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domingo, 5 de abril de 2026

HOMILÍA DE LA VIGILIA PASCUAL 2026.

«No está aquí; ha resucitado, como lo había dicho». Recalca san Mateo en el relato del Evangelio que esta noche santa hemos escuchado. Cuando Jesús habló por primera vez a los Doce y a las mujeres que les acompañaban, sobre el tema de la cruz y la resurrección, seguramente se preguntaban qué querría decir eso de «resucitar de entre los muertos» (Mc 9,10). En esta Vigilia Pascual, en la cual hemos repasado con calma los textos sagrados (siete lecturas del Antiguo Testamento con sus salmos, la Carta de San Pablo a los Romanos y el Evangelio de san Mateo en el capítulo 28), hemos recordado que Dios «no quiere nuestra muerte», sino que somos «miembros vivos de una descendencia de salvados» que nos alegramos porque Cristo no se ha quedado en el sepulcro. 

La resurrección de Cristo es el salto más decisivo hacia una dimensión totalmente nueva, que no se ha producido nunca jamás en la historia: un salto de un orden completamente nuevo, que nos afecta y que atañe a toda la historia. ¡Imagino la alegría de María, la Madre de Dios y Madre nuestra, por vernos aquí en su casa en esta noche, celebrando que Jesús está vivo! Él pertenece al mundo de los vivos, no al de los muertos; por eso en Latín, el Pregón Pascual repite una y otra vez: «¡Exultet!», haciendo que este himno de gloria celebre el triunfo de Cristo resucitado recordándonos a nosotros que somos pecadores: «¡O felix culpa, quae talem ac tantum meruit habere Redemptorem!» —¡Feliz culpa que mereció tal Redentor! Este Redentor que es el Alfa y la Omega, y que existe no sólo en el ayer, sino también hoy y por la eternidad (cf. Hb 13,8). Pero, ¿qué significa eso de resucitar para nosotros? 

En la última Cena, él había nuevamente anticipado la muerte y la transformó en el don de sí mismo con el deseo de quedarse para siempre. Su resurrección fue como un estallido de luz que inauguró una nueva dimensión del ser, de la vida, de la historia. Pero eso, solamente lo podemos entender mediante la fe y las gracias que el bautismo nos otorga. Por eso el Bautismo forma parte fundamental de la Vigilia pascual. Ya sea celebrando el sacramento o renovándolo con gratitud. El gran estallido de la resurrección nos ha alcanzado en el Bautismo para mantenernos en este mundo como peregrinos de esperanza y anunciadores de una Buena Nueva: ¡El Señor ha resucitado y estamos llenos de gozo!

Pablo d’Ors, en su libro Biografía de la luz, escribe que «hablar de Dios, suena hoy como algo inoportuno y trasnochado. Pero nuestro olvido de Dios es, el último término, un olvido de nosotros mismos. Para conocernos, hemos de mirar a lo invisible». (Pablo d´Ors, “Biografía de la luz”, Ed. Galaxcia Gutenberg, Barcelona 2021, p. 542). Y es que, dice él mismo: «también se cifra en haber sido testigos de una desaparición, de un soltar la experiencia tangible». (Pablo d´Ors, “Biografía de la luz”, Ed. Galaxcia Gutenberg, Barcelona 2021, p. 542). Ésta es la alegría de la Vigilia pascual. Llenos de gozo, ante la ausencia de Jesús en el sepulcro, hemos podido cantar una vez más el Pregón Pascual celebrando la resurrección como un acontecimiento cósmico, que comprende cielo y tierra, y asocia el uno con la otra. El Resucitado está presente, pero nosotros, distraídos por el amasijo de tantos ruidos, de tantas promesas falsas, de tantas ideologías, de tantas ilusiones, no sabemos distinguirlo. Escuchemos esta noche llenos de júbilo la voz de Jesús que nos vuelve a decir: «¡Dichosos los que creen sin haber visto!» (Jn 20,29). 

