Conocí a la hermana Leonor en 1984 cuando ella se encontraba en la comunidad de Los Angeles en California. En aquellos años las hermanas estaban a cargo de una escuela parroquial en esa querida arquidiócesis en la que pasé cuatro años de mi vida misionera ya como sacerdote muchos años después.
Fue una sorpresa encontrarme, a salida de Roma a Yakarta con que nuestra querida «Leo» nos dejó para volar al encuentro del Creador. En el aeropuerto de Doha, en los Emiratos Árabes Unidos, mientras esperaba la conexión de mi vuelo, pude repasar las cuentas de rosario agradeciendo que apenas unos días antes, había podido estar con ella en Guadalajara, a donde había sido trasladada hace pocos meses debido a su condición de salud, de manera que en «La Casa del Tesoro» tuviera todos los cuidados necesarios. Con ella me echaba mis buenas pláticas... ¡Ni a ella ni a mí nos gustaba platicar!
Leonor Velia de la Rosa nació el 16 de marzo de 1943 en la ciudad de El Paso, Texas, en los Estados Unidos, en el seno de una familia profundamente cristiana y fue hija única. El mismo día que nació recibió el sacramento del bautismo y fue confirmada el día 26 de noviembre del siguiente año.
Leo —como le dijimos siempre de cariño— pasó su infancia entre las ciudades fronterizas de El Paso y Ciudad Juárez, que está en el estado de Chihuahua. Su educación primaria, la estudió en Ciudad Juárez y el resto de su formación académica en El Paso. Allí se graduó de Secretaria Bilingüe y técnica en la enseñanza de inglés.
Ingresó a la congregación de las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento el 25 de julio de 1970 y al año siguiente, el 8 de septiembre de 1971 inició su noviciado. Después de terminar su primer año de noviciado, fue destinada a Ciudad de México como maestra de inglés en el instituto Scifi, labor que desempeñó durante varios años. El 31 de octubre de 1973 emitió su primera profesión religiosa para vivir en pobreza, castidad y obediencia. Esa ceremonia tuvo lugar en la Casa Madre en Cuernavaca, Morelos.
En 1978 recibió su cambio a Santa Ana California, en la región de la Familia Inesiana en los Estados Unidos. Ahí como joven profesa realizó estudios de psicología con especialidad en niños y adolescentes, estudios que puso al servicio de la región como directora de preescolar en la guardería de Santa Ana y como maestra de novicias. Leo guardaba de allí un recuerdo muy especial de la Beata María Inés que dejó por escrito: «En el año de 1979 durante la penúltima visita que Nuestra Madre hizo a California sucedió algo que me dejó muy edificada. Ella viajaba sola, llegó a la casa a media mañana yo pensé que se iba a ir a descansar, pero cual fue mi sorpresa cuando una hermana me avisó que Nuestra Madre quería hablar conmigo, en ese tiempo era yo maestra de novicias. Ella me dijo: "Cuéntame hija, cómo están las pequeñas, ¿qué dicen, cómo van?”. Me di cuenta en ese momento que para ella importaban mucho más las demás personas y más aun sus hijas las más pequeñas. Allí en la comunidad de Santa Ana permaneció hasta 1980. Al año siguiente, recibió el cargo de superiora local y consejera regional al mismo tiempo que seguía ejerciendo su servicio como directora.
El Señor le regaló la dicha de realizar su consagración perpetua a Dios el 15 de agosto de 1980, en la Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe en Ciudad de México en una misa que presidió el excelentísimo señor Jerónimo Prigione. Allí recibió sus votos en nombre de la Iglesia su fundadora, la Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento. En el año de 1982 fue nombrada superiora local en la casa de Los Ángeles, allá mismo en California, donde las hermanas tenían a su cargo una escuela parroquial que a la fecha ya fue cerrada. Fue en esa comunidad donde tuve la bendición de conocerla en 1984, a mi paso por California donde estuve poco más de un mes en mi traslado a Roma para mi noviciado. ¡Éramos jóvenes los dos!
Al cerrarse esa escuela Leo regresó a la región de México, en concreto a la Casa Madre, para estar un tiempo al cuidado de su mamá que allí residía y podía visitarla y atenderla con frecuencia. En 1990 fue nombrada secretaria regional, cargo que desempeño de forma extraordinaria hasta el año 2002, y durante este periodo, en 1998 fungió como tercera consejera regional y ese año, el 4 de julio, celebró sus bodas de plata en la capilla de esta casa en la que la Beata María Inés dio inicio a esta maravillosa obra misionera de la que muchos formamos parte.
Este mismo cargo de secretaria regional lo ejerció también durante el período de gobierno 2005-2006, hasta el año 2007 cuando tuvo cambio a la casa noviciado de Grevilias —allí mismo en Cuernavaca— para formar parte del equipo formador. y el 7 de octubre de 2023 pudo dar gracias por 50 años de vida religiosa en esa misma comunidad. Recuerdo que casi un mes antes Leo me llamó invitándome a presidir su misa de acción de gracias, pero como yo soy párroco de Nuestra Señora del Rosario en San Nicolás, fue del todo imposible que la acompañara.
