lunes, 31 de agosto de 2020

«Anunciar la Buena Nueva a todos»... Un pequeño pensamiento para hoy

Después de la lectura continua de los evangelios de Marcos y de Mateo, que la liturgia de la palabra nos ha traído entre semana desde que empezamos el año litúrgico, abordamos hoy el evangelio según san Lucas, que nos conducirá hasta el fin de noviembre —de la 22ª a la 34ª semana del tiempo ordinario—. Los relatos relativos a la infancia de Jesús, habiendo sido leídos durante el Adviento y el tiempo de Navidad, hacen que empecemos en el capítulo cuarto de san Lucas (Lc 4, 16-30). Jesús tiene treinta años y aborda su vida pública. Y empezamos con una escena bien significativa, programática, que se puede decir que da sentido a todo el ministerio mesiánico de Jesús: su primera predicación en la sinagoga de su pueblo Nazaret.

San Lucas va a ser para nosotros un buen maestro para que sepamos presentar a Jesús, también a nuestro mundo de hoy, como el salvador de los pobres. «Me ha ungido y me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres». En la Plegaria Eucarística IV para la celebración de la Misa, damos gracias a Dios Padre porque nos ha enviado a su Hijo Jesús, el cual «anunció la salvación a los pobres, la liberación a los oprimidos y a los afligidos el consuelo». Este de hoy abre un buen retrato de Jesús, que se irá desarrollando durante las próximas semanas: el que atiende a los pobres, el que quiere la alegría para todos, el que ofrece la liberación integral a los que padecen alguna clase de esclavitud. «Hoy se cumple esta Escritura». Es lo que pasa cada día, en nuestra escucha de las lecturas bíblicas. No se nos proclaman para que nos enteremos de lo que pasó —lo solemos saber ya—, sino porque Dios quiere renovar su gracia salvadora, la del Antiguo Testamento y la del Nuevo Testamento, hoy y aquí para nosotros. Es lo que nuestra meditación personal debe buscar: actualizar en nuestras vidas lo que Dios nos ha dicho en su Historia de Salvación.

Entre los santos que se celebran el día de hoy se encuentra san Ramón Nonato. Un santo varón del que se carece de documentación fidedigna sobre los detalles de su vida. Sin embargo es un santo al que se le tiene mucha devoción. Se sabe que nació de familia noble en Portell, cerca de Barcelona, España en el año 1200. Recibió el sobrenombre de non natus (no nacido), porque su madre murió en el parto antes de que el niño viese la luz. Con el permiso de su padre, el santo ingresó en la orden de los Mercedarios, que acababa de fundarse. San Pedro Nolasco, el fundador, recibió la profesión de Ramón en Barcelona. Progresó tan rápidamente en virtud que, dos o tres años después de profesar, sucedió a San Pedro Nolasco en el cargo de «redentor o rescatador de cautivos». Enviado al norte de África con una suma considerable de dinero, Ramón rescató en Argel a numerosos esclavos. confortó y alentó a muchos cristianos en sus andanzas misioneras y hasta llegó a convertir y bautizar a algunos mahometanos. Al saberlo, el gobernador le condenó a morir empalado, pero quienes estaban interesados en cobrar la suma del rescate consiguieron que se le conmutase la pena de muerte por la de flagelación. San Ramón no perdió por ello el valor, sino que prosiguió la tarea de auxiliar a cuantos se hallaban en peligro, sin dejar escapar la menor ocasión de ayudarlos. Perseguido cruelmente por el gobernador de aquellos lugares, fue azotado y le pusieron en la boca un candado, cuya llave guardaba el mismo gobernador y sólo la daba al carcelero a la hora de las comidas. En esa angustiosa situación pasó San Ramón ocho meses, hasta que San Pedro Nolasco pudo finalmente enviar algunos miembros de su orden a rescatarle. Dios lo llamó debido a una violenta fiebre. El santo tenía aproximadamente treinta y seis años cuando murió el 31 de agosto de 1240. Que así como san Ramón y sobre todo como Jesús, seamos nosotros, bajo la mirada amorosa de María, anunciadores de la buena nueva y que la salvación llegue a todos los pobres y más necesitados de Dios. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 30 de agosto de 2020

«Negarse... tomar la cruz... seguir»... Un pequeño pensamiento para hoy


Los tres verbos que aparecen en el relato evangélico que la liturgia de la palabra nos propone para este domingo (Mt 16,21-27), que son «negarse», «tomar la cruz» y «seguir», explican perfectamente en qué consiste ser discípulo–misionero de Cristo. La renuncia a sí mismo denota algo radical, fundamental. «Negarse» a sí mismo exige que el discípulo–misionero no piense en su interés propio, ni se preocupe por sí mismo; exactamente como Cristo, que, olvidándose a sí mismo, tiene continuamente presente su misión, enteramente libre para los demás. La expresión «tomar la cruz» significa en el contexto actual que el discípulo no debe hacerse atrás ni siquiera ante la condena, aun la más infamante. Es la renuncia a la seguridad para seguir al Maestro, que lleva a los suyos hacia la cruz. El verbo «seguir» significa ir en seguimiento del Jesús histórico. Naturalmente, no es un mero seguir exterior; es una adhesión interior. Pero se trata también de tomar parte en el destino histórico de Jesús; una verdadera comunión de vida y de sufrimiento con el Maestro, aunque sea con modalidades diferentes de acuerdo con el temperamento y carácter de cada uno.

La dificultad de la expresión «negarse», reside en el inevitable contenido ascético que en sí misma tiene y que en nuestra época no es muy aceptada debido al confort excesivo en el que muchos viven, aún en medio de una pandemia tan terrible como ésta. La negación que aquí se contempla no es la que nace del ejercicio que uno mismo voluntariamente se impone, sino del que le imponen los demás. Negarse a sí mismo significa ponerse al último de los demás, estar dispuesto a renunciar al propio tipo de vida en aras de los demás. Negarse a sí mismo es, en definitiva, olvidarse de sí mismo por estar pendiente de los demás. El «tomar la cruz» tiene también un sentido muy concreto, porque sabemos perfectamente lo que significa, compartir el mismo destino de Cristo, dar la vida. De aquí se deduciría que el comprometerse a «seguir» a Jesús significa arriesgarse a un tipo de vida tal que es tan difícil como el último camino del condenado a muerte. El seguimiento de Cristo comprende para todos la disposición para recorrer el camino con Cristo.

El día de hoy nos ofrece, al celebrar a santa Rosa de Lima, un ejemplo muy claro de este «negarse», «tomar la cruz» y «seguir» a Cristo. Rosa es una santa que se propuso irse de monja agustina, pero el día en que fue a arrodillarse ante la imagen de la Virgen Santísima para pedirle que le iluminara si debía irse de monja o no, sintió que no podía levantarse del suelo donde estaba arrodillada. Llamó a su hermano a que le ayudara a levantarse pero él tampoco fue capaz de moverla de allí. Entonces se dio cuenta de que la voluntad de Dios era otra y le dijo a Nuestra Señora: «Oh Madre Celestial, si Dios no quiere que yo me vaya a un convento, desisto desde ahora de su idea» y se «negó» a sí misma para «tomar la cruz» y «seguir» a Jesús no como ella quería, sino como el Señor lo marcaba. Tan pronto pronunció estas palabras se pudo levantar fácilmente y seguir con su vida. Seguía pidiéndole a Dios que le indicara a que asociación religiosa debería ingresar. Y de pronto empezó a llegar junto a ella cada día una mariposa de blanco y negro. Y revoloteaba junto a sus ojos. Con esto le pareció captar que debería buscar una asociación que tuviera un hábito de blanco y negro. Y descubrió las terciarias dominicas, que se vestían con túnica blanca y manto negro y llevaban vida como de religiosas, pero vivían en sus propias casas. Y pidió ser admitida y la aceptaron. Ni siquiera sus últimos días fueron como ella se hubiera imaginado. Tuvo una terrible y dolorosa agonía, expiró con la alegría de irse a estar para siempre junto al amadísimo Salvador. por el que se negó, tomó la cruz y siguió a Jesús. Tenía 31 años. Pidamos a María Santísima que nos ayude y que interceda para que comprendamos lo que es esta hermosa manera de hacer la voluntad del Padre como Jesús. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

sábado, 29 de agosto de 2020

«El martiro de Juan el Bautista»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy celebramos la memoria del martirio de Juan el Bautista y en ese relato evangélico, que es bastante interesante (Mc 6,17-29) siempre me ha llamado la atención la actitud de la hija de Herodías que gracias al historiador Flavio Josefo conocemos como Salomé. La muchacha había aprendido en la alta sociedad de aquellos tiempos a bailar elegantísimamente y a ejecutar danzas desconocidas de aquellos magnates de provincia que asistían a las fiestas que Herodes se organizaba para su ególatra deleite. A la chica le ayudaba su fragante juventud. Salomé tendría entonces unos diecinueve años. La coreografía amenizadora de festines era habitual en las costumbres romanas. La poesía de Horacio nos informa, con su habitual desenfado, del aire atrevidamente impúdico de tales danzas. En la apoteosis del banquete, cuando al fuego del vino y la embriaguez se inflaman los instintos menos elevados, hace su deslumbrante aparición la refinada bailarina. Se arquea con ritmos tan elásticos y graciosos, que Herodes Antipas se estremece. El halago de un espectáculo superior, que le eleva por encima de las demás cortes de Oriente, le sacude. Es el brillo de la metrópoli danzando en los movimientos de Salomé.

