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jueves, 20 de agosto de 2026

«SOMOS INESIANOS, PEREGRINOS DE ESPERANZA»... La herencia del Año Santo 2025.


El Año Jubilar 2025, celebrando como cada 25 años, la Redención, marcó para todos los miembros de nuestra Familia Inesiana un imperativo a la hora de hablar como misioneros en nuestras distintas opciones vocacionales, del presente y del futuro de nuestro ser y quehacer. Este imperativo ha sido «la esperanza». Un imperativo que sintoniza perfectamente con lo que el lema de este año santo nos estampó en el corazón: «Peregrinos de Esperanza». Y es que no debemos olvidar que somos peregrinos y que este jubileo ha sido una invitación a ser conscientes de ello. Vamos andando en este mundo en peregrinación, tanto física como espiritual, viviendo la fe en el camino y buscando acercarnos a Dios y a los demás en caridad. Pero somos peregrinos de esperanza. Y esta esperanza se entiende como la certeza del amor de Dios, la capacidad de superar las tribulaciones y de construir un futuro de paz y fraternidad que nos ha de llevar a metas altas de santidad, pasando por el mundo haciendo el bien como Cristo, que se encarnó para salvarnos (cf. Hb 10,38).

A todos los que estamos aquí en este planeta, como hombres y mujeres de fe, nos consta que es mucho más lo que se puede alcanzar y lo que está por venir, que lo que nuestros ojos apenas pueden ver. El mundo en el que somos misioneros, necesita de esperanza; mucha más esperanza en lo que somos, en lo que hacemos y en lo que vivimos, recordando que hemos sido tocados de un corazón sin fronteras —la Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento— que, hasta el último aliento de vida, se mantuvo inmerso en la esperanza.

Por encima de todas las pequeñas esperanzas que nos proponen las utopías y las diversas ideologías que en nuestra época van y vienen, los Inesianos, a imitación de nuestra fundadora, ciframos nuestra esperanza en Dios, que es el único que nos puede salvar. 

Es de todos conocido que el mundo actual, caracterizado por el auge del individualismo, el relativismo y un enfoque en lo material en el que la influencia y práctica del cristianismo han disminuido significativamente, resultando en un menor apego a los valores esenciales y a las sólidas enseñanzas e implicando un desplazamiento de lo religioso de la esfera pública a la privada, sufre una pérdida de referentes morales y un vacío espiritual. 

La secularización ha hecho a un lado instituciones y aspectos de la vida que antes estaban vinculados a la religión al hacerlos ahora parte del ámbito civil, causando que la religión pierda su preeminencia pública. 

Nos movemos, como ciudadanos de una sociedad globalizada, en medio de una confusión de orden jerárquico de los valores morales. Sobre todo nuestros adultos jóvenes, los jóvenes y los adolescentes, experimentan una desorientación en los valores y principios básicos que antes eran proporcionados por la fe, lo que ha generado inseguridad y un vacío existencial. La dificultad de educar en la fe ha llevado, sobre todo a los niños, a aprender sus valores de fuentes alternativas como los teléfonos celulares y las redes sociales, en lugar de la familia.

El individualismo y el relativismo, que tanto denunció el papa Benedicto XVI, de feliz memoria, en su brillante encíclica «Spe Salvi» han hecho que la tendencia de la vida de las personas se desplace hacia un individualismo que va degenerando en la «beatificación del antojo», donde todo se percibe como incierto y sin una validez única. 

Por su parte, el predominio del materialismo, va marginando los valores espirituales y la presencia de Dios en la sociedad en favor de un enfoque centrado en lo material, lo que puede ser impulsado por los medios de comunicación y las lógicas del mercado. Si bien este concepto se aplica especialmente a Europa Occidental y a América, la descristianización coexiste con un leve crecimiento del cristianismo en algunas regiones, de África, el llamado «continente de la esperanza» y de Asia.

Para algunos, incluso gente cercana a nosotros, los misioneros pudiéramos parecer como simples entusiastas que cada mes de octubre celebran el mes de las misiones y nada más. Porque inclusive es triste ver que muchos, incluso consagrados, ya no quieren desinstalarse de este ámbito atractivo y comodón que la tecnología actual nos brinda en las grandes ciudades y que difícilmente llega a las pequeñas y alejadas comunidades a donde pocos quieren ir. 

Benedicto XVI, el gran teólogo y misionero de los últimos tiempos, en esa obra maestra de la Esperanza que ya he mencionado: —Spes Salvi—, afirma que «a lo largo de su existencia, el hombre tiene muchas esperanzas, más grandes o más pequeñas, diferentes según los periodos de su vida. A veces —dice el papa— puede parecer que una de estas esperanzas lo llena totalmente y que no necesita de ninguna otra. En la juventud puede ser la esperanza del amor grande y satisfactorio; la esperanza de cierta posición en la profesión, de uno u otro éxito determinante para el resto de su vida» (Spe salvi 30).  

Esas esperanzas, sin embargo, no bastan, sobre todo porque los humanos —aunque no todos sean hiperactivos como habemos alguno que otro— tenemos un corazón inquieto en el que muchos obstáculos impiden lograr lo que deseamos. 

Nosotros nos hemos dejado alcanzar por Cristo. En Él tenemos un referente para no quedar atrapados en un simple optimismo de una u otra reunión internacional que no deje eco en el corazón. Entre la esperanza cristiana y el optimismo hay una gran diferencia. ¡No son iguales! El optimismo pasa y la única y auténtica esperanza para todos los creyentes es la cruz de nuestro Señor Jesucristo que permanece y que nosotros hemos abrazado. Si es verdad que muchas diócesis, instituciones, familias misioneras, congregaciones —incluso muchas comunidades contemplativas—, están viviendo momentos difíciles, por la escasez de vocaciones y por falta de compromiso por parte de los seglares, hemos de reconocer y agradecer el don de la fidelidad, de la perseverancia y el espíritu de confianza en Dios que está presente en la Iglesia.

Solo en Dios podemos llegar a vislumbrar esa gran esperanza. Benedicto XVI nos lo dice: «Esta gran esperanza solo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar. De hecho, el ser agraciado por un don forma parte de la esperanza. Dios es el fundamento de la esperanza; pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto» (Spe salvi, n. 31). 

Cuando nuestra amada fundadora, la Beata María Inés Teresa fundó la Familia Inesiana, con nuestras hermanas Misioneras Clarisas, pilares de lo que somos y hacemos, lo hizo llena de esperanza en un mundo que parecía muerto a la esperanza. La época estaba marcada principalmente por la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto y las consecuencias de la Gran Depresión, incluyendo la pobreza y el desempleo que persistieron. Ataques aéreos, hambrunas, así como el inicio de la Guerra Fría y la amenaza de la energía atómica envolvían la faz e la tierra en la desesperanza. Es en ese tiempo en el que ella, llena de esperanza funda nuestra familia misionera.

Pero eso no es todo. Años antes, México había sufrido también un tiempo marcado, para muchos, con desesperanza: la persecución cristera. Una época que se veía como interminable y parecía acabar con la fe de un pueblo que, cobijado por el manto de la Guadalupana, se debatía en la lucha cristera mientras que los templos estaban cerrados y las columnas de la vivencia de la fe, iban al exilio. Se estima que entre 250 mil y 300 mil personas murieron durante la Guerra Cristera (1926-1929) en la que solamente tres obispos permanecieron ocultos en el país: Pascual Orozco y Jiménez, José María González y Valencia y san Rafael Guizar y Valencia, que fue el único que pudo mantener abierto un seminario oculto en la clandestinidad.

En medio de todo esto, la Beata María Inés Teresa, llena de esperanza, buscó la manera de responder al llamado que Dios le hacía para consagrar su vida como religiosa e ingresó a una comunidad de Clarisas exiliada en Los Ángeles, California, en 1929. Su experiencia de persecución y exilio la llevó a mantener viva la esperanza para dedicarse a cumplir la voluntad de Dios con alegría, aún en medio del sufrimiento. 

No me bastaría ni siquiera un día entero, para compartir con ustedes tantos testimonios y anécdotas de aquellas dos épocas de la vida de Madre Inés en los que la esperanza se hizo siempre presente. 

Ciertamente no quiero hacer un intrincado y extenso escrito sobre la esperanza. Quiero más bien invitarles a no apartar nuestra mirada de la vida y e la obra de la Beata María Inés para vivir como ella, no en el simple entusiasmo pasajero de algo que se consume como una llamarada de petate, sino en esperanza, en esa esperanza que, como dice San Pablo en la carta a los Romanos: no defrauda (Rm 5,5).

Somos esperanza en el mundo desde la normalidad de nuestra vida de familia con la fraternidad, el complemento de las diversas expresiones de nuestro carisma en los diferentes miembros en su forma de ser, la disponibilidad para la misión y viviendo la evangelización donde la Iglesia nos llama, compartiendo nuestra espiritualidad de sacerdotes, de consagrados y de laicos al estilo inesiano. Y el Señor, recordemos, «no abandonará a todos los que esperan en él» (Florecillas de san Francisco nº. 287; cf. Sal 33,23). 

Nuestra Madre fundadora, fue una mujer que con convicción firme, esperó siempre en el Señor. En una carta colectiva escribe: «Alguien me dice que me promete confiar en Dios… contra toda esperanza ¡magnífico! es algo que me da tanta alegría. La confianza en Dios todo lo puede» (Carta colectiva de Marzo 14 de 1963). 

Las distintas esperanzas humanas, que inspiran las actividades diarias de todos los miembros de nuestra familia inesiana, corresponden, desde que el Señor estableció su reinado, al anhelo de felicidad que Dios ha puesto en el corazón de cada uno de nosotros que hemos sido llamados y confiamos en Dios (f. Catecismo de la Iglesia católica, nº. 1818). Dice Nuestra Madre: «La esperanza es una virtud obligatoria; radica en el espíritu, pero irradia en todo el ser» (Ejercicios Espirituales de 1933).

