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sábado, 13 de octubre de 2018

«Cumplir la Ley como María»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy San Pablo, escribiendo a los Gálatas (Gal 3,21-29), nos habla de Moisés, ese personaje bíblico cuya historia es más que conocida, que ha sido llevada a la pantalla grande incluso en dibujos animados y que no voy a repetir aquí. San Pablo hace referencia a este gran héroe de la Biblia por cuestión del interés que tiene de que los Gálatas comprendan claramente —y por supuesto también nosotros— el valor de «la Ley» no como una «letra muerta» sino como «camino» o «senda» para adquirir el estilo de vida que debe distinguir al hombre y a la mujer de fe. Tal vez San Pablo recordara las palabras del salmo 118 que dicen: «Dichoso el que sin cometer iniquidad, anda por sus sendas» (Sal 118,35) o aquellas otras del mismo salmo que seguramente recitaba la comunidad y que rezan: «Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero». El creyente puede adoptar ante «la Ley» tres posturas: escuchar lo que el Señor quiere que se haga vida, aceptar aquello y realizarlo. No es suficiente, dice San Pablo, cumplir por cumplir la Ley sin darle sentido, es necesario ser cumplidor de la misma poniéndola en práctica. 

San Pablo mismo dirá en otra de sus cartas (Rm 2,13) que «no son justos delante de Dios los que escuchan la Ley, sino los que la cumplen: esos —dice el Apóstol— serán justificados». Y es que la postura ante la Ley, para el cristiano, no puede ser de otra manera, porque la tradición evangélica presenta la postura de Cristo ante la Ley: el que observa todos los mandamientos, aun los tenidos por menores, será el más grande en el Reino e los cielos (Mt 5,19). Cumplir la Ley es el equivalente de hacer la voluntad del Padre (cf. Jn 5,34; 7,17; 9,31; 15,14). ¿Pero de qué Ley está hablando San Pablo y cómo la entiende? Desde luego que no está hablando de la Ley judaizante que envolvía algunos de los círculos de los primeros cristianos en Galacia con una cargada legislación casuística. San Pablo quiere que la comunidad viva la Ley que es la verdadera síntesis y el quicio de «la Ley» y que hemos heredado de los profetas y los «pobres de Yahvé» del Antiguo testamento: «El amor a Dios y al prójimo». San Pablo nos hace ver que quien no vive la Ley de esta manera se engaña a sí mismo porque quiere decir que no escucha la Palabra que nos marca esa Ley y no la hace vida. 

San Lucas, en el Evangelio de hoy (Lc 11,27-28) nos muestra que María, la Madre de Jesús, la Madre de Dios, es un modelo de cumplimiento de la Ley para los hombres. Ella, como mujer, como esposa, como madre y como símbolo de todos los humanos, ha recibido el gran regalo de la presencia transformante de Dios sobre la tierra (Lc 1,28) y es la primera en cumplir la Ley. María es bienaventurada por su fe en el cumplimiento de esa Ley divina (Lc 1,39-45) y su vida se convierte en fundamento de júbilo y bendición para todos aquéllos que, como ella van poniendo en práctica la Ley escuchando la Palabra y poniéndola en práctica. San Lucas sabe que María se ha mantenido en la fidelidad a la Ley hasta el final: en lo más hondo de su vida ha confiado en la palabra de Jesús y ha venido a ser principio y fundamento de la Iglesia. Ella vive la Ley llevada a la perfección por Cristo en una caridad que cono conoce fronteras ni de espacio ni de tiempo. Hoy, en la parroquia de Fátima Prohogar, celebramos nuestra fiesta patronal, porque recordamos la última aparición de María a los tres humildes pastorcitos —los santos Francisco y Jacinta y la Sierva de Dios Lucía— en la Cova de Iría, allá en Portugal. El 13 de octubre es muy importante, porque ese día, en 1917, la Virgen se les aparece por última vez más de 70.000 asistentes que les acompañan ven la «danza del sol» y les dijo entre otras cosas: «Quiero que continúen diciendo el Rosario todos los días... Yo soy la Señora del Rosario... las personas deben rehacer sus vidas y pedir perdón por sus pecados. ¡No deben de ofender más a nuestro Señor, ya es ofendido demasiado!... No hay nada más». El 13 de octubre de 1930, el obispo de Leira declara dignas de fe las apariciones y autoriza el culto de Nuestra Señora de Fátima. La Virgen de Fátima nos deja la tarea de convertirnos para vivir la Ley de su Hijo. La vivencia de esto unidos a la persona de Jesús viene del «sí» dado a la Palabra de Dios. Los que escuchan y practican la Palabra de Dios cumplen la Ley y participan de la bienaventuranza de María que supo responder a la invitación divina. Que Ella, la Sierva del Señor, la primera que escucha la Palabra y la pone en práctica (Lc 11,28) interceda por nosotros para que sepamos cumplir la Ley que Cristo ha traído al mundo. ¡Bendecido sábado y día de fiesta en nuestra comunidad parroquial de Fátima! 

