domingo, 28 de febrero de 2021

«La trasnfiguración y nuestro camino cuaresmal»... Un pequeño pensamiento para hoy


El Evangelio de hoy nos presenta un tema interesantísimo: La transfiguración del Señor (Mc 9,2-10). Este hecho se da en el monte Tabor y con gusto recuerdo que en el curso de renovación sacerdotal que tuve hace algunos años, allí me tocó presidir la celebración de la Eucaristía. Este es un tema que apasiona, de hecho también hace algunos años preparé una serie de charlas para unos Ejercicios Espirituales basándome en este pasaje de la transfiguración que siempre es fascinante. Para comprender y vivir más profundamente el pasaje, además de leerlo hay que ir al contexto. Los discípulos han comprendido que Jesús es el Mesías y están ya convencidos de que su camino conduce a la cruz; pero no llegan a comprender que la cruz esconde la gloria. A este propósito tienen necesidad de una experiencia, aunque sea fugaz y provisional: tienen necesidad de que se descorra un poco el velo. Y éste es el significado de la transfiguración en la vida de fe del discípulo: es una verificación. Dios les concede a los discípulos, por un instante, contemplar la gloria del Hijo, anticipando por breves momentos la pascua.

Esta escena, en nuestro camino de cuaresma, está orientada a prepararnos para una comprensión más profunda del misterio pascual. El relato de Marcos es más breve que el de los otros dos sinópticos que también lo narran, pero contiene como elemento propio la insistencia en el hecho de que los apóstoles no entendieron del todo qué querría decir aquello de resucitar de entre los muertos. La realidad que se expresa a través de la descripción poética y llena de imágenes del episodio es una experiencia profunda de fe tenida por los amigos más íntimos de Jesús. En un momento de comunicación profunda, tuvieron la impresión de percibir a Jesús en su verdadera identidad. Aquello fue un instante de éxtasis, que les hizo entrever la realidad gloriosa de Jesús, pero que aún no les mostró toda la profundidad de su misterio. Para llegar a entenderlo, de algún modo, fue necesario el contacto real con la vida, fue necesario que, a través de los sufrimientos y muerte de Jesús —y a través de sus propios sufrimientos y, más adelante, de su propia muerte—, comprendieran que hay que pasar por la muerte para llegar a la vida, médula de la realidad del misterio pascual. 

Esta experiencia de fe que los apóstoles elegidos para el momento vivieron, la Iglesia quiere que la vivamos también nosotros especialmente en este tiempo de cuaresma, caminando hacia la Pascua. Jesucristo, el Señor, el Hijo de Dios, conduce a su Iglesia hoy por el mismo camino que llevó a Pedro, Santiago y Juan. Es preciso que nos atengamos siempre a su palabra: «El que quiera venir en pos de Mí, tome su cruz y sígame». No podemos olvidar que en cuaresma vamos de camino. La Iglesia, al insertar este Evangelio en este segundo domingo de cuaresma, quiere que no nos contentemos con una fe superficial, con una fe sin contenido, sin camino. La Iglesia quiere que también nosotros sepamos unir la creencia en que Dios está activo en nosotros para llevarnos hacia la plenitud de vida, con la afirmación de la necesidad de la lucha, con el reconocimiento de la fuerza liberadora del esfuerzo cotidiano. Descubrir esta realidad más profunda de nuestra fe, de nuestra vida, es una gracia de Dios, una gracia de «transfiguración». No para evadirnos del camino de cada día sino, por el contrario, para vivirlo plenamente. Pidámoslo por intercesión de la Santísima Virgen. ¡Bendecido domingo, último día de este mes!

Padre Alfredo.

sábado, 27 de febrero de 2021

«Amar a los enemigos»... Un pequeño pensamiento para hoy


En los pasajes evangélicos que hemos tenido estos días, Jesús continúa analizando la ley antigua y remplazando cada mandamiento por otro que contenga mayor contenido de amor y de justicia, tal como quiere el Padre. El Evangelio de hoy (Mt 5,43-48) nos pone delante un ejemplo muy concreto del estilo de vida que Dios quiere de nosotros. Jesús nos presenta su programa: amar incluso a nuestros enemigos. El modelo de esto es Dios Padre. Dios ama a todos. Hace salir el sol sobre malos y buenos. Manda la lluvia a justos e injustos. Porque es Padre de todos. Así tenemos que amar nosotros. «Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto. Así serán hijos de su Padre que está en el cielo». Hay que amar así para distinguirse como discípulo–misionero de Jesús; de lo contrario no seremos más que otros del montón: publicanos, pecadores y paganos. Con toda seguridad podemos afirmar que cuando Jesús hablaba así, había un buen grupo de fariseos y cumplidores de la Ley a los cuales había que proponerles un camino más perfecto que la Ley, ir más allá, dar el paso. Ese dar el paso es lo que tenemos que hacer nosotros en esta Cuaresma.

No basta leer el Evangelio de hoy. Deberíamos conmovernos ante estas palabras de Jesús. Conmovernos ante sus palabras y gestos, porque no sólo amó a los enemigos, sino que incluso dio la vida por ellos. Es lo más sublime del amor. Así se comporta también el Padre celestial que es siempre bueno y cariñoso. El amor que depende del amor de los otros será siempre precario, frágil, infecundo y mucho del amor que se vive, es así en el mundo, un amor de conveniencia, un amor en que se espera del otro antes de pensar en dar. Eso no es todavía verdadero amor. El auténtico amor es capaz de amar aunque el prójimo sea un enemigo. El amor de verdad tiene la raíz en el fondo primero de toda existencia, que es Dios que se nos da y nos invita a darnos. El amor pertenece al reino de Dios porque «Dios es amor» (1 Jn 4,8). Amar a nuestros enemigos significa amar a aquellos que no nos aman, a quienes no les caemos bien, no hablan tal como nosotros lo hacemos, e incluso no nos quieren. Esto hace referencia a gente tanto dentro y como fuera de nuestro círculo de familiares y amigos. El mandato de Jesús incluye amar a aquellos que no buscan nuestro bien, es decir, gente que desea que el mal recaiga sobre nuestras vidas, e incluso gente que busca cada oportunidad para ponernos la zancadilla.

El amor es la marca característica de ser cristiano y ese amor se debe reflejar en todo sentido. Jesucristo dijo que la característica para reconocer a un discípulo–misionero suyo era que se amen unos a otros. También los apóstoles sostuvieron que aquel que ama a su hermano es realmente un creyente verdadero. (Jn 13,34.35; 1 Jn 4,20). El estilo de amar que nos propone Cristo no es algo abstracto como un mero sentimiento sino que se refleja de las tres maneras en las cuales Él nos mostró que debemos amar a nuestros enemigos. En primer lugar se nos dice «Bendigan a los que los maldicen» o en otras palabras «Amen con sus palabras». El bendecir a otro está asociado a desear la bendición de Dios sobre la persona y el maldecir a otro está asociado a desear que el juicio de Dios caída sobre la otra persona. Por tanto cuando nosotros amamos con nuestra palabra les deseamos el bien aún a nuestros enemigos aunque ellos nos deseen el mal a nosotros. Los apóstoles nos dan el ejemplo que nos llama a bendecir a quienes nos maldicen. (Rm 12,14; 1 Pe 2,23). Que María Madre del Amor Hermoso nos ayude a amar a la manera de Cristo que es la forma en la que el Padre Dios nos ama. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 26 de febrero de 2021

LETANÍAS DE SAN JOSÉ...

Señor, ten misericordia de nosotros

Cristo, ten misericordia de nosotros.

Señor, ten misericordia de nosotros.

Cristo óyenos.

Cristo escúchanos.

Dios Padre celestial, ten misericordia de nosotros.

Dios Hijo, Redentor del mundo, ten misericordia de nosotros.

Dios Espíritu Santo, ten misericordia de nosotros.

Santa Trinidad, un solo Dios, ten misericordia de nosotros.

Santa María, ruega por nosotros.

San José, ruega por nosotros.

Ilustre descendiente de David,  ruega por nosotros.    

Luz de los Patriarcas, ruega por nosotros.   

Esposo de la Madre de Dios, ruega por nosotros.   

Casto guardián de la Virgen, ruega por nosotros.   

Padre nutricio del Hijo de Dios, ruega por nosotros.   

Celoso defensor de Cristo, ruega por nosotros.   

Jefe de la Sagrada Familia, ruega por nosotros.   

José, justísimo, ruega por nosotros.   

José, castísimo, ruega por nosotros.   

José, prudentísimo, ruega por nosotros.   

José, valentísimo, ruega por nosotros.   

José, fidelísimo, ruega por nosotros.   

Espejo de paciencia, ruega por nosotros.   

Amante de la pobreza, ruega por nosotros.   

Modelo de trabajadores, ruega por nosotros.   

Gloria de la vida doméstica, ruega por nosotros.   

Custodio de Vírgenes, ruega por nosotros.   

Sostén de las familias, ruega por nosotros.   

Consuelo de los desgraciados, ruega por nosotros.   

Esperanza de los enfermos, ruega por nosotros.   

Patrón de los moribundos, ruega por nosotros.   

Terror de los demonios, ruega por nosotros.   

Protector de la Santa Iglesia, ruega por nosotros.   

Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo: perdónanos, Señor.

Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo: escúchanos, Señor,

Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo: ten misericordia de nosotros.

V.- Le estableció señor de su casa.

R.- Y jefe de toda su hacienda.

 

Oremos: Oh Dios, que en tu inefable providencia, te dignaste elegir a San José por Esposo de tu Santísima Madre: concédenos, te rogamos, que merezcamos tener por intercesor en el cielo al que veneramos como protector en la tierra. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén

«La justicia más perfecta»... Un pequeño pensamiento para hoy

Los fariseos presumían mucho de ser justos. Ellos practicaban o aparentaban practicar escrupulosísimamente hasta los detalles más ínfimos de la Ley para darse la certeza interior y proyectar la imagen exterior de ser justos, muy justos, perfectamente justos. Con un toque de ironía Jesucristo habla en el Evangelio de hoy (Mt 5,20-26) de una justicia «más perfecta». ¿En qué consiste ésta? ¿Se trata de ser todavía más rigurosos en los detalles de la legislación y las venerables tradiciones de los mayores? No. La propuesta de Jesús es de otro orden. Jesús hace dos cosas con la Ley: por una parte, la lleva al interior del hombre. No es ya una ley de lo observable, y por tanto de las apariencias, sino de la sinceridad, de la intención, de la verdad del corazón. Por otro lado, Él une indisolublemente la Ley que nos une a Dios con la Ley que nos une a los hermanos. No caben ya, entonces, esos modelos de supuesta «santidad» que creen que van a sobresalir más cuanto más abajen al resto del universo.