Y por otra parte afirma: «La confianza en Dios es precisamente la esperanza, pues, como confiamos en él, esperamos lo que nos ha prometido». Ella recomienda en una carta: «Confiemos siempre en Dios, aun sobre toda esperanza y… triunfaremos en todo. El es infinitamente misericordioso».  

Ante esto podemos preguntarnos en sintonía con Madre Inés: ¿Cuáles son mis esperanzas?, ¿a dónde tiende mi corazón misionero? «Dile a Cristo —escribe la beata María Inés— que, aunque toques y no te conteste, aunque pidas y no te dé, aunque busques y no encuentres, en él confías y que confías en él contra toda esperanza, y que aún cuando estuvieras sentada en sombras de muerte en él esperarías. Es esta esperanza, esta confianza lo que deleita su corazón». 

Para terminar, quiero invitarles a contemplar con los ojos de la esperanza a la Santísima Virgen, vestida de Guadalupana que habló a la Beata María Inés y la llenó de esperanza ante una realidad que ella aún desconocía: «Si entra en los designios de Dios servirte de ti para las obras de apostolado...». Ella, en ese entonces, era una religiosa de clausura en el exilio... ¿qué podía hacer? Pensando en aquella escena, creo que todos podemos experimentar interiormente la serena certeza de que la esperanza cristiana, nuestra esperanza, es cierta. No es vano producto de una ilusión quimérica o la proyección ilusa de un ideal inalcanzable. Nuestra esperanza es cierta. Es, como dice la Carta a los Hebreos, ancla del alma, segura y firme (Hb 6,19). Segura y firme dice, es decir cierta.

Por tanto, no debemos olvidar que la Virgen santísima, santa María de Guadalupe, alma del alma de nuestra familia misionera, es modelo de nuestra esperanza. Y una esperanza cierta, sin la cual nuestra fe se convertiría en simple ideología y nuestra caridad en una solidaridad intrascendente. A fines del siglo XIX un poeta francés, Charles Péguy decía: «La esperanza es la pequeña de la casa, insignificante en apariencia y que apenas cuenta, pero sin la cual ni la fe ni la caridad se sostendrían».  Cerremos nuestra reflexión recordando que el Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que la esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo.  Eso es lo que hizo Madre Inés.

Padre Alfredo, M.C.I.U.


Roma, octubre de 2025.
Encuentro Internacional de la Familia Inesiana.
Año Jubilar de la Encarnación.

domingo, 16 de noviembre de 2025

LA ESPERANZA QUE NO DEFRAUDA... La teología de la esperanza hoy

Es indudable pensar que se habla de «Esperanza» como «moda» porque el Año Santo, este Año Jubilar Católico, que comenzó el 24 de diciembre de 2024 y concluirá Dios mediante el 6 de enero de este ya inminente 2026 tiene como lema: «Peregrinos de la Esperanza».

Pero ciertamente el tema no es que esté de moda, sino forma parte fundamental de la teología de la Iglesia. La teología de la esperanza no es simplemente un enfoque más que se le puede dar a la palabra de Dios, sino que constituye una perspectiva fundamental donde todo bautizado debe situarse si quiere obtener una comprensión correcta de esa palabra. El cristiano es el hombre de la esperanza y está llamado «a dar razón de su esperanza», tal como exhorta la Primera Carta de Pedro (1 Pedro 3,15-17).

La esperanza es una virtud infusa por Dios en el alma, por la cual el cristiano aspira al Reino de los cielos y a la vida eterna, confiando plenamente en las promesas de Cristo y en la gracia del Espíritu Santo. La teología dogmática analiza la naturaleza de esta virtud, sus fundamentos bíblicos y su desarrollo a lo largo de la tradición de la Iglesia; la teología moral, se enfoca en cómo vivir esta virtud en la práctica y en la vida cotidiana del creyente, y la teología espiritual aborda su vivencia interior y ascética.

Supongo que todos, como misioneros, tienen acceso al Catecismo de la Iglesia Católica, esta profunda y sólida exposición de la fe y la moral católica en un excelente tratado de teología dogmática, fruto de veinte siglos de vida e investigación teológica cristiana.

Cuando fue promulgado por el Papa San Juan Pablo II, con la Constitución Apostólica «Fidei depositum», el 11 de octubre de 1992 expresó: «es para que lo utilicen constantemente cuan-do realicen su misión de anunciar la fe y llamar a la vida evangélica. Este Catecismo les es dado para que les sirva de texto de referencia seguro y auténtico en la enseñanza de la doctrina católica, y muy particularmente, para la composición de los catecismos locales. Se ofrece también, a todos aquellos fieles que deseen conocer mejor las riquezas inagotables de la salvación (cf. Jn 8, 32)».

En este libro de texto maravilloso, se nos dice que «la esperanza es la virtud teologal por la que deseamos como felicidad el reino de los cielos y la vida eterna, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras propias fuerzas, sino en la ayuda de la gracia del Espíritu Santo» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1817). En cinco brillantes números —del 1817 al 1821— este catecismo nos hace un resumen asombroso de esta virtud, que es una de las virtudes principales en nuestra vida y que contrasta con la desesperanza, que es uno de los pecados más graves de la actualidad.

El Catecismo nos ratifica que la esperanza es la virtud teologal por la cual deseamos el reino de los cielos y la vida eterna como nuestra felicidad, poniendo nuestra confianza en las pro-mesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras propias fuerzas, sino en la ayuda de la gracia del Espíritu Santo. (CIC 1817)

En esencia, la esperanza es nuestro anhelo de ir al cielo y nuestra confianza en que, mediante Cristo, podremos alcanzar nuestra meta. 

En estas líneas no me detendré a hablar en sí de la esperanza como tal, sino de la esperanza cristiana como único sustento válido para la frágil esperanza del mundo que, en medio de esa desesperanza que el hombre de tanto en tanto cultiva y que en esta época que nos toca vivir, se expresa en muchos aspectos de la vida. 

Basta pensar en letras de canciones de moda entre la gente joven y la no tan joven: «René» de Residente, una canción sobre la presión, la fama y la nostalgia, que evoca un sentimiento de aislamiento, depresión y conflicto interno:

«¿Qué Ganas?» de Morat, que habla de la frustración y el desgano tras una ruptura, explorando la sensación de no tener fuerzas ni motivos para seguir adelante; «Se le apagó la luz» de Alejandro Sanz, con una letra que narra un accidente de tránsito desde una perspectiva cerca-na a la tragedia y el dolor, dejando un sentimiento de pérdida y desesperanza. Si hablamos del género del regional mexicano puedo ir a una lista interminable: La famosa «Adiós amor» de Cristian Nodal, «Ya no tiene caso» de la banda de Los Recoditos y la que lleva por título «Desesperanza» de Ramón Ayala. 

En cuanto a la literatura, destaca la obra de Claire Mercier y Gabriel Saldías Rossel que lleva por título «Poéticas de la desesperanza: Distopías, crisis y catástrofes en la literatura hispanoamericana actual» que toca el tema ante un futuro incierto. 

No son pocos los escritores de novelas que remarcan en sus libros la desesperanza. Para muestra un botón: Isabel Allende con sus libros «Paula», «De amor y de sombra», «Largo pétalo de mar» y «El viento conoce mi nombre».

En el campo de la publicidad, los anuncios en las distintas plataformas, ya no están solo tra-tando de vendernos un producto o un servicio. Están tratando de vender la promesa de una vida mejor; la respuesta a esa desesperanza. 

Están buscando vender esperanza, pero una esperanza pasajera. El problema con las redes sociales va por el mismo camino y no es que ellos tengan un diagnóstico incorrecto. El problema es que están tratando de arreglar una situación que simplemente va más allá de ellos y que se calme con paliativos. Tal vez sentimos una sensación placentera por el alto contenido de azúcar en una botella de Coca Cola, pero no nos van a dar la solución al problema dentro de nosotros. Aunque se podrían señalar algunas otras «desesperanzas» que son una fuerte amenaza para la esperanza, estas ya nos dan bastante que pensar.

Durante los años sesenta, mientras yo era pequeñito y realizaba creativamente una serie de travesuras que con los años se fueron perfeccionando, grandes teólogos escribieron mucho sobre la esperanza en una época en donde apenas el mundo se empezaba a estabilizar luego de la Segunda Guerra Mundial y San Juan XXIII abrió las ventanas de la Iglesia a la esperanza con el Concilio Vaticano II: 

Karl Rahner, el Jesuita que fue figura central e influyente en el Concilio Vaticano II; Henri de Lubac, Jesuita también y cardenal, una figura clave también en el Concilio. El teólogo Domi-nico Yves Congar, experto en eclesiología y ecumenismo; Edward Schillebeeckx, de la Orden de los Dominicos también, Hans Küng, el teólogo suizo muy de avanzada, influyente en el Concilio también y Joseph Ratzinger (más tarde Papa Benedicto XVI), el teólogo más impor-tante del siglo XX, trataron ampliamente el tema y nos dejaron grandes obras que pronto pa-decieron el destino de tantas cosas valiosas en la Iglesia que son efervescentes por un tiempo y luego nuevos escritos, a veces de moda, las apañan y se convierten en una pieza de museo más.