Padre Alfredo.


sábado, 19 de abril de 2025

HOMILÍA DE LA VIGILIA PASCUAL 2025

Jesús, queridos hermanos, no es un personaje del pasado. Él vive y, como ser viviente, camina delante de nosotros; nos llama a seguirlo a Él, el viviente, y a encontrar así también nosotros el camino de la vida.

«Ha resucitado..., no está aquí». Recalca el evangelista. Cuando Jesús habló por primera vez a los discípulos sobre la cruz y la resurrección, estos se preguntaban qué querría decir eso de «resucitar de entre los muertos» (Mc 9, 10). En Pascua nos alegramos porque Cristo no se ha quedado en el sepulcro, su cuerpo no ha conocido la corrupción; pertenece al mundo de los vivos, no al de los muertos; nos alegramos porque Él es —como proclamamos en el rito del cirio pascual— Alfa y Omega, y existe no sólo ayer, sino también hoy y por la eternidad (cf. Hb 13,8). Pero, ¿en qué consiste propiamente eso de «resucitar»? ¿Qué significa para nosotros? La resurrección de Cristo es el salto más decisivo hacia una dimensión totalmente nueva, que no se ha producido jamás en la larga historia de la vida y de sus desarrollos: un salto de un orden completamente nuevo, que nos afecta y que atañe a toda la historia.

Jesús ya no está en el sepulcro. Él pudo dejarse matar por amor, pero justamente así destruyó el carácter definitivo de la muerte, porque en Él estaba presente el carácter definitivo de la vida. Él era una cosa sola con la vida indestructible, de manera que ésta brotó de nuevo a través de la muerte. En la última Cena, Él anticipó la muerte y la transformó en el don de sí mismo. Su comunión existencial con el Padre misericordioso era concretamente una comunión existencial con el amor de Dios, y este amor es la verdadera potencia contra la muerte, es más fuerte que la muerte. La resurrección fue como un estallido de luz que inauguró una nueva dimensión del ser, de la vida, en la que también ha sido integrada la materia, de manera transformada, y a través de la cual surge un mundo nuevo. No puedo dejar de imaginar el gozo de la Virgen santísima en el momento de ver a su Hijo resucitado.

Solamente podemos entender esto mediante la fe y el bautismo. Por eso el Bautismo es parte de la Vigilia pascual. El Bautismo significa precisamente que nuestra fe no es un asunto del pasado, sino un salto cualitativo de la historia universal que llega hasta cada uno de nosotros. Es realmente muerte y resurrección, renacimiento, transformación en una nueva vida. El gran estallido de la resurrección nos ha alcanzado en el Bautismo para mantenernos en este mundo como peregrinos de esperanza.

Ésta es la alegría de la Vigilia pascual. La resurrección no ha pasado, la resurrección nos ha alcanzado e impregnado. De este modo, llenos de gozo, hemos podido cantar una vez más el Pregón Pascual celebrando la resurrección como un acontecimiento cósmico, que comprende cielo y tierra, y asocia el uno con la otra. Y podemos proclamar también con este Pregón: «Cristo, tu Hijo, que se encarnó en el seno de María y a quien celebramos de una manera particular en este Año Santo de la Redención y en este año jubilar de nuestra parroquia, ha resucitado... brilla sereno para el linaje humano, y vive y reina glorioso por los siglos de los siglos». Amén.

Padre Alfredo.

sábado, 11 de abril de 2020

¿Qué significa el Cirio Pascual?


La palabra «cirio» viene del latín «cereus», de cera, el producto de la abejas. El cirio más importante es el que se enciende en la Vigilia Pascual como símbolo de Cristo «Luz del mundo», y que sitúa sobre una elegante columna o candelabro adornado. El Cirio Pascual representa a Cristo resucitado. Él es la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo y que disipa la oscuridad de la muerte y se enciende del fuego nuevo al inicio de la celebración de la noche de la Vigilia Pascual.

