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lunes, 30 de marzo de 2026

HOMILÍA DEL LUNES SANTO 2026

La historia de la unción en Betania va mucho más allá de un simple recuerdo. Hemos de ver en el gesto de María algo permanente, simbólico y modélico, pues parece adelantarse al momento de querer ir a embalsamar el cuerpo inerte de Cristo luego de que muera.

Juan nos cuenta que, por la unción, toda la casa se llenó de la fragancia del perfume (Jn 12,3). Eso nos recuerda una frase de san Pablo: «Porque somos para Dios permanente olor de Cristo» (2 Cor 2,15). Cristo se irá a la derecha del Padre, pero nosotros, a pesar de nuestra miseria, de nuestra pequeñez y a veces de nuestra aparente ineptitud, le haremos presente. En nuestro testimonio de vida su presencia se esparcirá como el perfume de María, por toda nuestra casa común que es el mundo.

Junto a María, en esta escena conmovedora, se encuentra Judas, que se convertirá en el cómplice de la muerte: respecto a Jesús, primeramente, y también, luego, respecto a sí mismo. A esa unción contrapone él el cálculo de la pura utilidad, el materialismo, el costo de aquella fina loción. Pero, detrás de eso, aparece algo más profundo: Judas no era capaz de atender, de escuchar efectivamente a Jesús, y de aprender de él una nueva concepción de la salvación del mundo y de Israel. A pesar de estar junto al Maestro se había entrenado muy poco para prestarle atención. A veces puede haber gestos que parecen hablar de atención, pero no lo son. 

Qué diferente del gesto de Judas el de María, que gastó tal vez sus ahorros en un perfume caro para Jesús. La destacada filósofa, mística y activista francesa Simone Weil, tiene un libro que se llama «A la espera de Dios». En él dice que a veces pensamos que una persona pone atención porque frunce las cejas, contiene la respiración o contrae los músculos, pero en el fondo no prestan realmente atención, solo hacen eso, «contraen los músculos».(1)  Podemos pensar en el rostro de María que tal vez levantó las cejas desde el suelo para ver a Jesús en señal de cariño y pensemos también en el rostro de Judas que tal vez solamente frunció el ceño como signo de desilusión sin atender a nada. 

Dejémonos mirar por la Virgen, ella ve si fruncimos el ceño como Judas o su levantamos la mirada desde abajo para ver también nosotros a Jesús. 

Padre Alfredo.
Lunes Santo 2026.
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Simone Weil, “A la espera de Dios”, (1942) [ePub], p. 50. El texto literal dice: «Muy a menudo se confunde la atención con una especie de esfuerzo muscular. Si se dice a los alumnos: “Ahora vais a prestar atención”, se les ve fruncir las cejas, retener la respiración, contraer los músculos. Si pasado un par de minutos se les pregunta a qué están prestando atención, no serán capaces de responder. No han prestado atención a nada. Simplemente, no han prestado atención, han contraído los músculos.»

martes, 15 de abril de 2025

HOMILÍA DEL LUNES SANTO 2025

Lucas 7:36–50


La historia de la unción en Betania parece, a primera vista, que corresponde al campo de lo anecdótico, pero va mucho más allá. Jesús compara lo que ocurre aquí con el embalsamamiento de los muertos, que era corriente entre los reyes y los potentados. Jesús ve en el rasgo o gesto de María la tentativa de asestar un golpe a la muerte. El reconoce ahí un esfuerzo que es esencial de todo amor: el comunicar la vida a los demás, la inmortalidad. Jesús habrá de morir, pero la pascua será su victoria, en ella Jesús se mostrará perpetuamente como el Cristo, como el «ungido» de Dios.
 
De esta manera, la acción de María que hemos contemplado en el Evangelio, sigue siendo algo permanente, algo simbólico y modélico, puesto que siempre debe existir el esfuerzo para mantener vivo a Cristo en este mundo y para oponerse a los poderes que le hacen enmudecer, que pretenden matarlo.
 
¿Pero cómo puede ocurrir esto? Por cada acción en nuestras vidas, que esté llena de esperanza. Una frase del evangelio puede dar, tal vez, más claridad a esta afirmación. Juan nos cuenta que, por la unción, toda la casa se llenó de la fragancia del perfume (Jn 12,3). Eso nos recuerda una frase de san Pablo: «Porque somos para Dios permanente olor de Cristo en los que se salvan» (2 Cor 2,15). La vieja idea pagana de que los sacrificios alimentan a los dioses con su buen olor, se halla aquí transformada en la idea de que la vida cristiana hace que el buen aroma de Cristo y la atmósfera de la verdadera vida se difunda en el mundo. 
 