En medio de este clima de desesperanza, la esperanza, aún para muchos cristianos, por la falta de formación y por vivir una fe frenética, se ha vuelto bastante amorfa: esperamos no enfermarnos, esperamos conseguir un buen empleo, esperamos poder pagar las tarjetas de crédito, esperamos mantener nuestras amistades, esperamos tener las cosas que queremos o eventos que queremos que pasen. Usamos la esperanza para describir cómo nos sentimos acerca de las cosas que ambicionamos o apetecemos. Es algo parecido a tener ilusiones. No es de extrañar que seamos una sociedad de personas tan desesperadas cuando pensamos en la esperanza de esta manera, como con un sentido incompleto de «tal vez las cosas serán mejor algún día» o «tal vez yo podré tener esto que realmente quiero».

Entre otras cosas, es difícil escuchar en la predicación, en la catequesis, en la enseñanza de la religión católica y en las relaciones de la vida diaria entre sacerdotes, consagrados y laicos en general, una clara presentación de la esperanza cristiana en la vida eterna que nos invite a eso: «a esperar». El cielo, para muchos hoy en día, es algo que se da por hecho que se tiene gana-do... entonces no hay por qué portarse bien, no hay que ser buenos, no hay que evitar el pe-cado... ¡No te pures! —dicen en los funerales con plena seguridad, sea quien sea— ¡ya está gozando con Dios!

Hablar de esperanza pues, no es entonces una moda por el Año Santo, sino una necesidad, porque se trata de un ejercicio que el creyente, y en concreto el misionero que navega contra-corriente en un mundo que parece haber perdido el rumbo y va a la deriva sin esperanza alguna ha de mantener vivo como garantía de nuestra fidelidad a Cristo. Hoy más que nunca debemos salir a las plazas y subir a los tejados de las casas y anunciar a todos el Evangelio de la Esperanza.

Nuestros obispos reunidos en la centésima novena Asamblea Plenaria del Episcopado Mexicano, en su mensaje al pueblo de Dios, fechado el pasado jueves 13 de este mes, apenas hace unos días: expresan: «Pudiera parecer que este diagnóstico de la realidad nos lleva al pesimismo. Pero no es así. Porque la esperanza cristiana no consiste en cerrar los ojos ante el mal, sino en mantenerlos abiertos, reconociendo que Cristo ha vencido al mal con el bien».

Como virtud, la esperanza está inseparablemente ligada a otras dos que son importantísimas en la vida del creyente: la humildad y la magnanimidad. La humildad, fundamento de todas las virtudes, nos recuerda nuestra naturaleza: polvo, un simple gusano comparado con la inmensa bondad y el amor de Dios. Esta humildad se equilibra con la magnanimidad, virtud que nos impulsa a anhelar la grandeza, a glorificar a Dios con grandes obras y a pasar la eternidad con Él. A menudo se la denomina «grandeza del alma». Gracias a esta virtud, podemos elegir la acción correcta y noble incluso en los momentos difíciles. Cuando la magnanimidad y la humildad se encuentran en equilibrio, podemos vivir plenamente la virtud de la esperanza.


I. LA ESPERANZA EN LA HISTORIA DEL PENSAMIENTO FILOSÓFICO

El hombre, por su constitución natural y esencial, es un ser que espera: la esperanza es el lazo fuerte que une su presente imperfecto con el futuro de su ser acabado y perfecto. Pero curio-samente pocos filósofos se han interesado explícitamente por el tema. Tal constatación es comprensible en los griegos, ya que su visión de la realidad estaba dominada por el fatalismo del destino y por la repetición cíclica de los acontecimientos. Para ellos, la virtud no era la esperanza, sino la ataraxia, el conformarse sin ningún tipo de turbación ante las leyes del des-tino. La esperanza no era considerada más que como un estado pasional pernicioso que venía a alterar la paz del alma. 

Pero después de la aparición del cristianismo, el desinterés por la esperanza es imperdonable: el fatum —la personificación del destino— es sustituido por la fe en un Dios que se de-fine como Padre amoroso, y el hombre aparece como soberano de la naturaleza y creador de su historia.

Con tal visión, todo se pinta del color de la esperanza —que la relacionamos con el verde debido a su conexión con la naturaleza, el renacimiento y los nuevos comienzos— y toda realidad adquiere un doble valor: el que tiene por sí misma y aquel en cuanto que es signo y anticipación de los valores completos y definitivos situados por encima del horizonte de la vida presente. Y sin embargo ni los Padres de la Iglesia ni los Escolásticos exploraron sistemáticamente la naturaleza y el sentido de la esperanza. Menos aún los filósofos modernos. 

Únicamente en el pensamiento contemporáneo la esperanza ha encontrado un lugar filosófico importante: en Nietzsche, la vida es concebida como un abrirse hasta el fondo de su propia posibilidad: «ser como dioses». Pero quien realmente ha tenido el mérito de incorporar la esperanza en el campo de la filosofía ha sido el filósofo alemán de ascendencia judía Ernst Bloch (Ludwigshafen am Rhein, 8 de julio de 1885-Tubinga, 4 de agosto de 1977). 

Para este pensador, la esperanza es el tema fundamental de toda reflexión sobre el hombre: «El hombre es la potencialidad real de todo aquello que a lo largo de su historia ha llegado a ser, y sobre todo, de aquello que con ilimitado progreso puede aún alcanzar. No es una posi-bilidad, por tanto, que se agota cuando alcanza su realización, sino una posibilidad que toda-vía no ha madurado la totalidad de sus condiciones interiores y exteriores y las determinantes de tales condiciones». El todavía-no del ser humano constituye la matriz última de la esperanza y de la utopía: la primera expresa la certeza de alcanzar el fin, la segunda da forma concreta a ese fin. También Gabriel Marcel, Joseph Pieper y Roger Gauraudy han centrado sus reflexiones en la esperanza. De todos estos estudios emergen dos conclusiones:

1. La esperanza es una tensión hacia el futuro que nos hace constantemente avanzar.

2. 2. A la razón humana le está oculta la imagen de esta meta final a la que tiende la espera. Queda desbordada por ella.


Para entrever con más claridad el sentido último de la esperanza sólo podemos remitirnos a la fe y prestar atención a la palabra de Dios. Con ello abandonamos el terreno de la filosofía para entrar en el de la teología.


II. LA ESPERANZA CRISTIANA EN GENERAL

Tanto en la teología clásica como en la moderna, la esperanza, aun perteneciendo al conjunto de las tres virtudes teologales, no ha ocupado el puesto que merecía. La atención se ha centrado ordinariamente en la fe o en la caridad. Pero está claro que la fe cristiana vive de la resurrección de Cristo crucificado y se proyecta hacia la promesa del futuro universal de Cristo...

Toda la predicación cristiana, toda la existencia cristiana y la Iglesia entera están orientadas hacia la escatología. 

La teología cristiana tiene siempre un ojo hacia el futuro. Por eso es importante tener una visión clara de la esperanza. La esperanza, que nace de la fe en la promesa de Dios, se convierte en un estímulo del pensamiento, fuente de su inquietud. 

Aunque parezca una paradoja, la cruz es el símbolo de la esperanza, porque Cristo en la cruz es la razón de nuestra esperanza. Sin Cristo, y sin la cruz, no tendríamos motivo para tener esperanza y mirar más allá. 

Por eso Jesucristo es el ejemplo perfecto de esperanza en medio del sufrimiento. Su pasión y resurrección nos enseñan que la cruz nunca es la última palabra; siempre existe la promesa de una vida nueva y de la victoria definitiva del bien.

En el párrafo diecinueve de la SPE SALVI, Benedicto XVI habla de Kant, quien vislumbró un fin del mundo pervertido, basado en el miedo y el interés propio en lugar del cristianismo. Este fin pervertido surge de un cambio de la fe eclesial a una fe individualista. Esto nos re-cuerda por qué necesitamos a la Iglesia y a los demás. Cuando la fe y la esperanza se vuelven individualistas, cometemos el mismo error que Karl Marx, quien «olvidó que el hombre es solo hombre» (SPE SALVI, Benedicto XVI). Así, hemos de tener muy en claro que nuestra esperanza es eclesial, no individualista. Nos salvamos como cuerpo de Cristo y juntos albergamos esperanza para nuestro presente y para nuestro futuro.

Como cristianos, estamos llamados a ser signos de esperanza en el mundo presente. Porque tenemos esperanza es que podemos ser promotores de justicia, de paz, de solidaridad. Esta virtud nos da la fuerza para luchar por un mundo mejor, incluso cuando los desafíos parecen insuperables. La esperanza activa es la madre de las obras de misericordia y del compromiso con los demás.

En nuestro camino de fe, como discípulos–misioneros, la esperanza es como una luz que nunca se apaga. Nos ayuda a ver desde el aquí y el ahora, más allá de las sombras de la duda y el miedo, guiándonos hacia la plenitud de la vida en Dios. Estamos llamados a vivir y testi-moniar esta esperanza, llevando al mundo el consuelo y la alegría que brotan del Corazón de Cristo. Es Él quien en la oración, va manteniendo en nuestros corazones viva la llama de la esperanza, para que podamos caminar con confianza y entusiasmo hacia el Reino de Dios.


III. LA ESPERANZA Y LOS TRATADOS CLÁSICOS DE LA TEOLOGÍA

La teología de la esperanza nos muestra a Dios como «Aquel que viene», potenciando así el camino hacia el futuro". El Dios de la Biblia es reconocido en las promesas que abren un nuevo futuro.

Toda la cristología de la esperanza está dominada por la escatología.  Mientras la cristología tradicional se mantuvo hasta antes del Concilio Vaticano II fundamentalmente vuelta hacia el pasado, la de la esperanza tiene su mirada puesta en el futuro. No se trata sólo de quedarse en lo que Cristo ha sido, en lo que Cristo será y sobre lo que se debe esperar de Él (cfr. Col 1,27). La expectativa cristiana sólo se remite a Cristo, pero se espera de Él algo nuevo que todavía no se ha producido: el cumplimiento para todos de la justicia de Dios, la resurrección de los muertos, el señorío de aquel que ha sido crucificado y la culminación de todas las cosas en él para su glorificación.

