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sábado, 4 de mayo de 2019

«Nuestra misión de ser y hacer santos»... Un pequeño pensamiento para hoy


La Iglesia no sólo está llamada a anunciar el nombre de Dios a mundo entero; su vocación mira a manifestarle al mundo sobre todo el rostro amoroso y misericordioso del Padre para que todos sean santos. Todo aquel que entre en relación con la Iglesia debe saber que ha entrado en contacto con Dios y no solamente para saber de él, sino para amarle y hacerle amar experimentando su presencia en la vida diaria, cosa que podrá hacerlo en la comunidad de los fieles en Cristo. Por eso el discípulo–misionero sabe que no puede dar a conocer al mundo a Cristo sólo con las palabras; se necesitan las obras para no traicionar al Evangelio y a la misión que el Señor nos ha confiado. Nuestro Señor Jesucristo es el que nos revela al Padre y nos muestra el camino hacia el Padre. En su persona y en sus obras encontramos los destellos que necesitamos para reconocer la presencia del Padre en medio de nosotros. Hoy celebramos en la Iglesia la fiesta de dos santos apóstoles: Felipe y Santiago, dos grandes hombres que dan testimonio de que todo esto que digo es el camino a seguir. La 1ª lectura, tomada de la 1ª carta de Pablo a los Corintios (I Cor 15,1-8), nos recuerda el núcleo fundamental, esencial, de la fe cristiana; aquello sin lo cual seríamos cualquier otra cosa, menos discípulos de Jesús y miembros de su Iglesia. Es el llamado «kerygma» o proclamación inicial de la fe. Lo que éstos y los demás apóstoles seguramente predicaron, adaptándolo a las diversas circunstancias y auditorios. San Pablo lo recuerda a los corintios entre los cuales algunos se atreven a negar la realidad de la resurrección, o mejor, se atreven a afirmar que la resurrección es algo completamente espiritual, místico, que no afecta para nada nuestro cuerpo ni tiene repercusiones en nuestra existencia mortal. 

En el pasaje evangélico de hoy (Jn 14,6-14) Felipe, uno de los dos Apóstoles que hoy festejamos, hace a Jesús una petición audaz e inusitada: «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta». Nada menos, como si a Dios se le pudiera mostrar aquí o allá, como se muestra a una persona o a una cosa cualquiera. Como si Dios pudiera ser contemplado con nuestros ojos mortales, cuando en el Antiguo Testamento es constante la afirmación de que quien vea a Dios necesariamente morirá (cf. Ex 33, 20; Is 6, 5). Pero con su audacia, el Apóstol Felipe ha hecho que Jesús nos revele el verdadero rostro de Dios: «Quien me ve a mí, ve al Padre». Conocer a Jesús, escuchar sus palabras, vivir sus mandamientos, equivale a conocer plenamente a Dios, a contemplar su rostro amoroso reflejado en la bondad de Jesucristo, en su misericordia y amor hacia los pobres y sencillos. Así, mientras en el evangelio Felipe aparece como un buscador de Dios en medio de los que el Señor ha elegido; Santiago, en la primera lectura, se nos presenta como testigo de la resurrección de Jesús, pero no en solitario, sino como eslabón de una larga cadena de testigos. De los sabemos muy pocas cosas. Y, sin embargo, cada pequeña perla «escondida» en la Escritura sobre los Apóstoles, aquellos seguidores iniciales del Señor, nos basta para estimular una vida de seguimiento de Jesús. 

Repetimos hoy en el Salmo responsorial una expresión de que el clamor y la gloria de Dios llegan a toda la Creación: «El mensaje del Señor llega a toda la tierra. Aleluya» (Sal 18 [19]). ¿Qué nos quieren expresar el cielo, el firmamento, el día, la noche en esta fiesta de dos de aquellos primeros seguidores del Señor? Seguro que comprendamos que la voluntad y la gracia de Dios lo recorren todo y nos llegan a todos. Su gracia, su providencia, su misericordia y su mensaje inundan a toda la creación. ¿Cuál ha de ser nuestra actitud ante este Mensaje que la Escritura nos susurra en este salmo en este día de fiesta? Yo creo que al contemplar la figura excelsa de estos dos testigos del Evangelio, la meditación del salmo nos debe llevar a una profunda seguridad y confianza en la mano providente de un Dios que es todo gracia. Que cuida día a día lo que ha creado y especialmente al hombre. Dios no nos falla nunca. Su voluntad y su gracia nos llenan de seguridad y confianza en su misericordia. De Dios podemos fiarnos como Felipe y Santiago porque nunca abandona a los seres creados por Él. Hoy, que es sábado, queremos unirnos al canto del universo con estos dos ínclitos hombres, con María, con el conjunto de santos y beatos, entre los cuales hoy se inscribirá el nombre de Concepción Cabrera de Armida. Queremos unirnos al clamor de la creación que agradece y celebra el valor del testimonio, y por eso, le pedimos al Señor que nos ayude a ser un canto de la gloria de su amor con nuestra vida cotidiana. Hoy es sábado y junto a la fiesta de estos dos Apóstoles, con el gozo de la beatificación de Conchita Cabrera de Armida y con María, Madre nuestra por la bondad de Dios, la Iglesia nos recuerda que Cristo es nuestro Hermano mayor, el Hijo del Eterno Padre que nos invita a ser santos. ¡Bendecido sábado! 

