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martes, 30 de septiembre de 2025

ALLÁ EN LA OTRA PARROQUIA...

“Allá en la otra parroquia, el padre predica breve y muy bien, ¡Que tipazo!”

“Allá en la otra parroquia, el coro y el sonido del templo es impresionante”.

“Allá en la otra parroquia, todo el mundo se saluda”.

“Allá en la otra parroquia todos están unidos y se apoyan”.

“Allá en la otra parroquia todo está muy bien organizado”.

“Allá en la otra parroquia, las celebraciones litúrgicas y los retiros son mucho más animados”.

“Allá en la otra parroquia la pastoral juvenil si está comprometida, todos los jóvenes están felices y unidos”.

¿Sabes lo que no hay en la otra parroquia, ni en ninguna otramás?

¡¡¡TÚ!!!

Tú… que participas a veces muy poco, pero te quejas mucho.

Tú… que solamente ves el mal en la cara de todos y aún así hablas de falta de unidad.

Tú… que no contribuyes, pero hablas de falta de inversiones y fondos, pero te olvidas de apoyar e incluso de dar tu ofrenda semanal.

Tú… que llegas sin saludar y no le diriges la palabra con nadie, pero piensas que las homilías y predicaciones son débiles.

Tú… que no reconoces el trabajo y entrega  de tu párroco, catequistas, evangelizadores, y de todas las personas que se entregan por amor y para dar vida a la comunidad parroquial; pero eso sí, gastas saliva alabando a los de lejos, y te la pasas  criticando y calumniando a los que sirven en la tuya.

En lugar de vivir haciendo comparaciones, es mejor hacer la diferencia donde tú estás, ser la Iglesia que deseas... colabora, involúcrate, ora, haz tus donaciones; lánzate en este compromiso de "no asistir a la Iglesia" sino a "ser Iglesia" y de preferencia una Iglesia saliente que se reúne para orar, fortalecerse y formarse  y así poder evangelizar y servir en las necesidades del pueblo de Dios.

“También ustedes, como piedras vivas, edifíquense y pasen a ser un Templo espiritual, una comunidad santa de sacerdotes que ofrecen sacrificios espirituales agradables a Dios, por medio de Cristo Jesús” (1 Pe 2, 5).

jueves, 28 de octubre de 2021

En búsqueda de una Iglesia perfecta...

Dos veces me he encontrado este texto en Internet en el que en búsqueda de una Iglesia perfecta, el interesado se entrevista vía telefónica con san Pablo, el gran Apóstol y me parece interesante compartirla con ustedes. Espero que nos ayude a todos a reflexionar.


«– ¡Hola! ¿Hablo con el Apóstol San Pablo?

– Sí, soy yo.

– ¿Cómo estás, Apóstol San Pablo? Tengo un problema y necesito tu ayuda.

– ¡Dime!

– Estoy decepcionado por muchas cosas en la iglesia a la que pertenezco, y ando buscando una mejor ¡Me gustaría tener información sobre algunas iglesias!

– Y dime, ¿cómo puedo ayudarte?…

– Estoy pensando asistir a la iglesia de Corinto, ¿Qué tal ahí?

– Mira, en la iglesia de CORINTO hay grupos divididos (1 Cor 1,12), también hay celos, contiendas y disensiones (1 Cor 3, 3), son inmorales, fornicarios (1 Cor 5,1); y cuando tienen peleas, van hasta los tribunales civiles (1 Cor 6,1).

– Ah no. ¡Mejor ahí no voy! ¿Y que tal la iglesia de Éfeso?

– Es una iglesia fundada en la Palabra (Hechos 19,20), pero últimamente hay muchas personas sin amor en la Iglesia. (Ap 2, 4)

– ¿Sin amor? Allá ni loco voy. Creo que mejor voy a ir a Tesalónica.

– En Tesalónica hay algunos que caminan desordenadamente y no les gusta trabajar y se entrometen en lo ajeno. (2 Tes 3,11)

– ¡Wow!, ¡Increíble!, ¡Qué difícil, San Pablo! ¿Y sí voy a la iglesia de Filipos?

– Filipos sería una buena opción si no fuera por esas dos hermanas, Evodia y Síntique que nunca se ponen de acuerdo en nada, siempre discutiendo (Fpl 4, 2)

– ¿Pero por qué, Apóstol San Pablo, no se ponen nunca de acuerdo?

– No sé muy bien, pero creo que se debe a algunos decorados en la iglesia. Una quiere de un color, y la otra de otro color, y así. No termina jamás.

– Ah, no; yo para nada voy ahí. Entonces creo que me mudaré a Colosas y buscaré a Dios en esa comunidad cristiana.

– Mira, los colosenses tienen un problema que es doctrinal. Hay herejes que quieren menospreciar a la persona del Mesías. La cosa está un despelote ahí, pues también están haciendo cultos erróneos a los ángeles (Col 2, 18)

– Todo mal, entonces. ¿Y qué pasa si voy a Galacia?

– En Galacia hay creyentes que se muerden y se devoran unos a otros, casi casi están a punto de destruirse mutuamente (Gal 5, 15) y también hay quienes satisfacen los deseos de la carne (Gal 5,16)

– Realmente la situación es difícil. Ya que también antes de hablar contigo me puse en contacto con el Apóstol San Juan porque pensé primero asistir en Tiatira, pero me dijo que Tiatira es una iglesia tolerante en el mal sentido de la palabra. Han tolerado una mujer que dice ser profetisa, y enseña la prostitución y comer sacrificios a ídolos (Ap 2, 20) y ahí ni loco voy.

Luego pensé ir a Laodicea, pero el Apóstol San Juan me dijo que allí son tibios (Ap 3, 16) y yo no quiero que Dios me vomite.

Después pensé ir a Pérgamo, pero otra vez el Apóstol San Juan me dijo que hay algunas doctrinas extrañas como la de Balaam. (Ap 2, 14) y de los nicolaítas (Ap 2,15).

Sabes, Apóstol San Pablo, ya pensé ir a la iglesia en Jerusalén ya que de ahí es nuestro Salvador, pero aún ahora ahí están llenos de murmuraciones y chismes (Hch 6, 1) y muchos creyentes tienen doble cara y doble vida; hasta matrimonios que se ponen de acuerdo para engañar a los pastores de la Iglesia (Hch 5, 1-11). ¿Es

cierto todo ésto, Apóstol San Pablo?

– Asimismo es.

– ¿Y qué puedo hacer, San Pablo?

– Es simple… La iglesia, desde el punto de vista humano, es imperfecta, pero Dios la está trabajando.

¿Has olvidado lo que le escribí a los Efesios?

“Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada” (Ef 5, 25b-27)

Cuando el Señor lo haga una hermosa realidad, seremos la Iglesia perfecta, la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos. (Heb 12, 23) Ya lo somos desde ahora pero todavía no se manifiesta esto en plenitud (Cfr. 1Jn 3, 2-3).

Entonces, te doy un consejo muy importante:

No busques una comunidad cristiana perfecta; busca al Señor Jesús en una comunidad cristiana donde se enseñe y se viva la Palabra de Dios tal como está escrita en la Biblia. Que no se amolde a los criterios de este mundo que pasa.

Sólo recuerda permanecer en la única Iglesia que Él fundó personalmente cuando vivió en este mundo (Mt 16, 18; Mt 28, 20), a la que constituyó para siempre como columna y fundamento de la Verdad (1Tim 3,15). Esta Iglesia es la Casa construida sobre la Roca, y aunque vengan tormentas y terremotos, la Casa permanecerá para siempre (Cfr. Mt 7, 24-27). El Señor la ha cimentado sobre San Pedro y sobre los Apóstoles y Profetas (Cfr. Ef 2, 19-20).

Recuerda también que la única Iglesia establecida por Nuestro Señor Jesucristo es una Iglesia conformada por santos y pecadores, precisamente como lo refiere en la parábola del trigo y la cizaña (Cfr. Mt 13, 24-30).

No tomes nunca el camino de la división y el cisma, pues el Señor Jesucristo quiere la unidad entre sus

discípulos (Cfr. Jn 17, 20-21). Él desea que haya un solo rebaño como hay un solo pastor (Cfr. Jn 10, 14-16).

– ¡Muy bien Apóstol San Pablo! No me cambiaré de Iglesia ni de comunidad cristiana por los problemas de otros o malos testimonios. Leeré más la Biblia. Entiendo que mientras estemos aquí en la tierra no habrá una Iglesia perfecta o una comunidad cristiana sin problemas y dificultades.

Desecharé lo malo y haré mi mejor esfuerzo por perseverar, viviendo una auténtica vida cristiana y esperando a Jesús en Su Segunda Venida. En la Santa Misa pediré con mucha confianza, después de la Consagración: Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!

Muchas gracias por todo, Apóstol San Pablo; me sirvieron de mucho tus consejos y sugerencias!

– ¡De nada, estimado hermano! Recuerda esto:

“Si el diablo te aleja de una comunidad cristiana por el error de un hermano, cuando vayas a otra comunidad, hará lo mismo, hasta que llegues a no congregarte más y ahí te habrá ganado la batalla, porque habrá llenado de incertidumbre tu corazón”»


Padre Alfredo.

miércoles, 7 de abril de 2021

CREO EN LA IGLESIA... Un tema de reflexión para un retiro


Decir «creo» supone un don que se nos da y una responsabilidad que aceptamos; es una experiencia de diálogo con Dios que, por amor, nos habla como amigos. Como enseña el Catecismo de la Iglesia católica: "La fe es un acto personal: es la respuesta libre del hombre a la iniciativa de Dios que se revela a sí mismo" .

La palabra Iglesia (del griego “ekklèsia”) significa “convocación”. Es el término frecuentemente utilizado en el texto griego de Antiguo Testamento para designar la asamblea del pueblo elegido en la presencia de Dios, sobre todo cuando se trata de la asamblea del Sinaí, en donde Israel recibió la ley y fue constituido por Dios como pueblo santo. Dándose a sí misma el nombre de «Iglesia», la primera comunidad de los que creían en Cristo se reconoce heredera de aquella asamblea. En ella Dios «convoca» a su Pueblo desde todos los confines de la tierra. El término kyriaché, del que se derivan las palabras church en inglés, y kirche en alemán, significa «la que pertenece al Señor».

La palabra «Iglesia» designa la comunidad universal de los fieles, también la comunidad local y la asamblea litúrgica. Estas tres significaciones son inseparables. La Iglesia de Dios existe en las comunidades locales y se realiza como asamblea litúrgica, sobre todo eucarística. La Iglesia vive de la Palabra y del Cuerpo de Cristo y de esta manera viene a ser ella misma Cuerpo de Cristo.