Jesús quiere que esta justicia que tiene que ser mayor que la de los escribas y fariseos nos lleve a vivir la sinceridad del corazón, la comprensión y la reconciliación. O dicho de otro modo, una justicia fundada en la misericordia. Y por eso es más perfecto este nuevo esquema, esta nueva «justicia» que Él propone. En el esquema farisaico ser «de verdad» justo implicaba endurecerse contra el que no lo era; y ser «compasivo» quedaba relegado para lo que no eran «verdaderos» fieles. Ahora con Jesús se han hermanado la verdad y la misericordia; ahora es posible encontrar al Señor allí donde están los rostros de todos esos pobres y pequeños que son como yo y que se llaman «mis hermanos». No podemos hacer a un lado que este Evangelio lo tenemos en Cuaresma, en este tiempo en que vamos de camino a una nueva conversión de vida hacia metas más altas de santidad. Las palabras de Cristo deben animarnos a seguir adelante.

Así, Jesús nos llama a ir más allá del legalismo: «Les digo que, si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los cielos» (Mt 5,20). La Ley de Moisés apuntaba al mínimo necesario para garantizar la convivencia; pero el cristiano, el discípulo–misionero, instruido por Jesucristo y lleno del Espíritu Santo, ha de procurar superar este mínimo para llegar al máximo posible del amor. Los escribas y los fariseos eran cumplidores estrictos de los mandamientos; al repasar nuestra vida, ¿quién de nosotros podría decir lo mismo? Vayamos con cuidado, por tanto, para no menospreciar su vivencia religiosa. Lo que Jesús nos enseña hoy es a no creernos seguros por el hecho de cumplir esforzadamente unos requisitos con los que podemos reclamar méritos a Dios, como hacían los escribas y los fariseos; sino a poner el énfasis en el amor a Dios y los hermanos, amor que nos hará ir más allá de la fría Ley y a reconocer humildemente nuestras faltas en una conversión sincera. Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la gracia de vernos y amarnos como hermanos; siempre dispuestos a perdonarnos, siempre dispuestos a vivir nuestro ser de hijos de Dios en torno a nuestro único Dios y Padre. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 25 de febrero de 2021

«La bondad de Dios y nuestra oración»... Un pequeño pensamiento para hoy


El Evangelio de hoy (Mt 7,7-12) nos dice que Dios es profundamente bueno, que desea «dar» cosas buenas a sus hijos y que hay que rezar con ese espíritu, con una confianza total en la bondad de Dios. La oración de todo discípulo–misionero de Cristo a su Padre celestial ha de estar apoyada en la bondad y la voluntad amorosa de Dios. Podemos estar seguros de ser escuchados, siempre que aquello que pidamos esté en la línea del plan salvador de Dios para nuestra existencia. Dios es bueno; «Él hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos» (Mt 5,45). El amor de Dios es Universal y abarca, por lo mismo a todas las personas. Este fragmento del Evangelio nos invita a orar al estilo de Cristo, en el mismo dinamismo del Padrenuestro que Él nos ha enseñado al contemplar al Padre que es bueno. Es preciso que la oración brote desde un corazón sinceramente necesitado de la bondad de Dios. No se trata, pues, de pedir por pedir, ni andar buscando lo que no se ha perdido o pasarse las horas hable y hable y llamando a lo tonto. El Señor insiste precisamente en esa necesidad de búsqueda, llamada y petición. Tiene conciencia de que el fallo de nuestra oración nace del vacío con que son pronunciadas tantas y tantas oraciones.

Orar es pedir, buscar, llamar a la puerta de ese Dios bondadoso. De día y de noche. Sin cansarse nunca siempre hay que orar, y hasta tal punto que la oración se convierta en un estado y no sólo en una práctica ocasional. Orar es un modo de ser delante de Dios. ¡Pero hay dos maneras de insistir en la petición: la del inoportuno y la del enamorado! El primero sólo piensa en sí mismo; el otro está fascinado, y lo daría todo por el tesoro que ha descubierto. ¿Qué puerta se le cerrará? Si Dios espera de nosotros esta oración, es porque él se presenta como el tesoro de los tesoros, como el amigo más fiel. Hay, entonces, que pedir sin desfallecer, pues quien abandona demasiado pronto la intención demuestra que no tiene verdadera confianza. Dios quiere que se le busque, porque siempre está más allá de lo que esperamos. Tenemos que llamar a su puerta durante mucho tiempo, porque dicha puerta se abre sobre un infinito que nunca se alcanza del todo. La verdadera actitud ante Dios —la oración en la vida— es la actitud del mendigo... un mendigo que se sabe amado y llamado a la Vida. 

Hay diversos modos de oración que coexisten en los cristianos y que pueden ser practicados de forma explícita en función de la vocación concreta de cada persona: la adoración, la contemplación, la acción de gracias y también la petición. La mayoría de las oraciones que hace mucha de la gente son oraciones de petición. Muchas de las personas que se arremolinaban en torno a Jesús pedían: «Señor, que vea; Señor, que oiga; Señor, que mi criado que está enfermo se cure ...» Son oraciones que solicitaban una gracia particular y presuponen una fe. No una fe general en Dios sino una fe consciente de que Dios bueno y providente puede venir a mi encuentro en una situación difícil. Así uno puede pedir una gracia para sí mismo, para un enfermo, para encontrar trabajo, por la paz de la familia, por la curación de los enfermos en medio de esta pandemia... Es una oración para ayudarme ahora, en este momento. Porque Dios es bueno y es Padre de todos, un Padre que cuida personalmente de sus hijos y en todo momento, en este también, puede concederme lo que le pido. Es, pues, legítimo pedirle a Dios un huevo o un pescado, como dice el Evangelio; es decir, presentarle nuestros concretos deseos y aspiraciones. Siempre sabemos que nos responderá, si no con lo que le hemos pedido, sí con Espíritu Santo, que es el mayor don que de Él podemos recibir. Que María Santísima, la Mujer siempre orante, nos ayude a confiar en la bondad de Dios. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 24 de febrero de 2021

«Convertirse como los ninivitas»... Un pequeño pensamiento para hoy


La pandemia que estamos viviendo ha llegado para sorprender y desarmar la vida. Nos hemos dado cuenta de que no somos autosuficientes y necesitamos el apoyo de los demás, pero sobre todo de Dios. Vivimos ahora la tan nombrada nueva normalidad, que parece que no será pasajera. La Covid-19 ha traído efectos devastadores en todo el mundo y esta clase de coronavirus está aún lejos de retirarse. Nuestra vida cotidiana se vio afectada de manera total y ciertos nuevos hábitos habrán de estar entre nosotros por un buen tiempo. El futuro se presenta incierto y cambiante y ello tiene una implicación directa en nuestras vidas y por consiguiente en nuestro ser y quehacer. Visto desde los ojos de la fe, podemos darnos cuenta de que todo esto viene a ser una oportunidad para «convertirse» y «hacer penitencia». El Evangelio de hoy nos invita a ello y pone como ejemplo la ciudad pagana de Nínive, que se convirtió al escuchar la predicación de Jonás (Lc 11,29-32). Así como los ninivitas supieron reconocer en la predicación de Jonás la verdadera llamada de Dios y se convirtieron, así «nuestra generación» debe creer en Jesús, no buscando signos espectaculares, sino a través de su Palabra, de su Vida y de los acontecimientos que en la humanidad vamos viviendo.

Los habitantes de Nínive creyeron en el anuncio del judío Jonás e hicieron penitencia. La conversión de los ninivitas es un hecho muy sorprendente. ¿Cómo llegaron a creer? Y ésta es la única respuesta que hay: al escuchar la predicación de Jonás, se vieron obligados a reconocer que al menos la parte manifiesta de aquel anuncio era sencillamente verdadera: la perversión de la ciudad era grave. Y así alcanzaron a entender que también la otra parte era verdadera: la perversión destruye una ciudad. En consecuencia, comprendieron que la conversión era la única vía posible para salvar la ciudad. La verdad manifiesta venía a confirmar la autenticidad del anuncio, pero el reconocimiento de esa verdad exigía la actitud sincera de los oyentes. Un segundo elemento que apoyó sin duda la credibilidad de Jonás fue el desinterés personal del mensajero: venía de muy lejos para cumplir una misión que lo exponía al escarnio y, ciertamente, no se hallaba en condiciones de prometer ninguna ganancia personal. La tradición rabínica añade otro elemento: Jonás quedó marcado por los tres días y las tres noches que pasó en el corazón de la tierra, en «lo profundo de los infiernos» (Jon 2,3). Eran visibles en él las huellas de la experiencia de la muerte, y estas huellas daban autoridad a sus palabras.

Al ver este Evangelio y meditarlo desde la situación de pandemia que estamos viviendo, salen al paso algunas preguntas. ¿Creeríamos nosotros, creerían nuestras ciudades si viniese un nuevo Jonás en medio de esta situación tan adversa que estamos viviendo? También hoy busca Dios mensajeros de la penitencia para las grandes ciudades, las Nínives modernas. ¿Tenemos nosotros el valor, la fe profunda y la credibilidad que nos harían capaces de tocar los corazones y de abrir las puertas a la conversión en esta nueva normalidad? Jesús se queja de sus contemporáneos porque no han sabido reconocer en él al enviado de Dios. Se cumple lo que dice san Juan en su Evangelio: «vino a los suyos y los suyos no le recibieron». Los habitantes de Nínive y la reina de Sabá tendrán razón en echar en cara a los judíos su poca fe. Ellos, con muchas menos ocasiones, aprovecharon la llamada de Dios. Nosotros, que estamos mucho más cerca que la reina de Sabá, que escuchamos la palabra de uno mucho más sabio que Salomón y mucho más profeta que Jonás, ¿le hacemos caso? ¿Nos hemos puesto ya en camino de conversión aprovechando las adversidades que en esta condición de pandemia nos ofrecen como penitencia? Hoy hace una semana que iniciamos la Cuaresma con el rito de la ceniza. ¿Hemos entrado en serio en este camino de preparación a la Pascua? ¿está cambiando algo en nuestras vidas? Conversión significa cambio de mentalidad —«metánoia»—. ¿Estamos realizando en esta Cuaresma especial aquellos cambios que más necesita cada uno de nosotros? Pidamos a María que sepamos caminar bajo la única señal que se nos es dada en Jesucristo. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.


martes, 23 de febrero de 2021

«Orar el Padrenuestro en cuaresma»... Un pequeño pensamiento para hoy


El Padrenuestro es la oración por excelencia de todo discípulo–misionero de Cristo. Y en Cuaresma, la época en la que se incrementa la invitación a orar, el Evangelio de este día nos lo recuerda (Mt 6,7-15) mostrándonos el pasaje en el que Jesús lo enseña a sus discípulos. Jesús, cuando enseña a los suyos a orar los invita a la simplicidad, a la interioridad, a las pocas palabras y mucho corazón. El Papa Francisco dice que el Padrenuestro es una oración «breve» y «audaz» en la que Jesús invita a sus discípulos a dejar atrás el miedo y a acercarse a Dios con confianza filial, llamándolo familiarmente «Padre». Sin embargo, en el mundo contemporáneo muchos no reconocen aún al Dios de Jesucristo como Padre. Algunos, a veces también por culpa de los creyentes, han optado por la indiferencia y el ateísmo; otros, cultivando una vaga religiosidad, se han construido un Dios a su propia imagen y semejanza; y otros lo consideran un ser totalmente inalcanzable.

