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martes, 30 de septiembre de 2025

ALLÁ EN LA OTRA PARROQUIA...

“Allá en la otra parroquia, el padre predica breve y muy bien, ¡Que tipazo!”

“Allá en la otra parroquia, el coro y el sonido del templo es impresionante”.

“Allá en la otra parroquia, todo el mundo se saluda”.

“Allá en la otra parroquia todos están unidos y se apoyan”.

“Allá en la otra parroquia todo está muy bien organizado”.

“Allá en la otra parroquia, las celebraciones litúrgicas y los retiros son mucho más animados”.

“Allá en la otra parroquia la pastoral juvenil si está comprometida, todos los jóvenes están felices y unidos”.

¿Sabes lo que no hay en la otra parroquia, ni en ninguna otramás?

¡¡¡TÚ!!!

Tú… que participas a veces muy poco, pero te quejas mucho.

Tú… que solamente ves el mal en la cara de todos y aún así hablas de falta de unidad.

Tú… que no contribuyes, pero hablas de falta de inversiones y fondos, pero te olvidas de apoyar e incluso de dar tu ofrenda semanal.

Tú… que llegas sin saludar y no le diriges la palabra con nadie, pero piensas que las homilías y predicaciones son débiles.

Tú… que no reconoces el trabajo y entrega  de tu párroco, catequistas, evangelizadores, y de todas las personas que se entregan por amor y para dar vida a la comunidad parroquial; pero eso sí, gastas saliva alabando a los de lejos, y te la pasas  criticando y calumniando a los que sirven en la tuya.

En lugar de vivir haciendo comparaciones, es mejor hacer la diferencia donde tú estás, ser la Iglesia que deseas... colabora, involúcrate, ora, haz tus donaciones; lánzate en este compromiso de "no asistir a la Iglesia" sino a "ser Iglesia" y de preferencia una Iglesia saliente que se reúne para orar, fortalecerse y formarse  y así poder evangelizar y servir en las necesidades del pueblo de Dios.

“También ustedes, como piedras vivas, edifíquense y pasen a ser un Templo espiritual, una comunidad santa de sacerdotes que ofrecen sacrificios espirituales agradables a Dios, por medio de Cristo Jesús” (1 Pe 2, 5).

viernes, 6 de junio de 2025

MINISTROS SERVIDORES AL ESTILO DE CRISTO... Un tema especialmente para los ministros en la parroquia.


La palabra «Ministerio» significa servicio, por lo tanto todo ministro en la comunidad eclesial es un servidor. He querido preparar este tema para ayudarnos a todos los que somos ministros, es decir «servidores» a asumir nuestro papel.

Quisiera empezar esta reflexión, con esta lectura del Evangelio de San Juan (Jn 10,11-18):

«Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas. Pero el asalariado, que no es pastor, a quien no pertenecen las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye, y el lobo hace presa en ellas y las dispersa, porque es asalariado y no le importan nada las ovejas. Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas. También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor. Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; esa es la orden que he recibido de mi Padre». 

En la Iglesia el servidor cristiano, el que está al frente de algún grupo o ministerio, no puede ser alguien que se pueda conformar con servir a su manera o con dar el tiempo que le sobra.  El servidor da su vida, como lo vemos en tantos santos y beatos que, como la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento viven sirviendo hasta el último momento. 

El «servidor» es un discípulo–misionero de Cristo, obediente en todo a su Padre dejando actuar al Espíritu Santo con sencillez. Su vida debe ser todo servicio, porque lo único que busca es entregar su existencia para el servicio de Dios y de los demás. El ejerce su compromiso bautismal reinando en el servicio. 

Jesús es el maestro que nos enseña a servir y que nos dice: «Yo no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado.» (Juan 5,30b) y «de igual modo ustedes, cuando hayan hecho todo lo que les fue mandado, digan: Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer.» (Lucas 17,10). 

El servicio no es esclavitud, porque quien ama y quiere dar la vida es feliz de poder servir. El que ejerce algún ministerio en la Iglesia sirve con alegría. Sirviendo ejercemos nuestra identidad mas profunda. Somos hijos de Dios, imagen de su amor. Al servir ejercemos creativamente todos los dones y habilidades que Dios nos dio. Construimos el reino de amor.  

