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domingo, 26 de octubre de 2025

LA MODA DE PONER LA FOTOGRAFÍA DEL DIFUNTO EN LA MISA DE CUERPO PRESENTE, CENIZAS, NOVENARIOS, TRIDUOS; LAS HOMILÍAS EN ESAS MISAS Y LOS ANIVERSARIOS DE DEFUNCIÓN, RECUERDO DEL CUMPLEAÑOS Y LA INAPROPIADA EXALTACIÓN DE LOS DIFUNTOS


En los últimos años, —copiando a nuestros hermanos separados «esperados»—, se ha puesto de moda poner la fotografía del difunto en la misa de cuerpo presente, cenizas, novenario, triduo, aniversario de defunción, recuerdo del cumpleaños, etc. El uso de fotografías en los funerales protestantes se diferencia de la tradición católica porque ellos no tienen imágenes sagradas de santos o de la Virgen María que para nosotros tienen un significado litúrgico y espiritual. El protestantismo, en general, se enfoca menos en los rituales y más en la celebración de la vida terrena de la persona fallecida. Los católicos, cuando celebramos una Misa pidiendo por un difunto, no podemos olvidar que el centro de toda Celebración Eucarística es siempre Cristo Resucitado, no la persona por la que estamos orando, para quien ciertamente, suplicamos la salvación y por eso elevamos sufragios.

El funeral protestante coloca la fotografía del difunto porque ese momento se convierte, por así decir, en un espacio de libertad para exaltar la memoria de la persona y darle de las formas más originales un último adiós. Un funeral cristiano protestante nunca es exactamente igual a otro, porque no hay rituales y las denominaciones protestantes son muchas y muy diversas. Hay funerales sobrios o más festivos y emotivos; solemnes y más serios; íntimos o multitudinarios. El toque personal hace para ellos la diferencia y retrata la despedida con nombre y apellido. No hay límites para crear ese momento de agradecimiento por haber compartido con alguien. Siempre caben sus historias y anécdotas, su legado y enseñanzas, y los innumerables sentimientos que fue regando a su paso. 

Los protestantes, al no tener un mismo «Ritual de Exequias» como los católicos, hacen más y más creativas las despedidas, no solamente poniendo fotos o recuerdos del difunto sino haciendo celebraciones en diversos lugares. Si a la persona le encantaba el bosque, consideran celebrar su despedida entre árboles. Si la persona era la mejor cocinera, ofrecen algunas de sus mejores recetas para agradecerle tantas veces que cocinó para los familiares y amigos. Si el difunto era deportista y siempre andada en bici, llevan las cenizas en una caravana de bicicletas. Si le encantaban las rosas rojas, le piden a los asistentes que cada cual le lleve una... Todo esto ha motivado a algunos católicos a «ser creativos» queriendo ser originales.

Nuestra Misa, como todos los católicos sabemos, es Cristocéntrica —Cristo va siempre al centro— y no antropocéntrica —colocando el hombre en el centro—. Por eso los católicos hemos de entender que la Misa por un difunto no es una honra fúnebre con aires de homenaje. De hecho por este motivo el Papa Francisco, de feliz memoria, simplificó el rito para la Misa de exequias del Santo Padre.

Al celebrar la Misa de cuerpo presente, cenizas, aniversarios y demás cuestiones relacionadas con nuestros difuntos, celebramos a Cristo muerto y resucitado, celebramos al Viviente, al que vive para siempre, al que ha vencido a la muerte, por eso el centro de la celebración exequial no es el difunto, sino el Señor Jesús, cuya muerte y resurrección es el centro de nuestra fe y el motivo de nuestra esperanza. Por cierto, en la medida de lo posible, hay que tratar de celebrar las exequias de nuestros seres queridos en la parroquia a la que estos pertenecieron, porque en la parroquia está la comunidad que acompaña a los fieles a lo largo de la vida, desde su nacimiento hasta la muerte. La parroquia brinda al cristiano los dones de la salvación, los sacramentos, el anuncio del Evangelio y la formación cristiana. Es lógico, entonces, que la comunidad parroquial le acompañe con su afecto y su plegaria en su despedida de este mundo.

Desde esta perspectiva es fácil comprender que almas de las personas por las que oramos no nrequieren en ninguna circunstancia ser el centro de la celebración o el centro de la atención de la comunidad o de la familia. El problema de las fotografías del difunto es que en lugar de centrar la atención en el altar, que representa a Cristo Sacerdote, que lleva la ofrenda de nuestra oración al Padre, se desvía nuestra atención hacia las personas mismas de los difuntos. Incluso ha que hacer conciencia de que algunas Misas de difuntos —cuando son varios—, parecen competir con alguna galería fotográfica.

Cada vez que la gente lleva la foto a Misa —además de que la mayoría de los asistentes en muchos de los casos, se paran pocas veces en un templo—, en lugar de ayudar a esa alma con la oración personal, estas personas dejan ver, muchas veces, que es más importante para ellos ese familiar o amigo que Dios mismo, que fue quien nos permitió en su Providencia compartir el amor o la amistad por un tiempo. Algunos, inclusive, van y se paran frente a la foto luego de saludar a los familiares que están en la primera banca para recordar deudas que tienen con los difuntos: «No alcancé a hacer esto que quería», «nunca le dije esto», «quedó pendiente una cosa» o lo más común: «Es que no me pude despedir».

En la misa por los difuntos, nuestro mayor anhelo debe ser que esa alma viva ya con Dios en su gloria y por eso oramos juntos, unidos por la fe, recordando que un funeral es para encomendar al difunto, afianzar nuestra fe en la resurrección futura y dejar su vida en las manos de Dios, de manera que esto también nos ayude a los vivos a pensar en la realidad de la muerte y nos anime a vivir mejor como cristianos.

Algunas personas incluso «pelean» el lugar de la fotografía de su difunto, exigiendo un mejor lugar cuando hay varios o quieren ponerlas en el presbiterio, cosa que ni para las cenizas esta permitido, ya que solamente las imágenes de los santos y beatos, y sus reliquias, son las que pueden estar en el presbiterio, porque con la beatificación y la canonización, la Iglesia asegura que ellos pusieron a Dios y a la Eucaristía en el centro de su vida sin ser ellos el centro de atención. Estas imágenes son para veneración pública y para llevarnos a Dios, no un simple recuerdo o «un adiós».

De ninguna manera podemos considerar la Misa exequial no es un acto en honor del difunto, como lo sería una ceremonia de carácter civil, para honrar a una persona fallecida, por ejemplo a un buen gobernante por su labor en beneficio de la comunidad, o a un policía caído en el cumplimiento de su deber, en esos casos, es conveniente poner una fotografía del difunto en el lugar donde se realiza el homenaje, es decir en un recinto público. Las misas por los difuntos no pueden convertirse en una especie de show de exaltación del finado donde la familia aprovecha la misa para hacer un panegírico completamente desproporcionado.

La Instrucción General del Misal Romano en el número 379 apunta: «La Iglesia ofrece por los difuntos el Sacrificio Eucarístico de la Pascua de Cristo para que, por la comunicación entre todos los miembros de Cristo, lo que a unos obtiene ayuda espiritual, a otros les lleve el consuelo de la esperanza». Y en el 382 dice: «En las Misas exequiales hágase habitualmente una breve homilía, excluyendo cualquier género de elogio fúnebre».

Que pena que en algunas Misas de difuntos se encuentra uno con una monición de entrada más larga que la Cuaresma contando las maravillas del difunto y luego el celebrante hace una homilía en la que en lugar de explicar la palabra de Dios aprovecha para explicar que el fallecido está ya en el cielo y lo buenísimo que era... ¿Cómo sabe el celebrante o los familiares que el difunto salió exento del examen en el juicio ante Dios? Y es que, como se eligió a veces la fotografía más tierna y el celebrante pide reunirse con la familia antes... ¡para hablar bonito!

Está claro que, empezando por los celebrantes, los católicos debemos seguir el ritual de exequias, que pide que estas celebraciones cristianas no se conviertan en honras fúnebres, es decir, en una ceremonia para honrar al difunto y recalca que no se asuman elementos extraños a la tradición católica, como querer poner camisetas de clubes deportivos, peluches u otra clase de artilugios que nada tengan que ver con la fe. El ritual de exequias actual, aprobado por la Santa Sede, no contempla la colocación de una fotografía del difunto ni sobre el ataúd, ni cerca de él o junto a las cenizas, aunque sabemos que el Derecho Canónico deja ver que lo que no está prohibido está permitido, así que hay quienes seguirán buscando poner fotografías, aunque en la liturgia que se celebra en la Basílica de San Pedro, que sirve como modelo para la liturgia de toda la Iglesia Católica, no se colocan nunca fotografías de un Papa o de un Cardenal cuando fallece, solo se lleva su féretro.

