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jueves, 26 de marzo de 2020

CARTA DE SATANÁS PARA RETAR AL CREYENTE EN EL TIEMPO DE CUARESMA...


Mi odiado e incómodo enemigo:

Te saludo deseándote que haya mucha división y desesperación en tu alma y en tu corazón para que se aleje de ti la paz.

He estado observándote desde el inicio de esta cuaresma. Desde el principio te pusiste a hacer planes sin siquiera orar al que llamas tu Dios. Me agrada cuando veo que pasa todo el día sin que hagas si quiera algo de oración, sobre todo me gusta que no bendigas al Señor por los alimentos y bienes que tienes. Eres muy desagradecido con tu Dios, y eso me gusta mucho de ti. También me agrada sobremanera la enrome pereza que demuestras siempre en lo que se refiere a tu crecimiento cristiano, sobre todo en este tiempo de cuarenta días en que dices querer cambiar.

Rara vez en estos días haz tomado la Biblia para leerla y cuando la lees estás cansado y disperso. Oras muy poco y muchas veces recitas palabras de la Biblia que ni siquiera meditas. Por cualquier pretexto llegas tarde a tu Misa dominical y... ¿qué decir de tus quejas?

Hemos disfrutado juntos muchas películas e imágenes que te llevan al pecado... y qué decir de las veces que hemos ido, aunque sea en la imaginación, a los impúdicos espectáculos artísticos en vivo en Internet. Aquel día de tu debilidad de pensamiento... ¡qué bien la pasamos!

Pero sabes, mucho más me agrada que no te arrepientas, sino que reconozcas que tienes derecho a gozar la vida, que pienses solamente en el cuerpo, en la comodidad, en el no hacer nada por los demás y que te alejes del bien hasta creer que no tienes un alma qué guardar para la eternidad. No hay duda... te vas haciendo uno de los míos.

Disfruto mucho los chistes obscenos y que te has aprendido bastante bien, ojalá los puedas difundir con cosas de doble sentido también. Te ríes por lo gracioso de esas cosas, y yo me río de ver a uno que se dice hijo de Dios y de esa María participando en ellos. El hecho es que ambos la pasamos bien. La música vulgar y de doble sentido con los ritmos de moda que escuchas me fascina. ¿Cómo sabes cuáles son las bandas y solistas que me gusta escuchar? 

También gozo mucho cuando difamas y te revelas contra tu Dios. Me siento feliz cuando veo bailando y haciendo esos movimientos que tanto fascinan a muchas parejitas... ¡cómo lo disfruto!

Ciertamente cuando vives  y te diviertes sanamente en familia en cosas como el deporte, una buena película, la oración de eso que llamas el rosario o los juegos de mesa compartiendo, me desilusionas, pero, no hay problema, siempre encuentro otra oportunidad para tentarte. 

Hay veces que me haces servicios increíbles cuando das malos ejemplos, especialmente a los niños o cuando les permites que se desvíen de su inocencia por medio de las redes sociales, la televisión y cosas por el estilo. Son tan perceptivos los pequeños, que fácilmente imitan lo que ven. ¡Te lo agradezco mucho!

Lo que más me agrada de todo es que rara vez tengo que tentarte con cosas nuevas, eres rutinario y casi siempre caes por tu propia cuenta enredándote tú solito. Buscas los momentos propicios, te expones a situaciones peligrosas y buscas mis ambientes.

Si tuvieras algo de motivación de lo tuyo, cambiarías de ambiente y compañías; buscarías crecer, te convertirías; entregarías realmente tu vida al que dices llamar tu Dios y buscarías vivir más el resto de tus años bajo la guía del que llamas Espíritu Santo.

No acostumbro a escribir este tipo de cartas, pero eres tan conformista espiritualmente que no creo que vayas a cambiar. ¡Te reto a que seguirás siendo el mismo! 

Y no mal entiendas, aún te odio y no me interesas en lo más mínimo. Si te busco es porque me agrada cómo es tu manera de comportarte y porque con una vida holgada y doble, sumergida en el materialismo y consumismo reinante, puedes hacer quedar en ridículo a ese tal Jesús y a su madre.

Tu enemigo que te odia:

Satanás (o como me quieras llamar).

P.D. Si realmente me amas, no le cuentes a nadie acerca de esta cartita y ni se te ocurra comentar nada.

miércoles, 26 de febrero de 2020

«¿Por qué se usa ceniza para comenzar la Cuaresma?...


El Miércoles de Ceniza marca el inicio de la Cuaresma, el período de 40 días de ayuno y abstinencia, llamado así porque en ese día los católicos tienen sus frentes marcadas con ceniza en la forma de una cruz o llevan ceniza sobre su cabeza. Nuestros hermanos de otras denominaciones cristianas nos cuestionan acerca de este signo, por eso es necesario saber fundamentar esta celebración —que no es obligatoria— frente a aquellos que nos cuestionan por qué lo celebramos al iniciar la Cuaresma, por qué nos ponemos ceniza en la cabeza. 

 La Iglesia usa ceniza para inicio de su ayuno cuaresmal, porque según nos enseña la Biblia, la ceniza es símbolo de arrepentimiento y penitencia. Por medio de signos sagrados completamente bíblicos, como la ceniza, la Iglesia nos enseña que como cristianos tenemos la marca de Dios en nuestras almas, marca que Cristo compró con su sangre en la Cruz, y que por tal motivo estamos llamados a la fe, a la penitencia y al arrepentimiento. 

Ya en los primeros siglos se menciona el uso de ceniza y lo que representa la Cruz.  San Cirilo de Jerusalén en sus «Catequesis» (XIII, 36) señala: «No nos avergoncemos, pues, de confesar al Crucificado. Sea la cruz nuestro sello, hecha con audacia con los dedos sobre nuestra frente y en todo; sobre el pan que comemos y las copas en que bebemos, en nuestras idas y venidas; antes de dormir, cuando nos acostamos y cuando nos despertamos; cuando estamos de viaje y cuando estamos en reposo».

El gesto de ir a recibir la ceniza significa reconocer la propia fragilidad y mortalidad, que necesita ser redimida por la misericordia de Dios. Las frases que se utilizan para la imposición de la ceniza: «Arrepiéntete y cree en el Evangelio» y «Polvo eres y en polvo te convertirás» nos recuerdan que el ser humano, privado del Espíritu es solo materia que, eventualmente, dejará de vivir”.

En la Sagrada Escritura encontramos algunos textos referentes al uso de la ceniza como signo de arrepentimiento y de reconocer la propia pequeñez ante Dios que conviene en este día meditar:

Hebreos 9,13
«Porque si la sangre de los machos cabríos y de los toros, y la ceniza de la becerra rociada sobre los que se han contaminado, santifican para la purificación de la carne».

2 Samuel 13,19
«Entonces Tamar se puso ceniza sobre la cabeza, rasgó el vestido de manga larga que llevaba puesto, y se fue gritando con las manos sobre la cabeza».

Ester 4,1
«Cuando Mardoqueo supo todo lo que se había hecho, rasgó sus vestidos, se vistió de cilicio y ceniza, y salió por la ciudad, lamentándose con grande y amargo clamor».

Job 2,8
«Y Job tomó un tiesto para rascarse mientras estaba sentado entre las cenizas».

Job 42,6
«Por eso me retracto, y me arrepiento en polvo y ceniza».

Daniel 9,3
«Volví mi rostro a Dios el Señor para buscarle en oración y súplicas, en ayuno, cilicio y ceniza».

Génesis 18,27
«Y Abraham respondió, y dijo: He aquí, ahora me he atrevido a hablar al Señor, yo que soy polvo y ceniza».

Jdt 4,11 
«Todos los hombres, mujeres y niños de Israel que habitaban en Jerusalén se postraron ante el templo, cubrieron de ceniza sus cabezas y extendieron las manos ante el Señor».

Ezequiel 28,18
«Por la multitud de tus iniquidades, por la injusticia de tu comercio, profanaste tus santuarios. Y yo he sacado fuego de en medio de ti, que te ha consumido; y te he reducido a ceniza sobre la tierra a los ojos de todos los que te miran».

Isaías 61,3
«Para conceder que a los que lloran en Sion se les dé diadema en vez de ceniza, aceite de alegría en vez de luto, manto de alabanza en vez de espíritu abatido; para que sean llamados robles de justicia, plantío del Señor, para que El sea glorificado.

