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domingo, 26 de enero de 2025

«Diez características de un buen discípulo–misionero»...


1.- Un buen discípulo–misionero ha de asumir el llamado o vocación cualquiera que sea (religiosa, laical, sacerdotal, misionera) con responsabilidad.

2.- Un buen discípulo–misionero debe estar unido a Jesús para ser uno con Él y amar al prójimo con alegría y sencillez ofrendando la vida por Él, con Él y en Él bajo la mirada de María, la Madre de Dios, la primera discípula–misionera.

3.- Un buen discípulo–misionero debe ser alma de oración, fuerza invisible para toda vocación (misionera, laica, religiosa o sacerdotal) impregnada en las estructuras espirituales y sociales.

4.- Un buen discípulo–misionero debe ser transmisor de lo que ha vivido en el encuentro con Cristo sirviendo a los demás con gratitud, fidelidad y generosidad

5.- Un buen discípulo–misionero vive en plenitud los sacramentos de la Eucaristía y la Reconciliación para volver a siempre a Cristo y transmitir su experiencia en el amor al prójimo.

6.- Un buen discípulo–misionero está convencido de que el amor de Dios es capaz de aniquilar la acción del maligno por eso se abandona con confianza a la Providencia divina.

7.- Un buen discípulo–misionero vive en estado de conversión mirando al cambio social, con un testimonio valiente para predicar el Evangelio, siempre con humildad y respeto buscando impregnar a la sociedad con el Espíritu Santo.

8.- Un buen discípulo–misionero está en el mundo y busca iluminarlo cristianamente con la fe inquebrantable en Jesús, asistiendo al más necesitado, adaptándose a las circunstancias y lugares en donde vive y desarrolla su tarea apostólica.

9.- Un buen discípulo–misionero es un gran defensor de la vida y la familia y lucha contra las cosas negativas de las ideologías que apartan del plan de Dios para cada hombre y mujer.

10.- Uu buen discípulo–misionero construye bases solidas en los valores cristianos dentro de los hogares, instruyendo a todos en el Evangelio, viviendo y compartiendo la vida en la comunicación siempre lleno de esperanza.

Padre Alfredo.

domingo, 19 de abril de 2020

Al unísono del Corazón de Cristo*...

Para nosotros y para todo el mundo, una persona con corazón es una persona profunda y a la vez cercana; una persona entrañable y comprensiva, una persona capaz de sentir emociones, a la vez que de ir al fondo de las cosas y los acontecimientos, una persona que sabe el valor de la fraternidad, de la amistad, de la solidaridad.

El corazón, a lo largo de la historia, ha simbolizado para la gran mayoría de las culturas el centro de la persona, el lugar en donde el ser vuelve a la unidad y se fusiona la múltiple complejidad de sus facultades, dimensiones, niveles, estratos: lo espiritual y lo material, lo afectivo y lo racional, lo instintivo y lo intelectual. Una persona con corazón no es dominada por el sentimentalismo sino por una coherencia y un equilibrio de madurez que le permita ser objetiva y cordial, lúcida y apasionada, intensiva y racional; la que nunca es fría, sino siempre cordial, nunca ciega, sino siempre realista.

Tener corazón, hoy y siempre, equivale a ser una personalidad integrada, por eso, el corazón es el símbolo de la profundidad y de la hondura. Sólo quien ha llegado a una armonía consciente con el fondo de su ser y con su Creador, consigue alcanzar la unidad y la madurez personales.

Jesús, el Señor, el Maestro, el Esposo fiel, tiene corazón, porque toda su vida es como un fruto maduro y exuberante, un fruto suculento de sabiduría y santidad. Su corazón no es de piedra sino de carne (cf. Ez 11,19). Su vida es un signo del buena mar, del saber amar. Jesús en su corazón, es la profundidad misma del ser humano. En él está la fuerza del espíritu que brota como agua fecunda hasta la vida eterna (cf. Jn 7,37; 19,34).

El culto al Sagrado Corazón de Jesús es la respuesta de cada uno de nosotros al infinito amor de Cristo que quiso quedarse en la Eucaristía para siempre. Que mientras exista uno de nosotros no vuelva a Jesús a sentir soledad o tristeza: «He aquí el Corazón que tanto ha amado y llama al hombre y en respuesta nos recibe sino olvido e ingratitud» (Palabras de Nuestro Señor, el 16 de junio de 1675 mostrándole su Corazón a Santa Margarita María de Alacoque).

Este culto eucarístico es la respuesta de correspondencia nuestra al amor del corazón de Jesús, pues es el eucaristía donde ese corazón palpita de amor por nosotros.

Cierto que en nuestros tiempos, el mundo ha echado al olvido este sentido del corazón, y no sólo del Sagrado Corazón de Jesús, o del Inmaculado Corazón de María, sino de todo lo que ello encierra y con lleva.

No se había visto, por ejemplo, entre otras cosas, ese particular desencanto y desilusión en lo que se refiere a los partidos y candidatos ante las elecciones de diversas naciones. El narcotráfico, y con ello la violencia, se han apoderado de las calles en muchos lugares, provocando una situación de crisis de seguridad que no tiene medida.

La salud del ser humano se ve mermada con plagas y pandemias como la que estamos viviendo del coronavirus COVID-19.

Asimismo, los cambios sociales y políticos, tantas veces anunciados pero no cumplidos, colaboran a generar cansancio, desconfianza, abstencionismo y hastío en los ciudadanos de muchos países que ya no creen en el corazón de sus gobernantes.

El papa Francisco no se cansa de repetir que la crisis financiera y económica que ha golpeado a los países industrializados, los emergentes, y los que están en vías de desarrollo, demuestra que hay que replantearse algunos paradigmas económicos financieros dominantes en los últimos años, y que hay que darse a la tarea de la búsqueda de los valores y reglas, a los que debería atenerse el mundo de hoy para implementar un modelo de desarrollo más atento a las exigencias de la solidaridad y más respetuoso de la dignidad humana.

Necesitamos encontrarnos con el corazón misericordioso de Jesús, necesitamos entrar al corazón manso y humilde del maestro, necesitamos convencernos profundamente de que solamente ese corazón, y aquellos que laten al unísono de él, serán capaces de transformar un entorno, un ambiente, una sociedad.

Me viene ahora a la mente un corazón que latió siempre al unísono del corazón de Cristo. Es el corazón de la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, la fundadora de nuestra Familia Inesiana. ¡Cómo recuerdo aquel día en que escuchamos la noticia de que el Papa Benedicto XVI la había declarado «Venerable».

El corazón misionero y sin fronteras de madre Inés, quiso siempre unirse en un desposo Orio espiritual al corazón traspasado de Jesús como para decirnos que no debemos olvidar que la fiesta del sagrado corazón es fiesta que prolonga un encuentro diario con el mundo sediento de Dios que, al mismo tiempo, ha perdido la capacidad de amar.

La figura de la beata madre Inés, nos deja ver claramente un corazón que fue dócil a la acción de Dios, un corazón que, desde que ella era pequeña, fue descubriendo el valor de amar «al estilo divino» como ella decía. El corazón traspasado de Cristo, fue dejando huella en el suyo y una huella imborrable que le hizo latir sólo para él, salvando «almas, muchas almas, infinitas almas», como ella también afirmaba.

En una de sus cartas, la beata madre María Inés escribe: «El corazón de Dios es para los pequeños y miserables que nada pueden, que nada tienen, pero que reconocen alegremente su necesidad, y... todo, ¿lo oyen? todo, lo esperan de su Padre Dios, tan bueno, tan misericordioso, tan cariñoso, y que está dispuesto a dar sus gracias a sus hijos pequeños que confían ciegamente en él y saben que únicamente cuentan con él... para todo. Dios quiera que seamos siempre así. No dejaré de decírselos ni después de muerta. Por eso: Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío» (Cartas Colectivas, f. 3163).

Madre Inés fue depositaria de un secreto. Tuvo acceso al misterio «escondido desde los siglos en Dios» (Ef 3,9). Jesucristo es el salvador de la humanidad, y salvar almas para él en este mundo, debe ser considerado como el acontecimiento decisivo de la historia humana. Esta afirmación central de la fe, la llevó ella en el corazón de su existencia. Fue, de verdad, la luz que iluminó su camino bajo la viva compañía de María de Guadalupe.

Ella comprendió, desde muy joven, que la condición normal del cristiano es la de «estar dispersos» entre los demás hombres y mujeres, sin perder de vista que el evangelio es ante todo una persona, Alguien, un Corazón que late de amor por la humanidad.

Hoy, que la iglesia está un poco por todas partes en estado de misión, cristianos y no cristianos nos encontramos a diario, si no físicamente, por lo menos a través de las extensas e innumerables redes sociales que existen. El Concilio Vaticano II, en la Constitución Dogmática sobre la Iglesia, entre otras cosas, nos recuerda que todos los hombres, de una manera o de otra, pertenecen al pueblo de Dios. Pero entonces, ¿por qué se necesita la misión y cuáles son las tareas que dicha misión requiere?

En verdad, decía la beata María Inés Teresa, la única realidad propia del cristianismo, tiene un nombre: «Jesucristo». En él y sólo en él tienen consistencia los designios divinos de salvación. El Sagrado Corazón nos invita a profundizar en este dato fundamental para ver lo que se deduce de él para la vida cristiana y el contenido del testimonio de la fe. Desde toda la eternidad, Dios tuvo el designio de crear por amor y de llamar a los hombres y mujeres a ser sus hijos. Madre Inés captó que la iniciativa divina de la salvación, que tiene lugar en la creación, es la misma que se manifiesta en Jesús de Nazareth.

