jueves, 31 de diciembre de 2020

Una reflexión en torno a María para el final de año que se acaba y el umbral del que apenas llega*...

Al final del año que se acaba y en el umbral del que apenas llega, donde convergen las experiencias del pasado y las esperanzas del futuro, la solemnidad de la maternidad divina de María, se nos presenta a los católicos como un astro luminoso que nos habla, ante todo, de la paz. María, la Madre de Dios, quietud de un corazón activo que goza en la paz en un humilde pesebre, porque allí está el salvador. La maternidad de María, tiene su expresión incuestionable en el gran amor que Dios nos tiene. Quiso hacerse hombre para salvarnos y por eso envía a su Hijo, nacido de mujer.

En esta solemnidad la Iglesia, ante todo, pretende revivir una experiencia: La maternidad de María como fuente y modelo de la maternidad misma de la Iglesia, que es portadora de la paz. Cristo es nuestra paz, María, a quien también invocamos como Nuestra Señora de la Paz, trae a Jesús para hacernos hombres y mujeres paz, almas pacíficas y pacificadoras, como diría la beata María Inés Teresa.

María, en la serenidad del pesebre de Belén, medita con paz en el corazón en la misión que se le ha confiado. Ella debe desempeñar las funciones de Madre: dar crecimiento, educar, fortalecer, acompañar. La Iglesia se siente en íntima comunión con la que creyó, sintió y vivió en paz la presencia de Dios. Nosotros, en esta solemnidad, desde las vísperas, somos invitados a sentirnos participantes de la misma fe y misión de María Madre de Dios, nuestra Señora de la Paz.

La experiencia de la maternidad de la Santísima Virgen es una realidad de suma importancia para quienes creemos. Dios, el invisible, el todopoderoso, el omnisciente y omnipresente, se esconde detrás de las realidades humanas. Como Cristo asume y engloba toda la humanidad, así la Santísima Virgen engloba toda maternidad. Toda mamá de nuestros tiempos, puede vivir sus experiencias físicas y espirituales por referencia a María. Ella aceptó la palabra de Dios, que se constituyó en un reto con una respuesta de amor que inundó de paz su corazón. 

A partir de la anunciación, María siente crecer dentro de sí la presencia del Príncipe de la paz, a medida que crece la presencia corporal del niño que lleva en su seno. Luego, en la pobreza de un pesebre le recibe entre sus manos, le viste, le alimenta, le protege. El hombre busca a Dios y Dios viene en busca del hombre. De rico que era, Dios se hace pobre, le faltó la cuna para nacer, le faltó el lecho para morir. Fue su Madre, la Virgen María, la cálida cuna de Belén y la fiel compañera a la hora de morir. Se hace pobre y con su pobreza nos enriquece, necesita el calor de una Madre, María, la jovencita de Nazareth. Por eso, sigue siendo María la que presenta siempre a Dios al mundo, desde el primer momento hasta el final, por esos sus ojos irradian paz, ternura, humildad. Una mujer de nuestra raza, hermana y madre nuestra, ofrece al mundo de los hombres al único que puede salvarlo de la guerra, de la angustia, de la soledad, de la depresión, de la desesperación de un mundo que se envuelve en crisis y de revuelca en conflictos de mil clases diferentes.

María, por la fe, se convierte, como Abrahán, en madre de todos los que por la misma fe se han de incorporar a su Hijo: es el nacimiento y desarrollo de la Iglesia. De esta forma, las experiencias maternales de la Madre de Dios, son las experiencias de la Iglesia. Es la fe la que da la vida a la Iglesia, y es el Espíritu Santo quien la cubre con su sombra para hacerla crecer con nuevos nacimientos. Por Jesús, todos recibimos la posibilidad de ser hijos de Dios y vivir en paz. Por María, recibimos la posibilidad de ser sus hijos desde el momento en que entramos en la fraternidad con Jesús.

Desde el nacimiento de Jesús, la humanidad pudo escapar a los largos años de ignorancia que precedieron la venida del Príncipe de la Paz. No obstante, ahora, al iniciar un nuevo año, luego de la venida de Cristo, junto a María su madre, que es Madre nuestra también; todos los que nos identificamos como católicos tenemos un reto: Caminar vigilantes en el amor que busca la paz, sin dejarnos impregnar de criterios y conductas no cristianos, provenientes de un mundo que no se ha querido dejar llevar por ideologías de paz, por un mundo que avanza por caminos de guerra, de discordia, de enemistad. Un mundo de confort cada vez más sofisticado, de técnica desbordante, de desarrollo impresionante, pero a la vez, un mundo que vive triste impregnado de filosofías de pesimismo y drogas de evasión, un mundo carente de razones para vivir, un mundo, en pocas palabras, aún sin bautizar.

Al celebrar a la Madre de Dios se nos invita ahora a una cita con los pastores a un lugar insospechado: un estable, el pesebre de Belén. Allí la gracia salutífera de Dios reposa en los brazos de María. Allí, en el vientre de una doncella virgen, se ha hecho carne la Palabra de Dios. Ese pequeño niño satisface la necesidad que el hombre de hoy tiene de saber que alguien nos comprende, se interesa por nosotros y nos ama.

¡Qué curioso! Los primeros beneficiarios de la escena que el evangelio nos presenta son los pastores. Es como decir, al inicio de un nuevo año, celebrando la jornada mundial por la paz, que Dios viene al encuentro del hombre natural, sin prejuicios, sin influjos maléficos de la sociedad sofisticada y escéptica: todos esos que más tarde serán llamados en repetidas ocasiones «sencillos de corazón». Fueron y encontraron al Niño con su Madre... ¡es natural! La dificultad de muchos para encontrar a Dios es que no le buscan  o no lo hacen como conviene. Hay que ir a María, allí está Jesús en sus brazos.

Al iniciar un nuevo año, nuestra mirada se dirige a ella, a la Madre de Dios, pensando en el futuro donde por la fe divisamos al Hijo del Hombre, caminamos a su encuentro. Dios tiene una historia humana de la que nosotros formamos parte. Vivir en esta historia de Dios es vivir en su amor, en la vida de gracia, en la justicia, en la esperanza, la fraternidad y la paz.

Año tras año vivimos el regocijo de un nuevo año. Podemos pasar superficialmente por encima de otra celebración más en nuestras vidas o podemos ir también nosotros a los brazos de María, hacernos Niños como Jesús y ponernos en su regazo. Allí le daremos gloria a Dios y nuestro corazón se dispondrá para hacernos creadores de la paz. Almas pacíficas y pacificadoras.

Feliz año bajo la mirada amorosa de María la Madre de Dios, Señora de la Paz, nuestra Señora del Rosario.

Padre Alfredo.

Reflexión basada en la homilía que pronuncié en la Misa de media noche del 31 de diciembre de 2002.

«El último día del 2020»... Un pequeño pensamiento para hoy


Llegamos al final de un año civil que nos ha tocado vivir —por la misericordia de Dios— un tiempo difícil, un año de dolorosas pérdidas por la sorpresiva aparición de la pandemia que parece querer instalarse para siempre. Los hechos que han acontecido durante este 2020 han modificado nuestra visión del mundo. Creíamos vivir en un orden internacional inamovible; en un equilibrio de fuerzas en torno al cual giraba la salud, la economía, la vida social.... y de golpe esta visión del mundo se ha derruido por un bicho. Ya se ve venir, como muchos dicen, una lucecita en el túnel, pero la realidad es que estamos lejos de volver a la normalidad «lo más normal posible». Al mismo tiempo, nos hemos dado cuenta de que no necesitamos mucho de lo material para vivir. El Señor, que es Maestro por excelencia, mucho nos ha enseñado al respecto con el confinamiento que la mayoría de la humanidad ha tenido que vivir. Terminar el año y empezar otro en el ambiente de la Navidad, sobre todo en medio de la calamidad que atraviesa la humanidad, nos invita a pensar en la marcha de nuestra vida, cómo estamos respondiendo al plan salvador de Dios. Para que no vayamos adelante meramente por el discurrir de los días, atropellados por el tiempo, el miedo y la angustia, sino dueños del tiempo y de nuestro «sí», conscientes de la dirección de nuestro camino.

Y aquí estamos hoy nosotros, en el grupo de discípulos–misioneros de Cristo agradeciendo todo, a punto de comenzar el nuevo año en torno a la Palabra del Señor. A Dios le damos gracias porque hemos vivido un año más, regalo de Él, amigo de los hombres y amigo de la vida. Me viene a la mente aquella conocida canción que me gusta escuchar en la voz de Mercedes Sosa: «Gracias a la vida, que me ha dado tanto». Y recordando todo lo vivido en el año, de próspero y adverso, de salud y de enfermedad, podemos comenzar a escribir nuestras vidas de un modo mejor, más humano, más cristiano. Es lo que decía san Pablo a la comunidad de Filipos: «Me olvido de lo que queda detrás y me lanzo hacia lo que queda delante»; agradezco lo sucedido en el año 2020 y lo pongo en manos de Dios y voy hacia el 2021, pensando en aquello que dice el poeta alemán Reinhold Schneider: «aun después de una mala cosecha, se debe sembrar de nuevo».

El Evangelio de hoy nos vuelve al prólogo de san Juan (Jn 1,1-18), que, a diferencia de los relatos de los evangelios de la infancia, no narra las vivencias históricas del nacimiento y primera infancia de Jesús, sino que describe, en forma poética, el origen de la Palabra en la eternidad de Dios y su persona divina en el amplio horizonte bíblico del plan de salvación que Dios ha trazado para el hombre, plan de salvación que en este año ya inminente que estamos por iniciar, debemos de seguir construyendo. Navidad sigue siendo luz y gracia, pero también examen sobre nuestra vida en la luz. Cada uno hará bien en reflexionar en este último día del año si de veras se ha dejado poseer por la buena noticia del amor de Dios, si está dejándose iluminar por la luz que es Cristo, si permanece fiel a su verdad, si su camino es el bueno o tendría que rectificarlo para el próximo año, si se deja embaucar por falsos maestros. En este discernimiento nos tendríamos que ayudar los unos a los otros, para distinguir entre lo que es sano pluralismo y lo que es desviación, entre lo que obedece al Espíritu de Cristo o al espíritu del mal. El último día del año somos invitados a contemplar, con detenimiento, la encarnación del Hijo de Dios como una nueva creación, la misma Palabra creadora de Dios que asumió la carne humana para descubrirnos la gloria de Dios. Sólo Dios puede darse a conocer a sí mismo, Él es principio y fin. En la transición de fin de año y año nuevo, como discípulos–misioneros, debemos situarnos con gratitud, aún en medio de la adversidad, volviendo la mirada al año transcurrido y con esperanza frente a los días por venir en que esperamos un mundo mejor. ¡Bendecido jueves último día del atípico año 2020!

