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sábado, 15 de noviembre de 2025

CINCO SITUACIONES QUE PREOCUPAN A LOS OBISPOS DE MÉXICO...

Los Obispos mexicanos, reunidos en Asamblea Nacional en noviembre de 2025, expresaron cinco principales preocupaciones que tienen sobre la realidad social y política actual que se vive en México:

1. “Nos dicen que la violencia ha disminuido, pero muchas familias que han perdido seres queridos o poblaciones enteras que viven con miedo constante experimentan otra realidad”.

2. “Nos dicen que se combate la corrupción, pero ante casos graves y escandalosos, no se percibe la voluntad de esclarecerlos, por lo que prevalece la impunidad”.

3. “Nos dicen que la economía va bien, pero muchas familias que no pueden llenar su canasta básica y muchos jóvenes que no encuentran oportunidades de trabajo nos hacen ver que esto no es verdad”.

4. “Nos dicen que se respetan las libertades, pero quienes expresan opiniones críticas son descalificados y señalados desde las más altas tribunas del poder”.

5. “Nos dicen que somos el país más democrático del mundo, pero la realidad es que hemos visto cómo han comprometido los organismos y las instituciones que garantizaban la auténtica participación ciudadana para concentrar el poder arbitrariamente”.

¿A quién le toca dar respuesta a esto?

Padre Alfredo.

martes, 26 de febrero de 2019

«La justicia divina»... Un pequeño pensamiento para hoy

Dios siempre permanecerá fiel a sus promesas, eso lo sabemos de sobra, pero es hermoso recordarlo una y otra vez, esta ocasión con ayuda del autor el salmo 36 [37] con este canto sapiencial que adoptó rápidamente la tradición judía, según los comentarios encontrados entre los manuscritos de la IV gruta de Qumran en esa especie de «monasterio» judío en la orilla del mar muerto hace relativamente pocos años. El salmo completo es un poema acróstico, es decir, es una composición poética que contiene letras —al inicio, en medio o al final de sus versos— con las que se puede formar una palabra o una frase clave. Ciertamente al traducirlo a las diversas lenguas pierde esto, pero no su valioso contenido. Hoy para nosotros la liturgia toma una parte (Sal 36 [37],3-4.18-19.27-28.39-40). En el original, cada cuarteto comienza con un vocablo abierto por la correspondiente letra del alfabeto hebreo en progresión. El salmista invita al lector a confiar en el Señor y es una respuesta a la indignación de los justos por la prosperidad de los malos. Hoy como ayer, está siempre latente la tentación de pensar que a Dios no le interesa lo que sucede en la vida cotidiana de cada persona, o que los impíos a menudo prosperan más que los justos. 

La solución que da el salmista es precisamente confiar en el Señor y propiamente en su justicia. La justicia divina nos enseña que la prosperidad de los impíos es efímera; a fin de cuentas hemos de comprender, aún en medio del dolor, de la pobreza, de la enfermedad. de la soledad o de la angustia, que Dios enderezará las cosas. Este salmo es un desafío para mirar a Dios confiando en obedecerle en vez de mirar la acción de los malvados, que parece que pululan en nuestro mundo y quieren que se actúe acorde con ellos. A veces el creyente es atraído por el aparente éxito de esta gente sin escrúpulos y el salmista exhorta al justo a mantenerse sereno, a no enojarse porque no hace falta. Dios hará justicia: «Pon tu esperanza en Dios, practica el bien y vivirás tranquilo en esta tierra... Apártate del mal, practica el bien y tendrás una casa eternamente... La salvación del justo es el Señor; en la tribulación él es su amparo; a quien en él confía, Dios lo salva de los hombres malvados». Quien se decide a vivir un camino justo al servicio del Señor no emprende un sendero fácil. 