El misterio oculto desde todos los siglos ha sido, por fin, revelado. La historia de la salvación comienza verdaderamente en Cristo nuestro Señor y el amor de su corazón debe ser revelado a todas las naciones. El mundo no cambiará, si no es teniendo un corazón que vaya latiendo al mismo ritmo del corazón de Jesús. El cuerpo resucitado de Cristo vivo y presente en el mundo en la Eucaristía, es ya para siempre el «sacramento» primordial del diálogo de amor entre Dios y la humanidad.

El origen de esta dinámica del banco de las almas —como decía la beata María Inés—, en su corazón misionero, fue el espíritu Santo. Sus dones infinitamente variados se encontraron en el corazón de Manuelita de Jesús —su nombre de pila—, la base firme para la edificación del reino, porque ese corazón, se había arraigado en la caridad de Cristo. Es preciso amar como Cristo ha amado Sin que nos detenga ninguna frontera, amar hasta el don total de sí mismo, como hizo ella, hasta el don de la vida.

Con un acceso muy especial a la revelación del misterio oculto en Dios, desde los siglos, la beata María Inés se vio empujada por el dinamismo irresistible de su fe a anunciar a sus hermanos, la buena nueva de la salvación, que de una vez para siempre, nos ganó Jesucristo. San Pablo expresa el objeto de la Buena Nueva con estas palabras: «la incomparable riqueza de Cristo». (cf. Flp 3,8; Col 2,2; Ef 2,7).

Misionar fue, para ella, ofrecer en participación, una riqueza que no se posee, y de la que no tenemos ni la exclusividad, ni el monopolio. El misterio de Cristo, trasciende toda expresión particular. Cualquiera que sea la diversidad y la profundidad, los caminos espirituales de todos los hombres y de todas las culturas, encuentran en él, y sólo en él, su punto de cumplimiento y de convergencia. Por tanto, anunciar a Cristo a todos los que no le conocen y no le aman aún, es estar uno mismo esperando, también, un nuevo descubrimiento de su misterio en el corazón de los hombres y de los pueblos, que se han de convertir a él; es hacer posible el que la acción del espíritu, que está obrando en el mundo pagano, fructifica en la iglesia y adquiera una expresión inédita hasta entonces. Misional, para la madre Inés fue vaciarse decir, hacerse más pobre que nunca, acompañar a las almas en su propio camino, participar en su búsqueda y, en esta participación fraterna, hacer aparecer a Cristo como el único, que puede dar sentido a esta búsqueda y llevarla hasta su meta.

El corazón misionero de la beata María Inés, unido al Corazón Sacratísimo de Jesús y sumergido en el Corazón Inmaculado de María, se hacen invitación a poner manos a la obra, a explotar recursos personales, hacer que la tierra sea cada vez más habitable para el hombre, a dar todo su valor a la riqueza de la creación de Dios en un mundo que se desgarra entre el egoísmo y el placer; entre el consumismo y la ceguera espiritual. Madre Inés viene a gritar la corazón del hombre y de la mujer de hoy, a veces mezquino y triste, que el amor que edifica el Reino es inseparable del amor que hace que progresivamente la humanidad acceda a la verdad definitiva, y que esta verdad no se consigue sino más allá de la muerte, pero se va construyendo en este mundo sobre un terreno en el que sin cesar encontramos a la cizaña mezclada con el buen trigo (Mt 13,24-52). La separación no se hace hsata después de haber pasado por la muerte.

En el Evangelio de san Juan, el evangelista concede gran importancia a la lanzada que siguió a la muerte de Cristo en la cruz: «Llegados a Jesús —los soldados—, le encontraron muerto, y no le rompieron las piernas. Pero uno de los soldados le abrió el costado con su lanza, y al instante salió sangre y agua» (Jn 19,33-34). Para el evangelista, toda la economía sacramental de la iglesia ha brotado, en cierta manera, de Cristo, en el momento de su muerte en la cruz, y se funda ante todo en los sacramentos del bautismo y de la Eucaristía.

Por eso madre Inés llevó a plenitud su bautismo, viviendo las virtudes de grado heroico y por eso puso en el centro de su vida a Jesús eucaristía y tanto el significado del bautismo, como el de la eucaristía, hacen referencia al sacrificio de la Cruz.

No sólo los miembros de la Familia Inesiana, sino toda la Iglesia y la humanidad, estamos agradecidos por el don del corazón misionero de la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento. Estamos contentos por este regalo de su vida, de su testimonio, de su corazón sin fronteras; pero, más que nada, estamos comprometidos con ella misma porque algo tenemos que ver con ella y su amor a Dios, y ella —como afirma Mons. Juan Esquerda Bifet— no tuvo tiempo de teorizar. La Palabra de Dios poco a poco, seguirá labrando nuestro corazón como hizo con el de ella y el de su amada María Santísima, para que también nosotros, nos convirtamos en compañeros de Cristo en el cumplimiento de los designios de la salvación.

Termino esta reflexión con unas palabras de la beata madre María Inés en las que dice: «No se fíen mucho en sus propias fuerzas y en su propia habilidad. Confíen, sí, inmensamente que Dios estará con ustedes; que el Sagrado Corazón de Jesús será su fuerza, su sostén, en todo cuanto necesiten, en la seguridad que él obrará por ustedes y en ustedes, por el bien de las almas que se les ha confiado. Necesitan amar mucho a las almas, inmolarse por ellas, aceptando y recibiendo con amor, pequeños y grandes sacrificios que la misericordia divina les depare; de lo contrario, todo se vendrá abajo, y ante todo hay que ver por la propia santificación, que redundará en bien de todas las almas que tienen bajo su cuidado. Oración y más oración por ellas. Y el apostolado que se cumpla íntegro y con sumo cuidado, en las horas prescritas, sin perder un minuto de tiempo (Cartas Colectivas, f. 3185).

Padre Alfredo.

* Adpatación de la homilía que pronuncié en la parroquia de San José Obrero el 20 de junio de 2009, fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, en la parroquia de San José Obrero, en Monterrey, poco después de cuando la Sierva de Dios fue declarada Venerable.

sábado, 25 de mayo de 2019

«Alabemos a Dios todos los hombres»... Un pequeño pensamiento para hoy


El origen de la Misión es una llamada de Dios. Por eso el libro de los Hechos presenta siempre al Espíritu Santo como el gran protagonista invisible de la misión. No conocemos los medios exactos por los que los primeros Cristianos reconocían las indicaciones del Espíritu para ir de un lugar a otro. Pero en todo el libro de los Hechos es una constante este protagonismo del Espíritu y la obediencia de los discípulos a su voz. Hoy, en la primera lectura (Hch 16,2-10), la indicación es clara. San Pablo tuvo una revelación, vio una «aparición» de un macedonio, que le rogaba «¡Ven a Macedonia!». Con esta colaboración entre el Espíritu invisible y los Apóstoles visibles, como responsables de la tarea evangelizadora de la Iglesia, sigue extendiéndose por el mundo la fe en Cristo, y el salmo puede así decir con verdad: «Alabemos a Dios todos los hombres». Esa es el ansia que debe estar en el corazón de todo discípulo–misionero, el anhelo de que Dios sea conocido y amado por todos los hombres. Hoy nos queda claro que «ser discípulos–misioneros —como dice el Papa Francisco— es una consecuencia de ser bautizados, es parte esencial del ser cristiano, y que el primer lugar donde se ha de evangelizar es la propia casa, el ambiente de estudio o de trabajo, la familia y los amigos» (Papa Francisco, «La Iglesia de la misericordia»). 

Es el Espíritu de Jesús, misterioso pero eficaz agente de toda vida eclesial, quien inspira al Apóstol y a la comunidad cuáles son los lugares y los caminos de la evangelización en cada momento. No podemos erigirnos cada uno en intérpretes de la voluntad de Dios. El discernimiento es comunitario. Y la voz del Espíritu se reconoce en la comunidad sobre todo a través de la enseñanza y decisión de los sucesores de Pedro y los Apóstoles, el Papa y el episcopado mundial, con una participación también notoria —como se ve a lo largo de los Hechos de los apóstoles— de la misma comunidad de discípulos–misioneros que, con entusiasmo y atentos al llamado, se lanzan a la tarea misionera. La beata María Inés Teresa decía que hay que tener siempre presente nuestro ser misioneros «como algo que nos quema, que nos inquieta, que no nos permite reposo alguno mientras haya en el mundo una sola persona que no conozca la luz» (Carta circular 13, periodo 1973-1985). 