Jesús vivió 30 años de vida anónima en Nazaret como carpintero. Así nos enseñó que los trabajos de la vida diaria, aun los mas pequeños, hechos con amor esmerado, tienen un valor inmenso en los ojos de Dios. Muchos de estos trabajos son los que el servidor tiene que realizar. Algunas de las Misioneras Clarisas que convivieron con la beata María Inés, la recuerdan sirviendo la comida a los peregrinos en la casa de Garampi, en Roma, como una más de las hermanas, sin que nadie notara que ella era la superiora general. 

Jesús no vino para ser servido sino para servir, Él lavó los pies a sus discípulos, lo cual era un servicio reservado para los esclavos mas humildes o los hijos más pequeños. Si somos sus discípulos debemos imitarle. 

Aprendemos a servir contemplando la vida de Jesús y escuchándolo en la oración. No se trata solo de rezar a nuestra manera sino de escuchar a Dios y hablarle de los que servimos.  

Veamos ahora lo que nos dice el Evangelio de San Juan (Jn 17, 6-10):

 «A los que escogiste del mundo para dármelos, les he hecho saber quién eres. Eran tuyos, y tú me los diste, y han hecho caso de tu palabra. Ahora saben que todo lo que me diste viene de ti; pues les he dado el mensaje que me diste, y ellos lo han aceptado. Se han dado cuenta de que en verdad he venido de ti, y han creído que tú me enviaste. Yo te ruego por ellos; no ruego por los que son del mundo, sino por los que me diste, porque son tuyos. Todo lo que es mío es tuyo, y lo que es tuyo es mío; y mi gloria se hace visible en ellos». 

Hay un fenómeno que se repite constantemente en algunos servidores. Cuando oran suelen hablar demasiado y escuchar poco porque están centrados e inmersos en su propia agenda y quieren que Dios la realice. Entonces el trabajo se convierte en un activismo sin frutos duraderos porque no está guiado por Dios sino por el propio interés. El servicio en la Iglesia no es lucimiento. No, el servicio más bien luce, porque se pone en manos de Dios y Él lo guía.   

San Agustín escribió en sus Confesiones: «Optimo servidor tuyo es el que no atiende tanto a oír de ti lo que él quisiera, cuanto a querer aquello que de tí escuchare.» (Libro 10). 

Marta de Betania quería servir al Señor pero no entendía que primero debía escucharle sentada a sus pies. Por eso a su pregunta, le respondió el Señor: «Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada.» (Lc 10,41-42). 

El mas grande es el que mas sirve —y el que mas escucha—. Jesús sabía que Él era Dios: «sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía,» (Jn 13,3). Sin embargo sirve haciendo el trabajo mas humilde: «se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó....»  (Jn 13,4).

El servidor no trata de impresionar a nadie sino de servir amando. No se trata de activismo sino de ser dócil a la voluntad de Dios. 

Los Apóstoles camino a Jerusalén todavía no sabían escuchar. Así es el corazón del hombre sin la gracia. Busca puestos importantes. No entiende que todo puesto es solo en función de servicio según la voluntad de Dios. 

Veamos Marcos 10: 32-45:

«Iban de camino subiendo a Jerusalén, y Jesús marchaba delante de ellos; ellos estaban sorprendidos y los que le seguían tenían miedo. Tomó otra vez a los Doce y comenzó a decirles lo que le iba a suceder: "Miren que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, y se burlarán de él, le escupirán, le azotarán y le matarán, y a los tres días resucitará." Se acercan a él Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dicen: "Maestro, queremos, nos concedas lo que te pidamos." Él les dijo: «¿Qué quieren que les conceda?" Ellos le respondieron: "Concédenos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda." Jesús les dijo: "No saben lo que piden. ¿Podrán beber la copa que yo voy a beber, o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?" Ellos le dijeron: "Sí, podemos." Jesús les dijo: "La copa que yo voy a beber, sí la beberán y también serán bautizados con el bautismo conque yo voy a ser bautizado; pero, sentarse a mi derecha o a mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado." Al oír esto los otros diez, empezaron a indignarse contra Santiago y Juan. Jesús, llamándoles, les dice: "Saben que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre ustedes, sino que el que quiera llegar a ser grande entre ustedes, será su servidor,  y el que quiera ser el primero entre ustedes, será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos".» 

