Mostrando entradas con la etiqueta Ayuno. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ayuno. Mostrar todas las entradas

martes, 13 de febrero de 2018

El ayuno y algunas recomendaciones de la beata Madre Inés... (II) Tema para un Retiro

"Jesús, después de hacer un ayuno durante cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre" (Mt 4,2)

La Iglesia, para ayudarnos a vivir la Cuaresma y apoyada en el texto del profeta (Jl 2,12-18), así como en las enseñanzas de Jesús en el Evangelio, nos exige que rasguemos nuestros corazones en lugar de nuestros vestidos; que ayunemos de nuestras malas obras, en lugar de hacerlo de un pan que aún la crisis nos sobra y, para más, que a lo mejor hasta nos engorda, es decir, creo que nos invita a darle un sentido a ese ayuno. El ayuno no ha desaparecido del mundo. Lo que pasa es que se manifiesta con una de estas tres fórmulas, tan actuales como inquietantes y extendidas por todas partes y que ahora expongo a continuación:

a) El atroz ayuno involuntario de una cuarta parte de la humanidad en la llamada geografía del hambre. Según datos de la Organización de las Naciones Unidas, en los países pobres, más de 120 millones de personas carecen de agua potable.

b) El ayuno de las y los que están enfermos y no pueden comer aunque quisieran y el ayuno de los que no quieren subir de peso y se han enfermado incluso hasta la anorexia. En este campo de la salud, hay que tener presente que 766 millones de personas en el mundo no cuentan con servicios de salud, 507 millones tienen una esperanza de vida de 40 años de edad y más datos duros nos hablan de una problemática que se extiende por todo el mundo. En el mundo 158 millones de niños sufren algún grado de desnutrición.

c) Tenemos que pensar también en el ayuno de las llamadas huelgas de hambre, con carácter de contestación y presión, ante acciones u omisiones públicas que los abstinentes quieren modificar. La crisis económica que vivimos ya tiene sus primeros afectados. Según la Organización Internacional del Trabajo, hasta 50 millones de personas en el mundo podrían perder su trabajo a lo largo del año. 842 millones de adultos son analfabetas y 110 millones en edad escolar no asisten a escuela alguna.

En América latina y el Caribe 110 millones de personas viven con dos dólares diarios. En las diversas ciudades de México y de los otros países, el impacto de la crisis económica mundial ya comienza a cobrar factura, con el aumento del desempleo y de los productos de la canasta básica. Nuestras empresas, antes sólidas y resistentes a crisis del pasado, resienten las actuales dificultades y están batallando para mantener su planta laboral y muchas ya han sido vendidas a poderosas transnacionales. En un reciente documento el Banco Mundial estimaba que debido a la crisis económica actual casi 60 millones de personas se añadirían a las que ya sobreviven con menos de esos dos dólares al día. Esa cifra se suma a la de los más de 130 nuevos millones de pobres en el mundo debido al aumento de precios de los alimentos y la energía.

Cada uno de estos tres tipos de ayunos que he mencionado y que se viven en el mundo, nos interpela a su manera. La Cuaresma es un tiempo litúrgico que invita a cambiar aquello que tenemos que cambiar en la búsqueda de ser mejores y más felices, una invitación a construir en vez de destruir y a mirar y volver hacia formas de vida más justas, más solidarias, más humanas. Cuaresma es una llamada para buscar diligentemente nuevas formas de ser y hacer Iglesia, siendo mejores y más auténticos discípulos–misioneros del Crucificado que ha resucitado y vive entre nosotros invitándonos a ser misericordiosos.

Escuchemos a la beata María Inés Teresa que nos comparte algo de su experiencia misionera: «Ayer, salimos de nuestra misión de Madiun, a las 8 a.m. Durante 2 horas tuvimos aire acondicionado y nos sentíamos bien, aunque ni hubo asiento para ninguna de las dos, pero gracias a Madre Celia, que siempre se preocupa mucho por mí, suplicó a un señor que se fuera con otros dos al asiento de enfrente (los asientos son amplios, caben perfectamente tres personas delgadas en uno, para que yo me sentara en el otro; nada mas una hora fui de pie y ya las patitas no querían estar en el suelo. Pero, después de horas y horas, les quitaron a los carros «la condición» y nos dejaron en un calor que... el viaje me hizo meditar mucho en el infierno, en el purgatorio, en los presos por Cristo, traté de venir en una continua oración, ofreciendo a nuestro Señor todo eso por las almas, por esta misión, etc. pues había momentos que sentía casi desesperación. La gente seguía subiendo en las estaciones e iban como cuatro veces más de las del cupo ordinario. El calor era asfixiante, ya casi no se podía respirar, aunque la gente, ninguna despide mal olor, nadie huele a sudor, pues si no tienen agua en su casa se bañan en los ríos, o en los charcos en lo que puedan, pero se bañan dos veces al día. Qué ventaja tan grande. Por la aplicación de los sentidos, me iba al cielo, y me imaginaba que estaba con mi Madre Santísima rogando allí por las almas, y ofreciendo lo que ésta mi pobre naturaleza sentía, pero hubo momentos en que pedí me sostuviera Dios con su gracia, pues sentía ya casi no poder más, algo así como la muerte. Pobres condenados, ni asomo de esperanza para ellos. Las benditas ánimas del purgatorio están sostenidas por la esperanza de que un día saldrán de esa mazmorra y verán a Dios, y no perderán jamás. A íi me ayudaba pensar que todo aquello (tan poquito lo que yo pasaba comparado con lo que sufren los que están presos por Cristo). Fructificaría en el futuro y también la esperanza de que eran sólo unas horas, y que llegando tomaría hasta 8 vasos de agua helada».[1]

El ayuno nos ayuda a tomar conciencia de la situación en la que viven muchos de nuestros hermanos, como nos enseña Madre Inés con este testimonio que dejó escrito. En su primera carta san Juan nos pone en guardia: «Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?» (3,17). Ayunar por voluntad propia nos ayuda a cultivar el estilo del Buen Samaritano, que se inclina y socorre al hermano que sufre.[2] Al escoger libremente privarnos de algo para ayudar a los demás, demostramos concretamente que el prójimo que pasa dificultades no nos es extraño”.