Pero ¿quién pide ayuda hoy? ¿Quién está diciendo, con palabras o con gestos, «Ven», como aquel macedonio? No es fácil hacer este discernimiento en un mundo que en el que el apóstol y la comunidad misma se pierden y confunden en más de una ocasión entre tantas voces que se escuchan. Las personas que están siendo excluidas de las llamadas «sociedades del bienestar» y, muy en particular, los ancianos que viven y mueren solos porque ya no interesan a nadie; los inmigrantes que sueñan con encontrar un espacio acogedor, que demuestre con hechos su tradición cristiana, y que a menudo encuentran explotación y marginación; los alejados de la Iglesia que no cesan de hacerse preguntas sobre el sentido de la vida y que estarían dispuestos a «volver» a la comunidad si ésta fuera comprensiva con sus búsquedas y a menudo con sus difíciles situaciones personales; los jóvenes que tienen un sexto sentido para descubrir lo que es valioso y que desearían una propuesta de vida enérgica y actual. Es curioso que nos toque hoy leer, estudiar y meditar un fragmento del evangelio de san Juan que habla de las relaciones del creyente con el mundo (Jn 15,18-21). El «mundo» para el evangelista, inspirado por Dios, es, en este texto, el ambiente que rechaza a Jesús, no el conjunto de los seres creados o la sociedad sin más. El discípulo de Jesús, que vive, como todos, en la sociedad, no participa, sin embargo, de este «mundo» que se rige por criterios contrarios a Jesús y su evangelio. Si Jesús fue perseguido por este «mundo», sus discípulos–misioneros correrán la misma suerte: «El siervo no es superior a su señor —dice Jesús—. Si a mí me han perseguido, también a ustedes los perseguirán». Sabemos que hay una persecución contra la Iglesia que es fruto de nuestra incoherencia, de nuestro pecado, o de nuestra incapacidad para conectar con el mundo de hoy. Pero hay otro tipo de persecución que se deriva del choque del evangelio con muchos de los criterios que hoy son vigentes. Esta segunda es un claro signo de autenticidad. Existirá siempre. Tenemos que estar preparados para afrontarla y María, Madre de la Iglesia, camina con nosotros en esta lucha, porque, como dice el salmista: «El Señor es bueno, su misericordia es eterna y su fidelidad nunca se acaba». ¡Bendecido sábado! 

Padre Alfredo.

lunes, 6 de mayo de 2019

«Monterrey: allá voy»... Un pequeño pensamiento para hoy


Nos demos cuenta o no, nuestra vida se halla por completo en las manos de Dios y, en su infinita misericordia, en su soberanía, va marcando el camino que hemos de seguir. Esta mañana leo el salmo 118 [119] con una clave muy especial, la clave de la alegría que el salmista pone en cumplir la voluntad de Dios con gusto. El autor de este salmo le pide al Señor nueva luz para meditar sus maravillas y le pide la gracia necesaria para cumplir su voluntad. Hoy, escribiendo esta reflexión desde mi lugarcito aquí en la parroquia de Fátima en donde he pasado los dos últimos dos años y medio de mi vida, garabateo pidiendo esto mismo para mí, puesto que este es el último día que escribo desde mi selva de cemento antes de estar, Dios mediante, en este mismo día, en unas horas más, en mi nuevo destino desde donde seguiré compartiendo mi granito de arena en la reflexión de cada día con mi «pequeño pensamiento». A partir de mañana escribiré mi reflexión desde mi nuevo hogar en este ir y venir de la vida misionera. Hoy se cierra una etapa de mi caminar en esta hermosa vocación y se abre una nueva. El martes pasado, al despedirme de la Morenita en el Tepeyac, le di gracias por permitirme estar junto a ella cada martes dispensando el perdón, la misericordia y la esperanza para muchas vidas sabiendo de vez en vez, no tan seguido como hora, la seguiré —si Dios no dispone otra cosa— viniendo a ver y a confesar en ese bendito lugar que me ha dejado las puertas abiertas. 

«He escogido el camino de la lealtad a tu voluntad y a tus mandamientos» escribe el salmista y sabemos todos que lealtad significa «fidelidad» y también «verdad». El camino de la lealtad es el camino de la verdad, es el de la fidelidad. Lo «he escogido», testifica el autor del salmo. He hecho, como quien dice, una deliberada elección de esta forma por encima de otras. Esto significa «elegir, escoger, desear, preferir, es decir, hacer una selección entre dos o más opciones que la vida nos presenta. Por eso siento muy acertado para mí el día de hoy este salmo en algunos de sus versos, pues encaja perfectamente con lo que estoy viviendo en estos momentos cumpliendo la voluntad del Padre: «Dichoso el que camina con vida intachable; tus preceptos son mi delicia, tus decretos son mis consejeros. Te expliqué mi camino y me escuchaste; enséñame tus leyes; instrúyeme en el camino de tus decretos, y meditaré tus maravillas. Apártame del camino falso, y dame la gracia de tu voluntad; escogí el camino verdadero, deseé tus mandamientos» dice otra traducción que tengo a la mano. Junto al salmo, leo el Evangelio de hoy (Jn 6,22-29) y descubro que buscar a Jesús y seguir la voluntad de su Padre como él lo hizo, es buscar la felicidad, la lealtad, la seguridad, la vida y la verdad que,. Volteo a mi alrededor y veo a muchos como la gente de Cafarnaúm, van por la vida bastante desconcertados, buscando y no encontrando respuesta al sentido de su vida y agradezco que, en mi vocación de misionero, le encuentro sentido al cambio y a la certeza de saber que, en todas partes de esta tierra, incluida esta selva de cemento, vamos de paso. 

Vivir la vocación de misionero, implica siempre un venturoso esfuerzo, audacia, obediencia, riesgo, aventura... eso y mucho más en un volver a empezar. No cabe duda. Vivir la gracia de ser misionero es creer en algo más allá de nuestros sentidos como algo venido de Dios, como algo admirable, delicioso, fascinante, aunque sorprendente y arriesgado sin instalarse. Es como tener luz en medio de la niebla. Ahí está el valor de dar para volver a dar y de dejar para volver a empezar. «Creer en Cristo, el enviado del Padre» y creerle a Cristo con un corazón misionero, es un trabajo que implica darlo todo con fe. Sin ese don de la fe, sería imposible ser misionero. Hoy le abro mi corazón nuevamente a Dios y a su voluntad y muy contento y agradecido, después de haberme despedido ayer de esta querida comunidad, emprendo el vuelo a mi nuevo destino: «Monterrey», la cuna de los Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal, la cuna de mi vida y de mi vocación para arrancar allá con nuevas encomiendas que iré compartiendo. Hoy me encomiendo de una manera muy especial a sus oraciones. A los misioneros los cambios tarde o temprano nos llegan y nos sentimos felices de lo vivido y ya desde ahora a lo que vendrá. Sostenido en la gracia de Dios, queriendo cumplir su voluntad y acompañado por las oraciones de todos ustedes, estoy listo y preparado para los retos que se presenten, una nueva etapa en mi vida empezará y buscaré dar lo mejor de mi. ¡Bendecido lunes, inicio de semana laboral y académica para muchos y de una nueva etapa para mí! 

Padre Alfredo.

lunes, 29 de abril de 2019

«En herencia todas las naciones»... Un pequeño pensamiento para hoy

Cristo resucitado, sentado a la derecha del Padre, lleva a plenitud el significado del salmo 2 que hoy nos pone la liturgia como «salmo responsorial». Todo se lo ha dado el Padre. Su herencia son las naciones y su posesión son los confines de la tierra. Él intercede por nosotros como Pontífice supremo de nuestra fe y quiere hacer de todo, uno solo. Con cristo entendemos claramente lo que sí significa la palabra «globalización», no como nos la presenta el mundo. Es el Mediador y presenta al Padre nuestra cada alma y cada corazón para hacerlos conscientes de su pertenencia al Creador. La beata María Inés Teresa, escribe al respecto: «El alma misionera hará suyas estas palabras de Jesús nuestro Señor y unida a él levantará su voz para pedir al Padre en herencia las naciones de la tierra, a fin de que sobre ellas reine Cristo su Hijo divino y quede cumplida así la voluntad del eterno Señor que ha dicho «Este es mi Hijo muy amado, escuchadle». Oh sí, los misioneros son los portavoces de este divino mandato, son los encomendados de hacer «escuchar» a las almas, aún a las de los más remotos países, la voz del Verbo «que se hizo Hombre y habitó entre nosotros». que se hizo pan, y habitó en nosotros”. (La Eucaristía y las misiones, f. 1393). 

Con el Salmo 2 cantamos a la grandeza de Jesucristo y su reinado sobre todas las naciones. Dios ha constituido a su Hijo en Señor y Mesías de todo lo creado. ¿Podrá alguien oponerse al plan de salvación de Dios? Dios nos querido unirnos a su propio Hijo como se unen la cabeza y los demás miembros del cuerpo. Dios nos ha constituido en la prolongación de la encarnación de su Hijo, para que, a través de la historia, la Iglesia sea la responsable de hacer que la salvación llegue a todas las naciones, hasta el último rincón de la tierra, pero siempre, desde los inicios del cristianismo, la cosa no ha sido fácil. La Iglesia vive en medio de tribulaciones y persecuciones dando testimonio de su Señor, muerto y resucitado para que seamos perdonados de nuestros pecados y tengamos vida nueva gracias a la resurrección de Jesucristo. Su Señor le ha prometido a su Iglesia que los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella. ¿Podrá alguien oponerse al plan de Dios sobre nosotros? Por eso, los discípulos–misioneros hemos de vivir confiados en el Señor, pues Él hará que su Iglesia reine, junto con su Hijo, eternamente. 