Los discípulos–misioneros tenemos la misión de proclamar y testimoniar que, aunque «habita en una luz inaccesible» (I Tm 6,16), el Padre celeste, en su Hijo, encarnado en el seno de María, la Virgen, muerto y resucitado, se ha acercado a cada hombre y le hace capaz «de responderle, de conocerlo y de amarlo» (Catecismo de la Iglesia católica, n. 52). La actividad misionera de la Iglesia está destinada a llevar a individuos y pueblos el gozoso anuncio de la bondad misericordiosa de nuestro Padre Dios. El Padre que está en el cielo, como demuestra claramente la parábola del hijo pródigo, es bueno y perdona al pecador arrepentido, olvida la culpa y devuelve la serenidad y la paz. Ese es el auténtico rostro de Dios, Padre lleno de amor, que da fuerza para vencer el mal con el bien y hace capaz, a quien corresponde a su amor, de contribuir a la redención del mundo. El Padrenuestro nos educa a una visión equilibrada de nuestra vida. Se fija ante todo en Dios. Dios es el centro, no nosotros: Padre... santificado sea tu nombre... hágase tu voluntad... venga tu Reino. Luego pide para nosotros: el pan de cada día... el perdón de las ofensas... que no caigamos en la tentación... que nos libre del mal.

Rezar el Padrenuestro en Cuaresma repetidas veces, es hacer conciencia de esa bondad y misericordia de nuestro Dios que nos invita a dejar lo que nos estorba para reconocerle como Padre, porque si durante la Cuaresma, la Iglesia nos pide profundizar en la oración necesitamos rezar con sencillez y sacar consecuencias concretas para la vida caminando hacia la Pascua, sobre todo, para vivir en estos días y siempre la virtud de la caridad. La oración del Padrenuestro nos da fuerzas para vivir la cuaresma cada día mejor. Para profundizar en el Padrenuestro en esta cuaresma, me encontré por allí algo que transcribo ahora para finalizar la reflexión: «El Padrenuestro, como oración, más que una fórmula fija, recoge unas palabras en las que se resume una actitud de vida... El padrenuestro es una oración que resalta la confianza total en Dios: Podemos llamar a Dios «Abbá» —Papito querido— porque tenemos la certeza de que somos sus hijos y nos quiere (Rm 8,15; Gal 4,6)... Toda la oración orienta el corazón del que reza hacia el futuro: Hacia el Reino que viene, hacia la justicia de Dios. No rezarlo con estos pensamientos es traicionar el mensaje de Jesús.» Aprovechemos la cuaresma para orar con el Padrenuestro, María nos ayudará. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 22 de febrero de 2021

«La hermana Vicenta Hernández»... Vidas consagradas que dejan la huella de Cristo LXXIV

Hace muchos años, en 1978 para ser exactos, conocí a la hermana Vicenta en un encuentro de Pastoral Juvenil de la Arquidiócesis de Monterrey. En aquellos años estaba yo en el equipo arquidiocesano de Pastoral Juvenil y organizábamos año con año, encuentros juveniles con una grandísima asistencia, por cual necesitábamos un espacio muy amplio y el Seminario de Monterrey nos ofrecía el lugar que se llenaba de jóvenes de distintos grupos y movimientos de ls distintas parroquias e institutos con presencia en Monterrey. La hermana Vicenta residía en Ciudad de México en aquel entonces y por algún motivo participó en aquella reunión. 

No se me ha olvidado nunca que allí conocí a la hermana Vicenta porque en esa ocasión ella me dijo que veía que yo tenía vocación y que entraría al Seminario... La predicción se cumplió y en 1980 ingresé a la congregación de los Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal iniciando mis estudios sacerdotales en el Seminario de Monterrey. Cuando la hermana Vicenta fue destinada a Monterrey en 1981, yo ya estaba en el Seminario y ella se acordaba gozosa de aquellas palabras que me había dicho años atrás.

La hermana Vicenta ha sido víctima de la Covid-19 y murió el 6 de febrero pasado en este año 2021 en el que la pandemia sigue haciendo estragos.

María Vicenta Hernández Rosas nació el 5 de abril de 1942 en la Hacienda San Juan de los Arcos, municipio de Tala en el estado de Jalisco, en México. Allí vivió su infancia y su adolescencia. siendo jovencita ingresó a la congregación de las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento el 19 de marzo de 1960. Recibida por la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, fundadora del instituto, realizó su noviciado en la Casa Madre del instituto en Cuernavaca, Morelos y el 11 de febrero de 1963 hizo su primera profesión religiosa emitiendo los votos de pobreza, castidad y obediencia. Allí mismo en Cuernavaca, el 15 de agosto de 1968 hizo su profesión perpetua ante la beata madre María Inés.

Pasó sus primeros años de formación en la vida religiosa en Cuernavaca y en Puebla, luego fue destinada a Monterrey para estudiar allí la Secundaria y la Normal. En 1969 fue enviada a Huatabampo Sonora a trabajar en la educación de la niñez en el colegio que lleva el nombre de «Instituto Sonora». En 1973 recibió su cambio a Ciudad de México donde estudió la Licenciatura en Matemáticas y enseñó en el Instituto Scifi. En 1979 regresó a Sonora, en Huatabampo y siguió allí con su labor de maestra. En el año de 1981, fue destinada nuevamente a Monterrey y enseñó en el Colegio Isabel La Católica como maestra de matemáticas en secundaria. En 1990 regresó a Ciudad de México con la misma misión de seguir enseñando matemáticas. 

Así, gran parte de su vida misionera la hermana Vicenta como Misionera Clarisa se desarrolló en la educación, labor que ella, desde sus inicios como maestra, disfrutó mucho estando siempre muy cercana a sus alumnos. Los padres de familia apreciaron mucho su labor como enseñante y celebraban con gozo la cercanía que tenía con sus hijos.

A partir de 1992, su vida misionera dio un giro y estuvo en varias comunidades apoyando en distintas tareas de pastoral parroquial, encomiendas hacia la misma institución y vida de Nazareth en casa. Ese año de 1992 fue destinada a la comunidad de Arandas, en Jalisco; en 1993 fue enviada a Acapulco; en 1997 estuvo en la Casa Madre y en 1998 nuevamente en Arandas. En 1999 estuvo en San Cristobal, Chiapas en donde se desempeñó como vicaria y ecónoma en el «Centro de formación integral de la mujer Madre Inés». En el 2002 fue enviada nuevamente a Huatabampo en Sonora y en el 2005 fue trasladada a Ixtlán del Río, en Nayarit, en donde fue secretaria y administradora del jardín de niños «María Inés». En el 2012 estuvo de nueva cuenta en Huatabampo y finalmente, en el año 2013 llegó a formar parte de la comunidad de la Casa del Tesoro en Guadalajara.

Trabajó incansablemente con los niños y los jóvenes no solamente en el campo educativo, sino en el apostólico. Fue en varias ocasiones asesora del grupo de Van-Clar (misioneros laicos de la Familia Inesiana) tamndo en cuenta muchísimo los lineamientos y orientaciones que la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento dio a Van-Clar. En ese campo de apostolado misionero es muy recordada por varias generaciones sobre todo en Marín, Nuevo León. Fueron muchas las oportunidades que yo tuve para convivir con ella en diversas actividades misioneras en los diversos lugares en los que ella misionó. Recuerdo haber compartido con ella diversos momentos apostólicos en Huatabampo, en Acapulco, en Arandas, en Marín y en Monterrey. La última ocasión en que la vi fue en la Casa del Tesoro, en donde ya estaba muy disminuida por la presencia de la enfermedad que la aquejaba.

Todas sus tareas, tanto en el campo educativo como en las otras encomiendas misioneras, las supo combinar con un don muy especial que recibió para la costura. El cual supo poner generosamente al servicio tanto de las Misioneras Clarisas como de los Misioneros de Cristo confeccionando hábitos. Con mucha paciencia enseñó a varias hermanas este oficio, lo mismo que a seglares cuando se lo pedían, incluso en San Cristobal de la Casas consiguió con diversos bienhechores máquinas de cocer para montar un pequeño taller de costura. En una época de su vida misionera sufrió un terrible accidente automovilístico que la dejó con dos dedos menos de una mano, situación a la que se adaptó rápidamente y siguió con sus tareas con la alegría que la caracterizaba.

En sus últimos años, el Señor le compartió su cruz con diversos malestares de distinta índole, especialmente en el sistema óseo, que poco a poco fueron disminuyendo sus fuerzas. De este tiempo hay algunos testimonios de hermanas que la atendían y alababan su testimonio de fidelidad y esfuerzo constante por agradar a Dios con la ofrenda de sus malestares.

Una semana antes de morir, contrajo neumonía a causa de la Covid-19 que le atacó inesperadamente. Eso la fue debilitando rápidamente pero le dio la oportunidad de ofrecer su vida por la congregación que tanto amaba y por los proyectos misioneros de la misma. Tuvo la oportunidad de recibir la absolución aún estando consciente y sus últimos días de vida fueron una ofrenda agradable a Dios. La última noche, antes de morir, una de las hermanas religiosas rezó con ella la Liturgia de las Horas y allí renovó sus votos. Fue impactante para la hermana ver que en sus últimos momentos abrió sus ojos como si estuviera viendo a alguien y con la mirada manifestaba que se acercaba la hora de su partida hasta que un día, como la lámpara que había puesto sobre el altar el día de su profesión religiosa, se consumió para encenderse nuevamente en el encuentro con el Esposo Divino en las nupcias eternas. 

Doy gracias a Dios por la fidelidad y perseverancia de esta hermana misionera. Guardo hermosos y valiosos recuerdos sobre todo compartiendo en misiones y ejercicios espirituales en diversas épocas y le pido a nuestra Dulce Morenita Santa María de Guadalupe, que la acoja en sus maternales brazos presentándola a su Divino Hijo y al Eterno Padre en su Santa Morada.