El ayuno es una de nuestras armas más poderosas. Cuando tenemos un problema ¿qué es lo que hacemos? Cuando es muy grave utilizamos los mejores recursos o las armas más poderosas para resolverlo. Es exactamente lo que hizo David, cuando su hijo estuvo enfermo, inició un ayuno, ¿con qué propósito? Él quería que Dios sanara a su hijo. Utilizó el arma más poderosa que tenía a su alcance para obtener la sanidad que buscaba (2 Sam 12,15-23). El Señor Jesús también nos dejó una lección monumental, cuando sus discípulos no pudieron liberar al endemoniado epiléptico, Él dijo que ese género sólo salía con «oración y ayuno». Esta lección nos hace pensar que muchos hoy están atados. La razón es obvia, no se utiliza la oración y el ayuno. Los discípulos preguntaron a su Maestro por qué ellos no habían logrado nada, Jesús respondió que por su falta de fe. Notemos este detalle tan importante. ¿Por qué tenían falta de fe? Si analizamos el contexto de las palabras del Señor descubrimos que su falta de fe era consecuencia de su falta de ayuno (Mc 9,14-29).

A través del ayuno, percibimos además, las disfunciones de nuestra alimentación. Hay personas que hacen excesos y eso conduce a un pecado: La gula. La práctica del ayuno permite tomar distancia, reencontrar una forma de higiene de vida, de bienestar. Cierto que el ayuno no es algo natural, pues siempre provoca mucha angustia la idea de privarse de alimentación, pero al ponernos en una posición de humildad, renunciamos a nuestro apetito de poder. Vamos a comprender lo que es realmente necesario en nuestras vidas y lo que no lo es. En este trabajo de introspección y de distanciamiento, se comprende lo que es excesivo en nuestras vidas. Privarnos por voluntad propia del alimento y de otros bienes materiales, nos ayuda a controlar los apetitos de la naturaleza debilitada por el pecado original, cuyos efectos negativos afectan a toda la personalidad humana. 

El ayuno es uno de los signos vitales de la vida cristiana. El cristiano que ayuna, experimenta liberación, sanidad y el poder del Espíritu Santo. El ayuno tiene como parte de sus funciones, el desatar ligaduras de impiedad y ver por el otro. Soltar las ataduras del yugo del egoísmo y dejar libres a los oprimidos. Romper toda esclavitud a las cosas del mundo. Si queremos tener autoridad sobre el reino de las tinieblas debemos crecer en el ayuno y hacer un compromiso.

Con frecuencia suponemos que los "enemigos" de nuestra felicidad están fuera de nosotros. ¡La realidad es muy distinta! De hecho, uno de los mayores dramas que padecemos es nuestra «fractura interior», fruto de la falta de integración entre las tendencias espirituales y las carnales. Así lo expresa el propio San Pablo: «Realmente, mi proceder no lo comprendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco. ¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?» (Rm 7,15. 24). Una de las principales causas de infelicidad del hombre y de la mujer de hoy es la propia incoherencia respecto a los principios en que hemos sido educados, cosa que lleva a sentirse impotente para conducirse en la vida, hasta el punto de ser más bien «arrastrados» por la corriente. Lo expresa el Catecismo de la Iglesia Católica, sin medias tintas: «La alternativa es clara: o el hombre controla sus pasiones y obtiene la paz, o se deja dominar por ellas y se hace desgraciado» (CEC 2339).

El ayuno nunca dejará de ser un instrumento eficaz —aunque no el único— para alcanzar la añorada integridad personal que todo ser humano busca recobrar. La práctica fiel del ayuno contribuye a dar unidad a la persona, cuerpo y alma, ayudándola a evitar el pecado y a acrecer la intimidad con el Señor. El pan es la comida de pobre. La disposición de vivir a pan y agua durante un día demuestra la buena voluntad de ser pobre ante Dios y bien dispuesto a su voluntad. Pan y agua son dos símbolos importantes en las Escrituras:

Pan: símbolo de vida, de nutrición (Pan, alimento - Eucaristía)

Agua: purificación (de su corazón traspasado fluye el agua, símbolo del bautismo)

El ayuno busca la verdadera vida a través de la purificación. Ayunar a pan y agua es un llamado a crecer en dependencia de la Eucaristía. Es también un llamado a adentrarnos en una vida de purificación, de conversión, de arrancar de nosotros todo lo que nos separa del Señor o no nos deja ser sus hijos adoptivos, ni su imagen y semejanza: «Yo soy el pan de vida, el que venga a mi no tendrá hambre, y el que crea en mi no tendrá nunca sed» (Jn 6,34).

