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viernes, 26 de junio de 2026

«LA FORMACIÓN PERMANENTE EN LA VIDA CONSAGRADA»


La vocación, respuesta del hombre a la llamada de Dios, encierra en su misterio, unas realidades que encienden el corazón que quiere entregar su vida por la causa de Cristo.

En medio de una sociedad profundamente materialista, marcada por el egoísmo y que anega las aspiraciones más nobles del corazón, percibimos que la vocación es una respuesta, a la llamada que Dios hace para seguirlo, que no puede ser pasajera. Aceptar la vocación y perseverar en ella, quiere decir «creer en el amor» (Cfr. 1 Jn 4,16.  Cada uno es «amado y escogido providencialmente por el dueño de la viña» (ESQUERDA BIFET Juan, "Ven y verás", Roma 1993, p. 8). Nuestra vocación es ante todo, una vocación de amor. 

La beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, supo descubrir esto y trazó un programa para su vida, un programa tan sencillo como esto: «Que mi vida sea un programa de amor. Que mi vida sea un acto de continua oblación» (ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, "Recuerdo de mis santos ejercicios", julio 6-17 de 1941).

Viendo nuestra respuesta vocacional en esta clave de amor, encontraremos siempre motivos más que suficientes para perseverar con alegría. Nuestra vida consagrada debe ser una vida impregnada de amor, porque nos sabemos amados por Dios. El Señor nos llama cada día a reestrenar la gracia de la vocación, a «volver al primer amor» (Cfr. Ap 2,2-5), a reavivar la ilusión de vivir pata él, recordando que «salimos de la mano de Dios, como obra y fruto de su amor» (CASTRILLÓN HOYOS Darío, "Pastores para una nueva evangelización", Madrid 1992, p. 21).

Desde hace algunos años se habla mucho de «formación permanente» y está bastante claro que no se trata de algo nuevo, pero hoy, «en medio de nuestro mundo, en una humanidad dividida por las enemistades y las discordias, en donde el hombre busca desesperadamente en su mayoría, su seguridad existencial en el progreso científico y técnico, en el poder, en el dinero, en la comodidad, esta formación permanente se hace urgente, para que el consagrado no se deje arrastrar por modas o tendencias pasajeras.» (cfr. DELGADO RANGEL Alfredo L. Gpe., M.C.I.U., "Cristo, fundamento del sacerdocio; sacerdote, sacramento de Cristo", manuscrito sin fecha).

Jesús llamó a los que él quiso, nos llamó a nosotros también. Él llama siempre para estar con él y para enviar, a los llamados, a predicar la Buena Nueva(Cfr. Mc 3,13-14). La vocación, entonces, es «una llamada a compartir la vida de Cristo en un encuentro permanente y una misión totalizante» (DELGADO RANGEL Alfredo L. Gpe., M.C.I.D., "La miseria al servicio de la misericordia", manuscrito sin fecha). El «sígueme» de Jesús, se sigue repitiendo en cada llamada, en cada vocación, y no sólo eso, sino que se va renovando cada día, de tal manera que el que se sabe llamado, ha sido amado por Cristo y debe ir motivado por una respuesta dinámica a la llamada. 

«El amor de Dios nos persigue» (DELGADO RANGEL Alfredo L. Gpe., M.C.I.U., "El pecado, Un ¡no! al amor de Dios”, manuscrito, 1994). Jesús se encuentra con nosotros, nos arrastra, nos cautiva, nos convence y nos va transformando. Por eso la beata María Inés decía: «Quiero transformarme en tu amor, quiero vivir de amor, quiero morir de amor» (ARIAS ESPINOSA María-Inés-Teresa O.S.C., "Ejercicios espirituales", 1943).

En la mirada de  nuestro Señor Jesucristo, «imagen de Dios invisible» resplandor de la gloria del Padre, se percibe la profundidad de ese amor eterno e infinito que toca las raíces del ser. La persona que se deja seducir por él, abandona todo y lo sigue. Como san Pablo considera que todo lo demás es «pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús», ante el cual no duda en tener todas las cosas «por basura para ganar a Cristo». Su aspiración es identificarse con él, asumiendo sus sentimientos y su forma de vida". (Cfr. Vita Consecrata 18). 

Recordando que «el fin de la vida consagrada consiste en la configuración con el Señor Jesús y con su oblación total, es sobre todo a esto a lo que debe aspirar la formación (CENCINI, Amedeo, “¿Creemos de verdad en la formación permanente?”, Santander 2013, p. 36-37). Desde esta perspectiva se entiende que la vocación religiosa auténtica, es una vigorosa experiencia de encuentro con el Padre de las Misericordias en Cristo. Es literalmente una «vivencia». El verdadero religioso, como vemos en la beata María Inés, es un enamorado de Cristo que, como san Pablo, pretende alcanzar a Cristo, porque se sabe previamente alcanzado por él. (Cfr. DELGADO RANGEL, Alfredo L. Gpe., M.C.I.D., "La expresión de un único sí", manuscrito, 1994)

La formación permanente, es el esfuerzo integral que hemos de asumir, con la gracia de Dios, para permanecer dinámicamente fieles a la propia identidad espiritual y eclesial y para ser capaces de adaptamos y responder positivamente, en el nombre del Señor, a las exigencias históricas de la vocación (Cfr. MISIONERAS CLARISAS DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO, "Guía de formación", Roma, diciembre de 1997). Se trata de una cuestión de «perseverancia» y «fidelidad», como muchas veces lo he repetido y experimentado. «¿Cómo olvidar que el Señor nos llamó?.. nos llamó por el nombre y no nos dejará jamás. Nadie nos puede suplir ni representar en la llamada que nos hace cada día a seguirle pobre, casto y obediente» (DELGADO RANGEL, Alfredo L. Gpe., M.C.I.D., "Me considero feliz", manuscrito, 1996).

«Ninguna fase de la vida puede ser considerada tan segura y fervorosa como para excluir toda oportunidad de ser asistida y poder tener mayores garantías de "perseverancia" en la "fidelidad", ni existe edad alguna en la que se pueda dar por concluida la completa madurez de la persona» (Vita Consecrata 69). «La vida del presbítero y de la persona consagrada es formación es formación en sí misma» (CENCINI, Amedeo, “¿Creemos de verdad en la formación permanente?”, Santander 2013, p. 37).

Los sacerdotes y los consagrados, debemos tener muy en claro que vivimos en una constante formación, por se habla de formación permanente, el «sígueme» del primer día, se repite cada día y se reafirma en una respuesta de plenitud de entrega que continúa siempre actual. «Nadie deja nunca de sentirse llamado, hay un llamamiento constante en nuestra vida» (DELGADO RANGEL Alfredo L. Gpe., M.C.I.U., "Dos caminos", manuscrito, 1994). La formación permanente nos lleva a permanecer sumergidos en Cristo, en el misterio dramático de su corazón para que día con día, según las etapas de la vida que vayamos atravesando, aprendamos a vibrar de su pasión por hacer la voluntad del Padre que nos ama (Jn 16,27) y por salvar a la humanidad llenándola de vida (Jn 10,10).

La formación permanente no se funda en racionalismos ni en sentimentalismos ni en estados anímicos como muchos, llevados por modas actuales, se dejan llevar. Quizá por esa realidad que muchos viven en la entrega vocacional de vivir así, el «sí» de un día se convierte fácilmente en un «no» que impide seguir respondiendo. «La formación permanente es ante todo gracia que viene de lo alto, cada día, un don cotidiano, seguro, infalible y providencial» (CENCINI, Amedeo, “¿Creemos de verdad en la formación permanente?”, Santander 2013, p. 38). La formación permanente viene a ser una ayuda para no dejamos guiar por nuestro modo de sentir y pensar, sino por los criterios de Cristo. «Mi vida debe ser un espejo en el que se reproduzcan las virtudes de Nuestro Señor» (ARIAS ESPINOSA, María Inés Teresa, "Ejercicios espirituales", 1933). Por eso es una tarea de toda la vida. «No bastan unos años de rutina, es toda una vida la que se compromete por él». (ESQUERDA BIFET Juan, "Encuentro con Cristo", editorial Sígueme, Salamanca 1987).

En la vida consagrada no basta con ser ya de votos perpetuos para sentirse «formado». Todos necesitamos de los diversos medios de la formación permanente que, de por sí, ya los conocemos: la oración como encuentro con Cristo especialmente en la Eucaristía, la Palabra de Dios, los sacramentos, la profundización en la doctrina sobre vida religiosa, la doctrina sacerdotal para los que somos sacerdotes o nos preparamos a serlo, la dirección espiritual, la vida de sacrificio y entrega, la vida fratena en comunidad, el amor a María, el compromiso misionero, el conocimiento cada vez más profundo y la vivencia del carisma de nuestros fundadores. «Se necesita una formación permanente que abarque los niveles de espiritualidad, cultura teológica y humana, metodología pastoral, convivencia en la comunidad, etc.» (ESQUERDA BIFET Juan, "Te hemos seguido", Biblioteca de autores cristianos, Madrid 1996, p. 52).

Hablamos, entonces, de una formación continua que se lleva a cabo como «un proceso global de renovación que abarca todos los aspectos de la persona del religioso y el conjunto del instituto mismo» (“Orientaciones sobre la formación en los institutos religiosos”, # 68). Esta formación permanente no es cosa fácil, que se pueda realizar en un día, es todo un proceso que requiere de mucho esfuerzo —ascética— y por supuesto, de la gracia de Dios —mística— y que empieza desde las primeras etapas de la formación inicial que prepara a la ordenación sacerdotal o a la profesión perpetua. 

Luego esa formación continúa en el día a día del ministerio, en la vida común, en el servicio desinteresado, en la disponibilidad a la misión, etc. La formación no se puede cerrar en un paréntesis juvenil, sino que tiene que estar abierta a todo el arco existencial, hasta alcanzar el máximo de disponibilidad en la fase final de la existencia. Por eso la muerte forma parte importante del proceso de formación continua, porque hay que prepararse de manera individual y comunitaria al momento de la muerte. La muerte es el punto más elevado del proceso de identificación con la pasión de Cristo por Dios y por los hombres.

Hemos de pensar siempre que nuestra vida, tanto en el ministerio como en la vida consagrada, es larga y dificultosa, porque se trata de responder a una misión muy grande. El éxito de la tarea misionera de nuestra vocación depende, en mucho, de la calidad de formación permanente que tengamos. Porque «no puede darse un solo momento en el que el Padre no se ha movido por aquel gran deseo de formar en cada uno de nosotros, el corazón de su amado Hijo.» (CENCINI, Amedeo, “¿Creemos de verdad en la formación permanente?”, Santander 2013, p. 43)

A mayor formación humana, espiritual, apostólica, intelectual, en el propio carisma, mayor será lo que una diócesis, un instituto o una familia religiosa ofrezcan a la Iglesia y al mundo. «La vida se confía al hombre como un tesoro que no se debe malgastar, como un talento a negociar. El hombre debe rendir cuentas de ella a su Señor» ("Evangelium vitae", # 52).