Descanse en paz nuestra querida hermana María Vicenta Hernández Rosas.

Padre Alfredo.

«La Cátedra de san Pedro»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy en la Iglesia se celebra la fiesta de la cátedra de san Pedro y por eso la liturgia abre un espacio entre las prácticas de la cuaresma para celebrar esta fiesta que anualmente se conmemora este día 22. La «cátedra» o sede de un obispo, se asienta en la catedral y es la señal de su autoridad de maestro, de sacerdote y de pastor. Esta fiesta de la cátedra de san Pedro que celebramos nos recuerda la misión que Cristo confió a san Pedro de cuidar de la fe de todos en la Iglesia. Desde tiempos inmemorables el pueblo romano veneraba una verdadera cátedra de madera en la cual, según la tradición, se habría sentado el Príncipe de los Apóstoles. Esta veneranda y preciosa pieza se conserva cuidadosamente en el Vaticano, sustancialmente en la misma forma original. Se le añadieron al correr de los siglos algunos adornos para enriquecerla, pero sin cambiar su estructura. Se conserva precisamente en el altar que se conoce como el altar de la cátedra de san Pedro y es en donde en este tiempo de pandemia, el Santo Padre ha estado haciendo la mayoría de las celebraciones.

Esta cátedra es una gran silla o trono de madera de encina formada por una caja cuadrilátera de unos 89 centímetros de ancho por 78 de alto hasta el asiento, con unos pilares en los ángulos y un respaldo o dosel terminado por un tímpano triangular. Tiene en los pilares unas anillas para poder ser fácilmente trasladado. En el cuadrilátero frontal anterior, debajo del asiento, la enriquecen tres hileras de seis casetones cada una con sendos marfiles incrustados de oro, muy antiguos. Los que asimismo adornan el dosel son aún de mayor antigüedad y seguramente tallados expresamente para esta cátedra. Nadie, ni el Papa si quiera, se sienta en esta cátedra que está en lo alto y no se conoce una representaci6n semejante para ninguno de los demás apóstoles. Por eso esta pieza que data como está del siglo VI es única y celebramos en esta fiesta dedicada a ella lo que el Evangelio de hoy nos recuerda: la potestad que Cristo ha conferido a Pedro, a quien le da las llaves del cielo y a quien elige como guardián de los misterios de fe contenidos en la Iglesia sacramento de Cristo (Mt 16,13-19). 

Esta celebración nos ofrece, definitivamente, una oportunidad más para manifestar nuestra filial adhesión a las enseñanzas del Santo Padre, a su magisterio, y para examinar el interés que ponemos en conocerlas y llevarlas a la práctica. Hoy podemos recordar algo que san Juan Pablo II dijo una vez acerca de esta fiesta: «La festividad litúrgica de la Cátedra de san Pedro subraya el singular ministerio que el Señor confió al jefe de los apóstoles, de confirmar y guiar a la Iglesia en la unidad de la fe. En esto consiste el “ministerium petrinum” —ministerio petrino—, ese servicio peculiar que el obispo de Roma está llamado a rendir a todo el pueblo cristiano. Misión indispensable, que no se basa en prerrogativas humanas, sino en Cristo mismo como piedra angular de la comunidad eclesial». Esta celebración, en torno a san Pedro y a su autoridad, es además la celebración de la comunión entre los hermanos que diariamente queremos caminar en busca de la santidad, en unión con Cristo formando un solo cuerpo. Aprovechemos este día para orar, con María y con todos los santos, especialmente por el Papa y por la Iglesia universal, para dar gracias al Señor por el don de la Iglesia y también para pedirle que con la gracia del Espíritu Santo podamos llegar a la victoriosa santidad. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 21 de febrero de 2021

«Impulsado por el Espíritu»... Un pequeño pensamiento para hoy



Hoy es el primer domingo de cuaresma y el Evangelio nos pone el texto de san Marcos sobre las tentaciones (Mc 1,12-15). El evangelista inicia esta perícopa diciéndonos que el Espíritu Santo impulsó a Jesús al desierto. Es el mismo Espíritu que descendió sobre Jesús en el bautismo, el que lo conduce al desierto (Mt 4,1). Allí y durante cuarenta días Jesús es tentado, convive con animales salvajes y es servido por ángeles. Cierto que, a comparación de los otros evangelistas sinópticos, Marcos es escueto en su relato, pro hay algo interesante, la tentación no se produce al final de la estancia en el desierto, sino que se extiende a lo largo de toda ella y de igual manera que la tentación, el servicio que prestan los ángeles no se sitúa al final de los cuarenta días, sino que tiene lugar durante todo ese tiempo, durante el cual los ángeles suministran alimentos a Jesús. Es posible que se refleje aquí, antes de comenzar la vida pública del Mesías, aquella situación originaria del éxodo, en el que, durante cuarenta años, Israel fue sometido a todas las tentaciones y a la vez fue objeto de los beneficios de Dios. Así, el breve texto de Marcos tiene dos partes: la tentación y la proclamación del Evangelio de Dios. En medio de esto, el Espíritu Santo se manifiesta asistiendo a Jesús para vencer las tentaciones e impulsándolo a predicar la Buena Nueva.

Cuaresma debe ser para nosotros, con todo esto, un tiempo para constatar la presencia del Espíritu, un tiempo para dejar la iniciativa al Espíritu, para seguir las mociones del Espíritu, para sentir la vida y la fuerza del Espíritu que hacen que el seguimiento de Jesús no sea una militancia intelectual o ideológica, ni un esfuerzo moral, sino una experiencia espiritual que muy bien podemos vivir en casa por la situación del coronavirus que enfrentamos. La iniciativa del Espíritu en la escena de la tentación nos indica que lo que va a vivir Jesús no es lo que ocurre a los hombres que todavía no se han decidido entre el bien y el mal, sino a los hombres «espirituales». El desierto, en las condiciones que ahora, ante la Covid-19 vivimos, puede ser un lugar apartado y solitario en casa, un tiempo reservado —día de retiro—. En el silencio de los días cuaresmales uno puede intentar escapar de la propia verdad, cubierta con mil urgencias personales que no acaban nunca. Pero quien es empujado por el Espíritu, tarde o temprano, se verá en el desierto y este desierto, como digo, puede ser ahora nuestro propio hogar. 

La Cuaresma que iniciamos en medio de este mundo atosigado por la pandemia que parece no terminar, se convierte muy especialmente en este año en la gran invitación a dejarnos conducir al desierto, seducidos por Dios, para que nos pueda hablar amorosamente y nos consuele allí en casa. Caminamos hacia la Pascua, para renovar nuestra fe, para renovarnos a nosotros mismos y llevar nueva vida allí donde cada uno actúa y vive. «Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios ya está cerca» nos urge Jesús en el evangelio. Debemos saber aprovechar este tiempo favorable y dar frutos de conversión que nos muestren más cristianos, más fraternos, más vivos en Cristo para nuestros hermanos que nos rodean sobre todo en el núcleo familiar. «Conviértanse y crean», nos reclama la predicación de Jesús al final del relato urgiéndonos a vencer toda clase de tentaciones como pueden ser en este tiempo la decida, la pereza, el desaliento. Al invitarnos a la conversión Jesús nos invita a «creer». Creer. Ante todo creer. Hay que creer que el reino de Dios se ha acercado a nosotros, que está al alcance de nuestra mano, con Jesucristo, y que la Buena Nueva es realmente una buena nueva: el mundo entero puede salvarse en Jesucristo que venció las tentaciones. Que María Santísima se haga compañera nuestra en este camino de cuaresma y que con ella lleguemos al gozo de la Pascua, conducidos por el Espíritu, resucitando con Cristo. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

sábado, 20 de febrero de 2021

«Llamados a la conversión y a la alegría»... Un pequeño pensamiento para hoy


La llamada que Jesús hace a Mateo para seguirlo, que nos narra el Evangelio de hoy (Lc 5,27,32) es de gran aliento para nosotros en nuestro camino cuaresmal. Mateo era un pecador, como lo somos todos, y es a un pecador a quien Jesús llama. Cuando los fariseos y escriban critican la acción de Jesús de hacerse acompañar de pecadores, Él responde afirmando: «No son los sanos los que necesitan al médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, para que se conviertan». Este Evangelio de hoy nos enseña que la entrega al Señor da felicidad y su seguimiento, un nuevo sentido a nuestra vida. Por eso resulta doloroso que haya quien quiera impedir que esa felicidad pueda llegar a todos los hombres. La Cuaresma da la oportunidad a todos de convertirse para recibir al Señor en el corazón.

La llamada del publicano Mateo para el oficio de apóstol, según nos cuenta San Lucas, tiene tres perspectivas: Jesús que le llama, él que lo deja todo y le sigue, y los fariseos que murmuran. Jesús se atreve a llamar como apóstol suyo nada menos que a un publicano: un recaudador de impuestos para los romanos, la potencia ocupante, una persona mal vista, un «pecador» en la concepción social de ese tiempo. Mateo, por su parte, no lo duda. Lo deja todo, se levanta y le sigue. El voto de confianza que le ha dado Jesús no ha sido desperdiciado. Mateo será, no sólo apóstol, sino uno de los evangelistas: con su libro, que leemos tantas veces, ha anunciado la Buena Nueva de Jesús a generaciones y generaciones. Pero por su parte, los fariseos murmuran: «come y bebe con publicanos y pecadores». «Comer y beber con» es expresión de que se acepta a una persona. Estos fariseos se portan exactamente igual que el hermano mayor del hijo pródigo, que protestaba porque su padre le había perdonado tan fácilmente. Pero como hemos visto, la lección de Jesús no se hace esperar, él viene a llamar a los pecadores para que se arrepientan.