En la Misa de exequias por uno o varios difuntos, lo que es conveniente, al final de la misma, es hacer un pequeño resumen de la vida de la persona y agradecer en nombre de la familia, la asistencia. Pero yo diría que en una cultura que se rige mucho por imágenes, una cosa es el momento de la Misa de exequias y de cenizas y otra la de novenarios, triduos, aniversarios y demás. Tal vez en la Misa de exequias o de cenizas sea suficiente una fotografía discreta y un pequeño arreglo floral en ese día y nada más junto a la mesa especial que se pone al frente para colocar las cenizas, si eso ayuda a que los familiares cercanos vivan su duelo, aunque sería mejor poner una pequeña vela junto a las cenizas —si es el caso—que ayude a dirigir la mirada hacia el Cirio Pascual.
Hay que tomar en cuenta que a veces—y cada vez es más frecuente—hay varias cenizas en una sola celebración. 

Yo considero que el lugar más idóneo para colocar una fotografía del difunto es la capilla de velación, donde los familiares y amigos del difunto se reúnen para consolar a la familia y estar con el difunto y acompañarlo con la oración, especialmente con el rezo del Santo Rosario suplicando por la intercesión de la Virgen María para que ayude al difunto a llegar al Cielo. En especial creo que el mejor espacio es a la entrada de la capilla ardiente. Este momento es una oportunidad para orar por el difunto y honrar su memoria.

Distinto es el caso de un funeral de una persona que se ha distinguido por su fe profunda, su hacer obras de caridad y es conocida así, por la comunidad, ya sea sacerdote, religioso o laico. Este es el caso de quienes mueren «en olor de santidad» o el de quienes están en proceso de beatificación y canonización y para acrecentar su fama de santidad hay que dar a conocer su imagen.

Esto que comparto, por supuesto, no es un dogma de fe. Yo no soy ningún especialista y de ninguna manera me considero ducho en la materia, pero ante los diversos problemas —pleitos— que se han suscitado por el acomodo de las fotografías, hay que ir a las fuentes que nos iluminen en el ser y quehacer de esto. Bien nos decía un maestro de liturgia en el Seminario en aquellos años, que los padrecitos y la gente terminarían haciendo lo que está de moda. ¡A ver qué sigue!

Padre Alfredo.

viernes, 1 de noviembre de 2019

La fiesta de «Todos los Santos» y la celebración del «Día de Muertos» en México


En México, mucho más que en otras partes del mundo, la celebración en el calendario católico de las fiestas de «Todos los Santos» y del «Día de Muertos», ha ocupado siempre un lugar preponderante.

La forma de celebrar en cada rincón del país puede variar, pero el mensaje y el contenido, forma parte muy arraigada de las costumbres y de las tradiciones de nuestros pueblos indígenas sobre todo. 

Con alegría podemos ver que se han recuperado tradiciones en torno a estas dos grandes fiestas, como la celebración de desfiles y festivales en torno a las vidas de los santos, del día de los fieles difuntos y la visita a los lugares en donde reposan los restos mortales de nuestros seres queridos.

El «Día de Muertos» sigue celebrándose con la intensidad de siempre, a pesar de que muchos de nuestros familiares y amigos difuntos, en algunos lugares como sucede en Monterrey, no están ya en el panteón, sino en las criptas, nichos o culumbarios de muchas de nuestras parroquias. Sí, la fe ha logrado conservar la reminiscencia de la etapa anterior reflejada todavía en los más profundos sentimientos de algunos, especialmente particularizado en la asistencia a Misas, a pesar de que en México ninguno de los dos días es de precepto, como en Estados Unidos y otros lugares, en donde el día de Todos los Santos es de obligación.

Es cierto que los humanos por naturaleza, somos antojadizos y muy dados a copiar lo que vemos y en cierto modo es bueno, porque significa cambiar, innovar y no anquilosarse, pero da gusto ver que en torno a nuestra fe, hemos rescatado nuestras sagradas tradiciones y costumbres que son las que definen la raza y la entidad de un pueblo. 

La beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, fundadora de la Familia Inesiana, le pedía a Dios siempre una buena y santa muerte, y después la gloria eterna del Cielo y... lo alcanzó. Cuando contemplamos su imagen, con ese rostro sonriente, no podemos sino anhelar nosotros también la santidad, apostando por «las almas», como ella decía, y queriendo también ser intercesores como ella, cuando ya estemos en el cielo. Por lo pronto desde aquí en la tierra le decimos al Buen Dios que nos espera: «Que todos te conozcan y te amen, es la única recompensa que quiero».

Comparto ahora, para terminar esta breve reflexión, algunos extractos de escritos de la beata María Inés en donde habla de la muerte:

«¡Yo quiero siempre, y a la hora de mi muerte confiar en ese Dios tan bueno que ha sido para mí, a pesar de mi inmensa miseria!». (Carta al director espiritual el 17 de febrero de 1962).

«Y ojalá, ¡Jesús mío!, que después de haber vivido siempre en tu presencia, pudiese también morir de amor al pie de tu Altar, entregando al Eterno Padre, a mi Amado Padre Celestial, en unión con la Víctima Sagrada, esta miserable y pequeña víctima…» (Lo que me dice el cuadro de la Anunciación).

«El premio del amor es la posesión eterna del amor… todo lo suyo es mío… el misionero después de muerto, derramará sobre la tierra las rosas de sus favores». (Lira del Corazón, 2ª parte, cap.XII).

«Se van los hombres tras las riquezas pasajeras, tras esas riquezas que tienen que dejar a la hora de su muerte, si no es que algún ladrón se las arrebata antes; y no piensan en las riquezas imperecederas que nuestro buen Jesús vino al mundo a derramar a manos llenas». (Notas Íntimas, pág. 33).

«¡Qué grande es nuestra fe! ¡Qué hermosa nuestra esperanza! Qué consolador nuestro amor, ese amor divino que nos hace aceptar, tanto a los que parten de este mundo, como a los que nos quedamos, las amarguras de la separación, puesto que esperamos vernos todos reunidos un día en la mansión de los elegidos, bajo la mirada amorosa de Dios, que nos envuelve y nos penetra de su felicidad sin términos». (Experiencias Espirituales).

«No sé cuándo llegará mi hora, cuando Dios quiera, ni antes ni después la deseo, sino a la hora precisa que El quiera, cuando El quiera, en la forma que quiera». (Testamento Espiritual).

«Que no tengamos, a la hora de la muerte, la tristeza de comprobar, que pude haber hecho mucho y, no lo hice por cobarde, porque me faltó espíritu de oración, porque no trate de ser humilde y obediente, porque no estuve dispuesta a aceptar la santa voluntad de Dios». (Consejos).

«Cuando ustedes se presenten ante Dios a darle cuenta de lo bueno y lo malo que hayan hecho; estarán sólo sus obras; y en esta vida contamos con la infinita misericordia de Dios y con el amor ternísimo de nuestra dulce madre y reina Santa María de Guadalupe». (Las Bienaventuranzas).

«Ni siquiera pienso cómo será mi muerte, la dejo en las manos de Dios totalmente. Yo sé que estará conmigo en esos momentos para llevarme con El, como lo espero en su infinita misericordia y mi Madre Santísima también. Ella no me dejará nunca, como nunca me ha dejado. Así confío». (Testamento Espiritual).

«Que María Santísima sea nuestra guía en el peregrinar en esta tierra, para que, guiados por su mano, lleguemos con menos tropiezos al cielo». (Carta colectiva de Junio de 1978).

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

viernes, 19 de julio de 2019

«La vida y la muerte, una ganancia»... Un pequeño pensamiento para hoy


Cuando alguien acepta la voluntad de nuestro Padre Dios y se hace responsable del mismo mediante un «sí» sin reservas como el de la Virgen María, su salvación, a partir de ese momento, deja de estar a merced de medios externos para depender exclusivamente de la sintonía entre el querer de Dios y la fe que en Él se tiene. A imitación de Cristo, todo discípulo–misionero capaz de percibir los dones y carismas que Dios le brinda y que trata de responder a él con una fidelidad incondicional, participa de este señorío. A esta reflexión nos lleva el trozo del Evangelio que este viernes la liturgia de la palabra de la Misa nos presenta (Mt 12,1-8). Uniéndose a Cristo en la Eucaristía y recibiéndolo en el Sacramento, todo discípulo–misionero renueva su experiencia de apertura y de encuentro con Él, que le prohíbe para siempre «sabatizar», es decir, quedarse atorado en leyes inadmisibles. En el Evangelio de hoy, aparece un gesto muy sencillo y natural de los tiempos de Cristo: arrancar unas espigas u otro fruto, para entretener el hambre. Esta acción no era considerada robo, incluso estaba previsto en la Ley de Moisés: «Si pasas por el sembrado de tu vecino puedes arrancar unas espigas con la mano, pero no deberás usar la hoz en el trigal de tu prójimo» (Dt 23, 5). Los fariseos no reprochan esto a Cristo, sino el haber hecho esto... «¡un sábado!» Los comentaristas de la Ley habían ido añadiendo una gran cantidad de prescripciones, y los fariseos tenían esa mentalidad con la que uno se encuentra a veces. Los apóstoles fueron por eso considerados como gentes de manga ancha que desobedecen porque han sido atrapados en flagrante delito de violación de una regla. 

