Oremos.
Todos: Padre, Escúchanos.

Lector: Por nuestros difuntos, especialmente los que han partido a la casa del Padre este año pasado; para que alcancen pronto la felici­dad eterna. Oremos.
Todos: Padre, Escúchanos.

Lector: Por cuantos estamos aquí reunidos y todos los que colaboran con su persona y con su tiempo en el servicio apostólico de la Iglesia; para que acojamos a Cristo en nuestras vidas y sepamos comunicárselo a los demás contagiándolos del gozo de ser parte de tu misión. Oremos.
Todos: Padre, Escúchanos.

(Momentos de silencio para reflexionar)

CANTO

Ministro: Ahora, Señor, te queremos pedir que sigas bendiciendo y enriqueciendo a tu Iglesia con los dones de tus vocaciones. En este momento te pedimos especialmente por tus sacerdotes, para que, fortalecidos, traigan siempre tu presencia eucarística al mundo y sigan alegrando la Iglesia con la generosidad y la fidelidad de su respuesta. 


ORACIÓN POR LOS SACERDOTES.
(compuesta por Doña Soledad Calderón de Torres).

“Oh Jesús, Sacerdote Eterno de las almas,
guarda a estos tus siervos en el santuario divino de tu corazón,
donde nadie pueda hacerles daño alguno,
guarda puros sus labios, diariamente enrojecidos por tu preciosa Sangre,
guarda limpios, sin mancha, sus corazones
sellados con el sublime carácter de tu sacerdocio.
Haz que tu santo amor los envuelva y separe del contagio del mundo
y que las almas por ellos dirigidas y administradas,
sean su consuelo y gozo aquí en la tierra
y luego su corona eterna en el cielo. Amén.

Ministro: Señor, danos sacerdotes misioneros.
Todos: Señor, danos sacerdotes misioneros.
Ministro: Señor, danos muchos sacerdotes misioneros.
Todos: Señor, danos muchos sacerdotes misioneros.
Ministro: Señor, danos muchos y muy santos sacerdotes misioneros.
Todos: Señor, danos muchos y muy santos sacerdotes misioneros.

Ministro: Ahora dirijámonos al Señor, con las palabras que el mismo nos enseño. PADRE NUESTRO…

BENDICIÓN CON EL SANTÍSIMO SACRAMENTO Y DESPEDIDA.

Letanías finales al Corazón de Jesús Niño, antes de hacer la Reserva.

Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos.
Dios, Padre eterno, ten piedad de nosotros.
Dios Hijo, Redentor del mundo, ten piedad de nosotros.
Dios Espíritu Santo, ten piedad de nosotros.
Santísima Trinidad, un solo Dios, ten piedad de nosotros.
Corazón del Niño Jesús, Hijo del Eterno Padre, ten piedad de nosotros.
Corazón del Niño Jesús, formado por el Espíritu Santo en el seno de la Virgen Madre, ten piedad de nosotros.
Corazón del Niño Jesús, de Majestad infinita, ten piedad de nosotros.
Corazón del Niño Jesús, Templo Santo de Dios, ten piedad de nosotros.
Corazón del Niño Jesús, Tabernáculo del Altísimo, ten piedad de nosotros.
Corazón del Niño Jesús, casa de Dios y puerta del cielo, ten piedad de nosotros.
Corazón del Niño Jesús, hoguera ardiente de Amor infinito, ten piedad de nosotros.
Corazón del Niño Jesús, lleno de bondad y de Amor, ten piedad de nosotros.
Corazón del Niño Jesús, Rey y centro de todos los corazones, ten piedad de nosotros.
Corazón del Niño Jesús, abismo de todas las virtudes, ten piedad de nosotros.
Corazón del Niño Jesús, en quien están todos los tesoros de la Sabiduría y de la Ciencia, ten piedad de nosotros.
Corazón del Niño Jesús, paciente y de mucha Misericordia, ten piedad de nosotros.