Padre Alfredo.

sábado, 14 de octubre de 2017

«La dicha de María»... Un pequeño pensamiento para hoy

Seguimos meditando el evangelio de san Lucas, en la sección que nos va presentando a Jesús caminando hacia Jerusalén (9,51-19,28). Este camino es un tanto una especie de itinerario geográfico, pero que también, tiene un tinte teológico muy propio de este evangelista. EL señor ha decidido caminar hacia la ciudad santa sabiendo los acontecimientos que se producirán allá. El camino de Jesús es también el camino que ha de recorrer todo discípulo-misionero que quiera vivir por él, con él y en él, por eso va presentando los requisitos para andar por él. San Lucas nos presenta un texto en el que se alaba a los que escuchan la Palabra (11,27-28). Para ello, Lucas yuxtapone dos bienaventuranzas, la de una mujer y la de Jesús. Una mujer valiente, desafiando la cultura de su tiempo, levantando la voz como no le tocaba nunca hacerlo a ninguna mujer, que de por sí no debía hablar en público, exclama: «¡Dichosa la mujer que te llevó en su seno y cuyos pechos te amamantaron!» (Lc 11,28). Así, como hija de su cultura, y en nombre de muchos, alaba el seno y los pechos de María de Nazareth, signo de maternidad (Gn 49,25).

Cuando esta mujer desconocida, termina aquel cumplido, Jesús eleva su voz tal vez más alto que la suya y expresa que la dicha de María no se fundamenta tanto en la maternidad biológica como en la escucha de la Palabra de Dios y su puesta en práctica (Lc 1,38. 45; 2, 19,51). La Virgen María, a quien la Iglesia venera con especial devoción cada semana en sábado desde hace siglos, aparece así, este día de hoy, como modelo de todo discípulo-misionero. La verdadera felicidad de quien quiera seguir a Jesús y vivir para él, no está en títulos, cargos, parentescos o posesiones. Para nosotros, hombres y mujeres de fe, escuchar y leer la Palabra —como María— nos va dando pistas para recorrer el camino de la existencia. Hacer una lectura creyente de la Palabra en nuestro día a día, nos hace vivir de forma diferente, porque nos da claves de sentido para el camino, y confiere a nuestra vida un horizonte, una meta. María no es alabada y querida por el solo hecho físico de llevar a Jesús en el seno y alimentarlo, sino por algo infinitamente más grande: Escuchar la Palabra, cumplir la voluntad de Dios y perseverar en ella todos los días de su vida.

Jesús presenta a su Madre santísima como modelo de felicidad porque escuchó e hizo vida la Palabra de Dios y no porque todo le saliera bien o fuera color de rosa. A veces puede suceder que el discípulo-misionero sienta que le agobia el mucho trabajo, el estrés, el sueldo raquítico que hay que estirar cada mes, los plazos del pago del carro, la casa y los electrodomésticos que aún no van ni a la mitad pagados... Se sufre muchas veces porque no se entiende la actitud de ese «Hijo» que se entrega completamente a su Padre Dios y parece que nos abandona en el momento más difícil. Pero, todo esto y mucho más, vivió la Virgen Madre, añadiendo el aparente abandono de Dios al arrebatarle al Hijo cuyo nacimiento tan solemnemente había sido anunciado hace años. Ella elegida por Dios, escuchaba la Palabra y la ponía en práctica. Viene bien que este sábado, ante alguna imagen de la Virgen hacerte una serie de preguntas como éstas: ¿Cómo escucho cada día la Palabra que me propone el Señor a través de la Liturgia? ¿Dejo que permee mi corazón y lo transforme? ¿Consigo descubrir la Palabra viva de Dios en mi vida? ¿Cómo vivo la devoción a María, la madre de Jesús cuando estoy solo? ¡Bendecido sábado, cargado del gozo de haber celebrado ayer en nuestra comunidad parroquial de Fátima, el cierre del Año Jubilar del Centenario de sus apariciones en Portugal!

