martes, 30 de noviembre de 2021

«En la fiesta de San Andrés»... Un pequeño pensamiento para hoy


Casi iniciando el Adviento, hacemos un espacio para celebrar al apóstol San Andrés, el hombre que, junto a San Juan el evangelista, tuvo el honor y el privilegio de haber sido el primer discípulo que tuvo Jesús (Jn 1,35-51) y de llamar de inmediato a su hermano Simón —San Pedro— para seguir a Jesús. Sin embargo, el evangelista San Mateo, de donde se toma el fragmento del Evangelio que en Misa se lee hoy (Mt 4,18-22), es más escueto y nos dice simplemente que fue llamado junto a Pedro, seguidos por Santiago y Juan. La Escritura también nos dice que el día del milagro de la multiplicación de los panes, fue San Andrés el que llevó a Jesús el muchacho que tenía los cinco panes y los dos peces (Jn 6,1-15). Este santo apóstol presenció la mayoría de los milagros que hizo Jesús y escuchó, uno por uno, sus maravillosos sermones, viviendo junto a él por tres años. En el día de Pentecostés, San Andrés recibió junto con la Virgen María y los demás Apóstoles, al Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego, y en adelante se dedicó a predicar el evangelio con gran valentía y obrando milagros y prodigios. La tradición coloca su martirio el 30 de noviembre del año 63, bajo el imperio de Nerón.

¿Qué te dice esta fiesta? ¿Qué te deja en el corazón la celebración de la fiesta de uno de los Apóstoles? Tenemos que ser conscientes de que a nosotros también el señor nos ha llamado y nos ha hecho partícipes de muchos milagros que diariamente acontecen en nuestro vivir. Si aquellos primeros llamados, dejaron la barca y lo siguieron, hay que ver qué es lo que nosotros tenemos que dejar para seguir al señor más de cerca de acuerdo con nuestra vocación específica. En la antífona de la comunión, de la Misa de hoy, la liturgia se va al Evangelio de San Juan al que hice referencia ya desde el inicio de esta reflexión y nos dice: «Andrés dijo a su hermano Simón: Hemos encontrado al Mesías, que quiere decir “Ungido” y lo llevó a donde estaba Jesús». Cada uno de nosotros, llamados por Cristo, somos a la ves enviados por Él a llamar a otros en su nombre para que le sigan. Con razón la beata María Inés Teresa no se cansaba de repetir: «Que todos te conozcan y te amen, es la única recompensa que quiero». Y es que esa es nuestra tarea, corresponder al llamado transmitiendo la llamada a otros para crezca el número de discípulos–misionero de Cristo. ¿Habrá trabajo más valioso que este?

No podemos olvidar que, aunque hacemos un espacio especial para celebrar a San Andrés, estamos en nuestro camino de Adviento y este andar marca nuestra tarea de buscar más intensamente al señor para prepararnos a celebrar nuevamente el gozo de la Navidad y para alistarnos para su segunda venida que será el día menos pensado. En este Adviento cumplamos nuestra tarea misionera de acercar al Señor a otros, ayudemos a muchos de nuestros hermanos a que el Adviento no se convierta solamente en un espacio de tiempo para comprar y adornar lo externo, sino para cultivar la fe en el corazón, recordando lo que hoy nos dice la primera lectura de la Misa (Rm 10,9-18): «La fe viene de la predicación y la predicación consiste en anunciar la palabra de Cristo». Si queremos que nuestra fe crezca y celebremos así nuevamente el nacimiento de Cristo en nuestro corazón, no nos cansemos de predicar. Pidamos a María Santísima que nos haga partícipes, con Ella y San José de la espera de la llegada de Cristo. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo. 

lunes, 29 de noviembre de 2021

«Un faro para todas las naciones»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hemos iniciado ayer, nuestro caminar en un nuevo año litúrgico con la entrada del Adviento y como siempre, una tarde antes, comparto con ustedes alguna reflexión en torno a la Palabra de Dios del día siguiente, para iluminar nuestro día. Hoy escribo muy temprano y envío el pequeño pensamiento desde antes de mediodía porque veo venir una tarde llena de actividades, por eso me adelanto y entro en materia. Durante todo este tiempo, antes de Navidad, estaremos reflexionando con la ayuda de la liturgia de la palabra de la misa diaria y dominical, en torno a la primera y segunda venidas de Cristo. Las dos primeras semanas, la primera lectura nos traerá trozos del libro del profeta Isaías, que es uno de los grandes testigos de la espera mesiánica. Isaías vivió, según nos narra la historia sagrada de acuerdo con la Escritura en el Antiguo Testamento, ocho siglos antes de Jesús, en Jerusalén, la capital del país. A él le tocó ver derrumbarse el Reino del Norte, Samaria, bajo los golpes de los Asirios, y por eso experimentó venir la misma amenaza para el Reino del Sur. Es pues en el contexto histórico de una catástrofe inminente cuando el profeta anunció la esperanza de un Mesías que sería portador de la paz.

Hoy, en la primera lectura de la misa (Is 2,1-5), el profeta, que ve la historia desde los ojos de Dios, anuncia la luz y la salvación para todos los pueblos. Jerusalén será como el faro que ilumina a todas las naciones. Un faro situado en una montaña alta, para que todos lo vean desde lejos. Los pueblos se sentirán contentos y estarán dispuestos a seguir los caminos de Dios, la palabra salvadora que brotará de Jerusalén. Tanto judíos como paganos «caminarán a la luz del Señor» y formarán un solo pueblo. EL profeta señala que habrá paz cuando suceda esto. De las espadas se forjarán arados; de las lanzas, podaderas y nadie levantará la espada contra nadie. No habrá guerra. Y esto lo entendemos todos. Así, empezamos el Adviento con anuncios que alimentan nuestra confianza.

El Evangelio de hoy, por su parte, nos presenta un milagro (Mt 8,5-11). Un milagro que en aquel entonces va más allá de las fronteras judías. Jesús cura a un criado de un oficial romano. La acción del Mesías trasciende los límites del pueblo de Israel y ha de llegar a todos los confines de la tierra. Dios quiere salvar a todos, sea cual sea su condición, su procedencia, incluso su estado anímico, su historia personal o comunitaria. En medio del desconcierto general de la sociedad, él quiere venir a orientar a todas las personas de buena voluntad y señalarles los caminos de la verdadera salvación. El faro es ahora la Iglesia, la comunidad de Jesús, si en verdad sabe anunciar al mundo la Buena Noticia de su Evangelio. Sin duda, podemos decir que para reflexionar hoy tenemos textos llenos de esperanza. Con María, esperanza nuestra, caminemos en el Adviento en la espera de la llegada del Señor. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 28 de noviembre de 2021

«Empezamos el tiempo de Adviento»... Un pequeño pensamiento para hoy


Empezamos el tiempo del Adviento y con él un nuevo año litúrgico. Este tiempo litúrgico nos invita a pensar tanto en la segunda venida de Cristo como a prepararnos para celebrar el gozo de la próxima Navidad preconizando su nacimiento humilde e igual que todos los hombres, el misterio de la Palabra hecha carne. Por tanto, nuestra reflexión de este día tendrá un carácter doble. Por un lado, la novedad, el nuevo inicio: en la liturgia hay un cambio de color en los ornamentos, —se usa el color morado— cambio de repertorio musical, especificidad en las lecturas de los textos eucológicos y bíblicos, una austeridad exterior en la misa porque se deja de cantar el himno Gloria. En fin, todo cambia. Entramos así, en este tiempo de espera, pero un tiempo de espera dinámica, con una mirada hacia adelante —el Adviento y Navidad, más que historia, son un programa y una marcha— en el que somos invitados a salir al encuentro del que viene a salvarnos, con una actitud dinámica por nuestra parte.

Adviento es un tiempo de esperanza y de alegría, de salvación. También de espera, de preparación y esfuerzo vigilante, como digo, en una espera dinámica. Desde la fe parece claro, para todo creyente, que viene Dios. Pero hay una cuestión importante, si miramos a nuestro entorno y a nuestra sociedad, aún en medio de este clima de pandemia en el que aún estamos y siempre en zozobra, esa venida de Dios se hace problemática: ¿de verdad viene Dios a nuestra sociedad?, ¿de verdad la gente de nuestros tiempos, la gente de hoy busca a Dios? Estamos ya en el tercer milenio, y la venida de Dios no aparece muy clara en el horizonte actual. Las tiendas se llenan de ofertas de artículos navideños «de adorno» y todo parece quedarse en eso, en «un adorno». Mucha gente parece estar pensando en la fiesta y no se da tiempo de pensar en la primera y en la segunda venida de Cristo. En muchas familias, el gran ausente del Adviento y de la Navidad es Jesús.

En este pórtico del Adviento, san Lucas, entre acentos que pueden parecer tremendistas, habla a los cristianos, dándonos un consejo. Y el consejo es éste: cuando parezca que todo se ha perdido y que hasta la naturaleza se desata incontroladamente, álcense, levanten la cabeza, porque se acerca su liberación (Lc 21,25-28). Es precioso el consejo del evangelista de hoy y la forma de expresarlo. No se puede decir con mayor exactitud cuál debe ser la postura de un cristiano ante cualquier acontecimiento que está por llegar. Es una postura recia, adulta, de cuerpo entero. Es la postura que adopta el hombre cuando está seguro de triunfar, y seguro está de eso San Lucas cuando, al indicar la postura, advierte: «está cerca su liberación». Por eso, de parte nuestra, bienvenido de nuevo el Adviento, tiempo de esperanza, tiempo de remoción de obstáculos, tiempo para ganar en madurez, para desterrar la modorra, para aprender a vivir de pie, con la cabeza levantada, deduciendo la salvación que se acerca. Vivamos este Adviento, tiempo de espera, de la mano de María. ¡Bendecido primer domingo de Adviento!

Padre Alfredo.

P.D. Hoy cumple años el único hermano de sangre que tengo, mi hermano Eduardo Antonio. Lo encomiendo a sus oraciones. ¡Muchas felicidades, Lalo!

sábado, 27 de noviembre de 2021

«Velen y oren a la espera del Señor»... Un pequeño pensamiento para hoy


El evangelio de hoy (Lc 21,34-36) nos presenta, dentro de este ambiente de la última semana del tiempo ordinario y en concreto ya en el último día, el último consejo que el Señor nos da antes de iniciar el Adviento en las vísperas de esta tarde. Al final del evangelio de hoy Jesús nos dice: «Velen, pues, y hagan oración continuamente». Los discípulos¬–misioneros de Cristo hemos de estar en vela y en actitud de oración, mientras caminamos por este mundo y vamos realizando el montón de tareas que nos encomienda la vida. No importa si la venida gloriosa de Jesús es inminente, está próxima o no: para cada uno está siempre ya a la puerta, tanto pensando en nuestra muerte como en su venida diaria a nuestra existencia, en los sacramentos, en la Eucaristía, en la persona del prójimo, en los pequeños o grandes hechos de la vida.