 V. Niño Jesús, manso y humilde Corazón.
 R. Haz nuestro corazón semejante al tuyo. (3 veces)

Oración Final

Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús que viniste como Niño en Belén, y te quedas oculto bajo el velo sacramental en la Eucaristía. Ante Ti los pastores se postraron para adorarte en Belén, ahora nosotros también te hemos venido a adorar y nos retiramos ya. Te consagramos nuestros sentidos: los ojos, que te han de ver siempre en la Hostia Santa; los oídos, que han de escuchar el mensaje de salvación en tu Palabra en el Evangelio; el olfato, que ha de extasiarse con el olor de tu exquisito perfume en el amor, la paz y la esperanza que nos traes en el diario vivir; la boca, que ha de abrirse a la alabanza que te hemos de dar en la Liturgia Dominical y en los demás momentos de alabanza; el gusto, que ha de saborear tu Sagrado Cuerpo en el Manjar de Ángeles; y el tacto, que ha de palpar tu presencia en el servir a los hermanos. Amén.

CANTO FINAL

algdr 2012

domingo, 30 de diciembre de 2012

Al finalizar el 2012 el mundo no se ha acabado y hay mucho que agradecer...

Estamos llegando al final del año 2012. Ya faltan pocas horas para que termine este año que nos ha dejado bastante movimiento de trabajo y  muchas gracias y bendiciones de Dios, pues mientras que muchos recodarán este 2012 como un año que se  iba a acabar el mundo, yo lo recordaré como el año de la beatificación de la Madre María Inés bajo la mirada dulce de María en la Basílica del Tepeyac, el año de la visita del Papa Benedicto a México, el año en que reavivamos nuestro compromiso de ser creyentes con la celebración del «Año de la fe», el año del nombramiento del Sr. Rogelio Cabrera como Arzobispo de Monterrey... cuando piense en el 2012 reviviré seguramente emociones y recordaré compromisos. Estamos ya muy cerca de la fiesta de fin de año y seguramente que, como este, el 2013 pasará velozmente.

En este año el mundo giró y se sacudió con muchas cosas. La historia de muchos países se desarrolló en torno a la violencia y a la crisis económica que ha puesto en jaque a la casi intocable Europa y que desde allí se ha extendido en muchas partes de occidente; además, claro está, del sonadísimo tema del fin del mundo, que no se acabó y que puede ser que se acabe en este 2013 o sabrá Dios cuando, porque sólo a Él le toca decidir el desenlace final de nuestro peregrinar en este mundo como pueblo, como Iglesia, como familia de los hijos de Dios para ir, literalmente, a la vida eterna.

Evidentemente el mundo no se acabó en este 2012 y, como todos los años, ha tenido sus cosas buenas y sus cosas malas. Hemos reído y hemos llorad, hemos ganado y hemos perdido. A muchos ciertamente nos resultó bastante corto, a pesar de haber tenido también sus dificultades como la escasez tan manifiesta de vocaciones que me ha tocado palpar al ver las consecuencias de un mundo consumista y materialista que obstaculiza y frena el deseo incipiente de consagrarse a Dis que surge en el corazón de algunos jóvenes; o el inesperado ataque de una misteriosa bacteria que trastocó por más de un mes la vida de mi padre. Pienso también en los seres queridos que han partido a la casa paterna este año y han dejado un espacio que nadie, sino solamente Jesús podrá llenar.

En unas cuantas líneas y antes de arribar a nuestra querida comunidad de "El Tigre", en Michoacán —a donde aún y a pesar de estar en el siglo XXI, no ha llegado el poder de la banda ancha satelital o la telefonía celular— quiero desear a mis cinco o seis lectores un año 2013 lleno de esperanzas y un final del 2012 lleno de gratitud al Padre Misericordioso

Para cada uno de ustedes mi bendición sacerdotal y mis deseos de paz para el año 2013, anhelando que a nadie se nos olvide celebrar también cosas buenas que te ocurrieron en el 2012.

¡Que disfruten de un buen fin de año! ¡Feliz fin de año y feliz año nuevo!

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

martes, 3 de enero de 2012

Iniciamos el nuevo año en el nombre del Señor Jesús...