Servir es una forma de ser, antes de convertirse en actividad. El servidor primero aprende a amar. Si ama a su Señor amará también servirle. El servicio desinteresado fluye del corazón que ama. Servimos porque somos servidores no porque hacemos lo que hace un servidor. Tenemos el corazón bien dispuesto por la escucha obediente al Señor. Esto pasa solamente cuando el corazón se asemeja al de Jesús en el amor. Esta es la obra del Espíritu Santo. Es por eso que María Santísima es el mejor ejemplo de servidora. Nadie ama a Jesús como ella. Ella es la mujer del FIAT, «hágase Tu voluntad"».

Leamos ahora Lucas 1,39-56 : 

«A los pocos días María se encaminó presurosa a un pueblo en la región montañosa de Judea. Al llegar, entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Tan pronto como Isabel oyó el saludo de María, la criatura saltó en su vientre. Entonces Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: —¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el hijo que darás a luz! Pero, ¿cómo es esto, que la madre de mi Señor venga a verme? 44 Te digo que tan pronto como llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de alegría la criatura que llevo en el vientre. 45 ¡Dichosa tú que has creído, porque lo que el Señor te ha dicho se cumplirá!».

El amor y el servicio requieren esfuerzo y disciplina para ejercer dominio de si y usar las energías en obediencia a Cristo. Es vivir como María, que no pensó en ella primero, sino en llevar a Cristo a los demás. 

Solo así crecen las virtudes. Igual que un instrumento roto tiene poco uso, el hombre roto por el pecado sirve poco porque tiene poca virtud. La mala salud no es obstáculo para ser servidor. Jesús pide a cada uno un servicio perfectamente ajustado a su estado de vida y sus capacidades. Un paralítico sirve tremendamente a la Iglesia ofreciendo su vida en oración. Es el pecado el que nos rompe por dentro. La buena noticia es que Jesús vino a "repararnos", para que todos podamos amar y servir. 

 Iluminados por todos estos pasajes del Evangelio, quiero ahora compartirles diez consejos que considero son básicos para todo servidor: 

1. Esfuérzate como discípulo-misionero, por tener a Dios siempre en el primer lugar. Aliméntate siempre de una oración sincera para poder tener un autentico interés en los demás. Nuestra tendencia natural es la de pensar en nosotros mismos y lo que queremos. Si ponemos a Dios en primer lugar, Él nos guía. Recuerda siempre lo que dice la Escritura: «Subió Jesús a una montaña y llamó a los que quiso, los cuales se reunieron con él. Designó a doce, a quienes nombró apóstoles, para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar» (Mc 3,13-14). 

2. Hazte amigo de la Palabra. El amor es incondicional. Si no es incondicional no es amor, sino una manipulación egoísta. Lamentablemente la manipulación entre los llamados líderes es mas común que el verdadero amor. El servidor es un líder, pero un líder enamorado de la Palabra de Dios, recordando siempre que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1,14) y esa Palabra se llama Jesús.   

3. Confía en el Señor mucho más que en ti mismo. Siempre nos llevará tiempo, a veces bastante tiempo, comprendernos a nosotros mismos y comprendernos unos a otros. Los servidores son generalmente personas muy ocupadas y por eso deben confiar en el Señor y hacer mucha oración, no hay nada que sustituya esos momentos de intimidad con el Señor en donde se crece en la confianza. «Hagan lo que Él les diga» (Jn 2,5). 

4. Comprométete a seguir aprendiendo siempre. El que está al servicio en un ministerio es alguien que siempre debe estar aprendiendo. Debe escuchar a Dios para poder acompañar, tratando de comprender lo que los demás están pidiendo. A veces Dios habla por medio de los más pequeños. La beata María Inés Teresa decía: «Acuérdense que el Espíritu Santo se puede manifestar en los más pequeños». La persona que ama a Dios es humilde y sabe que tiene mucho que aprender y que no enseña lo suyo, ni habla de lo suyo, sino de lo de Jesús, como hizo Juan el bautista: (Jn 1,29ss). ¡Deja actuar al Espíritu Santo!

