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domingo, 1 de febrero de 2026

Josefina Kato... Vidas consagradas que dejan la huella de Cristo XC

Hace muchos años, el 18 de Febrero de 2010 a las siete de la mañana llegó el Esposo Divino por una de nuestras queridas hermanas Misioneras Clarisas, la hermana Josefina Kato Sadako a quien ahora quiero recordar y compartir algo de su vida con ustedes, mis queridos lectores. 

La Hermana Josefina fue una misionera japonesa incansable que tuve la dicha de conocer por allá en los años ochentas. Sus últimos días de vida fueron difíciles, pues padecía de Alzheimer y se encontraba internada en un centro especial muy cerca de la casa de nuestras hermanas en Karuizawa. Allí duró varios años. Siempre se caracterizó por su amabilidad y por una caridad exquisita. Se puede decir que fue una misionera a tiempo y a destiempo. Una de las características que más la distinguía era la sonrisa, una sonrisa perenne al estilo de nuestra Beata Madre Fundadora, incluso cuando ya permanecía atrapada por esa incomprensible enfermedad. 

La hermana pasó muchos años de su vida consagrada en la misión de Ota, en su tierra nata, dedicada, como la mayor parte de su vida, a la catequesis. En las diferentes misiones a donde la obediencia la envió, fue instrumento del que Dios se valió para invitar a algunas de nuestras hermanas japonesas a la vida consagrada. 

De una manera muy particular, la hermana Kato —como le llamaban de cariño— conjugaba la educación sobrenaturalizada con una sin igual simpatía que hacía a todo mundo pasar un rato agradable con sabor a recreación pero aprendiendo, a la vez, a vivir para Cristo. Era una persona muy positiva y emprendedora que en el corazón de todo el que convivía con ella, dejaba un olor a entrega, a bondad, a fervor y un gran deseo de que Jesús y su Madre Santísima fueran conocidos, pues su celo por la salvación de las las almas era tan grande, que aún cuando empezó a perder sus facultades por el Alzheimer, en el centro en donde estaba como interna, se ponía a evangelizar a como podía.

Nuestras hermanas religiosas cuentan que en una ocasión, cuando la fueron a visitar, los miembros del personal del centro —algunos de ellos obviamente budistas— les hicieron varias preguntas sobre la Biblia, sobre Cristo, sobre la fe cristiana. Allí logró fundar un grupo de personas de las mismas enfermas que estaban internadas, para hablar de la Fe católica. A la gente le gustaba escucharla...y hasta se hizo famosa por lo que al grupo le pusieron «El Club de la Hermana Kato». Así, junto a los clubs de Origami —figuras de papel doblado— o de música, de canto, tejido y otros, Jose no perdiendo oportunidad... ¡también hizo su club!

Las dos últimas semanas de su vida, estuvo en el hospital. Tuvo que ser trasladada al nosocomio pues aunque ya no padecía dolor por el avanzado grado de su enfermedad, empezó a tener problemas respiratorios, y al examinarla le descubrieron que tenía cáncer en los pulmones. Ya pasaba mucho tiempo en que la mayor parte permanecía dormidita, y fue así que, ya en el hospital, se fue apagando como un cirio esperando la llegada de su Señor.

Las Misioneras Clarisas de la comunidad de Karuizawa estuvieron a su lado para atenderla con mucho amor y dedicación en esos sus últimos días, hasta que llegó el momento del desenlace final en el que la el Esposo Divino llegó por ella, que estaba tan preparada como las diez vírgenes prudentes del evangelio, ya que desde el día en que la hospitalizaron, había recibido el sacramento de la Unción de los enfermos. 

Siempre, mientras pudo hablar, aún sin reconocer muchas cosas, se le escuchaba dar las gracias por todo. Murió en una hora muy particular acompañada de su superiora, la hermana Clara Yamazaki, porque, en ese momento, todas las demás misioneras de aquellas tierras del Sol Naciente, asistían a la Santa Misa en nuestras respectivas casas.

Les invito a que ahora que he recordado a nuestra querida hermana Josefína Kato, demos gracias al Señor por el regalo tantas hermanas, misioneras incansables, que han dejado en este mundo, unas huellas que son, sin duda alguna, las huellas de Cristo. Me viene ahora unas palabras de nuestra amada Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, la iniciadora e inspiradora de esta gran Familia Inesiana de la que muchos formamos parte: «Jesús dulcísimo, que me has amado tanto y que quieres mi bien, y no te cansas de instruirme, se han abierto sobre mi alma esas claridades que sólo pueden dimanar de tu amor misericordioso, me has sumergido en ellas y, humillándose mi alma, ha comprendido, ha aceptado, ha amado».

Padre Alfredo.

miércoles, 5 de septiembre de 2018

«HERMANA BELÉN LÓPEZ, UNA BELLEZA DE MISIONERA»... Vidas consagradas que dejan las huellas de Cristo XXI

María Belén López Sánchez nació el 17 de diciembre de 1930 en la ciudad de Querétaro, en el estado del mismo nombre en México. Fue bautizada el 1 de febrero del 1931 en la Capilla de un pintoresco lugar llamado Chichimequillas, en ese mismo estado de Querétaro. 

Ingresó a la Congregación de las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento el 11 de diciembre de 1953 y fue recibida, como muchas de nuestras primeras hermanas Misioneras Clarisas, por la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, quien también presidió todas las ceremonias que marcaban cada paso del camino vocacional de Belén, desde la toma de hábito el 12 de febrero de 1955 hasta su profesión perpetua que se realizó el 5 de febrero de 1964 y para llegar a la cual había hecho, el 9 de febrero de 1957, sus primeros votos de pobreza, castidad y obediencia. 

La hermana Belén, fue conocida también por el apelativo de «Belleza», gracias a que en los catorce años que estuvo en el internado de la Universidad Femenina de Puebla llamaba indistintamente a las internas con ese mote de «Belleza», situación que acarreó que todas —incluidas las hermanas religiosas por supuesto— la llamaran así: la madre Belleza. Por cierto que en esa casa de Puebla, Belén estuvo catorce años desempeñando con profusa generosidad y entrega trabajos de Nazareth —como llamaba la beata María Inés a los trabajos de casa— y una excelente atención a las chicas del internado de la universidad que en ese entonces tenían las hermanas. 

A lo largo de su fecunda vida religiosa, esta belleza de misionera estuvo prestando sus servicios en diferentes casas y apostolados. Dado que su trato con estudiantes era sensacional y muy formativo, en la Casa de Guadalajara permaneció cinco años cuando aún esta era Residencia Universitaria. Estuvo también dos años en la primera Casa de Acapulco que tuvo la comunidad. En 1985 fue nombrada superiora local de la Granja-Escuela en San Cristóbal de las Casas, en el bellísimo estado de Chiapas, México. Allí permaneció por varios años cumpliendo fielmente cada una de sus encomiendas. Así fue acumulando años y juventud misionera en su tarea misionera y llegó a la celebración de sus Bodas de Plata el 31 de diciembre de 1981. 

La vida misionera de Belén la llevó a varios destinos más. Otro de ellos, precisamente uno en donde yo la traté más y de donde conservo siempre en mi mente y en mi corazón su carita siempre sonriente, disponible y además con las llaves del coche en sus manos —pues era una excelente chofer— fue la Casa del Valle, en el instituto Scifi de Ciudad de México, en donde Belén estuvo catorce años prestando sus servicios, principalmente en la tienda escolar distinguiéndose entre los maestros y alumnos por su generosidad y entrega a las actividades que le fueran asignadas. En la Casa Madre donde también me tocó verla con esos mismos rasgos que describo, estuvo durante siete años con esa disponibilidad incondicional en su servicio como chofer, cuantas veces se le pidiera, pues, como digo, era un as del volante. En la Casa de la Villa estuvo cinco años, tres de los cuales fue superiora. 

EL 29 de enero de 2007, la hermana Belén López celebró sus Bodas de Oro en la Casa Madre y Regional en donde la había recibido la beata María Inés Teresa. Sus últimos tres años de vida los pasó en la oración y entrega de su condición de enferma en la Casa del Tesoro, en donde muchos años atrás había estado, pero ahora, las condiciones eran diversas; el Señor le había pedido la entrega de todas las monedas que podía darle para la salvación de las almas. Los últimos días de su vida se fue agravando el cuadro clínico que la tenía cada vez más anquilosada, pero Dios en su infinita bondad y amor le concedió fuerza para ofrecer, como monedas por la salvación de las almas sus constantes dolores y sufrimientos. 

Previendo que el Esposo divino estaba próximo a llegar, las hermanas de su comunidad la alentaban con palabras de esperanza y confianza en la infinita misericordia de nuestro Salvador, invitándola a abandonarse sin miedo y con absoluta confianza en los misericordiosos brazos del Padre. A las ocho de la mañana del día 3 de noviembre de 2015, como todas las mañanas, el sacerdote capellán de nuestras hermanas llegaba a esa querida Casa del Tesoro en donde residen nuestras hermanas más enfermas para celebrar la Santa Misa, y fue llamado al lecho de la hermana Belén, que recibió de él la unción con el óleo santo y la indulgencia plenaria con la bendición papal. Enseguida la hermana entregó la belleza de su alma pura al Señor y se durmió para esperar el gozo de la eterna resurrección. 

La vida es una belleza cuando se vive así, como la hermana Belén, en la entrega y generosidad de las cosas pequeñas: atendiendo una pequeña cooperativa, sirviendo como chofer, dirigiendo la comunidad encomendada, acompañando a las chicas de un internado, realizando las labores de Nazareth convirtiendo todo en monedas para entregarlas a nuestro Dios. Él, como decía André Frossard luego de su conversión, es el único que descubre bellezas donde nada ven otros. La mirada que ama es siempre una mirada sorprendida por el amor de Dios. Descanse en paz nuestra muy querida hermana María Belén López Sánchez, Misionera Clarisa del Santísimo Sacramento por gracia de Dios, cuyo testimonio quedará grabado siempre en mi corazón y seguramente en el de muchos más. 

Padre Alfredo.

lunes, 3 de septiembre de 2018

«LA HERMANA ABI LANDA»... Vidas consagradas que dejan la huella de Cristo XX

La fe en Cristo, muerto y resucitado, es la que da sentido a la vida gastada y desgastada de un misionero. La presencia de Jesús resucitado nos da también la presencia misteriosa de todos los que están ya con Él, y recordar el testimonio de vida que nos han dejado, es comprometernos a seguir, como ellos, a Cristo, para dejar sus huellas. 

