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martes, 26 de agosto de 2025

LA MISERICORDIA, LOS SALMOS, EL TIEMPO... Un tema de retiro con los salmos.


El mensaje de la misericordia divina atraviesa toda la Sagrada Escritura. El Antiguo Testamento utiliza para la compasión y la misericordia un mismo término: «rehamîm» que significa vísceras. Esta palabra deriva de rehem, que denota el seno materno, por eso puede aludirse con ella a las entrañas de la persona En sentido figurado expresa un sentimiento íntimo, profundo y amoroso que liga a dos personas. El segundo término es «hesed» que es sinónimo al anterior. Asimismo, existen las palabras «sonhanan» que manifiesta mostrar gracia, ser clemente, «hamal» que expresa compadecer, perdonar y, por último «hus» que significa conmoverse, sentir piedad. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, las entrañas de la persona, las vísceras, son tenidas por la sede de los sentimientos. Las entrañas simbolizan la misericordia que brota del corazón. El verbo en griego es «splagchnisomai», que significa literalmente sentir lástima, sentir compasión; es un verbo cargado de misericordia y de  ternura (se le conmueven las entra conmueven las entrañas). 

Más tarde, este vocablo se convirtió en traducción del término propiamente hebreo que ya mencioné: «hesed», o también hen, que ha devenido determinante sobre todo para la caracterización de la misericordia. La misericordia únicamente puede ser entendida tomando también en consideración el concepto bíblico de «corazón» (leb, lebab; kardía) que se relaciona particularmente con las entrañas y por lo mismo con los sentimientos de cercanía, de adhesión, de afectividad. 

En la Biblia, el corazón no designa solo un órgano de importancia vital para el ser humano. Desde un punto de vista antropológico denota el centro de la persona, la sede de los sentimientos y del juicio. La Biblia da un paso más aún y habla teológicamente también del corazón de Dios. Afirma que Dios elige personas a su gusto o según el dictado de su corazón (cf. 1 Sm 13,14; Jr 3,15; Hch 13,22). Habla del corazón divino, que se entristece por el ser humano y sus pecados (cf. Gn 6,6), y dice que Dios pastorea a su pueblo con corazón íntegro (cf. Sal 78,72). 

En el Antiguo Testamento, sobre todo en los salmos, está la prueba que refuta concluyentemente la reiterada afirmación de que el Dios del Antiguo Testamento es un Dios celoso, vengativo e iracundo; antes bien, desde el libro del Éxodo a los Salmos, el Dios del Antiguo Testamento es «clemente y compasivo, paciente y misericordioso» (Sal 145,8; cf. Sal 86,15; 103,8; 116,5). 

El libro de los Salmos, siempre ha suscitado una fuerza de atracción extraordinaria, porque en él se encuentra una amplia gama de sentimientos humanos que se entrecruzan con los sentimientos de Dios: alegría y alabanza, tristeza y angustia, fortaleza y debilidad, victoria y derrota, confianza y desaliento. 

Desde los primeros siglos de la Iglesia, se empezaron a leer los salmos en clave cristológica, considerándolos como la voz del Cristo total, cabeza y cuerpo. El mismo Cristo resucitado, en su aparición a los discípulos, había señalado a los salmos como clave para reconocerlo vivo y operante en la Iglesia: «Estas son las palabras que yo les dije cuando estaba todavía con ustedes: que era necesario que se cumplieran todas las cosas escritas acerca de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos». Entonces les abrió la mente para comprender las Escrituras (Lc 24,44).  

La fascinación por los salmos ha llegado a nuestros días en un tesoro: La Liturgia de las Horas. La misericordia, es una de las características divinas que el libro de los Salmos pone en evidencia. La Iglesia, en el rezo de la Liturgia de las Horas, tiene que alabar con los salmos la inagotable misericordia divina y anunciar a Dios como «Padre compasivo y Padre de todo consuelo» (2 Cor 1,3) que, «rico en misericordia, por el gran amor que nos tuvo, estando nosotros muertos por nuestros pecados nos hizo revivir con el Mesías,  nos resucitó y nos sentó en el cielo.» (Ef 2,4-6). “La misericordia del Señor, llena la tierra” (Sal 32,5). La Iglesia, especialmente a través de los consagrados y de laicos muy comprometidos, ha de narrar la concreta historia del Dios compasivo con los seres humanos, tal como es atestiguada en la Antigua y la Nueva Alianza; y debe presentarla del modo en que Jesús lo hizo en sus parábolas, dando testimonio del Dios que ha revelado definitivamente su misericordia en la muerte y resurrección de Jesús. 

Son muchos los salmos que expresan la misericordia de Dios en todo sentido y en toda dirección. Los salmistas nos hacen ver que toda la creación es fruto del amor de Dios; el universo entero es fruto de su amor. Dios no creo el mundo para Él; lo hizo porque quiso compartir la gloria de su amor misericordioso y las bendiciones del cielo con criaturas semejantes a Él. Lo hizo porque Él es amor. Ya lo decía el Papa Francisco en el título de uno de sus libros: «El nombre de Dios es misericordia». En el libro de los Salmos, y no solamente en el salmo 8 sino en muchos otros, los poetas y cantores nos dicen que no solo creó Dios al mundo, sino que, además, lo mantiene para que nosotros veamos ese amor de Dios en esa naturaleza que se desarrolla; cuando contemplamos una planta, un rosal, un atardecer, un río  y vemos la perfección de la creación aún en los insectos más diminutos, es Dios que nos comunica su amor y su misericordia, manifestándome su grandeza y perfección. 

«Como un olivo frondoso en la Casa de Dios, he puesto para siempre mi confianza en la misericordia del Señor» canta el salmista (Sal. 52, 10). «Porque tu misericordia se eleva hasta el cielo y tu fidelidad hasta las nubes» (Sal. 109, 16). Los salmos reflejan claramente la convicción y la vivencia, por parte del creyente, de la misericordia de Dios. En todos ellos, la misericordia es el hilo conductor. Como muestra podemos ver: el salmo 136, en donde el salmista repite con insistencia: «Su misericordia es eterna»; el 103 (Vg 102=), que habla de la ternura del Padre por sus hijos; el más conocido, el 51 (Vg 50), conocido también como «El Miserere» y por último el 130 (Vg 129) en el que el salmista implora la divina misericordia. 

El salmo 136, no hace teoría de la misericordia de Dios, sino un recorrido de hechos de misericordia por parte de Dios para con su pueblo. El salmista recorre maravillado las manifestaciones concretas de la bondad inconcebible de Dios mientras el pueblo repite a cada estrofa: «porque es eterna su misericordia»: El Creador: “hizo sabiamente los cielos”, “afianzó sobre las aguas la tierra”, “hizo lumbreras gigantes”, “el sol que gobierna el día”, “la luna ”... La liberación de Egipto: “Él hirió a Egipto en su primogénitos”, “Y sacó a Israel de aquel país”, “Con mano poderosa, con brazo extendido”, Él dividió en dos el mar Rojo”, “Y condujo por en medio a Israel”, “Arrojó en él al Faraón”. El Éxodo y todos los episodios hasta asentarse en la tierra promisión y los avatares de su historia: “Guió por el desierto a su pueblo”, “Hirió a reyes famosos, dio muerte a reyes poderosos” “Les dio su tierra en heredad”, “En heredad a Israel su siervo”, “Y nos libró de nuestros opresores”. Acaba el salmista reconociendo que la misericordia de Dios sigue actuando: “Él da alimento a todo viviente” y pide un nuevo agradecimiento “Dad gracias al Dios del cielo/ porque es eterna su misericordia”. 

En razón de la misericordia, todas las vicisitudes del Antiguo Testamento están cargadas de un profundo valor salvífico. La misericordia hace de la historia de Dios con Israel una historia de salvación. Repetir continuamente «eterna es su misericordia», como lo hace el salmo, parece un intento por romper el círculo del espacio y del tiempo para introducirlo todo en el misterio eterno del amor. Es como si se quisiera decir que no solo en la historia, sino por toda la eternidad el hombre estará siempre bajo la mirada misericordiosa del Padre. No es casual que el pueblo de Israel haya querido integrar este Salmo, el grande hallel como es conocido, en las fiestas litúrgicas más importantes. 

Este fue el último salmo que Jesús cantó en unión de sus Apóstoles. Ningún bautizado puede ignorar que la misericordia de Dios está concentrada en Jesucristo. Antes de la creación Dios dispuso darnos su gracia por medio de Jesucristo. Él es nuestra salvación, nuestra gloria para siempre.   

Antes de la Pasión, el Señor oró con este salmo de la misericordia. Lo atestigua San Mateo cuando dice que «después de haber cantado el himno» (26,30), Jesús con sus discípulos salieron hacia el Monte de los Olivos. Mientras instituía la Eucaristía, como memorial perenne de Él y de su Pascua, puso simbólicamente este acto supremo de la Revelación a la luz de la misericordia. En este mismo horizonte de la misericordia, Jesús vivió su pasión y muerte, consciente del gran misterio del amor de Dios que se habría de cumplir en la cruz. Saber que Jesús mismo hizo oración con este salmo, lo hace para nosotros, consagrados, aún más importante y nos compromete a incorporar este estribillo en nuestra oración de alabanza cotidiana: «Eterna es su misericordia». 

Al repasar en nuestra oración de la Liturgia de las Horas las maravillas de Dios en este salmo, le pedimos ser capaces de descubrir en nuestra vida consagrada y en la de nuestros hermanos su infinita misericordia. 

El salmo 103, nos presenta un pecador perdonado que sube al Templo para ofrecer un «sacrificio de acción de gracias», durante el cual hace un relato del favor recibido. Acompañado de una muchedumbre de amigos, a los que invita a tomar parte de su acción de gracias, hace un himno al amor de Dios, al Dios de la Alianza. En este pecador habla todo Israel que ha sido perdonado con «amor» y con «ternura» exquisita.  

Jesús no hará otra cosa que tomar las palabras de este salmo: «con la ternura de un padre con sus hijos»… «Padre nuestro, perdona nuestras ofensas». Y el resultado de este amor, ¡es el perdón! Se puede percibir en estas líneas la parábola del «Hijo pródigo». Se escuchan ya estas palabras: “Amen a sus enemigos, entonces serán hijos del Dios Altísimo, porque Él es bondadoso con los malos». 

La alegría estalla en este salmo. Al recitarlo, uno debe dejarse llevar por su impulso alegre, que invita a todos los ángeles y a todo el cosmos a corear su acción de gracias. Cuando oramos, todo el universo ora en nosotros. ¡Sí, el hombre es grande, él es el cantor del universo! Y, sin embargo, ¡qué frágil es el hombre! como la hierba que florece por la mañana y se marchita por la tarde. La maravilla de este salmo, y de toda la revelación bíblica, es precisamente esta debilidad del hombre que atrae el amor de Dios: Un amor misericordioso, un amor eterno, desde siempre y para siempre. Amor fuerte, poderoso, todopoderoso… más fuerte que la muerte. Amor que suscita una respuesta libre y alegre. La sumisión que Dios quiere no es la de un esclavo que tiembla, sino la de un hijo que es feliz de haber sido perdonado. 

El más conocido de todos los salmos, junto con el 23 (Vg 22) del Buen Pastor, es sin duda alguna el número 51 (Vg 50), que está dedicado a David. El pecado del rey (2 Sam 11.12), que hizo matar a Urías para tomar a su mujer Betsabé, y el arrepentimiento admirable de David, son el símbolo del “mal” y del “perdón”. El grito de arrepentimiento que se expresa aquí es de gran pureza; este pecador se siente desgraciado únicamente por su pecado, por la ofensa a Dios. El pecado no está abandonado a sus remordimientos, él está “ante alguien” que lo ama. Todo se origina en el amor. Veinte verbos en imperativo se dirigen hacia Dios en esta alabanza. Y cada uno indica que Dios va a obrar en favor del penitente para “borrar”, “lavar”, “absolver”, “purificar”, “renovar”… 

Para hacer comprender la maravilla del perdón de Dios, Jesús “inventó” la parábola del “Hijo pródigo”, y espontáneamente utilizó expresiones de este Salmo 50: “he pecado contra el cielo y contra ti”… Al instituir el Bautismo: “lávame, quedaré más blanco que la nieve”. 