Padre Alfredo.

miércoles, 30 de diciembre de 2020

«Ana, la profetisa anciana que nos deja una enseñanza»... Un pequeño pensamiento para hoy

En el Evangelio de hoy, sexto día de la Octava de Navidad, aparece Ana, esa sencilla y anciana mujer (Lc 2,36-40) que parece no tener relevancia alguna, pero que nos puede hacer pensar en la dedicación callada a Dios, en el espíritu atento a sus llamadas y manifestaciones, en la alegría de la salvación que siempre se nos muestra. Y también en lo que todos podemos aprender de los ancianos. Ana, según se puede apreciar en este breve espacio evangélico, pertenecía al grupo de los pobres de Yahvé los «anawim». No poseía nada porque aparentemente la desgracia entró en su hogar. Si permanecía en su pobre casa, ¡la de una anciana! estaría sola todo el día. Entonces encuentra una solución: pasa la mayor parte del tiempo en el templo, rezando «día y noche». 

En el pasaje Ana se presenta como una mujer de edad muy avanzada, quizá con sus fuerzas físicas muy disminuidas por alguna enfermedad... se puede percibir que nadie le pide ni le encarga nada... por lo demás podría sentirse inútil. Pero, cerca de Dios ha hallado una solución: hace de su vida una «ofrenda», «sirve a Dios», «ayuna»: toda su vida es una especie de sacrificio, de holocausto al amor misericordioso que, como incienso, sube al cielo como el humo en la oración y ofrenda de la tarde. Y entonces su vida y su pobreza son de un valor infinito; con lo que salva al mundo. Esta mujer —viendo todo esto con los ojos de la fe— es más importante a los ojos de Dios que todos los doctores de la Ley y los sacerdotes que ejercen sus funciones oficiales en el Templo. Ella proclamaba las alabanzas de Dios, y hablaba del niño a todos aquellos que esperaban la liberación de Israel.

Ana no prorrumpe en cánticos tan acertados como los de Zacarías o Simeón. Ella simplemente habla del Niño y da gloria a Dios. Es «vidente» en el sentido de que tiene la vista de la fe, y ve las cosas desde los ojos de Dios. Es una mujer, como digo, sencilla, viuda desde hace muchos años. Y con todo esto que he destacado de su persona, nos da ejemplo de fidelidad y de amor. Dios anda en lo sencillo y lo cotidiano. Como también sucedió en los años de la infancia y juventud de Jesús. El evangelio de hoy termina diciendo que su familia vuelve a Nazaret, y allí «el niño iba creciendo y robusteciéndose y se llenaba de sabiduría y la gracia de Dios lo acompañaba». Los vecinos no notaban nada. Sólo José y María sabían del misterio. Pero Dios ya estaba entre nosotros y actuaba. Quienes viven una profunda comunión, una real comunión con el Dios de la Vida, pueden descubrir lo que Dios está haciendo en la historia. Con María y José sigamos viviendo esta fiesta de la Octava de Navidad. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 29 de diciembre de 2020

«La Octava de Navidad»... Un pequeño pensamiento para hoy


No podemos olvidar que estamos celebrando la «Octava de Navidad» y no podemos tampoco olvidar que lo más importante en Navidad es saber que cuando la Iglesia, el Pueblo de Dios, celebra litúrgicamente la Navidad, Jesús de Nazaret vuelve de nuevo a la tierra, se hace presente de nuevo entre los hombres —«se presencializa»— se actualiza el misterio, y le repite a cada hombre, en el corazón, su mensaje de: «Dios es Padre, los hombres son hermanos y... ámense los unos a los otros». Hace algunos días, en el Rosario de las 9 de la noche en Facebook, alguien me preguntaba, precisamente, que qué era la «Octava de Navidad», así que quiero aprovechar este día para hablar un poco de la misma. Como es tradición en la Iglesia, la noche del 24 de diciembre se empieza a celebrar de manera solemne la Natividad del Señor y luego siguen ocho días llamados «Octava de Navidad», que comienza el 25 de diciembre y concluye el 1 de enero, en los que igualmente se festeja el nacimiento del Niño Dios como si fuera un solo día.

La celebración de la «Octava» tiene sus raíces en el Antiguo Testamento, en el que los judíos festejaban las grandes fiestas por ocho días. Asimismo, tal como se lee en el Génesis (Gn 17,9-14), hace muchos siglos Dios hizo una alianza con Abraham y su descendencia cuyo signo es la circuncisión al octavo día después del nacimiento. Jesús mismo, como todo judío, también fue circuncidado al octavo día y resucitó el «día después del séptimo día de la semana». Es así que la Octava —ocho días— sigue siendo una tradición muy importante en la Iglesia y por ello se han establecido sólo dos en el calendario litúrgico: la «Octava de Navidad» y la «Octava de Pascua», porque el ciclo de Navidad está unido con el ciclo de Pascua, es decir que la Navidad mira a la Resurrección. Jesús nace, entra en la historia, lanza su mensaje, predica su Palabra de Salvación, conspiran contra Él, muere en la cruz y... ¡Resucita al tercer día! Y por su Resurrección queda presente en la historia y en la Iglesia... La «Octava de Navidad» se cierra el 1 de enero con la fiesta de María Madre de Dios, ya que todos los títulos atribuidos a la Virgen María tienen su raíz en este dogma de fe.

Después de esta reflexión sobre la «Octava de Navidad» voy brevemente al Evangelio del día de hoy (Lc 2,22-35) un pasaje por demás conocido que habla de la presentación del Niño Jesús en el Templo. Jesús aparece en la escena plenamente encarnado en la condición humana: es un niño que tiene que ser llevado en brazos como cualquier otro niño, y su familia ha de someterse a la Ley como toda familia. Y además es pobre, porque sus padres hacen la ofrenda de los pobres. En esta condición humana normal, somos llamados a reconocer, como Simeón, al Salvador de todos los pueblos, a Jesús que nació para morir y resucitar por nosotros para alcanzarnos la salvación. Eso quiere decir que Jesús, a quien celebramos como un pequeño Niño en la Navidad, es la luz de nuestra vida, y que vale la pena creer en él; que el camino de la salvación está en el Evangelio, en lo que Jesús dirá y hará; y que vale la pena hacer conocer esta luz a todo el mundo. Junto a María y José, sigamos viviendo estos días de la fiesta de la «Octava de Navidad». ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 28 de diciembre de 2020

«La huida»... Un pequeño pensamiento para hoy


La huida a Egipto, de la Sagrada Familia, encuadra la fiesta litúrgica de este día al celebrar a los Santos Inocentes. El relato evangélico (Mt 2,13-18) nos dice que el ángel dijo a José: «Levántate, huye a Egipto...» y que José se levantó de noche y partió... Una orden breve, que manda, sin embargo, una cosa difícil e inmediata. ¡Sin demora alguna, José parte! En plena noche una mujer y un niño desocupan el hogar y se lanzan a la aventura de un viaje inesperado con él. ¡Qué admirable disponibilidad! Dios pudo actuar con José sin la menor dificultad... Hay personas así, cuyo corazón está completamente lleno de Dios. ¡José tenía ese temple! Un hombre vigilante, justo, casto y fiel, atento siempre a la menor indicación que le sugiriera cuál era la voluntad de Dios.

Herodes, al enterarse del nacimiento de «un Rey», se irritó sobremanera, y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en toda su comarca para cerciorarse de que nadie le arrebataría su lugar como rey. Pero este crimen tan espantoso no impedirá que Dios cumpla con su obra. Entonces —dice la Escritura— se cumplió lo que el Señor había dicho por el profeta Jeremías: «En Ramá se oyeron voces, muchos lloros y alaridos... Es Raquel que llora a sus hijos, sin querer consolarse porque ya no existen.» Sea cual sea la exacta historicidad de la huida a Egipto y del episodio de los niños de Belén, muy creíble dada la envidia y maldad del rey Herodes, este pasaje de san Mateo nos ayuda a entender toda la profundidad del nacimiento del Mesías. Es la oposición de las tinieblas contra la luz, de la maldad contra el bien. Así se cumple lo que Juan dirá en su prólogo: «vino a su casa y los suyos no le recibieron». Los niños de Belén, sin saberlo ellos, y sin culpa alguna, se convierten en mártires. Dan testimonio «no de palabra sino con su muerte». Sin saberlo, se unen al destino trágico de Jesús, que también será mártir, como ahora ya empieza a ser desterrado y fugitivo, representante de tantos emigrantes y desterrados de su patria. 

El amor de Dios se ha manifestado en la Navidad, así lo experimentamos estos días a pesar de lo atípicos que son en este año. Pero el mal existe, no hay duda, y el desamor de los hombres ocasiona a lo largo de la historia escenas como ésta y peores, incluso hay quienes sacan provecho económico de la difícil situación. De esta manera la Navidad se vincula con la Pascua. En el Nacimiento ya está incluida la entrega de la Cruz. Y en la Pascua sigue estando presente el misterio de la Encarnación: la carne que Jesús tuvo de la Virgen María es la que se entrega por la salvación del mundo. Desde el acontecimiento de la Pascua de Cristo, todo dolor es participación en el suyo, y también en el destino salvador de su muerte, la muerte del Inocente por excelencia. Que María Santísima interceda por nosotros con su Hijo Jesús, para que todo lo que los nuevos Herodes no pueden tolerar porque están aferrados a su injusto poder, al servicio de las potencias de este mundo, desaparezca y dé paso, a la civilización del amor. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 27 de diciembre de 2020

«La fiesta de la Sagrada Familia»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy se celebra en la Iglesia la fiesta de le Sagrada Familia, y el Evangelio nos pone el relato de san Lucas que habla de la presentación de Jesús en el Templo (Lc 2,22-40). Nos encontramos en este relato con la figura de un niño indefenso en manos de sus padres, que lo traen y lo llevan presentándolo a Dios (Lc 2,22.27) y sometiéndolo al cumplimiento de la ley (Lc 2,23.24). Este Jesús que tan pronto ha comenzado a aceptar las instituciones familiares y sociales, será el mismo que relativizará la familia y la sociedad en función del reino (cf Mc. 3,35). El anciano Simeón da al niño una caracterización basándose en títulos del profeta Isaías en el Antiguo Testamento: «salvación de Dios» (cf Is 40,5), «luz para alumbrar a las naciones» (cf Is 42,6), «gloria de Israel» (cf Is 46,13). Jesús comienza un proceso de acercamiento a su padre Dios que ya no se extinguirá hasta la consumación de la resurrección. Este crecer de Jesús es la obra del Padre en el amor del Hijo. Nuestro esfuerzo, cualquier trabajo pequeño o grande de nuestra vida, debe encaminarse a la construcción en nosotros de esta vida de cara a Dios. Jesús fue haciendo este camino, como primera etapa, en el seno de una sencilla familia de pueblo.

