Es importante preguntarnos constantemente cómo participamos en ese tejido humano y comunitario que llamamos comunidad. Esta participación incluye también los momentos difíciles y los conflictos, porque forman parte de toda experiencia humana; pero, iluminados por el Evangelio, pueden convertirse en ocasión de crecimiento. Recuerdo una vez que en una de las conferencias que imparto, un joven religioso se acercó para contarme que a él le funcionaba acercarse con sencillez a los hermanos y decirles: «Mira, yo necesito mucha ayuda porque estoy aprendiendo y creo que esto que haces no me ayuda, más bien creo que nos hace difícil la vida diaria y yo quiero ayudarte porque tú también me ayudas a mí». Esas palabras, dichas sin superioridad y con verdadero cariño, abren siempre un diálogo que no sólo corrige una actitud, sino que fortalece la confianza en la comunidad porque se habla desde el corazón. Nuestras comunidades necesitan cuidar los espacios, los modos y las actitudes que permitan crecer en el amor y en la comunión, sentirse sostenidos por una comunidad concreta y, al mismo tiempo, responsables de ella.
En la interacción de cada día en la convivencia, tratamos con personas, rostros e historias reales: un espacio para amar a quienes nos rodean y para dejarnos amar por ellos. Dentro de ese dinamismo, la corrección fraterna ocupa un lugar muy importante, porque es una advertencia que se dirige al prójimo para ayudarle en el camino de la santidad. Tan importante es saber corregir como dejarse corregir. En el Evangelio, Jesús corrige a sus discípulos en diversas ocasiones: les amonesta ante el brote de envidia que manifiestan al ver a uno que expulsaba demonios en su nombre; reprende a Pedro con firmeza porque su modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres; y encauza la ambición desordenada de Santiago y Juan. A la luz de todo esto, preguntémonos: ¿cómo vivo yo la corrección fraterna?, ¿me dejo corregir? Que la Virgen nos ayude a dar una buena respuesta. ¡Bendecido domingo!
Padre Alfredo.
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