Jesús ha ido acompañando nuestro caminar en el tiempo litúrgico de la Navidad que culminará dentro de pocos días. ¿Hemos sido, o somos, conscientes de estos pasos junto a nosotros en estos días de fiesta? Antes que termine este tiempo hermoso de la Navidad, quiero compartir unas líneas que nos sirvan de reflexión en torno a este Misterio de Amor de Dios que se hace hombre para nuestra salvación y que tiene un nombre que está sobre todo nombre: «Jesús». Siento que este es un buen tiempo para meditar en el santo nombre de Jesús y lo que significa para nosotros al iniciar el caminar de un nuevo año civil.

Todos tenemos un nombre. El nombre que nos singulariza como individuos y nos distingue de los demás, el nombre que nos identifica personal, familiar y socialmente. La costumbre de poner nombre a las personas viene desde hace muchísimo tiempo. En la Sagrada Escritura se da nombre a la primera pareja, y Dios encarga a Adán y Eva que pongan nombre a todas las cosas. San Lucas nos refiere en el evangelio que, en la ceremonia de la circuncisión, al hijo de María, conocido como «hijo del carpintero», le pusieron por nombre «Jesús», como lo había dicho el ángel de parte de Dios. De modo que el nombre de Jesús no fue un capricho de los papás, o de los abuelos, o de los padrinos, sino algo providencial, un nombre elegido por Dios para significar su misión así, el nombre de Jesús significa: «Dios salva» o «salvación de Dios».

“No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en tu seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin” (Lc 1, 30-33). Con estas palabras el Ángel de la Anunciación se había dirigido a María de Nazareth dándole a conocer, junto al anuncio de la Encarnación, el nombre que llevaría Aquel que en su seno inmaculado se haría hombre. El nombre dado a una persona era de importancia vital en la antigüedad, venía a ser algo así como su esencia, “su yo”; allí donde estaba el nombre estaba la persona (Dt 12, 5). El nombre también implicaba “propiedad”. Cuando el nombre de una persona era pronunciado sobre algo o sobre alguien este quedaba sometido bajo el dominio de aquel cuyo nombre era pronunciado. Ejemplos de ello pululan en la Biblia: si el nombre de Joab se hubiera pronunciado sobre la ciudad de Rabá, que había rendido, le hubiera pertenecido a él y no al rey David (2 Sam 12, 28); las mujeres pasaban bajo la autoridad del varón cuando su nombre “se pronunciaba” sobre ellas (Is 4, 1). El faraón de Egipto pone de manifiesto la potestad que ejerce sobre el rey de Judá “cambiándole el nombre” (2 Re 23, 34); incluso las primeras páginas del Génesis, para expresar el encargo que recibe el hombre de dominar sobre la tierra, recogen: “Y Dios formó de la tierra todos los animales del campo y todas las aves del cielo y los llevó ante el hombre para ver cómo los llamaba, y para que cada ser viviente tuviese el nombre que el hombre le diera” (Gn 2, 19).

El nombre «Jesús», que por mandato divino es anunciado también a José (Mt 1, 21), no está carente de significado y simbolismo. Jesús, en palabras de San Bernardo, no lleva un nombre vacío o inadecuado. El nombre «Jesús» es la forma latinizada del griego “Iesous”, término con el que Cristo es identificado en el Nuevo Testamento. Este nombre deriva del hebreo “Yeshú”, forma abreviada de “Yeshúa”, la variante más extendida del nombre “Yehoshúa”, que etimológicamente significa como hemos dicho «Yahveh salva» o «salvación de Yahveh».