El salmista sabe dónde están las raíces profundas del mal. Él se sentía aplastado por el peso de los determinismos. Consciente del mal que había hecho, el rey David —a quien se atribuye este Salmo— se sentía incapaz de realizar la reparación tan deseada. Por eso pide la intervención de Dios. Descubre que la raíz del pecado, antes que la culpabilidad personal, está en la misma condición humana: “en la culpa nací, pecador me concibió mi madre”… 

El verdadero arrepentimiento es el que agrada a Dios. No es Dios quien gana al reconocer nuestro mal, el pecado es una autodestrucción. Los que salimos ganando somos nosotros cuando, como David, somos perdonados y recibidos con el amor del Padre en comunión. Lo que Dios quiere, dice el salmo, es que tengamos un corazón nuevo, una vida nueva. Por eso, cuando la vida del hombre vuelve a embellecerse, puede estar feliz y cantar en acción de gracias. El sacramento de la Penitencia nos hace redescubrir la alegría del perdón y la celebración festiva de la misericordia de Dios. 

El salmo 130, es uno de los «salmos penitenciales» de la liturgia. La súplica del autor inspirado, está angustiada de pena y humildad. “Desde lo más profundo te invoco, Señor”. El reconocimiento del propio pecado se une a la confiada seguridad de alcanzar el perdón divino. “En el Señor se encuentra la misericordia”. Por tanto, su rehabilitación espiritual sólo depende de la misericordia infinita de su Dios, y así es como él, confiado en su bondad, implora perdón y protección para él y para su pueblo. 

Los sentimientos de profunda humildad contrastan con la ciega esperanza en la misericordia divina. El salmista, lejos de sentirse abandonado de Dios, se apoya en la conciencia de su propia indignidad, para acercarse al Señor, es decir, él no se siente para nada alejado de su Dios, por esa razón toma fuerzas de su debilidad para acercarse confiadamente al que le puede rehabilitar en su vida espiritual. Los atributos y las promesas divinas le dan pie para fundar su esperanza: «Mi alma espera en el Señor, y yo confío en su Palabra» exclama. 

El salmista se siente desbordado en un abismo de inquietudes y de pesares; por eso, desde lo profundo de su aflicción se dirige a su Dios para que le preste auxilio, rehabilitándolo en su vida de amistad con Él. En realidad, su esperanza está en su misericordia y su prontitud al perdón, pues si no olvida los pecados y los guarda cuidadosamente en su memoria, reteniendo la culpabilidad de los hombres; “¿quién podrá subsistir?”, ¿quién podrá subsistir o mantenerse incólume ante su tribunal? Nadie puede hacer frente a las exigencias de la justicia divina; “Pero en ti se encuentra el perdón, para que seas temido”.  Pero la medida con que trata a sus siervos no es la de la justicia, sino la de la extrema indulgencia; “Mi alma espera en el Señor, y yo confío en su palabra. Como el centinela espera la aurora, espere Israel al Señor”, invitándoles así a un temor reverencial basado en el agradecimiento del que ha sido perdonado; “Él redimirá a Israel de todos sus pecados” 

Basado en esta indulgencia del Señor, el consagrado, al recitar este salmo, unido a los sentimientos del salmista, espera en Él con impaciencia y ansiedad más que los centinelas por la aparición de la aurora para ser relevados de su puesto de vigilancia; “Mi alma espera en el Señor, y yo confío en su palabra”. En esta espera ansiosa, el salmista nos representa a todos como colectividad, vejado por pueblos opresores y ansiosos de redención. La serenidad e indulgencia del Señor dan confianza al pueblo elegido para pedir su plena rehabilitación a pesar de sus numerosas iniquidades. 

Teresa de Ávila, la gran mística de la Iglesia, no teme reconocerse pecadora, pone toda su confianza en la misericordia del Señor y reza; “Ay de mí, Creador mío, que si quiero dar disculpa, ninguna tengo! ¡Ni tiene nadie la culpa sino yo! Porque si os pagara algo del amor que me comenzasteis a demostrar, no habría podido yo amar a nadie más que a Vos, y vuestro amor me hubiera librado de todos mis pecados. Mas ya que no lo merecí ni tuve esta dicha, válgame ahora Señor, vuestra misericordia (Vida 4, 4) y más adelante agrega; Muchas veces he pensado espantada de la gran bondad de Dios y se ha regalado mi alma de ver su gran magnificencia y misericordia (Vida 4, 10). “He contado todo esto para que se vea la gran misericordia de Dios y mi ingratitud” (Vida 8, 4). Consideremos —dice la santa— la gran misericordia y paciencia de Dios (VI Moradas 10, 4), ¡Oh, Dios mío, misericordia mía!, ¿qué haré para que no deshaga yo las grandezas que Vos hacéis conmigo? (Exclamaciones 1).,¡Oh, qué grandísima misericordia y qué favor que no podemos nosotros merecer! ¡Y que los mortales olvidemos todo esto! Acordaos Vos, Dios mío, de tantas miserias y mirad nuestra flaqueza, pues de todo sois sabedor (Exclamaciones 7). Sea su nombre bendito que en todo tiempo tiene misericordia con todas sus criaturas (Cta 440, 1)”. 

Casi al final de su vida en este mundo, la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento escribe dirigiéndose a sus hijas Misioneras Clarisas (y en ellas a todos nosotros) un largo párrafo en una carta que me atrevo a compartir ahora: «Y nosotras, ¿cómo somos misericordiosas? ¿Vemos con amor de madre a las almas pecadoras para que, por nuestro sacrificio, nuestra oración, ellas se acerquen a Dios, y tengan la dicha y la paz, de vivir en su gracia? ¿Aprovechamos todas las circunstancias para hablar a quienes se nos acercan, de esta infinita misericordia? El alma misericordiosa se asemeja un tanto a la luz, que la baña con sus rayos; y no se mancha, al contrario, sale de allí más límpida y radiante, porque ha obrado un acto de misericordia, aun cuando aquella alma a la que se ha acercado sea un lodazal de pecados graves. Qué gloria para Jesús el rescatar una alma para él. ¡Le hemos costado tanto! Es la más grande gloria que le podemos dar en la tierra, ya que él dejó su cielo con el fin de rescatar al hombre caído y abrirle las puertas al cielo. Éste es también, como cooperadoras con Cristo, en su plan de salvación. No seamos tacañas, hijas. El tiempo es corto; la eternidad sin fin. Sólo este tiempo tenemos para darle gloria. Que él nos conceda llegar a la muerte pudiendo decir como san Pablo: “He continuado mi carrera, he conservado la fe etc. etc.,  no me resta sino recibir la corona que el justo Juez me ha de dar, etc.” Con qué seguridad, y a la vez audacia, dice esto el apóstol de los gentiles. Nosotras diríamos, si tenemos la certeza de haber cumplido todo lo que él ha querido de nosotras, no me resta más que recibir la corona que su infinita misericordia me tiene preparada desde la eternidad». (Abril 16, 1980).

“Paciente y misericordioso” es el binomio que a menudo aparece en la recitación de los salmos para describir la naturaleza de Dios que la beata capta totalmente. Su ser misericordioso se constata concretamente en tantas acciones de la historia de la salvación donde su bondad prevalece por encima del castigo y la destrucción. Los salmos, en modo particular, destacan esta grandeza del proceder divino: «Él perdona todas tus culpas, y cura todas tus dolencias; rescata tu vida del sepulcro, te corona de gracia y de misericordia» (103,3-4). De una manera aún más explícita, otro salmo testimonia los signos concretos de su misericordia: «Él Señor libera a los cautivos, abre los ojos de los ciegos y levanta al caído; el Señor protege a los extranjeros y sustenta al huérfano y a la viuda; el Señor ama a los justos y entorpece el camino de los malvados» (146,7-9). Por último, he aquí otras expresiones del salmista: «El Señor sana los corazones afligidos y les venda sus heridas. […] El Señor sostiene a los humildes y humilla a los malvados hasta el polvo» (147,3.6). Así pues, la misericordia de Dios no es una idea abstracta, sino una realidad concreta con la cual Él revela su amor, que es como el de un padre o una madre que se conmueven en lo más profundo de sus entrañas por el propio hijo. Vale la pena recordar que, como dijimos al principio de nuestra reflexión, se trata realmente de un amor “visceral” proveniente desde lo más íntimo como un sentimiento profundo, natural, hecho de ternura y compasión, de indulgencia y de perdón. Un amor que se entretiene y “pierde el tiempo en mí” que me ha llamado porque con su infinita misericordia me da nueva vida.  

Viene a mi mente, una pequeña historia que ilustra claramente lo que quiero decir con este “pierde el tiempo en mí”: «Un día un caballero de edad avanzaba iba paseando por la playa cuando vio a un chico que se dedicaba a levantar estrellas de mar de la arena, para devolverlas al agua. Al notar que había cientos —o miles— de estrellas de mar por levantar, el señor con educación sonrió mientras se acercaba al entusiasta rescatista: —Oye, muchacho —dijo con tono compasivo. —No pierdas tu tiempo. Hay demasiadas. Jamás podrás marcar una diferencia. El muchacho lo miró, sosteniendo una estrella de mar en la palma de su mano, y de repente la arrojó con fuerza de vuelta al océano: Para esta, ¡sí que marqué una diferencia! —exclamó, y luego siguió con su misión.» 

Es muy probable que en ocasiones sintamos que Dios pierde el tiempo con nosotros, que el poco o mucho esfuerzo que hacemos de nada vale. Oiremos algunas vocecillas que parecen gritar en tono burlón: “Déjalo ya. No podrás cambiar las cosas. ¿Qué diferencia habrá, después de todo?”. Cuando lleguen esas voces de duda, escuchemos a los salmistas y recordemos que no podemos hacerlo todo, pero sí podemos hacer algo. Cada estrella de mar, cuenta. 

Al recitar los salmos, resulta impresendible pensar en María, la Madre de Misericordia que nos acompaña en el camino de paz y del perdón. Decía un anciano sacerdote: «Si encontramos cerrada a cal y canto la puerta del cielo por el castigo que merecen nuestros pecados, la Virgen ayudará a sus devotos a saltar por la ventana». Y concluía con gran énfasis: «Sí, hermanos, ¡la Virgen es la ventana del cielo!» 

Sí, en la vida de todo bautizado que va en busca de la misericordia, resulta imprescindible la presencia de María, de su inmensa ternura maternal; porque el Señor, que conoce el corazón de carne que nos ha dado, nos ha dejado a su Madre para que fuese también nuestra Madre. Por eso la ha formado tan cercana, tan hermosa y tan llena de ternura. Y esta criatura excepcional que es María se ha identificado tanto con la misericordia divina que casi no podemos distinguir ambas.  

María se ha impregnado tanto de la misericordia divina que se ha “misericordializado”. No como una puerta de escape ante la justicia divina sino como una ventana para que Dios extienda sus brazos misericordiosos hacia nosotros. Es la misericordia divina que recala en su corazón y lo rebosa para regar y fecundar la aridez del corazón humano. Y así los discípulos de Jesús e hijos de María vemos su rostro tal como nos lo describe Jan Dobraczy-siski en su libro “Encuentros con la Señora” sobre el santo icono de la virgen de Czestochowa: «Esta cara no tenía la altivez del rostro de Juno, ni la soberbia del de Minerva, ni la sensualidad de Venus. Los dioses romanos tenían rasgos muy humanos, llenos de pasiones... No era así la cara de la Señora; en Ella cada cuál podía encontrar un rasgo querido, amable. Tenía algo más que bondad, algo más que una inmensa paz; un elemento que atraía a quien la miraba y hacía que se recordara siempre con nostalgia». 

CUESTIONARIO. 

·         ¿Qué ha sido en tu vida, la Divina Misericordia? 

·         ¿Hasta cuándo el Señor fue para mí un Dios desconocido? 

·         ¿Cómo entiendes la misericordia de Dios en los salmos? 

·         ¿Encuentras diferencias entre amor y misericordia de Dios? 

·         ¿En qué consisten? 

·         ¿Encuentras alguna relación entre misericordia y perdón? 

·         ¿Hay alguna característica sin la cual no hay misericordia? ¿Cuál? 

·         Entre amor y misericordia de Dios ¿Cuál de las dos la sientes más cercana a ti? 

·         ¿Cómo podemos vivir mejor la misericordia de Dios con ayuda de los salmos? 

Padre Alfredo.

sábado, 7 de junio de 2025

«LA BONDAD Y LA MISERICORDIA DEL SEÑOR»... (Tema para retiro espiritual).


«Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida y habitaré en la casa del Señor por años sin término» (Sal 23,6). 

