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martes, 5 de mayo de 2020

Los Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal...

Del corazón sin fronteras de la Beata María Inés Teresa Arias, brotó en 1979 la fundación de los «Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal» como parte de una familia misionera fundada por ella misma y hoy conocida como «Familia Inesiana», integrada por las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento, los Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal, el grupo sacerdotal Madre Inés, las Misioneras Inesianas Consagradas, Van-Clar y la Familia Eucarística.

En noviembre 23 de 1979 la beata inició esta obra de los misioneros confiando en la Divina Providencia y alentando a un grupo de jóvenes que sentían sus anhelos misioneros identificados con los que ella tenía como móvil de su ser y quehacer como misionera sin fronteras.

La tarea de los Misioneros de Cristo en el mundo actual es extender el Reino de Dios con la urgencia de la nueva evangelización, implantando la Iglesia en donde aún no ha sido establecida y reanimando a las comunidades en el espíritu misionero. Anunciamos el evangelio a creyentes y no creyentes en un amplio campo de apostolado.

Actualmente, con presencia en México y en Sierra Leona (África),  tenemos tres Casas y dos Parroquias y uno de nuestros hermanos trabaja en otra parroquia como vicario parroquial, además del arduo trabajo que desarrollamos en diversos campos de la pastoral y en las misiones populares. 

Fuimos fundados para la misión «Ad Gentes» y buscamos dar respuesta al llamado que nos hace el Concilio Vaticano II dando a conocer a Dios y el amor de Santa María de Guadalupe, Patrona de la familia misionera a la que pertenecemos.

Compartiendo con mucha gente, en nuestras  comunidades la fe, en el despertar de este nuevo milenio, trabajamos para seguir esculpiendo el rostro de Cristo en un campo difícil y alicaído por la presencia de numerosas sectas y de un mundo que se debate entre el odio y la violencia, la tristeza y el desánimo.

En Michoacán, en el poblado El Tigre, está la Casa «Don Vasco de Quiroga», espacio de formación para sacerdotes, religiosos y laicos que quieren acrecentar su espíritu misionero al estilo de la beata Madre María Inés. Alentar a los misioneros es vital para el crecimiento del instituto, de la Iglesia, de la evangelización. A través del acompañamiento y de la vivencia de la fe, hacemos presente la palabra y la presencia eucarística de Cristo en las comunidades de la zona lacustre de Pátzcuaro. En el proceso de desarrollo de estos pueblos y rancherías es siempre urgente la presencia misionera que apoye su identidad y les alcance una promoción humana y digna de valores.

En la arquidiócesis de Monterrey, en donde está nuestra Casa Fundacional,  se nos ha encomendado la parroquia, «Nuestra Señora del Rosario en San Nicolás», donde tenemos siempre un desafío, el reto constante de la nueva evangelización, buscando hacer presente a Cristo en medio de una urbe gigantesca y aglomerada, necesitada de espacios para el desarrollo integral del ser humano.

En Cd. Benito Juárez, N.L. está enclavada la Casa de Formación de nuestro instituto, un Seminario Misionero que dé cabida a nuestros formandos de distintas  etapas, especialmente los estudiantes de Filosofía y Teología en un lugar en el que nuestros alumnos que se preparan al sacerdocio y a la vida consagrada encuentran paz, tranquilidad y armonía en un una casa de oración para adquirir  la suficiente madurez. Esta casa está abierta a quienes quieran forjar su vocación misionera, alimentándose de la vida de comunidad y a quienes quieran encontrar un espacio para reflexionar.

En África, en Sierra Leona, tenemos la parroquia de «Nuestra Señora del Rosario» en un lugar llamado Mange Bureh, en donde, en la misión directa, evangelizamos, ayudados por voluntarios laicos y por nuestras hermanas Misioneras Clarisas, una gran cantidad de villas. Cada día, nuestros misioneros se internan en la selva y en los diversos parajes para llevar la Buena Nueva a quienes aún no han oído hablar de Dios. Esta misión es, con toda verdad y razón, el pulmón de esta obra creada para ir a llevar la Palabra de Dios y los Sacramentos a los más pobres y alejados de nuestra tierra.

La Casa Fundacional de nuestro instituto, está ubicada en el municipio de San Nicolás de los Garza, N.L., donde están las oficinas centrales de los misioneros de Cristo: Esta es la casa que recibe a los nuevos aspirantes a la congregación.  Desde 1983, se realiza, allí, un trabajo constante de evangelización que sigue presentando el camino de Cristo en un mundo pujante e industrializado.

Gracias a la entrega de cada Misionero de Cristo y al apoyo que nos brinda la Familia Inesiana y todos ustedes, bienhechores, amigos, familiares que, con su oración ferviente y su corazón generoso, hacen posible que nuestra familia misionera cumpla su misión evangelizadora, llegamos este 23 de noviembre de 2012 a nuestro XXXIII Aniversario de Fundación.

Con mucha gratitud e inmenso cariño, los Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal, ofrecemos las Misas, las oraciones, los trabajos de cada día, por ustedes y sus familias, pidiendo al Señor que Él sea su mejor recompensa dándoles paz, salud, bienestar y la esperanza del cielo.

Estamos seguros de que al alentar esta obra, su vocación misionera se acrecienta y el deseo de que todos conozcan y amen a Dios y a su Madre Santísima, se hace cada día más grande.

Padre Alfredo.

sábado, 9 de noviembre de 2019

«Mis 30 años»... Un video con fotografías diversas de mi vida sacerdotal.