Hoy quiero compartirles algo de la vida de la hermana «Abi» como muchos la conocimos. Abigaíl Liduvina Landa López, nació en un lugar del estado de Guerrero al que la Madre Teresa Botello, también de feliz memoria y originaria de ahí llamaba «La incomparable Buenavista». Ciertamente que el lugar es hermoso, enclavado en la sierra de una parte de ese estado de Guerrero, en México, ha dado varias vocaciones de Misioneras Clarisas. Allí la hermana Abi vio la luz de este mundo el 27 de marzo de 1928, allí mismo fue bautizada el 06 de octubre del mismo año y fue creciendo en su vida cristiana. 

La historia vocacional de cada alma es única, sublime y no se repite nunca. La decisión de Abigaíl para irse al convento fue tomada  frente al Sagrario de su parroquia, pero en un momento de fuerte intimidad con el Señor que la llamaba y con temor y temblor, porque estaba ya próxima a contraer matrimonio. Allí le pidió a Jesús la luz del Espíritu rogándole le iluminara para decidirse y seguir el camino que Él le pusiera como el decisivo para su vida. Abi salió de ahí con la firme determinación de darle al Señor un sí para siempre, descubriendo que el Señor cuando llama pide ser sobrenaturalmente realistas, contar con Él, sabiendo que Jesucristo actúa vivamente en nuestra vida.

Así, el 18 de junio de 1948, impulsada por el anhelo de consagrarse a Dios por las misiones, Abi llegó a la Casa Madre de las Misioneras Clarisas, donde fue recibida por la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento que, como fundadora y superiora general, solía recibir y dar la bienvenida a las jovencitas que iban llegando a engrosar las filas de la recién fundada institución misionera. Allí transcurrió su tiempo de formación como postulante y novicia y se consagró a Dios por primera vez como Misionera Clarisa el 15 de abril de 1950, recibiendo el nombre de María Abigaíl de Cristo Rey. 

En sus inicios por el andar de la vida religiosa, además de los estudios requeridos en el postulantado y noviciado, Abi estudió Economía Doméstica, Cursos Superiores de Religión y de Catequesis en Puebla y de Espiritualidad en Guadalajara, luego, su trayectoria de joven profesa, comenzó en Puebla en 1952 y regresó a la Casa Madre al año siguiente. El 21 de noviembre de 1953 hizo sus Votos Perpetuos, con los cuales se consagró al Señor para toda su vida. La hermana tuvo la dicha de que la beata María Inés Teresa presidiera todas esas ceremonias de su vida consagrada. Al año siguiente recibió su envío misionero para Japón y llegó a Tokio, done estudió el japonés y permaneció en esa comunidad hasta el año de 1956, cuando fue destinada, en ese mismo país del sol naciente, a la casa de Karuizawa, en donde en aquella época de la posguerra —había terminado poco antes la Segunda Guerra Mundial— la Casa de la niña, un hogar para niñas necesitadas y allí fungió como superiora de la comunidad, de 1959 a 1964. Luego fue transferida a la casa de Iida, en la Provincia de Nagano, allí mismo en Japón, donde a partir de 1967 y hasta 1973 prestó también sus servicios de superiora local. Ese mismo año fue enviada a México a la casa de Arandas, Jalisco y a partir de 1974 hasta 1980 trabajó en la tarea misionera a la par de la misma encomienda que la acompañó muchos años, la de ser superiora de la comunidad. 

Para dar gracias a Dios por el 25 Aniversario de su consagración religiosa, celebró sus Bodas de Plata el 15 de abril de 1975, en Arandas Jalisco, en donde como podemos imaginar, esta incansable Misionera Clarisa se entregó con un gran celo apostólico en la misión. En 1983 regresó de nueva cuenta a las misiones de Japón, primero a la casa de Tokyo y de allí a Karuizawa y, para no variar, como superiora local de 1983 a 1985. A partir de ese año y hasta 1989 colaboró como Consejera Regional y luego, habiendo sido nombrada Superiora Regional de Japón, pasó a la casa de Tokyo donde ejerció ese cargo hasta el año de 1995. La recuerdo muy bien en el día de mi ordenación sacerdotal el 4 de agosto de 1989 en que vino a México. Esos años fueron para mí un tiempo maravilloso en el que, en sus venidas a México, como joven sacerdote, recibía el regalo de aprender mucho de esta misionera sencilla y pobre que, a pesar de su cargo tan sobresaliente, era siempre un alma que respiraba el amor a la misión por los poros y que me hizo sentirme en Japón, a donde nunca he ido.

Los largos periodos como superiora, hicieron que en la hermana Abigaíl se fuera desarrollando de manera muy especial aquello que la beata Madre María Inés decía: «más que superiora, madre». Y en la comunidad, sea como superiora local o regional, se mostró siempre atenta con las hermanas, interesándose en acompañar a cada una estando al pendiente de lo que hacían y animándolas en la vida comunitaria. Fue muy fiel en su vida de piedad, muy amante de la Santísima Virgen, y en las conferencias que daba a la comunidad religiosa, hacía reflexiones muy buenas y profundas que estimulaban el fervor de las almas consagradas. Muy eucarística, participaba con fidelidad en la Santa Misa y en la Adoración Sacramental, aunque no se sintiera muy bien, estuviera cansada o enferma. Se desprendía fácilmente de lo que a otra le sirviera y su espíritu de mortificación se veía hasta en los alimentos, porque nunca se quejaba de que no le gustaran las cosas. 

En 1996, luego de concluir la tarea encomendada al frente de la región de Japón, la hermana Abi fue enviada a Roma, Italia y permaneció durante un año en la casa de Garampi aprovechando el tiempo para renovarse en su consagración y estudiar el diplomado en Vida Consagrada. Al año siguiente, 1997, regresó a su patria, nuestro México lindo y querido y en la casa-misión de Mazatán, Chiapas, colaborando como en tiempos anteriores como superiora local, desplegó su infatigable servicio apostólico unida a las hermanas de esa misión. 

En el año 2000 pasó a formar parte en la comunidad de la casa de Monterrey, dedicada también al apostolado de la casa-misión en la colonia Cuauhtémoc, donde incansablemente se dedicó al trabajo social con las señoras de la misma colonia. Con ellas organizaba muchas actividades apostólicas y de servicio, siempre dispuesta a ayudar al necesitado; a todos trataba con amabilidad dedicándoles todo el tiempo posible cuando la solicitaban y además, amante siempre de las vocaciones, buscaba la manera de que este grupo de señoras fueran bienhechoras de los Misioneros de Cristo en formación. Habían pasado 25 años desde aquellas Bodas de Plata y Abi seguía en plena acción misionera. Así, dio gracias a Dios, en una hermosa celebración de sus Bodas de Oro en la Casa Madre, el 25 de julio de ese significativo Año Santo de la Redención.

La alegría, la sencillez y de manera especial la generosidad en la entrega de cada día, pensando siempre en la salvación de las almas, virtudes clásicas de toda Misionera Clarisa, brillaban siempre en la sonrisa perenne de esta valiosísima mujer que no perdía la ocasión para dar un tinte misionero a lo que hacía, hasta llevar a plenitud la vivencia de su ser sacerdotal como víctima oferente de sí misma al Padre Celestial a través de su propio sacrificio unido al de Cristo nuestro Señor. Así, hasta el final de su trayectoria en la tierra.

El 2 de octubre de 2014, en las primeras horas de ese día en que la Iglesia celebra a nuestros ángeles custodios, en la Casa de Monterrey, el Dueño y Señor de la Vida llamó a su adorable presencia a la hermana Abigaíl, después de haber concluido su trayectoria en este mundo durante 86 años de vida, de los cuales 66 consagró al Señor como religiosa, sirviéndolo con amor fiel y constante. ¡Descanse en paz la hermana Abigaíl Liduvina Landa López!

jueves, 16 de agosto de 2018

«Ana María Amezcua»... Vidas consagradas que dejan la huella de Cristo XIX

Hace ya muchos años, conocí en la Casa Madre de nuestra Familia Inesiana a la hermana Ana María Amezcua Linares, que como Misionera Clarisa había recibido el nombre de Ana María de la Inmaculada.

La hermana Ana María Amezcua nació en la Ciudad de México el 22 de Enero 1934 y fue bautizada ese mismo año.

Ingresó a la congregación de las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento el 17 de Abril de 1955 en la Casa Madre de nuestra Familia Inesiana, en donde inició su noviciado que continuó en Japón, a donde fue enviada con otras tres novicias en un barco desde Los Ángeles, California, en donde la misma beata María Inés, que la había recibido en Cuernavaca, las embarcó. Allí, con la sencillez que caracterizaba a la beata, envió a las tres jovencitas a Japón encargándoselas, personalmente, como una buena madre, al capitán del barco para que cuidara a sus hijas durante el viaje, despidiéndolas con su bendición. Allá en ese país de oriente, en la ciudad de Karuizawa, profesó Ana María los votos de castidad, pobreza y obediencia el 8 de diciembre de 1957 para consagrarse luego, perpetuamente al Señor, el 2 de febrero en Tokio. La beata María Inés había enviado allá a este grupito de novicias para que contagiaran del amor a la misión y a la Virgen de Guadalupe, Patrona principal de la Familia Inesiana, a las primeras novicias japonesas.
En junio de 1970, por disposición de la misma beata María Inés, Ana María fue enviada a Indonesia en donde vivió gran parte de su vida envuelta en un espíritu sencillo y abierto, apostólico y servicial, con un grande y especial amor a su «Jesusito de su Corazón» como llamaba a Cristo adorándolo en la Eucaristía y acompañada siempre de su «Madre y Reina la Virgencita de Guadalupe», como solía llamarla con tanto fervor y amor. Este amor al Señor y a la Virgen fue siempre muy profundo en su alma y lo irradiaba a los demás. Su trato con todos fue siempre bondadoso y alegre, ayudando en lo que le encomendaran, desde los escondidos trabajos de casa en el gallinero del Noviciado en Taman, pasando por el catecismo a varios niveles y sus tareas de Maestra de Novicias, Superiora local y luego Superiora Regional de esa nación tan querida por la beata María Inés.