En esa celebración, la única luz que se tiene al iniciar la celebración es la del Cirio Pascual. Luego, con esa llama se encienden los cirios o las velas que portan los feligreses y que simbolizan la fe que todos recibimos y compartimos. Como bautizados y miembros vivos de la Iglesia que peregrina hacia la Pascua Eterna, debemos ser portadores de la luz de Cristo, testigos de su amor, que como una llama enciende y calienta los corazones.

El fuego de la llama también representa una imagen viva de la Resurrección, del hombre que abandona la oscuridad del pecado y nace a una vida nueva. 

El Cirio Pascual tiene una Cruz, que es siempre el símbolo central, el camino que se debe tomar, al igual que Cristo, para llegar al Padre.

Uno de los razgos principales, junto a la Cruz, son las letras Alfa y Omega, la primera y la última del alfabeto griego, que en el Cirio indican que la Pascua de Cristo, principio y fin del tiempo y de la eternidad, nos alcanza con fuerza siempre nueva en el año concreto en que vivimos. Por eso se traza en él el año actual, que simboliza a Dios en el presente, y como Amo y Señor de toda la eternidad.

En el Cirio se ponen cinco granos de incienso, usualmente de color rojo, que están incrustados en el cirio con unos clavos y que representan las cinco llagas de Jesús: los tres clavos que le atravesaron las manos y los pies, la lanza clavada al costado derecho del torso y las espinas sobre su cabeza.

La imagen del Cordero es porque Cristo es representado mediante la figura de un cordero en las profecías de la Sagrada Escritura.

El Cirio Pascual es ya desde los primeros siglos de la historia de la Iglesia, uno de los símbolos más expresivos que tenemos en la Liturgia. Estará encendido en todas las celebraciones durante las siete semanas de la cincuentena, al lado del ambón de la Palabra, hasta la tarde del domingo de Pentecostés. Una vez concluido el Tiempo Pascual, se conserva dignamente en el baptisterio y se enciende en cada celebración del bautismo y en los funerales.

La resurrección de Cristo es simbolizada por la luz, por el fuego nuevo, que ahuyenta las tinieblas de la muerte y resucita victorioso. La luz, elemento natural, se convierte en símbolo de vida, felicidad, alegría y esperanza. Por eso, encendemos nuestros cirios y velas del Cirio Pascual y llevamos la luz de Cristo a nuestros hogares.

Padre Alfredo.

domingo, 16 de abril de 2017

¡Ojalá en la noche de Pascua sucediera algo parecido en nosotros!


Muerto nuestro señor Jesucristo y enterrado, los discípulos parece ser que desaparecieron de la escena pública, la Palabra de Dios nos dice que «se ocultaron por miedo» (Jn 20,19). Parecía que definitivamente el proyecto de Jesús había fracasado.

En medio de un cima de derrota y desánimo, sucede algo sorprendente, las mujeres que iban a embalsamar el cuerpo de Jesús encuentran la tumba vacía (Mt 28,1-10) y entonces los discípulos se ponen nuevamente en movimiento para ver qué es lo que está sucediendo.

La resurrección de Jesús se fue abriendo paso en los corazones de sus seguidores, triunfando sobre todo lo que en el corazón humanos parecía obstaculizarla: la incomprensión de los designios de Dios, la tristeza, el miedo, la duda... ¡Ojalá en la noche de Pascua sucediera algo parecido en nosotros!

El misterio de la Pascua es de una novedad imprevisible. Lo primero que se le ocurrió a María Magdalena fue pensar que se habían robado el cuerpo del Maestro. Como la Magdalena, el hombre de hoy está en un estado de impotencia para llegar a comprender este misterio por las propias fuerzas. Para todos aquellos amigos de Jesús, la Pascua fue como un despertar de un sueño. Dios ha venido para arrancarlos de su somnolencia, para abrir sus ojos cerrados. ¡Ojalá en la noche de Pascua sucediera algo parecido en nosotros!