El evangelio de hoy pone en boca de Jesús un conjunto de advertencias que tratan de contrarrestar el efecto de los vicios que amenazaban la integridad de la comunidad. Se trata ante todo de un llamado hacia una actitud ética consciente y responsable. El hombre no puede ser libre si permanece atado a los vicios que le impone la cultura. El cristiano no puede estar atento a la presencia de su Señor si está envuelto en el acomodo de los antivalores que la sociedad promueve como ideal de vida. El cristiano necesita estar libre y despierto ante la realidad para dar una respuesta eficaz ante ella. Por estas razones, el cristiano necesita cultivar una actitud orante que le permita estar despierto ante la realidad y descubrir los signos de los tiempos. La actitud ética del cristiano está encaminada a permitir una acción transparente de Dios en la humanidad. Pero, el discípulo–misionero debe cuidarse de no convertirse en juez de sus hermanos y congéneres, pues la actitud ética no está orientada al perfeccionismo moral sino al testimonio de Cristo. El discípulo–misionero no es juez, sino testigo.

Este último aviso para este día final del año litúrgico va dirigido a nosotros: la comunidad debe mantenerse sobria y despierta. El aviso es muy serio: «Estén alerta». Es el mismo aviso que Jesús había hecho antes a los discípulos a propósito de los fariseos (Lc 12,1), de aquellos que causan escándalo (Lc 17,3) y de los letrados (Lc 20,46). Jesús habla del día en que el Hombre, que es él mismo, se manifestará con todo su esplendor, una vez hayan caído los opresores. Los discípulos deben pedir fuerza para mantenerse en pie ante la llegada del Hombre y deben prepararse desafiando la persecución y la muerte. Si siguen identificados con la sociedad injusta que se está desmoronando, correrán también ellos la misma suerte, y la llegada del Hombre no será para ellos señal de liberación (cf. Lc 21,28), sino, todo lo contrario, «caerá como una trampa» sobre ellos, igual que «sobre todos los habitantes de la tierra» (Lc 21,35). Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber vivir siendo fieles a Cristo, preparados para su segunda venida. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 26 de noviembre de 2021

«Atentos a las señales»... Un pequeño pensamiento para hoy


El evangelio de hoy sigue en la misma línea de estos días, hablando del final de los tiempos (Lc 21,29-33). Los discípulos–misioneros de Cristo hemos de captar que lo que para mucha gente aparece como una destrucción y un juicio terribles, para nosotros los creyentes, por el contrario, debe aparecer como el comienzo de la salvación y la apertura del gozo de contemplar a nuestro Dios cara a cara y vivir eternamente con él. En este párrafo del evangelio, que tenemos para meditar el día de hoy, Jesús toma una comparación de la vida del campo para que entendamos la dinámica de los tiempos futuros: cuando la higuera y otros árboles empiezan a echar brotes, sabemos que el verano está cercana. Así, los que estén atentos comprenderán a su tiempo «que está cerca el Reino de Dios», porque sabrán interpretar los signos de los tiempos. Algunas de las cosas que anunciaba Jesús, como la ruina de Jerusalén, sucederán en la presente generación. Otras, mucho más tarde. Pero «sus palabras no pasarán».

No hace falta que nos obsesionemos pensando en la inminencia del fin del mundo. Estamos continuamente creciendo, caminando hacia delante. Cayó Jerusalén. Luego cayó Roma. Más tarde otros muchos imperios e ideologías. Pero la comunidad de Jesús, generación tras generación, estamos intentando transmitir al mundo sus valores, estamos buscando evangelizar al mundo, para que el árbol dé frutos y la salvación alcance a todos. Este pasaje evangélico es una invitación para que permanezcamos vigilantes. En el Adviento, que empezamos mañana por la tarde, en vísperas del primer domingo, se nos exhortará a que estemos atentos a la venida del Señor a nuestra historia. Porque cada momento de nuestra vida es un «kairós», un tiempo de gracia y de encuentro con el Dios que nos salva.  

Entonces hay que estar atentos a las señales de los tiempos y de los lugares; que son elocuentes para indicarnos algo de la voluntad de Dios sobre nuestras vidas. El Concilio Vaticano II retomó con fuerza el tema de los «signos de los tiempos»: «es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de los tiempos. Es necesario comprender el mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones» (GS 4). En el fondo, no debemos esperar encontrar la fecha de cumplimientos de profecías viejas o premoniciones presentidas: es la cercanía o lejanía del Reino (v. 31) lo que nosotros podemos y debemos discernir de entre los signos de los tiempos y estar preparados. La cercanía del Reino de Dios no es algo repentino e inesperado, sino un proceso histórico que se da a lo largo de todo el tiempo presente. Es necesario descubrir los signos de su llegada. Que Dios nos conceda, por intercesión de su Madre santísima, estar siempre preparados para la llegada definitiva del Reino. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 25 de noviembre de 2021

«¿Estamos preparados?»... Un pequeño pensamiento para hoy


Las imágenes del fin de los tiempos se suceden una tras otra en esta parte del evangelio de san Lucas que hemos estado viendo estos días de la última semana del año litúrgico y son difíciles de interpretar por el lenguaje apocalíptico que el evangelista utiliza. Hoy no es la excepción, el evangelio (Lc 21,20-28) sigue la misma dinámica. San Lucas nos describe la seriedad de los tiempos futuros: la mujer encinta, la angustia ante los fenómenos cósmicos, la muerte a manos de los invasores, la ciudad pisoteada. Pero por encima de todo lo que comenta, está claro que somos invitados a tener confianza en la victoria de Cristo Jesús: el Hijo del Hombre viene con poder y gloria. Viene a salvar. Debemos «alzar la cabeza y levantarnos», porque «se acerca nuestra liberación». Debemos t recoger todas las llamadas a la confianza y a la esperanza que se nos ofrecen. Aprender a mirar de frente las cosas, comprobando el poder devastador del mal; pero sabiendo relativizar y desinflar, desde la confesión del Señorío de Cristo, las apariencias omnipotentes del mal.

Sea en el momento de nuestra muerte, que no es final, sino comienzo de una nueva manera de existir, mucho más plena, sea en el momento del final de la historia, venga cuando venga, la venida de Cristo no será en humildad y pobreza, como en Belén, sino en gloria y majestad. La visión profética del evangelista trata de descubrir también en el desarrollo de la historia las oportunidades de salvación que se presentan a lo largo del tiempo. ¿Qué estamos haciendo y cómo nos estamos preparando siempre para el encuentro definitivo con el Señor?

En estos días, en el evangelio, Jesús nos anuncia en forma muy vaga el cataclismo final del mundo. Y la forma literaria en que lo hace conlleva muchas referencias a lo que nos sucede habitualmente cuando las tormentas, huracanes, temblores de tierra, pandemias... hacen a muchos palidecer de miedo y salir a los espacios abiertos para liberarse de diversos obstáculos. Todo eso son imágenes, modos de hablar. En realidad, nada sabemos sobre el fin del mundo, pero vuelvo a lo mismo: ¿Estamos preparados para ese momento? Jesucristo no nos reveló nada concreto al respecto. Por tanto, lo que ha querido es sugerirnos que, ante la obligada ignorancia que no permite hacer componendas, vivamos honradamente como hijos fieles a Dios, a la verdad, a la caridad, a la conciencia. Sigamos caminando al amparo de María Santísima porque no sabemos ni el día ni la hora. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 24 de noviembre de 2021

Of course...

«Firmes en la fe»... Un pequeño pensamiento para hoy


Cuando san Lucas, inspirado por Dios, escribía su evangelio, la comunidad cristiana ya tenía mucha experiencia de persecuciones y cárceles y martirios, por parte de los enemigos de fuera, y de dificultades, divisiones y traiciones desde dentro. San Lucas por eso recuerda con claridad y acierto las palabras de Jesús. EL Señor no nos ha engañado: nunca prometió que en esta vida seremos aplaudidos y que nos resultará fácil el camino. Lo que sí nos asegura es que salvaremos la vida por la fidelidad, y que él dará testimonio ante el Padre de los que hayan dado testimonio de él ante los hombres. El evangelio de hoy (Lc 21,12-19) es contundente. Jesús avisa a los suyos de que van a ser perseguidos, que serán llevados a los tribunales y a la cárcel. Y que así tendrán ocasión de dar testimonio de él. Pero también dice: «Si se mantienen firmes, conseguirán la vida».

San Lucas, al recordarnos estas fuertes palabras de Jesús, nos está invitando a la perseverancia, a vivir con tensión, en guerra con la vulgaridad que usurpa nuestra identidad. La Palabra nos pide ser quien somos para que en la dificultad no desfallezcamos. Este pasaje de san Lucas tiene un mensaje claro. Frente a la persecución no es necesario preparar la defensa. Jesús mismo protegerá a su comunidad si se mantiene firme. De esta manera tendrá ocasión de «dar testimonio». Sí, la clave está en eso: «mantenerse firmes» ante un mundo tan cambiante y tan vacío de valores que ataca al creyente a cada momento. Los discípulos–misioneros seremos siempre perseguidos y entregados a los poderes para que demos testimonio manteniéndonos firmes en la fe. Cada día se nos ofrece el momento o la ocasión para el «testimonio». Esta palabra que en griego es «martirion». Los testigos son los «mártires». Con todo esto, llegando ya al final del año litúrgico, el Señor nos habla con claridad y nos invita a que no perdamos el tiempo en teorizar cómo será el juicio final y nuestro encuentro definitivo con Dios, cómo acabará la historia de este mundo en que vivimos. Eso no lo sabemos, ni lo podemos cambiar. 