La Iglesia está “prefigurada en la creación, preparada en la Antigua Alianza, fundada por las palabras y las obras de Jesucristo, realizada por su cruz redendora y su Resurrección, se manifiesta como misterio de salvación por la efusión del Espíritu Santo. Quedará consumada en la gloria del cielo como asamblea de todos los redimidos de la tierra. La Iglesia es a la vez visible y espiritual, sociedad jerárquica y cuerpo místico de Cristo. Es una, formada por un doble elemento humano y divino. Ahí está su Misterio que sólo la fe puede aceptar. La Iglesia es, en este mundo, el sacramento de la salvación, el signo y el instrumento de la comunión con Dios y entre los hombres.

Esta es la verdadera Iglesia de Cristo, y es católica, porque entre sus miembros los hay de todas las razas y creencias bajo el cielo de todas las naciones y castas, pueblos y lenguas; es santa, porque sus miembros se están esforzando para hacer sus vidas más santas y mejores; es apostólica, porque en verdad todos sus miembros son apóstoles, «hombres enviados» (aunque muchos de ellos no lo saben) por el gran Poder que todo lo guía, para que sean su expresión en la tierra, Sus emisarios para que ayuden á sus hermanos más ignorantes, con el precepto y el ejemplo, para que aprendan la lección de importancia capital que ya ellos han hecho parte de sus propias vidas. Y cualesquiera que sean sus divisiones exteriores, esta Iglesia es fundamentalmente una «escogida de entre todas las naciones, y, sin embargo, una sobre la tierra», una en esencia, aunque pueden transcurrir muchos siglos antes de que todos sus miembros se den cuenta de su unidad espiritual.

●  La Iglesia es una: Tiene un solo Señor, confiesa una sola fe, nace de un solo Bautismo, no forma mas que un solo Cuerpo, vivificado por un solo Espíritu, orientado a una única esperanza a cuyo término se superarán todas las divisiones.

 ●  La Iglesia es santa: Dios santísimo es su autor; Cristo, su Esposo, se entregó por ella para santificarla; el Espíritu de santidad la vivifica. Aunque comprenda pecadores ella es inmaculada. En los santos brilla su santidad, en María es ya la enteramente santa.

 ●  La Iglesia es católica: Anuncia la totalidad de la fe; lleva en sí y administra la plenitud de los medios de salvación; es enviada a todos los pueblos; se dirige a todos los hombres; abarca todos los tiempos; es, por su propia naturaleza, misionera. 

 ●  La Iglesia es apostólica: Está edificada sobre sólidos cimientos: los doce Apóstoles del Cordero; es indestructible; se mantiene infaliblemente en la verdad: Cristo la gobierna por medio de Pedro y los demás Apóstoles, presentes en sus sucesores, el Papa y el Colegio de los obispos.

La única Iglesia de Cristo, de la que confesamos en el Credo que es una, santa, católica y apostólica (...) subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él, aunque sin duda, fuera de su estructura visible, pueden encontrarse muchos elementos de santificación y de verdad” (Lumen gentium n. 8).

La Iglesia Católica tiene un cuerpo de más o menos 1100 millones de personas, casi la mitad de los cristianos y el 17% de la población mundial. Estos son algunos de los números que se desprenden de un estudio del Pew Forum of Religión and Public Life acerca de la situación del catolicismo actual. Continúan algunas constantes: regresión en Europa y Latinoamérica, fuerte avance en África, ligera subida en Asia y mínimo descenso en Oriente Próximo. Globalmente, los miembros de la Iglesia se han triplicado en el último siglo, aunque el resto del mundo ha crecido a un ritmo similar.

Dentro de la distribución de miembros de la Iglesia por todo el globo de 100 años a este punto, Europa ha pasado de un 65 a un 24%, mientras que Latinoamérica toma el mando subiendo del 24 al 39%. El África subsahariana se dispara desde unos dos millones de católicos en 1910 hasta los 170 millones actuales, mientras que en la cuna del cristianismo las guerras y la difícil convivencia con los musulmanes ha reducido al mínimo el número de creyentes.

En comparación con 1910, los católicos decrecen porcentualmente en Europa (de 44 a 35) y en Latinoamérica (de 90 a 76), justo lo contrario de lo que ocurre en África (de 1 a 21) y en Norteamérica (de 16 a 26). En Asia aumentan ligeramente (de 1 a 3%), mientras que en Oriente Medio y Próximo pierden otro punto (de 3 a 2). Las causas varían dependiendo de la localización, pero se advierte que el futuro viene por el sur y el este. La elección del cardenal Ratzinger como Papa apuntaba, en aquellos años a frenar la caída de fieles en el Viejo Continente y en la Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro se buscó reforzar y renovar la presencia del rebaño de Cristo en Suramérica.

En algunas plazas históricas del Nuevo Mundo, la pérdida es considerablemente veloz. Brasil ha bajado en la primera década del siglo XXI nueve puntos porcentuales hasta un 65% y México se ha dejado otro cuatro puntos, aunque mantiene un considerable porcentaje (82.7%) por el menor efecto del protestantismo. Ambos siguen como los dos países con mayor número de católicos, por delante de Filipinas y Estados Unidos.

Pese a todo, también existen signos positivos. Al margen de que no importa tanto la cantidad como la virtud y santidad de los católicos, el número avanza anualmente, al ritmo al que lo hace la población mundial. Y los continentes asiático y africano albergan grandes esperanzas, a la vez que Latinoamérica y Europa constituyen un reto permanente.

Después de haber hablado de la Iglesia, de su origen, de su misión y de su destino, no se puede concluir mejor que volviendo la mirada a María para contemplar en ella lo que es la Iglesia en su Misterio, en su "peregrinación de la fe", y lo que será al final de su marcha, donde le espera, "para la gloria de la Santísima e indivisible Trinidad", "en comunión con todos los santos" (LG 69), aquella a quien la Iglesia venera como la Madre de su Señor y como su propia Madre:

Entre tanto, la Madre de Jesús, glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma, es la imagen y comienzo de la Iglesia que llegará a su plenitud en el siglo futuro. También en este mundo, hasta que llegue el día del Señor, brilla ante el Pueblo de Dios en Marcha, como señal de esperanza cierta y de consuelo (LG 68). Al pronunciar el "fiat" de la Anunciación y al dar su consentimiento al Misterio de la Encarnación, María colabora ya en toda la obra que debe llevar a cabo su Hijo. Ella es madre allí donde El es Salvador y Cabeza del Cuerpo místico.

La Santísima Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo, en donde ella participa ya en la gloria de la resurrección de su Hijo, anticipando la resurrección de todos los miembros de su Cuerpo. Creemos que la Santísima Madre de Dios, nueva Eva, Madre de la Iglesia, continúa en el cielo ejercitando su oficio materno con respecto a los miembros de Cristo.

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

sábado, 4 de abril de 2020

Los sacerdotes, las redes sociales, la Iglesia, los sacramentos y los sacramentales...


El concepto de «redes sociales» entró en el magisterio de la Iglesia a partir del año 2009 con el Mensaje del Papa Benedicto XVI para la XLIII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales que se celebró el 24 de mayo y que fue dedicado al tema «Nuevas tecnologías, nuevas relaciones. Promover una cultura de respeto, de diálogo, de amistad».

Pero sobre medios de comunicación en general, las enseñanzas y valoraciones de la Iglesia son abundantes y vienen desde antiguo. El documento conciliar «Inter Mirifica» —de 1963— habla de ello, y luego se tienen los mensajes anuales para las jornadas dedicadas a la comunicación social —el primero fue de San Pablo VI en 1967—.  Está, como un documento de gran valor, la Carta Apostólica de San Juan Pablo II: «El rápido desarrollo de los medios de comunicación», del 24 de enero de 2005.

En los últimos años, con el adelanto de las tecnologías, Internet ha merecido la atención del magisterio de la Iglesia. Fruto de esa consideración son los documentos del Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales «Ética en Internet» y «La Iglesia e Internet», ambos del 28 de febrero de 2002.

El año 2010, el mensaje para la jornada de las comunicaciones sociales recibió por título «El sacerdote y la pastoral en el mundo digital: los nuevos medios al servicio de la Palabra». El contexto general del año sacerdotal que en ese entonces se desarrollaba, brindó al Papa la posibilidad de repasar algunos puntos sobre el papel del sacerdote en el mundo digital.

El mensaje del Papa Benedicto XVI iniciaba con una clarificación necesaria: «La tarea primaria del sacerdote es la de anunciar a Cristo, la Palabra de Dios hecha carne, y comunicar la multiforme gracia divina que nos salva mediante los Sacramentos». Partiendo de esta base tocaba tres ámbitos: 1) los riesgos y oportunidades para los sacerdotes, 2) la acción propia del sacerdote en el mundo digital y 3) la especificidad del consagrado en general en las redes sociales. Me detengo para destacar algo de cada uno de ellos:

1) Los riesgos y oportunidades para los sacerdotes:

«La creciente multimedialidad y la gran variedad de funciones que hay en la comunicación, pueden comportar el riesgo de un uso dictado sobre todo por la mera exigencia de hacerse presentes, considerando internet solamente, y de manera errónea, como un espacio que debe ocuparse. Por el contrario, se pide a los presbíteros la capacidad de participar en el mundo digital en constante fidelidad al mensaje del Evangelio, para ejercer su papel de animadores de comunidades que se expresan cada vez más a través de las muchas «voces» surgidas en el mundo digital. Deben anunciar el Evangelio valiéndose no sólo de los medios tradicionales, sino también de los que aporta la nueva generación de medios audiovisuales (foto, vídeo, animaciones, blogs, sitios web), ocasiones inéditas de diálogo e instrumentos útiles para la evangelización y la catequesis».

2) La acción propia del sacerdote en el mundo digital:

«En el contacto con el mundo digital, el presbítero debe trasparentar, más que la mano de un simple usuario de los medios, su corazón de consagrado que da alma no sólo al compromiso pastoral que le es propio, sino al continuo flujo comunicativo de la «red». También en el mundo digital, se debe poner de manifiesto que la solicitud amorosa de Dios en Cristo por nosotros no es algo del pasado, ni el resultado de teorías eruditas, sino una realidad muy concreta y actual. En efecto, la pastoral en el mundo digital debe mostrar a las personas de nuestro tiempo y a la humanidad desorientada de hoy que «Dios está cerca; que en Cristo todos nos pertenecemos mutuamente. ¿Quién mejor que un hombre de Dios puede desarrollar y poner en práctica, a través de la propia competencia en el campo de los nuevos medios digitales, una pastoral que haga vivo y actual a Dios en la realidad de hoy? ¿Quién mejor que él para presentar la sabiduría religiosa del pasado como una riqueza a la que recurrir para vivir dignamente el hoy y construir adecuadamente el futuro?».

