El Evangelio de hoy, tomado del capítulo 5 de san Mateo, es de todos conocido porque es el que proclama las Bienaventuranzas. Estas que no son un conjunto de normas difíciles de cumplir ni un elogio al sufrimiento sino el autorretrato de Jesucristo y, por lo tanto, el mapa de la verdadera y auténtica felicidad. Cuando Jesús dice “bienaventurados los pobres de espíritu, los que lloran, los mansos, los que tienen hambre y sed de justicia» está cambiando por completo la lógica del mundo de aquel entonces y del de hoy. El mundo nos machaca insistentemente que la felicidad está en el tener, en el poder, en el éxito rápido y en el no sufrir a costa de lo que sea. Jesús, en cambio, nos asegura que la plenitud humana nace de la humildad, de la confianza absoluta en Dios y de la capacidad de amar y entregarse a los demás. Los santos entendieron muy bien esto. No podemos imaginarlos como personas perfectas ni exentas de caídas, porque no son ángeles, pero fueron en esta tierra hombres y mujeres que, al reconocer su fragilidad, dejaron que la gracia de Dios transformara sus vidas. Aprendieron a levantarse una y otra vez y a mantener el corazón encendido.
Esta fiesta tan importante, que aunque caiga en domingo celebramos, nos recuerda con mucha intensidad que la santidad es un llamado para todos, no un privilegio de unos pocos porque Dios no hace acepción de personas. Que bueno que una vez al año la Iglesia nos recuerde que la santidad de todos los días consiste en hacer lo ordinario de manera extraordinaria. Demos gracias por el triunfo del plan de Dios en tantos hermanos nuestros que ya gozan de la eternidad. Mañana recordaremos a nuestros fieles difuntos con un toque de nostalgia, pero hoy debe primar la esperanza. La meta de nuestra vida es el Cielo… ¡y nos espera! Saber a tantos santos y beatos allí, nos demuestra que el camino es posible. Ellos no están lejos; nos acompañan con su intercesión y nos alientan en nuestras fatigas diarias. Pidámosle hoy al Señor, por intercesión de la Reina de todos los santos y de todos ellas, que nos conceda la gracia de no conformarnos con una vida gris y mediocre. Que nos atrevamos a apuntar alto, guiados por la luz de las Bienaventuranzas, para que un día podamos unirnos a ellos en el banquete eterno. ¡Bendecido domingo!
Padre Alfredo.

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