Pero nosotros, participando en la acción de gracias, en la Eucaristía, que Jesús, Primogénito entre muchos hermanos, dirige al Padre, bebiendo con El «el cáliz de salvación e invocando el nombre del Señor», como dice hoy el salmista (Sal 115 [116]), ajustamos nuestra vida a los compromisos de nuestro bautismo y caminamos con nuestra mirada puesta en el cielo, los pies en la tierra y las manos en el trabajo de cada día bendiciendo al Señor hasta que llegue el día de dejar este mundo. El salmista sabiamente considera que Dios ha sido muy bueno con él y piensa en una ofrenda. Él sabía que los problemas le son comunes a todos los hombres, pero los beneficios muchas veces solo le pertenecen a los que confían en Dios y ven más allá, traspasando las ideas absurdas de los hombres, como el montón de prescripciones que los fariseos habían añadido a la ley esencial del sábado. El salmista se dispone a ofrecer un sacrificio de acción de gracias en el que se beberá el cáliz ritual, la copa de la libación sagrada que es signo de reconocimiento por la liberación (v. 13). En esta circunstancia, el autor sagrado hará pública su acción de gracias, consciente de que incluso cuando se acerca la muerte, el Señor se inclina sobre él con amor. 

Dios no es indiferente al drama de sus criaturas, sino que rompe sus cadenas y las leyes incoherentes para cuidar de sus hijos incluso hasta librarlos de la muerte eterna. El orante salvado de la muerte se siente «amado por el Señor... hijo de su esclava». Esta es una bella expresión oriental que indica que se ha nacido en la misma casa del dueño. El salmista profesa con alegría su pertenencia a la casa de Dios, a la familia de los suyos en el amor y en la fidelidad que trasciende todo, hasta las más absurdas leyes que han creado los hombres; junto con toda la comunidad, da testimonio de la propia fe al sentirse salvado de la muerte y profesa con alegría que pertenece a la casa de Dios, a la familia de las criaturas unidas a Él en el amor y la fidelidad. Su testimonio es para todos nosotros un estímulo para creer y amar al Señor que, al salvarnos de la muerte, nos guía hacia la esperanza y la vida eterna. Ya saben ustedes, mis queridos lectores orantes, que como decía ayer, estos días he pensado mucho en la muerte por los acontecimientos vividos al perder a muchos seres queridos, entre ellos mi padre «que hoy cumple una semana de haber fallecido— y José Adrián —mi sobrinito que murió antier—. Leyendo completo este salmo del que la liturgia hoy nos presenta la segunda parte, encuentro serenidad y aliento para seguir adelante agradeciendo al Señor todo el bien que a través de estos hermanos nuestros que se nos han adelantado, muchos hemos recibido. Pienso en el don de la vida que, con la muerte, no se acaba, sólo se transforma y, desde mi ser de hijo de Dios, entiendo más que, aunque la muerte es dura, sigue siendo preciosa porque remueve las barreras que aún quedan entre Dios y sus hijos, y es la puerta de entrada a una eternidad de perfecta comunión. La muerte no es un castigo, no es destrucción, ni siquiera es una derrota... es «una ganancia» (Flp 1,21). Que María Santísima nos ayude a alcanzar la meta. ¡Bendecido viernes! 

Padre Alfredo.

jueves, 18 de julio de 2019

«El cielo nos espera»... Un pequeño pensamiento para hoy


Tratar a la muerte como parte de la vida es difícil, la realidad de la muerte está presente en nuestra vida cada día y a cada momento. Todos tenemos la certeza de que algún día moriremos. Cada día que pasa vamos aprendiendo a aceptar la muerte como algo que forma parte de nuestra existencia. Esto se logra así, poco a poco, fiándonos de Dios, poniendo en Él nuestra esperanza y nuestra confianza. Los cristianos sabemos que todo no acaba con la muerte. Sabemos que el amor es más fuerte que la muerte. Desde el 6 de mayo que llegué a Monterrey, la tierra que me vio nacer de milagro hace casi 58 años, he palpado la muerte muy de cerca. Han muerto, casi seguidos, familiares y amigos entrañables: Osvaldo Batocletti, el profesor José Hernández Gama, Gerardo, el señor Juan Alfaro y mi padre la semana pasada, y ayer José Adrián mi sobrino. Han muerto también otras personas, familiares y amigos de amigos que tanto aprecio, como la tía de la hermana María Elena, Joel y familia —la tía Dolores— y el tío de los vecinos de Adriana y Mauro y los he podido acompañar. Se ha ido de este mundo gente que queremos. Esto me deja esta mañana de oración, pensando en el apóstol san Pablo que dice: «Para mí la vida es Cristo, y la muerte una ganancia. Pero si viviendo en este cuerpo puedo seguir trabajando para bien de la causa del Señor, entonces no sé qué escoger. Me es difícil decidirme por una de las dos cosas: por un lado, quisiera morir para ir a estar con Cristo, pues eso sería mucho mejor para mí; pero, por otro lado, es más necesario por causa de ustedes que siga viviendo.» (Flp 1,21-24). 

En cada funeral he saludado a mucha gente muy querida y dadas las circunstancias, algunos nos hemos estado viendo muy seguido y nos hemos consolado mutuamente con la seguridad de que cada persona que muere vivirá en la vida eterna según lo que haya elegido previamente en esta vida. Hemos celebrado todos estos funerales de gente buena y hemos comprobado que lo que la Palabra de Dios en el libro de las Lamentaciones dice, es verdad: «Que la misericordia de Dios no termina y no se ha agotado la ternura del Señor; que antes bien, se renueva cada mañana porque grande es su fidelidad» (cf. Lam 3,21-23). El salmo 104 [105] del que tenemos un fragmento en la liturgia del día de hoy empieza diciendo: «Aclamen al Señor y denle gracias» y, esa pequeña frase, es la que me ha hecho recordar a cada uno de estos seres queridos que ya han sido llamados por el Señor. El salmista sigue diciendo: «Entonen en honor del Señor himnos y cantos, celebren sus portentos». Y yo, desde mi pequeñez celebro, repasando estas vidas hermosas, sus portentos en estas personas maravillosas, cuyo recuerdo produce en mi ser de criatura una gran admiración recordando sus cualidades excepcionales y recordando que no estamos dejados de la misericordia de Dios, porque nos acompaña siempre, en el contento y en el dolor; y si mantenemos la fe incluso en las situaciones límite como las que hemos estado viviendo, podremos decir con el salmista esta mañana: «Ni aunque transcurran mil generaciones, se olvidará el Señor de sus promesas». 

El Evangelio de hoy me viene como anillo al dedo diciendo: «Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo los aliviaré. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga, ligera» (Mt 11,28-30) y pensando en el corazón, en los sentimientos, en la vida de quienes nos han dejado en estos días que siento que pasan muy rápido, me quedo meditando en una cosa: Hay un común denominador en la vida de quienes me ha tocado acompañar dando el último adiós... y es que el Señor piensa siempre en todos, pero en especial en los que ocupan el primer lugar en su corazón y en su preocupación: los pequeños y humildes, los que sufren, los enfermos... todos los que están rendidos y agobiados por la enfermedad o por el peso de los años y que han vivido su fe al cien. Es muy cierto que si uno se abandona verdaderamente en Dios, queda, en medio del dolor, que muchas veces —como me ha toda estos meses— es muy profundo, realmente reconfortado, agradecido, colmado de serenidad y de alegría. Termino hoy mi reflexión con una pequeña oración: Oración: «Señor, providencia de los pueblos y luz de nuestras almas que te haz quedado en la Eucaristía y a la vez nos esperas en el cielo, haznos comprender a todos que la vida es un don tuyo y que, aún en medio de las adversidades, eres Tú quien nos diriges atentamente con mociones e impulsos de amor para consolarnos, derrama en nosotros tu inspiración y tu gracia como lo hiciste con María tu Madre, a quien le diste fortaleza para estar al pie de la Cruz»... Dales, Señor, el descanso eterno... y brille para ellos la luz perpetua. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico! 

Padre Alfredo. 