Las dos lecturas de hoy (Eclo 2,1-13; Mc 9,30-37) junto al salmo no disimulan las dificultades, sino que las resaltan. Será imprescindible vigilar y guiar el corazón, valentía y serenidad de espíritu para perseverar en este camino. Porque «si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9,37). El asedio del mundo de los malvados a la voluntad del hombre que se decide ser justo y servir a los demás con sencillez será constante y tenaz, imprevisible e insospechado. Las pruebas serán como de fuego y humillación al hombre que confía en la justicia del Señor, como el fuego prueba el oro. Los apóstoles, que hoy son reprendidos por Cristo en el Evangelio, son pobres gentes como todos nosotros. Quizá también de mente obtusa, limitada, estrecha que se dejan llevar a veces por los criterios de los malvados, que buscan los primeros lugares estando por encima de los demás. Pero, según podemos ver, gracias a la acertada intervención de Jesús, que es siempre justo como el Padre, fueron transformados, fueron levantados por encima de sí mismos, e investidos de una fuerza y de una inteligencia que, para descubrir cómo actúa la justicia divina, no venía de ellos sino del mismo Cristo que no abandona nunca al que busca esa justicia, aunque viva en medio de los criterios del mundo. Siempre es así hoy en la Iglesia. La justicia divina, el modo de actuar de Dios, no se puede juzgar simplemente desde un punto de vista estrictamente humano, hay que abrirse a la gracia, como el salmista, como María, a quien entre otras advocaciones la vemos en el Tepeyac ayudando a san Juan Diego a esperar en la justicia divina llevando con sencillez «el encargo» en su ayate, que servirá de señal. ¡Bendecido martes! 

Padre Alfredo.

martes, 22 de enero de 2019

«El bueno, el justo, el santo...» Un pequeño pensamiento para hoy.

Estamos estudiando, con los Ministros Extraordinarios de la Comunión Eucarística (M.E.C.E.) de la parroquia, la exhortación apostólica del Papa Francisco: «Gaudete et Exsultate», el escrito del Papa sobre el llamado a la Santidad en el mundo actual. El subtitulo del documento pone así, con mayúsculas la palabra «Santidad» para recalcar, creo yo, que ese es el tema central y que la búsqueda de la santidad se encuentra al alcance de todos. En sus ejercicios espirituales de 1943, la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento escribe: «La santidad es algo que todos tenemos al alcance. Desde el más ínfimo labrador hasta el más poderoso monarca pueden y deben aspirar a la perfección, la cual encontrarán en solo esa práctica sencillísima: el cumplimiento de sus deberes de estado, y por ende, de la divina voluntad». Hoy el salmista, en el salmo 110 (111 en la Escritura) nos recuerda que la santidad está al alcance de todos porque basta ser un hombre justo, un hombre bueno para alcanzarla. 

A veces, dice Francisco en «Gaudete et Exsultate», complicamos demasiado el concepto de santidad, y lo enredamos tanto como los fariseos del Evangelio de hoy (Mc 2,23-28), que se quedan en el criterio legalista y formalista: «permitido»... «prohibido»... y hacen una justicia a modo de máquina, vacía de corazón y siempre referida a la Ley, tomada en sí misma: ¿tengo derecho de hacer esto o aquello? ¿Hasta dónde puedo llegar sin que sea pecado? Jesús viene a recordarnos hoy que más allá de lo permitido o de lo prohibido, está el amor al estilo de la justicia divina, que es mucho más exigente que todas las interdicciones. Para ser santo basta amar y ser justo, por eso el salmista dice: «Quiero alabar a Dios, de corazón, en las reuniones de los justos». El justo es el bueno, el recto de corazón, el que glorifica a Dios con su vida. Algunos estudiosos nos dicen que Jesús podría haber tenido en mente este salmo al afirmar que el más grande mandamiento era: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón» (Mt 22,37) y que: «El sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado» (Mc 2,28). 

La primera frase es una explicación clarísima de lo que es la santidad, y basándose en esto es que san Agustín podrá exclamar: ¡Ama, y haz lo que quieras!». La segunda expresión, que cierra el Evangelio que hoy se lee en Misa, es una magnífica aplicación de la ley reconociendo que somos nosotros, los hombres quienes santificamos los días, los tiempos, los espacios, y no ellos a nosotros. El recoger espigas era una de las treinta y nueve formas de violar el sábado, según las interpretaciones exageradas que algunas escuelas de los fariseos hacían de la ley. La ley es buena y necesaria. La ley es, en realidad, el camino para llevar a la práctica el amor, pero esa ley no puede ser absolutizada al estilo del mundo, sino a la manera de la justicia divina, que mira siempre al corazón. Por eso la vida del cristiano en este camino del llamado a la santidad, es sencilla, sin complicaciones farisaicas. En la justicia divina, lo sustantivo y lo esencial es el amor, con ese se logrará alcanzar la santidad. Hoy es martes, voy a la Basílica, allí los encomiendo a la Morenita del Tepeyac, porque donde está ella, allí llega el espíritu de la verdadera santidad y de la justicia de corazón. Como Madre amorosa nos recibe a todos los que anhelamos la realización de la santidad en el mundo actual. ¡Bendecido martes! 

