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domingo, 14 de abril de 2024

Necesitamos un cambio de actitud, empezando por mí...


El teléfono de un hombre maduro sonó en la Iglesia por accidente durante la homilía. El cura lo regañó, el diácono lo amonestó a la salida, algunos feligreses le dijeron algunas indirectas, otros lo regañaron y su esposa siguió sermoneándolo sobre su descuido todo el camino de regreso a casa, se podía ver la vergüenza y la humillación en su rostro... ¡Nunca más volvió a pisar la Iglesia!

Esa noche, buscando remediar su tristeza, se fue a un bar. Todavía estaba nervioso y temblando. Derramó su bebida en la mesa por accidente. El bartender se acercó y le dio una servilleta para que se limpiara. El mesero vino rápido y trapeó el piso. La gerente le ofreció una bebida de cortesía, mientras también le daba un gran abrazo y le decía: «No te preocupes, hombre. ¿Quién no se equivoca y comete errores?». .. ¡No ha dejado de ir a ese bar desde entonces!

Pienso en cuántas veces habré sido yo causa de que alguien deje la Iglesia por un mal testimonio, por una palabra mal aplicada, por un regaño, por una indirecta, por una llamada de atención en público, por una humillación...  ¿Quién no se equivoca y comete errores?» 

A veces nuestra actitud de creyentes —sacerdotes, religiosos, laicos de cualquier edad y condición— aleja a las almas de la Iglesia. Nuestra actitud rompe nuestras relaciones y destruye incluso nuestros grupos, nuestras familias, nuestras comunidades. 

Necesitamos un cambio de actitud que con actos de misericordia pueden marcar la diferencia por la forma en que tratamos a otras personas, especialmente cuando cometen errores.

He tomado esto, que he editado un poco, de un escrito que uno de los Vanclaristas puso en su muro de Facebook. Quiero aprovecharlo para agradecer a todos las oraciones que hacen por mí, por mi vida, por mi conversión, por mi ministerio, por mi fidelidad y perseverancia. Pero también quiero aprovechar para pedir una disculpa a quienes he herido su corazón de hijos de Dios, de miembros de la Iglesia porque a veces no he sido un buen sacerdote, una buena persona, un buen hermano... Si merezco su perdón, yo se los pido.

Este año cumpliré, si Dios me presta vida, 35 años en el ministerio sacerdotal... ¡Cuántos errores en este tema no habré cometido! Pidan al Señor que tenga misericordia de mí. Y yo, por mi parte, les reitero a todos que viven «de a grapa», como dicen los muchachos, en mi corazón.

Padre Alfredo.

viernes, 15 de febrero de 2019

«Agradeciendo el perdón de los pecados»... Un pequeño pensamiento para hoy


Satanás convocó a una convención mundial de demonios y en su discurso de apertura dijo: «No podemos evitar que los católicos vayan a la Iglesia. No podemos evitar que lean la Biblia y conozcan la verdad. Tampoco podemos evitar que se entreguen a una intima relación con su Salvador. Cuando llegan a esa situación, nuestro poder sobre ellos se rompe. Así que, dejémosles concurrir a sus Iglesias, dejémosles tener sus reuniones, pero robémosles el tiempo, así no tendrán oportunidad de desarrollar una relación con Dios. Esto es lo que quiero que hagan: ¡Distráiganlos durante todo el día!» ¿Cómo haremos esto?, gritaron los demonios. «Manténganlos ocupados en trivialidades e inventen innumerables cuestiones para ocupar sus mentes. Tiéntenlos a gastar, gastar, gastar, y pedir, pedir, pedir prestado. Persuadan a sus esposas a salir a trabajar por largas horas y a los maridos a trabajar 6 o 7 días cada semana, 10 a 12 horas diarias; así ellos podrán mantener ese estilo vacío de vida y estarán siempre cansados. Eviten que pasen tiempo con sus hijos y su familia se fragmentará. Sobre estimulen sus mentes. Mantengan continuamente sus TV, sus grabadoras, sus CD y sus computadoras encendidas. Asegúrense que cada negocio y restaurante en el mundo pase constantemente música popular; ello contribuirá sutilmente a llenar sus mentes y romper su unión con Cristo».

Satanás, emocionado, proseguía con su discurso: «Llenen las mesas con revistas y diarios. Repiqueteen en sus mentes con noticias mundiales 24 horas al día. Invadan las rutas con anuncios panorámicos. Inunden sus buzones con catálogos, publicidades y toda clase de propaganda y promoción ofreciendo productos gratis, servicios y falsas esperanzas. Presenten hermosas y delgadas modelos en revistas, películas y TV, así los esposos creerán que la belleza exterior es lo importante, y quedarán insatisfechos con sus esposas. Mantengan a las esposas muy cansadas. Denles dolores de cabeza, también. Si no les dan a los esposos el amor que ellos necesitan, ellos comenzarán a buscarlo afuera. Esto fragmentará la familia rápidamente. Denles cosas que les distraigan del verdadero significado de Navidad. Denles signos para no hablar de la Resurrección y el poder de Cristo sobre el pecado y la muerte. Hagan que al regreso de sus recreaciones estén exhaustos. Logren que estén tan ocupados que no puedan ir a observar la naturaleza y el reflejo de Dios en la Creación. Envíenlos a los parques de diversiones, eventos deportivos, juegos, conciertos, y cines, en su reemplazo. Manténganlos ocupados, ocupados, ocupados. ¡Ah!, cuando se reúnan para una reunión espiritual, procuren que estén atentos a chismes y habladurías para que concluyan con conciencias preocupadas. Llenen sus vidas con muchas cosas triviales de tal modo que no les quede tiempo para escuchar la Palabra. Pronto ellos estarán trabajando en su propia fuerza, sacrificando su salud y su familia». ¿Esto funcionará? ¡Era realmente un gran plan! 

Los demonios se fueron ansiosos a sus puestos asignados procurando que los católicos en todos lados estuvieran más ocupados y apurados, yendo de aquí para allá, teniendo muy poco tiempo para Dios o sus familias o para hablarles a otros del poder de Jesús. ¿Tuvo el diablo éxito? ¡Tú eres el juez! Hoy la liturgia nos ofrece uno de los salmos penitenciales, el salmo 31/32. Una acción de gracias al Señor por el perdón de los pecados del fiel que se ha arrepentido. La confesión de éstos y la obtención del perdón es la posesión de la salud total. La alegría que inunda al que ha sido perdonado de sus culpas lo hace compartir su gozo invitándonos a alabar a Dios. Quizá nosotros también, como el sordo y tartamudo del Evangelio (Mc 7,31-37) necesitamos que el Señor nos abra los oídos y nos destrabe la lengua para tener tiempo de escuchar su Palabra y proclamarla con nuestra vida. Pidámosles a la Santísima Virgen María, Madre de los pecadores, que nos ayude, como «Auxilio de los cristianos» a no caer en las garras de Satanás que confunde y aleja de Dios de una manera tan sutil como lo expresa este cuento que me encontré por ahí. Cada viernes del año es penitencial y nos da la oportunidad de agradecer al Señor que se entregó por nosotros para salvarnos corrigiendo lo que haya que cambiar en nuestras vidas. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

viernes, 19 de enero de 2018

«Perdonar y amar, incluso a los enemigos». Un pequeño pensamiento para hoy

El capítulo 24 del primer libro de Samuel —en la lectura continuada que la liturgia de la palabra está haciendo en estos días— contemplamos a un David que continúa huyendo, acosado, pudiéramos decir, permanentemente por Saúl. Seguramente que este período de prueba tan terrible en la vida de David, forjó su carácter llevándolo a pasar de ser un tímido pastor de ovejas a convertirse en un hombre fuerte, un hombre de Dios que gobernaría sobre su pueblo. El capítulo 24 nos cuenta, entre otras cosas, que David cortó la punta del manto de Saúl en una cueva en el lugar llamado: «Las Cabras Monteses», pero le salvó la vida. Con este acto, mostró su inocencia y dejó en claro que respetaba al que había sido ungido como rey de Israel. Saúl reconoció entonces su falta y recibió un juramento de David, de que su descendencia no sería exterminada. La actitud de David demostró que él respetaba el carácter divino del oficio del rey, aunque no tuviese la misma consideración por él como hombre.