Y es la frivolidad del tetrarca que exultan hasta el entusiasmo. «Pídeme lo que quieras y te lo daré» —le asevera con la ternura viscosa de la sensualidad exaltada, entre el delirio y los aplausos de la concurrencia complacida—. «Pídeme lo que quieras y te lo daré, aunque sea la mitad de mi reino». Y corrobora la promesa con solemne juramento. Me llama la atención Salomé porque después de que se le ofrece incluso la mitad del Reino, no es capaz de pensar y pide el consejo de su madre, que, ambiciosa como Herodes y ofendida por las verdades que decía Juan el Bautista, pide su cabeza y la chica lo consiente. Vuelve Salomé apresuradamente donde estaba el rey. Pide, decidida: «Quiero que me des al instante, sobre esta bandeja —cogería una de las de la misma mesa—, la cabeza de Juan el Bautista.» El rey se entristeció. Porque apreciaba a Juan. Le tenía como profeta y le custodiaba, y por su consejo hacía muchas cosas, y le oía de buena gana. Pero por el juramento y por los que con él estaban a la mesa, no quiso disgustarla. Mas enviando uno de su guardia, le mandó traer la cabeza de Juan en un plato. Y le degolló en la cárcel. Y trajo su cabeza en un plato y la dio a la muchacha y la muchacha la dio a su madre —dice el relato—.

Herodes había cometido un pecado que escandalizaba a los judíos porque esta muy prohibido por la Santa Biblia y por la ley moral. Se había ido a vivir con la esposa de su hermano. Juan Bautista lo denunció públicamente. Se necesitaba mucho valor para hacer una denuncia como esta porque esos reyes de oriente eran muy déspotas y mandaban matar sin más ni más a quien se atrevía a echarles en cara sus errores. Me llama la atención Salomé porque nos muestra el caso típico de cómo un pecado lleva a cometer otro pecado y envuelve a quien se deja atrapar. Herodes y Herodías empezaron siendo adúlteros y terminaron siendo asesinos y Salomé, involucrada porque es la que hace la petición. El pecado del adulterio los llevó al crimen, al asesinato de un santo y a envolver en su pecado a la distraída jovenzuela. Juan murió mártir de su deber. El Bautista vio que llegaban los enemigos del alma a robarse la salvación de Herodes y de su concubina y habló fuertemente. Ese era su deber. Y tuvo la enorme dicha de morir por proclamar que es necesario cumplir las leyes de Dios y de la moral. Que María Santísima nos ayude a no dejarnos envolver como Salomé por el pecado que asecha por donde quiera y que más bien tengamos el valor de Juan el Bautista para hablar con la verdad. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 28 de agosto de 2020

«San Agustín y la conversión al amor»... Un pequeño pensamiento para hoy

Una de las figuras más destacadas y admiradas en el santoral de la Iglesia es san Agustín, a quien hoy celebramos. La vida de este santo y sobre todo su proceso de conversión, que ha quedado documentado en su preciosa obra titulada «Las confesiones», ha sido modelo para muchos. Yo en especial tengo que agradecer que sea mi santo patrono, pues nací, hace 59 años, el 28 de agosto de 1961. El proceso de Agustín desde antes de su conversión —alcanzada por las oraciones y lágrimas de su madre santa Mónica— hasta sus grandes tratados teológicos que lo llevaron a ser declarado doctor de la Iglesia, tiene un alcance más que personal, pues puede erigirse en patrón para muchos. Uno de los que mejor ha resumido la vida de san Agustín en todo su proceso, ha sido Benedicto XVI, quien distingue en el recorrido de la conversión de Agustín tres momentos significativos y que van perfeccionándose: a) La primera conversión, que constituye el camino interior hacia el cristianismo, hacia el sí de la fe y el bautismo; b) La segunda conversión, que llevó a Agustín a abandonar su proyecto de vida monástica y aceptar el presbiterado para dedicarse a servir al pueblo incondicionalmente; c) La tercera conversión, su actitud humilde con la que se percata de que él mismo, los apóstoles y la misma Iglesia peregrinante deben contar necesariamente con la bondad misericordiosa de Dios que perdona a cada uno; y cada uno de nosotros nos asemejamos a Cristo, el perfecto, en la medida en que llegamos a ser personas misericordiosas viviendo en el amor.

Toda conversión, hay que decirlo, la de Agustín de Hipona, la nuestra y cualquier otra, es una vuelta al amor auténtico. Y si hay algún escritor que ha calado en sus análisis en el fondo humano y por tanto, divino, del amor, es san Agustín, porque Agustín ha sido un enamorado del amor de Dios, y lo ha cantado, meditado, predicado en todos sus escritos, y sobre todo testimoniado en su ministerio pastoral. Este santo hace vibrar todas las cuerdas del amor, que es una lección que todo el mundo sabe: amar y ser amado es el único deseo común a todos los seres humanos, si bien cada uno tiene que recorrer su propio camino, construir propia historia de amor. La conversión de Agustín de Hipona es, por tanto, motivo de alegría y fiesta para todos y es lo que principalmente celebramos el día de su fiesta. Agustín es el hombre libre que públicamente es capaz de cambiar su forma de vida con la radicalidad que en ese momento siente que se le pide para poder encontrarse con el Señor, con el novio del que habla hoy el Evangelio en este hermoso relato de las vírgenes previsoras y las descuidadas (Mt 25,1-13) manteniendo la lámpara del amor encendida.

San Agustín nos invita, con su vida y con su obra, a ver a la Iglesia-esposa en las diez vírgenes, tanto las prudentes como las necias, pues la Iglesia, antes que las bodas se celebren, está compuesta de buenos y pecadores. En este sentido, comentará el santo, esta parábola tiene mucha semejanza con la red que recoge toda clase de peces, buenos y menos buenos (Mt 13,48), a la sala de banquetes donde se reúnen justos y pecadores (Mt 22,10), al campo donde crecen tanto la buena como la mala semilla (Mt 13,24-30). La Iglesia es, pues, semejante a un cortejo de hombres que caminan hacia el Señor; de ellos, unos tienen encendidas con un profundo amor al esposo las lámparas de su vigilancia, mientras que los restantes no se preocupan de alimentar su fe. Los primeros procuran vivir sin dispersar su atención en mil cosas fútiles, ya que han escogido a Cristo como centro de sus vidas y ponen los medios necesarios para permanecer fieles a él; los otros se contentan con una pertenencia al grupo de los creyentes puramente sociológica. La discriminación solo se hará al término del periplo de la Iglesia sobre la tierra, en el día de las nupcias de Cristo con la humanidad que permanezca fiel. Cómo no dar las gracias a Dios por la presencia de san Agustín en la Iglesia, por su testimonio de vida, por su maravillosa obra teológica. Que María Santísima nos ayude a agradecer el don que en los santos el Señor da a su Iglesia. ¡Bendecido viernes y me acojo a sus oraciones agradeciendo el don de la vida!

Padre Alfredo.

jueves, 27 de agosto de 2020

«Cristo viene cada día»... Un pequeño pensamiento para hoy

Todo discípulo–misionero sabe que Jesús «viene»... cada día, si sabe «estar en vela». Eso nos lo recuerda ele Evangelio de hoy (Mt 24,42-51). No hay que esperar el último día. Viene en el trabajo, en las horas de distensión, en las cosas pequeñas de cada día. El Señor se hace «encontradizo» para aquel que lo quiera recibir. Por eso hay que ser conscientes de que se puede malograr esa «venida», esa cita imprevista, esta visita sorpresa. Y para que nos pongamos en guardia contra nuestras seguridades engañosas, Jesús llega a compararse a un «ladrón nocturno» que llega cuando menos se le espera. El Señor llega a través de tal persona con quien me encuentro, en tal libro que estoy leyendo, en tal suceso imprevisto como esta pandemia que se ha prolongado... Por eso «velar», atisbar las venidas de Jesús, ¡no es estar soñando! Es hacer cada uno lo que nos toca hacer, el trabajo sencillo de cada día, es considerarse, de alguna manera, responsable de los demás, es amar.

Los ejemplos que pone Jesús, en la perícopa evangélica de este día son muy ilustrativos. El ladrón, que puede venir en cualquier momento, sin avisar previamente y el amo, que puede regresar a la hora en que los criados menos se lo esperan. En ambos casos, la vigilancia hará que el ladrón o el amo nos encuentren preparados. Yo creo que a estas alturas nos va bien que nos recomiende el Señor la vigilancia en nuestra vida, porque para muchos, por la cuestión de la cuarentena o del aislamiento, la vida puede parecer muy rutinaria, y no es que el señor nos esté hablando porque sea inminente el fin del mundo, o que necesariamente esté próxima nuestra muerte. Pero es que la venida del Señor a nuestras vidas sucede cada día, y es esta venida, descubierta con fe vigilante, la que nos debe hacer estar preparados para la otra, la definitiva. Toda la vida está llena de momentos de gracia, únicos e irrepetibles. Los judíos no supieron reconocer la llegada del Enviado. Habrá que preguntarnos nosotros si no desperdiciamos las ocasiones de encuentro con el Señor. Día a día en las pequeñas cosas que acontecen, se vive esa cercanía con el Señor, y si se aprovecha el tiempo, se hace posible la alegría final que ya llegará. «Estar en vela», buena consigna para la Iglesia, pueblo peregrino, pueblo en marcha, que camina hacia la venida última de su Señor y Esposo. Buena consigna para unos cristianos despiertos, que saben de dónde vienen y a dónde van, que no se dejan arrastrar sin más por la corriente del tiempo o de los acontecimientos, que no se quedan amodorrados por el camino enterrando sus corazones en la tristeza.

Un ejemplo maravilloso de alguien que vive así, consciente de esa venida es santa Mónica, la santa que celebramos hoy y que es la mamá del célebre san Agustín, que como sierva buena y fiel, supo incluso alcanzar la conversión de su hijo y colaborar para hacer de él un gran santo. Santa Mónica fue un modelo de madre; alimentó su fe con la oración y la embelleció con sus virtudes. Pienso en todas las madres y padres de familia que leen esta reflexión y que, como ella, conscientes de esta «venida», encomiendan a sus hijos y por eso para terminar, dejo una oración a esta santa mujer por los hijos: «A ti recurro por ayuda e instrucciones, santa Mónica, maravilloso ejemplo de firme oración por los hijos. En tus amorosos brazos yo deposito mi hijo(a) (mencionar aquí los nombres), para que por medio de tu poderosa intercesión puedan alcanzar una genuina conversión a Cristo Nuestro Señor. A ti también apelo, ejemplo de las madres, para que pidas a nuestro Señor me conceda el mismo espíritu de oración incesante que a ti te concedió. Todo esto te lo pido por medio del mismo Cristo Nuestro Señor. Amén.» Y que María santísima a todos, como a santa Mónica, nos conceda captar en todo momento la «venida» del Señor para prepararnos así a la definitiva. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 26 de agosto de 2020

«Guadalupe Krauss»... Vidas consagradas que dejan la huella de Cristo LXX

No tuve el regalo de conocer a la hermana Guadalupe Krauss, pero sí la dicha de escuchar hablar de ella y oír que murió en olor de santidad por su fecunda vida misionera en Japón.