P.D. Los funerales de José Adrián serán en las Capillas Marianas desde hoy a las 8 de la mañana hasta mañana a las 6 de la mañana. Habrá una Misa de Cuerpo Presente hoy 18 de julio a las 8 de la noche en las mismas capillas y mañana, 19 de Julio, habrá una Misa con las cenizas a las 8:30 de la noche en la parroquia de Nuestra Señora de Lourdes.

miércoles, 17 de julio de 2019

«José Adrián ha sido llamado a la Casa del Padre»... Un pequeño pensamiento para hoy

Hoy miércoles es el último día del Triduo de Misas por el eterno descanso de mi padre y, esta mañana, viene a mi mente una pequeña frase que se le atribuye a San Agustín y que dice así: «Una lágrima se evapora, una flor sobre mi tumba se marchita, más una oración por mi alma la recoge Dios». Lo que constituye el núcleo de la esperanza de todo discípulo–misionero de Cristo está presente en cada Eucaristía. En el Triduo de Misas por nuestros difuntos, los católicos anunciamos la muerte del Señor Jesús y celebramos su resurrección esperando su vuelta situándonos en el punto de paso entre nuestro mundo y el Reino de amor y de felicidad que es la tierra prometida de todos los que pasan por Cristo. Son tres Misas porque evocan que Cristo resucitó al tercer día y como anhelamos la resurrección de nuestros difuntos, los encomendamos así. El mismo Cristo nos da invita a celebrar nuestra fe y nos llena de consuelo ante la pérdida de un ser: «Yo soy la puert» (Jn 10,9), «nadie va al Padre, sino por mí» (Jn 14,6). Cristo presente en la Eucaristía reune a todos aquellos que están aún de camino en la tierra y reconocen en él a su Salvador, el camino a la verdad y la vida. Pero el Cristo que nos recibe en la Eucaristía está también en comunión con todos aquellos que ya han dejado este mundo hacia el Padre... 

Retomo este escrito que empecé esta mañana en que me habló mi prima Melvita y «me lancé» —como dice la gente joven— al hospital porque mi sobrinito José Adrián se puso muy grave. Ahora regreso cuando ya él, a las 3 de la tarde, ha sido llamado a la Casa del Padre. Descanse en paz este pequeño guerrero que ha ido al cielo a recoger su corona (cf. 1 Cor 9,25), bueno, en este caso más bien «su copa de campeón», pues a este chiquillo le fascinaba el futbol. De hecho se puede decir que prácticamente espera que llegara su ídolo André-Pierre Gignac, porque unos cuantos minutos después de que André entrara a verlo, dejó de respirar en este mundo para emprender la carrera al cielo. A la luz de este acontecimiento, que se une al último día el Triduo de la misa de mi papá, leo el salmo 102 [103] y dejo al salmista que diga: «Bendice al Señor, alma mía, que todo mi ser bendiga su santo nombre. Bendice al Señor, alma mía, y no te olvides de sus beneficios. El Señor perdona tus pecados y cura tus enfermedades; él rescata tu vida del sepulcro y te colma de amor y de ternura y me quedo en silencio unos momentos. 

Miro el Evangelio de hoy y Con Jesús repito esa sencilla y breve acción de gracias: «¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien» (Mt 11,25-27). Pienso en papá con sus intensos sufrimientos de los últimos meses, él, que tanto le pedía a Dios por José Adrián; y pienso también en el chiquillo inquieto que amaba la vida en medio del dolor causado por un cáncer que lo acompañó cuatro años y cinco meses y me doy cuenta de que las personas sencillas, las de corazón humilde, como el de este anciano y este pequeñito, son las que saben entender los signos de la cercanía de Dios. Lo afirma Jesús, por una parte, dolorido, y por otra, lleno de alegría. Cuántas veces aparece en la Sagrada Escritura esta convicción. A Dios no lo descubren los sabios y los poderosos, porque están demasiado llenos de sí mismos. Sino los débiles, los que tienen un corazón sin demasiadas complicaciones. Entre «estas cosas» que no entienden los sabios está, sobre todo, quién es Jesús y quién es el Padre a quien de alguna manera todos anhelamos ver. Pero la presencia de Jesús en nuestra historia sólo la alcanzan a conocer los sencillos, aquellos a los que Dios se lo revela y doy gracias por el don de la vida de don Alfredo Leonel y del pequeño José Adrián. Seguro que, en su sencillez, estarán los dos uno, abrazando a María y el otro, sentado en su regazo luego de haber dejado este mundo por el que la oración de la Salve nos dice que hemos de pasar como por un valle de lágrimas. Descansen en paz papá y José Adrián. Mis condolencias Francisco, Melva, Frank y David. ¡Bendecido atardecer del miércoles! 

Padre Alfredo.

domingo, 14 de julio de 2019

«¡GRACIAS!»... Un pequeño pensamiento para hoy

No puedo hoy empezar mi reflexión ante Dios, ante su Madre Santísima y ante todos mas que con un: «¡GRACIAS!» Y así, con mayúsculas. Cuando ayer veía desde el presbítero en la parroquia del Espíritu Santo una Iglesia que resultó insuficiente para la Misa que cerraba los funerales de mi papá y cuando veía a tantos familiares hasta llegado de otras partes, a tantos amigos de todos colores, edades y sabores, cuando escuchaba los hermosos cantos del coro formado por nuestras hermanas religiosas —consentidas de papá— las Misioneras Clarisas, mis hermanos Misioneros de Cristo a quienes papá también tanto quiso y que nunca me dejaron en estos momentos, a los padres Oblatos de San José que por años y años acompañaron la vivencia de fe de papá, a los demás sacerdotes concelebrantes, a los diáconos, a los Vanclaristas, a las Misioneras Inesianas, a las religiosas de otras congregaciones... Cómo voy a decir «¡GRACIAS!» en nombre de mi madre, siempre fuerte, de mi hermano y su familia, y me convenzo de que ese «¡GRACIAS!» no es solo de nosotros, sino de parte de todos los que estuvimos allí, los que nos acompañaron el día anterior, los que llamaron que no podían estar físicamente presente...

Siendo ya las vísperas de este domingo, quisimos que la Santa Misa para despedir a papá fuera ya la de precepto. Yo no tenía cabeza para ver la liturgia y le pedí a nuestro Señor que me diera mucha luz para que mis lágrimas y mi dolor por la pérdida de mi padre, amigo y compañero de tantísimos años que el Señor me lo dejó, se acomodaran donde debían y pudiera presidir y predicar... ¡Oh sorpresa! Empiezo a escuchar las lecturas de la Misa y todo parecía retratar a papá. Hoy tal vez no pueda decir más, mis lágrimas, sí, se han acomodado muy bien y ahora, repasando la liturgia de la palabra de ayer, salen al revivir estos momentos de Dios en los que la Escritura no dejaba de hablarme no sólo a mí, sino a todos, de papá. De la primera lectura el libro del Deuteronomio lo retrata aquí: «Escucha la voz del Señor, tu Dios, que te manda guardar sus mandamientos y disposiciones escritos en el libro de esta ley. Y conviértete al Señor tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma» (Dt 30,10-14) y recuerdo que cuando nos íbamos a confesar de niños, adolescentes y aún ya jovencitos, papá se formaba antes que nosotros... él como papá nos enseñó a guardar los mandamientos y a buscar el perdón. De la segunda lectura (Col 1,15-20) me quedo con esto: «Él (Cristo) es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que sea el primero en todo»... Sí, para él Cristo siempre fue el primero y ahora lo podrá contemplar cara a cara. Y, del Evangelio del buen samaritano (Lc 10, 25-37) ni qué decir: «un samaritano que iba de viaje, al verlo, se compadeció de él, se le acercó, ungió sus heridas con aceite y vino y se las vendó; luego lo puso sobre su cabalgadura, lo llevó a un mesón y cuidó de él. Al día siguiente sacó dos denarios, se los dio al dueño del mesón y le dijo: “Cuida de él y lo que gastes de más, te lo pagaré a mi regreso”... “Anda y haz tú lo mismo”... ¿A cuánta gente no ayudó mi padre si simplemente ahora que estaba enfermo en casa llegaban albañiles, carretoneros, gente pobre, muchos desconocidos para mí y preguntaban por su «amigo don Alfredito», les daba yo sus saludos y me preguntaba desde su lecho de dolor: «¿Le diste algo?» Caí en la cuenta de que en el funeral, el viernes en la tarde y ayer en la Santa Misa, muchos, muchos me hablaban de mi padre como el buen samaritano que estuvo a su lado.

Se me acabó el espacio y no he hablado del salmo responsorial, sobre todo en este año litúrgico en que me he propuesto el profundizar en la riqueza de estos cánticos y poemas de la Sagrada Escritura y es que a propósito quise hoy dejarlo al final, porque quiero cerrar esta reflexión transcribiendo un gran fragmento de este salmo (68 [69]) en el que con lágrimas en mis ojos, brotando como una cascada, en la soledad de esta casita en la que estamos mamá y yo, profundizo lleno de gratitud: «A ti, Señor, elevo mi plegaria, ven en mi ayuda pronto; escúchame conforme a tu clemencia, Dios fiel en el socorro. Escúchame, Señor, pues eres bueno y en tu ternura vuelve a mí tus ojos. Mírame enfermo y afligido; defiéndeme y ayúdame, Dios mío. En mi cantar exaltaré tu nombre, proclamaré tu gloria, agradecido... y recuerdo a papá, cuando en algunas de las noches de hospital, literalmente le gritaba a Dios diciéndole: «¡Ya estoy listo, ven por mí, escúchame Señor, ya quiero ir contigo!» Y lloro más y mis lágrimas parecen no saber detenerse dando gracias a Dios por haberme regalado tantos, tantos años a un pare así, un hombre que me enseñó a ser lo que soy... y ahora el «¡GRACIAS!» en está larguísima reflexión que parece no tener fin como mis lágrimas, es para ti, papá. ¡Dios te lo pague papá y que goces contemplando al Señor que no deja sin recompensa a quien el es fiel!... ¿Bendecido domingo del buen samaritano!