La falta de la formación permanente no se podrá suplir con nada, ni con el fervor, ni con un gran corazón, ni con talento, ni con amplios planes de conquistas de almas, y ciertamente su ausencia se dejará sentir en una mundanización de los miembros, en una vida seca, áspera, sin frutos. Nadie puede ser santo si no se mantiene en este estado de formación permanente. Dicen que San Francisco de Sales, al llegar a Chablais, infestado de Calvinistas, dijo: «Esto está en manos de los protestantes porque nosotros hemos rezado el breviario pero no hemos aumentado nuestro saber». 

Los santos y los fundadores, en general, vivieron siempre reconcentrados en la formación permanente. «Imitar a los santos, no es copiar un ideal; no es copiar a los santos. Significa, siguiendo su ejemplo, dejarse conducir, como ellos, por un Otro adonde tú no querrías ir, dejar que el amor te configure desde dentro con la forma en que trasciende toda formas, significa precisamente llegar a ser un original, no una copia» (JACQUES MARITAIN, “Frontiere della poesia”, Brescia 1981, p. 104). De hecho, en mi caso concreto, como Misionero de Cristo, he podido ver algunos de los libros en los que la Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, sostuvo su formación permanente y la de nuestra Familia Inesiana. Su Biblia de estudio estaba más que gastada. En algunos de sus escritos deja ver la importancia que la formación permanente y la autoformación tenía para ella: 

«El estudio principal para todo misionero es la Sagrada Escritura. Allí se han forjado los santos; de allí han sacado toda su ciencia, como un santo Tomás y un San Buenaventura». (Carta colectiva de mayo de 1974). «Los cursos intensivos siguen en su apogeo; me van a costar muchísimo, que sólo Dios sabe cómo va a proveer a sus pagos, pero espero en Dios que se aprovechan con ganas y, poco a poco, vayamos ganando cultura y, con ella, almas para Dios». (Carta del 26 de diciembre de 1954). «Cada misionero tome muy en cuenta la autoformación, que se adquiere, ante todo, en la oración recogida y silenciosa, ya sea al pie del Sagrario o en algún otro sitio; y en la lectura de seleccionados libros, empezando por la Sagrada Escritura, decretos conciliares, y de aquellos otros que nos renueven, tanto en lo espiritual y religioso, como en lo humanístico, social y pedagógico». (Carta circular del 8 de diciembre de 1969).

La formación permanente, por tanto abarca todas las áreas de nuestro existir. «Ninguno puede estar exento de aplicarse al propio crecimiento humano y religioso; como nadie puede tampoco presumir de sí mismo y llevar su vida con autosuficiencia» (CASTRILLÓN DE HOYOS Darío, "Pastores para una nueva evangelización", Madrid 1992, p. 76).

Dentro de este tema de la formación permanente, merece un apartado especial el tiempo que se dedica a la autoformación, porque la formación permanente será, seguramente, llevada a cabo sí, en la vida ordinaria pero ayudándose de diversos medios que estarán al alcance de cada uno en el lugar y circunstancia en donde esté. La autoformación es crucial para el sacerdote y para todo consagrado, porque fomenta la adaptabilidad a cambios rápidos, desarrolla la autonomía, mejora la empleabilidad y el rendimiento al permitir el aprendizaje a su propio ritmo conforme a etapa de la vida que atraviese, y fortalece la confianza y la independencia, siendo un motor de crecimiento personal y profesional continuo en un mundo en constante evolución. 

La autoformación es crucial porque fomenta la adaptabilidad a cambios rápidos, desarrolla la autonomía, mejora la empleabilidad y el rendimiento al permitir el aprendizaje a tu propio ritmo, y fortalece la confianza y la independencia, siendo un motor de crecimiento personal y profesional continuo en un mundo en constante evolución. Termino esta reflexión con la esperanza de que sea útil, o por lo menos no estorbe en este proceso de formación. El Padre Celestial quiere que  seamos santos como él es santo. Ruego a la santísima Virgen María que a cada uno nos de luz, nos haga comprender la necesidad de formamos en todo tiempo y lugar y que viendo a Jesucristo y a tantos santos fundadores, vivamos cada día sin tedio y sin rutina inútil, viviendo y perseverando con sencillez y entrega fiel.

Algunos puntos de reflexión biblica:

Iniciativa de Cristo en la llamada: Jn 15,16.
La vocación es un don de Dios: Mc 3, 13s; Mt 9,38; 6,65.
Consagración y misión: Le 4,18; Jn 10,36.

Padre Alfredo.

viernes, 12 de junio de 2026

MENSAJE DEL SANTO PADRE LEÓN XIV A LOS SACERDOTES EN OCASIÓN DE LA JORNADA POR LA SANTIFICACIÓN SACERDOTAL [Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, 12 de junio de 2026]


Queridos hermanos sacerdotes:

En el día en el que la Iglesia contempla el Corazón traspasado de su Señor, del que brota una fuente inagotable de paz y unidad para todo el género humano, dirijo sobre todo a mí mismo y a todos ustedes las palabras que Dios dirigió al pueblo de Israel: «Sean santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo» (Lv 19,2; cf. 1 P 1,16). Esta llamada divina atraviesa los siglos, resonando también hoy con fuerza para todo creyente y, con exigencia particular, para nosotros sacerdotes. La santidad no es una opción entre tantas ni un ideal abstracto; tiene que ver con la identidad misma de cada persona que quiere participar en la vida del Resucitado.

Santidad y participación en el misterio de Cristo

Dios nos invita a participar de su misma santidad. Cuando nos llama a ser santos porque Él es santo, nos indica el camino a seguir: dejarnos modelar según su Corazón. Y para nosotros, queridos hermanos, esta llamada es particularmente radical. El Señor prometió: «Les daré pastores según mi corazón, que los apacentarán con ciencia y prudencia» (Jr 3,15). La santidad que se nos pide es un abandono confiado: dejarnos transformar por su Santo Espíritu. Sin embargo, precisamente aquí surge la gran paradoja de nuestra vida sacerdotal: estamos llamados a participar de la misma santidad de Dios, pero llevamos este tesoro en vasijas de barro (cf. 2 Co 4,7), somos limitados e imperfectos, a menudo estamos marcados por debilidades y cansancios, a veces por heridas. ¿Cómo puede un corazón humano, tan vulnerable, responder a una llamada tan alta? El sacerdote vive esta tensión, pero sabe dónde encontrar paz: en el costado abierto del Señor Jesús.

Un camino de unión

La unión de nuestro corazón con el Corazón de Cristo no es una experiencia reservada a unos cuantos elegidos, sino un camino sacramental, eucarístico, que se realiza en lo cotidiano. Queridos hermanos, en la Ordenación hemos sido configurados con Cristo, pero es necesario reavivar siempre en nosotros el don de la gracia por medio de la celebración cotidiana de la Eucaristía, de la oración, de la meditación de la Palabra de Dios y del servicio humilde a los hermanos y hermanas. Permanecemos unidos a Cristo en todo: en lo que hacemos y en lo que nos sucede cotidianamente. La santidad, entonces, en vano buscada con esfuerzos aislados, se revelará por lo que es: correspondencia a la gracia que nos precede, nos sostiene y nos transfigura. No existen, en efecto, compartimentos estancos en nuestra humanidad. La oración, el ministerio, las relaciones, el cansancio, las alegrías y los fracasos, incluso el tiempo aparentemente perdido o el amor que parece malgastado, todo se vuelve un lugar privilegiado de la revelación de Dios y de su amor infinito.

El sacerdote que tiene un corazón íntegro, sencillo y puro es contemplativo en la acción, misericordioso, fiel en la prueba y alegre en la entrega de sí. El mundo tiene una gran necesidad de pastores que no ofrezcan sólo palabras o programas, sino el testimonio vivo de un corazón reconciliado, difundiendo el buen olor de la santidad de Cristo. Una vida sacerdotal sólida y configurada con el Corazón de Jesús es signo creíble de unidad, de paz y de misericordia. Así, en un tiempo marcado por divisiones y miedos, podemos ser constructores de paz, testigos de la ternura del Buen Pastor, que sabe reunir al que está extraviado y sanar al que está herido, y nuestro celo no es agitación, sino el desbordamiento de un amor que «es éxtasis, es salida, es donación, es encuentro» (Francisco, Carta enc. Dilexit nos, 28).  

El Corazón de Cristo es el corazón de los santos

La respuesta a la vocación a ser santos no está tanto en el esfuerzo de ascesis y perfección, que es necesario, sino en la adhesión confiada al amor revelado en el Corazón traspasado de Jesús. El apóstol Juan nos hace contemplar el costado abierto del Crucificado (cf. Jn 19,34), donde Dios nos muestra definitivamente cómo Él es santo: no en la distancia inaccesible de una perfección separada, sino en un amor que se entrega hasta hacerse herir y que puede, por tanto, ser manantial de misericordia y de vida. El Sagrado Corazón de Jesús es la imagen por excelencia del amor de Dios: un amor omnipotente precisamente porque es capaz de hacerse vulnerable, de cambiar el dolor en gracia, el sufrimiento en esperanza.

Ese Corazón bendito, por tanto, es el “lugar” en el que la santidad se muestra como proximidad y ternura. La santidad del sacerdote entonces puede manifestarse en la cercanía humilde y valiente, en el ser de todos y para todos, manteniendo abierta la puerta del redil para que muchos puedan entrar y encontrar alimento y descanso (cf. Jn 10,9). Por eso, se nos pide una relación con Dios que no nos aleje de los hombres, sino que nos acerque a todos, que forje corazones pacientes, tiernos, capaces de cercanía, de compasión y de escucha. Así, por medio de la unión de nuestro corazón imperfecto con el Corazón traspasado de Jesús, se realiza nuestro camino de santidad. Ya no vivimos nosotros, sino que Cristo vive en nosotros (cf. Ga 2,20). Una tal santidad no se vive en soledad. Cuiden la fraternidad sacerdotal: búsquense, escúchense, sosténganse. El sacerdote que se aísla, lentamente se apaga; el sacerdote que camina con los hermanos crece. Nos lo recuerda san Agustín: «¿Cómo evitaremos estar en tinieblas? Amando a los hermanos. ¿En qué se prueba que amamos la fraternidad? En que no rasgamos la unidad, en que mantenemos la caridad» (Homilía sobre la Segunda Carta de San Juan a los Partos II, 3).

Queridos sacerdotes, renueven cada día su “aquí estoy” ante el Corazón traspasado de Cristo. Entréguense totalmente a Él, para que puedan amar a su pueblo con el mismo amor con el que Él lo ama. Y recuerden con alegría, como le gustaba repetir al santo Cura de Ars, que «el sacerdocio es el amor del corazón de Jesús» (cf. Benedicto XVI, Carta para la convocación del Año Sacerdotal [16 junio 2009]: AAS 101 [2009], 569). Este amor es prenda y garantía de que nada de nosotros se perderá, si todo lo nuestro lo entregamos y ofrecemos. Les encomiendo a todos y a cada uno a la Virgen María, Madre de los sacerdotes. Ella, que conservó en su corazón el misterio del Hijo, nos enseñe a conservar y a hacer latir en nosotros el Corazón de Cristo, Salvador del mundo.

12 de junio de 2026, Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.

Leon XIV.