Padre Alfredo.

miércoles, 22 de junio de 2016

RESEÑA BIOGRÁFICA DE LA BEATA MARÍA INÉS TERESA DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO...


La Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, es la fundadora de la «Familia Inesiana», una familia misionera integrada por:

Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento.
Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal.
Van-Clar, Misioneros laicos: niños, jóvenes, matrimonios.
Grupo Sacerdotal Madre Inés.
Misioneras Inesianas Consagradas.
Familia Eucarística.

De origen mexicano, la beata María Inés nació en Ixtlán del Río, Nayarit, el 7 de julio de 1904.  Fue la quinta de ocho hijos del matrimonio Arias Espinosa. La bautizaron con el nombre de Manuela de Jesús, y creció dentro del ambiente de una familia cristiana.  


Recibió una excelente educación y formación católica, siendo muy querida y aceptada por amistades y familiares, especialmente por su alegría, sencillez y caridad. Debido a la ocupación de su padre: Juez de Distrito, la familia Arias Espinosa vivió en diferentes ciudades: Tepic, Mazatlán, Guadalajara, etc. Durante algún tiempo trabajó en una institución bancaria en la ciudad de Mazatlán.


En octubre de 1924, durante la celebración del Congreso Eucarístico Nacional en México, Jesús tocó fuertemente el corazón de Manuelita, quien vivió una experiencia espiritual tan profunda, que desde ese momento no pensó otra cosa que “ser toda de su Dios”, atraída fuertemente por Jesús, en la Eucaristía.


Vienen luego tiempos muy difíciles para los católicos de nuestro país, ya que se desató con furia la persecución religiosa por lo cual se tuvo que suspender el culto público. Como respuesta a tanta maldad, Manuelita se consagra al Amor Misericordioso como víctima de holocausto, ofreciéndose por la salvación de México y del mundo entero.


Con la lectura de «Historia de un Alma», de Santa Teresita del Niño Jesús, Manuelita decide ingresar a la Vida Religiosa Contemplativa para ser como la Santita de Lisieux: Misionera secreta por la oración y el sacrificio. Su vida desde entonces fue totalmente Eucarística y Misionera. Después de algunas pruebas, Manuelita ingresa con las Clarisas Sacramentarias del “Ave María” el 7 de junio de 1929, cuyo Monasterio se encontraba exiliado en Los Ángeles, California.


El 8 de diciembre del mismo año inicia el noviciado, en donde recibe el nombre de SOR MARÍA INÉS TERESA DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO.  Un año más tarde, el 12 de diciembre de 1930 estando aún en Los Ángeles, California, hace su Profesión Religiosa y en este día vive una fuerte experiencia espiritual con la Santísima Virgen de Guadalupe, de cuyos labios percibe estas palabras:

«Si entra en los designios de Dios servirse de ti
para las obras de apostolado,
me comprometo a acompañarte en todos tus pasos,
poniendo en tus labios la palabra persuasiva
que ablande los corazones, 
y en estos la gracia que necesiten;
me comprometo además,
por los méritos de mi Hijo,
a dar a todos aquellos con los que tuvieres
alguna relación, y aunque sea tan sólo en espíritu,
la gracia santificante y la perseverancia final...»


Esta experiencia mariana marcó fuertemente su vocación misionera, aunque en aquel momento Sor María Inés no comprendió tan profundo significado. En medio de la austeridad y pobreza del claustro, se dedicó a ser misionera contemplativa para salvar almas, irradiando alegría sencillez y entusiasmo a su alrededor.


En 1933 habiendo regresado la comunidad a México, Sor Ma. Inés Teresa del Santísimo Sacramento emite sus Votos Perpetuos. Su ideal misionero iba creciendo y en el silencio de la oración y el trabajo se fue preparando la obra misionera que Dios le había inspirado a través de aquella Promesa de la Santísima Virgen de Guadalupe.


En 1940 expone a la Madre Abadesa sus inquietudes misioneras, quien la invita a hacerlo a las autoridades eclesiásticas correspondientes.Después de una serie de pruebas y sufrimientos, pero siempre guiada por la rectitud y obediencia para buscar solamente la voluntad de Dios, es recibida por el Sr. Obispo de Cuernavaca, Don Francisco González Arias, como un Monasterio de Clarisas con miras a transformarse en Congregación Misionera. Él mismo solicita a la Santa Sede dicha fundación, que viene a ser concedida el 12 de mayo de 1945. En agosto del mismo año, la Madre Ma. Inés parte a Cuernavaca con cinco religiosas del Monasterio del Ave María que libremente quisieron acompañarla, con la autorización de la Abadesa. De esta manera se hizo realidad aquel anhelo inspirado por Dios.


Bajo el lema: “OPORTET ILLUM REGNARE”, es decir: “Es urgente que Cristo reine”, las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento se encuentran esparcidas en quince naciones de los cinco continentes llevando la palabra de Dios bajo el carisma «Misionero-Contemplativo» que el Espíritu Santo suscitó en la Beata María Inés Teresa Arias del Santísimo Sacramento, viviendo en alegría y sencillez una espiritualidad eucarística, mariana y sacerdotal.


Con las primeras constituciones nació también Van-Clar (Vanguardias Clarisas) el grupo de misioneros seglares que ella siempre consideró como «brazo derecho» en la Familia Inesiana.