En la visión que nos da san Lucas sobre el comportamiento de la sagrada familia, en esta fiesta que hoy celebramos, descubrimos algunos elementos interesantes de reflexión: La sagrada familia cumple fielmente la ley de su pueblo, y tal como está prescrito en el Levítico 12 y otros textos, realiza el rito purificatorio de María y ofrenda su hijo primogénito al Señor (Éx 13,2). Es, por lo tanto, una familia integrada socialmente; que conoce las tradiciones históricas de su pueblo y vive de acuerdo con esas tradiciones. La sagrada familia no entiende una religión al margen de la comunidad ni establece su propia forma de culto a Dios, ya que el culto es un acto esencialmente sentido y vivido en comunidad y de acuerdo con las formas comunitarias. En esta singular familia, José permanece en silencio con su tarea de custodio del Divino Niño y María deberá ir comprendiendo poco a poco todo el significado de la misión de su Hijo, quien en ocasiones hasta parecerá hacer caso omiso de la presencia y de los deseos de su Madre (Lc 8,19-21). Así y en forma lenta dentro de la Sagrada Familia, María irá ascendiendo con Jesús hasta el mismo momento de su muerte en la cruz, en que una espada «atravesará su corazón» y José ya no estará con ella.

Toda familia tiene una historia y podemos contemplar hoy la historia de la Sagrada Familia y la de la nuestra. En la Familia Sagrada José y María crecieron con su Hijo. Supieron callar, supieron esperar y, en especial —y esto es algo que le cuesta a todo padre o madre— supieron aprender de su Hijo. José cumplió su misión de esposo entregado y padre providente, mientras que María amó como nadie a su Hijo y, precisamente por eso, lo respetó como Hijo; le dio la oportunidad para que no fuera «el Hijo de María», sino para que fuera Jesús, el Salvador, con una misión especial y con una forma especial de llevarla a cabo. Sabemos que hoy existe en nuestras modernas familias un serio problema de relación y de diálogo entre padres e hijos. Habrá que voltear a ver a la Sagrada Familia y comprender que engendrar un hijo es darle la oportunidad de ser alguien, un ser libre y un ser distinto a los padres. Si en una primera etapa el amor de los padres necesita ser amor protector, en una segunda etapa debe ser amor «promotor». Se trata de una manera distinta de amar; no se ama al hijo para tenerlo y sentirlo como «mi hijo», sino que se lo ama para que sea distinto de los padres. Así presentan José y María a Jesús en el Templo y así nos lo presentan a cada familia de hoy, para que todos, como la gran familia de Dios, crezcamos en esa relación filial que debemos tener, cada uno, con su ser irrepetible. ¡Bendecido domingo! ¡Bendecida fiesta de la Sagrada Familia!

Padre Alfredo.

sábado, 26 de diciembre de 2020

Oración de Navidad del Papa Francisco...

Dulce Niño de Belén, 
haz que penetremos con toda el alma 
en este profundo misterio de la Navidad. 
Pon en el corazón de los hombres esa paz que buscan, 
a veces con tanta violencia, y que solo tú puedes dar.

Ayúdales a conocerse mejor 
y a vivir fraternalmente 
como hijos del mismo Padre. 
Descúbreles también tu hermosura, tu santidad y tu pureza. 
Despierta en su corazón el amor 
y la gratitud a tu infinita bondad. 
Únelos en tu caridad. 
Y danos a todos tu celeste paz.
Amén.

«Una mirada»... Un pequeño pensamiento para hoy


Al día siguiente del nacimiento del Hijo de Dios, celebramos la muerte del primer mártir de la Iglesia: San Esteban. Y es que este Niño que ha nacido es aquel que, por fidelidad al camino de Dios, llegará hasta la cruz; y como él, sus seguidores son llamados a ser testigos —«mártires»— de la Buena Nueva con la totalidad de su vida. Este martirio lo celebramos como una fiesta gozosa, pues la muerte de Esteban es su nuevo nacimiento, es la participación de la Pascua de Jesús. Esteban es el hombre abierto que comprende que la Buena Noticia de la fe cristiana significa apertura a todo el mundo, rompiendo el círculo de normas y leyes del judaísmo. Y eso, los fundamentalistas de su tiempo no se lo podían tolerar. Y Esteban destaca porque personalmente creía y vivía totalmente el mensaje de Jesús: él, como Jesús, hace aquello tan difícil de amar a los enemigos.

A la hora de contar su martirio, San Lucas (Hch 6, 8-10. 7, 54-60) sigue el mismo esquema de la acusación a Jesús, tanto en el proceso contra Jesús como en el que se sigue contra Esteban hay falsos testigos. A ambos se les acusa de actitud y palabras blasfemas contra la ley y el templo. La misma actitud hostil de los dirigentes judíos que excitan a la muchedumbre contra los acusados. Son llevados al mismo tribunal, el Sanedrín, que les condenará por los mismos motivos. Esteban era diácono, estaba al servicio de los más pobres. Esteban —dice el relato— lleno de Espíritu Santo, fijó la mirada en el cielo y vio la gloria de Dios. en estos días de Navidad, en una Navidad totalmente atípica y por lo tanto muy diversa de las navidades pasadas, deberíamos pedir esa «mirada interior» que nos haga ver lo invisible. De esa visión Esteban sacó su fuerza y nadie pudo doblegarle. Por su parte, el Evangelio de hoy nos invita a confiar en el Señor que cuida de nosotros en todo momento, aún en medio de la adversidad y la persecución (Mt 10,17-22). «Cuando los arresten, no se preocupen de lo que van a decir o de cómo lo dirán; no serán ustedes los que hablarán, el Espíritu de su Padre, hablará por ustedes». Serán llevados a los tribunales y juzgados en cuanto mensajeros y anunciadores de la Palabra de Dios, dice Jesús. 

El mundo es así. Hay que recordar, volviendo al relato del martirio de Esteban que Saulo —quien después cambiaría su nombre a Pablo— miraba cómo mataban a un hombre a pedradas. Estaba de acuerdo con esa tortura: guardaba los vestidos de los verdugos que se habían puesto más cómodo para su tarea. Desde aquel día, Saulo debió de hacerse una pregunta: "¿De dónde le viene ese valor y entereza? Hoy, todavía, la mayoría de las conversiones, vienen de un testimonio... de alguien cuyo modo de vivir suscita una pregunta. Esta es la novedad del Evangelio que nos trae Jesús en esta Navidad, una novedad capaz de suscitar una pregunta, pues hace al hombre capaz de orar y amar a quien lo destruye. Pidámosle al Niño, recién nacido, esa «mirada interior», que nos haga ver lo importante de sentirnos acompañados por él para ser sus testigos en el mundo. Que bajo el cobijo de su Madre que lo cubrió del frío, recién nacido, nos de el Espíritu, porque fue de esa «mirada interior» de donde Esteban sacó su fuerza. A partir de ello nada pudo detenerle ni doblegarle. Ahora, a nosotros, Jesucristo nos mira simplemente desde el pesebre con sus ojos bien abiertos y espera algo a cambio. ¡Bendecido sábado, segundo día de la Octava de Navidad!

Padre Alfredo.

viernes, 25 de diciembre de 2020

«Hoy es Navidad»... Un pequeño pensamiento para hoy


La hermosísima fiesta de la Navidad nos muestra que el Dios del Evangelio no es algo indefinido y lejano, sino algo personal y cercano. Es alguien, una persona. Es Jesús. Jesús es el Dios de futuro y de esperanza más que de pasado. Un Dios que más que «existir», «viene». Nunca atrapado, ni por el tiempo ni por el espacio, ni por la idea ni por el poder. Siempre novedad y horizonte escatológico. Un Dios que se hace hombre, que apuesta por el hombre, encarnado, metido en la historia, que está a nuestro lado y pelea con nosotros contra las fuerzas del mal. Un Dios fiel y presente. Comprometido por el hombre y muy especialmente por los pobres y pequeños. Y es a la vez un Dios que se hace débil, que sufre y muere como uno de nosotros, solidario con nuestra condición humana menos en el pecado. Hoy los cristianos, los discípulos–misioneros de todo el mundo, sabemos muy bien por qué nos alegramos y qué es lo que celebramos: Dios se ha hecho hombre. Ha querido nacer como uno de nuestra familia. Por muy angustiados que estemos, por preocupados que nos tenga la difícil época que vivimos con esta pandemia que parece prolongarse más y más, celebramos el gozo del nacimiento del Salvador.

En medio de una situación tan especial como esta pandemia que vivimos, el regocijo y alborozo, tópico y tradicional de las navidades, se vive, como todos vemos, de manera muy diferente celebramos los cristianos el nacimiento de Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre de una manera atípica, con un júbilo que más bien se vive dentro del corazón. He celebrado aquí la noche de la Navidad con mi madre de esta manera tan diversa de las navidades anteriores, muchas de ellas en misión. Así yo creo que cada uno podremos contar que esta Navidad fue muy diferente. Pero esta condición me transporta al Evangelio de la Misa del día de hoy, el prólogo del Evangelio de San Juan (Jn 1,1-18) sobre todo pensando en las condiciones adversas en las que nuestra humanidad ha recibido al Salvador: «Y aquel que es la Palabra —dice el evangelista— se hizo hombre y habitó entre nosotros».

A diferencia de la palabra humana, que no es más que un sonido o un garabato escrito, la Palabra de Dios es el mismo Dios, revelado, manifestado y puesto a nuestro alcance en este niño que nace en Belén. Porque la Palabra de Dios se ha hecho carne. Jesucristo no es una ficción retórica, sino un hombre de verdad, de carne y hueso. El nacimiento de nuestro Salvador no es un mito de la religión, no una leyenda piadosa, sino realidad tremenda, desafiante y provocadora para la fe. Si creemos así, creeremos que el nacimiento de Jesús es la epifanía de Dios, la manifestación de la misericordia de Dios que no nos deja solos. En Jesús y por Jesús Dios sale al encuentro del hombre. En Jesús y por Jesús Dios no es un ser abstracto y lejano, sino que es Dios con nosotros, en medio de nuestro mundo, inserto en nuestra historia, que ya no podemos distorsionar. Jesús es la manifestación de Dios. De modo que no sólo sus palabras, sino también sus acciones y su vida entera, recogida por los testigos en el evangelio, son palabras de Dios, de ahí la radical importancia de escuchar, leer y acoger el evangelio. Hoy es navidad, si escuchamos con María la palabra de Dios, el Evangelio. Hoy es navidad si acogemos a los hermanos. Hoy es navidad si nos empeñamos ya en sacar a flote la fraternidad de todos los hombres y de todos los pueblos. ¡Bendecida Navidad!