El tema de los enemigos incómodos es bastante delicado y hoy la liturgia nos da la posibilidad de meditar en él. Amar a aquellos que nos han herido no es una opción para el discíplo¬–¬misionero, es toda una empresa a desarrollar. «Y este es su mandamiento: Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos unos a los otros, como él nos lo ha mandado.» (1 Jn 3,23). «Esto es lo que les mando: Que se amen los unos a los otros» (Jn 15,17). Hay quienes dicen no tener enemigos, pero a mí, que tanto me gusta leer, nunca me ha tocado ver un libro que explique cómo se pasa por esta vida, antes de llegar a la eternidad, sin tener, aunque sea, una sola persona que esté en contra o contra uno. Los celos, la envidia, la competencia... cosas como estas explican interrupciones de planes, dolores de cabeza, cambio de rumbos, en fin. Está claro que por lo menos cada cristiano enfrentamos a un enemigo en Satanás. Jesús nos dice que él es el enemigo que siembra la cizaña en nuestras vidas. (cf. Mt 13,39). Del mismo modo, san Pedro nos advierte ese enemigo que no tolera encontrar corazón lleno de paz interior: «Sean sobrios y velen; porque su adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar» (1 Pedro 5,8).

La única manera de vencer a Satanás y a sus secuaces, la única forma de poder ver a los enemigos de carne y hueso con ojos diferentes, es dejarse alcanzar por Jesús en su Evangelio, en la oración, en una visita al Sagrario, en la participación de la Santa Misa escuchando que él nos llama por nuestro nombre porque quiere que seamos como él. Decía la beata María Inés: «En el cumplimiento del Evangelio se encierra la perfección de la santa vida que hemos abrazado. Si lo observáramos perfectamente, llegaríamos a ser una copia fiel de Jesús» (Estudio sobre la Regla y el Evangelio, f. 697). Y hoy, en el Evangelio, leemos el hermoso y comprometedor texto de la llamada de Jesús a los apóstoles (Mc 3,13-19), aquellos hombres que siguiéndole muy de cerca lograron ser «una copia fiel» para hacer que, con quienes les fueran siguiendo e imitando a ellos, se transmitiera la Buena Nueva hasta nuestros días. Sólo así, con un amor entrañable a Jesucristo, es como se puede vivir perdonando y amando incluso a los enemigos más acérrimos que pudiera haber. Viene a mi mente ahora la serenidad del corazón de María en el recorrido de Jesús por la Vía Dolorosa y me pregunto: ¿Qué sentiría el corazón materno de María al ver tratado así a su Hijo? ¿Qué pensamientos atravesarían su alma recordando aquello que le había dicho muchos años antes el viejo Simeón? ¿Qué pensaría de cada uno de aquellos enemigos de Cristo que truncaban el ser y quehacer del Dios Hombre entre nosotros? En el corazón de María no había espacio para nada más que aquel «fiat» que había pronunciado desde la Anunciación y que abrazaba a todos los amigos y enemigos de su Hijo Jesús que nos manda a amar a su estilo, haciendo tres cosas: Bendiciendo, haciendo el bien. y orando por los amigos y por los enemigos: «…Amen a sus enemigos, bendigan a los que los maldicen, hagan el bien a los que los aborrecen y oren por los que los ultrajan y los persiguen» (Mt 5,44). ¡Feliz viernes!

Padre Alfredo.

lunes, 2 de octubre de 2017

«RESCÁTAME, SEÑOR»... Una sencilla oración que suele rezar el Papa Francisco


Señor, me he dejado engañar,
de mil maneras escapé de tu amor,
pero aquí estoy otra vez para
renovar mi alianza contigo.
Te necesito.

Rescátame de nuevo, Señor,
acéptame una vez más entre
tus brazos redentores.
Amén.

domingo, 17 de septiembre de 2017

«SOLTAR LAS AMARRAS»... Un pequeño pensamiento para hoy

Jesús nos invita este domingo a «soltar amarras» (Mt 18,21-35). El Hijo de Dios, el Señor del Perdón nos pide que perdonemos siempre, que no guardemos en nuestro corazón ninguna clase de rencor ni agravio. Él nos llama a «soltar las amarras» abriendo nuestro corazón a la paz interior, a la alegría de ser hijos de Dios y al amor de vivir como hermanos. Y todo eso viene a nosotros cuando perdonamos, cuando caminamos en una dinámica misericordia y compasión. Pedro se acerca a Cristo y le habla con confianza, le pregunta con sencillez: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?» (cf. Mt 18,21). Pedro pone como medida el perdonar siete veces porque tal vez pensó que se quedaba corto, pues difícilmente se ofende a alguien siete veces y otras tantas se le pide perdón. Pero el Señor, de modo inesperado, le invita a «soltar amarras», multiplicándole por mucho aquel número. En realidad, aquello equivalía a un perdonar siempre, por muy grande que fuese la ofensa recibida. Pues si Cristo nos perdona las ofensas, cómo no vamos nosotros a perdonar las ofensas que nos hagan. Este, sabemos, es un punto clave del mensaje cristiano.

Yo creo que todos hemos tenido la experiencia de haber ofrecido el perdón y, a la vez, quedarnos con una sensación de fracaso. Como si aquel que perdona y olvida, es el que da su brazo a torcer. Pero Jesús nos enseña que la grandeza del hombre está en su capacidad de perdonar. El secreto de esto está en cerrar los ojos y abrir el corazón. Cuando se vive íntimamente unido a Cristo, no hay obstáculo insalvable ni ofensa gigantesca. Si muchas heridas permanecen abiertas (en las familias, en la sociedad, en la iglesia, en las comunidades, parroquias, política, etc.,) es en parte porque nos falta vivir esa intimidad. ¡Y lo digo empezando por mí! Por esa falta de comunión íntima con el buen Jesús que nos invitará siempre a «soltar amarras». Qué bueno sería que no nos miráramos demasiado a nosotros mismos, para no asustarnos al ver la miseria, y que bueno sería que no dejáramos tirados en la cuneta a quienes han hecho tanto por nosotros y que han presentado alguna falla, o cometido algún error que nos afecta. Apostar por la familia, por la Iglesia, por la comunidad, por la parroquia, por ser católicos (universales) nos exige y nos empuja a remar mar adentro, «soltando amarras» y buscando la misericordia y la compasión del Señor para nosotros mismos y para los demás. 