3) La especificidad del consagrado en general en las redes sociales:

«Quien trabaja como consagrado en los medios, tiene la tarea de allanar el camino a nuevos encuentros, asegurando siempre la calidad del contacto humano y la atención a las personas y a sus auténticas necesidades espirituales. Le corresponde ofrecer a quienes viven éste nuestro tiempo «digital» los signos necesarios para reconocer al Señor; darles la oportunidad de educarse para la espera y la esperanza, y de acercarse a la Palabra de Dios que salva y favorece el desarrollo humano integral. La Palabra podrá así navegar mar adentro hacia las numerosas encrucijadas que crea la tupida red de autopistas del ciberespacio, y afirmar el derecho de ciudadanía de Dios en cada época, para que Él pueda avanzar a través de las nuevas formas de comunicación por las calles de las ciudades y detenerse ante los umbrales de las casas y de los corazones…».

Hasta el día de hoy, la Iglesia con su magisterio nos dice que muchas cosas se pueden hacer por Internet utilizando las redes sociales, pero hay cosas que aunque parezca fácil y al alcance, no se pueden realizar porque perderían su sentido. 

No se puede uno confesar por teléfono o por medio de alguna de las redes sociales, pues las normas actuales de la Iglesia Católica no permiten el uso de esas tecnologías para la recepción de los sacramentos. Y es que, en concreto para el caso de la confesión, estos medios no salvaguardan la secrecía que exige el sigilo sacramental, porque sabemos que cualquier cosa que se sube a una red queda allí, ya para siempre, mientras exista esa red, y es vulnerable a cualquier tipo de violación. En este caso, si se necesita la confesión y no hay un sacerdote presente, la Iglesia nos recuerda que hay que hacer un acto de contrición perfecta, es decir arrepentirse de todo corazón de todos los pecados cometidos haciendo el propósito de confesarse a la brevedad posible.

Se puede ver a través de la televisión, la radio o Internet una Misa, pero no es propiamente una participación en el sacramento, pues la Misa se vive de manera «presencial». El precepto de participar en la Santa Misa consiste en asistir «personalmente» al Templo. No satisface el precepto quien la sigue por televisión. Aunque ver y oír Misa por televisión, radio o Internet siempre será algo muy recomendable (en lugar de ver otros programas televisivos inútiles), pero hay que ser conscientes de que esto no suple la obligación. En caso grave, como sucede cuando hay alguna guerra o epidemia, es muy saludable que, si por estos u otros motivos han de ser cerrados los templos, se pueda seguir la Misa por esos medios, pero nunca será un cumplir con el precepto: Por eso, cuando algo así sucede, el Obispo o el ordinario del lugar «dispensa» de la obligación de asistir pero no puede obligar a ver u oír la Misa por televisión, radio o Internet, porque es consciente de que esto no suple la participación en la Misa. Es un medio que ayuda y así se participa o se sigue la celebración. La liturgia exige que se haga uso de todos los elementos corporales: el tacto, el gusto, el olfato, la vista y el oído. Además, el precepto festivo de la misa no puede ser satisfecho más que con la participación personal a la Eucaristía dominical. 

Hay un principio moral que dicta que «ninguno está obligado a cumplir actos “imposibles”». de esta manera sabemos que quedan disculpados de asistir a la Misa dominical los que tienen algún grave impedimento, como puede ser una enfermedad que no permita salir de casa, un viaje que no te dé tiempo de asistir a misa, el vivir lejos de la iglesia y no tener transporte o alguien que lo pueda llevar, o una ocupación que no puede abandonarse, por ejemplo: los que cuidan enfermos y no tienen quien los sustituya, en estos casos o circunstancias es muy saludable el seguir la celebración Eucarística por los diversos medios de comunicación y redes sociales. 

Viendo las cosas de esta manera, es evidente que una Misa en televisión, en radio o Internet, que de ninguna manera sustituye la participación directa y personal a la asamblea eucarística, tiene sus aspectos positivos: la palabra de Dios es proclamada y comentada «en directo», y puede suscitar a la oración; en especial el enfermo y el anciano pueden unirse espiritualmente a la comunidad que en ese mismo momento celebra el rito eucarístico; la oración universal puede ser compartida y participada. Falta ciertamente la presencia física, pero la imposibilidad de llevar una ofrenda al altar no excluye la de hacer de la propia vida (enfermedad, debilidad, memorias, esperanzas, temores) una ofrenda para unir a la de Cristo. Y la imposibilidad de acercarse al banquete eucarístico puede ser hoy superada, en muchos casos, por el puntual servicio de los ministros extraordinarios de la comunión En todo caso, cuando se está en la Misa por televisión, radio o Internet es conveniente a la hora de la comunión, hacer la ya conocida «comunión espiritual».

Así, ver las misas por televisión es excelente, pero a sabiendas de que los sacramentos no se dan a larga distancia. Jesús se nos hace presente a través de signos visibles y nosotros tenemos que estar presentes a Él en ese momento.

Hablando de la Adoración al Santísimo también hay algo que decir: Nada —ya nos ha quedado claro— sustituye la visita personal al Templo. Orar físicamente ante el Santísimo es estar ante Jesús, realmente presente en la Eucaristía; percibirlo oculto bajo la apariencia del Pan Eucarístico, tal como lo prometió (ver Mt 26, 26-27; 28,20). Pero si por enfermedad, avanzada edad u otra razón válida no se puede ir a visitarlo, Internet ofrece una gran alternativa, considerando lo siguiente: En la pantalla no está el Señor, sino su imagen. No se trata de adorar la pantalla ni la imagen en la pantalla. La transmisión en vivo es mejor que ver una foto, pues facilita «trasladarse espiritualmente» a adorarlo allí donde está siendo expuesto. Aunque no esté físicamente el Señor, se respeta su imagen.

Sucede lo mismo con las bendiciones, en las que se requiere la presencia de la persona o el objeto a bendecir (exceptuando las bendiciones que se hacen como saludo o despedida en la conversaciones por teléfono o redes sociales, que son de otro carácter no sacramental). La única bendición que llega a todo el mundo por los medios de comunicación y por redes sociales «siempre que sea en vivo y en directo», es decir en el preciso momento en que se está impartiendo, es la bendición «Urbi et Orbi» que imparte el Papa, que es el único autorizado para hacer esto por su calidad de Sumo Pontífice de la Iglesia Católica, recordando que «católica» significa universal.

Por último cabe decir que la Iglesia católica trabaja y seguirá trabajando en Televisión, radio e Internet, pero no para sustituir la riqueza del trato personal real de la vivencia de nuestra fe. Los medios electrónicos de que ahora disponemos son eso «un medio», no un fin. La era digital que nos está tocando vivir, nos ofrece innumerables posibilidades y abre las puertas a participar de muchas maneras en la vida de la Iglesia, ofreciendo una manera en la cual los fieles puedan acercarse a la vida de la gracia e incrementar su fe.

Padre Alfredo.

sábado, 7 de septiembre de 2019

«Discurso del Papa a obispos, clero, religiosos, catequistas de Mozambique»... Una llamada a no detenerse


La Catedral de la Inmaculada Concepción fue el escenario del encuentro que el Papa Francisco tuvo con los obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, consagrados, seminaristas, catequistas y animadores de las distintas áreas de pastoral en Mozambique este pasado jueves 5 de septiembre, segundo día de su viaje pastoral a África, que también le llevará a Madagascar y Mauricio. Madagascar y Mauricio. El viaje se lleva a cabo desde el pasado día 4 y concluirá el 10 de septiembre.

El Santo Padre reflexionó sobre diversos aspectos de la vocación. En su discurso pronunciado en portugués, con algunos añadidos espontáneos, el Papa destacó que nos guste o no «tenemos que salir de los lugares importantes, solemnes; tenemos que volver a los lugares donde fuimos llamados, donde era evidente que la iniciativa y el poder eran de Dios». Me parece que es un discurso que nos viene bien a todos en este tiempo de crisis de fe, de valores y de identidad que el mundo católico atraviesa y por eso, en esta entrada, lo comparto tal cual:

«Queridos hermanos obispos, queridos sacerdotes, religiosas, religiosos y seminaristas, queridos catequistas y animadores de comunidades cristianas, queridos hermanos y hermanas, ¡buenas tardes!

Agradezco el saludo de bienvenida de Mons. Hilário en nombre de todos vosotros. Con afecto y gran reconocimiento, os saludo a todos. Sé que habéis hecho un gran esfuerzo para estar aquí. Juntos, queremos renovar la respuesta al llamado que una vez hizo arder nuestros corazones y que la Santa Madre Iglesia nos ayudó a discernir y confirmar con la misión.

Gracias por vuestros testimonios, que hablan de las horas difíciles y los desafíos serios que vivís, reconociendo límites y debilidades; pero también admirándoos de la misericordia de Dios. Me alegró escuchar de la boca de una catequista decir: “Somos una Iglesia insertada en un pueblo heroico”, que sabe de sufrimientos, pero mantiene viva la esperanza. Con ese sano orgullo por vuestro pueblo, que invita a renovar la fe y la esperanza, queremos renovar nuestro “sí”. ¡Qué feliz es la Santa Madre Iglesia al escucharos manifestar el amor del Señor y la misión que os ha dado! ¡Qué contenta está de ver vuestro deseo de volver siempre al «amor primero» (Ap 2,4)!

Pido al Espíritu Santo que os dé siempre la lucidez de llamar a la realidad con su nombre, la valentía de pedir perdón y la capacidad de aprender a escuchar lo que Él quiere decirnos.

Queridos hermanos y hermanas, nos guste o no, estamos llamados a enfrentar la realidad tal como es. Los tiempos cambian y debemos reconocer que a menudo no sabemos cómo insertarnos en los nuevos escenarios; podemos soñar con las “cebollas de Egipto” (cf. Nm 11,5), olvidando que la Tierra Prometida está adelante y no atrás, y en ese lamento por los tiempos pasados, nos vamos petrificando. Nos vamos, momificando. No es buena cosa un Obispo, un sacerdote, incluso un catequista, momificado. No, no es bueno. En lugar de profesar una Buena Nueva, lo que anunciamos es algo gris que no atrae ni enciende el corazón de nadie. Esa es la tentación.

Nos encontramos en esta catedral, dedicada a la Inmaculada Concepción de la Virgen María, para compartir como familia lo que nos pasa. Como familia que nació en ese “sí” que María le dijo al ángel. Ella, ni por un momento miró hacia atrás. Es el evangelista Lucas quien nos narra estos acontecimientos del inicio del misterio de la Encarnación. Quizás en su modo de hacerlo encontremos respuestas a las preguntas que hoy habéis hecho. Un Obispo, un sacerdote, la hermana catequista… ¡Los seminaristas no habéis hecho! Quizás podamos descubrir también el estímulo necesario para responder con la misma generosidad y premura de María.