Isaías 44,20
«Se alimenta de cenizas; el corazón engañado le ha extraviado. A sí mismo no se puede librar, ni decir: ¿No es mentira lo que tengo en mi diestra?

Jeremías 6,26
«Hija de mi pueblo, cíñete el cilicio y revuélcate en ceniza; haz duelo como por hijo único, lamento de gran amargura, porque de pronto el destructor vendrá sobre nosotros».

Números 19,17
«Entonces para la persona inmunda tomarán de las cenizas de lo que se quemó para purificación del pecado, y echarán sobre ella agua corriente en una vasija.

Ester 4,3
«Y en cada una de las provincias y en todo lugar donde llegaba la orden del rey y su decreto, había entre los judíos gran duelo y ayuno, llanto y lamento; y muchos se acostaban sobre cilicio y ceniza».

Mateo 11,21
«¿Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si los milagros que se hicieron en vosotras se hubieran hecho en Tiro y en Sidón, hace tiempo que se hubieran arrepentido en cilicio y ceniza».

Jonás 3,6
«Cuando llegó la noticia al rey de Nínive, se levantó de su trono, se despojó de su manto, se cubrió de cilicio y se sentó sobre ceniza».

Lucas 10,13
«¿Ay de ti Corazín! ¡Ay de ti Betsaida! Porque si los milagros que se hicieron en ustedes hubieran sido hechos en Tiro y Sidón, hace tiempo que se hubieran arrepentido sentados en cilicio y ceniza».

Padre Alfredo.

viernes, 12 de abril de 2019

«LA IMPORTANCIA DEL MAESTRO CATÓLICO»... Tema de reflexión para Cuaresma y para siempre

Las hermanas Siervas de María Inmaculada, me han invitado a dar una charla y a celebrar la Misa para el retiro de sus maestros en este tiempo de Cuaresma ante la llegada ya inminente de los días de la Semana Mayor. 

Comparto aquí el texto íntegro de la reflexión porque creo que puede servir a otros profesores en estos turbulentos tiempos que vive nuestra sociedad y en los que el papel del profesor católico es primordial:

El maestro, en la labor educativa de las aulas, tiene una situación de contacto privilegiada y permanente con seres humanos, en este caso concreto de este colegio con niños de kinder, pre-primaria y primaria, en esta situación, experimenta muchas alegrías, recompensas, dificultades, penas, y situaciones diversas, que en ocasiones generan desgaste espiritual y humano. Un día de retiro, se convierte en ocasión para que el profesor pueda reencontrarse consigo mismo, con sus compañeros y con Dios, lo que le da mayor sentido a su labor dentro del aula, en una especie de trabajo pastoral, ya que la educación católica está concebida como un espacio de evangelización para que los docentes vivan a profundidad su fe y la fe que nos propone la Iglesia. La educación, constituye siempre una gran preocupación en el corazón de los hombres y mujeres de Iglesia que nos han precedido en esta tarea. La beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento decía que la labor del maestro es «formar a Cristo en el alumno» y Monseñor José Abraham Martínez Betancourt, fundador de las Siervas de María Inmaculada a quienes ha sido encomendado este colegio «10 de Mayo», en una de sus cartas a sus hijas Siervas de María Inmaculada les dice: «La educación comienza por la familia y por la escuela, por consiguiente, ahí tienen ustedes un campo amplio para desarrollar su actividad en medio de la sociedad en que viven» (Carta del 1 de enero de 1979).

Nos encontramos casi al final de la Cuaresma y en el preámbulo de la Semana Santa. Es un buen tiempo para hacer un alto y avanzar en el conocimiento de Cristo, de ese Cristo que se debe formar en cada alumno, pero también de ese Cristo con el que debemos encontrarnos para aumentar y mejorar la vida espiritual que sostiene nuestro compromiso bautismal.

1. Este es un buen tiempo para examinar la propia conciencia.


La práctica de hacer un examen de conciencia, era algo muy frecuente en los tiempos apostólicos y una cuestión que los santos padres citan con frecuencia. También los santos nos recomiendan hacerla. San Agustín dice: «Avancen siempre, hermanos míos. Examínense cada día sinceramente, sin vanagloria, sin autocomplacencia, porque nadie hay dentro de ti que te obligue a sonrojarte o a jactarte. Examínate y no te contentes con lo que eres, si quieres llegar a lo que todavía no eres. (San Agustin Sermón 169). 

Con el examen de conciencia, uno puede darse cuenta de las propias faltas y se puede arrepentir de ellas más fácilmente. «¡No dejen de anotar su examen de conciencia!», les dice Monseñor José Abraham a las hermanas (Carta del 29 de septiembre de 1965).

¿Y qué puede examinar un maestro y alguien que, desempeñando alguna otra función, labora en un centro educativo? Hay —como se dice— mucha tela que cortar. 

El camino de la santidad, que nos lleva al cielo, es estrecho y lleno de dificultades, todos necesitamos hacer de vez en cuando un alto para examinarnos y ver por dónde va nuestro ser y quehacer. En el número 13, de su reciente Exhortación Apostólica «Christus vivit», el Papa Francisco nos recuerda: «La Palabra de Dios nos pide: «Eliminen la levadura vieja para ser masa joven» (1 Co 5,7). Al mismo tiempo nos invita a despojarnos del «hombre viejo» para revestirnos del hombre «joven» (cf. Col 3,9.10). Y cuando explica lo que es revestirse de esa juventud «que se va renovando» (v. 10) dice que es tener «entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándose unos a otros y perdonándose mutuamente si alguno tiene queja contra otro» (Col 3,12-13). Esto significa —dice el Santo Padre— que la verdadera juventud es tener un corazón capaz de amar. En cambio, lo que avejenta el alma es todo lo que nos separa de los demás. Por eso concluye: “Por encima de todo esto, revístanse del amor, que es el vínculo de la perfección” (Col 3,14)». Con estas palabras, podemos ver que, como equipo de trabajo, aquí debe brillar el amor y entonces es necesario, en este alto, hacer un examen sobre el amor, el amor a Dios, el amor a los compañeros de trabajo, el amor a los niños, el amor a las hermanas religiosas que dan vida espiritual a este plantel. «Sigue el consejo de los prudentes y no desprecies ningún buen consejo», dice el libro de Tobías (Tob 4,18).

2. La mortificación no ha pasado de moda.


La Cuaresma y la Semana Santa, deben ser un tiempo de entrega generosa, de ofrenda sincera, de sacrificios que duelen pero que nos vuelven fecundos en nuestra vida espiritual. Este tiempo, para todo hombre y mujer de fe, es un tiempo para morir, de cierta manera, a lo terrenal: «la fornicación, la impureza, la pasiones desordenadas, los malos deseos y la avaricia, que es idolatría; a causa de las cuales cosas viene la ira de Dios sobre los hijos de desobediencia» dice San Pablo a los colosenses (Col 3,5-6). El mismo Apóstol de las Gentes dice: «Castigo mi cuerpo y lo esclavizo, no sea que habiendo predicado a los otros venga yo a ser reprobado» (1Cor 9,27).

Para entender la mortificación cristiana que puede hacer un maestro por sus alumnos, basta leer a San Francisco de Sales que dice: «Los cotidianos, aunque ligeros, actos de caridad: el dolor de cabeza o de muelas; las extravagancias del marido o de la mujer; el quebrarse un brazo; aquel desprecio o gesto; el perderse los guantes, la sortija o el pañuelo; aquella tal cual incomodidad de recogerse temprano y madrugar para la oración o para ir a comulgar; aquella vergüenza que causa hacer en público ciertos actos de devoción; en suma, todas estas pequeñas molestias, sufridas y abrazadas con amor, son agradabilísimas a la divina Bondad» (Introducción a la vida devota 3,35).

¿Qué haces tú por tus alumnos desde tu condición de cristiano o cristiana comprometidos? ¿Cómo haces tu trabajo para que el colegio ofrezca un espacio de santificación para los pequeños? Dice San Pablo: «Y todo lo que hagan, haganlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres» (Col 3,23). 