El 4 de agosto de 1989, hace poco más de 30 años, fui ordenado sacerdote en la Basílica de Guadalupe de Monterrey, Nuevo León en México. Con unas cuantas fotografías entresacadas de aquí y de allá, comparto algo de este largo caminar agradeciendo a todos y a cada uno.

sábado, 20 de julio de 2019

«Otro Cristo en la plenitud sacerdotal»... Un pequeño pensamiento para hoy

El salmo responsorial de este sábado, está compuesto por algunos versículos del salmo 135 [136] muy bien articulados. Este es un salmo muy hermoso que, originalmente, en cada uno de sus 26 versículos repite la frase: «porque es eterna su misericordia». Hoy la respuesta al salmo se centra en la frase: «Demos gracias al Señor, porque él es bueno», frase que se encuentra al inicio de esta bella composición de alabanza y de acción de gracias. Si leemos el salmo completo, podemos imaginar una gran multitud del pueblo de Dios en los atrios del templo. Un sacerdote o un levita clamaba una razón para darle gracias a Dios, y el pueblo respondía con un, «porque es eterna su su misericordia». En la tradición judía este salmo, tan bien articulado, ha sido llamado el gran Hallel (el gran Salmo de la alabanza) por la manera en la que representa la bondad de Dios hacia su pueblo y los motiva a alabarlo por su misericordia y su firme amor. Sí, todos sabemos que el Señor es bueno y que uno de sus atributos que prevalece siempre en Él es su infinita misericordia. El hecho de que Dios es bueno es fundamental para todo lo que Él es y hace. Sabemos que Dios es amor (1 Jn 4,8; 4,16), y ese amor es una expresión de su bondad. Esta es una maravillosa razón para darle alabanza a Dios. 

Dios, por su infinita misericordia, es la fuente del bien, el bien del bien, el sustentador del bien, el perfeccionador del bien, y el recompensador del bien. Por todo esto Él merece la constante alabanza de su pueblo y por esa razón el salmista pregona la bondad del Señor para con todos, porque Él se acuerda siempre de los suyos. Dentro de un rato, muchos seremos testigos de la bondad y de la misericordia del Señor al participar en la ordenación sacerdotal del diácono Eutiquio Pacheco Hau en la Catedral de aquí de Monterrey. El Señor, que es bueno y misericordioso, elige hombres de entre el pueblo para que, mediante el ministerio sacerdotal, sean colaboradores para extender esa bondad y esa misericordia del Señor. El Evangelio de hoy (Mt 12,14-21) nos ayuda a ver que la obra de Jesús no va destinada solamente al pueblo elegido, ni tampoco a los primeros pueblos que tuvieron la suerte de recibir el evangelio. Todas las naciones son amadas de Dios en Cristo, y Jesús sigue siendo enviado a todas ellas a través de sus misioneros. Eutiquio tiene muchos años de misionero, es Misionero de Cristo para la Iglesia Universal y ha sentido el llamado del Señor para ser sacerdote para siempre. 

¡Maravillosa vocación! vocación de imitar al Señor, vocación de ser —como decía la beata María Inés Teresa— «otro Cristo en la plenitud sacerdotal», vocación de amar, de no quebrar lo cascado, de no apagar los pequeños destellos de luz que aún subsisten en la fe de los discípulos–misioneros en medio de este mundo que parece olvidar la existencia y la acción de la bondad y la misericordia del Señor; vocación de dar esperanza, de haber querido ser como Cristo para salvar a la humanidad. Pidamos por quien dentro de un rato más será ya «el padre Eutiquio». Pidámosle al Señor, por mediación de su Madre Santísima, que también es Madre de las vocaciones que nuestro hermano Eutiquio como siervo elegido y amado por el Señor, sea, en su sacerdocio, un pregonero humilde y paciente que ayude a que no se apague «la mecha que aún humea» en la fe de muchos y que, como misionero, piense siempre en esos que aún no conocen al Señor. ¡Bendecido sábado y felicidades a nuestro hermano por el don de la ordenación sacerdotal que hoy recibe!

Padre Alfredo.

lunes, 6 de mayo de 2019

«Monterrey: allá voy»... Un pequeño pensamiento para hoy


Nos demos cuenta o no, nuestra vida se halla por completo en las manos de Dios y, en su infinita misericordia, en su soberanía, va marcando el camino que hemos de seguir. Esta mañana leo el salmo 118 [119] con una clave muy especial, la clave de la alegría que el salmista pone en cumplir la voluntad de Dios con gusto. El autor de este salmo le pide al Señor nueva luz para meditar sus maravillas y le pide la gracia necesaria para cumplir su voluntad. Hoy, escribiendo esta reflexión desde mi lugarcito aquí en la parroquia de Fátima en donde he pasado los dos últimos dos años y medio de mi vida, garabateo pidiendo esto mismo para mí, puesto que este es el último día que escribo desde mi selva de cemento antes de estar, Dios mediante, en este mismo día, en unas horas más, en mi nuevo destino desde donde seguiré compartiendo mi granito de arena en la reflexión de cada día con mi «pequeño pensamiento». A partir de mañana escribiré mi reflexión desde mi nuevo hogar en este ir y venir de la vida misionera. Hoy se cierra una etapa de mi caminar en esta hermosa vocación y se abre una nueva. El martes pasado, al despedirme de la Morenita en el Tepeyac, le di gracias por permitirme estar junto a ella cada martes dispensando el perdón, la misericordia y la esperanza para muchas vidas sabiendo de vez en vez, no tan seguido como hora, la seguiré —si Dios no dispone otra cosa— viniendo a ver y a confesar en ese bendito lugar que me ha dejado las puertas abiertas. 

