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martes, 26 de agosto de 2025

LA MISERICORDIA, LOS SALMOS, EL TIEMPO... Un tema de retiro con los salmos.


El mensaje de la misericordia divina atraviesa toda la Sagrada Escritura. El Antiguo Testamento utiliza para la compasión y la misericordia un mismo término: «rehamîm» que significa vísceras. Esta palabra deriva de rehem, que denota el seno materno, por eso puede aludirse con ella a las entrañas de la persona En sentido figurado expresa un sentimiento íntimo, profundo y amoroso que liga a dos personas. El segundo término es «hesed» que es sinónimo al anterior. Asimismo, existen las palabras «sonhanan» que manifiesta mostrar gracia, ser clemente, «hamal» que expresa compadecer, perdonar y, por último «hus» que significa conmoverse, sentir piedad. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, las entrañas de la persona, las vísceras, son tenidas por la sede de los sentimientos. Las entrañas simbolizan la misericordia que brota del corazón. El verbo en griego es «splagchnisomai», que significa literalmente sentir lástima, sentir compasión; es un verbo cargado de misericordia y de  ternura (se le conmueven las entra conmueven las entrañas). 

Más tarde, este vocablo se convirtió en traducción del término propiamente hebreo que ya mencioné: «hesed», o también hen, que ha devenido determinante sobre todo para la caracterización de la misericordia. La misericordia únicamente puede ser entendida tomando también en consideración el concepto bíblico de «corazón» (leb, lebab; kardía) que se relaciona particularmente con las entrañas y por lo mismo con los sentimientos de cercanía, de adhesión, de afectividad. 

En la Biblia, el corazón no designa solo un órgano de importancia vital para el ser humano. Desde un punto de vista antropológico denota el centro de la persona, la sede de los sentimientos y del juicio. La Biblia da un paso más aún y habla teológicamente también del corazón de Dios. Afirma que Dios elige personas a su gusto o según el dictado de su corazón (cf. 1 Sm 13,14; Jr 3,15; Hch 13,22). Habla del corazón divino, que se entristece por el ser humano y sus pecados (cf. Gn 6,6), y dice que Dios pastorea a su pueblo con corazón íntegro (cf. Sal 78,72). 

En el Antiguo Testamento, sobre todo en los salmos, está la prueba que refuta concluyentemente la reiterada afirmación de que el Dios del Antiguo Testamento es un Dios celoso, vengativo e iracundo; antes bien, desde el libro del Éxodo a los Salmos, el Dios del Antiguo Testamento es «clemente y compasivo, paciente y misericordioso» (Sal 145,8; cf. Sal 86,15; 103,8; 116,5). 

El libro de los Salmos, siempre ha suscitado una fuerza de atracción extraordinaria, porque en él se encuentra una amplia gama de sentimientos humanos que se entrecruzan con los sentimientos de Dios: alegría y alabanza, tristeza y angustia, fortaleza y debilidad, victoria y derrota, confianza y desaliento. 

Desde los primeros siglos de la Iglesia, se empezaron a leer los salmos en clave cristológica, considerándolos como la voz del Cristo total, cabeza y cuerpo. El mismo Cristo resucitado, en su aparición a los discípulos, había señalado a los salmos como clave para reconocerlo vivo y operante en la Iglesia: «Estas son las palabras que yo les dije cuando estaba todavía con ustedes: que era necesario que se cumplieran todas las cosas escritas acerca de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos». Entonces les abrió la mente para comprender las Escrituras (Lc 24,44).  

La fascinación por los salmos ha llegado a nuestros días en un tesoro: La Liturgia de las Horas. La misericordia, es una de las características divinas que el libro de los Salmos pone en evidencia. La Iglesia, en el rezo de la Liturgia de las Horas, tiene que alabar con los salmos la inagotable misericordia divina y anunciar a Dios como «Padre compasivo y Padre de todo consuelo» (2 Cor 1,3) que, «rico en misericordia, por el gran amor que nos tuvo, estando nosotros muertos por nuestros pecados nos hizo revivir con el Mesías,  nos resucitó y nos sentó en el cielo.» (Ef 2,4-6). “La misericordia del Señor, llena la tierra” (Sal 32,5). La Iglesia, especialmente a través de los consagrados y de laicos muy comprometidos, ha de narrar la concreta historia del Dios compasivo con los seres humanos, tal como es atestiguada en la Antigua y la Nueva Alianza; y debe presentarla del modo en que Jesús lo hizo en sus parábolas, dando testimonio del Dios que ha revelado definitivamente su misericordia en la muerte y resurrección de Jesús. 

Son muchos los salmos que expresan la misericordia de Dios en todo sentido y en toda dirección. Los salmistas nos hacen ver que toda la creación es fruto del amor de Dios; el universo entero es fruto de su amor. Dios no creo el mundo para Él; lo hizo porque quiso compartir la gloria de su amor misericordioso y las bendiciones del cielo con criaturas semejantes a Él. Lo hizo porque Él es amor. Ya lo decía el Papa Francisco en el título de uno de sus libros: «El nombre de Dios es misericordia». En el libro de los Salmos, y no solamente en el salmo 8 sino en muchos otros, los poetas y cantores nos dicen que no solo creó Dios al mundo, sino que, además, lo mantiene para que nosotros veamos ese amor de Dios en esa naturaleza que se desarrolla; cuando contemplamos una planta, un rosal, un atardecer, un río  y vemos la perfección de la creación aún en los insectos más diminutos, es Dios que nos comunica su amor y su misericordia, manifestándome su grandeza y perfección. 

«Como un olivo frondoso en la Casa de Dios, he puesto para siempre mi confianza en la misericordia del Señor» canta el salmista (Sal. 52, 10). «Porque tu misericordia se eleva hasta el cielo y tu fidelidad hasta las nubes» (Sal. 109, 16). Los salmos reflejan claramente la convicción y la vivencia, por parte del creyente, de la misericordia de Dios. En todos ellos, la misericordia es el hilo conductor. Como muestra podemos ver: el salmo 136, en donde el salmista repite con insistencia: «Su misericordia es eterna»; el 103 (Vg 102=), que habla de la ternura del Padre por sus hijos; el más conocido, el 51 (Vg 50), conocido también como «El Miserere» y por último el 130 (Vg 129) en el que el salmista implora la divina misericordia. 

El salmo 136, no hace teoría de la misericordia de Dios, sino un recorrido de hechos de misericordia por parte de Dios para con su pueblo. El salmista recorre maravillado las manifestaciones concretas de la bondad inconcebible de Dios mientras el pueblo repite a cada estrofa: «porque es eterna su misericordia»: El Creador: “hizo sabiamente los cielos”, “afianzó sobre las aguas la tierra”, “hizo lumbreras gigantes”, “el sol que gobierna el día”, “la luna ”... La liberación de Egipto: “Él hirió a Egipto en su primogénitos”, “Y sacó a Israel de aquel país”, “Con mano poderosa, con brazo extendido”, Él dividió en dos el mar Rojo”, “Y condujo por en medio a Israel”, “Arrojó en él al Faraón”. El Éxodo y todos los episodios hasta asentarse en la tierra promisión y los avatares de su historia: “Guió por el desierto a su pueblo”, “Hirió a reyes famosos, dio muerte a reyes poderosos” “Les dio su tierra en heredad”, “En heredad a Israel su siervo”, “Y nos libró de nuestros opresores”. Acaba el salmista reconociendo que la misericordia de Dios sigue actuando: “Él da alimento a todo viviente” y pide un nuevo agradecimiento “Dad gracias al Dios del cielo/ porque es eterna su misericordia”. 

En razón de la misericordia, todas las vicisitudes del Antiguo Testamento están cargadas de un profundo valor salvífico. La misericordia hace de la historia de Dios con Israel una historia de salvación. Repetir continuamente «eterna es su misericordia», como lo hace el salmo, parece un intento por romper el círculo del espacio y del tiempo para introducirlo todo en el misterio eterno del amor. Es como si se quisiera decir que no solo en la historia, sino por toda la eternidad el hombre estará siempre bajo la mirada misericordiosa del Padre. No es casual que el pueblo de Israel haya querido integrar este Salmo, el grande hallel como es conocido, en las fiestas litúrgicas más importantes. 

Este fue el último salmo que Jesús cantó en unión de sus Apóstoles. Ningún bautizado puede ignorar que la misericordia de Dios está concentrada en Jesucristo. Antes de la creación Dios dispuso darnos su gracia por medio de Jesucristo. Él es nuestra salvación, nuestra gloria para siempre.   

Antes de la Pasión, el Señor oró con este salmo de la misericordia. Lo atestigua San Mateo cuando dice que «después de haber cantado el himno» (26,30), Jesús con sus discípulos salieron hacia el Monte de los Olivos. Mientras instituía la Eucaristía, como memorial perenne de Él y de su Pascua, puso simbólicamente este acto supremo de la Revelación a la luz de la misericordia. En este mismo horizonte de la misericordia, Jesús vivió su pasión y muerte, consciente del gran misterio del amor de Dios que se habría de cumplir en la cruz. Saber que Jesús mismo hizo oración con este salmo, lo hace para nosotros, consagrados, aún más importante y nos compromete a incorporar este estribillo en nuestra oración de alabanza cotidiana: «Eterna es su misericordia». 

Al repasar en nuestra oración de la Liturgia de las Horas las maravillas de Dios en este salmo, le pedimos ser capaces de descubrir en nuestra vida consagrada y en la de nuestros hermanos su infinita misericordia. 

El salmo 103, nos presenta un pecador perdonado que sube al Templo para ofrecer un «sacrificio de acción de gracias», durante el cual hace un relato del favor recibido. Acompañado de una muchedumbre de amigos, a los que invita a tomar parte de su acción de gracias, hace un himno al amor de Dios, al Dios de la Alianza. En este pecador habla todo Israel que ha sido perdonado con «amor» y con «ternura» exquisita.  

Jesús no hará otra cosa que tomar las palabras de este salmo: «con la ternura de un padre con sus hijos»… «Padre nuestro, perdona nuestras ofensas». Y el resultado de este amor, ¡es el perdón! Se puede percibir en estas líneas la parábola del «Hijo pródigo». Se escuchan ya estas palabras: “Amen a sus enemigos, entonces serán hijos del Dios Altísimo, porque Él es bondadoso con los malos». 

La alegría estalla en este salmo. Al recitarlo, uno debe dejarse llevar por su impulso alegre, que invita a todos los ángeles y a todo el cosmos a corear su acción de gracias. Cuando oramos, todo el universo ora en nosotros. ¡Sí, el hombre es grande, él es el cantor del universo! Y, sin embargo, ¡qué frágil es el hombre! como la hierba que florece por la mañana y se marchita por la tarde. La maravilla de este salmo, y de toda la revelación bíblica, es precisamente esta debilidad del hombre que atrae el amor de Dios: Un amor misericordioso, un amor eterno, desde siempre y para siempre. Amor fuerte, poderoso, todopoderoso… más fuerte que la muerte. Amor que suscita una respuesta libre y alegre. La sumisión que Dios quiere no es la de un esclavo que tiembla, sino la de un hijo que es feliz de haber sido perdonado. 