Desde la oferta misericordiosa de Jesús, desde su seguimiento y desde la alegría de saberse convidado a su mesa sin méritos propios, es desde donde Mateo puede cambiar su vida, desterrando de él, como dice el profeta Isaías, la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia. Desde ahí, aprenderá a partir su pan con el hambriento y a saciar el estómago del indigente, sin pedirle el aval de una vida honrada y piadosa. Desde ahí, dará culto a Dios y le honrará, sin buscar afanosamente su propio interés, en los asuntos que tendrá que manejar. Ganará terreno a su egoísmo a favor de una vida más religiosa, más solidaria y fraternal. Es decir, una vida más vocacional, más cristiana —diríamos ahora— y más humana, brillante como la luz en medio de las tinieblas, que transformará la oscuridad en radiante fulgor de mediodía. Que gran ejemplo para nosotros en este tiempo cuaresmal, una invitación que nos haga ahondar en nuestra propia experiencia para que nos mantengamos en la esperanza y se nos colme el corazón con la alegría pascual, para que nuestra vida de discípulos–misioneros se haga fecunda. Por eso, con María, en nuestro andar cuaresmal, podemos terminar nuestra reflexión con el Salmo responsorial de hoy (Sal 85) que dice: «Ya que a ti, Señor, levanto el alma, llena a este siervo tuyo de alegría». ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 19 de febrero de 2021

«El ayuno que Dios quiere»... Un pequeño pensamiento para hoy


En el Evangelio de hoy, Jesús insiste en que la «alegría» sea primero. Antes del «ayuno», antes del sacrificio, hay la alegría de estar «con el Esposo», con Dios, porque el tema del Evangelio gira en torno al ayuno. «Los compañeros del Esposo ¿deben ayunar mientras el Esposo está con ellos?». Primero que nada, hay que ver cómo veía el ayuno el pueblo de Israel. A ejemplo de la mayoría de las religiones de su tiempo, ellos consideraban el ayuno como un acto esencial de su religión, sobre todo con motivo de la fiesta de expiación (Lev 23,26-32) o del recuerdo de los días angustiosos del asedio de Jerusalén (Zac 8,19; 7,3-5; 2 Re 25,1,4,8,25). Eso no obstante, algunos profetas tenían miedo de esas prácticas en la medida en que implicaban, antes de la letra, la abstención de alimentos so pretexto de la impureza de la materia o se desarrollaban en un clima formalista (Is 58; Zac 7,1-14). Algunos profetas aceptaron, sin embargo, el ayuno (Jl 1,13-14; 2,12-17), en determinadas ocasiones al menos, porque veían en él un signo más representativo de la sinceridad de una conversión que, por ejemplo, un simple sacrificio. El ayuno refleja, pues, un deseo de conversión; no se legitima si no se observa en el amor de Dios (la oración y el culto: Zac 7) o el amor de los hombres (la limosna y la justicia social: Is 58) o como signo de la espera de los últimos tiempos (Jl 2).

La Iglesia, hasta nuestros días, ha permanecido fiel a este concepto del ayuno y su reciente legislación depende de él. El ayuno no se concibe sin caridad. El ayuno cristiano es también ocasión para un encuentro con Dios: la Iglesia no está aún sino parcialmente en los últimos tiempos: camina todavía y espera una plenitud sin duda todavía lejana; en este sentido el ayuno —y sobre todo la penitencia que refleja— se celebra en determinados períodos del año en que la Iglesia se encuentra de manera particular en estado de vigilia. Por eso puede decirse que lo que importa en el ayuno no es la privación de alimento, sino la seriedad de la fe en las tareas de la vida para que sean la expresión más viva del servicio de Dios y de los hombres y se camine así hacia la alegría. En el caso de la Cuaresma es hacia la alegría de la Pascua. Por eso el ayuno que Dios quiere, detrás de la práctica externa de esta penitencia corporal, es el cumplimiento de los deberes morales y humanos con el prójimo. Desde los más elementales de la comida, bebida y habitación hasta los más serios y básicos derechos de la persona humana como es el respeto a su libertad, romper ataduras y quebrar todos los yugos.

Nuestro ayuno cuaresmal, por lo tanto, no es signo de tristeza. Tenemos al Novio entre nosotros: el Señor Resucitado, en quien creemos, a quien seguimos, a quien festejamos gozosamente en cada Pascua y cada domingo. Nuestra vida cristiana debe estar claramente teñida de alegría, de visión positiva y pascual de los acontecimientos y de las personas. Porque estamos con Jesús, el Novio, aunque no le vemos, sólo lo experimentamos sacramentalmente. Está y no está: ya hace tiempo que vino y sin embargo seguimos diciendo «ven, Señor Jesús». Por eso tiene sentido el ayuno. Un ayuno de preparación, de reorientación continuada de nuestra vida. Un ayuno que significa relativizar muchas cosas secundarias para no distraernos. Un ayuno serio, aunque no triste. Nos viene bien a todos ayunar: privarnos voluntariamente de algo lícito pero no necesario, válido pero relativo. Eso nos puede abrir más a Dios, a la Pascua de Jesús, y también a la caridad con los demás. Porque ayunar es ejercitar el autocontrol, no centrarnos en nosotros mismos, relativizar nuestras apetencias para dar mayor cabida en nuestra existencia a Dios y al prójimo. Pidamos a María Santísima que nos alcance la claridad necesaria para entender y vivir el verdadero significado del ayuno. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 18 de febrero de 2021

«La cruz en Cuaresma»... Un pequeño pensamiento para hoy

En el Evangelio de hoy (Lc 9,22-25), Jesús propone la cruz como un camino, una vía hacia la plenitud de la vida. Con esta propuesta, apenas iniciando este tiempo litúrgico privilegiado, entendemos que la Cuaresma, a pesar de ciertas apariencias y de ciertos hábitos, no está orientada primordialmente hacia el sacrificio... sino hacia la vida y la felicidad en plenitud. Es un tiempo de vitalidad, de expansión humana y cristiana... y de ningún modo es un tiempo de morosidad y de tristeza, porque hay que recordar que la Pascua está al final de este caminar. El discípulo–misionero de Jesucristo debe abrazarse a la cruz para encontrar la vida. De nada sirve ganar el mundo si uno se pierde. Únicamente cargando con la cruz y muriendo a nosotros mismos tendremos la senda de la libertad y de la alegría verdaderas. La Cuaresma nos debe preparar a revivir el misterio de la cruz recordando que morir a uno mismo es requisito para vivir la vida de la gracia santificante y alcanzar la Pascua. Es seguir la senda que conduce a la vida eterna.

Está, pues, claro, que la cercanía del amor a la cruz es esencial a la vida cristiana. Como Jesús, sus discípulos–misioneros debemos amar, vivir para los demás, en medio del egoísmo del mundo. Esto es dar la vida, enterrarse cada día en el don teniendo como apoyo la esperanza. Dar la vida, morir, es vivir para el cristiano. Es realizarse en el don total, enterrarse en el surco, en la esperanza de una primavera que está más allá de nuestra muerte. Este vivir en la muerte es duro cuando se piensa en el camino de los triunfalismos. Es más fácil destruir a los otros que construirlos, cuando la condición para ello es la propia muerte. El vivir para Cristo es una continua cercanía a la cruz. Morir es vivir, ganar el mundo es perderlo, amar la propia vida es odiarse. Sólo el que se abraza con la muerte por el amor a los otros pasa más allá de la muerte y entra en la vida de Aquél que venció a la muerte. 

Los verbos renunciar, cargar con la cruz, seguir a Cristo, son sinónimos. Designan, cada uno a su manera, en qué consiste lo esencial de la vida cristiana. Si Jesús está abocado al escarnio de la Cruz por sus ideas que vienen a cambiar una realidad, advierte a los suyos que no podrán sustraerse a esa misma suerte si siguen siendo fieles a sus enseñanzas. Por consiguiente, hay que renunciar a toda seguridad personal y aceptar los consejos del Maestro no sólo en teoría sino en la práctica de la vida —llevar su cruz—. Mantenida a lo largo de la vida, esa solidaridad con Jesús implicará una participación activa en su resurrección y en su reino escatológico, por eso la Cuaresma es un camino hacia la Pascua y eso no lo podemos olvidar. Así termina para todo cristiano el misterio pascual: lo que Cristo vive muriendo y resucitando se convierte en condición de todos sus discípulos, que han de portar su cruz para vivir con Él en la gloria. Que María Santísima nos ayude y acompañe en ese llevar la cruz de cada día y alcanzar la dicha de llegar a la Pascua. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 17 de febrero de 2021

«Al inicio de la Cuaresma»... Un pequeño pensamiento para hoy

Llegamos ya al inicio de la Cuaresma, este tiempo privilegiado de conversión que la Iglesia año con año nos regala. Este año viviremos el miércoles de ceniza de una manera totalmente atípica. El gesto simbólico propio de este día, «la imposición de ceniza», que es uno de los que más ha calado en la comunidad cristiana en siglos, se habrá de hacer de diversa manera en casi todas las partes del mundo, llevando la ceniza a los hogares y lugares de trabajo para imponerse allí y no en el Templo, en donde de hacerse, se hará también de manera diferente debido a la terrible pandemia que vivimos en la humanidad.  En este tiempo de conversión —nos invita el Papa Francisco en su mensaje para la Cuaresma 2021— a renovar nuestra fe, a saciamos nuestra sed con el «agua viva» de la esperanza y a recibir con el corazón abierto el amor de Dios que nos convierte en hermanos y hermanas en Cristo. 

Si bien la Cuaresma siempre se ha considerado como un espacio para la reflexión y la introspección, hoy más que nunca debemos refugiarnos en la espiritualidad para salir adelante y hacernos fuertes en estos días llenos de temor y zozobra para mucha gente. La luz que aporta un hogar lleno de fe y esperanza, lo convierten en un faro que nos guía a través de estos días oscuros, por eso es tan importante reflexionar este día en familia y si hay la posibilidad, imponerse la ceniza. Las autoridades civiles y religiosas nos recuerdan que debemos permanecer en casa. Pero eso, para los discípulos–misioneros de Cristo, no significa que debemos dejar de lado nuestras prácticas religiosas, por el contrario, el poder de nuestra convicción debe ser aún más fuerte para poner en práctica todos los valores que se promulgan, encontrando espacios de verdadera reflexión profunda y examinando nuestros corazones. Este tiempo de Cuaresma es un momento propicio para encontrar a Dios en cada uno de nosotros, sacando a relucir lo mejor de cada uno, no solo a nivel personal y familiar, sino también como comunidad de creyentes con las tres características de este tiempo: oración, ayuno y penitencia. El Evangelio de hoy (Mt 6,1-6.16-18) nos recuerda la importancia de poner en práctica estas tres características desde lo profundo del corazón. 

El Evangelio nos describe estos tres aspectos que abarcan las tres direcciones de cada persona: para con Dios (oración), para con el prójimo (limosna) y para consigo mismo (ayuno). En las tres, el discípulo de Jesús tiene que profundizar, no quedarse en lo exterior, sino situarse delante de Dios Padre, que es el que nos conoce hasta lo más profundo del ser, sin buscar premios o aplausos aquí abajo: La limosna: «no vayas tocando la trompeta» para que todos se enteren; al revés: «que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha»; el Padre te lo recompensará. La oración: no orar «para que os vea la gente»; al revés: «entra en tu cuarto y reza»; el Padre te lo pagará. El ayuno: «no andéis cabizbajos para que la gente sepa que ayunáis»; al revés: «perfúmate la cabeza»; el Padre te premiará. Dar limosna, rezar, ayunar, no son cosas que en Cuaresma se hagan para llamar la atención, sino como actos de sinceridad y profundidad, para abrirnos a los demás, abrirnos a Dios y cerrarnos un poco a nosotros mismos. Que María Santísima nos ayude a vivir en plenitud este tiempo de Cuaresma que nos llevará al gozo de la Pascua. ¡Bendecido miércoles de ceniza recordando que polvo somos y al polvo hemos de volver!