Hay una anécdota que habla de un rabino —¿ustedes saben qué es un rabino?— que acostumbraba ayunar todos los sábados. El hombre se ausentaba a la hora de la comida, desapareciendo de la vista de todos, cosa que despertó la curiosidad de su congregación, que se preguntaba a dónde iría el rabino. Todos imaginaban que en su tiempo de ayuno, se encontraba secretamente con Dios y para averiguarlo designaron a un miembro de la congregación para que lo siguiera. El «espía» lo siguió y vio que el rabino se disfrazaba de campesino para ir a atender a una mujer pagana paralítica, limpiando su casa y preparando para ella la comida del sábado. Cuando el «espía» regresó, la congregación le preguntó: «¿Qué ha hecho el rabino en sus horas de ayuno? ¿A dónde ha ido? ¿Le has visto ascender al cielo?». «No», respondió el otro, «ha subido aún más arriba».

Este es el camino de la santidad laical, de la santidad que ustedes pueden vivir, el esforzarse por ir más allá de lo establecido y hacer todo para Dios, todo ofrecerlo a Dios, el propio trabajo, el apostolado que se puede hacer escuchando a los niños que tanto lo necesitan, el estudio para estar al día, el cuidado de su vida familiar, poniendo a Cristo a la cabeza de toda realidad social, así se puede vivir la mortificación y caminar por la senda de la Santidad. Así lo enseñó San Jose María Escrivá de Balaguer: «No hay situación terrena, por pequeña y corriente que parezca, que no pueda ser ocasión de un encuentro con Cristo y etapa de nuestro caminar hacia el Reino de los cielos» (Es Cristo que pasa n˚ 22).

Hace pocos días, le llamé por teléfono a una de mis maestras, quizá la más recordada. La profesora Magda Yolanda Villarreal Fernández, mi maestra de matemáticas de secundaria. ¡No tengo nunca con que pagar la entrega y la mortificación de esta extraordinaria mujer que en nuestra adolescencia dejó grabada su pasión por enseñar, educar y formar a Cristo en sus alumnos! Y no hablo de una religiosa ni de una institución católica. Era la Secundaria Vicente Guerrero en San Nicolás de los Garza, N.L., una escuela de la SEP. La profesora Magda nos hacía las clases tan amenas, que aún hasta el más pelado con las matemáticas terminaba haciendo ecuaciones con gusto. Cuando se llegaba el fin de semana y escuchaba que había fiestas de quinceañeras y demás. Nos decía: ¡Muchachos —siempre nos llamó así— yo los acompaño si quieren y llevo a los que necesiten en mi carro! ¿Cómo nos metíamos hasta 9 en un datsun? Allí, con la maestra en la fiesta, díganme ustedes ¿cómo nos teníamos que comportar? Y nunca nos sentimos vigilados sino acompañados por alguien «diligente, sin flojedad, fervorosa de espíritu, como quienes sirven al Señor» diría San Pablo (Rm 12,11). 

«Yo conozco tus obras» —dice el libro del Apocalipsis—, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Así, por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca (Apoc 3,14-15)

El apóstol san Juan, enseña que Dios odia a los tibios, a los que no se mortifican, a los que pasan por la vida sin ton ni son, a los que viven sin pasión, por eso usa una expresión tan fuerte como «vomitarles de su boca». Se vomita lo que daña, lo que no ha sentado bien, así son los tibios para Dios. La tibieza se combate con la diligencia, la mortificación, la entrega, la pasión. La tibieza es hoy muy común en muchos que se dicen católicos y que han sido seducidos por la sociedad materialista y de consumo en la que vivimos, una sociedad con un estilo de vida que, como una sanguijuela, chupa la sangre, las energías, el gozo, la alegría de vivir. Decía San Juan de la Cruz: «Suelen tener tedio (los principiantes) en las cosas que son más espirituales y huyen de ellas, como son aquellas que contradicen el gusto sensible ….. Y así por esta acedia posponen el camino de perfección» (Noche oscura,1,7).

3. Hay que orar sin cesar.


Hay un cuentito que habla de un maestro que invitó al gobernador de cierto lugar a practicar la oración porque él lo hacía a diario y le iba muy bien, le rendía el tiempo, sus alumnos estaban contentos, y en su colegio había un muy buen ambiente. El maestro quiso dar ese buen consejo a aquel hombre para que su pueblo estuviera mejor. Pero el gobernador le dijo que estaba muy ocupado, que no tenía tiempo, y la respuesta del maestro no se dejó sentir: «Me recuerdas a un hombre que caminaba por la jungla con los ojos vendados —le dijo— y que estaba demasiado ocupado para quitarse las vendas». El gobernador siguió alegando su falta de tiempo y el maestro le dijo: «Es un error creer que la oración no puede practicarse por falta de tiempo. El verdadero motivo es la agitación de la mente que se embota». ¿Qué tiempo le dedicamos a nuestro encuentro con Dios en la oración cada día? ¿Cómo podemos conservar nuestra intimidad con Dios, en el ritmo de vida cotidiano para orar por los alumnos? ¿Cómo le podremos pagar al Señor que nos de un trabajo y la oportunidad de servir ala sociedad con una vocación tan especial como ésta? Monseñor José Abraham escribe: «El amor infinito con que Jesucristo nos ha amado, hasta el extremo de dar su vida por nosotros en la cruz exige de nosotros una gran correspondencia de amor» (1 de junio de 1980). Por eso, hay que orar, «oren sin cesar» dice San Pablo a los tesalonicenses (1Tes 5,17).


La Iglesia propone diversas formas de oración para los laicos que todo maestro puede practicar: Rezo del Santo Rosario, La Liturgia de las Horas, La Lectio divina, el Ángelus, etc. La oración es un gran medio de santificación que Dios pone a nuestro alcance. San Juan Bautista de la Salle, recomendaba a sus maestros que, de vez en cuando, hicieran un alto en la clase que estaban dando e hicieran una pequeña monición: «Recordemos que estamos en la presencia del Señor —y guardaba un pequeño momento de silencio— ¡Adorémosle! —decía. Esta práctica la siguen haciendo los lasallistas en sus escuelas. Yo fui maestro de prepa, en la facultad de administración y de arquitectura de una universidad lasallista y lo solíamos hacer. 

Pero, no hay que olvidar que en el mejor sitio donde podemos estar para orar es en la celebración de la Misa, especialmente en la participación de la Misa Dominical. Por eso la Eucaristía comenzó a ser el centro de la fe cristiana desde los tiempos apostólicos. Un maestro que acude con frecuencia a Misa y al Santísimo Sacramento —aquí tienen una capilla, ¿cuántas veces visitan al Señor?— logra mucho para sí y para sus alumnos. San Alfonso María de Ligorio enseñaba: «Jesucristo quiso quedarse en la tierra bajo las especies de pan, no solo para servir de alimento a las almas que lo reciben en la sagrada Comunión, sino también para ser conservado en el sagrario y hacerse presente a nosotros, manifestándonos por este eficacísimo medio el amor que nos tiene» (Visitas al Santísimo. Sacramento, 2). El obispo José Abraham, en una de sus cartas escribe: «Si descuidan la Santa Misa no les puede ir bien. Si descuidan la meditación, el examen de conciencia, la lectura espiritual y el Santo Rosario, se irá debilitando su amor a Dios y después serán incapaces de comprender el amor de Dios» (Carta del 10 de abril de 1970).

4. Estamos aquí para amar como Cristo nos amó.


«Me amó y se entregó por mí» dice San Pablo a los Gálatas (Gal 2,20). Y no hay prueba más grande de ese amor que haber muerto por nosotros para luego quedarse en la Eucaristía.

En un mundo que rehuye el dolor, el sufrimiento, la cruz de Cristo se presenta como referencia. Un Dios condenado, un Dios sufriente, que murió por nosotros debe inspirarnos a ver el dolor de la entrega como un medio de purificación, como una prueba de amor, y santidad, dirá por eso San Ignacio de Loyola: «cuando Dios envía a un alma sin culpa suya, grandes sufrimientos, señal clara es que pretende elevarla a la santidad» (Escritos).

Me viene a la mente un relato que leí por ahí y que dice: «Por la calle vi una niña aterida y tiritando de frío dentro de su ligero vestidito y con pocas perspectivas de conseguir una comida decente. Me encolericé y le dije a Dios: ¿Por qué permites estas cosas? ¿Por qué no haces nada para solucionarlo? Durante un rato, Dios guardó silencio. Pero aquella noche, de improviso, me respondió: ¡Ciertamente que he hecho algo, te hice a ti!».