Padre Alfredo.

jueves, 24 de diciembre de 2020

«El Benedictus»... Un pequeño pensamiento para hoy


El hermoso cántico de Zacarías (Lc 1,67-79) engalana la liturgia de la Palabra del último día del Adviento. Esta noche se estarán celebrando ya las Misas de la vigilia y de la medio noche para celebrar el nacimiento del Salvador. En el nacimiento de Juan Bautista, su padre, quedó lleno del Espíritu Santo y profetizó estas maravillosas palabras que la Liturgia de las Horas repite diariamente a la hora de las Laudes por las mañanas, porque es un hermoso cántico que la comunidad eclesial ha hecho suyo desde hace dos mil años, y lo canta con más motivos aún que Zacarías. Sería suficiente, para este último día del Adviento, dejar que resonase en nosotros ese estupendo cántico deteniéndonos en cada frase, para que nuestros corazones se llenen de gozo y de expectación ante la llegada del Mesías. 

El cántico del Magnificat, que escuchábamos en estos días en boca de María, resumía la historia de salvación conducida por Dios. Hoy es el cántico de Zacarías —conocido como el Benedictus— el que nos ayuda a comprender el sentido que tiene la venida del Mesías. Los nombres de la familia del Precursor son todo un programa: Isabel significa «Dios juró», Zacarías, «Dios se ha acordado», y Juan, «Dios hace misericordia». En el Benedictus cantamos que todo lo anunciado por los profetas se ha cumplido «en la casa de David, su siervo», con la llegada de Jesús. Que Dios, acordándose de sus promesas y su alianza, «ha visitado y redimido a su pueblo», nos libera de nuestros enemigos y de todo temor, y que por su entrañable misericordia «nos visitará el sol que nace de lo alto». Hoy, víspera de una Navidad totalmente atípica, cómo nunca nos imaginábamos hace un año que íbamos a vivir, tras la preparación de las cuatro semanas de Adviento, este himno nos llena particularmente de alegría, de una alegría interior y de paz en el corazón pregustando ya la celebración del nacimiento del Señor esta próxima noche. 

El tiempo de Navidad que ya está a la puerta no puede quedar en la celebración de un acontecimiento histórico. Es un punto desde el cual ha de leerse el presente, un presente de pobreza y de dolor, un presente de pérdida de muchas vidas por la Covid-19, un presente lleno de adversidades para muchos y, por lo tanto, un presente que exige la visita de Dios, «como lo había prometido a nuestros padres...». Esta noche es nochebuena... y mañana Navidad. Estamos en el día y la noche del año en que más desahogamos nuestra ternura. Y aunque las familias no se pueden reunir por la contingencia sanitaria, sino solamente el círculo nuclear, los recuerdos nos unen a los que tenemos más lejos... Hoy sacamos al niño —el «principito» que diría Saint-Exupéry— que todos llevamos dentro y le dejamos manifestarse, dar y recibir ternura y amor, sin miedos, sin la inhibición con que habitualmente lo reprimimos. Esta noche y mañana, en lo más central de la Navidad, está permitido a todos ser niños y cantar la grandeza del Señor como cantó María, como cantó Zacarías, como cantó el coro angelical. ¡Bendecido jueves de la noche de Navidad!

Padre Alfredo. 

miércoles, 23 de diciembre de 2020

Un saludo a todos mis lectores en estas fiestas de Navidad y Año Nuevo...

«El nacimiento de Juan el Bautista»... Un pequeño pensamiento para hoy

El Evangelio del día de hoy (Lc 1,57-66) nos presenta el nacimiento de Juan el Bautista. Este texto de san Lucas está orientado a mostrar a Juan como el precursor de Jesús, el anticipo de la realización, es decir, el fin de los tiempos de la promesa y el comienzo de la liberación. Este nacimiento se interpreta religiosamente: Dios está en el interesado... es un resultado de su misericordia. La gente que rodea el acontecimiento dice que Dios ha querido este nacimiento porque tiene un proyecto sobre este niño y se regocijaron con Isabel y Zacarías. Los vecinos y la familia de Isabel supieron la gran misericordia que Dios le había hecho, y se congratulaban con ella. Una alegría que se comunica y se extiende como una mancha de aceite. La buena nueva está en marcha. Por el momento se esparce ya en algunos círculos restringidos antes de llevar la alegría a los hombres hasta los confines de la tierra cuando nazca el Salvador. «¿Qué va a ser este niño?», es el interrogante ante una vida que comienza que se cierne también sobre Juan, como sobre cada hombre que nace. Dios tiene un designio para cada uno, que hemos de saber discernir, respetar, cuidar, encauzar. El aire que se respira en torno al nacimiento de Juan es de asombro y de gozo, porque todos intuían que «la mano de Dios estaba con él». De esta manera, el evangelista nos va preparando a celebrar el otro nacimiento, el nacimiento del Salvador.

Durante bastantes días, en este Adviento, hemos ido leyendo pasajes en que se cantan las alabanzas de este personaje, Juan el Bautista, decisivo en la preparación del Mesías: testigo de la luz, voz de heraldo que clama en el desierto y prepara los caminos del Señor, que crea grupos de discípulos que luego orientará hacia el Profeta definitivo, que predica la conversión y anuncia la inminencia del día del Señor. La voz de Juan, en este Adviento, a unas cuantas horas de celebrar la Navidad, nos invita a la vigilancia, a no vivir dormidos, aletargados, sino con la mirada puesta en el futuro de Dios, y el oído presto a escuchar la palabra de Dios. Haciendo nuestra la súplica que el Apocalipsis pone en boca del Espíritu y la Esposa: «Ven, Señor Jesús». Cada Adviento es ponerse en marcha al encuentro del Dios que siempre viene. Ojalá que nosotros seamos evangelizadores, anunciadores de Cristo para el mundo de hoy, ejerciendo la función profética que todos los cristianos tenemos por el bautismo.

En el marco de esta calamitosa pandemia del coronavirus, los medios de información sólo anuncian noticias trágicas, catástrofes, y provocan la sensación de que ya está todo perdido en la batalla. De repente surge alguna que otra noticia positiva como la de la esperanza de una vacuna, que se desvanece al pensar en los miles de millones de vacunas que se tendrían que confeccionar, cosa que se ve casi imposible de realizar. Sin embargo, los medios noticiosos no anuncian el trabajo silencioso y anónimo de miles de personas que perseveran en la esperanza de un mundo mejor en la vida que continúa en tantos que tienen que salir a trabajar para que la economía no colpase. Seres humanos que a diario se quiebran la espalda por ofrecer lo mejor a sus familias, por construir una comunidad de hermanos, por crear mejores condiciones de vida, en medio de esta difícil situación para la humanidad. El contemplar la figura de Juan el Bautista nos hace ver cómo Dios se acuerda siempre de su pueblo y envía mensajeros que preparan el camino para la llegada del Salvador. Esos somos nosotros, discípulos–misioneros que no perdemos la esperanza. Bajo la mirada de María, la Virgen del Adviento, nos acercamos a la Navidad. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 22 de diciembre de 2020

«El Magníficat y nuestro Adviento»... Un pequeño pensamiento para hoy


El cántico del «Magníficat» resuena en el Evangelio de hoy (Lc 1,46-56) como palabras de preparación a la Navidad que nos unen al «sí» de María que espera la llegada del Salvador. El clima interior de María es de alegría, de exultación. Hay que tratar de imaginarla estos días dichosa, ¡a pesar del desplazamiento de Nazaret a Belén para cumplir la orden de empadronamiento impuesta por el emperador de Roma! Por eso el «Magnificat» canta también nuestro gozo y nuestro agradecimiento por este gran regalo. María canta la grandeza de ser la Madre de Dios, el Rey Supremo de la Creación no desde Roma, la triunfante; ni en Atenas, la sabia; ni en Babilonia, la soberbia; ni aun en Jerusalén, la santa... sino en el rinconcito de un villorrio desconocido. Desde ese rinconcito, con este canto maravilloso, piensa en la humanidad entera, por eso la Iglesia ha seguido cantando generación tras generación hasta nuestros días y lo entona cada tarde el el rezo de las Vísperas.

María canta agradecida lo que Dios ha hecho en ella, y sobre todo lo que ha hecho y sigue haciendo por toda la comunidad de creyentes, con la que ella se solidariza plenamente. Le alaba porque «dispersa a los soberbios, derriba del trono a los poderosos, enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos». Esta oración que san Lucas pone tan acertadamente en labios de María, y que probablemente provenía de la reflexión teológica y orante de la primera comunidad. El «Magnificat» —o la Magnífica, como llama mucha gente— es un magnífico resumen de la actitud religiosa de Israel en la espera mesiánica, como hemos ido viendo a lo largo del Adviento, y es también la mejor expresión de la fe cristiana ante la historia de salvación que llega a su plenitud con la llegada del Mesías, Salvador y liberador de la humanidad. Jesús, con su clara opción preferencial por los pobres y humildes, por los oprimidos y marginados, por los descartados, es el mejor desarrollo práctico de lo que dice este canto en labios de María.

María alaba a Dios ante la primera Navidad. Su canto es el mejor resumen de la fe de Abraham y de todos los justos del Antiguo Testamento, el evangelio condensado de la nueva Israel, la Iglesia de Jesús, y el canto de alegría de los humildes de todos los tiempos, de todos los que necesitan la liberación de sus varias opresiones. Así se hace para nosotros maestra de la espera del Adviento, y de la alegría de la Navidad y es también maestra de nuestra oración agradecida a Dios, desde la humildad y la confianza. Para que vivamos la Navidad con la convicción de que Dios está presente y actúa en nuestra historia, por desapacible que nos parezca. María, siempre tan discreta en los Evangelios, aparece aquí como la profetisa que proclama la revolución histórica ya empezada con la venida del Salvador. En este dinamismo tenemos que seguirnos preparando ante la ya próxima Navidad, haciendo nuestras las palabras de María en el «Magníficat» y cantemos con ella la alabanza de quien también ha hecho en nosotros maravillas. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.


lunes, 21 de diciembre de 2020

«Llenarse del Espíritu Santo»... Un pequeño pensamiento para hoy


Ante la llegada inminente de la Navidad en unos cuantos días, me viene una serie de preguntas que quiero compartir con ustedes, queridos lectores y ver qué puede responder cada uno desde su calidad de discípulo–misionero de Cristo: ¿Tengo espacio para recibir a Jesús en mi corazón? ¿Tengo tiempo para dedicarle a Dios en esta Navidad? ¿Puede entrar Él con toda confianza hasta los últimos rincones de mi vida? ¿Encontrará un pesebre en nuestro corazón o tenemos ocupado todo nuestro espacio sin lugar para él? ¿Viviremos la Navidad con gozo interior, o sólo de palabras, cantos y regalos externos? La señal del amor de Dios para nosotros es la sencillez y en esa sencillez misma con la que Cristo nació en Belén, quiere llegar a nuestro corazón. Él no viene con poderío y grandiosidad extremas, sino en la sencillez de un pequeño niño envuelto en pañales y en un humilde establo de Belén.