Yo creo que todos recordamos con mucho cariño a san Juan Pablo II, él nos dice: «Jesús mismo nos reveló con su ejemplo que la oración y el ayuno son las armas principales y más eficaces contra las fuerzas del mal y ha enseñado a sus discípulos que algunos demonios sólo se expulsan de este modo. Por lo tanto, tengamos la humildad y la valentía de orar y ayunar para conseguir que la fuerza que viene de lo alto haga caer los muros del engaño y de la mentira, que esconden a los ojos de tantos la naturaleza perversa de comportamientos y de leyes hostiles a la vida, y abra sus corazones a propósitos e intenciones inspirados en la civilización de la vida y del amor«.[3] Todo cristiano debería comprometerse con Dios y consigo mismo a ayunar continuamente, por ejemplo cada semana o cada mes. Si cada cristiano debe hacer ese compromiso cuánto más nosotros los líderes laicos, los religiosos comprometidos y los ministros ordenados de la iglesia, ya que debemos entender que nadie debe atreverse a ejercer un liderazgo si no lo es primero en la oración, en palabra, en conducta Madre Inés habla de que tenemos que ser misioneros «que vivan en espíritu de Cristo, que se apasionen por Él, que den testimonio de Él con su vida, sus ejemplos, su cristianismo, y que, de allí se derive una vida mejor».[4]

¿Cómo puede alguien desatar a otros si él mismo o ella misma estan atados? ¿Cómo poder quitar el yugo de otros, si hay que cargar el propio que se hace tan pesado? Atrevámonos a hacer un compromiso a la manera del profeta Daniel, él propuso en su corazón no contaminarse con la comida del rey y para ello era necesario ayunar (Dn 10,1ss). La beata María Inés fue siempre una mujer sacrificada que nunca dejó entrever las penitencias que hacía, pues solía decir que lo que más agrada al Señor es el sacrificio oculto. Recordaba constantemente que el Señor nos compró con su Preciosa Sangre y que eso debía comprometernos a vivir en santidad. Comparto con ustedes algunos de sus pensamientos sobre el ayuno:

«El día de ayuno pensarás lleno de fe que: "no sólo de pan vive el hombre", ofreciendo al Señor con rostro risueño y corazón alegre, la carencia del alimento, uniendo tu ayuno, al ayuno de cuarenta días de Jesús en el desierto, por la salvación de las almas. El ayuno es un medio poderoso para alcanzar la conversión de los pecadores.»

«Ayunen sí, de la menor falta de caridad, aunque sea en pensamiento, de cualquier palabra ociosa, de la menor falta de mortificación interior o exterior, y... a hacer con alegría todo lo que Dios les pida.»

«El sentido de la austeridad cuaresmal, …hay que interpretarla y vivirla con ese espíritu que Cristo nos recomienda en el evangelio cuando dice: No pongas cara triste cuando ayunas..., pero que sea con la alegría y el ánimo firme de quien tiene la seguridad de la esperanza, que desde ahora se nos inculca a vivirla por la por la fe en el amor.»

Hoy, además de la comida, hay muchas otras cosas que pueden formar parte de esta práctica de ayunar. El consumo de televisión y de Internet está alcanzando niveles de auténtica «esclavitud» entre nosotros. Si nos atenemos a las encuestas más recientes, el consumo televisivo medio diario es, en muchos países de 3 horas y 47 minutos por persona. A esto ha de añadirse el consumo de Internet, en continuo crecimiento. Los consumos pasivos de estos medios de comunicación, y el uso del celular, así como la falta de sentido crítico frente a ellos, son un obstáculo muy serio para nuestra madurez y conversión y, en definitiva, para nuestra felicidad.

Me parece que hay modelos de ayuno pueden considerarse como más indicados para conjugar la tradición con la sensibilidad de hoy o, mejor, con los signos de los tiempos. De los primeros escritos después del tiempo de los apóstoles, encontramos el «Pastor de Hermas», compuesto alrededor del año 150 d.C., en él se dice que «Los ayunos agradables a Dios son: No hagas el mal y sirve al Señor con corazón limpio; guarda sus mandamientos siguiendo sus preceptos y no permitas que ninguna concupiscencia del mal penetre en tu corazón... si esto haces, tu ayuno será grato en la presencia de Dios» (Pastor de Hermas: Funk 1, 530). En este escrito se invita a hacer cuentas de lo que se ahorra el día de ayuno para buscar una viuda, un pobre, un huérfano, un necesitado y compartirlo con él. «En tu día de ayuno debes consumir sólo pan y agua. Después, debes calcular la cantidad de gastos que habrías tenido ese día, en alimentos, y dársela a una viuda, un huérfano o un necesitado. Así debes privarte de algo, para que otro saque provecho de tu renuncia, se sacie y pida por ti al Señor»[5].

En Sierra Leona, nos ayuda mucho una institución llamada «Manos Unidas». Ellos tienen un «Día del ayuno voluntario» para destinar lo que se hubiera gastado en comida a la campaña. Está también la llamada «Cena del Pobre», que algunas instituciones religiosas realizan, cenas contra el hambre, en las que se ofrece un menú frugal y se paga uno caro. Pero, lo más consistente y significativo para nosotros como discípulos–misioneros, contemplando la sencillez y pobreza de la beata María Inés y de otros santos y gente buena, es adoptar la austeridad como estilo de vida, aunque se tengan medios para más. Ayuno cristiano es la privación voluntaria, evangélica y solidaria, del consumo de bienes materiales, a imitación del Maestro, en beneficio de los pobres y por vivencia anticipada del Reino de Dios. Cada quien irá encontrando maneras, formas concretas de vivir esta práctica ancestral de la Iglesia buscando el ayuno que agrada a Dios. 