El más conocido de todos los salmos, junto con el 23 (Vg 22) del Buen Pastor, es sin duda alguna el número 51 (Vg 50), que está dedicado a David. El pecado del rey (2 Sam 11.12), que hizo matar a Urías para tomar a su mujer Betsabé, y el arrepentimiento admirable de David, son el símbolo del “mal” y del “perdón”. El grito de arrepentimiento que se expresa aquí es de gran pureza; este pecador se siente desgraciado únicamente por su pecado, por la ofensa a Dios. El pecado no está abandonado a sus remordimientos, él está “ante alguien” que lo ama. Todo se origina en el amor. Veinte verbos en imperativo se dirigen hacia Dios en esta alabanza. Y cada uno indica que Dios va a obrar en favor del penitente para “borrar”, “lavar”, “absolver”, “purificar”, “renovar”… 

Para hacer comprender la maravilla del perdón de Dios, Jesús “inventó” la parábola del “Hijo pródigo”, y espontáneamente utilizó expresiones de este Salmo 50: “he pecado contra el cielo y contra ti”… Al instituir el Bautismo: “lávame, quedaré más blanco que la nieve”. 

El salmista sabe dónde están las raíces profundas del mal. Él se sentía aplastado por el peso de los determinismos. Consciente del mal que había hecho, el rey David —a quien se atribuye este Salmo— se sentía incapaz de realizar la reparación tan deseada. Por eso pide la intervención de Dios. Descubre que la raíz del pecado, antes que la culpabilidad personal, está en la misma condición humana: “en la culpa nací, pecador me concibió mi madre”… 

El verdadero arrepentimiento es el que agrada a Dios. No es Dios quien gana al reconocer nuestro mal, el pecado es una autodestrucción. Los que salimos ganando somos nosotros cuando, como David, somos perdonados y recibidos con el amor del Padre en comunión. Lo que Dios quiere, dice el salmo, es que tengamos un corazón nuevo, una vida nueva. Por eso, cuando la vida del hombre vuelve a embellecerse, puede estar feliz y cantar en acción de gracias. El sacramento de la Penitencia nos hace redescubrir la alegría del perdón y la celebración festiva de la misericordia de Dios. 

El salmo 130, es uno de los «salmos penitenciales» de la liturgia. La súplica del autor inspirado, está angustiada de pena y humildad. “Desde lo más profundo te invoco, Señor”. El reconocimiento del propio pecado se une a la confiada seguridad de alcanzar el perdón divino. “En el Señor se encuentra la misericordia”. Por tanto, su rehabilitación espiritual sólo depende de la misericordia infinita de su Dios, y así es como él, confiado en su bondad, implora perdón y protección para él y para su pueblo. 

Los sentimientos de profunda humildad contrastan con la ciega esperanza en la misericordia divina. El salmista, lejos de sentirse abandonado de Dios, se apoya en la conciencia de su propia indignidad, para acercarse al Señor, es decir, él no se siente para nada alejado de su Dios, por esa razón toma fuerzas de su debilidad para acercarse confiadamente al que le puede rehabilitar en su vida espiritual. Los atributos y las promesas divinas le dan pie para fundar su esperanza: «Mi alma espera en el Señor, y yo confío en su Palabra» exclama. 

El salmista se siente desbordado en un abismo de inquietudes y de pesares; por eso, desde lo profundo de su aflicción se dirige a su Dios para que le preste auxilio, rehabilitándolo en su vida de amistad con Él. En realidad, su esperanza está en su misericordia y su prontitud al perdón, pues si no olvida los pecados y los guarda cuidadosamente en su memoria, reteniendo la culpabilidad de los hombres; “¿quién podrá subsistir?”, ¿quién podrá subsistir o mantenerse incólume ante su tribunal? Nadie puede hacer frente a las exigencias de la justicia divina; “Pero en ti se encuentra el perdón, para que seas temido”.  Pero la medida con que trata a sus siervos no es la de la justicia, sino la de la extrema indulgencia; “Mi alma espera en el Señor, y yo confío en su palabra. Como el centinela espera la aurora, espere Israel al Señor”, invitándoles así a un temor reverencial basado en el agradecimiento del que ha sido perdonado; “Él redimirá a Israel de todos sus pecados” 

Basado en esta indulgencia del Señor, el consagrado, al recitar este salmo, unido a los sentimientos del salmista, espera en Él con impaciencia y ansiedad más que los centinelas por la aparición de la aurora para ser relevados de su puesto de vigilancia; “Mi alma espera en el Señor, y yo confío en su palabra”. En esta espera ansiosa, el salmista nos representa a todos como colectividad, vejado por pueblos opresores y ansiosos de redención. La serenidad e indulgencia del Señor dan confianza al pueblo elegido para pedir su plena rehabilitación a pesar de sus numerosas iniquidades. 

Teresa de Ávila, la gran mística de la Iglesia, no teme reconocerse pecadora, pone toda su confianza en la misericordia del Señor y reza; “Ay de mí, Creador mío, que si quiero dar disculpa, ninguna tengo! ¡Ni tiene nadie la culpa sino yo! Porque si os pagara algo del amor que me comenzasteis a demostrar, no habría podido yo amar a nadie más que a Vos, y vuestro amor me hubiera librado de todos mis pecados. Mas ya que no lo merecí ni tuve esta dicha, válgame ahora Señor, vuestra misericordia (Vida 4, 4) y más adelante agrega; Muchas veces he pensado espantada de la gran bondad de Dios y se ha regalado mi alma de ver su gran magnificencia y misericordia (Vida 4, 10). “He contado todo esto para que se vea la gran misericordia de Dios y mi ingratitud” (Vida 8, 4). Consideremos —dice la santa— la gran misericordia y paciencia de Dios (VI Moradas 10, 4), ¡Oh, Dios mío, misericordia mía!, ¿qué haré para que no deshaga yo las grandezas que Vos hacéis conmigo? (Exclamaciones 1).,¡Oh, qué grandísima misericordia y qué favor que no podemos nosotros merecer! ¡Y que los mortales olvidemos todo esto! Acordaos Vos, Dios mío, de tantas miserias y mirad nuestra flaqueza, pues de todo sois sabedor (Exclamaciones 7). Sea su nombre bendito que en todo tiempo tiene misericordia con todas sus criaturas (Cta 440, 1)”. 

Casi al final de su vida en este mundo, la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento escribe dirigiéndose a sus hijas Misioneras Clarisas (y en ellas a todos nosotros) un largo párrafo en una carta que me atrevo a compartir ahora: «Y nosotras, ¿cómo somos misericordiosas? ¿Vemos con amor de madre a las almas pecadoras para que, por nuestro sacrificio, nuestra oración, ellas se acerquen a Dios, y tengan la dicha y la paz, de vivir en su gracia? ¿Aprovechamos todas las circunstancias para hablar a quienes se nos acercan, de esta infinita misericordia? El alma misericordiosa se asemeja un tanto a la luz, que la baña con sus rayos; y no se mancha, al contrario, sale de allí más límpida y radiante, porque ha obrado un acto de misericordia, aun cuando aquella alma a la que se ha acercado sea un lodazal de pecados graves. Qué gloria para Jesús el rescatar una alma para él. ¡Le hemos costado tanto! Es la más grande gloria que le podemos dar en la tierra, ya que él dejó su cielo con el fin de rescatar al hombre caído y abrirle las puertas al cielo. Éste es también, como cooperadoras con Cristo, en su plan de salvación. No seamos tacañas, hijas. El tiempo es corto; la eternidad sin fin. Sólo este tiempo tenemos para darle gloria. Que él nos conceda llegar a la muerte pudiendo decir como san Pablo: “He continuado mi carrera, he conservado la fe etc. etc.,  no me resta sino recibir la corona que el justo Juez me ha de dar, etc.” Con qué seguridad, y a la vez audacia, dice esto el apóstol de los gentiles. Nosotras diríamos, si tenemos la certeza de haber cumplido todo lo que él ha querido de nosotras, no me resta más que recibir la corona que su infinita misericordia me tiene preparada desde la eternidad». (Abril 16, 1980).

“Paciente y misericordioso” es el binomio que a menudo aparece en la recitación de los salmos para describir la naturaleza de Dios que la beata capta totalmente. Su ser misericordioso se constata concretamente en tantas acciones de la historia de la salvación donde su bondad prevalece por encima del castigo y la destrucción. Los salmos, en modo particular, destacan esta grandeza del proceder divino: «Él perdona todas tus culpas, y cura todas tus dolencias; rescata tu vida del sepulcro, te corona de gracia y de misericordia» (103,3-4). De una manera aún más explícita, otro salmo testimonia los signos concretos de su misericordia: «Él Señor libera a los cautivos, abre los ojos de los ciegos y levanta al caído; el Señor protege a los extranjeros y sustenta al huérfano y a la viuda; el Señor ama a los justos y entorpece el camino de los malvados» (146,7-9). Por último, he aquí otras expresiones del salmista: «El Señor sana los corazones afligidos y les venda sus heridas. […] El Señor sostiene a los humildes y humilla a los malvados hasta el polvo» (147,3.6). Así pues, la misericordia de Dios no es una idea abstracta, sino una realidad concreta con la cual Él revela su amor, que es como el de un padre o una madre que se conmueven en lo más profundo de sus entrañas por el propio hijo. Vale la pena recordar que, como dijimos al principio de nuestra reflexión, se trata realmente de un amor “visceral” proveniente desde lo más íntimo como un sentimiento profundo, natural, hecho de ternura y compasión, de indulgencia y de perdón. Un amor que se entretiene y “pierde el tiempo en mí” que me ha llamado porque con su infinita misericordia me da nueva vida.  

Viene a mi mente, una pequeña historia que ilustra claramente lo que quiero decir con este “pierde el tiempo en mí”: «Un día un caballero de edad avanzaba iba paseando por la playa cuando vio a un chico que se dedicaba a levantar estrellas de mar de la arena, para devolverlas al agua. Al notar que había cientos —o miles— de estrellas de mar por levantar, el señor con educación sonrió mientras se acercaba al entusiasta rescatista: —Oye, muchacho —dijo con tono compasivo. —No pierdas tu tiempo. Hay demasiadas. Jamás podrás marcar una diferencia. El muchacho lo miró, sosteniendo una estrella de mar en la palma de su mano, y de repente la arrojó con fuerza de vuelta al océano: Para esta, ¡sí que marqué una diferencia! —exclamó, y luego siguió con su misión.» 

Es muy probable que en ocasiones sintamos que Dios pierde el tiempo con nosotros, que el poco o mucho esfuerzo que hacemos de nada vale. Oiremos algunas vocecillas que parecen gritar en tono burlón: “Déjalo ya. No podrás cambiar las cosas. ¿Qué diferencia habrá, después de todo?”. Cuando lleguen esas voces de duda, escuchemos a los salmistas y recordemos que no podemos hacerlo todo, pero sí podemos hacer algo. Cada estrella de mar, cuenta. 