En 1979, poco tiempo antes de morir, pudo ver las primeras vocaciones de la obra sacerdotal que Dios le inspiró al fundar los Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal.


La Beata Madre María Inés murió como había vivido: en serenidad, sencillez y abandono en las manos del Padre, el 22 de junio de 1981, en la ciudad de Roma. Su vida fue un himno de amor y gratitud a la Santísima Trinidad.


Después de su regreso a la Casa Paterna, se fueron consolidando las demás obras que ya estaban en su corazón y que se fueron plasmando poco a poco en el Grupo Sacerdotal Madre Inés, las Misioneras Inesianas y luego, inspirándose en este carisma nace la Familia Eucarística.


Fue beatificada el 21 de abril de 2012 en la Basílica de Guadalupe de Ciudad de México bajo el pontificado de Benedicto XVI en una celebración que abarrotó este recinto sagrado con gente del mundo entero. La ceremonia de beatificación fue transmitida por diversos canales y mucha gente de los lugares de misión a donde ella llevó su obra misionera pudo participar a distancia de este acontecimiento.


Sus restos reposan en la Casa General de las Misioneras Clarisas, en Roma.


Su lema dirigido a Jesús: «QUE TODOS TE CONOZCAN Y TE AMEN» ha dado la vuelta al mundo entero.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.


Algunos de mis recuerdos de la Beata María Inés...

Es difícil escribir sobre un santo; mucho más difícil todavía cuando el santo es el propio fundador del Instituto religioso. No obstante es un deber hablar. Quisiera intentar decir algo sobre la Beata Madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, fundadora de la congregación de los «Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal» a la cual indignamente pertenezco y de la cual, también indignamente y sin merecerlo, fui el primero a ser ordenado sacerdote, el 4 de agosto de 1989. No fueron muchos los encuentros personales que tuve con la Madre: Recuerdo solamente dos, los demás fueron de pequeño en alguna Misa o celebración de las hermanas Misioneras Clarisas. Los dos momentos que recuerdo fueron fuertemente incisivos en mi vida.

Cuando yo era Prevanclarista, durante la representación de una pequeña obra de teatro, organizada para festejar los diez años de la presencia de Van-Clar en Monterrey, México, yo tenía el papel cómico de un angelito. Entre los espectadores, estaba Madre Inés disfrutando el momento de fiesta porque celebrábamos el X Aniversario del grupo que ella misma había fundado. Estaban presentes también mis papás y mi hermano Eduardo que aún no ingresaba al grupo. Recuerdo perfectamente aquel día del mes de febrero de 1979. Yo estaba emocionado y, cuando, terminada la fiesta, me acerqué a la Madre Inés, no sabía ni siquiera como saludarla. Ella misma hizo fácil el encuentro, porque era sencilla, humana, serena, sonriente. Quien hablaba con ella se daba cuenta de que poseía la habilidad propia de las grandes almas: la de interesarse por ti y hacerte sentir como que era lo único que tenía por hacer, estar contigo. Así hacía con todos. Aquel primer encuentro me impresionó profundamente: yo lo he considerado siempre una gracia especial del Señor. El rostro de la Madre, sus ojos, su sonrisa, los tengo siempre ante mi, reflejan a Dios. Como Vanclarista, viéndola a ella, descubrí el significado del lema de Van-Clar: «Vivir para Cristo».

La segunda vez que vi a Madre Inés fue en Cuernavaca, el 30 y 31 de agosto de 1980. Yo ya no era Vanclarista, era seminarista y la Madre no estaba ya en buenas condiciones de salud. La ayudaban a caminar y debía dormir sentada en un sillón. Yo había descubierto mi vocación religiosa y sacerdotal en gran parte gracias a ella, pues cuando supe que Madre Inés estaba iniciando una congregación masculina con el mismo carisma de las Misioneras Clarisas, le solicité a ella misma formar parte de la nueva obra. Fui aceptado el 1 de junio de 1980 y el 17 de agosto inicié mis estudios en el Seminario de Monterrey, renunciando a los estudios de la Facultad de Contaduría y Administración de la universidad. Por tanto, cuando vi por segunda vez a la Madre, yo era seminarista de su naciente congregación de los «Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal», nombre que no había revelado aún en aquel entonces. Recuerdo muy bien los momentos pasados cerca de ella. Eramos muchos: estaba también mi hermano Eduardo. Nos habló de los apóstoles, de la vocación y de cómo debería ser un Misionero de Cristo. En aquellos días habló personalmente con cada uno de nosotros. A mí me animó mucho a continuar el camino emprendido. 

Recuerdo que en aquel encuentro, a manera de retiro espiritual, nos habló especialmente de la Eucaristía y la Reconciliación. Nos dijo cómo debía celebrar el sacerdote la Santa Misa, centrándose en el momento de la Consagración. «Cuando se llegue el momento de la elevación, déjenos ver un momento a Nuestro Señor, permitan al pueblo adorar a Nuestro Señor y celebren con devoción» nos dijo. Respecto al sacramento de la Reconciliación se expresó de forma simpática diciendo: «A mi no me gustan esos padrecitos que, al irse uno a confesar, solamente escuchan y al final dicen: "tú la hiciste, tu la pagaste, vete en paz y no peques más". No, que la gente se vaya siempre con un consejito, con una palabrita de aliento, yo quiero a mis hijos sacerdotes hombres de fe que sean misericordiosos y que sepan perdonar en nombre de Dios nuestro Señor».