Padre Alfredo.

martes, 8 de enero de 2019

«Multiplicar la paz y la justicia»... Un pequeño pensamiento para hoy


¡Qué anhelo tan grande tiene hoy el salmista (Salmo 71 —72 en la Escritura—) de que florezca la paz y la justicia era tras era! Cualquiera de nosotros, como discípulos–misioneros del «Rey de justicia y de paz» interesados por el resto de nuestros semejantes, nos hemos planteado en más de una ocasión esta pregunta: ¿Qué puedo hacer para que haya justicia y paz y con esto mejorar el mundo? En la actualidad, raro es el día en que las noticias no nos incitan a cuestionarnos sobre este tema que nos deja otras interrogantes: ¿cómo puede tanta gente seguir llevando un estilo de vida tan desinteresado cuando hay tanta gente muriendo de hambre y cuando los habitantes de una nación se matan entre sí? ¿Qué se puede hacer ante una situación en donde el color de la piel o la carencia de pasaporte es un estigma que conduce a la muerte? Y la respuesta no suele ser otra que una desconsoladora confesión de impotencia: ¿Qué puedo hacer yo frente a problemas de una injusticia de tales dimensiones que atentan contra la paz exterior y la paz del alma? Por eso muchos razonamos de la siguiente manera: «¡No estoy en condiciones de arreglar nada»!... ¡Falaz razonamiento! 

Aunque cueste creerlo, hay que contestar que sí, que sí estamos en posibilidades de hacer algo. Cristo vino a este mundo, el Rey de la paz y de la justicia se encarno y ciertamente no me pide que logre detener todas las guerras, solo que siembre un poco de amor a mi alrededor, como dice san Juan hoy en su primera carta (1 Jn 4,7-10); no me exige que calme la necesidad de todos los hambrientos, tan sólo que destine una buena parte de mí, de lo que soy, de lo que hago y de lo que tengo a quienes lo necesiten; nadie me obliga a consolar a los millones de seres que necesitan apoyo, únicamente se me pide que ame, que sea un poco de alivio para cuantos están cerca de mí. Nada más me puede exigir el que nació en un pesebre y creció pobre en Nazareth, pero tampoco nada menos. Y con estas acciones conseguiremos hacer recapacitar a los que nos contemplan y quizá cunda el ejemplo multiplicando los panes y los peces (Mc 6,34-44). Dios ha «encarnado» su amor. Ha dado su Hijo al mundo para que a nadie falte la paz y la justicia. Jesús es el amor de Dios por todos. Es el Hijo único, entregado. Único. Entregado. No guardado para sí. Dado. ¿Y yo? ¿De qué soy capaz de privarme, por amor? ¿De qué modo concreto traduzco en obras mi amor por la paz y la justicia? 

En el Evangelio que la liturgia de hoy nos presenta con la escena de la multiplicación de los panes, la invitación del Maestro a que den de comer al pueblo desconcierta por completo a los discípulos. Su bolsa contiene doscientos denarios, en caso de decidirse para comprar pan. Pero Jesús les pregunta por sus propias provisiones, por lo que tienen, por lo que es de ellos, a lo que responden decididos: «quedan cinco panes y dos peces». Naturalmente, los discípulos saben que no pueden saciar al pueblo, como les encarga Jesús: «Denles ustedes de comer». La mirada de ellos y por supuesto también la nuestra, debe dirigirse a Jesús. Los discípulos están ante el pueblo con las manos vacías y ellos tienen algo, poco, pero como se dice: «algo es algo». Jesús puede alimentar a la multitud con eso poco. Así también estamos ahora nosotros delante del mundo, con lo poquito que somos, que hacemos y tenemos, pero podemos entregarlo a Jesús para que él lo multiplique y sacie el hambre de la multitud. Los discípulos —como muchas veces nosotros hoy— se reconocen incapaces de remediar la necesidad. No pueden hacer nada si no interviene el Señor. Sólo pueden reconocer su apuro. Pero esto es necesario, si sólo a los pobres y a los débiles se da el Reino de Dios vamos bien. Dios quiere seguir alimentando a los demás, llevarles la paz y la justicia, por medio de nuestras escasas provisiones. El pan de la paz y la justicia, sólo se multiplicará cuando se multiplique la solidaridad. El papel de la Eucaristía es exactamente éste: hacer crecer la solidaridad en la oración, en el sacrificio por los otros, en el dar lo poquito o lo mucho, haciendo comunión con los hermanos que estén a mi lado, sin distinción de género, de clase y de color. Por eso la eucaristía será siempre una multiplicación de los panes que harán justicia para que reine la paz. Los encomiendo esta tarde en la Basílica, confesando a los pies de la Morenita del Tepeyac ¡Bendecido martes! 