Que importante es que las vidas ejemplares de los misioneros, como la de la hermana Guadalupe, no se queden en el olvido. Su testimonio de vida es siempre alentador para todas las generaciones.

La historia nos dice que la hermana Guadalupe Krauss Espinosa, nació en Ciudad de México el 6 de junio de 1915. Ingresó a la congregación de las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento el 27 de junio de 1946. Sus primeros votos como religiosa los hizo el 6 de enero de 1948 y desde allí vino una epifanía muy especial para hacer a Cristo conocer y amar del mundo entero. Caracterizándose, desde sus inicios en el caminar misionero, por un profundo espíritu de oración y un ardiente celo apostólico.

Votos perpetuos el 24 de junio de 1951 y fue enviada a Japón el 29 de julio de 1954 en donde desarrolló un trabajo misionero maravilloso, trabajando siempre de una manera ejemplar y abnegada, haciendo todo, incluso las cosas pequeñas de cada día, por la salvación de las almas, especialmente en ese país a donde fue enviada y en el cual entregó su vida.

Fue un alma muy caritativa, no nada más con sus hermanas de comunidad, sino con todas las personas, siendo siempre servicial y generosa adaptándose a la cultura de Japón y llenando de esperanza muchos corazones.

La hermana sufría de alta presión, cosa que controlaba y que no le impedía ejercer su apostolado cada día, sin embargo el 14 de octubre de 1978, a causa de ello, le vino un derrame cerebral por lo que fue hospitalizada e intervenida quirúrgicamente con todos los cuidados necesarios, sin embargo, la voluntad de Dios era que la vida de la hermana Guadalupe terminara su recorrido en este mundo y murió el 4 de noviembre de ese 1978.

La hermana Guadalupe Krauss dejó la huella de Cristo por su paso en Japón. Descanse en paz y su ejemplo de entrega misionera siga animando a las hermanas Misioneras Clarisas más jovencitas y a todos los misioneros, a darse por entero para que todos conozcan y amen al Señor.

Padre Alfredo.

«San Junípero Serra»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy quiero detenerme en mi reflexión en la vida de uno de los santos que se celebran el día de hoy: Junípero Serra Ferrer. Un gran misionero que nació el 24 de noviembre de 1713 en Petra, Mallorca (España) y que fue bautizado con el nombre de Miguel José. A los 16 años se convirtió en fraile franciscano y cambió su nombre por el de Junípero. En 1749 y motivado por su celo evangelizador partió, junto con veinte misioneros franciscanos, hacia el Virreinato de la Nueva España, nombre colonial de México en aquel entonces. En las tierras mexicanas, Junípero impulsó su labor misionera en el Colegio de Misioneros de San Fernando. Luego de seis meses recibió la aprobación del Virrey para iniciar su misión en Sierra Gorda, un territorio montañoso donde ya habían fracasado algunos franciscanos. En este lugar permaneció 9 años. En 1767, Carlos III decretó la expulsión de todos los miembros jesuitas de los dominios de la corona, lo que incluía al Virreinato de Nueva España. Los jesuitas, que atendían la población indígena y europea de las Californias, fueron sustituidos por 16 misioneros de la orden de los franciscanos encabezados por fray Junípero Serra.

La comitiva salió de la ciudad de México el 14 de julio de 1767 y embarcó por el puerto de San Blas rumbo a la península de la Baja California. Tras una corta travesía arribaron a Loreto, sede de la Misión de Nuestra Señora de Loreto, que es considerada la madre de las misiones de la Alta y Baja California. Una vez que llegó la comitiva a la península, determinaron seguir explorando la Alta California para llevar la luz del Evangelio a la población indígena. El 3 de julio se erigió la Misión de San Carlos de Borromeo. En julio de 1771 se estableció la Misión de San Antonio de Padua y en agosto la de San Gabriel, que se encuentra en la actual área metropolitana de Los Ángeles. El 1 de septiembre de 1772 fundó la misión de San Luis Obispo de Tolosa. Junípero Serra falleció en la Misión de San Carlos Borromeo (Monterrey, California), el 28 de agosto de 1784. Sus restos se encuentran en la Basílica de esa misma misión. San Juan Pablo II lo beatificó en 1988 y fue proclamado Santo el 23 de septiembre del 2015 por el Papa Francisco en Estados Unidos.

¡Qué contrastante la vida de san Junípero con la de los personajes que nos pone el Evangelio de hoy (Mt 23,27-32)! Los letrados y fariseos que intentaban atribuirse la gloria de los profetas del pasado. Construían sepulcros a los profetas y ornamentaban los mausoleos de los justos. Mediante esas acciones pretendían, desolidarizarse del pecado que iban arrastrando, escondiendo también la hipocresía y la mentira, el rechazo a la Palabra de Dios que sigue actuando en el presente en la vida de muchos que actúan como ellos. El Dios de vida no puede encontrar un espacio en el ámbito de la muerte en que vive la dirigencia farisea de aquellos y de nuestros tiempos. Este es el punto desde donde se origina este lamento sobre el obcecamiento de los que, por su mala fe, no han querido abrir sus corazones al ofrecimiento de salvación. En contraste con todo esto, san Junípero Serra nos muestra con su vida y no sólo con sus palabras, el auténtico seguimiento de Jesucristo en una vida recta, justa y equilibrada que no anda con rodeos para justificar malas acciones, sino que habla de un corazón puro que gasta y desgasta la vida por la misión. Que María Santísima nos ayude a ser tan misioneros como este gran santo y que no nos quedemos nunca en palabrerías justificando lo que se sabe que está mal, como la soberbia, la presunción, la hipocresía, la vanidad. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 25 de agosto de 2020

«Algo tentador»... Un pequeño pensamiento para hoy


En el fuerte Evangelio de hoy (Mt 23, 23-26) Jesús nos recuerda que el ceremonial exterior —la purificación de la «copa y del plato»— tiene menos importancia que la pureza interior. Y es que los judíos, sobre todo los fariseos, eran muy dados a cumplir las leyes sobre el exterior y las cosas rituales. Se entretenían mucho dando importancia a cosas insignificantes, poco importantes ante Dios a las que les daban vueltas y vueltas y descuidaban las que verdaderamente valían la pena. Jesús se lo echa en cara: «pagan el diezmo de la menta... y descuidan el derecho, la compasión y la sinceridad». De un modo muy expresivo les dice: «filtran el mosquito y se tragan el camello». El diezmo lo pagaban los judíos de los productos del campo (cf. Dt 14,22-29), pero pagar el diezmo de esos condimentos tan poco importantes (la menta, el anís y el comino) no tiene relevancia, comparado con las actitudes de justicia y caridad que debemos mantener en nuestra vida con el prójimo. La ley del amor debe estar en el núcleo del corazón, como ley de vida. Lo externo debe estar en coherencia con lo que hay en el corazón.

Y es que hoy nosotros también, si nos descuidamos, podemos caer en el riesgo de entretenernos con cosas que no son tan importantes. Pongo por ejemplo las controversias actuales en medio de la pandemia, sobre la «comunión en la mano», o la «comunión en la boca». Cuánta gente entretenida en estas discusiones que no tienen por qué discutirse porque las dos formas están aprobadas por la Iglesia para recibir la comunión y hoy se requiere que sea dada en la mano por cuestión de salud. Algunos dicen que la mano no es digna de tocar al Señor... yo me pregunto si nuestra boca y nuestro interior son dignos de que el Señor llegue a nosotros. Todos tenemos que decir antes de comulgar: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa...» Si cuidamos las cosas del exterior, cuando por dentro estamos llenos de cosas, ideas, pensamientos, acciones malas, el corazón lo tenemos impresentable para recibir a Jesús ya sea en la mano o en la boca. Hay que ir más allá y ver en las cosas que todo discípulo–misionero sí se debe detener sin descuidar las cosas pequeñas o aparentemente insignificantes de cada día. 

Un creyente puede ser como los fariseos cuando hace las cosas para que le vean y le alaben, si da más importancia al parecer que al ser. Si reducimos nuestra vida de fe a meros ritos externos, sin coherencia en nuestra conducta no llegaremos a ningún lado. Así lo podemos ver en el sencillo ejemplo de vida de uno de los santos que hoy celebramos, san Luis rey de Francia. Sí, un rey que es santo y que con actitudes que iban mucho más allá de los protocolos que tenía que cumplir como rey y que dejaban ver a Cristo mismo en sus acciones. Vivió en una época de grandes heroísmos cristianos que él supo aprovechar en medio de los esplendores de la corte para ser un dechado perfecto de todas las virtudes. Nació el 25 de abril de 1214, y a los doce años fue coronado rey de los franceses bajo la regencia de su madre, la española Doña Blanca de Castilla que lo fue formando en la vivencia de la caridad y de la imitación de Cristo. Tanto el Evangelio, como el testimonio de san Luis Rey de Francia deben ser hoy para nosotros un urgente llamado a la dirigencia religiosa para mostrar al mundo la autenticidad de vida, pero también a través de él, de una advertencia a la comunidad de discípulos presentes (cf. Mt 23,1) de no contagiarse del error fariseo que es tan tentador. Que María Santísima nos ayude. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 24 de agosto de 2020

«Graciela Patrón, un corazón misionero incansable»... Vidas consagradas que dejan la huella de Cristo LXIX


Graciela Patrón Trujillo nació el 23 de noviembre de 1923 en Chinameca Veracruz, México y fue bautizada el 4 de septiembre 1924 en la Parroquia de San José, en la ciudad de Coatzacoalcos, Veracruz. Fue la primogénita de los cuatro hijos con los que el Señor bendijo a la familia Patrón Trujillo. Desde pequeña destacó por su carácter vivo. Era muy inquieta y creativa, ávida de conocer cosas nuevas y siempre dispuesta a aprender, así que se fue cultivando desde la infancia tanto en las cosas de Dios, como en el aspecto humano e intelectual.