Padre Alfredo.

sábado, 13 de julio de 2019

«Hoy terminan los funerales de mi padre»... Un pequeño pensamiento para hoy

Toda la Sagrada Escritura nos revela el sentido de la vida y de la muerte y nos hace observar lo que Dios tiene preparado para nosotros en la eternidad que se nos ha prometido. Lo primero que debería asombrarnos es que Dios, el eterno por excelencia haya querido compartir nuestra naturaleza humana hasta el grado de sufrir él también la muerte. No obstante, «cuando llegó la plenitud de los tiempos» (Gal 4,4), Jesucristo no vino a suprimir la muerte sino a morir por nosotros. «Se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz» (Fil.2,8). Y así, el misterio de la cruz, nos enseña que en este mundo vamos de paso hasta dar la vida, hasta entregarla luego de haber sido un pan partido para los demás, un pan partido como el Señor, que se entrega a todos y por todos al Padre. En su vida pública, Jesús se refirió de muchas maneras al momento de la muerte y su tremenda importancia. Cuando murió su amigo Lázaro, ante la profesión de fe de Marta, el Señor dijo: «Yo soy la Resurrección. El que cree en mí, aunque muera vivirá. El que vive por la fe en mí, no morirá para siempre» (Jn l1,25). Hoy me topo de frente con este misterio en la muerte de mi padre. Ayer comenzaron sus funerales que hoy terminan con el sepelio a las 3 de la tarde —en la parroquia del Espíritu Santo a done tantas y tantas veces fue a Misa—, a la hora de la misericordia, a esa hora en la que el Señor le revela a santa Faustina Kowalska: «A la hora de las tres imploren mi misericordia, especialmente por los pecadores; y aunque sea por un brevísimo momento, sumérgete en mi pasión, especialmente en mi desamparo en momento de agonía. Esta es la hora de gran misericordia para el mundo entero. Te permitiré entrar dentro de mi tristeza mortal. En esta hora, no le rehusare nada al alma que me lo pida por los méritos de mi pasión». 

Además, hoy es sábado, el día de la semana dedicado especialmente a María Santísima a quien mi padre tanto amó. El dolor profundo que sentimos por la pérdida de papá, se queda corto ante el sentido de una inmensa gracia que envuelve el momento, gracia que indudablemente es fruto de toda la vida que recorrió en 85 años de la mano de Dios y bajo la sombra de su infinita misericordia, especialmente con su testimonio de fe y de perseverancia en medio del sufrimiento de sus últimos días. La vida de don Alfredo —esa vida que «no se acaba, solo se transforma» (Prefacio I de difuntos)—, libre ya de las trabas del tiempo y del espacio, puede alzarse ahora, vigorosa como el fuego, y atravesar la muralla de la muerte. Se cumple lo que dice la Escritura: «los que confían en el Señor conocerán la verdad y los fieles permanecerán con él en el amor» (Sab 3,9). Sí, hoy, en la continuación del funeral de papá que ayer ha iniciado, y en el que hemos visto, sobre todo en la Misa e anoche, cuanta gente lo quiso, en medio del dolor de la separación cantamos a la vida, porque hay motivos para hacerlo. Ante la enfermedad de papá, agravada y muy complicada en estos últimos días, hemos cantado a la vida, le hemos dado tiempo y dedicación. Muchos se habían anotado para estar a su lado en el hospital y no dejarlo solo. En estos días, cuando la llama parecía apagarse, muchos estábamos a su lado de guardia permanente de cerca con la presencia física y de lejos con la oración que nos acercaba a más y más. ¡Bendita tecnología! Me permitió hablarle a papá, darle la bendición en las vísperas del día de su muerte desde lejos a aquel que muchas veces me había bendecido para iniciar algún viaje misionero, un viaje como uno de tantos que hicimos con él y mi madre, Lalo mi hermano y yo. 

Yo creo que a nadie nos gusta tener a nuestros familiares enfermos, pero a la larga, y creo que así lo podemos decir, es para nosotros una experiencia importante, y una experiencia que nos hace ver nuestra miseria y esa «miseria al servicio de la misericordia», como decía la beata, nos hace dar todo lo que tenemos. Nos hace palpar qué quiere decir ser persona. Nos hace ver que el hombre no será nunca dueño de la vida porque la vida es de Dios y estamos en sus manos. Esto, desde el plano humano, cuesta aceptarlo, pero, es la clave del misterio de la muerte. Es entonces cuando se entienden las palabras del salmo responsorial de hoy (Sal 104 [105]) que me han dado la clave para esta larga y mal entretejida reflexión y que ahora, para terminar, cito textualmente: «Aclamen al Señor y denle gracias, relaten sus prodigios a los pueblos. Entonen en su honor himnos y cantos celebren sus portentos. Del nombre del Señor enorgullézcanse, y siéntase feliz el que lo busca. Recurran al Señor y a su poder y a su presencia acudan». Papá está siendo velado en las Capillas Marianas (Gayoso) y en la sala dedicada a Nuestra Señora de Lourdes. No es casualidad que el cuerpo de este santo varón que convivió con la enfermedad, a veces silenciosa y otras veces con tanto ruido como en sus últimos días, esté tan cobijado por la presencia de María. El ataúd de papá está cerrado porque él así lo pidió, pero dentro, está el hombre sencillo, humilde, generoso, el hombre que siempre se supo pobre para recibir las gracias que Dios da y el cariño de todos, y rico para compartir todo, sea lo material o lo espiritual que Dios le había dado. Que la Virgen, a la que confiamos papá pueda ahora, por la infinita misericordia de Dios, ver y tocar, nos acompañe a todos nosotros que quedamos en este mundo, mientras caminamos «gimiendo y llorando en este valle de lágrimas» también hacia aquella realidad donde la muerte ha sido aniquilada y ya no existen las lágrimas. Dale Señor el descanso eterno y brille para él, la luz perpetua. Descanse en paz, así sea. El alma de mi padre, don Alfredo Leonel Delgado Laurel y el alma de todos los fieles difuntos, por la misericordia de Dios descansen en paz. Amén. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

P.D. Ustedes perdonarán que hoy sí, hoy sí las páginas no me alcanzan para seguir escribiendo. Gracias, gracias a todos, en nombre de mamá, de mi hermano y su familia y de un servidor. No tenemos palabras para agradecer la cercanía de tantos a nuestras vidas gracias a papá y al legado que nos deja.

viernes, 2 de noviembre de 2018

«Dales, Señor, el descanso eterno»... Un pequeño pensamiento para hoy


Los cristianos tenemos en nuestras manos la certeza de la muerte, la confianza de que hay una vida eterna que empezará en una nueva etapa en nuestra existencia luego de ese momento crucial, pero a pesar de que muchas veces esta etapa de la vida que ahora vivimos es dura e intimidante, es la única que hemos experimentado. Confiamos en las promesas de Cristo y nos consta, por lo que hemos visto en los que ya han dejado este mundo, que la muerte constituye el último capítulo de la historia de la vida humana y miles de personas visitan estos días los cementerios y los columbarios de las Iglesias reflexionando unos sobre las verdades eternas y otros solamente cumpliendo un ritual marcado por la tradición familiar. ¿Pero qué nos dice la fe cristiana sobre la muerte y la vida? La liturgia de hoy es muy rica, propone tres esquemas diferentes para la celebración de la Santa Misa. Yo ilumino mi reflexión con las lecturas que propone la «Tercera Misa», ya que celebraré la Eucaristía esta tarde. En ella pediré por todos nuestros difuntos, los suyos y los míos, además de hacer una oración por quienes —seguro habrá— nadie ofrece un «sufragio», como se suele llamar a las oraciones por los difuntos. En los Libros Santos se llaman «Novísimos» a las cosas que sucederán al hombre al final de su vida, la muerte, el juicio y el destino eterno: el cielo o el infierno. La Iglesia hace presentes a los «Novísimos» de modo especial durante este mes de noviembre. A través de la liturgia, se invita a los cristianos a meditar sobre estas realidades no solo el día de hoy sino todo el mes.

La segunda lectura de esta Misa (1 Cor 15,20-24.25-28) nos recuerda una verdad esencial de nuestra fe: «Cristo resucitó, y resucitó como la primicia de todos los muertos». Como seguidores de Jesús, creemos en una vida tan maravillosa que ni la muerte la sofoca. Si Dios, quien es el amor absoluto, se encuentra al centro de la vida humana, algo proclamado por la Encarnación, la vida, pasión y muerte de Cristo, entonces toda la vida seguirá abriéndose a lo nuevo, aun después de la muerte, resucitando como Él, por eso «Él tiene que reinar» (1 Cor 15,25). Mientras a nuestros ojos todo avanza y todos viajamos hacia la muerte, los cristianos sabemos que más bien todos caminamos hacia la vida, porque la muerte, «el último enemigo» ha sido destruido y no es la última palabra: sólo lo es, en todo caso, sobre unas dimensiones y una etapa de nuestra existencia. Porque cada uno de nosotros es más fuerte que la muerte: «la vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna» (Prefacio de una de las misas de difuntos).