La deuda de «muchos millones» de la que habla Mateo era grandísima. La deuda de poco dinero no era casi nada. No existe medio de comparación entre los dos deudores (Mt 18,23-34). Aunque el deudor con todo y su mujer y sus hijos fuesen a trabajar la vida entera, jamás serían capaces de liquidar el adeudo. Ante el amor de Dios, que perdona gratuitamente nuestra deuda, es nada más que justo el que nosotros perdonemos al hermano una deuda insignificante... ¡setenta veces siempre! ¡El único límite a la gratuidad del perdón de Dios es nuestra incapacidad de perdonar al hermano! (Mt 18,34; 6,15). El perdón es la perfección de la caridad. Nos cuesta mucho, porque requiere que venzamos nuestro orgullo y que seamos humildes, que «soltemos amarras». Pero solamente así podemos ser sus discípulos–misioneros y lanzarnos mar adentro, en el mar de su misericordia. El que no sabe perdonar no ha conocido todavía la plenitud del amor. No debemos preocuparnos por la correspondencia del otro si hemos hecho lo que estaba de nuestra parte. Cada uno es diverso y, por lo tanto, cada uno dará cuentas a Dios de lo que haya hecho con su vida y con sus acciones. María es Madre del Dios que perdona y por eso podemos decir que ella es Madre del perdón. A los pies de la cruz, María vio a su Hijo ofrecerse totalmente a sí mismo y así dar testimonio de lo que significa amar como Dios ama «sin amarras». En aquel momento escuchó a Jesús pronunciar palabras que probablemente nacían de lo que ella misma le había enseñado desde niño: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc. 23,34). ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

jueves, 14 de septiembre de 2017

«Los enemigos»... Un pequeño pensamiento para hoy

El ser humano no vive en una burbuja de cristal, sino que tiene que vérselas todos los días con la familia, los amigos, los vecinos, los compañeros de trabajo, los amigos y los enemigos. Cada nuevo día hemos de aprender a vivir nuevos momentos en las relaciones humanas y las dificultades que éstas conllevan desde la óptica del Reino. Cristo nos enseña que, el manejo de las relaciones humanas, es el termómetro de la santidad, esto es, del vivir plenamente como hijos de Dios. En medio de las relaciones de cada día, el discípulo-misionero no es alguien «de palo», es un ser que es tremendamente humano y lleno de sentimientos, un ser al que le duelen las agresiones de los otros, las críticas, las afrentas, los engaños, los fraudes, los robos, las acciones de los enemigos, porque es frágil y vulnerable. Sin embargo, lo que caracterizará el comportamiento del discípulo-misionero, enseña Cristo, es la iniciativa en el amor: un amor que salva, que hace el bien, que depone el sentimiento de desquite, de venganza, de odio... revirtiendo los sentimientos negativos y las agresiones de los otros en impulsos de amor, como dicen los versículos 27 y 28 del capítulo 6 de san Lucas: «Amen a sus enemigos»... «Hagan el bien a los que los odien»... «Bendigan a los que los maldigan»... «Rueguen por los que los difamen»... 

En tiempos de Cristo sonaba e imperaba la llamada «Ley del talión»: Ojo por ojo, diente por diente. Entonces, esta ley se veía, no como una cuestión de venganza, sino como un modo eficaz de frenar la violencia y de poner límite a la venganza, para que el castigo nunca fuera mayor que la ofensa. Pero Cristo viene a proponer otro camino, en el Reino de Dios sólo deben brillar el amor y el perdón: «¡Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso!» (Lc 6,36). Los que siguen a Jesús han de ser unos luchadores enérgicos y sin descanso contra toda injusticia y desigualdad. Pero, han de hacerlo sin odio, sin venganza. Más aún, perdonando y amando a los enemigos, a los que nos odian o nos desean mal, a los que nos injurian, a los que nos maltratan, a los que nos critican y se burlan de nosotros. El amor generoso, la misericordia del Padre manifestada hacia nosotros en Jesús, nos ha de llevar a ser siempre instrumentos de amor, paz y perdón, pero... ¡cuidado!, que perdonar al enemigo no es quedarse como un pobre hombre derrotado o una persona «apachurrada», sin dignidad. El señor Jesús perdonó al que le dio la bofetada. No respondió con otro golpe ni con una maldición. Pero, a quien le golpeó, le hizo una corrección evangélica con amor y serenidad: «Si he obrado mal, demuéstrame en qué; pero, si he hablado bien, ¿por qué me pegas?» (Jn 18,23).

Amar al enemigo significa entonces, reconocer en primer lugar que en el día a día existen relaciones problemáticas, difíciles; enemistades y enemigos; y que, en segundo lugar, hay que romper con la lógica humana de la devolución del golpe (generalmente acrecentada en nuestro mundo de hoy), para desestabilizar la estructura de la enemistad y abrir alguna rendija para una relación diferente, tal vez distante, fría, pero de respeto, como la de Cristo con el que lo golpeó. Jesús no nos pide que seamos medio mensos y nos traguemos todo tipo de injusticias. No somos tontos, reconocemos al enemigo como tal, pero somos invitados a arrebatarle su lógica. Cuantas veces el mismo Cristo, sin decir nada, pasó por en medio de sus enemigos sin insultar o buscar regresar el mal recibido en los ataques, las agresiones y las supuestas exigencias (cf. Lc 4,30). Sólo una respuesta como la de Cristo, contrastando con el esquema común, puede quebrar la espiral de la violencia en el mundo. Con ello, se hace un anuncio del reino que ha de venir y que ya llegó con Jesús. El amor no puede depender de lo que recibimos del otro. El verdadero amor tiene que querer también el bien del otro, independientemente de lo que él o ella hagan por mí... «Hijo, no tienen vino», le dijo María a Jesús (Jn 2,3). El amor tiene que ser creativo, pues así es el amor de Dios para nosotros: «¡Sean misericordiosos como el Padre celestial es misericordioso!» Acompañemos hoy jueves a Jesús en la Eucaristía en Misa y en Adoración y como amigos de Él con María, podemos amar a su estilo.

Padre Alfredo. 

jueves, 17 de agosto de 2017

«Hasta setenta veces siete»... Un pequeño pensamiento para hoy


Jesús enseña en el Evangelio, que hay que perdonar. Y habla de perdonar al hermano en todo, no de perdonar algún tipo de falta en específico. El perdón que exige el Maestro no depende del tipo de falta o la gravedad de la misma. No se puede perdonar más o menos. O sí, o no, sino simplemente «perdonar». Ello nos exige ser compasivos con los demás como el Padre es compasivo con nosotros (cf. Lc 6, 36-38). El Evangelio habla de «perdonar setenta veces siete» (cf. Mt 18,21-35.19,1) y eso quiere decir «siempre», en todas las ocasiones y todas las veces que se nos pida, porque Dios mismo perdona y da una nueva oportunidad siempre. «¡Hasta setenta veces siete!» (Mt 18,22). A veces decimos que hay que esperar a que el tiempo nos haga olvidar los malos recuerdos, esperando que las cosas se borren de la memoria.


