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jueves, 1 de noviembre de 2018

«El Altar de Muertos»... La visión desde la fe católica


En México, especialmente en algunos estados del centro del país, en nuestros días, se celebra con mucho sentido «la fiesta de los muertos», una celebración de origen prehispánico que honra a los difuntos, y que fue «cristianizada» desde la fe católica por los primeros misioneros. Los antiguos mexicas y otras etnias como los purépechas, nahuas y totonacas celebraban esta fiesta para entrar «en contacto» con los muertos a través de «una ofrenda». Los indígenas hacían una gran celebración en la primera luna llena del mes de noviembre, para celebrar la terminación de la cosecha del maíz y creían que ese día de fiesta, los difuntos tenían autorización para regresar a la tierra a celebrar y compartir con sus parientes vivos, los frutos de la madre tierra. 

Así, la historia de México muestra que el culto a la muerte en este país lleno de tradiciones, se remonta por lo menos a 1800 años A.C., y que llegó a tener un gran auge con ellos, los mexicas, que eran considerados el «pueblo de la muerte», pues para ellos la muerte no representaba el final de la vida, sino simplemente veían este paso como una transformación. Creían que las personas muertas, a las que ellos no enterraban sino incineraban, se convertirían en colibríes para volar acompañando al Sol, cuando los dioses decidieran que habían alcanzado cierto grado de perfección. Mientras esto sucedía, los dioses se llevaban a los muertos a un lugar al que llamaban «Mictlán», que significa «lugar de la muerte» o «residencia de los muertos» para purificarse y seguir su camino. Las festividades eran presididas por el dios Mictecacihuatl, conocido como «La Dama de la Muerte» (actualmente sería «La Catrina») y eran dedicadas a la celebración de los niños y las vidas de parientes fallecidos.

Cada año, en la primera noche de luna llena en noviembre, en aquella fiesta, los familiares visitaban la urna donde estaban las cenizas del difunto y ponían alrededor el tipo de comida que le gustaba en vida para atraerlo, pues decían que este día tenían permiso para regresar a este mundo y visitar a sus parientes que habían quedado en la tierra. Adornaban, además, los lugares del encuentro con flores de cempazúchitl, que son de color anaranjado brillante, y las deshojaban formando con los pétalos un camino hasta el templo, para guiar al difunto en su camino de regreso a Mictlán. 

Los misioneros españoles al llegar a México aprovecharon esta costumbre, para comenzar la tarea de la evangelización a través de la oración por los difuntos y dándole un sentido cristiano a los elementos que componen el altar de muertos. 

Estos misioneros, hombres llenos de fe, que se dieron a la tarea de leer los signos de los tiempos en aquel entorno, les enseñaron a darle un sentido cristiano y entre los elementos más representativos del altar que se conservaron se hallan los siguientes:

La imagen del o de los difuntos en retratos, pinturas o dibujos de quienes ya han dejado este mundo y a quienes se dedica la ofrenda. También se colocan imágenes religiosas que manifiestan la unión entre la «Iglesia peregrina», aquí en la tierra; la «Iglesia purgante», en el tiempo de espera en el purgatorio y la «Iglesia triunfante» en el cielo, a donde todos esperamos llegar.

El camino de flores de cempazúchitl, como camino que dirige hacia el templo católico, con la finalidad de señalar al difunto el único camino para llegar al cielo. Esta flor es símbolo de Dios que hace florecer la vida de las almas y proclama, con su belleza, la flor habla de la vida eterna como don de Dios. Además del camino de pétalos de esta flor, de coloca una cruz elaborada con los mismos pétalos. Esa cruz florida significa que todos los caminos, los cuatro puntos cardinales, los brazos de la cruz, llevan a Dios, el centro donde se cruzan los brazos. Nos habla también de la redención de Cristo, vencedor de la muerte.

Los indigenas fabricaban calaveras de barro o piedra y las ponían junto del altar de muertos que adornaban festivamente para tranquilizar al dios de la muerte. Los misioneros, en vez de prohibirles esta costumbre pagana, les enseñaron a fabricar calaveras de azúcar como símbolo de la dulzura de la muerte para el que ha sido fiel a Dios y les explicaron que el papel picado y de de colores, recortado con motivos alusivos a la muerte, tiene el sentido religioso de ver la muerte sin tristeza, pues es sólo el paso a una nueva vida, como ellos ya lo creían.