5. Se el primero en llegar a servir amando. Amar a nuestro prójimo involucra llenar de manera visible, la promesa de Cristo: «No los dejare huérfanos: vendré a ustedes» (Jn. 14,18). El servidor debe estar siempre disponible. «Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, que yo los aliviaré» (Mt 11,28). 

6. Trata siempre a los miembros de tu comunidad como a iguales. El que Dios te haya puesto en un lugar de liderazgo no significa que tú seas «mejor» que otros. Precisamente el servidor que es líder es el que mas necesidad tiene de tener en cuenta las palabras de san Pablo: «Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre ustedes, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno.» (Rm 12,3). 

7. Se generoso en el elogio y en el estimulo legítimos a los demás. Las palabras de aliento y de ánimo edifican la estima propias de otros, levantan su autoestima. Sin embargo, las palabras de critica y de desaliento, así como las murmuraciones, matan el entusiasmo y el amor en los demás. Reconoce siempre las gracias, los dones, los carismas que Dios ha dado a cada uno. «Mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica» (Mt 12,46-50). 

8. Haz que los miembros de tu comunidad eclesial sean el «numero uno», prefiriéndolos a ellos por encima de ti. Este es otro punto en el cual vemos una clara diferencia entre el servidor como líder que ama y el que quiere ser un poderoso, que manipula a otros. El líder debe ser humilde y pensar en dar el primer lugar a los demás antes que a si mismo. Pero el que quiere ser poderoso busca ser el «number one» él mismo, «ejerciendo su propia influencia» y «ganando por intimidación». María santísima, en las bodas de Caná, es ejemplo de este valioso liderazgo, ella actúa calladamente. «Cuando el vino se acabó, la madre de Jesús le dijo: —Ya no tienen vino.» (Jn 2,3). 

9. Trabaja siempre unido a tu párroco y a los demás servidores, haciendo Iglesia y compartiendo el amor a la Iglesia. Un servidor es un «miembro de la Iglesia» que no realiza su misión en paralelo sino en unidad. «Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado». (Jn 17,11ss). «Perseveraban unánimes cada día en el Templo, y partiendo el pan en las casas comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvados» (Hch 2,47). 

10. Por último, se un enamorado de María, la humilde sierva del Señor. El amor a María enseña a todo servidor a amar a Dios con todo su corazón, con toda su alma, con toda su mente y con toda su fuerza y a su prójimo como a sí mismo. (cf. Lc 10,27). María es la «Sierva del Señor» (Lc 1,38). 

Lo que sucedió en la Iglesia primitiva, donde claramente vemos que todo don recibido es para el bien común, ha de seguir aconteciendo en la entrega desinteresada de uno mismo por los demás (1 Co 12:6-7). En el libro de los Hechos, San Lucas incluye relatos de hombres y mujeres que escuchan el evangelio, responden y sirven a sus comunidades eclesiales, siguiendo el ritmo del arrollador movimiento del Evangelio hacia el exterior (Hch 1,8). Muchos de ellos no dirigieron grandes ministerios, no escribieron libros de la Biblia ni predicaron a multitudes. La mayoría permaneció en el anonimato. Dios quiso utilizar a estos ministros, a estos servidores allí donde estaban, con los dones que tenían, para edificar y animar a su Iglesia. 

Dios sigue obrando a través de tales servidores en nuestras comunidades hoy, y todos necesitamos caminar en la unidad, recordando que somos «peregrinos de esperanza»,  y que, como dice la Bula para el jubileo del 2025, citando a la carta a los Romanos «la esperanza no defrauda» (Rm 5,5) y hemos de ser animados y equipados al igual que aquellos que tienen dones más visibles.

Nuestra comunidad eclesial, necesita de todos sus servidores y de todos sus dones (1 Co 12,14-20). Cuando animamos a todos los ministros a usar sus dones para la gloria del Dador, el Espíritu Santo los usa para edificar su Iglesia.

¡No dejen solos a sus párrocos!

 Padre Alfredo.

domingo, 12 de noviembre de 2023

MENSAJE DE APERTURA DE LA ASAMBLEA PARROQUIAL 2023. NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO EN SAN NICOLÁS


Queridos hermanos miembros de los diversos servicios pastorales, movimientos apostólicos y grupos de nuestra querida comunidad parroquial de Nuestra Señora del Rosario en San Nicolás. Estimado padre Luis, hermano en religión y vicario parroquial (esto si está presente). Muy apreciado diácono Juan, necesario colaborador en nuestra parroquia.