Lo que sí está en nuestras manos es el adoptar una postura que es racionalmente, prudente y sabia, y, espiritualmente, segura: vivir haciendo el bien conforme al dictamen de la Palabra del Señor y de nuestra conciencia manteniéndonos firmes en lo que creemos, aceptando con amor todas las consecuencias que nos vengan por confesarnos hijos en el Hijo y perseverando sin claudicar de nuestro compromiso con Cristo cuando la persecución arrecie. Si nos mantenemos firmes, conseguiremos la vida recordando aquellas otras palabras de Jesús: «Bienaventurados serán ustedes cuando los injurien y los persigan, y digan contra ustedes toda clase de calumnias por causa mía. Alégrense y regocíjense, porque será grande su recompensa en los cielos, pues así persiguieron a los profetas que vivieron antes que ustedes». Que María nos ayude a mantenernos firmes. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 23 de noviembre de 2021

«La ruina de Jerusalén y el fin de los tiempos»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hace 42 años se fundó la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento fundó el instituto de Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal, al cual pertenezco desde que ingresé en el año de 1980. Dios me ha concedido formar parte de esta maravillosa obra la cual me ha dado la posibilidad de desarrollar los dones y cualidades que Dios me ha dado y me ha dado momentos muy valiosos en la vivencia de mi vocación sacerdotal, religiosa y misionera. Que Dios conceda a cada uno de mis hermanos Misioneros de Cristo la gracia que cada uno necesita y que juntos sigamos colaborando con el «sí» que hemos dado al Señor bajo el amparo de Nuestra Señora de Guadalupe, patrona principal de nuestro instituto y de la Familia Inesiana a la cual pertenecemos.

Ahora comento algo del evangelio de hoy (Lc 21,5-11) para que reflexionemos juntos. Leyendo este pasaje vemos que Jesús habla con el lenguaje de su tiempo, el estilo de los «apocalipsis» de su época... si bien de un modo mucho más discreto que la mayor parte de otros apocalipsis que se han conservado de aquel tiempo. Para nosotros el lenguaje utilizado puede parecer extremadamente oscuro, porque en él están mezcladas, por lo menos, dos perspectivas: el fin de Jerusalén... y el fin del mundo... La primera es simbólica respecto a la segunda. A través de ese detalle resulta evidente cuán importante es superar las imágenes, para captar su sentido universal, válido para todos los tiempos. El acontecimiento que Jesús tiene a la vista —la destrucción de Jerusalén— nos da una clave para interpretar muchos otros acontecimientos de la historia universal. La perspectiva futura la anuncia Jesús con ese lenguaje apocalíptico y misterioso: guerras y revoluciones, terremotos, epidemias, espantos y grandes signos en el cielo. Pero «el final no vendrá en seguida», y no hay que hacer caso de los que vayan diciendo «yo soy», o «el tiempo ha llegado».

La ruina de Jerusalén ya sucedió en el año 70, cuando las tropas romanas de Vespasiano y Tito, para aplastar una revuelta de los judíos, destruyeron Jerusalén y su templo, y «no quedó piedra sobre piedra». El muro de las lamentaciones, que es lo que se conserva, son solo los cimientos del templo. El otro plano, el final de los tiempos, está por llegar. No es inminente, pero sí es serio. El mirar hacia ese futuro significa hacernos sabios, porque la vida hay que vivirla siguiendo el camino que nos ha señalado Dios y que es el que conduce a la plenitud. Lo que nos advierte Jesús es que no seamos crédulos cuando empiecen los anuncios del presunto final. Al cabo de dos mil años, ¿cuántas veces ha sucedido lo que él anticipó, de personas que se presentan como mesiánicas y salvadoras, o que asustaban con la inminente llegada del fin del mundo? «Cuídense de que nadie los engañe», dice Jesús. Así que nosotros, mientras llega el momento, roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, que nos conceda la gracia de saber colaborar, sin sobresaltos, en la construcción del Reino de Dios entre nosotros, hasta lograr su plenitud en la vida eterna. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 22 de noviembre de 2021

«Las dos monedas»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy, en el evangelio de san Lucas, nos topamos de nueva cuenta con un pasaje que conocemos, el de la viuda que deposita todo lo que tiene en el cepo del Templo (Lc 21,1-4). Apenas el domingo 7 de noviembre acabamos de reflexionar en él en el pasaje de San Marcos (Mc 12,38-44). Esa viuda, en su condición de mujer, pobre y marginada, hizo un inmenso esfuerzo al entregar la ofrenda. Ella dio todo lo que tenía. De este modo entregó totalmente su vida al servicio de Dios, con modestia y humildad. Su actitud contrasta con la de los ricos, que sólo daban algunos excedentes de sus lucrativos negocios; su ofrenda no tenía sentido, porque era el fruto de la explotación de los peones y esclavos. En cambio la viuda da todo lo que tiene. En esta escena la viuda nos recuerda de una manera gráfica que no hay cosas pequeñas en la vida espiritual, si se hacen con amor y por amor. Levantarse con puntualidad por la mañana, tender la cama, arreglar algún desperfecto, tener la tarea lista, escuchar con paciencia a un familiar o a un amigo, ayudar al hermano pequeño, y muchas otras pequeñas exigencias de la vida cristiana: son esas dos pequeñas monedas.

Jesús aprovechó esta situación para instruir a sus seguidores acerca del valor de las ofrendas. La ofrenda de aquellos ricos y poderosos viene manchada por el hambre y la indigencia de aquellos que han sido sometidos para que alguno alcance la riqueza. El dinero sólo les servía a esos a quienes lo poseían en abundancia, para aumentar la riqueza pero no para incrementar la solidaridad (Lc 16,9). Jesús pensaba que la nueva comunidad no se debía meter en este plan. Los discípulos de Jesús precisamente se debían distinguir por tener conciencia crítica ante esta situación y por plantear alternativas.

La actitud de la viuda, en cambio dio pie para una enseñanza enteramente positiva. A Dios no tenemos por qué darle lo que nos sobra, aquello de lo que podemos prescindir. A Dios se le hace una verdadera ofrenda cuando damos, desde nuestra pobreza, lo que somos y lo que tenemos. Dios recibe nuestras vidas y las transforma en una ofrenda generosa y solidaria que alegra a toda la comunidad. La viuda nos ofrece una gran enseñanza que hay que guardar: lo que mide verdaderamente un don, una ofrenda, no es la cantidad que se da sino la que uno se reserva para sí; lo que importa no es tanto la cantidad cuanto el espíritu con el que se da, y el verdadero don es dar todo lo que uno tiene. Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, que nos conceda dar como la viuda, amar como ella hasta el extremo, como nosotros hemos sido amados por Dios. Que así podamos decir que en verdad somos un signo creíble del amor salvador de Dios para nuestros hermanos. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 21 de noviembre de 2021

«Nuestro Señor Jesucristo Rey del universo»... Un pequeño pensamiento para hoy


Llegamos al final del año litúrgico con esta fiesta de Cristo Rey y la última semana del tiempo ordinario. El próximo domingo estaremos ya celebrando el inicio del tiempo del Adviento. Esta fiesta de Cristo Rey, fue instituida en 1925 por el Papa Pío XI, y se celebra este último domingo del tiempo ordinario del año litúrgico. El evangelio correspondiente para este domingo es de san Juan 18,33-37. En este pasaje tenemos un momento central de la pasión según san Juan, que muestra en qué consiste la realeza de Jesús. Su reino no es de este mundo y eso hay que entenderlo con claridad, pues no es que a él no le interesen los problemas sociales y políticos de este mundo. Al decir Jesús que su realeza no procede de este mundo, lo único que recalca es que su autoridad la debe solamente al Padre que lo envió. En eso, su autoridad como Rey no se parece a las demás autoridades que se han impuesto, sea por la fuerza, o sea ganándose el sufragio de sus compatriotas.

Entre el inicio y el final de este año litúrgico, hemos escuchado domingo tras domingo, el anuncio y el trabajo de Jesús por el Reino; palabras y obras que en nosotros debían provocar una respuesta de fe. Respuesta que se resume en la convicción de que el reino de Dios lo encontramos en Cristo, en sus palabras, en su ejemplo, en su persona, en sus obras. Es decir, en la afirmación de que Jesucristo es el Rey. Pero extrañamente, muchos cristianos olvidan a menudo todo eso del reino de Dios. Y entonces inevitablemente desfiguran su fe. Quizá podríamos preguntar a toda esta gente: ¿Qué es el Reino de Dios? ¿Sabrían responder? Pienso que muchos no sabrían qué decir. Y si se lo preguntáramos a muchos de los católicos que asistimos cada domingo a misa, muy probablemente tampoco la mayoría sabría que responder. Preguntémonoslo nosotros hoy. Porque, ¿cómo sabremos qué significa que Jesús es Rey si no sabemos de qué reino es el Rey? Más aún: toda la predicación de Jesús es anuncio del Reino, su Buena Noticia es que el Reino está ya entre nosotros pero será en plenitud por gracia del Padre en la totalidad del Reino futuro. ¿Cómo entenderemos todo eso si no sabemos qué es el Reino de Dios?

Para entender y captar bien que Cristo es Rey, hay que entender qué es el Reino, ese Reino que se inaugura en el corazón del hombre porque ahí es donde Cristo quiere reinar primero. Se trata, por tanto, de ceder las riendas del poder sobre nuestra vida dejando a Cristo Rey el gobierno de nuestra existencia: «Arrepiéntanse, porque el reino de los cielos está cerca» (Mt 3,2; 4,17). Gracias a esta conversión, Cristo puede establecer su reinado sobre la inteligencia humana porque él es la Verdad que hace libre. Cristo reina también a través de su misericordia y su caridad que arrastran nuestra voluntad en la lógica del don de sí. Sin embargo, resucitado y glorioso, Jesús manifiesta el carácter real y universal de su realeza: «Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18). Por consiguiente, esta realeza de Cristo tendrá, necesariamente, efectos en todas las áreas de nuestra vida. Celebremos esta fiesta de Cristo rey con María, a quien también reconocemos como Reina. Celebrémosla en la humildad y en la sencillez; celebrémosla en el silencio de un amor generoso, totalmente volcados al servicio de la humanidad. Nuestro rey viene del cielo: precisamente por eso este es el triunfo del amor sobre el odio; de la humildad sobre el orgullo; del servicio fraterno sobre el amor. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

sábado, 20 de noviembre de 2021

«Sí hay salida»... Un pequeño pensamiento para hoy


Los saduceos, de los que nos habla hoy el evangelio (Lc 20,27-40), constituían una especie de movimiento o asociación, de la que formaban parte las familias de la nobleza sacerdotal. Desde el punto de vista teológico eran conservadores, rechazaban toda evolución del judaísmo. Por ejemplo, permanecían anclados en las viejas concepciones de los patriarcas que no creían en la resurrección y no admitían algunos libros recientes de la Biblia, como el libro de Daniel. Lo que más les preocupaba era la repartición de los bienes el día del fin del mundo. Para ellos, el sentido de la vida futura se reducía a saber quién se quedaba con las propiedades y a quién le correspondían las ventajas conyugales. Para ellos la vida humana, no existía más allá de las implicaciones económicas y legales de la historia. Con estas preocupaciones en mente, se acercan a Jesús en el relato de hoy y le piden la opinión sobre un problema hipotético. Problema que sólo revelaba una mentalidad demasiado cristalizada y sin espacio para la novedad. Por supuesto, hay que leer el texto para entender.