Al recitar los salmos, resulta impresendible pensar en María, la Madre de Misericordia que nos acompaña en el camino de paz y del perdón. Decía un anciano sacerdote: «Si encontramos cerrada a cal y canto la puerta del cielo por el castigo que merecen nuestros pecados, la Virgen ayudará a sus devotos a saltar por la ventana». Y concluía con gran énfasis: «Sí, hermanos, ¡la Virgen es la ventana del cielo!» 

Sí, en la vida de todo bautizado que va en busca de la misericordia, resulta imprescindible la presencia de María, de su inmensa ternura maternal; porque el Señor, que conoce el corazón de carne que nos ha dado, nos ha dejado a su Madre para que fuese también nuestra Madre. Por eso la ha formado tan cercana, tan hermosa y tan llena de ternura. Y esta criatura excepcional que es María se ha identificado tanto con la misericordia divina que casi no podemos distinguir ambas.  

María se ha impregnado tanto de la misericordia divina que se ha “misericordializado”. No como una puerta de escape ante la justicia divina sino como una ventana para que Dios extienda sus brazos misericordiosos hacia nosotros. Es la misericordia divina que recala en su corazón y lo rebosa para regar y fecundar la aridez del corazón humano. Y así los discípulos de Jesús e hijos de María vemos su rostro tal como nos lo describe Jan Dobraczy-siski en su libro “Encuentros con la Señora” sobre el santo icono de la virgen de Czestochowa: «Esta cara no tenía la altivez del rostro de Juno, ni la soberbia del de Minerva, ni la sensualidad de Venus. Los dioses romanos tenían rasgos muy humanos, llenos de pasiones... No era así la cara de la Señora; en Ella cada cuál podía encontrar un rasgo querido, amable. Tenía algo más que bondad, algo más que una inmensa paz; un elemento que atraía a quien la miraba y hacía que se recordara siempre con nostalgia». 

CUESTIONARIO. 

·         ¿Qué ha sido en tu vida, la Divina Misericordia? 

·         ¿Hasta cuándo el Señor fue para mí un Dios desconocido? 

·         ¿Cómo entiendes la misericordia de Dios en los salmos? 

·         ¿Encuentras diferencias entre amor y misericordia de Dios? 

·         ¿En qué consisten? 

·         ¿Encuentras alguna relación entre misericordia y perdón? 

·         ¿Hay alguna característica sin la cual no hay misericordia? ¿Cuál? 

·         Entre amor y misericordia de Dios ¿Cuál de las dos la sientes más cercana a ti? 

·         ¿Cómo podemos vivir mejor la misericordia de Dios con ayuda de los salmos? 

Padre Alfredo.

viernes, 6 de junio de 2025

MINISTROS SERVIDORES AL ESTILO DE CRISTO... Un tema especialmente para los ministros en la parroquia.


La palabra «Ministerio» significa servicio, por lo tanto todo ministro en la comunidad eclesial es un servidor. He querido preparar este tema para ayudarnos a todos los que somos ministros, es decir «servidores» a asumir nuestro papel.

Quisiera empezar esta reflexión, con esta lectura del Evangelio de San Juan (Jn 10,11-18):

«Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas. Pero el asalariado, que no es pastor, a quien no pertenecen las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye, y el lobo hace presa en ellas y las dispersa, porque es asalariado y no le importan nada las ovejas. Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas. También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor. Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; esa es la orden que he recibido de mi Padre». 

En la Iglesia el servidor cristiano, el que está al frente de algún grupo o ministerio, no puede ser alguien que se pueda conformar con servir a su manera o con dar el tiempo que le sobra.  El servidor da su vida, como lo vemos en tantos santos y beatos que, como la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento viven sirviendo hasta el último momento. 

El «servidor» es un discípulo–misionero de Cristo, obediente en todo a su Padre dejando actuar al Espíritu Santo con sencillez. Su vida debe ser todo servicio, porque lo único que busca es entregar su existencia para el servicio de Dios y de los demás. El ejerce su compromiso bautismal reinando en el servicio. 

Jesús es el maestro que nos enseña a servir y que nos dice: «Yo no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado.» (Juan 5,30b) y «de igual modo ustedes, cuando hayan hecho todo lo que les fue mandado, digan: Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer.» (Lucas 17,10). 

El servicio no es esclavitud, porque quien ama y quiere dar la vida es feliz de poder servir. El que ejerce algún ministerio en la Iglesia sirve con alegría. Sirviendo ejercemos nuestra identidad mas profunda. Somos hijos de Dios, imagen de su amor. Al servir ejercemos creativamente todos los dones y habilidades que Dios nos dio. Construimos el reino de amor.  

Jesús vivió 30 años de vida anónima en Nazaret como carpintero. Así nos enseñó que los trabajos de la vida diaria, aun los mas pequeños, hechos con amor esmerado, tienen un valor inmenso en los ojos de Dios. Muchos de estos trabajos son los que el servidor tiene que realizar. Algunas de las Misioneras Clarisas que convivieron con la beata María Inés, la recuerdan sirviendo la comida a los peregrinos en la casa de Garampi, en Roma, como una más de las hermanas, sin que nadie notara que ella era la superiora general. 

Jesús no vino para ser servido sino para servir, Él lavó los pies a sus discípulos, lo cual era un servicio reservado para los esclavos mas humildes o los hijos más pequeños. Si somos sus discípulos debemos imitarle. 

Aprendemos a servir contemplando la vida de Jesús y escuchándolo en la oración. No se trata solo de rezar a nuestra manera sino de escuchar a Dios y hablarle de los que servimos.  

Veamos ahora lo que nos dice el Evangelio de San Juan (Jn 17, 6-10):

 «A los que escogiste del mundo para dármelos, les he hecho saber quién eres. Eran tuyos, y tú me los diste, y han hecho caso de tu palabra. Ahora saben que todo lo que me diste viene de ti; pues les he dado el mensaje que me diste, y ellos lo han aceptado. Se han dado cuenta de que en verdad he venido de ti, y han creído que tú me enviaste. Yo te ruego por ellos; no ruego por los que son del mundo, sino por los que me diste, porque son tuyos. Todo lo que es mío es tuyo, y lo que es tuyo es mío; y mi gloria se hace visible en ellos». 

Hay un fenómeno que se repite constantemente en algunos servidores. Cuando oran suelen hablar demasiado y escuchar poco porque están centrados e inmersos en su propia agenda y quieren que Dios la realice. Entonces el trabajo se convierte en un activismo sin frutos duraderos porque no está guiado por Dios sino por el propio interés. El servicio en la Iglesia no es lucimiento. No, el servicio más bien luce, porque se pone en manos de Dios y Él lo guía.   

San Agustín escribió en sus Confesiones: «Optimo servidor tuyo es el que no atiende tanto a oír de ti lo que él quisiera, cuanto a querer aquello que de tí escuchare.» (Libro 10). 

Marta de Betania quería servir al Señor pero no entendía que primero debía escucharle sentada a sus pies. Por eso a su pregunta, le respondió el Señor: «Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada.» (Lc 10,41-42). 

El mas grande es el que mas sirve —y el que mas escucha—. Jesús sabía que Él era Dios: «sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía,» (Jn 13,3). Sin embargo sirve haciendo el trabajo mas humilde: «se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó....»  (Jn 13,4).

El servidor no trata de impresionar a nadie sino de servir amando. No se trata de activismo sino de ser dócil a la voluntad de Dios. 

Los Apóstoles camino a Jerusalén todavía no sabían escuchar. Así es el corazón del hombre sin la gracia. Busca puestos importantes. No entiende que todo puesto es solo en función de servicio según la voluntad de Dios. 

Veamos Marcos 10: 32-45:

«Iban de camino subiendo a Jerusalén, y Jesús marchaba delante de ellos; ellos estaban sorprendidos y los que le seguían tenían miedo. Tomó otra vez a los Doce y comenzó a decirles lo que le iba a suceder: "Miren que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, y se burlarán de él, le escupirán, le azotarán y le matarán, y a los tres días resucitará." Se acercan a él Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dicen: "Maestro, queremos, nos concedas lo que te pidamos." Él les dijo: «¿Qué quieren que les conceda?" Ellos le respondieron: "Concédenos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda." Jesús les dijo: "No saben lo que piden. ¿Podrán beber la copa que yo voy a beber, o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?" Ellos le dijeron: "Sí, podemos." Jesús les dijo: "La copa que yo voy a beber, sí la beberán y también serán bautizados con el bautismo conque yo voy a ser bautizado; pero, sentarse a mi derecha o a mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado." Al oír esto los otros diez, empezaron a indignarse contra Santiago y Juan. Jesús, llamándoles, les dice: "Saben que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre ustedes, sino que el que quiera llegar a ser grande entre ustedes, será su servidor,  y el que quiera ser el primero entre ustedes, será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos".» 

Servir es una forma de ser, antes de convertirse en actividad. El servidor primero aprende a amar. Si ama a su Señor amará también servirle. El servicio desinteresado fluye del corazón que ama. Servimos porque somos servidores no porque hacemos lo que hace un servidor. Tenemos el corazón bien dispuesto por la escucha obediente al Señor. Esto pasa solamente cuando el corazón se asemeja al de Jesús en el amor. Esta es la obra del Espíritu Santo. Es por eso que María Santísima es el mejor ejemplo de servidora. Nadie ama a Jesús como ella. Ella es la mujer del FIAT, «hágase Tu voluntad"».

Leamos ahora Lucas 1,39-56 : 

«A los pocos días María se encaminó presurosa a un pueblo en la región montañosa de Judea. Al llegar, entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Tan pronto como Isabel oyó el saludo de María, la criatura saltó en su vientre. Entonces Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: —¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el hijo que darás a luz! Pero, ¿cómo es esto, que la madre de mi Señor venga a verme? 44 Te digo que tan pronto como llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de alegría la criatura que llevo en el vientre. 45 ¡Dichosa tú que has creído, porque lo que el Señor te ha dicho se cumplirá!».

El amor y el servicio requieren esfuerzo y disciplina para ejercer dominio de si y usar las energías en obediencia a Cristo. Es vivir como María, que no pensó en ella primero, sino en llevar a Cristo a los demás. 

Solo así crecen las virtudes. Igual que un instrumento roto tiene poco uso, el hombre roto por el pecado sirve poco porque tiene poca virtud. La mala salud no es obstáculo para ser servidor. Jesús pide a cada uno un servicio perfectamente ajustado a su estado de vida y sus capacidades. Un paralítico sirve tremendamente a la Iglesia ofreciendo su vida en oración. Es el pecado el que nos rompe por dentro. La buena noticia es que Jesús vino a "repararnos", para que todos podamos amar y servir. 