Padre Alfredo.

viernes, 4 de enero de 2019

«La justicia divina»... Un pequeño pensamiento para hoy

La insistencia de la Liturgia en el salmo 97 (98 en la Biblia), hoy nuevamente como salmo responsorial, me lleva a pensar en la esperanza del pueblo del Antiguo Testamento en la llegada de un Mesías que llegara a establecer un reino de justicia sobre la tierra y la realización de este sueño en Cristo, nacido para que vivamos precisamente en justicia y santidad. El Hijo de Dios, la Majestad del cielo, el Rey de reyes y Señor de señores, nuestro Creador, dejó de lado su exaltada posición junto a su Padre en el cielo y vino a esta tierra cargada de pecado, y asumió nuestra naturaleza caída haciéndose semejante en todo a nosotros, menos en el pecado (Flp 2,7). Esta Majestad, el Rey de reyes, el Príncipe del cielo, fue rechazado por su propio pueblo, a quienes quiso librar de la esclavitud de la injusticia. Y él se humilló a sí mismo hasta la cruz. ¡Jesús no solo murió por nosotros, él murió en una cruz, en medio de dos ladrones sufriendo nuestra injusticia! Él, que había enseñado en el sermón de la montaña de un modo claro y conciso: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos» (Mt 5, 6). San Juan Pablo II, en una de sus catequesis enseña: «El Verbo se hizo carne, y "carne" ("sarx") indica precisamente el hombre en cuanto ser corpóreo (sarkikos), que viene a la luz mediante el nacimiento "de una mujer" (cf. Gál 4, 4). En su corporeidad, Jesús de Nazaret, como cualquier hombre, ha experimentado el cansancio, el hambre y la sed. Su cuerpo era pasible, vulnerable, sensible al dolor físico. Y precisamente en esta carne ("sarx"), fue sometido Él a torturas terribles, para ser, finalmente, crucificado: "Fue crucificado, murió y fue sepultado".» (Catequesis del 3 de febrero de 1988). Así, Cristo nos enseña que no puede existir amor sin justicia. En Cristo encontramos la verdadera justicia fundada en el amor, que «rebasa» la justicia al estilo humano. Cristo viene a enseñarnos que, si se tambalea la justicia, la auténtica justicia, también el amor corre peligro. 

Jesucristo es el verdadero «Justo», él es el cordero que quita el pecado del mundo, el Cordero pascual de nuestra redención, que se inmoló como sacrificio perfecto en su Sangre e instituyó como sacramento la noche del Jueves Santo. Así, su Iglesia puede celebrar todos los días, en la Santa Misa y en los demás sacramentos, el memorial de la justicia divina en la pasión, muerte y gloriosa resurrección del Señor, para prolongar su presencia entre nosotros y su acción salvadora, siempre justa, hasta el final de los tiempos. Quien vive según la justicia es justo, como él, Jesús, es justo (cf. 1 Jn 3, 7-10), porque él es justo como el Padre misericordioso lo es. Así, el autor del salmo 97 reconoce y celebra el señorío del Justo Juez sobre todo el mundo. EL Mesías anunciado y esperado, que se encarna en Cristo, es celebrado en su señorío sobre todo el mundo. Cristo, a quien estos días contemplamos en un niño pequeñito que las imágenes nos recuerdan, es el Rey de la justicia y de la paz y merece la honra y gloria como Rey de todo lo creado. El mar, los ríos, los mares, toda la creación alaba a Dios y espera en su justicia... los problemas ecológicos que el mundo globalizado vive hoy, indican que el salmista tiene razón. 