En su juventud, en el año de 1947, mientras estudiaba la carrera de Ingeniería Química Industrial, su corazón inquieto, la llevó a buscar al Señor de una manera más radical como Terciaria Franciscana. Así llegó al Monasterio del Ave María, donde conoció a la beata Madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, a quien le expresó su deseo de consagrarse al Señor. La beata le recomendó terminar su carrera antes de ingresar y así lo hizo. Durante el tiempo en que tuvo que esperar para ver realizados sus anhelos, Dios, en su infinita sabiduría, permitió para ella, diversas pruebas que le sirvieron para fortificar su vocación, entre ellas la oposición de su padre.

El 19 de marzo de 1950 ingresó a la congregación de las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento. Inició su noviciado el 28 de diciembre de ese mismo año y su primera profesión se llevó a cabo el 18 de agosto de 1952, ceremonias que contaron con la presencia de la Madre Fundadora, la beata María Inés en la Capilla de la Casa Madre, en Cuernavaca Morelos, México. 

Desde el inicio de su vida religiosa pasaron, hasta el día en que murió, el 24 de julio de 2020, más de 70 años en los que realizó, hasta poco tiempo antes de morir, un trabajo misionero incansable. Su vida contemplativa y misionera la vivió con gran observancia y fidelidad, siendo diligente, creativa y de grandes alcances en todo lo que la Madre Fundadora le encomendaba, por lo que se puede afirmar que, su labor traspasó fronteras de todo tipo. Una nota característica de su gran labor fue la humildad y la sencillez, que siempre envolvieron a esta gran misionera.

A pocos días de emitir sus primeros votos, en septiembre de 1952, tuvo su cambio a la casa de Puebla, donde permaneció por nueve años. Durante este periodo de tiempo, fue Catedrática de la Universidad Femenina, Directora General y superiora local de la comunidad para el período de 1957 a 1962. A este apostolado se entregó con alma, vida y corazón, ganándose el cariño de todas las alumnas y la admiración y respeto de los padres de familia. Como una de las pioneras y responsables de la Universidad, le tocó iniciar la construcción de estas instalaciones, lo que la llevó a organizar innumerables giras para promocionar la Universidad, tanto dentro, como fuera de la República Mexicana (Estados Unidos, Guatemala, Honduras, Nicaragua y El Salvador). La gran labor que tanto ella como las primeras hermanas Misioneras Clarisas sembraron en la Universidad Femenina, se puede constatar en las reuniones anuales de exalumnas, de las cuales la Hna. Graciela siempre fue parte medular, ya que cuando coincidía con alguna de sus visitas a México asistía a este evento y si no le era posible, lo hacía por medio de un mensaje lleno de cariño y cercanía que les hacía llegar.

El 25 de agosto de 1957 emitió su profesión perpetua en la Capilla de la Casa Madre y su labor misionera siguió siendo incansable y con un corazón al estilo del de la Madre Inés, sin fronteras.

En el Capítulo de 1961, fue nombrada Consejera General. Durante este período, además de continuar con sus responsabilidades en Puebla, se le encomendó la tarea de buscar un local e iniciar los trámites para la fundación de lo que hoy es el Instituto Scifi, en la Ciudad de México.

En el año de 1963, realizando un viaje con la beata María Inés a la Ciudad de Roma, vieron la posibilidad de una fundación en esta ciudad, por lo que la beata le pidió a la hermana Gra —como cariñosamente la llamamos siempre— que se quedara para que se iniciara el proceso del traslado de la Casa General a la Ciudad Eterna. Los primeros años estudió la lengua italiana y algunos cursos de enfermería hasta que en 1965, se dio paso al establecimiento de la primera Comunidad en Roma: el Instituto Traumatológico Ortopédico Romano, del que fue directora y, al mismo tiempo, Superiora de la comunidad. Posteriormente, en el año 1966, se fundó la Casa de Convalecencia Giovi, en Monte Sacro, primera Sede del Gobierno General donde prestó también sus servicios como Superiora Local.

Fue responsable como superiora regional de la existente región Euro-Indo-Africana, allá por 1967, así como, representante legal de la Casa Procura y encargada ante la Secretaría de Estado y la Congregación para los religiosos, de todos los trámites legales. 

Durante este período, concretamente en el año 1972, atendiendo a la llamada que las Instituciones Internacionales, de manera especial Caritas, hacían a las Comunidades Religiosas, pidió permiso para ausentarse de la Casa General y de sus cargos con el deseo de prestar servicio como voluntaria en la India a los prófugos de Pakistán, que en aquél momento necesitaban de su ayuda. Este servicio lo prestó durante seis meses junto con la Hna. Angelina Ávila también de feliz memoria y de quien ya he hablado en alguna ocasión.

Además de estas responsabilidades, fue Procuradora General de Misiones, cargo que continuó casi ininterrumpidamente hasta el año 2015, siendo diligente y tenaz en pedir ayudas, que fue fundamental, para el inicio y sostenimiento de muchas de las misiones nacientes de la congregación. Su trato amable, sencillo y atento, se ganaba los corazones de todos los dirigentes de las grandes organizaciones de ayuda. Su corazón generoso no conoció fronteras, estuvo siempre atenta a las necesidades de todas sus hermanas del mundo entero, poniendo especial énfasis en las Casas de Formación y consiguiendo becas de estudio para las hermanas jóvenes.

En el año 1974, después del Capítulo General, fue trasladada a la Casa Madre, donde fue feliz realizando las labores de casa que tanto gozaba, pero su corazón inquieto, la llevó a realizar giras vocacionales, misiones populares, fue la encargada de los trámites y la apertura de la Casa de Arandas y fue gran promotora de las películas del Rosarios del Padre Peyton. En este detalle y en muchos otros se puede palpar que fue un alma profundamente Mariana, ha sido impactante para quienes la acompañaron los últimos meses de su vida, el testimonio que daba al verla rezar el Santo Rosario cuando se le invitaba a hacerlo, aún en el lecho del dolor y cuando ya no podía articular bien las palabras. El Ave María, jamás lo olvidó y lo pronunciaba de forma clara, con el cariño de una hija pequeña y confiada completamente a su Madre Celestial. 

En agosto de 1976, fue enviada a la Casa de Garden Grove, California donde prestó el servicio de Superiora Regional. Durante este período, promovió y llevó a cabo la construcción de la Casa de Santa Ana, California, actual sede del Gobierno Regional. Siendo ella Superiora Regional de Estados Unidos, la beata Madre María Inés se agravó y por ello la Madre Teresa Botello pidió a todas las Superioras Regionales se presentaran en Roma para darle el último adiós, fue así que la hermana Graciela tuvo la dicha de vivir muy de cerca los últimos días de vida de la Madre Fundadora, momentos de gracia que dejaron en ella una huella profunda.

En el Capítulo de 1982, fue elegida Secretaria General de la Congregación, retomando, a nivel general, el cargo de Procuradora General de Misiones. A partir de este año, hasta el año 2000, desempeñó diversos cargos en el Consejo General, y participó en todos los Capítulos Generales de la Congregación hasta el año 2000.

Desde el año 1993 hasta el año de la fundación de la Misión de la India, en 1994, estuvo al pendiente de todos los trámites necesarios para la fundación de esta querida Misión, cumpliendo así el gran deseo de la beata María Inés, de que sus hijas llegaran a estas tierras.

Fue muy activa en cuestión pastoral; siendo muchos años Ministro Extraordinario de la Comunión, sobre todo en Castel Giubileo, en Roma, llevando semanalmente la Comunión a los enfermos de la comunidad Parroquial. También, colaboró en los «Centros de escucha» que se formaron como preparación para el Año del Jubielo del 2000, donde se meditaba semanalmente la Palabra de Dios.

Como hermana, mantenía siempre una sonrisa o una chispa que alegraba el corazón de quien se cruzara con ella. Con jaculatorias, hacía mantener viva la presencia de Dios en el corazón de quien le acompañaba, siendo un gran testimonio, sobretodo para las hermanas jóvenes que convivían con ella. 

Yo la conocí cuando hacía mi noviciado en Roma y gurado de ella muchísimos recuerdos y sobre todo enseñanzas. Alegremente realizaba las labores de la casita de Nazareth, fuera en la cocina, cuidando del jardín, doblando servilletas para el comedor, etc.; reconocía el gran valor que tienen los trabajos manuales y de casa para nosotras como misioneros hijos de Madre Inés. Ella misma hace el siguiente comentario: «durante toda mi vida religiosa he desempeñado toda clase de trabajos manuales, aunque sea por poco tiempo: sacristía, lavandería, panadería, jardín, huerta, cuidado de cerdos, aseos de casa, chofer, cocina, enfermería, etc., etc. Esto lo hacemos todas las misioneras clarisas y Nuestra Madre Fundadora nos dio siempre ejemplo». Además, sabía trasmitir a las hermanas más jóvenes, a los Msioenros de Cristo y a los Vanclaristas, todo lo que de la beata María Inés Teresa aprendió, corrigiendo fraternalmente, con simpatía y caridad algún detalle de orden, de buenos modales, de espíritu apostólico y otros; pero sobre todo dando testimonio con su vida.
Era siempre responsable, muy religiosa, se esforzaba mucho en todo lo que hacía, prestando atención hasta en los más mínimos detalles. Fue muy atenta y agradecida, cuidadosa al realizar los proyectos que presentaba a las diferentes organizaciones, pidiendo ayuda para las misiones y casas de formación, sabiendo siempre agradecer. Además, fue muy trabajadora y tenaz. 

No obstante su edad, en la época de los grandes cambios de la humanidad que le tocó vivir, se esmeró en aprender a usar la tecnología con el fin de servir y trabajar más por la extensión del Reino de Dios. La recuerdo mucho en Cuernavaca, cuando trabajábamos en el proceso diocesano para la beatificación de Madre Inés, empeñada en aprender a utilizar la computadora para ayudarnos... ¡y lo logró! Regalándonos bastante tiempo de su trabajo al pasar escritos de la aquel entonces Sierva de Dios. La hermana Gran era un verdadero testimonio de constancia y perseverancia para quien laboraba con ella, por lo menos así lo palpé yo en aquellos días de intenso trabajo que teníamos en la Casa Madre.