Padre Alfredo.

P.D. Les recuerdo que la ceniza es un signo «sacramental» y por lo tanto no es obligatorio recibirla. Se puede suplir este rito por hacer una obra de misericordia.

martes, 16 de febrero de 2021

«La levadura y un pedazo de pan»... Un pequeño pensamiento para hoy


El Evangelio de hoy (Mc 8, 14-21) nos narra un episodio en el que Cristo está dando una enseñanza a sus discípulos sobre la levadura de los fariseos, pero estos están totalmente desatentos a lo que está diciendo porque han olvidado llevar pan. Por casualidad les quedaba un pedazo pequeño. Estando en esta tensión psicológica, oyen a Jesús que, dándole vueltas a la respuesta negativa que había dado a los fariseos, decía: «Cuidado con la levadura de los fariseos y con la de Herodes». Los discípulos no entienden; a lo sumo creen que se trata de un regaño por no haber llevado el alimento necesario. Sin embargo, el significado de aquellas palabras era más profundo. Para comprender el texto, hay que conocer antes el significado de la palabra «levadura» en aquel contexto. La levadura es un elemento pequeño, sencillo, humilde, pero que puede hacer fermentar en bien o en mal a toda una masa de pan. También puede entenderse en sentido simbólico: una levadura buena o mala, dentro de una comunidad, la puede enriquecer o estropear. Jesús quiere que sus discípulos eviten la levadura de los fariseos y de Herodes.

Jesús quiere poner en guardia a sus discípulos contra el orgullo y la soberbia de los fariseos, los cuales pensaban más en un mesías triunfal, en un jefe, que con prodigios grandiosos sometería al mundo al nuevo superpoder de Israel. Para Jesús no se trata de alcanzar el poder, sino de servir a la humanidad necesitada. Este es el único milagro que se debe realizar en este mundo mientras se va proclamando la gran noticia del reino de Dios. Los discípulos habían recibido recientemente una espléndida lección con respecto a ello, lección insistentemente repetida: en la primera multiplicación habían recogido cinco cestas llenas de las sobras, en la segunda, doce. Esto significa que el hecho de compartir el pan no empobrece, sino que, todo lo contrario, enriquece. Esta era la lección del «Hijo del hombre», que los discípulos, contagiados en parte por los fariseos, no lograban entender. Basta un pedazo de pan para poder compartir.

El aviso de la levadura y del pedazo de pan va también para nosotros, ante todo en nuestra vida personal. Una actitud interior de envidia, de rencor, de egoísmo, puede estropear toda nuestra conducta. En los fariseos esta levadura mala podía ser la hipocresía o el legalismo, en Herodes el sensualismo o la superficialidad interesada: ¿cuál es esa levadura mala que hay dentro de nosotros y que inficiona todo lo que miramos, decimos y hacemos? Al contrario, cuando dentro hay fe y amor, todo queda transformado por esa levadura interior buena y se tiene algo así como un pedazo de pan para compartir. Los actos visibles tienen una raíz en nuestra mentalidad y en nuestro corazón: tendríamos que conocernos en profundidad y atacar a la raíz. El aviso también afecta a la vida de una comunidad. San Pablo, en l Corintios 5,6-8, aplica el simbolismo al mal que existe en Corinto. La comunidad tendría que ser «pan ázimo», o sea, pan sin levadura mala: «¿No sabéis que un poco de levadura fermenta toda la masa? Purifíquense de la levadura vieja, para ser masa nueva, pues son ázimos». Y quiere que expulsen esa levadura y así puedan celebrar la Pascua. «no con levadura vieja, ni con levadura de malicia e inmoralidad, sino con ázimos de pureza y de verdad». Que María Santísima nos ayude, hay que estar en guardia. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 15 de febrero de 2021

«Signos maravillosos»... Un pequeño pensamiento para hoy

A Jesús, según nos narra el Evangelio de hoy (Mc 8,11-13), no le gusta que le pidan signos maravillosos, espectaculares. Como cuando el diablo, en las tentaciones del desierto, le proponía echarse del Templo abajo para mostrar su poder, y es una pena que, por esto, sus contemporáneos no le querían reconocer en su doctrina y en su persona. Pero tampoco sacaban las consecuencias debidas de los expresivos gestos milagrosos que hacía curando a las personas y liberando a los poseídos del demonio y multiplicando los panes, milagros por demás mesiánicos. Jesús sabe que tampoco iban a creer si hacía signos cósmicos, de esos que vienen directamente del cielo. Él buscaba en las personas la fe, no el afán de lo maravilloso. Jesús, frente a la necesidad de los fariseos de recibir una señal del cielo para creer en él, se lamenta, y asegurándoles que no se realizara señal alguna se aleja de ellos.

En un modelo de sociedad donde manda quien tenga más poder, la mejor manera de ganar adeptos es hacer gala del poder que se posee. Los fariseos quieren medir la capacidad de Jesús para realizar actos milagrosos, pero lo que Jesús considera un milagro no llena las expectativas de ellos. Jesús no acepta el reto de los fariseos, no les sigue el juego, no se pliega a sus exigencias; prefiere perderlos como integrantes de su grupo, porque, al fin y al cabo, su Reino es de los pequeños, de los sencillos, de los humildes. Jesús no tiene afán de convencer a quienes miden la grandeza de las personas por su capacidad de mando y de dominio. Jesús con sus actos siempre quiso demostrar cómo la entrega y el servicio, dentro de un marco de amor y misericordia, son los principales requisitos para llamarse discípulos–misioneros de Cristo. Él no habló de un Dios que ostenta poderío y que está del lado de los fuertes, habló de un Dios que acompaña y apoya a los débiles y a los explotados. Por eso llamarse seguidores del Reino que propuso Jesús, es entregarse a la causa de la fraternidad universal, que pasa por favorecer a los empobrecidos, los que son considerados por la sociedad actual como poco importantes, carentes de valor, de poderío... los descartados. La propuesta de Jesús es grandiosa por la exigencia que hace a nuestra humanidad de vivir en continuo compromiso con la misericordia, lejos de todo orgullo, ambición de riquezas o deseo de mando.

¿Cómo andamos nosotros en relación con Jesús y con su Reino? ¿También estamos esperando milagros, revelaciones, apariciones y cosas espectaculares? No es que no puedan suceder, pero ¿es ése el motivo de nuestra fe y de nuestro seguimiento de Cristo Jesús? Si es así, le haríamos «suspirar» también nosotros, quejándose de nuestra actitud. Debemos descubrir a Cristo presente en las cosas tan sencillas y profundas como son la comunidad reunida, la Palabra proclamada, el Pan y Vino de la Eucaristía, el ministro que nos perdona, la comunidad eclesial que es pecadora, pero es el Pueblo santo de Cristo, la persona del prójimo, también el débil y enfermo y hambriento, esos pequeños servicios de cada día, especialmente en estos días en que por la contingencia se conviven muchas horas del día en casa... Esas son las pistas que él nos dio para que le reconociéramos presente en nuestra historia. Igual que en su tiempo apareció, no como un rey magnifico ni como un guerrero liberador, sino como el hijo del carpintero y como el que muere desnudo en una cruz, pide reconocerle en los signos sencillos de cada día. Que María santísima, desde la sencillez de su corazón, nos ayude a descubrirle a Jesús así para amarlo más y hacerlo amar del mundo entero. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 14 de febrero de 2021

«Jesús no excluye a nadie»... Un pequeño pensamiento para hoy


La curación del leproso que nos narra el evangelio de hoy (Mc 1,40-45), es contada por los tres sinópticos (Ver Mt 8,2-4; Lc 5,12-16). Es uno de los primeros milagros que realiza Jesús y el evangelista nos muestra que Jesús empieza por sentir piedad ante el sufrimiento que encuentra a su paso (Mc 1,41). Esa «emoción» y esa «compasión» que describe san Marcos, son importantes por cuanto en Cristo el amor poderoso y curativo de Dios pasa a través de esos sentimientos humanos. Cristo quiere humanamente la curación de los enfermos que encuentra a su paso, y sin ese deseo no habría habido milagros. Por eso Cristo tiene conciencia de que el amor a sus hermanos es el canal del amor de Dios hacia los hombres. Jesús, diríamos, es todavía novicio en el empleo de su carisma de taumaturgo. Presiona al enfermo curado para que guarde silencio y le insiste, sobre todo, en que no prescinda de los exámenes legales (Lev 13-14). Finalmente, esquiva en lo posible la admiración de la multitud que podría entender mal sus milagros (Mc 1,45). Se advertirá igualmente que Cristo no reclama la fe del peticionario, tal como hará más adelante en la mayoría de los casos. Está realmente descubriendo el poder divino que hay en él y busca las condiciones más apropiadas para ejercerlo.

Jesucristo, en este relato, nos muestra que él no excluye a nadie. Pero también nos enseña que no deja el mundo igual. Cristo ama a cada hombre —a cada pecador, a cada leproso— y por ello no se desentiende de su mal, de su lepra, sino que la cura. Es decir, lucha contra el mal, porque ama al hombre, a cada hombre, a cada pecador —dicho de otra manera, ama a cada hombre y por ello quiere salvarle, liberarle, curarle—. Él comprende, comparte, no juzga, ayuda a todo hombre que se le acerque, por más «pecador» —leproso— que parezca, sabiendo que todos compartimos la realidad de mal, de pecado. Dice el Evangelio que salía de Jesús un poder que curaba a todos. Pero para ser curados se necesita algo muy importante: La Fe. La confianza del leproso, según se nos muestra, es extraordinaria: «Si quieres, puedes curarme» dice. Es la fe de la cananea, del centurión, del padre del epiléptico. Jesús se siente siempre conmovido por esta fe. Basta esa fe para un diálogo tan breve y tan intenso. Dos palabras para revelar la fe del leproso, una palabra para señalar el efecto de esta fe: —Si quieres, puedes. —Quiero.