 


LEÓN PP. XIV

sábado, 23 de mayo de 2026

«EL CURSO DAVID NOEL 2026»... Un pequeño pensamiento para hoy


Esta madrugada regresé de Cancún luego de haber vivido unos días maravillosos de formación sacerdotal con casi 60 padres del presbiterio de Monterrey del cual, como Misionero de Cristo formo parte en esta etapa de mi vida. El Señor me permitió impartir la temática y las mesas de trabajo y reflexión de este curso en torno a la Fraternidad Sacramental en los sacerdotes y el don de la amistad. Me siento —a estas alturas de la vida— un poco cansado como todos los participantes porque el vuelo de regreso se retrasó 6 horas. Pero por supuesto, estoy feliz de haber podido servir a mis hermanos acompañándolos con la exposición y estudio de estos temas imprescindibles en nuestra vocación. Este curso anual, en el que ya he participado años y años como receptor, se debe a la iniciativa de nuestro querido y recordado David Noel Ramírez Padilla (+2025), quien fuera rector del Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey y un ferviente y comprometido católico que veló siempre por el cultivo de la espiritualidad, el estudio, el descanso y la convivencia entre sacerdotes. ¡Gracias infinitas David Noel!

La lectura del Evangelio de hoy (Jn 21,15-19), me cae como anillo al dedo luego de la experiencia de estos días, y no dudo que a mis hermanos que vivieron el curso les suceda lo mismo. Jesús, al igual que a Pedro y a cada uno de los apóstoles y discípulos, se acerca a nosotros tal como somos y estamos para dialogar y confiarnos su misión, Él se abaja hasta nuestro suelo y desde ahí nos invita al «seguimiento» que se reestrena cada día. Parecería que Jesús se ha adaptado a Pedro, en vez de que Pedro se adaptara a Jesús. Eso ha hecho con nosotros en estos días. El texto narra un encuentro, el largo diálogo que mantuvieron Jesús y Pedro en medio de una comida. El contenido del diálogo nos muestra la misericordia de Dios como su gran amor por los discípulos y el mundo. Ambos, hablan de amor, de amistad, de perseverancia y fidelidad. 

Junto al encargo que el Maestro le ha dado a Pedro y que ya desempeña al frente de sus hermanos, olvidando el pasado le invita a una confesión de amor. El Señor requiere el amor de Pedro por tres veces. Luego del interrogatorio en este clima de sencillez, Simón Pedro comprende que a Jesús le basta su amor pobre, el único del que es capaz y le responde: «Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero». El Pasaje evangélico nos enseña que el amor y el seguimiento de Cristo no son estáticos; se renuevan cada día y nos exigen un corazón dispuesto a aprender y a crecer constantemente. Sin la formación permanente, eso sería imposible de lograr. "Ayúdenme a darle gracias a Dios nuestro Señor por habernos regalado este tiempo de gracia contemplando el mar, que siempre me habla en especial de la misericordia de Dios. Para mí hasta el Padrenuestro de siempre, sabe especial en el mar. Que los frutos y los beneficios espirituales recibidos fructifiquen en el ser más amigos de Cristo, más amigos entre nosotros y en hacerle muchos amigos a Dios. Qué María santísima nos lo alcance de su Hijo Jesús. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 21 de mayo de 2026

SI EL SACERDOTE...

SI EL SACERDOTE... 

Si es gordo, lo quieren flaco.

Si es viejo, lo quieren joven.

Si es feo, no les agrada.

Si es guapo, es una lástima.

Si es alegre y chistoso, lo quieren serio.

Si es negro, lo quieren blanco

Si es muy simpático, lo critican por eso.

Si es observante, lo llaman puritano.

Si fuma, es vicioso.

Si no fuma, no es hombre.

Si canta mal, sobra tema para burlarse.

Si canta muy bien, es un vanidoso.

Si es suave, lo quieren de más carácter.

Si es serio, lo critican de áspero.

Si predica mucho, es un rollo.

Si predica poco, no se ha preparado.

Si habla en voz alta, regaña.

Si lo hace en tono natural, nadie lo puede oír.

Si tiene coche, anda buscando lujos.

Si anda a pie, no está a la altura de los tiempos.

Si visita a sus feligreses, le gusta el chisme.

Si se queda en la parroquia, no se interesa por la gente.

Si solicita ayuda, es un limosnero.

Si no organiza eventos sociales, no hay vida parroquial.

Si los organiza, es un politiquero.

Si tarda al confesar, le gusta el cotilleo.

Si despacha rápido la confesión, rehuye los problemas.

Si es puntual en misa, su reloj está adelantado.

Si empieza tarde la misa, hace perder el tiempo a todos.

Si arregla la iglesia, está malgastando el dinero.

Si no le hace nada a la iglesia, no cuida la Casa de Dios.

Si es joven, le falta experiencia.

Si es viejo, ya debe retirarse

Y... si los trasladan, enferma o muere... ¿quién ocupará su lugar?

Hace tiempo ya me compartieron este escrito y yo lo guardé en mis archivos como una curiosidad, de esas que dicen verdades de forma fogosa. Me tropecé con él cuando Fray Cesar me mandó este canto y hoy lo comparto con ustedes para pedirles oren por sus sacerdotes, los que son amigos y los que no lo son tanto. 

Pídanle a Jesús Sacramentado, cada día y en especial cada jueves por su santificación. 

No me olviden tampoco a mi. 

Padre Alfredo.

martes, 16 de diciembre de 2025

«UN IMPORTANTE ANTÍDOTO CONTRA LA SOLEDAD, LA DEPRESIÓN, LA ANGUSTIA Y LA ANSIEDAD EN EL SACERDOTE»

Soy consciente de que soy un sacerdote viejo. De hecho el más viejo del círculo de amigos sacerdotes con los que actualmente comparto muchos momentos en Monterrey donde mis superiores me tienen por ahora. 

El papa Francisco decía que uno de los tesoros que se deben cultivar es la amistad sacerdotal. «La amistad sacerdotal —decía— es una fuerza de perseverancia, de alegría apostólica, de valor e incluso de sentido del humor».

Los sacerdotes, tanto religiosos como diocesanos, debemos querernos, apoyarnos, pues tenemos la misma unción, la misma misión y, además, estamos dentro del camino de la misma santificación por el sacramento del Orden recibido. Y la convivencia, la comunión y la amistad nos hacen fuertes, le dan eficacia a nuestro sacerdocio, fortaleciéndolo y llenándolo de entusiasmo apostólico.

Hace poco, en el «National Catholic Register» de Estados Unidos, apareció un artículo tocando el tema sobre lo que pasa con muchos sacerdotes jóvenes abandonan el sacerdocio ministerial. Lo quiero compartir con algunas adaptaciones porque vale la pena porque sé que cada día más sacerdotes jóvenes toman, aparentemente de forma tempestiva, la decisión de dejar el ministerio sobre todo frustrados, solos, sin amigos sacerdotes, religiosos o laicos. 

Los sacerdotes debemos cultivar el don de la amistad entre nosotros y mantener una viva relación cercana con los consagrados y los laicos, especialmente con las familias, con los feligreses del pueblo de Dios. El sacerdote apartado, solitario, distante, lejano «para no contaminarse», no madura afectivamente, sino que más bien decrece, se va para abajo, en el justo sentido del término: se «deprime».

La afectividad sacerdotal crece y madura en relación con una variedad limitada de personas, porque no es que se pueda relacionar con toda gente que nos rodea; imposible; además de ello eso nos sometería a la pérdida de intimidad, que hemos de guardar continuamente. Nos hemos de relacionar también con psicólogos, quizá con un terapeuta, con los otros sacerdotes, con nuestra familia de sangre y las familias de la feligresía. Sin dejar de lado ni descuidar la relación con el director espiritual, que nos ayudará a desarrollar rectamente su vida afectiva.

Por supuesto la relación con las personas, como elemento constitutivo de la afectividad, no excluye -todo lo contrario-, sino exige y supone la relación con las personas divinas, Padre, Hijo y Espíritu Santo. 

Bien, pues estto que viene a continuación es el artículo que me resulta muy ilustrativo y de alguna manera creo que leerlo nos invita a orar por todos los sacerdotes sea cual sea nuestra vocación específica.

«Cuando Toby —nombre ficticio— se acercó al altar durante su misa de ordenación [sacerdotal] hace aproximadamente una década, comprensiblemente estaba nervioso, quizás mucho más [de lo común] que el candidato promedio.

A pesar de haber crecido como católico, amar su fe y recibir constante apoyo durante su experiencia en el seminario, Toby albergaba serias dudas sobre si realmente podría decir "Sí" al sacerdocio. Pero afirma que las expectativas de su familia, sus seguidores y el propio seminario crearon una situación en la que le resultó imposible dar marcha atrás en la ordenación.

Aunque inmediatamente se sintió profundamente inseguro en el sacerdocio, Toby, siguiendo el consejo de un sacerdote mayor, decidió dar lo mejor de sí en el ministerio parroquial. "Para Navidad, estaba al borde de un colapso nervioso", recordó Toby. “Intentaba hacer algo con todo el corazón, de forma correcta y consciente, pero no me sentía capaz. Sobre todo, celebrar la misa se volvió muy doloroso. Experimentaba un abismo entre lo que hacía y mi estado mental.”

Toby solicitó la reducción al estado laical tan solo unos años después de su ordenación. Declaró que siempre había sentido una fuerte atracción por el matrimonio; hoy está felizmente casado.

Sin duda, Toby dedicó mucho menos tiempo al ministerio sacerdotal que la mayoría de los hombres ordenados. Pero el fenómeno de los hombres que abandonan el sacerdocio rápidamente —por razones ajenas a la mala conducta o al escándalo— es más común de lo que se cree. 

Expertos que trabajan con sacerdotes declararon que, en los últimos años, han observado con mayor frecuencia que los problemas de agotamiento y soledad alejan a los hombres de su vocación. Y los datos respaldan esta observación: según un estudio reciente de The Catholic Project, los sacerdotes más jóvenes reportan niveles más altos de agotamiento y soledad en comparación con sus colegas de mayor edad.

Los sacerdotes necesitan interacción regular e intencional con sus compañeros y fraternidad, apoyo de los laicos y formación humana y espiritual continua para persistir en su vital servicio a la Iglesia, según declararon expertos en formación sacerdotal. “De hecho, la formación nunca termina realmente. Debería ser una parte constante de la vida de un sacerdote, pero no siempre es así”, afirmó Anthony Lilles, profesor de teología moral y dogmática en el Seminario de San Patricio en Menlo Park, California.

Se sabe anecdóticamente que un número considerable de sacerdotes solicitan la dimisión del ministerio en la actualidad, pero es difícil saber cuántos con certeza. Lilles y otros comentaron que perciben que un número creciente de jóvenes abandona el sacerdocio poco después de la ordenación, pero hasta la fecha esto no ha sido corroborado por un estudio formal.

En términos generales, dijo Lilles, que un hombre abandone el sacerdocio dentro de los cinco años indica un problema con su formación en el seminario; después de cinco años, la falta de apoyo continuo es probablemente el factor más importante.

El Padre Peter —cuyo nombre también es ficticio—, un joven vicario parroquial ordenado hace aproximadamente una década y que sirve en la Costa Este, declaró que conoce a un número considerable de jóvenes, tanto de su edad como menores, que han dejado el sacerdocio, tanto en su diócesis como en otros lugares. En sintonía con Lilles, el Padre Peter afirmó que la mayoría de los sacerdotes comprenden bien las realidades del sacerdocio a los cinco años, y que su continuidad dependerá de su madurez, formación y vida espiritual. Como sacerdote, «se exige mucho de tu energía y de tu corazón. Si una persona no ha aprendido a equilibrar su propia vida y no cuida de la 'parroquia de su alma', eso se convierte en un problema», afirmó el Padre Peter.