 Iluminados por todos estos pasajes del Evangelio, quiero ahora compartirles diez consejos que considero son básicos para todo servidor: 

1. Esfuérzate como discípulo-misionero, por tener a Dios siempre en el primer lugar. Aliméntate siempre de una oración sincera para poder tener un autentico interés en los demás. Nuestra tendencia natural es la de pensar en nosotros mismos y lo que queremos. Si ponemos a Dios en primer lugar, Él nos guía. Recuerda siempre lo que dice la Escritura: «Subió Jesús a una montaña y llamó a los que quiso, los cuales se reunieron con él. Designó a doce, a quienes nombró apóstoles, para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar» (Mc 3,13-14). 

2. Hazte amigo de la Palabra. El amor es incondicional. Si no es incondicional no es amor, sino una manipulación egoísta. Lamentablemente la manipulación entre los llamados líderes es mas común que el verdadero amor. El servidor es un líder, pero un líder enamorado de la Palabra de Dios, recordando siempre que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1,14) y esa Palabra se llama Jesús.   

3. Confía en el Señor mucho más que en ti mismo. Siempre nos llevará tiempo, a veces bastante tiempo, comprendernos a nosotros mismos y comprendernos unos a otros. Los servidores son generalmente personas muy ocupadas y por eso deben confiar en el Señor y hacer mucha oración, no hay nada que sustituya esos momentos de intimidad con el Señor en donde se crece en la confianza. «Hagan lo que Él les diga» (Jn 2,5). 

4. Comprométete a seguir aprendiendo siempre. El que está al servicio en un ministerio es alguien que siempre debe estar aprendiendo. Debe escuchar a Dios para poder acompañar, tratando de comprender lo que los demás están pidiendo. A veces Dios habla por medio de los más pequeños. La beata María Inés Teresa decía: «Acuérdense que el Espíritu Santo se puede manifestar en los más pequeños». La persona que ama a Dios es humilde y sabe que tiene mucho que aprender y que no enseña lo suyo, ni habla de lo suyo, sino de lo de Jesús, como hizo Juan el bautista: (Jn 1,29ss). ¡Deja actuar al Espíritu Santo!

5. Se el primero en llegar a servir amando. Amar a nuestro prójimo involucra llenar de manera visible, la promesa de Cristo: «No los dejare huérfanos: vendré a ustedes» (Jn. 14,18). El servidor debe estar siempre disponible. «Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, que yo los aliviaré» (Mt 11,28). 

6. Trata siempre a los miembros de tu comunidad como a iguales. El que Dios te haya puesto en un lugar de liderazgo no significa que tú seas «mejor» que otros. Precisamente el servidor que es líder es el que mas necesidad tiene de tener en cuenta las palabras de san Pablo: «Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre ustedes, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno.» (Rm 12,3). 

7. Se generoso en el elogio y en el estimulo legítimos a los demás. Las palabras de aliento y de ánimo edifican la estima propias de otros, levantan su autoestima. Sin embargo, las palabras de critica y de desaliento, así como las murmuraciones, matan el entusiasmo y el amor en los demás. Reconoce siempre las gracias, los dones, los carismas que Dios ha dado a cada uno. «Mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica» (Mt 12,46-50). 

8. Haz que los miembros de tu comunidad eclesial sean el «numero uno», prefiriéndolos a ellos por encima de ti. Este es otro punto en el cual vemos una clara diferencia entre el servidor como líder que ama y el que quiere ser un poderoso, que manipula a otros. El líder debe ser humilde y pensar en dar el primer lugar a los demás antes que a si mismo. Pero el que quiere ser poderoso busca ser el «number one» él mismo, «ejerciendo su propia influencia» y «ganando por intimidación». María santísima, en las bodas de Caná, es ejemplo de este valioso liderazgo, ella actúa calladamente. «Cuando el vino se acabó, la madre de Jesús le dijo: —Ya no tienen vino.» (Jn 2,3). 

9. Trabaja siempre unido a tu párroco y a los demás servidores, haciendo Iglesia y compartiendo el amor a la Iglesia. Un servidor es un «miembro de la Iglesia» que no realiza su misión en paralelo sino en unidad. «Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado». (Jn 17,11ss). «Perseveraban unánimes cada día en el Templo, y partiendo el pan en las casas comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvados» (Hch 2,47). 

10. Por último, se un enamorado de María, la humilde sierva del Señor. El amor a María enseña a todo servidor a amar a Dios con todo su corazón, con toda su alma, con toda su mente y con toda su fuerza y a su prójimo como a sí mismo. (cf. Lc 10,27). María es la «Sierva del Señor» (Lc 1,38). 

Lo que sucedió en la Iglesia primitiva, donde claramente vemos que todo don recibido es para el bien común, ha de seguir aconteciendo en la entrega desinteresada de uno mismo por los demás (1 Co 12:6-7). En el libro de los Hechos, San Lucas incluye relatos de hombres y mujeres que escuchan el evangelio, responden y sirven a sus comunidades eclesiales, siguiendo el ritmo del arrollador movimiento del Evangelio hacia el exterior (Hch 1,8). Muchos de ellos no dirigieron grandes ministerios, no escribieron libros de la Biblia ni predicaron a multitudes. La mayoría permaneció en el anonimato. Dios quiso utilizar a estos ministros, a estos servidores allí donde estaban, con los dones que tenían, para edificar y animar a su Iglesia. 

Dios sigue obrando a través de tales servidores en nuestras comunidades hoy, y todos necesitamos caminar en la unidad, recordando que somos «peregrinos de esperanza»,  y que, como dice la Bula para el jubileo del 2025, citando a la carta a los Romanos «la esperanza no defrauda» (Rm 5,5) y hemos de ser animados y equipados al igual que aquellos que tienen dones más visibles.

Nuestra comunidad eclesial, necesita de todos sus servidores y de todos sus dones (1 Co 12,14-20). Cuando animamos a todos los ministros a usar sus dones para la gloria del Dador, el Espíritu Santo los usa para edificar su Iglesia.

¡No dejen solos a sus párrocos!

 Padre Alfredo.

domingo, 26 de enero de 2025

EL TRATO QUE LOS MINISTROS DEBEMOS DAR A JESÚS EUCARISTÍA...


1. LA IGLESIA VIVE DE LA EUCARISTÍA.

El Sacramento de la Eucaristía, es el «pan vivo bajado del cielo» (Jn 6, 51), es la fuerza que nos nutre y nos acompaña todos los días de nuestra vida. Es Jesucristo presente en el Santísimo Sacramento del Altar, como centro de nuestra fe. La Eucaristía es lo más Santo que tenemos en la Iglesia y en el mundo.

«La Iglesia vive de la Eucaristía», nos recordaba san Juan Juan Pablo II en la Encíclica «Ecclesia de Eucharistia». Esta verdad encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia y cómo se realiza continuamente la promesa del Señor «He aquí que Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).

Cuando decimos que «La Iglesia vive de la Eucaristía», afirmamos que la Iglesia experimenta con alegría cómo se realiza en múltiples formas, esa promesa del Señor en la sagrada Eucaristía, por la transformación del pan y el vino en el cuerpo y en la sangre del Señor —momento que se llama litúrgicamente «transubstanciación»—. De manera particular, la Iglesia Universal se alegra de esta presencia con una intensidad única, porque a cada momento, sobre la faz de la tierra, se está celebrando la Eucaristía.

La razón fundamental por la cual la Iglesia vive de la Eucaristía, que es «la fuente y la cumbre de toda la vida cristiana» (LG11) es porque «la sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo» (PO 5). Por eso, la Iglesia ha de custodiar como su mayor tesoro la Sagrada Eucaristía como presencia real de Jesucristo, el Señor, a quien comulgamos y adoramos.

La beata María Inés Teresa, quien hacía cada día la intención de «oír las Misas que se celebren en el mundo entero» y que pasaba largas en adoración ante Jesús Eucaristía, nos dice: «La Misión de Jesús Visible en el mundo ya terminó, Él ya acabó su carrera, más se quedó en la Eucaristía hasta la consumación de los siglos para seguir desde allí siendo el promotor, el auxiliador, el sostén, el refrigerio, el guía, el consuelo de todos aquellos que quieren como Él: PASAR POR EL MUNDO HACIENDO EL BIEN.» (Lira del Corazón, Primera parte, Capítulo V).

AL hablar de la Eucaristía, estamos hablando del sacramento que nos regaló Cristo en la Última Cena al querer quedarse con nosotros para siempre, dándonos su Cuerpo y Sangre, alma y divinidad, para alimentarnos, unirse a nosotros, entregarnos su vida divina, entrar en comunión con nosotros, acompañarnos durante esta peregrinación terrena hacia la Patria Celestial, donde le disfrutaremos cara a cara sin los velos del pan y del vino. Aquí en la tierra la Eucaristía es el sacramento más sublime, porque en él no sólo recibimos la gracia de Cristo, sino al autor de la gracia, en Cuerpo y Sangre, Alma y Divinidad.


2. EL DESCUIDO Y EL MALTRATO A JESÚS EUCARISTÍA, PROFANACIONES Y SACRILEGIOS.

Es inmenso el dolor y la tristeza que causa a la Iglesia cuando se comete el terrible pecado de profanación y sacrilegio contra lo más sagrado, lo más importante, lo más central de nuestra vida cristiana, porque se trata nada menos que del cuerpo de Cristo, Cristo mismo en Persona, el Hijo único de Dios que nació de la Santísima Virgen María, que se entrega por nosotros, que nos ha amado hasta el extremo y que nos salva. En no pocos lugares, de diversas diócesis del mundo, se sufren con profundísimo dolor y total rechazo de los fieles, varias profanaciones de robos y ultrajes al Santísimo Sacramento, además del maltrato que se da a las especies eucarísticas por parte de quienes, siendo ministros ordinarios o extraordinarios, descuidan el decoro y el manejo de las especies sagradas y de sus elementos accesorios, como sagrarios, copones, cálices, relicarios, custodias, corporales y purificadores.

Es importante recordar que quien cometa una profanación contra la Eucaristía queda inmediatamente en estado de excomunión, según lo enseña el Código de Derecho Canónico, y este gravísimo pecado solamente lo puede absolver el Papa o su delegado: ya sea un sacerdote penitenciario o un sacerdote que tenga el nombramiento pontificio de misionero de la misericordia, como un servidor. Todas las comunidades deben ser profundamente amantes de Jesús Eucaristía, y los ministros extraordinarios de la comunión eucarística, en primer lugar, son quienes deben dar este testimonio en el trato reverente a las especies eucarísticas. No se puede admitir que, por haber caído en la rutina, un Ministro Ordinario o Extraordinario no se dé cuenta de situaciones de falta de limpieza o de decoro, porque si sabemos quién es el Señor, debemos darle lo mejor. 

El Papa Francisco dice que hay sitios donde se constata un abandono casi total del culto de la adoración eucarística, y que, por lo tanto, ahí no puede haber progreso, ni solidaridad, ni paz, la Iglesia no crece, y vería cada vez más menguadas sus fuerzas y su avance en la misión evangelizadora que el Padre le confía.