Antes de la Encarnación este nombre ya aparece en los libros del Antiguo Testamento, aunque no fue usado por ninguna persona destacada desde el tiempo de Josué, hijo de Nun, jefe del ejército israelita y estrecho colaborador de Moisés. También fue el nombre del autor del libro del Eclesiástico en el Antiguo Testamento (denominado Sirácida en algunas versiones), de uno de los ancestros de Cristo (Lc 3, 29), y de uno de los compañeros del apóstol Pablo (Col 4, 11). Este nombre aparece también citado en escritos seculares. En las obras de Flavio Josefo, por ejemplo, son mencionados unos veinte personajes con igual denominación. Se considera que la forma de este nombre en arameo, el idioma de la Judea del siglo I, es la que con toda probabilidad usó Jesús: “Ieshuá”. En Marcos y Lucas, Jesús es llamado “Iesous ho nazarenos”, en Mateo y Juan (Lucas en ocasiones) se utiliza la forma “Iesous ho nazoraios”, que es la forma en que aparece también en el libro de los Hechos de los Apóstoles.

La interpretación de estos epítetos no es unánime. Para la mayoría de los exegetas, ambos hacen referencia a su localidad de origen, Nazaret; otros, en cambio, interpretan el epíteto “nazoraios” ("nazoreo") como compuesto de las palabras hebreas “neser” ("retoño") y “semah” ("germen"); y, según esta interpretación, el epíteto tendría un carácter mesiánico.

Cierto que no es que creamos que existe un poder intrínseco escondido en las letras que componen el Nombre de Jesús y por eso lo honramos, sino que el nombre de Jesús nos recuerda todas las bendiciones que recibimos del Redentor. Para agradecer su amor y todas las bendiciones reverenciamos el Santo Nombre. Por eso descubrimos nuestras cabezas y doblamos nuestras rodillas y nuestros corazones ante el Santísimo Nombre de Jesús; él da sentido a todos nuestros afanes, como indicaba el emperador Justiniano en su libro de leyes: "En el Nombre de Nuestro Señor Jesús empezamos todas nuestras deliberaciones". En su nombre, pues, iniciamos este nuevo año 2012.

El nombre de Jesús brinda ayuda a necesidades corporales, según la promesa de Cristo: "En mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se curarán" (Mc 16, 17). En el Nombre de Jesús los Apóstoles dieron fuerza a los cojos (He 3, 6; 9, 34) y vida a los muertos (He 9, 40). El nombre de Jesús da consuelo en las aflicciones espirituales y le recuerda al pecador la misericordia del padre del Hijo Pródigo y el del Buen Samaritano; le recuerda al justo el sufrimiento y la muerte del inocente Cordero de Dios. El nombre de Jesús nos protege de Satanás y sus engaños, por eso el Demonio teme el Nombre de Jesús, quien lo ha vencido en la Cruz. En el nombre de Jesús obtenemos toda bendición y gracia en el tiempo y en la eternidad, pues Cristo ha dicho: "lo que pidan al Padre en mi nombre se lo concederá." (Jn 16, 23). Por eso la Iglesia concluye todas sus plegarias litúrgicas: "Por Jesucristo Nuestro Señor". Así se cumple la palabra de San Pablo: "Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble." (Fil 2, 10). Con razón la Madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento nos invitaba siempre a ser "copias fieles de Jesús".

Hay un bello himno de Vísperas titulado "Jesu dulcis memoria", basado en un poema anónimo atribuido a San Bernardo, que es de una belleza excepcional y que quiero ahora compartir con ustedes, deseando que este nuevo año 2012 sea siempre vivido en el nombre de Jesús. Hagamos todo lo que venga en este nuevo año y siempre, en el nombre del Señor, y entonces todo nos traerá felicidad, la felicidad de que hacemos todo en su nombre. Donde esté el nombre del Señor, las cosas prosperarán. Si tiene el poder de expulsar los demonios, si puede aliviar las enfermedades, con mayor razón nos acompañará y ayudará en todo.

Dediquemos este año y el resto de nuestra vida a Jesús, de esta manera viviremos bien nuestro mandato misionero al cumplir el propósito de nuestra vocación para que todos conozcan, amen e imploren ese Nombre sublime y bendito. El catecismo nos dice que hemos sido creados para conocer, amar y servir a Dios en este mundo para poder ser felices en el otro. Es en este espíritu en que me invito e invito a todos a iniciar este año nuevo. ¡Qué todos iniciemos así el año: en el Nombre de Jesús!