San Lucas va presentando en paralelo los acontecimientos vinculados a san Juan Bautista y a Jesucristo; quiere que en el contraste descubramos aquello que se va apagando del modo de ser de Dios y de vincularse con Él en el Antiguo Testamento, y el nuevo modo que nos trae el Hijo de Dios hecho hombre. De un modo en el Antiguo Testamento, se va abajando, y de un nuevo modo que trae Jesús.

Es evidente que en ambas anunciaciones, en la de San Juan Bautista y en la de Jesús, hay un ángel. Pero, en una, la aparición se da en Judea, en la ciudad más importante: Jerusalén; y no en cualquier lugar, sino en el templo y, dentro de él, en el Santo de los Santos; el ángel se dirige a un varón, y sacerdote. Por el contrario, el anuncio de la Encarnación es en Galilea, la más alejada y conflictiva de las regiones, en una pequeña aldea, Nazaret, en una casa y no en una sinagoga o lugar religioso, y se hace a una laica, y mujer. ¿Qué ha cambiado? Todo. ¡Cambió todo! Y, en ese cambio, está nuestra identidad más profunda.

Vosotros preguntabais qué hacer con la crisis de identidad sacerdotal, cómo luchar contra ella. A propósito, lo que voy a decir relativo a los sacerdotes es algo que todos —obispos, catequistas, consagrados, seminaristas— estamos llamados a cultivar y desarrollar.

Frente a la crisis de identidad sacerdotal, quizás tenemos que salir de los lugares importantes, solemnes; tenemos que volver a los lugares donde fuimos llamados, donde era evidente que la iniciativa y el poder eran de Dios. Ninguno de nosotros fue llamado a un lugar importante. Ninguno.

A veces sin querer, sin culpa moral, nos habituamos a identificar nuestro quehacer cotidiano como sacerdotes con ciertos ritos, con reuniones y coloquios donde el lugar que ocupamos en la reunión, en la mesa o en el aula es de jerarquía; nos parecemos más a Zacarías que a María. «Creo que no exageramos si decimos que el sacerdote es una persona muy pequeña: la inconmensurable grandeza del don que nos es dado para el ministerio nos relega entre los más pequeños de los hombres.

El sacerdote es el más pobre de los hombres –sí, el sacerdote es el más pobre de los hombres– si Jesús no lo enriquece con su pobreza, el más inútil siervo si Jesús no lo llama amigo, el más necio de los hombres si Jesús no lo instruye pacientemente como a Pedro, el más indefenso de los cristianos si el Buen Pastor no lo fortalece en medio del rebaño.

Nadie más pequeño que un sacerdote dejado a sus propias fuerzas; por eso nuestra oración protectora contra toda insidia del Maligno es la oración de nuestra Madre: soy sacerdote porque Él miró con bondad mi pequeñez (cf. Lc 1,48)» (Homilía en la Misa Crismal, 17 de abril de 2014).

Volver a Nazaret puede ser el camino para afrontar la crisis de identidad. Jesús llama, después de la resurrección, a regresar a Galilea para encontrarlos. Volver a Nazareth, a la primera llamada. Volver a Galilea para resolver la crisis de identidad. Volver a Nazaret para renovarnos como pastores-discípulos-misioneros.

Vosotros mismos expresabais cierta exageración en la preocupación por generar recursos para el bienestar personal, por “caminos tortuosos” que muchas veces terminan privilegiando actividades con una retribución garantizada y generan resistencias a entregar la vida en el pastoreo cotidiano.

La imagen de esta sencilla doncella en su casa, en contraste con toda la estructura del templo y de Jerusalén, puede ser el espejo donde miremos nuestras complicaciones y afanes, que oscurecen y dilatan la generosidad de nuestro “sí”.

Las dudas y la necesidad de explicaciones de Zacarías desentonan con el “sí” de María que sólo requiere saber cómo se va a dar todo lo que le suceda. Zacarías no puede superar el afán de controlarlo todo, no puede salir de la lógica de ser y sentirse el responsable y autor de lo que suceda. María no duda, no se mira a sí misma: se entrega, confía. Es agotador vivir el vínculo con Dios como Zacarías, como un doctor de la ley: siempre cumpliendo, siempre creyendo que la paga es proporcional al esfuerzo que haga, que es mérito mío si Dios me bendice, que la Iglesia tiene el deber de reconocer mis virtudes y esfuerzos.

No podemos correr tras aquello que redunde en beneficios personales; nuestros cansancios deben estar más vinculados a «nuestra capacidad de compasión (¿tengo capacidad de compasión?), son tareas en las que nuestro corazón es “movido” y conmovido. Hermanos y hermanas: la Iglesia pide capacidad de compasión.

Nos alegramos con los novios que se casan, reímos con el bebé que traen a bautizar; acompañamos a los jóvenes que se preparan para el matrimonio y a las familias; nos apenamos con el que recibe la unción en la cama del hospital, lloramos con los que entierran a un ser querido» (Homilía Misa en la Misa Crismal, 2 abril 2015).

Entregamos minutos y días en pos de esa madre con SIDA, ese pequeño que quedó huérfano, esa abuela a cargo de tantos nietos o ese joven que ha venido a la ciudad y está desesperado porque no encuentra trabajo. «Tantas emociones... Si tenemos el corazón abierto, esta emoción y tanto afecto fatigan el corazón del Pastor.

Para nosotros, sacerdotes, las historias de nuestra gente no son un noticiero: nosotros conocemos a nuestro pueblo, podemos adivinar lo que les está pasando en su corazón; y el nuestro, al compadecernos (al padecer con ellos), se nos va deshilachando, se nos parte en mil pedacitos, se conmueve y hasta parece comido por la gente: “Tomad, comed”. Esa es la palabra que musita constantemente el sacerdote de Jesús cuando va atendiendo a su pueblo fiel: “Tomad y comed, tomad y bebed...”.

Y así nuestra vida sacerdotal se va entregando en el servicio, en la cercanía al pueblo fiel de Dios... que siempre, siempre cansa» (ibíd.). Hermanos y hermanas: la proximidad cansa. Siempre cansa. La proximidad al santo pueblo de Dios. La proximidad cansa. Es bello encontrar sacerdotes, una hermana, un catequista que se cansa con la proximidad.

Renovar el llamado muchas veces pasa por revisar si nuestros cansancios y afanes tienen que ver con cierta “mundanidad espiritual”, «por la fascinación de mil propuestas de consumo que no nos podemos quitar de encima para caminar, libres, por los senderos que nos llevan al amor de nuestros hermanos, a los rebaños del Señor, a las ovejitas que esperan la voz de sus pastores» (Homilía en la Misa Crismal, 24 marzo 2016); renovar el llamado pasa por elegir, decir sí y cansarnos por aquello que es fecundo a los ojos de Dios, que hace presente, encarna, a su Hijo Jesús. Que en este sano cansancio encontremos la fuente de nuestra identidad y felicidad. La proximidad cansa. Este cansancio es la santidad.

Que nuestros jóvenes descubran eso en nosotros, que nos dejamos “tomar y comer”, y que sea eso lo que los lleva a preguntarse por el seguimiento de Jesús, que deslumbrados por la alegría de una entrega cotidiana no impuesta sino madurada y elegida en el silencio y la oración, ellos quieran dar su “sí”.

Tú, que te lo preguntas o ya estás en camino de una consagración definitiva, has descubierto «que la ansiedad y la velocidad de tantos estímulos que nos bombardean hacen que no quede lugar para ese silencio interior donde se percibe la mirada de Jesús y se escucha su llamado. Mientras tanto, te llegarán muchas propuestas maquilladas, que parecen bellas e intensas, aunque con el tiempo solamente te dejarán vacío, cansado y solo.

No dejes que eso te ocurra, porque el torbellino de este mundo te lleva a una carrera sin sentido, sin orientación, sin objetivos claros, y así se malograrán muchos de tus esfuerzos. Más bien busca esos espacios de calma y de silencio que te permitan reflexionar, orar, mirar mejor el mundo que te rodea, y entonces sí, con Jesús, podrás reconocer cuál es tu vocación en esta tierra» (Exhort. ap. Christus vivit, 277).

Este juego de contrastes que plantea el evangelista Lucas, culmina en el encuentro de las dos mujeres: Isabel y María. La Virgen visita a su prima mayor y todo es fiesta, baile y alabanza. Hay una parte de Israel que ha entendido el cambio profundo, vertiginoso del proyecto de Dios: por eso acepta ser visitada, por eso el niño salta en el vientre. En una sociedad patriarcal, por un instante, el mundo de los hombres se retira, enmudece como Zacarías.

Hoy también nos ha hablado una catequista, una mujer mozambiqueña que nos ha recordado que nada les hará perder su entusiasmo por evangelizar, por cumplir con su compromiso bautismal. Vuestra vocación es evangelizar. La vocación de la Iglesia es evangelizar. La identidad de la Iglesia es evangelizar. No hacer proselitismo. El proselitismo no es evangelización. El proselitismo no es cristiano. Nuestra vocación es evangelizar. La identidad de la Iglesia es evangelizar.

En ella están todos los que salen al encuentro de sus hermanos: los que visitan como María, los que al dejarse visitar aceptan gustosos que el otro los transforme al regalarle su cultura, sus modos de vivir la fe y de expresarla.

La inquietud que expresas nos devela que la inculturación siempre será un desafío, como este “viaje” entre estas dos mujeres que quedarán mutuamente transformadas por el encuentro, el diálogo y el servicio. «Las Iglesias particulares deben fomentar activamente formas, al menos incipientes, de inculturación.

Lo que debe procurarse, en definitiva, es que la predicación del Evangelio, expresada con categorías propias de la cultura donde es anunciado, provoque una nueva síntesis con esa cultura. Aunque estos procesos son siempre lentos, a veces el miedo nos paraliza demasiado. Si dejamos que las dudas y temores sofoquen toda audacia, es posible que, en lugar de ser creativos, simplemente nos quedemos cómodos y no provoquemos avance alguno y, en ese caso, no seremos partícipes de procesos históricos con nuestra cooperación, sino simplemente espectadores de un estancamiento infecundo de la Iglesia» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 129).

La “distancia” entre Nazaret y Jerusalén se acorta, se hace inexistente por ese “sí” de María. Porque las distancias, los regionalismos y particularismos, el estar constantemente construyendo muros atentan contra la dinámica de la encarnación, que ha derribado el muro que nos separaba (cf. Ef 2,14). Vosotros que habéis sido testigos —al menos los mayores— de divisiones y rencores que terminaron en guerras, tenéis que estar siempre dispuestos a “visitaros”, a acortar las distancias. La Iglesia de Mozambique está invitada a ser la Iglesia de la Visitación.