Invitemos a nuestros días de ayuno a la Virgen María, para que ella nos sostenga en el esfuerzo por liberar nuestro corazón de la esclavitud del pecado para que se convierta cada vez más en «sagrario viviente de Dios». Sí, hemos de ver a María como modelo. El Evangelio no nos dice si ayunaba o no, pero si era una mujer de Dios, con toda seguridad podemos afirmar que ofrecía sacrificios al Señor, y por eso podía tomar conciencia de las necesidades de los demás hasta en esos detalles que pueden robar la felicidad porque algo falta. Acordémonos como en Caná de Galilea, fue ella la que, seguramente por estar ayudando a servir, se dio cuenta de que faltaba el vino (Jn 2). En sus diversas apariciones, constantemente la Virgen María nos llama a lo que ya nos llamaban los profetas del Antiguo Testamento y su mismo Hijo Jesús: la conversión del corazón, la fe, el ayuno y la oración. Cuando se aparece en Fátima dice: «El ayuno tiene el poder de prevenir guerras y catástrofes naturales». Tal vez podríamos pedir a Dios, ya para terminar nuestra reflexión, que nos asista para levantar una poderosa hambre de oración y el toque personal de Dios en todo ámbito de nuestra tarea en el mundo como discípulos y misioneros de Cristo. Tal vez podríamos orar para que Dios trabaje con nosotros, en nosotros, a través de nosotros y para ver donde está abriendo oportunidades para misionar y para llevarnos a metas más altas de santidad.

Así, podemos cerrar nuestra reflexión con una serie de conclusiones en torno al tema del ayuno:

1. El ayuno no es un sentir o una opción, es un mandato y debemos ayunar continuamente.

2. Uno de los llamamientos que Dios ha hecho a todos los cristianos es el de ayunar. Lo debemos cumplir en nuestra condición de discípulos y misioneros.

3. Es una de las armas más poderosas que se le ha entregado a la iglesia, con el propósito de hacer retroceder el reino de las tinieblas.

4. A través del ayuno el cristiano llega a ser libre de toda atadura, yugo y las ligaduras.

5. Nunca experimentaremos el poder del ayuno si no hay un compromiso con Dios y con nosotros mismos para salir al encuentro de los hermanos.

Padre Alfredo.



[1]  María Inés Teresa Arias, “CARTAS COLECTIVAS”, Vol. XIV f. 3221- 3614 Documentos del 1756-1863. f. 3531.
[2] Cfr. DCe, 15
[3] E.V. 100
[4] Carta a una Hna. Misionera Clarisa, 22 de junio de 1973
[5] Citado en: Anselm Grün, “Lo que debemos saber sobre el ayuno”, Ed. San Pablo, Bogotá 2007, p. 39

El ayuno y algunas recomendaciones de la beata Madre Inés... (I) Tema para un Retiro


"Jesús, después de hacer un ayuno durante cuarenta días y cuarenta noches, 
al fin sintió hambre" (Mt 4,2)

La Iglesia nos enseña que hay tres expresiones tradicionales de penitencia. Estas son el ayuno, la oración y la limosna. Las tres son mencionadas por Jesús en el Evangelio de san Mateo 6,1-6 y 16-18; precisamente en el Evangelio del miércoles de ceniza. El ayuno, la oración y limosna nos recuerdan que la conversión incluye todos los aspectos de la vida: «expresan conversión con relación a uno mismo, con relación a Dios y con relación a los demás».[1]

La Cuaresma es un tiempo privilegiado para entregarle a Dios, en la sencillez de cada día, pequeños sacrificios unidos a estas expresiones de penitencia a las que hacemos referencia. La beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, en este tema de las penitencias, nos propone cosas sencillas y muy eficaces: «Buscar la mortificación en todas las cosas: callando cuando se viene algo jocoso que contar en la recreación, y no es necesario, porque ya reina la animación; y hablar, aunque no se tenga ganas de hacerlo, cuando está desanimada, con alguna ocurrencia agradable, para alegrar los corazones haciéndolo con el fin de agradar a Jesús; él quedará muy agradecido» (EE 1933, f. 752). [/] Hay muchas ocasioncitas: no leer una carta inmediatamente a su recibo, dejar pasar unos minutos, (según creamos necesaria su lectura) unas horas o unos días. Pero pidiéndole a Jesús en pago por cada minuto, o por cada hora de esta privación la conversión de un pecador. (Yo así lo hago cuando me mortifico en esto.) Y aún a veces quiero incluir y que salgan ganancia de todos mis intereses, que son los de Jesús» (EE 1933, f. 752). En otra parte dice: «En mis enfermedades, en mis dolores, procuraré llevar el desasimiento, el renunciamiento, el espíritu de pobreza hasta donde más pueda; me aguantaré mis dolores todo lo más posible, ofreciendo a nuestro Señor por medio de mi Madre, cada minuto de estos que me torturan, y en los que la naturaleza quisiera recibir algún alivio, por la conversión de un pecador, y a la vez por muchas otras intenciones, por todos los intereses de Jesús» (EE 1941, f. 835).