Para muchos de los sacerdotes que el Padre Peter conoce y que han dejado el sacerdocio, las exigencias del sacerdocio no se ajustan a sus expectativas. Ha visto cómo una cultura clerical de "adicción al trabajo" lleva al descuido de la salud espiritual, física y mental de los sacerdotes, abriendo así la puerta a la proliferación de vicios. Recordó a un compañero que dejó el sacerdocio después de tan solo seis años, citando el comportamiento "poco cristiano" de sus compañeros sacerdotes. Otros compañeros, una vez que comprendieron lo "desordenadas y rotas" que pueden ser las personas que trabajan en la Iglesia tras bambalinas, concluyeron que el sacerdocio no es para ellos, dijo.

"He conocido a personas que no quieren dejar el sacerdocio, pero sienten que no tienen otra opción ni apoyo de otros sacerdotes, de su obispo", dijo el Padre Peter. "Básicamente, llegan a un punto en el que dicen: 'Si esto es el sacerdocio, entonces no quiero saber nada de él'", dijo. 

A pesar de su relativamente corto tiempo en el ministerio activo, Toby, quien ejerció su ministerio en el Reino Unido, comentó que pudo observar de primera mano cómo el estilo de vida sacerdotal, a menudo solitario, puede ser perjudicial y empujar a los hombres a abandonar el seminario. “Básicamente, formamos una comunidad [en el seminario], y luego [después de la ordenación] se nos pide vivir prácticamente una vida de aislamiento, de soledad… Vi eso como un factor para otros hombres que básicamente discernieron su salida del seminario antes de ser ordenados. Sé que fue un factor importante para un buen amigo mío”, declaró Toby.

La observación de Toby refleja un problema que enfrentan los sacerdotes en muchas diócesis y comunidades religiosas. Si bien a menudo comienzan con un gran celo, muchos sacerdotes jóvenes hoy en día se encuentran con importantes responsabilidades poco después de asumir el alzacuellos. Cada vez más, a medida que más diócesis cierran y fusionan parroquias, sumado a la continua escasez de sacerdotes, a los pastores jóvenes se les puede pedir que pastoreen varias parroquias a la vez.

Matthew Rudolph, cofundador de Chrism, un ministerio de Colorado que busca brindar apoyo integral y continuo para ayudar a los sacerdotes a prosperar, señaló que Jesús, en los Evangelios, envió a sus discípulos "de dos en dos", reconociendo la necesidad de compañía. Hoy en día, los sacerdotes suelen ser enviados "uno por uno": asignados a las rectorías por sí mismos, a veces en lugares geográficamente distantes de su hermano sacerdote más cercano, dijo Rudolph. Rudolph comentó que conoció personalmente a dos amigos que dejaron el sacerdocio tan solo un par de años después de su ordenación. Ambos experimentaron una profunda desilusión y soledad casi inmediatamente después de comenzar su ministerio activo. Descubrieron que, tras la ordenación, el apoyo y la fraternidad que construyeron durante el seminario pueden desmoronarse abruptamente. El estrés, el aislamiento y la "vida de soltero" en la que caen algunos sacerdotes pueden conducir a la depresión, la desesperanza, el abuso de sustancias e incluso, trágicamente, al suicidio. "Creo que debemos recordar que los sacerdotes también son humanos", dijo Rudolph.

El padre Carter Griffin, rector del Seminario San Juan Pablo II en Washington, D.C., enfatizó que los seminarios desempeñan un papel fundamental en la preparación de los hombres para la fidelidad a largo plazo a su vocación sacerdotal. Señaló que ya se han logrado mejoras significativas en las últimas décadas. Se hace hincapié en garantizar una formación humana integral, que incluye el mantenimiento de la salud y los límites de la castidad, el manejo de las ansiedades y la gestión de la inmensa carga de trabajo de la vida parroquial. También se están realizando esfuerzos para cultivar una cultura de "compromiso", comenzando en el seminario.

“Vivimos en una época y en una sociedad en la que los compromisos no se toman en serio… pero debemos hacer todo lo posible para ayudar a nuestros hombres a asumir y cumplir sus compromisos”, dijo el padre Griffin. Naturalmente, la formación espiritual también sigue siendo de vital importancia. “La respuesta más eficaz para los sacerdotes que abandonan su ministerio es una relación más profunda con el Señor. Todavía tenemos que afrontar las cosas a nivel humano, por supuesto, pero el sacerdocio solo tiene sentido a través de la fe y la relación con Dios. Un buen seminario ayudará a un hombre a cultivar esa relación cada día”, dijo.

“[Los sacerdotes] no priorizan reunirse tanto como les conviene”, comentó el padre Peter, señalando que a veces la falta de fraternidad sacerdotal se debe menos a la logística y más a la falta de motivación.

El padre Sean Conroy, vicario parroquial de Santo Tomás Moro en Centennial, Colorado, se unió a los Compañeros de Cristo durante su seminario, un grupo de sacerdotes diocesanos comprometidos a vivir juntos en comunidad en la medida en que su arzobispo se lo permite. Los compañeros nunca se pierden la comida comunitaria del sábado por la noche: los sacerdotes cocinan para los demás, dedican tiempo a la oración y disfrutan de la compañía mutua. En medio de las responsabilidades y el estrés de ser párroco, puede ser fácil ver el tiempo que pasa en comunidad con sus hermanos sacerdotes como un compromiso más, admitió el padre Conroy. Pero aprecia que le ayude a crecer en santidad y a promover su desarrollo humano y espiritual. “Reconocemos que [la comunidad] es algo que necesitamos para ser sacerdotes santos, y es algo que buscamos”, dijo el Padre Conroy. “Cuando soy fiel al apoyo de los hermanos, siempre me voy sintiéndome mucho mejor… En esencia, la fraternidad sacerdotal es necesaria”.

Bob Schuchts, fundador del Centro de Sanación Juan Pablo II en Florida, comentó que ha observado que la crisis de abuso sexual ha creado un temor generalizado a la intimidad entre laicos y clérigos, reemplazando las amistades sanas entre sacerdotes y laicos por la cautela y la distancia, afirmó. Ante esto, Schuchts sugirió que los católicos deberían considerar dar pequeños pasos para invitar a su sacerdote a la vida familiar, como invitarlo a compartir una comida. “Realmente no amamos a nuestros sacerdotes activamente. La mejor comunidad está entre los hermanos sacerdotes, entre ellos. Pero también es necesario que los sacerdotes y las familias se involucren entre sí”, dijo Schuchts.

Toby dijo que cree que es importante que los sacerdotes se acerquen a los laicos, especialmente a las parejas casadas, ya que las vocaciones matrimoniales y sacerdotales se complementan. “Creo que algo que los laicos pueden hacer es... invitarlo a sus vidas, entablar una amistad con él en cierto sentido, pero también en términos de darle un lugar como alguien que está ahí para acompañarlos espiritualmente, apoyarlos y nutrirlos”, dijo Toby.

Rudolph, por su parte, dijo que cree que muchos párrocos se sienten genuinamente queridos por su feligresía, pero de una manera un tanto anónima. Aconsejó a los feligreses laicos que “conozcan al hombre que está tras el cuello”: que aprendan sobre él, recen y ayunen por él y lo animen de una manera específica y personal. Los sacerdotes a menudo reciben más críticas que ánimos, añadió Rudolph, así que compartan comentarios positivos y expresen su gratitud, aconsejó.

El padre Griffin estuvo de acuerdo. Dijo: “Los sacerdotes estamos muy agradecidos por el amor y el apoyo de las personas a las que servimos. ... Participar en las iniciativas parroquiales y otras necesidades de la parroquia no solo fortalecerá su sentido de pertenencia a la comunidad parroquial, sino que también será un gran apoyo para su sacerdote”.» Hasta aquí el artículo.

Yo espero que la lectura de estas líneas que van sumamente de acuerdo con mi humilde opinión, nos puede ayudar no solamente a orar por los sacerdotes, sino a vernos como seres humanos y no solamente como objeto de consumo. 

Varias veces he comentado el sentir de algunos de mis hermanos hermanos sacerdotes que me dicen que terminan la última misa del día o la última actividad en la parroquia, todos parten a sus casa o trabajos y ellos se quedan allí… en sus oraciones, rodeados por el silencio.

La mayoría de las personas se nos acercan a los sacerdotes por un breve instante cada semana para preguntarnos entre otras cosas: ¿Me puede confesar? ¿Me bendice esta medalla? ¿Puede ir a ver a un enfermo? ¿Me bendice la camioneta?... pero no se involucran para nada en nuestras vidas como seres humanos. No nos preguntan cómo estamos, si nos sentimos bien, si algo nos hace falta, si pueden echarnos la mano en algo... Llegan y se marchan sin intercambiar muchas palabras.

Yo por mi parte no me puedo quejar, tengo muchos amigos sacerdotes y bastante gente que me procura, pero tal vez tú que lees esto seas sacerdote y no te acercas a tus hermanos en el ministerio; eres tal vez una religiosa y rezas solamente de forma abstracta por los sacerdotes sin descender a casos especiales. Eres tal vez un hombre o una mujer que vive en medio del mundo sin ninguna clase de interacción personal con el o los sacerdotes de tu parroquia...

Si algo nos sostiene en demasía, es la relación fraterna entre nosotros mismos, formando grupos espontáneos de sacerdotes que convivimos, que oramos juntos, que compartimos el gozo de la vocación. Y es que todo ser humano necesita de comunión. La soledad es opuesta a nuestra naturaleza.  

El Beato Eduardo Pironio, quien fuera Cardenal, comenta que un día Mons. Ancel preguntó a 300 sacerdotes reunidos en Ars: «¿Cuál es el mayor obstáculo que encuentran ustedes para su santificación?». Y todos respondieron: «La soledad». Por eso, podemos comprender muy bien que el Papa Pío XII haya afirmado que «El individualismo es un pecado contra el sacerdocio». «Amamos a Jesucristo en la medida en que amamos nuestro sacerdocio —escribe Pironio—. Y amamos nuestro sacerdocio en la medida que amamos a los sacerdotes… Y correr juntos los riesgos y las alegrías de esta fundamental conexión»

«El gran pecado contra la santidad y la eficacia de nuestro sacerdocio —continua Pironio— es el aislamiento y la soledad sacerdotal... Trabajamos en el mismo campo… pero no nos importan los problemas de los hermanos. Ni siquiera los conocemos. Solamente nos interesan sus fracasos o sus defectos. Vivimos encerrados en nuestro egoísmo individual o en nuestro egoísmo de grupos»[25]. 

Mucho más habría que decir en este amplio campo, pero para mejor cumplir su misión, el sacerdote debe cuidar su salud corporal y espiritual, su formación permanente, estar “al día”, convivir con sus hermanos sacerdotes, saber descansar y recibir el aliento de los laicos que lo rodeen, incluso aceptando su corrección fraterna pero no solo eso, sino el don de su amistad. Porque, como decía Séneca «el cansado busca pendencia», al igual que quienes están «atormentaos por el hambre o la sed».