En la Sagrada Escritura, encontramos a los profetas, a los salmistas, a muchos otros elegidos de Dios, a Jesús y sus apóstoles y a la santísima Virgen María alabando, implorando, anunciando y adorando la Divina Misericordia, en cada momento. Leyendo, meditando y estudiando la Biblia, vemos que la misericordia de Dios, ha estado «desde siempre» para nosotros. Hace algunos años celebramos un jubileo extraordinario de la misericordia concluyendo apenas el Año de la Vida Consagrada que, como afirmó el Papa Francisco en la homilía de la Misa de la clausura de aquel festejo de los consagrados el día de la Presentación del Señor: «como un río, confluye ahora en el mar de la misericordia, en este inmenso misterio de amor que estamos experimentando con el Jubileo extraordinario». Ahora estamos celebrando un jubileo ordinario, este de 2005 centrado en la esperanza. Es precisamente la esperanza la que nos lleva a dejarnos abrazar por la misericordia de Dios porque, como dice la Carta a los Romanos «la esperanza, no defrauda» (Rm 5,5).

Queremos tener como fin de nuestro retiro, experimentar la misericordia de Dios para con nosotros llenos de esperanza, que, como bautizados, debemos ser portadores de ese don para llevarlo a toda la humanidad, portadores de esa misericordia que salva y que los salmistas exaltan de una manera maravillosa en la Sagrada Escritura. «La esperanza, —afirma el recién fallecido papa Francisco en la bula Spes non confundit con la declaraba este año santo—, efectivamente nace del amor y se funda en el amor que brota del Corazón de Jesús traspasado en la cruz: «Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más ahora que estamos reconciliados, seremos salvados por su vida» (Rm 5,10). Y su vida se manifiesta en nuestra vida de fe, que empieza con el Bautismo; se desarrolla en la docilidad a la gracia de Dios y, por tanto, está animada por la esperanza, que se renueva siempre y se hace inquebrantable por la acción del Espíritu Santo.

Es hermoso pensar, en este día de retiro, que Dios está siempre dispuesto a mantener ese pacto de amor que inició en el Bautismo con cada uno de nosotros a pesar de nuestras miserias y pecados y que nunca es tarde para reestrenar su amor, porque la esperanza, además de que no defrauda, es, como lo sabemos, lo último que muere. Dios espera que nunca disminuya la confianza de sus hijos y de sus hijas consagrados a Él en el bautismo que nos ha convertido, además, en sus discípulos-misioneros. 

Al iniciar nuestra reflexión, le pedimos al Señor, la esperanza de los afligidos y la esperanza de quienes en él confían. Le pedimos que acepte y acoja nuestra condición de pecadores, que, habiendo sido llamados por él a la vida de la gracia, nos acogemos a su compasión y sobre todo a su misericordia, que es infinita. Le pedimos al Señor, que muestra su poder sobre todo en el perdón y en la misericordia, que derrame en nosotros su gracia, para que, caminando en esperanza al encuentro de sus promesas, como caminó David y los otros autores de los salmos, alcancemos los bienes que nos tiene reservados.  

¿Qué quiere decir «misericordia»? Hay dos dimensiones fundamentales en el concepto de «misericordia». El primero es el que se expresa en la palabra griega «eleos», es decir la «misericordia» como actitud de compasión hacia la miseria del prójimo, un corazón atento a las necesidades de los demás. Un corazón que se conmueve y se abaja. Pero, junto a ésta surge otra acepción, ligada a la palabra judía «rahamim», que tiene su raíz en el «regazo materno», es decir, indica el amor materno de Dios. 

¿Qué es esta misericordia? San Bernardo la explicaba diciendo que Dios no nos ama porque somos buenos o bellos, sino que lo que nos hace buenos y bellos es su amor, el amor materno de Dios. En las dos acepciones surge una idea fundamental que llena de esperanza el corazón humano, es decir, Dios está dispuesto a acogernos y a comenzar de nuevo con cada uno, independientemente de la historia, del pasado, de la experiencia de alejamiento e infidelidad. 

¿Cómo definía el Papa Francisco —hoy de feliz memoria— la Misericordia? En «Misericordiae Vultus», en el n° 2 decía: «Siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia. Es fuente de alegría, de serenidad y de paz. Es condición para nuestra salvación. Misericordia: es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad. Misericordia: es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. Misericordia: es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida. Misericordia: es la vía que une Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados para siempre no obstante el límite de nuestro pecado». 

Los santos son expertos en la misericordia, en este amor sin límites. San Juan Pablo II relata en su biografía: «A menudo en mi vida he pedido a sor Faustina Kowalska que me haga comprender la misericordia de Dios. Y cuando visité Paray-le-Monial, me impresionaron las palabras que Jesús dijo a santa Margarita María de Alacoque: “Si crees, verás el poder de mi corazón”». Él mismo, en vida y poco antes de morir, recomendó la invocación «Jesús, en ti confío» «Es un sencillo pero profundo acto de confianza y de abandono al amor de Dios —aseguraba el santo— Constituye un punto de fuerza fundamental para el hombre, pues es capaz de transformar la vida». 

La beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, tiene innumerables frases en las que expresa su definición de misericordia. Me basta pensar en estas frases que mucho conocemos: «Soy un pensamiento de Dios, porque desde toda la eternidad pensó en darme el ser; y ya me veía tal cual soy, con mis defectos y mis cualidades, mis promesas y mis inconstancias, mi confianza y mi amor, y con todas mis miserias... Ya sabía que le daría mucho trabajo, y ya había resuelto ejercitar en mí el más hermoso de sus atributos: su misericordia. Ya, desde toda la eternidad, había resuelto escogerme para él, y precisamente en su orden seráfica. ¡Oh, sí! Qué delicioso sentirme un pensamiento de Dios.» (EE 1941, f. 804) 

«En las inevitables pruebas y dificultades de la existencia, como en los momentos de alegría y entusiasmo, confiarse al Señor infunde paz en el ánimo, induce a reconocer el primado de la iniciativa divina y abre el espíritu a la humildad y a la verdad», afirmaba San Juan Pablo II, quien también decía: «En el corazón de Cristo encuentra paz quien está angustiado por las penas de la existencia; encuentra alivio quien se ve afligido por el sufrimiento y la enfermedad; siente alegría quien se ve oprimido por la incertidumbre y la angustia, porque el corazón de Cristo es abismo de consuelo y de amor para quien recurre a El con confianza». 

Por su parte, San Pablo llama a Dios «Padre de las misericordias» (2 Cor 1, 1-7) y eso es algo que podemos ver desde el Antiguo Testamento. En algunos de los salmos, vemos su infinita compasión por los hombres, algunos de los salmistas, entonando esas hermosas alabanzas, manifiestan saberse entrañablemente amados por Él. En muchas frases de los salmos, Dios insiste constantemente en esta verdad: Dios es infinitamente misericordioso y se compadece de los hombres, de modo particular de aquellos que sufren la miseria más profunda, el pecado. En una gran variedad de términos e imágenes —para que los hombres lo aprendamos bien—, la Sagrada Escritura nos enseña que la misericordia de Dios es eterna, es decir, sin límites en el tiempo, como dice el Salmo 100: «Porque es eterna su misericordia»; es inmensa, sin limitación de lugar ni espacio; es universal, pues no se reduce a un pueblo o a una raza, y es tan extensa y amplia como lo son las necesidades del hombre. 

La misericordia supone haber cumplido previamente con la justicia, y va más allá de lo que exige esta virtud. «La misericordia es en realidad el núcleo central del mensaje evangélico, es el nombre mismo de Dios, el rostro con el que Él se ha revelado en la antigua Alianza y plenamente en Jesucristo, encarnación del Amor creador y redentor», afirmaba el papa Benedicto XVI. 

Cada vez que recitamos los salmos, en la recitación de la Liturgia de las Horas, en el salmo responsorial de Misa y especialmente aquellos que hacen mención de la misericordia infinita de Dios, advertimos la necesidad de detenernos, de levantar los ojos al cielo, y acordarnos de que no somos los amos del mundo y de la vida. Tenemos que contemplar el cielo, las montañas, el mar; sentir la fuerza del viento, la voz de las grandes aguas como aquellos hombres que se dejaban inundar por el amor de Dios.

Cómo le gustaba a la beata María Inés Teresa sentirse pequeña —como en realidad somos— en el gran universo que Dios ha creado y sigue creando y vivificando en cada instante rodeándonos de su misericordia, como canta el salmista cuando dice: «al que espera en el Señor, le rodea la misericordia» (Sal 32,10). Tenemos que aprender a clamar a Dios como lo hace el salmista a Dios en el Salmo 5: «Escucha, oh Señor, mis palabras; Considera mi gemir, estate atento a la voz de mi clamor, Rey mío y Dios mío, Porque a ti oraré. Oh Yahvé, de mañana oirás mi voz; de mañana me presentaré delante de ti, y esperaré». Los salmistas son un ejemplo de pecadores que supieron agradar a Dios por medio de su arrepentimiento y su dependencia de Dios. 

Vivimos cada vez más en medio de cosas artificiales hechas por nosotros, y eso cambia lentamente nuestra percepción de la realidad y de nosotros mismos. Sin darnos cuenta, nos olvidamos de dónde estamos y de quiénes somos; perdemos el sentido de nuestra verdadera dimensión: a veces nos sentimos omnipotentes, mientras no lo somos; a veces nos sentimos impotentes, mientras no lo somos. Como el profeta Amós nos recuerda, somos como una brizna de hierba, es cierto, pero nuestro corazón es capaz de infinito. Somos, como dice la beata María Inés, «la nada pecadora». Es cierto, pero podemos preguntarnos al recitar los salmos «¿por qué?», y sentir dentro de nosotros un vínculo misterioso, a veces doloroso, con Aquel que creó el mundo, el sol, la luna, las estrellas. «La misericordia del Señor —como dice el salmista— llega hasta el cielo, su fidelidad hasta las nubes» (Sal. 36, 6). 

De todas las criaturas —que, a su manera, son más humildes y obedientes al Creador que nosotros— los seres humanos somos los únicos que reconocemos , y a veces sentimos, que esta omnipotencia de Dios, esta incomprensible magnitud, es solamente amor y amor misericordioso, tierno, compasivo, como el de una madre por sus hijos, pequeños y frágiles. Somos los únicos en darnos cuenta de que toda la creación gime y sufre como si tuviera dolores de parto. Y nos damos cuenta, como dice el salmista, que «los ojos del Señor están fijos sobre sus fieles, sobre los que esperan en su misericordia» (Sal. 33, 18). 

El siglo XX que hemos dejado a nuestras espaldas, fue en muchos aspectos una centuria terrible; y el siglo XXI, que con el atentado terrorista del 11 de septiembre de 2001 contra el World Trade Center de Nueva York se inició con un golpe de timbal de augurios nada buenos, no promete hasta el momento ser mejor. El siglo XX conoció dos brutales sistemas totalitarios, dos guerras mundiales —de las cuales solo la segunda causó entre cincuenta y setenta millones de muertos—, genocidios y asesinatos en masa de millones y millones de personas, campos de concentración y muchos horrores más. El siglo XXI ha comenzado marcado por la amenaza de un terrorismo despiadado, injusticias que claman al cielo, niños víctimas de abusos y condenados al hambre y la inanición, millones y millones de desplazados y refugiados, crecientes persecuciones de cristianos; a ello se suman devastadoras catástrofes naturales en forma de terremotos, erupciones volcánicas, tsunamis, inundaciones, sequías, etc. Todo ello y muchos hechos más son «signos de los tiempos».  

A la vista de esta situación, a muchos de nuestros contemporáneos —incluso familiares y amigos cercanos— les resulta difícil hablar de un Dios omnipotente y al mismo tiempo justo y misericordioso porque han perdido la esperanza. ¿Dónde estaba y dónde está cuando todo esto ocurría y ocurre? ¿Por qué lo permite, por qué no interviene? Todo este sufrimiento injusto, preguntan algunos, ¿no representa el argumento más serio en contra de un Dios omnipotente y misericordioso? 

De hecho, el sufrimiento de los inocentes se convirtió durante la Modernidad en la roca del ateísmo (Georg Büchner); la única disculpa para Dios, llegó a afirmarse, es que no existe (Stendhal). Dada la verdaderamente diabólica irrupción del mal, en ocasiones se prolonga la pregunta de este modo: ¿no habría que negar a Dios para mayor gloria de Dios (Odo Marquard)? 