Padre Alfredo.

viernes, 13 de octubre de 2017

«CENTENARIO DEL MILAGRO DEL SOL EN FÁTIMA»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hace 100 años, exactamente, se apareció por última vez en Fátima la Virgen María, y hoy, en la parroquia de Nuestra Señora de Fátima, en esta hermosa y golpeada Ciudad de México, cerraremos el jubileo por este Centenario. El señor obispo don Armando Colín presidirá la Misa de esta comunidad que encabeza monseñor Pedro Agustín Rivera Díaz y en la que el padre Abundio Camacho y un servidor, compartimos el gozo de ejercer, bajo la mirada dulce de la Madre de Dios y Madre nuestra, el ministerio sacerdotal. El 13 de octubre de 1917 fue una jornada en la que una importante multitud asistió al llamado «milagro del Sol», en el que, luego de la última aparición de la Virgen María como la Señora del Rosario, a los pastorcitos Jacinta, Francisco y Lucía, 30 mil a 40 mil personas, según unos testigos y casi 100, según otros, pudieron ver al sol temblar, en una especie de «danza», según relataron los que estaban ahí. El milagro duró alrededor de tres minutos y los pastorcitos dijeron haber visto imágenes de Jesús, la Virgen María y San José bendiciendo a la multitud. Hoy es el último día para ganar la Indulgencia Plenaria que se concede por este acontecimiento.

El Evangelio de hoy (Lc 11,15-26) nos habla de «las señales del Reino». ¡Qué distintas son las reacciones del corazón humano ante un milagro! Por una parte tenemos «el milagro del sol» de hace 100 años y por otra, en el Evangelio, la serie de milagros que Jesús hacía y ante los cuales, como en Fátima tantos años después, la gente quedaba maravillada. A Jesús algunos le tendían trampas, pidiendo señales del cielo y afirmando que Jesús expulsaba los demonios por el poder de Belcebú, príncipe de los demonios (Lc 11,15). ¡Como no podían negar la acción, la atribuían a Satán! En Fátima también hubo quienes no creyeron. Pese a la cantidad de testigos, incluso no creyentes, se han publicado todo tipo de teorías para intentar justificar que lo que se vio no era un milagro ni nada parecido. A la gente del tiempo de Cristo se les hacía duro tener que reconocer el origen y la misión de Jesús. Qué misterio: unos creen incluso en la oscuridad de la fe, y otros dudan ante las pruebas evidentes.

Jesús pasó haciendo el bien y su Madre Santísima ha querido continuar la obra de su Hijo invitando a la conversión. Como Madre cariñosa quiere liberarnos del dolor, del mal, del pecado, de toda esclavitud y llevarnos al encuentro con su Hijo, que ha venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia (Jn 10,10). Estos últimos 100 años de nuestra historia de lucha contra el mal, son señales que constatan que el Reino de Dios que Cristo empezó a instaurar, está entre nosotros. A veces, ante tantas guerras, atrocidades, robos, secuestros, violaciones, extorciones, engaños, antistestimonios y no se cuántas cosas más, nos cuesta reconocerlo. Pero hemos de captar y afirmar que, el mensaje de Fátima, sigue siendo tan actual como los milagros de Cristo y se hace clara invitación a la conversión de los hombres, para reconocer la presencia milagrosa de Jesús en la historia de la humanidad. Cristo sanaba y, ante esa curación, en lugar de dar gracias, los de corazón torcido lo atribuían al demonio, pero los sencillos y humildes, reconocían la acción de Dios... ¡Los milagros existen! Pero, cuando se tiene manchado el corazón por la envidia, por los rencores, por lo que sea, no se puede apreciar cuanto de bueno y de noble, atesora el corazón del otro. Bienaventurados los sencillos de corazón, como María, que no se cansa de invitarnos a enderezar el corazón y a entregar todo a su Hijo Jesús diciendo: «Oh Jesús mío, es por tu amor, en reparación de las ofensas cometidas contra el Inmaculado Corazón de María y por la conversión de los pecadores». ¡Nuestra Señora de Fátima, ruega por nosotros! Amén.

Padre Alfredo.

jueves, 13 de julio de 2017

La Virgen de Fátima enseña a rezar a los pastorcitos... Un pequeño pensamiento para hoy

La aparición del 13 de julio de 1917, de la Virgen de Fátima, fue en muchas formas, la parte más controversial del mensaje de Fátima, proveyendo un secreto en tres partes que los niños guardaron celosamente. Las primeras dos partes, la visión del infierno y la profecía del futuro rol de Rusia y como prevenirlo, no serían reveladas hasta que Lucía las escribió en su tercer diario, en obediencia al obispo, en 1941. La tercera parte, comúnmente conocido como el Tercer Secreto, fue más tarde comunicado al obispo, quien lo envió sin leer al Papa Pío XII.

La Virgen les dijo que continuaran rezando el Rosario todos los días para obtener la paz del mundo y el final de la guerra, que en octubre les te diría quien era y lo que quería y les prometió hacer un milagro para que todos creyeran. Este día, la Madre de Dios enseñó a rezar a Francisco, Jacinta (hoy santos) y Lucía: «Oh Jesús, esto es por amor a Ti, por la conversión de los pecadores, y en reparación por las ofensas cometidas contra el Inmaculado Corazón de María», les mostró el infierno y les dijo: «Si ustedes hacen lo que yo les diga, muchas almas se salvarán, y habrá paz... vengo al mundo para pedir que Rusia sea consagrada a mi Inmaculado Corazón, y pido que los primero Sábados de cada mes se hagan comuniones en reparación por todos los pecados del mundo... Cuando ustedes recen el Rosario, digan después de cada misterio: ¡Oh, Jesús mío, perdónanos y líbranos del fuego del infierno, lleva todas las almas al cielo, especialmente aquellas más necesitadas!».