Esta escena, por lo tanto, a nosotros nos debe llenar de esperanza, esperanza en que, como María derramó el perfume en Cristo y todo se llenó de esa fragancia, nosotros también, con nuestro testimonio de una esperanza siempre viva, podemos inundar de la fragancia de Cristo nuestro entorno.  ero también hay otro punto de vista. Junto a María, la servidora de la vida, se halla en el evangelio Judas, el cual se convierte en el cómplice de la muerte: respecto a Jesús, primeramente, y también, luego, respecto a sí mismo. Él, que ha perdido la esperanza auténtica o que tal vez nunca la cultivó como virtud, se opone a la unción, al gesto del amor que suministra la vida. A esa unción contrapone él el cálculo de la pura utilidad, el materialismo, el costo de aquella fina loción. Pero, detrás de eso, aparece algo más profundo: Judas no era capaz de escuchar efectivamente a Jesús, y de aprender de él una nueva concepción de la salvación del mundo y de Israel.
 
Él había acudido a Jesús con una esperanza bien determinada, pero una esperanza mundana, como la que tienen muchos y que ponen solamente en el hombre, en los falsos mesías de este mundo que prometen prosperidad, renombre, fama y poder; esta falsa esperanza le midió a él y por ella le negó. Así representa él no sólo el cálculo frente al desinterés del amor, sino también a la incapacidad de escuchar. «La casa se llenó con la fragancia del perfume» ¿sucede así con nosotros? ¿Exhalamos el olor del egoísmo de Judas, que es el instrumento de la muerte, o el aroma de la vida, que procede de la fe de María y lleva al amor?

Que la Virgen del Rosario, nos recuerde que el aroma de Cristo debe impregnar todos los misterios que se entrecruzan en nuestra vida.

lunes, 6 de abril de 2020

«Con humildad, sencillez y arrepentimiento»... Un pequeño pensamiento para hoy

En estos días santos y de encierro especial, en los que nos invaden las redes sociales con noticias, unas esperanzadoras, otras trágicas y otras falsas y engañosas, parecería que con ello llegara la tentación de querer estar pegados al Facebook, al WhatsApp, al YouTube o al Tik-Tok todo el día, aturdiendo nuestro cerebro con demasiada información —alguna de ella falsa y confusa—distrayendo nuestra existencia de una oportunidad única de encontrarnos con nosotros mismos y con Dios de una manera especial. Ante nosotros, en esta llamada «Semana Mayor», se yergue la impresionante figura del Siervo de Yahvé en un Cristo silencioso y majestuoso, que nos introduce en el misterio pascual, centro de nuestra fe. Su elección, su misión y sus sufrimientos se quieren en estos días hacer los nuestros también. Hemos sido elegidos como él para vivir este tiempo que nos ha tocado vivir, tenemos una misión como él de acercar a todos a la misericordia del Padre y hemos sido invitados a sufrir con él para salvar a la humanidad. El Padre ha elegido a su Hijo Jesús para una misión difícil y de capital importancia, por ello le sostiene; pero a nosotros, nos ha elegido también y él nos sostiene a nosotros también. 

El fragmento del Evangelio de este lunes (Jn 12,1-11), nos permite hoy revivir los últimos acontecimientos que preparan la pascua del Señor. La cena de Betania viene a ser como un preludio de la última cena. Según la mentalidad de aquel tiempo, la comida, particularmente la que se compartía, reviste un carácter sagrado, pues indica comunión de vida y acción de gracias por la misma vida. Este aspecto, en esa cena, se profundiza por la presencia de Lázaro, «resucitado de entre los muertos», del que se dice que era uno de los que estaban con Jesús a la mesa, expresando, por así decir, una gran proximidad de vida y muerte, presagio de comunidad de destino... Pero es la figura de María la que ocupa el primer plano con su silencioso gesto de amor de adoración, sin cálculo ni medida. El perfume que derrama a los pies de Jesús es carísimo, pues trescientos denarios correspondían al salario de diez meses de trabajo de un obrero de aquellos tiempos. Y toda la casa se llenó de aquella bienoliente fragancia. Es un detalle que nos muestra en esta mujer la imagen de la Iglesia–Esposa unida amorosamente al sacrificio de Cristo–Esposo. Curiosamente a la donación total sin límites se contrapone la tacañería y avaricia de Judas Iscariote. El evangelista nos presenta, así, dos tipos en el seguimiento del Señor, María y Judas: el amor dilató el corazón de una; la mezquindad cerró de par en par el corazón del otro. 