Después de estos encuentros, mis relaciones con la Beata fueron solamente por carta y duraron sólo un año más, porque el 22 de julio de 1981, volvió a la Casa del Padre. Durante estos años que han pasado desde su muerte, y más después de haberme ordenado sacerdote y empezar a trabajar en la Causa de su Canonización; he profundizado en el conocimiento de Madre Inés a través de sus hijas, mis hermanas las Misioneras Clarisas y con los demás miembros de la Familia Inesiana que la conocieron. Especialmente aprendí mucho de ella con Madre María Teresa Botello, quien por muchos años fue la vicaria general de la Beata y después su sucesora en el gobierno de las hermanas. Ha contribuido mucho también, el estudio de sus escritos y la elaboración de varios artículos sobre ella, su obra y su espiritualidad.

De la Beata he aprendido cada día a ser sacerdote. He aquí algunas líneas espirituales que he encontrado en sus escritos y que me siguen siendo de gran ayuda en mi formación sacerdotal.

• Saberse amada de Dios.
• Reconocerse «miseria» al servicio de la «Misericordia».
• La alegre entrega a la voluntad de Dios.
• La fortaleza, reflejo de su confianza en Dios.
• La paciencia para ver crecer la obra de Dios.
• El corazón misionero: «Que todos te conozcan y te amen».
• Su amor a la Eucaristía.
• Su intimidad y amistad con la Virgen María de Guadalupe en su «¡Vamos María!»
• Su amor a la Iglesia como Madre y Maestra.
• Su visión siempre alegre de la misericordia de Dios.
• Su corazón maternal para con todos.

Estas líneas de vida espiritual no solo a mí, sino a todos los miembros de la Familia Inesiana, nos llevan a la búsqueda de metas altas de santidad.

Alfredo Leonel Delgado, M.C.I.U.

jueves, 21 de junio de 2012

LA PRIMERA FIESTA LITÚRGICA DE MADRE INÉS... 22 de junio de 2012

Este 22 de junio, la Iglesia Católica celebra la primera fiesta litúrgica de la Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento para cuya ocasión se han aprobado ya los textos litúrgicos correspondientes tanto para la Misa como para el rezo de la Liturgia de las Horas.

En las diversas partes del mundo en donde la «Familia Inesiana» está presente, han iniciado los festejos y celebraciones en las diversas lenguas y usanzas de las naciones de todos los continentes. En Roma, para celebrar la ocasión ha sido presentado en su versión italiana el libro "Hacer de la vida un himno", escrito por un  autor de reconocidísimo renombre en el campo misionero: Mons. Juan Esquerda Bifet. Mañana, en la Casa General de las Misioneras Clarisas, en donde está el Mausoleo con los restos (reliquias) de Madre Inés, el Card. Giuseppe Bertello presidirá la Primera Misa Solemne en honor de la nueva Beata.  El día 23 en la Basílica de San Pedro, en el Vaticano, el Card. Francis Arinze presidirá una Misa de Acción de Gracias por este regalo del cielo.

La fundadora de la «Familia Inesiana», recien beatificada el 21 de abril de 2012, abre un camino de santidad y de esperanza en la Iglesia Católica en vísperas de iniciarse el "Año de la Fe" el próximo mes de octubre, recordando que todos los hombres y mujeres pueden alcanzar la santidad realizando la tarea de ser discípulos y misioneros en sus actividades ordinarias con un corazón sin fronteras, uniendo la contemplación y la acción en el ser y quehacer de cada día.

La Madre Inés, como es conocida por muchos, nació en una hermosa familia católica el 7 de julio 1904 en Ixtlán del Río, en el estado de Nayarit, en México. En el año de 1924, durante un Congreso Eucarístico que se celebraba en México, se sintió plenamente atraída por Jesús, a cuyo Amor Misericordioso se consagró como víctima de holocausto en 1926. Movida por el ansia de "salvar almas" al estilo de santa Teresita del Niño Jesús, ingresó al Monasterio de Clarisas del «Ave María», donde permaneció 16 años. En 1930, al hacer su profesión religiosa, tuvo una fuerte experiencia espiritual con la Virgen de Guadalupe que la marcó para siempre y de la que nació su obra contemplativa y misionera en1951, fundando, en primer lugar, la congregación religiosa de las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento y continuando años más tarde con los sacerdotes religiosos Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal. Ella es la fundadora e inspiradora de la hoy llamada «Familia Inesiana», que con un carisma Eucarístico, Sacerdotal-oblativo, Mariano, Misionero y Alegre, hace presente a Cristo y a la Iglesia en el mundo. Su vida aquí en la tierra fue un himno de alabanza, para la gloria de Dios y la salvación de las almas hasta que murió en Roma el 22 de julio de 1981. Desde entonces se ha convertido en la estrella que irradia la luz de Cristo para que todos le conozcan y le amen.

Cuando entregó su alma a Dios, la «Familia Inesiana» estaba ya extendida en los cinco continentes, y contaba con muchos miembros de diversas nacionalidades, al servicio de la Iglesia con el mismo espíritu de plena unión y veneración al Papa, a quien llamó siempre "mi dulce Cristo de la tierra".