No puede ser parte del problema de las competencias, menosprecios y divisiones de unos con otros, sino puerta de solución, espacio donde sea posible el respeto, el intercambio y el diálogo. La pregunta formulada sobre qué hacer ante un matrimonio interreligioso nos desafía en esta tendencia asentada que tenemos a la fragmentación, a separar en vez de unir. Como también lo es el vínculo entre nacionalidades, entre razas, entre los del norte y los del sur, entre comunidades, sacerdotes y obispos.

Es el desafío porque, hasta desarrollar «una cultura del encuentro en una pluriforme armonía», se requiere «un proceso constante en el cual cada nueva generación se ve involucrada. Es un trabajo lento y arduo que exige querer integrarse y aprender a hacerlo». Es el requisito necesario para la «construcción de un pueblo en paz, justicia y fraternidad», para «el desarrollo de la convivencia social y la construcción de un pueblo donde las diferencias se armonicen en un proyecto común» (ibíd., 220-221).

Así como María fue a la casa de Isabel, como Iglesia tenemos que aprender el camino frente a nuevas problemáticas, buscando no quedar paralizados por una lógica que enfrenta, divide, condena. Poneos en camino y buscad una respuesta a estos desafíos pidiendo la asistencia segura del Espíritu Santo. Él es el Maestro para mostrar los nuevos caminos a transitar.

Reavivemos entonces nuestro llamado vocacional, hagámoslo bajo este magnífico templo dedicado a María, y que nuestro “sí” comprometido proclame las grandezas del Señor, alegre el espíritu de nuestro pueblo en Dios, nuestro Salvador (cf. Lc 1,46-47). Y llene de esperanza, paz y reconciliación a vuestro país, a nuestro querido Mozambique.

Os pido que, por favor, recéis y hagáis rezar por mí. Que el Señor os bendiga y la Virgen Santa os cuide.

Gracias».

lunes, 10 de junio de 2019

«Volvemos al tiempo ordinario de la mano de María»... Un pequeño pensamiento para hoy


Desde el año pasado, el Papa Francisco dispuso que el lunes después de la Fiesta de Pentecostés, la Iglesia dirija su mirada hacia la Virgen María y celebre la memoria obligatoria de «La Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia», recordando que, desde el año de 1964, y concedió su celebración en distintas diócesis escogidas, aparte de celebrar Misas votivas en su nombre en el Vaticano desde 1975. San Juan Pablo II determinó que esta advocación mariana se incluyera en las Letanías Lauretanas en el año de 1980. El Papa Francisco, considerando la importancia del misterio de la maternidad espiritual de María, que desde la espera del Espíritu en Pentecostés (cf. Hch 1,14) no ha dejado jamás de cuidar maternalmente de la Iglesia que peregrina en el tiempo, ha establecido que, el lunes después de Pentecostés, la memoria de María Madre de la Iglesia sea obligatoria para toda la Iglesia de Rito Romano. Es evidente el nexo entre la vitalidad de la Iglesia de Pentecostés y la solicitud materna de María hacia ella. Así, de la mano de María, regresamos, luego de haber concluido el tiempo litúrgico de la Pascua, al tiempo Ordinario, el tiempo más antiguo de la organización del año cristiano que ocupa la mayor parte del mismo: 33 ó 34 semanas, de las 52 que hay. En este tiempo litúrgico los discípulos–misioneros buscamos crecer y madurar nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor, y sobre todo, cumplir con gozo la Voluntad Santísima de Dios como lo hizo María. 

La liturgia del día de hoy, nos propone el salmo 33 [34] como salmo responsorial, con esa invitación que el salmista nos hace: «Haz la prueba y verás que bueno es el Señor» —uno de los versículos más populares de los salmos—. Esta mañana leo y vuelvo a leer el salmo para orar desde el corazón materno de María. La inocencia, la sencillez y el entusiasmo de la Virgen Madre, desde esta perspectiva del salmo, me lleva a descubrir la bondad del Señor no solo en su Palabra, sino también en la oración, en los sacramentos, en el prójimo, en la entrega de cada día. El autor del salmo no desea atraer la atención hacia su persona, sino que desea orientarse él mismo hacia la bondad del Señor y guiar así a otras personas a encontrarse con esa bondad misericordiosa del Señor. ¿No hace eso la Virgen Madre? ¿No busca siempre ella llevarnos al encuentro con la bondad de su Hijo Jesús? Aunque la gente se gloríe en este mundo en sus riquezas materiales (Sal 49,7), en sus ídolos de moda (Sal 97,7), en su sabiduría del mundo (Prov 20,14) o en su poder humano (Jer 9,23), el hombre y la mujer de fe que se saben miembros de la Iglesia y como tales, constructores de un mundo mejor, a imitación del salmista y de la Virgen Madre de la Iglesia, se glorían no en ellos mismos, sino en el Señor y en su bondad: «Haz la prueba y verás que bueno es el Señor. Dichoso el hombre que se refugia en él». 

Estos últimos días, con todo lo que ha acontecido a mi alrededor, he podido palpar, mucho más de cerca, que no resulta fácil la vida. Tenemos nuestras luchas particulares y experimentamos de diversas maneras el sufrimiento. En la vida nos toca experimentar consuelos y penas, pobreza y abundancia, éxitos y fracasos. El salmista viene hoy a decirme que tanto cuando nos toca sufrir, como en los momentos de alegría, nos damos cuenta de la bondad del Señor que no nos deja nunca solos y encima de todo, nos deja a su Madre como modelo y guía para confiar en esa bondad y misericordia infinitas que no tienen precio y que han de tocar los corazones de todos los habitantes de la tierra para llenarlos de felicidad. Eso es lo que Jesús quiere decirnos hoy también en las bienaventuranzas (Mt 5,1-12). El bienaventurado es el que logra, como María, descubrir la bondad del Señor y así ser feliz. El bienaventurado no se apoya en sí mismo, sino en la bondad de Dios. A los que quieran seguir este camino, Jesús les promete el Reino, y ser hijos de Dios, y poseer la tierra. Podríamos rezar hoy, serenamente, como oración personal, el hermoso salmo 33 [34] repitiendo, como antífona después de cada estrofa, igual que en la Misa de hoy: «Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor y leer luego las bienaventuranzas desde esta perspectiva. ¡Bendecido lunes en esta memoria de «La Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia»! 

Padre Alfredo.

martes, 9 de abril de 2019

«ALEGRARSE EN EL SEÑOR»... Tema para retiro


Esta es la segunda conferencia de una serie de tres:
(Haz click al tema que quieras ser direccionado)

1. UNA IGLESIA UNIDA Y DE PUERTAS ABIERTAS AL SERVICIO DEL PUEBLO DE DIOS.
2. ALEGRARSE EN EL SEÑOR.
3. EL SERVICIO COMO FUENTE DE SANTIFICACIÓN.

«ALEGRARSE EN EL SEÑOR»

Empiezo la reflexión con una frase muy corta de una de las cartas de San Pablo: «Alégrense siempre en el Señor; se los repito alégrense» (Flp 4,4). Con estas palabras el Apóstol de las Gentes exhorta a los cristianos de Filipo para recordarles que son «ciudadanos del cielo» (3, 20). Lo curioso de esta exhortativa frase, tan corta y tan profunda, es que Pablo habla de alegría mientras él se encuentra entre cadenas, y los destinatarios de su carta tienen adversarios, padecen y sostienen el mismo combate que él (cfr. Flp 1,28-30). Para nosotros, que somos, como san Pablo, discípulos–misioneros de Cristo, la alegría no es el resultado de una vida fácil y sin dificultades, o algo sujeto a los cambios de circunstancias o estado de ánimo, sino una profunda y constante actitud que nace de la fe en Cristo: «nosotros hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene» (1Jn 4,16). El mensaje cristiano que se nos ha transmitido tiene como finalidad entrar en comunión con Dios «para que nuestra alegría sea completa» (1Jn 1,4).

El tema de la alegría recorre las páginas del Antiguo y del Nuevo Testamento. «Los libros del Antiguo Testamento —afirma el Papa Francisco— habían preanunciado la alegría de la salvación, que se volvería desbordante en los tiempos mesiánicos» (EG, 4). El libro del Eclesiástico afirma: «No dejes que la tristeza se apodere de tu alma, ni te aflijas a ti mismo con tus pensamientos». Así, nos queda claro que la alegría del corazón es la vida del hombre, y un tesoro inexhausto de santidad; el regocijo alarga la vida del hombre. «Apiádate de tu alma, agrada a Dios y sé continente; fija tu corazón en la santidad del Señor, y arroja lejos de ti la tristeza, porque a muchos ha matado, y para nada es buena» (Eclo 30, 22-25). «Los santos, mientras vivían en este mundo, estaban siempre alegres, como si siempre estuvieran celebrando la Pascua» decía San Atanasio (Carta 14). «Los seguidores de Cristo —escribe san Juan Crisóstomo— viven contentos y alegres y se glorían de su pobreza más que los reyes de su diadema (Hom. sobre S. Mateo, 38). Con razón la beata María Inés Teresa solía decir: «Un santo triste es un triste santo».

Un tema mencionado con frecuencia, pero pocas veces tratado en profundidad es el de la alegría cristiana. Es, sin embargo, más importante de cuanto parece. El mundo en el que vivimos tiene hambre y sed de alegría, la busca por aquí y por allá, sin saber que la lleva dentro por el amor misericordioso de Dios que la ha sembrado en el corazón. Dice santo Tomás de Aquino: «La felicidad es el último fin (del hombre), y este lo desea naturalmente» (SCG III, 48). Decir felicidad o beatitud o alegría o gozo, son términos equivalentes. La alegría es el signo de la plenitud de la fe (Rm 15,13; 2 Cor 1,24). Ignacio Larrañaga, en su libro titulado «Del sufrimiento a la paz» dice: «Hay una planta que debes cultivar diariamente con especial cuidado y mimo: la alegría. Cuando esta planta inunde tu casa con su fragancia, todos tus hermanos, y hasta los peces del río, saltarán de alegría».

La Cuaresma, entre los tiempos litúrgicos —aunque cualquier tiempo es bueno— es camino de conversión y, por ello, es también camino de alegría, de apertura a la gracia que brota de la Cruz y, como nos recuerda San Pablo, de participación en la muerte y en la resurrección de Cristo: «Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo —por pura gracia están salvados— nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo con él» (Ef 2,4-6). En la carta a los Efesios, San Pablo, insiste en esta gratuidad de la salvación: «están salvados por su gracia y mediante la fe. Y no se debe a ustedes, sino que es un don de Dios» (Ef 2,8). «Sus pequeñas cruces de hoy —decía san Juan Pablo II— pueden ser sólo una señal de mayores dificultades futuras. Pero la presencia de Jesús con nosotros cada día hasta el fin del mundo (Mt 28, 20) es la garantía más entusiasta y, al mismo tiempo, más realista de que no estamos solos, sino que Alguien camina con nosotros como aquel día con los dos entristecidos discípulos de Emaús (cfr. Lc 24, 13 ss)» (Juan Pablo II, Disc. 1-III-1980).

