Cuando ha caído la tarde, narra el evangelista, una multitud acude a Jesús en busca de salud. Me gusta pensar que cada uno de ellos representa un encuentro irrepetible, porque Lucas nos muestra que Jesús no evita el contacto humano, sino que toca a cada enfermo personalmente: Él es la pureza absoluta que abraza y purifica nuestra miseria. Incluso los demonios lo reconocen y gritan su identidad, pero él los silencia con firmeza porque rehúsa la fama fácil y rechaza cualquier definición mesiánica que pretenda esquivar la cruz.
Finalmente, este relato del evangelio, en los últimos renglones, nos muestra la pedagogía del silencio de Jesús. La intensa compasión del día anterior desemboca de madrugada en la soledad orante, y es justamente de ese silencio de donde nace su urgencia apostólica: «Es necesario que vaya...». Jesús es el misionero del Padre que camina hacia donde el Reino aún no ha llegado; transita de la curación a la misión, de lo privado a lo público, de lo conocido a lo que todavía espera una palabra de vida. Él también ha pasado por nuestra historia y hoy nos envía a hacer lo mismo. Hoy, en unas horas, volaré a la ciudad de Surabaya, a una hora de aquí, en esta misma isla de Java. Allá me esperan nuevos compromisos y en ellos el gozo de ser un misionero de la misericordia llevando con ello la tarea de dispensar el amor, la compasión y la ternura de nuestro Dios. Que su Madre nos acompañe. ¡Bendecido miércoles!
Padre Alfredo.