Hoy es día 13 de julio y hace 100 años que esto ocurrió. En la parroquia de Fátima, de la colonia Pro-Hogar, en Ciudad de México, a las 7 de la tarde, tendremos la celebración de la Eucaristía presidida por el Cardenal Norberto Rivera, para dar gracias al Señor por este don que hace 100 años regaló, en su Madre Santísima a la humanidad. Desde hace 100 años estas oraciones resuenan en el mundo entero en labios de millones de personas que, amantes de María, rezamos el Santo Rosario pidiendo la conversión del mundo: «¡Oh, Jesús mío, perdónanos y líbranos del fuego del infierno, lleva todas las almas al cielo, especialmente aquellas más necesitadas!» Feliz y bendecido jueves.

Padre Alfredo.

viernes, 19 de mayo de 2017

Consagración de la familia a Dios por la Virgen de Fátima*...


Salve Reina, Bienaventurada Virgen de Fátima,
Señora del Corazón Inmaculado,
refugio y camino que conduce a Dios.

Peregrinos en este mundo de la Luz que procede de tus manos,
damos gracias a Dios Padre que, 
siempre y en todo lugar,
interviene en la historia del hombre.
Peregrinos de la paz que Tú anuncias en Fátima y en este lugar
alabamos a Cristo nuestra paz
y le imploramos para todas las familias y el mundo entero
la concordia, el respeto y la unidad.
Peregrinos de la esperanza que el Espíritu anima,
nos presentamos ante ti como profetas y mensajeros
para lavar los pies a todos,
en torno a la misma mesa que nos une.

¡Salve oh clemente, salve oh piadosa!
Salve reina del rosario de Fátima,
salve, oh dulce virgen María.

Salve, Madre de misericordia, Señora de la blanca túnica.
Desde este hogar, en memoria de tus apariciones de Fátima,
donde hace cien años manifestaste a todo el mundo
los designios de la misericordia de nuestro Dios,
miramos tu túnica de blanca luz y tenemos presentes
a todos aquellos que, vestidos con la blancura bautismal,
quieren vivir en Dios y recitan los misterios de Cristo
para obtener la paz.

¡Salve oh clemente, salve oh piadosa!
Salve reina del rosario de Fátima,
salve, oh dulce virgen María.

Salve vida y dulzura, salve esperanza nuestra,
oh Virgen Peregrina, oh reina universal.
Desde lo profundo de tu ser, desde tu Inmaculado Corazón,
mira nuestras penas y alegrías
de todas las familias que peregrinamos hacia la Patria Celeste.
Desde lo más profundo de tu ser,
desde tu Inmaculado Corazón,
mira los dolores de todas aquellas familias
que gimen y lloran es esta valle de lágrimas.
Desde lo más profundo de tu ser,
desde tu Inmaculado Corazón,
adorna nuestro hogar 
con el fulgor de las joyas de tu corona
y haznos peregrinos como Tú fuiste peregrina.
Con tu sonrisa virginal, acrecienta la alegría
en nuestra Iglesia doméstica.
Con tu mirada de dulzura,
fortalece la esperanza en nuestro hogar.
Con tus manos orantes que elevas al Señor,
únenos como familia con toda la familia de la humanidad.

¡Salve oh clemente, salve oh piadosa!
Salve reina del rosario de Fátima,
salve, oh dulce virgen María.

Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María,
reina del rosario de Fátima.
Haz que sigamos el ejemplo de los santos Francisco y Jacinta,
y de todos los que se entregan al anuncio del Evangelio.
Recorreremos así todas las rutas 
de nuestro diario vivir en familia,
derribaremos todos los muros y superaremos todas las fronteras 
que impiden la comunicación en el diario vivir,
yendo, con nuestro testimonio familiar 
a las periferias, para revelar allí el amor, la justicia y la paz de Dios.
Haremos de nuestra familia, con la alegría del Evangelio,
la Iglesia doméstica vestida de blanco,
de un candor blanqueado en la sangre del Cordero
derramada hoy también en todas las guerras 
que destruyen el mundo en que vivimos.
Y así seremos, como Tú,
imagen de la columna refulgente que ilumina 
los caminos del mundo,
manifestando a todos, como familia, que Dios existe,
que Dios está, que Dios habita en medio de su pueblo,
ayer, hoy y toda la eternidad.

¡Salve oh clemente, salve oh piadosa!
Salve reina del rosario de Fátima,
salve, oh dulce virgen María.