De la gratitud por el amor de Dios que nos ha dado a Jesucristo que murió para nuestra salvación y resucitó llenando de alegría nuestros corazones y por el reconocimiento de la salvación brota lo que llamamos «la alegría cristiana». Los creyentes sabemos que apenas podríamos alegrarnos si sólo contásemos con nuestras fuerzas, con nuestros medios. A pesar de los progresos en diversos campos de la actividad humana en este mundo globalizado, subiste la limitación a la hora de sanar las graves heridas que nos aquejan: el peso del egoísmo, la sombra de la muerte que se proyecta sobre nuestras vidas, la imposibilidad de hacer justicia a tantas víctimas. Necesitamos a Dios porque necesitamos ser salvados en la alegría.

La parroquia es un tema central en una Exhortación Apostólica del Papa Francisco que todos debemos o deberíamos conocer: «Evangelii Gaudium» la exhortación del Papa sobre la alegría del Evangelio. Nos reunimos constantemente como comunidad parroquial, como familia en la fe, una pequeña célula de la Iglesia universal que quiere ser trasformada en su raíz para volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio que es siempre joven y que siempre nos llena de alegría. 

El Papa Francisco en esta Exhortación nos dice: «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría. En esta Exhortación quiero dirigirme a los fieles cristianos para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora marcada por esa alegría, e indicar caminos para la marcha de la Iglesia en los próximos años» (EG 1), evitando que una Iglesia cerrada se conviertan «en una detenida estructura separada de la gente o en un grupo de selectos que se miran a sí mismos» (cf. EG 28).

En esta pequeña célula que es la comunidad parroquial se hace presente la Iglesia universal. Porque aquí en donde a diario se celebra la Eucaristía, aquí somos conscientes que queremos estar en comunión con todas las personas que nos unen en una misma fe y en un mismo bautismo. Pero queda siempre la insatisfacción de que aún no hemos logrado que nuestra parroquia sea comunidad de comunidades. Damos más bien muchos la impresión de que en ella se gestiona una parroquia que es una agencia de servicios religiosos aislados. Mucha gente cuyos rostros no nos son conocidos llegan y solicitan servicios sin siquiera saber lo más mínimo de la vida eclesial y a veces hasta de mal humor porque no se les atienden caprichos que la Iglesia no puede realizar.

En la sociedad actual, caracterizada por la desconfianza y la incredulidad, mostrar la alegría del Evangelio es una tarea difícil y complicada. Necesitamos crear comunidades que sean lugares de encuentro con el Dios de Jesucristo. La parroquia se debe cuestionar si de verdad es misionera, servidora de los más pobres, de los que están lejos, de los más necesitados, una comunidad que vive la unidad en la pluralidad de carismas y, sobre todo, que festeja, llena de alegría en sus celebraciones, aquello que piensa y vive.

«La alegría cristiana —decía San Juan Pablo II— es una realidad que no se describe fácilmente, porque es espiritual y también forma parte del misterio. Quien verdaderamente cree que Jesús es el Verbo Encarnado, el Redentor del Hombre, no puede menos de experimentar en lo íntimo un sentido de alegría inmensa, que es consuelo, paz, abandono, resignación, gozo... ¡No apaguen esta alegría que na-ce de la fe en Cristo crucificado y resucitado! ¡Testimonien su alegría! ¡Habitúense a gozar de esta alegría!» (JUAN PABLO II, Aloc. 24-III-1979).

La comunidad parroquial debe vivir en la alegría, debe volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio (EG 11). Esto es lo que hará que en toda parroquia reine la alegría de las familias que la integran y sea una comunidad más creíble que vive la alegría cristiana «en contacto con los hogares y con la vida del pueblo», evitando que se convierta, como ya he dicho citando al Papa Francisco, «en una escrupulosa estructura separada de la gente o en un grupo de selectos que se miran a sí mismos» (EG 28). El Papa Francisco quiere una Iglesia misionera en actitud de partida, que salga no solo a las periferias de las ciudades, sino también a las periferias de la existencia humana (cf. EG 20-27, 31, 78-86). Y esas periferias, ustedes bien saben, aquí las tenemos, porque a nuestro alrededor hay gente triste, gente a la que le falta esa alegría que el Señor, en su infinita bondad, a nosotros nos ha regalado. 

A una Iglesia que se limita a administrar el trabajo parroquial y que vive encerrada en su comunidad, en esa que ya tiene asegurada, le pasa lo mismo que a una persona encerrada: se atrofia física y mentalmente. O se deteriora como un cuarto encerrado, donde se expande el moho y la humedad. A una Iglesia autorreferencial le sucede lo mismo que a una persona autorreferencial: deviene paranoica y maniática. Es cierto que si uno sale a la calle queriendo llevar la alegría de los hijos de Dios, le puede pasar lo que a cualquier hijo de vecino: ¡accidentarse! Pero, a ese respecto, el Papa Francisco afirma: «Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos. Más que el temor a equivocarse, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras fuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: ¡Denles ustedes de comer! (Mc 6, 37)» (EG 49).

Me brota ahora el pensar que algunos se preguntarán: ¿en qué consiste la verdadera alegría en la Iglesia? ¿De qué clase de alegría hablamos cuando tocamos este tema en nuestras comunidades? La respuesta es sencilla: la alegría que una familia y una comunidad debe vivir, está en la autenticidad de vida, en ser lo que se es. Esta es la clave. No radica en aparentar, ni en tener cada vez más posesiones, ni mucho menos en estar riéndose superficialmente todo el santo día a carcajada batiente.

Para una esposa y madre, la alegría estará en entregarse por completo al esposo y a sus hijos. Para un esposo y padre, la alegría radicará en la buena educación de los hijos, y qué satisfacción da a un padre de familia ver a sus hijos, ya grandes, bien formados. Para el hijo, la alegría debe consistir en obedecer a los propios padres, que representan el querer de Dios, y en ser caritativos con los que le rodean. Y para el cristiano, que por definición es el seguidor de Cristo, la alegría consiste en la coherencia de vida, en ser, por lo tanto, fiel discípulo de Cristo siendo como es. Esta es la fuente de la verdadera alegría. Así pues, para el auténtico seguidor de Cristo, la verdadera alegría se encontrará en buscar agradar en todo a su Señor, en hacerlo feliz con cada una de sus acciones. El cristiano, el seguidor de Cristo, será verdaderamente feliz cuando consciente y animosamente lo siga y haga que otros le sigan. Cuando olvidándose de sí mismo y de sus gustos personales, se entregue a los demás para ayudarlos en sus necesidades y com-partir así la alegría que lleva dentro, que nada ni nadie le podrá quitar. Dice la beata María Inés: «Debemos hacer que quienes nos rodean gocen también de la inmensa alegría de ser hijos de Dios.» (Carta Circular del 14 de abril sin año. ff.5674-5677).

Cuando se vive la genuina alegría, esta produce una satisfacción interior. ¿Quién no ha experimentado esa paz interior que se produce cuando se es fiel al deber, cuando se llevan las responsabilidades al día, cuando se hace algo por los demás o cuando se tiene una conciencia tranquila? Cuánta alegría posee el que tiene una sola cara. El Papa Francisco nos dice que «la alegría cristiana es un don y no simple diversión pasajera» y también dice que «un cristiano sin alegría no es cristiano. Un cristiano que continuamente vive en la tristeza, no es cristiano. Y a un cristiano que en el momento de las pruebas, de las enfermedades o de tantas dificultades, pierde la paz, le falta algo» (Homilía de mayo 15 de 2015). «La alegría cristiana —ha dicho el Papa en otra ocasión—, es la trascendencia del cristiano, un cristiano que no es alegre en su corazón no es un buen cristiano. Es la trascendencia, el modo de expresarse del cristiano, la alegría. No es una cosa que se compra o que yo hago con mi esfuerzo, no. Es un fruto del Espíritu Santo. Y el que provoca la alegría en el corazón es el Espíritu Santo» (Homilía del 28 de mayo de 2018).

Cada vez que como comunidad parroquial nos congregamos para celebrar la Eucaristía, principalmente el domingo, el Día del Señor, escuchamos y reflexionamos los Evangelios que nos narran muchos encuentros con Cristo que son fuente de alegría. Menciono ahora solamente algunos: El relato de Juan Bautista que saltó de gozo en el seno de santa Isabel al sentir la presencia del Verbo Encarnado (cfr. Lc 1, 45); el anuncio a los pastores que les deja «una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy les ha nacido en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor» (Lc 2, 11); la felicidad de los Magos, al volver a ver la estrella que les conducía al Rey de los Judíos, «se llenaron de inmensa alegría» (Mt 2, 10); la alegría de paralíticos, ciegos, leprosos y todo tipo de enfermos que fueron curados por Jesús; la alegría de la viuda de Naín al ver resucitado a su hijo (cfr. Lc 7, 14-16); la alegría de Zaqueo, que se desborda en un banquete y en una profunda conversión (cfr. Lc 19, 8); la alegría del Buen Ladrón, en medio de su atroz dolor físico en la Cruz, al saber que ese mismo día estaría con Jesús en su Reino (cfr. Lc 23, 42-43); la alegría, en fin, de María Magdalena, los discípulos de Emaús y los Apóstoles ante Jesús Resucitado. 

En un mundo tan carcomido por la tristeza, que fundamenta su felicidad en las cosas materiales y triviales, los cristianos estamos necesitados de ver caras alegres a nuestro alrededor y para eso hemos de manifestar nuestra alegría de vivir por Cristo, con él y en él, como decimos en cada Eucaristía. Por eso vale la pena esforzarse por vivir el consejo de san Pablo con el que empecé esta conferencia: «Alégrense siempre en el Señor; se los repito alégrense» (Flp 4,4). Vivir siempre alegres para hacer felices a los demás. Y como dice el Papa Francisco en Evangelii Gaudium: «No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque “nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor”» (E.G. 3) San Pablo VI ya lo había dicho en su Exhortación Apostólica «Gaudete in Domino» el 9 de mayo de 1975.

El Papa Francisco hace notar en este documento de Evangelii Gaudium que la acción evangelizadora de una comunidad parroquial es inseparable de la alegría cristiana, aún en medio de todas las dificultades que puede afrontar el evangelizador. Por ello, dice el Papa, no es comprensible la actitud de cristianos con caras tristes, «…cristianos cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pascua» (EG,6). ¿Cómo puede ser creíble nuestra predicación si los oyentes no perciben en nosotros la alegría que experimentamos por haber sido salvados? Estamos llamados a testimoniar nuestra alegría, aún en medio de las adversidades. «Un evangelizador no debería tener permanentemente cara de funeral» dice Francisco (EG,10). El Santo Padre nos invita a recobrar y acrecentar nuestro fervor evangelizador viviendo con alegría nuestra misión; citando a san Pablo VI señala: «Ojalá el mundo actual —que busca a veces con angustia, a veces con esperanza— pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo [Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi, 80]» (EG, 10).