«He escogido el camino de la lealtad a tu voluntad y a tus mandamientos» escribe el salmista y sabemos todos que lealtad significa «fidelidad» y también «verdad». El camino de la lealtad es el camino de la verdad, es el de la fidelidad. Lo «he escogido», testifica el autor del salmo. He hecho, como quien dice, una deliberada elección de esta forma por encima de otras. Esto significa «elegir, escoger, desear, preferir, es decir, hacer una selección entre dos o más opciones que la vida nos presenta. Por eso siento muy acertado para mí el día de hoy este salmo en algunos de sus versos, pues encaja perfectamente con lo que estoy viviendo en estos momentos cumpliendo la voluntad del Padre: «Dichoso el que camina con vida intachable; tus preceptos son mi delicia, tus decretos son mis consejeros. Te expliqué mi camino y me escuchaste; enséñame tus leyes; instrúyeme en el camino de tus decretos, y meditaré tus maravillas. Apártame del camino falso, y dame la gracia de tu voluntad; escogí el camino verdadero, deseé tus mandamientos» dice otra traducción que tengo a la mano. Junto al salmo, leo el Evangelio de hoy (Jn 6,22-29) y descubro que buscar a Jesús y seguir la voluntad de su Padre como él lo hizo, es buscar la felicidad, la lealtad, la seguridad, la vida y la verdad que,. Volteo a mi alrededor y veo a muchos como la gente de Cafarnaúm, van por la vida bastante desconcertados, buscando y no encontrando respuesta al sentido de su vida y agradezco que, en mi vocación de misionero, le encuentro sentido al cambio y a la certeza de saber que, en todas partes de esta tierra, incluida esta selva de cemento, vamos de paso. 

Vivir la vocación de misionero, implica siempre un venturoso esfuerzo, audacia, obediencia, riesgo, aventura... eso y mucho más en un volver a empezar. No cabe duda. Vivir la gracia de ser misionero es creer en algo más allá de nuestros sentidos como algo venido de Dios, como algo admirable, delicioso, fascinante, aunque sorprendente y arriesgado sin instalarse. Es como tener luz en medio de la niebla. Ahí está el valor de dar para volver a dar y de dejar para volver a empezar. «Creer en Cristo, el enviado del Padre» y creerle a Cristo con un corazón misionero, es un trabajo que implica darlo todo con fe. Sin ese don de la fe, sería imposible ser misionero. Hoy le abro mi corazón nuevamente a Dios y a su voluntad y muy contento y agradecido, después de haberme despedido ayer de esta querida comunidad, emprendo el vuelo a mi nuevo destino: «Monterrey», la cuna de los Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal, la cuna de mi vida y de mi vocación para arrancar allá con nuevas encomiendas que iré compartiendo. Hoy me encomiendo de una manera muy especial a sus oraciones. A los misioneros los cambios tarde o temprano nos llegan y nos sentimos felices de lo vivido y ya desde ahora a lo que vendrá. Sostenido en la gracia de Dios, queriendo cumplir su voluntad y acompañado por las oraciones de todos ustedes, estoy listo y preparado para los retos que se presenten, una nueva etapa en mi vida empezará y buscaré dar lo mejor de mi. ¡Bendecido lunes, inicio de semana laboral y académica para muchos y de una nueva etapa para mí! 

Padre Alfredo.

viernes, 23 de noviembre de 2018

«Toma este librito y cómelo»... Un pequeño pensamiento para hoy

Una de las acciones que más llenan el corazón y la vida de todo discípulo–misionero de Cristo, junto al amor a Jesús Eucaristía, que es el mismo Cristo del Evangelio, es la escucha y la recepción de la Palabra de Dios y, una de las tareas más bellas y comprometedoras, es el anuncio de esa misma Palabra. Esta es la tarea del misionero, y, el misionero, como dice el Papa Francisco, es aquel «que se hace servidor del Dios-que-habla, que quiere hablar a los hombres y a las mujeres de hoy, como Jesús hablaba a los de su tiempo, y conquistaba el corazón de la gente que venía a escucharlo desde cualquier parte y quedaba maravillada escuchando sus enseñanzas» (Discurso del 1 de octubre de 2015). Algunos definen a los misioneros como obstinados, audaces, abnegados, llenos de coraje y entrega que van a los lugares más castigados del planeta, poniéndose siempre del lado de los más pobres, cumpliendo su vocación y la llamada de la misión fuera del lugar que los vio nacer. Hace 39 años, en un día como hoy, la beata María Inés Teresa consolidaba un proyecto que Dios había puesto en su corazón y nacía oficialmente el instituto de los «Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal» con un grupito de jóvenes que sintonizaban con ella en el anhelo misionero de llevar a Cristo a cuantos corazones hay en el mundo entero para «que todos le conozcan y le amen». 

No es casualidad que el texto del Apocalipsis que hoy nos presenta la lectura de la palabra (Ap 10,8-11) nos narre el gesto simbólico del ángel que ofrece a Juan «un librito abierto» para que lo coma y lo devore. Éste así lo hace y experimenta en él mismo los contrarios sabores de la dulzura y la amargura. Similar gesto consta en la profecía de Ezequiel (Ez 3,1-2) y en la condición de ser y quehacer de cada misionero de Cristo y de cada uno de los discípulos–misioneros conscientes del encargo misionero recibido desde el bautismo. Recibimos gratis la Palabra de Dios, la aceptamos y la digerimos, para hacerla nuestra y llevarla a los demás. Hoy, en este texto encuentro una sencilla imagen para repasar mi vida misionera y agradecer esta vocación de anunciar el mensaje restaurador de Dios gracias al «Sí» de una santa mujer que no conoció fronteras de ninguna clase que sabía que el misionero es ante todo un enamorado de Jesús Eucaristía a quien anuncia a través de la Palabra divina y a quien adora con la humanidad entera en su presencia sacramental, sobre todo a la hora de celebrar la Santa Misa. El misionero, desde la visión del corazón sin fronteras de Madre Inés, es alguien que está lleno de la Escritura, para descubrir en ella el misterio del plan de Dios sobre el mundo, a fin de ser capaz de hacer nuevas aplicaciones en función de la realidad presente que va atravesando la humanidad, así lo revelan muchas de sus cartas, no solo las enviadas a los Misioneros de Cristo sino al resto de la familia misionera por ella fundada. 