Salve Madre del Señor, Virgen María,
Reina del Rosario de Fátima.
Bendita entre todas las mujeres,
eres la imagen de la Iglesia vestida de luz pascual,
eres el orgullo de nuestro pueblo,
eres el triunfo frente a los ataques del mal.
Profecía del amor misericordioso del Padre,
Maestra del anuncio de la Buena Noticia del Hijo,
signo del fuego ardiente del Espíritu Santo,
ven a enseñarnos, en una pentecostés doméstica en nuestro hogar,
las verdades eternas que el Padre revela a los pequeños.
Muéstranos la fuerza de tu manto protector.
En tu Corazón Inmaculado, se el refugio de los pecadores
y el camino que conduce a Dios.
Cada uno de los miembros de nuestra familia,
unidos a todas las familias del mundo entero,
en la fe, la esperanza y el amor,
nos entregamos a Ti.
Unidos en nuestras familia 
y unidos a toda nuestra familia en la fe,
nos consagramos a Dios.
Oh Virgen del Rosario de Fátima,
concede a cada miembro de nuestra familia,
que al final de nuestra vida terrena,
nos veamos envueltos
por la luz que nos viene de tus manos
y demos mucha gloria a Dios,
por los siglos de los siglos. Amén

*Basada en la adaptación que Mons. Pedro Agustín Rivera Díaz hizo de la consagración que el Papa Francisco hizo en Fátima en su viaje de 2017.

sábado, 13 de mayo de 2017

A los 100 años de las apariciones de Nuestra Señora de Fátima...


Hoy, 13 de mayo de 2017, se cumplen 100 años de la primera aparición de Nuestra Señoraq de Fátima a los pastorcitos Francisco, Jacinta y Lucía. Hoy también, en una solemne ceremonia en la que se conmemora este magno acontecimiento, el Papa Francisco canonizó dos de estos niños: Francisco y Jacinta Marto.

San Francisco Marto nació el 11 de junio de 1908 y murió de Neumonía el 4 de abril de 1919, menos de dos años después de la aparición y cuando aún no había cumplido los 11 años. Durante las apariciones del Angel y de la Santísima Virgen, lo presenció todo pero, a diferencia de sus otras dos compañeras, no le fue permitido escuchar las palabras que fueron pronunciadas. En el transcurso de la primera aparición, Lucía preguntó a la Virgen si Francisco iría al Cielo, Nuestra Señora le dijo que sí, pero que tendría que recitar muchos Rosarios. Sabiendo que pronto sería llamado al cielo, Francisco pasaba largos ratos en la Iglesia, para hacerle compañía al Jesús escondido (refiriéndose al Sagrario).

Santa Jacinta Marto nació el 11 de marzo de 1910 y murió el 20 de febrero de 1920 también de Neumonía cuando estaba próxima a cumplir 10 años. Los dos dedicaron su corta vida al sacrificio y preocupación por los pecadores. Ella fue la menor de los videntes, pues durante las apariciones tenía solamente 7 años de vida. Ella vio y escuchó todo, pero no le habló al Angel ni a la Madre de Dios. Inteligente y muy sensible, Jacinta quedó profundamente impresionada cuando escuchó a la Santísima Virgen declarar que Jesús estaba muy ofendido por el pecado. Después de haber tenido la visión del infierno, Jacinta decidió ofrecerse completamente a la salvación de las almas.

Lucía dos Santos, más conocida años después como Sor Lucía, nació  el 22 de marzo de 1907 y murió muchos años después que sus primos, el 13 de febrero de 2005. Fue la mayor de los tres videntes y desde joven ingresó a la Orden de las Carmelitas Descalzas donde permaneció hasta su muerte tomando el nombre de Sor María Lucía del Inmaculado Corazón. Nuestra Señora le dijo que Ella pronto se llevaría al Cielo a Francisco y a Jacinta y le informó que ella debería permanecer sola en la tierra, para propagar la devoción al Inmaculado Corazón María. La Virgen la reconfortó y le dijo: «Mi Corazón Inmaculado será tu refugio y el camino que te guiará a Dios. Lucía murió en olor de santidad. Actualmente es Sierva de Dios, pues su proceso de canonización está en curso. 


Entre el 13 de mayo y el 13 de octubre de 1917, a Jacinta, Francisco y Lucía, les fue concedido el privilegio de ver a la Virgen María en el Cova de Iría. A partir de esta experiencia sobrenatural, los tres se vieron cada vez más llenos y motivados por el amor a Dios y a las almas, de manera que llegaron a tener una sola aspiración: rezar y sufrir de acuerdo con la petición de la Santísima Virgen María. Si fue extraordinaria la medida de la benevolencia divina para con ellos, extraordinario fue también la manera como estos tres cristianos quisieron corresponder a la gracia divina.