La eclesiología también adquiere una dimensión escatológica: La iglesia es vista en función de la realización del reino de Dios que se producirá al fin de los tiempos. Estamos en un «ya», pero «todavía no», porque el Reino de los Cielos ya está entre nosotros, pero no en su plenitud. La esperanza cristiana exige al creyente que se oponga al status quo de esta sociedad injusta para preparar el terreno a lo que ha de venir: la verdadera sociedad humana que Dios ha prometido en la resurrección de Cristo.


IV. DISTINCIONES Y RELACIONES ENTRE ESPERANZA HUMANA Y ESPERANZA CRISTIANA.

Con todo lo que he venido diciendo hasta ahora, ya se ha ido viendo —creo yo— que la esperanza cristiana es diferente de la esperanza humana. Pero este tema merece profundizarse y añadir algo sobre las relaciones existentes entre esperanza cristiana y esperanza secular.

Un lúcido discurso del Papa San Pablo VI (1970) nos puede centrar bien en la cuestión. Dice el Papa: «Respecto a la esperanza, hay una diferencia entre el cristiano y el hombre profano moderno: éste último es... el hombre de los muchos deseos... que ansía acortar la distancia que existe entre él y los bienes que desea; es un hombre de las esperanzas a “corto plazo", que desea satisfacerlas inmediatamente... y que, una vez satisfecho, se encuentra cansado, vacío y desilusionado. 

Sus esperanzas no engrandecen su espíritu y no le dan a la vida su pleno significado, mientras le conducen por caminos de un progreso discutible. El cristiano, en cambio, es el hombre de la verdadera esperanza, que busca el sumo bien, y que en su esfuerzo y su deseo, sabe acoger la ayuda que aquel sumo bien mismo le proporciona, al infundir a la esperanza la confianza y la gracia de conseguirlo. Ambas esperanzas están sometidas, sí, a las contradicciones, carencias, dolores y miserias de la vida real, pero las sostienen diversas tensiones, si bien la esperanza cristiana puede hacer suya la tensión verdaderamente humana y honesta de la esperanza profana». Los motivos en los que se basa la esperanza secular son de orden empírico, susceptibles de verificarse experimentalmente, accesibles a la razón. 

La esperanza secular —o mundana, como la llamaría el Papa Francisco— mira con fe el futuro porque en el presente dispone de experiencias y de medios que le dan garantías de poder seguir progresando. Sus objetivos son inmanentes, incluidos en el tiempo y constituyentes del mundo: ausencia de guerra o de injusticias, plenitud de bienestar y de felicidad. Sus medios son materiales, intramundanos, frutos del ingenio del hombre y de los recursos naturales.

En cambio, la esperanza cristiana cuenta con unos motivos, objetivos y medios de un orden esencialmente diverso. El fundamento de la esperanza cristiana no se sitúa en el presente, sino en el pasado. Se basa en acontecimientos que de hecho desbaratan el orden de la experiencia de la ciencia. Su fe se basa en una sola persona «Jesucristo», no en datos anónimos de la cultura, de la técnica o de la ciencia. Sus objetivos también son diferentes. El futuro mejor que se espera no es inmanente, intrahistórico, impersonal, ni se realiza en un tiempo lógico y natural, prolongación del actual, sino que se produce mediante una crisis del tiempo transformándolo en eternidad. 

La esperanza como virtud es, entonces, un tesoro del cristianismo. De hecho, sin Cristo, la esperanza carecería de sentido como virtud. Porque sin Cristo, las esperanzas son meros idea-les optimistas. Y con Cristo, nuestra esperanza se fundamenta firmemente en la fe y la razón. La esperanza es necesaria para nuestra salvación. «Quien tiene esperanza —afirmaba Benedicto XVI— vive de otra manera».

El futuro esperanzador del cristiano no se lleva a cabo sólo por una clase social, ni por una generación exclusiva, sino por todos los hombres y mujeres que han existido en el pasado, presente y futuro que resucitarán en Cristo. Los medios de los que se vale son preferentemente de orden espiritual, si bien no prescinde de los que le ofrece el mundo. 

Pero el cristiano está llamado sobre todo a hacer uso de aquellos que Dios ha ido manifestando a lo largo de la historia de salvación, así como debe tener los ojos puestos en Él, pidiéndole que se realice la obra de culminación y de redención prometida.

Estas distinciones entre los elementos de la esperanza cristiana respecto de los de la esperanza profana son fundamentales no sólo en el terreno teórico-especulativo, sino también en el de la misma praxis del cristiano.

Pero no es que la esperanza cristiana esté peleada con la esperanza del mundo secular. En primer lugar, cabe decir que no podemos hablar de una esperanza humana en general, sino de esperanzas humanas diversas, insertas en sistemas ideológicos bien definidos. De este modo, debemos hablar de una esperanza marxista, de una esperanza burguesa, de una esperanza del hombre primitivo...

Aquí debemos preguntarnos: ¿Qué hacer cuando estas esperanzas se apagan y ya no queda esperanza alguna, como está sucediendo actualmente?  Pues bien, provistos como estamos, al igual que las vírgenes prudentes del evangelio, de un aceite inextinguible de esperanza, debemos pasar a la cabeza de la procesión de la humanidad e iluminar el camino de todos, haciendo descender del faro —que es Cristo—pedazos de luz a nuestro alrededor.

Pero la esperanza cristiana, en la que hemos profundizado en este rato, puede hacer todavía más: fecundar de nuevo la esperanza secular, mostrando cómo los grandes valores en que la humanidad ha invertido sus mejores energías —la verdad, la bondad, la justicia, la solidaridad, la paz, el amor, etc.—, no son vanas utopías ni aberrantes alienaciones, sino realizaciones parciales del gran proyecto que Dios tiene preparado para la humanidad, que con la venida de Cristo ya ha iniciado su realización definitiva.

Quiero culminar esta reflexión con unas palabras del mensaje al pueblo de Dios de los obispos mexicanos, al que ya hice referencia: «Concluye el año jubilar de la esperanza, pero continúa nuestra peregrinación hacia nuevas metas para transformar nuestra sociedad, como lo hicieron en su momento nuestros mártires. Fueron fieles en medio de la persecución [...] emprendamos nuestros caminos de paz y solidaridad para cambiar nuestra realidad hacia la justicia y la fraternidad. 

Santa María de Guadalupe unió culturas y pueblos en torno a Cristo. Guadalupe impulsó los sentimientos de libertad. Guadalupe sostuvo a nuestros mártires en su testimonio. Guadalupe acompaña hoy a nuestro pueblo que sufre [...] Que ella, la Morenita del Tepeyac, madre del verdadero, Dios, por quien se vive, nos enseña a ser portadores de esperanza en medio de las exigencias del tiempo presente y nos enseñe a responder con la fuerza de la fe».

Padre Alfredo.

P.D. Tema impartido en la Casa Madre de la Familia Inesiana el 15 de noviembre de 2025 dentro de la  XXXVII Asamblea Nacional de Van-Clar en México.

sábado, 15 de noviembre de 2025

CINCO SITUACIONES QUE PREOCUPAN A LOS OBISPOS DE MÉXICO...

Los Obispos mexicanos, reunidos en Asamblea Nacional en noviembre de 2025, expresaron cinco principales preocupaciones que tienen sobre la realidad social y política actual que se vive en México:

1. “Nos dicen que la violencia ha disminuido, pero muchas familias que han perdido seres queridos o poblaciones enteras que viven con miedo constante experimentan otra realidad”.

2. “Nos dicen que se combate la corrupción, pero ante casos graves y escandalosos, no se percibe la voluntad de esclarecerlos, por lo que prevalece la impunidad”.

3. “Nos dicen que la economía va bien, pero muchas familias que no pueden llenar su canasta básica y muchos jóvenes que no encuentran oportunidades de trabajo nos hacen ver que esto no es verdad”.

4. “Nos dicen que se respetan las libertades, pero quienes expresan opiniones críticas son descalificados y señalados desde las más altas tribunas del poder”.

5. “Nos dicen que somos el país más democrático del mundo, pero la realidad es que hemos visto cómo han comprometido los organismos y las instituciones que garantizaban la auténtica participación ciudadana para concentrar el poder arbitrariamente”.

¿A quién le toca dar respuesta a esto?

Padre Alfredo.

martes, 14 de octubre de 2025

LA ESPERANZA VIVIDA COMO ADHESIÓN A CRISTO Y A LA IGLESIA POR MADRE INÉS.


Este Año Jubilar, marca para todos los miembros de nuestra Familia Inesiana, un imperativo a la hora de hablar como misioneros en nuestras distintas expresiones inesianas, del presente y el futuro de nuestro ser y quehacer. Este imperativo es «la esperanza». Imperativo que sintoniza perfectamente con lo que el lema de este año santo nos estampa en el corazón: «Peregrinos de Esperanza». Sí, no debemos olvidar que somos peregrinos y que este jubileo es una invitación a ser conscientes de ello. Vamos andando en este mundo en peregrinación, tanto física como espiritual, viviendo la fe en el camino y buscando acercarnos a Dios y a los demás en caridad. Pero somos peregrinos de esperanza. Y esta esperanza se entiende como la certeza del amor de Dios, la capacidad de superar las tribulaciones y de construir un futuro de paz y fraternidad que nos ha de llevar a metas altas de santidad, pasando por el mundo haciendo el bien como Cristo, que se encarnó para salvarnos (cf. Hb 10,38). 