El sufrimiento en el mundo es probablemente el argumento de mayor peso del ateísmo moderno que nos rodea y que impregna muchos ambientes de desesperanza. A él se añaden otras cuestiones que han tenido su repercusión. Han ocasionado que en la actualidad, para muchos, según piensan, Dios no exista; al menos, numerosas personas viven como si Dios no existiera. La mayoría de ellas parecen incluso poder vivir muy bien sin él, al menos no peor que la mayoría de los cristianos. Esto ha transformado la índole de la pregunta por Dios. Pues si Dios no existe o se ha tornado irrelevante para muchos, entonces protestar contra él no tiene ya sentido. Las preguntas: «¿Por qué todo este sufrimiento?» y «¿Por qué tengo que sufrir yo?», llevan más bien a enmudecer, hacen que la gente se quede sin palabras.  

De ahí que no solo cristianos creyentes, sino también muchas personas reflexivas y despiertas con otras convicciones reconozcan que el mensaje de la muerte de Dios, muy al contrario de lo que esperaba Nietzsche, no conlleva la liberación del ser humano. Allí donde la fe en el Dios misericordioso se volatiliza, allí quedan un vacío y un frío atroces. Sin Dios estamos por completo —y además sin salida— a merced de los destinos y azares del mundo y de las tribulaciones de la historia. Sin Dios no hay ya instancia alguna a la que apelar, no existe ya esperanza alguna en un sentido último y una justicia definitiva. ¡Qué sabios eran los salmistas, al reconocer, aún en medio de las guerras, de las divisiones, de los atropellos y abusos, de las catástrofes naturales, del vacío y del pecado, la infinita misericordia de Dios! Al leer y recitar muchos de los salmos, podemos percibir que la dignidad absoluta del ser humano únicamente es posible si existe Dios y si este es el Dios de la Misericordia y de la gracia.

San Juan Pablo II nos legó la profecía de que este es el tiempo de la misericordia. Él fue quien dedicó a la Divina Misericordia el segundo domingo de Pascua, y murió en la víspera de ese domingo.  

El Papa Francisco, en su Bula Misericordiae Vultus, en el número 12 expresaba: «La Iglesia tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios... En nuestro tiempo, en el que la Iglesia está comprometida en la nueva evangelización, el tema de la misericordia exige ser propuesto una vez más con nuevo entusiasmo y con una renovada acción pastoral. Es determinante para la Iglesia y para la credibilidad de su anuncio que ella viva y testimonie en primera persona la misericordia. Su lenguaje y sus gestos deben transmitir misericordia para penetrar en el corazón de las personas y motivarlas a reencontrar el camino de vuelta al Padre.» Por eso, en esta reflexión que nos incumbe, le suplicamos con el salmista: «Vuélvete, Señor, rescata mi vida, sálvame por tu misericordia» (Sal. 6, 5). 

Cuando vemos el uso de la palabra «misericordia» en los salmos, debemos estar claros, para no confundir los sentimientos y entender que ser misericordioso no consiste en tener un corazón compasivo sin pasar a la práctica, tampoco en realizar alguna obra de misericordia de vez en cuando sin enfrentarnos a las causas concretas del sufrimiento y de las injusticias; si lo hiciésemos así, estaríamos en una actitud paternalista y sobreprotectora que, los autores de los salmos, no confunden. Dice el salmista: «A ti, Señor, la misericordia. Porque tú retribuyes a cada uno según sus acciones» (Sal. 66, 20). 

Para ser misericordiosos, es necesario primero, interiorizar el sufrimiento ajeno, es decir, dejar entrar en mis entrañas y en mi corazón el sufrimiento del otro y la esperanza que tiene de salir de él para hacerlo mío. Es algo que me duele a mí. En segundo lugar ese sentimiento ya hecho mío, provoca en mí una reacción que me lleva a ser activo y comprometido, me lleva a actuaciones concretas orientadas a aliviar y quitar ese sufrimiento. Soy uno con los otros, su dolor es el mío, su sufrimiento es el mío, sus esperanzas son las mías y suplico al Señor no solo pensando en mí, sino sabiéndome parte de una humanidad que —utilizando una de las palabras que el Papa Francisco inventó— se sabe «misericordeada» por Dios y le dice con el salmista lleno de esperanza: «¡Manifiéstanos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación!» (Sal. 85, 8). 

Vivir la misericordia es lo primero y principal de todo bautizado A lo largo de la vida tendremos que hacer muchas cosas, muchas oraciones y celebraciones, muchas fiestas por nuestra fe... pero la misericordia debe ser el eje transversal de la vida de todo bautizado: debemos dejarnos amar por Dios, sentir su misericordia en todos los momentos de nuestra existencia como hijos de Dios y la misericordia hacia los demás ha de configurar nuestra manera de vivir, de mirar a las personas y al mundo desde nuestro vivir según la vocación específica que hayamos adoptado. Nuestra manera de vivir la vida en el seguimiento de Cristo, al estilo de Madre Inés, si formamos parte de la Familia Inesiana, por ejemplo, ha de pasar por practicar la misericordia o no seremos Inesianos. Digamos con el salmista: «¡Qué bueno es el Señor! Su misericordia permanece para siempre, y su fidelidad por todas las generaciones.» (Sal. 100, 5). 

María santísima recapitula en el magníficat la entera historia de la salvación describiéndola como una historia de la compasión divina. «Su misericordia —la de Dios— con sus fieles, continúa de generación en generación» (Lc 1,50). Ella «goza del favor de Dios» (Lc 1,30). Esto quiere decir: por sí misma no es nada en absoluto, todo lo que es se lo debe a la infinita misericordia del Señor. Ella no es más que la «sierva del Señor» (Lc 1,38). La gloria no le pertenece a ella, sino en exclusiva a Dios, para quien nada hay imposible (cf. Lc 1,37s). De ahí que María cante: «Proclama mi alma grandeza del Señor, mi espíritu festeja a Dios mi salvador... Porque el Poderoso ha hecho proezas, su nombre es santo». Ella es por completo recipiente y nada más que humilde instrumento de compasión divina. 

Al final del cuarto Evangelio, María, que figura al comienzo de la historia neotestamentaria de la salvación, asume una importante posición en su punto culminante. Pues Jesús, desde la cruz, confía a Juan a María como madre y, a la inversa, confía a María a su discípulo Juan como hijo (cf. Jn 19,26s). Esta escena está llena de profundo significado. Juan es el discípulo al que ama Jesús (cf. Jn 19,26); en este Evangelio es tenido por arquetipo del discípulo. Esto significa que Jesús, en Juan, le confía a María todos los discípulos como hijos y, a la inversa, a todos ellos les confía a María como madre. Estas palabras de Jesús pueden ser entendidas como su testamento, como su última voluntad; con ello dice algo que es vinculante y decisivo para el futuro de la Iglesia: Hay que recurrir a María, Madre de Misericordia que nos dirá siempre:  «Hagan lo que Él les diga» (Jn 2,5). 

Vamos rezando con el salmo 136:   

ETERNA ES SU MISERICORDIA 

Dad gracias al Señor porque es bueno: porque es eterna su misericordia.  

Dad gracias al Dios de los dioses: porque es eterna su misericordia.  

Dad gracias al Señor de los señores: porque es eterna su misericordia.  

Sólo él hizo grandes maravillas: porque es eterna su misericordia.  

Él hizo sabiamente los cielos: porque es eterna su misericordia.  

Él afianzó sobre las aguas la tierra: porque es eterna su misericordia.  

Él hizo lumbreras gigantes: porque es eterna su misericordia.  

El sol que gobierna el día: porque es eterna su misericordia.  

La luna que gobierna la noche: porque es eterna su misericordia. 

Dad gracias al Dios del cielo: Porque es eterna su misericordia. 

Para terminar este encuentro, dejémonos cuestionar por estas preguntas: 


• Hasta ahora ¿qué tan importante ha sido la vivencia de la misericordia en mi vida? 

• ¿Soy misericordioso en la práctica o me quedo con un corazón compasivo? 

• Según los textos bíblicos de los salmos y según los comentarios expuestos, ¿cuál o qué es el núcleo de mi vida en el seguimiento de Cristo? 

Padre Alfredo.

 

miércoles, 7 de abril de 2021

CREO EN LA IGLESIA... Un tema de reflexión para un retiro


Decir «creo» supone un don que se nos da y una responsabilidad que aceptamos; es una experiencia de diálogo con Dios que, por amor, nos habla como amigos. Como enseña el Catecismo de la Iglesia católica: "La fe es un acto personal: es la respuesta libre del hombre a la iniciativa de Dios que se revela a sí mismo" .

La palabra Iglesia (del griego “ekklèsia”) significa “convocación”. Es el término frecuentemente utilizado en el texto griego de Antiguo Testamento para designar la asamblea del pueblo elegido en la presencia de Dios, sobre todo cuando se trata de la asamblea del Sinaí, en donde Israel recibió la ley y fue constituido por Dios como pueblo santo. Dándose a sí misma el nombre de «Iglesia», la primera comunidad de los que creían en Cristo se reconoce heredera de aquella asamblea. En ella Dios «convoca» a su Pueblo desde todos los confines de la tierra. El término kyriaché, del que se derivan las palabras church en inglés, y kirche en alemán, significa «la que pertenece al Señor».

La palabra «Iglesia» designa la comunidad universal de los fieles, también la comunidad local y la asamblea litúrgica. Estas tres significaciones son inseparables. La Iglesia de Dios existe en las comunidades locales y se realiza como asamblea litúrgica, sobre todo eucarística. La Iglesia vive de la Palabra y del Cuerpo de Cristo y de esta manera viene a ser ella misma Cuerpo de Cristo.

La Iglesia está “prefigurada en la creación, preparada en la Antigua Alianza, fundada por las palabras y las obras de Jesucristo, realizada por su cruz redendora y su Resurrección, se manifiesta como misterio de salvación por la efusión del Espíritu Santo. Quedará consumada en la gloria del cielo como asamblea de todos los redimidos de la tierra. La Iglesia es a la vez visible y espiritual, sociedad jerárquica y cuerpo místico de Cristo. Es una, formada por un doble elemento humano y divino. Ahí está su Misterio que sólo la fe puede aceptar. La Iglesia es, en este mundo, el sacramento de la salvación, el signo y el instrumento de la comunión con Dios y entre los hombres.

Esta es la verdadera Iglesia de Cristo, y es católica, porque entre sus miembros los hay de todas las razas y creencias bajo el cielo de todas las naciones y castas, pueblos y lenguas; es santa, porque sus miembros se están esforzando para hacer sus vidas más santas y mejores; es apostólica, porque en verdad todos sus miembros son apóstoles, «hombres enviados» (aunque muchos de ellos no lo saben) por el gran Poder que todo lo guía, para que sean su expresión en la tierra, Sus emisarios para que ayuden á sus hermanos más ignorantes, con el precepto y el ejemplo, para que aprendan la lección de importancia capital que ya ellos han hecho parte de sus propias vidas. Y cualesquiera que sean sus divisiones exteriores, esta Iglesia es fundamentalmente una «escogida de entre todas las naciones, y, sin embargo, una sobre la tierra», una en esencia, aunque pueden transcurrir muchos siglos antes de que todos sus miembros se den cuenta de su unidad espiritual.

●  La Iglesia es una: Tiene un solo Señor, confiesa una sola fe, nace de un solo Bautismo, no forma mas que un solo Cuerpo, vivificado por un solo Espíritu, orientado a una única esperanza a cuyo término se superarán todas las divisiones.

 ●  La Iglesia es santa: Dios santísimo es su autor; Cristo, su Esposo, se entregó por ella para santificarla; el Espíritu de santidad la vivifica. Aunque comprenda pecadores ella es inmaculada. En los santos brilla su santidad, en María es ya la enteramente santa.

 ●  La Iglesia es católica: Anuncia la totalidad de la fe; lleva en sí y administra la plenitud de los medios de salvación; es enviada a todos los pueblos; se dirige a todos los hombres; abarca todos los tiempos; es, por su propia naturaleza, misionera. 

 ●  La Iglesia es apostólica: Está edificada sobre sólidos cimientos: los doce Apóstoles del Cordero; es indestructible; se mantiene infaliblemente en la verdad: Cristo la gobierna por medio de Pedro y los demás Apóstoles, presentes en sus sucesores, el Papa y el Colegio de los obispos.

La única Iglesia de Cristo, de la que confesamos en el Credo que es una, santa, católica y apostólica (...) subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él, aunque sin duda, fuera de su estructura visible, pueden encontrarse muchos elementos de santificación y de verdad” (Lumen gentium n. 8).

La Iglesia Católica tiene un cuerpo de más o menos 1100 millones de personas, casi la mitad de los cristianos y el 17% de la población mundial. Estos son algunos de los números que se desprenden de un estudio del Pew Forum of Religión and Public Life acerca de la situación del catolicismo actual. Continúan algunas constantes: regresión en Europa y Latinoamérica, fuerte avance en África, ligera subida en Asia y mínimo descenso en Oriente Próximo. Globalmente, los miembros de la Iglesia se han triplicado en el último siglo, aunque el resto del mundo ha crecido a un ritmo similar.