La hermana Gra le tenía un profundo amor y respeto a Jesús Eucaristía, y siguiendo el ejemplo de la beata María Inés, fue un verdadero testimonio de fidelidad a la Iglesia y sus pastores, siempre al pendiente de las enseñanzas del Santo Padre. 

Su vida misionera fue muy fecunda, realizó más de 30 viajes internacionales y tantos otros dentro de los países donde residía. Hizo rifas para ayudar a las misiones y obras nacientes, giras para promover Centros Educativos (Universidad Femenina, Colegio Mayor Santa Clara, etc), encargos de nuevas fundaciones y asuntos referentes al Gobierno General. Y como digna hija de la beata Madre María Inés, aún cuando sus fuerzas se fueron debilitando, por su avanzada edad, se le veía de rodillas ante Jesús Eucaristía, desde donde seguía siendo misionera con la oración y sacrificio.

A sus 96 años, se podría decir que la hermana Gra gozaba de buena salud, pues no padecía ninguna enfermedad degenerativa, solamente se le tenía que cuidar su dieta por problemas de digestión. En los últimos años, ella contaba siempre con la ayuda de alguna hermana para que la asistiera en sus necesidades sin embargo, en la última etapa, debido a que no podía ya permanecer sola ni un momento, las hermanas de la comunidad con gran caridad fraterna, se turnaban por una o dos horas, para atenderla las veinticuatro horas. Hace dos años la vi por última vez, siempre contenta, preguntando por los hermanos Misioneros de Cristo, por los Vanclaristas, por mi familia de sangre. 

El 14 de mayo de este 2020, la hermana Graciela comió con la comunidad y se fue a descansar, después de este descanso, las hermanas notaron algo extraño en ella por lo que se le llamó al Dr. Sandro Colauida, amigo y bienhechor de la comunidad y le pronosticó una isquemia cerebral transitoria producida debido a un coágulo o algún otro problema que corta el flujo de sangre en una zona del cerebro. 

Las secuelas que tuvo a raíz de este evento fueron la falta de capacidad para expresar ideas y el lenguaje. Más o menos en veinte días se fue recuperando y poco a poco empezó a comer, podía decir palabras y frases más articuladas, tenía fuerzas en las piernas para caminar, sin embargo, la última semana de su vida tuvo un retroceso significativo como parte del mismo problema. El 20 de julio se le diagnosticó anemia y arritmia debido a lo cansado que estaba su corazón que llegaba a pararse en lapsos pequeños. 

Murió el 24 de julio de este año de 2020 rodeada del cariño de toda su comunidad que tanto amaba. Su corazón misionero que mucho amó a Nuestro Señor dejó de latir para esta tierra para cantar un eterno Te Deum en la presencia de su Amado Esposo. Vemos —como dicen las hermanas Misioneras Clarisas en su reseña sobre la hermana Graciela— que, por la infinita misericordia de Dios, en esta pequeña hija de la beata María Inés se cumple la visión profética de la entrada a la Casa del Padre de una Misionera Clarisa: «Cuando se presenta a los umbrales de la eternidad; cuando sale a recibirle el Esposo y le pide cuenta de la mies que le ha confiado, ella le contesta llena de gozo: Señor, hice por ella todo lo que pude, sin esquivar trabajo ni amarguras, tú lo sabes; ahora se prepara la cosecha, los granos están por dorarse, un rayo más de tu divina gracia y estarán a punto» (La Lira del Corazón).

Su entrega fue humilde, sencilla, incondicional y sobre todo muy fecunda, de manera especial durante tantos años que colaboró tan directamente con la Madre Fundadora, siendo, junto con las primeras hermanas Misioneras Clarisas, cimientos fuertes, pilares firmes, 
¡Descanse en paz nuestra querida hermana Graciela Patrón Trujillo!

Padre Alfredo.

«Celina Alvanés García, el silencio y la caridad»... Vidas consagradas que dejan la huella de Cristo LXVIII

Hay almas que pasan por la vida dejando una estela de amor al silencio y a la vida escondida con Cristo en Dios (cf. Col 3,3) desde la condición de salud que el Señor les ha dado, que a veces es una salud quebrantada siempre. Este es el caso de la hermana Celina, a quien no solamente yo, sino muchos que la conocimos, la recordamos como un alma muy amante del silencio, de la vida interior y de la vida de Nazareth.

Guadalupe Álvanes García nació el 15 de noviembre de 1923 en la Ciudad de México. Después de haber terminado sus estudios de secundaria y para responder al llamado que el Señor le hacía, ingresó a la congregación de las Misioneras Clarisas del <santísimo Sacramento el 11 de diciembre de 1946, iniciando su postulantado en una ceremonia que presidió la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento en Cuernavaca. El 19 de junio de 1947 inició su noviciado en una ceremonia presidida también por la beata Madre Inés y recibió su nombre en religión por lo que de allí en adelante fue siempre la hermana Celina de María.

Hizo su profesión religiosa el 20 de junio de 1948 en la Casa Madre, en Cuernavaca y sus votos perpetuos el 24 de junio de 1951 en la misma Casa Madre y en una ceremonia ante la beata maría Inés Teresa del Santísimo Sacramento.

Su vida como misionera se desarrolló en varias comunidades: La Casa Madre y Grevilias en Cuernavaca; Talara en Ciudad de México, donde fue superiora de la comunidad; Giovi y Garampi en Roma. Sus últimos años los pasó en la Casa Madre en Cuernavaca.

Amante del silencio, como un espacio privilegiado para el encuentro y la convivencia con Dios, desempeñaba con alegría cualquier encomienda que le dieran, especialmente lo relacionado con la atención a las hermanas enfermas de la comunidad, tal vez porque ella valoraba mucho que la hubieran recibido en la congregación cuando ella misma estaba enferma. De hecho, Celina conoció a la beata María Inés estando internada en el Sanatorio Español de Ciudad de México, allí la beata la invitó a formar parte de la obra. Fue un alma sumamente caritativa.

Todos sus dolores y sufrimientos los ofreció siempre por la salvación de las almas. Por mucho tiempo fue colaboradora de la beata María Inés en la secretaría general de la congregación, ocasión que le dio la oportunidad de convivir mucho con ella y conocer más a fondo los anhelos de la Madre Fundadora que fue haciendo suyos en su condición muy particular.

Aún enferma y con dolores en su organismo que eran fuertísimos, buscaba siempre participar en todos las actividades de su comunidad sin eximirse de nada, a menos que estuviera muy enferma. Sobresalía su amor entrañable a la Santísima Virgen y a santa Teresita del Niño Jesús patrona de las misiones. Era una misionera alegre, pues aún de sus mismos achaques solía hacer bromas y nunca hizo de su enfermedad una tragedia. Supo hacer, de su condición de enferma, una mina para salvar muchas almas.

Murió enferma el 24 de marzo de 1992 en Cuernavaca.

Descanse en paz la hermana Celina Alvanés García.

Padre Alfredo.

«Celina Shiraki Sumiko, la vida sencilla de una misionera»... Vidas consagradas que dejan la huella de Cristo LXVII

Celina Shiraki nació en Kamamoto, Japón, el 12 de diciembre de 1931. Siendo joven, se convirtió al catolicismo y fue bautizada el 24 de marzo de 1951. Ingresó a la congregación de las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento el 4 de octubre de 1956. Su formación inicial la comenzó con su postulantado el 21 de abril de 1957; continuó con la siguiente etapa, el noviciado, el 6 de octubre del mismo año para hacer luego su profesión religiosa el 4 de octubre de 1959.

Desde el inicio de su vida religiosa la hermana Celina fue una enamorada de Jesús y de su Santísima Madre distinguiéndose por una vida de fidelidad en la pobreza, castidad y obediencia, siempre contenta de vivir su consagración en las tareas misioneras que se encomendaban.

Siempre agradecida por los dones recibidos, vivió su vida con mucha sencillez dentro de la comunidad como si fuera en la casita de Nazareth, cumpliendo fielmente con las actividades ordinarias de toda comunidad religiosa.

Esta ejemplar misionera hizo sus votos perpetuos el 2 de febrero de 1965 y continuó así viviendo la ofrenda que había hecho al Señor.

La hermana Celina murió repentinamente de un infarto cerebral en el año 2000 el día 2 de febrero, el mismo que hacía 35 años había hecho su profesión perpetua. Ese día por la mañana se empezó a sentir mal y alcanzaron a llevarla al hospital, allí recibió el sacramento de la Unción de los Enfermos y expiró.

Descanse en paz la hermana Celina Shiraki.

Padre Alfredo.

«Debajo de la higuera»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy celebramos a uno de los Apóstoles de los que menos datos tenemos de su vida, incluso su verdadero nombre sigue siendo una incógnita. El Evangelio de hoy (Jn 1,45-51) lo llama «Natanael», mientras que una tradición antiquísima lo identifica con «Bartolomé», que es con el nombre que más le conocemos. De Bartolomé no tenemos noticias relevantes; sólo sabemos que su nombre aparece siempre y solamente dentro de las listas de los Doce citadas anteriormente y, por tanto, no se encuentra jamás en el centro de ninguna narración con tal nombre, sino en este trozo evangélico con el nombre de Natanael: un nombre que significa «Dios ha dado». Este Natanael provenía de Caná (cf. Jn 21,2) y, por consiguiente, es posible que haya sido testigo del gran «signo» realizado por Jesús en aquel lugar (cf. Jn 2, 1-11). La identificación de los dos personajes probablemente se deba al hecho de que este Natanael, en la escena de vocación narrada por el evangelio de hoy, está situado al lado de Felipe, es decir, en el lugar que tiene Bartolomé en las listas de los Apóstoles referidas por los otros evangelistas.