Durante las apariciones, soportaron con espíritu inalterable y con admirable fortaleza calumnias, malas interpretaciones, injurias, persecuciones y algunos días de prisión. Incluso fueron amenazados de muerte por las autoridades de gobierno si no declaraban falsas las apariciones. San Francisco se mantuvo firme por no traicionar a la Virgen, infundiendo este valor a su prima y a su hermana. Cada vez que los amenazaban ellos respondían: «Si nos matan no importa; vamos al cielo.» Por su parte, cuando a santa Jacinta se la llevaban supuestamente para matarla, con espíritu de mártir, les indicó a sus compañeros: «No se preocupen, no les diré nada; prefiero morir antes que eso.»

Francisco, Jacinta y su prima Lucía, aseguraron haber visto seis veces a la Virgen María, desde el 13 de mayo y hasta el 13 de octubre de 1917. La única aparición que no fue un día 13 fue la del 19 de agosto del mismo año, cuando los niños fueron retenidos por el alcalde de Vila Nova de Ourém para obligarlos a retractarse de sus versiones sobre la Virgen y a que le revelaran los secretos.

Francisco y Jacinta Marto son los santos más jóvenes en 2000 años del catolicismo. El papa Francisco pronunció la fórmula ritual de canonización durante la ceremonia oficiada delante de la Basílica de Nuestra Señora de Fátima este sábado: «Tras haber largamente reflejado, invocado varias veces el auxilio divino y escuchado el parecer de nuestros hermanos en el episcopado, declaramos y definimos como santos a los beatos Francisco y Jacinta Marto, los inscribimos en el Libro de los Santos y establecemos que en toda la Iglesia ellos sean devotamente honrados entre los santos.»

A continuación les comparto el texto completo de la homilía del Papa Francisco el día de hoy en Fátima:

«Un gran signo apareció en el cielo: una mujer vestida del sol», dice el vidente de Patmos en el Apocalipsis (12,1), señalando además que ella estaba a punto de dar a luz a un hijo. Después, en el Evangelio, hemos escuchado cómo Jesús le dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19,27).

Tenemos una Madre, una «Señora muy bella», comentaban entre ellos los videntes de Fátima mientras regresaban a casa, en aquel bendito 13 de mayo de hace cien años. Y, por la noche, Jacinta no pudo contenerse y reveló el secreto a su madre: «Hoy he visto a la Virgen». Habían visto a la Madre del cielo. En la estela de luz que seguían con sus ojos, se posaron los ojos de muchos, pero… estos no la vieron. La Virgen Madre no vino aquí para que nosotros la viéramos: para esto tendremos toda la eternidad, a condición de que vayamos al cielo, por supuesto. Pero ella, previendo y advirtiéndonos sobre el peligro del infierno al que nos lleva una vida a menudo propuesta e impuesta, sin Dios, y que profana a Dios en sus criaturas, vino a recordarnos la Luz de Dios que mora en nosotros y nos cubre, porque, como hemos escuchado en la primera lectura, «fue arrebatado su hijo junto a Dios» (Ap 12,5). Y, según las palabras de Lucía, los tres privilegiados se encontraban dentro de la Luz de Dios que la Virgen irradiaba. Ella los rodeaba con el manto de Luz que Dios le había dado. Según el creer y el sentir de muchos peregrinos —por no decir de todos—, Fátima es sobre todo este manto de Luz que nos cubre, tanto aquí como en cualquier otra parte de la tierra, cuando nos refugiamos bajo la protección de la Virgen Madre para pedirle, como enseña la Salve Regina, «muéstranos a Jesús».

Queridos Peregrinos, tenemos una Madre. Aferrándonos a ella como hijos, vivamos de la esperanza que se apoya en Jesús, porque, como hemos escuchado en la segunda lectura, «los que reciben a raudales el don gratuito de la justificación reinarán en la vida gracias a uno solo, Jesucristo» (Rm 5,17). Cuando Jesús subió al cielo, llevó junto al Padre celeste a la humanidad, nuestra humanidad, que había asumido en el seno de la Virgen Madre, y que nunca dejará.

Como un ancla, fijemos nuestra esperanza en esa humanidad colocada en el cielo a la derecha del Padre (cf. Ef 2,6). Que esta esperanza sea el impulso de nuestra vida. Una esperanza que nos sostenga siempre, hasta el último suspiro.

Con esta esperanza, nos hemos reunido aquí para dar gracias por las innumerables bendiciones que el Cielo ha derramado en estos cien años, y que han transcurrido bajo el manto de Luz que la Virgen, desde este Portugal rico en esperanza, ha extendido hasta los cuatro ángulos de la tierra. Como un ejemplo para nosotros, tenemos ante los ojos a san Francisco Marto y a santa Jacinta, a quienes la Virgen María introdujo en el mar inmenso de la Luz de Dios, para que lo adoraran. De ahí recibían ellos la fuerza para superar las  contrariedades y los sufrimientos. La presencia divina se fue haciendo cada vez más constante en sus vidas, como se manifiesta claramente en la insistente oración por los pecadores y en el deseo permanente de estar junto a «Jesús oculto» en el Sagrario.