María Magdalena no entiende, ella quiere retener a Jesús pero, Él la corrige: «No me toques, porque todavía no he subido al Padre» (Jn 20,17). Jesús quiere hacer comprender a María que su resurrección no es una vuelta al pasado. Desde este momento todo es nuevo. Jesús sube al Padre y quiere llevar a toda la humanidad con Él. María afirma su amor hacia Él, su deseo es ir tras de Él. ¡Ojalá en la noche de Pascua sucediera algo parecido en nosotros!

Poco a poco a aquellas mujeres encabezadas por María Magdalena y el grupo de los Apóstoles, la luz de la Pascua los ilumina, los confirma en el camino emprendido por Jesús, los llena de valor. Sí, y es que el miedo se puede convertir en valor, la guerra en paz, el odio en amistad, la soledad en compañía, el pecado en gracia. Nuestra vieja condición ha sido crucificada con Cristo, quedando destruida nuestra personalidad e pecadores y nosotros libres de la esclavitud del pecado; porque si nuestra existencia está unida a la de Cristo en una muerte como la suya, lo estará también en una resurrección como la suya. La Pascua cambió la vida de aquellos seguidores de Jesús. ¡Ojalá en la noche de Pascua sucediera algo parecido en nosotros!

Ya tenemos nuestra respuesta rotunda muchas de nuestras interrogantes: ¿Valdrá la pena salir en defensa de los inocentes en un mundo plagado de injusticias? ¿Tendrá sentido enfrentarse a las fuerzas y estructuras que van destruyendo al hombre? ¿Habrá algún camino hacia la vida entre tantos que conducen al hombre de hoy a la muerte? En la celebración de la Vigilia Pascual Cristo nos dice: «No tengan miedo, yo he vencido al mundo» (Jn 16,33). ¡Ojalá en la noche de Pascua sucediera algo parecido en nosotros!

La celebración de la Vigilia Pascual se debe vivir y revivir como una celebración gozosa de la nueva creación, del nuevo comienzo de nuestras vidas. Es la fiesta de la vida y de la esperanza. Es la invitación a renovar nuestro bautismo en Cristo sabiéndose armados con sus armas, las armas de la paz. Es la fiesta en la que se renueva la promesa y el compromiso de seguir luchando por una tierra nueva en la que habite la justicia, trabajando por un hombre nuevo bajo el amparo de María Santísima mientras esperamos la renovación pascual que no conocerá ocaso. ¡Aleluya, Cristo ha resucitado! ¡Ojalá en la noche de Pascua sucediera algo parecido en nosotros!

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

miércoles, 8 de abril de 2015

¿Por qué la Pascua cambia de fecha cada año?


Sabemos que el pueblo judío celebraba año con año la fiesta de Pascua en recuerdo de la liberación de la esclavitud de Egipto. Esto la hacían en la primera luna llena de primavera, debido a que esta fecha la fijaban en base al año lunar que utilizaban y no al año solar de nuestro calendario moderno. Es por esta razón que cada año la celebración de la Pascua cambia de día, pues se le hace coincidir con el calendario lunar. La noche del Viernes Santo siempre será una noche de luna llena y en la noche de la Solemne Vigilia Pascual, la luna se mostrará resplandeciente.

En la fiesta de la Pascua, los judíos se reunían a comer cordero asado y ensaladas de hierbas amargas, recitar bendiciones y cantar salmos. Esto lo hacían la víspera del 15 de Nisan (el primer mes del calendario judío). Jesús celebró la pascua (la última cena) según esa costumbre judía, o sea, el 14 de Nisan, murió en la cruz el 15 de Nisan y resucitó el domingo siguiente, que ese año fue el 17 de Nisan.

