El Jueves Santo es el día de la Institución de la Eucaristía, del sacramento del Orden y del mandamiento del amor. El Maestro, sabiendo que ya estaba acerca su hora, se reunió con sus discípulos para celebrar la Última cena. Seguramente ellos no captaron en el momento lo que estaba sucediendo. Jesús tomó pan en sus manos y dijo: «Este es mi cuerpo, que será entregado por ustedes»; y después tomó vino y dijo: «Esta es mi sangre, que será derramada por todos ustedes». Más tarde entenderán a la luz de la resurrección y darán continuidad perpetua a aquel acto de amor maravilloso con el don del sacerdocio que recibieron en esta Bendita Cena.
En este ambiente de aquella cena tan particular, Jesús ofrece el mandamiento del amor que debe permanecer siempre vivo: «Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros como yo los he amado». El Evangelio de hoy nos narra cómo Jesús se levantó de la mesa, se ciñó una toalla y se puso a lavar los pies a sus discípulos diciéndoles que ellos habrían de hacer lo mismo. Esta acción, que solamente hacían los esclavos o los criados, será ahora tarea de todos: «Lo que yo, que soy el Maestro, acabo de hacer con ustedes háganlo entre ustedes mismos». Todos en la Iglesia, tenemos esa tarea de amar, porque este es el sello distintivo del discípulo–misionero.
Hoy rememoramos la institución de la Eucaristía, junto con el establecimiento del sacerdocio y la conjunción del modo imperativo del verbo amar. EL relato evangélico que hemos escuchado nos muestra que señal de quien vive de la Eucaristía, es el servicio a la humanidad, como el Maestro. La condición de servidumbre que el gesto de lavar los pies implicaba en la cultura de Jesús y que los discípulos rechazaban tan visceralmente… suele quedar muy dulzona en una simple representación. Pero... ¿Qué significa asumir el servicio al modo de Jesús sin reconocimientos, sin descanso, sin recompensa, sin fotografías, solo confiando en que hacemos lo que Jesús nos marcó? Este Jueves Santo no vivamos el lavatorio de los pies como algo meramente teatral desde un ámbito sentimental. Recibamos este amor «hasta el extremo» y dejemos que él nos renueve y transforme: «Lávanos, «Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza.»
El célebre monje benedictino Anselm Grün en su libro Las obras de misericordia da la clave para la vivencia de este mandamiento que bien puede ser aplicado por todos: «en el modo en que nos comportamos con el ser humano se hace visible, en última instancia, nuestra relación con Jesucristo, independientemente de qué creamos o no en Cristo, o de qué en el hermano o la hermana reconozcamos o no a Cristo».(1)
Que la Virgen Madre, que seguramente vivió con intensidad este tríptico de gracia, nos acompañe para que con ella, podamos acompañar a Jesús en esta noche de vela agradeciendo que se ha quedado en la Eucaristía y que nos ha dejado a los sacerdotes para hacerle presente y conducirnos en el amor.
(1) Anselm Grün, “Las obras de misericordia” 2a ed., Ed. Sal Terrae, Basauri 2009.
Padre Alfredo.
Jueves Santo 2026.
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