domingo, 5 de abril de 2026

HOMILÍA DE LA VIGILIA PASCUAL 2026.

«No está aquí; ha resucitado, como lo había dicho». Recalca san Mateo en el relato del Evangelio que esta noche santa hemos escuchado. Cuando Jesús habló por primera vez a los Doce y a las mujeres que les acompañaban, sobre el tema de la cruz y la resurrección, seguramente se preguntaban qué querría decir eso de «resucitar de entre los muertos» (Mc 9,10). En esta Vigilia Pascual, en la cual hemos repasado con calma los textos sagrados (siete lecturas del Antiguo Testamento con sus salmos, la Carta de San Pablo a los Romanos y el Evangelio de san Mateo en el capítulo 28), hemos recordado que Dios «no quiere nuestra muerte», sino que somos «miembros vivos de una descendencia de salvados» que nos alegramos porque Cristo no se ha quedado en el sepulcro. 

La resurrección de Cristo es el salto más decisivo hacia una dimensión totalmente nueva, que no se ha producido nunca jamás en la historia: un salto de un orden completamente nuevo, que nos afecta y que atañe a toda la historia. ¡Imagino la alegría de María, la Madre de Dios y Madre nuestra, por vernos aquí en su casa en esta noche, celebrando que Jesús está vivo! Él pertenece al mundo de los vivos, no al de los muertos; por eso en Latín, el Pregón Pascual repite una y otra vez: «¡Exultet!», haciendo que este himno de gloria celebre el triunfo de Cristo resucitado recordándonos a nosotros que somos pecadores: «¡O felix culpa, quae talem ac tantum meruit habere Redemptorem!» —¡Feliz culpa que mereció tal Redentor! Este Redentor que es el Alfa y la Omega, y que existe no sólo en el ayer, sino también hoy y por la eternidad (cf. Hb 13,8). Pero, ¿qué significa eso de resucitar para nosotros? 

En la última Cena, él había nuevamente anticipado la muerte y la transformó en el don de sí mismo con el deseo de quedarse para siempre. Su resurrección fue como un estallido de luz que inauguró una nueva dimensión del ser, de la vida, de la historia. Pero eso, solamente lo podemos entender mediante la fe y las gracias que el bautismo nos otorga. Por eso el Bautismo forma parte fundamental de la Vigilia pascual. Ya sea celebrando el sacramento o renovándolo con gratitud. El gran estallido de la resurrección nos ha alcanzado en el Bautismo para mantenernos en este mundo como peregrinos de esperanza y anunciadores de una Buena Nueva: ¡El Señor ha resucitado y estamos llenos de gozo!

Pablo d’Ors, en su libro Biografía de la luz, escribe que «hablar de Dios, suena hoy como algo inoportuno y trasnochado. Pero nuestro olvido de Dios es, el último término, un olvido de nosotros mismos. Para conocernos, hemos de mirar a lo invisible». (Pablo d´Ors, “Biografía de la luz”, Ed. Galaxcia Gutenberg, Barcelona 2021, p. 542). Y es que, dice él mismo: «también se cifra en haber sido testigos de una desaparición, de un soltar la experiencia tangible». (Pablo d´Ors, “Biografía de la luz”, Ed. Galaxcia Gutenberg, Barcelona 2021, p. 542). Ésta es la alegría de la Vigilia pascual. Llenos de gozo, ante la ausencia de Jesús en el sepulcro, hemos podido cantar una vez más el Pregón Pascual celebrando la resurrección como un acontecimiento cósmico, que comprende cielo y tierra, y asocia el uno con la otra. El Resucitado está presente, pero nosotros, distraídos por el amasijo de tantos ruidos, de tantas promesas falsas, de tantas ideologías, de tantas ilusiones, no sabemos distinguirlo. Escuchemos esta noche llenos de júbilo la voz de Jesús que nos vuelve a decir: «¡Dichosos los que creen sin haber visto!» (Jn 20,29). 

Padre Alfredo.


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