El 21 de abril de 2012, el Santo Padre Benedicto XVI beatificó a Madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, en una ceremonia presidida en su nombre por el Prefecto de la Causa de los Santos, el Cardenal Angelo Amato, en una solemne ceremonia en la Basílica de Guadalupe de México, ante casi 20,000 personas de todo el mundo.

"La misión especial de María —dijo el Cardenal durante la homilía— ha sido la de conducir a los bautizados a Cristo Rey, haciendo florecer mártires y santos, que han sido testigos heroicos del Evangelio de la vida, de la verdad, de la justicia y de la paz. La Madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento es uno de estos testigos heroicos, que ha puesto todas sus energías de la naturaleza y de la gracia al servicio del reino de Cristo, según el lema: «Es urgente que Cristo reine»".

El Cardenal puntualizó también: "Nadie duda de la gran actualidad de este carisma misionero. Hoy, en América Latina y en toda la Iglesia, es urgente la evangelización, no solo como primer anuncio a los que no conocen el Evangelio, sino también como nueva propuesta de la palabra de Dios a los que la han olvidado y descuidado y que llevan una existencia lejana de la verdad de la palabra de Jesús y de los sacramentos salvíficos de la Iglesia."

En este contexto, y como un homenaje especial a Madre Inés en esta su primera fiesta, ofrecemos ahora la lectura especial para el Oficio de la Liturgia de las Horas de este día, de manera que en ella encontremos una motivación para ser esos discípulos y misioneros que se requieren para preparar el Año de la Fe que ya se acerca:


De los escritos de la Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, virgen 
(C. Publica del Proc. Dioc. Vol. VII, ff. 418-419) 
QUE TODOS TE CONOZCAN Y TE AMEN ES LA ÚNICA RECOMPENSA QUE QUIERO

¡El alma misionera quisiera que miles de almas se lanzaran llenas de fe, de esperanza y de amor, a la conquista de esos hermanos nuestros que aún gimen en las tinieblas del error! ¡Quisiera llevar el nombre de Dios a todos los confines de la tierra, y con él, la dulce imagen de María santísima de Guadalupe, para que ella prepare a los pobrecitos no creyentes, y un día no lejano, sean su trono de amor y ellos también puedan cantar al Señor y bendecir su nombre; anunciar día tras día su salvación. Y dice al Señor, si tú quieres servirte de mí, pobre y miserable instrumento para tu gloria, di solamente a mi alma ansiosa de hacerte conocer y amar, aquellas palabras del salmista: contad su gloria a las naciones, a todos los pueblos sus maravillas. Manejando tú este inútil instrumento, las almas corresponderán a tus designios, serán vasallos amorosos que seguirán a su Rey inmortal. ¡Que se conviertan todos, Señor, que todos te amen! Pero pronto. Señor Jesús, tú eres quien has puesto dentro de mi ser estas ansias que me devoran; este deseo irresistible de que te amen. Lleva muchos obreros a tu viña. ¡Oh Padre celestial!, llévame a mí; yo quiero ofrendarte todos mis amores, quiero dejarlo todo por ti, quiero sacrificarme, en el corazón de María, por la salvación de las almas. A los pueblos cristianizados por tu mandato aquel de: Id de dos en dos y predicad a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Si tú Señor, has puesto en mí este ardiente deseo ¿por qué no te sirves de este inútil instrumento que sólo anhela desaparecer en tus divinas manos? ¡Ah Jesús!, esta ansia me devora. Estoy íntimamente convencida, de que si tú manejas este deforme instrumento, harás maravillas por él. Me pongo en tus manos; me entrego a tu amor, a tu bondad, a tu generosidad; haz de mí lo que tú quieras, pero dame almas, muchas almas, infinitas almas. Que todos te conozcan y te amen, es la única recompensa que quiero.

Qué consuelo para nuestro amado Pastor supremo, el Papa, que, por mediación de Santa María de Guadalupe y de los misioneros, se lleve a todas las naciones el nombre de Jesucristo, su Evangelio y la hermosa imagen de la amada Morenita, como estandarte de paz, de dicha, de amor; de reconciliación entre Dios y la tierra. Sé también Jesús mío, que el alma de todo apostolado es el alma de oración; que a la oración están vinculadas las gracias de conversión. Por eso la oración es la vocación esencial de todo misionero, la oración es la hoguera donde debe caldearse su alma; la oración es la fuente en donde debe saciar su sed de almas. Que no nos permitamos reposo alguno mientras haya en el mundo una sola persona que no conozca a Cristo, ese es nuestro ser misionero. Y esto es nuestro más caro derecho, nuestra más dulce obligación y nuestro más sagrado deber. Deber y derecho que no debemos olvidar en ningún momento de nuestra vida. Ser misioneros... ¿Cómo?... ¡hasta dar la vida si es necesario!... ¿Dónde?... ¡En todas partes!... ¿Cuándo?... ¡Siem-pre!... ¿Medida? la obediencia. Como él, que fue obediente hasta la muerte y muerte de cruz y heme aquí que vengo para hacer tu santísima voluntad. Sí, misioneros con él, por él y en él. Pero como él, con él y en él en toda la extensión de la palabra: en el sacrificio, en el dolor, en el sufrimiento, hasta la muerte. Pero también en la alegría, en nuestra diaria Eucaristía, en nuestra oración, adoración, en el diario apostolado, en cualquier clase de trabajo, mientras dormimos y mientras comemos, mientras descansamos y mientras respiramos, mientras se consume nuestra vida minuto a minuto y ¡en cada latido de nuestro corazón! Nuestro espíritu misionero debe ser universal, abarcar a todos los pueblos, razas y naciones, abarcar el mundo, no deben existir fronteras de ninguna especie.

sábado, 19 de mayo de 2012

El don recibido en la beatificación de Madre Inés...