El caso que los saduceos presentan hoy a Jesús, un tanto extremado y ridículo, está basado en la llamada «ley del levirato» (cfr. Deuteronomio 25), por la que si una mujer queda viuda sin descendencia, el hermano del esposo difunto se tiene que casar con ella para darle hijos y perpetuar así el apellido de su hermano. La respuesta de Jesús es un prodigio de habilidad en sortear trampas. Lo primero que afirma es la resurrección de los muertos, su destino de vida: Dios nos tiene destinados a la vida, no a la muerte, a los que «sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos». «No es Dios de muertos, sino de vivos». Pero la vida futura, lo sabemos muy bien nosotros, será muy distinta de la actual. Es vida nueva, en la que no hará falta casarse, «pues ya no pueden morir, son como ángeles, son hijos de Dios, porque participan en la resurrección». Ya no hará falta esa maravillosa fuerza de la procreación, porque la vida y el amor y la alegría no tendrán fin.

En la sociedad en que vivimos, y por las condiciones que actualmente pasa la humanidad, estamos demasiado rodeados de muerte y, a veces, podemos engañarnos pensando que «no hay salida». No hay salida en la búsqueda de la paz. Gana la violencia. No hay salida en la instauración de la justicia. Es complicado desmantelar las estructuras de injusticia. No hay salida en el problema de la corrupción política. Parece que todos son iguales. No hay salida en el deterioro ambiental. Y no nos interesa demasiado. No hay salida en la resolución del problema del hambre. Que siempre vemos en fotografías porque no lo hemos palpado en nuestras personas. Jesús nos asegura que «sí hay salida» y nos impulsa a creer en la vida, a luchar por ella y a esperar en ella. Por eso nuestra Iglesia católica anuncia al Dios Vivo. Ya en el siglo II, San Ireneo afirmaba que «la gloria de Dios es que el hombre viviente». Sobre cada ser humano que viene a este mundo, Dios pronuncia una palabra de amor irrevocable: «Yo quiero que tú vivas». La vida eterna es la culminación de este proyecto de Dios que ya disfrutamos en el presente. Por eso, todas las formas de muerte −la violencia, la tortura, la persecución, el hambre− son desfiguraciones de la voluntad de Dios. La certeza de la vida eterna alimenta nuestro caminar diario con la esperanza. Pidamos, pues, a Nuestra Señora de la Esperanza, que nos ayude a refrendar nuestra confianza en la resurrección. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 19 de noviembre de 2021

«Jesús en el Templo de Jerusalén»... Un pequeño pensamiento para hoy

El objetivo del viaje de Jesús a Jerusalén, según nos narra el evangelio de san Lucas en la liturgia de la palabra de entre semana, era llegar al Templo. Hoy lo hace, según nos refiere el mismo evangelista (Lc 19,45-48), pero se encuentra con una situación que perturbaba el objetivo del lugar, que era ser «casa de oración». Algunas gentes habían aprovechado el espacio para hacer negocios que eran turbios, porque como se necesitaban animales para ofrecer en sacrificio, muchos no llevaban dichas bestias para las ofrendas y debían comprarlas a la llegada. Eso estaba bien porque era una necesidad. Lo turbio aparecía cuando los vendedores, aprovechándose de la gente, les cambiaban sus animales comprándoselos en una especie de trueque entregando en permuta algo de dinero y animales de menor calidad a cambio de los que la gente llevaba, que luego podían engordar y vender en sus negocios truculentos. El templo, a la vez, exigía que todos los aportes y transacciones se hicieran con la moneda judía, no recibían moneda extrajera. Por tal motivo, alrededor del templo, especialmente en la plaza de los gentiles, además de la venta de ganado, se había organizado un intenso comercio en torno al cambio de moneda romana por moneda judía. 

Jesús, en este episodio evangélico, actúa como los profetas clásicos, que primero hacían alguna acción simbólica y luego pronunciaban sus oráculos. La acción simbólica de Jesús en esta ocasión es echar fuera a los que vendían en el Templo. Por cierto que san Lucas acorta los hechos narrados por Marcos y Mateo que se explayan más; aquí, por decir algo, no aparece el látigo que tomó Jesús ni nos narra el evangelista que tiró las mesas de los cambistas (cfr. Mt 21,12-32; Mc 11,15-18; Jn 2,13-16). San Lucas, en el relato, nos deja ver dos oráculos. Uno tomado de Is 56,7 sobre el carácter del templo como casa de oración. El segundo oráculo está tomado de Jer 7, que es en realidad el texto que inspira toda la acción y el pensamiento de Jesús. Jesús actúa y habla como Jeremías. Hay que leer el texto de Jer 7,1-15 completo para entender el gesto profético de Jesús. El Templo, según Jeremías y Jesús, se convirtió en una cueva de bandidos, porque en él, encontraban seguridad los asesinos y los idólatras. Mataban, oprimían, eran idólatras y luego iban al Templo y decían: «aquí estamos seguros». El templo les daba la seguridad y la buena conciencia necesaria para seguir oprimiendo a los pobres y adorando a los ídolos.

Nosotros, a estas alturas del año litúrgico, que está casi por terminar, hemos de ver el texto en un tono escatológico, es decir, debemos referirlo al destino último del ser humano y el universo. Podemos decir, que san Lucas presenta la escena como inicio de una nueva etapa en el ministerio de Jesús. El templo es el lugar de la enseñanza. Jesús ejerce en él su ministerio de maestro. La imagen de Jesús que nos presenta san Lucas aquí, destaca su actitud misericordiosa, incluso como escribí más arriba, no habla del látigo ni del volcar las mesas. Jesús es la versión palpable de la misericordia del Padre. Como iniciador de un movimiento de renovación, el Mesías trata de purificar la relación religiosa con Dios. Se trata de una relación personal y viva. A la luz de todo esto debemos entender que no es el culto ni el templo lo que cuenta; no son las instituciones sagradas. Lo que importa es la relación con Dios, el auténtico servicio a Dios, tal como lo enseña Jesús y así es como se debe vivir la estancia en el Templo, que es «casa de oración». Dedicados al Señor; hechos hijos de Dios; convertidos en testigos de su amor en el mundo, pidamos a María Santísima que nos ayude a valorar el Templo como debe ser, de manera que vivamos una relación íntima, muy profunda con Dios, que nos haga salir al encuentro de los hermanos. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 18 de noviembre de 2021

«Y Jesús lloró»... Un pequeño pensamiento para hoy



Desde hace algunos meses, mi vida se ha complicado mucho. Diversas encomiendas que he tenido que asumir hacen que mi día se escurra como agua entre los dedos y el tiempo no rinda. Generalmente el «pequeño pensamiento» lo escribo con un día de anticipación para poderlo enviar en la tarde, hora de México, pensando en mis cinco lectores de otros continentes, de manera que lo puedan tener a buena hora para meditar. Hoy fue uno de esos días en donde situaciones inesperadas hacen que apenas, a esta hora, en que casi son las ocho de la noche, me ponga a escribir unos cuantos renglones que hagan los tres párrafos acostumbrados de cada día. Gracias a Dios pude rezar ya el Rosario en Facebook como cada día y solo me falta encontrarme con ustedes en la reflexión para mañana. Bueno, con esta larga introducción termino el primer párrafo y así solamente me restarán dos más. Pero quiero, antes de meditar con ustedes, recordar que en estos días la liturgia diaria nos ha puesto a Jesús en su largo viaje a Jerusalén y el evangelio de hoy (Lc 19,41-44) nos lo muestra casi llegando a esa ciudad tan llena de significado para nuestra fe.

El evangelista nos refiere que cuando Jesús estuvo ya cerca de Jerusalén, contempló la ciudad y lloró por ella. Es conmovedor imaginarnos a Jesús llorando. Pero... ¿por qué lloraba? Jesús lloró por la ceguera de Jerusalén, que no era capaz de reconocer todo lo que Dios le estaba ofreciendo. Jerusalén era una ciudad que no tenía paz, pero tampoco podía descubrir cómo conseguirla. Por eso Jesús, llorando, hizo un último intento para mover los corazones: «¡Si en este día comprendieras tú lo que puede conducirte a la paz!». Releo la frase una y otra vez y pienso que algo semejante le puede ocurrir a Jesús frente a cada uno de nosotros, sus discípulos–misioneros cuando ve que no reconocemos la visita de Dios y nos empecinamos en encerrarnos en la tristeza, en el resentimiento, en los lamentos muchas veces por situaciones y circunstancias, por hechos y acciones que no valen la pena. Pero Él está allí para enseñarnos el camino de la paz. ¡Cuánto nos ama! Este es uno de los textos donde mejor descubrimos el corazón humano de Jesús, capaz de estremecerse por nuestra grande miseria.

Todos podríamos aprovechar mejor las gracias que nos concede Dios. Hoy, en este relato evangélico, se nos pone delante, para escarmiento, la imagen de ese pueblo que no ha sabido abrir los ojos y comprender el momento de la gracia de Dios. Dentro de pocos días vamos a iniciar un nuevo año litúrgico con el Adviento. Una y otra vez se nos dirá que hemos de estar vigilantes, porque Dios viene continuamente a nuestras vidas, y es una pena que nos encuentre dormidos, bloqueados por preocupaciones sin importancia, distraídos en valores que no son decisivos o entretenidos en pleitos de gallinero. ¿Dejaremos escapar tantas oportunidades como nos pone Dios en nuestro camino, oportunidades que nos traerían la verdadera felicidad? No pensemos tanto en si Jesús lloraría hoy por la situación de nuestro mundo, que sabemos que lo haría. Pensemos más bien en si cada uno de nosotros le estamos correspondiendo como él quisiera, o le estamos defraudando. Que Dios nos conceda, por intercesión de la Virgen, la gracia de perseverar en la fe. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 17 de noviembre de 2021

«No seamos holgazanes»... Un pequeño pensamiento para hoy


Para empezar la reflexión de hoy, que, como todos estos días, es en torno al evangelio de san Lucas (Lc 19,11-28) y que presiento que será muy breve porque hoy voy más de prisa que de costumbre... me viene pensar, luego de leer el texto —que espero también ustedes lo lean— en la gran cantidad de dones que el señor nos ha dado. En la parábola de san Lucas son monedas, en san Mateo son talentos (Mt 25,14-30). En nuestro caso son eso, dones o cualidades que hemos recibido al ser llamados por Dios a estar de su lado. Los dones y cualidades que cada uno de nosotros hemos recibido —vida, salud, inteligencia, dotes para el arte o el mando o el deporte: todos tenemos algún don— los hemos de trabajar, porque somos administradores de ellos y no sus dueños.