Para comprender desde nuestra fe, la situación de comunidad perseguida, la Iglesia de los primeros tiempos del cristianismo, se apoya tan solo en Cristo y su misterio pascual (Hch 4,23-31), pero se sitúa en la encrucijada de la Palabra de Dios y del desarrollo de los acontecimientos que le van dando cumplimiento a lo largo de la historia: los «hechos de vida» y las «maravillas» de la historia de la salvación que encuentran conjuntamente su esclarecimiento en la persona de Cristo. Por eso no basta hacer memoria de la resurrección para vivir la fe y recordar el hecho simplemente como algo bonito y extraordinario; se necesita además situar la resurrección del Señor correctamente en la vida de la Iglesia y de los hombres. Se trata continuamente de aclimatar —por así decir—, la vida del Resucitado en tal o cual tiempo y espacio cultural. Por eso para Jesús, «el nuevo nacimiento», no resulta del esfuerzo humano, sino de la acción de Dios que responde a la aceptación del hombre que debe desandar su camino para volver a nacer otra vez (Jn 3,1-8). El renacer en Cristo es la fuerza divina: sólo él hace nacer a una vida nueva y sólo quien nace de él puede entrar en el Reino de Dios. Nicodemo —como muchos filósofos actuales y del pasado— pensaba que el hombre podía acabarse, realizarse a sí mismo, por su fidelidad, por su obediencia a la Ley. Jesús afirma que la creación del hombre ha de ser terminada por Dios, infundiendo al hombre el aliento de la vida definitiva que lo lleva a esperar siempre en el Señor, como María, Nuestra Señora de la Esperanza, y como afirma el estribillo del salmo de hoy: «Dichosos los que esperan en el Señor. Aleluya». ¡Bendecido lunes! 

Padre Alfredo.

miércoles, 9 de enero de 2019

Un Iglesia sin fronteras...

Cuando el Verbo de Dios se hizo hombre y puso su morada entre nosotros (cf. Jn 1,1ss), realizó una serie de cosas con un carácter de «signo salvador». Milagros, curaciones, exorcismos, sanaciones, instrucciones, oraciones, etc., pero sobre todo lo que hizo, hay algo que destaca y permanece, que sigue creciendo y envolviendo al mundo: «La Iglesia».

Su obra salvadora, debía permanecer a través de los siglos y extenderse hasta los últimos rincones de la tierra. Cristo es el misionero por excelencia y por eso fundó la Iglesia, para mantenerse así a nuestro lado por siempre en un signo visible y sanador.

Esta Iglesia de Cristo, llamada a permanecer en la unidad, es la que subsiste en la Iglesia Católica, gobernada por el sucesor de san Pedro y por los demás obispos en comunión con él (cf. Lumen Gentium 7).

En la Iglesia hay distintas vocaciones, diferentes carismas, diversas tareas que desarrollar, pero hay una llamada común que se dirige a todos y guía el trabajo de todos: «La Iglesia es por naturaleza misionera y cada bautizado es, por lo tanto, un misionero». De esta manera podemos decir que la Iglesia está llamada a ser «católica», es decir «universal». Una Iglesia que abarque el mundo entero, que llegue a todos, una Iglesia llamada a ser «una Iglesia sin fronteras».

Conscientes de este llamado, todos los miembros de la Iglesia debemos de lanzarnos a la tarea evangelizadora, sea con el ejemplo, con la predicación, con la presencia de la misma Iglesia perseguida y llena del entusiasmo floreciente... ¡Una Iglesia así, sin fronteras, es tarea y conquista de todos! Somos parte de una Iglesia sin fronteras que nos invita a pensar y actuar, a vivir y comprometernos con nuestra vocación misionera poniendo en juego nuestra condición de discípulos–misioneros evangelizadores, creados por Dios para vivir así, sin fronteras, como una gran familia, la familia de los hijos de Dios.

La inmensa mayoría cristiana, y por lo mismo la inmensa mayoría de los habitantes de naciones católicas como México, son laicos, o sea «fieles cristianos —que no son sacerdotes ni religiosos— que por el bautismo forman parte del Pueblo de Dios y ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión que les corresponde como profetas, sacerdotes y reyes» (cf. C.L. 9).

Los laicos deben de impregnar el mundo del olor a Cristo, «viven en un continuo intercambio con los demás miembros de la humanidad dándole sentido a la fraternidad en el gozo de una igual dignidad buscando fructificar junto con los demás el inmenso tesoro recibido en herencia. A cada uno, el Espíritu del Señor les da múltiples carismas y los invita a tomar parte en diferentes ministerios y encargos» (cf. C.L. 20).

La misma condición de esta inmensa mayoría de los miembros de la Iglesia que son laicos —también llamados seglares—, los debe llevar a una constante preocupación por presentar el rostro de Cristo a una humanidad sumergida en situaciones complejas que reclaman el florecimiento de una nueva civilización del amor» (cf. C.L. 56). Pero tristemente esta inmensa mayoría piensa que su vida cristiana está completa con el solo hecho de cumplir con el precepto de la asistencia a la Misa Dominical y eso a veces, puesto que en las encuestas más recientes se revela que menos del 10 % de los católicos asisten a Misa los domingos.

Por mucho tiempo se pensó que los únicos que tenían el privilegio y el deber de mostrar el rostro de Cristo al mundo eran los sacerdotes y los religiosos; que solamente ellos eran capaces de ser misioneros. ¡Qué equivocación y qué comodidad!... Todo en manos de los padrecitos y las monjitas pensando que a ellos les toca, que son los que pueden estar preparados, que los seglares no tienen tiempo y miles de ideas más. «Los laicos están en primera línea de la vida de la Iglesia» nos recuerda el Papa Francisco constantemente.

Vivimos el tiempo en la Iglesia del lanzamiento de los seglares. Hay que vivir con un corazón «sin fronteras» dándose cuenta de que la Iglesia, sin la colaboración de la inmensa mayoría de sus miembros no puede vivir. Cada 5 minutos un católico de América Latina deja la Iglesia Católica para convertirse al protestantismo. ¿Nos vamos a quedar con los brazos cruzados?

Todos somos misioneros, hay mucho que hacer, no se puede dejar a un lado este deber. Vale la pena que cada uno dedique tiempo y energías a compartir la fe. San Pablo, el gran apóstol nos dice: «Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe: Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1 Cor 9,16).

En definitiva, somos misioneros, tenemos que salir más allá de las cuatro paredes de nuestra casa. María, la Estrella de la evangelización, la misionera que con su caridad sencilla y humilde fue a servir a Isabel, nos contempla y nos asiste, Ella nos reúne en la Iglesia en torno a su Hijo, esperanzados en el Adviento, gozosos en Navidad, iluminados en el Tiempo Ordinario, adoloridos en Cuaresma y llenos de gloria en la Pascua... ¡Hay mucho que hacer como misioneros sin fronteras!

Padre Alfredo.

Siglas:
L.G. Lumen Gentium, Vaticano II.
C.L. Christifideles Laici, Juan Pablo II.

domingo, 25 de noviembre de 2018

«VAYAN TAMBIÉN USTEDES A MI VIÑA»... Un llamado a los Vanclaristas a la evangelización


«Vayan ustedes también a mi viña» (Mt 20,7) dice nuestro Dios, que es un propietario con un terreno inmenso. Desde las horas tempranas de la historia de nuestra salvación, salió al encuentro de hombres y mujeres para que se sumen a la tarea de extender su reino. Él mismo, en su Hijo Jesucristo, ha tomado la responsabilidad y es el primer interesado en conseguir un número inmenso de colaboradores en su terreno. Hay mucho trabajo que hacer, y los que hemos sido escogidos no podemos quedarnos con los brazos cruzados. Será pesado el día y habrá horas de bochorno, es cierto; pero vale la pena poder ayudar en algo en este proyecto divino. Ahora que han pasado los diversos encuentros regionales de Van-Clar en México, y en este día en que celebramos la fiesta de Nuestro Señor Jesucristo Rey del universo, que, a nosotros como misioneros, nos incumbe del todo, me viene compartir con ustedes esta reflexión que espero les ayude. Con ella va mi admiración y gratitud a cada uno de nuestros hermanos Vanclaristas diseminados en diversas naciones del mundo que necesita el contagio de ese «sí» que han dado al amo de la viña.


1. Los laicos. 

Dios nos llama a trabajar en su viña, que es el mundo, sin ponernos condiciones. Lo único que pide es el deseo de trabajar en su viña para extender el reino. El Reino que estamos llamados a construir con Dios pide dar todo lo que somos y tenemos en bien de una misión más grande que cada uno de nosotros. Estos son los horizontes que abren al Reino de los cielos.

Una hermosa vocación para colaborar en la instauración en este reino es el laicado. Los fieles cristianos laicos siguen a Cristo y dan testimonio de su presencia sin abandonar su lugar en el corazón del mundo. Los laicos son quienes tienen la tarea de hacer presente a la Iglesia en los variados sectores del mundo, siendo testigos, siendo signos y fuentes de fe, esperanza y amor. Su misión es ser de la Iglesia en el mundo, por eso los fieles laicos tienen que ser comprometidos, competentes y conscientes, dando testimonio de Cristo en la simplicidad y la sencillez de la vida ordinaria de cada día.

La bondad del propietario de la viña se ha desbordado invitando a todos a trabajar. No pide currículum, no hace entrevistas previas para examinar la cantidad de conocimientos o experiencia. Deja las plazas abiertas para que nadie se quede desempleado. Llama a todos a este campo, que es el mundo, sin poner condiciones. Lo único que pide es el deseo de trabajar en su viña con perseverancia y fidelidad. ¡No se necesita ser un experto para trabajar en la viña de la Iglesia! ¡No hace falta ser especialista para extender el Reino de Dios en nuestra sociedad!

Hay unas palabras que la beata María Inés teresa del Santísimo Sacramento que escribió cuando era seglar, todavía mucho antes de escuchar la llamada del Señor a la vida consagrada. Es una carta que dirige unas palabras a sus compañeras de la Acción Católica de la que formaba parte y en la que les dice: «ÉL nos escogió, ¿y para qué? ¿Para qué nos retirásemos en un convento? ¿Para qué nos consagrásemos a Él exclusivamente? No, nos escogió, sencillamente... ¡para trabajar en su viña! (A mis queridas compañeras).