En nuestro contexto cultural, marcado por la sobreabundancia y el bienestar material —aun en medio de la crisis económica— el testimonio de Jesucristo retirándose al desierto en oración y ayuno, por espacio de cuarenta días y cuarenta noches, se convierte en un signo impactante y en una llamada apremiante para todos los discípulos de Cristo. En la Cuaresma, hemos de unir sacrificio y misericordia, que son cosas muy buenas. Se elige el sacrificio para uno, que muy buen puede ser el ayuno, y la misericordia para los demás. En nuestro itinerario cuaresmal, con la ayuda de estos dos medios concretos, vamos avanzando hacia el gozo de la Pascua. El gozo pascual se alcanza si se contempla desde la cruz, y esta aparece en la vida del apóstol cuando éste se decide a transformar el sufrimiento en donación, por eso el ayuno no es solamente dejar de comer, sino ofrecer ese sacrificio por las almas. «El misionero es el hombre de las Bienaventuranzas... viviendo las Bienaventuranzas, el misionero experimenta y demuestra concretamente que el Reino de Dios ya ha venido y que él lo ha acogido. La característica de toda vida misionera auténtica es la alegría interior, que viene de la fe. En este mundo angustiado y oprimido por tantos problemas, que tiende al pesimismo, el anunciador de la "Buena Nueva" ha de ser un hombre que ha encontrado en Cristo la verdadera esperanza».[2] La cruz del misterio pascual ilumina y transforma la historia. Por esto, el apóstol está convencido de que «el que no busca la cruz de Cristo, no busca la gloria de Cristo».[3] Sólo el que sabe sufrir con Cristo puede cargar la cruz, y caminar hacia la Pascua, porque se agradece el compartir la misma suerte de Cristo. «Estoy crucificado con Cristo».[4] decía san Pablo.

Hoy vemos a nuestro alrededor, en medio de una crisis económica que según nos dicen es la más grande de todos los tiempos, una nueva cultura emergente a escala universal, que surge con la globalización y que tiende a la valoración de la eficacia, de la ganancia, del poseer y dominar, con detrimento de los valores éticos permanentes. A veces se producen fenómenos que pueden calificarse de «cultura de la muerte» —como decía san Juan Pablo II—: aborto, eutanasia, suicidio con colaboración «legal», opresión de pueblos pobres, imposición de anticonceptivos, esterilización etc. Esta realidad se hace «llamado urgente» a los creyentes invitándonos a la conversión. Sentirse y saberse llamados a construir una cultura del amor y de compartir: «la primacía del ser sobre el tener»[5]. El «ser» antes que el «hacer» decía Madre Inés. Ser testigos y dar testimonio de vida cristiana. Tener los mismos sentimientos de Cristo y vivir de los amores de su corazón[6] luego de haberse encontrado con él. «El testimonio de vida cristiana es la primera e insustituible forma de la misión»,[7] y «aún antes de ser acción, la misión es testimonio e irradiación».[8]

Tenemos que afirmar que en este mundo globalizado y con esta cultura, éste del «ayuno», es un tema poco enseñado y poco tomado en cuenta, ya que para hablar bien sobre el ayuno es necesario ayunar y esto ha caído mucho en desuso. El ayuno, nos enseña la Iglesia, es la práctica de limitar el consumo de comida y bebida para imitar los sufrimientos de Cristo durante su pasión y a través de toda su vida terrena, de manera que esto nos lleve a amar como él, que se entregó por nosotros hasta la muerte de Cruz. Cuando llegue la Pascua, y contemplemos el cuerpo resucitado del Maestro, conservará las llagas de su pasión. Por esto, al aparecer a sus discípulos, «les mostró las manos y el costado, las manos y los pies»[9]. Dice la beata Madre Inés: «¿Con qué corresponderemos a un Dios que nos ha amado desde toda la eternidad, y que nos manifiesta ese amor momento a momento, en los goces que nos proporciona, en las penas que nos envía, en los dolores que nos acercan más a Él, en las incomprensiones que nos hacen valorar lo divino y despreciar lo humano tan caduco, tan superficial, tan cambiante, tan inconstante, tan... iba a decir sin valor»?

La Cuaresma, bien lo sabemos, es un camino de penitencia y purificación hacia la Pascua, siempre con luz en el horizonte, y el ayuno es parte de esta penitencia. No cabe duda de que, desde los antiguos profetas hasta el Bautista, y lo mismo Jesús y sus apóstoles, todos practicaron y recomendaron el ayuno como camino de conversión y purificación, o de ofrenda a Dios sin más. Jesús daba por descontado que los judíos de su tiempo practicaban el ayuno, al decirles que, cuando lo hicieran, no pusieran cara triste como los fariseos, sino que se arreglaran y perfumaran (Mt 5,17). Cierto que sus discípulos ayunaban menos que los de Juan el Bautista (Lc 5,32), porque lo que más le iba a Jesús no era tanto la materialidad de comer poco, cuanto otras renuncias más profundas y valiosas a las que se referían también los profetas: «Saben qué ayuno quiero yo? Romper las ataduras de la iniquidad etc...» (Is. 58, 6-14). Madre Inés dice: «Que no rehúya ningún sacrificio, por penoso que sea; que viva siempre en comunicación con el cielo, por mi continua elevación de alma; y mientras tenga mi alma arriba, mi corazón lo tendré al pie de la cruz, en el sagrario y con el Jesús que vive en mi corazón» (Exp. Esp., f. 493). Edith Stein, una santa de nuestros tiempos, escribió: «Yo estoy contenta con todo. Una ciencia de la cruz sólo puede lograrse cuando uno llega a experimentar del todo la cruz».[10] La Venerable Concepción Cabrera de Armida (1862-1937) orientó toda su vida a la luz de la llamada de Cristo crucificado para salvar almas. Su vocación, explicaba ella misma, era la de ser «cruz viva» por un «amor amasado en el dolor». Se trata entonces de «traspasar» el dolor con la mirada fija en la mirada de Cristo crucificado. De ahí, como en el caso de la beata María Inés, nace su celo de almas y hacia ahí se orienta: «si quieres salvar almas, transfórmate en la cruz»[11]. Toda fecundidad apostólica nace de la cruz: «la cruz fecunda cuanto toca... Ese amor amasado con el dolor es el amor salvador... La cruz es el pulso del amor, y para saber sufrir, saber amar».[12] También de nuestros tiempos es san Alberto Hurtado, el sacerdote chileno que escribe: «Debemos volver... al Salvador pobre, doliente y crucificado para ser como Él y por Él, pobres, sencillos, dolientes y si fuera necesario, muertos por Él»[13]