Eso no sería perdonar, sino enterrar, y es tener dentro de nosotros una especie de cadáver que ocupa espacio y perturba. Jesús en su enseñanza y en su exigencia va más allá, se trata de perdonar, de poder recordar a esa persona con compasión, con misericordia, sin odio ni deseos de venganza, porque ciertamente no se le puede olvidar, ni a ella ni al momento, sino ponerla en la mente y en el corazón en el lugar que le corresponde, el de la misericordia. La Iglesia, como Madre y Maestra, sabe lo que esto cuesta, por eso nos ofrece algo que no es patrimonio únicamente de la Cuaresma; cuando no podamos perdonar, los sacrificios, los ayunos y todos los momentos de oración, se hacen «camino hacia el perdón», un intento de disponer nuestro interior para poder dar el paso del perdón. Pienso en la pregunta limitante que hace Pedro (Mt 18,21) y en la respuesta generosa de Jesús (Mt 18,22).

¡Qué claro y exagerado contraste desarrolla Jesús ayudándose de la parábola del siervo despiadado! (Mt 18,23-35) Medito en mi disposición a perdonar de corazón y en el anhelo permanente de ser perdonado y me vienen preguntas: ¿A quién debo perdonar de corazón y aún no lo he hecho? ¿Le pongo límites a mi perdón? ¿Soy tolerante y generoso con el perdón que espero recibir y con el que estoy dispuesto a dar? El amor de Cristo es suficiente no sólo para salvarnos de nuestros pecados, sino para aún perdonarnos y darnos, con el sacramento de la reconciliación, la garantía de que la presencia del pecado será erradicada de nosotros. Así que tenemos una pregunta pasada, una respuesta presente y una redención futura que ha de ser manifestada a plenitud. Dios nos perdona cada vez que vamos a él arrepentidos y nos confesamos. ¡Porque su gracia es mayor que las cuentas matemáticas que podamos hacer desde nuestra mezquindad!... Aprovecho para pedir perdón, otorgar mi perdón y para invitarles a vivir intensamente este Jueves agradeciendo el don que recibimos en el sacramento del perdón.

Padre Alfredo.

sábado, 15 de abril de 2017

ACTO DE CONTRICIÓN... Breve y sencillo

Señor mío,
me arrepiento de mis pecados
con todo el corazón.
De haber escogido hacer el mal 
y no hacer el bien.

He pecado contra Ti
a quien debo amar
sobre todas las cosas.

Propongo con tu ayuda
hacer penitencia,
nunca más pecar y evitar
todo lo que me lleve
a hacer el mal.
Amén.

sábado, 17 de diciembre de 2016

Un buen examen de conciencia con los diez mandamientos...


¿Cómo puedo hacer un buen examen de conciencia?

1) Se comienza pidiendo al Espíritu Santo luz para recordar cuáles son los pecados que más le están disgustando a Dios.

2) Se puede hacer repasando los diez mandamientos para saber qué faltas se han contra ellos.

Los Diez Mandamientos de la Ley de Dios son:

PRIMERO:
Amarás a Dios sobre todas las cosas.

SEGUNDO:
No tomarás el Nombre de Dios en vano.

TERCERO:
Santificarás las fiestas.

CUARTO:
Honrarás a tu padre y a tu madre.

QUINTO:
No matarás.

SEXTO:
No cometerás actos impuros.

SÉPTIMO
No robarás.

OCTAVO:
No darás falso testimonio ni mentirás.

NOVENO:
No consentirás pensamientos ni deseos impuros.

DÉCIMO:
No codiciarás los bienes ajenos.

Los primeros tres mandamientos tienen que ver con nuestra relación con Dios, mientras que los últimos siete rigen nuestra relación con el prójimo. El amor que le tenemos al prójimo es meramente una extensión o una expresión de nuestro amor a Dios. Si no veo al otro en relación con Dios, es decir, como perteneciente a Él, no pasará mucho tiempo antes de que comience a amarlo principalmente por lo que él hace por mí. Sólo cuando lo veo desde el punto de vista de Dios puedo amar a mi prójimo por su bien, y no por mi propio bien, porque Dios amó a cada una de las personas que existen por su bien.

El examen puede hacerse así:

PRIMER MANDAMIENTO:
Sin importar la forma que tome, la violación del primer mandamiento, que es el pecado de la idolatría, no es más que egolatría; dado que la búsqueda del poder y del dinero como meta principal es, en definitiva, la búsqueda de uno mismo como centro de la propia vida.

¿Realmente ocupa Dios el primer lugar en mi vida o lo hago a un lado? ¿Me acuesto o me levanto ordinariamente sin rezar? ¿Me avergüenzo de aparecer como creyente ante los demás? ¿He creído en supersticiones, por ejemplo; amuletos, sales, brujas, lectura de cartas o de humo de cigarro, de café o recurro a espiritistas? ¿He blasfemado? ¿Le doy al poder o al dinero el primer lugar entre mis intereses?

SEGUNDO MANDAMIENTO:
La forma principal de violar este mandamiento es jurar utilizando el nombre de Dios: «... te lo juro por Dios santo que me ayude" (invocando a Dios como testigo de que se está diciendo la verdad) y luego mentir. Eso es jurar en falso.

¿He dicho el Nombre de Dios sin respeto y por cualquier tontería? ¿He puesto a Dios de testigo de algo que luego no he cumplido? ¿He mencionando el nombre de Dios en forma frívola, sin ningún tipo de reverencia?

TERCER MANDAMIENTO:
Para los miembros de la Iglesia Católica, como Cristo resucitó de entre los muertos un domingo, el día santo comienza el sábado por la tarde y continúa a lo largo de todo el domingo. El domingo está apartado de los demás días como un día de adoración y contemplación, dedicado al Señor. La cultura occidental ha perdido el sentido de esta noción del domingo como día santo. El consumismo se ha transformado en la nueva religión y los centros comerciales se han convertido en nuevas iglesias, así, el pecado más grave contra este mandamiento es el no vivir el di¡omingo como día dedicado al Señor.

¿He faltado a misa los domingos y fiestas obligatorias (1 de Enero, Corpus Christi, Virgen de Guadalupe y 25 de diciembre? ¿Cuántas veces? ¿Cuántos domingos voy a misa cada mes?

CUARTO MANDAMIENTO:
El no ver por nuestros padres en la mayor medida que podamos, es la falta más grave contra este mandamiento. Estamos llamados a honrar a nuestros padres y a quienes, en nuestro diario vivir, representan una autoridad.

¿He desobedecido a mis padres o autoridades competentes? ¿No les he querido ayudar? ¿Los he tratado mal? ¿He perdido el tiempo en vez de estudiar o trabajar? ¿Me he burlado de quienes para mí representan autoridad?

QUINTO MANDAMIENTO:
El valor de la vida y por consiguiente de la persona humana no puede calcularse en base a su utilidad, ya que ello implicaría reducirla a un mero instrumento. La diseminación de esta mentalidad utilitaria en la cultura trae aparejado un aumento en el número de asesinatos directos e indirectos (aborto, infanticidio, eutanasia, fraude, asesinato de reputaciones, indiferencia hacia los enfermos, los que sufren y los pobres, etc.) El pecado contra este mandamiento es negar la vida o atacarla conscientemente.

¿He deseado que a otros les vaya mal? ¿He peleado? ¿He dicho maldiciones o groserías que ofenden a mi prójimo? ¿Tengo resentimientos contra alguna persona y no le quiero perdonar? ¿No rezo por los que me han tratado mal? ¿Me he burlado de alguien? ¿He puesto sobrenombres? ¿He tratado con dureza? ¿He dicho palabras ofensivas e hirientes? ¿He hablado mal de otras personas? ¿He contado lo malo que han hecho o lo que dicen de ellos? ¿He escandalizado? (o sea, ¿he enseñado lo malo a los que no lo saben?) ¿Cuántas veces? ¿Me he aprovechado de los más débiles para golpearlos o humillarlos? ¿Me he practicado o he participado en un aborto? (El pecado del aborto causa excomunión*).