Esto es lo que hace san Juan, que vuelve a tomar pasajes del Antiguo Testamento, se nutre de ellos, los asimila y aclara con ellos las cuestiones contemporáneas. La Palabra de Dios, contenida en el Libro Santo, tiene aspectos maravillosos, dulces, reconfortantes algunas veces y difíciles, duros, exigentes. Es dulce porque revela al misionero el sentido de su llamada por ser un elegido, pero también es amarga, porque pone al descubierto los pecados, las insuficiencias, la miseria, que sacude la tibieza y la cobardía al ser enviado. El misionero no tiene que buscar el hilo conductor de lo que «va a suceder», esta es una curiosidad ilusoria, el misionero está seguro de la presencia de Dios en el acontecer de la historia porque en el contacto con esa misma Palabra sabe que debe nutrirse en la «casa de oración» (Lc 19,45-48) para sintonizar, cada día, con el modo de pensar y de actuar de Dios. El espacio y el tiempo sagrado constituyen, para todo discípulo–misionero, un espacio fundamental para encontrarse de corazón a corazón con el Dios que le ha llamado y le ha enviado. Madre Inés dejó como patrona principal de los Misioneros de Cristo a la Santísima Virgen de Guadalupe, así que a ella, hay que encomendar a cada uno de los misioneros el día de hoy y pedirle a Dios, por su intercesión materna, por esta obra para que, cada uno de sus miembros obtenga la gracia de vivir lleno de su amor en el lugar donde se encuentre, colaborando a que en medio de el ir y venir de este mundo, que parece a veces desbocado por tantos intereses, conozca y ame al verdadero Dios por quien se vive. Me felicito y los felicito, hermanos Misioneros de Cristo. ¡Bendecido viernes! 

Padre Alfredo.

sábado, 10 de junio de 2017

Van-Clar... Luz que ilumina el mundo con su testimonio de vida

¿Qué hay imposible para Dios? ¿Qué se le puede dificultar al que es Todopoderoso? El Hijo de Dios ha venido hecho hombre a nuestro encuentro estando siempre pronto a darnos esperanza. La Escritura nos dice: «Quien confiesa que Jesús es Hijo de Dios, permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4,15). Este es nuestro Dios maravilloso, el Señor que todo lo puede «Luz verdadera que ilumina a cada hombre» (Jn 1,9). Por eso nuestros rostros, teniendo un Dios que es Todopoderoso, deberían estar siempre radiantes, sin confusiones, sin desasosiegos, sin oscuridades. El Señor ha venido a nuestro encuentro a decirnos: «¡Ánimo, soy yo!» (Mt 14,27).

Hoy quiero escribir unas cuantas líneas de Van-Clar y a Van-Clar, el grupo misionero de laicos que la beata María Inés fundó con el anhelo de que, dando testimonio de vida cristiana, en el lugar en donde se encuentren, estos hombres y mujeres de toda edad, raza y condición, inunden el ambiente del «suave olor de Cristo» (2 Cor 2,15).A más de dos mil años de distancia de la venida de Cristo, al encuentro del hombre, «el esplendor de la verdad» (V.S. 1), somos testigos de los grandes pasos que ha dado la humanidad hacia la novedad cristiana. La historia de la humanidad, nuestra historia, está llena de hombres y mujeres que han descubierto al Mesías "Luz de Luz" y se han hecho luz, porque han descubierto que, Jesucristo, «luz verdadera que ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9) los ha invitado a ser «luz en el Señor» e «hijos de la luz» (Ef 5, 8). La Buena Nueva se ha extendido por muchos lugares de la tierra gracias a esos corazones iluminados por el que todo lo puede. Pero sabemos también que aún queda mucho camino por recorrer y que el anhelo de tantos ─como la beata María Inés Teresa Arias─ de que todos le conozcan y le amen, está aún lejos de realizarse en plenitud por muchos lugares de la tierra gracias a esos corazones iluminados por el que todo puede.

La beata Madre María Inés vio crecer a las primeras vocaciones laicales de esta rama de la Familia Inesiana, ella los vio animarse, tropezar y volverse a levantar en los pininos de planear, en aquellos años 60's esas misiones pueblerinas, acompañados y asesorados por diversas Misioneras Clarisas, entre ellas la hoy legendaria Hna. Juanita Oropeza en la región de México, a quien todo Vanclarista conoce, compartiendo con ella hasta el día de hoy, el gozo de la misión heredada por la beata y, como ella, muchas otras hermanas que, en los 14 países en donde la obra está presente, pueden dar testimonio del regalo que Madre Inés hizo a la Iglesia y al mundo al fundar Van-Clar.

En estos dos últimos meses, he recibido la visita de algunos de nuestros hermanos Vanclaristas en esta parroquia de Fátima en donde ahora sirvo al Señor con mi ministerio sacerdotal y misionero, compartiendo con otras de las ramas de la Familia Inesiana. También, por diversos motivos, he estado en comunicación con ellos en watsapp, en facebook, por medio de mis blogs, el teléfono, e-mails y qué se yo más medios de comunicación. ¡Qué alegría pensar en tantos hermanos Vanclaristas, que, a lo largo de los años, han dejado la huella de Cristo, porque han descubierto el valor y el sentido de su existencia, al encarnar el lema de Van-Clar, que ella misma les dio: «Vivir para Cristo»! Como dice la Palabra de Dios, ellos también han conocido el amor que Dios les tiene y han creído en ese amor que da vida en abundancia (cf. 1 Jn 4,16; Jn 10,10). En todo el tiempo que tiene Van-Clar, y que yo, que formé parte del grupo y he trabajado tan de cerca con ellos, he visto de todo ciertamente, pero lo que más me llena de gozo y conservo siempre en el corazón, es ver tantos laicos alegres y entusiastas en varias partes del mundo, para quienes la vida se ha convertido en algo digno y muy valioso de vivirse como donación a los demás, confiando en la luz y en la fuerza de aquel que todo lo puede, Cristo, el Señor.