Vamos a la escena que el evangelista nos refiere y detengámonos en el momento en que Jesús ve a Natanael acercarse y exclama: «Este es un verdadero israelita en el que no hay doblez» (Jn 1, 47). Se trata de un elogio que recuerda el texto de uno de los salmos: «Dichoso el hombre… en cuyo espíritu no hay fraude» (Sal 32,2), pero que suscita la curiosidad de Natanael, que replica asombrado: «¿De dónde me conoces?» (Jn 1,48). La respuesta del Maestro no es inmediatamente comprensible. Le dice: «Antes de que Felipe te llamara, te vi cuando estabas debajo de la higuera» (Jn 1, 48). No sabemos qué había sucedido bajo esa higuera. Es evidente que se trata de un momento decisivo en la vida de Natanael. Él se siente tocado en el corazón por estas palabras de Jesús que se le ha hecho encontradizo en el camino. Natanael se siente comprendido y llega a la conclusión: este hombre sabe todo sobre mí, sabe y conoce el camino de la vida, de este hombre puedo fiarme realmente. Y así responde con una confesión de fe límpida y hermosa, diciendo: «Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel» (Jn 1,49).

Desde entonces, con toda seguridad, Bartolomé —Natanael— fue un discípulo incondicional de Cristo Jesús. Con los otros once apóstoles presenció los admirables milagros de Jesús, oyó sus sublimes enseñanzas y recibió el Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego. Un libro muy antiguo, y muy venerado, llamado el Martirologio Romano, resume la vida posterior del santo de hoy con pocas palabras: «San Bartolomé predicó el evangelio en la India. Después pasó a Armenia y allí convirtió a muchas gentes. Los enemigos de nuestra religión lo martirizaron quitándole la piel, y después le cortaron la cabeza». Para San Bartolomé, como para nosotros, la santidad no se basa en hacer milagros, ni en deslumbrar a otros con hazañas extraordinarias, sino en dedicar la vida a amar a Dios, a hacer conocer y amar mas a Jesucristo que nos ha llamado a estar con él, y a propagar su santa religión, y en tener una constante caridad con los demás y tratar de hacer a todos el mayor bien posible. Que María Santísima nos ayude, ella que acompañó a los primeros discípulos del Señor, a responder al llamado. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 23 de agosto de 2020

«Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?»... Un pequeño pensamiento para hoy

La pregunta que Jesús dirige en el Evangelio de hoy a los discípulos (Mt 16,13-20), nos la dirige, por supuesto, también a nosotros: ¿Quién dicen ustedes que soy yo? —¿Por quién me tienen? ¿Qué importancia tengo en su vida?— Y espera de nosotros una respuesta como la de Pedro, rápida, sincera y osada. Tenemos que dar nuestra respuesta comprometida a Cristo Salvador, el Buen Pastor que da la vida por las ovejas, al Amigo que da la vida por sus amigos. ¡Qué paz deja en el alma responder con sinceridad al Señor y reconocerlo como primero y único en la vida! La fe de Pedro, la fe que el Padre plantó en el corazón de aquel apóstol fogoso, es el modelo de la fe de todo discípulo-misionero. Todos hemos recibido la fe de aquellos hombres que seguían a Jesús por Palestina y que se ilusionaban con sus palabras y sentían que en él había una fuerza y una esperanza que les ensanchaba el alma. La fe de aquellos hombres es una roca firme sobre la que ha podido edificarse y aguantar a pesar de todo esta comunidad que es la Iglesia. Sobre esta piedra, sobre la roca firme de la fe de Pedro, ha llegado hasta nosotros este anuncio gozoso: Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Jesús es para nosotros aquel que puede llenar de esperanza y de vida nuestro camino cotidiano. Jesús es aquel que hace presente, a cada paso de nuestra existencia, todo ese inmenso don de gozo y de amor y de paz que es Dios.

En medio de esta situación dolorosa de una pandemia que no terminamos de asimilar, por ser algo totalmente nuevo y que se sale de todo paradigma que conocíamos, el Señor nos sigue haciendo la misma pregunta: ¿Quién dices que soy yo? Y nuestra respuesta debe ser —sobre todo— una respuesta vivida. Porque en medio de las adversidades que vivimos cada día, así como en medio de los gozos y las esperanzas, Jesús debe ser realmente para nosotros el camino del Reino de Dios, la Verdad y la Vida (Jn 14,6). Jesús en todo momento debe ser realmente nuestro Señor, nuestro criterio, nuestro guía. Debemos vivir cada día —sea en medio de la condición que sea— según su Palabra. No podemos caer en la desesperanza ni bajar la guardia. Hay que seguir siendo responsables. ¡Ánimo, nosotros podemos superar la adversa condición que parece prolongarse más y más! Una respuesta auténtica ha sido la de tantos profesionales de la salud, tantos militares, transportistas, comerciantes, consagrados y voluntarios en general que, en la pandemia, han arriesgado sus vidas, incluso han llegado a morir por auxiliar a los enfermos.

A la pregunta de Cristo, insisto, se responde con la vida. Sea en el ofrecimiento diario de las pequeñas cosas de cada día o sea en el martirio, como en el caso del beato Juan Bourdon, a quien hoy la Iglesia recuerda entre sus hombres y mujeres de fe profunda. En una nave anclada frente a Rochefort, en la costa de Francia, el beato Juan Bourdon, sacerdote de la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos fue encarcelado junto con otros sacerdotes en tiempo de la Revolución Francesa, allí, a como pudo, procuró alivio a los compañeros de cautiverio, hasta que murió contagiado de la peste. Había ingresado con los Capuchinos el 26 de noviembre de 1767. Ya ordenado sacerdote fue secretario provincial, predicador y rector de un santuario. Cuando vino la revolución francesa era Guardián (superior) de Sotteville, cerca de Rouen. Intervino a favor de algunos laicos ante la Asamblea nacional en 1790. Se negó a firmar la «Constitución Civil del Clero», que iba contra la Iglesia y fue condenado al destierro por haber celebrado la Misa sin permiso civil y tener en su poder textos no acordes con la revolución. Fue luego condenado a deportación a la Guayana, forzado a hacer un viaje de 34 días a pie, fue embarcado en Rochefort en la nave «Deux Associés» en la que transportaban esclavos, en donde sufrió condiciones de vida atroces, y murió a los 47 años de edad. Así, este santo varón supo responder a la pregunta a la que Cristo hace referencia con la respuesta de su vida. Pidamos también nosotros, sobre todo por la intercesión de María Santísima que, con nuestra vida, podamos expresarle al mundo que sabemos quién es Jesús. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

sábado, 22 de agosto de 2020

«Fiesta de María Reina»... Un pequeño pensamiento para hoy

El pueblo cristiano siempre ha reconocido a María como Reina por ser madre del Rey de reyes y Señor de Señores. Su poder y sus atributos los recibe, por eso mismo, del Todopoderoso: Su Hijo, Jesucristo. Es él quien la constituye Reina y Señora de todo lo creado, de los hombres y aún de los ángeles. Hoy en la Iglesia celebramos esta fiesta de María Reina que fue instituida por el Papa Pío XII, en 1954. María ha sido elevada sobre la gloria de todos los santos y coronada de estrellas por su divino Hijo. Está sentada junto a Él y es Reina y Señora del universo. Ella fue elegida para ser Madre de Dios y sin dudar un momento, aceptó con alegría. Por esta razón, alcanza tales alturas de gloria. Nadie se le puede comparar ni en virtud ni en méritos. A Ella le pertenece la corona del Cielo y de la Tierra. María está sentada en el Cielo, coronada por toda la eternidad, en un trono junto a su Hijo. Tiene, entre todos los santos, el mayor poder de intercesión ante su Hijo por ser la que más cerca está de él.

La realeza de María no es un dogma de fe, pero es una verdad del cristianismo. Esta fiesta se celebra, no para introducir novedad alguna, sino para que brille a los ojos del mundo una verdad capaz de traer remedio a sus males. Si bien todos reinaremos con Cristo, María Santísima participa de su reinado de una forma singular y preeminente. Esto significa que Dios le ha otorgado su poder para reinar sobre todos los hombres y los ángeles, y para vencer a Satanás. En su Encíclica «Ad coeli Reginam», Pio XII expresó que «la Beatísima María debe ser llamada Reina, no sólo por razón de su Maternidad divina, sino también porque cooperó íntimamente a nuestra salvación. Así como Cristo, nuevo Adán, es Rey nuestro no sólo por ser Hijo de Dios sino también nuestro Redentor, con cierta analogía, se puede afirmar que María es Reina, no sólo por ser Madre de Dios sino también, como nueva Eva, porque fue asociada al nuevo Adán». Uno de los santos más conocidos por su amor a María, san Alfonso María de Ligorio se pregunta: «¿Por qué la Iglesia llama a María Reina y Madre de misericordia? Porque Ella —responde el mismo santo— abre los caminos de la misericordia de Dios; ningún pecador, por enormes que sean sus pecados, se perderá si se encomienda a María y Ella lo protege».

El Evangelio de hoy (Mt 23,1-12) marca el estilo de reinado que Cristo quiere y que María llena a la perfección. Ante los arrogantes fariseos que le rodean, Jesús deja muy en claro que quiere que en su Reino seamos como árboles que no sólo presenten una apariencia hermosa, sino que demos frutos. Que no sólo «digamos», sino que «cumplamos la voluntad de Dios». Exactamente como él, que predicaba lo que ya cumplía. Esa es la manera de reinar de María, en sencillez y alegría, dando frutos maravillosos. María está sentada en el Cielo, coronada por toda la eternidad, en un trono junto a su Hijo. Tiene, entre todos los santos, el mayor poder de intercesión ante su Hijo por ser la que más cerca está de Él. La Iglesia la proclama Señora y Reina de los ángeles y de los santos, de los patriarcas y de los profetas, de los apóstoles y de los mártires, de los confesores y de las vírgenes. Es Reina del Cielo y de la Tierra, gloriosa y digna Reina del Universo, a quien podemos invocar día y noche, no sólo con el dulce nombre de Madre, sino también con el de Reina, como la saludan en el cielo con alegría y amor los ángeles y todos los santos. No dejemos de encomendarnos a Ella. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 21 de agosto de 2020

«San Pío X y el amor a Dios y a los hermanos»... Un pequeño pensamiento para hoy


Uno de los Papas más queridos y más recordados en la historia de la Iglesia es san Pío X a quien hoy la Iglesia celebra. Quisiera, por lo mismo, dedicarle un espacio grande de mi reflexión en este día. Giuseppe Melchiorre Sarto —ese era su nombre de pila—, nació en Riese, Italia, en 1835. Fue Papa de la Iglesia Católica de 1903 a 1914. La historia nos dice que nació en el seno de una familia humilde siendo el segundo de diez hijos y que todavía siendo niño, perdió a su padre, por lo cual pensó dejar de estudiar para ayudar a su madre en los gastos de manutención de la familia, sin embargo ésta se lo impidió y pudo continuar sus estudios en el seminario gracias a una beca que le consiguió un sacerdote amigo de la familia. Una vez ordenado fue vicario parroquial, párroco, canónigo, obispo de Mantua y Cardenal de Venecia, cargos donde duró en cada uno de ellos nueve años. Bromeando platicaba que solamente le faltaban nueve años de Papa. Muchas son las anécdotas de este santo que reflejan tanto su santidad, su sencillez y su lucha por superar sus defectos y amar con todo el corazón a Dios y a los hermanos.