2. La iluminación de la Palabra.

Aquel día del que habla el evangelista parece que todo iba de maravilla y se vislumbraba un final feliz de la jornada. Un amo empeñado, a todas horas del día, en que nadie desperdiciara su vida quedándose sin trabajar. En su viña había quehacer para todos los que quisieran trabajar y había, al mismo tiempo, paga para todos. A todas horas del día se escuchaba en la plaza aquella voz que increpaba: «¡Vengan también ustedes...!» Todos, hasta los que llegaron al último: «¡También ustedes!
Y, al final, a la hora de pagar aquel trabajo realizado... ¡un denario!... comenzando a pagar por los que llegaron casi al final de la jornada. Los demás, que empezaron a ver aquello pensaron: «¡Qué dicha! Si a estos les da un denario, ¿cuánto nos irá a tocar a nosotros que llegamos desde el amanecer?»

Pero, de repente, la fiesta se nubla: ¡Un denario a cada uno... a todos por igual! ¡Qué cosa! Tormenta, indignación, murmuración, escándalo, injusticia... ¡todos a unirse en la protesta!... y nosotros tal vez con ellos. ¡Qué escándalo! Han dejado de funcionar las leyes tan humanas que dicen aquello de ¡a cada uno lo que merece!... o ¡cada quién lo que se gane!,... ¡hay que mantener las diferencias!

Sorpendidos por esta situación, todos reciben un denario y la parábola nos obliga a dar un salto. ¿Injusticia?, ¡para nada!... ¡quedamos desde esta mañana que la paga sería eso: un denario. A eso nos ajustamos y aquí está... «toma lo tuyo y vete». Has desarrollado tu trabajo, has entregado tu tiempo, vete feliz que eso acordamos.


3. Los Vanclaristas. 

No podemos olvidar que los Vanclaristas son laicos comprometidos que están llamados a la vida del testimonio en el mundo. La beata María Inés, al fundar Van-Clar, no pensó en un grupo de reuniones sociales de gente ociosa o en un cerrado conjunto de intelectuales que dejaran su vida encerrada en el saber y saber del mundo. Un Vanclarista nunca podrá estar ocioso porque nadie le ha contratado, pues la beata, Nuestra Madre fundadora, pensó en el Vanclarista como «brazo derecho« en nuestra Familia Inesiana.

La beata María Inés tenía muy clara la vocación del Vanclarista, como ella misma lo expresa: «Trabajar en la viña del Señor, es trabajar por la extensión de su Reino, por la dilatación de su nombre, procurando por todos los medios que nos sea posible que Él sea conocido y amado» (Experiencias Espirituales).

El Vanclarista irá construyendo el Reino, el cuerpo místico de Cristo en el ambiente en donde vive, muy unido a la cabeza de esta Iglesia que es el mismo Jesucristo, el Rey del universo y lo ha de hacer trabajando de forma activa, consciente y responsable, unido a la pastoral de su Iglesia local, porque es Cristo quien lo ha llamado a ser apostólico y contemplativo obrero de su viña.

La bondad del amo de la viña se ha desbordado, él es universal e igual para todos, aunque el trabajo y los horarios sean diversos. Aquí no hay méritos, ni medidas... sólo resplandece la bondad y el amor por parte del amo y la satisfacción de haber trabajado por la viña que a todos nos da para vivir sin avaricias ni diferencias.


4. El compromiso. 

Los miembros de Van-Clar, saben que el pertenecer a este grupo misionero de la Iglesia Católica, son llamados a vivir su compromiso bautismal en plenitud en las diversas áreas de sus vidas, sin hacer a un lado la vida social y apostólica, conscientes de ser un miembro vivo de la Iglesia. La beata María Inés dice al Vanclarista: «Toma como propio el deber de la evangelización y comparte con la esposa de Cristo (la Iglesia) la responsabilidad de hacer accesible el Reino de Dios a todas las condiciones sociales y culturales; dispuesto a prestar tu servicio en los diferentes campos misionales» (Guía del Vanclarista núm. 15).

La vida, los trabajos, el tiempo que gasta cada Vanclarista, se traducen en gracia de amor por todos en la viña. No se busca hacer un compromiso como Vanclarista para hacerse de privilegios ni para ganar méritos por ser o saber más y presumir de ello. El Vanclarista vive y trabaja en la viña para vivir en familia y construir la comunidad en torno al Rey del universo, al Rey de nuestra historia y nuestras vidas. 


5. El aquí y ahora.

La bondad del propietario e la viña, se ha «derrochado» sobre los Vanclaristas como misioneros laicos. Unos han llegado a formar parte del grupo desde el amanecer de sus vidas, otros al mediodía y algunos más al caer la tarde. Su denario, es decir, la paga de la entrega, ya está lista; no hay méritos ni medidas, ni competencias ni facturas, ni títulos ni distinciones. 

El trabajo en la viña, los sudores, la alegría, el cansancio, las alegrías, los sinsabores, las esperanzas, son gracia de amor de unos para con otros, como Dios lo es para todos. Se vive y se trabaja así, para crear «familia», comunidad de servicio y amor, no para crear privilegios ni para ganar méritos, sino para darse en servicio de amor, sin importar si están lejos unos de otros, solos en alguna ciudad o país. Hay que dejar ese pequeño y mezquino corazón y disfrutar esta vida de compromiso cristiano entregándose a los demás... ese es el «sobresueldo de los primeros: tener sanos los ojos y el corazón para amar a quienes han llegado después y son ya parte del equipo de viñadores.


6. La proyección.

Piensen los Vanclaristas en el bien inmenso que hacen colaborando, por poner un ejemplo, en el trabajo de catequesis de niños, jóvenes y adultos; en el apostolado con los enfermos y ancianos; en el servicio como ministros extraordinarios de la comunión eucarística y en las visitas domiciliarias; en el servicio litúrgico, como lectores y monitores y sobre todo, en el testimonio de su vida diaria viviendo a la sorpresa de Dios en un ambiente de oración constante y ofrenda de la vida, porque «Martha —dice Madre Inés— no puede estar sin María». Y cada Vanclarista es llamado a ser el alma de todo apostolado.

Vale la pena que cada uno proyecte su vida desde su tarea en la viña. Allí, en medio de esas ocupaciones está la Virgen, ella es la mejor trabajadora de la viña y la que mirando al amo dirá a cada Vanclarista: «¡Haz lo que Él te diga!» (Jn 2,5).

¡Sigan hacia adelante hermanos Vanclaristas! Cada uno de ustedes tiene un sitio, un trabajo en la Familia Inesiana, en la Iglesia, en el mundo. Por favor, no se olviden nunca de la primera vocación, la primera llamada. ¡Hagan memoria de su bautismo y del día que llegaron a Van-Clar! Con ese amor con el que fueron llamados, hoy el Señor los sigue llamando y como dice el Papa Francisco: «Que no disminuya esa belleza del estupor de la primera llamada. Después, continúen trabajando. ¡Es bonito! Continúen. Siempre hay algo que hacer. Lo principal es rezar». (Homilía del 2 de febrero de 2016).

Padre Alfredo.

sábado, 27 de octubre de 2018

«O vas o envías, o ayudas a enviar»... Un pequeño pensamiento para hoy

La plenitud de la humanidad está en Cristo y la Iglesia nos conduce hacia nuestra propia madurez, en la medida en que construyamos la comunión, nos recuerda hoy San Pablo en la Carta a los Efesios (Ef 4,7.11-16). En la Iglesia, como en un cuerpo o en todo organismo, hay conexiones y una unidad. En esta Iglesia, Cristo, cabeza de esta unidad, da a unos el ser apóstoles, a otros, el ser profetas; a otros el ser evangelizadores; a otros el ser pastores y maestros. Así cada miembro de la Iglesia ocupará su lugar en orden a las funciones de su ministerio y para edificación del Cuerpo de Cristo hasta alcanzar la plena unidad. ¡Cada uno tenemos un papel, en esa construcción de la unidad eclesial! ¿Cuál es mi papel? Podríamos preguntarnos hoy. En la armonía y la cohesión que entre todos vayamos logrando, todo el cuerpo de la iglesia prosigue su crecimiento, gracias a las conexiones internas que lo mantengan según la actividad propia de cada miembro. Así el cuerpo se edifica en el amor y servicio mutuos. La Iglesia conduce poco a poco a la humanidad hacia su «madurez», en la medida, precisamente, en que construye la «unidad», la «cohesión», la «comunión». 