SEXTO MANDAMIENTO:
La sexualidad es un don que Dios ha dado al ser humano. El acto de la unión sexual es una expresión de la unión del hombre y la mujer en una sola carne. El acto de infidelidad a Dios, en este mandamiento, reduce la vivencia de la sexualidad a un mero instrumento de placer. El pecado contra este mandamiento incluye, dentro de su alcance, a toda otra actividad sexual que se practique fuera de los designios naturales que Dios ha marcado, por eso la masturbación y la práctica de la homosexualidad son pecados graves.

¿He mirado películas impuras, o revistas pornográficas o escenas impuras en Internet o por televisión? ¿He dicho o celebrado chistes malos? ¿He hecho acciones impuras conmigo mismo o con algunas personas? ¿Tengo alguna amistad que me hace pecar? ¿Estoy a favor del mal llamado «matrimonio igualitario»? ¿Recurro a la masturbación? ¿Practico o estoy de acuerdo con relaciones homosexuales?

SÉPTIMO MANDAMIENTO:
Todos tenemos derecho a los bienes que necesitamos para vivir, pero esos bienes deben comprarse y la primera medida que debemos tomar para comprar esos bienes consiste en desarrollar nuestra capacidad para generar las riquezas necesarias (es decir, bienes y/o servicios). Robar es tomar un bien que por legítimo derecho le pertenece a otra persona. Esa conducta viola la justicia.

¿He robado? ¿Cuánto vale lo que he robado? ¿Pienso devolverlo o dar eso a los pobres? ¿He devuelto lo prestado? ¿He tenido pereza en cumplir los deberes? ¿He cobrado de más al prestar algún servicio? ¿Me he quedado con cambio que me han dado de más? ¿He cometido algún fraude? ¿Si tengo personas a mi cargo, les pago lo justo?

OCTAVO MANDAMIENTO:
La mentira es una violación inmediata de la «integridad» de alguien o de algo; dado que existe una separación entre lo que aparece en las palabras del mentiroso y lo que está en su mente. A pesar de que la verdad está en su mente, no lo está en sus palabras. Si nuestras palabras están cada vez más unidas al contenido de verdad que está dentro de nosotros y cada vez más llenas de dicha verdad, nos pareceremos cada vez más a Dios. Cuanto más vacías de ese contenido estén nuestras palabras y cuanto más se utilicen para expresar una falsedad en vez de lo que tenemos dentro seremos cada vez más diferentes a Dios. El único remedio contra la mentira es un compromiso que la excluya por completo, para siempre, en todo lugar y bajo cualquier circunstancia.

¿He dicho mentiras? ¿He inventado de otros lo que no han hecho o dicho? ¿He hecho trampas en negocios o estudios? ¿He creído que Dios no me va a ayudar? ¿Me he habituado a vivir en un mundo de mentira presumiendo lo que no soy o lo que no tengo? ¿Celebro las mentiras de los demás y sigo la corriente?

NOVENO MANDAMIENTO:
El corazón es la sede de la personalidad moral: «de dentro del corazón salen las intenciones malas, asesinatos, adulterios, fornicaciones» (Mt 15, 19). La lucha contra la concupiscencia de la carne pasa por la purificación del corazón, por eso es tan importante este mandamiento. La «permisividad de las costumbres» es el pecado que va contra este mandamiento, porque se basa en una concepción errónea de la libertad humana que, para llegar a su madurez, necesita dejarse educar previamente por la ley moral. Es necesario auto-formarse en las cualidades del corazón y de la dignidad moral y espiritual del ser humano para no faltar.

¿He detenido en mi cerebro por varios minutos pensamientos o deseos impuros? ¿He codiciado la mujer o el esposo de mi prójimo?  ¿He mirado a un hombre a una mujer de manera impura? ¿He vivido el  pudor de los sentimientos como también un pudor del cuerpo, de acuerdo al momento y espacios como se requiere?

DÉCIMO MANDAMIENTO:
Codiciar significa tener un deseo desordenado de algo o alguien. Quién codicia está insatisfecho con lo que tiene; o más específicamente, con lo que es. El pecado se suscita aquí porque nos amamos demasiado a nosotros mismos y por eso debemos pasar el resto de nuestras vidas trabajando para ir disminuyendo la intensidad de ese amor desmesurado hacia nosotros mismos con el objeto de ir aumentando cada vez más el amor a Dios. Codiciar es un signo de que falta mucho por hacer, es un indicio de que hay que superar nuestras limitaciones naturales, ser más de lo que somos. Y esa es la raíz de el pecado de la codicia y de muchos otros en este mundo; nos amamos demasiado a nosotros mismos y no tanto a los demás. 

¿He codiciado los bienes ajenos? ¿He sido envidioso deseando lo que no es mío? ¿He sido avaro? ¿He comido más de lo que necesito? ¿He sido orgulloso, vanidoso o soberbio? ¿Me la paso pensando en lo que hacen los otros sin valorar y dar gracias por lo que yo soy y hago? ¿Tengo envidia de posiciones o puestos que ocupan los demás?

¿Qué otras preguntas me puedo hacer al examinar mi conciencia?

¿Cuáles son las faltas que más cometo y repito? ¿Cuáles serán las causas por las cuales cometo esos pecados de forma repetitiva? Por ejemplo: Soy muy flojo: ¿Por que será? ¿será que no descanso bien? ¿Será que me entretengo en pequeñeces y pierdo el tiempo o no rindo lo suficiente? Soy muy enojón: ¿Por qué será? ¿Será que quiero que todos piensen como yo? ¿Será que exijo demasiado? ¿Será que tengo un problema interno que no he resuelto? ¿Será que me preocupo demasiado como si Dios no cuidara de mí y no me fuera a ayudar? ¿Será que no me conformo con lo que Dios permite que me suceda?

Otros ejemplos: Hablo mal de los demás y critico: ¿Por qué será? ¿Será que vivo juzgando a los otros olvidando lo que dijo Jesús: «no juzguen y no serán juzgados, no condenen y no serán condenados» (Mt 7,1), o será que trato con personas murmuradoras que me contagian de su murmuradera? Me vienen pensamientos o deseos impuros: ¿Por qué será? ¿será que veo cosas impuras o malas en Internet o Televisión, o veo pornografía o no hago bastante ejercicio físico?

Otra pregunta que nos podemos hacer: ¿Cuál será el pecado mío que más le está disgustando a Dios? Si Cristo se me apareciera a ofrecerme quitarme un pecado, ¿Cuál le pediría que me quitara? ¿Qué voy a hacer para tratar de no cometer ese pecado?

¿Qué es arrepentirse de los pecados?


Arrepentirse de los pecados es sentir tristeza o pesar de haber ofendido a Dios que es tan bueno y por haber hecho, pensado o dicho lo que nos hace daño a nosotros mismos o a los demás.


Terminar haciendo un breve acto de contrición que puede ser:

«Dios mío me pesa haberte ofendido porque eres tan Bueno, perdóname, no quiero ofenderte más».



Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

Misionero de la Misericordia

* El Canon 1398 del Código de Derecho Canónico menciona que «una persona que realiza un aborto exitoso, incurre en la excomunión automática»(latae sententiae). Esto significa que en el mismo momento en que el aborto es consumado exitosamente, la mujer y todos los participantes son excomulgados. La excomunión es la expulsión, permanente o temporal, de una persona de la Iglesia. Durante el período de la excomunión, el afectado sigue formando parte de la comunidad, pero debe cumplir sentencia de ahí el nombre de la misma, del latín ex communicatio[ne] latae sententiae. La Iglesia cuenta con normas para la excomunión o el trato con los excomulgados y ordinariamente no cualquier sacerdote puede perdonar esta falta. El Papa Francisco ha dado autorización, desde el Año de la Misericordia, a todo sacerdote para perdonar este pecado y ayudar a quienes están excomulgados por lo mismo, a regresar a la Iglesia cumpliendo la debida penitencia.

viernes, 9 de septiembre de 2016

EL JUBILEO DE LA MISERICORDIA SIGUE AVANZANDO... ¿Cómo lo estamos viviendo?


Santa Faustina Kowalska, escuchando la voz del Señor escribió en su diario lo que el mismo Cristo le decía: «La humanidad no tendrá paz, hasta que torne  con confianza a Mi Misericordia» (Diario No. 1074). El Papa Francisco, decidió convocar un Jubileo extraordinario que colocara en el centro la Misericordia de Dios: «Será —dijo el Papa— un Año Santo de la Misericordia».

El misterio de la fe cristiana, parece haber encontrado su síntesis en esta palabra: «MISERICORDIA». Ella se ha vuelto viva y visible y ha alcanzado su culmen en Jesús de Nazareth. Quien lo ve a Él ve al Padre (cf. Jn 14,9). El Señor Jesús, con su palabra y con sus obras y con toda su persona en general, revela la misericordia de Dios.

Siempre hemos tenido necesidad de contemplar el misterio de la misericordia, pero, este Año Jubilar, el Señor ha estado grande. Hemos podido volvernos a adentrar, de una manera personal, en la Iglesia y en el muno entero, en este misterio insondable de Dios Amor, fuente de alegría, de serenidad, de paz y a la vez, condición necesaria, para nuestra salvación. Bien dice san Juan de la Cruz que «al atardecer de nuestras vidas, seremos juzgados en el amor».  Cuando nos encontremos cara a cara con Dios, Él no nos preguntará cuánta riqueza acumulamos, cuántos títulos profesionales tuvimos, cuántas propiedades compramos sino cuán misericordiosos fuimos amando sin medida. La misericordia es la ley fundamental que habita en el corazón cuando uno mira con los ojos de la fe al hermano que encuentra en el camino de la vida, es la vía que une a Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados, no obstante el límite de nuestro pecado. ¡Busquemos la reconciliación con Dios y con nuestros hermanos! ¡Frecuentemos los sacramentos! ¡Re-estrenemos nuestra fe!

Al atardecer de nuestras vidas Dios nos preguntará cuánto hemos amado a los demás, cuánto dimos de nosotros mismos, cuánto superamos nuestro egoísmo y salimos de nuestro egocentrismo para ayudar a los demás, cuánto fuimos capaces de mirar el corazón de la otra persona para entenderla y comprenderla, cuánto explotamos nuestra capacidad de amar que fue dada a cada uno en mayor o menor medida. El Papa Francisco, con este año Jubilar nos deja un anhelo que se hace tarea para todos: «¡Cómo deseo que los años por venir estén impregnados de misericordia para poder ir al encuentro de cada persona llevando la bondad y la ternura de Dios! A todos, creyentes y lejanos, pueda llegar el bálsamo de la misericordia como signo del Reino de Dios que está ya presente en medio de nosotros». (MV 5).

Este Jubileo de la Misericordia va que vuela. Vivimos en un tiempo en el que, con la tecnología, que avanza tan rápidamente, la humanidad se ha alejado de Dios y ha caído en las garras del pecado y la oscuridad. El hombre necesita volverse al rostro misericordioso de Dios y ser expresión de su amor. El Papa Francisco reconoce que no se puede “dejar las cosas como están” y pide a todas las comunidades una “conversión pastoral y misionera” (EG 25). El hombre de hoy necesita seguir escuchando que hay esperanza; que Dios en su Misericordia quiere que todos se salven pero la única condición es el cambio de corazón; el reconocer los pecados y con un profundo arrepentimiento volver a Dios y alejarse del mal.

El Año Santo se abrió el 8 de diciembre de 2015 cuando celebramos la solemnidad de la Inmaculada Concepción, porque el papa nos invitó a recordar que después del pecado de Adán y Eva Dios no quiso dejar a la humanidad en soledad y a merced del mal. La misericordia siempre será más grande que cualquier pecado y nadie podrá poner un límite al amor de Dios que perdona. Este año se concluirá en el ya cercano mes de noviembre, con la solemnidad litúrgica de Jesucristo Rey del Universo el día 20. Ese día, cerrando la Puerta Santa (que se ha multiplicado al haber varias Puertas Santas en todas las diócesis del mundo), el Papa nos ha invitado a guardar en el corazón un profundo sentimiento de gratitud y reconocimiento hacia la Santísima Trinidad por habernos concedido un tiempo extraordinario de gracia. A estas alturas cabe preguntarnos: ¿Cómo he vivido este Jubileo? ¿Qué huellas va dejando en mi corazón? Como ama el Padre así aman los hijos. Como Él es misericordioso, así estamos llamados los unos con los otros a ser misericordiosos.

Constantemente, el hombre y la mujer de fe, buscando la Misericordia de Dios recurrimos a María, la Virgen misericordiosa. María, objeto preferencial de la misericordia de Cristo, es también la llena de gracia, de toda la gracia que necesita para ser la Madre de Dios, Madre-Virgen. Ella, la Madre del perdón en el amor, y del amor en el perdón, está al servicio de la Misericordia de nuestro Dios. 

No perdamos el tiempo, porque el Año Jubilar se acaba, se nos puede ir de las manos... Acojámonos a la misericordia maternal de María en nuestra debilidad: «Bondadosa Madre de la Misericordia, Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa del Espíritu Santo, noble descanso de la Santísima Trinidad; elegida del Padre, preservada por el Hijo y amada del Espíritu Santo… Tú eres en las cosas dudosas nuestra luz; en las tristes das consuelo; en las angustias alivio, y en los peligros y tentaciones fiel socorro, eres paraíso de gracia y espirituales dones. Bienaventurados los que de veras te aman y sirven, y por los que por santidad de vida se hacen siervos y devotos tuyos, a tu piedad, pues, recurro, Reina y Señora mía, para que me enseñes, gobiernes, y defiendas en todas las horas y momentos de mi vida; Te suplicamos humildemente que nos alcances de la Majestad divina la gracia que hoy te pedimos, si conviene para el bien de nuestra  alma y si no conviene, Tú como abogada nuestra, dirige nuestra  voluntad sólo a lo que sea honra y gloria de Dios, y salvación de nuestra alma». Amén.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

miércoles, 23 de marzo de 2016

Una reflexión para el Miércoles Santo...

"... y les dijo: «¿Cuánto me darán si se lo entrego?»" (Mateo 26,14-25). 