En 1903 al morir León XIII fue convocado a Roma para elegir al nuevo Pontífice. En Roma no era candidato para algunos por no hablar francés y él mismo se consideraba indigno de tal nombramiento. Los Cardenales se inclinaron por él, quien suplicó que no lo eligieran, hasta que una noche una comisión de Cardenales lo visitó para hacerle ver que no aceptar el nombramiento era no aceptar la voluntad de Dios. Aceptó convencido de que si Dios da un cargo, da las gracias necesarias para llevarlo a cabo. Escogió el nombre de «Pío» inspirado en que los Papas que eligieron ese nombre habían sufrido por defender la religión. El Papa Pío X tuvo tres grandes características: a) La pobreza: fue un Papa pobre que nunca fue servido más que por dos de sus hermanas para las que tuvo que solicitar una pensión para que no se quedaran en la miseria a la hora de su muerte; b) La humildad: Siempre se sintió indigno del cargo de Papa e incluso no permitía lujos excesivos en sus recámaras y en sus cosas de uso personal; c) La bondad: Nunca fue difícil tratar él pues siempre estaba de buen humor y dispuesto a mostrarse como padre bondadosos con quien necesitara de él. Pío X fue el Papa que decretó la autorización para que los niños pudieran recibir la comunión desde el momento en que entendiera quién es el que está en la Santa Hostia Consagrada. Este decreto le valió ser llamado el Papa de la Eucaristía. Murió el 21 de agosto de 1914 después de once años de pontificado.

El Papa Pío X fue un hombre que supo hacer vida el Evangelio, y en concreto el trocito del mismo que hoy la Liturgia de la Palabra nos propone en Mt 22,34-40, el amor a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente y al prójimo como a sí mismo. Estos dos mandamientos, que Jesús coloca como el eje de toda la Escritura, marcan en primer lugar la actitud filial con respecto a Dios y la solidaridad interhumana como los fundamentos de toda la vida del discípulo–misionero. Incluso, la adecuada interpretación de la Escritura (Ley y Profetas) depende de que sean comprendidos y asumidos estos dos imperativos éticos. El Papa Pío X, llevado por esto, supo defender las herejías y los ataques a la Iglesia en sus tiempos. La autenticidad de un discípulo–misionero de Cristo requiere la unidad de la persona, el estar bien centrados en lo que es medular. Jesús lo resume muy bien: Amor y amor; a Dios y al otro. Cierto es que la palabra amor siempre ha estado como desgastada en la sociedad, en la de los tiempos de Pío X y en los nuestros. La mistifican tantas canciones, abusan de ella tantos hombres de discursos y lo que se necesita es hacerla vida como lo hizo san Pío X y María Santísima, a quien siempre al final de cada una de nuestras reflexiones invocamos con un excelente ejemplo a seguir. ¡Quién como ella para amar a Dios con todo y al prójimo como a ella misma! ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 20 de agosto de 2020

«Invitados al banquete»... Un pequeño pensamiento para hoy

Muchas personas, inmersas en el materialismo y ofuscadas por el miedo o el extremo de la indiferencia, no saben cuál es el objetivo de su vida. El objetivo del hombre, su desarrollo total, es la «relación con Dios»: ¡amar, y ser amado! Dios nos ama. Y cada uno está invitado a responder a ese amor en cualquiera condición, como ahora en medio de una pandemia. Todos los amores verdaderos de la tierra son el anuncio, la imagen, la preparación y el signo de ese amor misterioso y, a la vez, portador de una mayor plenitud. La parábola del banquete de bodas del que nos habla el Evangelio hoy (Mt 22, 1-14), habla de unos invitados especiales a esa fiesta, pero ellos, sin hacer caso, se fueron el uno a su campo, el otro a su negocio; y los demás agarraron a los siervos, los escarnecieron y los mataron. El rey se indignó... dio muerte a aquellos homicidas... y prendió fuego a su ciudad. San Mateo escribió esto en los años en que Jerusalén fue incendiada por los romanos de la Legión de Tito, en el año 70. Los acontecimientos de la historia pueden interpretarse así, de muy distinta manera. ¿Qué nos dice a nosotros este pasaje en el contexto de la Covid-19? En todo tiempo los profetas han hecho una reconsideración, desde la fe, de los sucesos que, por otro lado, tienen causas y consecuencias humanas. Todo lo que acontece, todo lo que nos sucede no se debe al azar. Conviene buscar y detectar en ello prudentemente el proyecto de Dios... las advertencias que, por la gracia, se encuentran allí escondidas.

El rey envió a sus criados a los cruces de los caminos para invitar al banquete de la boda de su hijo a cuantos encontraran, buenos y malos, y la sala se llenó de comensales. Esa es la Iglesia, una comunidad abigarrada, mezcla de toda clase de razas y de condiciones sociales, un pueblo de puros y de santos, una comunidad de malos y de pecadores en donde la cizaña y el buen grano conviven... ¡Dios quiere salvar a todos los hombres, Dios nos invita a todos! Pero hay que llevar el «traje de boda» para no ser echado a las tinieblas de fuera. El tema del «traje» nos recuerda que para entrar en el Reino, hay que «revestirse de Cristo», como dirá San Pablo (Gal 3,27; Ef 4,24; Col 3,10) «revestirse del hombre nuevo», entendiendo que la salvación no es automática, sino que hay que ir correspondiendo al don de Dios. No basta con entrar en la fiesta, se requiere una actitud coherente con la invitación. Como cuando a cinco de las muchachas, invitadas como damas de honor de la novia, les faltó el aceite y no pudieron entrar (Mt 25,1-13). Se requiere una conversión y una actitud de fe coherente con la invitación: Jesús pide a los suyos, no sólo palabras, sino obras, y una «justicia» mayor que la de los fariseos, un amor muy profundo.

Ese amor y esa conversión la vivió san Bernardo de Claraval, el santo que hoy celebramos en la Iglesia. Bernardo, abad y doctor de la Iglesia, habiendo ingresado con treinta compañeros en el nuevo monasterio del Cister, fue después fundador y primer abad del monasterio de Clairvaux (Claraval), dirigiendo sabiamente a los monjes por el camino de los mandamientos del Señor, con su vida, su doctrina y su ejemplo. Recorrió una y otra vez Europa para restablecer la paz y la unidad e iluminó a la Iglesia con sus escritos y sabios consejos, hasta que descansó en el Señor cerca de Langres, en Francia. San Bernardo supo revestirse con el traje de fiesta del hombre nuevo con un extraordinario carisma de atraer a todos para Cristo. Amable, simpático, inteligente, bondadoso y alegre. Durante algún tiempo se enfrió en su fervor y empezó a inclinarse hacia lo mundano. Pero las amistades mundanas, por más atractivas y brillantes que fueran, lo dejaban vacío y lleno de hastío. Después de cada fiesta se sentía más desilusionado del mundo y de sus placeres y por eso lo dejó todo por el Señor. Así nosotros, como él, debemos revestirnos de Cristo y ver y vivir lo que realmente importa para vivir de fiesta con el Señor. Que María Santísima, de quien san Bernardo escribió hermosos tratados, nos ayude a revestirnos con el traje de fiesta y podamos participar un día del banquete eterno en el gozo celestial. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 19 de agosto de 2020

«En la viña del Señor»... Un pequeño pensamiento para hoy

En el año de 1867, el Papa Pío IX beatificó a los mártires que hoy estamos celebrando, un grupo encabezado por el beato Pedro Zúñiga, un español hijo de quien fuera virrey de la Nueva España y del Perú que formó parte de la Orden de Ermitaños de San Agustín y fue enviado a Filipinas, y por Luis Flores, un hombre que nació en Bélgica pero que emigró a México e ingresó a la Orden de Santo Domingo y como Pedro Zúñiga fue enviado a Filipinas. Además de ellos están en la lista los beatos Joaquín Hirayama, León Sukeyemon, Miguel Diaz, Antonio Yamada, Marcos Takenoshima Shinyemon, Tomás Koyanagi, Jacobo Matsuo Denshi, Lorenzo Rokuemon, Pablo Sankichi, Juan Yago, Juan Nagata Matakichi y Bartolomé Mohioye. Todos estos nombres quizá, o seguramente, son muy ajenos a nosotros y, como se dice vulgarmente «no nos suenan», no son conocidos. Pero eso, eso es lo de menos, todos ellos fueron trabajadores de la viña del Señor que llegaron a diversas horas del día a dar su vida por el Evangelio y por eso es importante recordarlos.