Hoy celebramos a varios santos y beatos como cada día, entre ellos está san Guillermo, abad, que pasó de un cenobio de canónigos regulares de París a Dinamarca, instaurando allá la disciplina regular en medio de grandes dificultades de su tiempo. Guillermo nació en 1125 en Francia. Fue nombrado canónigo de la colegiata de Santa Genoveva de París. En 1148, Sugerio, abad de Saint-Denis, para cumplir el deseo del papa Eugenio II, estableció a los canónigos regulares en dicha iglesia y Guillermo fue uno de los que aceptaron con más entusiasmo la austera vida regular. Su fama de santidad y disciplina canónica llegó hasta Dinamarca, y fue invitado por el obispo Absalón o Axel de Roskilde, a restaurar la disciplina de los monasterios de su diócesis. Guillermo aceptó y empezó su tarea con los canónigos regulares de Eskilso. El éxito coronó los esfuerzos del santo, pero no sin dificultad, pues no faltaban los que, como el Iscariote, no tenían reglas ni disciplina alguna y no observaban lo que debían y lo criticaban. San Guillermo tuvo que expulsar a dos de ellos, pero a base de paciencia fue logrando que los otros entrasen por el camino recto. En los treinta años que desempeñó el cargo, tuvo el consuelo de ver que la mayoría de sus hermanos seguían sus pasos. Siempre se puede hacer el bien, aunque a algunos no les guste porque ven con otros ojos, los ojos de la sordidez, de la roña y del egoísmo. Vivamos estos días santos con la sencillez y el arrepentimiento al que se nos invita y pidamos a María Santísima perseverar para llegar a gozar de nuestra Pascua. ¡Bendecido lunes! 

Padre Alfredo.

lunes, 15 de abril de 2019

«luz y salvación. Lunes Santo»... Un pequeño pensamiento para hoy


Estoy en estas hermosas tierras michoacanas a donde llegué anoche y me veo rodeado de un hermoso silencio al amanecer de este Lunes Santo pensando en los Evangelios de estos días previos al Triduo Pascual, textos que nos hacen revivir hora por hora, los últimos instantes de Jesús: la unción en Betania en casa de sus amigos, Lázaro, Marta, María... luego la última cena con sus apóstoles... y la traición de uno de los Doce. Las lectura (Is 42,1-7) y el salmo responsorial (Sal 26 [27], 1.2.3.13-14) nos dejaran, este lunes, acercarnos a un Mesías pobre, humilde, manso, perseguido. Un redentor que viene a salvar a la humanidad con su muerte; un perfecto siervo de Dios. El siervo de Yahvé es presentado como «luz y salvación», el elegido de Dios, lleno de su Espíritu, enviado a llevar el derecho a las naciones y abrir los ojos de los ciegos y liberar a los cautivos con un estilo muy especial, estilo con el que actuará: «la caña resquebrajada no la quebrará, ni apagará la mecha vacilante». El salmo de hoy nos otorga la clave para entender el éxito del Siervo de Yahvé que es nuestro Señor Jesucristo: «El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién voy a tenerle miedo?... Cuando me asaltan los malvados para devorarme, ellos, enemigos y adversarios, tropiezan y caen... La bondad el Señor espero ver en esta misma vida. Ármate de valor y fortaleza y en el Señor confía». 

Juan, en el evangelio de hoy (Jn 12,1-11) hace notar la proximidad de la Pascua, y la presencia de Lázaro «a quién Cristo había resucitado» de entre los muertos. Esto es ya para nosotros una «clave» de interpretación, como anticipándonos el tema de la resurrección con la presencia de Lázaro. Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban a la mesa con el Maestro. Por su parte María, su otra hermana, la que había escogido la mejor parte, sabe «lo que toca hacer» en este momento. Ungiendo los pies de Jesús, representa a la comunidad en su relación íntima con Jesús. Su gesto muestra su agradecimiento por el don de la vida; el precio del perfume es símbolo de su amor sin tasa. Ella asume el papel de la Iglesia Esposa respecto a Jesús, el Esposo (3,29) (Cant 1,12: el perfume de nardo). El perfume simboliza el amor de la comunidad por Jesús; la expresión «se los enjugó (los pies) con su cabellera» alude al Cantar de los Cantares (7,6), significando el amor de Jesús por los suyos. Tras la unción «la casa se llenó con la fragancia del perfume», fragancia del amor, perfume de vida e inmortalidad, que tiene por centro a Jesús. 