Judas se fue en busca de los jefes del pueblo judío y les dijo: "¿Qué me dan si se los entrego?". Ellos se alegraron y prometieron darle dinero. Judas sigue apareciendo como el protagonista de la liturgia de los tres primeros días de la Semana Santa: el Evangelio siempre habla de él. Y Judas está presente también en el cenáculo. 

La presencia de Judas en medio de los doce, en torno a la mesa de Jesús, es, indudablemente, el hecho más inquietante entre los hechos, todos inquietantes, que se condensan en vísperas de la pasión del Señor. Es la presencia del enemigo entre los amigos, del que golpea en el momento y lugar en que se precisa la confianza, porque nadie puede ya defenderse con ninguno. 

Jesús no ignora esta presencia, no la pasa por alto; pero, a la vez, no descubre a Judas, no le acusa, no discute con él, no trata de defenderse. No calla a propósito de dicha presencia, para hacerse también presente a él hasta el final. Los doce, sin embargo, tratan de descubrir quién es el que de ellos miente: y en esta tentativa sucumben y caen en la antigua ley de la sospecha recíproca generalizada, de la acusación, de la división. Puede decirse que, por parte de Jesús, no hay ninguna condena, sino el ofrecimiento de una amistad. Es Judas solo el que se condena al rehusar la tentativa de su amigo. Por otra parte, Jesús estaba suficientemente habituado a "comer con los pecadores", como se le ha reprochado a menudo: y esta tarde, no menos que otras veces, no ha rechazado a un pecador... es Judas quien se ha separado de Él.

De la desconfianza, de la sospecha, de actos como esos nace siempre la crisis de la relación fraterna y de comunión: del temor de ser traicionados, del temor de que otro se aproveche, de la pretensión imposible de poner a prueba y verificar las intenciones del otro. No existe otra manera de vencer al traidor que entregarse en sus manos y poner en manos de Dios la propia causa. Pensemos en cuántos desavenencias, cuántas ofensas, cuántas prepotencias, se esconden en nuestra vida por la sospecha. Para sentarse en torno a la mesa de Jesús es preciso fiarse uno de otro sin pensar en el precio que puede costar esta confianza.

Ahondar en la traición de Judas nos puede este día traer la ventaja de que nos remueve el fondo de traición que todos llevamos dentro y nos enfrenta con lo más sucio de nuestro interior. Toda traición hay que ligarla a un proyecto. En la medida en que alguien deje de estar de acuerdo con el proyecto en el que venía o se creía comprometido, no tiene inconveniente en traicionarlo. Judas comenzó a falsearse en pequeños asuntos, en detalles insignificantes, y haciendo de la lado el proyecto inicial se fue haciendo mañoso; y el que falló en lo poco se fue haciendo indigno de lo grande, y llegó hasta lo impensable, lo inaudito. Quién lo iba a decir, si eran nimiedades. Y sin embargo, el fallo final es muy severo: “más le valdría no haber nacido”.

Por eso, entrar a ciegas en un proyecto o entrar en el mismo sin entender sus principios o su finalidad, es preparar traiciones en cadena. Aunque el proyecto de Jesús tiene un contenido divino, por reflejar la propuesta de Dios y por recibir de Él su fuerza, está sometido a las leyes del comportamiento humano. Dios no puede tocar la libertad, para evitar que su proyecto sea traicionado. Él acepta esta posibilidad. Tal es el precio de la libertad. Jesús aceptó estar sometido a la posibilidad de la traición. Piensa en tu honestidad, ante tu propia conciencia, ante Dios. ¿A qué das importancia? En cuestión de amor todo tiene su importancia; nada es despreciable. ¿Cuál es tu proyecto? ¿Concuerda con el proyecto de Jesús?. Es muy peligroso comenzar a trampear, porque no sabemos hasta dónde nos puede conducir la mala costumbre, el habituarnos a la mentira y la falsedad.

La traición de Judas y la reacción de Jesús, quedarán para siempre como una prueba del respeto por la libertad humana de parte de Dios, y una muestra de la malicia y de la astucia de que viene revestido todo intento de traición ausente de misericordia. La traición no ha estado ni estará ausente del cristianismo. Somos seres humanos. Pero la comunidad cristiana debe cuidar de que el proyecto de Jesús, ese proyecto de amor y misericordia, sea claro y explícito para todos sus participantes. Así no habrá sorpresas. El hecho de ser cristianos por herencia y no por lucha, traerá siempre el riesgo de no identificarse con las exigencias del Reino. Y cuando aparezcan los intereses personales o de grupo, necesariamente aparecerá la traición.

Un miembro de la Iglesia, sin la claridad que exige el proyecto de Jesús y sin procesos de asimilación del mismo, será una mina de traiciones, desilusiones y amarguras. Aunque justifiquemos la traición, frente a ella nuestra alma quedará siempre herida. La Eucaristía, no lo olvidemos, es también una comida en la que Jesús nos ofrece la comunión con Él para contagiarnos de su misericordia. Cada Misa que celebramos es un gesto de Jesús hacia los pecadores que somos nosotros, siempre que no nos excluyamos nosotros al rehusar su amor misericordioso.

Menos mal que nuestra dignidad no depende de nuestro personal valor, sino del don de Dios Padre. Menos mal que el precio de Jesús no está marcado por las treinta monedas. Menos mal que Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, no se dejó llevar por los acontecimientos, sino que fue capaz de convertir la traición en entrega libre. A Jesús no le quitaron la vida sino que la dio voluntariamente (Jn 10,18). De esa manera nos reconcilió con nuestro «Judas personal» y nos hizo comprender la inmensidad del amor de Dios que se manifestaba en su propia entrega.

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

martes, 22 de marzo de 2016

Para ganar la «Indulgencia Plenaria» en Semana Santa de cada año...


Jueves Santo:

1. Si durante la solemne reserva del Santísimo Sacramento, que sigue a la Misa de la Cena del Señor, recitamos o cantamos el himno eucarístico del "Tantum Ergo" ("Adorad Postrados").

2. Si visitamos por espacio de media hora el Santísimo Sacramento reservado en el Monumento para adorarlo.

Viernes Santo:

1. Si el Viernes Santo asistimos piadosamente a la Adoración de la Cruz en la solemne celebración de la Pasión del Señor.

Sábado Santo:

1. Si rezamos juntos el rezo del Santo Rosario.

Vigilia Pascual:

1. Si asistimos a la celebración de la Vigilia Pascual (Sábado Santo por la noche) y en ella renovamos las promesas de nuestro Santo Bautismo.

Condiciones:

Para ganar la Indulgencia Plenaria además de haber realizado la obra enriquecida se requiere el cumplimiento de las siguientes condiciones:

a) Exclusión de todo afecto hacia cualquier pecado, incluso venial.

b) Confesión sacramental, Comunión eucarística y Oración por las intenciones del Sumo Pontífice. Estas tres condiciones pueden cumplirse unos días antes o después de la ejecución de la obra enriquecida con la Indulgencia Plenaria; pero conviene que la comunión y la oración por las intenciones del Sumo Pontífice se realicen el mismo día en que se cumple la obra.

Es oportuno señalar que con una sola confesión sacramental pueden ganarse varias indulgencias. Conviene, no obstante, que se reciba frecuentemente la gracia del sacramento de la Penitencia, para ahondar en la conversión y en la pureza de corazón. En cambio, con una sola comunión eucarística y una sola oración por las intenciones del Santo Padre sólo se gana una Indulgencia Plenaria.

