Y qué maravilloso es descubrir que el Evangelio no es una idea lejana ni una palabra muerta: el Evangelio acontece. Acontece cuando dejamos entrar a Jesús en nuestra vida, en nuestras comunidades, en nuestras despedidas y encuentros, en nuestra fragilidad y en nuestra alegría. Sé que eso buscamos como bautizados: dejar entrar a Jesús para que Él nos haga familia, como él quiere y como Madre Inés nos enseñó. En la familia de Jesús nadie sobra, nadie queda fuera, nadie vale menos. Por eso estamos llamados a reconocernos pequeños, necesitados de sentarnos juntos a la mesa de la Palabra y a la mesa de la Eucaristía, donde el Señor nos alimenta, nos reúne y nos vuelve a enviar. En estos días he podido agradecer, con mucha emoción en Indonesia, el gozo de ser Familia Inesiana, familia de Manuelita de Jesús —su nombre de pila— y, sobre todo, familia de Jesús, José y María. He sentido que mi casa es el mundo, y que en cada comunidad a la que llego soy recibido como un hermanito que va de paso, discípulo-misionero, invitado a vivir con pasión el Reino que nos hace hermanos. Terima kashi bagna!
Por eso, al llegar al final de estos días, mi corazón se llena de gratitud. Gracias a mi superior general, el padre Carlos, siempre dispuesto a hacer todo por la misión y a mis demás hermanos misioneros de Cristo; a la hermana Rina, que es la superiora de la región de Indonesia, que comprende 11 misiones en Indonesia y una en Vietnam; a tantas hermanas misioneras clarisas y vanclaristas de esta hermosa región; a las hermanas Silvia y Tere por aguantar al «hermanito molón» en esta experiencia misionera; y gracias a tantos seglares que han servido con generosidad: maestros, doctores, enfermeros, trabajadores, cocineros, choferes y tantos rostros buenos que ya se han robado un pedacito de mi corazón misionero. Hoy me pregunto, y los invito a preguntárselo conmigo: ¿de qué manera mi fe se nota en mi capacidad de reconocerme familia con quienes Dios pone en mi camino? ¿Estoy dispuesto a seguir escuchando la Palabra para ser otro Cristo como Madre Inés quería? ¿Qué puedo hacer desde mi responsabilidad y mi ministerio, para que el Reino no sea solo un deseo bonito, sino una realidad concreta? Y junto con ustedes, en esta última Eucaristía aquí en Yakarta, miramos a María, la primera que escuchó la Palabra y la cumplió. Les invito a decirle: «Dulce Madre, no te alejes…». ¡Bendecido martes!
Padre Alfredo.
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