A todos los que estamos aquí, como hombres y mujeres de fe, nos consta que es mucho más lo que se puede alcanzar y lo que está por venir, que lo que nuestros ojos apenas pueden ver. El mundo en el que somos misioneros, necesita de esperanza; mucha más esperanza en lo que somos, en lo que hacemos y en lo que vivimos, recordando que somos hijos de un corazón sin fronteras que, hasta el último aliento de vida, se mantuvo inmerso en la esperanza.

Por encima de todas las pequeñas esperanzas que nos proponen las utopías y las diversas ideologías que en nuestra época van y vienen, los inesianos, a imitación de nuestra fundadora, ciframos nuestra esperanza en Dios, que es el único que nos puede salvar. 

Es de todos conocido que el mundo actual, caracterizado por el auge del individualismo, el relativismo y un enfoque en lo material en el que la influencia y práctica del cristianismo han disminuido significativamente, resultando en un menor apego a los valores esenciales y a las sólidas enseñanzas, implicando un desplazamiento de lo religioso de la esfera pública a la privada, sufre una pérdida de referentes morales y un vacío espiritual. 

La secularización ha hecho a un lado instituciones y aspectos de la vida que antes estaban vinculados a la religión al hacerlos ahora parte del ámbito civil, causando que la religión pierda su preeminencia pública. 

Nos movemos, como ciudadanos de un mundo globalizado, en medio de una confusión de orden jerárquico de los valores morales. Sobre todo nuestros adultos jóvenes, los jóvenes y los adolescentes, experimentan una desorientación en los valores y principios básicos que antes eran proporcionados por la fe, lo que ha generado inseguridad y un vacío existencial. La dificultad de educar en la fe ha llevado, sobre todo a los niños, a aprender sus valores de fuentes alternativas como los teléfonos celulares y las redes sociales, en lugar de la familia.

El individualismo y el relativismo, que tanto denunció Benedicto XVI, de feliz memoria, en su brillante encíclica «Spe Salvi» han hecho que la tendencia de la vida de las personas se desplace hacia un individualismo que va degenerando en la «beatificación del antojo», donde todo se percibe como incierto y sin una validez única. 

Por su parte, el predominio del materialismo, va marginando los valores espirituales y la presencia de Dios en la sociedad en favor de un enfoque centrado en lo material, lo que puede ser impulsado por los medios de comunicación y las lógicas del mercado. Si bien este concepto se aplica especialmente a Europa Occidental y a América, la descristianización coexiste con un leve crecimiento del cristianismo en algunas regiones, de África, el llamado «continente de la esperanza» y de Asia.

Para algunos, incluso gente cercana a nosotros, los misioneros pudiéramos parecer como simples entusiastas que cada mes de octubre celebran el mes de las misiones y nada más. Porque inclusive es triste ver que muchos, incluso consagrados, ya no quieren desinstalarse de este ámbito atractivo y comodón que la tecnología actual nos brinda en las grandes ciudades y que difícilmente llega a las pequeñas y alejadas comunidades a donde pocos quieren ir. 

El Papa Benedicto XVI, el gran teólogo y misionero de los últimos tiempos, en esa obra maestra de la Esperanza que ya he mencionado: «Spes Salvi», afirma que «a lo largo de su existencia, el hombre tiene muchas esperanzas, más grandes o más pequeñas, diferentes según los periodos de su vida. A veces —dice el Papa— puede parecer que una de estas esperanzas lo llena totalmente y que no necesita de ninguna otra. En la juventud puede ser la esperanza del amor grande y satisfactorio; la esperanza de cierta posición en la profesión, de uno u otro éxito determinante para el resto de su vida» (Spe salvi, n. 30).  

Esas esperanzas, sin embargo, no bastan, sobre todo porque los humanos, —aunque no todos sean hiperactivos como alguno que otro—, tenemos un corazón inquieto en el que muchos obstáculos impiden lograr lo que deseamos. 

Nosotros, queridos hermanos, nos hemos dejado alcanzar por Cristo a imitación de Nuestra Madre fundadora. En Él tenemos un referente para no quedar atrapados en un simple optimismo de una reunión internacional que no deje eco en el corazón. Entre la esperanza cristiana y el optimismo hay una gran diferencia. ¡No son iguales! El optimismo pasa y la única y auténtica esperanza para todos los creyentes es la cruz de nuestro Señor Jesucristo que permanece y que nosotros hemos abrazado. Si es verdad que muchas diócesis, instituciones, familias misioneras, congregaciones — incluso muchas comunidades contemplativas—, están viviendo momentos difíciles, por la escasez de vocaciones y por falta de compromiso por parte de los seglares, hemos de reconocer y agradecer el don de la fidelidad, de la perseverancia y el espíritu de confianza en Dios que está presente en la Iglesia.

Solo en Dios podemos llegar a vislumbrar esa gran esperanza. Benedicto XVI nos lo dice: «Esta gran esperanza solo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar. De hecho, el ser agraciado por un don forma parte de la esperanza. Dios es el fundamento de la esperanza; pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto» (Spe salvi, n. 31).. 

Cuando nuestra amada fundadora, la beata María Inés Teresa fundó la Familia Inesiana, con nuestras hermanas Misioneras Clarisas, pilares de lo que somos y hacemos, lo hizo llena de esperanza en un mundo que parecía muerto a la esperanza. La época estaba marcada principalmente por la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto y las consecuencias de la Gran Depresión, incluyendo la pobreza y el desempleo que persistieron. Ataques aéreos,  hambrunas, así como el inicio de la Guerra Fría y la amenaza de la energía atómica envolvían la faz e la tierra en la desesperanza. Es en ese tiempo en el que ella, llena de esperanza funda nuestra familia misionera.

Pero eso no es todo. Años antes, México sufrió también un tiempo marcado, para muchos, con desesperanza: la persecución cristera. Una época que se veía como interminable y parecía acabar con la fe de un pueblo que, cobijado por el manto de la Guadalupana, se debatía en la lucha cristera mientras que los templos estaban cerrados y las columnas de la vivencia de la fe, iban al exilio. Se estima que entre 250 mil y 300 mil personas murieron durante la Guerra Cristera (1926-1929). Solamente tres obispos permanecieron ocultos en el país: Pascual Orozco y Jiménez, José María González y Valencia y San Rafael Guizar y Valencia, que fue el único que pudo mantener un seminario oculto en la clandestinidad.

En medio de todo esto, la Beata María Inés Teresa, llena de esperanza, buscó la manera de responder al llamado que Dios le hacía para consagrar su vida como religiosa e ingresó a una comunidad de clarisas exiliada en Los Ángeles, California, en 1929. Su experiencia de persecución y exilio la llevó a mantener viva la esperanza para dedicarse a cumplir la voluntad de Dios con alegría, aún en medio del sufrimiento. 

No me bastaría ni siquiera un día entero, para compartir con ustedes tantos testimonios y anécdotas de aquellas dos épocas de la vida de nuestra fundadora en los que la esperanza se hizo siempre presente. Aún conociéndome... ¡me dieron 20 minutos! A ver hasta dónde llego de esto que escribí.

Ciertamente no he venido aquí a dar una intrincada conferencia sobre la esperanza. Esa, con las catequesis y el tiempo de preparación a este magno encuentro, la tenemos clara. Vengo aquí a invitarles a no apartar nuestra mirada de la vida y e la obra de la beata María Inés para vivir como ella, no en el simple entusiasmo pasajero de algo que se consume como una llamarada de petate, sino en esperanza, en esa esperanza que, como dice San Pablo en la carta a los Romanos, no defrauda (Rm 5,5).

Somos esperanza en el mundo desde la normalidad de nuestra vida de familia con la fraternidad, el complemento de las diversas expresiones de nuestro carisma inesiano en los diferentes miembros en su forma de ser, la disponibilidad para la misión y viviendo la evangelización donde la Iglesia nos llama, compartiendo nuestra espiritualidad de sacerdotes, de consagrado(Florecillas de San Francisco no. 287; cf. Sal 33,23).

Nuestra Madre fundadora, fue una mujer que con convicción firme, esperó siempre en el Señor. En una carta colectiva escribe: «Alguien me dice que me promete confiar en Dios… contra toda esperanza ¡magnífico! es algo que me da tanta alegría. La confianza en Dios todo lo puede» (Carta colectiva de marzo 14 de 1963). 

Las distintas esperanzas humanas, que inspiran las actividades diarias de todos los miembros de nuestra familia inesiana, corresponden, desde que el Señor estableció su reinado, al anhelo de felicidad que Dios ha puesto en el corazón de cada uno de nosotros que hemos sido llamados y confiamos en Dios (cf. Catecismo de la Iglesia Católica no. 1818).  Dice Nuestra Madre: «La esperanza es una virtud obligatoria; radica en el espíritu, pero irradia en todo el ser» (Ejercicios Espirituales de 1933).  Y por otra parte afirma: «La confianza en Dios es precisamente la esperanza, pues, como confiamos en él, esperamos lo que nos ha prometido» (Carta colectiva desde Roma el 4 de octubre de 1978).  Ella recomienda en una carta: «Confiemos siempre en Dios, aun sobre toda esperanza y… triunfaremos en todo. El es infinitamente misericordioso» (Carta colectiva desde Cuernavaca el 21 de agosto de 1958).  

Ante esto podemos preguntarnos en sintonía con Madre Inés: ¿Cuáles son mis esperanzas?, ¿a dónde tiende mi corazón misionero? «Dile a Cristo —escribe la beata María Inés— que, aunque toques y no te conteste, aunque pidas y no te dé, aunque busques y no encuentres, en él confías y que confías en él contra toda esperanza, y que aún cuando estuvieras sentado en sombras de muerte en él esperarías. Es esta esperanza, esta confianza lo que deleita su corazón» (Carta personal de 11 de noviembre de 1955). 