Así como los sacerdotes diocesanos o religiosos somos responsables de cuidar el bienestar del rebaño encomendado y animar a todos en la fe y la vocación específica, todos pueden hacer lo mismo por nosotros. Si tu pastor fuera tu hermano, ¿cómo te gustaría que lo trataran? Comprometamonos al 100% para acompañar, alentar, cuidar a todo sacerdote porque sin el sacerdote, aunque sea el más pecador, el más miserable, el más indigno... no podemos tener a Jesús Eucaristía.

Padre Alfredo.

P.D. No te olvides de orar por mí.

domingo, 7 de diciembre de 2025

«Las vacaciones, un tiempo esencial para los sacerdotes»

Los sacerdotes, al igual que todo el resto del común de los mortales, acumulamos cansancio. El ejercicio de nuestro ministerio nos mantiene en constante movimiento que a veces termina pasando factura a nuestra salud, por eso no debemos renunciar al necesario tiempo de descanso recordando obviamente que un sacerdote sigue siendo «alter-Christus», otro Cristo, que se pone in persona Christi, en lugar de Cristo, para que Cristo pueda estar presente entre la demás gente que. vacaciona. ¡Los sacerdotes siempre llevamos co nosotros «tatuado», el amor de Cristo durante las vacaciones.

Sabemos que nuestra respuesta vocacional suele malinterpretarse como una obligación de estar disponibles 24/7. Pero el descanso y la relajación son tiempos indispensables para recargar energías, romper con un ritmo a veces abrumador.

Ninguno de los sacerdotes —al igual que el resto del común e los mortales— estamos libres de sufrir un «burn-out» —un estado de agotamiento físico, mental y emocional causado por estrés laboral crónico— por enfrentar una sobrecarga de trabajo en soledad. Para evitar esto es vital tener amigos sacerdotes, un grupo donde podamos hablar, compartir, reír y descansar. El aislamiento es el terreno más fértil para el desgaste espiritual.

San Juan Pablo II hablaba, ya en sus tiempos, de las exigencias del ministerio sacerdotal que por la escasez de sacerdotes se acrecentaban; el Papa Francisco pidió con insistencia sacerdotes alegres; y León XIV nos habló, el 26 de junio de este Año Jubilar, a un grupo de 1,500 sacerdotes diocesanos y religiosos que colaboramos en la formación permanente del clero, de las alegrías y fatigas de los presbíteros diciéndonos, entre otras cosas: «Nadie aquí está solo. Y aunque estés trabajando en la misión más lejana, ¡nunca estás solo! Traten de vivir lo que el Papa Francisco llamaba tantas veces la “cercanía”: cercanía con el Señor, cercanía con el obispo o el superior religioso, y cercanía también entre ustedes, porque realmente deben ser amigos, hermanos; vivir esta hermosa experiencia de caminar juntos sabiendo que estamos llamados a ser discípulos del Señor. Tenemos una gran misión y juntos podemos llevarla a cabo. Contemos siempre con la gracia de Dios, también con mi cercanía, y juntos podremos ser verdaderamente esta voz en el mundo».

Lo sabemos bien: si un sacerdote no está bien en su vida personal, espiritual, física o psicológica, difícilmente será feliz en su ministerio, y eso inevitablemente repercute en las comunidades. No somos héroes. La fatiga puede afectarnos sin importar nuestra edad y los años de ordenados. 

Las vacaciones suelen ser muy beneficiosas. El Papa Francisco no fue muy dado a tomarlas, mientras que San Juan Pablo II y Benedicto XVI se refugiaban en las montañas del norte de Italia, y León XIV se retiró dos semanas a Castel Gandolfo a donde se va, habitualmente cada martes. No puedo hablar por todos por supuesto, pero para mí el día de descanso, la semana de estudio, el retiro, los ejercicios y las vacaciones son esenciales porque como decía alguien por allí: «Quien no descansa, cansa a los demás». 

Aprovechemos nuestros días de vacaciones y termino esta breve reflexión dedicada a mis hermanos Misioneros de Cristo; a uno de mis grupos de amigos sacerdotes muy queridos formado por Toño, Checo, Jaime, Van Troi, Edgar y Rola; también a Julián, José Luis, Florencio, Lauro, Pancho; a Victor y a mis demás ahijados padres y muchos amigos sacerdotes más con las palabras con que el Santo Padre terminó nuestro encuentro de junio pasado: «No somos perfectos, pero somos amigos de Cristo, hermanos entre nosotros y hijos de su tierna Madre María. Y eso nos basta».

¡Felices vacaciones a todos mis hermanos sacerdotes!

Alfredo, M.C.I.U.

miércoles, 9 de julio de 2025

UNAS CUÁNTAS PREGUNTAS...

20 legionarios de Cristo serán ordenados sacerdotes en Roma - Dirección  General de los Legionarios de Cristo

¿Quién se detiene a escuchar a los sacerdotes? ¿Dónde están esos sabios que llevan a cabo la delicada tarea de guías espirituales? ¿Qué lugar ocupa la amistad, concretamente, en la vida de un sacerdote? ¿Quién se fija en cómo es el sacerdote, en lo que lleva en su corazón? ¿Cuáles son esas relaciones que el sacerdote puede construir sin temor a ser chantajeado, ridiculizado públicamente, explotado? ¿A quién le importa realmente todo esto?  ¿Qué pasa si un sacerdote pierde la salud mental? ¿O, peor aún, la vida? ¿A quién le importa?

¡SEÑOR, CUIDA A TODOS MIS HERMANOS SACERDOTES Y LÍBRANOS DEL MAL... AMÉN!

domingo, 25 de agosto de 2024

HOMILÍA EN MI 35 ANIVERSARIO DE ORDENACIÓN SACERDOTAL...

Queridos hermanos, queridas hermanas:

Quiero empezar mi extensa y anestesiante homilía con unas palabras sobre el sacerdocio que, a lo largo de mi caminar vocacional, me he topado en varias ocasiones y que ciertamente en mucho me retrata a mí y a mis hermanos sacerdotes.

El escrito es anónimo y data de muchos años. Dice así: Si el sacerdote es gordo, lo quieren flaco. Si es feo, no les agrada. Si es guapo, es una lástima que esté allí. Si es alegre y chistoso, lo quieren serio. Si es negro, lo quieren blanco. Si es muy simpático, lo critican por eso. Si es muy observante, lo llaman puritano. Si fuma, es un vicioso. Si no fuma, es poco hombre. Si canta mal, sobra tema para burlarse. Si canta muy bien, es un hombre vanidoso. Si es suave, lo quieren de más carácter. Si es serio, lo critican de áspero. Si predica mucho, es un rollero. Si predica poco, no se prepara bien. Si habla en voz alta, regaña. Si lo hace en tono natural, nadie lo puede oír. Si tiene coche grande, anda buscando lujos. Si tiene un carro pequeño, no tiene aspiraciones. Si visita a sus feligreses, le gusta el chisme. Si se queda en la parroquia, no se interesa por la gente. Si es sedentario lo quieren movido. Si practica algún deporte es que le gusta lucirse. Si no sabe de deportes, sabrá Dios en qué se entretenga. Si solicita ayuda, es un dinerero. Si no organiza eventos sociales, no sabe hacer vida parroquial. Si los organiza, es que quiere ser el centro. Si se tarda al confesar, le gusta enterarse de todo. Si despacha rápido en la confesión, rehuye a los problemas. Si es puntual en misa, seguro su reloj está adelantado. Si empieza tarde la misa, hace perder el tiempo a todos. Si arregla la iglesia, está malgastando el dinero. Si no le hace nada a la iglesia, no cuida la Casa de Dios. Si es joven, le falta experiencia. Si es viejo, ya debería retirarse...

Pero, si no hubiera sacerdotes... ¿quién pudiera traer a nuestra existencia a Cristo el Pan de Vida en la Eucaristía? 

El 4 de agosto de 1989, hace 35 años, fui ordenado sacerdote en la Basílica de Guadalupe de esta ciudad de Monterrey por el señor obispo Rafael Bello Ruiz, de feliz memoria. En aquel entonces tenía 27 años y la verdad nunca me imaginé que llegaría a la llamada «tercera edad». Recuerdo que casi recién ordenado, luego de que había celebrado aquí mismo, en este templo del que años después fui el primer párroco, mi primera misa al día siguiente de mi ordenación, un sacerdote cercano celebró sus bodas de plata y yo pensé... con lo achacoso que soy, a ver si llego. ¡Pues nada, aquí me tienen celebrando estas bodas de coral! 

La sociedad llama bodas de coral a los aniversarios de 35 años debido a la durabilidad que tienen los corales en el océano, su resistencia y fortaleza. Yo entiendo esto desde la misericordia de Dios, pues a lo largo de todos estos años, han sido no pocas las veces en que este coral ha sido reparado por la ciencia y sobre todo por la gracia. Por eso he querido celebrar con todos ustedes esta Santa Eucaristía, de tal manera que a luz del misterio pascual, el don tan extraordinario que aquel dichoso día he recibido se renueve, se fortalezca y recobre la unción propia del Espíritu de Dios. Consciente que sin los auxilios divinos que proceden de su benevolencia, la vocación sacerdotal puede perder el vigor y la frescura que le son propios. 

El Evangelio de este domingo, día de san Juan María Vianney, el santo cura de Ars, patrono de todos los sacerdotes y en especial de los párrocos, me ofrece tres pautas en torno al sacerdocio para compartir con ustedes una breve reflexión que luego de este preámbulo ya no pinta que sea breve, pero que creo que vale la pena, incluso en el contexto del año sacerdotal que estamos celebrando en esta querida arquidiócesis de Monterrey en donde con motivo de los 350 años de las apariciones del Sagrado Corazón a santa Margarita María de Alacoque, la parroquia del Sagrado Corazón —la de las bodas y quince años, en el centro— ha sido elevada a santuario sacerdotal.

Aquí van los tres aspectos que quiero compartir:

1. El primero: «El sacerdocio, es fruto de la oración y entrega de Jesús, el Pan de Vida». No cabe duda que la entera vida de Jesús se distinguió por una vida de oración y de servicio. Especialmente en los momentos claves de su ministerio, Jesús mantenía un dialogo siempre íntimo con el Padre del cielo que le llevaba de inmediato a la acción. En la oración, Jesús vive un contacto ininterrumpido con el Padre para realizar hasta las últimas consecuencias el proyecto de amor por los hombres siendo él mismo, alimento para todos. En este sentido podemos afirmar que el sacerdote debe ser, como dice la beata María Inés Teresa, «otro Cristo en la plenitud sacerdotal». Otro Cristo que se hace alimento para todos. Por eso, en el momento de la consagración, resuenan en su corazón, en este clima íntimo de oración, con una fuerza tremenda, las palabras: «Tomen y coman, todos de él porque este, es mi cuerpo».  Los sacerdotes hoy estamos llamados a ser «pan», como Cristo y un pan que se reparte incluso hasta en las últimas migajas. 

2. El segundo aspecto: «El sacerdocio, tiene una misión muy específica: la apostolicidad para repartir el pan». El evangelio narra que el Señor llamó a doce, y les dio el nombre de apóstoles. Este nombre corresponde al arameo shalihá y significa: «el que recibe una misión determinada». En este caso la misión es triple: que le acompañen; que se sepan enviados por él a predicar la doctrina del reino y, que ejerzan el poder compartido por Cristo para expulsar los demonios. El sacerdocio no puede ni debe entenderse de otra manera, ni con una misión diferente. 