El altar sigue siendo, hasta la fecha, la representación iconoplástica de la visión que el pueblo mexicano tiene sobre el tema de la muerte, y de cómo la alegoría conduce a distintos temas implícitos y los representa en forma armónica dentro de un solo enunciado: «El altar» que, desde antiguo, se colocaba con velas, por tradición las más que sea posible, porque la luz era para que «los invitados especiales» supieran por donde llegar y por donde retirarse al amanecer. Hoy estas velas, para el creyente, significan la iluminación del camino para que las almas lleguen a disfrutar de la luz divina, recordando que en un cirio encendido, la Iglesia simboliza la resurrección de Cristo en la Pascua. En Él nos movemos, existimos y somos, y por eso recordamos a la iglesia triunfante que goza ahora de la presencia beatifica de Cristo y con Él de la Trinidad. Al igual que la Santísima Virgen María, Madre del Verdadero Dios por quien se vive, sufre la muerte de su Hijo, también, como ella, la Iglesia se goza de su Resurrección Gloriosa y espera la resurrección de todos en el último día.

El vaso de agua, que siempre es colocado (uno o varios) sobre el altar, y que era «para calmar la sed del caminante«, es ahora signo del agua viva para nunca tener sed. La gracia, participación de la vida divina, también se simboliza con el agua, de la cual tenemos sed.

El copal es el incienso mexicano que desde tiempos ancestrales se utiliza, es un elemento representativo que une la tierra con el cielo. Con el incienso, la Iglesia simboliza la oración, la alabanza grata a Dios que llega a su presencia pidiendo por nuestros difuntos.

Un plato con sal, que hace referencia al Bautismo en el que antiguamente se daba a los niños un poco de sal para saborear a Cristo que nos invita a ser sal del mundo y a darle sabor a la vida de los demás anunciando la Buena Nueva del Evangelio.

Las ofrendas pueden variar y consisten principalmente en alimentos o cosas que le gustaban al difunto: dulce de calabaza, dulces de leche, el pan (que no puede faltar), flores y diversos gustos con los que se recreaban. Estas ofrendas, para el cristiano, simbolizan las oraciones y sacrificios que los vivos ofrecerán por la salvación de los familiares y amigos difuntos. Es un signo de comunión, lo cual no significa que nuestros difuntos bajen a comer o a recrearse con nosotros.

Esta fiesta mexicana va cargada de toda una serie de elementos del folklore que únicamente se ven en esta época del año y que giran en torno a los muertos. Uno de ellos es el pan de dulce llamado «pan de muerto» hecho con levadura, un pan con una bola en medio que representa una calavera y adornos en forma de huesitos que todos degustan en la cena del día 1 y el desayuno del día 2 de noviembre recordando que todos vamos a morir. Hoy comemos el Pan de Vida, la Eucaristía, presencia real de Cristo, que murió para que tuviéramos vida.

También en estos días son muy tradicionales los cráneos hechos de azúcar o chocolate, que se regalan a las amistades, con su nombre escrito en la frente. Parte de los obsequios representativos son «Las calaveras» versos con rima escritos por la gente, y que narran de forma graciosa, con ironía, picardía y gracia, el encuentro con la Muerte de familiares, amigos o personajes de la política.

Los comerciantes han sabido aprovechar esta fiebre mortuoria y quizás gracias a ellos es que en la actualidad las ciudades también festejan este evento tradicional. Aunque en las ciudades las celebraciones son muy importantes, los lugares más tradicionales para esto son Janitzio, Pátzcuaro y Tzintzuntzan en Michoacán y algunos lugares de Oaxaca.

Yo les dejo aquí mi calavera de este año:

Estaba el padre Alfredo
sumergido en sus libros
para comentarlos en su blog
junto a una canción.

En eso llegó la huesuda y le dijo:
«padrecito, se acabó la función».
Ha llegado el día de llegar
al final de la estación.

El cielo te espera para leer y leer
sin ninguna interrupción,
amando y contemplando al Señor,
en una eterna fascinación.

Padre Alfredo.

sábado, 16 de diciembre de 2017

«Hoy empiezan las Posadas»... Un pequeño pensamiento para hoy


Para vivir el Adviento es necesaria una mirada nueva y un corazón nuevo, de manera que uno no se despiste al buscar los caminos de Dios y para responder con generosidad y alegría a la llamada exigente de su llamada. No todos están dispuestos a entenderlo y, menos aún, a vivirlo. Es más, nuestras vidas y nuestros proyectos pueden estar oponiéndose a la voluntad del Señor a pesar de que todo nos hable de que la llegada de la Navidad es ya cercana. Hoy, en la tradición mexicana, se inician las Posadas, aunque a decir verdad, para muchos han empezado casi a fin del mes pasado, pero con otro tinte que no es el de las tradicionales —fiestas «godinas», desayunos en restaurantes con amigas, bailes con gente con la que nada se tiene que ver el resto del año, etc.— Pero, para el hombre y la mujer de fe estos días, del 16 al 24, reflejan la cercanía de Dios con el pueblo, y del pueblo mismo, que celebra el hecho de que Dios viene a nosotros continuamente, como Dios de paz y Dios de amor. Nueve días que en esta tradición mexicana que se ha extendido a otros países, representan los nueve meses que Jesús estuvo en el vientre de María. El tema central es la zozobra de José y María, que no tienen un lugar digno para el Hijo que está a punto de nacer. Van pidiendo posada y, al no encontrar ningún lugar, el Niño Jesús, nace en un establo y lo recuestan en un pesebre. San Lucas nos lo cuenta, de una manera que no puede ser más hermosa y conmovedora a la vez (2,1-21). Las Posadas son para prepararnos a recibir al Señor que ya viene a salvarnos.