Dentro de la distribución de miembros de la Iglesia por todo el globo de 100 años a este punto, Europa ha pasado de un 65 a un 24%, mientras que Latinoamérica toma el mando subiendo del 24 al 39%. El África subsahariana se dispara desde unos dos millones de católicos en 1910 hasta los 170 millones actuales, mientras que en la cuna del cristianismo las guerras y la difícil convivencia con los musulmanes ha reducido al mínimo el número de creyentes.

En comparación con 1910, los católicos decrecen porcentualmente en Europa (de 44 a 35) y en Latinoamérica (de 90 a 76), justo lo contrario de lo que ocurre en África (de 1 a 21) y en Norteamérica (de 16 a 26). En Asia aumentan ligeramente (de 1 a 3%), mientras que en Oriente Medio y Próximo pierden otro punto (de 3 a 2). Las causas varían dependiendo de la localización, pero se advierte que el futuro viene por el sur y el este. La elección del cardenal Ratzinger como Papa apuntaba, en aquellos años a frenar la caída de fieles en el Viejo Continente y en la Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro se buscó reforzar y renovar la presencia del rebaño de Cristo en Suramérica.

En algunas plazas históricas del Nuevo Mundo, la pérdida es considerablemente veloz. Brasil ha bajado en la primera década del siglo XXI nueve puntos porcentuales hasta un 65% y México se ha dejado otro cuatro puntos, aunque mantiene un considerable porcentaje (82.7%) por el menor efecto del protestantismo. Ambos siguen como los dos países con mayor número de católicos, por delante de Filipinas y Estados Unidos.

Pese a todo, también existen signos positivos. Al margen de que no importa tanto la cantidad como la virtud y santidad de los católicos, el número avanza anualmente, al ritmo al que lo hace la población mundial. Y los continentes asiático y africano albergan grandes esperanzas, a la vez que Latinoamérica y Europa constituyen un reto permanente.

Después de haber hablado de la Iglesia, de su origen, de su misión y de su destino, no se puede concluir mejor que volviendo la mirada a María para contemplar en ella lo que es la Iglesia en su Misterio, en su "peregrinación de la fe", y lo que será al final de su marcha, donde le espera, "para la gloria de la Santísima e indivisible Trinidad", "en comunión con todos los santos" (LG 69), aquella a quien la Iglesia venera como la Madre de su Señor y como su propia Madre:

Entre tanto, la Madre de Jesús, glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma, es la imagen y comienzo de la Iglesia que llegará a su plenitud en el siglo futuro. También en este mundo, hasta que llegue el día del Señor, brilla ante el Pueblo de Dios en Marcha, como señal de esperanza cierta y de consuelo (LG 68). Al pronunciar el "fiat" de la Anunciación y al dar su consentimiento al Misterio de la Encarnación, María colabora ya en toda la obra que debe llevar a cabo su Hijo. Ella es madre allí donde El es Salvador y Cabeza del Cuerpo místico.

La Santísima Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo, en donde ella participa ya en la gloria de la resurrección de su Hijo, anticipando la resurrección de todos los miembros de su Cuerpo. Creemos que la Santísima Madre de Dios, nueva Eva, Madre de la Iglesia, continúa en el cielo ejercitando su oficio materno con respecto a los miembros de Cristo.

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

lunes, 5 de abril de 2021

CREO EN DIOS PADRE... Un tema de reflexión para un retiro


Harvey Cox, un célebre teólogo cristiano (bautista) pero incluso citado en uno de los libros más famosos de Joseph  Ratzinger "Iniciación al Cristianismo", precisamente en el libro al que quiero hacer referencia, llamado "La Ciudad Secular", cuenta un relato en el que resume una narración parabólica del célebre filósofo Søren Kierkegaard (5 Mayo 1813 – 11 Noviembre 1855), en la que habla de un circo de Dinamarca que fue presa de las llamas. El director del circo envió a un payaso, que ya estaba preparado para actuar, a la aldea vecina para pedir auxilio, ya que existía el peligro de que las llamas se extendiesen incluso hasta la aldea, arrastrando a su paso los campos secos y toda la cosecha. El payaso corrió a la aldea y pidió a sus habitantes que fuesen con la mayor urgencia al circo para extinguir el fuego. Pero los aldeanos creyeron que se trataba solamente de un excelente truco ideado para que en gran número asistiesen a la función; aplaudieron y hasta lloraron de risa. Pero al payaso le daban más ganas de llorar que de reír. En vano trataba de persuadirlos y de explicarles que no se trataba ni de un truco ni de una broma, que la cosa había que tomarla en serio y que el circo estaba ardiendo realmente. Sus súplicas no hicieron sino aumentar las carcajadas; creían los aldeanos que había desempeñado su papel de maravilla, hasta que por fin las llamas llegaron a la aldea. La ayuda llegó demasiado tarde, y tanto el circo como la aldea fueron consumidos por las llamas.

Con esta narración, que le robo a Cox y al Papa, quiero ilustrar la situación de muchos de los católicos de nuestros tiempos, que no pueden conseguir que los hombres escuchen su mensaje, que se le tome en serio si visten los atuendos de un payaso de la edad media o de las modas estrafalarias impuestas por un consumismo galopante. 

Puede decir lo que quiera, lleva siempre la etiqueta del papel que desempeña, porque el bautismo no se borra. Y, aunque se esfuerce por presentarse con toda seriedad, en momentos, se sabe de antemano que si no se compromete con su fe, es lo que parece: un payaso. Sin duda alguna, en esta imagen puede contemplarse la situación en que se encuentran muchos: en la agobiante imposibilidad de romper las formas fijas del pensamiento y del lenguaje, y en la de hacer ver que la fe es algo sumamente serio en la vida de los hombres.

Quien intente hoy día hablar del problema de la fe cristiana a los hombres de nuestro tiempo, que, en su mayoría, ni por vocación ni por convicción se hallan dentro de la temática eclesial, notará al punto, la ardua dificultad de tal empresa. 

Quiero ir ahora a un fragmento del libro del Deuteronomio  (26,4-10) que creo que puede iluminar nuestra reflexión:

"Dijo Moisés al pueblo: «El sacerdote tomará de tu mano la cesta con las primicias y la pondrá ante el altar del Señor, tu Dios. Entonces tú dirás ante el Señor, tu Dios: "Mi padre fue un arameo errante, que bajó a Egipto, y se estableció allí, con unas pocas personas. Pero luego creció, hasta convertirse en una raza grande, potente y numerosa. Los egipcios nos maltrataron y nos oprimieron, y nos impusieron una dura esclavitud. Entonces clamamos al Señor, Dios de nuestros padres, y el Señor escuchó nuestra voz, miró nuestra opresión, nuestro trabajo y nuestra angustia. El Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte y brazo extendido, en medio de gran terror, con signos y portentos. Nos introdujo en este lugar, y nos dio esta tierra, una tierra que mana leche y miel. Por eso, ahora traigo aquí las primicias de los frutos del suelo que tú, Señor, me has dado." Lo pondrás ante el Señor, tu Dios, y te postrarás en presencia del Señor, tu Dios.»" Palabra de Dios.

Estamos ante uno de los pasajes más hermosos del libro del Deuteronomio, una auténtica confesión de fe en un Dios que, como Padre, ha cuidado de la historia de cada uno de sus hijos, al mismo tiempo que cuida de la historia de una comunidad que es su pueblo, su familia, su descendencia. Nos encontramos en el Antiguo Testamento, y a pesar de ello, vemos gente que se siente protegida y acompañada por aquel que ha sido su creador.

El Papa Benedicto XVI, el 30 de enero de 2013, en su catequesis de la tradicional audiencia de los miércoles, decía: "Dios es Padre porque nos ha elegido y bendecido antes de la creación del mundo; nos ha hecho realmente sus hijos en Jesús; porque acompaña nuestra existencia, dándonos su Palabra, sus enseñanzas, su gracia y su Espíritu, y porque podemos confiar en su perdón cuando nos equivocamos de camino. 

Él es un Padre bueno, que no abandona, sino que sostiene, ayuda y salva con una fidelidad que sobrepasa infinitamente la de los hombres. Nos ha dado a su Hijo para que seamos hijos suyos y nos ofrece el Espíritu Santo para que podamos llamarle, en verdad, «Abbá, Padre».

Su grandeza como Padre omnipotente se manifiesta plenamente sobre la cruz gloriosa de su Hijo. No es una fuerza arbitraria que cambia los acontecimientos o anula el dolor, sino que se expresa en la misericordia, en el perdón, en la incansable llamada a la conversión y en una actitud de paciencia, mansedumbre y amor."

Hago ahora unas preguntas: 1. ¿Qué le pasará al mundo de hoy, que no puede comprender esto? 2. ¿Qué nos pasa a los católicos que no podemos o no sabemos cómo transmitirlo? 3. ¿Qué ve el mundo en los que somos bautizados? 4. ¿Qué encuentra el mundo de hoy en nuestras comunidades de fe? y puedo hacerme muchas más.

En la espiritualidad de la Beata María Inés Teresa, este tema ocupa una gran importancia y aparece por primera vez en sus escritos en una carta sin fecha que dirige a sus compañeras de la acción católica cuando pensamos pudiera tener más o menos alrededor de 17 años de edad y todavía ni siquiera pensaba en la opción de la vida consagrada. La Beata, en este tema, como en algunos otros,  parece haberse adelantado al Concilio Vaticano II, del que estamos celebrando apenas el L aniversario y en el que encontramos definiciones como las siguientes: "Los bautizados son consagrados como cosa espiritual y sacerdocio santo por la regeneración y por la unción del Espíritu Santo para que por medio de todas las obras del hombre cristiano ofrezcan espirituales sacrificios y anuncien las maravillas de quien los llamó de las tinieblas a la luz admirable" (Lumen Gentium 10). "Hay una diferencia esencial entre el sacerdocio de los fieles y el ministerial, sin embargo se ordena el uno para el otro porque ambos participan del modo suyo propio, del único sacerdocio de Cristo" (Lumen Gentium 10,2). "Los seglares, fieles cristianos que, por estar incorporados a Cristo mediante el bautismo, constituidos en pueblo de Dios y hechos partícipes a su manera de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la parte que les toca la misión de todo el pueblo cristiano en el mundo y en la Iglesia" (Lumen Gentium 31,1). “Más también los seglares, hechos partícipes del oficio sacerdotal, profético y real de Cristo, cumplen su cometido en la misión de todo el pueblo de Dios en la Iglesia y en el mundo" (Apostolicam Actuositatem 2,2). "Los seglares son consagrados para un sacerdocio real y un pueblo santo (cf. I Pedro 2,4-10), a fin de ofrecer hostias espirituales por medio de todas sus obras y dar testimonio de Cristo en todas partes del mundo" (Apostolicam Actuositatem 3,1). "El Pueblo de Dios es sacerdocio real" (Ad Gentes 15,1) "Todos los cristianos quedan constituidos en un santo y real sacerdocio. El Señor Jesús ‘a quien el Padre santificó y envió al mundo’ (Jn. 10,36), hizo participar a todo su Cuerpo místico de la unción del Espíritu, con la que Él fue ungido (Cf. Mt 3,16; Lc 4,18; Hech 4,27; 10,38) pues en él todos los fieles cristianos quedan constituidos en un santo y real sacerdocio, ofrecen sacrificios espirituales a Dios por medio de Jesucristo y proclaman los poderes de Aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable (cf. Pe 2,5.9)” (Presbiterium Ordinis 2,1). 

En ese escrito de la Madre Inés al que hago referencia, titulado “A mis queridas compañeras de la Acción católica”, la beata escribe: “Es esto, pudiera decir un «sacerdocio seglar» si se me permite la expresión, y por lo mismo una alta dignidad para una joven que comprende lo que es un alma, lo que vale una sola alma, a qué precio infinito la ha comprado el Redentor para poder llevarla a la patria celestial. Verdad que todas comprendemos el alto honor de esta distinción, puesto que trabajar en la viña del Señor, es trabajar por la extensión de su Reino" (A mis queridas compañeras de la Acción Católica, p. 2).

Tenemos la dicha de ser cristianos, hijos de Dios, miembros de la Iglesia, la cual es una, santa, católica y apostólica. ¡Qué alegría compartir que somos cristianos y lo seremos hasta siempre!