Nuestro mundo globalizado, poco entiende de Cruz. Para muchos es solamente un adorno de moda o un signo que se puede ver bien, tatuado y que nada tiene que ver con el aspecto penitencial de la Cuaresma. el Papa emérito, Benedicto XVI, en su mensaje de Cuaresma del año 2009 destacaba que «la práctica del ayuno ha perdido un poco su valor espiritual y ha adquirido más bien, en una cultura marcada por la búsqueda del bienestar material, el valor de una medida terapéutica para el cuidado del propio cuerpo. Está claro que ayunar es bueno para el bienestar físico, pero para los creyentes es, en primer lugar, una "terapia" —decía el Papa— para curar todo lo que les impide conformarse a la voluntad de Dios». El ayuno es una de las armas que Dios ha dejado a todo cristiano para poder hacer retroceder el reino de las tinieblas. El ayuno hace retroceder a favor de nosotros y a favor de otros. El ayuno afecta positivamente todo nuestro ser, nos acerca a Dios y nos da la sensibilidad para comunicarnos con el Espíritu Santo, nos trae liberación y sanidad. Jesús comenzó su ministerio ayunando.

En el tiempo de la Cuaresma, el ayuno reviste el carácter de práctica ordinaria para educar la voluntad y santificarse diariamente. En la Historia de la Iglesia, desde la antigüedad, los monjes y las órdenes mendicantes lo practicaban como mortificación de los sentidos y reparación por los pecados propios y ajenos, como imitación y comunión con la pasión redentora de Jesucristo. Es en esta clave que están pensadas todas las prácticas penitenciales. La iglesia de todos los tiempos ha entendido la importancia del ayuno. Aquí no hay ningún secreto ni mucho menos un misterio: ¡Para aprender a ayunar hay que ayunar! No hablamos de una opción, sino de un mandato que debe ser parte de nuestra vida. Jesús lo estableció de esta manera, cuando el novio le sea quitado entonces ayunarán (Mt 9,14-15). El novio es Él y fue quitado hace más de dos mil años, por lo tanto debemos obedecer a las palabras del Señor Jesús y ayunar. 

Los ministros ordenados, los religiosos, los líderes y todo cristiano tienen este llamado como lo tuvo Cristo Jesús. ¿Por qué no ayunamos? Porque el reino de las tinieblas ha inyectado su antídoto, el cual ha adormitado a la Iglesia en varias áreas. Una de ellas es el desinterés por ayunar. Vean lo que dicela beata Madre Inés: «A cumplir pues nuestra misión de cooperadores de Cristo como misioneros en el lugar en donde nos encontremos y con los medios que cada uno pueda, algunos serán sus limosnas, otros su trabajo, otros será donando sus propias vidas por completo al servicio de las Misiones. No se hagan sorditos. Cristo ha hecho tanto por nosotros, ¿Qué haremos nosotros por Él?».[14] Así, entendemos que el ayuno es un dar un poquito a cambio de lo que Él nos ha dado.

La historia de Esaú se repite diariamente en nuestros días. Él cambió su primogenitura por un plato de comida. El expresó a Jacob que para qué le servía la primogenitura si él se iba a morir y prefirió entonces el plato de lentejas a la bendición espiritual. (Gn 25,31-32). Si Esaú no hubiera entregado su primogenitura hubiera tenido el derecho de llegar a ser el patriarca, el sucesor de Isaac. Así muchos de nuestros hermanos, hoy están cambiando la bendición espiritual por el deleite de la comida.

Después de la Pasión dolorosa de Cristo, de todas sus palabras y ejemplos sobre el misterio de la Cruz; después de una tradición de veinte siglos de espíritu y práctica penitencial en la Iglesia, sería frívolo pasarse con armas y bagajes a las huestes de la posmodernidad, dando por definitivo que el sufrimiento físico o moral carece de sentido y sumándonos alegres a la cultura, no del bien-ser, sino del bien-estar. De hecho, el ayuno obligatorio en la Iglesia no es pesado, pues ha quedado hoy reducido solamente a dos días al año, el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo. La abstinencia de carne no es ni sombra de lo que era y es sustituible por una obra buena todos los viernes no cuaresmales. En el caso de México se reduce solamente a los viernes de Cuaresma. Creo, no obstante, que estas dos cosas se mantienen por dos motivos, a mi juicio muy justificados, ambos con carácter de signo: su sintonía con la gran tradición de la Iglesia y su denuncia simbólica de que no sólo de pan vive el hombre. Privarse del alimento material facilita una disposición interior a escuchar a Cristo y a nutrirse de su palabra de salvación. Con el ayuno y la oración le permitimos que venga a saciar el hambre más profunda que experimentamos en lo íntimo de nuestro corazón: el hambre y la sed de la misericordia del Señor.