Hoy el Evangelio nos presenta la figura de Isabel, que quedó llena del Espíritu Santo al recibir a María y con ella la presencia del Mesías Salvador (Lc 1,39-45) Así debemos preparar nuestro corazón para quedar nosotros también llenos del Espíritu Santo con la llegada de Jesús. Dejemos que este pasaje haga mella en nuestro corazón y compartamos el gozo con Isabel por la llegada próxima del Emmanuel. María, que acaba de recibir del ángel la trascendental noticia de su maternidad divina, corre presurosa, por la montaña, a casa de Isabel, a ofrecerle su ayuda en la espera de su hijo. Llena de Dios y a la vez servicial para con los demás. María es portadora en su seno del Salvador, ella es el Arca de la Alianza, y es por tanto misionera: la Buena Noticia la comunica con su misma presencia y llena de alegría a Isabel y al hijo que salta de gozo en sus entrañas, quedando llena del Espíritu Santo.

Es significativo por demás el encuentro de Isabel y María, dos mujeres sencillas del pueblo, que han sido agraciadas por Dios con una inesperada maternidad y se muestran totalmente disponibles a su voluntad. Son un hermoso símbolo del encuentro del Antiguo y del Nuevo Testamento, de los tiempos de la espera y de la plenitud de la venida, del gozo del Espíritu. El saludo de María comunica el Espíritu a Isabel y al niño. La presencia del Espíritu Santo en Isabel se traduce en un grito poderoso y profético: «¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! Y ¿quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Mira, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. ¡Dichosa la que ha creído que llegará a cumplirse lo que le han dicho de parte del Señor!» (1,42-45). Dejémonos llenar por el Espíritu Santo con la llegada de Jesús gracias al «sí» de María y con entusiasmo sigamos caminando en nuestra condición de discípulos–misioneros del Salvador que ya llega. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 20 de diciembre de 2020

«La anunciación a María»... Un pequeño pensamiento para hoy

Ante la llegada ya inminente de la Navidad, en nuestro camino del Adviento, el Evangelio de este domingo es el conocidísimo pasaje de la anunciación del ángel a María (Lc 1,26-38). La forma peculiar de este pasaje, especie de midrash —género literario que toma elementos actuales para ejemplificar de modo comprensible textos antiguos—, en el que cada palabra y cada expresión están llenas de sentido y cargadas de evocación; cosa que obligaría a proceder a un comentario, versículo por versículo, con el fin de precisar los ejes principales pero no tenemos ni el tiempo ni el espacio para proceder así, de manera que comentaré lo más sobresaliente, al fin es un texto que aparece varias veces a lo largo del año litúrgico. Por su belleza literaria y por la hondura de su teología este texto constituye uno de los pasajes centrales del Nuevo Testamento. La escena se desarrolla dentro de una humilde casita de Galilea, en esa región despreciada en aquel entonces (Jn 1, 46; 7, 41). 

Llama la atención, al leer detenidamente el pasaje, que la Virgen María es la expresión de la humanidad que se mantiene abierta ante el misterio de Dios y concretiza la esperanza de Israel y el caminar de aquellos pueblos que buscan su verdad y su futuro. Pero, al mismo tiempo, ella es la realidad del hombre enriquecido por Dios, como lo muestran las palabras del saludo del ángel que proclama: «el Señor está contigo», «has encontrado gracia ante Dios». Desde este punto de vista, María se convierte en la figura del adviento, en signo de la presencia de Dios entre los hombres. Más que Juan el Bautista, más que todos los profetas, María es la humanidad que simplemente ama y espera, la humanidad que acepta a Dios, que admite su Palabra y se convierte en instrumento de su obra. Así descubrimos que en el límite de su esperanza —la apertura a Dios— se encuentra el principio de la fe —la aceptación del Dios presente, tal como se refleja en la respuesta de María Santísima: «Hágase en mí según tu palabra»—. En María, la humilde sierva del Señor, tenemos una verdadera creyente. Al sentirse favorecida del Altísimo, no le responde diciéndole que la deje pensar más despacio a fin de calcular mejor los riesgos, sino que se entrega con un «sí» totalizante.

Por eso no es un hecho casual que en las vísperas de la Navidad que ya pronto llegará, se nos presente en el Evangelio de hoy el ejemplo de María. Ella —como nosotros hoy, aún en medio de la calamidad que vivimos por la pandemia— recibe el anuncio de la venida del Señor. A su vida, a su realidad, incluso a su carne. Y se abre a esta venida con absoluta confianza, con plena fe, aunque no comprenda cómo se realizará, aunque supere sus esquemas naturales —«¿cómo podrá ser esto, puesto que yo permanezco virgen?»—. Pero ella sabe decir —vivir— su «sí» sin reservas. Es una respuesta de fe y de esperanza, mucho más allá de las previsiones naturales, cotidianas. Es el ejemplo que se nos propone hoy, en la inmediación de la Navidad. También nosotros debemos disponernos para acoger la constante venida del Señor, especialmente en la lindante celebración navideña, sabiendo abrirnos a una actitud de fe, de esperanza, de pobreza, de alegría... sabiendo decir un «sí» confiado a la irrupción del Señor en nuestra vida. Como la tierra acoge la semilla para que dé fruto. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

sábado, 19 de diciembre de 2020

«El anuncio del nacimiento de Juan el Bautista»... Un pequeño pensamiento para hoy

En el Evangelio de hoy (Lc 1, 5-25) Tenemos otra anunciación. Esta vez es la del nacimiento de Juan el Bautista. Esta anunciación a Zacarías se debe a la fuerza exclusiva de Dios: porque Isabel, la madre, era estéril, y los dos, también Zacarías, eran de edad avanzada. La vocación de Juan el Bautista «que será grande a los ojos del Señor», no surge por generación espontánea; está preparada en el corazón y la vida de sus padres, que «eran justos a los ojos de Dios». Esto es una gran enseñanza para nosotros, pues quiere decir que en nuestro modo de vivir ya están en juego otras vidas, otras personas. No somos islas y cada una de nuestras vocaciones y encargos que el Señor nos hace están relacionadas con la vocación y el encargo que hace a los demás. Antes del nacimiento y de la educación de los hijos, ya se está orientando la vida de los hijos, según sea la vida de quienes han de ser sus padres. Siempre el misterio de Dios, con sus designios, nos deslumbra y nos llena de gracia y consuelo.

En este hecho que narra la perícopa evangélica del día de hoy, se muestra claro que Dios es el protagonista de nuestra historia de salvación. El hijo de Zacarías e Isabel se llamará Juan, llenará de alegría a todos, también estará consagrado por el nazireato —no beberá vino, por ejemplo—, estará lleno del Espíritu y convertirá a muchos israelitas al Señor. Será el precursor de Jesús. En el anuncio del ángel se describe muy bien esta misión: «irá delante del Señor, con el espíritu y poder de Elías, para convertir los corazones de los padres hacia los hijos, y a los desobedientes a la sensatez de los justos, preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto». También ahora, que celebramos este Adviento en medio de una pandemia inusitada, es Dios quien salva. El Bautista cuyo anuncio de su nacimiento escuchamos hoy, nunca se creyó el Salvador, sino sólo la voz que le proclamaba cercano y presente. Nuestra actitud en vísperas de la celebración navideña debe ser la de una humilde confianza en el Señor que nos ha traído a este mundo con una misión porque si bien lo miramos, nosotros también estamos consagrados a Dios por el bautismo, y debemos sentir la necesidad de «estar llenos del Espíritu Santo».

Así, con esta historia, san Lucas nos dice que comienza la Buena Nueva: en un rincón del mundo, con una pareja de ancianos que no han tenido hijos y que sólo confían y esperan en Dios. Comienzos humildes para una gran obra. La concepción de Juan el Bautista es el final de la película del Antiguo Testamento: el último hombre grande antes de Dios-hecho-hombre. El Precursor se anuncia, ya desde el vientre materno, superando la vejez y la esterilidad. El mensaje de la presencia de Dios entre los hombres trae la juventud y deshace la sequedad. No es compatible con quienes ya no están dispuestos a sorprenderse de nada, o a volver a creer en algo. Creer que nuestra vida ya no puede dar más de sí, que lo que es, es lo que es, impide creer. Dios nace en el mundo porque cree en sus posibilidades nuevas. Eso empezó demostrándoselo a dos personas mayores, que ya no albergaban expectativas de familia. Tener capacidad de sorpresa es absolutamente imprescindible para vivir el Adviento y la Navidad con fe. A nosotros corresponde el alegrarnos por la obra de Dios como aquellos ancianos, como María, como José. Sigamos así viviendo nuestros días previos a la Navidad. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 18 de diciembre de 2020

«El sueño de José y su misión»... Un pequeño pensamiento para hoy


En el Evangelio de este día (Mt 1,18-24), san Mateo insiste sobre el título «José, hijo de David». Toda una tradición presentaba al Mesías como un descendiente de la familia de David y san Mateo lo corrobora. Ninguno de los evangelistas fue testigo presencial de estos relatos de estos días de Adviento y Navidad. Seguramente san Mateo, así como san Lucas, recoge los datos y detalles que se nos dan sobre la infancia de Jesús de las confidencias de María. Por ello la Madre de Dios está en el centro de los relatos que leeremos hasta Navidad. En el relato de hoy un ángel habla a José y le dice: «No dudes en recibir en tu casa a María, tu esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados».

San Mateo, siguiendo un esquema literario convencional de aquellos años, hace una «anunciación» a José, un anuncio de nacimiento, narrada como otras muchas anunciaciones a lo largo de la Biblia. En cada una se encuentra: 1ª La aparición de un ángel... 2º La imposición de un nombre, característico de la función del personaje que nace... 3º Un signo dado como prenda, a causa de una dificultad particular. Y no es que José dude de la honradez de María. Ya debe saber, aunque no lo entienda perfectamente, que está sucediendo en ella algo misterioso. Y precisamente esto es lo que le hace sentir dudas: ¿Es bueno que él siga al lado de María? ¿Es digno de intervenir en el misterio? ¿No será un estorbo? El ángel le asegura, ante todo, que el hijo que espera María es obra del Espíritu. Pero que él, José, no debe retirarse. Dios le necesita. Cuenta con él para una misión muy concreta: cumplir lo que se había anunciado, que el Mesías sería de la casa de David, como lo es José, «hijo de David» —Evangelio—, y poner al hijo el nombre de Jesús —Dios-salva—, misión propia del padre.