La petición del leproso encierra todo un deseo vital. Él le pide Señor que quede limpio. Y quedar limpio para aquel hombre no era sólo quedar sin enfermedad sino tener la posibilidad de reinsertarse en la vida civil. Volver a ser un hombre normal que pudiera hablar con sus semejantes sin tener que gritarles desde lejos porque era impuro; un hombre que pudiera volver a comer a la mesa con los suyos sin necesidad de consumir su pobre comida a la vera de un camino abandonado. Para aquel hombre, quedar limpio era cierta y verdaderamente volver a la vida. Comprendemos perfectamente su ruego y nos alegramos muchísimo de que Jesús accediera al mismo. Cuando se desea algo tan intensamente como lo deseaba el leproso se pide a aquél que puede concederlo con la misma espontaneidad con que lo hizo el leproso del evangelio. Y nosotros, aquí y ahora, ¿qué pedimos a Dios? ¿Qué pide a Dios en sus oraciones el discípulo–misionero de hoy? Ante el Evangelio de hoy parece fundamental que repitamos insistentemente como el leproso: «Si tu quieres, puedes curarme». Que María santísima, la toda pura, nos ayude intercediendo por nosotros. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

sábado, 13 de febrero de 2021

«La compasión de Jesús»... Un pequeño pensamiento para hoy


Siempre me ha llamado la atención que en el pasaje evangélico de hoy, que es el relato muy conocido de la multiplicación de los panes (Mc 8,1-10), los discípulos jueguen un papel bastante importante. El evangelista dice que después de hacer el milagro de la multiplicación de aquellos siete panes y unos cuantos peces, Jesús mandó a sus discípulos que fueran ellos los que los distribuyeran a la gente. Y me llama la atención porque me recuerda la importancia de nuestra colaboración en los proyectos de Dios que quiere valerse de nosotros para darse él mismo a los demás. Los discípulos no tienen nada que dar, más que los siete panes y unos cuantos peces que seguramente ni para ellos mismos alcanzaban. Sin embargo, cuando Dios interviene la cosa cambia y comió toda aquella gente —que era mucha, dice el evangelista— hasta quedar satisfecha. EL relato nos dice que hasta sobraron siete canastos.

Otra cosa que por supuesto llama la atención es la compasión de Jesús por toda aquella gente. «Me da lástima esta gente», dice Dios. Y es que nuestro Dios es un Dios compasivo. ¡No nos engañemos! Dios es un enamorado. «¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré» (Is 49,15). Dios está apasionado, Dios está loco de amor. Como un enamorado, porque ama, lo deja todo: su tranquilidad, su reputación, su renombre. ¿Qué puede ver de bueno en nosotros o de extraordinario para enamorarse? ¿Cómo puede hacer de nuestra tierra agotada, ingrata, pervertida o sublevada el objeto de semejante amor? ¿Qué pudo obligar al Hijo a tomar la cruz? «Me da lástima esta gente». Y Dios rompe su propio cuerpo, para saciar con él a esta tierra que ni siquiera conoce el hambre que padece. «Me da lástima de esta gente». Sólo Dios tiene derecho a pronunciar estas palabras sintiendo compasión, por haber pagado un alto precio para que la lástima se trocara en purificación. Aprendamos de Jesús su buen corazón, su misericordia ante las situaciones en que vemos a todo el mundo para ser como aquellos discípulos, distribuidores de los bienes que vienen de Dios. Por pobres o alejadas que nos parezcan las personas, Jesús nos ha enseñado a atenderlas y dedicarles nuestro tiempo con compasión como discípulos–misioneros suyos que somos. 

Nosotros no sabremos hacer milagros. Pero hay multiplicaciones de panes y de paz y de esperanza, de cultura, de bienestar, de bienes que podemos compartir que no necesitan poder milagroso, sino un buen corazón bueno y compasivo, semejante al de Cristo, para hacer el bien. La «salvación» o la «liberación» que Jesús nos ha encargado que repartamos por el mundo es por una parte espiritual y por otra también corporal: la totalidad de la persona humana es destinataria del Reino de Jesús, que ahora anuncia y realiza la comunidad cristiana, con el pan espiritual de su predicación y sus sacramentos, y con el pan material de todas las obras de asistencia y atención que está realizando desde hace dos mil años en el mundo. La multiplicación de los panes por parte de Jesús no es un cuadro de un museo, no es una pieza arqueológica. Preguntémonos sinceramente, con el corazón en la mano y viendo el corazón generoso y compasivo de María Santísima: Señor, ¿qué quieres de mí en este mundo con tantos hambrientos? ¿Tengo yo que hacer algo en la multiplicación de los panes hoy? ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 12 de febrero de 2021

«Una curación muy especial»... Un pequeño pensamiento para hoy


El milagro relatado en el Evangelio de hoy (Mc 7,31-37) pertenece al grupo de capítulos del evangelio de san Marcos escritos con la intención de que el pueblo llegue a descubrir que Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre. El evangelista relata cómo mientras estaba Jesús en la región del mar de Galilea le traen un hombre sordo y tartamudo, pidiéndole que haga algo por él. Jesús lo aparta de la gente, y después de tocarlo con sus dedos y su saliva, expresión de su humanidad, implora al cielo, y tras una orden suya, el hombre queda sano. Jesús cura al hombre desde su más honda realidad, le abre los sentidos para que sea sensible y perciba una nueva manera de vivir. Hay algo interesante, para curar al sordomudo, Cristo le lleva fuera de la multitud (Mc 7,33), como para subrayar que el mutismo es característica de la multitud y que es necesario apartarse de su manera de juzgar las cosas para abrirse a la fe. El hombre aquel habrá de enfrentarse a su realidad para dejarse transformar.

Ser sordo y mudo es el colmo de la incomunicación. El sordo y tartamudo vive prácticamente en otro mundo. Es un mundo de silencio permanente que nada puede romper. Precisamente porque está totalmente aislado, porque no se puede comunicar con los demás, el sordomudo se sitúa al margen de la comunidad humana. Devolviéndole la palabra, Jesús le permite a aquel hombre integrarse de nuevo en su familia, en su pueblo. Pero los efectos de la curación son mayores. El sordomudo no sólo puede escuchar y hablar. Dedica su hablar a proclamar la maravilla que Dios, a través de Jesús, ha hecho con él. Veamos ahora cómo la curación Jesús la hace de una manera sencilla, primero parece perforarle los oídos —le metió los dedos—. Luego, le toca la lengua con su saliva. Para interpretar este último gesto, hay que tener en cuenta que, en la cultura judía, se pensaba que la saliva era aliento condensado; la aplicación de la saliva significa, pues, la transmisión del aliento / Espíritu. Así, a la comprensión del mensaje de Jesús —oídos— debe corresponder su proclamación profética, inspirada por el Espíritu —lengua—. El hombre es curado para escuchar y proclamar la Buena Nueva.

Finalmente quisiera decir que este episodio de hoy nos recuerda de modo especial el sacramento del Bautismo, porque uno de los signos complementarios con que se expresa el efecto espiritual de este sacramento es precisamente el rito del «effetá», en el que el ministro toca con el dedo los oídos y la boca del bautizado y dice: «El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te conceda, a su tiempo, escuchar su Palabra y proclamar la fe, para alabanza y gloria de Dios Padre». Y es que todo discípulo–misionero de Cristo ha de tener abiertos los oídos para escuchar y los labios para hablar. Para escuchar tanto a Dios como a los demás, sin hacerse el sordo ni a la Palabra salvadora ni a la comunicación con el prójimo. Para hablar tanto a Dios como a los demás, sin callar en la oración ni en el diálogo con los hermanos ni en el testimonio de nuestra fe. A la luz de esto pensemos un momento si también nosotros somos sordos cuando deberíamos oír. Y mudos cuando tendríamos que dirigir nuestra palabra, a Dios o al prójimo. Pidamos a Cristo Jesús, por intercesión de María Santísima que una vez más haga con nosotros el milagro del sordomudo. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 11 de febrero de 2021

SÚPLICA A LA VIRGEN MARÍA, SALUD DE LOS ENFERMOS EN EL TIEMPO DE LA PANDEMIA...


Virgen María, Madre de Cristo y de la Iglesia,

por generaciones nos dirigimos confiados a ti

con el nombre de salud de los enfermos.

Mira a tus hijos en esta hora de preocupación y sufrimiento

por un contagio que siembra temor y aprensión en nuestros hogares,

en los lugares de trabajo y descanso.

Tú que conociste la incertidumbre ante el presente y el futuro,

y con tu Hijo también recorriste los caminos del exilio,

recuérdanos que él es nuestro camino, verdad y vida

y que solo él, que venció nuestra muerte con su muerte,

puede liberarnos de todo mal.

Madre dolorosa junto a la cruz del Hijo,

tú que también has conocido el sufrimiento:

calma nuestros dolores con tu mirada maternal y tu protección.

Bendice a los enfermos y a quien vive estos días con el miedo,

a las personas que se dedican a ellos con amor y coraje,

a las familias con jóvenes y ancianos,

a la Iglesia y a toda la humanidad.

Enséñanos de nuevo, oh, Madre,

a hacer cada día lo que tu Hijo dice a su Iglesia.

Recuérdanos hoy y siempre, en la prueba y la alegría,

que Jesús cargó con nuestros sufrimientos y asumió nuestros dolores,

y que con su sacrificio

ha traído al mundo la esperanza de una vida que no muere.

Salud de los enfermos,

Madre nuestra y de todos los hombres,

ruega por nosotros. Amén.

Letanía para tiempos de Covid-19*...


Oh Dios Padre, 

Ten piedad de nosotros. 


Oh Dios Hijo, 

Ten piedad de nosotros. 


Oh Dios Espíritu Santo, 

Ten piedad de nosotros. 


Oh Santa Trinidad, un solo Dios, 

Ten piedad de nosotros. 


Dios de misericordia, venimos a ti en este tiempo de ansiedad e incertidumbre que rodea el brote de COVID-19. A medida que las penas de nuestros corazones y mentes aumentan, te suplicamos que nos salves de toda angustia y temor. Desecha todas las hacedumbres de las tinieblas. Sé nuestra roca, y nuestro castillo para salvarnos. Porque el Señor es nuestra fortaleza y nuestro refugio, y él será nuestro Salvador.    


Por todos los que han muerto: recíbelos en tus brazos de misericordia, concédeles la paz eterna y abriga los que están de luto con tu gracia sanadora. 

Señor, atiende nuestra súplica. 


Por los que han sido infectados por el virus: ayúdalos a recuperar su salud y restáuralos en cuerpo, mente y alma. 

Señor, atiende nuestra súplica. 


Por los que están a alto riesgo de infección, especialmente los ancianos, los que ya están enfermos, los marginalizados y los pobres: mantenlos sanos y libres de toda enfermedad. 

Señor, atiende nuestra súplica. 


Por los que están en cuarentena, los encerrados y los enfermos: ayúdalos a encontrar la paz, mantenlos en buena salud y renueva sus mentes y sus espíritus. 