Un buen maestro, un buen trabajador de un centro educativo católico, sabe que debe saber guardar distancia con el mundo, como todo católico vive en el mundo, pero no es del mundo, y por tanto no cae en lo mismo que caen aquellos que no son cristianos, en espectáculos impúdicos, en asistir a lugares de pecado, en vivir en frivolidad etc. 

¿Cómo formar a Cristo en el alumno sin alejarse de todo lo que va contra la moral, contra la espiritualidad católica y contra los valores, pero sin dejar de vivir en el mundo, en las realidades cotidianas? Amando. Sí, descubriendo y viviendo en el verdadero amor, el amor de Dios. «Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe... Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada» dice San Pablo a los corintios (1 Cor. 13,1-3).

Transcribo ahora un largo trozo de una carta que Monseñor José Abraham, cuando era obispo de Tacámbaro dirige al pueblo de Dios y que mucho nos deja para meditar: «Todos tenemos que cooperar a vivir en nuestra comunidad como verdaderos cristianos. Tu vida moralmente cristiana también hace falta a la comunidad, así́ como la vida moralmente cristiana de los demás es un apoyo para ti. Examina no solo tu vida individual, sino también tu vida de comunidad cristiana. 

¿Por la radio o la prensa te has dado cuenta de las guerras que hay entre naciones, de los colonialismos con que se esclavizan unos a otros? ¿Y tú qué has hecho por ellos? ¿Al menos has pedido a Dios que los ilumine para que encuentren la paz por los caminos de la justicia y la caridad? ¿Has oído quejas de deshonestidad y corrupción pública? ¿Y tú te has contentado con criticar, o has hecho algo cooperando con los demás para conseguir el remedio de estos males? ¡A lo mejor tú mismo, por miedo o por conveniencia, has cooperado a sostener esos males!
¿Has oído hablar de abusos de autoridad o de que la justicia se vende? ¿Y tú que has hecho para unirte con los demás y conseguir que quien tiene autoridad remedie esos males? ¡No vaya a suceder que tú mismo te valgas de influencias para que se haga alguna injusticia de la que tú esperas provecho!

Y hay más cosas, de las que debemos examinarnos, y debemos buscar el remedio, pero no por los caminos de la violencia sino todos unidos por los caminos de la verdad, la justicia y la caridad. Así́ es como debemos vivir el Reino de Cristo, que es Reino de verdad, de amor, de justicia y de paz» (Carta al pueblo de Dios el 26 de noviembre de 1972).

Así que en estos días hay mucho que hacer para re-estrenarse en la vida y en la tarea como maestros, como gente que trabaja en un centro de educación católica. El Papa Francisco varias veces ha hablado a los maestros y antes de terminar esta reflexión, quiero compartirles algunos de sus pensamientos que los animen a seguir dando la vida en esta hermosa tarea que realizan: 

«Ser profesor —dice el Santo Padre— no es solo un trabajo: es una relación en la que cada maestro debe sentirse enteramente implicado como persona, para dar sentido a la tarea educativa hacia los propios alumnos» (Marzo de 2015).

«El docente —dice en otra ocasión— es como el Sol. Muchos no ven su trabajo constante, porque sus miras están en otras cosas, pero no deja de irradiar luz y calor a los educandos, aunque únicamente sabrán apreciarlo aquellos que se dignen “girarse” hacia su influjo. Yo les invito a ustedes, profesores, —continúa diciendo el Papa— a no perder los ánimos ante las dificultades y contrariedades, ante la incomprensión, la oposición, la desconsideración, la indiferencia o el rechazo de sus educandos, de sus familias y hasta de las mismas autoridades encargadas de la administración educativa. La educación es el mejor servicio que se puede prestar a la sociedad, pues es la base de toda transformación de progreso humano, tanto personal como comunitario» (Mensaje del año 2016).

«Un pueblo que no es educado, o por la guerra o por todas las razones que hay para no poder tener educación, es un pueblo que decae. Decae, decae, incluso puede caer hasta el nivel de los instintos. Por eso quiero destacar su noble tarea. Los maestros son: ¡Artesanos de humanidad! ¡Y constructores de la paz y del encuentro! (IV encuentro mundial sobre la educación, celebrado en Dubái, Emiratos Árabes, videomensaje).

5. Vivir este tiempo con María.


Si todo lo que hemos meditado aquí, en este día ya casi finalizando la cuaresma, lo depositamos en el corazón de María, la Madre de Dios y Madre nuestra, a quien la contemplamos como la Madre Dolorosa. Si en su corazón ponemos las tristezas de muchos de nuestros niños, las angustias de algunos padres y tutores y la soledad e incomprensión de muchos maestros que sufren en el mundo, entonces, este momento de reflexión, no será provechoso solamente para nosotros, para nuestras almas, sino que ella lo multiplicará para muchos más porque es Madre de todos. No tengan miedo de vivir en plenitud la Semana Santa, que no sea solo un tiempito para quedarse sin los alumnos y darse a retozar. No teman recorrer su Semana Santa con las prácticas que la Iglesia nos propone, no renieguen de su cruz, que es la cruz del Señor. Levanten los ojos y vean la mano de María su Madre, nuestra Madre extendida y sólo tómenla, y verán que su misión se seguirá realizando en medio del mas profundo amor. Vivan su tarea educativa como Cristo que dice: «¡A mí nadie me quita la vida, yo la doy porque quiero!» (Jn 10,18).

En esta Semana Santa, ya inminente, estoy seguro de que Dios quiere hacer nueva tu vida. «Hagan todo lo que él les diga» (Jn 2,5), esta expresión del diálogo entre Jesús y María en las Bodas de Caná les ayudará a esperar contra toda esperanza, No tengan miedo, no hay fracaso en la vida de un profesor que quiere entregarse de lleno, no tengas miedo al tiempo que vendrá, es siempre el tiempo mejor que Dios nos permite vivir si le creemos que está verdaderamente con nosotros como lo estuvo con ella. Que ella tome cada uno de sus corazones y sientan hondamente en su ser en plena comunión con ella y en alianza con ella que el Señor se entrega, que el Señor da su vida, para que la vida nuestra sea nueva.

Padre Alfredo.

jueves, 21 de marzo de 2019

«LA VIVENCIA DE NUESTRA CUARESMA EN UN SENCILLO DECÁLOGO»... Un tema para retiro


El «Miércoles de Ceniza» hemos iniciado el tiempo privilegiado de la Cuaresma, y, con ello, una nueva oportunidad que Dios nos da para vivir de forma muy intensa la salvación por la práctica de las buenas obras, por la mutua reconciliación y el propósito de enmienda, por la escucha de la Palabra de Dios, por el acercamiento al prójimo necesitado y por el cambio de vida.

Este tiempo tiene tres lineas fundamentales que todos los católicos debemos vivir: la «oración», la «limosna» y la «penitencia», manifestada esta última en el ayuno. En todos los signos de la Cuaresma están presentes estas tres características esenciales de este tiempo litúrgico para llevarnos a una reconciliación plena con el Señor y con los hermanos.

La oración en Cuaresma nos lleva a pedir perdón de los pecados y nos ayuda a que crezca nuestra entrega y que entendamos los acontecimientos que nos llevan a la salvación manteniéndonos fieles para resucitar con Cristo en la Pascua.

La limosna, o sea la caridad fraterna, la vivimos en una caridad y una solidaridad concretas olvidándonos de nosotros mismos para servir a los demás.

En este tiempo, la penitencia, manifestada principalmente en el ayuno, se traduce en sacrificios comunitarios o particulares que nos hacen pensar y valorar lo que Cristo hizo por nosotros al morir en la Cruz. Con la penitencia alcanzamos un espíritu de sacrificio que aumenta nuestra generosidad asemejándonos a Cristo pobre, sufriente y perseguido. Ya desde el Miércoles de Ceniza se nos hablaba en el Evangelio (Mt 6,1-18) de todo esto que es propio de la Cuaresma.