Ya entrada en años, como puede suponerse, siguió con alegría prestando pequeños pero importantes servicios a la comunidad, dando conferencias a las postulantes y a las novicias y compartiendo tantas y tantas experiencias que su corazón misionero guardaba en torno a sus encuentros con la Beata María Inés y su experiencia en los Estados Unidos con personas —sobre todo padres de familia— de diversas nacionalidad en esa sociedad pluricultural en la que Dios le permitió servir. Allí permaneció hasta el año de 2025 que fue trasladada a la comunidad de Guadalajara, en Jalisco a nuestra querida «Casa del Tesoro», que fue su último destino.
En todas las encomiendas que recibió, la hermana Leonor se destacó por su disponibilidad, una obediencia siempre alegre y confiada en la voluntad de Dios y gran espíritu de fe. Se distinguió en especial desde novicia por ser muy responsable, sincera y recta. Una cualidad que en ella llegó a convertirse en virtud fue su gran educación y finura religiosa en el trato. Todos los que la conocimos podemos afirmar que fue una mujer de una educación finísima, siempre atenta y con una gran actitud de escucha. Las hermanas dicen que siempre ofrecía a todas una amable y bondadosa sonrisa que acogía a todos sin distinción. Fue una hermana piadosa, fiel a sus actos de piedad, amante de la santísima Virgen y fervorosa de la eucaristía. No perdía oportunidad por pedir por la salvación de las almas. Los dones que Dios le había dado, los puso incansable e incondicionalmente al servicio de la comunidad, reconociendo a la vez con mucha simplicidad las limitaciones que tenía, especialmente su frágil salud, sobre todo en sus últimos años de vida.
En cuanto a la vida fraterna era verdaderamente «una hermana incondicional», servicial y atenta actuando en todo momento con una caridad exquisita. Calladamente se esforzaba por ser el ángel de paz y unidad en la comunidad, por lo que siempre fue bien aceptada entre quienes convivían con ella, pues además era jovial y alegre. La hermana manifestó durante toda su vida un profundo amor a nuestra madre fundadora, a la congregación, a todos los miembros de la Familia Inesiana y a la santa madre Iglesia, especialmente a los sacerdotes, por quienes oraba constantemente. ¡Eso me consta y lo viví en mi propio caminar vocacional!
El tiempo que vivió en la casa noviciado fue muy especial. Allí, rodeada de hermanas jovencitas, se distinguió por transmitirles, en su calidad de postulantes y novicias, el sentido de la educación sobrenaturalizada por la que tanto aprecio tenía Madre Inés que decía: «La santidad sobrenaturalizada es la santidad» , tan importante sobre todo en las primeras etapas de formación, además de cuestiones básicas de finura en el trato, cuestiones prácticas de limpieza, etc. Durante su estancia en Guadalajara continuó viviendo su entrega al Señor en medio del dolor y sacrificio propios de la enfermedad de la última etapa, sin embargo, esta situación de enfermedad no le impidió seguir ayudando en labores pequeñas como en el comedor de comunidad.
El 6 de agosto de este 2026, la hermana Leo fue hospitalizada luego de un par de días en los que mostró mucha debilidad. Tratando de estabilizarla por vía intravenosa en el hospital le aplicaron un medicamento que le provocó una reacción alérgica, por lo que estuvo un par de días en terapia intermedia. Durante su estancia en el hospital, su superiora general, la madre Martha Gabriela Hernández tuvo la oportunidad de hablar con ella mediante una llamada para invitarla a seguir donando su vida al Señor en esta última etapa. Leo le dijo que así lo estaba haciendo y que ofrecía todos sus dolores y su enfermedad por la congregación, especialmente por el mayor fruto espiritual de la reunión del CONECI 2026 —consejo especial consultivo e informativo—. El martes 11el equipo médico manifestó que ya habían hecho todo lo posible y que la vida de la hermana estaba ya solamente en las manos de Dios. La hermana pidió regresar a su amada comunidad para ahí prepararse para el encuentro definitivo con el Señor. El viernes 14 entró en agonía y en la madrugada del domingo el Señor la encontró preparada. Unos minutos antes de las 2:00 de la mañana el Señor la abrazó para siempre en su amor misericordioso. El parte médico manifestó que la hermana Leonor falleció por varias complicaciones a consecuencia de un evento vascular cerebral no traumático.
Así fue como entregó su alma al Señor nuestra querida hermana y amiga, elevando su oración y sus dolores como incienso a Dios, que un día la llamo como su esposa. Podemos decir con toda seguridad que en ella se cumplen estas palabras que la Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento escribió en la su libro La Lira del Corazón: «Nada me resta por hacer, he hecho todo lo que tú has querido; he tenido, es cierto, muchas deficiencias, pero estas Señor, tu bien sabes que son inherentes a mi naturaleza decaída». (Lira del Corazón, Cap. XII, F. 438)