En sus Memorias (III, n.6), Sor Lucía da la palabra a Jacinta, que había recibido una visión: «¿No ves muchas carreteras, muchos caminos y campos llenos de gente que lloran de hambre por no tener nada para comer? ¿Y el Santo Padre en una iglesia, rezando delante del Inmaculado Corazón de María? ¿Y tanta gente rezando con él?» Gracias por haberme acompañado. No podía dejar de venir aquí para venerar a la Virgen Madre, y para confiarle a sus hijos e hijas. Bajo su manto, no se pierden; de sus brazos vendrá la esperanza y la paz que necesitan y que yo suplico para todos mis hermanos en el bautismo y en la humanidad, en particular para los enfermos y los discapacitados, los encarcelados y los desocupados, los pobres y los abandonados. Queridos hermanos: pidamos a Dios, con la esperanza de que nos escuchen los hombres, y dirijámonos a los hombres, con la certeza de que Dios nos ayuda.

En efecto, él nos ha creado como una esperanza para los demás, una esperanza real y realizable en el estado de vida de cada uno. Al «pedir» y «exigir» de cada uno de nosotros el cumplimiento de los compromisos del propio estado (Carta de sor Lucía, 28 de febrero de 1943), el cielo activa aquí una auténtica y precisa movilización general contra esa indiferencia que nos enfría el corazón y agrava nuestra miopía. No queremos ser una esperanza abortada. La vida sólo puede sobrevivir gracias a la generosidad de otra vida. «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24): lo ha dicho y lo ha hecho el Señor, que siempre nos precede. Cuando pasamos por alguna cruz, él ya ha pasado antes. De este modo, no subimos a la cruz para encontrar a Jesús, sino que ha sido él el que se ha humillado y ha bajado hasta la cruz para encontrarnos a nosotros y, en nosotros, vencer las tinieblas del mal y llevarnos a la luz.

Que, con la protección de María, seamos en el mundo centinelas que sepan contemplar el verdadero rostro de Jesús Salvador, que brilla en la Pascua, y descubramos de nuevo el rostro joven y hermoso de la Iglesia, que resplandece cuando es misionera, acogedora, libre, fiel, pobre de medios y rica de amor.


Finalmente, dejo l oración para pedir la Beatificación de la Sierva de Dios Sor Lucía

Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, os adoro profundamente y os agradezco las apariciones de la Santísima Virgen en Fátima para manifestar al mundo las riquezas de su Corazón Inmaculado. Por los méritos infinitos del Santísimo Corazón de Jesús y del Corazón Inmaculado de María, os pido que, si es para vuestra mayor gloria y bien de nuestras almas, os dignéis glorificar ante la Santa Iglesia a la Hermana Lucía, pastorcita de Fátima, concediéndonos, por su intercesión, la gracia que os pedimos. 

Amén.

Padre Nuestro. Ave María. Gloria.


Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

sábado, 15 de octubre de 2016

EL CENTENARIO DE LAS APARICIONES DE FÁTIMA...


El 13 de Mayo de 2017, se celebrará el Jubileo de los 100 años de la primera aparición de la Madre de Dios en Fátima, así como el 13 de Octubre lo será para el "milagro del sol".

Hace 99 años, el 13 de octubre de 1917, ante más de 70,000 peregrinos en Fátima (Portugal), se produjo el «Milagro del sol», en el que, luego de la última aparición de la Virgen María a Jacinta, Francisco y Lucía, los tres pastorcitos elegidos por ella, se pudo ver al sol moverse, en una especie de danza, según relataron todos los que estaban ahí. Luego de una lluvia voraz, las ennegrecidas nubes se abrieron y dieron espacio al astro rey, que según los testigos lucía como un suave disco de plata. Entonces, la luz del sol tomó diferentes colores y el sol pareció caer sobre las miles de personas, que se habían ya puesto de rodillas.

El milagro aquel duró alrededor de tres minutos. Además del «Milagro del sol», los pastorcitos comentaron que veían imágenes de Jesús, la Santísima Virgen y San José bendiciendo a la multitud. La Virgen se presentó como la Señora del Rosario.

Fue el día 13 de mayo de 1917 que los tres pastorcitos – Lucia, Francisco y Jacinta – vieron por primera vez a Nuestra Señora en Cova de Iria, en Fátima, Portugal. La Santísima Virgen aparecería a ellos cinco veces consecutivas, casi siempre el día 13 del mes, hasta octubre de aquel año.