La fuerza del Vanclarista está en el Todopoderoso, y con esa fuerza, es que, en medio del mundo, en su condición de laicos, pueden ir contra corriente exclamando un rotundo, convencido y convincente «¡No!», a esa corriente de cultura de la muerte y relativismo que quiere arrastrar al mundo al vacío y a la infelicidad, convirtiendo a la sociedad globalizada en un amplio espacio de hipocresía, de violencia y de desmedido placer consumista. Con la confianza puesta en Cristo (cf. Jn 6,68), cada Vanclarista se lanza a vivir por Él, a dar testimonio de vida con Él, a salvar al mundo para Él.

Tal vez "Van-Clar" no sorprenda a la sociedad por el número de miembros, y porque realiza un trabajo ─que más bien es oculto─ con «una vida escondida con Cristo en Dios» (Col 3,3), pero, cada Vanclarista, es un portador del espíritu y espiritualidad que, con el carisma de Madre Inés, transforma el corazón de cada persona que tiene que ver con el grupo, sea por que ingresa o es familiar y amigo de alguno de los miembros. Van-Clar va marcando a cada uno con el sello y el estilo «Inesiano», lleno de celo misionero y de amor mariano, que vive la entrega del sacerdocio bautismal bajo la mirada de María, con la alegría de tener a Cristo Eucaristía como centro del diario ser y quehacer. cada uno va viviendo para Cristo y transformando en obras el ideal que la beata Madre fundadora dio al mundo y a la Iglesia al fundar Van-Clar. ¡Cuánto le debemos a la intrepidez y arrojo de esta misionera sin fronteras que puso su confianza, como María, en el Todopoderoso, cuyo nombre es santo! (cf. Lc 1,49).

Todavía tengo claro el recuerdo de mis años de Vanclarista a finales de los 70's, o aquel 1989, cuando siendo diácono me tocó acompañar la fundación de Van-Clar «Villa Universidad», las misiones de Semana Santa, las Asambleas Anuales, los Encuentros Regionales, las Jornadas y las conivencias de grupo... Sí, ¿cómo olvidar aquel grupito de unos cuantos que se sintieron entusiasmados por un jovencito que llegó a casa diciendo que él quería ser Vanclarista? De allí se desprendió un hermoso ramillete de más de 70 jovencitos que, hoy ya adultos y muchos de ellos con familia, siguen con ese fuego en el corazón que no se ha extinguido. También guardo en mi memoria los fuertes vientos que se han dejado sentir en Van-Clar, por los embates de la tormenta que se ha desatado en el mundo en diversas ocasiones, pero he visto como, el que por momentos en medio de la confusión, parecía ser un fantasma (Mt 14,26), les ha dicho «No teman, soy Yo. ¡Tengan confianza!» (Mt 14,27). Y así se ha hecho presente Cristo para alentarlos, para cuestionarlos, para reparar la barquita que ha quedado dañada por las arremetidas de las fuertes tempestades.

Todos los grupos han tenido sus logros, sus fracasos, sus sueños, sus esperanzas, sus derrotas y sus hazañas porque las personas no somos seres perfectos y se da de todo. Para muchos no ha sido fácil perseverar, hay tal vez muchos que solamente pasaron por el camino, otros que vieron la carga muy pesada, unos que divisaron un poquito solamente u otros que por diversos motivos se lanzaron de la barca en medio de la tempestad; pero hay muchos que avanzan, ─como decía la beata María Inés─ «¡con la juventud acumulada!», con la fuerza de su energía y la frescura de los nuevos miembros, todos con la mirada fija en Cristo.

¿Qué decir de nuestros hermanos más jóvenes y a los adolescentes y niños de estos grupos? ¡Ánimo, no teman muchachos! (cf. Mc 6,50), el Señor no defrauda a nadie que le sigue porque él es Todopoderoso. Él acompaña en el caminar y está en la barca cuando hay tormenta. Nuestros hermanos Vanclaristas más jóvenes, y aún los más pequeñitos en edad, deben tener siempre presente que pertenecen a este tercer milenio de la historia de la Iglesia y que, llenos de vida, o de ¡enjundia!, como dicen algunos de sus hermanos Vanclaristas mayores, no se pueden cansar. Los Vanclaristas más pequeños son el futuro, son la prolongación de lo que cada generación ha hecho hasta hoy. ¡Ánimo! que hay que ser como María, la Estrella de la Evangelización, que, siendo jovencita, como muchos de los miembros de sus grupos, dijo «Sí» al Señor y ella los acompaña susurrándoles al oído que vale la pena «Vivir para Cristo» dando testimonio de vida cristiana en el lugar donde se encuentren para que todos le conozcan y le amen.

¿Y qué más le dirá este padrecito a todos nuestros hermanos Vanclaristas de todos colores y sabores? ¡Ánimo! Sí, ciertamente. Ánimo en un mundo que parece dejarse dominar por la tristeza y por eso les digo también: ¡Cuidado! Cuidado con vivir la fe «con cara de funeral». El Papa Francisco nos dice, recordando al beato Paulo VI, que, con cristianos tristes, desalentados, desanimados, no se puede anunciar a Cristo. Y añade: «Esta actitud un poco fúnebre, ¿eh? Muchas veces los cristianos tienen más la cara de ir a un funeral que de ir a alabar a Dios, ¿no?» y a Cristo se le sigue ─dice el Papa─ «saliendo de sí mismos». (cf. Homilía en Santa Martha del 13 de mayo de 2013).