Para terminar, quiero invitarles a contemplar con los ojos de la esperanza a la Santísima Virgen, vestida de Guadalupana que habló a nuestra madre fundadora y la llenó de esperanza ante una realidad que ella aún desconocía: «Si entra en los designios de Dios servirte de ti para las obras de apostolado...». Ella, hermanos, en ese entonces era una religiosa de clausura en el exilio... ¿qué podía hacer? Pensando en aquella escena, creo que todos podemos experimentar interiormente la serena certeza de que la esperanza cristiana, nuestra esperanza, es cierta. No es vano producto de una ilusión quimérica o la proyección ilusa de un ideal inalcanzable. Nuestra esperanza es cierta. Es, como dice la Carta a los Hebreos, ancla del alma, segura y firme (Hb 6,19). Segura y firme dice, es decir cierta.

Por tanto, no debemos olvidar que la Virgen santísima, nuestra patrona principal, María de Guadalupe, alma del alma de nuestra familia misionera, es modelo de nuestra esperanza. Y una esperanza cierta, sin la cual nuestra fe se convertiría en simple ideología y nuestra caridad en una solidaridad intrascendente. A fines del siglo XIX un poeta francés, Charles Péguy (Charles Pierre Péguy, también nconocido por sus seudónimos Pierre Deloire y Pierre Baudouin (7 de enero de 1873-5 de septiembre de 1914, fue un filósofo, poeta y ensayista francés, considerado uno de los principales escritores católicos modernos), decía: «La esperanza es la pequeña de la casa, insignificante en apariencia y que apenas cuenta, pero sin la cual ni la fe ni la caridad se sostendrían» (“El misterio de la santa infancia”. Es un largo poema que reflexiona sobre la fe. y la esperanza, y en el que la esperanza es representada como una niña pequeña e indispensable para la vida cristiana, según lo menciona un artículo en la página del sitio “Iglesia de Aragón”). Cerremos nuestra reflexión recordando que el Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que la esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo (Catecismo de la Iglesias Católica no. 1817).  Eso es lo que hizo Madre Inés.

Padre Alfredo, M.C.I.U.

Conferencia en Roma, octubre de 2025.
Encuentro Internacional de la Familia Inesiana.
Año Jubilar de la Encarnación.

sábado, 7 de junio de 2025

«LA BONDAD Y LA MISERICORDIA DEL SEÑOR»... (Tema para retiro espiritual).


«Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida y habitaré en la casa del Señor por años sin término» (Sal 23,6). 

En la Sagrada Escritura, encontramos a los profetas, a los salmistas, a muchos otros elegidos de Dios, a Jesús y sus apóstoles y a la santísima Virgen María alabando, implorando, anunciando y adorando la Divina Misericordia, en cada momento. Leyendo, meditando y estudiando la Biblia, vemos que la misericordia de Dios, ha estado «desde siempre» para nosotros. Hace algunos años celebramos un jubileo extraordinario de la misericordia concluyendo apenas el Año de la Vida Consagrada que, como afirmó el Papa Francisco en la homilía de la Misa de la clausura de aquel festejo de los consagrados el día de la Presentación del Señor: «como un río, confluye ahora en el mar de la misericordia, en este inmenso misterio de amor que estamos experimentando con el Jubileo extraordinario». Ahora estamos celebrando un jubileo ordinario, este de 2005 centrado en la esperanza. Es precisamente la esperanza la que nos lleva a dejarnos abrazar por la misericordia de Dios porque, como dice la Carta a los Romanos «la esperanza, no defrauda» (Rm 5,5).

Queremos tener como fin de nuestro retiro, experimentar la misericordia de Dios para con nosotros llenos de esperanza, que, como bautizados, debemos ser portadores de ese don para llevarlo a toda la humanidad, portadores de esa misericordia que salva y que los salmistas exaltan de una manera maravillosa en la Sagrada Escritura. «La esperanza, —afirma el recién fallecido papa Francisco en la bula Spes non confundit con la declaraba este año santo—, efectivamente nace del amor y se funda en el amor que brota del Corazón de Jesús traspasado en la cruz: «Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más ahora que estamos reconciliados, seremos salvados por su vida» (Rm 5,10). Y su vida se manifiesta en nuestra vida de fe, que empieza con el Bautismo; se desarrolla en la docilidad a la gracia de Dios y, por tanto, está animada por la esperanza, que se renueva siempre y se hace inquebrantable por la acción del Espíritu Santo.

Es hermoso pensar, en este día de retiro, que Dios está siempre dispuesto a mantener ese pacto de amor que inició en el Bautismo con cada uno de nosotros a pesar de nuestras miserias y pecados y que nunca es tarde para reestrenar su amor, porque la esperanza, además de que no defrauda, es, como lo sabemos, lo último que muere. Dios espera que nunca disminuya la confianza de sus hijos y de sus hijas consagrados a Él en el bautismo que nos ha convertido, además, en sus discípulos-misioneros. 

Al iniciar nuestra reflexión, le pedimos al Señor, la esperanza de los afligidos y la esperanza de quienes en él confían. Le pedimos que acepte y acoja nuestra condición de pecadores, que, habiendo sido llamados por él a la vida de la gracia, nos acogemos a su compasión y sobre todo a su misericordia, que es infinita. Le pedimos al Señor, que muestra su poder sobre todo en el perdón y en la misericordia, que derrame en nosotros su gracia, para que, caminando en esperanza al encuentro de sus promesas, como caminó David y los otros autores de los salmos, alcancemos los bienes que nos tiene reservados.  

¿Qué quiere decir «misericordia»? Hay dos dimensiones fundamentales en el concepto de «misericordia». El primero es el que se expresa en la palabra griega «eleos», es decir la «misericordia» como actitud de compasión hacia la miseria del prójimo, un corazón atento a las necesidades de los demás. Un corazón que se conmueve y se abaja. Pero, junto a ésta surge otra acepción, ligada a la palabra judía «rahamim», que tiene su raíz en el «regazo materno», es decir, indica el amor materno de Dios. 

¿Qué es esta misericordia? San Bernardo la explicaba diciendo que Dios no nos ama porque somos buenos o bellos, sino que lo que nos hace buenos y bellos es su amor, el amor materno de Dios. En las dos acepciones surge una idea fundamental que llena de esperanza el corazón humano, es decir, Dios está dispuesto a acogernos y a comenzar de nuevo con cada uno, independientemente de la historia, del pasado, de la experiencia de alejamiento e infidelidad. 

¿Cómo definía el Papa Francisco —hoy de feliz memoria— la Misericordia? En «Misericordiae Vultus», en el n° 2 decía: «Siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia. Es fuente de alegría, de serenidad y de paz. Es condición para nuestra salvación. Misericordia: es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad. Misericordia: es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. Misericordia: es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida. Misericordia: es la vía que une Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados para siempre no obstante el límite de nuestro pecado». 

Los santos son expertos en la misericordia, en este amor sin límites. San Juan Pablo II relata en su biografía: «A menudo en mi vida he pedido a sor Faustina Kowalska que me haga comprender la misericordia de Dios. Y cuando visité Paray-le-Monial, me impresionaron las palabras que Jesús dijo a santa Margarita María de Alacoque: “Si crees, verás el poder de mi corazón”». Él mismo, en vida y poco antes de morir, recomendó la invocación «Jesús, en ti confío» «Es un sencillo pero profundo acto de confianza y de abandono al amor de Dios —aseguraba el santo— Constituye un punto de fuerza fundamental para el hombre, pues es capaz de transformar la vida». 

La beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, tiene innumerables frases en las que expresa su definición de misericordia. Me basta pensar en estas frases que mucho conocemos: «Soy un pensamiento de Dios, porque desde toda la eternidad pensó en darme el ser; y ya me veía tal cual soy, con mis defectos y mis cualidades, mis promesas y mis inconstancias, mi confianza y mi amor, y con todas mis miserias... Ya sabía que le daría mucho trabajo, y ya había resuelto ejercitar en mí el más hermoso de sus atributos: su misericordia. Ya, desde toda la eternidad, había resuelto escogerme para él, y precisamente en su orden seráfica. ¡Oh, sí! Qué delicioso sentirme un pensamiento de Dios.» (EE 1941, f. 804) 

«En las inevitables pruebas y dificultades de la existencia, como en los momentos de alegría y entusiasmo, confiarse al Señor infunde paz en el ánimo, induce a reconocer el primado de la iniciativa divina y abre el espíritu a la humildad y a la verdad», afirmaba San Juan Pablo II, quien también decía: «En el corazón de Cristo encuentra paz quien está angustiado por las penas de la existencia; encuentra alivio quien se ve afligido por el sufrimiento y la enfermedad; siente alegría quien se ve oprimido por la incertidumbre y la angustia, porque el corazón de Cristo es abismo de consuelo y de amor para quien recurre a El con confianza». 

Por su parte, San Pablo llama a Dios «Padre de las misericordias» (2 Cor 1, 1-7) y eso es algo que podemos ver desde el Antiguo Testamento. En algunos de los salmos, vemos su infinita compasión por los hombres, algunos de los salmistas, entonando esas hermosas alabanzas, manifiestan saberse entrañablemente amados por Él. En muchas frases de los salmos, Dios insiste constantemente en esta verdad: Dios es infinitamente misericordioso y se compadece de los hombres, de modo particular de aquellos que sufren la miseria más profunda, el pecado. En una gran variedad de términos e imágenes —para que los hombres lo aprendamos bien—, la Sagrada Escritura nos enseña que la misericordia de Dios es eterna, es decir, sin límites en el tiempo, como dice el Salmo 100: «Porque es eterna su misericordia»; es inmensa, sin limitación de lugar ni espacio; es universal, pues no se reduce a un pueblo o a una raza, y es tan extensa y amplia como lo son las necesidades del hombre. 