3. LA IGLESIA NOS EXHORTA A SER SIEMPRE MUY ATENTOS CON JESÚS EUCARISTÍA.

La Iglesia, como madre y maestra, exhorta siempre a los sacerdotes, a los ministros extraordinarios de la Comunión Eucarística, a los agentes de pastoral y a todos los fieles, a redoblar el cuidado, la custodia y la seguridad de los sagrarios en donde se reserva tan augusto sacramento. Los ministros extraordinarios de la comunión eucarística tienen una tarea relevante al respecto, al prestarse como colaboradores —según las posibilidades de cada quien— a cuidar el decoro sobre todo del sagrario y de todo lo relacionado con la presencia de Jesús en la Eucaristía. 

La razón fundamental de reserva de la santa Eucaristía en el sagrario de las parroquias y demás lugares autorizados por los ordinarios, es la adoración de los fieles y la sagrada comunión para los enfermos. Por eso la Iglesia cuida de que en las comunidades en donde no se celebra la santa misa diariamente y donde por esta razón, el templo permanece cerrado, no se mantenga la reserva, para evitar una posible profanación del Santísimo Sacramento. 

En la distribución de la Sagrada Comunión, tanto ministros ordinarios como extraordinarios, deben tener la mayor reverencia y respeto a este sacramento. Se hace necesario enseñar y recordar con frecuencia a los ministros extraordinarios de la comunión eucarística y en general a los fieles más cercanos, la forma correcta de dar y recibir la comunión: Todo feligrés debe comulgar inmediatamente frente al sacerdote o ministro extraordinario. Al estar dando la comunión hay que vigilar que nadie se lleve la Sagrada Comunión para ser consumida en algún otro lugar dentro o fuera del templo (Redemptionis Sacramentum 92). Todos los fieles, y en especial los ministros extraordinarios deben colaborar para el cumplimiento como es debido con esta norma —sin exageraciones— estando atentos a corregir y denunciar cualquier anomalía en este sentido.

Un ministro extraordinario de la comunión eucarística, cuando es consciente de su vocación tan especial, busca siempre reparar y desagraviar las dolorosas ofensas a Jesús Sacramentado con la oración y con actos de devoción que acompañen a Jesús Eucaristía. todo ministro extraordinario, como todo agente de pastoral, debe siempre orar por sus pastores y por sus hermanos en el ministerio. De manera especial, no hay que olvidar elevar una oración por aquellos que han cometido errores por haber descuidado el trato con el Señor, con la seguridad que no lo volverán a cometer y confiando que el mismo Señor a quien han ofendido, los perdona y los ama. 

Estas son unas cuantas pinceladas que quiero compartir, porque del tema de la eucaristía se podría decir lo mismo que de María, en frase de San Bernardo: “Acerca de María, nunca es suficiente”. En nuestro caso: “Acerca de la eucaristía nunca es suficiente”.

Que Jesucristo el Señor, siga iluminando nuestro camino y haga de cada uno de los ministros ordinarios y extraordinarios de la comunión eucarística, hombres y mujeres verdaderamente eucarísticos a semejanza de María Santísima, la Mujer Eucarística por antonomasia.

Padre Alfredo.

miércoles, 15 de abril de 2020

La vivencia de la Pascua en el ministro extraordinario de la Comunión...


El domingo de Pascua abre un período festivo que se prolonga durante la cincuentena pascual o tiempo de Pascua. esta cincuentena pascual es el tiempo simbólico que recuerda a Cristo resucitado presente en su Iglesia, a la que hace donación de la Promesa del Padre, que es el Espíritu Santo. El tiempo de Pascua es, por tanto, un tiempo fuerte del año litúrgico, de tanta importancia como la Cuaresma, a la que supera no sólo en duración, sino, sobre todo, en simbolismo. La Cuaresma es figura de esta vida de prueba y tentación por la que atravesamos en este mundo; la Pascua, en cambio, representa la eternidad, la perfección de la meta que es la vida eterna. Es tan importante la Pascua, que la preparamos durante 40 días (la cuaresma, tiempo por todos conocido). Y es tan transcendental como tiempo litúrgico, que la prolongamos durante una semana como si fuese el mismo domingo de resurrección (la octava de Pascua) y la celebramos durante… ¡cincuenta días! (la cincuentena pascual, tiempo litúrgico por muchos desconocido) . Por otra parte, el tiempo pascual es el tiempo litúrgico dedicado al Espíritu Santo que ha brotado del costado de Cristo muerto en la cruz, y por ello, es también el tiempo modélico y emblemático de la Iglesia.

La mejor vivencia de la Pascua para el Ministro Extraordinario de la Comunión Eucarística (M.E.C.E.), como de toda la liturgia, es su interiorización. En ella conmemoramos el paso de la muerte de cruz a la nueva vida de la resurrección; en efecto, mientras ante nosotros se renueva y perfecciona el prodigio realizado por Dios en beneficio del pueblo de Israel, arrancándolo de la esclavitud de Egipto, dicho portento se realiza ahora también en relación con cada ministro extraordinario, en cuanto que con Cristo y en Cristo, se sabe arrancado cada vez más enérgicamente de la muerte del pecado e introducido en una nueva vida, la cual, a su vez, se proyecta, en el ministerio —tanto en las celebraciones de la Santa Misa como en la distribución de la Sagrada Comunión a los enfermos— hacia el último cumplimiento, que tendrá lugar cuando, en la Parusía de Cristo (segunda venida), seamos introducidos en la eterna resurrección, en la tierra de la última promesa, en el imperecedero Reino de Cristo y de su Padre. 

El M.E.C.E. ha recibido con su ministerio, un don que lo marca, de manera que, en la vida cotidiana, no se olvida de su compromiso y sabe que cada momento de su existencia tiene que orientarse efectivamente en el sentido de la Pascua: «Ya que han resucitado con Cristo, busque los bienes de arriba» (Col 3,1-4), dando testimonio con las obras del compromiso que anima al pueblo de Dios. Se trata de ser «luz» como Cristo, para prolongar la luz que emana del Cirio Pascual dejando las obras de las tinieblas para vivir como hijos de la luz e iluminar a todos aquellos que saben qué clase de ministerio hemos recibido. Esta es la espiritualidad pascual del ministro extraordinario de la comunión, la espiritualidad del Éxodo, del Cordero inmolado, del bautismo, de la Eucaristía, de la resurrección, del camino de seguimiento y de servicio de Cristo. La vida Sacramental en la Iglesia supone el Deposito Pascual hecho ministerio, sin perder de vista que Cristo es la Justificación de todo ministerio y su razón de ser, en su Sacerdocio celebramos la Pascua y renovamos su presencia constante que sostiene el «sí» que hemos pronunciado al asumir nuestro compromiso.

Los M.E.C.E. deben ser «gente de Pascua». Deben desempeñar su ministerio con un renovado optimismo y una visible alegría, fruto del gozo interior que trae el Resucitado. Los M.E.C.E. deben expresar el espíritu de fiesta de quien vive de fe, beben de la Pascua y se nutren de la fuerza de la Resurrección de Jesús. El tiempo Pascual, es de vital importancia para que el ministro extraordinario acreciente su relación personal con Jesucristo vivo y presente en la Eucaristía y esta relación atraiga a más personas a conocer a Dios y a reconocerlo vivo en la Hostia Consagrada. Cada ministro debe cultivar la conciencia de la dimensión espiritual profunda de la vida cotidiana. Los M.E.C.E. deben abrazar una espiritualidad que proclame la presencia de Dios en el mundo para guiar a los demás a experimentar más íntimamente a Dios en sus propias vidas. El Cristo de la Pascua, es el mismo que se ha quedado para siempre con nosotros en la Hostia Consagrada. Adoramos en la Eucaristía al Cordero inmolado, uniéndonos al júbilo de miradas de ángeles y santos en el cielo (Ap 5,13-14). La presencia de Cristo en la Eucaristía después de la Celebración de la Santa Misa, pertenece a la fe de la Iglesia desde el principio. San Cirilo de Alejandría, a quienes pensaban que los residuos de la eucaristía ya no eran santificantes, les decía: «Ni se altera Cristo, ni se muda su sagrado Cuerpo, sino que persevera siempre en él la fuerza, la potencia y la gracia vivificante» (MG 76,1075: EL 445). Sin embargo, la práctica popular de la adoración eucarística se extendió sobre todo a partir del siglo XIII. El concilio de Trento aprobó esta devoción solemnemente (Dz 1643), y las aprobaciones de la Iglesia se han reiterado después, también en el Vaticano II (PO 5e, 18c). Cristo, el Señor, «en la reserva eucarística debe ser adorado, porque allí está substancialmente presente por aquella conversión del pan y del vino que, según el concilio de Trento, se llama apropiadamente transubstanciación» (Eucharisticum mysterium 3ef: EL 901; +Ritual para el culto de la eucaristía fuera de la misa 1-4).

Una práctica litúrgica y devocional que en este tiempo de Pascua puede ayudar mucho al M.E.C.E., es precisamente la participación en la Hora Santa, de manera que ese compartir con el Señor de la Eucaristía en adoración, fortalezca el ministerio que se desarrolla en su nombre. Frente a Jesús Eucaristía, el ministro extraordinario puede hacerse una serie de preguntas como estas que propone el Papa Francisco en una de sus catequesis: «¿Cómo vivimos nosotros la Eucaristía? ¿Cómo vivimos la Misa, cuando vamos a Misa los domingos? ¿Es sólo un momento de fiesta? ¿Es una tradición bien establecida, qué se hace? ¿Es una ocasión para encontrarnos o para sentirnos bien, o es algo más? ¿La Eucaristía que celebro, me lleva a sentirlos de verdad a todos, como hermanos y hermanas? ¿Crece en mí la capacidad de alegrarme con los que están ale-gres y de llorar con los que lloran? ¿Me empuja a ir hacia los pobres, los enfermos, los marginados? ¿Me ayuda a reconocer en ellos el rostro de Jesús? Todos vamos a misa porque amamos a Jesús y queremos com-partir su Pasión y su Resurrección en la Eucaristía ¿Pero amamos, como Jesús quiere que amemos a aquellos hermanos y hermanas necesitados?» (Cf Papa Francisco, Audiencia general, 12 de febrero de 2014). Este puede ser un momento propicio para la comunión espiritual. Santa Teresa de Ávila decía: «Pueden comulgar espiritualmente, que es de grandísimo provecho» (Camino de Perfección. 35,1; cf. Mediator Dei 29). Y es indudable que la adoración eucarística del M.E.C.E. tiene una dimensión reparadora por los pecados que se come-ten en el mundo entero. «Jesús, que todos te conozcan y te amen, es la única recompensa que quiero» era el anhelo de la beata María Teresa y debe ser el nuestro al estar frente a Jesús Eucaristía.