El relato continúa diciendo que «cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel». ¡Qué admirable disponibilidad la de este joven israelita! Sin discursos ni posturas heroicas ni preguntas, obedece los planes de Dios, por sorprendentes que sean, conjugándolos con su profundo amor a María. Acepta esa paternidad tan especial, con la que colabora en los inicios de la salvación mesiánica, a la venida del Dios-con-nosotros. Deja el protagonismo a Dios: el Mesías no viene de nosotros. Viene de Dios: concebido por obra del Espíritu. De esta manera, José se hace modelo de todos nosotros como discípulos–misioneros de Cristo que en este mundo tenemos una misión muy particular que es especial para cada uno. El Señor, como a José, nos encarga que seamos heraldos para los demás de esa misma Buena Noticia que nos llena de alegría a nosotros y que colaboremos en la historia de esa salvación cercana en torno nuestro. ¿A quién ayudaremos, expectantes con María y José en estos días, a sentir el amor de Dios y a celebrar desde la alegría la Navidad ya inminente? ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 17 de diciembre de 2020

«La genealogía de Jesús»... Un pequeño pensamiento para hoy

La celebración de la Navidad está ya muy próxima. Para que nos preparemos de un modo más inmediato a ella, la Iglesia la hace preceder de una «octava», es decir, ocho días que paso a paso nos van conduciendo al 25 de Diciembre. La preparación comienza hoy por la primera página del evangelio según San Mateo (Mt 1,1-17) que nos narra la genealogía de Jesús y que volvemos a escuchar en la misa de la vigilia de Navidad, el 24 por la tarde. El Mesías no es fruto del azar, así, sin saber desde dónde llegó. Él se enraiza en un linaje de antepasados concretos: de este modo es un verdadero «hijo del hombre» —como se designará Él mismo—, que participa totalmente de la condición humana, con sus límites y sus particularidades. Millares de hombres y de mujeres, de padres y de madres, que fueron progenitores han sido necesarios para que un día madurase el fruto último de la humanidad. Una humanidad nueva nace en Jesús. Y, sin embargo, está en continuidad con todo el resto de la humanidad.

Esta genealogía es la historia del «adviento» de Jesús, de sus antepasados. Pero no se trata de una mera lista notarial. Esta página está llena de intención y nos ayuda a entender mejor el misterio del Dios-con-nosotros cuyo nacimiento nos disponemos a celebrar. El Mesías esperado, el Hijo de Dios, la Palabra eterna del Padre, se ha encarnado plenamente en la historia humana. El Emmanuel está arraigado en un pueblo concreto, el de Israel. No es, como decía, un fruto del azar, un extraterrestre o un ángel que llueve del cielo. Pertenece con pleno derecho, porque así lo ha querido, a la familia humana. Los nombres de esta genealogía no son precisamente una letanía de santos. Hay personas famosas y otras totalmente desconocidas. Hombres y mujeres que tienen una vida recomendable, y otros que no son nada modélicos. Es una lección para que también nosotros miremos a las personas con ojos nuevos, sin menospreciar a nadie. Nadie es incapaz de salvación. La comunidad eclesial nos puede parecer débil, y la sociedad corrompida, y algunas personas indeseables, y las más cercanas llenas de defectos. Pero Cristo Jesús viene precisamente para esta clase de personas. Viene a curar a los enfermos, no a felicitar a los sanos. A salvar a los pecadores, y no a canonizar a los buenos. Esto para nosotros debe ser motivo de confianza, y a la vez, cara a los demás, una invitación a la tolerancia y a una visión más optimista de las capacidades de toda persona ante la gracia salvadora de Dios.

También la Navidad de este año la vamos a celebrar personas débiles y pecadoras. Dios nos quiere conceder su gracia a nosotros y a tantas otras personas que tal vez tampoco sean un modelo de santidad. A partir de nuestra situación, sea cual sea, nos quiere llenar de su vida y renovarnos como hijos suyos, miembros de una familia de discípulos–misioneros de su Hijo el Emmanuel, el Dios con nosotros. Jesús fue uno de los nuestros, pero, al final de la genealogía, hay un salto significativo: el caso de José. No se dice de él que engendró a Jesús, sino que era «el esposo de María», de la cual nació Jesús. La historia da un salto, y busca la colaboración de una carne de una mujer pura, de una virgen. Dios juega con la historia humana desde dentro pero, al final se reserva su propia iniciativa sorprendente y misteriosa. Mirémosle así, uno de los nuestros, pequeño entre los grandes, extendiendo su historia hasta la nuestra, amándola con todas sus consecuencias y sigamos el camino a Belén con José y María. ¡Bendecido jueves eucarístico y sacerdotal!

Padre Alfredo. 

miércoles, 16 de diciembre de 2020

«Es Jesús a quien hemos de esperar»... Un pequeño pensamiento para hoy


En el Evangelio de hoy (Lc 7,19-23) Jesús abre su corazón y nos cuenta las maravillas que ha venido a realizar en nuestro mundo: «los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio». Es la tarea mesiánica que Jesús sigue realizando hasta nuestros días. Los milagros de Jesús, que siguen aconteciendo en algunas partes y variadas situaciones, tienen sentido como principio de un camino que —pasando ciertamente por la muerte— conduce a la resurrección universal, en la que se mostrará abiertamente que Jesús es «el que ha de venir» como dice el Evangelio. Cristo viene cada día no solo en los milagros sino en ese anuncio diario del Evangelio a todos. Nosotros, como discípulos–misioneros, creemos en Jesús en la medida en que llevamos la «Buena Noticia» a los pobres, a los enfermos, a los descartados, en la medida en que ayudamos a los necesitados en todo sentido; sólo así testimoniamos nuestra fe en el Señor. Ante todo, lo que hagamos en esta dimensión del anuncio de la Buena Nueva son signos de amor para la humanidad pobre y aplastada, siempre necesitada, signos de esperanza, y la esperanza es una característica del Adviento, este tiempo privilegiado de espera de la llegada del Señor que nos anima a seguir siendo evangelizadores de primera línea. 

En el mundo de hoy, a pesar de que muchos de los milagros que sigue haciendo el Señor son palpables —para poder proceder a una beatificación y a una canonización tiene que haber un milagro de primer grado— son muchos los que siguen en actitud de búsqueda, formulando, más o menos conscientemente, la misma pregunta que los discípulos de Juan, en su nombre, hacen a Jesús: «¿eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?, ¿de dónde nos vendrá la felicidad, el pleno sentido de la vida? ¿de la Iglesia, de las ideologías, de las instituciones, de las religiones orientales, de las sectas, de los estimulantes? Porque aún no vemos que vayan reinando la justicia y la paz en este mundo».

Todo discípulo–misionero puede, en este Adviento, ante todo crecer él mismo en su fe, y luego transmitirla a los demás, evangelizar, conducir a Jesús. Pueden ser precursores de Jesús los padres para con los hijos, los amigos con los amigos, los catequistas con su grupo. Y a veces al revés: los hijos para los padres, los discípulos para con el maestro. Según quién ayude y acompañe a quién, desde su fe y su convicción. Todo el que está trabajando a su modo en el campo de la evangelización, está acercando la salvación a este mundo, está siendo profeta y precursor de Adviento para los demás. Para que no sigan esperando a otro, Y se enteren que ya ha venido el Salvador enviado por Dios. Cierto que el programa mesiánico no se ha cumplido todavía. No reinan en la medida que prometían los profetas la justicia y la paz. El programa mesiánico sólo está inaugurado, sigue en marcha hasta el final. Y somos nosotros los que lo llevamos adelante. Cuanto más se manifieste la justicia y la esperanza en nuestro alrededor, tanto mejor estamos viviendo el Adviento y preparando la Navidad. Que María Santísima nos ayude para que Adviento, como en todo tiempo, sigamos siendo esos portadores de la Palabra que trae la salvación. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 15 de diciembre de 2020

Interrogantes... Un pequeño pensamiento para hoy

Muchos católicos están íntimamente orgullosos de que dicen que sí porque son cristianos de siempre, y practican y rezan y cantan y llevan medallas: cosas todas muy buenas. Pero Falta preguntarse si se lleva a la práctica lo que se reza y se cree. No sólo si se promete algo, sino si se cumple aquello que se ha prometido; no sólo si se cuida la fachada, sino si la realidad interior y las obras corresponden a las palabras pronunciadas. Ahora que acaba de pasar el día 12 con la fiesta de la Virgen de Guadalupe, aún con tantas restricciones por esta pandemia que estamos viviendo, uno puede percibir el fervor de mucha, muchísima gente que vive su fe de esta manera, un poco por encima, en la fachada, sin que haya un compromiso de fondo para vivir la fe.

En el tiempo de Cristo, los fariseos se imaginaban que por su fidelidad a la ley merecían la aprobación de Dios, pero en realidad ellos no habían cumplido la voluntad del Padre, se quedaban en las palabras. Su piedad era vacía, su cumplimiento vano; no practicaban la justicia y despreciaban a los demás pensando ser los únicos justos. Pero Jesús les muestra que no es así. Son los pecadores, que antes rechazaron la voluntad de Dios, los que ahora le obedecen al aceptar primero la predicación de Juan el Bautista y luego la de Jesús. Los publicanos despreciados por los demás judíos, sin embargo, han mostrado más disponibilidad para seguir a Jesús. De hecho, uno llegó a ser su discípulo y otro se convirtió. Y las prostitutas, han mostrado frente a Jesús una actitud de conversión y amor. Y los jefes que han visto eso no han querido arrepentirse y seguir a Jesús, sin embargo, son ellos los que no están cumpliendo la voluntad del Padre.