Desde el fragmento de la carta que leíamos ayer (Ef 4,1-6) San Pablo exhortaba a la Iglesia a vivir en la unidad, basándose en que uno solo es el Señor, y la fe, y el Bautismo para todos. Pero San Pablo también sabe que esa unidad no significa uniformidad, porque, entre sus miembros hay una diversidad que es, precisamente, lo que en armonía, construye esa unidad. La Iglesia es un cuerpo, un organismo viviente, que está siempre creciendo y madurando, hasta que todos lleguemos a la estatura de Cristo, «el hombre perfecto», hasta que todos alcancemos «la medida de Cristo en su plenitud». A eso va encaminada la existencia de los diversos ministerios que se entrecruzan, según la vocación específica de cada uno en la Iglesia. Estamos casi por concluir el mes de las misiones, y debemos alegrarnos de la riqueza de dones que hay en esta Iglesia que ha de llegar a abrazar al mundo hasta en los últimos rincones, y valorar a la vez su unidad dinámica que hace posible esa tarea de evangelización: «o vas o envías, o ayudas a enviar». Si bien no todos podemos salir a las misión «Ad Gentes», siempre hay algo que, en concreto, podemos hacer a favor de la misión, porque unidos como Iglesia, es nuestra misión: «o vas o envías, o ayudas a enviar». Cuando escuchamos la expresión: «ir a las misiones» debemos pensar en nuestra presencia y en el don de nosotros mismos en tierras de misión, porque la unidad nos invita a ser parte de esta tarea y horizonte evangelizador específico: «o vas o envías, o ayudas a enviar». «Enviar» a la misión es tarea de los obispos ciertamente, que son quienes, en este mecanismo de unidad, realizan este envío. Sin embargo para «enviar» a la misión hacen falta los que van a ser enviados, requiere su formación y preparación en las cuatro áreas ya conocidas de la formación: humana, espiritual, intelectual y pastoral. Pero este envío ha de estar sustentado también por toda una comunidad de fe que, con su esfuerzo y con su aportación, va siempre haciendo que el envío se cristalice y sea posible: «o vas o envías, o ayudas a enviar». 

En el Evangelio de hoy (Lc 13,1-9), Jesús llama a los creyentes que le siguen a que consoliden su fe para que no se conviertan en una higuera estéril, sino que se transformen en un árbol que dé abundantes frutos de solidaridad, justicia e igualdad al mundo entero. Por eso, advierte al pueblo que tiene un breve tiempo —el tiempo de la Iglesia—, en el que Dios espera que la higuera dé los frutos que le corresponden. Terminado el tiempo, Dios decidirá qué hacer con ella. Así, el Pueblo tiene que entender que el tiempo no es indefinido, sino que debe comenzar aquí y ahora a cambiar su manera de pensar y a transformar su manera de actuar. ¡Qué gran lección en un tiempo en el que se ha «flojeado» un poco en la pasión por la misión! Se dice que la mentalidad postmoderna no cree en el dar de la misma manera que en el recibir. Vive en cálculos y aproximaciones que va haciendo a tientas, para vivir sin comprometerse con los demás. Pero la Carta a los Efesios y el Evangelio de hoy, nos centran en la capacidad de amar que debe surgir de la unidad en la Iglesia. Quien ama piensa siempre en el otro, esté cerca o esté lejos, tenga la misma vocación que yo u otra diversa, ejerza un ministerio como el mío u otro diferente, porque el amor de Cristo no se rebaja o se devalúa, sino que alcanza para todos. Hoy sábado, bajo la mirada amorosa de María, la «Reina de las Misiones», yo me quedo con esto que, desde que lo escuché en el año 2010, resuena siempre en mi corazón: «o vas o envías, o ayudas a enviar». ¡Bendecido sábado! 

Padre Alfredo.

viernes, 14 de septiembre de 2018

«Ay de mí si no predico el Evangelio»... Un pequeño pensamiento para hoy


Cada vez que leo, medito y estudio el pasaje que la primera lectura de la liturgia de hoy nos ofrece (1 Cor 9,16-19.22-27) y que para mí es una de los más densos de las cartas de San Pablo, no deja de impactarme la manera en que el Apóstol de las Gentes nos explica detalladamente que la predicación del Evangelio no es para él materia de gloria personal, pues le precisa el llamamiento de Dios, le impulsa su conciencia ligada al cumplimiento de su deber y, sobre todo ello, le impele el fuego que lleva dentro de su corazón a favor de la salvación de todos los hombres y de la gloria del Señor Jesucristo: «No tengo por qué presumir de predicar el Evangelio, puesto que ésa es mi obligación. ¡Ay de mí, si no anuncio el Evangelio! Si yo lo hiciera por propia iniciativa, merecería recompensa; pero si no, es que se me ha confiado una misión» (1 Cor 9,16). El Apóstol entiende que la predicación es el principal medio para la difusión de la Buena Nueva y, por lo tanto para él y para todo discípulo–misionero de Cristo es una necesidad: «¡Ay de mí, si no anuncio el evangelio!» Junto a la celebración de los sacramentos, teniendo a la Eucaristía como centro, la predicación es la responsabilidad primordial de la Iglesia. Está intrínsecamente vinculada al encargo que Cristo nos ha dejado: «Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16,15). 

El mandato del Señor —que San Pablo ha captado a la perfección— va íntimamente unido con nuestra identidad de cristianos, pues no se puede ser un discípulo–misionero de Jesucristo y renunciar a continuar la misión de llevar la Buena Nueva al mundo. La salvación que Dios quiere seguir obrando en todas las generaciones depende de que hombres y mujeres de todas las épocas, de toda condición y cultura, nos comprometamos con este mensaje y lo sintamos como una urgencia por hacer llegar a todos los rincones de la tierra el Evangelio. Con razón almas como la de la beata María Inés Teresa, impregnadas del celo misionero por llevar a Cristo a todos, sienten esa urgencia misionera: «¿No quieres servirte de mí, como un instrumento para tu gloria, para llevar a tantas almas tu Santo Evangelio, y con él la comprensión de tu bondad, de tu caridad, de tu ternura, de tu amor infinitamente misericordioso, de todo lo que Tú sabes hacer en favor de un alma que espera y confía en Ti?» (Notas íntimas). La «urgencia misionera» de cada uno de nosotros es importantísima, pues si nosotros con nuestra palabra y testimonio de vida, impulsados por «las dos alas de la oración y el sacrificio» como dice la misma beata María Inés, no nos atrevemos a anunciar que el Señor padeció, murió y resucitó por nosotros, ¿quién lo anunciará? Escribiendo a San Ignacio de Loyola, San Francisco Xavier, el patrono de los misioneros le dice: «En estos lugares, cuando llegaba, bautizaba a todos los muchachos que no eran bautizados; de manera que bauticé una grande multitud de infantes que no sabían distinguir la mano derecha de la izquierda. Cuando llegaba en los lugares, no me dejaban los muchachos ni rezar mi Oficio, ni comer, ni dormir, sino que los enseñase algunas oraciones. Entonces comencé a conocer por qué de los tales es el reino de los cielos» (Cartas 4 y 5 de San Francisco Xavier a San Ignacio de Loyola). 

Pero, dice Jesús hoy en el Evangelio de hoy que «un ciego no puede guiar a otro ciego» (Lc 6,39-42). No se puede ayudar a otra persona a llegar a Jesús si primero no se ha identificado uno con Él. Al que trate de hacer eso se le califica de hipócrita, porque no lo llevará a Jesús, sino a sí mismo, a sus ideas, a sus criterios, acariciando al orgullo, sonriéndole con condescendencia al pecado del proselitismo y pretendiendo cubrir con una crema el cáncer de la vanidad. Es obvio que si alguien es ciego y quiere conducir a otro por un camino tortuoso como el que nos ofrece el mundo, lo llevará seguramente a un hoyo (Lc 6,39). Los falsos maestros conducen a sus seguidores al desastre o la muerte. El «¡Ay de mí!» de San Pablo, expresa que él está convencido de que Jesús vivió lo que enseñó y eso le impulsa a «hacerse esclavo de todos para ganarlos a todos» (1 Cor 9,19). Él sabe que Cristo fue rechazado por su amor y ministerio para con la gente porque les hablaba tan claro como muestra el Evangelio de hoy. El Apóstol sabe que los seguidores de Jesús, experimentarán el mismo trato en el mundo caído. Cuando nosotros como creyentes imitamos cuestiones de nuestra cultura que no convienen o buscamos el ser aceptados totalmente por ella haciendo a un lado lo esencial que sabemos que tenemos que vivir, estamos frente a un verdadero signo de que no nos hemos ido modelando bajo las enseñanzas de Jesús en su Evangelio. El cristianismo del Nuevo Testamento nunca ha sido socialmente aceptado como tal. ¡Al mundo egoísta le resulta incómodo el autosacrificio y el amor desprendido! Nos concierta prestar atención y reflexionar hoy el espeso mensaje de estas dos lecturas y nos conviene hacerlo con los ojos bien abiertos, viendo a María, la primera evangelizadora. ¡Bendecido viernes! 

Padre Alfredo.

domingo, 15 de julio de 2018

«¡Cuidado con los indiferentes!»... Un pequeño pensamiento para hoy

¡Feliz domingo, día del Señor! Iniciamos hoy la lectura de la carta a los Efesios. La carta de san Pablo impregnada de una belleza sublime. Leeremos, durante siete domingos seguidos, los fragmentos más significativos de esta especie de alabanza a Dios por la obra realizada en Jesucristo. Con el himno de hoy (Ef 1,3-14), se abre prácticamente la carta, después de las palabras de saludo del apóstol. San Juan Pablo II decía que hemos de sentir «el deber» de hacer nuestro este canto de alabanza ante la contemplación del misterio de la encarnación y redención de Cristo. La historia de la salvación tiene en Él su punto culminante y su significado supremo. En Él todos hemos recibido «gracia sobre gracia» (Jn 1,16), alcanzando la reconciliación con el Padre (cf. Rm 5,10; 2 Co 5,18). Este domingo la liturgia nos invita a glorificar a Dios que nos ha llamado a ser suyos, a ser sus heraldos, sus enviados. El profeta Amós nos dice que el Señor lo sacó de junto al rebaño para enviarlo en su nombre (Am 7,12-15) y lleno de agradecimiento y alabanza a Dios, cumple su misión, esa misión que todos los que hemos sido «alcanzados» por Dios tenemos, y entre cuyas tareas está, al haber nosotros conocido a Cristo, el bendecir a Dios por los muchos modos en los que él nos ha bendecido en nuestro Salvador. San Pablo, en la carta a los Efesios, nos lleva a glorificar a la santísima Trinidad por el misterio de la salvación con el que hemos sido beneficiados, y del que estamos llamados a participar, puesto que incluye a todos los hombres y mujeres de todo tiempo y lugar. 