El texto de la primera lectura de hoy (2 Mac 12, 43-46) da por supuesto que existe una purificación después de la muerte. Este libro es uno de los que solamente se ha conservado en griego, por lo que no aparece en la Biblia hebrea y Martín Lutero lo consideró apócrifo, está entre los libros llamados «Deuterocanónicos», por eso con nuestros hermanos separados (esperados) no coincidimos en el tema. La Iglesia nos enseña que muchas almas a la hora de la muerte tienen manchas de pecado que merecen un tiempo de «purgatorio» para purificarse de pecados mortales o veniales, ya perdonados en cuanto a la culpa. Las almas de los justos son aquellas que en el momento de separarse del cuerpo, por la muerte, se hallan en estado de gracia santificante y por eso pueden entrar en la Gloria. El juicio particular les fue favorable pero necesitan quedar plenamente limpias para poder ver a Dios «cara a cara». El tiempo que un alma dure en el purgatorio será hasta que esté libre de toda culpa y castigo. Inmediatamente terminada esta purificación el alma va al cielo. El purgatorio no continuará después del juicio final. Hoy nosotros pedimos por todos ellos, los que están en la «Iglesia purgante» y en la «Iglesia Triunfante». El bellísimo evangelio de hoy (Lc 23,44-46.50.52-53; 24,1-6) presenta tres pasos que hemos de considerar en torno a este tema: la muerte del Justo —el Hijo— en manos del Padre, la sepultura y el anuncio de la resurrección: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí». Jesús es «el que vive», es decir, el Viviente por excelencia. ¿No podríamos decir a los que van al cementerio o a los columbarios hoy: «Sus familiares y amigos no están en las tumbas o en los nichos: ellos viven, están con el que vive»? Bien dice San Agustín: «Una flor sobre su tumba se marchita, una lágrima sobre su recuerdo se evapora. Una oración por su alma, la recibe Dios». Pidamos a Dios, por intercesión de la Virgen María y de todos los Santos, que nuestros difuntos tengan una participación en la felicidad eterna y que nos dé, a nosotros los vivos, la conformidad para poder aceptar su voluntad en nuestra pérdida. ¡Dales, Señor, el descanso eterno, y brille para ellos la luz perpetua! ¡Descansen en paz! Amén.

Padre Alfredo.

jueves, 1 de noviembre de 2018

«El Altar de Muertos»... La visión desde la fe católica


En México, especialmente en algunos estados del centro del país, en nuestros días, se celebra con mucho sentido «la fiesta de los muertos», una celebración de origen prehispánico que honra a los difuntos, y que fue «cristianizada» desde la fe católica por los primeros misioneros. Los antiguos mexicas y otras etnias como los purépechas, nahuas y totonacas celebraban esta fiesta para entrar «en contacto» con los muertos a través de «una ofrenda». Los indígenas hacían una gran celebración en la primera luna llena del mes de noviembre, para celebrar la terminación de la cosecha del maíz y creían que ese día de fiesta, los difuntos tenían autorización para regresar a la tierra a celebrar y compartir con sus parientes vivos, los frutos de la madre tierra. 

Así, la historia de México muestra que el culto a la muerte en este país lleno de tradiciones, se remonta por lo menos a 1800 años A.C., y que llegó a tener un gran auge con ellos, los mexicas, que eran considerados el «pueblo de la muerte», pues para ellos la muerte no representaba el final de la vida, sino simplemente veían este paso como una transformación. Creían que las personas muertas, a las que ellos no enterraban sino incineraban, se convertirían en colibríes para volar acompañando al Sol, cuando los dioses decidieran que habían alcanzado cierto grado de perfección. Mientras esto sucedía, los dioses se llevaban a los muertos a un lugar al que llamaban «Mictlán», que significa «lugar de la muerte» o «residencia de los muertos» para purificarse y seguir su camino. Las festividades eran presididas por el dios Mictecacihuatl, conocido como «La Dama de la Muerte» (actualmente sería «La Catrina») y eran dedicadas a la celebración de los niños y las vidas de parientes fallecidos.

Cada año, en la primera noche de luna llena en noviembre, en aquella fiesta, los familiares visitaban la urna donde estaban las cenizas del difunto y ponían alrededor el tipo de comida que le gustaba en vida para atraerlo, pues decían que este día tenían permiso para regresar a este mundo y visitar a sus parientes que habían quedado en la tierra. Adornaban, además, los lugares del encuentro con flores de cempazúchitl, que son de color anaranjado brillante, y las deshojaban formando con los pétalos un camino hasta el templo, para guiar al difunto en su camino de regreso a Mictlán. 

Los misioneros españoles al llegar a México aprovecharon esta costumbre, para comenzar la tarea de la evangelización a través de la oración por los difuntos y dándole un sentido cristiano a los elementos que componen el altar de muertos. 

Estos misioneros, hombres llenos de fe, que se dieron a la tarea de leer los signos de los tiempos en aquel entorno, les enseñaron a darle un sentido cristiano y entre los elementos más representativos del altar que se conservaron se hallan los siguientes:

La imagen del o de los difuntos en retratos, pinturas o dibujos de quienes ya han dejado este mundo y a quienes se dedica la ofrenda. También se colocan imágenes religiosas que manifiestan la unión entre la «Iglesia peregrina», aquí en la tierra; la «Iglesia purgante», en el tiempo de espera en el purgatorio y la «Iglesia triunfante» en el cielo, a donde todos esperamos llegar.

El camino de flores de cempazúchitl, como camino que dirige hacia el templo católico, con la finalidad de señalar al difunto el único camino para llegar al cielo. Esta flor es símbolo de Dios que hace florecer la vida de las almas y proclama, con su belleza, la flor habla de la vida eterna como don de Dios. Además del camino de pétalos de esta flor, de coloca una cruz elaborada con los mismos pétalos. Esa cruz florida significa que todos los caminos, los cuatro puntos cardinales, los brazos de la cruz, llevan a Dios, el centro donde se cruzan los brazos. Nos habla también de la redención de Cristo, vencedor de la muerte.

Los indigenas fabricaban calaveras de barro o piedra y las ponían junto del altar de muertos que adornaban festivamente para tranquilizar al dios de la muerte. Los misioneros, en vez de prohibirles esta costumbre pagana, les enseñaron a fabricar calaveras de azúcar como símbolo de la dulzura de la muerte para el que ha sido fiel a Dios y les explicaron que el papel picado y de de colores, recortado con motivos alusivos a la muerte, tiene el sentido religioso de ver la muerte sin tristeza, pues es sólo el paso a una nueva vida, como ellos ya lo creían.

El altar sigue siendo, hasta la fecha, la representación iconoplástica de la visión que el pueblo mexicano tiene sobre el tema de la muerte, y de cómo la alegoría conduce a distintos temas implícitos y los representa en forma armónica dentro de un solo enunciado: «El altar» que, desde antiguo, se colocaba con velas, por tradición las más que sea posible, porque la luz era para que «los invitados especiales» supieran por donde llegar y por donde retirarse al amanecer. Hoy estas velas, para el creyente, significan la iluminación del camino para que las almas lleguen a disfrutar de la luz divina, recordando que en un cirio encendido, la Iglesia simboliza la resurrección de Cristo en la Pascua. En Él nos movemos, existimos y somos, y por eso recordamos a la iglesia triunfante que goza ahora de la presencia beatifica de Cristo y con Él de la Trinidad. Al igual que la Santísima Virgen María, Madre del Verdadero Dios por quien se vive, sufre la muerte de su Hijo, también, como ella, la Iglesia se goza de su Resurrección Gloriosa y espera la resurrección de todos en el último día.

El vaso de agua, que siempre es colocado (uno o varios) sobre el altar, y que era «para calmar la sed del caminante«, es ahora signo del agua viva para nunca tener sed. La gracia, participación de la vida divina, también se simboliza con el agua, de la cual tenemos sed.

El copal es el incienso mexicano que desde tiempos ancestrales se utiliza, es un elemento representativo que une la tierra con el cielo. Con el incienso, la Iglesia simboliza la oración, la alabanza grata a Dios que llega a su presencia pidiendo por nuestros difuntos.

Un plato con sal, que hace referencia al Bautismo en el que antiguamente se daba a los niños un poco de sal para saborear a Cristo que nos invita a ser sal del mundo y a darle sabor a la vida de los demás anunciando la Buena Nueva del Evangelio.