Es de esperar que el Señor, al final, no nos tenga que tachar de «empleado holgazán» que ha ido a lo fácil, «ha guardado la moneda en un pañuelo» y no ha hecho rendir lo que se le había encomendado. La vida es una aventura y un riesgo, y el Señor, el Justo Juez premiará sobre todo la buena voluntad, no tanto si hemos conseguido diez o sólo cinco. Lo que no podemos hacer es aducir argumentos para tapar nuestra pereza —el siervo holgazán poco menos que echa la culpa al mismo Señor de su inoperancia—.

Así, a la luz de esto les dejo unas preguntas para meditar: ¿Qué estamos haciendo de la fe, del Bautismo, de la Palabra, de la Eucaristía? ¿Qué fruto estamos sacando, en honor de Dios y bien de nuestros hermanos, de esa moneda de oro que es nuestra vida, la humana y la cristiana? Ojalá al final todos oigamos las palabras de un Juez sonriente que nos diga: «Muy bien. Eres un buen empleado...» Que Dios nos conceda, por intercesión de la santísima Virgen María, la gracia de vivir nuestra fidelidad a Cristo, trabajando constantemente para que su Reino esté en nosotros y, por medio de su Iglesia, fructifiquemos los dones y cualidades y lo hagamos llegar a todos los hombres de todos los tiempos y lugares. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 16 de noviembre de 2021

«Como Zaqueo»... Un pequeño pensamiento para hoy


San Lucas es el único de los cuatro evangelistas que nos cuenta el suceso del encuentro de Jesús con Zaqueo (Lc 19,1-10). Este es el pasaje que hoy nos ofrece la liturgia del día de hoy en donde el evangelista, inspirado por el Espíritu Santo, con pocas palabras, nos describe la personalidad de este este personaje bajito de estatura que ocupa hoy nuestra reflexión. La multitud que había le impide a Zaqueo ver a Jesús que pasará por el camino. El pequeño hombre encuentra una opción para verlo de cerca trepándose en una higuera, pero de todos modos queda alejado del Maestro. Aunque quede un poco lejos lo verá, por eso no se queda parado ante las dificultades, ni le importa hacer algo poco propio de una persona de su posición social: correr y subirse a un árbol para ver al Maestro. Jesús se percata de la situación, lo llama y lo hace bajar para que lo hospede en su casa. De entrada podemos ver que la historia de Zaqueo se repite cada día. Es nuestra misma historia. Somos hombres que buscamos a Dios porque somos pequeños. Una multitud que quiere ver en su vida a Cristo cerca y alberga ese profundo deseo en el corazón. Personas que, a pesar de nuestra baja estatura en el espíritu, nos atrevemos a subir a un árbol, porque a toda costa queremos encontrarnos con Él.

Jesús tiene ojos para todos, y nos llama para estar a su lado sin importar nuestra condición. Zaqueo no era bien visto por su trabajo, pues como recaudador de impuestos trabajaba para el imperio romano y seguramente se había hecho rico al cobrar de más en las contribuciones que pedía. Mientras la gente veía el actuar de este personaje, el Señor Jesús veía el anhelo de su corazón en querer cambiar de vida y por eso se invita a su casa. Esta decisión de Jesús, de quedarse en la casa del jefe de los publicanos provocó, como nos narra el evangelista, las más agrias reacciones. Todos los que se creían Israelitas santos y puros no dieron crédito a su ojos: ¡un profeta y maestro duerme en la casa del mayor de los pecadores!

Pero lo más importante, lo que debemos guardar de este relato es que Jesús ha venido a buscar lo que estaba perdido y a salvarlo» (Lc 19,10). Esta es la clave del relato. Zaqueo ha sido reintegrado a la casa de Israel. La conversión de Zaqueo en el evangelio ejemplifica el camino de la conversión del rico, del egoísta, del acaparador, del que se siente autosuficiente: comienza con el deseo de conocer a Jesús de cerca; continúa cuando el rico se junta al pueblo que busca a Jesús y luego lo acoge en su casa. Y se completa cuando Zaqueo comparte sus bienes devolviendo con creces lo que robó: «doy la mitad de mis bienes a los pobres» y «restituiré cuatro veces más lo que he robado». Cierto que aquella resultó una cena muy cara para Zaqueo, pero realmente liberadora. Todo encuentro con Jesús es encuentro de conversión. La práctica de Jesús rompe la separación social y cultual entre justos y pecadores; recrea la comunión entre las personas sobre otras bases. El amor liberador y salvador del Padre es para todos. Pidamos al Padre, por mediación de María Santísima, que nos dejemos abrazar por Jesús y sigamos en el camino de conversión. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 15 de noviembre de 2021

«El ciego del camino»... Un pequeño pensamiento para hoy


El evangelio de hoy (Lc 18,35-43) está confeccionado por una narración, que también la cuentan san Marcos y san Mateo a su manera, sobre la curación de un ciego. Jesús va de camino hacia Jerusalén y llega a Jericó. Antes de entrar en la ciudad, refiere san Lucas, encuentra a un hombre ciego sentado junto al camino que se entera de que algo está sucediendo por el barullo que escucha. Pregunta el por qué de tanta algarabía y le dicen que Jesús el nazareno está pasando por allí. El hombre, que seguramente había escuchado quién era Jesús, comenzó a gritar vociferando: «¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!» Jesús le devuelve la vista y el suceso da ocasión para dar gloria a Dios.

Estamos, así, situados claramente ante un relato de un milagro, el último de los realizados por Jesús a lo largo de su viaje a Jerusalén. La curación de este ciego expresa la realización del programa que Jesús presentó en la sinagoga de Nazaret al aplicarse el texto de Is 61. Él ha venido, en efecto, a «dar vista a los ciegos». Este relato del ciego de Jericó es un relato muy sintético y simbólico de una conversión. El ciego, sin fe, clama por su curación. A pesar de las dificultades, grita más y más, hasta que consigue ser atendido por el Mesías. La luz en los ojos, símbolo de la fe, le proporciona una nueva forma de ver, de entender el mundo y a sí mismo —eso es la fe—, lo que le lleva eficazmente al seguimiento de Jesús. Es hermoso ver que, aunque Jesús ve la condición en la que aquel hombre se encuentra le pregunta: «¿Qué quieres que haga por ti?», de manera que deja que aquel ciego exprese, por él mismo, su necesidad: «Señor, que vea». Y Jesús, de inmediato, hace que, en automático, recobre la vista gracias a su fe: «Recobra la vista; tu fe te ha curado». Pero hay aquí algo más... al ciego le ayudaron otros a identificar a Jesús, le explicaron quién era el que iba pasado.

Esto da pie a una reflexión que podemos hacer a base de preguntas: ¿Somos de los que ayudan a que alguien se entere de que está pasando Jesús por sus vidas? ¿o más bien de los que no quieren oír los gritos de los que buscan luz y ayuda porque ya estamos conformes de tener a Jesús para nosotros? Si somos seguidores de Jesús, ¿no tendríamos que imitarle en su actitud de atención a los ciegos que hay al borde del camino? ¿sabemos pararnos y ayudar al que está en búsqueda, al que quiere ver? ¿o sólo nos interesamos por los sanos y los simpáticos y los que no molestan? Sí, como ven, la reflexión de hoy es corta pero muy profunda y comprometedora. Quedémonos con estas preguntas y pidamos a María Santísima que nos asista como Madre y maestra para que podamos ver las necesidades de los demás y los acerquemos a Jesús. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 14 de noviembre de 2021

«Nos vamos acercando al final del año litúrgico»... Un pequeño pensamiento para hoy


Nos vamos acercando al final del año litúrgico en la Iglesia, que sigue un calendario diverso al calendario civil cuyo año empieza el 1 de enero. En la Iglesia, el inicio del nuevo año lo marca el primer domingo de adviento, que este año será el 28 de este mes. El próximo domingo celebraremos la fiesta de Cristo Rey y así cerramos el año litúrgico. En este clima de cabo de año, un fragmento del evangelio de san Marcos (Mc 13,24-32) que habla de la venida de Jesús, acompañada de unos acontecimientos cósmicos, nos da la pauta, en la liturgia de este domingo, para nuestra reflexión. ¿Cómo se ha de entender este pasaje? Ciertamente que aquí hay un lenguaje con imágenes. No son afirmaciones exactas, sino comparaciones alusivas. Del mismo modo que los primeros capítulos del libro del Génesis no son historia, sino una expresión literaria libre de la verdad de la creación, del mismo modo los datos sobre la venida de Jesús y la salvación escatológica no son más que imágenes sobre la verdad de que Jesús, de algún modo, quiere conducir a la perfección al mundo y a los hombres. El evangelio de este domingo no es, por tanto, una guía de los últimos días. Más bien es un balbuceo de la nueva realidad —que no se puede expresar con nuestras palabras—, con la que Dios quiere llevar a su fin la creación. Dios supera nuestra imaginación y no podemos comprender su acción. Pero en este futuro actuar de Dios hay un sí absoluto al mundo que ha creado.