La vivencia de nuestra Cuaresma es la oración, la limosna y el ayuno no deben ser algo que se hace solamente porque se debe de hacer, porque no se trata de un tiempo para tranquilizar nuestra conciencia para poder decir «¡ya cumplí!»... sino que esta vivencia debe brotar desde dentro del corazón como expresión del deseo de renovar nuestra fe y nuestra vida cristiana.

Se trata, pues, en pocas palabras, de vivir este tiempo concretizando nuestro seguimiento de Cristo en la vida ordinaria haciendo un esfuerzo por entrar en nosotros mismos y encontrarnos con Dios. Pero, ¿cómo concretizar todo esto? La beata María Inés Teresa de Santísimo Sacramento nos ayuda, en un sencillo decálogo cuaresmal a encontrar las pautas que necesitamos:

1. TRABAJAR POR AMOR EN LOS INTERESES DE JESÚS.


«Desde el comienzo de las faenas diarias...» 

Recordemos el Evangelio, ciando nos dice Jesús: «Cuanto hiciste a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hiciste» (Mt 25,40).

2. VIVIR LA CUARESMA CON MARÍA.


«Antes de salir de casa, pídele su bendición a imprime en su frente un beso. Ella te lo devolverá a la hora de tu muerte... debemos platicar continuamente con esta Madre Santísima». 

Pensemos en aquella expresión del Evangelio de San Lucas cuando al anciano Simeón le dice a María: «¡Y a ti misma, una espada te atravesará el alma!» (Lc 2,35).

3. LOS PEQUEÑOS SACRIFICIOS Y EJERCICIOS CUARESMALES.


«Con modesta naturalidad camina la Virgen montada en su burrito».

Es el espíritu de sacrificio y oración que también encontramos muchas veces en el Evangelio: «De madrugada cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración» (Mc 1,35).

4. EL SERVICIO.


«Los trabajos pequeños de todos los días...»

En el Evangelio Jesús dice: «Si alguno quiere venir en pos de mi, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mc 8,34).

5. LA SENCILLEZ DE NAZARETH.


«Así como Jesús y María hablaban, trabajaban, oraban, comían, desempeñaban sus quehaceres domésticos en su casita de Nazareth, debo hacerlo yo, procurando ser cada día más semejante a ellos».

Esa sencillez que nos presenta San Lucas con las simples palabras: «Bajó con ellos y vino a Nazareth, y vivía sujeto a ellos. Su Madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón. Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2,51-52).

6. OFRECERLO TODO.


«No daba un paso, una puntada, trabajo u ocupación cualquiera sin que no lo ofreciera a Jesús y María; vivía en el cielo o en Nazareth».

Darlo todo como Jesús: «Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos...» (Jn 15,13ss).

7. UNA FE GRANDE, CON TODO EL CORAZÓN.


«Creo...»

Nos falta fe, como nos dice Jesús: «Si tuvieras fe como un granito de mostaza, dirías a este monte: desplázate de aquí a allá, y se desplazaría, y nada les sería imposible» (Mt 17,20).

8. LA ESPERANZA.


«Que todos te conozcan y te amen es la única recompensa que quiero».

La esperanza que siempre tiene Jesús, como cuando elige a los apóstoles: «Instituyó doce para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar» (Mc 3,13-14).

9. CARIDAD SIN FRONTERAS... LA MISIÓN.


«Que se conviertan todos, pero ya».

Jesús con todos hablaba, a todos servía, para todos tenía tiempo: «Y les dijo: "Vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16,15).

10. TODO EN UNA INMENSA ALEGRÍA.


«¡Alegría porque Cristo ha venido! ¡Alegría porque somos hijos de Dios! ¡Alegría que queremos compartir con quienes no conocen a Cristo y al Padre que lo envió!» 

Dice Jesús: «¡Ánimo! Yo he vencido al mundo» (Jn 16,33).


Como vemos, en esta Cuaresma tenemos mucho que hacer. No podemos, de ninguna manera, vivir como el rico epulón mientras a Lázaro los perros le lamen sus llagas (cf. Lc 16,21ss), ni podemos orar nada más para que los demás nos vean, como hacen los hipócritas (cf. Mt 6,5-6) ni podemos dejar de tomar la cruz (cf Mt 10,38). Hay mucho, mucho que hacer.

No podemos perder de vista aquello que nos dice el mismo Cristo en su Evangelio: «Cuanto hiciste a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hiciste» (Mt 25,40).

El Señor Dios no se deja ganar en generosidad y estemos seguros de que nuestras prácticas cuaresmales se verán coronadas de la dicha de resucitar con Cristo en la pascua a una vida nueva. El mismo Dios nos lo concederá.

Padre Alfredo.

domingo, 10 de marzo de 2019

«Jesús en el desierto (Lucas 4,1-13)»... Un tema para un retiro de Cuaresma

El estudio, la contemplación y la reflexión en la Sagrada Escritura nos enseñan que el desierto, en la tradición bíblica, es un lugar ambivalente: por un lado, el desierto es el lugar contrapuesto a la tierra cultivada o rica en pastos, habitada por el hombre y transformada por su trabajo. En cierto modo, el desierto, de por sí, es lugar no humanizado. Asociado al caos primordial, es símbolo de la desolación y de la aridez. En el desierto sólo se piensa en lo básico y necesario: en el agua, la comida, el camino. Así, el desierto se convierte en el escenario de las mayores dificultades y retos en donde el hombre, sin seguridades a las que aferrarse, se siente sometido a las pruebas más duras.

Por otro lado, el desierto en la Escritura aparece como el espacio en el que se goza de una especial intimidad con Dios: «La llevaré al desierto y le hablaré al corazón», le hace decir Oseas a Yahvé (Os 2,14). En este lenguaje teísta, el profeta nos enseña que en el desierto se hace presente Dios para hablar al corazón del pueblo. En un lenguaje no religioso (o trans-religioso), eso significa que, cuando el desierto nos ha «obligado» a soltar nuestras falsas identificaciones, se nos hace presente Aquello inefable, lo único permanente que, no solo nos sostiene en todo momento, sino que nos constituye.

De esta manera, el desierto bíblico se ve como un espacio de enamoramiento de Dios y de Israel. Es experiencia del amor de Dios. Es sí, un período de prueba, pe-ro como lugar de paso hacia la tierra prometida. No es meta ni ideal para la instalación permanente, sino paso que conduce a la libertad. Somos peregrinos, y debemos llevar como posesión sólo aquellos bienes que no pueden ser ni robados por ladrones ni carcomidos por polillas. ¿Y en qué hemos puesto nuestro corazón?

Pero no deja de ser el desierto un lugar ambiguo, que puede ser ocasión de salvación o de perdición, porque en él se puede encontrar a Dios, pero también a los demonios. «El hecho de que se haya roto la comunión con Dios, también ha dañado la relación armoniosa de los seres humanos con el ambiente en el que están llamados a vivir, de manera que el jardín se ha transformado en un desierto (cf. Gn 3,17-18)» (Mensaje para la Cuaresma 2019 del Papa Francisco).

El desierto, para el creyente, es experiencia de la fuerza vivificadora de Dios, que da el maná juntamente con su Palabra. Para el pueblo de Israel el desierto es, en el Antiguo Testamento, un lugar de encuentro con Dios, una oportunidad. No recuerda el pueblo el desierto como maldición, ni como castigo, ni como un simple sufrimiento pasajero. El desierto es, sencilla y llanamente, lo que es, ni más ni menos: Es silencio, soledad, aridez, tentación, prueba, espacio de reflexión para experimentar el amor de Dios que no abandona. El desierto nos muestra con crudeza la fragilidad de ser humano, su indigencia, su inconsistencia radical, su transitoriedad, lo que le debe llevar a reconocer la dependencia en una doble dirección: en relación a los demás y en relación a Dios. ¿Y dejamos que Dios sea Dios o lo acomodamos a nuestros intereses y expectativas?

En el desierto el pueblo de Israel aprendió una lección muy importante: no es posible sobrevivir si no se es alimentado por Dios, si no se escucha su Palabra, si no se confía totalmente en Él. Las tentaciones del desierto fueron superadas mediante la entrega y la fidelidad. En el desierto el hombre fiel adquiere conciencia de su nada. Y allí mismo, en el desierto, se producen los encuentros más hondos y sinceros. 