Cuidado, hermanos Vanclaristas con creerse los perfectos, cuidado con sentir que todo lo saben, cuidado con sentirse estar por encima de los demás, cuidado con no dar testimonio de su alegría de vivir para Cristo. Cuidado con quedarse estancados, porque el Papa Francisco también ha dicho que «cuando una comunidad cristiana está quieta le pasa como al agua estancada, que es la primera que se corrompe» (entrevista telefónica a los sacerdotes Joaquín Giangreco y Juan Ignacio Liébana de Argentina, el 9 de agosto de 2014). Cuidado con acomodarse a este mundo frente al peligro de la «mundanidad espiritual» (E.G. 93). Cuidado con quedarse en el camino como muchos otros arrastrados por la rutina de la vida diaria, por no experimentar la presencia de Dios en lo ordinario o por estar buscando doctrinas novedosas que no conducen a nada, sino al vacío que engendra el egoísmo.

Queridos hermanos Vanclaristas, caminamos juntos como parte de una misma familia, la Familia Inesiana y hay mucho que hacer. Con justa razón nuestra amada fundadora, la beata María Inés, hacía suyas las palabras de san Pablo a los Corintios: «Urge que Él reine» (1 Cor 15,25). El Señor nos tiene en este mundo para cumplir una misión, y no podemos olvidar que Él es Todopoderoso y para Él nada es imposible. Somos hijos de un corazón misionero que no pudo nunca guardarse para sí el amor de Dios. Y, por cierto, ¿qué diría ella a cada Vanclarista? Esto es solamente algo de lo que ella tiene para Van-Clar:

«Queridos Vanclaristas: Un saludo cordial para cada uno de ustedes en quienes tenemos cifradas grandes esperanzas y apoyo para nuestras labores misionales en las que desde siempre han tomado parte generosamente» (Carta al grupo misionero de Van-Clar, f. 4105). «Con cuánta gratitud debe el Vanclarista vivir su vida de dar testimonio de que Cristo ha venido al mundo. Por su vida cristiana, pero verdaderamente cristiana, evitando todo pecado mortal y aún venial y así poder de verdad sembrar y ser instrumento de Cristo no sólo cuando van a misiones, sino siempre, ya que la principal misión del Vanclarista es dar testimonio de vida cristiana» (Carta colectiva desde Roma Italia, en diciembre 7 de 1971). «Doy las gracias desde el fondo de mi corazón a todos y cada uno de los muchachos y muchachas que integran el círculo, y que tanto empeño tienen en ayudar a nuestras misiones necesitadas. Yo sé, con toda seguridad, que Dios no se quedará con nada de lo que ustedes han hecho, y que cada uno de sus esfuerzos, de sus sacrificios, de sus cansancios, ya están anotados en la eternidad» (Carta a Vanclar de Gardena desde Cuernavaca el 7 de enero 1969, f. 3807). «Están muy bonitas las crónicas de Vanclar de Acapulco. Me maravilla, así como me dicen que también los padres y el señor obispo están maravillados de que, sin estar nosotras ya en este puerto, nuestros chicos y chicas sigan portándose a la altura de su vocación; ¿qué, de entre ellos, no saldrán vanclaristas consagrados?» (Cartas Colectivas). ¡Y vaya que Van-Clar ha dado vocaciones! Junto a la Madre Martha Gabriela Hernández, actual superiora general de nuestras hermanas Misioneras Clarisas, estamos un buen número de sacerdotes, religiosos y religiosas, además de algunas Misioneras Inesianas y Vanclaristas consagrados.

Con el auxilio de Dios y la asistencia de la Santísima Virgen de Guadalupe, como patrona principal de su grupo, sigan adelante, para que el amor del Señor sea proclamado no solo a las naciones en donde muchos de ustedes se encuentran, sino a toda la faz de la tierra. No se cansen de agradecer la hermosa vocación misionera que les ha dado y que ha conducido sus vidas.

Finalmente, desde este lugar en donde puedo contemplar el rostro sonriente de la imagen de Nuestra Señora de Fátima y las caritas radiantes de los santos Francisco y Jacinta, junto al altar de nuestra parroquia, me atrevería a preguntarles: ¿Están dispuestos a seguir viviendo su compromiso misionero con todo el corazón? ¿Quieren seguirse esforzando para que su grupo crezca en todos los aspectos según la herencia espiritual que han recibido de su fundadora la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento? ¿Tienen ganas de seguir dando a conocer el amor de Dios y el de Santa María de Guadalupe en todo momento a quienes les rodeen? ¿Anhelan hacer hasta lo imposible para cumplir con su lema de «Vivir para Cristo» dando testimonio de vida cristiana en el lugar donde se encuentren?

Que el Señor confirme en ustedes este propósito que, como misioneros laicos, se han formulado. Que trabajen con todas sus fuerzas, con la confianza puesta en Dios, sabiendo que la miseria se pone al servicio de la misericordia. Que María Santísima de Guadalupe los cubra con su manto para alcanzar su firme y santo propósito. Amén.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

miércoles, 22 de junio de 2016

LA FAMILIA INESIANA ESTÁ DE FIESTA...

RESEÑA BIOGRÁFICA DE LA BEATA MARÍA INÉS TERESA DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO...


La Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, es la fundadora de la «Familia Inesiana», una familia misionera integrada por:

Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento.
Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal.
Van-Clar, Misioneros laicos: niños, jóvenes, matrimonios.
Grupo Sacerdotal Madre Inés.
Misioneras Inesianas Consagradas.
Familia Eucarística.

De origen mexicano, la beata María Inés nació en Ixtlán del Río, Nayarit, el 7 de julio de 1904.  Fue la quinta de ocho hijos del matrimonio Arias Espinosa. La bautizaron con el nombre de Manuela de Jesús, y creció dentro del ambiente de una familia cristiana.  