Entre las tareas apostólicas de esta gran misionera en Oriente, destacan los dos períodos que vivió en Jakarta, en donde inició el apostolado del grupo de latinos expatriados, a quienes ayudó buscando y encontrando un sacerdote que hablara español y les celebrar la Misa dominical en español, celebrada siempre, por muchos años, los sábados por la tarde, en la capilla del Seminario Menor del Obispado Wacana Bhakti en Pejaten, Jakarta, cosa que les ayudó mucho a su vida espiritual y a sus compromisos para con Dios como católicos. También, Inició una serie de reuniones de profundización de la Fe con señoras y diversos grupos  de  catecismo en español a sus niños en grupitos, juntándose en sus casas. El 2 de febrero de 1982, allá mismo en Indonesia, Ana María celebró sus Bodas de Plata el 2 de febrero de 1982.

En el último período que estuvo en Jakarta, fue operada de cataratas, y otras veces hospitalizada por algunos problemas cardiacos viéndose minada su salud. En esa, el país en donde pasó la mayor parte de su vida, celebró, en el 2007, sus cincuenta años de vida consagrada. Desde el 2014 residía en la Casa de Madiun donde nuestra hermanas tienen un hospital en donde era atendida y, en noviembre de 2015, por indicación médica, se le trasladó a Surabaya en donde poco antes de la Navidad de ese mismo año, le tuvieron que amputar la mitad de su pierna izquierda. La hermana llevó todo el sufrimiento con un carácter oblativo, entregándose de lleno a la Voluntad de Dios y siempre de la mano de su Virgencita de Guadalupe y de la beata María Inés. Las hermanas, los médicos, enfermeros y personal del reparto la quisieron mucho y constantemente la visitaban en su cuarto en donde el espíritu misionero de dejaba sentir en momentos de oración y recreación. En 2017 fue decayendo más y más su salud, convirtiéndose en un miembro de Cristo crucificado del tesoro de la Familia Inesiana en Indonesia. 

Así, ya muy enferma y en su silla de ruedas, asistía siempre a los distintos actos de la comunidad, y después de la comida a mediodía en comunidad, pedía ir a la capilla para estar ante su Virgencita de Guadalupe rezando el Santo Rosario y el Rosario de la Misericordia platicando con la Virgen de una manera muy sencilla, como lo había aprendido de su madre fundadora. A las dos las tenía en su buró en estampitas y allí también, compartía con ellas profundas miradas de amor que la alentaban a ofrecerle todo a Jesús. Yo mismo, en varias ocasiones en la Casa Madre, había sido testigo del amor entrañable de esta misionera de sonrisa perenne hacia la Virgen y la beata María Inés. ¡Vámonos a Indonesia! me decía desde que yo era seminarista.

En sus últimos años, consciente de su situación física, como nunca perdió su buen humor, las hermanas seguido iban a verla haciéndole bromas, platicando e inventando algo compartiendo la alegría que se dejaba ver en su rostro siempre sonriente. Consciente siempre de su situación física, sentadita en su silla de ruedas, recibía, porque así lo pidió, la ropa que las hermanas recogían de los tendederos para ayudar a doblarla, lo mismo que cosía o remendaba algo a mano o rellenaba almohadas. En su vida de misionera en el dolor, no hubo nunca espacio para la tristeza.

Cuentan las hermanas de Indonesia que un día que la hermana Rina, superiora regional de Indonesia, le dio a besar la estampita de la Virgen y luego la de Nuestra Madre —las que tenía en su buró—, se puso muy feliz, como si se encontrara con ellas. Dicen que la expresión de su rostro, en aquellos momentos, no la pueden olvidar. Narran, además, que en los momentos de agudo dolor, se le escuchaba decir: ¡Virgencita ayúdame, no puedo más. Jesusito... Corazón de Jesús en Ti confío! 

Un mes antes de morir se puso ya muy enferma y, durante dos días consecutivos, el rezo de las Vísperas y el Rosario, se tuvieron en su cuarto, con las hermanas de la comunidad cantando y tocando la guitarra. Ella con sus manos juntas seguía el rezo con sus labios. era un detalle que ella mucho agradeció sin perder el buen humor. En una ocasión —según platican las hermanas— estando todas en su cuarto, sabiendo las luchas contra el demonio que en los momentos fuertes de enfermedad se viven, la hermana Rina le dijo: «Aquí está la Virgencita de Guadalupe, Ella no se va de aquí...» y cuentan que con toda espontaneidad ella exclamó: «¡Si se va, me le cuelgo…!», provocando la risa de todas las hermanas. 

En el último mes antes de que Dios la llamara al Cielo, sus dolores físicos se agudizaron, ella los ofrecía al Sagrado Corazón y a su Virgencita y decía, según escuchaba quien tenía cerca: «Siento que se me quema la pierna, que el estómago que me revienta, el pecho que se me oprime por el dolor agudo y no puedo respirar bien, me siento mal ya no puedo más... Jesusito ya llévame... Virgencita ayúdame...» Su último mes de vida veía —según decía— a su papá y su mamá que venían uno o el otro a verla y a decirle que rápido se preparara porque ya se iban. Y luego desaparecían. Así que todos los días, siempre pedía que la vistiéramos bien, porque tenía que irse. Preguntaba que si ya estaba pagado el boleto, que a qué horas y con quién se iba, que si su bolsita ya estaba lista con lo necesario, etc. Veía grupos de niños o personas que había conocido y tantas cosas más del pasado. El enemigo, que ronda buscando siempre a quién devorar (1 Pe 5,8) y con estas almas buenas y generosas busca ensañarse, no se quería dar por vencido, la atacaba de diversas formas pero fue vencido, pues ella decía que le veía y espantaba en formas diferentes. La comunidad invocaba a la Santísima Virgen con diferentes plegarias y la hermana Ana María se quedaba tranquila, repitiéndose esto repitió en diversas ocasiones. Fueron tres días de furia del demonio, pero nada consiguió con la ayuda de Dios y de la Santísima Virgen. 

El jueves 6 de julio 2017, antes del viernes primero de mes, la llevaron a la Misa de apertura del nuevo año escolar en el colegio de las hermanas. Y por la tarde quiso estar en la Hora Santa, con un rostro que dejaba ver el ansia de estar ya con Nuestro Señor reflejando gozo y paz con un brillo especial. Al día siguiente, viernes primero de mes, se puso más mal y esa mañana afirmó que vinieron su papá y su mamá para decirle que ya estaba listo el viaje, y que ya se iba con ellos. Sí, estás lista, le decían las hermanas, te tenemos listo todo para el tren. Ahora prepárate para el abrazo eterno, te queda poco hermana Ana María. mientras ella decía: «Virgencita ayúdame, ya no puedo más. Ya llévame contigo». Hubo que llevarla al hospital pero antes quiso pasar a la capilla para saludar a su Jesusito y a su Virgencita de Guadalupe, despidiéndose de Ellos. En la mañana del sábado, como a las 7 de la mañana, comenzaron a bajar sus signos vitales y todavía consciente escuchó la fórmula de renovación de sus votos como religiosa y expiró, invitada a ir al abrazo eterno y feliz con su Dios y Señor y en brazos de su Virgencita de Guadalupe. 

La entrega misionera de esta vida consagrada al Señor fue heroica en el ser y en el quehacer, entregando al Señor hasta el último suspiro y el Señor, como regalando algo especial a su misionera, permitió ver un gesto especial en los peces del laguito que está al lado de la capilla, ahí en la casa donde la velaron. Dicen las hermanas que el día en que murió, y al llevar su cuerpo a la Capilla, todos los pececillos se juntaron sacando sus cabecitas, como mirando todos en dirección a donde estaba el cuerpo de Ana María, insinuando que también ellos querían darle su último adiós. 

Descanse en paz la hermana Ana María Amezcua.

domingo, 29 de julio de 2018

«LA HERMANA MARGARITA CECEÑA»... Vidas consagradas que dejan la huella de Cristo XVIII

Antier, viernes 27 de julio de 2018, en la casa de Guadalajara, Jalisco, que los miembros de la Familia Inesiana llamamos «La Casa del Tesoro», fue llamada a la Casa del Padre la hermana Margarita Ceceña Carballo, quien después de 61 años de vida consagrada en el instituto de nuestras hermanas Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento, muchos de ellos consagrados al Señor en la enfermedad, entregó su vida en el silencio de su corazón. 

Margarita nació en Los Ángeles, California, en los Estados Unidos, el 26 de junio de 1928, y allí vivió su infancia y adolescencia estudiando la escuela elementar y la Junior High School porque luego ella y su hermana mayor Virginia (+ 2014 y también Misionera Clarisa) fueron llevadas por sus tías a Los Mochis, en Sinaloa México debido a que habían perdido a sus padres. Allí continuaron las hermanitas Ceceña su formación en un ambiente de familia más cálido que el que tenían en los Estados Unidos. Al igual que su hermana ella sintió el llamado de Dios a consagrarle su vida como misionera y, un año después que Virginia se había ido al convento, Margarita emprendió el vuelo al mismo lugar, la Casa Madre de la congregación de las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento el 7 de octubre de 1954. Al año siguiente, en septiembre de 1955 dio un paso más en su formación religiosa e inició su Noviciado allí mismo para concluirlo en la región de California, en los Estados Unidos donde hizo su profesión temporal el 12 de diciembre de 1957. Margarita, como todas sus contemporáneas en la comunidad, tuvo la dicha de convivir muy de cerca con la fundadora, la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, y de sus labios escuché muchas enseñanzas, anécdotas y testimonios de Madre Inés. Fue una gracia que estas ceremonias de su caminar en la vida consagrada estuvieran presididas por Madre Inés.

El decidir darse a Dios por entero, llevó a la hermana Margarita a consagrarse perpetuamente a Dios con los votos de pobreza, castidad y obediencia en una ceremonia que tuvo lugar en Gardena, California, el 08 de diciembre de 1960. Desde aquel día, entregada ya a Dios por completo, la vida de misionera itinerante acompañó a esta mujer enamorada de Dios y de María Santísima llevándola, además de estar en California en las guarderías para niños, por diversos destinos: La clínica Itor en Roma, Italia como asistente de enfermería; una guardería infantil en Madrid; la asistencia y servicio a estudiantes extranjeros en Dublín, Irlanda; la pastoral misionera en Sierra Leona, África; profesora en el instituto Schifi del Ciudad de México; catequista en Cuernavaca, Morelos en México y, finalmente, alma oferente del dolor en la Casa del Tesoro en Guadalajara, México.