Así como los judíos brindaban por la liberación de la esclavitud. Nosotros, luego de los días de ayuno, limosna y oración, celebramos el paso a una vida nueva. Hemos muerto al pecado y hemos renacido a la vida de la gracia.

El calendario tiene 354 días. Para hacer un ajuste, los judíos insertan un mes a su calendario, por orden del Sanedrín (no por algún método definido). Esto dio lugar a numerosas controversias sobre la fecha para la celebración de la pascua. En los primeros tiempos, los cristianos de origen judío continuaron usando el calendario judío para la pascua: El viernes santo lo celebraban el 15 de Nisan y la pascua de resurrección el 17 de Nisan (fuese o no domingo).

En el resto del imperio romano, sin embargo, se tomó en consideración que Jesús históricamente resucitó el domingo y todos los domingos se celebra a la fiesta de la Resurrección. Por eso se optó por celebrar la Pascua el primer domingo después de la primera luna llena después del equinoccio de primavera. El Primer Concilio de Nicea (325) decretó que la práctica romana debe observarse en toda la Iglesia. 

Los ortodoxos celebran la pascua otra fecha porque siguen el calendario Juliano (ortodoxo ruso). La fecha de la fiesta de Pascua católica fluctúa siempre entre el 22 de Marzo y el 25 Abril. En referencia a ella se calculan las otras fiestas movibles del calendario litúrgico.

La fiesta de la Pascua, en la Iglesia Católica, se celebra durante 50 días. Comienza el Domingo de Resurrección y termina en Pentecostés. La cuaresma termina en la tarde del Jueves Santo con la liturgia de la Cena del Señor que da comienzo al Triduo Pascual. El Viernes Santo se hace el “ayuno pascual” que se prolonga, si se quiere —no por obligación, sino por convicción— el sábado santo, preparatorio a la gran celebración pascual . El triduo culmina en la Vigilia Pascual del sábado por la noche.

Los primeros ocho días de la pascua constituyen la octava y se celebran como si fuera una sola solemnidad, es decir, como si fuera un mismo día.

En el día 40 de la Pascua se celebra la ascensión del Señor y los 9 días de la ascensión a Pentecostés son días de intensa preparación para la venida del Espíritu Santo sin que constituyan un tiempo litúrgico diferente. Con la fiesta de Pentecostés culmina la Pascua.

Jesús es el nuevo cordero pascual que nos trae la nueva liberación, del pecado y de la muerte. La Resurrección del Señor nos abre las puertas a la vida eterna, su triunfo sobre la muerte es la victoria definitiva sobre el pecados. Este hecho hace del domingo de Resurrección la celebración más importante de todo el año litúrgico, por eso la celebramos con la Solemne Vigilia Pascual. El misterio pascual es el centro del cristianismo, de la Iglesia, de la acción pastoral y de la vida espiritual cristiana. ¡Gocemos el tiempo de la Pascua celebrando con María la Madre de Dios, que Jesús está vivo!

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

jueves, 5 de abril de 2012

SEMANA SANTA...Una pequeña reflexión para cada día

DOMINGO DE RAMOS.

En aquellos días coincidieron en Jerusalén todos los que esperaban un cambio político y religioso. Mucha gente esperaba un cambio, pero, como como sucede en muchos casos, cada uno esperaba eso a su manera y casi nadie reconoció al Mesías en la persona de Jesús.

La Escritura nos dice que el Señor entró a Jerusalén montado en un burro y no en una biga conducida por un auriga como solían ir los personajes importantes del imperio romano que había conquistado aquellos territorios. Cristo quería dejarnos en claro que en medio de un mundo al que le gusta sopesar y calcular todo desde lo que se tiene, o lo que se aparenta tener, el Mesías haría de entrar en nuestras vidas en sencillez para hacernos constructores de paz. Un Rey como Él, no dudó en hacerse uno como nosotros, para que pueda transformar nuestra vida por su sola gracia haciéndonos, como decía la Madre María Inés: "Almas pacíficas y pacificadoras".
Ahora nosotros, como enseña el Papa Benedicto XVI, “hemos visto y vemos todavía ahora los prodigios de Cristo: cómo lleva a hombres y mujeres a renunciar a las comodidades de su vida y a ponerse totalmente al servicio de los que sufren; cómo da a hombres y mujeres la valentía para oponerse a la violencia y a la mentira para difundir en el mundo la verdad; cómo, en secreto, induce a hombres y mujeres a hacer el bien a los demás, a suscitar la reconciliación donde había odio, a crear la paz donde reinaba la enemistad”.