El don recibido en Madre Inés —ahora conocida también como la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento— es un regalo que nos sobrepasa, un don que es más grande que nuestra pequeñez de mente y de corazón y que va más allá de todos nuestros proyectos siempre cortos. Ahora que la beatificación ha pasado, todos los miembros de su Familia Misionera no nos debemos de  cansar de gracias a Dios por el carisma de Madre Inés como regalo a la Iglesia Universal.

Dios nos ha regalado una beata que vivió en todas partes y en todo tiempo con una gran pasión, amplitud y generosidad su entrega misionera en la palabra hablada, escrita y enseñada. Ella hizo, en las cosas pequeñas de cada día, un caminito especial de santidad  y en su vehemente anhelo y sed de almas, señaló la meta hacia donde todo creyente debe dirigir sus pasos. En su vida encontramos el paradigma del profetismo que necesitamos en nuestros días y que a ella le llevó a trazarse un sistema de vida hasta alcanzar la santidad en medio de muchos desafíos como los que cualquiera de nosotros puede tener: "Me parece ver al demonio furioso, queriendo destrozar por sus garras este instituto misionero... él eso quisiera, pero mi dulce Morenita, mi Madre amadísima, me dice desde el Tepeyac que allí está ella que es mi Madre, que estoy en su regazo y corro por su cuenta, que si tengo necesidad de otra cosa" (Carta al director espiritual el 22 de febrero de 1950). "Quisiera tener toda la capacidad de Dios, si se me permite la frase, para hacer prodigios por Él, para darle infinita gloria. Es el amor de enamoramiento; se siente como desesperación de no poder hacer por Él todo lo que se quisiera" (Carta personal del 30 de septiembre de 1949).

Por lo que ella fue, por lo que es ahora como beata y por el camino espiritual que dejó como herencia, me parece escucharla diciendo con sencillez: Me siento contenta y alegre de ser todavía el granito de trigo que tiene que morir para fructificar" (Carta personal del 15 de mayo de 1950).

Ahora somos invitados, de manera especial por ser el año de la beatificación, a venerar la plenitud de la vida de esta ínclita mujer cuya vida se presenta con más claridad y plenitud en la lucha de cada día por alcanzar la santidad en lo pequeño, en el ir y venir del trajín, en las cosas ordinarias sencillas y del áspero devenir.

La beata Madre Inés se gastó y se desgastó sin reservarse nada para sí. Vivió siempre pendiente de la voluntad del Padre con un corazón inflamado en ansias de amar al mismo Dios y a todo lo suyo: El Padre, Jesús, el Espíritu, la excelsa Madre de Dios María Santísima, las almas... Su figura humilde, sencilla y alegre, emana, aún en las últimas fotografías de su vida, un algo especial. Su sonrisa, esa sonrisa que nunca en su consagración se borró de sus labios, es un testimonio claro de una paz profunda y de una alegría que brotó siempre de buscar en todo hacer la voluntad de Dios sabiéndose amada y llamada por Él, razón para vivir siempre con un constante entusiasmo conjugado con un suave y sabio equilibrio que la sostuvo siempre, aún en medio de las dificultades y de la persecución que en una época vivió y superó con dolor dentro y fuera de su obra.

Antes de morir, puedo expresar con naturalidad: "Hemos terminado, gracias a Dios". "Cómo explicarle Padre —escribe a su director espiritual— lo que se pasa por mi alma cuando en ella sólo reina la fe... no tengo palabras adecuadas para explicarlo... con frecuencia esta fe es más dulce y más vívida que la misma realidad... puedo decirle, Padre mío, que mi confianza, mi seguridad en Dios es más grande, cuanto mayores son mis tribulaciones... he resuelto concentrarme toda en Dios, no esperar apoyo y protección mas que de Él". (Da las cartas a su director espiritual entre 1948 y 1950).

Nos toca ahora a nosotros velar para que este don no se apague, velar par que la llama de su carisma, espíritu y espiritualidad siga animando a la Iglesia. A nosotros nos toca cuidar que su beatificación —mientras se llega el momento de la canonización— sea fecunda en la búsqueda de la santidad y del compromiso misionero. Este año, agradeciendo el don de su beatificación, le pedimos a la nueva beata una bendición especial, le decimos «¡Benedícite!» como ella nos enseñó, para que nos ayude a ser luz de Cristo para las gentes y esperanza para el mundo en la urgencia en la que ella vivió por establecer el Reino. "Por la noche —escribe en 1950 refiriéndose a sus hijas espirituales— al darles la bendición en refrectorio al decirles: El Señor os bendiga y os guarde, sentí tanto la responsabilidad, y el deseo de que todas se santifiquen, que se las entregué a nuestro Señor con ansias vehementes, pero ya no pude más, no pude continuar porque las lágrimas me ahogaron" (Carta al director espiritual el 19 de mayo de 1950).