Su misma condición itinerante la hizo un alma desprendida, una religiosa de trato universal, amable, educada y sonriente con todos. Ciertamente quienes la vimos sonreír nunca olvidaremos ese rostro alegre de ojos brillantes, irrandiantes del amor de Dios, cosa que le hacía aparecer siempre muy agradable y le facilitaba la práctica de la caridad. Esa, su caridad fue reconocida por las hermanas que convivieron con ella, como «sumamente exquisita y delicada». De las difíciles situaciones que como superiora de alguna casa tenía que resolver, pasaba a detalles y servicios que muchas hermanas misioneras y seglares disfrutaron. En su vida cotidiana, esta misionera incansable destacó también en su sentido de responsabilidad y el espíritu de apostolado y servicio que la hicieron muy querida de las religiosas con quienes convivió. Fue superiora, ayudante, catequista, educadora, etc. Margarita perseveró siempre con alegría aceptando cada cambio de lugar y de encomienda, sobre todo cuando aquello llegaba, como sucede muchas veces en la vida consagrada, ¡intempestivamente! Ofrecía apoyo en las clases de inglés a las hermanas estudiantes de Preparatoria; hacía composturas y remiendos invitando a las hermanas que le dieran trabajo en este campo y descendía, con esa «caridad exquisita» a separar la basura, teniendo el detalle de dejar a disposición de los recolectores de basura, la ropa limpia u objetos que les pudieran ser útiles para ellos y sus familias en bolsas separadas. El 9 de diciembre de 1982 celebró sus 25 años de vida religiosa y el 12 de diciembre de 2007 sus Bodas de Oro 

Hay que destacar en ella también, su espíritu de sacrificio, que, según los testimonios de hermanas muy cercanas a ella, pudiera decirse casi heroico, sobre todo porque en su interior le daba un sentido espiritual impresionante uniendo todo a los méritos de Cristo. En esa vida interior que le daba sentido a todo, ocupaba un espacio grande el amor a la Santísima Virgen, que fue muy profundo. Cuando celebró sus bodas de plata, manifestó que a Ella, a María Santísima, le agradecía las ternuras con que su amor de Madre cuidó su vocación.

Margarita, a pesar de tantos cambios, gozó, se puede decir, de una salud óptima durante muchos años, hasta que con el paso y el peso de los años, la enfermedad se convirtió en su fiel compañera, y gracias a las virtudes practicadas, pudo conservar serenidad y paciencia en el dolor. Por largos años sufrió una crisis de depresión que asumió y ofreció a Dios con verdadera dignidad en su comportamiento. En esta etapa me tocó acompañarla espiritualmente muy de cerca y quedé realmente impresionado de la calidad oferente de su situación, ofreciéndole a Dios el obedecer en todo, el comer aunque no tuviera ganas, y el vivir su dolor casi sin quejarse. Uno de los médicos que en esa etapa la atendió, viendo cómo se controlaba con santa paciencia, exclamó que la virtud sostenía a esa religiosa en su enfermedad. Ella, con sencillez y siempre con la sonrisa en sus labios reconocía que los servicios con que las Hermanas la rodeaban, le hacían sentirse amada y fortalecida para superar sus dolores y malestares propios de esa indeseada enfermedad. 

En estos últimos años, Margarita fue abrazando poco a poco el silencio, dejándose hacer todo lo que tuvieran que hacerle con el fin de brindarle una mejor calidad de vida. Antes de que entrara en su etapa terminal, participaba de la vida comunitaria agradeciendo el que le sostuvieran y animaran con oración y con afecto de hermanas, además de tener siempre las finísimas atenciones de su familia de sangre que nunca la abandonó. Así se llegó el momento de cerrar los ojos para dejar esta tierra. Murió de Neumonía e insuficiencia respiratoria aguda.

Al final de nuestro peregrinar en este mundo —como también al principio— está Dios. Un Dios que nos acoge, un Dios que nos recibe en Él. Un Dios Padre que nos ha creado por amor y nos salva, en Cristo su Hijo, también por amor. Allí donde algunos sólo descubren el final y la corrupción de la muerte, el alma fiel descubre, en el silencio del último momento y con los ojos iluminados del corazón, el inicio de una Vida nueva, glorificada y resucitada en Cristo Jesús. Descanse en paz la hermana Margarita Ceceña Carballo.

Padre Alfredo.

sábado, 28 de julio de 2018

«La hermana Anita Arce»... Vidas consagradas que dejan la huella de Cristo XVII

En su infinita bondad por una parte, y en mi andariega vida de misionero itinerante, el Señor me ha permitido pasar muchas veces por Costa Rica durante mi vida sacerdotal y conocer de cerca a muchas de nuestras queridas hermanas Misioneras Clarisas de aquella amada región en América Central. Entre esas almas generosas, que han querido consagrar su vida a Dios, conocí allá por 1982 en Guadalajara a una monjita de Costa Rica a quien luego vi varias veces en California y en su país natal. Me refiero a Anita Arce, quien el día 19 pasado, a las doce diez de la madrugada, en el Hospital Calderón Guardia de la capital de Costa Rica, la bellísima ciudad de San José, emprendió su viaje de regreso a la Casa del Padre.

Ana María Araceli del Carmen Arce Hernández (¡me ganó con la cantidad de nombres!) nació en San Isidro de Heredia en Costa Rica el día 18 de abril de 1936. Fue la mayor de diez hijos que procreó el matrimonio formado por Leovigildo Arce Arce y Elisa Hernández Madrigal. Anita fue llevada a la pila bautismal el 30 de abril de 1936 en la Parroquia de San Isidro de Heredia y confirmada el 28 de noviembre de 1937 en su misma Parroquia. 
Anita Arce —como fue conocida siempre— ingresó a la vida religiosa en la Congregación de Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento el 27 de diciembre de 1964 en la comunidad de Santo Domingo de Heredia, Costa Rica. La comunidad había llegado a ese hermoso país en 1959, así que Anita fue de las primeras hermanas «ticas» del instituto en estas tierras conocidas como «La Suiza centroamericana». Inició su Noviciado el 12 de agosto de 1965 y se consagró con los votos de pobreza, castidad y obediencia a Dios el 29 de febrero de 1968. El 15 de agosto de 1976, en la Casa Madre de nuestra familia misionera, en Cuernavaca, Morelos, México, hizo su profesión religiosa ante la beata Madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento. 

Desde sus inicios en la vida religiosa vivió y ejerció su tarea apostólica en la comunidad de Santo Domingo de Heredia hasta que, en 1980, fue enviada a la casa de Quepos. En 1982 recibió su cambio a la casa de Guadalajara en donde la conocí en aquellos mis primeros años como seminarista —cuando la hacía de chofer manejando aquella combi blanca que algunas hermanas recordarán—en un verano. En 1984 llegó a Gardena, en otras de mis queridas regiones de la Familia Inesiana allá en California, donde prestó sus servicios como auxiliar de preescolar y en donde varias veces pude convivir con ella. Allá, en 1988, en la Casa Regional de Santa Ana, celebró su 25Aniversario de vida religiosa. En 1995 regresó a Costa Rica, donde ejerció su apostolado entre las comunidades de Moravia y Tibás. Ahí pasó los últimos veinte años de su vida, hasta que su Divino Esposo vino para llevarla a formar parte de la comunidad celestial. Yo la vi en diciembre 2015-enero 2016 en esa temporada que pasé en la Casa Pastoral de Moravia. Allí en esa casa le celebraron el pasado 20 de mayo sus 50 años de vida religiosa.

Anita fue siempre una hermana que se hacía sentir en la comunidad por su presencia silenciosa y a la vez simpática, con una constante y buena disposición de servir siempre a sus hermanas religiosas y a quienes anduviéramos por ahí. Fue un alma de oración, repasando siempre con sencillez las cuentas del santo rosario con mucho cariño a la Santísima Virgen María, así lo atestiguan las hermanas que compartieron con ella en las diversas comunidades de las que formó parte. A mí me tocó en varias ocasiones impartir Ejercicios Espirituales teniendo a Anita entre las ejercitantes, siempre atenta y tomando notas en su corazón.

La Hermana Anita empezó a padecer asma desde hace años, y más o menos hace unos doce empezó a sufrir los primeros síntomas del alzheímer, esa terrible enfermedad silenciosa que ataca al cerebro causando problemas con la memoria, la forma de pensar y el carácter o la manera de comportarse. Una enfermedad traicionera que no es una forma normal del envejecimiento pero que ataca a las personas mayores. Hace dos años aproximadamente, después que la vi por última vez, su deterioro se fue acelerando más y más y gracias a las visitas al doctor se pudo ir aplicando medicina adecuada a su enfermedad. El Señor quiso acompañarla con la cruz de esta enfermedad por aproximadamente doce años, la cual, dentro de sus limitaciones, supo llevar con generosidad y actitud oferente. Los médicos se admiraban de que la Hna. Anita gozara de una buena calidad de vida dentro de su condición, pero claro, había un secreto, ¡su comunidad religiosa, el cariño de las hermanas, las atenciones y el espíritu de familia siempre presente en cada casa de las Misioneras Clarisas! En estos últimos años Anita ya no se valía por sí misma, era constantemente asistida —gracias a la caridad que distingue a nuestras hermanas Misioneras Clarisas— por hermanas que, con diligencia y cariño fraterno le dispensaban todo lo necesario, pues, debido a la enfermedad, no podía ni debía estar sola. 

Gracias a los adelantos de la ciencia y a las instituciones especializadas que por eso se van creando, allí mismo, en Moravia, Anita pudo gozar durante unas horas del día, de los beneficios del Centro Geriátrico San Francisco de Asís, un espacio acondicionado con enfermeros especialistas en geriatría y donde su presencia como religiosa, fue un testimonio para los demás pacientes, para los médicos y enfermeros. ¡Qué caminos de Dios! Una misionera que, aparentemente perdida en el mundo, evangelizaba con su sola presencia cada día. Periódicamente fue atendida en el Hospital Geriátrico Calderón Guardia, cosa que permitió que la hermana Anita Arce tuviera una mejor calidad de vida en sus últimos años. Nunca olvidó que era religiosa y, aunque fue perdiendo el habla, de lo poquito que se le podía entender al hablar, nombraba con frecuencia a la beata María Inés, al Sagrado Corazón de Jesús y a la Santísima Virgen María. Las hermanas dicen que en sus últimos días repetía: "Al cielo, al cielo..."