¿Se han puesto a pensar en la dicha que representa el ser hijos de Dios?, ¿que Él nos abrace y tenga misericordia de nosotros?, ¿qué nos apriete en su corazón y nos ame profundamente? Desde siempre, Dios nuestro Padre pensó en nosotros, nos quiere y nos querrá siempre. Ese es Dios, el Padre bueno y cariñoso que nos ama.

La vida que se nos ha dado, gira en torno a una única realidad que nos recuerda Jesús en el Evangelio: «El Padre nos ama» (cf. Jn 16, 27). Y por eso Él, cuando el momento del dolor nos aprieta, cuando parece sentirse que se está en el ocaso, cuando los problemas parece que nos aprisionan, se presenta como el Padre que nunca nos abandona. Dios está con nosotros compartiendo las dificultades del coronavirus que estamos viviendo.

Esta certeza, es la única capaz de dar sentido, fuerza y alegría a lo que somos y hacemos en la vida: su amor nunca se aparta de nosotros y su alianza de paz nunca falla (cf. Is 54,10). Ha tatuado nuestros nombres en las palmas de sus manos (cf. Is 49,16). Todo hombre (varón o mujer), aunque tenga padres naturales, será un huérfano espiritual, mientras no se encuentre con su Padre Dios.

Vivimos rodeados de mucha gente que, aunque ahora con la sana distancia, a primera vista parece incrédula, pero que en el fondo, aunque no sea siempre consciente y clara, lleva una profunda nostalgia de Dios, una nostalgia que san Ignacio de Antioquía expresó elocuentemente con estas palabras: «Un agua viva murmura en mí y me dice interiormente: “¡Ve al Padre!”» (Ad Rom., 7) «Déjame ver, por favor, tu gloria» (Ex 33,18), pide Moisés al Señor en el monte.

¿Cómo anunciar este mensaje de amor al mundo de hoy tan asustado, tan lleno de cosas y tan vacío de Dios? Jesús nos indica el camino que se ha de seguir y que es el que siguió la beata María Inés, santaTeresa de Calcuta, san Juan Pablo II y muchos santos y beatos más. SE trata de seguir un camino en el que nos ponegamos a la escucha del Padre, para que nos enseñe (cf. Jn 6,45), y de inmediato, guardar sus mandamientos (cf. Jn 14,23). Además, este conocimiento del Padre debe ir creciendo: «Yo les he dado a conocer tu nombre y se lo seguiré dando a conocer» (Jn 17,26), y será obra del Espíritu Santo, que guía hasta la verdad completa (cf. Jn 16,13).

En nuestra época, la Iglesia y el mundo están confundidos porque muchos creyentes, como decía en un inicio, se ponen este traje de payasos que no dejan ver la realidad... ¡Cuántos católicos se encierran en los casinos a derrochar el dinero que tantos pobres necesitan, escudándose en que están solos, aún a sabiendas de que esta pandemia ha empobrecido a más y más gente! ¡Cuántos católicos que viven en situación irregular, como los divorciados vueltos a casar o las madre solteras, no asisten a Misa justificándose con que no pueden comulgar y que además, por estar en pandemia, se puede ver por Internet! ¡Cuántos católicos, aprovechando el testimonio de algún mal sacerdote que vive en ligereza, se escudan con eso para vivir una vida doble!...

El mundo de hoy necesita más que nunca «discípulos–misioneros» que sepan proclamar con la palabra y el ejemplo esta certeza fundamental y consoladora: «El Padre nos ama». El mundo tiene hambre de ver gente adulta en la fe que se ha dejado «formar» en la escuela del Padre bueno y cariñoso que nos ama. El mundo de hoy necesita ver católicos que sean testigos creíbles del amor del Padre, tanto en la Iglesia como en los diversos ambientes donde se desarrolla su existencia diaria. Si nosotros como adultos, manifestamos el amor del Padre en nuestras opciones y actitudes, en nuestro modo de acoger a las personas y de ponernos a su servicio, y en el respeto fiel a la voluntad de Dios y a sus mandamientos, habrá más fe en nuestro mundo.

¡Qué elocuente nos puede resultar para esta reflexión la parábola del hijo pródigo que todos conocemos! Desde que aquel muchacho se aleja de casa, el padre vive preocupado: aguarda, espera su regreso, escruta el horizonte. Respeta la libertad del hijo... pero sufre. Y cuando el hijo se decide a volver, lo ve desde lejos y sale a su encuentro, lo abraza con fuerza y, rebosante de alegría, ordena: «Traigan aprisa el mejor vestido y vístanlo —símbolo de la vida nueva—; pónganle un anillo en su mano —símbolo de la alianza—; y unas sandalias en los pies —símbolo de la dignidad recuperada—. (...) Y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado» (cf. Lc 15,11-32).

Hermanos y amigos, no hay duda, el Padre nos ama cualquiera que sea nuestra condición. El Padre nos quiere discípulos y misioneros de la Fe en su Palabra, en su Hijo, en la fuerza del Espíritu... ¿qué estamos esperando? ¿En qué nos estamos escudando? ¿Por qué seguir corriendo a anunciar lo que sucede con ese traje de payaso que podemos ir cambiando en el camino?

Si aquel hombre con el que iniciaba la reflexión de esta noche, se hubiera quitado por lo menos la pintura de la cara, la nariz roja o los zapatos grotescos, se hubiera salvado el circo y la aldea... ¿No queremos nosotros que se salve el mundo?

No en esa aldea, sino en otra, lejana en tiempo y en espacio, pero al fin en una aldea, como nuestro grupo o nuestra aldea global en Facebook, en WhatsApp o en Twiter, vivía una jovencita, una mujer común y corriente que se fue haciendo adulta como tú y como yo. La joven se llamaba María y estaba desposada con José... la historia la sabemos; ella también, como aquel payaso, se encaminó presurosa; ella también tenía un anuncio y a ella sí se le creyó... ella no portaba disfraz alguno, ella simplemente dijo un «Sí» incondicional que transformó el mundo. Otros han corrido como ella: corrió Andrés el apóstol a decirle a su hermano Pedro que habían encontrado al Mesías (Jn 1,41); corrió la Samaritana, una mujer divorciada, a dar la Buena Nueva a los de su Pueblo diciéndoles que había encontrado a alguien que sabía todo de ella (Jn 4,39); corrieron Magdalena y los discípulos de Emaús a anunciar a sus hermanos y amigos que Jesús había resucitado (Jn 20,18; Lc 24,33) Corrió la beata María Inés a anunciar la Buena Nueva a Japón, a Sierra Leona, a Indonesia; corrió santa Teresa de Calcuta a dar amor a los moribundos en tantas partes; corrió san Juan Pablo II para llegar al corazón de tantos y tantos y sembrar esperanza de vida... Todos ellos nos dicen lo mismo que Cristo: «El Padre los ama».

En el corazón de quien se sabe amado por nuestro Padre Dios no puede haber otro deseo que el de sostener el compromiso de vivir la Fe como hijos de Dios. Como Madre tiernísima, la Virgen Madre guía incesantemente a toda la Iglesia hacia Jesús, para que, siguiéndolo, aprendamos junto a los apóstoles y a los santos a cultivar nuestra íntima relación con el Padre celestial. Como en las bodas de Caná, la Virgen María, la Virgen Madre que corre siempre presurosa como En Guadalupe, en Lourdes, en Fátima... nos invita a hacer todo lo que el Hijo nos diga (cf. Jn 2, 5), sabiendo que éste es el camino para llegar a la casa del «Padre misericordioso» que nos ama (cf. 2 Co 1, 3).

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

viernes, 11 de diciembre de 2020

«EL ADVIENTO»... Un tema para retiro


Estamos ya muy acostumbrados al término «ADVIENTO». Ya sabemos lo que significa esta palabra, porque hemos vivido la experiencia de este tiempo litúrgico en otros años. Pero, quizá, al adentrarnos más en la vida de la Iglesia, no hemos llegado a captar toda la riqueza que encierra dicho concepto.

«Adviento», esta palabra que viene del griego, tiene varias connotaciones, quiere decir: «Venida», «Llegada comenzada», «Presencia por llegar». Por tanto, a la luz de estos significados, debemos preguntarnos: ¿Quién es el que viene? y ¿para qué viene?

Esto hasta un niño de catecismo nos lo responde, todo mundo en la Iglesia sabe que es Jesús el que viene, ese Jesús a quien también ya nos hemos acostumbrado a ver como hombre. Estamos tan familiarizados con la encarnación de Jesús —el Hijo de Dios hecho Hombre—, que no nos maravillamos ya cuando leemos la páginas del Evangelio que narran la historia de la Encarnación.

Creo que es necesario recobrar y mantener vivo el sentido de la admiración, el sentido de la sorpresa y de la adoración frente a este misterio de los misterios. Precisamente para eso disponemos de este tiempo del Adviento, para que podamos adentrarnos en esta verdad esencial del cristianismo cada año: Jesús, el Verbo Encarnado, ha asumido la naturaleza humana y de nuestra naturaleza ha tomado también las dimensiones terrenas.

El, Hijo del Padre en la eternidad, ciudadano de la eternidad y del Cielo por derecho natural, se ha hecho Hijo del hombre y ciudadano de la tierra. Así, el cristianismo brota de una relación particular: DIOS-HOMBRE. El itinerario que Jesús ha recorrido de lo alto hacia lo bajo, para convertirse en el Hijo del Hombre y ciudadano de la tierra, es el mismo itinerario de lo bajo hacia lo alto, que nosotros debemos recorrer para hacernos hijos de Dios y ciudadanos de la eternidad.

Como vemos, se trata de una realidad profunda y sencilla, que resulta cercana a la comprensión y sensibilidad de todos los hombres y, sobre todo, de quien sabe hacerse niño con ocasión de la noche de Navidad. No en vano dijo Jesús una vez: «Si no se convierten y se hacen como niños, no entrarán en el reino de los cielos» (Mt 18,3). 

Solamente haciéndonos como niños podemos: Renovar el sentido gozoso de la espera, sentir necesidad de convertirnos y rejuvenecer la esperanza.

Según la lógica sobrenatural, nosotros deberíamos razonar así, como niños para quienes todo pasa pronto: es bello que todo pase y pase pronto, porque así el Señor viene, y viene pronto. Se trata de ver las cosas con otros ojos, con ojos limpios, con un corazón nuevo. De manera que nuestra vida asuma una semejanza profunda con el misterio de Jesucristo, que viene en un compromiso de caridad y para hacer público cómo es que Él ama a su Padre y ama a quienes el Padre le ha dado. Todo pasa y mientras que este pasar de todas las cosas sea manantial de tristeza, quiere decir que la criatianización de las almas, de las conciencias, de los pueblos, de la civilización, no está todavía completa, porque la única reacción cristiana al hecho de que todo pasa, no puede ser más que una reacción de alegría. Todo pasa y Dios viene. Y si llega Él, aquél es el día de gloria, día de felicidad.

Por eso la alegría es un elemento fundamental del tiempo de Adviento. Si el Adviento es tiempo de vigilancia, de oración, de conversión; lo es además, de ferviente y gozosa espera. El motivo de la alegría es claro: Todo pasa y «El Señor está cerca» (cf. Flp 4,5). 

«¡Exulta, alégrate!» le dice el ángel a María (Lc 1,28), y a ella, antes que a nadie, le anuncia una alegría que luego se proclamará para todo el pueblo que aún vive sumergido en la tristeza de un mundo de egoísmo, de rivalidad y de discordias.

Este pensamiento, puede parecer muy alto, muy utópico… ¡De dónde sacamos alegría en un mundo como este! Sin embargo es en realidad un pensamiento que debemos hacer familiar en cada momento de nuestra vida. Nuestros días, tan llenos de cosas, nuestros días llenos de quehaceres que resultan un afán sin paz y sin descanso, en realidad, deben transformarse en días de una paz serena, en la seguridad de que Dios viene, que Dios pasa para no ocultarse jamás, en todos los momentos de nuestra vida. El Adviento es una reafirmación del camino eterno del hombre hacia Dios; cada año marca un nuevo comienzo de este camino: ¡La vida del hombre no es un camino impracticable, sino vía que lleva al encuentro con el Señor! ¡Vamos en espiral a su encuentro… cada año más arriba!

Por eso el cristiano, esta criatura que tiene tanta esperanza en el cielo, es paciente, no se inquieta nunca ante las agitaciones de la vida de todos los días... así la encarnación se da en una realización histórica de la vida cotidiana: la pobreza de la Madre, el ambiente de un pueblo, los comentarios de la gente.