Las ofrendas pueden variar y consisten principalmente en alimentos o cosas que le gustaban al difunto: dulce de calabaza, dulces de leche, el pan (que no puede faltar), flores y diversos gustos con los que se recreaban. Estas ofrendas, para el cristiano, simbolizan las oraciones y sacrificios que los vivos ofrecerán por la salvación de los familiares y amigos difuntos. Es un signo de comunión, lo cual no significa que nuestros difuntos bajen a comer o a recrearse con nosotros.

Esta fiesta mexicana va cargada de toda una serie de elementos del folklore que únicamente se ven en esta época del año y que giran en torno a los muertos. Uno de ellos es el pan de dulce llamado «pan de muerto» hecho con levadura, un pan con una bola en medio que representa una calavera y adornos en forma de huesitos que todos degustan en la cena del día 1 y el desayuno del día 2 de noviembre recordando que todos vamos a morir. Hoy comemos el Pan de Vida, la Eucaristía, presencia real de Cristo, que murió para que tuviéramos vida.

También en estos días son muy tradicionales los cráneos hechos de azúcar o chocolate, que se regalan a las amistades, con su nombre escrito en la frente. Parte de los obsequios representativos son «Las calaveras» versos con rima escritos por la gente, y que narran de forma graciosa, con ironía, picardía y gracia, el encuentro con la Muerte de familiares, amigos o personajes de la política.

Los comerciantes han sabido aprovechar esta fiebre mortuoria y quizás gracias a ellos es que en la actualidad las ciudades también festejan este evento tradicional. Aunque en las ciudades las celebraciones son muy importantes, los lugares más tradicionales para esto son Janitzio, Pátzcuaro y Tzintzuntzan en Michoacán y algunos lugares de Oaxaca.

Yo les dejo aquí mi calavera de este año:

Estaba el padre Alfredo
sumergido en sus libros
para comentarlos en su blog
junto a una canción.

En eso llegó la huesuda y le dijo:
«padrecito, se acabó la función».
Ha llegado el día de llegar
al final de la estación.

El cielo te espera para leer y leer
sin ninguna interrupción,
amando y contemplando al Señor,
en una eterna fascinación.

Padre Alfredo.

miércoles, 17 de octubre de 2018

CELEBRACIÓN PARA EL DEPÓSITO DE CENIZAS DE UN DIFUNTO*...



MONICIÓN DE ENTRADA:

Jesús nos enseñó que el grano de trigo ha de morir para poder convertirse en espiga. En nuestro paso por este mundo, vamos cada día renunciando a nosotros mismos para que florezca la nueva vida. En esta celebración vamos a recordar a nuestro querido hermano N., teniendo presente la muerte y la resurrección de nuestro Señor Jesucristo que nos ayuda a superar esta prueba: la más difícil, pero también la más segura, la que nos trae la esperanza en una vida futura. Para los que creemos en Jesús, la muerte tiene sentido si la miramos a la luz de la Resurrección, cuando empiecen a florecer las semillas que hemos depositado en la tierra.

Ministro: El Señor que nos ha dado la tierra, la semilla y el pan de cada día, esté con todos ustedes.
Todos: Y con tu espíritu.

Ministro: Jesús nos dice en su Evangelio que de las semillas que plantemos en la vida, brotarán los frutos que permanecerán. Si sembramos el bien, Dios estará de nuestra parte a la hora del juicio. Pidamos ahora perdón por nuestras culpas, para celebrar con el gozo de la fe y la esperanza de la resurrección, el amor misericordioso de Dios en esta celebración.

Ministro: Tú que diste tu vida por nosotros para que alcanzáramos la gloria del cielo: Señor, ten piedad.
Todos: Señor, ten piedad.

Ministro: Tú, luz del mundo, que eres la resurrección y la vida: Cristo, ten piedad.
Todos: Señor, ten piedad.

Ministro: Tú que estás sentado a la derecha del Padre para interceder por nosotros: Señor, ten piedad.
Todos: Señor, ten piedad.

Ministro: Dios Todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.

Todos: Amén.

ORACIÓN COLECTA:

Ministro: Oremos: Te pedimos, Padre de bondad, que acojas nuestra oración por nuestro hermano N. para que participe de la alegría eterna que tú quieres para todos tus hijos. Tú que lo creaste a imagen y semejanza tuya, tú que lo amas entrañablemente, concédele alcanzar la felicidad de tu reino. Por nuestro Señor Jesucristo...
Todos: Amén.


PRIMERA LECTURA:
Lectura del libro de la Sabiduría                                     (3, 1-6.9).

Las almas de los justos están en las manos de Dios, y no los afectará ningún tormento. A los ojos de los insensatos parecían muertos; su partida de este mundo fue considerada una desgracia y su alejamiento de nosotros, una completa destrucción; pero ellos están en paz. A los ojos de los hombres, ellos fueron castigados, pero su esperanza estaba colmada de inmortalidad.

Por una leve corrección, recibirán grandes beneficios, porque Dios los puso a prueba y los encontró dignos de él. Los probó como oro en el crisol y los aceptó como un holocausto.
Los que confían en él comprenderán la verdad y los que le son fieles permanecerán junto a él en el amor. Porque la gracia y la misericordia son para sus elegidos.

Palabra de Dios.


SALMO RESPONSORIAL:                                             (62, 2-6. 8-9).
R. ¡Mi alma tiene sed de ti, Señor, Dios mío!

Señor, tú eres mi Dios,
yo te busco ardientemente;
mi alma tiene sed de ti,
por ti suspira mi carne
como tierra sedienta, reseca y sin agua. R.

Sí, yo te contemplé en el Santuario
para ver tu poder y tu gloria.
Porque tu amor vale más que la vida,
mis labios te alabarán. R.

Así te bendeciré mientras viva
y alzaré mis manos en tu Nombre.
Mi alma quedará saciada
como con un manjar delicioso,
y mi boca te alabará
con júbilo en los labios. R.

Veo que has sido mi ayuda
y soy feliz a la sombra de tus alas.
Mi alma está unida a ti,
tu mano me sostiene. R.


ALELUYA:                                                                          (Mt 25, 34)

¡Vengan, benditos de mi Padre,
y reciban en herencia el Reino
que les fue preparado desde el comienzo del mundo!


EVANGELIO:
Ì Del santo Evangelio según san Juan                           (6, 51-58).

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo.» Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?»

Jesús les respondió: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.

Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente.» Palabra del Señor.


(Si quien preside es un ministro ordenado, se puede tener una breve homilía. De otra manera se deja un espacio de silencio o se comparte una breve reflexión).


ORACIÓN DE LOS FIELES:

Ministro: Queridos hermanos, Jesucristo ha resucitado de entre los muertos y está sentado a la derecha del Padre, y desde allí́ intercede por su Iglesia. Confiados en que Dios escucha las voces de aquellos que esperan en su Hijo Jesús, unimos nuestras oraciones a las suyas. Después de cada petición diremos: Te rogamos, Señor.

Lector: En el Bautismo nuestro hermano N. recibió la luz de Cristo. Condúcelo ahora por sobre las aguas de la muerte. Oremos.

Lector: Nuestro hermano N. fue alimentado en la mesa del Salvador. Acógelo ahora en las mansiones del banquete celestial. Oremos.

Lector: Muchos amigos y miembros de nuestra familia, nos han precedido y están o aguardan el reino eterno. Concédeles un hogar eterno con tu Hijo. Oremos.

Lector: Cada día mueren muchas personas a causa de la violencia, de la guerra y del hambre. Muestra tu misericordia a los que tan injustamente sufren estas faltas contra tu amor y congrégalos en el reino eterno de tu paz. Oremos.

Lector: Los que confiaron en el Señor duermen ahora en él. Dales alivio, descanso y paz a todos aquellos cuya fe solo tú conociste. Oremos.

Lector: Estamos reunidos aquí en la confianza que da la fe para orar por nuestro hermano N. cuyas cenizas serán depositadas en este columbario. Fortalece nuestra esperanza para que podamos vivir aguardando la venida de tu Hijo. Oremos.

Ministro: Señor Dios, que nos das la paz y cuidas de nuestras almas, escucha las súplicas de tus fieles, cuyas vidas fueron redimidas por la sangre del Cordero. Perdona los pecados de todos los que duermen en Cristo y concédeles un lugar en tu reino. El, que vive y reina por los siglos de los siglos.

Todos: Amén.

Ministro: Oremos juntos como el Señor nos enseñó: Padre nuestro...


ÚLTIMA RECOMENDACIÓN Y DEPÓSITO DE LASA CENIZAS:

Ministro: Según la costumbre cristiana vamos a depositar en este recinto sagrado las cenizas de nuestro hermano N. confiando en que goce de la vida eterna. Oremos con fe a Dios para quien toda criatura vive. Pidamos que Dios lo resucite en fortaleza, y lo agregue a la asamblea de sus elegidos. Que el Señor sea misericordioso con nuestro hermano, para que, libre de la muerte, absuelto de sus culpas, reconciliado con el Padre y llevado sobre los hombros del buen Pastor, merezca gozar de la perenne alegría de los santos en el séquito del Rey eterno.