Señor, atiende nuestra súplica. 


Por los hospitales, los doctores, los enfermeros y el personal: protégelos mientras ministran a los enfermos, alivia todo estrés y provee los recursos y el espacio necesario para satisfacer a las necesidades de los enfermos. 

Señor, atiende nuestra súplica. 


Por los socorristas: guárdalos de todo peligro, y concédelos la fuerza y el valor para que puedan responder a todas las llamadas de socorro. 

Señor, atiende nuestra súplica. 


Por los trabajadores de servicio y los que se ven obligados a trabajar mientras sus comunidades entran en cuarentena: mantenlos en salud, otórgales recursos para cuidarse a si mismos y a sus familias y mantenlos seguros en estos tiempos de ansiedad financiera y médica. 

Señor, atiende nuestra súplica. 


Por los que están experimentando perdidas financieras e incertidumbre de recursos: ten piedad de ellos, alivia cualquier temor y provee su pan y salario diario. 

Señor, atiende nuestra súplica. 


Por los líderes de esta nación y del mundo: ayúdalos a tomar decisiones sensatas para asegurar el futuro de nuestro planeta. 

Señor, atiende nuestra súplica. 


Por todas las escuelas, los estudiantes, los maestros, los administradores y el personal: mientras las escuelas permanecen abiertas, mantenlas sanas y en buenos espíritus para aprender; cuando cierren, alimenta los que tendrán hambre sin comidas garantizadas y alberga a todos los estudiantes sin donde vivir. 

Señor, atiende nuestra súplica. 


Por todos los medios de comunicación y los periodistas: protégelos de todo peligro en su reportaje y conviértalos en un vector de verdad y certeza y nunca de temor o susto. 

Señor, atiende nuestra súplica. 


Por todos los lugares de culto: aliéntalos para ser faros de esperanza y de amor, y ayúdalos a reunirse como y cuando puedan – sea en persona o en línea – para darte nuestra alabanza.  

Señor, atiende nuestra súplica. 


Por los líderes de la iglesia: ayúdalos a ministrar a sus rebaños; fortalécelos para ser pastores fieles, para perseverar en oración y para edificar la familia de Dios en maneras nuevas y creativas. 

Señor, atiende nuestra súplica. 


Por los jóvenes: guárdalos de todo peligro y temor, y mantenlos como un signo gozoso de tu amor y tu luz. 

Señor, atiende nuestra súplica. 


Por todos los padres: fortalécelos para los tiempos venideros, y dales palabras y testimonio para ser sabios consejeros y cuidadores compasivos. 

Señor, atiende nuestra súplica. 


Por calma en medio de la tormenta: mientras las olas azotean nuestro barco y nos preguntamos “¿no te importa?”, recuérdanos a no tener miedo, que contigo todo es posible, y que incluso el viento y el mar te obedecen.  

Señor, atiende nuestra súplica. 


Despierta en nosotros tu espíritu de compasión y tenacidad para los tiempos venideros. 

Amén. 


Muévenos a comunicarnos con nuestros amados a riesgo de infección y con los que están en cuarentena. 

Amén. 


Alivia nuestro temor y ansiedad, que podamos compartir nuestros recursos en vez de almacenarlos y extender una mano a los necesitados.  

Amén.  


Inspíranos a compartir las Buenas Nuevas de tu amor y esperanza. 

Amén. 


Todo esto te pedimos mediante tu hijo Jesucristo nuestro Señor: sanador del enfermo, Señor del mar tempestuoso y salvador del mundo. 

Amén. 


Oficiante:        Señor, ten misericordia de nosotros. 

Pueblo:           Cristo, ten misericordia de nosotros. 

Todos:            Señor, ten misericordia de nosotros. 


* ESCRITA POR MICHAEL KURTH

«Todos somos hermanos»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy se celebra la Jornada Mundial del Enfermo en el día en que la Iglesia recuerda a la Virgen de Lourdes. Esta Jornada fue instituida por san Juan Pablo II el 13 de mayo de 1992 y desde entonces se viene celebrando con un mensaje del Papa y con diversas acciones a favor de los enfermos. Este año el Papa Francisco centra la celebración en el pasaje evangélico en el que Jesús critica la hipocresía de quienes dicen, pero no hacen (cf. Mt 23,1-12). El Papa dice que cuando la fe se limita a ejercicios verbales estériles, sin involucrarse en la historia y las necesidades del prójimo, la coherencia entre el credo profesado y la vida real se debilita. El riesgo es grave; por este motivo —asevera el Santo Padre— Jesús usa expresiones fuertes, para advertirnos del peligro de caer en la idolatría de nosotros mismos, y afirma: «Uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos» (v. 8).

El Papa dice que «ante la condición de necesidad de un hermano o una hermana, Jesús nos muestra un modelo de comportamiento totalmente opuesto a la hipocresía. Propone detenerse, escuchar, establecer una relación directa y personal con el otro, sentir empatía y conmoción por él o por ella, dejarse involucrar en su sufrimiento hasta llegar a hacerse cargo de él por medio del servicio (cf. Lc 10,30-35). La experiencia de la enfermedad —afirma el Papa Francisco— hace que sintamos nuestra propia vulnerabilidad y, al mismo tiempo, la necesidad innata del otro. Nuestra condición de criaturas se vuelve aún más nítida y experimentamos de modo evidente nuestra dependencia de Dios. Efectivamente, cuando estamos enfermos, la incertidumbre, el temor y a veces la consternación, se apoderan de la mente y del corazón; nos encontramos en una situación de impotencia, porque nuestra salud no depende de nuestras capacidades o de que nos “angustiemos” (cf. Mt 6,27)».

El Evangelio de hoy (Mc 7,24-30) nos pone al Señor en esa fraternidad con quien sufre, una mujer sirofenicia que pide la liberación de su hija que estaba poseída y que es puesta a prueba en su fe. Jesús no es tan sólo el mesías esperado por Israel, sino el salvador que todos los hombres. Es aquél que puede liberar a todos de sus malos demonios, que puede traer la sanación universal. Es aquél que en todo hombre puede liberar «lo mejor de sí mismo». También los que nos parecen alejados o marginados pueden tener fe y recibir el don de Dios. Esto nos pone sobre aviso: tenemos que saber acoger a los extraños, a los que no piensan como nosotros, a los que no son de nuestro círculo. En su mensaje para el día de hoy, el Papa Francisco hace referencia a la Virgen María que siempre nos acompaña. El Papa dice: «Que Ella, desde la Gruta de Lourdes y desde los innumerables santuarios que se le han dedicado en todo el mundo, sostenga nuestra fe y nuestra esperanza, y nos ayude a cuidarnos unos a otros con amor fraterno» (Mensaje Jornada Mundial Enfermos 2021). Que ella nos siga acompañando para amar y ayudar a todos. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 10 de febrero de 2021

«Lo que sale del corazón»... Un pequeño pensamiento para hoy

«Nada que entre de fuera puede manchar al hombre; lo que sí lo mancha es lo que sale de dentro», dice Cristo en el Evangelio de hoy (Mc 7,14-23). De dentro del corazón del hombre proceden los pensamientos perversos: las fornicaciones, los hurtos, los homicidios, los adulterios, las codicias, las maldades, el fraude, la impureza, la envidia, la blasfemia, el orgullo. Todas estas maldades proceden del interior del hombre y lo manchan. Pero también los pensamientos de gracia, los pensamientos hermosos, los pensamientos de bien salen del corazón. Lo que hace buenas o malas las cosas es entonces lo que brota del corazón del hombre, la buena intención o la malicia interior. Jesús quiere enseñar a la gente de su tiempo, en concreto quiere que lo capten los fariseos, que los alimentos o en general las cosas de fuera tienen una importancia mucho más relativa. Y no es que los fariseos fueran malas personas. Eran piadosos, cumplidores de la ley. Pero habían caído en un legalismo exagerado e intolerante y, llevados de su devoción y de su deseo de agradar a Dios en todo, daban prioridad a lo externo, al cumplimiento escrupuloso de mil detalles, descuidando a veces lo más importante, que es lo que brota del corazón.

Jesús quiere que a aquellas gentes les quede clara la idea de que la fuente principal del Reino es el interior del ser humano, su corazón, su conciencia, su voluntad, la adhesión profunda a su proyecto, lo que hoy llamaríamos «nuestra opción fundamental y determinante». Nada externo a ésta puede pervertir al ser humano. Si está sano en su juicio, si sus valores son los del Reino de Dios verá el mundo desde esa perspectiva y así actuará. Tal vez flaquee, se sienta cansado, temeroso, pero su corazón no le permitirá actuar contra sus principios. Estando puro el interior la impureza exterior no tendrá cabida. En su caminar Jesús se encontraba con hombres y mujeres que les tocaba vivir en medios donde la perversión, la avaricia y otros pecados los rodeaban —como sucede ahora también—; pero como su conciencia no estaba impura, Jesús pudo construir con ellos espacios nuevos. Al tocar con sus palabras los corazones de estas personas hallaba respuesta, porque tenían en su interior los valores del Reino, soñaban con ellos A pesar del camino que les tocó vivir, su corazón permanecía sano.

Lo externo puede ser dañino, pero no dañara al ser humano si se tiene una conciencia capaz de transformar lo impuro en puro, capaz de darle otro sentido a lo que lo aleja de Dios para usarlo como elemento de acercamiento. La cuestión está en saber qué está mal o no en el corazón, para ser realmente felices y actuar con la convicción de estar haciendo siempre el bien. Se puede hacer siempre el bien, evitando aquello que se sabe que está mal y que puede dañar y dejar una marca para toda la vida: la infelicidad. Porque ciertamente, con ninguna de esas cosas malas que dice Jesús que salen del corazón, se puede ser feliz, pero si en el corazón se cultivan los valores del Reino entonces llega la bienaventuranza. Nos viene bien recordar ahora que en otra ocasión dijo Jesús: «De la boca sale lo que abunda en el corazón» (Mt 15,18; Lc 6,45) y además: «El árbol bueno no puede dar frutos malos» (Mt 7,18). Con esta instrucción del día de hoy, el Señor no solo declara lícitos todos los alimentos, sino que nos previne del tipo de alimentos que verdaderamente pueden dañar al hombre y son aquello con los que alimentamos nuestro corazón —es decir nuestra imaginación, pensamiento, memoria, sentimientos—. Por ello tengamos cuidado del tipo de espectáculos, revistas y programas de televisión, páginas de Internet y aplicaciones que vemos, de nuestras conversaciones, etc.. Sería bueno que hoy nos preguntásemos qué tipo de alimentos estamos dejando entrar en nuestro corazón. Que María santísima nos ayude a elegir lo mejor. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.