Con todo esto, se podría pensar que si para Nuestro Señor encarnarse ha sido un itinerario de humildad, para nosotros divinizarnos debería ser un itinerario de gloria, ya que si Él baja, nosotros hemos de subir, pero no es así, porque nuestra vida no puede ser una competición con aquella soberanía que le pertenece exclusivamente a Dios. Debemos ser conscientes de que todo es un don, que todo es misericordia y dignación de Dios y que en este tiempo de Adviento nos reconozcamos peregrinos y saboreemos la humildad que debe haber en nuestras vidas. Nuestra condición de seres humanos y de hombres pecadores por naturaleza; nuestra responsabilidad de pecadores por nuestros pecados personales, todo esto, nos pone frente a Dios en condición de humildad.

Cada Adviento... ¡Cuántas cosas tenemos que aprender! Hay que entender que el misterio de la venida del Señor se nos presenta como el misterio que nos compromete de una manera formidable a ser sobrenaturales, y por tanto a abandonar con supremo desapego todo aquello que no es transferible a la eternidad y que, mientras nos compromete en este modo tan austero de vivir, nos llena de una alegría sin fin. El Adviento del Señor anticipa en lo más profundo de nuestro corazón y de nuestra vida, experiencias, o al menos presentimientos, nostalgias de otra vida, la eterna, donde, finalmente, el advenimiento del Señor será un misterio cumplido, ya que la única casa del Padre será habitada por la totalidad de los hijos y, desde ese día, en la familia de Dios no habrá ocaso.

El Adviento es prospectiva gozosa de ir a la casa del Señor (cf. Sal 121,1) de llegar al término de esta gran peregrinación en que debe consistir la vida terrena. El hombre está llamado a vivir en la casa del Señor. Allí está su casa verdadera. La peregrinación es figura de nuestro camino hacia la casa del Padre y el Adviento nos estimula a apresurar el paso con esperanza.

El Adviento es la espera del día del Señor, es decir, de la hora de la verdad. Es la espera del día en que el Señor será juez de las gentes y árbitro de muchos pueblos (Is 2,4). El Adviento tiene un significado escatológico, puesto que atrae nuestro pensamiento y propósitos hacia realidades futuras. Nos exhorta a prepararnos bien a las realidades celestiales, de modo que la llegada del Señor no nos encuentre desprevenidos y mal dispuestos.

Esperamos a Cristo, que si vino ya en la realidad de nuestra carne —y lo vamos a recordar en Navidad—, vendrá también al final del mundo cuando se hayan cumplido todos los signos de los tiempos y viene constantemente ahora, en el tiempo presente, a nuestras almas.

En Adviento contemplamos, entonces estas tres venidas del Señor.  San Bernardo, abad, en uno de sus sermones habla acerca de estas tres venidas de Cristo, la primera: en el portal de Belén, la tercera: al final de los tiempos; y la segunda: la actual, aquella que se hace presente a cada instante en su Iglesia peregrina de este mundo. La primera en la carne, la segunda en el alma, la tercera a la hora del juicio. La primera tuvo lugar en medio de la noche según las palabras del evangelio: “A medianoche se oyó un grito: Ya está ahí el Esposo.” (Mt 25,6) Esta primera llegada ya ha pasado, porque Cristo se ha hecho visible en la tierra y ha conversado con los hombres.

Ahora estamos en la segunda venida, a condición que estemos preparados para que pueda venir a nosotros, pues ha dicho que «si le amamos vendrá a nosotros y habitará en nosotros» (cf Jn 14,23). Esta segunda venida es para nosotros una venida mezclada con incertidumbre, porque ¿quién sino el Espíritu de Dios conoce los que son de Dios? Aquellos que son arrebatados por el deseo de Dios saben bien cuándo viene, pero no saben «ni de dónde viene ni a dónde va» (Jn 3,8).

En cuanto a la tercera venida, es cierto que tendrá lugar e incierto cuándo tendrá lugar; ya que no hay cosa más cierta que la muerte ni cosa más incierta que el día de la muerte. «Cuando los hombres hablen de paz y seguridad, entonces, caerá sobre ellos la ruina de improviso, igual que los dolores de parto sobre la mujer embarazada, y no podrán escapar.» (1 Tes 5,3) La primer venida se efectuó en la humildad y ocultamiento, la segunda es misteriosa y llena de amor, la tercera será manifiesta y terrible... ¡Fascinante! 

En su primera venida, Cristo ha sido juzgado por los hombres injustos; en la segunda nos hace justicia por la gracia; en la última juzgará todo con justicia y rectitud: Cordero en la primera venida, León de Judá en la tercera, Amigo lleno de ternura en la segunda venida.

Los buenos cristianos viajan siempre con su documentación en regla, por si la muerte les sorprende de improviso. El Adviento es un clarinazo, y un grito que dice ¡ALERTA! Viene el Señor. Lo que interesa a fin de cuentas, es que como buenos cristianos estemos siempre listos para el encuentro con el Hijo del Hombre, con nuestro Señor Jesucristo, como quien se va a encontrar con un amigo, el mejor de todos.

Preparémonos al encuentro con Cristo como se prepararon los profetas, los patriarcas, como se preparó Juan el Bautista, como se preparó la Santísima Virgen. Con grandes deseos, con oraciones prolongadas, con espíritu de conversión y reconciliación.

Padre Alfredo.

martes, 14 de julio de 2020

El mensaje de la Cruz...* Un tema de retiro

El mensaje misionero de la evangelización consiste en «predicar a Cristo crucificado sin desvirtuar la cruz» (Cf. 1Cor 1,23, 1Cor 1,17). San Pablo no hizo otra cosa que anunciar al crucificado, con su misma vida de enviado o apóstol: «En adelante nadie me moleste, pues llevo sobre mi cuerpo las llagas de Jesús» (Gal 6,17). La fuerza para conseguir la conversión de los evangelizados provenía, él lo sabía perfectamente, de la debilidad de la cruz (Cf. 1Cor 1,24).

En el sermón del día de Pentecostés, Pedro nos dice que quien ha resucitado es el mismo que fue crucificado (Cf. Hech 2,32-26). La autorevelación de Dios Amor tiene lugar en la encarnación y en la redención, como proceso de «anonadamiento» y de «exaltación» (Flp 2,5-11. Desde entonces, la única imagen válida de Dios es la de Cristo crucificado por amor. Toda la historia humana con sus semillas del Verbo y con su preparación evangélica, y toda la revelación propiamente dicha apunta al Verbo encarnado, crucificado y resucitado.

La misión y la vida del apóstol sólo pueden leerse en clave de cruz. Sólo en la cruz se revela Dios Amor. Cristo ocupó el último puesto en el mundo —la cruz—, y precisamente con esta humildad radical nos ha redimido y nos ayuda constantemente (DCe 35). Se trata, entonces, de compartir su mismo estilo de vida para evangelizar el mundo. El misterio de encarnación y redención de Jesús es de anonadamiento como paso para llegar a la resurrección. Es el «despojamiento total de sí», que lleva a Cristo a vivir plenamente la condición humana y a obedecer hasta el final el designio del Padre. Se trata de un anonadamiento que, no obstante, está impregnado de amor y expresa el amor.

Después de la crucifixión de Jesús, Juan invita a «mirar» con ojos de fe el costado abierto del Señor, del que brota sangre y agua, como símbolo de la Iglesia y de sus sacramentos (Jn 19,33-37; Cf. DCe 7). A partir de esta mirada contemplativa y vivencial, el apóstol se afirma en la ciencia amorosa y fecunda de la cruz: “«nosotros predicamos un Cristo crucificado»; «no quise saber entre vosotros sino a Jesucristo, y éste crucificado» (1Cor 1,23;1Cor 2,2). La cruz es la nota característica del amor de Dios: ha querido experimentar la nada radical del ser humano ante el dolor y la muerte, para abrir el camino hacia las manos y el corazón del Padre. La pobreza evangélica de Cristo indica que, como Dios que es, se da a sí mismo del todo y a todos, por eso la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, para vivir el voto de pobreza hace referencia a la cruz: “El voto de pobreza es, ante todo, una contemplación de la pobreza de Jesús durante su Ministerio de Salvación y sobre todo en la cruz” (Estatutos M.C.I.U. # 58). 

El gozo pascual —que se recalca sobre todo en el tiempo de la Pascua pero que siempre se ha de vivir— se alcanza si se contempla desde la cruz, y esta aparece en la vida del apóstol cuando éste se decide a transformar el sufrimiento en donación. «El misionero es el hombre de las Bienaventuranzas... Viviendo las Bienaventuranzas, el misionero experimenta y demuestra concretamente que el Reino de Dios ya ha venido y que él lo ha acogido. La característica de toda vida misionera auténtica es la alegría interior, que viene de la fe. En un mundo angustiado y oprimido por tantos problemas, que tiende al pesimismo, el anunciador de la "Buena Nueva" ha de ser un hombre que ha encontrado en Cristo la verdadera esperanza» (RMi 91). La cruz del misterio pascual ilumina y transforma la historia. Por esto, el apóstol está convencido de que «el que no busca la cruz de Cristo, no busca la gloria de Cristo» (San Juan de la Cruz, “Avisos”, n. 101).

La vida del apóstol está enteramente relacionada con la cruz. Sólo el que sabe sufrir con Cristo puede cargar la cruz, porque se agradece el compartir la misma suerte de Cristo. «Estoy crucificado con Cristo» (Gal 2,19). «Nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1 Cor 1,23- 24). La cruz es la compañera inseparable, la dulce compañera que, cuando se sabe aceptar y amar, llena de dicha todos los instantes de la vida. Cuando el papa Benedicto XVI escribió su primera encíclica quiso llevar a la humanidad entera a Jesús crucificado y dice: «Poner la mirada en el costado traspasado de Cristo, del que habla Juan (cf. 19, 37), ayuda a comprender lo que ha sido el punto de partida de esta Carta encíclica: "Dios es amor" (1 Jn 4, 8). Es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí se debe definir ahora qué es el amor. Y, desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar» (DCe 12.).

La situación de cruz, y por consiguiente de dolor, no se ciñe solamente a las circunstancias de enfermedad y de muerte. Hay dolores más profundos que esos: desilusiones, incomprensiones, problemas, humillación, marginación, soledad, abandono, separación de seres queridos, fracasos, persecución, injusticia, ingratitud... no deben cuestionar ni poner en duda nuestra gratitud hacia Dios. Vamos tras un Jesús crucificado y vamos con la propia cruz por este mundo siguiendo al crucificado. El Señor nos convida a cargar la cruz a sabiendas de que una vida consagrada sin problemas no sería una vida cristiana, porque sería una vida sin cruz. A veces, se deja sentir un aparente silencio y ausencia de Dios, pero es más que esto, es la voz del Padre que invita a hacer de la vida la misma oblación amorosa de su Hijo Jesús. La vida es hermosa porque, aún en el dolor, si se transforma en donación, podemos correr la misma suerte de Cristo. El dolor se convierte en encuentro «esponsal», hay que recordar como Madre Inés habla de un desposorio de Sangre ("¿Podéis beber el cáliz (la copa de alianza o de bodas) que yo he de beber?" Mc 10,38). Cristo mismo calificó a su pasión como «copa de alianza» (o de bodas) preparada por el Padre (Jn 18,11; Lc 22,20). El discípulo–misionero, que se habitúa al encuentro con Cristo en el evangelio, en su eucaristía y en los que sufren, aprende fácilmente que el camino del dolor es camino de Pascua, camino de bodas. La invitación de Jesús sigue aconteciendo: «bebed todos de este cáliz» (Mt 26,27; cf. Mc 10,38. E. CANONICI, “Dolore che salva”, Ediz. Porziuncola 1992; C. CARRETTO, “Perché Signore?, Il dolore...”, Brescia, Morcelliana 1985; J. GALOT, “Pourquois la souffrance?”, Louvain, Sintal 1984; G. GUTIERREZ, “Hablar de Dios desde el sufrimiento del inocente“, Salamanca, Sígueme 1986; I. LARRAÑAGA, “Del sufrimiento a la paz”, Madrid, Paulinas 1985).

Por eso a Cristo se le conoce amando (Jn 14,21). Su amor llega hasta «dar la vida por sus amigos» (Jn 15,13). Para él, «dar la vida» es el misterio de Belén (pobreza), Nazaret (humildad) y Calvario (sufrimiento). Es siempre el misterio de vivir, sufrir y morir amando. La cruz es una vida donada que, ordinariamente comporta el sufrimiento.