3. Finalmente el tercer aspecto: «El sacerdocio, tiene una metodología: la imitación de cercanía de Cristo, Pan de vida eterna». Para los sacerdotes este es el método que debemos emplear: salir de la intimidad con el Pan de Vida al terminar la celebración de la santa misa, convencidos de que somos portadores de ese Pan para todos en una Iglesia de puertas abiertas. Nunca debemos dejar ir a la gente con las manos vacías sin haberles dado el pan, el pan de la palabra, el pan de la eucaristía, el pan de la sonrisa, el pan de la atención, el pan de la escucha. Muchas veces quizá no podremos decir nada o hacer algo, sin embargo, bastará con solo sonreír. A lo largo de estos 35 años, salvo los periodos de enfermedad, estoy siempre en la puerta del templo a la entrada para recibirlos y a la salida para despedirlos. Estoy convencido que, si los sacerdotes no seguimos este camino estaremos lejos de poder hacer vida lo que realmente el Señor quiere. 

Pero... ¿saben qué?, no he terminado aún, pues me falta un poco más por decir. Durante todo este peregrinar como sacerdote, he tenido la oportunidad de estar muy cerca de tres papas: san Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco. En ellos he podido encontrar el modelo para ser pan partido y repartido, aunque soy consciente de que mucho me falta. El Papa Francisco, que en 2016 me nombró Misionero de la Misericordia dice: «Se trata de llevar el Evangelio a las personas que cada uno trata, tanto a los más cercanos como a los desconocidos… Teniendo la disposición permanente de llevar a otros el amor de Jesús y eso se produce espontáneamente en cualquier lugar: en la calle, en la plaza, en el trabajo, en un camino» (cf. EG, 127).

Queridos hermanos y hermanas, durante estos 35 años, en el templo, en la calle, en el gym, en el coche, en el avión; aquí en muchas partes de México, en Costa Rica, en Estados Unidos, en Sierra Leona, en Roma y en muchos otros rincones del mundo, he podido constatar que las cosas son así. Un sacerdocio sin fijar la mirada en Jesús el Pan de Vida, termina abandonando la genuinidad del mensaje evangélico. Un sacerdocio sin alegría y sencillez, pierde la razón de su quehacer. Un sacerdocio sin cercanía, se desvincula del método que el Señor nos ha marcado.

Les pido que me ayuden a darle gracias a Dios por este don, y que continúen sosteniéndome con su oración. 

Se que tanto en el mundo, como en la Iglesia y en nuestro instituto de Misioneros de Cristo pasamos ahora por momentos muy difíciles que nos invitan a no desfallecer. Sepan que mi ministerio sacerdotal sin el sostén de su oración se volvería pesado, se pondría en riesgo —a pesar de que soy, en algunos aspectos, un viejo lobo de mar— expuesto muchas veces a la desventura, a la enfermedad y al fracaso.

Que a todos los sacerdotes y por supuesto a los seminaristas, nos ampare la poderosa intercesión de la Santísima Virgen María, la Dulce Morenita del Tepeyac que, junto con santa Teresita el Niño Jesús —quien se hace presente de alguna manera cada día— nunca me ha dejado, para que con su protección nos veamos libres de abandonar y perder la genuinidad de nuestra vocación. Aquí, en este templo hermoso que luego de tantos años me ha vuelto a recibir como párroco, la mismísima Guadalupana, vestida ahora de Nuestra Señora del Rosario, nos dice: «Hagan lo que él les diga».

Padre Alfredo.

4 de agosto de 2024.

domingo, 14 de abril de 2024

Necesitamos un cambio de actitud, empezando por mí...


El teléfono de un hombre maduro sonó en la Iglesia por accidente durante la homilía. El cura lo regañó, el diácono lo amonestó a la salida, algunos feligreses le dijeron algunas indirectas, otros lo regañaron y su esposa siguió sermoneándolo sobre su descuido todo el camino de regreso a casa, se podía ver la vergüenza y la humillación en su rostro... ¡Nunca más volvió a pisar la Iglesia!

Esa noche, buscando remediar su tristeza, se fue a un bar. Todavía estaba nervioso y temblando. Derramó su bebida en la mesa por accidente. El bartender se acercó y le dio una servilleta para que se limpiara. El mesero vino rápido y trapeó el piso. La gerente le ofreció una bebida de cortesía, mientras también le daba un gran abrazo y le decía: «No te preocupes, hombre. ¿Quién no se equivoca y comete errores?». .. ¡No ha dejado de ir a ese bar desde entonces!

Pienso en cuántas veces habré sido yo causa de que alguien deje la Iglesia por un mal testimonio, por una palabra mal aplicada, por un regaño, por una indirecta, por una llamada de atención en público, por una humillación...  ¿Quién no se equivoca y comete errores?» 

A veces nuestra actitud de creyentes —sacerdotes, religiosos, laicos de cualquier edad y condición— aleja a las almas de la Iglesia. Nuestra actitud rompe nuestras relaciones y destruye incluso nuestros grupos, nuestras familias, nuestras comunidades. 

Necesitamos un cambio de actitud que con actos de misericordia pueden marcar la diferencia por la forma en que tratamos a otras personas, especialmente cuando cometen errores.

He tomado esto, que he editado un poco, de un escrito que uno de los Vanclaristas puso en su muro de Facebook. Quiero aprovecharlo para agradecer a todos las oraciones que hacen por mí, por mi vida, por mi conversión, por mi ministerio, por mi fidelidad y perseverancia. Pero también quiero aprovechar para pedir una disculpa a quienes he herido su corazón de hijos de Dios, de miembros de la Iglesia porque a veces no he sido un buen sacerdote, una buena persona, un buen hermano... Si merezco su perdón, yo se los pido.

Este año cumpliré, si Dios me presta vida, 35 años en el ministerio sacerdotal... ¡Cuántos errores en este tema no habré cometido! Pidan al Señor que tenga misericordia de mí. Y yo, por mi parte, les reitero a todos que viven «de a grapa», como dicen los muchachos, en mi corazón.

Padre Alfredo.

sábado, 22 de julio de 2023

«¡Padre... ya está grande!»... Una reflexión sobre los sacerdotes viejos


En la época actual, las personas llegamos a la llamada «Tercera Edad» en mejores condiciones que algunas décadas atrás. Yo por ejemplo, al escribir estas líneas, estos a un escaso mes de cumplir 62 años y me dicen —por supuesto los que rondan mi edad—: «¡Qué bien se ve, ni parece que tiene esa edad!», pero, la expresión de algunos jóvenes de la parroquia y de alguna que otra parte es un poco diferente: «¡Padre... ya está grande, pero bueno, se ve bien!

Lo cierto es que veo cada vez que el tiempo corre más de prisa y que cuando menos piense, si Dios me presta vida, a pesar  de mis achaques, seré un sacerdote viejo... es decir, más viejo todavía.

Me encontré en Internet, un escrito de un joven sacerdote en el que comparte que escucha a la gente quejarse de sus viejos sacerdotes todo el tiempo. Comenta que les oye decir: ¡Pobres Padres Viejos!

He aquí las palabras de este padrecito:

«En tiempos de "pop star" sacerdotes, cantantes, curanderos y por qué no decir ilusionistas, crece la cultura de la ingratitud.

Pobres Padres Viejos, que en su vida no aprendieron a ser cantores, pero muchas veces tenían que apoyar el canto porque no había quien cantara en misa...

Pobres viejos sacerdotes, que no saben comunicarse por la pantalla, pero que toda su vida han enfrentado el desafío de comunicar el evangelio aun con tan pocos recursos...

Pobres viejos sacerdotes, los focos del escenario no los alumbran, porque aprendieron a ser sacerdotes en los páramos de la vida, celebrando misas iluminados por velas y no por cañones de luz.

Pobres sacerdotes viejos, que vivieron toda su vida ungiendo a los enfermos, pero que tienen fama de no curar como este sacerdote.

Sacerdotes que ya no arrastran multitud, sino que en tiempos lejanos fueron, solos, pastores de un rebaño inmenso.

No estoy contento cuando la gente dice: ¡queríamos un nuevo sacerdote como tú! ¿Sabes por qué yo no? ¡Porque cuando sea viejo, los demás dirán lo mismo de mí!

¡Estoy mucho menos feliz cuando un sacerdote nuevo piensa que es mejor que un sacerdote mayor!

¡Es fácil que nos guste el cura cuando hace más emocionante el servicio, lo difícil es tener madurez cristiana para entender que ese cura que hoy necesita un poco más de paciencia, ¡ya tuvo paciencia con tantos!

Mi gratitud y oraciones a los sacerdotes viejos y olvidados, pero que durante toda una vida trabajaron para que las personas fueran nuevas y recordaran a Dios.

¡Oremos por nuestros sacerdotes ancianos!»

Me conmueven estas palabras no solamente porque como decimos... ¡«para allá voy que vuelo!», sino porque me invitan a ser agradecido por la vida y misión de sacerdotes muy queridos que dejaron huella en mí como sacerdote y algunos de los cuales viven a sus más de 80 o 90 años entregados en el servicio.

¿Ustedes, qué piensan al respecto?

Padre Alfredo, M.C.I.U.

viernes, 24 de junio de 2022

JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN POR LOS SACERDOTES...


Cada año, en la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, la Iglesia celebra la Jornada Mundial de Oración por la Santificación de los Sacerdotes. Esta especial jornada de oración es convocada por el Santo Padre a través del dicasterio para el Clero.

San Juan Pablo II, que fue quien instituyó esta jornada de oración el día del Sagrado Corazón, decía: «Pidamos sacerdotes santos, formados ‘según el Sagrado Corazón de Cristo».

Oremos por la santificación de los sacerdotes con esta bellísima oración que compuso santa Teresita del Niño Jesús:

Oh Jesús que has instituido el sacerdocio para continuar en la tierra la obra divina de salvar a las almas protege a tus sacerdotes (especialmente a: ..............) en el refugio de tu SAGRADO CORAZÓN.

Guarda sin mancha sus MANOS CONSAGRADAS, que a diario tocan tu SAGRADO CUERPO, y conserva puros sus labios teñidos con tu PRECIOSA SANGRE.

Haz que se preserven puros sus Corazones, marcados con el sello sublime del SACERDOCIO, y no permitas que el espíritu del mundo los contamine.

Aumenta el número de tus apóstoles, y que tu Santo Amor los proteja de todo peligro.

Bendice Sus trabajos y fatigas, y que como fruto de Su apostolado obtenga la salvación de muchas almas que sean su consuelo aquí en la tierra y su corona eterna en el Cielo. Amén.

miércoles, 15 de abril de 2020

LA EXPERIENCIA LITÚRGICA DEL SACERDOTE...