Entre la belleza de la carta a los Efesios y la vocación de Amós en la primera lectura, podemos captar y profundizar más el sentido de nuestra condición de gente normal: obreros, pastores, campesinos, profesionistas, monjas, contratistas, empleados, maestros, curas, deportistas, empleados —conocidos como «Godinez» en el lenguaje coloquial— que se saben llamados a dar a conocer a todos la llamada de Dios a la santidad. Todo cristiano ha sido llamado a esto: a coger el bastón y las sandalias, a ir por el mundo sacando demonios e invitando a cambiar el corazón. Y en cada época y en cada situación deberá verse qué es lo que esto significa: ¡Ser santos y hacer santos! En nuestra situación, en una sociedad que ya no es cristiana —que es «tierra de misión»— y que en muchas partes es «Iglesia perseguida», la Iglesia no puede sentirse satisfecha teniendo mucha gente enrolada en consejos parroquiales, organizaciones, catequesis... como si el ideal fuera esto: que los cristianos se pasaran muchas horas en el interior de la iglesia hasta llegar a dscuidar sus tareas y compromisos en el mundo, de manera que la iglesia se convierta en una especie de club que encierre y tranquilice a la gente afiliada que cada vez es menos Las organizaciones , grupos y movimientos de Iglesia serán válidos si sirven para esto: para que los cristianos sean santos y sean en el mundo verdaderos testigos de la fe. 

Así invita Jesús en el Evangelio (6,7-13) a los Apóstoles a presentarse ante el mundo como verdaderos testigos transparentes del amor de Dios. El mundo ha de ver que quienes hemos sido «alcanzados» por Cristo, como decía el Papa Benedicto, hemos sido bendecidos con toda clase de bendiciones espirituales (Ef 1, 3), hemos sido elegidos en Cristo, antes de la creación del mundo, para ser santos (Ef 1, 4); hemos sido predestinados a ser hijos adoptivos de Dios (Ef 1, 5); hemos sido redimidos por la sangre de Cristo y hemos recibido el perdón de nuestros pecados (Ef 1, 7). Los discípulos–misioneros de Cristo estamos entre los que pueden poner su esperanza en el Señor y viven buscando la santidad de vida para alabanza de su gloria (Ef 1, 12). Pero cuando Jesús envía a los suyos les deja una advertencia: «Si en alguna casa no los reciben ni los escuchan, al abandonar ese lugar, sacúdanse el polvo de los pies, como una advertencia para ellos» (Mc 6,11). ¿Por qué de esta advertencia tan drástica? La respuesta es muy sencilla y es, ciertamente, el gran pecado de nuestra época: «¡La indiferencia!». El que no quiere escuchar, el que no quiere recibir el mensaje, el que no quiere ser «alcanzado» por la Buena Nueva, es indiferente y, de la indiferencia... ¿qué sigue? Este es el mundo que rodea al creyente de hoy, un mundo «indiferente» y apático al mensaje de salvación, un mundo que, ante la llegada de Jesús a la casa de sus corazones lanza cuestionamientos como estos: ¡Tú siempre con lo mismo! ¡Qué aburrido ir a Misa! ¡Dios como quiera me ama! ¡Para qué tanta rezadera! ¡No tengo tiempo para esas cosas! ¡Al cabo tú ni cambias!... «Indiferencia, frialdad, falta de interés, desatención, falta de sentimiento, sin emoción, indiferente, impasible, frío», son palabras de las cuales la Sagrada Escritura tiene mucho que decir. La Biblia define este asunto de indiferencia cuando dice que «el amor de muchos se enfriará» (Mt 24,12). Así que cuidado en querer quedarse al lado de los indiferentes y hacerles caso. Este domingo, en el que se acaba el mundial, no se acaba nuestra tarea de ser santos y hacer santos, la vida sigue y hay que pedirle a María, la que nunca permaneció indiferente ni a Dios ni a nadie «recordemos las Bodas de Caná— que nos ayude a que nuestro corazón no se quede, ante las cosas de Dios y ante las necesidades del hermano... ¡Desentendidamente frío! 

Padre Alfredo.

lunes, 14 de mayo de 2018

«San Matías y la permanencia en el amor»... Un pequeño pensamiento para hoy


Dicen por ahí que no siempre el esfuerzo del valiente es reconocido mas que por aquellos que en su momento se vieron beneficiados de su generosidad. Hoy celebramos a un un santo cuyo «sí» generoso benefició a la Iglesia de los inicios y de quien no sabemos nada más que únicamente su nombre y el momento de su elección, que tiene lugar tras una oración comunitaria que el texto de los Hechos de los Apóstoles resume para los futuros lectores: «Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muéstranos a cuál de estos dos has elegido, para ocupar en el ministerio del apostolado el puesto del que Judas desertó para irse a donde le correspondía» (Hch 1, 24-25). San Matías, el festejado de hoy, es un don del Espíritu a la Iglesia de Jesús para llenar el puesto que había sido dejado vacío por Judas Iscariote en el colegio de los apóstoles (cf. Mt 27, 3-10). San Clemente y San Jerónimo dicen que fue uno de los 72 discípulos que Jesús mandó a misionar de dos en dos y una antigua tradición cuenta que murió crucificado, por eso lo pintan con una cruz de madera en su mano y los carpinteros le tienen especial devoción en varias naciones. 

Matías es el apóstol «póstumo» de Jesús, porque fue incorporado al colegio apostólico cuando Nuestro Señor estaba ya en el cielo. Elegido por los 11 apóstoles inspirados por Dios y recurriendo a una táctica bastante común en sus tiempos y en los nuestros —«echaron suertes»—, es un apóstol que por lo visto no brilló de manera especial con algún encargo notable, sino que fue como tantos de nosotros, un discípulo entre todos, algo así como una hormiga... en un hormiguero. De esta manera, la fiesta que la Iglesia celebra hoy en su honor, debe animarnos a todos, porque nos enseña que el santo no es en sí el famoso o el reconocido, sino el que, como dice el Papa Francisco en su exhortación Gaudete et Exultate: pasa por este mundo «viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra». El que quiera ser santo, como Matías, vivirá feliz y con una serena alegría, asumiendo los diversos acontecimientos de la vida poniéndose en las manos de Dios. A igual que San Matías, el discípulo–misionero de nuestros tiempos es elegido gratuitamente por Dios que conoce la interioridad de las personas. Como él, hay que vivir la dinámica del seguimiento de Jesús y ser testigo de su resurrección. Como a él y a los otros apóstoles, a cada uno de nosotros es confiado el tesoro del Evangelio para que lo difunda por el mundo, empezando por los que nos rodean. 

Si la vida de San Matías Apóstol es una vida humilde y desconocida, así de escondida es también nuestra vida (cf. Col 3,3). La mayoría de nosotros pasaremos a la historia no por el brillo relumbrón, sino por la fidelidad a la misión encomendada, porque los bautizados estamos llamados, en primer lugar, a vivir en plenitud la felicidad, la alegría que nace de la elección que el Señor ha hecho de nosotros para ser portadores de la Buena Nueva pasando por el mundo como Cristo «haciendo el bien» (Hch 10,38). En el Evangelio de hoy (Jn 15, 9-17), Jesús nos pide que nos amemos unos a otros y nos invita a «permanecer» en su amor. Esta es la clave de nuestra vida, la pieza perfecta del rompecabezas de nuestro diario vivir: Permanecer en el amor de Cristo, ese amor que nos hace hermanos e hijos de un Padre Común que, enviando con Él al Espíritu Santo, nos capacita para perseverar amando aún en medio de la oscuridad y caminando guiados solamente por la brújula de la fe. «Permanecer en el amor» es ser feliz trabajando en el camino de santificación en lo que nos toca hacer cada día. «Permanecer en el amor» es cumplir los mandamientos en clave de amor para dar gloria al Señor y servir con alegría a los hrmanos; «permanecer en el amor» es dejarse guiar por el Evangelio, y vivendo en alegría y santidad aligerando la carga a los demás. Estamos llamados por Dios, con nombre y apellido cada uno de nosotros a ser santos, a anunciar la alegría del Evangelio y a permanecer en el amor. La Virgen María, la «Madre del Amor Hermoso», estaba cerca de Matías y de los demás apóstoles con lso primeros cristianos; puedo imaginarme sus hermosas y valiosas conversaciones. Ella, seguramente le alentó, le animó para aceptar el encargo. Ella en su vida ha dado el «ejemplo de aquel amor de madre que permanece y debe animar a todos los que colaboran en la misión apostólica de la Iglesia para engendrar a los hombres a una vida nueva» (cf. Lumen gentium n° 65). ¡Bendecido lunes celebrando a San Matías! 