Ciertamente a este Mesías salvador se le esperaba desde el Antiguo Testamento. Los escribas de aquellos años esperaban que Elías precediera la venida del Mesías (Eclo 48,1-4.9-11) y tenían razón, pero no supieron descubrirlo en Juan el Bautista (Mt 17,10-13). A Elías, en la persona de Juan, lo trataron a su antojo, y lo mismo hicieron luego con Jesús. La figura de Elías, un hombre de una condición idéntica a la nuestra, nos muestra cómo Dios auxilia a quienes acuden a Él mediante la oración, especialmente en los momentos de tropiezo y dificultad. Elías es un elegido por Dios para ser portavoz de su mensaje de salvación entre los hombres. La actuación de Elías nos debe animar a ser valientes a la hora de dar testimonio de nuestra fe, como debe ser en estos días de las Posadas. En cada una de nuestras reuniones de estos días no puede faltar el rezo, la devoción, el testimonio de una vida cristiana que busca ayudar a los corazones a recibir al Señor. Nuestras posadas no pueden ser solo comida y bebida, porque nuestra fe no se puede quedar encerrada o empobrecida, se debe reforzar en estos días de fiesta previa a la Navidad con el anuncio, con el testimonio y con un compromiso concreto que se hace invitación a todos para nacer de nuevo, abrir los ojos a la gracia de Dios y sentir la Luz del Redentor que viene a nuestro encuentro.

Cada día, cada momento, en cualquier instante el Señor viene a nosotros, ¿estás preparado? ¿Pondrás tu casa para que los vecinos toquen a tu puerta con todo y peregrinos? ¿Conoces bien el sentido de cada uno de los elementos tradicionales de una Posada como son las letanías, los cantos para pedir posada, las velitas, la piñata, etc.? El libro del Eclesiástico preveía la vuelta de Elías al final de los tiempos, volviendo otra vez a un tema del que ya había escrito antes. A Elías se le reserva para «hacer que el corazón de los padres se vuelva hacia los hijos y congregar a las tribus de Israel» (Eclo 48,10). Un papel de reunificador. «Ciertamente Elías ha de venir y lo pondrá todo en orden. Es más, yo les aseguro a ustedes que Elías ha venid o ya, pero no lo reconocieron e hicieron con él cuanto les vino en gana» (Mt 17,12). Las palabras del eclesiástico en lo tocante a Elías, como Juan el Bautista en el Evangelio, son pórtico de la Gloria de Dios, aquel a quien Elías prefiguraba y aquel a quien Juan anuncia es el Mesías, que ha venido y volverás de nuevo con gloria. Se acerca la Navidad, Dios viene a nuestro encuentro una vez más. ¿Cómo estoy dispuesto a recibirlo? Si quiero responder a esta pregunta con realismo, sin ensoñaciones, tengo que examinar cuál es mi relación con los precursores que Dios me envía, mi capacidad para reconocerlos y acogerlos y mi condición también de precursor, porque nuestra presencia, la tuya y la mía en las posadas de estos días acompañando a María y a José, puede dejar el dulce olor y no de nuestro perfume o del ponche que nos toque llevar... sino del dulce olor de Cristo (2 Cor 2,15) que ya se acerca. ¡Feliz inicio de las Posadas!... y perdón que escribí demasiado largo.

Padre Alfredo

sábado, 26 de marzo de 2016

Huevos y conejos de Pascua... Una antiquísima tradición.


La tradición y simbología de los conejos y los huevos de Pascua es una tradición antiquísima  en la Iglesia.  Entre los siglos IX al XVIII, la iglesia aconsejaba dejar de comer huevo durante la Cuaresma como algo penitencial al alcance de todos, por considerarlos equivalente a la carne Sin embargo, las gallinas —ajenas a preceptos y normas religiosas— seguían poniendo huevos y más huevos. Tirar los huevos hubiera sido un pecado, de manera que no quedaba más remedio que guardarlos. En unas semanas se conseguía una sobreabundancia de huevos a los que había que dar salida. El domingo de Resurección, primer día en el que este precepto ya no regía porque había acabado la penitencia, se convertía en la fecha señalada.Y qué mejor que compartir o regalar los huevos que no se habían consumido durante la Cuaresma. De esta forma, fue naciendo una costumbre de ofrecer una cesta de huevos frescos a los amigos y vecinos como un magnífico detalle, pero, si además los huevos se coloreaban o se pintaban se convertían en un auténtico regalo.