Dejo ahora un video con el himno "Jesu dulcis memoria" y después la letra en español y en latín. ¡Feliz Año, para todos, en el nombre del Señor Jesús!

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.



En español la letra dice así:

Es dulce el recuerdo de Jesús,
que da verdaderos gozos al corazón
pero cuya presencia es dulce
sobre la miel y todas las cosas.

Nada se canta más suave,
nada se oye más alegre,
nada se piensa más dulce
que Jesús el Hijo de Dios.

¡Oh Jesús!, esperanza para los penitentes,
qué piadoso eres con quienes piden,
qué bueno con quienes te buscan,
pero ¿qué con quienes te encuentran?

¡Oh Jesús!, dulzura de los corazones,
fuente viva, luz de las mentes
que excede todo gozo
y todo deseo.

Ni la lengua es capaz de decir
ni la letra de expresar.
Sólo el experto puede creer
lo que es amar a Jesús.

¡Oh Jesús! rey admirable
y noble triunfador,
dulzura infefable
todo deseable.

Permanece con nosotros, Señor,
ilumínanos con la luz,
expulsa la tiniebla de la mente
llena el mundo de dulzura.

Cuando visitas nuestro corazón
entonces luce para él la verdad,
la vanidad del mundo se desprecia
y dentro se enardece la Caridad.

Conoced todos a Jesús,
invocad su amor,
buscad ardientemente a Jesús,
inflamaos buscándole.

¡Oh Jesús! flor de la Madre Virgen,
amor de nuestra dulzura
a ti la alabanza, honor de majestad divina,
Reino de la felicidad.

¡Oh Jesús! suma benevolencia,
asombrosa alegría del corazón
al expresar tu bondad
me urge la Caridad.

Ya veo lo que busqué,
tengo lo que deseé
en el amor de Jesús desfallezco
y en el corazón todo me abraso.

¡Oh Jesús, dulcísimo para mí!,
esperanza del alma que suspira
te buscan las piadosas lágrimas
y el clamor de la mente íntima.

Sé nuestro gozo, Jesús,
que eres el futuro premio:
sea nuestra en ti la gloria
por todos los siglos siempre. Amén. 

En latín dice así:

Iesu dulcis memoria
Dans vera cordis gaudia
Sed super mel et omnia
Eius dulcis praesentia.

Nil canitur suavius
Nil auditur iucundius
Nil cogitatur dulcius
Quam Jesus Dei Filius.

Iesu, spes paenitentibus
Quam pius es petentibus
Quam bonus Te quaerentibus
Sed quid invenientibus?

Iesu dulcedo cordium
Fons vivus lumen mentium
Excedens omne gaudium
Et omne desiderium.

Nec lingua valet dicere
Nec littera exprimere
Expertus potest credere
Quid sit Iesum diligere.

Iesu Rex admirabilis
Et triumphator nobilis
Dulcedo ineffabilis
Totus desiderabilis.

Mane nobiscum Domine
Et nos illustra lumine
Pulsa mentis caligine
Mundum reple dulcedine.

Quando cor nostrum visitas
Tunc lucet ei veritas
Mundi vilescit vanitas
Et intus fervet Caritas.

Iesum omnes agnoscite
Amorem eius poscite
Iesum ardenter quaerite
Quaerendo in ardescite.

Iesu flos matris Virginis
Amor nostrae dulcedinis
Tibi laus honor numinis
Regnum beatitudinis.

Iesu summa benignitas
Mira cordis iucunditas
In comprehensa bonitas
Tua me stringit Caritas.

Iam quod quaesivi video
Quod concupivi teneo
Amore Iesu langueo
Et corde totus ardeo.

O Iesu mi dulcissime
Spes suspirantis animae
Te quaerunt piae lacrymae
Et clamor mentis intimae.

Sis, Iesu, nostrum gaudium,
Qui es futurus praemium:
Sit nostra in te gloria
Per cuncta semper saecula. Amen.