Recibió una excelente educación y formación católica, siendo muy querida y aceptada por amistades y familiares, especialmente por su alegría, sencillez y caridad. Debido a la ocupación de su padre: Juez de Distrito, la familia Arias Espinosa vivió en diferentes ciudades: Tepic, Mazatlán, Guadalajara, etc. Durante algún tiempo trabajó en una institución bancaria en la ciudad de Mazatlán.


En octubre de 1924, durante la celebración del Congreso Eucarístico Nacional en México, Jesús tocó fuertemente el corazón de Manuelita, quien vivió una experiencia espiritual tan profunda, que desde ese momento no pensó otra cosa que “ser toda de su Dios”, atraída fuertemente por Jesús, en la Eucaristía.


Vienen luego tiempos muy difíciles para los católicos de nuestro país, ya que se desató con furia la persecución religiosa por lo cual se tuvo que suspender el culto público. Como respuesta a tanta maldad, Manuelita se consagra al Amor Misericordioso como víctima de holocausto, ofreciéndose por la salvación de México y del mundo entero.


Con la lectura de «Historia de un Alma», de Santa Teresita del Niño Jesús, Manuelita decide ingresar a la Vida Religiosa Contemplativa para ser como la Santita de Lisieux: Misionera secreta por la oración y el sacrificio. Su vida desde entonces fue totalmente Eucarística y Misionera. Después de algunas pruebas, Manuelita ingresa con las Clarisas Sacramentarias del “Ave María” el 7 de junio de 1929, cuyo Monasterio se encontraba exiliado en Los Ángeles, California.


El 8 de diciembre del mismo año inicia el noviciado, en donde recibe el nombre de SOR MARÍA INÉS TERESA DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO.  Un año más tarde, el 12 de diciembre de 1930 estando aún en Los Ángeles, California, hace su Profesión Religiosa y en este día vive una fuerte experiencia espiritual con la Santísima Virgen de Guadalupe, de cuyos labios percibe estas palabras:

«Si entra en los designios de Dios servirse de ti
para las obras de apostolado,
me comprometo a acompañarte en todos tus pasos,
poniendo en tus labios la palabra persuasiva
que ablande los corazones, 
y en estos la gracia que necesiten;
me comprometo además,
por los méritos de mi Hijo,
a dar a todos aquellos con los que tuvieres
alguna relación, y aunque sea tan sólo en espíritu,
la gracia santificante y la perseverancia final...»


Esta experiencia mariana marcó fuertemente su vocación misionera, aunque en aquel momento Sor María Inés no comprendió tan profundo significado. En medio de la austeridad y pobreza del claustro, se dedicó a ser misionera contemplativa para salvar almas, irradiando alegría sencillez y entusiasmo a su alrededor.


En 1933 habiendo regresado la comunidad a México, Sor Ma. Inés Teresa del Santísimo Sacramento emite sus Votos Perpetuos. Su ideal misionero iba creciendo y en el silencio de la oración y el trabajo se fue preparando la obra misionera que Dios le había inspirado a través de aquella Promesa de la Santísima Virgen de Guadalupe.


En 1940 expone a la Madre Abadesa sus inquietudes misioneras, quien la invita a hacerlo a las autoridades eclesiásticas correspondientes.Después de una serie de pruebas y sufrimientos, pero siempre guiada por la rectitud y obediencia para buscar solamente la voluntad de Dios, es recibida por el Sr. Obispo de Cuernavaca, Don Francisco González Arias, como un Monasterio de Clarisas con miras a transformarse en Congregación Misionera. Él mismo solicita a la Santa Sede dicha fundación, que viene a ser concedida el 12 de mayo de 1945. En agosto del mismo año, la Madre Ma. Inés parte a Cuernavaca con cinco religiosas del Monasterio del Ave María que libremente quisieron acompañarla, con la autorización de la Abadesa. De esta manera se hizo realidad aquel anhelo inspirado por Dios.


Bajo el lema: “OPORTET ILLUM REGNARE”, es decir: “Es urgente que Cristo reine”, las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento se encuentran esparcidas en quince naciones de los cinco continentes llevando la palabra de Dios bajo el carisma «Misionero-Contemplativo» que el Espíritu Santo suscitó en la Beata María Inés Teresa Arias del Santísimo Sacramento, viviendo en alegría y sencillez una espiritualidad eucarística, mariana y sacerdotal.


Con las primeras constituciones nació también Van-Clar (Vanguardias Clarisas) el grupo de misioneros seglares que ella siempre consideró como «brazo derecho» en la Familia Inesiana.


En 1979, poco tiempo antes de morir, pudo ver las primeras vocaciones de la obra sacerdotal que Dios le inspiró al fundar los Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal.


La Beata Madre María Inés murió como había vivido: en serenidad, sencillez y abandono en las manos del Padre, el 22 de junio de 1981, en la ciudad de Roma. Su vida fue un himno de amor y gratitud a la Santísima Trinidad.


Después de su regreso a la Casa Paterna, se fueron consolidando las demás obras que ya estaban en su corazón y que se fueron plasmando poco a poco en el Grupo Sacerdotal Madre Inés, las Misioneras Inesianas y luego, inspirándose en este carisma nace la Familia Eucarística.


Fue beatificada el 21 de abril de 2012 en la Basílica de Guadalupe de Ciudad de México bajo el pontificado de Benedicto XVI en una celebración que abarrotó este recinto sagrado con gente del mundo entero. La ceremonia de beatificación fue transmitida por diversos canales y mucha gente de los lugares de misión a donde ella llevó su obra misionera pudo participar a distancia de este acontecimiento.


Sus restos reposan en la Casa General de las Misioneras Clarisas, en Roma.


Su lema dirigido a Jesús: «QUE TODOS TE CONOZCAN Y TE AMEN» ha dado la vuelta al mundo entero.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.


Algunos de mis recuerdos de la Beata María Inés...