En el siglo XII la Iglesia bendijo la costumbre de regalar huevos como símbolo de resurreción a la salida de la misa de Pascua, relacionando el hecho de que el pollito, al nacer, es él mismo quien rompe el cascarón, y Cristo al Resucitar, rompe Él mismo las ataduras de la muerte. Esa costumbre que se ha mantenido hasta no hace mucho, especialmente en las zonas rurales, donde abuelos y padrinos entregan a los ahijados panecillos con dos huevos que se llevaban a bendecir.

El huevo tiene una gran importancia como símbolo de la Pascua que coincide con el inicio de la primavera, lo cual no es casualidad. En primavera, la naturaleza sale de su letargo, iniciándose un nuevo ciclo vegetal. Es el despertar a la vida. Si esto lo trasladamos al terreno espiritual, la Pascua representa una nueva vida que culmina con la la Resurrección. Teniendo en cuenta que el huevo desde siempre ha simbolizado la fecundidad, la vida y la renovación, la asociación Pascua, Primavera y Huevo, no puede ser más exacta. Otras fuentes afirman que el huevo simboliza los cuatro elementos de la vida. La cáscara representa la tierra; la membrana, el aire; la clara, el agua; y la yema, el fuego.

A partir del siglo XVIII, cuando la industria chocolatera consigue avances importantes en el manejo y tratamiento del chocolate, se empieza a vaciar los huevos frescos y a rellenarlos de chocolate. Más tarde llegaron otras formas: conchas, campanas, carruajes... copiando figuras de la escuela austriaca, con sus colores y formas.

Por su parte, el Conejo de Pascua es un personaje mítico infantil perteneciente a las culturas germánicas y posteriormente a las anglosajonas. Aunque sus orígenes no están muy definidos, se supone que la elección del conejo se debe a su conocida capacidad de procreación. Sus orígenes como símbolo de Pascua se encuentran en la Alemania del siglo XVI. En el mismo país durante el siglo XIX es que se encuentran los primeros registros de conejos elaborados con chocolate. Antiguos predicadores alemanes, veían en el conejo un símbolo de la Ascensión de Jesús y de cómo debe vivirse el cristiano: las fuertes patas traseras del conejo le permiten siempre ir hacia arriba con facilidad, mientras que sus débiles patas delanteras le dificultan el descenso.

Sin embargo, como en todas las tradiciones, existen gran diversidad de versiones sobre el origen de este personaje.  Hay un antiguo cuento que narra que un conejo estuvo encerrado en el sepulcro junto a Jesús y presenció su resurrección. Ese conejo, al salir de la cueva junto con Jesús, fue el mensajero que comunicó a todos la buena nueva, regalando huevos pintados. Hoy en día se elaboran conejos de chocolate, que se suelen regalar por estas fechas, siendo también un producto de pastelería que puede verse en muchas de las tiendas de los paises europeos del norte.

En algunas comunidades católicas, como las del Camino Neocatecumenal es costumbre hacer una piñata en forma de huevo, que en su interior se encuentran dulces y/o juguetes que se regalan a los niños pertenecientes a dichas comunidades. Y que a veces contienen otros pequeños huevos que se decoran para su entrega a modo de tarjetas de Pascua, de manera análoga con las de Navidad.

En la actualidad, la tradición continúa con algunas variaciones. En Europa se mantiene la costumbre que data desde la Edad Media de adornar huevos con teñidos y pintados. Aunque parece que la práctica de huevos ornamentales era principalmente elaborada por clases altas o de recursos, se difundió a decoraciones más sencillas, como con el empleo de hojas de árbol para crear patrones sobre el cascarón. El comercio y la globalización, por su parte, se han encargado de incorporar los huevos de chocolate y los huevos de plástico para ser llenos de dulces, y que según la leyenda son escondidos por el conejo de Pascua, elaborado ahora en múltiples materiales para que los niños los busquen, y por consiguiente los encuentren y se los coman.

Ordinariamente la celebración se lleva al cabo el Domingo de resurrección y suele realizarse a la hora del desayuno, decorando la mesa con flores, ramas con brotes nuevos y motivos alusivos a la fecha. Después se invita a los niños a buscar los huevos que previamente fueron escondidos por los padres. Los niños suelen disfrutar mucho buscando los huevos coloridos, en algunos casos de chocolate.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.