Ayer celebrábamos con él su entrada en Jerusalén, con un gesto decidido de asumir sobre sus hombros el destino que nos hubiera correspondido a nosotros. El Siervo de Yahvé, el Hijo de Dios camina hacia su muerte. Con unción previa incluida, una unción que es la anticipada de su cuerpo que va a ser torturado, muerto y sepultado. Es la unción del Siervo de Dios, no para ejercer el poder despóticamente como los reyes y mandatarios de aquel y de estos tiempos, ni para ofrecer el culto formalístico de los sacerdotes del templo de Jerusalén. Sino una unción para el servicio hasta la muerte, para la entrega de amor a la humanidad toda, culminación del ministerio de Jesús, de su enseñanza y de sus milagros, signos de la misericordia de Dios. Nuestros ojos estarán fijos en el «Ungido» estos días, llenos de admiración. Dispuestos a imitar también nosotros, en su seguimiento, sus mismas actitudes de fidelidad a Dios y de tolerante cercanía para con los demás. Dispuestos a vivir como él «entregados por Dios y por las almas». ¡Bendecido lunes santo! 

Padre Alfredo.

lunes, 26 de marzo de 2018

«La unción en Batania»... Un pequeño pensamiento para hoy

Ayer en mi reflexión, recordaba que estos días estamos escuchando en la liturgia de la palabra los llamados «Cánticos del Siervo de Yahvé» en los que Isaías, de manera profética, nos va anunciando la figura de ese Siervo, que podría referirse al mismo pueblo de Israel, pero que, poco a poco, se va interpretando como el Mesías enviado por Dios con una misión muy concreta en medio de las naciones. Hoy escuchamos el primer canto, que nos presenta al Siervo como el elegido de Dios, lleno de su Espíritu, enviado a llevar el derecho a las naciones y a abrir los ojos de los ciegos, a la vez que libera a los cautivos. Es un pasaje que resuena casi al pie de la letra en los relatos que los evangelistas nos hacen del bautismo y de la transfiguración: también allí se oye la voz de Dios diciendo que Cristo es su siervo o su hijo querido. El escritor sagrado nos describe el estilo con el que actuará: «no romperá la caña desquebrajada, ni apagará la mecha que aún humea» (Is 42,1-7). Como la misión de ese Siervo no se prevé que sea fácil —y así se nos dejará ver en los cantos siguientes— el salmo 26 anticipa la clave para entender su éxito: «El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?... Cuando me asaltan los malvados, me siento tranquilo: espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor».

Jesús conocía estos relatos y presentía cercana su muerte. En este contexto hay que colocar la unción de Betania: el simple gesto amoroso de una mujer que se podía convertir en escándalo. A estas alturas, todo lo que Jesús hacía quedaba satanizado por sus enemigos: curaciones de enfermos, acogida de pecadores, cercanía a los oprimidos, hasta la simple caricia amorosa en sus pies de una mujer sumamente agradecida... Jesús va a llegar a su muerte acompañado silenciosamente por la gente humilde que había sido testigo de su amor como esta mujer. Por eso los evangelios no tienen inconveniente en ir recogiendo los testimonios de este amor simple del pueblo que, cuando quiere de verdad, va más allá de todo moralismo que la sociedad hipócrita vaya marcando. Jesús, aún en vida, se siente ungido para la muerte, porque el amor desborda el tiempo y el espacio. El amor todo lo trasciende. Frente a la inexorable muerte que le plantean los enemigos de su proyecto, le quedaba la alegría de recoger los testimonios de amor simple y sencillo con los que el pueblo, representado esta vez por una mujer, y antes por Zaqueo, el ciego de nacimiento, la samaritana y muchos más, se adhería silenciosamente a su proyecto de salvación.