El mundo estaba sumergido en las incertezas y en el sufrimiento de la Primera Guerra Mundial, que todavía se complicaría al poco tiempo con la irrupción de la llamada gripe española y, mucho peor, con la victoria de la revolución comunista en Rusia.

Al mismo tiempo, la sociedad aceleraba su caída en la rampa de la crisis de la fe y de la moral hasta llegar al punto en que nos encontramos hoy. Nuestra Señora venía a traer palabras de esperanza, un llamado a la conversión y oración por la conversión de los pecadores. Sobretodo, venía a hacer la promesa de una gran victoria:

«Por fin, Mí Inmaculado Corazón triunfará!»

El mensaje de la Virgen de Fátima sobre el rezo del Santo Rosario comienza el 13 de mayo de 1917. En aquella ocasión Lucía preguntó si ella y Jacinta irían al cielo, y la Virgen les confirmó que sí, pero cuando preguntó por Francisco, la Madre de Dios contestó: «también irá, pero tiene que rezar antes muchos rosarios». Luego la Virgen señaló: «Recen el Rosario todos los días para alcanzar la paz del mundo y el fin de la guerra».

En la segunda aparición la Virgen María se les presentó después que ellos rezaron el Santo Rosario, y en la tercera ocasión Nuestra Señora les dijo: «Cuando recen el Rosario, digan después de cada misterio: "Oh Jesús mío, perdona nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de tu misericordia".»

Para la cuarta aparición, Jacinta le preguntó a la Madre de Dios lo que quería que se hiciera con el dinero que la gente dejaba en Cova de Iría. La Virgen les indicó que el dinero era para la Fiesta de Nuestra Señora del Rosario y que lo que quedaba era para una capilla que se debía construir. Más adelante, tomando un aspecto muy triste, la Virgen les manifestó: «Recen, recen mucho y hagan sacrificios por los pecadores, porque muchas almas van al infierno por no tener quién se sacrifique y rece por ellas».

Al llegar el día de la quinta aparición, los niños pudieron llegar a Cova de Iría con dificultad debido a las miles de personas que les pedían que presentaran sus necesidades a Nuestra Señora. Los pastorcitos se pusieron a rezar el Rosario con la gente y la Virgen, al aparecerles, animó nuevamente a los niños a continuar rezando el Santo Rosario para alcanzar el fin de la guerra.

En la última aparición, antes de producirse el famoso milagro del sol, en el que el astro pareció desprenderse del firmamento y caer sobre la muchedumbre, la Madre de Dios pidió que hicieran en ese lugar una capilla en su honor y se presentó como la «Señora del Rosario». Posteriormente, tomando un aspecto más triste dijo: «Que no se ofenda más a Dios Nuestro Señor, que ya es muy ofendido». Esto sucedió el 13 de octubre de 1917.

El fallecimiento de la Hermana Lucia en 2005, poco antes de la del Papa Juan Pablo II, nos recordó vivamente las apariciones de Fátima. Hasta el fin de su vida, a los 98 años, ella fue un testimonio vivo, y recordaba al mundo las palabras de la Santísima Virgen. San Juan Pablo II, el Papa que más se mostró vinculado a Nuestra Señora de Fátima, nos recordaba el 13 de mayo de 1982: «La invitación evangélica a la penitencia y a la conversión, expresada con las palabras de nuestra Madre, siguen siendo actuales (...) Incluso hoy, es más urgente!»

¡Ha iniciado ya el Año Jubilar de las apariciones de Fátima!

En la parroquia de «NUESTRA SEÑORA DE FÁTIMA» de la colonia Pro-Hogar de la delegación Azcapotzalco, en Cd. de México, se puede ganar la indulgencia plenaria de este centenario, con las condiciones requeridas: participar en la Misa, comulgar estando en gracia y orar por las intenciones del Santo Padre. Allí mismo se está rezando diariamente esta oración del jubileo:

«Señor Jesucristo que en Fátima, Portugal, 
a través de tres niños nos invitas a todos: niños, jóvenes y adultos 
a reflexionar sobre nuestra vida y ser conscientes del error, 
la maldad y el pecado en el mundo, para mejorarlo, 
danos un corazón abierto a tu gracia para experimentar tu amor 
y como discípulos y misioneros tuyos 
trabajemos por nuestras familias 
y nuestra comunidad parroquial, 
para ser testigos de tu misericordia, justicia y paz. 

Virgen María, nuestra Señora de Fátima, 
movidos por el Espíritu Santo, 
a través de tu Inmaculado Corazón nos consagramos 
a Jesucristo nuestro Señor para honra del Padre 
y salvación de la humanidad.

Jesús, que todos te conozcan y te amen,
es la única recompensa que quiero.

Beatos Francisco y Jacinta, rueguen por nosotros.»