La atracción del desierto es algo místico. Es el lugar donde mejor se descubre el conflicto de las pasiones del ser humano. En el desierto la Palabra de Dios se convierte en maná que nutre y en agua que apaga la sed. Ir al desierto es caminar con Dios hacia la libertad, abandonando los valores esclavizantes de la sociedad. En el desierto, tierra sin caminos, se comprende mejor que el camino de Dios es su actividad salvadora. Recorrer los caminos de Dios es actuar siempre según su voluntad.

Por eso, para todo católico, la primera parada de la Cuaresma debe ser el desierto. El desierto como lugar trascendente. Cada año, en la Iglesia, somos convoca-dos en Cuaresma a ir al desierto, es decir, a buscar un espacio de purificación, de penitencia íntima del espíritu. Somos invitados a ir al lugar de la lucha entre Dios y el ángel del mal, al lugar de la tentación, porque solamente cuando nos despojamos de cosas queridas y nos exiliamos de nosotros mismos, comenzamos a tener a Dios a la vista y a mirar con una visibilidad nueva a los hombres. El pueblo de Dios es pueblo peregrino, caminante, exiliado, que sabe que nunca puede instalarse definitivamente en el desierto, porque está devorado por la inmensa nostalgia de la tierra prometida. El desierto es la gran pedagogía de Dios, que educa a su pueblo para la eternidad.

El desierto entonces, en la Escritura y en la vida de la Iglesia, no puede ser entendido solo como un lugar geográfico; ni siquiera solo un lugar como aquellos espacios que, en nuestra sociedad, se caracterizan por la soledad o el silencio, como suelen ser los monasterios o, más ampliamente, los parajes rurales. El desierto es más bien un espacio que buscamos para silenciarnos y ofrecernos la oportunidad de reconectar conscientemente con nuestro centro. Un momento tan difícil como privilegiado. Difícil e incluso doloroso porque en él nos sentimos zarandeados. Por algo en la Biblia se nos narra que la experiencia del desierto resultaba tan dura para los hebreos, que hubieran ansiado volver a la esclavitud y que no so-lamente echaban de menos las «cebollas de Egipto» (Num 11,5), sino que deseaban «haber muerto» (Num 14,2).   

El desierto es un espacio, un momento, un lugar que nos zarandea y nos desnuda porque desenmascara nuestras falsas seguridades. ¡Habíamos puesto nuestra seguridad en algo incapaz de otorgarla! Por eso, en un primero momento, somos llevados en la Cuaresma a buscar nuestras raíces más profundas. Cuando ese re-corrido se vive adecuadamente, es probable que al final podamos constatar lo que decía el filósofo Søren Kierkegaard (1813-1855), que afirma: «me habría ido al fondo si no hubiera ido al fondo». En efecto, antes o después, el desierto nos conduce hacia el fondo estable y quieto, aquello que queda cuando hemos soltado —voluntaria o involuntariamente— todo lo que está de más.

Para el cristiano, la vivencia del desierto es la búsqueda de ese fondo en el que está Cristo, Camino, Verdad y Vida. No hay más remedio que atravesar el desierto del mundo para llegar a la tierra prometida de la vida eterna. Para el cristiano, el desierto cuaresmal es, sobre todo, actitud o situación de conversión. El desierto cuaresmal espiritualiza porque crea afinidad con Cristo y nos sitúa en la ruta del amor, para poder celebrar la Pascua del Señor, muerto y resucitado quien también pasó por la experiencia del desierto. «Si no anhelamos continuamente la Pascua, si no vivimos en el horizonte de la Resurrección, está claro que la lógica del todo y ya, del tener cada vez más acaba por imponerse» (Mensaje para la Cuaresma 2019 del Papa Francisco).

Cuarenta años anduvo Israel por el desierto, cuarenta días estuvo Jesús en el desierto, cuarenta días debemos como Iglesia vivir en el desierto. De lo que se trata, entonces, es de una experiencia de desierto, bastante conocida en la tradición monástica y en la tradición mística. Pero no es una experiencia exclusiva de monjes y místicos, sino que está al alcance de todos nosotros.

La cuaresma de cuarenta días aparece íntimamente ligada al desierto. Como he dicho, hay que remontarse a los cuarenta años que el pueblo de Israel peregrinó por el desierto hacia la tierra prometida (Dt 8,2 4; 29,4 5). Hay que ir a los cuarenta días que transcurrió Moisés en la cima del monte Sinaí sin comer ni beber, absorto y sobrecogido ante la presencia del Innombrable (Ex 34,27 28; 24,18; Dt 9,18). Hay que ir a los cuarenta días y cuarenta noches que el profeta Elías pasó caminando por el desierto hasta el monte Horeb para encontrarse con Yahvé (1 Re 19,8). Porque sorprendentemente en todos estos episodios, se conjuga la experiencia del desierto, con el ayuno, con la teofanía (manifestación de Dios) y con el caminar peregrino envuelto en la esperanza y apoyado en la promesa. A todo ello hay que añadir la fuerza simbólica del número cuarenta de profundo significado en la tradición hebrea. El paradigma definitivo que da sentido a la cuaresma, preparado sin duda por los acontecimientos citados, hay que fijarlo en la experiencia de Jesús en el desierto, también durante cuarenta días y cuarenta noches (Mt 4, 1-11; Mc 1, 12-13; Lc 4, 1-13), practicando un ayuno roto únicamente por la palabra divina que nutre y sacia, porque «no de sólo pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios».(Mt 4, 4).

Jesús quiso revivir las etapas que había atravesado el pueblo de Dios: por eso fue llevado por el Espíritu al desierto para ser sometido a la prueba. Pero a diferencia de sus antepasados, Jesús supera la prueba y permanece fiel. Él, en medio del desierto, es el agua viva, el pan del cielo, el camino y el guía, la luz en la noche, la serpiente que da vida a todos los que la miran para ser salvados. En Él hemos superado la prueba, en Él tenemos la comunión perfecta con Dios. «La “Cuaresma” del Hijo de Dios fue un entrar en el desierto de la creación para hacer que volviese a ser aquel jardín de la comunión con Dios que era antes del pecado original (cf. Mc 1,12-13; Is 51,3). Que nuestra Cuaresma suponga recorrer ese mismo ca-mino, para llevar también la esperanza de Cristo a la creación, que «será liberada de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21)» (Mensaje para la Cuaresma 2019 del Papa Francisco).

El texto de San Lucas, para hablar de Jesús en el desierto que ahora tomo, es el de San Lucas, que es el que la liturgia de este año litúrgico del 2019 nos propone para el primer domingo de Cuaresma y que está en Lucas 4,1-13:

«En aquel tiempo, Jesús regresó del Jordán lleno del Espíritu Santo. El Espíritu lo condujo al desierto, donde el diablo lo puso a prueba durante cuarenta días. En todos esos días no comió nada, y al final sintió hambre. Entonces el diablo le dijo: “Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan”. Jesús le contestó: “Está escrito: No sólo de pan vive el hombre”. Después lo llevó el diablo a un lugar elevado y le mostró, en un instante, todos los reinos de la tierra; y le dijo: “Te daré todo el poder de estos reinos y su gloria, porque a mí me lo han dado y a quien yo quiera se lo puedo dar. Si te postras ante mí, todo será tuyo”. Jesús le respondió: “Está escrito: Adorarás al Señor tu Dios, y sólo a él darás culto”. Entonces lo llevó a Jerusalén, lo puso en la parte más alta del templo y le dijo: “Si eres Hijo de Dios, tírate desde aquí; porque está escrito: Dará órdenes a sus ángeles para que te protejan; te llevarán en brazos y tu pie no tropezará en piedra alguna”. Pero Jesús le respondió: “Está dicho: No tentarás al Señor tu Dios”. Cuan-do terminó de poner a prueba a Jesús, el diablo se alejó de él hasta el momento oportuno».