Al celebrar su entrada triunfal con ramos y palmas, los creyentes nos unimos a tantos hombres y mujeres que hoy se ven perseguidos por predicar el Evangelio y por trabajar en la búsqueda de la libertad de tantas personas que sufren a causa de gente triunfalista que no ha entendido nada. El Domingo de Ramos en este 2012, puede llevarnos a pedir por tantos políticos que están en campaña y por quienes tienen autoridad para solucionar la tremenda situación de violencia que vemos a nuestro alrededor, recordando que toda autoridad viene de Dios.

JUEVES SANTO.

"Los amó hasta el extremo", así comienza el capítulo 13 del evangelio de Juan, a partir del cual, el evangelista irá presentando el cumplimiento de la obra de Jesús, la llegada de su hora, el tiempo de su glorificación. 

Este día contemplamos el gesto testimonial que busca expresar lo más importante de su predicación: amar a los demás como servidores, buscar el bien de los otros por encima del propio, enseñar con el ejemplo de vida.Este día se celebra el día del AMOR. Es el día en que el Maestro se entrega en el servicio humilde y sacerdotal lavando los pies a sus apóstoles y quedándose para siempre en el signo pobre y sencillo de la Eucaristía para manifestarse siempre en el amor. El gesto de Jesús nos invita también a nosotros a ponernos al servicio de los de los que más nos necesitan, los que están a nuestro lado y al mismo tiempo nos hace correr al encuentro de aquellos con los que nadie quiere ir sin buscar pretensiones de triunfalismo y sin herir susceptibilidades.

Hace unos días el Señor se dejaba ungir los pies con un perfume caro acogiendo el gesto de María con sensibilidad y gratitud, ahora es él quien tiene el detalle de lavar los pies a los suyos para dejar el aroma de su entrega por nuestra libertad. Al lavar los pies a los discípulos, el Mesías estaba aceptando lo sucio, lo poco agradable de nuestra condición humana amando a los suyos como son y esperando una transformación al amar.

Muchos aprovechan estos días santos para descansar, ojalá y en este descanso haya un espacio de tiempo para encontrar al Señor en un rato de intimidad, porque la fe es para ser vivida y practicada, no sirve ni basta decir "Señor, Señor" (como nos enseña la parábola de la casa edificada sobre piedra, ver Mt. 7). Jesús quiere e invita a sus discípulos a demostrar con gestos y actitudes nuevas el conocimiento de las cosas de Dios que hay en nuestro corazón. En esto se encuentra la felicidad, el sentido pleno de la existencia: en vivir para los demás como servidores amando como Él.

Evidentemente la propuesta de Jesús no tiene nada que ver con el modelo de felicidad y de «amor» que nos propone la sociedad de nuestros días… ¿es díficil vivir esto? ¿cómo podemos vivir este mandato del amor a los demás en la vida concreta de todos los días? Cristo se ha quedado en la Eucaristía para ser, como dice Madre Inés: "La misión de Jesús visible en el mundo ya terminó, él ya acabó su carrera, más se quedó en la Eucaristía hasta la consumación de los siglos para seguir desde allí siendo el promotor, el auxiliador, el sostén, el refrigerio, el guía, el consuelo de todos aquellos que quieren como él: Pasar por el mundo haciendo el bien". A través del sacerdocio ministerial la presencia eucarística del Señor llega hasta los últimos rincones del mundo.