Nos ha convocado el Señor en esta Santa Misa para hacer la apertura de nuestra primera Asamblea Parroquial desde que el Señor quiso ponerme al frente de ella como párroco. Esta reunión, por este motivo, tiene un significado especial al que se une la reciente promulgación del plan de pastoral de nuestra arquidiócesis y la insistente llamada del Santo Padre, sobre todo en la síntesis de la primera fase del Sínodo de los Obispos, que acaba de concluir, para trabajar en sinodalidad.

No solamente el Papa Francisco, sino los papas anteriores, han exhortando a lo largo de un siglo a que todos los bautizados asumamos el compromiso misionero, que es envío y tarea de la Iglesia universal. Las enseñanzas de los Papas siguen orientando, junto al magisterio del Papa Francisco, nuestra acción evangelizadora y pastoral, ayudándonos a superar la idea errónea de que el respeto a las demás religiones y a las culturas de los pueblos tenga que inhibir la proclamación del Evangelio. Tampoco la que hoy llamamos «inculturación» de la fe puede significar capitular ante el reto de las diversas culturas, que han de ser también evangelizadas, porque el Evangelio purifica y transforma todas las realidades humanas y, en consecuencia, también las culturas. El Santo Padre nos invita constantemente a abrir las puertas de la Iglesia para que todos quepan y se encuentren con el Evangelio de la alegría, porque el Evangelio purifica y transforma todas las realidades humanas que convergen en nuestra segunda casa, que es la parroquia.

En el número 20 de la síntesis que el 28 de octubre pasado nos dejó el Sínodo de los Obispos, los participantes, junto al Papa, nos han dicho que «Dios nos está ofreciendo la ocasión de experimentar una nueva cultura de la sinodalidad, capaz de orientar la vida y la misión de la Iglesia. Se ha recordado, sin embargo, que no basta con crear estructuras de corresponsabilidad, si falta la conversión personal a una sinodalidad misionera. Las instancias sinodales, en todo nivel, no reducen la responsabilidad personal de quienes son llamados a tomar parte en ellas, sea por su ministerio o por sus carismas, pero la reclaman después.»

En el número 8, del mismo reciente documento, encontramos lo siguiente: «Los fieles laicos están siempre muy presentes y activos en el servicio al interior de las comunidades cristianas. Muchos de ellos componen y animan comunidades pastorales, sirven como educadores en la fe, teólogos y formadores, animadores espirituales y catequistas y participan en diferentes organismos parroquiales y diocesanos. En muchas regiones, la vida de las comunidades cristianas y la misión de la Iglesia recaen sobre la figura de los catequistas. Además, los laicos prestan el servicio del safeguarding (salvaguardas) y de la administración. Su aportación es indispensable para la misión de la Iglesia; hay que cuidar, por tanto, que adquieran las competencias necesarias.»

Antes de leer este documento, un servidor sentía ya la urgente necesidad de dar paso a nuestra primera Asamblea, para dar paso a ese reto de la sinodalidad que tanto enriquece la vida de la Iglesia. Por muy importantes y útiles que sean el Consejo de Pastoral, la comisión de asistencia parroquial y el Consejo de Asuntos Económicos, se trata siempre de grupos minoritarios en relación con todos los fieles que pertenecen a la parroquia. ¿cómo reunirlos a todos? Resulta, ciertamente, algo imposible. Pero puede haber una institución que, al menos, los represente a todos y les ofrezca la posibilidad de hablar, y colaborar. Esta instancia es la Asamblea Parroquial.

A esto se une, de una manera muy especial, la invitación de nuestro Señor Arzobispo, que estuvo con nosotros presidiendo nuestra fiesta patronal, a trabajar en la puesta en práctica del nuevo Plan de pastoral de esta Iglesia diocesana y el anhelo, de muchos de ustedes, de conocer más la vida y la obra de la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento que con su espíritu y espiritualidad impregna, de una manera particular, esta comunidad parroquial haciéndola misionera para que todos conozcan y amen al Señor. 