El pasado 9 de julio tuvieron las hermanas que llamar a la Cruz Roja para que la asistiera, porque se le congestionó el pecho y respiraba con bastante dificultad. Los paramédicos la revisaron y vieron conveniente trasladarla al hospital para darle allá una mejor atención. Así, Anita quedó internada desde esa fecha. El domingo siguiente, ya habían realizado los exámenes necesarios y diagnosticaron que tenía bronco–neumonía por lo que había que administrarle un antibiótico, pero debido a su enfermedad no estaba reaccionando al medicamento. Al saber la gravedad de su estado, la Madre Martha Gabriela Hernández, superiora general de nuestras hermanas Misioneras Clarisas, que se encuentra hasta estos días en Costa Rica, pidió a la familia misionera que nos uniéramos en oraciones para acompañarla y se dirigió, acompañada de la hermana Lucy López, vicaria general y de la hermana Ileana Rivera, superiora regional de Costa Rica al hospital para estar al pendiente de ella.

Dios tiene sus caminos. Anita hizo sus votos en presencia de su superiora general, en aquel entonces la beata María Inés Teresa y ahora, al dejar este mundo, lo hace en presencia de su superiora general actual. Así fue el final de la trayectoria en la tierra de esta misionera de mirada serena y sonrisa discreta y esperamos, como dicen nuestras hermanas Misioneras Clarisas, que el Señor haga fructificar todos sus anhelos misioneros y esfuerzos ofrecidos durante su vida, para la mayor gloria de Dios y salvación de las almas. Esta es la primera Misionera Clarisa originaria de Costa Rica que ha sido llamada por el Padre Celestial a las moradas eternas. Dale Señor el eterno descanso a nuestra querida hermana Ana María Araceli del Carmen Arce Hernández y brille para ella la luz perpetua.

Padre Alfredo.

«VIRGINIA CECEÑA CARBALLO»... Vidas consagradas que dejan la huella de Cristo XVI

Definitivamente el Señor, es esposo enamorado de las almas consagradas y las llama a seguirle hasta la eternidad. Me acabo de enterar de la muerte de la hermana Margarita Ceceña Carballo apenas el día de ayer y, me voy dando cuenta, que no he escrito nada de mis recuerdos de su hermana Virginia, también religiosa Misionera Clarisa como ella, y que fue llamada a la casa del padre el 10 de marzo del año 2014 en la Casa Madre de nuestra familia misionera, en Cuernavaca, Morelos, México. Así que hoy pongo por escrito algunos esbozos y recuerdos de Virginia y en seguida vendrá la reseña de la hermana Margarita a quien al igual que Virginia conocí ampliamente.

Virginia nació en Los Ángeles, California, en los Estados Unidos, el 9 de febrero de 1926. Debido a que desde adolescente, perdió a sus padres, fue llevada junto con su hermana Margarita a Los Mochis, Sinaloa, México para que tuviera una crianza en familia. Sus tías, costureras de profesión la formaron en esa ocupación que ocupó gran parte de su vida. En aquella calurosa ciudad de Sinaloa, Virginia creció siendo siempre un ejemplo para su hermana menor, Margarita, a quien alentó siempre mientras estuvo en este mundo. Joven fuerte y decidida, de carácter firme, con una sonrisa que dejaba ver su paz interior, conoció junto con su hermana Margarita a la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, de quien se sintió, al igual que Margarita, felizmente amada y acogida, y afirmando siempre que a ella le debían su vocación consagrada, en 1953, el día de san Francisco de Asís, 4 de octubre, ingresó en Cuernavaca con las Misioneras Clarisas. Allí realizó su postulantado y su noviciado, emitiendo sus votos religiosos de pobreza, castidad y obediencia el 20 de mayo de 1956. El el 10 de julio de 1961 hizo sus votos perpetuos desposándose con Cristo para siempre y consagrándole al Señor las virtudes que Él mismo le había dispensado, destacando como un alma silenciosa y entregada en la vida comunitaria y en las actividades apostólicas que le asignaban.

Ya como religiosa, en Monterrey, pudo completar sus estudios de Bachillerato y especializarse mas en Corte y Confección, actividad de la que ella hizo una constante y fructuosa dedicación de toda su vida, ocupándose de santificarse frente a la máquina de coser en cualquier casa a donde fuera enviada.

En la República Mexicana estuvo, además de Monterrey, en Cuernavaca hasta 1957. En ese año fue destinada a la casa de Sn Antonio, Texas, U.S.A.,para trabajo pastoral, ocupándose de la catequesis y visitas domiciliaras; sin olvidar su máquina de coser, allí fue nombrada vicaria local. En 1963 fue enviada a trabajar y a enseñar costura a la escuela de la misión de Sierra Leona, en África, donde permaneció generosamente durante 32 años hasta que le tocó salir inesperadamente de esa misión, correteada por las metralletas de los soldados rebeldes que por ese tiempo invadieron el país con uno o varios golpes de Estado que sufrió duramente Sierra Leona. Allá celebró en 1981 sus Bodas de Plata. Era interesantísimo escucharla hablar de aquellos hechos y ver con qué valentía decía siempre que estaba lista para regresar de inmediato si la volvían a enviar. Ella afirmaba que aquella salida de Sierra Leona fue después de un milagro, pues los solados de la guerrilla la abandonaron junto con otros prisioneros al sentirse perseguidos por el ejército contrario y huir de aquel lugar. Realmente su corazón dejó gran parte en Sierra Leona, enseñando corte y confección a las estudiantes de Secundaria en Lunsar, con la esperanza siempre de infundir a sus alumnas la posibilidad de un futuro trabajo que les ayudara a superar la pobreza de las familias que se vivía y se vive allá actualmente. Aunque imaginar este trabajo de costura con los calores y las humedades de África implique esfuerzo, cueste sudor, agote, sea duro e incluso para muchos «insoportable», para Virginia, en su vida consagrada, fue el medio de santificación. Las horas frente a la máquina de coser, sin descuidar sus demás actividades como religiosa, fueron para esta sencilla mujer consagrada un medio insustituible para tender a lo que fue el fin de su existencia y la realización de su vocación: la santidad.

Al salir de África pasó un tiempo en la Casa General de Roma y en Pisoniano, allá en Italia, confeccionando hábitos y velos hasta que regresó a México en el 2001 de donde viajó rumbo a Nigeria, West África, para impartir un curso intensivo de costura a las Novicias de esa Región y volver a México para ir a la Escuela-Granja, en San Cristobal de las Casas, Chiapas, impartiendo un curso de costura a las chicas internas y a las hermanas en formación;.

Yo la conocí precisamente en aquellos años. La tuve varias veces en tandas de Ejercicios Espirituales y Retiros en la Casa Madre en donde me dejó ver espíritu religioso amante de los actos de comunidad en la sencillez de la vida de Nazareth, como decía la beata María Inés Teresa cuando se refería a las tareas de casa. Las hermanas la recuerdan como una mujer entera, sencillísima, recta, dócil, atenta y respetuosa, de espíritu silencioso y alegre. Yo puedo recordarla siempre con su sonrisa aún en medio de los sufrimientos que Dios le dio a probar en distintas ocasiones, especialmente en su ancianidad, las últimas veces que la vi, aceptando y ofreciendo los dolores físicos que la acompañaron, por la salvación de las almas. En la Casa Madre, en 2006 celebró sus Bodas de Oro.

Su habilidad para coser, remendar y utilizar retazos o partes aprovechables de hábitos se fue minando. Fue impresionante para muchas hermanas su despedida de su compañera la máquina de coser, este maravilloso instrumento creado por el sastre Bartolomé Thimonnier en 1830 y que a Virginia la acompaño por años y años en tres continentes y a la que tuvo que dejar cubierta luego de una alegre, ardua y comprometida laboriosidad junto a la mesa de corte en la que, fuera en la casa que fuera, confeccionaba hábitos, velos y hasta uno y otro saquito para el padre Esquerda. La salud se fue minando y un problema renal acabó de extinguir la vida terrena, de esta misionera en la misma serenidad y aceptación de la voluntad de Dios que había vivido siempre. Silenciosamente, en su humilde habitación en la que la vi días antes, cerró sus ojos y entregó su alma al Padre de los Cielos, en quien confiamos la acogió con todo su amor para llevarla y hacerla feliz eternamente en la Gloria. 

Desde la «Singer» en turno, según fuera América, África o Europa, la hermana Virginia nos deja el ejemplo maravilloso de santificar el trabajo, santificarse en el trabajo y santificar a los demás con el trabajo. Algunas hermanas dicen que ella se sentía tan feliz cuando las veía probarse ya el hábito terminado, que parecía que quien estrenaba, le hacía un favor a la hermana costurera.

Hombres y mujeres como Virginia, son los hombres y mujeres de Dios, que levantan la cruz del triunfo en este mundo para ir a gozar de los premios del cielo. Sus vidas, unidas a la pasión de Cristo cargando esa cruz de cada día, resultan casi una provocación para una sociedad y una época que desprecian el esfuerzo y el rendimiento en el trabajo. ¡Descanse en paz nuestra querida hermana Virginia Ceceña Carballo!