Antes de comenzar a predicar, el Maestro se prepara con oración y ayuno. Se retira al desierto, donde pasa 40 días rezando a su Padre, sacrificándose, forjando su carácter y temperamento con el sacrificio y la renuncia. Una dura preparación, pero es que también le esperaba una no menos dura misión. Como puerta de entrada, y tal vez también como resumen de la vida del hombre sobre la tierra, también Él va a ser tentado. Es fácil que estas tentaciones, o similares, se le vol-viesen a presentar al Señor durante toda su vida pública, y que ya hubiesen toca-do a su puerta durante la vida privada. El evangelista dice que Satanás «se alejó hasta el momento oportuno». A nosotros quizá no nos importe si estas tentaciones se le presentaron juntas o no, si se concentraron en un día o tocaron a su alma durante toda su vida. Lo importante es que nuestro Salvador también fue tentado. Se hizo tan semejante a los hombres que también tuvo que luchar y sufrir para mantenerse fiel a Dios. 

La escena está llena de misterio, un misterio que resulta en vano querer entender —Dios que se somete a la tentación, que deja cancha libre al Maligno—, pero una escena que puede ser meditada, pidiendo al Señor que nos haga saber la enseñanza que contiene. Una gran lección que nos da es que, para vencerlas, hay que prepararse. ¿Cómo? El Señor usó dos medios principales: la oración y la renuncia a los propios gustos.

Después de cuarenta días de ayuno, con el solo alimento —tal vez— de yerbas y de raíces y de un poco de agua, Jesús siente hambre: hambre de verdad, como la de cualquier criatura. Y cuando el diablo le propone que convierta en pan las piedras, Nuestro Señor no sólo rechaza el alimento que su cuerpo pedía, sino que aleja de sí una incitación mayor: la de usar del poder divino para remediar —si podemos hablar así— un problema personal. Jesús no hace milagros en beneficio propio. Convierte el agua en vino, para los esposos de Caná; multiplica los panes y los peces, para dar de comer a una multitud hambrienta... pero él se gana el pan, durante largos años, con su propio trabajo en la carpintería de Nazareth. Y, más tarde, durante el tiempo de su peregrinar por tierras de Israel, vive con la ayuda de aquellos que le siguen.

Aquellos 40 días de desierto no fueron para autocomplacerse, ciertamente fueron para Cristo tiempo de oración, de templar el ánimo y el corazón para todo lo que vendría para él en aquellos años de su vida pública: el dolor, el sufrimiento, la incomprensión, la soledad, la muerte misma, pero al fin, el triunfo, la gloria, la victoria, cuando después de tres días de muerto, el Padre le toma la Palabra, lo vuelve a la vida y lo coloca como Señor y centro de la historia de los hombres y del universo entero.

Jesús nos invita también a nosotros a ir al desierto. Un desierto, en el interior, en nuestro propio cuerpo, porque pensar en ir a un desierto físico sería poco menos que imposible para muchos de nosotros. Jesús nos invita a vivir en la Cuaresma un desierto que signifique tomar conciencia de nosotros mismos, de nuestras limitaciones, pero también de nuestras muchas potencialidades y sobre todo del destino eterno, trascendente al que estamos llamados: La cuaresma es el tiempo privilegiado de la peregrinación hacia Aquel que es la fuente de la misericordia. Es una peregrinación en la que Él mismo nos acompaña a través del desierto de nuestra pobreza, sosteniéndonos hacia la alegría inmensa de la Pascua.

La Iglesia vive oculta en el desierto hasta el retorno de Cristo que pondrá fin al poder de Satán (Ap 12,6.14): «Y la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios para ser allí alimentada 1.260 días (…) Pero se le dieron a la Mujer las dos alas del águila grande para volar al desierto, a su lugar, lejos del Dragón, donde tiene que ser alimentada un tiempo y tiempos y medio tiempo». La Iglesia vive así en el desierto como Cristo, un tiempo nuevo.

¿Cómo haremos entonces en esta Cuaresma para procurarnos nuestro propio desierto, para encontrarnos a nosotros mismos, a los demás, a nuestro mundo y sobre todo a Cristo Salvador para asociarnos a él en su muerte para acompañarlo hasta tu propia resurrección y salvación?

La figura de Cristo en el desierto es, pues, indispensable para comprender la naturaleza de la vida cristiana. San Juan escribe: «Como él es, así somos nosotros en este mundo» (1 Juan 4,17). Es cierto que una persona que está en el camino espiritual, como nosotros que formamos una comunidad en torno a Cristo, probable-mente no esté tentada a emborracharse o a usar drogas, o a cosas por el estilo, pero sus tentaciones serán más parecidas a las que Cristo soportó: desobedecer la Palabra o probar la propia dependencia del Padre. No dejemos que el diablo, que tentó también a Jesús, nos robe la unción que recibimos en el bautismo o socave nuestra vocación. Parémonos firmemente en la Palabra de Dios y anclado allí obtendremos la victoria, tal como lo hizo Jesús. Cristo venció al Tentador en el desierto para beneficio nuestro: «Pues no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado» (Heb 4,15)». Pidámosle a María Santísima que en esta Cuaresma ella también vaya al desierto con nosotros y nos sostenga firmes en el seguimiento de su Hijo. Que ella nos ayude en estos 40 días a abandonar lo secundario para dirigirnos al desierto, a la fabulosa aventura de la fe que nos llevará a celebrar la pasión, muerte y resurrección de nuestro Salvador.

Padre Alfredo.

jueves, 15 de febrero de 2018

«Esta tarde con la Samaritana»... Hora Santa 33. Para orar en el tiempo de Cuaresma


Se inicia la Hora Santa con la Exposición del Santísimo mientras se canta.

CANTO DE ENTRADA:
«En Jesús puse toda mi esperanza»

EN JESÚS PUSE TODA MI ESPERANZA,
ÉL SE INCLINÓ HACIA MÍ,
Y ESCUCHÓ MI CLAMOR,
Y ESCUCHÓ MI CLAMOR...

Me sacó de la fosa fatal,
del fango cenagoso;
asentó mis pies sobre la roca,
mis pasos consolidó...

En Jesús puse toda mi esperanza...

Puso en mi boca un canto nuevo,
una alabanza a nuestro Dios,
muchos verán y creerán,
y en Jesús confiarán...

En Jesús puse toda mi esperanza...

Ministro: Creemos en ti, Jesús, Señor de la Eucaristía. Tú nos diste a beber agua viva para que no nos falte nunca el don de tu Espíritu y la experiencia de tu Amor. 
Todos: Padre Nuestro, Ave María, Gloria.

Ministro: Creemos en ti, Jesús, Señor de la Eucaristía. De tus labios, el pedir de beber, es una declaración de amor divino, que ofreces, en la samaritana, a todos los pueblos.
Todos: Padre Nuestro, Ave María, Gloria.

Ministro: Creemos en ti, Jesús, Señor de la Eucaristía. Por el agua del bautismo hemos sido convertidos en tus hermanos menores para adorarte en espíritu y en verdad.
Todos: Padre Nuestro, Ave María, Gloria

Ministro:  Padre Santo, Tú permites a tus hijos experimentar tu misericordia cuando encontramos a tu Hijo, Jesucristo a quien ahora adoramos. Permítenos escuchar en esta Hora Santa su voz, que nos anuncia tu compasión y tu amor. Haz que en estos momentos lo encontremos, de corazón a corazón, para que apague nuestra sed de vida y para que viviendo con alegría nos parezcamos más a él, que vive y reina contigo, en la unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos.
Todos: Amén.

Monitor: Conocer a Dios es el fundamento para poder amarlo de verdad, porque nadie ama a quien no conoce, escuchemos ahora la experiencia de la samaritana. Nos ponemos de pie.

LECTURA DE LA PALABRA DE DIOS:

Del evangelio según san Juan.                                                                        (Jn 4, 5-18)

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria, llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José. Ahí estaba el pozo de Jacob. Jesús, que venía cansado del camino, se sentó sin más en el brocal del pozo. Era cerca del mediodía. Entonces llegó una mujer de Samaria a sacar agua y Jesús le dijo: «Dame de beber». (Sus discípulos habían ido al pueblo a comprar comida). La samaritana le contestó: «¿Cómo es qué tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?». Jesús le dijo: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva». La mujer le respondió: «Señor, ni siquiera tienes con qué sacar agua y el pozo es profundo, ¿cómo vas a darme agua viva? ¿Acaso eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del que bebieron él, sus hijos y sus ganados?» Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed. Pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial capaz de dar la vida eterna». La mujer le dijo: «Señor, dame de esa agua para que no vuelva a tener sed ni tenga que venir hasta aquí a sacarla». Él le dijo: «Ve a llamar a tu marido y vuelve». La mujer le contestó: «No tengo marido». Jesús le dijo: «Tienes razón en decir: ‘No tengo marido’. Has tenido cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad». Palabra del Señor.

