sábado, 19 de septiembre de 2026

«Aquí se queda un pedazo de mi corazón»... Un pequeño pensamiento para hoy


Aquí en Indonesia la gente siembra mucho. ¡Cómo agradezco a Dios el viaje que hice de Surabaya hasta aquí a Yakarta en tren! Me basta cerrar los ojos para volver a contemplar la hermosura de los arrozales junto con los campos de maíz y de hortalizas. Aquellos extensos campos fueron como una catequesis silenciosa: cada espacio hablaba de manos pacientes, de jornadas humildes, de sudor escondido y de una esperanza que no hace ruido, pero que sostiene la vida. Esos campos me hablaban de esfuerzo, pero sobre todo de confianza en el futuro: se siembra porque se espera; se deposita la semilla en la tierra porque se cree que, a su tiempo, dará fruto.

El evangelio de hoy (Lc 8,4-15) nos recuerda que no toda semilla llega a dar fruto: unas caen en el camino y los pájaros se las comen; otras encuentran piedras que entorpecen su crecimiento; otras quedan sofocadas por las zarzas que les roban la fuerza y la sazón. Allá en El Tigre, en nuestra misión de Michoacán en México, después de sembrar, los campesinos vuelven a sus campos cada mañana a mirar la tierra aparentemente vacía y que precisamente porque no se ve nada, hay que cuidar más la semilla. Así sucede también con la Palabra de Dios: muchas veces trabaja en silencio, escondida en lo profundo del corazón. Y, sin embargo, a pesar de esas pérdidas y esperas, la parábola de hoy nos entrega un mensaje profundamente esperanzador: la semilla dará abundante cosecha cuando sea acogida con fe y alegría por los pobres, los pequeños y los pecadores, por todos aquellos que saben abrir el corazón a la Palabra de Dios.

Ayer, cuando terminé mi última conferencia, me pedían una palabra, no pensé decir más de lo que dije: «aquí se queda un pedazo de mi corazón». Creo que lo que tenía que decir lo he dicho en cada misa y en cada conferencia que he dictado a este último grupo inesiano. Sé que, empezando por mí, hemos acogido la Palabra con humildad, porque conocemos qué clase de tierra somos, cómo la tratamos, cómo la cuidamos y cómo la defendemos. Sembramos un cuerpo humano, un cuerpo terreno, hecho de la tierra que ha querido consagrarse a Dios; y sabemos que la fuerza del Espíritu lo hace fructificar como cuerpo espiritual, hasta llegar a ser imagen de Cristo. Quiero orar y decirle al Señor: Mira nuestra gratitud por estos días y aumenta en nosotros el deseo sincero de acoger la semilla de tu Palabra. Haz que esta simiente sea también sembrada en los surcos de toda la humanidad. Que nuestras vidas proclamen con fidelidad la Palabra divina y el mensaje de Madre Inés, junto con María, para que tengamos siempre un corazón abierto a la palabra de vida y de salvación. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

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