El señor Jesús, haciéndose pan partido por nosotros, derrama de hecho sobre cada uno, todo su amor y misericordia, para renovar, en especial en el tiempo de Pascua, nuestros corazones, nuestra existencia y el modo de relacionarnos con Él y con los hermanos. Es por ello que comúnmente cuando uno se acerca a este sacramento se dice «recibir la comunión», esto significa que en la potencia del Espíritu Santo la participación de la mesa eucarística se conforma en manera única y profunda a Cristo, haciéndose pregustar ya ahora la plena comunión con el Padre que caracterizará el banquete celeste, donde con todos los instantes tendremos la gloria de contemplar a Dios, cara a cara.

Nunca nos cansaremos de agradecer a Dios por el don de la Eucaristía, es un don tan grande, y los M.E.C.E. están en constante contacto con esta presencia del Señor en su Eucaristía, por esto es tan importante vivir la Misa de cada domingo como algo único, no solamente para ir a servir ayudando a dar la comunión, sino sobre todo para recibir la comunión, este Pan que es el Cuerpo de Cristo, que nos salva, nos perdona, nos une al Padre, que nos fortalece. Por ello, cada domingo debe ser muy importante para el ministro extraordinario, más que el día que lleva la comunión a los enfermos, más que la cantidad de formas consagradas que reparte. Por otra parte, sabemos que nunca terminaremos de entender todo el valor y riqueza que este don divino encierra. Pidámosle entonces al Señor, en este tiempo de Pascua, por todos los M.E.C.E. para que este sacramento pueda seguir manteniendo viva en la Iglesia su presencia y a plasmar a nuestras comunidades en la caridad y en la comunión según el corazón del Padre. El corazón del ministro extraordinario se llena de confianza y de esperanza pensando en las palabras de Jesús recogidas en el evangelio: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día» (Jn 6, 54). Sigamos siendo servidores de Jesús Eucaristía con espíritu de fe, de oración, de perdón, de penitencia, de alegría comunitaria, de preocupación por los enfermos, y por las necesidades de tantos hermanos y hermanas, en la certeza de que el Señor realizará aquello que nos ha prometido: la vida eterna. Cada Misa actualiza el misterio pascual de Jesús que se ha que-dado ahora en la Eucaristía también para recibir nuestra adoración mientras llega el día sin ocaso, la Pascua Eterna. Y así oramos al Padre: «Al celebrar ahora el memorial de nuestra redención, recordamos la muerte de Cristo y su descenso al lugar de los muertos, proclamamos su resurrección y ascensión a tu derecha; y mientras esperamos su venida gloriosa, te ofrecemos su Cuerpo y Sangre, sacrificio agradable a ti y salvación para todo el mundo» (Plegaria Eucarística IV).

María Santísima es la «mujer pascual» por excelencia, la que más y mejor vivió con Cristo su muerte y resurrección y la que, por lo mismo, nos acompaña muy de cerca en nuestro itinerario pascual. Podemos contemplar cómo ella reconocería la voz de su Hijo Resucitado en la liturgia de la palabra, cómo se uniría a él y a la Iglesia en la alabanza y la súplica, cómo participarla en el sacrificio de la cruz en el altar ella que estuvo en el Calvario, con qué totalidad y fuerza de amor se ofrecería con Cristo y su Cuerpo al Padre, cuál sería su fe y amor a la hora de comulgar el cuerpo y la sangre de su propio Hijo... ¡a vivir la Pascua con María! 

Padre Alfredo.
Nota: A veces a los Ministros Extraordinarios de la Comunión Eucarística se les llama «Ministros Extraordinarios de la Eucaristía» o simplemente «Ministros de la Eucaristía». Hay que tener cuidado con estas expresiones, porque estos nombres no son correctos y pueden causar confusión, ya que ordinariamente se entiende como «Eucaristía» a la celebración de la misa, de la cual solamente son ministros el Obispo y el Presbítero (sacerdote). No hay, ni ha habido nunca, «ministros extraordinarios» para celebrar la Misa. Por ello, debe llamárseles: «Ministros Extraordinarios de la Comunión Eucarística» (M.E.C.E.)

viernes, 3 de abril de 2020

LA CELEBRACIÓN DE SEMANA SANTA Y EL MINISTRO EXTRAORDINARIO DE LA COMUNIÓN EUCARÍSTICA...


La Semana Santa constituye, indiscutiblemente, el momento litúrgico más intenso de todo el año. Sin embargo, para muchos católicos se ha convertido sólo en una ocasión de descanso y diversión olvidándose de lo esencial. Para el MECE, esta semana, llamada en un principio «La Gran Semana» y hoy también por esta razón «Semana Mayor», debe constituir un tiempo especialísimo para unirse más a Jesús Eucaristía en la oración y la reflexión en los misterios de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor para aprovechar todas las gracias que estos días, llamados «días santos» nos traen.

Ser un MECE no debe limitarse a ser solamente una ayuda durante la celebración de la Misa o el día que toca ir a llevar la comunión a los enfermos, pues el alcance de esta función es tan amplio que impulsa a quien ostenta este cargo a ir más allá en su llamado del Señor; ser ministro para orar; ser ministro para colaborar con la comunidad; ser ministro para entregarse en sacrificio y generosidad; ser ministros para crear comunión dentro de la Iglesia por medio de lazos de cercanía y solidaridad con el prójimo, actitudes que se pueden desarrollar de una manera muy clara en los días santos.

La Instrucción «Immensae Caritatis» (29 de enero de 1973), indica que el fiel designado ministro extraordinario de la Sagrada Comunión, y debidamente preparado, deberá distinguirse por su vida cristiana, por su fe y buenas costumbres. Menciona que éste se esforzará por ser digno de este nobilísimo encargo, cultivará la devoción a la Sagrada Eucaristía y dará ejemplo a los demás fieles de respeto al Santísimo Sacramento del altar.

En la Semana Santa, el MECE no debe de olvidar todo esto. Las celebraciones litúrgicas y de piedad popular de estos días de semana santa, el MECE debe vivirlas con una plena conciencia de ver la Luz de la Pascua en cada acontecimiento.

Esta semana, como sabemos, se inicia con el Domingo de Ramos y termina con el Domingo de Pascua y su centro es la «Vigilia Pascual». Para vivir la Semana Santa, todo MECE, más que nunca, debe darle a Dios el primer lugar y participar en toda la riqueza de las celebraciones propias de este tiempo litúrgico le toque o no realizar alguna actividad de relevancia.

Vivir la Semana Santa es acompañar a Jesús con nuestra oración, sacrificios y el sentido arrepentimiento de nuestros pecados. Es un buen momento para acercarse al Sacramento de la Penitencia para morir al pecado y resucitar con Cristo en la celebración de Pascua. La Semana Santa fue la última semana de Cristo en la tierra. Su Resurrección nos recuerda que los hombres fuimos creados para vivir eternamente junto a Dios.

Lo importante de este tiempo no es —como mucha gente piensa— el recordar con tristeza lo que Cristo padeció, sino entender el por qué lo hizo; por qué murió y resucitó el Señor. Se trata de celebrar y revivir, en estos días, su entrega a la muerte por amor a nosotros y el poder de su Resurrección, que es primicia de la nuestra. Las mañanas del Jueves, Viernes y Sábado Santos, para el MECE en especial, no son mañanas vacías de celebraciones, son mañanas de oración personal. El MECE ejerce su ministerio orante unido a Cristo, el orante por excelencia.

¿Por qué la Semana Santa cambia de fecha cada año?: El pueblo judío celebraba la fiesta de Pascua en recuerdo de la liberación de la esclavitud de Egipto el día de la primera luna llena de primavera. Esta fecha la fijaban en base al año lunar y no al año solar de nuestro calendario moderno. Es por esta razón que cada año la Semana Santa cambia de día, pues se le hace coincidir con la luna llena. En la fiesta de la Pascua, los judíos se reunían a comer cordero asado y ensaladas de hierbas amargas, recitar bendiciones y cantar salmos. Brindaban por la liberación de la esclavitud. Jesús —como sabemos— es el nuevo «Cordero Pascual» que nos trae la nueva liberación, del pecado y de la muerte. Veamos ahora lo esencial de cada día para recordarlo:

Domingo de Ramos: En este día celebramos la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén en la que todo el pueblo lo alaba como rey con cantos y palmas. Por esto, nosotros llevamos nuestras palmas a la Iglesia para que las bendigan ese día y participamos en la Misa. Es un buen día para dar gracias a Dios por el regalo que Dios les da como MECES y pensar en todos los que cuidan a los enfermos a los que ustedes llevan la Sagrada Comunión. ¿Cómo los reciben cuando llegan a las casas de nuestros enfermos? No hay palmas, pero hay gozo, alegría, esperanza, porque llega el Rey de reyes.

Jueves Santo: Ese día se celebra la Misa Crismal en donde los sacerdotes renuevan las promesas sacerdotales y se bendicen los Santos Oleos. Por la tarde se revive la Última Cena de Jesús con sus apóstoles en el Cenáculo, aquel momento en el que les lavó los pies dándonos un ejemplo de servicio. En la Última Cena, Jesús se quedó con nosotros en el pan y en el vino, nos dejó su cuerpo y su sangre. Es el jueves santo cuando instituyó la Eucaristía y el Sacerdocio. Al terminar la última cena, Jesús se fue a orar, al Huerto de los Olivos. Ahí pasó toda la noche y después de mucho tiempo de oración, llegaron a aprehenderlo. ¿Cómo valoras el servicio que el Señor te permite realizar como MECE? ¿Cómo vives tus momentos de oración junto a Jesús Eucaristía? En cada Misa en la que participa el MECE, encuentra una oportunidad para servir en lo que pueda. La disponibilidad en cada celebración, debe ser una característica primordial en aquel que, como Jesús, busca «lavar los pies» de los hermanos.

Viernes Santo: El día recuerda la pasión y muerte de Nuestro Señor: su prisión, los interrogatorios de Herodes y Pilato; la flagelación, la coronación de espinas y la crucifixión. Esto se conmemora con la sobria celebración de la Adoración de la Cruz y, popularmente, con un Via Crucis solemne —muchas veces viviente y/o por las calles—. La cruz está presente en la vida del MECE... ¿La abrazas con fe? ¿Sabes morir con Cristo renunciando a lo que te aparta de Él? Dios muere de Amor. Ofrece su vida al Padre para obtener el perdón de mis culpas. «Mira cómo te amo», me dice, silencioso, desde la cruz. Es un día para que el MECE se deje amar.

Sábado Santo: No es día para hacer mucho, sino para recibir en silencio el Amor. La piedad popular, por la mañana celebra el Pésame a la Virgen Via Matris, acompañando a María, la Madre de Jesús y Madre nuestra en el camino de regreso del Via Crucis. Durante el día se recuerdan los momentos entre la muerte y la resurrección de Jesús. Es un día de luto, no tenemos a Jesús entre nosotros. Las imágenes se cubren y los sagrarios están abiertos. Por la noche se lleva a cabo la Vigilia Pascual para celebrar la Resurrección de Jesús. Vigilia es «la tarde y noche anteriores a una fiesta». En esta celebración se bendice el fuego nuevo, se enciende el Cirio Pascual que nos recuerda a Cristo como luz del mundo y se bendice el agua lustral (purificadora) que nos invita a morir al pecado y resucitar a una vida nueva. Es muy significativa la presencia del MECE en esta celebración. ¿Tienes ya tu cirio? ¿Qué sentido le das al agua lustral?

