Hace unas horas, en la basílica de Nuestra Señora del Roble, la mayoría de los sacerdotes diocesanos y religiosos de Monterrey, renovamos nuestras promesas sacerdotales en la Misa en la que también se consagran los Óleos y el Santo Crisma para este año. Esta celebración, en la que siempre algunos de ustedes están presentes, nos perpetúa el hecho de que somos comunidad y que, quienes traen y presentan los Óleos, nos recuerdan que somos ungidos para ponernos al servicio de la unidad fraterna de nuestra parroquia, que se funda en su cabeza que es Cristo representado por los obispos y sacerdotes y vive de la fuerza que de él procede. Ser miembros de la Iglesia no puede reducirse a un pequeño mundo de domingo añadido a nuestro mundo de los días laborales, de estudio o de otras ocupaciones. Ser miembros de la Iglesia es ser «ungidos» unidos a Cristo, pues este nombre —Χριστός (Christós)— significa «El ungido».
Por eso el óleo bendito está presente en los sacramentos de la Iglesia: en su aplicación antes del bautismo, como «óleo de los catecúmenos», nos recuerda que el que se va a bautizar es una persona que se arma para la gran lucha de la vida en el drama de la historia junto a los demás miembros de la Iglesia. Los atletas que luchaban en la arena romana ungían su cuerpo con aceite con el fin de qué estuviese flexible, elástico, vigoroso, ágil, no reseco. En la unción de los enfermos, como «óleo de los enfermos», se hace medicina de Dios. La unción que después del bautismo se aplica con el Santo Crisma, así como el uso de este crisma en la confirmación y en la ordenación sacerdotal, nos recuerda la unción de los sacerdotes de los profetas y de los reyes. Ungidos, marcados y sellados por el Espíritu del Señor para servir y hacer el bien, experimentamos en nosotros lo que vaticinaba el profeta Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido» (Is 61,1; cfr. Lc 4,18-19).
En el evangelio que escuchamos hace unos momentos, se recalca de nuevo la traición de Judas cuando Jesús quiere celebrar la Pascua de despedida de los suyos, como signo entrañable de amistad y comunión. Judas, para este momento, ya ha concertado la traición pidiendo a cambio de la entrega de Jesús treinta monedas —el precio de un esclavo, según Ex 21,32—. En puertas de celebrar el misterio de la Pascua del Señor, junto a la admiración contemplativa de su entrega podemos aprender una lección. El dinero, que para muchos se ha convertido, como dice Georg Simmel, pionero de la microsociología y la sociología urbana en su libro Filosofía del dinero, en un medio absoluto, «se convierte en fin psicológico absoluto para la mayoría de los seres humanos».(1) Y se termina amándolo por sí mismo. Hoy muchos, como Judas, no dudan en negar a Jesús con tal de tener dinero, olvidando el fin para el que se debe buscar. Hoy quisa valga la pena quedarnos con unas preguntas: ¿Nos sabemos «ungidos», para llevar la unción de Jesús a los demás? ¿Nos hemos hecho tan amigos del dinero que olvidamos su fin y lo hacemos medio absoluto de nuestra felicidad? ¿Soñamos con ser ricos traicionando a Jesús?
(1) Georg Simmel, “Filosofía del dinero”, Título original: «PHILOSOPHÍE DES GELDES» Ed. Duncker & Humblot, Berlin 195, p. 236.
Padre Alfredo,
Miércoles Santo 2026.
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