Cuando llegue la Pascua, y contemplemos el cuerpo resucitado del Maestro, conservará las llagas de su pasión. Por esto, al aparecer a sus discípulos, «les mostró las manos y el costado, las manos y los pies» (Jn 20,20 Lc 24,40). Aquellas «apariciones» siguen aconteciendo, de otro modo más profundo, por medio de los signos y huellas que él ha dejado en su Iglesia y en la vida de cada ser humano. Los sacramentos son los signos eficaces de esta manifestación de Jesús. El misterio pascual, actualizado y celebrado en los sacramentos, se concreta en el misterio de la cruz, como «humillación» y como «exaltación» de Cristo que nos amó hasta el extremo (Fil 2,5-11; Jn 12,32).

El amor entre Dios y el hombre inicia en el mismo Dios. Es él quien lo lleva a perfección. La cruz de Jesús indica ese momento como el más epifánico y fecundo de su amor. Ante esta epifanía —manifestación— de Dios amor, el hombre se queda siempre corto. Por esto, la fecundidad espiritual y apostólica se dará en la medida en que el apóstol participe en la epifanía de la cruz (AA.VV., “La sapienza della croce oggi”, Torino, LDC 1976; AA.VV., “Sabiduría de la cruz”, Madrid, Narcea 1980; H.U. VON BALTHASAR, “La gloire et la croix”, Aubier 1965; V. BATAGLIA, “Croce, Trinità, creazione”, “Antonianum” 64 (1989) 246-307; J. ESQUERDA BIFET, “La fuerza de la debilidad. Espiritualidad de la cruz”, Madrid, BAC 1983; J. MOLTMANN, “El Dios crucificado”, Salamanca, Sígueme 1975; P. REGAMEY, “La cruz del cristiano”, Madrid, Rialp 1961; L. RUANO, “El misterio de la cruz”, Madrid, BAC 1994). La conciencia de que, en Él, Dios mismo se ha entregado por nosotros hasta la muerte, tiene que llevarnos a vivir no ya para nosotros mismos, sino para Él y, con Él, para los demás (DCe 33).

En la acción misionera, la cruz es señal de garantía. No ha existido nunca un verdadero apóstol que no haya sido crucificado con Cristo. El fracaso momentáneo o aparente, los malentendidos y la misma persecución de los buenos, están dentro de la lógica evangélica: «si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24) Por esto, «la cruz fecunda cuanto toca» (Beata Concepción Cabrera de Armida).

La cruz es el momento privilegiado para hacer explotar las virtualidades escondidas de la misión. Esta es como el granito de trigo que debe caer en la tierra y morir para dar fruto abundante. El proceso de este despertar de las virtualidades de la misión es lento y doloroso. Dios hace experimentar la propia nada, como de «pincelito roto», según la expresión de Santa Teresita del Niño Jesús. La fuerza divina actúa en la medida en que uno sea «Instrumento vivo de Cristo» (PO 12), hasta dar la vida. Este proceso doloroso transforma el aparente silencio y ausencia de Dios en epifanía y cercanía suya. Por eso San Juan de la Cruz escribe: «Conviene que no nos falte cruz, como a nuestro Amado, hasta la muerte de amor» (San Juan de la Cruz, “Carta 11”).

El martirio nunca estará de moda, porque participa del misterio pascual de Jesús muerto y resucitado. El martirio cristiano no se puede entender si no es en la perspectiva de la cruz. Los mártires ordinariamente no son noticia para el mundo porque participan de la fragilidad de la cruz. San Juan Pablo II nos dejó escrito: «Al término del segundo milenio, la Iglesia ha vuelto de nuevo a ser Iglesia de mártires... Es un testimonio que no hay que olvidar... En nuestro siglo han vuelto los mártires, con frecuencia desconocidos, casi "milites ignoti" de la gran causa de Dios» (TMA 37). 

Estamos en un mundo de mártires, aún en nuestros días no es nada extraño que en alguno de los países africanos, de Asia o de América, algun misionero muera martirizado. El único sostén del «testigo» de Cristo es el amor al mismo Cristo crucificado: «La caridad, según las exigencias del radicalismo evangélico, puede llevar al creyente al testimonio supremo del martirio» (VS 90. Por esto, como dice este mismo documento en el número 93: «el martirio es un signo preclaro de la santidad de la Iglesia: la fidelidad a la ley santa de Dios, atestiguada con la muerte es anuncio solemne y compromiso misionero "usque ad sanguinem" para que el esplendor de la verdad moral no sea ofuscado en las costumbres y en la mentalidad de las personas y de la sociedad... Si el martirio es el testimonio culminante de la verdad moral, al que relativamente pocos son llamados, existe no obstante un testimonio de coherencia que todos los cristianos deben estar dispuestos a dar cada día, incluso a costa de sufrimientos y de grandes sacrificios»). El «mártir», testigo de Cristo, demuestra con claridad que la cruz del misterio pascual es fuente de gozo en la entrega total. 

El misterio pascual de Cristo es la máxima expresión de su amor: «nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13). Así «Cristo ha amado a la Iglesia y se ha ofrecido en sacrificio por ella» (Cf. Ef 5,25). «Jesús ha perpetuado este acto de entrega mediante la institución de la Eucaristía durante la Última Cena. Ya en aquella hora, Él anticipa su muerte y resurrección, dándose a sí mismo a sus discípulos en el pan y en el vino, su cuerpo y su sangre como nuevo maná —cf. Jn 6, 31-33—» (DCe 13). El martirio participa en este amor oblativo de Cristo por su Iglesia y por toda la humanidad. El mártir cristiano, al morir por la verdad que es Cristo, da la vida por todos como Cristo: amando y perdonando. Así, la Eucaristía, donde se hace presente el misterio pascual, sigue siendo la fuente generadora de misioneros, vírgenes y mártires, «pan partido» para todos.

Por el hecho de haber encontrado a Cristo en el propio camino de sufrimiento, el apóstol intuye los dolores más profundos de la humanidad, especialmente en su búsqueda de Dios. Es interesante notar cómo las grandes figuras misioneras han sabido compartir los sufrimientos de los hermanos, a partir de una experiencia peculiar de la cruz. A imitación de Cristo, que comparte nuestro dolor sin dar explicación teórica, el apóstol se contagia. La cercanía al hermano que sufre es más inmanente y «encarnada», precisamente por partir de la trascendencia de la cruz. Cada día se aprende que Cristo reina desde el «anonadamiento» de la cruz, porque, en su «grito» al Padre, ha asumido esponsalmente todos los sufrimientos de la humanidad (cf. Fil 2,7). Por eso los santos, como es el caso de san Juan de Avila, entre otros, inspiraban su celo apostólico en esta misma unión con Cristo crucificado: «¡Oh cruz, hazme lugar, y recibe mi cuerpo y deja el de mi Señor! ¡Ensánchate, corona, para que pueda yo ahí poner mi cabeza! ¡Dejad, clavos, esas manos inocentes, y atravesad mi corazón, y llagadlo de compasión y amor!... ¿qué has hecho, Amor dulcísimo? ¿Qué has querido hacer en mi corazón? Vine aquí para curarme, ¡y me has herido! vine para que me enseñases a vivir, ¡y me haces loco! ¡Oh sapientísima locura, no me vea yo jamás sin ti» (San Juan de Ávila, “Tratado del amor de Dios”).

Los patronos secundarios de la Familia Inesiana, san Francisco Javier y santa Teresita del Niño Jesús, quedaron marcados claramente por la cruz; sus testimonios los conocemos muy bien. San Francisco Javier escribía en una carta: «Los que gustan de la cruz de Cristo nuestro Señor descansan viniendo en estos trabajos, y mueren cuando de ellos huyen o se hallan fuera de ellos» (San Francisco Javier, “Carta del 28 septiembre 1542”) y santa Teresita entre sus últimas palabras decía: «La muerte de amor que deseo es la de Jesús en la cruz» (De sus últimas palabras). Bien dice la Redemptoris Missio: «La misión recorre este mismo camino —de anonadamiento de Cristo— y tiene su punto de llegada a los pies de la cruz» (RMi 88).

Entre otros más podemos citar a Edith Stein que decía: «Yo estoy contenta con todo. Una ciencia de la cruz sólo puede lograrse cuando uno llega a experimentar del todo la cruz» (Edith Stein Werke, IX, 167. “La ciencia de la cruz”, Burgos, Edit. Monte Carmelo 1986. Ver: F. OCHAYTA, “Edith Stein nuestra hermana”, Sigüenza 1991; F.X. SANCHO, “La ciencia de la cruz de Edith Stein”, “Teresianum” 44 (1993) 323-352). La beata Concepción Cabrera de Armida (1862-1937) orienta toda su vida a la luz de la llamada de Cristo crucificado para salvar almas, como lo expresa también la beata María Inés Teresa. Su vocación, dice, es la de ser «cruz viva» por un «amor amasado en el dolor». Se trata de «traspasar» el dolor con la mirada fija en la mirada de Cristo crucificado. De ahí, como en el caso de la beata María Inés Teresa, nace su celo de almas y hacia ahí se orienta: «si quieres salvar almas, transfórmate en la cruz» (Cuenta de Conciencia 4/197-199). La fecundidad apostólica nace de la cruz: «la cruz fecunda cuanto toca... Ese amor amasado con el dolor es el amor salvador... La cruz es el pulso del amor, y para saber sufrir, saber amar» (Cadena de Amor, 14,15. Ver especialmente la Cuenta de Conciencia). También de nuestros tiempos es san Alberto Hurtado que escribe: «Debemos volver... al Salvador pobre, doliente y crucificado para ser como Él y por Él, pobres, sencillos, dolientes y si fuera necesario, muertos por Él» (Citado en “Es tiempo de amar. Padre Alberto Hurtado”, Compendio de la vida y obra del P. Alberto Hurtado Cruchaga, preparado por motivo de su canonización. Ed. Desafío, Santiago de Chile, Septiembre 2005, p. 40).

La beata María Inés Teresa Arias vivió dedicada totalmente al celo misionero sin fronteras. El misterio de la cruz la llevó a descubrir el «precio de las almas». Ella quería a sus misioneros y misioneras convertidos en «una hermosa escultura de Jesús crucificado». El Señor «nos hace amar su cruz y las almas». Quería ser mártir e hizo voto de vivir como «Víctima de Holocausto de amor»: «Me he ofrecido víctima a tu amor. Que sea una verdadera víctima, dulce y afable, que te encante y te deleite. Que ya para mi próxima profesión Perpetua quiero ser una verdadera esposa fiel, viviendo vida oculta en mi corazón Contigo y en la Cruz; bien se Dios mío, que no bastan mis propósitos por sinceros y fuertes que sean, si tu gracia no los fecundiza y para que ésta no me falte, que mi oración sea sin interrupción» (Ejercicios Espirituales de 1933. Se ve que santa Teresita la contagió del celo por las almas y de la valentía espiritual que se apoya en la fuerza de Dios. “El martirio —decía Santa Teresita—: he aquí el sueño de mi juventud").

La presencia de María suaviza la cruz, porque ella jamás murmuró, ni se mostró indecisa y perpleja ante la voluntad de Dios, ante la cruz de cada día. La Virgen del «hágase» estuvo siempre dispuesta a cumplir con la voluntad de Dios, aunque las indicaciones no fueran muy claras ni precisas. Admirable tipo de fortaleza espiritual que sólo puede venir del Espíritu Santo para iluminar el corazón de la que permaneció al pie de la cruz.

A la hora de los milagros del Hijo, la Madre se oculta, no aparece, pero al pie de la Cruz allí está, en la respuesta más heroica de su corazón maternal, en la ofrenda total. Manifestación suprema del Espíritu de fortaleza. María enseñó a los primeros apóstoles y, sigue enseñando hasta nuestros días a los misioneros de hoy, a seguir a Cristo (Jn,2,12), a perseverar al pie de la Cruz en los momentos de prueba y de dolor (Jn 19,25-27), y a renovarse con las nuevas gracias del Espíritu Santo (Hch 1,14ss). María, la Virgen, la Madre, nos enseña qué es el amor y dónde tiene su origen, su fuerza siempre nueva (DCe 42). 

Hay que decir con María un fiat pleno de fe y amor, en el que sin duda esperamos una cruz, pero será siempre una cruz santificadora, salvadora, para muchas almas, infinitas almas. Es la maternidad espiritual del apostolado: «quiere que ames la cruz y que, con tus dolores, cualesquiera que ellos sean, le compres innumerables almas. La maternidad, aun la espiritual, se compra a base de sacrificios». (Ver especialmente: “La lira del corazón de la Misionera Clarisa”). 

Padre Alfredo.

*Basado en una conferencia que di en Mange Bureh, Sierra Leona, Africa.