Padre Alfredo.

jueves, 19 de julio de 2018

«¡Vengan a mí!»... Un pequeño pensamiento para hoy


Siempre es un gozo para cualquier miembro de la Familia Inesiana estar en la casa Madre de nuestra familia misionera en Cuernavaca «y lo es para todo el que la conozca—, y debo confesar que me llevé una gran impresión al llegar ayer y ya no ver la parte que conocíamos como «Asís» porque así la había bautizado Nuestra Madre fundadora la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento. Ese edificio de tres pisos en donde disfruté muchos veranos de vacaciones, cursos y ejercicios espirituales, y tantos diciembres en Asambleas de Van-Clar (Nuestro grupo de seglares misioneros), retiros y demás; sobre todo en mis años de juventud, cuando desde que era Vanclarista, y después como seminarista, recibí allí, en ese santo lugar, tantas gracias. Todo pasa en esta vida, y pasa tan rápido como los segundos que duró el pasado terremoto del 19 de septiembre ya hace casi un año. Ese «temblorcito» que en tan poco tiempo hizo caer grandes edificios, dañó tanto las estructuras de «Asís», que hubo que derrumbarlo en su totalidad. Ahora, en espera de nuevos donativos milagrosos que seguro seguirán llegando, en donde estaban aquellos espacios que nos albergaron a tantos y por tanto tiempo, se contemplan solo escombros: piedras; algunos pedazos de cemento; uno que otro de esos mosaicos de muchos colores, de aquellos que colocó Madre Inés con las primeras hermanas Misioneras Clarisas al levantar esta obra. 

Además de esto, el temblor derrumbó parte del Auditorio de esta querida casa y, fue un gran gozo poder admirar el flamante auditorio con un escenario nuevo y un techo que, desde la calle, deja ver su ligereza para soportar las trémulas condiciones de la ciudad de la eterna primavera, capacitando este espacio nuevamente para enfrentar, de forma más segura, la próxima sorpresa temblorina. Así, en los acontecimientos de cada día, entre esa mezcla de cosas y momentos hermosos, en contraste con las situaciones dolorosos, vemos que los creyentes hemos de ser hombres y mujeres llenos de fe y de esperanza como el profeta Isaías, que hoy, en la primera lectura de nuestra diaria liturgia nos dice: «La senda del justo es recta porque tú, Señor, le allanas el sendero»... «En el camino de tus mandamientos te buscamos»... «Acudimos a ti, Señor, en el peligro»... «Tu rocío es rocío luminoso»... «La tierra de las sombras dará a luz» (Is 26,7-9.12.16-19). Por su parte, el Evangelio de hoy tiene palabras que nos hacen ir a la otra virtud de las tres que llamamos teologales y que son la Fe, la Esperanza y la Caridad. Jesús, en el Evangelio que ilumina nuestro día tiene palabras de aliento para mis hermanas Misioneras Clarisas de la Casa Madre y para todo aquel que vive así, en ese mismo dinamismo el seguimiento de Cristo: «Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo les daré alivio»... «Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón»... (Mt 11,28-30). 

Al amanecer de este día y evocando los momentos de ayer entre el reluciente auditorio y el vacío que dejó «Asís», pienso en las hermanas —entre ellas nuestra querida Madre Julia— que vivieron el susto de la sacudida, el desalojo de la casa, la marcha hacia la Casa Noviciado, las nubes de polvo que seguro invadieron hasta el último rincón de la parte que quedó en pie en los días que duró la ardua tarea de la demolición y aún ahora el ruido incesante del equipo de arquitectos, ingenieros y trabajadores de la construcción que, a casi un año de haber empezado la reconstrucción, siguen ahí. Puedo contemplar las caras cansadas de las hermanas acarreando cuanta cosa puede haber en una casa de retiros antes de que las máquinas pesadas redujeran a la nada la inmensa mole de cemento y claro, pienso también en las lágrimas de las que, de lejos y de cerca, recordaban y reviven, como muchos de nosotros, aquel espacio hermoso que ahora ha quedado grabado en el corazón. El creyente, ante situaciones como estas, tiene que interiorizar en su conciencia que Dios se interesa en ayudarle en la solución de las situaciones difíciles de la vida para reconstruirle con todas sus circunstancias. La situación de Casa Madre no es ajena a la que muchas familias afectadas viven aún y que, como nuestras Hermanas, ante estas situaciones, no pueden quedarse solamente viendo y llorando ante una situación que angustia y que impide ver con claridad los propósitos de Dios... ¡hay que actuar para dejar actuar a Dios manifestando su compasión y misericordia! Como María, hay que encaminarse «presurosos» a reconstruir no solo un edificio como la Casa Madre, sino nuestras propias vidas que a veces se derrumban por una u otra causa. Dios siempre tiene un propósito que es el que hay que buscar para enfocar nuestra atención y esperanza en las situaciones de crisis actuando con amor. ¡Es jueves, Jesús nos espera en la Eucaristía para restaurar, para reconstruir, para edificar diciéndonos: «vengan a mí»! 

Padre Alfredo.

sábado, 5 de agosto de 2017

Vivir para siempre en una alegre entrega... Votos Perpetuos de 8 Misioneras Clarisas


En una celebración en donde se experimentó la esencia misionera de la Iglesia, que es así por naturaleza (AG 1) un grupo de 8 Misioneras Clarisas, dieron el paso definitivo en su consagración como religiosas, al hacer su Profesión Perpetua, inundadas de la alegría de vivir el Evangelio en pobreza, castidad y obediencia. 

Estas ocho hermanas mexicanas, misioneras que viven su consagración religiosa como misioneras en España, Estados Unidos, Vietnam y algunos lugares de México, se suman a las filas de más de 600 hermanas religiosas misioneras clarisas que, en 14 naciones y de muy diversas nacionalidades, llevan el gozo de vivir y anunciar la Buena Nueva.

Los votos perpetuos marcan a la persona consagrada para siempre, haciéndole signo visible y transparencia de Cristo, que vivió así, pobre, casto y obediente al Padre. Estas hermanas han realizado su entrega dentro de una Concelebración Eucarística en la parroquia de San Felipe de Jesús en Cuernavaca Morelos México, cuna de la fundación de este instituto misionero que hiciera hace muchos años la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento. Por delegación de su superiora general Martha Gabriela Hernández, los votos fueron recibidos por la hermana María Elena de Luna, superiora de la región de México. La Liturgia de la Palabra iluminó el momento con la Carta a los Filipenses: «Todo eso lo he dejado a un lado, y lo considero basura, con tal de llegar a conocer bien a Cristo, pues no hay mejor conocimiento. Y quiero que Dios me acepte, no por haber obedecido la ley, sino por confiar en Cristo, pues así es como Dios quiere aceptarnos» (Flp 3,8) y con el Evangelio de Mateo: «Porque ¿de qué le sirve a uno ganarse todo el mundo, si pierde su alma? ¿O qué puede dar uno a cambio de su alma?» (Mt 16,26). La Misa le presidió un sacerdote americano venido de la diócesis de Orange en California, el padre Philip, y a un servidor le tocó la gracia de predicar la homilía.

Pero tal vez surja  la pregunta de para qué sirven estos votos al mundo de hoy y por qué una profesión perpetua en un mundo donde casi todo es desechable y todo pasa tan de prisa. Veamos:

La pobreza, abandono voluntario de los bienes exteriores, es un signo poco atractivo para muchos en en nuestro mundo extremadamente materialista. La fuerza atrayente de la pobreza, contrastando con la realidad consumista de nuestra sociedad, es un medio eficaz del que Dios se vale para llamar a las almas a librarse de todo estorbo para aferrarse solamente a la Divina Providencia. En medio de nuestro ruidoso mundo, atrapante y queriendo llenar cuantos vacíos haya con cosas materiales, la mujer consagrada, por este voto, queda libre para contemplar a su Señor y tenerlo como única posesión. La vivencia de este voto en su realización definitiva, constituye un aliciente para la contemplación de Dios, que es amado por encima de todas las cosas y que debe reinar sobre todas las cosas.

El voto de castidad, asiste positivamente a la consagrada en su vocación activa y contemplativa, manteniéndola eternamente enamorada de Jesús, «esposo divino» de su alma, y la lleva a ocuparse en pensar en las cosas de Dios en ofrenda total de su ser. Además, el mismo amor de Cristo Esposo, que inspira a la religiosa a profesar este voto de manera permanente, inspira todo su ser y quehacer para ofrecerse a Dios por la salvación de las almas, como decía Madre Inés, no solo con los labios, sino con el corazón. La castidad se hace testimonio de las realidades futuras sobrenaturales: la resurrección de la carne, la patria celestial, y la vida en unión perpetua con Dios. Por este voto, el corazón e la mujer consagrada se inmola y se da totalmente a Dios y muestra que es posible volar a metas altas de santidad. Finalmente, el amor autentico que empuja a profesar este voto es una declaración contra la dominante mentalidad hedonista de nuestros días que vuelve todo amor superficial y egoísta.[22]

La obediencia, impresa de manera definitiva en el corazón de la religiosa, en la profesión perpetua, le da a la consagrada la posibilidad de vivir la dependencia a la voluntad de Dios en un holocausto espiritual. Hablar de obediencia consagrada al mundo de hoy, es hablar de una obediencia configurada realmente con la vivida por Jesús. O, mejor dicho, es hablar de una vocación y de un compromiso —ratificado con un voto— de revivir en la Iglesia el mismo misterio de obediencia radical vivido por Jesús en su existencia terrena al hacer siempre la voluntad del Padre. Este voto abarca todo el proyecto evangélico de vida de la Misionera Clarisa, y comprende todas las mediaciones: la propia conciencia, la palabra de Dios, el magisterio de la Iglesia, los signos de los tiempos, las necesidades y aspiraciones de los hombres, la voz humilde de los hermanos, la voz más solemne de la propia comunidad, las constituciones del propio instituto y, de un modo especial, sus respectivas superioras. Por eso, es obediencia radical y perpetua.

Al llegar a estos momentos del itinerario de la vida de la religiosa, con la profesión perpetua, quien hace el voto muestra al mundo que la obediencia consagrada no es simplemente un buen consejo de Cristo,  como tampoco lo son la castidad y la pobreza, sino un verdadero carisma, es decir, un especial don de gracia, concedido por el Espíritu Santo a la Iglesia, y en ella a determinadas personas, mediante la vocación a la vida consagrada, para revivir intensamente esta dimensión de la vida y del misterio de Jesús. 

Estas ocho hermanas, han sido llamadas por Dios mismo a vivir en una alegre entrega estos preciosos consejos evangélicos, dando un testimonio elocuente de la primacía de Dios, particularmente necesario en la tarea misionera de la Iglesia. Por medio de la profesión perpetua, estas mujeres consagradas a Dios han transfigurado su vida y se han convertido en una huella indeleble que Cristo- Esposo deja en la historia gracias al espíritu y espiritualidad de la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, cuyo ejemplo de vida las motiva y las impulsa de día en día a ser misioneras.