El nuevo Plan de pastoral, como lo vamos a ver en nuestras diversas sesiones de estudio y trabajo, concreta propuestas y tareas con las que hemos de responder al difícil reto de la evangelización de la sociedad de nuestro tiempo, abierta y plural, enriquecida por muchas cosas, pero amenazada también por una serie de ideologías que llegan de muchos ámbitos y ante las cuales, abriendo las puertas de la parroquia, debemos prepararnos para saber cómo actuar conservando el apostolado de la sonrisa, como dice la beata María Inés. 

Quiero traer a colación, en este contexto, una figura bíblica que siento que viene a iluminarnos con su ejemplo ante una situación muy parecida a la nuestra, en la que hemos de enfrentarnos a un mundo que necesita de conversión para volver al camino del Señor. Me refiero a Jonás, porque, como comunidad parroquial, podemos tener su misma tentación, rebelde a la llamada de Dios a proclamar su palabra y exhortar a la conversión de Nínive, la ciudad símbolo del pecado. Jonás conoce la misericordia de Dios, sabe que es compasivo, misericordioso y perdonador, y siente celos del trato que Dios puede dar a los que se conviertan, los que a su juicio no merecen sino la condena eterna como enemigos de Dios y pecadores. El profeta Jonás representa al nacionalismo judío, refractario a la actitud misericordiosa de Dios con los extranjeros que, aunque son pecadores y enemigos de Israel, pueden responder a la llamada de Dios a la penitencia y convertirse. Jonás trata de convencerse a sí mismo de que los habitantes de Nínive son malos por principio y no merecen el perdón de Dios. Su postura es la misma que la del hermano mayor de la parábola del hijo pródigo: se disgusta por la misericordia gozosa del padre ante el regreso de mal hermano pródigo, que ha vuelto a casa (cf. Lc 15,28-30).

Es la tentación de los buenos que tienden a refugiarse en su propia comunidad de ideas y afectos, excluyendo la novedad y el riesgo de hallarse, en palabras del Papa Francisco, «en salida». No quieren abrir las puertas del cenáculo en el que se han refugiado contra los peligros, y proclamar el Evangelio afrontando dificultades y obstáculos de una sociedad indiferente o marcadamente contraria a su proclamación y vigencia social. Algunos, además de esto, caen en la terrible tentación de criticar y dejar en mal a otros grupos de la parroquia, pastorales o movimientos, pensando que solamente su núcleo es pluscuamperfecto y que todo lo demás está mal, incluso al interno de la parroquia.

Al lado de esta tentación de los buenos está la tentación de los que no dan a la libertad infinita con la que Dios y lentamente han ido convenciéndose de que no es necesario evangelizar, porque Dios tiene caminos de salvación para cada pueblo y cultura, pues «todas las culturas son iguales», dicen con aplomo, y la proclamación evangélica podría atentar contra ellas. Jonás huía de Dios para sustraerse a la misión. Hoy nos parece que la misión ha terminado su tiempo y que es preciso convivir, sin molestarlas con la predicación, con todas las posturas religiosas, la indiferencia y el ateísmo, renunciando a proponer el Evangelio. Se duda de la necesidad de la Iglesia y de los medios de gracia para la salvación y así se relativiza estar o no bautizados, recibir o no los sacramentos de la fe que transmiten la vida sobrenatural a los fieles cristianos y sostienen la comunión de la Iglesia.

No podemos dejar de producir los frutos que Él espera de nosotros mediante la puesta en práctica de los compromisos apostólicos de ustedes, como laicos y el ejercicio pastoral de los que presidimos las comunidades la Iglesia y la pastoreamos con amor, llamados a dar su vida por ella.

Tenemos por delante un arduo trabajo de dos días, nunca antes realizado en esta extensión de tiempo en la comunidad, según me dice la mayoría. A pesar de que no se tratará de pláticas o conferencias solamente, sino de un arduo trabajo en dos días en los que no habrá tiempo de teorizar, hay que agradecer que el Señor nos regala este tiempo que es gracia de salvación. Es tiempo para fortalecer el apostolado de ustedes como laicos, para que la presencia de los cristianos en la sociedad tenga el alcance evangelizador que Cristo ha confiado a la Iglesia. Los diversos apostolados y carismas no pueden encerrarnos en compartimentos estancos en los movimientos o grupos, en una vida a veces paralela a la de Iglesia diocesana como comunidad abarcadora del conjunto de los fieles cristianos, que por el bautismo se hallan integrados en ella.