Hoy el Evangelio (Mt 21,28-32) es bastante ilustrativo en esto y nos pone el ejemplo de dos hermanos. Uno que dice sí a lo que el padre pide en un primer momento, pero que se queda en las palabras, en la fachada del que ha quedado bien pero no cumple. Por otra parte, nos presenta al hermano que, en un primer momento, da un tajante no, pero se arrepiente y cumple. También entre nosotros puede pasar que los buenos —los sacerdotes, los religiosos, los de misa diaria— seamos poco comprometidos a la hora de la verdad, y que otros no tan «buenos» tengan mejor corazón para ayudar a los demás y estén más disponibles a la hora del trabajo. Que sean menos sofisticados y complicados que nosotros, y que estén de hecho más abiertos a la salvación que Dios les ofrece en este Adviento, a pesar de que tal vez no tienen tantas ayudas de la gracia como nosotros. Esto es incómodo de oír, como lo fueron seguramente las palabras de Jesús para sus contemporáneos, pero es una realidad. Bien dicen por ahí: «Obras son amores y no buenas razones». Que María Santísima nos ayude a seguir viviendo el Adviento abriendo el corazón al Señor que viene a salvarnos. ¿Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 14 de diciembre de 2020

«La gente que mete zancadilla»... Un pequeño pensamiento para hoy

Siempre habrá en el mundo gente incrédula y negativa, gente que solo quiere meter zancadilla y molestar. Este tipo de personas está hoy retratada en el Evangelio en las personas que querían poner una trampa a Jesús. Vale la pena leer el Evangelio de hoy (Mt 21,23-27) y ver el contexto en el que sucede la escena de Jesús con los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. Jesús se enfrenta a ellos con sencillez y renuncia a dar testimonio explícito de sí mismo, porque una sola palabra no podía convencer a quienes se han opuesto a todo su ministerio con esa típica actitud incrédula y negativa de la que hablamos. Jesús no esquiva la pregunta de los sumos sacerdotes y ancianos ni les discute el derecho de plantearle la cuestión de la autoridad.

Cristo, sabiamente, lanza una contrapregunta con la que sólo quiere hacerles recapacitar. La respuesta a la pregunta sobre la autoridad del Bautista proyectará luz sobre la autoridad de Jesús, porque Juan preparó los caminos a Jesús. Pero los miembros del sanedrín, estos sumos sacerdotes y ancianos, no buscaban la verdad de Dios, sino que se buscaban a sí mismos, como sucede con muchos en la época actual. Por eso no toman ninguna decisión. En cualquier decisión que tomaran estarían perdidos. Si declaran a Juan Bautista como verdadero profeta, entonces tienen que creer y consiguientemente perderse, entregándose a Dios. Tienen que aceptar a Jesús y no existen pruebas para los hombres que no quieren creer. Quien no se deja convencer por la imagen general que Jesús le brinda con su persona, con sus palabras y con su vida de que Dios habla y actúa por medio de él, tampoco puede ser instruido por ninguna discusión. Si por otra parte decían que es falso profeta, entonces se veía amenazada su vida por el pueblo, que cree en la misión divina del Bautista.

Aquellos hombres, los sumos sacerdotes y los ancianos, aparecen en esta escena evangélica más que preocupados por el poder y la autoridad con que actuaba Jesús. El Señor a realizado la purificación del templo sacando a los vendedores profanos y este gesto profético los llena de miedo. Temen perder su influjo en la gente. Por eso interrogan a Jesús sobre su autoridad y sobre el origen de ella. Se creen los guardianes del templo y ven en Jesús un intruso. Quieren ver sus credenciales. Siguiendo el método rabínico de controversia, Jesús les responde a su vez, como hemos dicho, con otra pregunta. Ante el dilema que les plantea Jesús, ellos nos son capaces de responder ni toman posición frente a la autoridad de Juan. Jesús muestra así que tiene más autoridad que ellos. También a nosotros, discípulos–misioneros de Cristo se nos puede preguntar por la autoridad que tenemos para predicar. Nuestra autoridad a través de Jesús que nos ha enviado, viene de Dios, no hay duda, y por eso en este Adviento purificamos nuestro corazón y nuestras intenciones para seguir hablando de Él y llevando su Buena Nueva con autoridad. Con María sigamos el camino del Adviento. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 13 de diciembre de 2020

«La alegría de Juan el Bautista»... Un pequeño pensamiento para hoy


La alegría del Evangelio es siempre una alegría que viene de lo Alto, pero que, al mismo tiempo, debe surgir del corazón: es una alegría divino-humana. Jesús es el iniciador definitivo de esta alegría: esta alegría es pascual, ya que está, necesariamente, ligada al acto último por el que Jesús expresa su obediencia al Padre dando su vida por todos los hombres. La alegría que experimentamos los cristianos se traduce espontáneamente en acción de gracias, ya que la salvación por la que nos alegramos es, en primer lugar y ante todo, un don. Esta dimensión de nuestra alegría es completamente esencial: los discípulos–misioneros de Cristo sabemos que el triunfo definitivo de la aventura humana depende radicalmente de la misericordia obsequiosa de Dios Padre. «En esto consiste su amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino que Él nos ha amado a nosotros...» (1 Jn 4,10). Este tercer domingo del tiempo de Adviento es considerado un domingo de alegría porque ya viene el Salvador.

Nuevamente, en el Evangelio, la figura central que prepara la llegada del Señor es Juan el Bautista (Jn 1,6-8.19-28) a quien hoy contemplamos como el que da testimonio de la alegría que viene en Jesús. La actitud de san Juan Bautista es la única que corresponde a todo discípulo–misionero, tanto individualmente como formando la comunidad de la Iglesia. Su misión consiste únicamente en testificar o indicar con alegría, la presencia de Cristo en el mundo, procurando que su testimonio y su indicación sean tan transparentes que los hombres no tropiecen en ella, sino que descubran con gozo y esperanza el rostro de Jesús. Más aún: el testimonio que podemos dar no se refiere a un Cristo que tuviese que imponerse desde fuera, sino al Cristo que ya está misteriosamente presente desde siempre entre los hombres. Exactamente como decía el Bautista a los que le escuchaban; «en medio de ustedes hay uno que no conocen, el que viene detrás de mí». En un mundo que sufre y que se debate en medio de una pandemia descomunal, los seguidores de Cristo no podemos perder la alegría de anunciar su llegada. Él viene a transformar vidas, a alegrar corazones, a dar esperanza.

Este domingo es por eso, al contemplar la figura de Juan un día de alegría porque ya viene el Salvador. Juan Bautista es precursor al testimoniar desde el inicio esa alegría espiritual, fruto de Dios que cumple sus promesas. La alegría permea toda la existencia de Juan el Bautista, por eso antes de focalizar el río Jordán, donde él cumplió la mayor parte de su ministerio, se nos invita a pensar en la alegría en la vida de este profeta. La llegada del Mesías es ciertamente un acontecimiento cercado de júbilos, según lo que nos dice el Antiguo Testamento, por ello es normal que el precursor esté empapado de ese clima espiritual. Junto a la figura del Bautista, en el Adviento está sobre todo la presencia de María, cuyo Magnificat expresa maravillosamente la tonalidad fundamental de la alegría cristiana. Esa alegría que en manera alguna está dictada por ningún fanatismo y que  sólo ella hace palpable un secreto cumplimiento; manifiesta que, en la experiencia, el  camino real de la cruz conduce a la única vida que puede colmar al hombre. La alegría en el sufrimiento, como la que podemos vivir en medio de esta gran adversidad que aqueja a la humanidad, no es una alegría espontánea: sólo puede engendrarla una obediencia al  Padre cada vez más perfecta. Esta alegría expresa la absoluta certeza de que este camino de obediencia perfecta, como la Juan el Bautista y como la de María, completa verdaderamente al hombre. De esta manera, lo importante para el cristiano no es estar con frecuencia con alegría, sino el ser siempre alegre. La alegría cristiana debe ser una alegría de estos días porque ya casi llega el Salvador. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

sábado, 12 de diciembre de 2020

«LA SOLEMNIDAD DE NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE»... Un pequeño pensamiento para hoy

Me siento muy contento siempre con esta fiesta en honor de nuestra dulce Morenita del Tepeyac recordando cada año el gozo de sus apariciones a san Juan Diego y el regalo maravilloso de haberse quedado su imagen grabada para siempre, milagrosamente, en la tilma del humilde y sencillo indio que tuvo la dicha de conversar con ella de corazón a corazón. La tilma debería haberse deteriorado en 20 años, pero después de casi 500 años, aun no muestra signos de deterioro. Hasta el día de hoy, desafía todas las explicaciones científicas de su origen. El año pasado, por gracia de Dios, me tocó vivir la fiesta desde las Vísperas en la Basílica de Guadalupe de Ciudad de México, una experiencia que será para mí siempre inolvidable. Basta recordar esos ríos de gentes —7 millones— desfilando para venerar la imagen unos segundos, pedir, agradecer, prometer no sé cuantas cosas a la Virgen, a la mujer, a la Madre de Dios por quien se vive. Recordando la experiencia que viví el año pasado, considero que la fiesta de hoy es mucho más que una fiesta litúrgica y doy gracias a Dios de que llevo el nombre de «Guadalupe», pues me llamo Alfredo Leonel Guadalupe.

Aunque muchos se empeñen en desacreditar el papel de la Virgen de Guadalupe en la historia y en la consolidación de México, bastará con echar una mirada al corazón de los mexicanos para comprobar que nuestro pueblo es guadalupano en su esencia y en sus raíces: Guadalupe es México y México es Guadalupe. La aparición de Nuestra Señora de Guadalupe marcó un momento decisivo en la primera evangelización de todo el continente americano y de la nación mexicana en especial. Ella apareció en la imagen de una joven mestiza, con características tanto nativas como españolas, revelando de esa manera hermosa que ella es la madre espiritual de todos los pueblos, y especialmente de los pueblos del Nuevo Mundo. La Liturgia de la celebración de este día nos recuerda que la Santísima Virgen María siempre ha estado en el centro del Plan de Dios para toda la historia de la humanidad, y en el centro de Su Plan para cada una de nuestras vidas. En su vientre, como nos recuerda el Evangelio (Lc 1,39-48) María lleva al Dios vivo y por eso se encamina «presurosa» a llevar su presencia a su parienta Isabel y por eso se encamina igualmente con premura a las tierras de América a traer a su Hijo, el verdadero Dios por quien se vive.

Como dice el Siervo de Dios don Luis María Martínez, quien fuera Arzobispo Primado de México, la visita de Santa María de Guadalupe al Tepeyac no fue fugaz; no vino y se fue, ¡se quedó con nosotros! Pero ¿Sabemos lo que entraña el misterio de su visita? Un mensaje de amor de la Madre divina; un templo que surge por la magia de su voz celestial; una fuente de gracias copiosísimas que brota de la Colina del Tepeyac. Y estas tres cosas simbolizadas y perpetuadas en esa Imagen: que es la urna de nuestros recuerdos, el centro de nuestras esperanzas, la dicha de nuestro corazón. Celebrar a María, en medio del Adviento, nos ayuda a prepararnos de mejor manera a la espera del Señor, porque ella es la Virgen del Adviento, es el personaje preclaro de este tiempo de gracia, es la que esperó de singular manera la llegada de Jesús, es la maestra y el modelo de la esperanza. Quien se acerca a Nuestra Señora de Guadalupe, se sacia en realidad del que viene en su seno. Ella indica la plenitud de los tiempos en que Dios envía a su Hijo para rescate de todos y a través de la cual el Hijo de Dios se hace hombre para hacer al hombre hijo de Dios. Todo esto es la Santísima Virgen María de Guadalupe, la gran maestra del Adviento. Con ella sigamos caminando al encuentro del Señor. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 11 de diciembre de 2020

«EL ADVIENTO»... Un tema para retiro


Estamos ya muy acostumbrados al término «ADVIENTO». Ya sabemos lo que significa esta palabra, porque hemos vivido la experiencia de este tiempo litúrgico en otros años. Pero, quizá, al adentrarnos más en la vida de la Iglesia, no hemos llegado a captar toda la riqueza que encierra dicho concepto.

