Cuando aquellos hombres piden tiempo para enterrar a sus padres o despedirse de sus familias, Jesús no les está pidiendo que desprecien su historia ni sus raíces. Les está mostrando que la llamada no admite excusas interminables ni aplazamientos. Para seguirlo hay que llevar sólo lo indispensable y poner el corazón entero en la construcción del reino de Dios, venciendo la incertidumbre y el miedo al cambio. Ante la grandeza y la soberanía de Dios que proclama la primera lectura, tomada del libro de Job (Job 9, 1-12), nuestra respuesta no puede quedarse en un buen deseo: ha de convertirse en misión y en esfuerzo por hacer comunidad. Arriesgarlo todo por el evangelio tiene un propósito: preparar la mesa de la fraternidad para que nadie quede excluido. Y, en ese camino, el único equipaje verdaderamente necesario es la misericordia y el amor de Dios.
En este día recordamos también la inmensa tarea de san Jerónimo, que dedicó su vida a traducir la Biblia para ponerla al alcance de todos. Su conocida afirmación —«ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo»— ilumina el evangelio de hoy: seguir al Señor supone escuchar su Palabra y dejar que ella ordene nuestros afectos, aligere nuestro equipaje y nos ponga en camino. Pidamos a san Jerónimo y, por supuesto, a María Santísima, la mujer que supo escuchar y guardar la Palabra, que nos ayuden a comprender que la Biblia no es un refugio para alejarnos de la vida, sino una lámpara para reconocer a Cristo y servirlo en nuestros hermanos. ¡Bendecido miércoles!
Padre Alfredo.
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