1. El arte de vivir la Liturgia como sacerdote.

Para celebrar y vivir la Liturgia de la Iglesia, el sacerdote no tiene necesidad de recurrir a artificios extraños o a inventar cosas siguiendo modas pasajeras, al sacerdote le basta enfocarse en la verdad de la Eucaristía. La Ordenación General del Misal Romano señala: “También el presbítero… cuando celebra la Eucaristía, debe servir a Dios y al pueblo con dignidad y humildad, y en el modo de comportarse y de proclamar las divinas palabras, dar a conocer a los fieles la presencia viva de Cristo”. El sacerdote no inventa nada, sino que con su servicio, vive la Liturgia en plenitud y debe hacer llegar tanto como sea posible a los ojos y a los oídos, pero también al tacto, gusto y olfato de los fieles, el Sacrificio y la Acción de Gracias de Cristo y de la Iglesia, a cuyo misterio tremendo pueden acercarse en plenitud y en profundidad aquellos que se han purificado de los pecados. ¿Cómo puede el sacerdote acercarse al Señor en el culto si si no tiene los sentimientos de Juan, el Precursor: "Es preciso que él crezca y que yo disminuya"? (Jn 3, 30). El sacerdote vive la Liturgia dejando que el Señor sea quien destaque, porque es a Él a quien la acción litúrgica rinde culto, de lo contrario, priva a la acción litúrgica de su eficacia: el efecto depende en gran parte de la fe y del amor del sacerdote a la Liturgia.

El Sacerdote no es el dueño de los Misterios. En toda celebración litúrgica él es ministro, no dueño, es administrador de los misterios: los sirve y no los usa para proyectar sus propias ideas teológicas o políticas ni su propia imagen, al punto que los fieles queden enfocados en él en lugar de mirar a Cristo, que está significado en el Altar, y presente sobre el Altar, y elevado en la Cruz. El sacerdote vive la Liturgia en una profunda unión con Cristo.

Una liturgia bien llevada, marca y condiciona a los pastores al igual que a los fieles, pero a cada uno en su lugar, recordando que el sacerdote es representante de «Cristo Cabeza». Algunas fotografías de celebraciones litúrgicas, muestran a veces concelebraciones en las que algunos sacerdotes hablan por teléfonos celulares. Eso no puede ni debe ser, porque la acción Litúrgica no es un rato ni un rito solamente, es un reto a vivir en profundidad el misterio del encuentro con el Señor en el sacramento o los sacramentales.

Al vivir la Liturgia, el sacerdote servir al Señor con amor y temor y lo da a la asamblea: esto es lo que se expresa con los besos al altar y a los libros litúrgicos, inclinaciones y genuflexiones, señales de la Cruz e incensaciones de la gente y de los objetos, gestos de ofrenda y de súplica, y la ostensión del Evangeliario y de la Santa Eucaristía. Todo con un profundo respeto no como un rito, sino como un reto de agradar al Señor y darle el culto que se merece.

Ahora, tal servicio y vivencia litúrgica del sacerdote celebrante, o como dicen algunos hoy: del presidente de la asamblea —término que en lo personal no me gusta, porque la liturgia no es un acto democrático— puede verse desde la preparación y presentación del sacerdote, sus palabras, sus silencios y el recogimiento para la gran acción litúrgica que realiza; en el camino hacia el altar que debe ser humilde, no ostentoso. De hecho, el primer acto de la vivencia litúrgica del sacerdote, por ejemplo en la Santa Misa, es una inclinación o genuflexión delante de la cruz o el tabernáculo, en síntesis delante de la Presencia divina, seguido del beso reverente al altar y eventualmente la incensación. El segundo acto, en la Misa, es la señal de la cruz y el sobrio saludo a los fieles. El tercero es el acto penitencial, imitando a aquel publicano que agradó al Señor, porque el sacerdote, es también un pecador que necesita purificación. La escucha de las lecturas que son proclamadas como Palabra que se lee de corrido, sino con un tono claro y humilde. Luego, el amor a la celebración litúrgica se puede apreciar en el sacerdote en el tono claro de la homilía, pero sumiso y suplicante para las oraciones, solemne si se cantan 

2. El asombro Eucarístico.

Tocará los santos dones con asombro —el asombro Eucarístico del que ha hablaba a menudo san Juan Pablo II— y con adoración, y purificará los vasos sagrados con calma y atención, según el pedido de tantos padres y santos. Se inclinará sobre el pan y sobre el cáliz al decir las palabras de Cristo en la consagración y al invocar al Espíritu Santo para la súplica o epíclesis. Los elevará separadamente fijando la mirada en ellos en adoración, bajándolos, luego, en meditación. Se arrodillará dos veces en adoración solemne. Continuará la anáfora con recogimiento y tono orante hasta la doxología, elevando los santos dones en ofrenda al Padre. Recitará el Padrenuestro con las manos levantadas, y sin tomar de la mano a otros, porque eso es propio del rito de la paz; el sacerdote no dejará el Sacramento en el altar para dar la paz fuera del presbiterio. Fraccionará la Hostia de un modo solemne y visible, se arrodillará ante la Eucaristía y orará en silencio pidiendo ser librado de toda indignidad para no comer y beber la propia condenación, y pidiendo también ser custodiado para la vida eterna por el santísimo Cuerpo y la preciosísima Sangre de Cristo. A continuación, presentará la Hostia a los fieles para la Comunión, suplicando Domine, no sum dignus e, inclinado, será el primero en comulgar. Así dará ejemplo a los fieles.

Después de la Comunión, se hará la acción de gracias en silencio, la cual, mejor que sentados, puede hacerse de pie en señal de respeto o de rodillas, si es posible, como Juan Pablo II ha hecho hasta el final, con la cabeza inclinada y las manos juntas; esto, con el fin de pedir que el don recibido sea remedio para la vida eterna, como se dice mientras se purifican los vasos sagrados. Muchos fieles lo hacen y son un ejemplo para nosotros. El sacerdote, después del saludo y la bendición final, se dirige al altar para besarlo y eleva los ojos a la cruz, o se inclina o arrodilla frente al tabernáculo. Luego vuelve a la sacristía, recogido, sin disipar con miradas o palabras la gracia del misterio celebrado. De este modo, los fieles serán ayudados a comprender los santos signos de la liturgia, que es un asunto serio, y en el que todo tiene un sentido para el encuentro con el misterio presente. 

Pablo VI, en la instrucción Eucharisticum mysterium llamaba la atención sobre una verdad central expuesta por Santo Tomás: “Este sacrificio, como la misma pasión de Cristo, aunque se ofrece por todos, sin embargo «no produce su efecto sino en aquellos que se unen a la pasión de Cristo por la fe y la caridad... y les aprovecha en diverso grado, según su devoción»”. La fe es una condición para la participación en el sacrificio de Cristo con todo mi ser. ¿En qué consiste la acción de los fieles, a diferencia de la del sacerdote que consagra? Ellos recuerdan, dan gracias, ofrecen y, dispuestos de modo conveniente, comulgan sacramentalmente. La expresión más intensa está en la respuesta a la invitación del sacerdote, poco antes de la anáfora: “El Señor reciba de tus manos este sacrificio para alabanza y gloria de Su Nombre, para nuestro bien y el toda su santa Iglesia”. 

Sin la fe y la devoción del sacerdote no hay expresión alguna de amor a la Liturgia y mucho menos vivencia de la misma, y no se favorece la participación del fiel, sobre todo la percepción del misterio. Porque el Señor, “conoce nuestra fe y entrega” (cfr. Canon Romano) que se expresa en los gestos sagrados, las inclinaciones, las genuflexiones, las manos juntas, el estar arrodillados. La falta de devoción en la liturgia impulsa a muchos fieles a abandonarla y a dedicarse a formas de piedad secundarias, ampliando la brecha entre éstas y aquella.

Dado que la sagrada liturgia es un acto de Cristo y de la Iglesia, y no el resultado de nuestra habilidad, no prevé un éxito al cual aplaudir. La liturgia no es nuestra sino Suya.

3. La tradición de la Iglesia

La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos en la instrucción Redemptionis Sacramentum recuerda al sacerdote la promesa de la ordenación, renovada cada año en la Misa crismal, de celebrar “devotamente y con fe y devoción los misterios de Cristo para gloria de Dios y santificación del pueblo cristiano, según la tradición de la Iglesia” (cfr. 31). Él está llamado a actuar en la Persona de Cristo, y, por tanto, debe imitarlo en el acto supremo de la oración y del ofrecimiento, no debe deformar la liturgia en una representación de sus ideas, ni cambiar o agregar algo arbitrariamente: “El Misterio de la Eucaristía es demasiado grande para que alguien pueda permitirse tratarlo a su arbitrio personal, lo que no respetaría ni su carácter sagrado ni su dimensión universal” (ibíd. 11). La Misa no es propiedad del sacerdote o de la comunidad. La instrucción expone detalladamente cómo debe ser celebrada correctamente la Misa, de eso se trata el ars celebrandi: los seminaristas deben ser los primeros en aprenderlo cuidadosamente a fin de poder ponerlo en práctica como sacerdotes.

El Papa emérito, Benedicto XVI, en la Sacramentum caritatis (38-42) trató el tema del ars celebrandi, entendido como el arte de celebrar rectamente y lo presenta como condición para la participación activa de los fieles: “El ars celebrandi proviene de la obediencia fiel a las normas litúrgicas en su plenitud, pues es precisamente este modo de celebrar lo que asegura desde hace dos mil años la vida de fe de todos los creyentes” (38). En la nota 116, la Propositio 25 especifica que “una auténtica acción litúrgica expresa la sacralidad del Misterio eucarístico. Ésta debería reflejarse en las palabras y las acciones del sacerdote celebrante mientras intercede ante Dios, tanto con los fieles como por ellos”. Luego, la exhortación recuerda que “El ars celebrandi ha de favorecer el sentido de lo sagrado y el uso de las formas exteriores que educan para ello, como, por ejemplo, la armonía del rito, los ornamentos litúrgicos, la decoración y el lugar sagrado” (40). Tratando del arte sagrado, llama a la unidad entre altar, crucifijo, tabernáculo, ambón y sede (41): con atención a la secuencia que revela el orden de importancia. Junto con las imágenes, también el canto debe servir para orientar la comprensión y el encuentro con el misterio. El obispo y el presbítero están llamados a expresar todo esto en la liturgia, que es sagrada y divina, de manera que se manifieste verdaderamente el Credo de la Iglesia.

P. Alfredo Delgado, M.C.I.U.

sábado, 9 de noviembre de 2019

«Mis 30 años»... Un video con fotografías diversas de mi vida sacerdotal.

El 4 de agosto de 1989, hace poco más de 30 años, fui ordenado sacerdote en la Basílica de Guadalupe de Monterrey, Nuevo León en México. Con unas cuantas fotografías entresacadas de aquí y de allá, comparto algo de este largo caminar agradeciendo a todos y a cada uno.

domingo, 4 de agosto de 2019

HOMILÍA EN MIS 30 AÑOS DE ORDENACIÓN SACERDOTAL...


«Mil años son para ti como un día, que ya pasó; como una breve noche». Estas palabras del salmo responsorial (Sal 89 [90]) son de una gran verdad. La vida es muy corta y rápidamente han pasado 30 años desde aquella tarde cálida del viernes 4 de agosto de 1989 en la Basílica de Guadalupe de esta arquidiócesis de Monterrey; una tarde cálida, tan cálida como fue también la presencia de muchos, algunos de los cuales están aquí. ¡Cómo no recordar aquella celebración presidida por Mons. Rafael Bello Ruiz, en aquel entonces arzobispo de Acapulco, acompañado de Monseñor Alfonso Hinojosa obispo auxiliar de Monterrey, Monseñor Juan Esquerda, Monseñor Juan José Hinojosa y muchos sacerdotes amigos; mis hermanos Misioneros de Cristo —en ese entonces todos seminaristas—, mis padres Alfredo y Blanca, mi hermano Eduardo y Gloria su esposa con mi sobrina Anahí pequeñita; mis queridas y admiradas hermanas Misioneras Clarisas de diversas partes del mundo, encabezadas por la Madre Teresa Botello de quien conservo grandes recuerdos de aquellos días; Vanclaristas, familiares, amigos, todos reunidos en aquella ceremonia de ordenación viviendo una especie de himno de alabanza a Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote que, aún conociendo mi miseria, me llamaba a ser sacerdote para siempre bajo el cuidado amoroso de Santa María de Guadalupe y según el ideal de la ahora beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento. 