Dios, su Reino, el gozo de la Resurrección de Cristo, constituyen la esperanza de todo creyente, por eso Cristo es la esperanza de la Virgen María. Ella entra en el misterio pascual acompañando al Cristo sufriente al pie de la Cruz, confiada en la esperanza de la resurrección. Ella no sabe imaginarse la resurrección, no puede pensar cómo serán las cosas en el futuro, como aparecerá ahora su Hijo revestido de poder, ni cómo será el futuro cuando Cristo ya haya resucitado. Ella dispone solamente de la fe que supera toda eventualidad producida por la muerte. Ella, desde que Jesús había nacido de su vientre en el portal de Belén, sabía que no se trataba de un Hijo suyo nada más... Ella comprende ahora porqué ni la muerte puede representar una conclusión de la vida de Cristo. Ella espera algo más porque mantiene vivo el hambre y la sed de Dios.[15]

María vive el pasaje de la pasión, muerte y resurrección de Cristo con gran esperanza. Con la resurrección de Cristo, su relación con María se hace más profunda. María espera todo de él, pues sabe que nada ni nadie la podrán jamás separar del amor de Cristo[16]. El esposo se ha ido y ahora hay que ayunar, pero con el gozo y la esperanza de un mañana mejor.

El Evangelio de san Lucas muestra a María atareada en un servicio de caridad hacia su parienta Isabel, con ella permaneció «unos tres meses» (1,56) luego de encaminarse presurosa para atenderla durante el embarazo. «Magnificat anima mea Dominum», dice con ocasión de esta visita —«proclama mi alma la grandeza del Señor»— (Lc 1,46), y con ello expresa todo el programa de su vida: no ponerse a sí misma en el centro, sino experimentar el hambre y la sed de Dios y dejar espacio a Él, a quien encuentra tanto en la oración como en el servicio al prójimo; sólo entonces el mundo se hace bueno.[17]

En el mensaje para Cuaresma, en el año dedicado a la Misericordia, el Papa Francisco insistía: «No perdamos este tiempo de Cuaresma favorable para la conversión. Lo pedimos por la intercesión materna de la Virgen María, que fue la primera que, frente a la grandeza de la misericordia divina que recibió gratuitamente, confesó su propia pequeñez (cf. Lc 1,48), reconociéndose como la humilde esclava del Señor (cf. Lc 1,38). Así pues, no perdamos esta valiosa oportunidad de empezar una nueva vida con el ayuno y la oración.

Padre Alfredo.

[1] Catecismo de la Iglesia Católica #1434
[2] RMi 91.
[3] San Juan de la Cruz, “Avisos”, n. 101.
[4] Gal 2, 19.
[5] EV 98
[6] Cf Flp 2,5.
[7] Redemptoris Missio # 42.
[8] Redemptoris Missio # 26.
[9] Jn 20,20 Lc 24,40.
[10] Edith Stein Werke, IX, 167. “La ciencia de la cruz”, Burgos, Edit. Monte Carmelo 1986. Ver: F. OCHAYTA, “Edith Stein nuestra hermana”, Sigüenza 1991; F.X. SANCHO, “La ciencia de la cruz de Edith Stein”, “Teresianum” 44 (1993) 323-352.
[11] Cuenta de Conciencia 4/197-199.
[12] Cadena de Amor, 14,15. Ver especialmente la Cuenta de Conciencia.
[13] Citado en «Es tiempo de amar. Padre Alberto Hurtado», Compendio de la vida y obra del P. Alberto Hurtado Cruchaga, preparado por motivo de su canonización. Ed. Desafío, Santiago de Chile, Septiembre 2005, p. 40
[14] A una Hermana Misionera Clarisa y a un grupo de vanclaristas, Noviembre 30 de 1977
[15] Cf. A. Von Speyr, “L’ANCELLA DEL SIGNORE”, sin editorial ni año, p. 133.
[16] Cf. Rm 8,35.37
[17] DCe 41.

miércoles, 1 de marzo de 2017

«AYUNO Y ABSTINENCIA»... ¿Cuándo y a quiénes obligan?



Desde tiempo inmemorial se lleva a cabo en la Iglesia la práctica de observar ciertos días de penitencia obligatorios, además de aquellos que voluntariamente quieran ofrecer los fieles. La Iglesia quiere ser fiel al mandato del Señor, que indicó que «vendrán días en que les será arrebatado el esposo y entonces ayunarán» (Mt, 9, 15), por eso ha establecido tiempos y días de penitencia que incluyen el ayuno y la abstinencia, obligatorios para toda la Iglesia de rito latino. Este es el sentido del canon 1429 del Derecho Canónico que dice: «Todos los fieles, cada uno a su modo, están obligados por ley divina a hacer penitencia; sin embargo, para que todos se unan en alguna práctica común de penitencia, se han fijado unos días penitenciales, en los que se dediquen los fieles de manera especial a la oración, realicen obras de piedad y de caridad y se nieguen a sí mismos, cumpliendo con mayor fidelidad sus propias obligaciones y, sobre todo, observando el ayuno y la abstinencia, a tenor de los cánones que siguen».

La obligación de que se habla en el Derecho es jurídica. Los fieles están obligados, desde el momento en que queda recogida en el Código de derecho canónico, por la fuerza de la norma. Vale por lo tanto esta consideración para hacer ver que, si bien muchas veces, el cumplimiento de la norma no supone sacrificio y penitencia, no por ello los fieles pueden ingerir estos alimentos. El fiel al que no le cueste sacrificio abstenerse de carne, sigue teniendo la obligación de abstenerse: y entonces el valor de su acción será la de la obediencia a la norma de la Iglesia. No supone sacrificio la abstinencia de carne, pero tiene el mérito y el valor ejemplar de la obediencia a la ley y a la Iglesia.