Damos gracias a Dios por el don de la vocación religiosa de Blanquita, Tere, Karina, Chayito, Mayra, Yajaira, Cristy y Mónica, a quienes me ha tocado acompañar de cerca en su camino vocacional y pedimos, por la intercesión de la santísima Virgen María, en su advocación de Guadalupe, Patrona de las Misioneras Clarisas, la gracia de la perseverancia y la fidelidad a su alianza definitiva. 

Por mi parte, puedo decir que gocé en grande esta celebración, agradeciendo este mismo día de la ceremonia, 5 de agosto, el que hace 28 años fui ordenado sacerdote. ¿Puede haber mejor regalo?

Las Misioneras Clarisas están presentes en Irlanda, España, Italia, Sierra Leona, Rusia, India, Japón, Korea, Indonesia, Nigeria, Estados Unidos, Costa Rica, Argentina y México.

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

domingo, 30 de julio de 2017

La hermana Carmelita Martínez... Vidas consagradas que dejan la huella de Cristo XIII

Parece curioso hablar de alguien que ha fallecido reciente e intempestivamente y hablar de gozo por la vida. Pero, ese es el caso de la hermana María del Carmen Martínez Martínez, conocida en un campo amplísimo de apostolado y en su comunidad religiosa como «La hermana Carmelita».

Carmelita nació el 23 de diciembre de 1967 en Ipiña, Ahualulco, estado de San Luis Potosí, en México. Desde muy pequeña, vivió en la zona metropolitana de Monterrey, México; adquiriendo desde entonces el tono, la franqueza, la sencillez y la ocurrencia de la gente del norte, además de un cimentar una fe profunda en Jesús Eucaristía junto a un amor inmenso a la Sagrada Escritura. Desde jovencita destacó como entusiasta catequista, tarea apostólica que la llevó a prestar su servicio misionero como seglar con los Misioneros Servidores de la Palabra en diversos lugares del país.

Cautivada por el celo misionero y el amor a la Eucaristía de la beata María Inés Teresa, amante como ella del estudio y profundización de la Escritura, ingresó a la congregación de las Misioneras Clarisas en el año de 1993. en donde hizo su profesión perpetua, consagrándose a su amado Jesús para siempre, el 16 de agosto de 2002.

Incansable misionera, que traía ya ese fuego en la sangre, formó parte de varias de las comunidades de las hermanas Misioneras Clarisas en México. Estuvo en Cuernavaca, en la Casa Madre en los inicios de su vida consagrada y luego de algunos años en una tarea apostólica entre los más necesitados. También formó parte del personal de diversas casas de misión en Tuxtla Gutiérrez, en Chiapas; Buenavista de Cuéllar, en el estado de Guerrero;  Arandas, en Jalisco —donde fue  ecónoma, consejera y superiora local. 

En el año de 2007 fue enviada a la región de la Patagonia, en Argentina, donde permaneció hasta el año de 2010 cuando fue enviada a  Monterrey, en donde había iniciado aquel ardor misionero que le consumía cada día de su vida en una alegre y muy organizada entrega en el colegio «Isabel la Católica» como secretaria del jardín de niños, después de la secundaria, más adelante como maestra de clases de Educación en la Fe y los dos últimos años, como Coordinadora del área de Pastoral. Allí, la hermana Carmelita no se dio tregua para sembrar el amor a la palabra de Dios en los alumnos, los maestros y los padres de familia; sin dejar de lado, su amada comunidad de Misioneras Clarisas en donde además de toda la tarea apostólica que desplegaba enamorando a los niños y adolescentes de la Biblia, enseñándoles a saborearla; tenía un grupo de hermanas religiosas a quienes una vez a la semana impartía un curso de profundización de la Sagrada Escritura, con un programa elaborado por ella que envidiaría cualquier maestro de seminario o universidad católica. Tenía un gran celo apostólico, al estilo de la «Nueva Evangelización» que se nos pide, siempre animosa para empezar de nuevo y ser mejor cada vez. curiosamente los últimos días de su paso por este mundo, se le veía —aseguran sus hermanas de comunidad— con un semblante alegre diciendo que estaba teniendo un encuentro profundo con el Señor y su Palabra. No perdía oportunidad para hablar a quien fuera de la Santísima Virgen y estaba tan familiarizada con ella, que aun en momentos de convivencia fraterna, como a la hora de tomar los alimentos, de camino al colegio, etc. lo hacía porque le brotaba de manera espontánea.

Siempre serena, no sabía decir que no cuando se le pedía un favor o veía la necesidad de colaborar en algo, fuera asunto de su comunidad religiosa como del colegio, ya se tratara de alguna manualidad o de poner algún bailable regional, preparar algún material vocacional, dar un tema, hablar en la radio o simplemente acompañar a alguien. Le gustaba tejer desde jovencita, hacía zapatitos para dormir y otras prendas que repartía a las hermanas y decía: «¡por si llego a viejita, así me voy a entretener tejiendo y ayudando con eso!». ¡Qué cosas! El Señor sabía que no llegaría y por eso le adelantó la tarea en sus ratitos libres que, en realidad, eran pocos. ¡Cómo recuerdo su entusiasmo ayudándonos de forma muy directa a la hermana Silvia Burnes y a mí en todo el proceso del estudio y análisis del «presunto milagro» de Hugo atribuido a la intercesión de Nuestra Madre la beata María Inés. Ella nos creó el grupo de whatsapp, nos agendaba las citas, nos acompañó a varios de los lugares y animó tanto a Hugo como a todas las demás personas involucradas en todo esto. ¡Carmelita: se que nos estás echando una manita desde donde estás!

El pasado 6 de julio, la hermana Carmelita fue intervenida en una rodilla —le practicaron una artroscopia— por lo cual le mandaron, como es natural, unos días en reposo para recuperarse en el convento. Unos cuantos días después, mientras iba recuperando poco a poco el movimiento, el sábado 15, una de las religiosas le llevó el desayunó a su cuarto y, cuando cuarenta y cinco minutos después, otra hermana llegó a su habitación para acompañarla y retirar la charola, la encontró sin vida en el suelo. Un infarto fulminante dio fin a su tarea aquí en la tierra antes de que cumpliera sus 50 años de edad.

Llena de vida y profundamente enamorada de Cristo, con quien se había desposado, la hermana Carmelita ahora ha sido llamada a la Casa del Padre para tener esa vida en abundancia que su amado Jesús le había prometido desde tiempo atrás: «Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia» (Jn 10,10). 

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

domingo, 16 de julio de 2017

«La hermana Parti»... Vidas consagradas que dejan la huella de Cristo XII.

Hoy es día de la Virgen del Carmen, quiero recordar a una mujer maravillosa que conocí hace muchos años cuando ella ya estaba entrada en años y cuyo buen estado de su corazón, le permitió llegar a la edad de casi 106 años. Conviví con ella en muchísimas ocasiones, incluso hasta casi el final de su vida en la «Casa del Tesoro» en Guadalajara. Me refiero a la hermana Sor María del Carmen de la Pasión, mejor conocida como «La hermana Parti». 

María del Carmen Ruíz Zaragoza nació en Cotija, Michoacán, México, en el año 1909. Allí en esa tierra que constantemente recordaba a lo largo de su vida religiosa, realizó sus estudios básicos. Estudió la carrera de Enfermería en la Universidad de San Luis Potosí, con la especialidad en Obstetricia, la que practicó algún tiempo antes de entrar al Convento.

La historia de «La hermana Parti» es muy singular, empezado por el hecho de que las fechas exactas de su nacimiento y de su bautismo nunca se supieron con exactitud, debido a que los archivos de aquellos años fueron incendiados durante las revueltas de la revolución mexicana. Sólo existen certificados con unos cuantos testimonios en los que ha quedado confirmada la fecha de su nacimiento. El único libro de archivos que en el pueblo se pudo rescatar, fué el del libro de confirmaciones, así que de ella se conserva el acta de su confirmación.

María  del Carmen ingresó a la congregación de las Misioneras Clarisas en 1950 en Cuernavaca. Apenas terminado su noviciado, fue destinada a la casa de Puebla, en donde continuó estudios de Normal. Allí le fue encomendada la dirección de la Escuela Primaria de la Colonia de Analco, una escuelita que apoyaba  la Universidad Femenina del Puebla. Ella, apoyada por otras maestras seglares vivió se entregó con todo su amor a la atención de niños pobres, porque esa era la finalidad de esa escuela, ayudar a los más necesitado. Trabajó allí, combinando todo con su vida de oración y mortificación, hasta el año de 1971. Muchos de sus ex-alumnos de aquellos años, la recordarán siempre con cariño y con una inmensa gratitud.  Incluso se sabe que algunos, cuando se enteraron de su muerte, dejaron correr las lágrimas. 

Al concluir su misión educativa en Puebla, fue trasladada a Huatabampo, Sonora. Allá continuó con la misma labor educativa, pero ahora en la escuela primaria  del Colegio Sonora. Ejerció el magisterio también en Monterrey. Estuvo también durante varios periodos de su vida en la comunidad de Guadalajara realizando otro tipo de tareas además de vivir plenamente su vida consagrada con una alegría sensacional que contagiaba. Luego fue cambiada a Cuernavaca para volver a ejercer ahí la enfermería, en el dispensario médico que, hasta la fecha, tiene esa comunidad. En la Casa Madre, extendió sus servicios hasta la atención de las hermanas enfermas,  llamando la atención el hecho de que no se eximía de las labores domésticas que siempre se requieren en una comunidad religiosa. También durante algunos años, fue dedicada a misiones populares en distintos estados de la República. Le gustaba mucho trabajar en los diversos apostolados de la Iglesia y se preparaba con entusiasmo para lo que fuera.

Pero... ¿Dé dónde viene eso de llamarla «La hermana Parti»? Ella misma lo contaba con sencillez y llena de risa. Resulta que cuando era una joven religiosa, para salir a la calle era común que las religiosas no utilizaran el hábito, pues debido a la persecución religiosa, que había hecho estragos en la Iglesia, el gobierno no autorizaba el uso de sotanas y hábitos por las calles. Así que si había necesidad de salir por algo, ella —con la misma sencillez que conservó hasta el final de sus días— preguntaba a la beata María Inés: —Nuestra Madre: ¿nos vamos a ir así o de «particulares» (refiriéndose a la ropa de seglar). Y Nuestra Madre la beata María Inés se reía y le decía: —De «particulares» sor Carmen. 