Este año de su beatificación, tenemos que pedirle al Señor que nos conceda la sabiduría necesaria para saber expandir el carisma de Madre Inés por todas partes. A los miembros de la Familia Inesiana nos toca, no retenerla solamente para nosotros, sino prolongar su carisma, espíritu y espiritualidad en el tiempo, encarnando esto en la propia vocación y en las diversas situaciones de nuestras vidas.

Sigamos celebrando el gozo de su beatificación con el ideal común de la misión y el empeño por la santidad que brotaron de un corazón sin fronteras contemplativo y enamorado del Evangelio, que puso a las almas en la niña de sus ojos y que se consagró a "conquistar vasallos para el Rey inmortal de los siglos".

Nos sentimos agradecidos por este gran don para comunicarlo al mundo entero. La beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento es un regalo para la Iglesia Universal y para el mundo entero. Que cada uno de nosotros podamos seguir haciendo programa la súplica de Madre Inés: "Que todos te conozcan y te amen, es la única recompensa que quiero".

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

martes, 21 de febrero de 2012

Los santos y los beatos...

En el libro de los Hechos de los Apóstoles (9,32 y 9,41) y en la primera Carta a los Corintios (1,2) encontramos que la palabra «santo» se utiliza para indicar una persona que ha aceptado en su vida a Cristo como su Salvador. Así, desde esta perspectiva, todos, si nos esforzamos por vivir por Cristo, con Él y en Él, imitando su vida y siguiendo sus consejos, somos santos.

Al señalar de manera especial a algunas personas como «Beatos» o «Santos», la Iglesia busca señalar unos cuantos de entre el gran conjunto de los hombres y mujeres de fe, que, por sus grandes virtudes, vividas en grado heroico, sirvan más de ejemplo para todos y puedan ser intercesores. Con esto se da honra y gloria a Dios, que se manifiesta de una manera excepcional en estos sus siervos fieles.

Si bien este concepto de «santo» existe en otras religiones con mayor o menor fuerza (y no exactamente con el mismo significado) la religión católica es la única que posee un mecanismo formal, continuo y altamente racionalizado para llevar a cabo el proceso de canonización de una persona; sólo en la Iglesia se encuentra un número de profesionales cuyo trabajo consiste en investigar las vidas de quienes han sido considerados santos por su comunidad y/o conocidos (y en convalidar los milagros requeridos). El proceso de canonización es algo así como la capacidad de discernimiento —con apoyo doctrinario y la ayuda de Dios— de la santidad de una persona en base a su perfecta ortodoxia y el ejercicio de virtudes llevadas al grado heroico con el propósito de, dándole reconocimiento por el grado de perfección alcanzado, presentarla como modelo de conducta a los creyentes y como poderoso intercesor ante Dios.

Los santos no son, de ninguna manera, otros mediadores que compiten con Cristo, sino que, por participación en Él, cumplen la misión que el mismo Señor les ha confiado en una vocación específica a la que fueron llamados. Sabemos que Dios puede actuar directamente cuando nosotros nos acercamos a Él y nos queda siempre claro que hay un solo Mediador que es Cristo, pero Él quiere actuar y acercarse a nosotros por medio de quienes están cercanos a Él.

En el Evangelio de san Marcos (6,37), encontramos un pequeño ejemplo de cómo Cristo quiere hacerse ayudar de sus amigos más cercanos para sustentar a quienes se acercan a Él para invocarle y escucharle: “Denles ustedes de comer”, les dice Jesús a sus discípulos, refiriéndose a la gente que le seguía. Y más adelante, en el mismo pasaje (6,41) hace que sean los discípulos quienes reparten la comida que Él ha multiplicado. También en el libro de los Hechos de los Apóstoles, cuando se nos va narrando el inicio del «camino» de la Iglesia, aparecen muchos pasajes en los cuales Dios no actúa directamente, sino que lo hace por medio de sus siervos fieles, los santos. Un ejemplo es Ananías, quien devuelve la vista a Saulo (9,1-19), a pesar de que fue el mismo Cristo quien antes se había encontrado con Él para «tumbarlo» y cambiar el rumbo de su vida. Hay también algunos ejemplos de enfermos  que no se dirigían directamente a Dios para implorar la curación de sus dolencias, sino que se acercaban a los Apóstoles para recobrar la salud y recibir las gracias deseadas de parte de Dios.

Por medio de la acción intercesora de los santos, y en primer lugar de la Santísima Virgen María, Dios recibe mayor honra y gloria, porque es su grandeza la que resplandece en la humildad y sencillez de gente como nosotros. Si le pedimos a nuestros familiares y amigos que recen por nosotros, con más ganas podemos pedirles a estos hombres y mujeres de Dios que intercedan por nosotros. Los santos no tienen ninguna necesidad de ser venerados, ni buscan alcanzar esto. Según la metáfora de San Pablo, ellos han corrido ya la carrera y ganado sus laureles. La canonización es un ejercicio póstumo del que ellos, aquí en la tierra, no se dan cuenta. 

Para los cristianos primitivos, el reconocimiento de la santidad de quienes vivían y morían en Cristo fue una evolución orgánica de su propia fe y experiencia. Venerados por su santidad, a los santos se los invocaba también por su poder de intercesión, sobre todo en forma y a través de sus restos mortales. Por esto la historia de la canonización está muy ligada con las reliquias del santo, si bien no es imprescindible tenerlas para elevar a alguien a los altares.