Todo esto es un poco complicado y entonces nos hacemos, como en otras de nuestras reflexiones, unas preguntas interesantes: ¿qué tiene que ver Jesús con el futuro?; ¿qué podemos esperar nosotros de Jesús en el futuro?; ¿no fue Jesús un fracasado...? En cualquier caso, Jesús fue, murió. Y, si murió como todos los hombres, sólo podemos esperar lo que se puede esperar de los muertos: nada. Sin embargo —y éste es el «sin-embargo» de la fe— los cristianos esperamos que Jesús venga y, con él, venga a nosotros el reinado de Dios. Porque Dios, cuando todo había terminado para Jesús, cuando Jesús era un hombre acabado, se puso de su parte y «revisó» su proceso, dando validez a su persona y a su causa para siempre: ¡lo resucitó! Y así, habiendo llegado Jesús al límite de su abatimiento y no teniendo ningún futuro, recibió de parte de su Padre, que es nuestro Padre, un futuro sin límites. Este es el futuro que el hombre Jesús no podía darse a sí mismo, el Adviento. Y es el adviento también para nosotros que creemos en la promesa de Jesús: «Entonces verán venir al Hijo del Hombre sobre las nubes con gran poder y majestad». Jesús, el que fue, es hoy para todos sus discípulos–misioneros el Cristo y el Señor, el que será. Por eso, los cristianos ponemos nuestra esperanza en el Dios que resucita a nuestro Señor Jesucristo, como primicia de entre los muertos. Esperamos el adviento de Dios en Jesucristo. Esperamos, más allá de todas las expectativas humanas, ser sorprendidos por el Dios que viene y participar en la gloria del Señor que vive.

De esta manera, el evangelio de este día nos interpela. En las postrimerías del año litúrgico, al proclamar el fin del mundo, el evangelio, con este pasaje, nos encara con nuestro fin, con el futuro absoluto. Y ese futuro, desconocido, es verdad, pero confirmado por la fe, es esperanzador, pues no está en las manos de los poderosos, ni en los arsenales atómicos, ni en la banca suiza, ni en la nueva generación de computadoras o teléfonos inteligentes, no está en manos de los hombres, sino en las manos de Dios. Pero el evangelio del fin del mundo nos encara también, y eso sí que está en nuestras manos —en las manos de todos los hombres de todos los pueblos del mundo, sin discriminación— con nuestro destino en este mundo y en esta vida. Esa es nuestra responsabilidad. Pidamos a la Santísima Virgen que nos ayude a estar bien preparados para cuando llegue este momento viviendo al estilo de Jesús, según las bienaventuranzas. Ese día se demostrará que sus palabras no han pasado; mientras tanto no podemos olvidar que el calendario está en nuestras manos, que el tiempo va pasando y que aún tenemos mucho por hacer. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

sábado, 13 de noviembre de 2021

«Orar con insistencia»... Un pequeño pensamiento para hoy


En los evangelios de estos días en que estamos por llegar al final del año litúrgico en la Iglesia, Jesús nos habla del fin de los tiempos. Hemos escuchado diversos momentos en los que toca el tema, porque Jesús quiere que despertemos de nuestras torpezas y de nuestras indiferencias, pero, a la vez, no quiere angustiarnos. Su llegada tarda, se hace esperar, pero no hay que «desanimarse»: hay que rezar, y de hecho en cada misa pedimos que ya venga: «¡Ven, Señor Jesús!... ¡Hasta que vuelvas!... ¡Salvador del mundo, sálvanos!» Pero siempre, a lo largo de la historia de la humanidad una pregunta nos acucia: «Esperar, ¿hasta cuándo?» (Ap 6,10), y hay otra más acuciante todavía que yo creo que nos hacemos cada uno: ¿Perseveraré hasta el fin? ¿Sería yo capaz de apostasía, o de un abandono lento y progresivo? ¿Podría mi Fe desmoronarse bajo los golpes de la duda o de la desgracia?... quién sabe.

Por eso hoy, con una parábola, Jesús nos habla de la oración. Y es que la oración tiene un aspecto anti-angustia: nos apoyamos en alguien, nos confiamos a él, salimos de nosotros mismos y nos abandonamos a otro. Si un hombre impío y sin escrúpulos, como el que se presenta en la parábola de hoy, acaba atendiendo a una pobretona, ¡cuánto más sensible será Dios a los clamores de los que, en su pobreza, se dirigen a El! Dios siempre escucha nuestra oración. Él quiere nuestro bien y nuestra salvación más que nosotros mismos. Nuestra oración es una respuesta, no es la primera palabra. Nuestra oración se encuentra con la voluntad de Dios, que desea siempre lo mejor para nosotros. Pero a veces, la oración la tenemos que expresar a gritos, día y noche, como dice Jesús, porque hay momentos en nuestra vida de turbulencia y de dolor intenso. Nos debe salir desde una actitud de humildad, no de autosuficiencia, desde una actitud de apertura confiada a Dios. O sea, desde la fe, como la del centurión que pedía por su criado, como la de la pobre viuda que insistía para conseguir justicia. 

Las personas que oran saben esperar. Tal vez el primer fruto de una oración humilde, sencilla y clara, sea estar gratuitamente ahí, abiertos de par en par a la voluntad de Dios, sin prisas, sin ansiedad. Un día y otro. Las personas que esperan pueden creer que todo es inútil, pero su actitud las hace estar en el lugar adecuado y en el tiempo oportuno para acoger la venida del Hijo del Hombre. El que ora es como una de las diez jovencitas con la lámpara encendida, como una viuda que no se cansa de suplicar justicia. Los invito ahora a terminar la lectura de este texto que comparto con gusto con ustedes y hacer un ratito de oración desde la pantalla del teléfono o de la computadora para estimularnos a orar siempre, en toda circunstancia. Pidamos a María santísima que nos ayude a escuchar a Dios en estos momentos de oración seguro de que, en nosotros, encontrará fe. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 12 de noviembre de 2021

«Hacia el final»... Un pequeño pensamiento para hoy


A medida que el año litúrgico va arribando a su fin, nuestro pensamiento se dirige hacia una reflexión sobre el «fin» de todas las cosas. Todo en este mundo es pasajero porque como reza el dicho: «Todo lo que se acaba es corto» y la historia de la humanidad se ha medido por siglos. Yendo al evangelio vemos que a medida que Jesús subía hacia Jerusalén, su pensamiento se orientaba hacia el último fin y eso es lo que la liturgia de la palabra, en el evangelio, nos va presentando estos días de noviembre en que también recordamos a nuestros fieles difuntos. Cada vez que a algo le llega «su fin», deberíamos ver en ello un anuncio y una advertencia. Cuando muere uno de nosotros, es un anuncio de nuestra propia muerte. El Evangelio de hoy (Lc 17,26-37) es muy elocuente en el tema. En él Jesús nos propone que descifremos tres hechos históricos que considera símbolos de todo «Fin»: el diluvio, la destrucción de una ciudad entera, Sodoma y por último la ruina de Jerusalén. Me detendré en la reflexión en los aspectos que tocan los dos primeros hechos, dejando el tema del fin de Jerusalén para otra ocasión.

Como en tiempos de Noé y de Lot, los hombres de nuestra época siguen ocupados en los grandes afanes de la vida: fortuna, diversión, comida, sexo, negocios... El quehacer de ese trabajo es absorbente, de tal forma que se olvida la dimensión de profundidad: Dios que viene desde el fondo, Dios que llama y quiere convertirnos a la auténtica verdad de nuestra vida. Ante esta llamada pueden darse dos tipos diferentes de fracaso: el de aquéllos que están demasiado ocupados en sus cosas y simplemente prefieren no escuchar —como los habitantes de Sodoma—; o el de aquéllos que escuchando en principio la llamada sienten la nostalgia del mundo que abandonan retornando hacia lo antiguo —la mujer de Lot—. El diluvio sorprendió a la mayoría de las personas muy entretenidas en sus comidas y fiestas. El fuego que cayó sobre Sodoma encontró a sus habitantes muy ocupados en sus proyectos. No estaban preparados. Así sucederá al final de los tiempos. ¿Dónde? —otra pregunta de curiosidad—: «donde hay un cadáver, se juntan los buitres», o sea, en cualquier sitio donde estemos, allí será el encuentro definitivo con el juicio de Dios.

Estas alusiones de Jesús a los tiempos de Noé o de Lot tienen un objetivo claro: hacer ver que el encuentro con él —el «día del Hijo del Hombre»— no es más de lo mismo, introduce una novedad radical, divide nuestra vida en un «antes» y en un «ahora». Es decir que no podemos seguir a Jesús —que es la novedad— y vivir como antes. En otras palabras: no podemos echar el vino nuevo de la fe en Jesús en los odres viejos de nuestra autosuficiencia (Cfr. Mt 9,17). Con un corazón nuevo hemos de esperar la llegada de Jesús, sea el momento de nuestra muerte o el momento del fin del mundo. La llegada del Señor será tan imprevista como el fulgor del relámpago: nadie podrá preverla. Como en tiempos de Noé y de Lot, los cálculos y las cábalas de los fariseos son completamente inútiles. Jesús invita a no hacer caso de nadie. Sólo la vigilancia tiene sentido. Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de esperar, alegremente y en novedad de vida, la venida del Señor al final de nuestra vida para hacernos partícipes de los bienes eternos, reservados a quienes Él ama y le viven fieles. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 11 de noviembre de 2021

«Ya, pero todavía no»... Un pequeño pensamiento para hoy


Al inicio del evangelio de hoy (Lc 17,20-25) lo fariseos le preguntan a Jesús: «¿Cuándo llegará el Reino de Dios?». Ésta es una de las preguntas que mucha gente se hace, pero Jesús dice allí mismo: «El Reino de Dios ya está entre ustedes». Y sí que lo está, aunque no en toda su plenitud, porque él mismo vino a establecerlo entre nosotros y por eso ya lo empezamos a vivir. Diríamos que es un «ya, pero todavía no». Está ya establecido en nuestras bondades, en nuestras obediencias al plan de Dios, en nuestras acciones misericordiosas y compasivas. Pero debido al don de nuestra libertad, existe un terreno en el cual Cristo no puede reinar, en el que su reino no puede entrar si no le abrimos paso. Ese terreno es nuestro corazón. Dios nos ama tanto que no es capaz de forzarnos a amarle. Es un acto que dejó a la libertad del hombre: Amar u odiar a Dios.