Domingo de Resurrección o Domingo de Pascua: Es el día más importante y más alegre para todos los católicos, ya que Jesús venció a la muerte y nos dio la vida, por eso se celebra con una gran vigilia, la «Vigilia Pascual». Cristo nos da la oportunidad de salvarnos, de entrar al Cielo y vivir siempre felices en compañía de Dios. Es un buen día para renovar interiormente el compromiso de seguir sirviendo al Señor como portadores de su presencia eucarística. ¿Cómo tratas a Jesús Eucaristía, vivo y resucitado, cuando lo tienes en tus manos y lo portas en tu relicario?

Algunas sugerencias para vivir la Semana Santa: Asistir en familia o a los oficios y ceremonias propios de la Semana Santa porque la vivencia cristiana de estos misterios debe ser comunitaria. Se puede organizar una pequeña representación acerca de la Semana Santa. Poner algún propósito concreto a seguir para cada uno de los días de la Semana Santa.

Que María la Virgen, vestida de Nuestra Señora del Roble en nuestra parroquia, interceda por cada uno de los MECES para que tengan unos días muy fecundos de Semana Santa. María es la madre de Jesús que es Dios hecho hombre y por consiguiente es madre de todos nosotros. En estos días de Semana Santa no solo debemos invocarla con el Ave María o rezando el Santo Rosario, tenemos que imitarla en nuestro quehacer, cultivando y reforzando nuestra fe. El MECE, tomando a María como ejemplo, debe vivir estos días lleno de bondad, haciendo obras de caridad para beneficio de los más necesitados como ella, que fue una mujer desprendida y caritativa con los más pobres. Ella enseña y pide que dejemos de ser egoístas y apoyemos al que más lo necesita. Además María, siendo mujer de fe, pide también ser amables, respetuosos, alegres con esperanza y cultivando el optimismo a pesar de que sean días de mucho trabajo y compromiso.

En Semana Santa, la vida de María, madre, mujer y apóstol modelo de humildad, de fe y de caridad, ayudará a todos, incluidos por supuesto los MECES a vivir santamente estos días en que revivimos la pasión, muerte y resurrección del Señor.

Padre Alfredo.

sábado, 21 de marzo de 2020

«El ministro extraordinario de la comunión, expresión de la amistad con Cristo»*...

Todo hombre y mujer de fe sabe que para ser amigos de Jesús no no basta con un amor de sentimientos y de meras emociones. Hay que amar a Jesús con un amor de entrega total, para ser expresión de su amistad para el mundo que viene a su encuentro en la Eucaristía.

La amistad es una experiencia humana hermosa, enriquecedora, humanizante y digna de los mayores elogios. Cristo fue verdadero hombre, y no se privó de esta noble experiencia. Nuestro Padre Dios se presenta como amigo de los hombres: Él selló un pacto de amistad con Abraham, con Moisés, con los profetas... Al enviar a Cristo se mostró como amigo de los hombres. Por los Evangelios sabemos que Jesús dio a esta amistad de Dios un rostro de carne viniendo a ser amigo de los hombres. Pero tuvo, evidentemente, amigos especiales e hizo la experiencia gratificante de la amistad, por ser verdadero hombre. 

Es verdad que Jesús ama a todos por igual, sin condicionamientos sociales, económicos o nacionales. Incluso ama a sus enemigos y ama a todos hasta la muerte. Su amor por todos los hombres no es un amor de sentimiento pasajero ni de expresiones exteriores tiernas y afectadas, su amor es de caridad, que encierra estas características ricas y valiosas: 

Se dirige hacia los demás con un corazón abierto, sin aislarse o evadir el trato; va al encuentro de todos los que ama (cf Mt 11, 28). Cura, consuela, perdona, da de comer, procura hacer descansar a sus íntimos. Se compadece de quien está necesitado (cf Mt 9, 36). No discute con sus amigos; los corrige, pero no choca con disputas hirientes (cf Mt 20, 20-28). Se alegra con ellos en sus momentos felices (cf Lc 10, 21). Rechaza sus intenciones desviadas (cf Mt 16, 23). No desea nada de los hombres; no busca dar para recibir. Y cuando una vez busca consuelo en la agonía, no lo encuentra (cf Mt 26, 40). Se siente incomprendido por ellos, pero lo toma como parte de su cruz, pues aún no había venido el Espíritu Santo que les hiciera comprender todo (cf Jn 12, 24). Los ama sobrenaturalmente, no por sus cualidades humanas (cf Jn 13, 14). Pero también mantiene una distancia entre sus amigos y Él, pues su mundo está mucho más allá del de ellos (cf Jn 2, 25). ¿Ha habido hombre alguno en la tierra que haya amado a los hombres como Jesús? 

Es verdad esto que acabamos de decir: Jesús ama a todos los hombres, y los considera como amigos. Pero también es verdad que tuvo amigos especiales. Basta abrir un poco el Evangelio para darse cuenta de esto: Tiene una especial relación con Juan, el discípulo amado. En esta amistad descubrimos que Jesús compartió con alguien, en modo especial, sus experiencias interiores y reservadas. Amistad íntima. Manifestación de esta amistad íntima es el Evangelio que Juan escribió. En él se oye palpitar el Corazón de Jesús; ahí descubrimos la profundidad de Dios. Por eso, a Juan se le representa como a un águila, porque voló alto, hasta el cenit de Dios. ¿Hasta dónde vuelas tú cuando llevas a Jesús Amigo en tu relicario? 

También el Evangelio nos deja ver que tuvo especial relación con tres apóstoles: Pedro, Santiago y Juan. En esta amistad descubrimos que busca la compañía para compartir momentos especiales, sean felices, como en la transfiguración, o tristes, como en Getsemaní. Amistad compartida. ¿Quién no recuerda la especial relación con los tres hermanos de Betania, Lázaro, Marta y María? Betania era uno de esos rincones donde Jesús descansaba y donde abría su corazón de amigo. Allí, Cristo tenía siempre la puerta abierta, tenía la llave de entrada; se sentía a gusto entre gente querida y que le estimaba. 

Cristo tuvo amigos en todas las clases sociales y en todas las profesiones. Desde personas de gran prestigio social, como Nicodemo o José de Arimatea, hasta mendigos, como Bartimeo. ¿Quiénes son tus amigos como ministro extraordinario de la Comunión? 

¿A quién hablar de los anhelos del corazón, si no es al amigo que sintoniza en todo con nosotros? Cito ahora a san Ambrosio: "Ciertamente consuela mucho en esta vida tener un amigo a quien abrir el corazón, desvelar la propia intimidad y manifestar las penas del alma; alivia mucho tener un amigo fiel que se alegre contigo en la prosperidad, comparta tu dolor en la adversidad y te sostenga en los momentos difíciles" (San Ambrosio, Sobre los oficios de los ministros, 3, 134) y la beata María Inés Teresa nos dice como debe ser la amistad en Cristo: “Es hermosa la amistad, pero… una amistad que me acerca más a Dios, que tiene la valentía de corregirme mis defectos, que no acepta mis críticas, que me ayuda a superar una crisis con espíritu sobrenatural, no con cariñitos tontos; que me ayuda a preparar una clase con desinterés, que me ayuda siempre a ver las cosas desde un plan sobrenatural”. (Carta circular desde Madrid, a 25 de septiembre, 1969). 

Habría que preguntarse. como ministros extraordinarios de la comunión qué requisitos se necesitan para no salirse del círculo de amigos de Jesús. Jesucristo nos contesta en el Evangelio: "Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando" (Jn 15, 14). Ahí tenemos la clave. Si lo cumplimos, seremos sus amigos. Para ser amigos de Jesús, como hemos visto, no es suficiente un amor por encima que solamente se quede en la superficie. Hay que amar a Jesús con un amor de entrega total, porque Él nos amó hasta dar la vida. Jesús no quiere amigos de conveniencia, que sólo están con Él hasta el partir el pan, pero que le dejan solo y huyen cuando se aproxima la sombra de la cruz. Jesús no quiere amigos que se aprovechen de Él para conseguir los mejores puestos en el cielo. Jesús quiere amigos humildes, pacíficos, de alma pura y libre de ataduras mundanas. Sólo a éstos acercará Jesús a su divino corazón. El ministro extraordinario de la comunión, debe ser expresión de la amistad con Cristo cada vez que da la comunión, cada vez que llega a ver un enfermo, cada vez que su servicio es requerido y cada vez que se encuentra con alguien pro la calle. La amistad con Cristo debe marcar su vida con una sonrisa perenne que se reparte a todos los miembros de la comunidad eclesial dentro y fuera del templo. 

Sin la amistad con Jesús, ¿qué quedaría de su ser de ministros? Un ministerio sin amistad con Jesús no es vida y menos un ministerio de esta talla. Vivir su ministerio en amorosa amistad con Jesucristo es un paraíso lleno de delicias. "Si Jesús está contigo, no podrá dañarte ni derrotarte ningún enemigo espiritual. Quien halla a Jesús, a su amistad y enseñanzas, halla el más rico tesoro. El mejor de todos los bienes. Pero quien pierde a Jesús y a su amistad, sufre la más terrible e inmensa pérdida. Pierde más que si perdiera el universo entero. La persona que vive en buena amistad con Jesús es riquísima. Pero la que no vive en amistad con Jesús es paupérrima y miserable. El saber vivir en buena amistad con Jesús es una verdadera ciencia y un gran arte. Si eres humilde y pacífico, Jesús estará contigo. Si eres piadoso y paciente, Jesús vivirá contigo... Fácilmente puedes hacer que Jesús se retire, y ahuyentarlo, y perder su gracia y amistad, si te dedicas a dar gusto a tu sensualidad y a darle importancia exageradamente a lo que es material y terreno"(Kempis, Imitación de Cristo, II, 8). 

*Este tema lo impartí el 13 de febrero de 2017 en la parroquia de Nuestra Señora de Fátima, en CDMX.

jueves, 2 de enero de 2020

«LA UNIDAD EN JESÚS EUCARISTÍA»*... algunos consejos para la unidad del grupo de M.E.C.E.

Introducción: 

Seguramente hemos escuchado la frase «La unión hace la fuerza». Pues como Ministros Extraordinarios de la Comunión Eucarística, deben ustedes permanecer unidos para lograr alcanzar la transformación en Jesús Eucaristía de su comunidad parroquial. A cada uno de ustedes, como hijo de Dios, le toca velar por la unidad de su grupo en este ministerio. Este tema es muy importante, pues Cristo Eucaristía anhela que vivan en armonía y comunión entre ustedes y con los demás hermanos de su parroquia. 