El detalle de María, representando a tantos amigos de Jesús y ungiendo sus pies con un costoso perfume, es un signo de amor y cariño. Es una manera de decir: aunque otros te desprecien y te condenen, para mí eres tú mi único Señor. ¡Qué arriesgado hacer eso con uno que va a ser condenado a muerte! El signo abre un interrogante para nosotros que, de alguna manera, también somos invitados a ese banquete. La cena en donde se da el hecho, es como si fuera un anticipo de la última cena. Allí están los amigos —Marta, María, Lázaro— y también los traidores —entre ellos Judas Iscariote—. Se trata de una cena en la que se ponen de relieve las dos actitudes básicas ante Jesús que van a estar presentes en el drama de su proceso y de su muerte: la cercanía del amor y la distancia del resentimiento. No debo olvidar que yo también he sido invitado. ¿Qué me dice esta cena? ¿A qué me invita esa unción? ¿Hasta dónde llega mi amor por Jesús y su Evangelio? Estamos ante la unción anticipada de su cuerpo que va a ser torturado, muerto y sepultado. Es la unción del Siervo de Dios, no para ejercer el poder despóticamente como los reyes, ni para ofrecer el culto formalístico de los sacerdotes del templo de Jerusalén. Es una unción para el servicio hasta la muerte, para la entrega de amor a la humanidad toda, culminación del ministerio de Jesús, de su enseñanza y de sus milagros, signos de la misericordia de Dios. Dispuestos ya para las celebraciones pascuales no será simplemente respirar el incienso o el aroma de las flores con las que solemnizamos estos días, cansarse en las largas procesiones del Viacrucis y el Silencio... Hemos de rendir homenaje a Jesús por su pascua en compromisos de solidaridad y de servicio. Sin esto, las solemnidades litúrgicas no serán más que una simple exhibición anual. Que María, la Madre de Jesús, nos ayude a abrazar y vivir el verdadero sentido de estos días santos. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo

lunes, 10 de abril de 2017

LUNES SANTO... Una breve reflexión

Hoy contemplamos a Jesús en una cena especial para él. María hace esa acción ya conocida por todos, de ungir, los pies de Jesús, con un perfume costoso y Judas inmediatamente pregunta en tono de reclamo: —¿Por qué no se ha vendido ese perfume para dar el dinero a los pobres?

Qué poco se valora a veces al Señor, cómo se juzgan a veces con ligereza las acciones que se hacen en su nombre... «A los pobres, siempre los tendrán con ustedes».

Dios no quiere que nos dejemos llevar por las primeras apariencias. Como un rayo dorado de sol, la Santísima Trinidad ilumina las profundidades del alma. El Padre nos hace vivir bajo la acción del Espíritu Santo para Cristo y sólo para Él. Con razón la beata María Inés Teresa no dejaba de recurrir, como ella decía «al Dios tres veces santo» en todo momento. El corazón que se llena del amor a la Trinidad nada teme, ni las críticas, ni las dificultades, ni el ridículo... vive sólo para Dios.

Es Lunes Santo, vamos con Cristo camino a la Pascua. ¿Qué me invita a actuar en su nombre? ¿Cómo me integro a él en estos días santos? ¿Qué espera María Santísima de mí para con su Hijo? Que ella nos ayude para vivir en el amor de la Santísima Trinidad estos días santos, obedeciendo al Padre y dejando actuar al Espíritu Santo que nos conduce hacia el Hijo a vivir con él la pasión.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

lunes, 21 de marzo de 2016

Una reflexión para el Lunes Santo...

Jesús fue a Betania. María derramó el perfume en los pies de Jesús (Juan 12,1-11)


Cuando se quiere ser misericordioso todo parece poco para darse a los otros. La misericordia, cuando es auténtica, va mucho más allá de la compasión y no conoce más medida que el darse por entero. Eso es lo que encontramos en los tres días que preceden al «Triduo Pascual»: misericordia, compasión, cariño, ternura, amor y amistad. En medio de los momentos difíciles que se fueron presentando a Jesús; en el entorno de un mundo que no entendía y que cerraba los ojos al señorío del Mesías, surge, en el lunes de Semana Santa, una mujer excepcional.

Tal vez, como todos, en sus últimas horas, Jesús, quiso rodearse del cariño y de la cercanía de los suyos. Y, éstos, le ofrecieron lo que simbolizaba su lealtad y su amistad, su aprecio y su confianza:  ¡Un perfume de misericordia y de amor que antecedía a la unción ya inminente como Mesías Salvador! El amor misericordioso no pone precio a ningún perfume, lo da todo en el derramarlo en los pies del Cristo Redentor, el Hombre-Dios que ha venido a cambiar la vida de esta mujer y de muchos otros más, el Hombre-Dios que ha venido a sacar del anonimato el valor de la misericordia: «¡Sean misericordiosos, como mi Padre es misericordioso!