El Reino —los cielos nuevos y la tierra nueva que anunciaba Jesús— no tiene un estilo espectacular como mucha gente lo espera. Jesús lo ha comparado al fermento que actúa en lo escondido, a la semilla que es sepultada en tierra y va produciendo su fruto. Rezamos muchas veces la oración que Jesús nos enseñó: «venga a nosotros tu Reino». Pero este Reino es inadvertido, está velado, pero ya está actuando: en la Iglesia, en su Palabra, en los sacramentos, en la vitalidad de tantos y tantos cristianos que han creído en el evangelio y lo van cumpliendo. Ya está presente en los humildes y sencillos: «bienaventurados los pobres, porque de ellos es el Reino de los cielos». Necesitamos, en este «ya, pero todavía no», ir descubriendo los signos de la cercanía y de la presencia de Dios en lo sencillo, en lo cotidiano, en lo ordinario. Al impetuoso Elías, en al Antiguo Testamento, Dios le dio una lección y se le apareció, no en el terremoto ni en el estruendo de la tormenta ni en el viento impetuoso, sino en una suave brisa (1 Re 19,12).

Enseguida, en este mismo relato del día de hoy, Jesús habla con sus discípulos y apunta a su segunda venida, que será bien notoria como el relámpago (Mat 24,23; Mc 13,21; Ap 1,7). Antes de este acontecimiento se presentarán muchos falsos profetas y será general el descreimiento y la burla como en tiempos de Noé y de Lot (Gén 7,7;19,25; 2 Pe 3,3 ss.). No cabe duda de que nuestros tiempos se parecen en muchas cosas a lo predicho por el Señor. Esto nos obliga a una detenida meditación sobre el Reino de los Cielos y este impresionante anuncio que hace Cristo, no obstante haber prometido su asistencia a la Iglesia hasta la consumación de los siglos. No sabemos cuándo llegará ese fin de los tiempos, pero la experiencia del Reino de Dios está «ya, pero todavía no» en nuestra historia presente. La presencia del Reino de Dios y de Jesús resucitado en nuestra historia, es la dimensión trascendente de nuestra historia, que no perciben nuestros sentidos, pero que es tan real como la dimensión práctica de los sentidos. La historia no es sólo lo que se ve. Hay una dimensión invisible de la misma historia que sólo se vive y se discierne a la luz de la fe. Que María Santísima nos acompañe en este «sí, pero todavía no» mientras esperamos la alegre venida de Nuestro Señor Jesucristo. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 10 de noviembre de 2021

«Uno de los diez»... Un pequeño pensamiento para hoy


El Texto que la liturgia de hoy nos propone en el Evangelio (Lc 17,11-19), nos dice que a Jesús, en su viaje por Samaria y Galilea, cuando estaba por entrar a uno de los poblados, le salieron 10 leprosos que estaban un poco lejos por obediencia a la ley de Moisés, la cual separaba a los leprosos, enviándolos a vivir fuera del campamento, o de la ciudad y de lejos le gritaban a Jesús que tuviera compasión de ellos. El Señor hace caso de su súplica y les da la orden de ir a presentarse al sacerdote como la ley de Moisés lo pedía, porque solamente el sacerdote podía «declarar» o, mejor dicho, dar un certificado a un leproso que estaba limpio, para que pudiera ser restaurado una vez más en la comunidad. Cuando los 10 leprosos iban camino a presentarse al sacerdote, se dieron cuenta que habían sido sanados. Uno de ellos, que era samaritano, se regresa alabando a Dios a darle las gracias a Jesús por haber sido curado. Así este samaritano extranjero, fue el único en darle gloria a Dios por el hecho milagroso. Los otros nueve que eran de la casa de Judá, no agradecieron.

Este pasaje, que hemos repasado a grandes rasgos, nos da pistas para pensar en la gratitud que le debemos a Dios que se manifiesta en la persona de Jesucristo. Porque ciertamente una cosa es reconocer a Cristo como el hacedor de milagros, el que nos puede sacar de apuros y otra es reconocer que Jesucristo es Dios encarnado, el primogénito de la creación (Col 1,15). El samaritano no volvió a Jesús simplemente porque este estaba agradecido por haber sido sanado. El proceso de sanación permitió al samaritano entender que Jesús es Dios, y por lo tanto es el centro de nuestra adoración. De la misma manera, nuestra visión de Dios no puede ser «utilitaria» o «antropocéntrica», donde Dios se convierta en el «Patrono» de nuestro bienestar. Desde este punto de vista, nuestro agradecimiento no es más que una veneración de Cristo. Necesitamos entender que el agradecimiento a Dios nos lleva ineludiblemente a la adoración. Y por «adoración», que solo se la debemos a Dios, nos referimos a la transformación del entendimiento producida por el Espíritu Santo, la cual nos lleva consecuentemente al cambio en nuestra manera de vivir (Rm 12,2). La vida de aquel leproso curado nunca volvió a ser igual... ¡abrazó la fe!

El samaritano sanado entiende que Jesús lo ha reintegrado a la comunidad humana, no importando que como leproso y extranjero fuera un doble marginado. Frente a Jesús se postra y reconoce al hombre de Galilea que ha sido su redentor y Jesús descubre que aquel ha mostrado tener una fe verdadera. Le agradece a él como hombre, pero le agradece también como Dios, porque el evangelista nos lo deja ver con el término en griego que utiliza para manifestar la acción e gracias de aquel hombre. El escritor sagrado utiliza el término «euchariston». Este término, en las 37 veces que se usa en el Nuevo Testamento, está reservado única y exclusivamente al agradecimiento rendido a Dios. En otras palabras, el samaritano ofrece un tipo de agradecimiento reservado solo a Dios. Es de esta manera que podemos comprender la intención detrás de el acto de «postrarse». Únicamente el que ha regresado reconoce que en medio del pueblo, Dios ha puesto una instancia superior. La fe del hombre enfermo y marginado es la que le permite ser completamente redimido. El agradecimiento genuino nos insta a encontrarnos cara a cara con Cristo. Por lo tanto, el toque transformador de su presencia restaura la esencia inicial por la cual fuimos creados (Ef 210, 2 Cor 5,17). Por consiguiente, el que está agradecido con Dios transforma su vida y vive sólo para él. Que María santísima interceda por nosotros y nos ayude a ser agradecidos con Dios. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 9 de noviembre de 2021

«La dedicación de la basílica de san Juan de Letrán»... Un pequeño pensamiento para hoy


La Catedral Archibasílica Papal del Santísimo Salvador del Mundo, y de los Santos Juan Bautista y Juan Evangelista en Letrán, más conocida como Basílica de San Juan de Letrán, es la catedral de la diócesis de Roma, donde se encuentra la sede episcopal del obispo de Roma que es el papa. Está dedicada a Cristo Salvador, sin embargo, es más conocida con el nombre de San Juan, por estar dedicada a los dos santos más conocidos de la cristiandad que llevan este nombre. Es la primera Basílica en ser construida en la ciudad de Roma, y recibe el apelativo de Archibasílica porque solamente el Santo Padre puede celebrar en su altar principal. El día de hoy —como cada año el 9 de noviembre— se celebra la fiesta de su dedicación, por eso el evangelio de la Misa de este día hace a un lado la la lectura continuada de san Lucas que se está llevando entre semana y va al evangelio de san Juan (Jn 2,13-22). La historia nos narra que la Basílica de San Juan de Letrán fue consagrada por el Papa San Silvestre el 9 de noviembre del año 324. Aunque esta fiesta es importante porque hablamos de la primera basílica, generalmente pasa desapercibida porque es un día que si cae entre semana no obliga a asistir a Misa.

Pero vayamos al relato evangélico. Para comprender bien este episodio que nos narra san Juan para esta fiesta, hay que subrayar un detalle importante: Los cambistas se colocaban en el patio de los paganos, el lugar que era accesible a los no judíos. Este mismo patio se había transformado en un mercado. Pero Dios quiere que su templo sea una casa de oración para todos los pueblos (cf. Is 56,7). De ahí la decisión de Jesús de derribar las mesas de cambio de moneda y expulsar a los animales. Esta purificación del santuario era necesaria para que Israel redescubriera su vocación de ser una luz para todos los pueblos; un pequeño pueblo elegido para servir a la salvación que Dios quiere dar a todos. Jesús sabe que esta provocación le costará cara... Y cuando le preguntan: «¿Qué señal nos muestras para obrar así?» (Jn 2,18), el Señor responde diciendo: «Destruyan este templo y en tres días lo levantaré» (Jn 2,19)... Él quiere destruir todo aquello que no ayude a mostrar al mundo el amor de Dios, y esa gente, hacía mal uso de aquel espacio del templo que más bien debería ser para atraer a los gentiles al encuentro con Dios. Todos los templos, incluido el nuestro, el de nuestro cuerpo, tienen que ser lugares santos, casa de oración, ámbito del encuentro con Dios para todos, sitio para pedir perdón y celebrar su amor, y ser enviados a transformar el mundo. Acudir al templo es aceptar la invitación de Dios a ser sus invitados de honor. Jesús defendió con valentía el honor del templo, pero les dijo algo que no entendieron: «Destruyan este templo y en tres días lo levantaré». San Juan nos aclara el enigma: «Se refería al templo de su propio cuerpo» y ahora al nuestro también, que formamos la Iglesia. 

Nuestros templos materiales son hermosos y necesarios, nuestro templo corporal lo es más. Dios quiere habitar en ellos aunque no cabe en ningún lugar. El verdadero templo, el único lugar del encuentro con Dios es Jesucristo. Él es el templo. Él es el rostro visible de Dios. Él es el sacramento del encuentro con el Padre. Él es el que vive y nos hace vivir cristianamente. Cristo nos convierte también a nosotros en el templo del Espíritu y así vemos que no se puede ser cristiano uno solo. La comunidad de los creyentes somos la iglesia, el cuerpo de Cristo, su templo congregado para celebrar y alabar a nuestro Salvador. Sí, cada cristiano es ese templo que Dios ha edificado para venir y morar, y juntos, también, formamos ese templo. Por eso hoy, al celebrar esta fiesta, cada uno debe reflexionar si realmente ahora su alma está limpia, para que Dios pueda habitar en ella. ¡En cuántas ocasiones, por el pecado, las almas se convierten en mercado y cueva de ladrones! De ahora en adelante, con la ayuda de Santa María, procuremos la limpieza de nuestra alma, para que la Santísima Trinidad encuentre un lugar digno donde inhabitar. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 8 de noviembre de 2021

«Perdonar al hermano»... Un pequeño pensamiento para hoy


Cada vez que me siento frente al ordenador —como le dicen los españoles a la computadora— para escribir el pequeño pensamiento, le pido a Dios su gracia para que me ilumine y lo que escriba «mal urdiendo» ideas, cosas que recuerdo, reflexiones de aquí y de allá y lo que del momento brota del corazón, nos ayude a reflexionar en su Palabra y sea a la vez de accesible lectura para todos. Si fácil no es hablar para todos a la hora de la homilía, tampoco lo es escribir con corrección. Fidelino de Figueiredo erudito literario portugués (1889-1967) decía: «La vida, la palabra y el pensamiento son inseparables; pensar y saber es querer decir y poder decir, porque lo que el hombre siente y piensa lo incorpora al mundo de las palabras. El juicio, pieza nuclear del pensamiento lógico, sólo existe en el cerebro del hombre por su traducción en frase». Así, con gusto comparto estas frases cada día. Pero en fin, entremos en materia, porque no sé de dónde me vino compartir todo esto. Hablemos del Evangelio de hoy, que está tomado de Lc 17,1-6 y toca, como siempre, un tema interesante.