«Adviento», esta palabra que viene del griego, tiene varias connotaciones, quiere decir: «Venida», «Llegada comenzada», «Presencia por llegar». Por tanto, a la luz de estos significados, debemos preguntarnos: ¿Quién es el que viene? y ¿para qué viene?

Esto hasta un niño de catecismo nos lo responde, todo mundo en la Iglesia sabe que es Jesús el que viene, ese Jesús a quien también ya nos hemos acostumbrado a ver como hombre. Estamos tan familiarizados con la encarnación de Jesús —el Hijo de Dios hecho Hombre—, que no nos maravillamos ya cuando leemos la páginas del Evangelio que narran la historia de la Encarnación.

Creo que es necesario recobrar y mantener vivo el sentido de la admiración, el sentido de la sorpresa y de la adoración frente a este misterio de los misterios. Precisamente para eso disponemos de este tiempo del Adviento, para que podamos adentrarnos en esta verdad esencial del cristianismo cada año: Jesús, el Verbo Encarnado, ha asumido la naturaleza humana y de nuestra naturaleza ha tomado también las dimensiones terrenas.

El, Hijo del Padre en la eternidad, ciudadano de la eternidad y del Cielo por derecho natural, se ha hecho Hijo del hombre y ciudadano de la tierra. Así, el cristianismo brota de una relación particular: DIOS-HOMBRE. El itinerario que Jesús ha recorrido de lo alto hacia lo bajo, para convertirse en el Hijo del Hombre y ciudadano de la tierra, es el mismo itinerario de lo bajo hacia lo alto, que nosotros debemos recorrer para hacernos hijos de Dios y ciudadanos de la eternidad.

Como vemos, se trata de una realidad profunda y sencilla, que resulta cercana a la comprensión y sensibilidad de todos los hombres y, sobre todo, de quien sabe hacerse niño con ocasión de la noche de Navidad. No en vano dijo Jesús una vez: «Si no se convierten y se hacen como niños, no entrarán en el reino de los cielos» (Mt 18,3). 

Solamente haciéndonos como niños podemos: Renovar el sentido gozoso de la espera, sentir necesidad de convertirnos y rejuvenecer la esperanza.

Según la lógica sobrenatural, nosotros deberíamos razonar así, como niños para quienes todo pasa pronto: es bello que todo pase y pase pronto, porque así el Señor viene, y viene pronto. Se trata de ver las cosas con otros ojos, con ojos limpios, con un corazón nuevo. De manera que nuestra vida asuma una semejanza profunda con el misterio de Jesucristo, que viene en un compromiso de caridad y para hacer público cómo es que Él ama a su Padre y ama a quienes el Padre le ha dado. Todo pasa y mientras que este pasar de todas las cosas sea manantial de tristeza, quiere decir que la criatianización de las almas, de las conciencias, de los pueblos, de la civilización, no está todavía completa, porque la única reacción cristiana al hecho de que todo pasa, no puede ser más que una reacción de alegría. Todo pasa y Dios viene. Y si llega Él, aquél es el día de gloria, día de felicidad.

Por eso la alegría es un elemento fundamental del tiempo de Adviento. Si el Adviento es tiempo de vigilancia, de oración, de conversión; lo es además, de ferviente y gozosa espera. El motivo de la alegría es claro: Todo pasa y «El Señor está cerca» (cf. Flp 4,5). 

«¡Exulta, alégrate!» le dice el ángel a María (Lc 1,28), y a ella, antes que a nadie, le anuncia una alegría que luego se proclamará para todo el pueblo que aún vive sumergido en la tristeza de un mundo de egoísmo, de rivalidad y de discordias.

Este pensamiento, puede parecer muy alto, muy utópico… ¡De dónde sacamos alegría en un mundo como este! Sin embargo es en realidad un pensamiento que debemos hacer familiar en cada momento de nuestra vida. Nuestros días, tan llenos de cosas, nuestros días llenos de quehaceres que resultan un afán sin paz y sin descanso, en realidad, deben transformarse en días de una paz serena, en la seguridad de que Dios viene, que Dios pasa para no ocultarse jamás, en todos los momentos de nuestra vida. El Adviento es una reafirmación del camino eterno del hombre hacia Dios; cada año marca un nuevo comienzo de este camino: ¡La vida del hombre no es un camino impracticable, sino vía que lleva al encuentro con el Señor! ¡Vamos en espiral a su encuentro… cada año más arriba!

Por eso el cristiano, esta criatura que tiene tanta esperanza en el cielo, es paciente, no se inquieta nunca ante las agitaciones de la vida de todos los días... así la encarnación se da en una realización histórica de la vida cotidiana: la pobreza de la Madre, el ambiente de un pueblo, los comentarios de la gente.

Con todo esto, se podría pensar que si para Nuestro Señor encarnarse ha sido un itinerario de humildad, para nosotros divinizarnos debería ser un itinerario de gloria, ya que si Él baja, nosotros hemos de subir, pero no es así, porque nuestra vida no puede ser una competición con aquella soberanía que le pertenece exclusivamente a Dios. Debemos ser conscientes de que todo es un don, que todo es misericordia y dignación de Dios y que en este tiempo de Adviento nos reconozcamos peregrinos y saboreemos la humildad que debe haber en nuestras vidas. Nuestra condición de seres humanos y de hombres pecadores por naturaleza; nuestra responsabilidad de pecadores por nuestros pecados personales, todo esto, nos pone frente a Dios en condición de humildad.

Cada Adviento... ¡Cuántas cosas tenemos que aprender! Hay que entender que el misterio de la venida del Señor se nos presenta como el misterio que nos compromete de una manera formidable a ser sobrenaturales, y por tanto a abandonar con supremo desapego todo aquello que no es transferible a la eternidad y que, mientras nos compromete en este modo tan austero de vivir, nos llena de una alegría sin fin. El Adviento del Señor anticipa en lo más profundo de nuestro corazón y de nuestra vida, experiencias, o al menos presentimientos, nostalgias de otra vida, la eterna, donde, finalmente, el advenimiento del Señor será un misterio cumplido, ya que la única casa del Padre será habitada por la totalidad de los hijos y, desde ese día, en la familia de Dios no habrá ocaso.

El Adviento es prospectiva gozosa de ir a la casa del Señor (cf. Sal 121,1) de llegar al término de esta gran peregrinación en que debe consistir la vida terrena. El hombre está llamado a vivir en la casa del Señor. Allí está su casa verdadera. La peregrinación es figura de nuestro camino hacia la casa del Padre y el Adviento nos estimula a apresurar el paso con esperanza.

El Adviento es la espera del día del Señor, es decir, de la hora de la verdad. Es la espera del día en que el Señor será juez de las gentes y árbitro de muchos pueblos (Is 2,4). El Adviento tiene un significado escatológico, puesto que atrae nuestro pensamiento y propósitos hacia realidades futuras. Nos exhorta a prepararnos bien a las realidades celestiales, de modo que la llegada del Señor no nos encuentre desprevenidos y mal dispuestos.

Esperamos a Cristo, que si vino ya en la realidad de nuestra carne —y lo vamos a recordar en Navidad—, vendrá también al final del mundo cuando se hayan cumplido todos los signos de los tiempos y viene constantemente ahora, en el tiempo presente, a nuestras almas.

En Adviento contemplamos, entonces estas tres venidas del Señor.  San Bernardo, abad, en uno de sus sermones habla acerca de estas tres venidas de Cristo, la primera: en el portal de Belén, la tercera: al final de los tiempos; y la segunda: la actual, aquella que se hace presente a cada instante en su Iglesia peregrina de este mundo. La primera en la carne, la segunda en el alma, la tercera a la hora del juicio. La primera tuvo lugar en medio de la noche según las palabras del evangelio: “A medianoche se oyó un grito: Ya está ahí el Esposo.” (Mt 25,6) Esta primera llegada ya ha pasado, porque Cristo se ha hecho visible en la tierra y ha conversado con los hombres.

Ahora estamos en la segunda venida, a condición que estemos preparados para que pueda venir a nosotros, pues ha dicho que «si le amamos vendrá a nosotros y habitará en nosotros» (cf Jn 14,23). Esta segunda venida es para nosotros una venida mezclada con incertidumbre, porque ¿quién sino el Espíritu de Dios conoce los que son de Dios? Aquellos que son arrebatados por el deseo de Dios saben bien cuándo viene, pero no saben «ni de dónde viene ni a dónde va» (Jn 3,8).

En cuanto a la tercera venida, es cierto que tendrá lugar e incierto cuándo tendrá lugar; ya que no hay cosa más cierta que la muerte ni cosa más incierta que el día de la muerte. «Cuando los hombres hablen de paz y seguridad, entonces, caerá sobre ellos la ruina de improviso, igual que los dolores de parto sobre la mujer embarazada, y no podrán escapar.» (1 Tes 5,3) La primer venida se efectuó en la humildad y ocultamiento, la segunda es misteriosa y llena de amor, la tercera será manifiesta y terrible... ¡Fascinante! 

En su primera venida, Cristo ha sido juzgado por los hombres injustos; en la segunda nos hace justicia por la gracia; en la última juzgará todo con justicia y rectitud: Cordero en la primera venida, León de Judá en la tercera, Amigo lleno de ternura en la segunda venida.

Los buenos cristianos viajan siempre con su documentación en regla, por si la muerte les sorprende de improviso. El Adviento es un clarinazo, y un grito que dice ¡ALERTA! Viene el Señor. Lo que interesa a fin de cuentas, es que como buenos cristianos estemos siempre listos para el encuentro con el Hijo del Hombre, con nuestro Señor Jesucristo, como quien se va a encontrar con un amigo, el mejor de todos.

Preparémonos al encuentro con Cristo como se prepararon los profetas, los patriarcas, como se preparó Juan el Bautista, como se preparó la Santísima Virgen. Con grandes deseos, con oraciones prolongadas, con espíritu de conversión y reconciliación.

Padre Alfredo.