Padre Alfredo.

viernes, 11 de mayo de 2018

«La alegría de anunciar a Cristo» Un pequeño pensamiento para hoy


Entre días de asueto y de intenso trabajo que se han entremezclado en estas dos últimas semanas, como a la velocidad del rayo, llegamos a un viernes más. La semana se acaba y el «weekend» —como dicen los vecinos de arriba— llega. A esta misa velocidad va la Pascua, cuya sexta semana estamos por terminar, para celebrar el próximo domingo ya la fiesta de la ascensión, y el siguiente, el 20 de mayo, Pentecostés. Con las mismas prisas de hoy, porque el reloj corre siempre al mismo ritmo, los primeros cristianos esparcían las semillas de la fe a tiempo y a destiempo (2 Tim 4,2). Con el ansia en las venas por extender el Evangelio, San Pablo llegó a Corinto y se encontró con Aquila y Priscila (Hch 18,1-4) leíamos ayer en Misa. Esa ciudad, estratégicamente situada en el istmo que une a Grecia continental con la isla del Peloponeso, resultaba un espacio ideal de comunicación norte-sur por el istmo y este-oeste por sus dos puertos Céncreas y Lejeum. Corinto había sido totalmente arrasada por los romanos en el 146 a.C. y estuvo abandonada un siglo, hasta su reconstrucción por Julio César en el año 44 a.C. como colonia romana y ciudad comercial, de población romana y latina como puerto cosmopolita. 

Aunque esa metrópoli tenía mala fama por su inmoralidad y sus fuertes contradicciones de clase, acogió a todos los que, con Aquila y Priscila, habían huido de Italia lidiando con la persecución a causa de su fe y bajo la protección del Señor, se fueron abriendo espacio en medio de un paganismo tan agresivo como seductor, para que allí pudiera nacer una comunidad cristiana en la que san Pablo permaneció un año y medio (Hch 18, 9-18). ¡Qué locura, una comunidad en torno al misterio de la Resurrección en medio de un pueblo saturado de religiones y filosofías, capaz de tragarse todo menos una cosa, que alguien pudiera vencer a la muerte! Para esa locura, que es también la que hoy necesitamos, se requería un empuje especial, una gracia particular, por eso Dios quiso hablarle en aquella visión nocturna a nuestro querido apóstol San Pablo. Por cierto, si alguien ya vio la película «Pablo, Apóstol de Cristo», entenderá más toda la situación de persecución que se vivía. Y si no la han visto, vale la pena verla para darse cuenta de que la persecución a causa de la fe no es algo del pasado y que los retos al tratar de llevar la fe en las grandes ciudades, traen las mismas implicaciones que en aquellos tiempos. Corinto hoy se llama New York, Amsterdam, París, Ciudad de México, Bogotá, Sidney, Buenos Aires, Londres, Tokio... Corinto es todo el mundo actual embriagado de placeres pasajeros y teorías superficiales; es todo mundo desesperado y hambriento, despiadado y anónimo, en el que todo parece posible menos el amor, y en donde todo parece tener espacio menos la fe. 

Pero allí, en medio de este mundo carcomido por el neopaganismo, la fe crece o resurge. Este mundo, este inmenso «Corinto» nos hace llorar cuando nos hiere y cuando se hiere alejándose de Dios y abriendo grandes espacios en donde ha embonado el mal. Pero Jesús nos dice que no serán en vano esas lágrimas ni caerán en el vacío. No sólo el viento escucha nuestros gemidos, con ellos somos semejantes a la mujer que da a luz (Jn 16, 20-23). De nosotros, aunque con llanto, va naciendo un mundo nuevo, el mundo pensado y amado por Dios que siempre nos escucha. Jesús emplea esta imagen de la mujer en torno al parto —tan común en la Biblia (ver Is 13, 8; Mt 24, 8; etc.)— para expresar la situación de su pequeña comunidad en el mundo. La comunidad de los discípulos–misioneros de Cristo es como una madre que se preocupa y está triste antes de dar a luz a tantos seres humanos por la fe en Dios Padre y en su Hijo Jesucristo; es como una mamá que se alegra cuando puede reunir en torno a la mesa del Señor a todos los hijos fruto de su fecundidad misionera. La misión que deja en herencia Cristo a los Apóstoles y el testimonio de San Pablo en Corinto, nos desafían a repensar hoy la vida de la Iglesia en las grandes urbes del mundo, estas inmensas «selvas de cemento» que interpelan a los misioneros de hoy. Analicemos la actitud subjetiva y el objetivo de San Pablo en Corintio y toda su estrategia misionera. Especialmente reflexionemos sobre el trabajo manual de Pablo, su trabajo en equipo, su inserción en las casas, su visión nocturna de Cristo, la persecución y su relación con las estructuras de la ciudad... Acercándonos al final de este tiempo pascual, debemos renovar la alegría que nos da el anunciar la Buena Nueva que llena a la Iglesia de alegría por la resurrección de Jesucristo y hacer que eso sea el impulso que nos anime a evangelizar sin cansarnos, bajo el cuidado materno de María. ¡Bendecido viernes para ti y para todos con reto de llevar a Cristo a nuestros ambientes! 

Padre Alfredo.

miércoles, 9 de mayo de 2018

«Predicar sobre el tema del Dios desconocido»... Un pequeño pensamiento para hoy


Si en el tiempo de los primeros cristianos, Roma era la capital administrativa del Imperio, Atenas seguía siendo la capital filosófica. En ella se discutían las grandes corrientes del pensamiento de aquellos tiempos. Nuestra reflexión de hoy nos lleva allá, a donde Pablo, con dos o tres cristianos, llega a predicar (Hch 17,15.22-18,1). Atenas era una ciudad de un medio millón de habitantes, con una cultura inhumana en la que los esclavos y los pobres constituían los dos tercios de la población. Una ciudad cosmopolita en la que se mezclaban y se enfrentaban todas las razas. Una ciudad depravada donde alardeaban cínicamente todos los vicios habidos y por haber. Y con todo, guiado por el Espíritu, San Pablo se lanza allá. A nosotros, que con mucha frecuencia nos encontramos también ante la angustia de dar a conocer el evangelio a un mundo masivamente paganizado, como esta selva de cemento y otras tantas ciudades así, nos hace falta la fuerza y la resistencia que a San Pablo daba el Espíritu Santo para poder introducir el evangelio en el corazón del mundo. El Areópago era la «plaza central» de Atenas. El lugar donde se reunían los filósofos y los estudiantes para discutir. Allí, Pablo, de pie, con entereza y gallardía predicó uno de sus discursos más completos y emotivos con un tema basado en «El Dios desconocido». Pero, como él mismo se dio cuenta más adelante... ¿es mediante discursos cómo el cristiano debe abordar el mundo pagano o ateo? ¿No será necesario más bien comenzar por insertarse en el mismo corazón de las actividades humanas y vivir de tal manera que se predique con ejemplo y un estilo de vida?

¿Cómo podremos anunciar a Cristo a la juventud de hoy, o a los alejados, o a los agnósticos? ¿Qué medios podremos utilizar? ¿Cómo podremos ayudarles a pasar del mero materialismo a una visión más espiritual de la vida y del destino sobrenatural que Dios nos prepara? ¿Cómo podremos tomar como puntos de partida tantos valores que hoy son apreciados, como la justicia, la igualdad, la dignidad de la persona, la ecología, la paz, para pasar claramente al mensaje de Jesús y proponerles su persona y su Evangelio como la plenitud de esos y de otros valores? Para Jesús también fue difícil predicar, sus seguidores muchas veces no captaban bien lo que les decía: qué clase de mesianismo era el suyo, cómo se podía entender la metáfora del templo destruido y reedificado, por qué entraba en su camino redentor la muerte y la resurrección, qué significaba la Eucaristía que prometía. Cristo es la verdad, y la verdad plena, pero, la inteligencia y comprensión de esa verdad, por parte de los suyos, se deberá al Espíritu Santo, después de la Pascua y de Pentecostés: «cuando venga él, el Espíritu de la verdad, los guiará hasta la verdad plena» (Jn 16,13).

No sabemos, al igual que aquellos atenienses, comprender la trascendencia del mensaje de Cristo (Juan 16,12-15). Amor, servicio, compasión, son palabras sencillas de decir, pero conceptos difíciles de asumir y hacer vida. «De esto te oiremos hablar en otra ocasión» le dicen a San Pablo al terminar su elocuente sermón. Hablar de Jesús y sus intereses hoy sigue siendo tremendamente difícil. Sobre todo en un mundo a veces tan vacío de espíritu y sobrado de materia. En un mundo tan increyente en lo divino y tan idólatra en lo humano. ¡La Atenas de ayer y el mundo de hoy se parecen más de lo que creemos! El orgullo por el progreso y la cultura conquistada embotan mentes y ciegan corazones. La verdad sobre Dios o el acontecimiento de la resurrección suenan a broma o a curiosidades de mejor ocasión para muchos, incluso algunos cercanos a nosotros. Pero el apóstol nunca debe resignarse a acallar al Espíritu que lo impulsa. Quizá la clave no sea intentar convertir a las elites de la cultura con palabras como he dicho, sino inmiscuirse dando testimonio de vida cristiana en el templo, junto al río, en la cárcel o en la plaza de Atenas como Pablo. Lo importante es anunciar a Cristo dejando que entre en nuestras vidas y en las de los demás, no sea que como Lope de Vega terminemos por responder: mañana le abriremos para lo mismo responder mañana (Soneto XVIII, Rimas sacras). No dejemos para más tarde el anuncio de la Buena Nueva que podamos dar hoy. Abramos la puerta al Espíritu y dejémonos acompañar por la Madre de Dios que se encaminó presurosa. Abramos el corazón a un Espíritu que, además de defensor y abogado, es maestro... porque Él nos guiará hasta la verdad plena. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.