La alabanza gozosa del salmista está enfocada en que el Salvador viene para juzgar la tierra. Esta es la esperanza del cristiano. Jesús ha venido y, según el Apocalipsis, cundo venga por segunda vez va a instituir la justicia para siempre en un mundo nuevo donde reine ésta acompañada de todas las demás virtudes. Es de notarse cómo el salmista combina los hechos de Dios en la historia pasada, la alabanza del presente y la esperanza futura. Y en esta esperanza, la justicia y la rectitud son importantes. Hoy muchas naciones gritan por justicia anhelando un régimen que pueda lograr la justicia, pero, los creyentes no podemos quedarnos cortos anhelando solamente una justicia al estilo de los gobiernos del mundo, sino que debemos aspirar a alcanzar la justicia al estilo de Dios haciendo todo lo posible para que se establezca ya. Vale la pena ir al corazón sereno de José y María junto al pesebre para entender esto bien fijando los ojos en Jesús, como después lo hizo Juan (Jn 1,35-42) señalando a Jesús como el Cordero de Dios. Hay que dejarse enseñar por José, por María, por Juan y así entenderemos la clase de justicia que el Señor quiere para su pueblo. Y hoy, hoy si es 4, ayer me cuatrapeé y en WhatsApp puse: «Jueves 4». ¡Bendecido viernes a todos desde mi Selva de Cemento! 

Padre Alfredo.

jueves, 23 de junio de 2016

GUARDIANES, TALENTOS Y VIDA... Amor y justicia en el matrimonio

La omisión del amor y de la justicia es el gran pecado de nuestros tiempos y de siempre. «Acaso soy el guardián de mi hermano?» (Gn 4,9), pregunta Caín al Señor apenas en los inicios de la creación. Se ven letreros que hablan del amor o ropa con corazones... ¿pero, cómo se vive el amor en nuestro mundo actual? Se hacen marchas, protestas, reclamaciones en favor de la justicia, pero en las cosas pequeñas de cada día... ¿cómo se promueve la vida de justicia? Estas dos cosas, bien sabemos los creyentes, se empiezan a vivir en la familia, que es fruto de la unión de un hombre y una mujer que son llamados a compartir su ser.

En el Nuevo Testamento, la parábola de los talentos (Mateo 25,14-30, Lucas 19,12-28) es siempre una invitación a reivindicar la eficacia del amor y la justicia bien entendida. No se trata de ver el pragmatismo de una eficacia inmediata, pero sí es la responsabilidad por los efectos profundos de nuestras acciones. No basta tener buenas intenciones para amar o para ser justos.

Cada vez somos testigos de menos celebraciones de matrimonio en nuestros templos. Muchos de nuestros hermanos y amigos, llenos de talentos, dones y cualidades que el Señor les dio para compartirlos, se contentan con irse a vivir juntos para evitar compromisos de amor y de justicia y buscan solamente pasar un tiempo juntos. Un matrimonio de nuestra época —de esta era de la postmodernidad en la que impera el pragmatismo— no puede buscar solamente compartir la vida con buenas intensiones para dividir gastos o pasar el rato sin la bendición de Dios. En la unión matrimonial, tanto el hombre como la mujer son llamados a establecer esta unión para ser «guardianes» el uno del otro y buscarse cada día compartiendo en amor y justicia el conjunto de talentos que Dios ha dado, tanto al hombre como a la mujer. El amor no puede ser auténtico en una pareja si no vive el uno para el otro como guardián y si cada uno no desentierran los talentos que Dios les dio y los multiplican.

Con demasiada frecuencia se desconoce, por parte del creyente, que el matrimonio y la familia son un proyecto de Dios que invita al hombre y a la mujer, creados por amor, a realizar su proyecto de amor y justicia en fidelidad hasta la muerte. El hombre y la mujer, siendo imagen y semejanza de Dios que es amor, son invitados a vivir en el matrimonio el misterio de la comunión. Hombre y mujer son llamados al amor en la totalidad de su cuerpo y de su espíritu en una vida de compromiso justo, compartiendo lo que son, lo que hacen y lo que tienen.

Los esposos, para vivir el amor y la justicia, deben cultivarse, prepararse, organizarse, discernir. No se pueden refugiar en la frágil y muy debilitada moral de la época, que se queda muchas veces en buenas intenciones. Hay que tomarse en serio e invertir los talentos para que se multipliquen en los hijos.