Monitor: Guardemos un momento de silencio para la oración y el diálogo personal con el Señor.

CANTO DE MEDITACIÓN:
«LA SAMARITANA»

La tarde era un puñado
de luz y de sudores,
el sol llegaba fuerte
y Jesús sintió sed.
Él llegaba cansado,
de andar por los caminos
y una mujer del pueblo,
le pidió de beber.

ERA SAMARITANA
Y NO SABÍA DÓNDE ESTABA
EL REMEDIO PARA LA SED
ERA SAMARITANA
Y NO SABÍA QUE JESÚS
ES EL CAMINO HACIA LA FE.

Jesús le dijo a aquella
que le negaba el agua,
Si tú me conocieras
no tendrías más sed.
Porque el tiempo se acerca
en que toda la gente,
para calmar sus ansias,
beberán de mi ser.

ERA SAMARITANA...

Su vida estaba turbia
y se estaba dando cuenta,
que aquel con quien hablaba
veía en su interior.
Se fue corriendo al pueblo
y le dijo a los vecinos
en un hombre sediento,
encontré al salvador.

ERA SAMARITANA...

Lector: En el marco de la Cuaresma hacemos nuestra Hora Santa ayudados por el testimonio de la samaritana con su «¡Dame de beber!» (Jn 4, 7), palabras que nos llevan a meditar en la pasión de Dios por toda la humanidad anhelando suscitar en nuestros corazones el deseo del don del «agua que brota para la vida eterna» (Jn 4, 14) y que hace de los cristianos «adoradores verdaderos» capaces de orar al Padre «en espíritu y en verdad» (Jn 4, 23). ¡Sólo esta agua que brota de la Eucaristía puede apagar nuestra sed de bien, de verdad y de belleza! Sólo esta agua, que nos da el Hijo, irriga los desiertos del alma inquieta e insatisfecha, «hasta que descanse en Dios», según las célebres palabras de san Agustín.

Se puede hacer el siguiente canon semitonado:

Dame de beber,
Dame de beber,
Dame de beber,
Dame de beber, Jesús.

Momentos de silencio.

Lector: Jesús se presenta ante la samaritana no sólo como la fuente de agua viva, sino como Alguien que nos hace ser «un manantial capaz de dar la vida eterna». Si me acerco a Él, se remedia mi sed, y como discípulo–misionero puedo dar a los demás agua viva; puedo ayudarles a salir de su sed, de su soledad, de su amargura, de su depresión y desolación, para que lleguen a la tierra prometida. Jesús hizo ver a la mujer samaritana que llevaba ya cinco maridos, y que con quien en ese momento convivía, no era su legítimo esposo. Esto es lo que hace el agua de Cristo desde su presencia Eucarística: nos invita a ver con más claridad nuestros pecados para irnos a lavar en el pozo del sacramento de la Reconciliación. Por ello la Cuaresma nos exige lavarnos de tantas manchas que se nos pegan por el camino. En este tiempo privilegiado de conversión, somos invitados a lavar las manchas del pecado y a iniciar una nueva vida.

Se puede hacer el siguiente canon semitonado:

Lávame Señor,
Lávame Señor,
Lávame Señor,
Lávame Señor, Jesús.

Momentos de silencio.

Lector: Nosotros también, como la Samaritana, nos encontramos a Jesús en el pozo, pero ahora ese pozo es la Custodia en donde adoramos desde el silencio de nuestro corazón su presencia, para convertirnos, para beber paz, perdón, serenidad y fortaleza, que nos ayuden a continuar luchando en este desierto de la vida. De manera que a la luz de este relato encontramos que la Cuaresma es un tiempo especial para acercarnos a este pozo eucarístico y adorar calladamente desde lo profundo de nuestro ser pidiendo un nuevo corazón. Sólo bebiendo de esta agua, los sacerdotes y consagrados podrán dar de beber a las almas, los esposos podrán permanecer fieles, sobrellevarse y amarse. los hermanos podrán estar en paz interiormente y convivir en paz en familia. Sólo estando en silencio algunos momentos ante Cristo, los que quieran vivir la Cuaresma encontrarán sabiduría, prudencia y fortaleza para vivir este tiempo de oración, ayuno y limosna.

Se puede hacer el siguiente canon semitonado:

Conviérteme hacia ti,
Conviérteme hacia ti,
Conviérteme hacia ti,
Conviérteme hacia ti, Jesús.

Momentos de silencio.

Monitor: Oremos en espíritu y en verdad a nuestro Padre Dios, fuente de toda vida y misericordia, y digámosle:

R/ Señor, sacia nuestra sed.

1.Por la Iglesia, para que nos acerque a la misericordia de Dios y sea ella la que, como madre y maestra siempre nos dé de beber de la fuente de vida eterna, oremos.

2. Por los pastores de la Iglesia, para que estén siempre disponibles a dar de beber a quienes acuden al pozo del confesionario y puedan escucharlos con paciencia y comprensión, oremos.

3. Por los gobernantes y por los partidos políticos, para que busquen la fuerza del espíritu desde la oración y tomen buenas decisiones ante los problemas de los que más sufren en nuestra sociedad, oremos.

4. Por los niños, adolescentes y jóvenes, para qué sintiéndose verdadera comunidad de la Iglesia de Jesucristo, lleguen a ser fuente de agua viva para todos los sedientos, a través de la vocación específica que elijan, oremos.

5. Por todos nosotros y nuestra comunidad, para qué en la búsqueda de la renovación de nuestras vidas, durante esta Cuaresma, aprendamos a vivir según el espíritu de Jesús, oremos.

Ministro: Padre, muéstranos nuevos caminos hacia ti y hacia los hermanos y que sepamos encontrarnos fraternalmente unos a otros como tú te encuentras con nosotros, en Jesucristo nuestro Señor. Amén

CANTO PARA LA BENDICIÓN:
«OH BUEN JESUS YO CREO FIRMEMENTE»

OH BUEN JESUS YO CREO FIRMEMENTE
QUE POR MI BIEN ESTAS EN EL ALTAR.
QUE DAS TU CUERPO Y SANGRE JUNTAMENTE
AL ALMA FIEL EN CELESTIAL MANJAR.

Pequé, Señor, ingrato he venido;
infiel te fui, confieso mi maldad;
Contrito ya, perdón, Señor te pido,
eres mi Dios, apelo a tu bondad (bis).

OH BUEN JESUS...

¡Oh Buen Pastor, amable y fino amante!
Mi corazón se abraza en fino ardor,
si te olvidé, hoy juro que constante,
he de vivir tan solo en tu amor (bis).

OH BUEN JESUS...

Ministro: Nos diste Señor, el pan del cielo.
Todos: Que contiene en sí todo deleite

OREMOS: Oh Dios, que en este sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu pasión, te pedimos nos concedas venerar de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. R. /Amén.

Aclamaciones finales:
*Bendito sea Dios. *Bendito sea su santo nombre. *Bendito sea Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. *Bendito sea el nombre de Jesús. *Bendito sea su sacratísimo Corazón. *Bendita sea su preciosísima Sangre. *Bendito sea Jesús en el Santísimo Sacramento del altar. *Bendito sea el Espíritu Santo Paráclito. *Bendita sea la gran Madre de Dios, María Santísima. *Bendita sea su santa e inmaculada Concepción. *Bendita sea su gloriosa Asunción. *Bendito sea el nombre de María, Virgen y Madre. *Bendito sea San José, su castísimo esposo. *Bendito sea Dios en sus ángeles y en sus santos. Amén.

CANTO FINAL:
«MI PENSAMIENTO ERES TÚ»

Mi pensamiento eres Tú, Señor (3v). Mi pensamiento eres Tú.

Porque Tú me has dado la vida. Porque Tú me has dado el existir.
Porque Tú me has dado cariño, me has dado amor. (bis)

Mi fortaleza eres Tú, Señor ( 3v). Mi fortaleza eres Tú.
Mi alegría eres Tú, Señor (3v). Mi alegría eres Tú.

Mi esperanza eres Tú, Señor (3v). Mi esperanza eres Tú.