VIERNES SANTO.


El Señor sabía el resultado del juicio que se le haría. Sabía que estaba condenado por un mundo que vive en la injusticia y da gran espacio a la maldad. Eso lo saben también hoy muchas personas que son juzgadas injustamente.La pregunta para la reflexión del día de hoy es obvia: ¿Por qué tenía que ser así? La respuesta más profunda y válida solamente Dios puede darla, pues pisamos el terreno insondable de la voluntad divina y su proyecto eterno de redención realizado en Cristo. “Por nosotros y por nuestra salvación”, como decimos en el credo, es la razón teológica que nuestra fe nos descubre para explicar y entender toda la vida de Jesús desde la encarnación a su pasión, muerte y resurrección.

Creemos y decimos que la cruz es la señal del cristiano no por masoquismo espiritual, sino porque la cruz es fuente de vida y de liberación total, como signo que es del amor de Dios al hombre por medio de Jesucristo. El amor que testimonia su cruz es la única fuerza capaz de cambiar el mundo, si los que nos decimos sus discípulos seguimos su ejemplo. Junto a la Cruz de Jesús estaban su

Madre y las otras mujeres con Juan, nosotros también, el día de hoy, podemos estar allí para pedir, como hacía la Madre Inés: "Que su Sangre preciosa se derrame sobre nosotros y nos purifique. Ella decía que el Padre nos puso en manos de su Hijo, como una joya de inapreciable valor, puesto que dio toda su Sangre por nosotros; nos conquistó a fuerza de amor, ¡de exceso de amor!… desde el pesebre hasta la cruz…"

Este día de silencio puede ser una oportunidad especial para hacer un análisis de nuestra vida y tomar la seria determinación, librándonos de palabrerías inútiles, de ponerse del lado del Señor Crucificado buscando cómo colaborar para transformar en oportunidad y estímulo el dolor que oprime hoy a la humanidad.

SÁBADO SANTO.

Hoy es un día de silencio en la Iglesia: Cristo yace en el sepulcro y la Iglesia medita, admirada, lo que ha hecho por nosotros este Señor nuestro. Ante el silencio y la oscuridad del sepulcro, el mundo guarda silencio para aprender del Maestro, y al contemplar su cuerpo destrozado está a la expectativa de un acontecimiento luminoso: La vida total y definitiva que estamos esperando renovará la vida de cada día.

El Sábado Santo no es propiamente una jornada triste. El Señor ha vencido al demonio y al pecado, y dentro de pocas horas vencerá también a la muerte con su gloriosa Resurrección. Nos ha reconciliado con el Padre celestial: ¡ya somos hijos de Dios! Dice Madre Inés que, "habiéndose entregado por nosotros hasta la muerte de cruz, en un amor inmenso, espera en retorno todo el amor de que seamos capaces. Es necesario entonces que hagamos propósitos de agradecimiento, que tengamos la seguridad de que superaremos todos los obstáculos, sean del tipo que sean, si nos mantenemos bien unidos a Jesús por la oración y los sacramentos".

El Sábado Santo, con los sagrarios vacíos y las imágenes cubiertas, es una oportunidad para meditar en lo que es la ausencia de Dios, en la fealdad del pecado, que nos aleja de Dios, nos hace perder la visión sobrenatural de los acontecimientos y la oportunidad de llegar al Cielo. Hoy podemos ofrecer a la Santísima Virgen nuestras vidas y decirle que el sacrificio de su hijo Jesucristo y su dolor no fueron en vano.

VIGILIA PASCUAL.

Esta noche solemne la Vigilia Pascual nos ofrece una visión global del paso y del recorrido desde la creación hasta la «Nueva Creación». Se nos presentan unas perspectivas de la Historia de la Salvación desde la creación del mundo hasta la plenitud. Con la encarnación y la resurrección de Jesús, todo el mundo sufre una revolución y a la vez se capacita para tomar parte de la plenitud y soberanía del mismo Señor resucitado, con una nueva y mejor forma de existencia.