La alegría cristiana no supone, obviamente, que todo vaya siempre bien, que no haya problemas ni sufrimientos, soñándonos en un lecho de rosas. No se trata de un autoengaño. El seguimiento de Jesús no nos exonera de la cruz, y eso nos lo recuerda especialmente la Cuaresma. La alegría, que se nutre de la fe y esperanza cristiana, no conlleva a ignorar el sufrimiento, sino a superarlo venciendo la angustia y ansiedad con la oración, el ayuno y limosna. En ese sentido, el Papa señala en Evangelii Gaudium: «Comprendo a las personas que tienden a la tristeza por las graves dificultades que tienen que sufrir, pero poco a poco hay que permitir que la alegría de la fe comience a despertarse, como una secreta pero firme confianza» (EG, 6). La tristeza persistente, si no es consecuencia de un desorden psicosomático, puede constituirse en un pecado contra la fe y la esperanza cristianas, porque la razón de nuestra alegría es, obviamente Cristo; la fortaleza para mantenernos firmes sólo nos puede venir del Señor, quien camina a nuestro lado. La alegría es, finalmente, fruto de la acción del Espíritu Santo en nosotros; Dios es la fuente de nuestra alegría. El apóstol San Pablo, en la Carta a los Filipenses —conocida precisamente como la «Carta de la alegría»—, nos exhorta diciéndonos lo que ya he repetido: «Estén siempre alegres…» (Flp 4, 4). Se trata de vivir alegres manteniendo la paz interior sin inquietarnos por nada, se trata de dejar de lado la ansiedad, la misma que nos roba la paz, la tranquilidad, y que nos genera estrés. No debemos olvidar que el Señor es nuestra fortaleza y refugio seguro, si estamos con Él nada debemos temer. Debemos hacer nuestras estas otras palabras de Pablo: «Todo lo puedo en Aquél que me conforta» (Flp 4, 13).

El discípulo–misionero debe ser plenamente consciente que el éxito de su paso por este mundo no depende tanto de sus capacidades personales o de los recursos y medios materiales, sino de la acción del Espíritu Santo. Es esa certeza la que le permite comprometerse decididamente en la acción evangelizadora, dejando de lado toda actitud derrotista, la angustia y ansiedad por los resultados inmediatos o a corto plazo. «Una de las tentaciones más serias que ahogan el fervor y la audacia del discípulo–misionero —afirma el Papa Francisco— es la conciencia de derrota que nos convierte en pesimistas quejosos y desencantados con cara de vinagre. Nadie puede emprender una lucha si de antemano no confía plenamente en el triunfo» (EG, 85). 

La nueva evangelización está llena de desafíos, obstáculos y dificultades; pero, como dice el Papa Francisco: «Los desafíos están para superarlos. Seamos realistas, pero sin perder la alegría, la audacia y la entrega esperanzada. ¡No nos dejemos robar la fuerza misionera!» (EG, 119). Con la reflexión de esta noche, quiero alentar a todos a «una etapa evangelizadora más fervorosa, alegre, generosa, audaz, llena de amor hasta el fin» sin que dejen morir su parroquia; pero soy consciente de que, como dice el Papa Francisco: «ninguna motivación será suficiente si no arde en los corazones el fuego del Espíritu» (EG, 261).

Abran sus corazones y su mente al Espíritu, escuchen la Palabra de Dios y déjense interpelar como María la Madre de nuestro Redentor. El mismo Señor nos lo dijo: «dichosos ustedes, porque sus ojos ven y sus oídos oyen» (Mt 13,16). Hay que pedir una mirada amplia para ver «la mano de Dios» en tantos acontecimientos que nos suceden y tener todos los sentidos puestos en lo único fundamental: «vivir siempre alegres». Vamos de camino hacia la vivencia plena de la alegría pascual cristiana, que tiene mucho de paradójico, porque no será algo que se da según los cánones del mundo, porque no depende del estado de ánimo, ni de salud, ni por la posesión de cosa alguna, sino que es consecuencia de la fe, la esperanza y el amor en Cristo Muerto y Resucitado «en quien nos movemos, somos y existimos» (Hch 17,28).

En las letanías lauretanas invocamos a María como «causa de nuestra alegría», cuestión que me gusta mucho recordar y expresión que me han escuchado muchas veces al orar juntos. Si María puede ser la «causa de nuestra la alegría» es porque Ella misma no cabía en sí de felicidad. Rebosaba alegría y la contagiaba por doquier. Estoy seguro de que en el rostro de la santísima Virgen María era habitual ver dibujada una de esas sonrisas perennes. Imaginarla sonriendo es palpar la satisfacción y el gozo de que rebosaba su alma. ¡Qué sonrisa luciría la Virgen! Sonrisa delicada y amable en su trato con el prójimo, con los cercanos y lejanos, con los simpáticos y antipáticos; con todos. Sonrisa agradecida para con los pastores de Belén, los Magos de Oriente, y todo el que le hizo algún bien por pequeño e insignificante que haya sido. Sonrisa comprensiva y misericordiosa ante aquel buen posadero que no pudo ofrecerles un lugar apropiado en su posada; y también ante las incomprensiones, las calumnias y molestias recibidas de tantos otros. Sonrisa admirativa ante las maravillas incompresibles que Dios obró en su vida y que rodearon la de su Hijo. Sonrisa indulgente, sonrisa curativa de las angustias, sonrisa generosa... sonrisa pícara y confiada al decirles en Caná a los criados: «hagan lo que Él les diga...», sonrisa festiva entre lágrimas de alegría, aquella mañana espléndida del domingo de resurrección. Sigamos caminando con ella hacia la Pascua como una comunidad unida que vive en la alegría. 

Terminemos con una sencilla oración:

Danos, Señor, el don de la alegría que canta sin reservas la belleza del mundo, la grandeza del hombre, la bondad de nuestro Dios.

Danos, Señor, el don de la alegría, que nos haga siempre jóvenes aunque los años pasen; la alegría que llena de luz el corazón.

Danos, Señor, el don de la alegría, que colma de sonrisas, de abrazos y de besos, el encuentro de amigos, la vida y el amor.

Danos, Señor, el don de la alegría que nos una contigo, el Dios siempre presente, en quien todo converge y en quien todo se inspira.

Danos, Señor, el don de la alegría, que alienta el corazón y nos muestra un futuro lleno de bendiciones, a pesar del dolor. Amén.

Padre Alfredo.

miércoles, 9 de enero de 2019

Un Iglesia sin fronteras...

Cuando el Verbo de Dios se hizo hombre y puso su morada entre nosotros (cf. Jn 1,1ss), realizó una serie de cosas con un carácter de «signo salvador». Milagros, curaciones, exorcismos, sanaciones, instrucciones, oraciones, etc., pero sobre todo lo que hizo, hay algo que destaca y permanece, que sigue creciendo y envolviendo al mundo: «La Iglesia».

Su obra salvadora, debía permanecer a través de los siglos y extenderse hasta los últimos rincones de la tierra. Cristo es el misionero por excelencia y por eso fundó la Iglesia, para mantenerse así a nuestro lado por siempre en un signo visible y sanador.

Esta Iglesia de Cristo, llamada a permanecer en la unidad, es la que subsiste en la Iglesia Católica, gobernada por el sucesor de san Pedro y por los demás obispos en comunión con él (cf. Lumen Gentium 7).

En la Iglesia hay distintas vocaciones, diferentes carismas, diversas tareas que desarrollar, pero hay una llamada común que se dirige a todos y guía el trabajo de todos: «La Iglesia es por naturaleza misionera y cada bautizado es, por lo tanto, un misionero». De esta manera podemos decir que la Iglesia está llamada a ser «católica», es decir «universal». Una Iglesia que abarque el mundo entero, que llegue a todos, una Iglesia llamada a ser «una Iglesia sin fronteras».

Conscientes de este llamado, todos los miembros de la Iglesia debemos de lanzarnos a la tarea evangelizadora, sea con el ejemplo, con la predicación, con la presencia de la misma Iglesia perseguida y llena del entusiasmo floreciente... ¡Una Iglesia así, sin fronteras, es tarea y conquista de todos! Somos parte de una Iglesia sin fronteras que nos invita a pensar y actuar, a vivir y comprometernos con nuestra vocación misionera poniendo en juego nuestra condición de discípulos–misioneros evangelizadores, creados por Dios para vivir así, sin fronteras, como una gran familia, la familia de los hijos de Dios.

La inmensa mayoría cristiana, y por lo mismo la inmensa mayoría de los habitantes de naciones católicas como México, son laicos, o sea «fieles cristianos —que no son sacerdotes ni religiosos— que por el bautismo forman parte del Pueblo de Dios y ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión que les corresponde como profetas, sacerdotes y reyes» (cf. C.L. 9).

Los laicos deben de impregnar el mundo del olor a Cristo, «viven en un continuo intercambio con los demás miembros de la humanidad dándole sentido a la fraternidad en el gozo de una igual dignidad buscando fructificar junto con los demás el inmenso tesoro recibido en herencia. A cada uno, el Espíritu del Señor les da múltiples carismas y los invita a tomar parte en diferentes ministerios y encargos» (cf. C.L. 20).

La misma condición de esta inmensa mayoría de los miembros de la Iglesia que son laicos —también llamados seglares—, los debe llevar a una constante preocupación por presentar el rostro de Cristo a una humanidad sumergida en situaciones complejas que reclaman el florecimiento de una nueva civilización del amor» (cf. C.L. 56). Pero tristemente esta inmensa mayoría piensa que su vida cristiana está completa con el solo hecho de cumplir con el precepto de la asistencia a la Misa Dominical y eso a veces, puesto que en las encuestas más recientes se revela que menos del 10 % de los católicos asisten a Misa los domingos.

Por mucho tiempo se pensó que los únicos que tenían el privilegio y el deber de mostrar el rostro de Cristo al mundo eran los sacerdotes y los religiosos; que solamente ellos eran capaces de ser misioneros. ¡Qué equivocación y qué comodidad!... Todo en manos de los padrecitos y las monjitas pensando que a ellos les toca, que son los que pueden estar preparados, que los seglares no tienen tiempo y miles de ideas más. «Los laicos están en primera línea de la vida de la Iglesia» nos recuerda el Papa Francisco constantemente.