La condición de orar por las intenciones del Sumo Pontífice se cumple si se reza a su intención un solo Padrenuestro y Avemaría; pero se concede a cada fiel cristiano la facultad de rezar cualquier otra fórmula, según su piedad y devoción.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

El Viernes Santo 2016 coincide con el 25 de marzo, día de la Anunciación a María... Una invitación a reafirmar nuestro «Sí»

Este año, el Viernes Santo coincide con el día 25 de marzo, día en que ordinariamente se celebra la fiesta de la Anunciación. Esta coincidencia es un acontecimiento que no va más allá hacia cosas raras o extravagantes, sino simplemente a ayudarnos a profundizar más y a vivir más intensamente el valor del «SÍ» dado a la Voluntad del Padre. Para este año, la fiesta de la Anunciación se celebrará el 4 de abril.

En algunas partes y sobre todo por whatsapp, se ha hecho viral un mensaje del «Gran Perdón», una especie de devoción popular y no eclesial que incluso confunde fechas, pues dice que esta coincidencia se da cada 141 años, olvidando que en el año 2005, el Viernes Santo fue «25 de marzo» también.

No hay que olvidar que de por sí, que todos los viernes santos son días del perdón y teniendo en cuenta que 2016 es el año de la misericordia, el «Gran Perdón» de todos los pecados es cada día de este año litúrgico.

En el Calendario Litúrgico, hay celebraciones que, como la Pascua, son movibles, porque están seleccionadas de acuerdo al calendario judío que era regido por la luna. Así, la Pascua se celebra de acuerdo a la luna llena que ocurre después del equinoccio del 21 de marzo es el día 23 de marzo, de tal manera que, en este año 2016, el domingo de Resurrección se celebra el 27 de marzo, por lo que la Semana Santa ha empezado el Domingo de Ramos, 20 de marzo.

El Año litúrgico, en general, se fija a partir del ciclo lunar, es decir, no se ciñe estrictamente al año calendario. La fiesta más importante de los católicos coincide con la fiesta de la «pascua judía» o «Pesaj», misma que se realiza cuando hay luna llena. Se cree que la noche que el pueblo judío huyó de Egipto, había luna llena lo que les permitió prescindir de las lámparas para que no les descubrieran los soldados del faraón.

La Iglesia fija su Año litúrgico a partir de la luna llena que se presenta entre el mes de marzo o de abril. Por lo tanto, cuando Jesús celebró la Última Cena con sus discípulos, respetando la tradición judía de celebrar la pascua —el paso del pueblo escogido a través del Mar Rojo hacia la tierra prometida— debía de haber sido una noche de luna llena. Hecho que se repite cada Jueves Santo. La Iglesia marca esa fecha como el centro del Año litúrgico y las demás fiestas que se relacionan con esta fecha cambian de día de celebración una o dos semanas.

Las fiestas que cambian año con año, son las siguientes:

· Miércoles de Ceniza
· Semana Santa
· La Ascensión del Señor
· Pentecostés
· Fiesta de Cristo Rey

Ahora, hay fiestas litúrgicas que nunca cambian de fecha, como por ejemplo:

· Navidad
· Epifanía
· Candelaria
· Fiesta de San Pedro y San Pablo
· La Asunción de la Virgen
· Fiesta de todos los santos

Otras fiestas, de acuerdo al calendario actual, cuando coinciden con celebraciones litúrgicas más importantes (como en este año el Viernes Santo, que en Semana Santa prevalece sobre otras fechas) se mueven unos cuantos días después o antes, según las circunstancias.

En lo que concierne al mensaje que se ha hecho viral en whatsapp y que dice —entre otras cosas— «que la Iglesia concede este día como indulgencia: el perdón de todos los pecados pasados y manda que hagamos para ganarla una visita a una Iglesia que sea dedicada a la Santísima Virgen, pues por Ella nos vino Cristo en la Encarnación y en la cruz Cristo nos la dio por Madre»... No hay indulgencia que borre el perdón de los pecados pasados, sino la pena que hay que pagar por los pecados cometidos y que han sido confesados en el sacramento de la Reconciliación.

Hay que recordar que si el Viernes Santo asistimos piadosamente a la Adoración de la Cruz en la solemne celebración de la Pasión del Señor se gana indulgencia plenaria, cada año.

En su carta «Misericordiae Vultus» por el Año Jubilar de la Misericordia, el Papa Francisco explica claramente las formas en las que los fieles podemos obtener la indulgencia durante este jubileo; ya sea en Roma, en cualquier lugar del mundo e incluso en las cárceles. El Santo Padre también explica el modo en el que deben proceder los enfermos y ancianos para obtener esta gracia. En cualquiera de los siguientes casos que menciona el Santo Padre para obtener la indulgencia se debe cumplir primeramente con las condiciones habituales: confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Papa:

1.- Los fieles “están llamados a realizar una breve peregrinación hacia la Puerta Santa, abierta en cada catedral o en las iglesias establecidas por el obispo diocesano y en las cuatro basílicas papales en Roma, como signo del deseo profundo de auténtica conversión”.

2.- “Igualmente dispongo que se pueda ganar la indulgencia en los santuarios donde se abra la Puerta de la Misericordia y en las iglesias que tradicionalmente se identifican como Jubilares. Es importante que este momento esté unido, ante todo, al Sacramento de la Reconciliación y a la celebración de la Santa Eucaristía con un reflexión sobre la misericordia”.

3.- El Papa Francisco señala también que cada vez que un fiel realice personalmente una o más las obras de misericordia corporales y espirituales “obtendrá ciertamente la indulgencia jubilar”.

4.- Sobre los enfermos y las personas ancianas que no pueden salir de casa, el Pontífice afirma que para ellos “será de gran ayuda vivir la enfermedad y el sufrimiento como experiencia de cercanía al Señor que en el misterio de su pasión, muerte y resurrección indica la vía maestra para dar sentido al dolor y a la soledad”.

5.- Sobre los presos, el Pontífice explica que “en las capillas de las cárceles podrán ganar la indulgencia, y cada vez que atraviesen la puerta de su celda, dirigiendo su pensamiento y la oración al Padre, pueda este gesto ser para ellos el paso de la Puerta Santa, porque la misericordia de Dios, capaz de convertir los corazones, es también capaz de convertir las rejas en experiencia de libertad”.

6.- Indulgencia para los difuntos: “de igual modo que los recordamos en la celebración eucarística, también podemos, en el gran misterio de la comunión de los santos, rezar por ellos para que el rostro misericordioso del Padre los libere de todo residuo de culpa y pueda abrazarlos en la bienaventuranza que no tiene fin”. 

Por otra parte, vale la pena recordar las obras de misericordia:

Obras corporales de misericordia

  • Alimentar al hambriento
  • Dar techo al desamparado
  • Vestir al desnudo
  • Visitar a los enfermos
  • Visitar a los presos
  • Dar de beber a los sedientos
  • Sepultar a los muertos

Obras espirituales de misericordia

  • Convertir a los pecadores
  • Instruir a los desinformados
  • Asesorar a los dudosos
  • Confortar a los que sufren
  • Sanar las heridas
  • Orar por los vivos y muertos
  • Soportar los males con paciencia
Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.