Cristo es el primer fruto de esa nueva creación. Su vida, que culmina con su resurrección y glorificación por el Padre, es como la anticipación que deja entrever lo que todavía queda por hacer, y lo que aún falta a la creación y a la humanidad en todas las dimensiones de la existencia. Con la resurrección de Jesús empieza el futuro escatológico, es decir, la plenitud y perfección de paz, de bien, de amor, de vida, de justicia, que serán el Reino de Dios ya realizado; que ya ahora vivimos como inicio y en crecimiento, y que entonces llegará al término definitivo y perfecto.

Este término definitivo y perfecto no se realizará hasta que llegue "el día del Señor". Mientras, vivimos en la realidad de lo que somos y poseemos, con la esperanza de lo que tendremos y seremos. Para llegar, como Cristo a la resurrección, se necesita una vida y una lucha. Por eso

Cuando salgamos esta noche de la celebración de la Vigilia, tenemos que ser testigos de esta Resurrección porque, como dice Madre Inés: "El día de la Resurrección del Señor no es de ayer y no tiene ocaso, es de hoy y para siempre". 

Esta noche podemos unirnos a Su Santidad Benedicto XVI que dice en oración: Concédenos la humilde sencillez de la fe que no se desconcierta cuando tú nos llamas a la hora de las tinieblas y del abandono, cuando todo parece inconsistente. En esta época en que tus cosas parecen estar librando una batalla mortal, concédenos luz suficiente para no perderte; luz suficiente para poder iluminar a los otros que también lo necesitan. Haz que el misterio de tu alegría pascual resplandezca en nuestros días como el alba, haz que seamos realmente hombres pascuales en medio del sábado santo de la historia.

DOMINGO DE PASCUA.

Hoy estalla la fecundidad de Dios en su infinita misericordia. Tanto amor no podía ser vencido por el odio, la envidia y toda la malicia de la humanidad. Tanta entrega no podía ser contenida en un sepulcro de muerte inútil y fatal. Tanta misericordia no podía no despertar de su anonadamiento trágico. También hoy es Dios quien perpetúa su amor. También la resurrección es pura obra divina y pura expresión de amor incontenido e incontenible.

El Domingo de Resurrección o de Pascua que hemos iniciado con la Vigilia Pascual, es la fiesta más importante para todos los católicos, ya que con la Resurrección de Jesús es cuando adquiere sentido toda nuestra religión. La Resurrección es una luz para los hombres y cada cristiano debe irradiar esa misma luz a todos los hombres haciéndolos partícipes de la alegría de la Resurrección por medio de sus palabras, su testimonio y su trabajo apostólico.

Debemos estar verdaderamente alegres por la Resurrección de Jesucristo, nuestro Señor. En este tiempo de Pascua que comienza, debemos aprovechar todas las gracias que Dios nos da para crecer en nuestra fe y ser mejores cristianos. Vivamos con profundidad este tiempo. Con el Domingo de Resurrección comienza un Tiempo pascual, en el que recordamos el tiempo que Jesús permaneció con los apóstoles antes de subir a los cielos, durante la fiesta de la Ascensión.

Pasión-muerte-resurrección: una sola realidad, una sola vida, que ya no queda fuera de nuestra historia, de nuestra existencia, de nuestro mundo sino que, por el bautismo, con la inhahitación de la Santísima Trinidad, pasa a ser Vida de nuestra vida y triunfo de nuestra muerte. Dice Madre Inés: “El tiempo se acaba pronto, pero tenemos toda la eternidad para gozar sin término de un Dios que nos ama, y a quien desea ser amado, pide nuestra confianza y nuestro celo por la salvación de las almas”. ¡Aleluya! ¡Felices Pascuas! ¡Cristo ha resucitado!

Alfredo Delgado, M.C.I.U.