Este mediodía, entre arranques agitados y momentos pasmosos, con contrastes entre ritmos violentos y apaciguados, el salmista nos entrega, en el salmo (89 [90]), una visión sobre la vida y la muerte, sobre lo eterno y lo transitorio, que, en una extraña mezcla de suspiro y ternura me da pie para esta mal hilvana reflexión que quiero compartir con ustedes y su paciencia. La vida pasa muy de prisa: «Nuestra vida es tan breve como un sueño; semejante a la hierba» dice. El salmista se presenta en el escenario de nuestra existencia, y de entrada, comienza por levantar la cabeza y extender la mirada hacia atrás por encima de los horizontes y los años pasados buscando un centro de gravedad que ponga una cierta estabilidad en el vaivén inestable de las generaciones que pasan una tras otra en esta vida de un perpetuo movimiento como las entrañas del mar. Ese centro de gravedad es el Señor, Yahvé Sabaoth, Adonai, El Shaddai, el Dios que nos ha amado y nos ha llamado a la existencia, el Dios que pensó en nosotros y nos hace pasar un instante por este mundo que no es nuestra casa sino un peregrinar; el Señor que va con nosotros de camino hasta alcanzar la meta, que es, a la vez, inicio de una eternidad. Por encima de las estaciones y vaivenes de la vida, Dios está con nosotros, como una constelación sosegada sobre las olas. El está en el fondo de nuestros pensamientos como testigo, en el interior de nuestros sueños como confidente; y, en la base de la vocación específica que nos ha dado como motor que la impulsa. A mí, me invitó hace muchos años, allá por el 1980, a dejarlo todo para ir tras de él con el anhelo de ser sacerdote misionero, y misionero de Cristo. 

Mi sueño vocacional se concretizó en esa tarde del 4 de agosto del 89 y, a partir de entonces, el Señor me invitó a anunciar una Palabra que no es la mía, dejando que se note que no es mía, que es lo que Jesús quiso y quiere decir hoy a la gente, a los que Él ama y mira con los ojos del pastor que, compasivo, siente ver a la multitud extraviada. Una Palabra que yo mismo he escuchado muchas veces y he dejado descansar en mi pobre corazón. A partir de aquel día, el Señor me invitó a dar un perdón compasivo que no es mío, sino regalo precioso de su misericordia, que asombra a todos, empezando por mí. A partir de aquella celebración, el Señor me invitó a decir en cada Eucaristía: «esto es mi Cuerpo», «esta es mi Sangre», aún sabiendo que mi entrega estaría bien lejos de parecerse a la de quien me ha alimentado y fortalecido continuamente en los mil caminos del desierto de esta corta vida, en los que he aprendido a golpe y porrazo a no tener otra compañía más íntima que la de Él. A partir de aquella tarde, el Señor me invitó a amar a todos y servirles, acompasando mis pasos a los que corren y a los que apenas si consiguen mantenerse de pie; orientando a los extraviados y animando a los rezagados, siguiendo a los que se parecen a Jesús más que yo, y llevando sobre mis débiles hombros a los heridos y cansados; dejando ver en esta hermosa y dura tarea los rasgos y los gestos del Buen Pastor que está cerca y nos ama con una infinita misericordia. 30 años han pasado y me parece que fue ayer. Como sucede al salmista que parece trascender el tiempo, y, con poderosas palabras, colocarse en un presente que abarca el ayer, el hoy y el mañana para entregarnos una visión llena de grandeza que proclama el eterno presente de Dios, como lo proclamo yo, con un corazón lleno de gratitud, que hoy me invita a renovar el «sí» y que me tiene ante un futuro que sólo Él sabe cómo será y hasta dónde llegará antes de dejar este mundo y partir hacia la eternidad. A 30 años de haber sido ordenado sacerdote, el escritor sagrado, autor de este salmo, como toda la liturgia de la Palabra del día de hoy (Ecl 1,2;2,21-23; Col 3,1-5.9-11 y Lc 12,13-21) me invita a vivir no en un pasado que ya no existe o en un porvenir que todavía no se deja ver, sino el tiempo de Dios, grávido de posibilidades con lo que Él me pone para el aquí y ahora como Misionero de Cristo, como Misionero de la Misericordia, como vicepostulador de las causas de la beata María Inés Teresa y de la Sierva de Dios Gloria María y como vicario parroquial de esta comunidad de la Coronación de la Virgen del Roble. 

¡Qué contrastes con el mundo! La lucha del hombre sobre la tierra se cifra para muchos en el retener. Pero esa, es una lucha estéril y chocarrera; equivale al intento de atrapar con las manos el humo, la sombra, el viento... Es imposible atraparlo porque todo es evanescente, escurridizo, impalpable, la vida no se detiene. En uno de los escritos de nuestra fundadora, la beata María Inés Teresa podemos leer: «Me duele no darle gloria a Dios en cada momento; no aprovechar todos ellos en su servicio, no ser generosa, buscarme a mí misma, pensar en las criaturas... ¿Qué pueden darnos ellas de sustancial? La única realidad es Jesús. Hace tiempo llevo grabada en mi alma esta palabra: ¡La única realidad eres tú, Jesús!» Fuera de Dios, hermanos y hermanas, nada tiene consistencia, todo se escurre de entre el devenir del tiempo que no se detiene, todo se va en una incesante fuga, como las aves que vuelan a otras tierras, como los vientos que pasan por entre los valles, como las naves que surcan los mares, como las nubes que se las lleva el viento, como el humo que se diluye, como la sombra fugitiva... todo es un fluir, un pasar. «Todas las cosas, absolutamente todas, son vana ilusión» hemos escuchado en la primera lectura de hoy. Pero, el don que he recibido con la ordenación sacerdotal, ese es para siempre porque vine del mismo Dios, del mismo Jesús que es la única realidad. El paso por este mundo terminará, como ha terminado hace unos cuantos días el paso de mi padre recién fallecido, el de José Adrián, el de Osvaldo Batocletti, el del profesor José Hernández, el de Juan Alfaro, el de la madre Julia Meijueiro, el del diácono Francisco Robles, el de todos los nuestros que ya nos han dejando. Mis días, como los de ustedes, están contados, y después de casi 58 años de edad, la cuenta, por más que le acomode, no subirá muy alto. Antes de lo que yo imagine, me llegará el día y tendré que dejar este mundo. La muerte siempre es súbita. Y, sin embargo, el recuerdo de la muerte tan reciente de mi papá, de mi sobrino y de seres tan queridos, me deja, como sacerdote, un sabor grande de sabiduría. Cuando pienso en el hecho de que mis días también están contados, como los de cada uno de los que estamos aquí, siento al instante la urgencia de hacer de ellos el mejor uso posible. Cuando veo que mi tiempo es limitado, comprendo su valor y me dispongo a aprovechar cada momento. La vida se revalúa con el recuerdo de la muerte. 

Vuelvo al salmo y veo que el autor sagrado pide a Dios algo más: que su gracia sostenga y alegre nuestros días, aun frágiles y marcados por la prueba. Que nos haga gustar el sabor de la esperanza, aunque la ola del tiempo parezca arrastrarnos. Que la gracia del Señor de consistencia y perennidad a nuestras acciones cotidianas: «Que el Señor bondadoso nos ayude y dé prosperidad a nuestras obras» (v. 17). ¡Qué rápido ha pasado el tiempo! Reconozco, que tras tantos años, sé mejor que nadie lo lejos que están mi vida y mi ministerio de hacer realidad los propósitos de santidad que me propuse aquella vez, aun cuando me consuela la confianza y la certeza de que el Señor es tan fiel y grande que Él mismo suple lo mucho que falta en mi. Se estremecen mi corazón y mi alma cuando desde mi pequeñez, desde mi grisura, desde mi mediocridad, me detengo para pensar a Quién represento y en nombre de Quién actúo como sacerdote. 

Y cuando además me acerco a la vida y al mensaje de San Juan María Vianney, mi santo patrono de Ordenación a quien celebramos en este día, el estremecimiento se convierte en abismo, me siento a la vez indigno y agradecido. Por ello, sólo desde la alabanza, sólo desde el Magníficat se acaba aceptando el misterio y la gracia que comportan y suponen ser sacerdote y tomar conciencia efectiva y viva de esa grandeza, esa grandeza que Dios ha confiado, en este caso, a mí, como humilde y pobre vasija de barro. Sé, como decía un célebre obispo español que «la mejor homilía del sacerdote es su vida» y en mi caso, quienes me conocen más de cerca, se dan cuenta de que me falta mucho para predicar bien si a esas vamos. Mis fallas, mis defectos, mis errores, resaltan con más bravura ante quienes tengo cerca. ¡Bien decía Jesús que nadie es profeta en su tierra! (Lc 4,24). Qué difícil resulta para algunos hacer a un lado la miseria de Alfredo para ver el sacerdocio de Cristo, qué ardua tarea convencerse de que Dios —como dice san Pablo a los Corintios (1 Cor 1,27-31)— ha elegido lo necio del mundo y lo ha hecho portador de su misericordia y compasión. 

En este día, y aquí, en esta Iglesia en donde celebré mi primer domingo como sacerdote en aquella Misa de 12 del 6 de agosto de 1989, y recorriendo en mi mente y en mi corazón tantas encomiendas, tantas comunidades, tantos servicios; con mis manos aún medio vacías y mi corazón conmovido, quiero renovar mi compromiso por los días que estén por venir, quizá los mejores años, cuando el vino está ya añejado y tal vez tenga un mejor sabor: el sabor concentrado del Amor de los Amores que no me ha dejado nunca solo, así como santa Teresita, a quien por espacio de 30 años no he dejado de verla haciéndose siempre encontradiza en una estampa, en una plática, en alguna publicación de Facebook, en una que otra homilía de alguien, en algunas palabras de un penitente, en un WhatsApp... Quiero consagrar de nuevo mi sacerdocio a la Santísima Virgen, para seguir siendo testigo y servidor de su Hijo Jesús y poder así predicar, escribir, radiar o whatsapear, con mi vida enamorada de Dios y de su Pueblo Santo: ustedes y a quienes ustedes representan. El agradecimiento a Dios y a tantas personas de las que me reconozco deudor es ahora, en esta celebración, desde mi pequeñez y a sabiendas de que la vida pasa, como el aroma de Cristo Sumo y Eterno Sacerdote que impregna la memoria de este largo tiempo de 30 años. Nunca podré olvidar aquel 4 de agosto de 1989 cuando me arrodillé, a mis 27 años de edad consciente de mi nada y me levanté «Sacerdote para siempre». Ustedes me perdonen. 

Alfredo Leonel Guadalupe Delgado Rangel, M.C.I.U.