Es difícil escribir sobre un santo; mucho más difícil todavía cuando el santo es el propio fundador del Instituto religioso. No obstante es un deber hablar. Quisiera intentar decir algo sobre la Beata Madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, fundadora de la congregación de los «Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal» a la cual indignamente pertenezco y de la cual, también indignamente y sin merecerlo, fui el primero a ser ordenado sacerdote, el 4 de agosto de 1989. No fueron muchos los encuentros personales que tuve con la Madre: Recuerdo solamente dos, los demás fueron de pequeño en alguna Misa o celebración de las hermanas Misioneras Clarisas. Los dos momentos que recuerdo fueron fuertemente incisivos en mi vida.

Cuando yo era Prevanclarista, durante la representación de una pequeña obra de teatro, organizada para festejar los diez años de la presencia de Van-Clar en Monterrey, México, yo tenía el papel cómico de un angelito. Entre los espectadores, estaba Madre Inés disfrutando el momento de fiesta porque celebrábamos el X Aniversario del grupo que ella misma había fundado. Estaban presentes también mis papás y mi hermano Eduardo que aún no ingresaba al grupo. Recuerdo perfectamente aquel día del mes de febrero de 1979. Yo estaba emocionado y, cuando, terminada la fiesta, me acerqué a la Madre Inés, no sabía ni siquiera como saludarla. Ella misma hizo fácil el encuentro, porque era sencilla, humana, serena, sonriente. Quien hablaba con ella se daba cuenta de que poseía la habilidad propia de las grandes almas: la de interesarse por ti y hacerte sentir como que era lo único que tenía por hacer, estar contigo. Así hacía con todos. Aquel primer encuentro me impresionó profundamente: yo lo he considerado siempre una gracia especial del Señor. El rostro de la Madre, sus ojos, su sonrisa, los tengo siempre ante mi, reflejan a Dios. Como Vanclarista, viéndola a ella, descubrí el significado del lema de Van-Clar: «Vivir para Cristo».

La segunda vez que vi a Madre Inés fue en Cuernavaca, el 30 y 31 de agosto de 1980. Yo ya no era Vanclarista, era seminarista y la Madre no estaba ya en buenas condiciones de salud. La ayudaban a caminar y debía dormir sentada en un sillón. Yo había descubierto mi vocación religiosa y sacerdotal en gran parte gracias a ella, pues cuando supe que Madre Inés estaba iniciando una congregación masculina con el mismo carisma de las Misioneras Clarisas, le solicité a ella misma formar parte de la nueva obra. Fui aceptado el 1 de junio de 1980 y el 17 de agosto inicié mis estudios en el Seminario de Monterrey, renunciando a los estudios de la Facultad de Contaduría y Administración de la universidad. Por tanto, cuando vi por segunda vez a la Madre, yo era seminarista de su naciente congregación de los «Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal», nombre que no había revelado aún en aquel entonces. Recuerdo muy bien los momentos pasados cerca de ella. Eramos muchos: estaba también mi hermano Eduardo. Nos habló de los apóstoles, de la vocación y de cómo debería ser un Misionero de Cristo. En aquellos días habló personalmente con cada uno de nosotros. A mí me animó mucho a continuar el camino emprendido. 

Recuerdo que en aquel encuentro, a manera de retiro espiritual, nos habló especialmente de la Eucaristía y la Reconciliación. Nos dijo cómo debía celebrar el sacerdote la Santa Misa, centrándose en el momento de la Consagración. «Cuando se llegue el momento de la elevación, déjenos ver un momento a Nuestro Señor, permitan al pueblo adorar a Nuestro Señor y celebren con devoción» nos dijo. Respecto al sacramento de la Reconciliación se expresó de forma simpática diciendo: «A mi no me gustan esos padrecitos que, al irse uno a confesar, solamente escuchan y al final dicen: "tú la hiciste, tu la pagaste, vete en paz y no peques más". No, que la gente se vaya siempre con un consejito, con una palabrita de aliento, yo quiero a mis hijos sacerdotes hombres de fe que sean misericordiosos y que sepan perdonar en nombre de Dios nuestro Señor».

Después de estos encuentros, mis relaciones con la Beata fueron solamente por carta y duraron sólo un año más, porque el 22 de julio de 1981, volvió a la Casa del Padre. Durante estos años que han pasado desde su muerte, y más después de haberme ordenado sacerdote y empezar a trabajar en la Causa de su Canonización; he profundizado en el conocimiento de Madre Inés a través de sus hijas, mis hermanas las Misioneras Clarisas y con los demás miembros de la Familia Inesiana que la conocieron. Especialmente aprendí mucho de ella con Madre María Teresa Botello, quien por muchos años fue la vicaria general de la Beata y después su sucesora en el gobierno de las hermanas. Ha contribuido mucho también, el estudio de sus escritos y la elaboración de varios artículos sobre ella, su obra y su espiritualidad.

De la Beata he aprendido cada día a ser sacerdote. He aquí algunas líneas espirituales que he encontrado en sus escritos y que me siguen siendo de gran ayuda en mi formación sacerdotal.

• Saberse amada de Dios.
• Reconocerse «miseria» al servicio de la «Misericordia».
• La alegre entrega a la voluntad de Dios.
• La fortaleza, reflejo de su confianza en Dios.
• La paciencia para ver crecer la obra de Dios.
• El corazón misionero: «Que todos te conozcan y te amen».
• Su amor a la Eucaristía.
• Su intimidad y amistad con la Virgen María de Guadalupe en su «¡Vamos María!»
• Su amor a la Iglesia como Madre y Maestra.
• Su visión siempre alegre de la misericordia de Dios.
• Su corazón maternal para con todos.

Estas líneas de vida espiritual no solo a mí, sino a todos los miembros de la Familia Inesiana, nos llevan a la búsqueda de metas altas de santidad.

Alfredo Leonel Delgado, M.C.I.U.