N. ha muerto en la paz de Cristo; con la fe y la esperanza puestas en la vida eterna, lo confiamos al amor de nuestro Padre. Fue adoptado entre los hijos de Dios en el Bautismo, y, unido a sus hermanos, participó en la mesa del Señor; pidamos ahora que sea admitido al banquete del Reino y herede, con los santos, los premios eternos. Y en este momento de la separación, oremos al Señor por nosotros, para que podamos, con nuestro hermano, salir al encuentro de Cristo, cuando él mismo, vida nuestra, aparezca en gloria.

Que este adiós, que nos da el consuelo de la esperanza, sea signo de nuestro amor y de nuestra fe. Un día la volveremos a encontrarnos con gozo en el Reino de Cristo; donde el amor que todo lo vence superará a la misma muerte.


ASPERSIÓN:

Ministro (dirigiéndose a las cenizas): N.: Cristo murió por ti y en su resurrección fuiste salvado. El Señor te protegió durante tu vida; por ello, confiamos que también te librará, en el último día de la muerte que haz sufrido. Por el bautismo, fuiste hecho miembro de Cristo resucitado: el agua que ahora derramaremos nos lo recordará. (Mientras tanto se reza el Padrenuestro, el Avemaría y el Gloria).


ORACIÓN FINAL:

Ministro: A tus manos, Padre de bondad, encomendamos el alma de nuestro hermano N., con la firme esperanza de que resucitará en el último día con todos los que han muerto en Cristo. Te damos gracias por todos los dones con que lo enriqueciste a lo largo de su vida; en ellos reconocemos un signo de tu amor y de la comunión de los santos.
            
Dios de misericordia, acoge las oraciones que te presentamos por este hermano nuestro que acaba de dejarnos y ábrele las puertas de tu mansión. Y a sus familiares y amigos, y a todos nosotros, los que hemos quedado en este mundo, concédenos saber consolarnos con palabras de fe, hasta que también nos llegue el momento de volver a reunirnos con él, junto a ti, en el gozo de tu reino eterno. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.


BENDICIÓN FINAL:

Ministro: Dale, Señor, el descanso eterno.
Todos: Y brille para él la luz perpetua.
Ministro: Descanse en paz.
Todos: Así sea.

Si quien preside la celebración es un ministro ordenado, imparte la bendición como de costumbre. De acuerdo al caso se cambia el género de las oraciones que se pueden utilizar también en plural.


CANTOS SUGERIDOS:

1. «HACIA TI MORADA SANTA»

HACIA TI, MORADA SANTA,
HACIA TI, TIERRA DEL SALVADOR,
PEREGRINOS, CAMINANTES,
VAMOS HACIA TI.

Venimos a tu mesa,
sellaremos tu pacto,
comeremos tu carne,
tu sangre nos limpiará.
Reinaremos contigo,
en tu morada santa,
beberemos tu sangre,
tu fe nos salvará.

Somos tu pueblo santo,
que hoy camina unido,
Tú vas entre nosotros,
tu amor nos guiará.
Tú eres el Camino,
Tú eres la esperanza,
hermano de los pobres,
Amén, Aleluya.


2. «CERCA DE TI, SEÑOR»

Cerca de Ti, Señor, yo quiero estar;
Tu grande eterno amor, quiero gozar.
Llena mi pobre ser, limpia mi corazón,
hazme tu rostro ver en la aflicción.

Mi pobre corazón inquieto está,
por esta vida voy buscando paz,
más sólo tu, Señor, la paz me puedes dar;
cerca de ti, Señor, yo quiero estar.

Pasos inciertos doy, el sol se va;
mas, si Contigo estoy, no temo ya.
Himnos de gratitud, por siempre cantaré,
y fiel a Ti, Señor, siempre seré.

Día feliz veré, creyendo en Ti,
en que yo habitaré cerca de Ti.
Mi voz alabará tu Santo nombre allí,
y mi alma gozará cerca de Ti.


3. «YO LE RESUCITARÉ»

Yo soy el Pan de Vida,
el que venga a mí no tendrá hambre,
el que crea en mí no tendrá sed,
nadie viene a mí, si mi Padre no le atrae.

YO LE RESUCITARÉ, YO LE RESUCITARÉ,
YO LE RESUCITARÉ, EN EL DÍA FINAL. (2)

El Pan que Yo daré,
es mi Cuerpo vida para el mundo,
el que siempre coma de mi Carne,
vivirá en mí, como Yo vivo en mi Padre.

Yo soy esa bebida,
que se prueba y no se siente sed,
el que siempre beba de mi Sangre,
vivirá en mí, y tendrá la vida eterna.

Si, mi Señor, yo creo,
que has venido al mundo a redimirnos,
que Tú eres el Hijo de Dios,
y que estás aquí, alentando nuestras almas.


4. «EL ALFARERO» (GRACIAS, QUIERO DARTE)

Gracias quiero darte por amarme, 
gracias quiero darte yo a ti, Señor,
hoy soy feliz porque te conocí,
gracias por amarme a mí también.

Yo quiero ser, Señor amado,
como el barro en manos del alfarero.
Toma mi vida, hazla de nuevo.
Yo quiero ser un vaso nuevo.
Toma mi vida, hazla de nuevo.
Yo quiero ser un vaso nuevo.

Te conocí y te amé.
Te pedí perdón y me escuchaste.
Sí, te ofendí; perdóname, Señor,
pues te amo y nunca te olvidaré.


5. «CAMINARÉ EN PRESENCIA DEL SEÑOR» 

Caminaré, el presencia del Señor,
Caminaré, el presencia del Señor.

Amo al Señor, porque escucha mi voz suplicante,
porque inclina su oído hacia mí el día que lo invoco.

Me envolvían redes de muerte, caí en tristeza y en angustia.
Invoqué el nombre del Señor: «Señor, salva mi vida».

El Señor es benigno y justo, nuestro Dios es compasivo.
El Señor guarda a los sencillos, estando yo sin fuerzas me salvó.

Alma mía, recobra tu calma, que el Señor fue bueno contigo,
arrancó mi alma de la muerte, mis ojos de las lágrimas,
Mis pies de la caída.


6. «MADRE DE LOS CREYENTES»

Madre de los creyentes, que siempre fuiste fiel:
Danos tu confianza, danos tu fe Danos tu confianza, danos tu fe.

Pasaste por el mundo en medio de tinieblas, 
sufriendo a cada paso la noche de la fe, 
sintiendo cada día la espada del silencio;
a oscuras padeciste el riesgo de creer.

La fe, por el desierto, a lomos de un asnillo,
la fe, cuando en las bodas Jesús se hizo esperar.
La fe, cuando pensaron que el Hijo estaba loco.
La fe, sobre el Calvario al borde de acabar.

Guardaste bajo llave las dudas y batallas,
formándose el misterio al pie del corazón;
debajo de tu pecho de amor inagotable,
la historia se escribía de nuestra redención.


7. «SANTA MARÍA DEL AMÉN»

MADRE DE TODOS LOS HOMBRES
ENSÉÑANOS A DECIR AMÉN. (2)

Cuando la noche se acerca y se oscurece la fe.

Cuando el dolor nos oprime y la ilusión ya no brilla.

Cuando aparece la luz y nos sentimos felices.

Cuando nos llegue la muerte y Tú nos lleves al cielo.


8. SANTA MARÍA DEL CAMINO (MIENTRAS RECORRES LA VIDA)

Mientras recorres la vida, tú nunca solo estás,
contigo por el camino, Santa María va.

VEN CON NOSOTROS A CAMINAR,
SANTA MARÍA VEN. (2)

Aunque te digan algunos que nada puede cambiar,
lucha por un mundo nuevo, lucha por la verdad.

Si por el mundo los hombres sin conocerse van,
no niegues nunca tu mano al que contigo está.

Aunque parezcan tus pasos inútil caminar,
Tu vas haciendo  caminos otros los seguirán.


9. «UN DÍA AL CIELO IRÉ»

Un día yo iré, al cielo, patria mía,
allí veré a María, oh sí yo la veré.

Al cielo, al cielo sí, un día yo iré,
al cielo, al cielo sí, allá yo la veré

Un día a verla iré, a aquella virgen bella,
y yendo en pos de Ella, mi amor le cantaré.

Un día, pronto iré, allá ella me espera,
la quiero contemplar, María acógeme.


10. «RESUCITÓ»

Resucitó, resucitó, resucitó, aleluya.
Aleluya, aleluya, aleluya, resucitó.

La muerte, dónde está la muerte?
¿dónde está mi muerte?
¿dónde su victoria?

Gracias sean dadas al Padre
que nos pasó a su Reino,
donde se vive de amor.

Alegría, alegría, hermanos,
que si hoy nos amarnos,
es que resucitó.

Si con Él morimos,
con Él vivimos,
con Él cantamos: Aleluya.


*Realizado de acuerdo al ritual de Exequias aprobado por la Iglesia Católica. Se puede adaptar según las necesidades dependiendo de quien presida la celebración.

algdr 2018.