San Pablo, escribiendo a los efesios les dice: «Esfuércense por mantener la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz» (Ef 4,3). La unidad es el alma de la comunión y ustedes son ministros extraordinarios de la «COMUNIÓN EUCARÍSTICA». Si esa comunión se llegase a destruir por causa de alguno o de algunos de ustedes, arrancarían el corazón del cuerpo de Cristo. Nuestro Padre celestial se alegra al ver como sus hijos se llevan bien entre sí en torno a Cristo, en una comunión que es reflejo de la vida apostólica de aquellos doce que estaban con Jesús. El mismo Dios nos ofrece el modelo sobre la unidad en el misterio de la Santísima Trinidad: El Padre, El Hijo y el Espíritu Santo —cada uno obrando de diferente manera— son «uno» en la manera de pensar y en esencia, formando un solo Dios. 

Nada es más valioso para Dios en la tierra que su Iglesia en comunión. Él murió y se sacrificó en la cruz por ella, y quiere que la protejamos de todo daño que quiera hacerle el enemigo, como puede ser la división y el sectarismo, los conflictos, los celos y las rivalidades entre los miembros de los diversos grupos. Si cada uno de ustedes, es parte de un grupo: el grupo de Ministros extraordinarios de la comunión eucarística (M.E.C.E.), debe velar por la unidad de su grupo y crecer en el mismo. Esta es una responsabilidad de cada uno y es algo insustituible. Pero... ¿como hacerlo? Aquí va una serie de consejos para cada uno y para todos: 

1. Enfócate en lo que tienen en común todos los miembros de tu grupo: 

Dice san Pablo: «Por lo tanto, esforcémonos por promover todo lo que conduzca a la paz y a la mutua edificación» (Rm 14,19). Como miembros del grupo, recuerden que tienen un solo Señor, una sola fe, una misma Iglesia, un propósito, un Padre común que les ama, un Espíritu que les mantiene en la unidad, una fe, un bautismo, una esperanza y un amor. La Iglesia es como una fraternidad en Cristo y lo mismo el grupo, una concepción radical de la Iglesia para que no haya distinción ni separación, por eso somos hermanos. Cristo ha tomado la condición humana para estar con nosotros. Entonces Jesús es nuestro hermano mayor y hace que nosotros, desde el Bautismo, seamos hermanos, con lo que hemos recibido de la gracia de Dios. 

Tenemos una sola Salvación que gira alrededor del Cuerpo y la Sangre de Cristo y una Vida Eterna que compartiremos por siempre. Ser hermanos en Cristo es una gracia, no lo hemos elegido. No es algo que nosotros hayamos logrado, conseguido ni pensado, sino que es un regalo de Dios, que nos da la oportunidad para que lleguemos a vivir como verdaderos hermanos. ¡Estos son los asuntos en los que como grupo deben enfocarse, no en sus diferencias terrenales que siempre van a existir! 

2. Se realista con tus expectativas: 

Siempre hay que ser humildes y amables, pacientes, tolerantes unos con otros en amor. (cf. Ef 4,2). Es fácil desanimarse por la diferencia entre lo ideal y la realidad en nuestra Iglesia y en nuestros grupos, sin embargo, debemos amar a la Iglesia con pasión, al igual que a nuestro grupo, aún con sus imperfecciones que derivan del hecho de que somos criaturas limitadas. 

Recordemos que la Iglesia está formada por pecadores y seres humanos imperfectos: Si alguien en la Iglesia, se dedica más a criticar que a servir, significa que es un miembro inmaduro en la fe. Habrá siempre personas que te defraudarán y te decepcionarán, pero esa no es excusa para no tener comunión con ellas en el grupo; pues el Señor nos manda perdonar y buscar una salida a las diferencias que siempre existirán, recuerda que los demás miembros del grupo, mientras permanezcas aquí, serán siempre tus familiares en Cristo. 

No te «divorcies» de tu grupo al ver algo que te decepcione de él, pues todos los ministerios tienen sus debilidades y problemas, y que, si te pasas a otro, encontraras los mismos problemas o peores aún. ¡Es por eso que no debes quejarte, sino ayudar a que tu grupo se una más en torno a Jesús Eucaristía y se levante! El amor fraterno nos enseña a compartir nuestros bienes y a llevar una convivencia sana y constructiva, aunque seamos diferentes. El amor fraterno nos prepara a vivir como familia en la fe y se extiende a los que no son hermanos de sangre, pero se aman como si lo fueran. 

3. Decídete a animar a tus compañeros y no a criticarlos: 

El libro de los Hechos de los Apóstoles, hablándonos de san Pablo, el misionero por excelencia, nos dice: «Después de estar allí algún tiempo, salió y recorrió por orden la región de Galacia y de Frigia, animando a todos los discípulos» (Hch 18,23). 

Dios nos advierte en su Palabra varias veces que no debemos criticar, comparar o juzgar a otros hermanos, sino más bien animarlos para que su fe se fortalezca. No somos quien para juzgar o despreciar a otros hermanos en la fe, cuya forma de ser es diferente a la nuestra, pues si lo hacemos, perdemos la verdadera comunión con Dios y le damos cabida al diablo y a nuestro orgullo. 

El grupo de M.E.C.E. debe ser el más unido en una comunidad, ya que ejerce su ministerio como portador y heraldo de Jesús Eucaristía, centro y sostén de nuestras vidas. 

4. Niégate a escuchar chismes: 

El chismoso traiciona la confianza; «evita conversar con la gente que habla de más» dice el libro de los Proverbios (Prov 20,19). Cada uno de nosotros sabemos perfectamente que murmurar «chismear» está mal y es pecado, y que no debemos escuchar chismes si queremos cuidar nuestro grupo y nuestra comunidad parroquial. 

Escuchar chismes es como aceptar algo robado, pues a la vez, te convierte también en culpable del delito, en «cómplice» de un mal espíritu. Es triste que, en el rebaño de Dios, las heridas más grandes generalmente vienen de otras ovejas y no de lobos. La mejor manera de acabar con un conflicto dentro de un grupo es dirigirse al coordinador, responsable o asistente y confrontar al que difunde los rumores, para exhortarlo a que no lo siga haciendo, por la paz de todos. Generalmente los chismes provienen de situaciones sin fundamento. 

Los hermanos tienen una capacidad de desearse el bien sin criticarse, porque ven en el otro, un reflejo de sí mismo. Esto implica que hay un profundo conocimiento del otro y de sus necesidades, de su condición y de su situación personal. El amor fraterno, por lo tanto, se da entre los iguales y desea el bien para los iguales. No olvidemos que el amor fraternal más perfecto es el mutuo, aunque a veces esto no suceda así. No obstante, esta posible situación, el amor fraterno puede llegar a ser mutuo si uno de los hermanos comienza a amar desinteresadamente primero. 

5. Apoya a tu coordinador, a tus asistentes y a tu párroco: 

«Hermanos, les pedimos que sean considerados con los que trabajan arduamente entre ustedes, y los guían y amonestan en el Señor. Ténganlos en alta estima, y ámenlos por el trabajo que hacen. Vivan en paz unos con otros», dice la Primera Carta a los Tesalonicenses (1 Tes 5,12-13). No existen líderes de Iglesia perfectos, pero Dios les ha conferido autoridad para mantener el bienestar y la unidad del grupo. Quien coordina un grupo o le asiste, vela y cuida de ti. Todos los que están al frente de cualquier ministerio tendrán un día que rendir cuentas ante el Señor por el trabajo que hicieron aquí en la tierra, es por eso que debemos apoyarlos. 

La Sagrada Escritura, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia, dan instrucciones específicas a quienes ejercen el ministerio del pastoreo, de cómo deben cuidar su rebaño, estos deben evitar discusiones y solucionar problemas; enseñar con delicadeza y amor; buscar la armonía y hermandad en el grupo y amonestar a los que andan mal; velar por la unidad del grupo entre sí y con los demás grupos y ministerios de la Parroquia. 

Este es un trabajo muy pesado para una sola persona, es por eso que todos los miembros del grupo deben saberse «equipo» y poner cada quien de su parte para que, quien coordina o asiste, trabaje con éxito. 

5. Ama entrañablemente a María: 

María es Madre de la Iglesia por ser Madre de Cristo, por haberle dado la carne y la sangre; esa carne y esa sangre que en la Cruz se ofrecieron en sacrificio y se hacen presentes en la Eucaristía (cfr. Ecclesia de Eucharistia n. 55). Este es el aspecto más inmediatamente perceptible de aquella «relación profunda», de comunión, de unidad, de la Virgen con el misterio eucarístico. Por eso el M.E.C.E. debe amar entrañablemente a María. 

«La Iglesia, tomando a María como modelo, ha de imitarla también en su relación con este altísimo misterio» de la Eucaristía (Ecclesia de Eucharistia n. 53). Imitar, para cada uno de ustedes, debe ser ante todo, ver la fe de María y su amor, en la anunciación (los momentos de adoración) y en la visitación a Isabel (la visita a los enfermos), donde María es realmente tabernáculo vivo de Cristo (cfr. Ecclesia de Eucharistia n. 55); en el Calvario (celebración de la Santa Misa) (cfr. Ecclesia de Eucharistia nn. 56-57) y, más allá, cuando recibió la Comunión Eucarística de manos de los Apóstoles (al acercarse ustedes a comulgar) (cfr. Ecclesia de Eucharistia n. 56). Ustedes, como Ministros Extraordinrios de la Comunión Eucarística, deben tener una fe y un amor que —como en el Magnificat— se deben desbordar junto a María en alabanza y en acción de gracias (cfr. Ecclesia de Eucharistia n. 58). Es grande la riqueza de matices de esta llamada a la imitación de María «mujer eucarística» que, viviendo en comunión y unidad, deben ustedes vivir, para contagiar, de ese amor mariano, a toda la comunidad. 

Conclusión: 

El grupo de los Ministros Extraordinarios de la Comunión Eucarística, es el primero de entre todos los grupos parroquiales, que debe demostrar que se vive y se sirve en la Iglesia en unidad, para que así los demás miembros de la parroquia y los no creyentes quieran ser parte de este núcleo de amigos y hermanos en Cristo. 

El final del Evangelio de Mateo remacha una idea que conviene recordar ahora: «Yo estoy con ustedes (mis discípulos) todos los días hasta el fin del mundo» (MT 28,20). Cristo está con los discípulos–misioneros que, como Él, quieren dar la vida y se identifica con ellos. Por eso hay que conservar la unidad entre los hermanos y el mismo Cristo. Quien ama a Cristo «Esposo», ama a la vez a su Esposa, la Iglesia. 

Recuerda siempre el reto: 

¡LA UNIÓN HACE LA FUERZA! ¡SÉ MAS UNIDO CON TUS HERMANOS EN EL GRUPO Y APOYALOS! 

Padre Alfredo.

* Este tema lo expuse en al grupo de Ministros Extraordinarios de la Comunión Eucarística (M.E.C.E.) en la parroquia de Fátima de la colonia Pro-Hogar.