¿Por qué será que el mundo vive tanta confusión, especialmente en este campo del matrimonio, del amor, de la justicia, de la familia, del ejercicio de la sexualidad? ¿Por qué se habla de brindar el sagrado nombre de «matrimonio» a uniones de convivencia que bien pudieran tener otro nombre? Hoy están muy en boga las encuestas y las entrevistas a personas más o menos famosas para que eso de pautas a seguir. Aparecen en el radio, en la televisión, en el periódico y no se diga en Internet. Imaginen que ahora estos personajes famosos fueran interrogados con preguntas como estas: ¿Qué es para ti el matrimonio? ¿Por qué crees que el matrimonio es la unión de un hombre y una mujer? ¿Qué es lo que más le importa a la sociedad de hoy de la vida matrimonial? ¿Cómo piensas llenar tu vida matrimonial o cómo la llevas si ya la vives? ¿Qué sentido tiene para ti el tiempo en la vida matrimonial? ¿Qué crees tú que le pueda esperar a un mundo sin niños?

El hombre y la mujer de fe, saben que la vida matrimonial la diseñó Dios invitando al hombre y a la mujer a compartir los talentos que ha recibido. Cualidades, bienes, posibilidades... deben conocerlos y reconocerlos como dados por Dios para compartirlos en un tiempo diseñado por Dios —hasta que la muerte los separe— para poner en juego esos talentos: comunidad de vida y amor en la familia, actividad profesional, responsabilidad de casados, vida de unión espiritual como pareja con Dios.

El hombre y mujer, en la relación matrimonial no pierden su libertad; en justicia saben que esa libertad es parte de los dones que Dios regaló a cada uno y la deben conservar como un tesoro. Cada uno de los dos es libre: sus decisiones y sus actos seguirán siendo fruto de la libertad. Libremente llegan ante al altar a comprometerse a multiplicar sus talentos en la vocación matrimonial. Se les pedirá  cuentas de cómo lleven su unión conyugal pero cada día recibirán la fuerza de lo alto para crecer en el amor y en la justicia. La última instancia nos será el gusto egoísta, el bienestar materialista o la propia comodidad. La última instancia será la voluntad de Dios que los ha unido y los ha invitado a trabajar con amor y en justicia sus talentos como matrimonio, en la edificación de una sociedad de más amor y más justicia.

Para acrecentar en el matrimonio tanto el amor como la justicia, tiene mucho que ver también aquel otro principio del Evangelio: «El que guarde su vida, la perderá, y el que pierda su vida, la encontrará» (Mateo 10,39; Mateo 16,25; Marcos 8,35; Lucas 9,24; Lucas 17,33).

¿A que llama entonces Dios al matrimonio a un hombre y una mujer?

.- A vivir conforme a la moral del evangelio.
.- A trabajar unidos por establecer una comunidad de vida y amor.
.- A hacer de la vida un servicio justo del uno para el otro y juntos para los demás.
.- A salir del propio egoísmo dando la vida por el otro.

Eso es ganar otros cinco, tres o un talento más. Eso es ganar la vida.

Que cada matrimonio de hoy, bien fundamentado en el amor y la justicia, sea una invitación para todas las parejas —unidas por la Iglesia o no— a vivir amándose alertas y vigilantes en la justicia. Que no se dejen vencer por la comodidad, por la pereza, por la rutina. Que no los impregne el pragmatismo de sentir que se tiene valor como persona sólo si se es útil económicamente para el otro. Que no busquen su realización si no es respetando la vocación que han recibido de lo alto. Que no se dejen enredar por modas pasajeras y criterios que llegan de culturas ajenas a la fe. Que muestren al mundo que los talentos se multiplican en una vida ordinaria y de sencillez, ayudando a quien lo necesita, apoyando al que está  triste, alentando al que está  deprimido.

Una última cosa en esta reflexión. Que cada matrimonio abra su corazón a María. Ella les dará la clave para invertir y multiplicar los talentos recibidos. Ella los guiará  en su unión matrimonial para «perder» la vida en la entrega de amor y justicia al otro. Ella, que estuvo presente en las boda de Caná, sabrá de sus necesidades, Ella los alentará cada día para ser, de todo corazón, el uno, guardián del otro.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.