La misericordia supone haber cumplido previamente con la justicia, y va más allá de lo que exige esta virtud. «La misericordia es en realidad el núcleo central del mensaje evangélico, es el nombre mismo de Dios, el rostro con el que Él se ha revelado en la antigua Alianza y plenamente en Jesucristo, encarnación del Amor creador y redentor», afirmaba el papa Benedicto XVI. 

Cada vez que recitamos los salmos, en la recitación de la Liturgia de las Horas, en el salmo responsorial de Misa y especialmente aquellos que hacen mención de la misericordia infinita de Dios, advertimos la necesidad de detenernos, de levantar los ojos al cielo, y acordarnos de que no somos los amos del mundo y de la vida. Tenemos que contemplar el cielo, las montañas, el mar; sentir la fuerza del viento, la voz de las grandes aguas como aquellos hombres que se dejaban inundar por el amor de Dios.

Cómo le gustaba a la beata María Inés Teresa sentirse pequeña —como en realidad somos— en el gran universo que Dios ha creado y sigue creando y vivificando en cada instante rodeándonos de su misericordia, como canta el salmista cuando dice: «al que espera en el Señor, le rodea la misericordia» (Sal 32,10). Tenemos que aprender a clamar a Dios como lo hace el salmista a Dios en el Salmo 5: «Escucha, oh Señor, mis palabras; Considera mi gemir, estate atento a la voz de mi clamor, Rey mío y Dios mío, Porque a ti oraré. Oh Yahvé, de mañana oirás mi voz; de mañana me presentaré delante de ti, y esperaré». Los salmistas son un ejemplo de pecadores que supieron agradar a Dios por medio de su arrepentimiento y su dependencia de Dios. 

Vivimos cada vez más en medio de cosas artificiales hechas por nosotros, y eso cambia lentamente nuestra percepción de la realidad y de nosotros mismos. Sin darnos cuenta, nos olvidamos de dónde estamos y de quiénes somos; perdemos el sentido de nuestra verdadera dimensión: a veces nos sentimos omnipotentes, mientras no lo somos; a veces nos sentimos impotentes, mientras no lo somos. Como el profeta Amós nos recuerda, somos como una brizna de hierba, es cierto, pero nuestro corazón es capaz de infinito. Somos, como dice la beata María Inés, «la nada pecadora». Es cierto, pero podemos preguntarnos al recitar los salmos «¿por qué?», y sentir dentro de nosotros un vínculo misterioso, a veces doloroso, con Aquel que creó el mundo, el sol, la luna, las estrellas. «La misericordia del Señor —como dice el salmista— llega hasta el cielo, su fidelidad hasta las nubes» (Sal. 36, 6). 

De todas las criaturas —que, a su manera, son más humildes y obedientes al Creador que nosotros— los seres humanos somos los únicos que reconocemos , y a veces sentimos, que esta omnipotencia de Dios, esta incomprensible magnitud, es solamente amor y amor misericordioso, tierno, compasivo, como el de una madre por sus hijos, pequeños y frágiles. Somos los únicos en darnos cuenta de que toda la creación gime y sufre como si tuviera dolores de parto. Y nos damos cuenta, como dice el salmista, que «los ojos del Señor están fijos sobre sus fieles, sobre los que esperan en su misericordia» (Sal. 33, 18). 

El siglo XX que hemos dejado a nuestras espaldas, fue en muchos aspectos una centuria terrible; y el siglo XXI, que con el atentado terrorista del 11 de septiembre de 2001 contra el World Trade Center de Nueva York se inició con un golpe de timbal de augurios nada buenos, no promete hasta el momento ser mejor. El siglo XX conoció dos brutales sistemas totalitarios, dos guerras mundiales —de las cuales solo la segunda causó entre cincuenta y setenta millones de muertos—, genocidios y asesinatos en masa de millones y millones de personas, campos de concentración y muchos horrores más. El siglo XXI ha comenzado marcado por la amenaza de un terrorismo despiadado, injusticias que claman al cielo, niños víctimas de abusos y condenados al hambre y la inanición, millones y millones de desplazados y refugiados, crecientes persecuciones de cristianos; a ello se suman devastadoras catástrofes naturales en forma de terremotos, erupciones volcánicas, tsunamis, inundaciones, sequías, etc. Todo ello y muchos hechos más son «signos de los tiempos».  

A la vista de esta situación, a muchos de nuestros contemporáneos —incluso familiares y amigos cercanos— les resulta difícil hablar de un Dios omnipotente y al mismo tiempo justo y misericordioso porque han perdido la esperanza. ¿Dónde estaba y dónde está cuando todo esto ocurría y ocurre? ¿Por qué lo permite, por qué no interviene? Todo este sufrimiento injusto, preguntan algunos, ¿no representa el argumento más serio en contra de un Dios omnipotente y misericordioso? 

De hecho, el sufrimiento de los inocentes se convirtió durante la Modernidad en la roca del ateísmo (Georg Büchner); la única disculpa para Dios, llegó a afirmarse, es que no existe (Stendhal). Dada la verdaderamente diabólica irrupción del mal, en ocasiones se prolonga la pregunta de este modo: ¿no habría que negar a Dios para mayor gloria de Dios (Odo Marquard)? 

El sufrimiento en el mundo es probablemente el argumento de mayor peso del ateísmo moderno que nos rodea y que impregna muchos ambientes de desesperanza. A él se añaden otras cuestiones que han tenido su repercusión. Han ocasionado que en la actualidad, para muchos, según piensan, Dios no exista; al menos, numerosas personas viven como si Dios no existiera. La mayoría de ellas parecen incluso poder vivir muy bien sin él, al menos no peor que la mayoría de los cristianos. Esto ha transformado la índole de la pregunta por Dios. Pues si Dios no existe o se ha tornado irrelevante para muchos, entonces protestar contra él no tiene ya sentido. Las preguntas: «¿Por qué todo este sufrimiento?» y «¿Por qué tengo que sufrir yo?», llevan más bien a enmudecer, hacen que la gente se quede sin palabras.  

De ahí que no solo cristianos creyentes, sino también muchas personas reflexivas y despiertas con otras convicciones reconozcan que el mensaje de la muerte de Dios, muy al contrario de lo que esperaba Nietzsche, no conlleva la liberación del ser humano. Allí donde la fe en el Dios misericordioso se volatiliza, allí quedan un vacío y un frío atroces. Sin Dios estamos por completo —y además sin salida— a merced de los destinos y azares del mundo y de las tribulaciones de la historia. Sin Dios no hay ya instancia alguna a la que apelar, no existe ya esperanza alguna en un sentido último y una justicia definitiva. ¡Qué sabios eran los salmistas, al reconocer, aún en medio de las guerras, de las divisiones, de los atropellos y abusos, de las catástrofes naturales, del vacío y del pecado, la infinita misericordia de Dios! Al leer y recitar muchos de los salmos, podemos percibir que la dignidad absoluta del ser humano únicamente es posible si existe Dios y si este es el Dios de la Misericordia y de la gracia.

San Juan Pablo II nos legó la profecía de que este es el tiempo de la misericordia. Él fue quien dedicó a la Divina Misericordia el segundo domingo de Pascua, y murió en la víspera de ese domingo.  

El Papa Francisco, en su Bula Misericordiae Vultus, en el número 12 expresaba: «La Iglesia tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios... En nuestro tiempo, en el que la Iglesia está comprometida en la nueva evangelización, el tema de la misericordia exige ser propuesto una vez más con nuevo entusiasmo y con una renovada acción pastoral. Es determinante para la Iglesia y para la credibilidad de su anuncio que ella viva y testimonie en primera persona la misericordia. Su lenguaje y sus gestos deben transmitir misericordia para penetrar en el corazón de las personas y motivarlas a reencontrar el camino de vuelta al Padre.» Por eso, en esta reflexión que nos incumbe, le suplicamos con el salmista: «Vuélvete, Señor, rescata mi vida, sálvame por tu misericordia» (Sal. 6, 5). 

Cuando vemos el uso de la palabra «misericordia» en los salmos, debemos estar claros, para no confundir los sentimientos y entender que ser misericordioso no consiste en tener un corazón compasivo sin pasar a la práctica, tampoco en realizar alguna obra de misericordia de vez en cuando sin enfrentarnos a las causas concretas del sufrimiento y de las injusticias; si lo hiciésemos así, estaríamos en una actitud paternalista y sobreprotectora que, los autores de los salmos, no confunden. Dice el salmista: «A ti, Señor, la misericordia. Porque tú retribuyes a cada uno según sus acciones» (Sal. 66, 20). 

Para ser misericordiosos, es necesario primero, interiorizar el sufrimiento ajeno, es decir, dejar entrar en mis entrañas y en mi corazón el sufrimiento del otro y la esperanza que tiene de salir de él para hacerlo mío. Es algo que me duele a mí. En segundo lugar ese sentimiento ya hecho mío, provoca en mí una reacción que me lleva a ser activo y comprometido, me lleva a actuaciones concretas orientadas a aliviar y quitar ese sufrimiento. Soy uno con los otros, su dolor es el mío, su sufrimiento es el mío, sus esperanzas son las mías y suplico al Señor no solo pensando en mí, sino sabiéndome parte de una humanidad que —utilizando una de las palabras que el Papa Francisco inventó— se sabe «misericordeada» por Dios y le dice con el salmista lleno de esperanza: «¡Manifiéstanos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación!» (Sal. 85, 8). 