Las prácticas de penitencia que indica el derecho canónico son:

Canon 1251: Todos los viernes, a no ser que coincidan con una solemnidad, debe guardarse la abstinencia de carne o de otro alimento que haya determinado la Conferencia Episcopal; ayuno y abstinencia se guardarán el miércoles de Ceniza y el Viernes Santo.

Canon 1252: La ley de la abstinencia obliga a los que han cumplido catorce años; la del ayuno, a todos los mayores de edad, hasta que hayan cumplido cincuenta y nueve años. Cuiden sin embargo los pastores de almas y los padres de que también se formen en un auténtico espíritu de penitencia quienes, por no haber alcanzado la edad, no están obligados al ayuno o a la abstinencia.

No hay obligación de guardar abstinencia los días que coinciden con solemnidad. La solemnidad es un grado de las celebraciones litúrgicas. En el calendario universal de la Iglesia de rito latino, suele haber dos solemnidades que caen en Cuaresma: San José (19 de marzo) y la Anunciación del Señor (25 de marzo). Si un año uno de estos dos días cae en viernes, ese día no hay obligación de guardar la abstinencia de comer carne u otro alimento indicado por la Conferencia Episcopal. Puede haber otros días incluidos en los calendarios particulares que sean solemnidad, como las fiestas locales muy importantes. Se puede consultar en el Calendario Litúrgico que suelen editar las Conferencias Episcopales el grado litúrgico de una celebración. Si una persona particular tiene duda del grado litúrgico de una celebración local, se recomienda que se dirija a su parroquia.

Por lo tanto, existen las siguientes posibilidades según la edad:

El canon 1245 del Derecho Canónico establece unas facultades de dispensa amplias: «Quedando a salvo el derecho de los Obispos diocesanos contenido en el c. 87, con causa justa y según las prescripciones del Obispo diocesano, el párroco puede conceder, en casos particulares, dispensa de la obligación de guardar un día de fiesta o de penitencia, o conmutarla por otras obras piadosas; y lo mismo puede hacer el Superior de un instituto religioso o de una sociedad de vida apostólica, si son clericales de derecho pontificio, respecto a sus propios súbditos y a otros que viven día y noche en la casa».

En este caso, sin embargo, se debe matizar que sólo puede dispensar en casos particulares: no puede conceder una dispensa general. En todos los casos, se debe tener en cuenta el canon 90: debe haber justa causa para conceder la dispensa.

El «Ayuno» consiste en hacer una sola comida completa al día. Las otras comidas (desayuno y cena, por ejemplo) se reducirán a una ligera colación.

El «Ayuno» y la «Abstinencia» son actos que se llevan a cabo como obligación dentro del tiempo de la Cuaresma, el «Ayuno» el miércoles de Ceniza y el Viernes Santo y la «Abstinencia» todos los viernes de este tiempo fuerte de conversión.

La «Abstinencia» prohibe comer en ningún momento del día carne y caldos de carne de animales terrestres o que vuelan (res, carnero, cerdo, pollo, codorniz, pájaros, etc.). Se permite la carne de pescados o mariscos. En algunas regiones existe el error generalizado de que se permite el pollo o el caldo de pollo, pero esto no es así.

De por sí la Iglesia nos dice que debe guardarse todos los viernes del año. Para México, desde el tiempo de la persecución religiosa, por una concesión del papa de aquel tiempo, esta penitencia puede ser sustituida por otra, ya que los obispos mexicanos siempre han velado por las familias más pobres; pero hay que procurar que durante la Cuaresma se lleve a cabo la abstinencia de carne siempre que sea posible.

El Episcopado mexicano ha dispuesto lo siguiente: «Conscientes de la situación de pobreza en que viven muchos sectores de fieles, y dado que nuestra cultura admite otros signos más adecuados de penitencia, disponemos: Que se pueda suplir la abstinencia de carne, hecha excepción del Miércoles de Ceniza y Viernes Santo: a) Por la abstinencia de aquellos alimentos que para cada uno signifiquen especial agrado, sea por la materia o por el modo de su confección. b) o por una especial obra de caridad. c) Por una especial obra de piedad. d) Por otro significativo sacrificio voluntario».

La ley de la «Abstinencia» obliga a los que han cumplido 14 años de edad, aunque es aconsejable iniciarla desde los 7 años, como antes se acostumbraba. La ley del «Ayuno» obliga desde los 18 hasta los 59 años con las excepciones de enfermedad y otros casos extraordinarios. 

Hasta los 14 años cumplidos no hay obligación de guardar ayuno ni abstinencia, Desde los 14 y hasta los 18 años (mayoría de edad canónica) existe la obligación de guardar la abstinencia de carne todos los viernes del año. 

Desde los 18 hasta los 59 años cumplidos: existe la obligación de abstenerse de tomar carne los días indicados anteriormente y de ayunar el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo.

Desde los 59 años de edad: desaparece la obligación de ayunar, pero subsiste la obligación de la abstinencia.

¿Qué pecado se comete si uno no guarda el ayuno o la abstinencia? Si se falta al ayuno o a la abstinencia por descuido (olvido) no pasaría de ser una falta o un pecado venial. Si se falta al ayuno o a la abstinencia por desprecio al mandato de la Iglesia sería un pecado mortal. 

Alfredo Delgado R, M.C.I.U.