Es más, las hermanas contemporáneas de la hermana Carmen, cuentan que un día, dado que era muy común que cuando se dirigían a elle le decían «Parti» —y que algunas personas pensaban que así se llamaba—, Madre Inés, en un momento de conferencia que estaba dando a sus hijas religiosas les dijo: —Ya no le estén diciendo a la hermana Carmen «Parti», ella se llama Carmen. Y dirigiéndose a la hermana Carmen le dijo: — Y tú «Parti», no dejen que te digan... «Party». La beata se dio cuenta de que ella también le decía así de cariño. Toda la comunidad se echó a reír y ya no hubo remedio, sor Carmen siguió siendo cariñosamente conocida como «La Parti». Con sencillez recordaba y contaba ella misma aquella anécdota, hasta exagerar con gracia el saberse muy querida por la Beata Madre Fundadora. En una carta que la beata le dirigió en 1971 le decía: «Gracias hija, por tus sentimientos de adhesión y buena disposición para lo que la obediencia pida de ti. Sé que Carmelita siempre está dispuesta y esto es para una Madre el mejor regalo que puede recibir».

Dotada por el Señor con muchas cualidades humanas y con un serio y profundo espíritu de piedad, la hermana Carmen transmitía en pequeños y grandes, con mucha sencillez, el gozo de su vocación. Siempre conservó esa característica de una simpatía especial y muy natural en ella, aún para comunicar sus experiencias espirituales. Le encantaba la poesía y el canto. A la primera invitación o insinuación que le pedía un canto o una recitación, para complacer a sus hermanas de comunidad o a alguna otra persona, reaccionaba con sencillez y alegría. Donde estaba «La hermana Parti» estaba la alegría. Esto lo hizo incluso hasta cuando ya estaba postrada en cama y con la voz muy débil.

Especialmente en sus últimos años de vida, a pesar de que la salud se le iba con rapidez, siempre se mantuvo de buen humor,  tratando de participar en la vida comunitaria, rezando y «haciendo rezar» a quien se le pusiera enfrente, sin quejarse de lo que ella pudiera estar sufriendo y consciente siempre de ser una mujer consagrada a Dios. La última etapa de su vida la pasó en la «Casa del Tesoro» en Guadalajara, como dije al inicio. La gente que la había conocido de años atrás allí mismo en Guadalajara, preguntaba siempre por ella y algunas se iban llorando y se alegraban de haberla visto todavía con vida. Allí, el 25 de marzo de 2003, celebró sus Bodas de Oro como consagrada. A estas alturas de la vida, evangelizaba de una forma muy sencilla haciendo separadores con pequeños recortes que ella misma hacía como podía y juntaba latas vacías, para hacer lapiceras, botecitos para guardar clips, etc... ¡Hay quienes conservan aún esos presentes que con tanto cariño y sencillez les hizo!

Su deterioro físico fue muy acelerado luego de haberle celebrado sus 100 años de vida en una fiesta sencilla, rodeada del cariño de las hermanas religiosas, los Vanclaristas y muchos de sus familiares y amigos. Poco a poco se fue apagando hasta el punto de que ya no pudo emitir ningún sonido, agotándose sus fuerzas hasta el máximo. Ella, que siempre había gozado de mucha salud, al final de sus días, vio llegar la  aparición de la insuficiencia renal y pulmonar, que se abrazaron al desgaste normal de su cuerpo por la avanzada edad. 

El día 7 de marzo de 2014, entregó su alma al Señor, rodeada del cariño de las hermanas de la comunidad que, con cantos y oraciones la acompañaron en sus últimos momentos de dolor para despertarse a la alegría del feliz encuentro con su Dios. Ya Nada la ataba a las cosas de la tierra, le esperaba la felicidad eterna y la corona de gloria que mereció por su fidelidad en sus 65 años de vida consagrada.

P. Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

miércoles, 12 de julio de 2017

Emma Velasco... Vidas consagradas que dejan la huella de Cristo X.

Originaria de la «Incomparable Buenavista de Cuellar» (Así llamó a su también lugar e origen la Madre Teresa Botello) Guerrreo, Emma Velasco Ocampo ingresó en la congregación de las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento  en 1963 y transcurrió la mayor parte de su vida religiosa en el campo de la pastoral parroquial, especialmente en la evangelización de la familia y en la dimensión de la Liturgia, especialmente como Ministro Extraordinario e la Comunión Eucarística y visitando a los enfermos a quienes siempre procuraba con gran solicitud y aprecio.

Conocí a la hermana Emma allá por los años 80s cuando era yo un seminarista estudiante de filosofía. La recuerdo siempre como una mujer muy apostólica, franca, espontánea y sencilla, con una simpatía muy particular y una voz que siempre puso a disposición de nuestro Señor en el Coro de la comunidad, incluso hasta sus últimos años de vida.  Las hermanas que convivieron con ella en las distintas casas de las Misioneras Clarisas, dicen que fue una persona muy recta, en quien siempre se podía confiar. Mujer de carácter fuerte y muy decidido, con la nobleza que la vida consagrada va imprimiendo y sensible a las necesidades de los demás, no se detenía ante las adversidades y sopresas que la vida apostólica suele presentar. 

Agradeciendo siempre el don de su fuerte y melodiosa voz, siempre puso generosamente al servicio de la comunidad religiosa y en sus actividades apostólicas, como he dicho ya, este talento que supo desarrollar junto con la declamación. Le gustaba alegrar los diversos momentos de la vida comunitaria y apostólica con cantos muy particulares, porque además era un poco compositora, ya que, en ocasión de los cumpleaños de las hermanas, añadía a las mañanitas algunos versos compuestos por ella misma o aprendidos desde su niñez. 

Siempre gozosa de su consagración, casi nunca se eximía de los actos comunes en la capilla o el comedor, y ya con una edad bastante avanzada y un problema cardiaco que siempre estuvo latente, siguió siendo miembro activo del coro, asistiendo muy puntual —por no decir la primera—a los ensayos, en los cuales participaba siempre con su incansable entusiasmo, enseñando a las pequeñas y animando a las mayores, siendo siempre obediente y dócil hacia las hermanas que dirigían el Coro. El gran testimonio de amor y fidelidad hasta el final, edificó y animó en todo momento a las que integraban el coro.

En sus largos años de vida religiosa, estuvo en diversas casas de la conregación. En 1966 fue enviada a California, U.S.A. por seis meses.  En ese mismo año fue destinada a Roma, Italia, para colaborar con las hermanas que atendían una Clínica. En 1970 tuvo cambio a Madrid, España, donde permaneció solo seis meses; de ahí pasó a Pamplona, en donde estuvo hasta 1973, año en que regresó a México, en ocasión de la emisión de sus votos perpetuos, que celebró en su ciudad natal acompañada de su familia y de las hermanas. En 1974 se dedicó un año, en Arandas, Jalisco, a la pastoral litúrgica y a dar clases de cocina. Regresó a la Casa Madre en 1975, para ocuparse de algunas misiones populares. Después pasó a Guadalajara, Jalisco, de 1976 a 1981, fecha en la que tuvo un nuevo cambio a Arandas para trabajar en la pastoral vocacional hasta 1983. Allí en Arandas, muchísimas personas recuerdan con gran cariño la entrega generosa y desinteresada de esta gran misionera.

En 1991 fue nombrada superiora de la casa de Arandas durante unos meses, luego pasó a ser allí mismo, de 1992 al 2000 vicaria local, al mismo tiempo trabajaba como agente de pastoral litúrgica y en la pastoral social distribuyendo despensas a los más pobres y necesitados del lugar. Fue asesora de Van-Clar, y trabajó esforzadamente organizando bazares y otras actividades, ayudada por jóvenes voluntarios dede 1996 hasta el año 2004. 

Su salud, como es lógico en una vida que se desgasta por Cristo, fue decayendo, y tuvo que ser trasladada a la Casa Madre, en Cuernavaca, ya en un plan de descanso y asistencia médica, debido a un problema cardiaco. En esa casa será siempre será recordada por su labor callada en los trabajos más humildes, que a las veces son de primera necesidad, pues con un grupo de hermanas mayores, puntual y diariamente llegaba a doblar servilletas, limpiar frijol, arroz, etc., siempre buscando la forma de servir dentro de sus limitaciones físicas. Era un trabajo que Emma hacía con gusto, pues un alma enamorada de la Santísima Virgen, como ella, sabía el alcance de las tareas de Nazareth. Allí, en la cocina, en la lavandería, en los pasillos de casa, fue siempre una fiel promotora del Santo Rosario.

En el año 2015 recibió su cambio a Guadalajara, a «La Casa del Tesoro», en donde la Superiora de esta comunidad compartió el siguiente testimonio: «La Hermana Emma fue muy querida por la comunidad, muchas de nosotras la recordamos muy agradecidas por su testimonio de fidelidad y gran espíritu misionero que vivió siempre; cómo no recordar su sencillez y bondad en el trato para con todas las personas, su amor a María Santísima, su sentido del humor y su humildad. Vivió su voto de pobreza, sí en lo material, pero sobre todo en su apertura y disponibilidad a hacer siempre la Voluntad de Dios en la obediencia». El 20 de agosto de 2016, celebró con inmensa gratitud sus solemnes Bodas de Oro y de ahí en adelante, su salud fue mimando. Ya desde que estaba en España había sido diagnosticada con un serio problema cardiaco, que gracias a Dios fue controlado hasta que se tuvo necesidad de cambiarle el marcapaso que le habían instalado, después de lo cual fue notorio en ella el deterioro de sus padecimientos —algunos ya crónicos—, pero se mantenía en pie con normalidad y contando en todo momento con el cariño y apoyo de las hermanas enfermeras.

El 14 de marzo de 2017, estuvo presente en la Santa Misa y luego en el rezo de Laudes, así como en el desayuno. Como a a las once de la mañana se sintió mal. Inmediatamente se llamó a su doctora y fue asistida por un sacerdote que le administró la Unción de los Enfermos y le dio la absolución. Así terminó su paso por este mundo y entregó su alma al Señor, después de haber cumplido silenciosa y fielmente la voluntad de Dios, a quien amó generosamente entregándole toda su vida.

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.