El Evangelio de hoy (Mt 20,1-16), nos habla precisamente de eso en la desconcertante parábola de los trabajadores de la viña, que trabajan un número desigual de horas y, sin embargo, reciben el mismo jornal. Lo importante que hay que ver aquí es el amor gratuito de Dios, que sobrepasa las medidas de la justicia en el plano humano y actúa libremente, también con los de la hora undécima. El tema no es si a los primeros les paga lo justo. Sino que Dios quiere pagar a los últimos también lo mismo, aunque parezca que no se lo hayan merecido tanto. Y es que los caminos de Dios son sorprendentes. No siguen nuestra lógica. De estos beatos que hoy celebramos y que fueron beatificados el 7 de julio de 1867 solo conocemos un poco de la vida de los dos primeros. Dios sigue llamando a su viña a jóvenes y mayores, a fuertes y a débiles, a hombres y mujeres, a religiosos y laicos. Abrahán fue llamado a los setenta y cinco años. Samuel, cuando era un jovencito. Mateo, desde su mesa de recaudador. Pedro tuvo que abandonar su barca. Algunos de nosotros hemos sido llamados desde muy niños, porque las condiciones de una familia cristiana lo hicieron posible. El llamado es muy diverso en cada uno. 

Vuelvo a la vida de los mártires que hoy celebramos y me centro en los dos primeros: Luis Flores nació en Amberes hacia el 1570. Se trasladó con sus padres a España y luego a México, donde ingresó en los dominicos en el convento de San Jacinto. Después de haber sido maestro de novicios, llegó a Filipinas en 1602, donde trabajó durante 22 años. Se embarcó para el Japón el 6 de junio de 1620, en compañía del padre Pedro de Zúñiga, que era hijo de un muy gran señor, llamado Alvaro de Zúñiga, marqués de Villamanrique y virrey de Nueva España. Pedro nació en Sevilla y tomó el hábito agustino en el convento de dicha ciudad. Hizo su profesión el 2 de octubre de 1604 y llegó a las Filipinas en 1610. De ahí pasó al Japón en 1618. Obligado a esconderse, tuvo que dejar el país al cabo de un año y se sintió inmensamente feliz cuando se le designó de nuevo para regresar al Japón, en 1620. Viendo la vida de estos hombres y la parábola de los trabajadores de la viña, nos damos cuenta de que la cantidad del trabajo o del servicio, la antigüedad, las diversas funciones en la comunidad, el mayor rendimiento, no crean situación de privilegio ni son fuente de mérito —el mismo jornal para todos—, pues este servicio es respuesta a un llamamiento gratuito. El sentimiento del propio mérito produce descontento y división (Mt 20,11s.15). El llamamiento gratuito espera una respuesta desinteresada que invita a darlo todo por Cristo, como estos mártires que el día de hoy celebramos. Unidos en oración pidamos a María Santísima, Auxilio de los Cristianos, que nos ayude a entregarnos de lleno en el trabajo de la viña. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 18 de agosto de 2020

«El camello y la aguja»... Un pequeño pensamiento para hoy


Yo creo —y pienso que todos estaremos de acuerdo en esto— que estos tiempos de coronavirus son difíciles para todos. Estamos viviendo la peor crisis sanitaria, social y económica de todas las que ha vivido nuestro mundo en las últimas décadas, o al menos en las sociedades occidentales acomodadas, donde no hemos sufrido experiencias tan negativas desde quizás el duro periodo de las guerras de mediados del siglo XX. Esta situación invita ciertamente a la reflexión y al análisis, aunque algunos dicen que eso toca más tarde, y que ahora hay otras cosas más urgentes. Sin embargo, reflexionar cada día en esto puede ser un ejercicio útil y necesario en tiempos difíciles. Nuestra sociedad, hasta hace unos meses, se sentía llena de poder, de riqueza y de sabiduría; a muchos les parecía que no necesitaban ya de nada, que nada les faltaba y entonces la tentación de prescindir no sólo de los demás hombres, sino incluso de Dios, en esta situación, era muy fuerte. Cuando se pueden superar las deficiencias naturales es fácil creerse un dios. Por eso la riqueza, el poder, la plenitud y saciedad de los bienes temporales —incluida, a veces, la sabiduría— son tan peligrosos —aparte de exponer a tantas injusticias—. «¡Ay de ustedes, los ricos...!», dirá Cristo (Lc 6,24).

Hoy nos dice en el Evangelio (Mt 19,23-30) que «es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los cielos». Sí, el Evangelio se refiere no al que tiene dinero y lo comparte o al que tiene una buena posición económica y busca el bien y el desarrollo de los demás. El Evangelio se refiere al que cree que todo lo tiene y todo lo puede, al rico ególatra que centra todo primero en él, luego en él y después en él. La riqueza en sí no es mala, pero si esa riqueza es malgastada egoístamente sin tener en cuenta a los más pobres endurece el corazón a los verdaderos valores espirituales porque el rico egoísta piensa que ya no se necesita de Dios. Si una capa de la sociedad está tan llena de cosas que no necesita nada más, si se siente tan satisfecha de sí misma, y no se puede desprender de su ansia de poseer y de la idolatría del dinero, ¿cómo puede aceptar como programa de vida el Reino que Dios le propone? ¡Qué peligro vivir así! Por algo tenemos que ver con ojos de fe lo que en el mundo está aconteciendo.

Los discípulos–misioneros debemos seguir a Jesús por amor, porque nos sentimos llamados por él a colaborar en esta obra tan noble de la salvación del mundo. No por ventajas económicas ni humanas, ni siquiera espirituales, aunque estamos seguros de que Dios nos ganará en generosidad y nos dará el ciento por uno. Así vivieron los santos y los beatos, así atravesaron este mundo dejándolo todo por Cristo para vivir por Él, con Él y en Él. Así vivió Santa Elena, la madre del emperador Constantino, que tuvo un interés singular en distribuir bien sus riquezas para ayudar a los pobres y acudir a la iglesia piadosamente confundida entre los fieles. Habiendo peregrinado a Jerusalén para descubrir los lugares del Nacimiento de Cristo, de su Pasión y Resurrección, honró el pesebre y la cruz del Señor con basílicas dignas de veneración. Ella, que era una mujer rica, entendió que el seguimiento de Jesús debe ser gratuito y desinteresado, sin preocuparnos de si llegaremos a ocupar los primeros lugares, ni de la contabilidad exacta del ciento por uno de cuanto hemos abandonado. No vamos preguntando cada día al Señor: «¿qué nos vas a dar?» sino más bien «¿Qué más quieres de mí?» Que María Santísima, siempre pobre, desprendida y generosa en su condición de Reina, nos ayude. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 17 de agosto de 2020

«El joven rico»... Un pequeño pensamiento para hoy

El pasaje del joven rico, que hoy nos presenta el Evangelio (Mt 19,16-22) es de los más conocidos. En él se acerca a Jesús un joven lleno de preocupaciones y le pregunta por el camino para ganar la vida eterna. El Señor le sugiere que cumpla con todos los preceptos religiosos que tienen que ver con el respeto, la solidaridad y el amor al prójimo. Jesús no le exige que cumpla los seiscientos veinticinco preceptos religiosos que los judíos se habían hecho a partir de los 10 mandamientos, sino sólo aquellos que permiten una sana convivencia. Pero, el joven desea más seguridades. El Maestro entonces le sugiere que devuelva su riqueza a los pobres y que lo siga. De este modo tendrá las manos libres para recibir los dones de Dios. El joven entonces se entristece. Él quería asegurar esta vida y la otra y lo que le propone Jesús lo coloca en apuros. El seguimiento de Jesús significaba la eliminación de toda seguridad económica, familiar y social. Esto era un contrasentido al estilo de vida que la mentalidad vigente consideraba como «buena vida».

San Juan Pablo II, en una de sus reflexiones, nos recuerda que en aquel joven podemos reconocer a todo hombre que se acerca a Cristo y le pregunta sobre el sentido de su propia existencia: «Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?» (Mt 19,16). El santo Papa comenta que «el interlocutor de Jesús intuye que hay una conexión entre el bien moral y el pleno cumplimiento del propio destino». Jesús le responde: «¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno sólo es el Bueno. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos» (Mt 19,17). No es solamente legítimo el preguntarse acerca del más allá, sobre el sentido de la vida, sino que... ¡es necesario hacerlo! El joven le ha preguntado «qué tiene que hacer» para alcanzar la vida eterna, y Cristo le responde que «tiene que ser bueno». Hoy día, para algunos puede parecer imposible «ser bueno»... O bien, a otros, sobre todo a gente joven, les puede parecer algo sin sentido: ¡una tontería! Hoy, como hace veinte siglos, Cristo nos sigue recordando que para entrar en la vida eterna es necesario cumplir los mandamientos de la ley de Dios: Este es el camino necesario para que el hombre se asemeje a Dios y así pueda entrar en la vida eterna de manos de su Padre-Dios. El Papa san Juan Pablo, en la reflexión a la que me refiero dice que «Jesús muestra que los mandamientos no deben ser entendidos como un límite mínimo que no hay que sobrepasar, sino como una senda abierta para un camino moral y espiritual de perfección, cuyo impulso interior es el amor» (Juan Pablo II, Carta "Dilecti amici" del 31 de marzo de 1985).

Hoy celebramos a san Elías el Joven, un monje que después de haber sufrido persecución a causa de la fe, llevó una vida rigurosa de oración y austeridad. Elías nació hacia el 829, con el nombre de Juan, que cambió por Elías al hacerse monje. Fue un asceta greco-siciliano de vida aventurera. La suya fue una vida itinerante, llena de aventuras, viajes a pie, fundaciones de monasterios, y milagros. Fue obligado a abandonar su ciudad de Enna (la antigua Henna), asediada por los sarracenos, quienes la conquistan en el 859; Elías cayó en sus manos y fue vendido como esclavo en África. Liberado en seguida, se puso a predicar a riesgo de su propia vida. Obligado a huir, se refugió en Palestina. Estuvo tres años en un monasterio del Sinaí, de donde pasó a Alejandría, después a Persia, a Antioquía, y finalmente a África. Después de que Siracusa cayó en manos de los árabes (878), Elías, que había retornado a Sicilia, fue a Palermo para volver a ver a su vieja madre; de allí pasó a Taormina, donde se asoció al monje Daniel, que se volvió compañero de sus peregrinaciones y émulo de su virtud. Su vida fue un itinerario de fe después de haberlo dejado todo para seguir a Jesús. Murió el 17 de agosto del 904. Que san Elías el Joven y María Santísima nos ayuden a vivir profundamente nuestra fe. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.