En medio de la gente y de la fiesta aparente, hizo más un gesto que muchas palabras: arrodillada a los pies del Maestro, su esencia, era misericordiosa gratitud, presagio de una muerte anunciada. En contraste, Judas, que selló de palabra y de obra la venta de Jesús, puso, antes y después, precio a su entrega. Treinta monedas que eran muy eran poco comparado con la riqueza que regalaba María a los pies del Nazareno, y que él, el traidor, reclamaba para venderlo y darlo a los pobres.

Acostumbrado a poner precio a todo y a todos, al mundo consumista de hoy le cuesta ofrecer gratuitamente el aroma del amor misericordioso a los demás. Mediatizados por la competitividad, el consumo, la aparente manera de vivir «bien» porque hay niveles, el hombre y la mujer de hoy corremos serios riesgos de «vender» la fama y la credibilidad de los prójimos que nos rodean buscando "poner la confianza en los «carros y caballos» de los faraones actuales" (como afirmó recientemente el Papa Francisco en México) que todo lo que ofrecen huele a monedas y no a misericordia.

Buscando el propio beneficio, hoy, como sociedad, incluidos muchos creyentes, medimos con cuentagotas la calidad de nuestra entrega para los demás y en sobreabundancia lo que es para nuestro bien personal. ¡Quién quiere gastar un perfume fino en los demás! Educados desde pequeños, para consumir y consumir en favor propio, se nos hace difícil entender gestos como el de María: se desprendía de lo más caro y valioso que tenía en su casa.Condicionados y justificados por el ambiente, buscamos mil excusas para que sean siempre los demás los que tengan que hacer frente a los grandes dramas del mundo (pobreza, hambre, enfermedades explotación...) mientras procuramos guardar con bastante cuidado la bolsa de nuestra riqueza personal que no siempre es perfume caro o dinero, sino nuestro tiempo y nuestro propio ser.

¿Qué son estos días santos para mí? ¿Qué quiero «gastar» en Semana Santa? ¿Dónde y con quién quiero estar estos días? Antes de iniciar el «Triduo Pascual», el Señor, viene a la casa de cada uno de nosotros, a la casa de nuestro corazón. 

Ojalá, que en estas vísperas de la Semana Santa, sepamos volcar lo más caro y mejor de nosotros mismos sobre Él... Tal vez la playa, la fiesta, el derroche, el licor, el antro, los perfumes del mundo consumista... no dejen nada más que un vacío luego de unos cuantos días que se esfuman... ¿Por qué no acercarse a la parroquia a ofrecer la misericordia que, como fino perfume, está guardada en nuestro corazón para derramarla en Jesús y los suyos? Ojalá que en estos días de esta semana, sepamos contagiar el ambiente de nuestra casa, de nuestra familia, de nuestros amigos, con nuestra vivencia de fe, con nuestra expresión «pública» de fe, con nuestra manifestación de una fe misericordiosa como lo hizo el perfume de María a los pies de Jesús. Ojalá, en estas horas de juicio y de condena, seamos hombres y mujeres firmes en nuestro amor a Dios Misericordioso y en nuestra lealtad a su Hijo que lo dio todo por ti y por mí. Ojalá, todas nuestras casas como «Iglesia Doméstica», se llenen del aroma de una vida cristiana que en Semana Santa se tiene que consolidar, fortalecer, purificar y derramar. Ojalá, que aunque sea caro el perfume de nuestro tiempo y nuestra vida, seamos capaces de ofrecerlo en abundancia a los pies clavados de Jesús, porque, desde nuestro bautismo, todos somos discípulos y misioneros del que nos amó y se entregó para salvarnos.

La beata María Inés Teresa, valorando la entrega de Jesús escribió: “Quiero, si así es su voluntad santísima, ofrecer, y ofrezco mi pobre vida, unida esta inmolación al sacrificio de Jesús en la cruz, a sus dolores y padecimientos todos, y por manos de la Santísima Virgen”. (Carta colectiva de marzo de 1967). Ese fue su mejor perfume... ¿El tuyo, cuál será?

Alfredo Delgado, M.C.I.U.