Todos nosotros, tenemos conciencia de que fuimos creados para alabar a Dios, para estar en contacto con Él, para tenerlo como fundamente de nuestras vidas. En él nos movemos, existimos y somos (Hch 17,28), por eso la Pastoral Litúrgica de nuestra parroquia nos hace vivir, como comunidad, este encuentro profundo con el Señor en la Santa Misa, en la Hora Santa y en las demás expresiones de fe en torno al Señor, a la Santísima Virgen, a los santos ya los beatos.

A nadie escapa que la educación en la fe, la Pastoral Catequética, reviste, al igual que la Pastoral Litúrgica y las demás pastorales, una importancia que no podemos dejar de valorar, cediendo lentamente terreno que el laicismo de una sociedad alejada del cristianismo ha infiltrado en la cultura cristiana. La educación de la fe en la etapa inicial para muchos niños y adolescentes, incluso jóvenes y alguno que otro adulto —tenemos entre el catecumenado para los sacramentos de la iniciación en el curso actual, a una persona de 42 años, que apenas se prepara para recibir el bautismo, la confirmación y la primera comunión—es tarea ineludible de la formación en la fe, de la cual no podemos abdicar en la Iglesia. 

Sin esa formación permanente, estaríamos perdidos, por eso la Pastoral Profética, la pastoral de la Palabra, impregna nuestro caminar como personas y como parroquia. Del mismo modo hemos de fortalecer la formación de todos en la vida familiar conforme a la fe en la Pastoral Familiar, que debe abarcar también el amor a la vida y la defensa de la misma; el acompañamiento de los novios, especialmente a los que caminan ya acercándose al compromiso matrimonial y a los divorciados vueltos a casar o en segunda unión.

Estamos llamados, como comunidad parroquial, a afianzar la dimensión caritativa y social de la vida y la acción de los cristianos en favor de los más necesitados y débiles fortaleciendo la más débiles y olvidadas de nuestras pastorales, la Pastoral Social. A esta se une un área que debemos cultivar, la Pastoral de la Salud. No podemos olvidar, los nuevos retos como el paso de migrantes por nuestro territorio parroquial a quienes nos falta atenderles por lo menos en lo más básico.

Nuestra parroquia, bendecida, además con la presencia y participación de muchos jóvenes, debe tener, también, gracias a la Pastoral Juvenil, un espacio para ellos, porque, como afirma también la síntesis del Sínodo a la que me he referido: «con sus dones y sus fragilidades, al tiempo que crecen en la amistad con Jesús, se hacen apóstoles del Evangelio entre sus coetáneos», y son, como he afirmado varias veces, nuestros relevos en la vida eclesial. Un área importantísima en nuestra parroquia, es la Pastoral del Hermano Mayor, atendiendo a la realidad de que, nuestro territorio parroquial está habitado, en gran parte, por personas que, como su párroco, pasan los sesenta años de vida y requieren, los más grandes, de una atención especial. Falta abrir, entre otras cosas, un espacio especialpara las personas viudas.

Todo esto es evangelizar y hacer de la vida ordinaria de cada día, un campo de misión, sin renunciar a poner mente y corazón en sostener con la plegaria y la colaboración material la acción «ad gentes»: la acción evangelizadora de la Iglesia en los territorios de misión, y el apoyo que hemos de prestar a las Iglesias jóvenes. Para lograrlo también hemos de sentirnos como Iglesia que valora la Pastoral Misionera que envía, porque, como dice el Apóstol en la carta a los Romanos: «¿Cómo van a invocar a Dios, si no creen en él?, ¿Cómo van a creer, si no oyen hablar de él?, y ¿cómo van a oír sin nadie que proclame?, y ¿cómo van a proclamar si no los envían?» (Rm 10,14-15a). Todos los miembros de los grupos que integran nuestra parroquia son hoy como siempre valiosos agentes de evangelización, colaboradores del ministerio pastoral que requieren formación y compromiso.

Un campo especial en esta «Iglesia en salida» es la reciente creación en la parroquia, de la Pastoral Penitencial, que, desde esta condición misionera, lleva, junto a la Palabra de Dios, la esperanza del Señor, que no abandona. 