Vivir la misericordia es lo primero y principal de todo bautizado A lo largo de la vida tendremos que hacer muchas cosas, muchas oraciones y celebraciones, muchas fiestas por nuestra fe... pero la misericordia debe ser el eje transversal de la vida de todo bautizado: debemos dejarnos amar por Dios, sentir su misericordia en todos los momentos de nuestra existencia como hijos de Dios y la misericordia hacia los demás ha de configurar nuestra manera de vivir, de mirar a las personas y al mundo desde nuestro vivir según la vocación específica que hayamos adoptado. Nuestra manera de vivir la vida en el seguimiento de Cristo, al estilo de Madre Inés, si formamos parte de la Familia Inesiana, por ejemplo, ha de pasar por practicar la misericordia o no seremos Inesianos. Digamos con el salmista: «¡Qué bueno es el Señor! Su misericordia permanece para siempre, y su fidelidad por todas las generaciones.» (Sal. 100, 5). 

María santísima recapitula en el magníficat la entera historia de la salvación describiéndola como una historia de la compasión divina. «Su misericordia —la de Dios— con sus fieles, continúa de generación en generación» (Lc 1,50). Ella «goza del favor de Dios» (Lc 1,30). Esto quiere decir: por sí misma no es nada en absoluto, todo lo que es se lo debe a la infinita misericordia del Señor. Ella no es más que la «sierva del Señor» (Lc 1,38). La gloria no le pertenece a ella, sino en exclusiva a Dios, para quien nada hay imposible (cf. Lc 1,37s). De ahí que María cante: «Proclama mi alma grandeza del Señor, mi espíritu festeja a Dios mi salvador... Porque el Poderoso ha hecho proezas, su nombre es santo». Ella es por completo recipiente y nada más que humilde instrumento de compasión divina. 

Al final del cuarto Evangelio, María, que figura al comienzo de la historia neotestamentaria de la salvación, asume una importante posición en su punto culminante. Pues Jesús, desde la cruz, confía a Juan a María como madre y, a la inversa, confía a María a su discípulo Juan como hijo (cf. Jn 19,26s). Esta escena está llena de profundo significado. Juan es el discípulo al que ama Jesús (cf. Jn 19,26); en este Evangelio es tenido por arquetipo del discípulo. Esto significa que Jesús, en Juan, le confía a María todos los discípulos como hijos y, a la inversa, a todos ellos les confía a María como madre. Estas palabras de Jesús pueden ser entendidas como su testamento, como su última voluntad; con ello dice algo que es vinculante y decisivo para el futuro de la Iglesia: Hay que recurrir a María, Madre de Misericordia que nos dirá siempre:  «Hagan lo que Él les diga» (Jn 2,5). 

Vamos rezando con el salmo 136:   

ETERNA ES SU MISERICORDIA 

Dad gracias al Señor porque es bueno: porque es eterna su misericordia.  

Dad gracias al Dios de los dioses: porque es eterna su misericordia.  

Dad gracias al Señor de los señores: porque es eterna su misericordia.  

Sólo él hizo grandes maravillas: porque es eterna su misericordia.  

Él hizo sabiamente los cielos: porque es eterna su misericordia.  

Él afianzó sobre las aguas la tierra: porque es eterna su misericordia.  

Él hizo lumbreras gigantes: porque es eterna su misericordia.  

El sol que gobierna el día: porque es eterna su misericordia.  

La luna que gobierna la noche: porque es eterna su misericordia. 

Dad gracias al Dios del cielo: Porque es eterna su misericordia. 

Para terminar este encuentro, dejémonos cuestionar por estas preguntas: 


• Hasta ahora ¿qué tan importante ha sido la vivencia de la misericordia en mi vida? 

• ¿Soy misericordioso en la práctica o me quedo con un corazón compasivo? 

• Según los textos bíblicos de los salmos y según los comentarios expuestos, ¿cuál o qué es el núcleo de mi vida en el seguimiento de Cristo? 

Padre Alfredo.

 

viernes, 17 de abril de 2020

LAS 7 CARACTERÍSTICAS DEL ESTILO MISIONERO DE JESÚS...

1. La certeza de ser amado, llamado y enviado

El Señor «llamó a los que Él quiso» (Mc 3,13) y de ellos «hizo Doce». Jesús toma la iniciativa y nos invita a ser sus colaboradores. Esta convicción vocacional nos llena de serenidad en los momentos difíciles. No por nuestros méritos sino por designio divino. Al llamarnos confía en nosotros y espera nuestra respuesta generosa. Luego pone en nuestras manos su propio proyecto.


2. Participar de su Vida

Los llamó «para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar con el poder de destruir el mal» (Mc 3,13-14). Una traducción más exacta sería: «para ser uno con Él» (cf. Jn 17,22). Esta es la esencia de la vocación misionera: estar unidos a Jesucristo como las ramas al árbol. La oración y la escucha cotidiana de su Palabra constituyen la fuerza invencible de la misión. Hablar con Él para hablar de Él. De otra forma lo único que haremos será predicarnos a nosotros mismos y lo que construyamos quedará sobre arena. Los sacramentos, en particular la eucaristía y la reconciliación, como ríos de gracia, nutren nuestra conversión y nos asocian al Amor capaz de aniquilar la acción del maligno.


3. Testigos de Fraternidad

Somos enviados como Iglesia, nunca solos: «de dos en dos». Porque el núcleo del anuncio consiste en mostrar que somos hermanos y hermanas en el único Padre-Amor. Por eso el mundo no nos quiere recibir, ya que testimoniamos y proclamamos la fraternidad ante una sociedad que nos asegura lo contrario. Esto es también el fin que anhelamos: «que viendo cómo nos amamos, glorifiquen al Padre que está en el cielo» (cf. Mt 5,16). La experiencia de la fraternidad es lo que más necesita nuestra presente humanidad herida. De dos en dos para aligerarnos con el bálsamo de la amistad y ayudarnos a cargar la cruz, para que el testimonio sea válido conforme a la ley judía, sobretodo para estar ciertos de la presencia del Maestro que nos prometió «ahí donde dos o más se reúnan en mi Nombre, yo estaré en medio de ellos».


4. Abandono en la Providencia

Si llevamos dinero la gente nos pedirá dinero. Si ponemos, de hecho, la prioridad en cosas materiales o en capacidades humanas, entonces seremos dependientes de lo que hemos puesto como base. En cambio Jesús nos pide como única condición misionera «no lleven oro, ni morral, ni doble túnica» (Lc 10,4). En otro texto solamente nos permite «las sandalias y el bastón» (Lc 9,3) como instrumentos del Buen Pastor: para caminar con el pueblo a través del desierto y para golpear la roca de donde brote el agua o para conducirlos hasta la tierra prometida separando las corrientes marinas. Si ponemos nuestra prioridad en la Providencia, la gente descubrirá a Aquel que nos cuida «más que a las flores del campo o a los pájaros del firmamento» (cf. Mt 6,26). No es cuestión de dar sino de darse. Los bienes materiales son buenos en cuanto nos ayudan a este fin. El testimonio de una Iglesia pobre y servidora llega más lejos que cualquier sermón. La pobreza evangeliza es aquella que nos separa de la lógica mundana, ligada al tener y al poseer —pues todo aquello a lo que nos apegamos luego nos posee— y en cambio nos acerca más a Dios y a los más necesitados.


5. Instrumentos de Paz

«Cuando entren en una casa, digan "Shalom"» (cf. Lc 10,5-6). Lo que más necesitan las personas es el Shalom: la paz que nada ni nadie puede dar sino sólo Dios. La paz que devuelve la dignidad al hombre degradado o a la mujer maltratada, que no juzga ni condena, que devuelve la esperanza y que hace llorar de alegría. El Shalom que retuerce la escala de valores del mundo y coloca en primer lugar a nosotros, hijos e hijas de Dios, encontrados y perdonados.


6. Fieles en la Cruz

Jesús es consciente que nos envía «como ovejas en medio de lobos» (Mt 10,16). Al mal no se le vence engordándolo más por la revancha. Al mal se le vence a fuerza de bien. Jesucristo, nuestro Redentor, ha puesto sobre sus espaldas el pecado del mundo y lo ha derrotado para siempre. Él ha roto el círculo vicioso del odio. El veneno de la serpiente ha quedado ineficaz y ella ha sido ridiculizada. Ya nada puede hacernos daño y la aparente debilidad de la oveja se convierte en energía regeneradora. La persecución y el mismo martirio, como signos identificadores de la misión de los discípulos de Jesucristo, son fuente de fecundidad inigualable y de paz imperecedera. La tentación de escapar del sufrimiento, a veces también por medio de falsas religiosidades, viene superada por la confianza absoluta en el Crucificado que nos ama hasta el extremo.


7. Profetas de Esperanza

«No tengan miedo…Yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo» (Mt 28,19-20). Esta certeza ilumina toda la misión. El Amor tiene la última palabra en la historia humana, a pesar de nuestros fracasos, incoherencias, traiciones… Cuando Dios nos elige nos toma en serio y nos es fiel. A nosotros nos corresponde simplemente dejarnos guiar por su luz Entregar nuestros «cinco panes y dos peces» (cf. Mt 14,13-21; Jn 6,9) para que se realice nuevamente el milagro del amor multiplicado. Lo peor que puede suceder a un misionero es perder la esperanza, si ello acontece entonces será urgente volver a las fuentes de la Vida. Nada puede apagar nuestro gozo porque tiene raíces de eternidad. Dios es nuestra Fuerza, aún si ya nuestro cuerpo flaquea. El ideal cristiano seguirá siendo la aventura de lo imposible, porque tenemos como ejemplo a la Madre Santísima de Dios que nunca perdió la esperanza. Ella nos acompaña en nuestro diario caminar hacia la eternidad.

Padre Alfredo.