lunes, 2 de noviembre de 2026

«Que brille para ellos la luz perpetua»... Un pequeño pensamiento para hoy


Dice san Gregorio de Niza: «No debemos llorar por la muerte, sino asombrarnos ante el misterio de la transformación humana.» Estas palabras, que de alguna manera inspiran uno de los prefacios de la Liturgia de Difuntos, tocan la fibra más sensible y, a la vez, más esperanzadora de nuestra fe. En este día en que recordamos a todos nuestros fieles difuntos, no celebramos el final de un camino, sino la continuidad de la existencia bajo una luz nueva. Frente al misterio de la muerte, el mundo suele experimentar miedo, vacío o desesperación. Por una parte sabemos que es natural sentir dolor ante la separación física de quienes amamos; Jesús mismo lloró ante la tumba de su amigo Lázaro, porque la fe no nos inmuniza contra la tristeza, sino que la dota de un propósito divino. No miramos las tumbas y los nichos como muros o cajitas de piedra infranqueable, sino como puertas que se abren hacia la eternidad.

Para comprender esta transformación, podemos mirar la misma creación de Dios. Si una pequeña oruga se encerrara en su capullo pensando que es el fin del mundo, se perdería la maravilla de convertirse en mariposa. Su antigua forma de vida termina, pero solo para dar paso a una existencia mucho más plena, libre y hermosa. Así acaece con el cristiano: dejamos este cuerpo terrenal, limitado por el tiempo y la enfermedad, para revestirnos de una vida imperecedera. Por eso hoy celebramos una certeza que no se basa en una ilusión, sino en un hecho histórico y espiritual: la Resurrección de Jesús. Él venció a la muerte para asegurarnos que nuestro destino final no es el polvo, sino la gloria. San Pablo nos lo recuerda con claridad: si nuestra esperanza en Cristo fuera solo para esta vida, seríamos los más desdichados. Pero Cristo ha resucitado, y en Él, nosotros también viviremos.

Pero… ¿qué significa esto para nuestro día a día? Sabemos que nuestros seres queridos que han partido no han desaparecido en la nada; habitan ahora en los brazos del Padre, donde ya no hay llanto, ni dolor, ni luto o están el Purgatorio de camino al Cielo. Cada buena obra, cada gesto de amor y cada oración que sembramos en esta tierra son las semillas de la vida eterna que nos van alcanzando la contemplación plena y definitiva de Dios. La muerte no destruye el amor, porque el amor es lo único que nos llevamos al otro lado. Los cristianos sabemos manejar el miedo a nuestro propio final porque sabemos quién nos espera al final del trayecto. Renovemos bajo el amparo de María, Madre del verdadero Dios por quien se vive nuestra confianza en las promesas de Jesús. Que cuando nos toque experimentar la despedida de un ser querido, o cuando reflexionemos sobre nuestra propia partida, repitamos con fuerza en el corazón: la vida no se destruye, se transforma; no se apaga, sino que se enciende en la eternidad. Que brille para nuestros difuntos la luz eterna. ¡Bendecido lunes! 

Padre Alfredo.

 

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