El número 17 de la síntesis del Sínodo, habla de una Pastoral que en nuestra parroquia está en pañales y que se integra por unas cuantas personas, la Pastoral de las Redes Sociales. Este valioso documento de la Iglesia anota: «Internet está cada vez más presente en la vida de los muchachos y de las familias. Si es verdad que tiene un gran potencial para mejorar nuestra vida, puede también causar daños y heridas, por ejemplo, a través del bullying, la desinformación, la explotación sexual y la dependencia. Es urgente reflexionar sobre cómo la comunidad cristiana pueda apoyar a las familias para garantizar que el espacio online sea no sólo seguro, sino también espiritualmente vivificante. Las iniciativas apostólicas online tienen un alcance y un radio de acción que se extiende más allá de los tradicionales confines territoriales».

Hermanos, vivimos como parroquia, las nuevas realidades del siglo XXI, entre las que destaco que la mayoría de los miembros que están activos en nuestros grupos parroquiales son personas de todas las edades, colores y sabores, que viven fuera del territorio parroquial y que han  encontrado aquí, en esta nuestra segunda casa, un espacio que les abre al encuentro con Dios, con su Madre Santísima, con la beata María Inés y con una comunidad de puertas abiertas

En una carta circular del 29 de junio de 1977, la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, expresa algo que ahora, nos viene muy bien: «Lo importante hijos es que no estemos ni un solo momento pasivos ni interior ni exteriormente, que recordemos y en todo momento que «es urgente que Él reine» en los corazones, en las familias, en las comunidades religiosas, parroquiales, diocesanas, nacionales y mundiales. Que Él viva en todos, reine en todos, sea conocido y amado por todos: de palabra y de obra. Mientras vivamos nos movemos y somos».

Hermanos, el Evangelio (Lc 16,9-15) que hemos escuchado en esta Misa de Apertura de nuestra Asamblea Parroquial, viene a iluminar nuestro ser y quehacer en estos días al recordarnos que el que es fiel en las cosas pequeñas, será fiel en las grandes y que no podemos servir a dos amos. De Jesús, queridos hermanos, se burlaron los fariseos, dice también el relato. No entendían ese desapego de las cosas materiales, el dinero en concreto en este pasaje, que él predicaba. También se podrán burlar de nosotros porque ponemos a Cristo y sus intereses en primer lugar y renunciamos, por conciencia ética y cristiana, a hacer los negocios sucios y trampas que otros hacen, al parecer impunemente en el mundo que nos puede contagiar. 

Recordemos el aviso que Jesús repite sobre el peligro de aferrarse a los bienes materiales: nos bloquean para las cosas del espíritu, de modo que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino. Los que aceptan el Reino son los que no están llenos de sí mismos ni de ambiciones humanas sino los que saben, como dice la beata María Inés, que Jesús es la única realidad y que en torno a él, especialmente teniéndolo como centro en la Eucaristía, debe girar nuestra vida. No podemos quedarnos como el joven rico del Evangelio, que no acogió la invitación de Jesús y se marchó triste, porque en el fondo, estaba lleno de sí mismo, cosa que también estorba para el Reino.

Este mensaje de apertura parece interminable, pero ya casi llego al final. Quiero terminar, antes de continuar con la celebración de la Santa Misa, invitando a todos a comenzar con ilusión esperanzada este peliagudo trabajo en nuestra Asamblea Parroquial, dispuestos a fortalecer la vida parroquial y proyectarla con voluntad misionera en la sociedad actual. Pidámosle a la Reina de las misiones y Estrella de la evangelización, a quien en nuestra parroquia la vemos vestida de Nuestra Señora del Rosario, que nos ayude a llevar a Cristo a nuestros hermanos. Ella nos alienta a tener a Jesús en el centro de nuestra existencia en lo momentos de gozo, de luz, de dolor y de gloria. Que su intercesión nos ayude a vivir aquella adhesión a Cristo que es comunión por medio de Él con el Padre en el Espíritu Santo, para que el mundo crea que Jesús es el único Salvador de todos.

¡Buen trabajo para todos en esta Asamblea Parroquial!

Padre Alfredo, M.C.I.U.

11 de noviembre de 2023.