El Evangelio nos dice hoy entre otras coas: «Si tu hermano te ofende, trata de corregirlo; y si se arrepiente perdónalo. Y si te ofende siete veces al día y siete veces viene a ti para decirte que se arrepiente, perdónalo». De esta manera, vemos que Jesús nos pide que perdonemos al hermano. Y ya sabemos que el perdón es algo esencial al cristianismo; pero también sabemos que es algo muy difícil, aunque el mismo Dios nos pone la muestra, porque nos perdona una y otra, y otra vez... ¿Cuántas veces te has confesado en tu vida y Dios te vuelve a perdonar? Estoy seguro que si no es que acabas de hacer la Primera Comunión, no te acuerdas. El amor «sin límites» a los hermanos es la característica propia del cristianismo, lo hemos heredado de nuestro Dios. Detengámonos ante ese título de «hermano» que hoy utiliza Jesús. ¡Los cristianos somos «hermanos»! Pero no somos personas perfectas. Somos pecadores. Por eso Jesús no ha pensado en una comunidad ideal y sin historia: explícitamente considera una comunidad en la que las personas se ofenden unas a otras... ¡hasta siete veces al día! Por mucho que se diga que es un número simbólico no deja de evocar una situación bastante «conflictiva». A la luz de esto, al ir iniciando una nueva semana laboral y académica, es bueno que cada uno nos preguntemos: ¿A quién tengo hoy que perdonar? ¿En qué «relación» he de procurar que nazca en mí un corazón nuevo, un corazón según Cristo? 

La beata María Inés Teresa decía con regularidad que cada día tenemos que vernos con ojos nuevos. No somos islas. Influimos en bien o en mal en los que conviven con nosotros. Si hay personas débiles, que a duras penas tienen ánimos para ser fieles, y nos ven a nosotros claudicar, contribuimos a que también ellas caigan. Si no acudo a la oración al empezar el día, si no bendigo los alimentos, si no ofrezco a Dios mi trabajo... también otros se sentirán dispensados y no lo harán. Al revés, si participo, a otros les estoy dando ánimos para que no falten. Y quien dice de la oración, dice de la conducta moral: si una familia está dando testimonio de vivir en cristiano, contra corriente de la mayoría, está influyendo en los ánimos de los demás. Mientras que, si cede a los criterios de este mundo, también a otros se les debilitarán los argumentos y fallarán. Pero, a todos esos que fallan, les hemos de perdonar y dar una y otra oportunidad de volver al redil. Cuando, preparándonos a comulgar, rezamos en el Padrenuestro lo de «perdónanos como nosotros perdonamos», parece imposible. Pero con la fuerza de la Eucaristía sí podrá suceder que a lo largo del día perdonemos al hermano una y otra vez. Pidamos a María Santísima que, como ella misma hizo con la beata María Inés Teresa, ponga en nuestros labios la palabra persuasiva que ablande los corazones. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 7 de noviembre de 2021

«La mujer de las dos moneditas»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy es domingo 7, y lo primero que me viene a la mente es la frase tan popular en México y en otros lugares de América Latina que dice: «¡Ya salió con su domingo 7!» utilizada para referirse a una persona que ha hecho o dicho algo que no se esperaba, o lo contrario de lo que se esperaba. Pero hoy no salgo con mi domingo 7 sino como cada día, con una pequeña reflexión en torno al Evangelio del día que hoy nos habla de una pobre viuda que vació en una de las alcancías del templo todo lo que tenía (Mc 12,38-44). Pienso, en primer lugar, que si esta mujer viviera en nuestros tiempos no saldría en el Facebook, como muchas otras mujeres que hoy son influencers y aparecen contándonos, por escrito y plásticamente, sus conquistas, sus fiestas extravagantes, sus compras, sus bellas mansiones, sus vaciedades sin cuento... No, esta mujer seguramente pasaba desapercibida a los ojos de todos los de su tiempo, pero no a la mirada misericordiosa y compasiva de Jesús para quien todos somos importantes.

En este texto aparecen en escena primeramente los letrados y fariseos, hombres de muchas leyes y largos rezos que eran exploradores sin escrúpulo de las pobres viudas. Haciendo ostentación de su saber y de su piedad deslumbraban a la gente sencilla, siendo las viudas indefensas y piadosas las víctimas más frecuentes de estos estafadores. Por eso Jesús denuncia el engaño y abre los ojos a los incautos. Enseguida aparece la mujer que protagoniza hoy el Evangelio, junto con Cristo, que es una persona pobre e insignificante. No sabemos ni siquiera su nombre pero nos ocuparemos de ella para que nos ayude a reflexionar. Era viuda y tenía, por consiguiente, una situación difícil. Frente a ella están los ricos echando abundantemente en la bandeja del Templo y pasando desapercibidos para la mirada de lince de Cristo. Pero, de repente, entre las espléndidas limosnas, «dos moneditas de poco valor», tintinearon con un sonido especial. Era el don de la viuda, que, al echar esas dos moneditas insignificantes en la bandeja del Templo en el que creía y confiaba, se quedó sin nada. Y algo sonó en el corazón de Cristo, que acusó el impacto y quiso en seguida que ese impacto lo captasen los suyos, para que jamás olvidaran lo que, a los ojos de Dios, era verdaderamente interesante. 

«Les aseguro -les dice a los discípulos- que esa pobre viuda ha echado en la alcancía más que todos... porque ha echado todo lo que tenía para vivir». Así, podemos hablar de una mujer que ha llegado como una flecha punzante y penetrante hasta el corazón de Dios. Una mujer desconocida que merece, en la Escritura, los honores de una primera página en Tecnicolor. Una mujer poco llamativa, posiblemente arrugada, envejecida, agobiada por tantos y tantos problemas como su vida difícil de viuda le deparaba. Una mujer que ha atravesado el tiempo para llegar hasta nosotros sin necesidad de redes sociales para apantallarnos con su ejemplo espléndido. No importa que no sepamos quién era. Lo verdaderamente interesante es que esa mujer fue, por un momento, protagonista de una historia vivida con Dios y cumplió perfectamente su papel en ella como nosotros debemos cumplir nuestro papel. Que María Santísima, que también pasó desapercibida para muchos en aquellos tiempos, nos ayude. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

sábado, 6 de noviembre de 2021

«El gozo de compartir lo que tenemos»... Un pequeño pensamiento para hoy


El dinero y todos los demás bienes de este mundo son buenos cuando se usan para el bien, porque como dice la Escritura: «Todo contribuye para el bien de los que aman a Dios» (Rm 8,28). Con el dinero se puede hacer mucho bien en las familias, en la comunidad, en las obras misioneras de la Iglesia o se puede adquirir una computadora para ponerse a escribir escritos como éste que comparto y al que llamo siempre «Un pequeño pensamiento», no por lo pequeño del espacio que ocupen mis mal hilvanadas líneas, sino porque es mi pequeña contribución a lo que podemos pensar en torno a la Palabra de Dios y a lo que acontece en nuestro ser y quehacer de discípulos–misioneros. El caso es que tanto el dinero como los demás bienes materiales, si se usan bien, pueden ayudar a conseguir nuestros fines fundamentales. Pero, si no se hace buen uso del dinero y de lo material, se cae en la trampa del enemigo y entonces el dinero se convierte en un gran estorbo para alcanzar la salvación. En este sentido es en el que para Cristo y para nosotros el dinero se convierte en algo malo. Este es el sentido del pasaje evangélico que la liturgia de la palabra del día de hoy nos propone (Lc 16,9-15).

Recordemos que Jesús en varias ocasiones habla de lo malo que son las riquezas cuando hacen a la persona egoísta y cuando eso se utiliza para el mal. En algunos pasajes Jesús deja muy en claro que él no le da importancia al dinero. Hoy le llama «el dinero injusto», porque no quiere que nos dejemos esclavizar por él: «nadie puede servir a Dios y al dinero». En varias ocasiones él habla sobre el peligro de las riquezas, y es que bien sabemos que si nos obsesionamos con ellas nos bloquean para las cosas del espíritu, de modo que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de los Cielos (Mt 19,23-30). Así, podemos ver que los que aceptan el Reino son los que no están llenos de sí mismos ni de ambiciones humanas, los que no se han esclavizado al dinero y a los bienes materiales que pueden llegar a ahogar a la persona. Esto puede pasar a los ricos, como al joven que no acogió la invitación de Jesús y se marchó triste, «porque era muy rico», pero también nos puede pasar a los demás, porque uno puede estar lleno de sí mismo, cosa que también estorba, y mucho, para ir viviendo al estilo del Reino.

Por eso de nuestra actitud frente a los bienes materiales y del uso que hacemos del dinero y de ellos depende la autenticidad de nuestro seguimiento de Jesús. Toda vida cristiana se rige por los parámetros propuestos por Jesús en este pasaje. Los bienes de la tierra han sido ofrecidos en vistas a establecer la comunión con los otros seres humanos. El dinero debe servir para hacernos amigos y ello puede realizarse solamente si manifestamos una real voluntad de compartirlo con los demás, de velar por el otro y experimentar el inmenso gozo del compartir. Cuando estaba en África me llamaba la atención como los chiquillos se repartían un chocolate —que muy poco se ven por allá— entre los amigos, antes que egoístamente guardarlo sin que lo vieran los demás, como por desgracia sucede en muchos de los niños de acá de América. Frente al dinero, nos muestra Jesús, debemos comportarnos como administradores y, para eso, la exigencia primordial es la de ser fiel al que nos lo ha confiado, que es el mismo Dios que es Padre providente y nos da lo que necesitamos. Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que al amar a Dios y pedirle los bienes materiales y el dinero que necesitamos cada día, no lo guardemos sólo para nosotros, sino que lo compartamos. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.