Vivimos el tiempo en la Iglesia del lanzamiento de los seglares. Hay que vivir con un corazón «sin fronteras» dándose cuenta de que la Iglesia, sin la colaboración de la inmensa mayoría de sus miembros no puede vivir. Cada 5 minutos un católico de América Latina deja la Iglesia Católica para convertirse al protestantismo. ¿Nos vamos a quedar con los brazos cruzados?

Todos somos misioneros, hay mucho que hacer, no se puede dejar a un lado este deber. Vale la pena que cada uno dedique tiempo y energías a compartir la fe. San Pablo, el gran apóstol nos dice: «Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe: Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1 Cor 9,16).

En definitiva, somos misioneros, tenemos que salir más allá de las cuatro paredes de nuestra casa. María, la Estrella de la evangelización, la misionera que con su caridad sencilla y humilde fue a servir a Isabel, nos contempla y nos asiste, Ella nos reúne en la Iglesia en torno a su Hijo, esperanzados en el Adviento, gozosos en Navidad, iluminados en el Tiempo Ordinario, adoloridos en Cuaresma y llenos de gloria en la Pascua... ¡Hay mucho que hacer como misioneros sin fronteras!

Padre Alfredo.

Siglas:
L.G. Lumen Gentium, Vaticano II.
C.L. Christifideles Laici, Juan Pablo II.

sábado, 15 de diciembre de 2018

EL DIEZMO, QUÉ ES Y PARA QUÉ SIRVE...


¿QUÉ ES EL DIEZMO?

El diezmo (del angolsajón «teotha», que significa una décima), es una práctica de la antigüedad (tanto entre los babilonios, persas, griegos y romanos, como entre los hebreos). También es ley en la actualidad entre los musulmanes, judíos y muchos grupos cristianos.

Para los católicos el diezmo es la forma de colaborar con el plan de Dios en el establecimiento de su Reino de amor, de vida, de justicia y de paz al compartir los bienes recibidos de Dios para ayudar a la Iglesia en sus necesidades, en esfuerzos de evangelización y apoyo a la comunidad.

EL DIEZMO EN EL ANTIIGUO TESTAMENTO.

En la Biblia, el diezmo (décima parte) aparece en el Antiguo Testamento. Estaba reservado antes que nada para los miembros de la tribu de Leví (sacerdotes y levitas), que, por dedicarse al culto, habían quedado sin parcela al repartirse la tierra de Canaán (Núm 18,21-33; 2 Cro 31,5-19). Después, estaba destinado también para ayudar a los más necesitados, especialmente las viudas y los huérfanos: «El tercer año, el año del diezmo, cuando hayas acabado de apartar el diezmo de toda tu cosecha y se lo hayas dado al levita, al forastero, a la viuda y al huérfano, para que coman de ello en tus ciudades hasta saciarse» (Dt 26, 12-14).  

En su sentido literal, el diezmo era la décima parte de todos los frutos adquiridos, que se debe entregar a Dios como reconocimiento de su dominio supremo (Cf. Lv 27,30-33). El diezmo se le ofrecía a Dios pero se transfería a sus ministros (Cf. Núm 28,21). Siempre que se habla en la Escritura del diezmo se trataba de una entrega en especie, ya sea de fruta ó de animales. Así aparece ya en Génesis 14 cuando Abraham ofrece el diezmo al sacerdote Melquisedec. En Génesis 28, Jacob da el diezmo de todas sus posesiones al Señor.

En el Antiguo Testamento, toda una serie de medidas jurídicas (año jubilar, prohibición del préstamo a interés, retención de la prenda, obligación del diezmo, pago cotidiano del jornalero, derecho de rebusca después de la vendimia y la siega) corresponden a la exhortación del Deuteronomio: «Ciertamente nunca faltarán pobres en este país; por esto te doy yo este mandamiento: debes abrir tu mano a tu hermano, a aquél de los tuyos que es indigente y pobre en tu tierra» (Dt 15,11). Jesús hará suyas estas palabras en el Evangelio: «Porque a los pobres siempre los tendrán con ustedes; pero a mí no siempre me tendrán» (Jn 12, 8). Con esto, no hace caduca la vehemencia de los oráculos antiguos: «comprando por dinero a los débiles y al pobre por un par de sandalias...» (Am 8,6), sino que nos invita a reconocer su presencia en los pobres que son sus hermanos (Catecismo de la Iglesia Católica 2448-2449).

EL DIEZMO EN EL NUEVO TESTAMENTO.

En el Nuevo Testamento no se habla del diezmo como obligación. Cristo no rechaza el diezmo, pero enseña una referencia nueva: Dar ya no el 10% sino darse del todo por amor, sin tener en cuenta porcentajes ni costos. En ninguna de las cuatro veces que el diezmo aparece en el Nuevo Testamento (Mt 23,23; Lc 11,42; 18,12; Hb 7,2-9) se habla de esta práctica como obligatoria. Y es que la Nueva Alianza no se limita a la ley del 10% sino que nos refiere al ejemplo de Jesucristo que se dio sin reservas. Jesús vive una entrega radical y nos enseña que debemos hacer lo mismo. El Corazón traspasado de Jesús es el modelo de entrega total. Se entregó hasta la muerte en el Calvario, hasta la última gota de Su Preciosa Sangre. Él nos da Su gracia para saber dar y darnos como Él se dio. Todo le pertenece a Dios y somos administradores de nuestros recursos según el Espíritu Santo ilumina la conciencia.

El mismo Cristo nos da el siguiente modelo en el Evangelio: «Llegó también una viuda pobre y echó dos moneditas, o sea, una cuarta parte del as. Entonces, llamando a sus discípulos, les dijo: "Les digo de verdad que esta viuda pobre ha echado más que todos los que echan en el arca del Tesoro. Pues todos han echado de lo que les sobraba, ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba. Ha dado todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir» (Mc 12,42-44).

San Pablo enseña y vive la misma entrega radical: «Pues conocen la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por ustedes se hizo pobre a fin de que se enriquecieran con su pobreza» (2 Cor 8,9). Y habla  del deber de mantener a los ministros: «¿No saben que los ministros del templo viven del templo? ¿Que los que sirven al altar, del altar participan?» (1 Cor 9,13).

EL DIEZMO HOY.

En la actualidad, la Iglesia Católica mantiene la enseñanza de San Pablo sobre la obligación de los fieles de contribuir generosamente con las necesidades de la Iglesia según sus posibilidades, pero la manera en que lo hacen no esta definida por la ley, debe entenderse según el espíritu evangélico de una entrega de corazón por amor. Personas con recursos podrían dar mucho mas, mientras que para un pobre y sin trabajo, dar el 10% podría significar negarle a sus hijos el alimento.

El diezmo, en la actualidad, es una cooperación diocesana «anual» que los creyentes ofrecen a la Iglesia para la realización de sus tareas pastorales como la caridad, la evangelización, la promoción humana y el sostenimiento de proyectos de formación de agentes de pastoral. Es una manera de expresar la alegría de ser cristianos y pertenecer a una familia en la fe católica tomando conciencia de que todos somos corresponsables en la construcción de la Iglesia y su misión evangelizadora. De manera que actualmente el diezmo permite que juntos hagamos efectiva la caridad y solidaridad con nuestra Madre la Iglesia especialmente hacia los más pobres. El Catecismo de la Iglesia Católica, en el número 2043 dice: «El quinto mandamiento (ayudar a la Iglesia en sus necesidades) señala la obligación de ayudar, cada uno según su capacidad, a subvenir a las necesidades materiales de la Iglesia (cf. CIC can. 222)».

A todo miembro de la Iglesia Católica le debe entonces quedar bien claro que, al no precisar una cuota, la Iglesia Católica no exime de la obligación de contribuir; al contrario, la Iglesia enseña que el cristiano debe dar a la medida de Cristo y por amor a Él, según las necesidades de la Iglesia y sus propias posibilidades. Dar es una obligación y también un privilegio, un gozo, porque es parte integral de nuestra vocación de discípulos–misioneros de Cristo de hacer todo lo necesario para propagar el Reino de Dios. La Nueva Evangelización no puede prescindir de una reestructuración del aspecto económico, si quiere hacer frente a los nuevos retos que se presentan. Lo importante es que cada uno dé con generosidad, «cada cual dé según el dictamen de su corazón, no de mala gana ni forzado, pues: Dios ama al que da con alegría» (2 Cor 9, 7).

Cada Conferencia Episcopal establece la manera de cumplir con el diezmo. En México, por ejemplo, el diezmo corresponde a un día de salario anual.

¿PARA QUÉ ES EL DIEZMO?

Con el diezmo la Iglesia busca lograr que todas las parroquias sean misioneras, para llegar a las periferias que necesitan la luz del Evangelio.

Gracias a las aportaciones del diezmo la Iglesia impulsa las obras de asistencia y promoción humana a favor de los más necesitados: los pobres, los adultos mayores (incluidos los pastores enfermos o ancianos), las viudas, los migrantes, los presos, etc. para que vivan con dignidad.

Cierta parte del diezmo se destina a apoyar la formación de los miembros de la Iglesia (Sacerdotes, seminaristas, religiosos y laicos) para que sean sal y luz en las realidades temporales.

La Iglesia, apoyada por estas ayudas del diezmo, puede tener medios suficientes para atender a los niños y jóvenes ofreciéndoles espacios dignos para la catequesis y la formación, además de la posibilidad de servir, en el caso de los jóvenes, en espacios y actividades de voluntariado.

Parte del diezmo sirve a la Iglesia para promover actividades que acompañen a las familias en sus problemas y necesidades, de manera que sea más fácil realizar su vocación en la Iglesia y la sociedad.

A MANERA DE CONCLUSIÓN.

Para todo católico el mensaje bíblico del significado del diezmo es muy claro. Se trata de abrirse con valentía al compartir. El diezmo es la cooperación que los feligreses dan para el sostenimiento de la Iglesia Diocesana y es distinto a la colecta que se hace en las misas, que es para el sostenimiento de los gastos de cada parroquia.

Llevar a cabo su misión evangelizadora es la principal tarea de la Iglesia diocesana. Para realizarla se requieren estructuras, formación pastoral de agentes, personal, y todo lo que cualquier institución necesita. Pero para cubrir lo anterior la Iglesia se vale en buena parte del diezmo, sin cuya ayuda, el funcionamiento de la Iglesia, en muchos de estos campos sería imposible. Por ello cada año se realiza una campaña intensiva del diezmo conscientes de que la vida de la Iglesia, su caminar, su misión y la luz del evangelio recae en manos de todos sus miembros.

El diezmo lo damos no es por un motivo bíblico que sea obligatorio, sino por amor a Jesucristo y a su Iglesia como fruto de la madurez en la fe. Ojalá y diéramos eso y más, pues es mucho más lo que Dios nos ha dado y nos ha bendecido.

Padre Alfredo.