La Iglesia no puede contar la cantidad de santos en el cielo ya son innumerables (por eso celebra la fiesta de todos los santos).  Entre los santos y beatos hay gente de toda raza y nación, de toda condición social y de todas las edades en las diversas vocaciones y solo se consideran para canonización unos pocos que han vivido la santidad en grado heroico. Canonizar quiere decir declarar que una persona es digna de culto universal. La canonización se lleva a cabo mediante una solemne declaración papal de que una persona está, con toda certeza, con Dios. Gracias a tal destreza, el creyente puede rezar confiadamente al santo en cuestión para que interceda en su favor ante Dios. El nombre de la persona se inscribe en la lista de los santos de la Iglesia y a la persona en cuestión se la "eleva a los altares", es decir, se le asigna un día de fiesta para la veneración litúrgica por parte de la Iglesia entera. Ser canonizado significa ser incluido entre aquellos que se mencionan a veces durante la celebración de la misa y significa también tener una fiesta en el santoral de la Iglesia, al lado de los días de fiesta de Cristo y de Su Madre, la más distinguida de todos los santos.

En los primeros tiempos de la Iglesia, estando la tierra regada de sangre de mártires, el concepto de santidad estaba fuertemente asociado al martirio. El relato de Lucas, en los Hechos de los Apóstoles (6-7), sobre el martirio de San Esteban es de extrema importancia para entender cómo, en la fase inicial de la vida de la Iglesia, los demás cristianos de la comunidad de Esteban reconocieron su santidad. Se puede decir que la santidad y el martirio fueron inseparables de la conciencia cristiana desde el principio. Así como Jesucristo obedeció al Padre hasta la muerte, así el santo era alguien que moría por Cristo; así como el bautismo significaba la incorporación al cuerpo de Cristo, así el martirio significaba morir con Cristo y resucitar a la plenitud de la vida eterna. El martirio sellaba la conformidad total del santo con Cristo. Con el tiempo, la imitación de la muerte del Señor fue dando espacio también a la imitación de su vida y se fue estudiando cómo vivía una persona el mérito de la santidad en la vida ordinaria, no solo en el martirio. Así, la Iglesia llegó gradualmente a venerar a las personas por la ejemplaridad de sus vidas no menos que con su muerte.

En la práctica, el proceso de canonización conlleva una gran cantidad y variedad de procedimientos, habilidades y colaboradores: promoción, financiación y divulgación por parte de quienes consideran santo al candidato; tribunales de investigación de parte del obispo o de los obispos locales; procedimientos administrativos por parte de los funcionarios de la congregación; estudios y análisis por asesores expertos; disputas entre el promotor de la fe (el "abogado del diablo") y el abogado de la causa; consultas con los cardenales de la congregación. Pero, en todo momento, únicamente las decisiones del papa tienen fuerza de obligación; él sólo es quien posee el poder de declarar a un candidato merecedor de beatificación o canonización.

Con la beatificación, el Papa concede un permiso para que localmente o en determinadas familias religiosas se pueda rendir culto público a un siervo de Dios y esa es básicamente la diferencia entre un santo y un  beato. El beato tiene una veneración que se limita —por así decir— a una diócesis local, a una región delimitada, a un país o a los miembros de una determinada orden religiosa. A ese propósito, la Santa Sede autoriza una oración especial para el beato y una misa en su honor. Al llegar a este punto, el candidato ha superado ya la parte más difícil del camino hacia la canonización. Pero la última meta le queda aún por alcanzar.

La beatificación no impone nada a nadie en la Iglesia. Por esto, la memoria de los beatos no se celebra universalmente en la Iglesia, sino sólo en los lugares donde hay motivo para hacerlo y se pide. La memoria es siempre libre y no obligatoria, para respetar el carácter propio de la beatificación. La fórmula de la beatificación puede proclamarla otro distinto del Papa, por ejemplo, un cardenal en nombre suyo. Así se hacía habitualmente hasta los tiempos de Pablo VI, que comenzó a hacer personalmente las beatificaciones. Esta práctica se ha retomado ahora por el Papa Benedicto XVI.

Después de la beatificación, la causa queda parada hasta que se presente —si es que se presenta— un milagro más realizado por la intercesión del beato. Cuando el último milagro exigido ha sido examinado y aceptado, el Papa emite una bula de canonización en la que declara que el candidato debe ser venerado (ya no se trata de un mero permiso) como santo por toda la Iglesia universal. Esta vez el Papa preside personalmente la solemne ceremonia.

Aunque la canonización sigue siendo el objetivo de toda causa, se trata, funcionalmente hablando, de un ejercicio auxiliar y a plazo indefinido, consistente en comprobar un milagro de intercesión que no agrega nada a la importancia del beato o la beata ni al significado que tiene para la Iglesia, si bien es la manifestación de Dios de Su deseo de que sea venerado por toda la cristiandad.

La intercesión de los santos y beatos nunca remplazará la oración directa a Dios, quién puede conceder nuestros ruegos sin la mediación de los santos. Pero, como Padre, se complace en que sus hijos se ayuden y así participen de su amor. Ellos nos enseñan a interpretar el Evangelio evitando así acomodarlo a nuestra mediocridad y a las desviaciones de la cultura. En la actualidad hay pendientes cerca de 2000 procesos de beatificación y canonización  en la Congregación para la Causa de los Santos.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.